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domingo, 7 de junio de 2026

Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

 


Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª; Salmo 147; 1 Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58;

Es bueno recordar la historia; suele decirse que es la madre de la vida, en la historia – aunque algunos quieran echarla en olvido - encontramos la sabiduría de la vida, porque lo que hemos ido viviendo nos va enseñando, ya sea desde las experiencias hermosas y gratificantes que hayamos tenido, ya sea también desde los momentos oscuros, los momentos de dificultad que parecían fracaso; siempre podemos obtener una lección, para ver cuales son los mejores caminos, como también lo que tenemos que evitar. Y podemos hablar de la historia como hecho social o podemos hablar también como algo personal en el recorrido que cada uno hemos ido haciendo.

¿Qué hacemos los cristianos cuando nos reunimos para la Eucaristía? Hacemos memoria, porque recordamos todo lo que ha sido la historia de la salvación, porque recordamos todo lo que ha sido nuestra propia historia de salvación recordando y sintiendo presente el amor que Dios ha derramado en nosotros en nuestra vida concreta. Si nos lo tomáramos más en serio seguro que otras serían las respuestas que diéramos con nuestra vida. No es, pues, un rito a realizar de una manera formal, es una vivencia que tiene que hacerse carne en nosotros.

Hoy el libro del Deuteronomio invita al pueblo creyente a hacer ese recuerdo de su historia. Su esclavitud en Egipto y su liberación con todas las señales y prodigios que Dios realizó, su paso por el mar rojo como expresión de esa ruptura con la esclavitud y su apertura a un mundo nuevo de libertad, su camino por el desierto no exento de dificultades en las carencias de todo tipo al que se vieron sometidos, pero los signos que Dios fue realizando de su presencia que no los abandonaba ni de día ni de noche; fueron los manantiales que Dios hizo brotar en el desierto o fue el maná con que se alimentaron cuando no tenían otro pan. ‘Te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres’, termina diciendo el texto sagrado.

Es una imagen de lo que Cristo quiere ofrecernos. Un nuevo pan que nos alimenta y nos da vida para siempre. ‘Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo’, nos viene a decir Jesús. Es lo que hoy estamos celebrando y queriendo hacerlo además con una fiesta muy especial. Es por cierto lo que celebramos cada vez que los cristianos nos reunimos en Eucaristía.

Cristo Jesús se ha dado por nosotros para que tengamos vida y vida para siempre. Es el recorrido que hacemos a lo largo de todo el Evangelio, es la culminación de la Pascua en que Cristo se ha entregado por nosotros en su pasión y muerte y en su resurrección. Es la vida nueva que Cristo ofrece a cuantos creen en Él, por eso decimos que Cristo nos ha redimido, nos ha rescatado y liberado de la muerte y del pecado, que Él es nuestra Salvación. Pero es necesario que creamos en Él, pongamos en Él toda nuestra fe y toda nuestra confianza; es necesario que nos sintamos unidos a Él para así hacernos partícipes de su vida. Es lo que queremos expresar cuando nos reunimos los cristianos para celebrar la Eucaristía. Como decíamos, no es sola y simplemente un rito que realicemos, es una vivencia que tiene que formar parte de nuestra vida.

Mucho nos queda para llegar a comprender de verdad y llegar a hacer nuestra vida lo que celebramos en la Eucaristía. Muchas veces se nos queda como una cosa estanca que hacemos ahí en medio de nuestra vida, pero pareciera que no tuviera relación con ella. Por eso nuestras Eucaristías se nos quedan frías, no tienen la hondura de una vivencia profunda; se nos quedan en un rito para cumplir pero sin implicar nuestra vida en lo que estamos haciendo o celebrando, pierden incluso el verdadero sentido de celebración.

Tenemos que saber traer nuestra historia a nuestra celebración. No podemos desligar una de otra. Cuando estamos celebrando la Eucaristía estamos celebrando esa historia de amor de Dios en nuestra vida, por lo que entonces surgirá una alabanza auténtica y sincera. Cuando estamos viviendo nuestra vida con toda autenticidad traeremos lo que es la Eucaristía a ese día a día de nuestra vida, para hacer que se sienta iluminada de una manera especial, porque se sentirá envuelta en el amor de Dios.

Entonces nuestra comunión será verdadera comunión, porque ya no es solo un rito sino que significa un entrar en comunión de verdad con Cristo y con todo lo que tiene que significar Cristo para nuestra vida; y cuando entramos en esa comunión con Cristo significa entonces cómo estamos entrando en comunión  con los demás. ¿No nos ha dicho El que cuanto a los demás hicimos a Él se lo hicimos? No puede haber separación sino comunión.

Comemos todos de un mismo pan para formar un solo cuerpo, que nos decía el apóstol. ¿Será así cómo nos sentimos cuando hemos ido a comulgar en la misa? Ya no podemos salir de la misa como si no nos conociéramos; algo nuevo tendrá que comenzar a unir nuestros corazones.


viernes, 24 de abril de 2026

Comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre es la manera de entrar en comunión con Jesús para vivir su vida y ser resucitados a la vida eterna

 


Comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre es la manera de entrar en comunión con Jesús para vivir su vida y ser resucitados a la vida eterna

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Salmo 116; Juan 6, 52-59

En ocasiones hay cosas que nos desconciertan en la vida, se nos vuelven intragables, nos cuesta entender, podemos cruzarnos de brazos, por decirlo de alguna manera, y hacer como si esto no fuera con nosotros, o buscamos razonamientos, justificaciones y explicaciones que muchas veces también nos cuesta hacer, o lo aceptamos sin más, casi como un misterio más de la vida y tratamos de arreglárnosla como podamos. Pero quizás en una experiencia profundamente vital lo vamos haciendo nuestro para llegar no quizás a explicaciones, pero sí a ser algo que va a formar parte de nuestra vida y que al final nos irá haciendo comprender muchas cosas. Y es algo no solo en lo material sino en el sentido más espiritual de la vida con lo que nos podemos encontrar.

Así se encontraban en aquel momento los judíos de Cafarnaún ante la deriva de las palabras de Jesús en aquella búsqueda que iban realizando que les hacia ir tras Jesús por todas partes aun hasta los descampados donde parecía que Jesús quería refugiarse con sus discípulos más cercanos en algunas ocasiones. Así había sucedido cuando ante la carencia de provisiones Jesús les había alimentado milagrosamente allá en aquellos lugares apartados hasta donde le habían seguido. Ahora habían venido a Cafarnaún en su búsqueda y allí lo habían encontrado.

Pero en aquel encuentro Jesús les había hecho pensar en lo que ellos jamás habrían adivinado. Desde plantearles lo que de verdad sentían en su corazón cuando le buscaban, el por qué de sus búsquedas, pero de la necesidad de poner toda su fe en El para poder encontrar caminos de vida. Jesús les hablaba de un pan del cielo que habían de comer y que no era el maná que el desierto Moisés les había dado, porque ahora Jesús les decía que El era ese pan de vida, que era necesario comerle para tener vida para siempre, para alcanzar la vida eterna.

Les costaba entender esa adhesión tan radical que Jesús les estaba pidiendo. En sus visiones confundidas de lo que sería el Mesías no terminaban de entender el mensaje de Jesús de lo que en verdad significaba ese Reino de Dios del que tanto les había hablado. Ese pan de vida se tenía que convertir en el sentido nuevo de todo que les ofrecía Jesús y que tendría que hacerles entrar en un nuevo sentido de comunión con Jesús. Por eso ahora Jesús les habla de comer, de comer su carne y de beber su sangre para poder tener vida eterna; si Jesús les había pedido que había que creer totalmente en el para ser resucitados en el ultimo día, ahora les está diciendo que esa fe tiene que llevarles a una comunión tan grande como que tienen que hacerse una sola cosa con Jesús.

