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miércoles, 22 de abril de 2026

Mantengamos viva nuestra fe en Jesús no para revestirnos exteriormente de apariencias sino para dejarnos transformar por El para llenarnos de vida eterna

 


Mantengamos viva nuestra fe en Jesús no para revestirnos exteriormente de apariencias sino para dejarnos transformar por El para llenarnos de vida eterna

Hechos 8, 1b-8; Salmo 65;  Juan 6, 35-40

Todos tenemos ansias de vida, queremos vivir y por supuesto querer vivir de la mejor manera; sin embargo no todos ponemos el sentido de esa vida en lo mismo, algunos se contentan con lo que podríamos llamar vegetar, la expresión puede parecer fuerte e inhumana, pero sabemos que vivir es algo más que comer para alimentar el cuerpo y todos sus órganos cumplan con sus funciones; es algo más profundo que comienza por una dignidad pero también por una humanidad; darle sentido de humanidad a lo que hacemos y a nuestras relaciones, que significa poner corazón que es hacernos cercanía, poner sentimientos para también sentir con los sentimientos de los demás, tener metas que nos elevan más allá de lo material, buscar algo más que sentir los latidos del corazón que