Como el alimento que comemos y que lo asimilamos de tal manera que se hace uno con nosotros, porque es el que va a sostener nuestra vida, nos dará esa energía y fuerza que necesitamos para vivir, no solo para que nuestros órganos vitales puedan funcionar, sino que es la vida que es algo mucho más profundo que hay en nosotros, en nuestro existir. Y Jesús nos dice entonces que tenemos que comerle para que haya esa asimilación profunda de la vida de Dios en nosotros, para que podamos llegar a esa comunión que nos hace uno con Jesús, de manera que nuestro vivir no es el vivir a nuestra manera sino el vivir en el estilo y en el sentido de Jesús.

Y eso nos cuesta expresarlo con nuestras palabras humanas, y tenemos que emplear una terminología que nos acerque a ese sentido de vida que Jesús nos ofrece, por eso Jesús habla de comer su carne y de beber su sangre, alimento de vida eterna, alimento que nos hace vivir no nuestra vida sino la vida de Dios. En aquel momento de las palabras de Jesús no se nos dice como se realizará ese misterio de vida que nosotros llegaremos a comprender muy bien desde la cena pascual.

Pero aquel fue un momento de desconcierto para todos, algunos lo abandonaron porque dura era aquella doctrina, los discípulos más cercanos no son ajenos a ese desconcierto, pero el amor que sienten por Jesús y el querer estar unidos a Jesús para siempre – ¡cómo les costaría su ausencia cuando llegó el momento de la pasión! – les hace ahora estar con Jesús. ‘¿A dónde vamos a acudir si tú tienes palabras de vida eterna?’, confesará Pedro. ¿Será esa la confesión que nosotros también hagamos para comprender lo que significa comer a Jesús? Por algo a ese sacramento de Jesús lo llamamos comunión.

miércoles, 22 de abril de 2026

Mantengamos viva nuestra fe en Jesús no para revestirnos exteriormente de apariencias sino para dejarnos transformar por El para llenarnos de vida eterna

 


Mantengamos viva nuestra fe en Jesús no para revestirnos exteriormente de apariencias sino para dejarnos transformar por El para llenarnos de vida eterna

Hechos 8, 1b-8; Salmo 65;  Juan 6, 35-40

Todos tenemos ansias de vida, queremos vivir y por supuesto querer vivir de la mejor manera; sin embargo no todos ponemos el sentido de esa vida en lo mismo, algunos se contentan con lo que podríamos llamar vegetar, la expresión puede parecer fuerte e inhumana, pero sabemos que vivir es algo más que comer para alimentar el cuerpo y todos sus órganos cumplan con sus funciones; es algo más profundo que comienza por una dignidad pero también por una humanidad; darle sentido de humanidad a lo que hacemos y a nuestras relaciones, que significa poner corazón que es hacernos cercanía, poner sentimientos para también sentir con los sentimientos de los demás, tener metas que nos elevan más allá de lo material, buscar algo más que sentir los latidos del corazón que impulsa la sangre por nuestras venas, hay otros latidos, hay algo más en nuestro ser que es lo que nos hace vivir. Cuando empezamos a transitar por esta forma de vivir sentiremos una mayor plenitud en nuestra vida.

Y eso y mucho más nos quiere decir hoy Jesús con las palabras que le hemos escuchado en el evangelio. Nos ha hablado de un pan de vida que nos va a saciar plenamente, o sea que nos va a hacer vivir con la mayor plenitud; y es que cuando escuchamos a Jesús nos damos cuenta de otro sentido de vida, de otro sentido de vivir. Por eso nos pide creer en El, escuchar sus palabras pero para hacerlas vida en nosotros. y es que cuando escuchamos de verdad a Jesús nos damos cuenta que nuestra vida tiene otro sentido, que tenemos que llenarla de humanidad, que hemos de tener otra mirada a cuanto nos rodea pero sobre todo otra mirada a los que nos rodean, que hemos de llenar nuestra vida de amor.

Es así como nos sentiremos henchidos por dentro, es así como nos damos cuenta de que estamos viviendo de verdad porque al mismo tiempo estaremos trasmitiendo vida a los que nos rodean. Cuando nos acercamos a alguien con amor quien siente esa sintonía, quien se siente amado le hace sentirse lleno de vida. Por eso nuestro vivir en plenitud será también siempre trasmitir, sembrar vida.

Y Jesús nos está diciendo que eso que sentimos será para siempre. Por eso quien come el pan de vida que Jesús nos ofrece sabrá lo que es la vida eterna. La voluntad del Padre, como nos dice, es que nosotros también resucitemos en el último día. ‘Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’.

Es el camino en el que quiere ponernos Jesús, es la vida que El nos ofrece, por eso nos ha dicho que El es el verdadero pan bajado del cielo, para que el  hombre no muera, para que tengamos vida en el último día, para llevarnos a plenitud. Por eso tenemos que comer Cristo, que es entrar en profunda comunión con El, dejándonos empapar por su palabra que es la que nos llena de vida.

Qué importante mantener viva nuestra fe en Jesús. No lo miramos como un personaje de la historia como algunos lo quieren contemplar pero no trascienden a más, ni nos quedamos en un buen pensador que nos ofrece hermosos pensamientos con ideas muy bonitas, vamos a la persona, vamos a la vida, vamos a llenarnos de El. Nos despojamos de nuestras ideas, de nuestra manera de ver las cosas, de los mensajes que nos pueda ofrecer el mundo, para solo revestirnos de Cristo; pero no es un revestimiento externo para dar unas apariencias, es un vestirnos desde lo hondo de nosotros mismos dejándonos transformar por El. Su semilla de vida se siembra en nosotros para hacernos florecer como hombre nuevo con frutos de vida eterna.

viernes, 9 de mayo de 2025

Una locura de amor, que podamos comer su carne y beber su sangre, que El habite en nosotros y nosotros habitemos en Dios, es la comunión del amor

 


Una locura de amor, que podamos comer su carne y beber su sangre, que El habite en nosotros y nosotros habitemos en Dios, es la comunión del amor

Hechos  9, 1-20; Salmo 116; Juan 6, 52-59

Te llevo en mi corazón, es una expresión que solemos utilizar para manifestar el cariño y el amor que sentimos por alguien al que no podemos olvidar, al que de alguna manera sentimos cerca de nosotros. Nos habla de cercanía y de presencia, nos habla de alguien a quien no podemos olvidar y que tenemos siempre presente en nuestra vida aunque físicamente haya otras distancias, nos habla de sintonía de sentimientos y nos habla de comunión entre personas que se aprecian y se quieren.

Jesús nos lleva en su corazón, pero aún hoy nos dice más, nos está diciendo que Él quiere habitar en nuestro corazón. Ya en otro momento del evangelio nos dirá que si escuchamos su palabra y cumplimos sus mandamientos el Padre nos amará, pero más aun El y el Padre vendrán a habitar en nosotros para que en verdad tengamos la misma vida.

Es lo que nos está diciendo hoy cuando nos habla de comer su carne y beber su sangre para poder tener vida para siempre. Los judíos en Cafarnaún no lo podían entender. ‘¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?’, se preguntaban. Pero Jesús les dice, nos dice, que si no comemos su carne y no bebemos su sangre no podremos tener vida en nosotros, porque el que come su carne y bebe su sangre tiene vida eterna y El nos resucitará en el último día.

Es entonces cuando nos dice que quien come su carne y bebe su sangre habita en Él y Él habita en nosotros. Sabemos que la sangre es la expresión de la vida. En el Antiguo Testamento se les decía que no podían comer la carne de los animales en su sangre. De ahí las interpretaciones que hoy algunos se siguen haciendo sin entender verdaderamente el sentido de lo que era aquel mandato del antiguo testamento, que tenía también su sentido sanitario e higiénico dadas las condiciones de vida de quienes habitaban como nómadas en unos desiertos, y hoy siguen con la interpretación de no querer dejarse hacer una transfusión de sangre.

Pero fijémonos en lo que nos dice Jesús, llenarnos de su vida cuando comemos su carne y bebemos su sangre es llegar a hacernos una misma vida con Él. Él habita en nosotros y nosotros en El. ¿Puede haber algo más hermoso cuando llegamos a entender todo el misterio de amor de Dios hacia nosotros y de la respuesta de amor de nuestra parte a Dios? Es algo más que llevarnos en el corazón, como decíamos al principio, porque no es como quien pone una cosa en un sitio y ahí está. No es poner una cosa, es habitar en Dios, es hacer que Dios habite en nosotros.

Claro que estas palabras de Jesús llegaremos a entenderlas plenamente cuando en la noche de la última cena nos deja el misterio de la Eucaristía. Haced esto en conmemoración mía nos dice. ¿Qué es lo que ha hecho Jesús? Amarnos hasta el extremo, hacer posible que podamos vivir su vida, más aún, vivir en El. Y tomando el pan, tomando la copa de vino nos dice ‘Esto es mi cuerpo… esta es mi sangre…’ entregado por nosotros, derramada por nosotros para el perdón, para el regalo de amor, para hacernos vivir su vida.

Ahora sí podemos entender las palabras de Jesús de que tenemos que comer su carne y beber su sangre. No son unas palabras locas, son una locura de amor, el amor que Dios nos tiene, es el amor que nosotros hemos de vivir, es el amor que nos lleva a vivir a Dios, es el amor con que tenemos que amar a los demás, para estar en su corazón, para tenerlos en nuestro corazón, para vivir esa comunión admirable del amor.


jueves, 8 de mayo de 2025

Pongamos toda nuestra fe en las palabras de Jesús para sentir como siendo pan de vida para nosotros cuando le comemos tendremos vida para siempre, vida eterna

 


Pongamos toda nuestra fe en las palabras de Jesús para sentir como siendo pan de vida para nosotros cuando le comemos tendremos vida para siempre, vida eterna

Hechos  8, 26-40; Salmo 65; Juan 6, 44-51

Cuando vamos haciendo camino, sobre todo si el esfuerzo que tenemos que realizar para hacerlo es grande, necesitamos un alto en el camino para recuperar fuerzas tomando algún alimento; cuanto saboreamos en ese momento un bocado de pan que nos echemos a la boca, en momentos así nos parece que tiene incluso mejor sabor y lo disfrutamos; parece que nada hay tan sabroso como un trozo de pan cuando tenemos hambre y necesitamos recuperar fuerzas, qué rico ese pan que sacamos de nuestras alforjas y con cuanto sabor lo comemos.

Hoy se nos ofrece Jesús como ese pan de vida que necesitamos para nuestro camino. El mismo se nos ofrece como alimento, como pan de vida, como verdadero pan del cielo porque así quiere ser nuestra luz y nuestra fortaleza; quiere ser esa luz que nos alumbre el sendero, pero además quiere ser viático para nosotros porque quiere caminar a nuestro lado ayudándonos a hacer ese camino, pero ofreciéndose a si mismo como ese pan que nos alimenta y fortalece. Es como esa alforja que llevamos con nosotros, colgada a nuestro hombre donde llevamos ese pan que en cada momento va restableciendo nuestras fuerzas.

El camino de la fe muchas veces se nos hace costoso y parece que nos sentimos sin fuerzas para continuar esa ascensión de la vida. Necesitamos unas alforjas de donde ir tomando esa fuerza que necesitamos. El nos ofrece su Palabra que nos ilumina, El despierta nuestra fe y nuestra esperanza para que no nos perdamos en la oscuridad, El nos alimenta con el alimento de su propia vida para que no nos sintamos sin fuerzas.

Aquel signo que había realizado en el desierto donde había alimentado a aquella multitud que quería seguirle pero que se habían quedado sin pan, es la muestra de lo que El quiere ser para nosotros. Es necesario despertar nuestra fe para poner en El toda nuestra confianza, para sentir su fortaleza, para alimentarnos de su vida, para entender cómo puede El darnos a comer su carne para hacerse vida en nosotros. ‘El que cree tiene ya la vida eterna’, nos dice hoy Jesús. Por eso, como seguirá diciéndonos ‘el que come de este pan vivirá para siempre’.

Todos tenemos ansias de vivir y nadie quiere que se acabe su vida. El pensamiento de la muerte nos agobia porque nadie quiere morir. Y Jesús nos da la posibilidad de vivir para siempre, porque si en El ponemos nuestra fe ‘El nos resucitará en el último día’, como nos ha dicho. Es lo que quiere para nosotros, nos ofrece vida eterna. Vida eterna porque es vivir en El, vivir su vida. Y Dios es eternidad, y quiere que en El vivamos así para siempre.

‘Y el pan que yo os daré es mi carne por la vida del mundo’, termina diciéndonos hoy. Palabras, sin embargo, que nos suenan a misterio, porque como luego escucharemos protestar a la gente de Cafarnaún es difícil entenderle y duro es lo que les está enseñando, porque poco menos que suena a canibalismo. Pero ahí se nos está manifestando todo el misterio de Dios al que tenemos que prestar nuestra obediencia de la fe.

Pero ¿humanamente no decimos cuando amamos a alguien que nos lo queremos comer? ¿No decimos cuando nos sentimos amados por alguien que en ese amor nos sentimos fortalecidos como si tuviéramos una nueva vida? ¿Por qué no decirlo entonces cuando nos sentimos amados de Dios y a El nos queremos sentir tan unidos que llegamos a decir que tenemos una misma vida con Dios? Es lo que nos ofrece Jesús; es así como es el Pan de vida para nosotros, para que le comamos a El y así podamos tener vida para siempre. Pongamos toda nuestra fe en las palabras de Jesús.

miércoles, 7 de mayo de 2025

Cuántas señales de su presencia va dejando a nuestro lado, ofrecimientos de gracia, llamadas a nuestro corazón, quiere para nosotros vida y vida en plenitud

 


Cuántas señales de su presencia va dejando a nuestro lado, ofrecimientos de gracia, llamadas a nuestro corazón, quiere para nosotros vida y vida en plenitud

Hechos 8, 1b-8; Salmo 65; Juan 6, 35-40

Tenemos la felicidad al alcance de nuestra mano y no la apreciamos, seguimos con nuestras búsquedas confusas, el café instantáneo que al final no nos sabe a café; tenemos cerca de nosotros personas que en verdad nos llevarían a las más hondas satisfacciones y no las tenemos en cuenta. Qué satisfacción más grande encontrarnos con una persona acogedora, que nos respeta y que nos valora, que siempre está con oído atento para escucharnos o con la palabra oportuna que nos aconseja y que amplía nuestros horizontes, que está atenta a nuestros deseos o necesidades y que hará todo lo posible para que nos sintamos a gusto y no busquemos otros derroteros, que eleva nuestro espíritu porque en su entrega, su generosidad y su sacrificio se convierten en un estímulo para nosotros buscar lo que en verdad nos dé una riqueza espiritual para nuestra vida.

Jesús viene a decirnos hoy en el evangelio que eso – mucho más tenemos que reconocer – quiere El para nosotros. Como nos dice quiere hacerse nuestro alimento, nuestra vida. Y nos dice que estando con El nos sentiremos bien. Como nos dice ‘el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás’. En El tenemos y encontramos todo lo que necesitemos, todo lo que nos lleve a esa plenitud de nuestra vida. Con El los horizontes de nuestra vida se amplían, con El nos sentiremos siempre estimulados a lo mejor, porque cuando vemos su generosidad y su amor, cuando vemos cómo se entrega por nosotros hasta ser capaz de sacrificarse para que tengamos vida, nos sentiremos nosotros impulsados a vivir en ese mismo amor y generosidad, a vivir esa entrega y ese sacrificio. Es toda la riqueza espiritual que podemos ansiar.

Sin embargo, la realidad de nuestra vida no siempre es así. Porque le tenemos y no siempre contamos con El; camina delante de nosotros pero nuestros pies se vuelven pesados y vamos renqueantes con nuestros apegos de los que no queremos desprendernos, con nuestros cansancios sin darnos cuenta que El verdaderamente es nuestra fuerza, con nuestras mezquindades que parece que estamos midiendo y pesando todo lo que hacemos porque siempre nos parece mucho. Como nos dice hoy ‘como os he dicho, me habéis visto y no creéis’. Qué débiles somos en nuestra fe, que inseguros nos sentimos tantas veces.

Pero El no quiere perdernos, andemos nosotros como andemos. Nos busca y nos llama, se pone a caminar a nuestro lado, y nos ofrece el calor de su espíritu. ‘Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día’. Cuántas señales de su presencia va dejando a nuestro lado, cuantos ofrecimientos de gracia hace a nuestra vida, cuantas llamadas a nuestro corazón. Quiere para nosotros la vida y la vida en plenitud.

¿Nos decidiremos de una vez por todas a ser constantes en nuestro seguimiento de Jesús? Tenemos que reavivar nuestra fe, descubrir su presencia que de tantas maneras llega a nosotros. Sepamos leer con ojos de fe cuanto sucede a nuestro alrededor y veremos esa llamada de Dios a nuestra vida. Son dones de su amor. Aunque muchas veces los tiempos nos parezcan oscuros, siempre hay una luz, siempre se manifiesta la luz de Dios en nuestro camino. Es la presencia de la Iglesia y cuanto en ella acontece; son las personas que caminan a nuestro lado que en sus obras se hacen llamadas a nuestro corazón; es lo bueno que podemos descubrir en tantas personas anónimas que viven con generosidad su vida; pero pueden ser también esos momentos en que podamos encontrar oposición o persecución, en que nos pueden estar echando en cara lo que somos o los errores que hemos cometido, en esa indiferencia que podemos contemplar a nuestro alrededor, todo eso lo podemos ver como una llamada de Dios, un momento de gracia para nuestra vida, algo que nos haga despertar y nos lleve a ese testimonio valiente de nuestra fe. Abramos los oídos de nuestro corazón a esa voz de Dios que lleva a nosotros de formas tan diversas.

Como termina diciéndonos hoy Jesús ‘esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’.  Por eso nos ha dicho que es el Pan de vida y que quien le coma vivirá para siempre.

martes, 6 de mayo de 2025

Con Jesús encontramos la verdadera vida, la luz que da sentido a nuestro camino, el verdadero sentido de nuestra vida, la sabiduría que nos hará vivir en plenitud, el pan de vida

 


Con Jesús encontramos la verdadera vida, la luz que da sentido a nuestro camino, el verdadero sentido de nuestra vida, la sabiduría que nos hará vivir en plenitud, el pan de vida

Hechos 7, 51 — 8, 1ª; Salmo 30; Juan 6, 30-35

Aun empleando las mismas palabras muchas veces no nos entendemos; pareciera que hablamos lenguajes distintos y de alguna manera así es, porque le damos distinto significado a las palabras, hay quien se queda con la literalidad material de lo que es la palabra pero no nos damos cuenta que en ellas estamos expresando una imagen que nos lleva más allá; según nuestros propios sentimientos o nuestros estados de ánimo, según lo que estemos viviendo en el momento podemos hacernos distintas interpretaciones y eso hará que no nos entendamos. El lenguaje, por otra parte, puede estar muy lleno de imágenes en las que tenemos que saber leer el mensaje que realmente se nos quiere dar.

Jesús empleaba un lenguaje muy lleno de imágenes,  muy propio de aquella cultura oriental, pero empleaba también un lenguaje directo y claro, pero sin embargo no siempre lo entendían quienes hacían una tergiversación de sus palabras. Aquello que solemos decir que no hay peor sordo que el que no quiere oír le sucedía a quienes escuchaban a Jesús. Y Jesús lo indicaba con aquello del que tenga oídos que oiga lo que voy a decir.

Nos encontramos en estos días con unos textos del evangelio de san Juan que están muy llenos de imágenes pero que quieren expresarnos cosas muy importantes. Partimos de aquel pan que Jesús les había dado allá en el descampado y Jesús les viene a decir que busquen el pan venido del cielo que el Padre les dará. Aquella imagen les recuerda aquel maná que comieron sus padres en el desierto, y decían que Moisés les había dado un pan venido del cielo, pero Jesús les irá aclarando que es otro el Pan que han de comer que les dará vida para siempre. Los que comieron el pan en el desierto murieron, pero el Pan que ahora Jesús nos ofrece nos dará vida para siempre.

Aquí es cuando viene el juego de palabras y las interpretaciones por una parte excesivamente literales que se hacen de las palabras de Jesús y sus propias interpretaciones. Es aquí donde tenemos que comenzar a comprender el mensaje que quiere Jesús trasmitirnos. Es la escucha que hemos de hacer de sus palabras pero con esa apertura no solo de la mente sino del corazón para comprender ese pan del cielo que Jesús nos ofrece.

El pan es un alimento y si no nos alimentamos morimos por inanición. Es lo que viene a significar Jesús para nosotros, ese pan, ese alimento de vida que nos dará vida y vida para siempre. ¿Qué significa esa vida que nos da Jesús y que es para siempre? Con Jesús encontramos la verdadera vida, con Jesús encontramos la luz que da sentido a nuestro camino, con Jesús encontramos el verdadero sentido de nuestra vida, en Jesús tenemos esa sabiduría que nos hará vivir en plenitud.

No es ya solo lo que nos puede entrar por la boca y que llevamos a nuestro estomago para sacar de ese alimento los nutrientes de nuestra vida. Es otro el nutriente, es otra la sabiduría, es otra la vida que se nos dará en plenitud; solo en Jesús podemos encontrarla, solo escuchando a Jesús, viviendo a Jesús es como podemos tener esa vida para siempre. Es de lo que nos va hablando el evangelio en estos días y nos dará para hermosas reflexiones que nos seguiremos haciendo.

Los judíos de Cafarnaún aunque aun no terminaban de entender claramente las palabras de Jesús, vislumbran que algo hay distinto en lo que Jesús les dice, en ese pan que Jesús les ofrece y le piden que les dé siempre de ese pan. Como la mujer samaritana que le pedía a Jesús el agua que calmaría para siempre su sed, aunque ella solo estaba pensando en el agua que tenia que venir todos los días a sacar del pozo de Jacob.

Pidamos esa agua viva, pidamos ese pan que nos alimenta para siempre. Aunque nos cueste entender queramos escuchar estas palabras de Jesús que son Palabras de vida eterna, como terminará confesando Pedro.

sábado, 3 de mayo de 2025

Jesús no solo nos señala el camino sino que El mismo se hace camino para que por El vayamos al Padre, siendo también nuestro compromiso de ser camino para los demás

 


Jesús no solo nos señala el camino sino que El mismo se hace camino para que por El vayamos al Padre, siendo también nuestro compromiso de ser camino para los demás

1Cor. 15, 1-8; Sal. 18; Jn. 14. 6-14

Me vienen a la memoria dos hechos que podríamos llamar anécdotas de viaje en dos ocasiones distintas y también en distintas ciudades en que en un momento determinado me encontré perdido sin encontrar en un caso la salida de la ciudad y en el otro caso el lugar a donde me dirigía; en un caso un señor amablemente nos explicó detalladamente las vueltas que teníamos que dar, los cruces que nos íbamos a encontrar, las direcciones en cada cruce que debíamos tomar; tuvo que repetírnoslo varias veces porque era difícil recordar tantos datos como nos estaba suministrando. En la otra ocasión encontrándome perdido también, al pedir ayuda a alguien que me encontré, como según me decía iba a ser difícil que recordara todas las indicaciones se ofreció a subirse conmigo en el coche para hacer un trecho de ese camino dejándome a las puertas del lugar a donde me dirigía; el guía, podíamos decir, hizo camino conmigo, se hizo camino para que yo encontrará la meta.

¿No será eso lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio? Había venido como Palabra de Dios que plantaba su tienda entre nosotros; con su Palabra había ido desgranando en sus enseñanzas y en sus palabras todo lo que tenía que ser nuestra vida para que llegáramos a vivir el Reino de Dios; pero no se redujo solo a enseñarnos de palabra sino que hizo camino con nosotros; las señales del Reino de Dios que tan maravillosamente nos describe en las parábolas y en todas sus enseñanzas las vemos palpables en los signos que iba realizando, que no eran solo los milagros sino que era toda su vida, su cercanía y su ternura, su presencia y su caminar con nosotros.

Por eso  hoy nos dirá en el evangelio que es el Camino. ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre sino por mi’. Se puso en camino con nosotros, se hizo camino para nosotros; nos ofrece la verdad de la salvación, El es la Verdad que nos salva; nos ofrece el alimento de su vida, ‘yo soy el Pan de vida’ nos dirá, se hace alimento y vida para nosotros, es nuestra vida porque seguirle es vivirle a El.

Por eso nos podrá decir que verle a El es ver a Dios; el rostro de Dios decimos tantas veces recordando que lo que es el amor y la misericordia de Dios se manifiesta en Jesús. El ha sido la revelación de Dios, porque ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar’, por eso ante la pregunta de los discípulos diciéndole que les muestre al Padre, que les muestre a Dios, nos dirá simplemente que le miremos a El, ‘quien me ve a mí, ve al Padre’. El no hace otras cosa que las obras de Dios, las obras del Padre. Por eso es tan importante que en El pongamos toda nuestra fe.

Será todo lo que va a motivar nuestra vida; la fe que mueve montañas, como nos diría en alguna ocasión, es la fe que va a mover nuestra vida, que va a transformar nuestra vida, que va a hacer que nuestra vida sea distinta. ¿No decíamos que Jesús es la Vida? Pues nuestra vida ya no puede ser otra cosa desde que decimos que tenemos fe en Jesús, que vivir su vida.

Como Jesús nosotros también tenemos que hacernos camino. Es el evangelio que tenemos que trasmitir, que anunciar. Lo haremos con nuestras palabras, pero tenemos que hacerlo con el signo de nuestra vida. Quienes nos ven tendrían que verse motivados a creer, motivados a algo nuevo que estarán viendo en nosotros, motivados a vivir de forma distinta queriendo acercarse a Jesús. Pero ¿estaremos siendo en verdad esos signos para el mundo que nos rodea? Una pregunta importante para reflexionar, para revisarnos, para dejarnos transformar por esa fe, para que nos convenzamos de verdad que tenemos que realizar una conversión de nuestra vida.

No lo olvidemos porque seguimos a Jesús que es camino, nosotros también tenemos que hacernos caminos para los demás, para ese mundo que nos rodea. Tremendo compromiso.

domingo, 25 de agosto de 2024

Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, es como una encrucijada porque señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él

 


Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, es como una encrucijada porque señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él

Josué 24, 1-2a. 15-17. 18b; Sal. 33; Efesios 5, 21-32; Juan 6, 60-69

Hay momentos en la vida en que nos sentimos como en una encrucijada, que es algo más que escoger si vamos para el mar o para el momento, en que tenemos que decantarnos y escoger aunque muchas veces sea costoso o doloroso; pueden ser circunstancias de la vida que nos obligan a tomar estas decisiones, son situaciones en las que nos encontramos quizás revueltos interiormente sin saber lo que nos pasa, son momentos de tensión que nos pueden abocar poco menos que a una crisis existencial porque podríamos estar al borde del estrés que no sabemos a donde nos puede llevar, o son interrogantes profundos sobre la vida, sobre nuestra propia persona, sobre qué es lo que hacemos o pintamos en este estado. Y nos cuesta ver con claridad, todo se nos confunde en nuestro interior, no tenemos claro por donde hemos de decidir, necesitamos quizás una paz interior que no tenemos.

Entre los que seguían a Jesús muchas veces sentían esta incomodidad interior; había cosas en Jesús que les entusiasmaban, que despertaban esperanzas en sus corazones y les hacía soñar, pero también había cosas que no terminaban de entender. Jesús les habla con sencillez, les habla con parábolas, que incluso a los más cercanos se las explica con mayor detalle cuando llegan a casa, pero les habla también con claridad de las exigencias que significaba seguirle y emprender ese camino del Reino de Dios que les estaba anunciando.

Ya sabemos que algunos abiertamente lo rechazaban, algunos quizás porque veían en peligro sus privilegios y los posicionamientos que habían ido adquiriendo en aquella sociedad. Son fuertes las palabras de Jesús en ocasiones, como con aquel signo de purificar el templo de todos aquellos vendedores y negociantes que lo habían convertido en una plaza de mercado. Era todo un signo de la transformación que Jesús quería realizar en el corazón de los hombres para que en verdad naciese una nueva sociedad.

Ahora les ha venido hablando de cómo seguirle es tener una nueva vida, y les habla de comer un pan de vida que será el que les va a dar verdadera plenitud a su existencia, porque quien lo come tendrá vida eterna. Pero les ha costado entenderlo sobre todo cuando les ha dicho que es necesario comerle a El, porque su carne es verdadera comida y su sangre es verdadera bebida y que quien le come resucitará en el ultimo día. Y su afirmación es rotunda, ‘yo soy el pan de vida y el que me come vivirá por mí’.

Se les hace difícil entender aquellas palabras, porque hacen unas interpretaciones demasiado a lo literal, como literalmente hubieran querido que siempre estuviera alimentándolos con pan milagrosamente como allá en el desierto, sin querer ni saber entender el valor de signo que todo aquello tenía. ‘Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?’, se dicen unos a otros y a partir de entonces ya muchos no quisieron seguir con Jesús.

‘El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, hay algunos de vosotros que no creen’, les dice Jesús. Pero creer en Jesús y aceptar sus palabras, que es aceptarle y vivirle a El será algo que no podremos vivir solo por nosotros mismos, entramos en el misterio de algo nuevo, porque estamos entrando en el misterio de Dios. ‘Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede’.

Por allá andan revolviéndose también en sus dudas los discípulos más cercanos a Jesús, aquellos que un día había llamado y escogido de modo especial porque iban a ser el cimiento de aquella Iglesia naciente. Y es a ellos a quienes ahora se dirige directamente: ‘También vosotros, ¿queréis marcharos?’ Una pregunta que quizás también les sobrecoge porque se han visto sorprendidos en sus dudas y también en sus miedos. ¿Hasta dónde llegará su valentía?

Será Pedro el que se adelante, como tantas veces. También él andaba revuelto en su interior en muchas ocasiones, recordamos que le había querido quitar de la cabeza a Jesús el que tuviera que subir a Jerusalén donde habían de prenderle y juzgarle. Pero ahora parece que siente una fuerza interior, como cuando fue capaz de hacer aquella confesión de fe en Cesarea de Filipo que Jesús le diría que no había sido por si mismo por lo que había pronunciado aquellas palabras sino porque el Padre se las había revelado en el corazón. Ahora se adelante también. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’.

¿Seremos nosotros capaces de reconocer que Jesús lo es todo para nosotros, que queremos comer también de ese Pan de Vida porque en El queremos vivir? Quien come a Cristo, quien comulga ya no puede ser el mismo, unas señales de algo nuevo tienen que comenzar a manifestarse en él. ¿Nos encontraremos también en una encrucijada cada vez que comulgamos?

Pensemos, pues, lo que significa ir a comulgar, ir a comer a Cristo. Es comulgar a Cristo porque es hacer que en nosotros no haya otra vida que la de Cristo; es comulgar con su evangelio, con todo su evangelio, con su entrega, con su morir con Cristo para poder en verdad renacer en El. Es comenzar a ver la vida, el mundo que nos rodea, los hombres y mujeres que caminan a nuestro lado con una nueva mirada, con una nueva comprensión de las cosas y del camino que tenemos que realizar; es comenzar a subir a Jerusalén con El aunque sepamos que haya calvario, pero con la certeza de la vida nueva de la resurrección.

 

domingo, 18 de agosto de 2024

La Eucaristía es la identificación de los cristianos, porque comiendo a Cristo nos estamos haciendo unos con El y viviendo su misma vida en todas sus consecuencias

 


La Eucaristía es la identificación de los cristianos, porque comiendo a Cristo nos estamos haciendo unos con El y viviendo su misma vida en todas sus consecuencias

Proverbios 9, 1-6; Sal. 33; Efesios 5, 15-20; Juan 6, 51-58

Algunas veces los cristianos andamos un tanto despistados en algo que es fundamental para nuestro ser cristianos. Nos preocupamos de hacer cosas, nos preocupamos de cumplir, nos preocupamos de hacer formalmente unos ritos, pero nos olvidamos de algo muy importante que es vivir. No se es cristiano simplemente con que cumplamos con un rito cada semana, porque decimos que si no lo hacemos es como que algo nos falta, pero no vamos más allá; no se es cristiano porque simplemente intentemos cumplir con unas normas o preceptos, porque diríamos es como un reglamento - ahora se emplea mucho la palabra protocolo para saber lo que hay que hacer de una forma correcta en cada momento - que tengamos que cumplir para pertenecer a una organización. Todo eso es algo como muy formal, pero hecho así es como si le faltara vida.

Y es que de eso es de lo que se trata. De vivir. Si nos fijamos en el corto texto del evangelio de hoy se repite una y otra vez lo de tener vida en Jesús, lo de tener vida eterna, lo de resucitar, lo de habitar en Jesús y que Jesús habite en nosotros. Y es que de eso se trata, nos llamamos cristianos porque queremos vivir la vida de Jesús, queremos ser como El. Como llegaría a decir san Pablo ‘ya no soy yo, sino que es Cristo que vive en mi’.

A eso es a lo que Jesús nos está invitando a lo largo de todo el evangelio, esa es la buena nueva que El quiere transmitirnos. Una nueva forma de vivir, pero no cualquiera, la que se nos ocurra, sino una vida como la de Jesús. Es ir haciéndonos una cosa con El, es ir identificándonos con El. Vivir su mismo amor, su misma entrega, ser capaces de darnos como El se dio.

Por eso nos dirá que amemos con un amor como el suyo, por eso nos pedirá que seamos siempre capaces de aceptar al otro como Dios nos acoge y acepta a nosotros como el Padre que espera y recibe siempre al hijo pródigo, por eso nos hablará de la misericordia y del perdón, a la manera como es la misericordia de Dios que es compasivo y misericordioso y con un perdón como el que fue El capaz de ofrecer incluso a los que le estaban crucificando. Los que queremos seguirle lo hacemos conscientes de que el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza, por eso tendremos la disponibilidad y la generosidad de compartir lo que somos y lo que tenemos con los demás, porque nuestro tesoro lo tenemos que guardar en el cielo no en las arcas humanas.

Esto a quienes les falte la visión de Jesús – la sabiduría de Dios, tendríamos que decir – puede parecer un imposible y una utopía que por nosotros mismos no podremos realizar. Y es aquí donde Jesús nos enseña cómo podemos estar unidos a El para que sea la fuerza de su Espíritu la inspire y haga posible esa nueva vida. De esto nos está hablando hoy en el evangelio.

Han venido a buscarle, allá en la sinagoga de Cafarnaún, porque allá en el descampado se vieron alimentados milagrosamente por Jesús. Y Jesús ahora les dice que busquen y entiendan el verdadero signo. Por eso les habla de un pan de vida bajado del cielo para la vida eterna, por eso les dice que es El mismo ese pan bajado de cielo es El mismo; que han de comer su cuerpo, que han de beber su sangre para tener vida y vida para siempre; que quien le coma El lo resucitará en el último día.

¿Qué les está diciendo Jesús? Que seguirle es comerle a El, seguirle es identificarse con El, hacerse una misma cosa con El, tener su misma vida. Y como el pan nos alimenta nos viene a hablar de ese comerle a El para ser alimentados por El, para poder tener su misma vida. Y nos hacemos uno con El cuando desde lo más hondo de nosotros mismos nos estamos identificando totalmente con El. Comerle no es un rito, comerle es vivirle. ‘El que me coma yo habito en El y él en mí’, no viene a decir Jesús.

Cuando hablamos de la Eucaristía para decir que aquel pan y aquel vino son realmente para nosotros el Cuerpo y la Sangre del Señor – y eso forma parte fundamental de nuestra fe – hablamos en términos teológicos del milagro de la transustanciación. Aquel pan ya no es pan para nosotros sino que creemos que es el Cuerpo de Cristo, aquel vino es la Sangre de Cristo. Creemos en su presencia real y verdadera. Pero eso es algo que tiene que realizarse en nosotros, en nuestra propia vida; comiendo el Pan de la Eucaristía, comiendo a Cristo nos sentimos verdaderamente transformados en El. No vivo yo sino que es Cristo que vive en mí; El habita mí y yo en El, que nos dice hoy el evangelio.

La Eucaristía decimos con el Concilio que es el centro de la vida de la Iglesia. La Eucaristía es la identificación de los cristianos, pero no como un algo misterioso y oculto en el misterio, sino porque quienes comemos la Eucaristía estamos comiendo a Cristo, estamos identificándonos totalmente con El, viviendo su misma vida. Y eso con todas las consecuencias de las exigencias del amor.

domingo, 11 de agosto de 2024

Pan vivo bajado del cielo para que tengamos vida eterna en el hoy de nuestra vida, pone amor en el corazón, paz en el espíritu, fuerza de lucha en nuestro camino

 


Pan vivo bajado del cielo para que tengamos vida eterna en el hoy de nuestra vida, pone amor en el corazón, paz en el espíritu, fuerza de lucha en nuestro camino

1  Reyes 19, 4-8; Sal. 33; Efesios 4, 30–5, 2; Juan 6, 41-51

¿Quién no habrá tenido alguna vez un momento duro de la vida en que agobiado por los problemas o las mismas dificultades de la vida no habrá querido morirse? Enfermedades que parece que no tienen remedio, problemas familiares a los que no encontramos solución, problemas económicos con los que nos vemos en la calle sin ninguna posibilidad, dificultades de entendimiento con los que convivimos, problemas en los que quizás nos hemos metido y en los que ahora nos vemos cercados incluso por el prestigio que perdemos ante los que nos rodean… No lo habremos vivido así con esa intensidad como para desear morirse, pero si habremos escuchado gente de nuestro entorno que se siente así y muchas veces no tenemos ni qué decirle.

¿Por qué me hago esta consideración que pudiera parecer un tanto extrema? Es que de eso nos ha hablado la primera lectura con la situación en la que se encontraba el profeta Elías. Se va al desierto y se quiere morir; se ve acosado por la autoridades de Israel porque él proclama y defiende la fe en Yahvé como único Dios y Señor, mientras pretenden imponer la religión de los baales contra lo que lucha denodadamente; pero se siente impotente, se quiere morir. Pero el ángel del Señor se le manifiesta tras aquellos sueños que él deseaba que fueran de muerte, para encontrarse una hogaza de paz y una jarra de agua junto a su cabecera sintiendo la invitación de comer para seguir adelante. Más tarde tendrá la experiencia de Dios en el Horeb sintiéndose ya con fuerzas para volver a su pueblo y seguir con su lucha por la auténtica fe del pueblo de Israel. Ha recibido un alimento de Dios, que no solo ha sido recuperar las fuerzas físicas de su cuerpo extenuado, sino la fortaleza interior para continuar con su misión.


Ahora vamos a pensar nosotros en nuestra situación; no solo aquella descripción que nos hacíamos al principio de esta reflexión sino que podemos ahondar mucho más en nuestro propio interior, en nuestra lucha por la vida, en la situación en que nos encontramos en nuestra sociedad que no sabemos ni a dónde va ni en lo político, ni en lo social ni incluso en lo ético por la pérdida de valores que contemplamos que nos lleva también a una pérdida de la moralidad de la vida. ¿No nos sentiremos también extenuados e impotentes muchas veces donde parece que todo se nos vuelve oscuro?

Y es aquí donde tenemos que escuchar el evangelio de hoy. Jesús nos sigue hablando de un pan de vida que comiendo de él tendremos vida para siempre. Pero ¿realmente de qué se trata? ¿Qué es lo que nos está ofreciendo Jesús? Recordamos que la gente cuando comenzó a hablarles de todo esto le pidió que les diera siempre de ese pan. ¿Sería como la petición de la samaritana que pedía de aquella agua que bebiéndola ya volvería a tener sed, pero era para no tener el trabajo de venir cada al pozo para sacar agua? ¿O estarían pidiendo pan gratis como el que les dio Jesús en el descampado para no tener que buscar donde ir a comprar pan cada día?

Creo que podemos entender que Jesús quiere referirse a algo más que eso. Alimentar la vida no es solo comer unos nutrientes para que nuestro cuerpo se mantenga vivo y podamos seguir haciendo las cosas. No siempre lo entendemos pero ese alimento se refiere a algo más hondo que realmente nos dé ganas de vivir, nos haga vivir y vivir en plenitud, porque le encontremos un sentido a la vida, a lo que hacemos, a nuestros trabajos, a lo que son nuestras relaciones con los demás.

Es encontrar esa fuerza interior y esa sabiduría que nos haga levantarnos cuando estamos decaídos, que nos ayude a encontrar la luz cuando todo parece oscuro, que nos dé respuestas cuando parece que nada tiene sentido, que nos haga encontrar esa fortaleza para mantenernos en la lucha porque seguimos creyendo en nuestros valores, que eleve nuestro espíritu cuando nuestro vuelo y nuestras metas se hagan demasiado rasantes para aprender a tener altos vuelos en la vida, esa gracia para no sentirnos hundidos cuando nos agobien los problemas, a saber poner alegría en el corazón aunque muchas sean las penas porque con optimismo creemos que es posible transformar todo eso.

Por eso los cristianos somos las personas más alegres del mundo con una alegría que nada ni nadie nos podrá arrebatar, no nos dejamos morir sino que queremos vivir pero es que además queremos contagiar de vida al mundo y a cuantos nos rodean. Es que tenemos a Cristo que es nuestra vida, nuestro pan de vida, y con El sabemos que por muy oscuros que sean nuestros caminos tendremos vida para siempre.

Para eso Jesús se hace Eucaristía, así estará más cerca de nosotros porque comiéndole a El lo tendremos en lo más hondo del corazón. Sí, es el pan vivo bajado del cielo para que comiéndole tengamos vida eterna. Esa vida eterna que vivimos en el ahora de nuestra vida, que pone amor en el corazón, paz en nuestro espíritu, fuerza de lucha en nuestro camino, cada día, en cada instante. Por eso la Eucaristía no es simplemente un rito que realizamos, es una vida que asumimos, porque es asumir la vida de Cristo, vivir la vida de Cristo, vivir a la manera y en el sentido de Cristo.


domingo, 4 de agosto de 2024

Vayamos en búsqueda de Jesús para dejarnos encontrar por El y pidámosle ‘Señor, danos siempre de ese pan’

 


Vayamos en búsqueda de Jesús para dejarnos encontrar por El y pidámosle ‘Señor, danos siempre de ese pan’

Éxodo 16, 2-4. 12-15; Salmo 77; Efesios 4, 17. 20-24; Juan 6, 24-35

Buscamos y a veces no encontramos; no sabemos dónde, no sabemos cómo; quizás tenemos que ponernos en camino, porque está en otro lugar, porque otra es la manera en que lo hemos de encontrar; perdemos el norte, no sabemos donde y cómo buscar; buscando incluso una cosa concreta que está dentro de nuestro interés, quizás encontramos otra mejor; por eso necesitamos atención, mirada nueva y distinta, quizás dejarnos aconsejar, dejarnos guiar.

Son muchas las cosas que vamos buscando por la vida; no todas tienen el mismo valor, tenemos que dar prioridades, saber qué es lo más importante, no quedarnos solo en lo material y primero que pueda aparecernos; esas búsquedas nos pueden llevar a una interiorización distinta de la vida, de las cosas, de las realidades que palpamos, porque hay otras cosas que no palpamos con las manos y pueden ser más importantes. De alguna manera siempre estamos en camino de búsqueda.

Hoy nos habla el evangelio de que aquella multitud a la que Jesús dio milagrosamente de comer allá en el descampado a la mañana siempre buscan a Jesús y no está; se vienen como pueden a Cafarnaún y allí de nuevo se encuentran con Jesús. Pero ahora Jesús les hace detenerse. Buscan a Jesús ¿por qué? Buscamos a Jesús, ¿por qué? Jesús les hace ver que lo están buscando porque en el desierto les había dado de comer pan en abundancia. Habían sobrado incluso doce canastos, a pesar de solo tener cinco panes.

Pero parece que no han sabido ver el signo. Lo tenemos tantas veces ante los ojos y no lo vemos, nos está hablando y no lo escuchamos. Jesús les dice que busquen un alimento que les de vida para siempre para que no siempre tengan que estar mendigando panes que no sacian. Les cuesta entender.

Y Jesús les habla del pan que El sí puede darles, un pan bajado del cielo. Se quedan pensando en el maná que comieron sus antepasados en el desierto, pero los que comieron aquel pan también murieron. Como nos quedamos nosotros siempre pensando en lo inmediato, la solución de las cosas del momento, y perdemos la trascendencia que tiene que tener la vida. Tiene que ser algo que vaya más allá del presente, algo que nos haga vivir de verdad. ¿Nos estará Jesús adelantando que hemos de saber encontrar un sentido para la vida? Luego otro será el pan que Jesús les está ofreciendo.

Comienzan a vislumbrar que es algo distinto a lo que están pensando de lo que Jesús les está hablando aunque terminan sin entender. Por eso continúa su búsqueda, sus preguntas. Tenemos que sabernos hacer muchas preguntas para que podamos encontrar la respuesta verdadera. No nos quedemos atascados.

Ellos se preguntan qué es lo que tienen que hacer. De alguna manera Jesús se los ha venido diciendo desde el principio porque su primer anuncio fue invitarles a salir de si mismos para comenzar a creer en algo nuevo; invitaba Jesús a la conversión  que era ponerse en camino de transformación para comenzar a vivir algo distinto. Era necesario creer en ese anuncio, en esa buena noticia.

Ahora les dice Jesús que esa buena noticia es El, han de creer en el Hijo del Hombre que viene sellado de Dios, viene con el sello de Dios, porque los milagros que hace son ese signo, ese sello de Dios en El. ‘Mi Padre es el que os da el verdadero pan del cielo, porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo’.

Quieren comer ellos de ese pan. ‘Entonces le dijeron: Señor, danos siempre de este pan’. Y es cuando Jesús hace la gran afirmación. ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás’. Tenemos que buscar a Jesús, sí, porque es el que nos da ‘el alimento que perdura para la vida eterna’, como nos había dicho. En Jesús vamos a encontrar eso nuevo que eleva nuestro espíritu, que nos llena de trascendencia y nos da verdadero sentido y plenitud a nuestra vida.

Es Jesús el que nos va a sacar de nuestras vaciedades y sin sentidos; es Jesús, como nos decía san Pablo en la carta a los Efesios, el que va a transformar ese hombre viejo de nuestra vida en un hombre nuevo de la gracia. ‘Renovaos en la mente y en el espíritu y revestíos de la nueva condición humana creada a imagen de Dios’. Es en Jesús en quien vamos a encontrar esa plenitud de vida porque por la fuerza de su espíritu nos va a dar una vida nueva que nos hace sentirnos hijos de Dios.

Vayamos, pues, en búsqueda de Jesús para dejarnos encontrar por El. ‘Señor, danos siempre de ese pan’.

 

jueves, 18 de abril de 2024

Dejémonos conducir por su Espíritu y alcanzaremos vida para siempre porque Jesús se hace Pan de vida para resucitarnos a una vida nueva

 


Dejémonos conducir por su Espíritu y alcanzaremos vida para siempre porque Jesús se hace Pan de vida  para resucitarnos a una vida nueva

Hechos de los apóstoles 8, 26-40; Salmo 65; Juan 6, 44-51

En la vida nos conducimos por aquello que nos gusta, nos parece apetecible, y así vamos eligiendo lo que queremos, los que queremos para nosotros como posesión, pero lo que queremos para nosotros como manera de vivir o como forma de desarrollar nuestro yo; así vamos escogiendo los amigos con los que nos sentimos a gusto, o vamos poco a poco decantándonos por una forma de vivir, por un sentido de la vida, desde lo que nos ofrecen o desde aquello que nos parece que compagina con nuestro ser. Nos decimos que somos libres y que somos nosotros los que elegimos; nos decimos con personalidad y no queremos sentirnos arrastrados por nadie.

Pero también nos damos cuenta que en un momento determinado algo ha hecho que tomemos otras decisiones, que nos sintamos como llamados, quizás decimos interiormente, o algunos, porque está de modo esnobismos que nos vienen no sé de donde, que el karma nos arrastró a algo, que era como una predestinación y no sé cuantas cosas más que nos decimos. Pero algo ha habido que nos ha hecho mover la vida quizás hasta cambiando el rumbo de lo que estamos haciendo, y que nos descubre algo nuevo.

Nosotros los creyentes no necesitamos hablar del karma o cosas de esas, o de predisposiciones o presentimientos que nos pueden surgir, nosotros pensamos en algo distinto que lo hemos tenido ahí de siempre, pero quizás olvidamos, o quizás descartamos para pensar en eso que nos viene de acá o de allá. Nosotros creemos que Dios actúa en nuestra vida, que su Espíritu puede mover los corazones y nos inspira – mira por donde viene la palabra Espíritu – y se vale quizá de muchos signos externos o incluso dentro de nosotros mismos para hacernos conocer lo que es su voluntad, lo que Dios quiere de nosotros.

Cuando estamos hablando del misterio de Dios, de nuestra relación con Dios y con Cristo, de nuestra vida cristiana sentimos que hay algo sobrenatural, que significa que está por encima o más allá de nosotros, que actúa en nuestra vida, nos inspira lo que hemos de hacer, nos hace descubrir también lo que es la voluntad de Dios para con nosotros.

Nos lo ha dicho hoy Jesús. ‘Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado, y yo lo resucitaré en el último día’. Es Dios el que nos llama. Es lo que le está diciendo Jesús a aquellos que se han convertido en sus discípulos, que no fue solamente porque un día se sintieran atraídos por Jesús, sino porque fueron invitados a seguir a Jesús. ‘Venid conmigo…’ les iba diciendo Jesús como a Pedro y a su hermano Andrés, como a los hermanos Zebedeos, como a Mateo o Leví cuando estaba allí en su garita de recaudador de impuestos, y así a todos aquellos que había ido llamando por su nombre para que fueran sus discípulos, para constituir el colegio de los Apóstoles.

Hoy Jesús nos está diciendo cosas muy importantes, pero también hemos de reconocer que les costaba entender a aquellos que le escuchaban en la sinagoga de Cafarnaún, pero les esta pidiendo un plus, podemos decir, de confianza en El, de creer en Jesús. Y es que creer en Jesús significa dejarse transformar por El. Por eso les habla de vida nueva, de resurrección, que era algo que iba mucho más allá de lo que pudiera haber sido la resurrección de Lázaro o de la hija de Jairo. Creer en Jesús significa entrar en una nueva vida, en un nuevo sentido de vida, porque era además comenzar a vivir la vida de Jesús.

Por eso necesitamos comerle, para podernos llenar de su vida. Por eso nos dice que El es el Pan de vida, el verdadero Pan bajado del cielo y que comiéndole a El tendríamos vida para siempre, nos resucitaría en el último día. No nos quiere dar Jesús un pan que comiéndole volvamos a morir, porque no sea un pan que nos alimenta para siempre. No es cualquier cosa lo que quiere ofrecernos Jesús, porque es El mismo que se hace pan, es El mismo que nos da su carne, que nos da su vida.

Claro que son cosas difíciles de entender si nos quedamos en la literalidad de las palabras. Por eso la gente no le entiende y algunos incluso dejarán de seguirle. Pero El nos pide que confiemos en su Palabra, y que su Espíritu va a actuar en nosotros para que lleguemos a comprender y vivir ese misterio de Dios. Dejémonos conducir por su Espíritu y alcanzaremos vida para siempre.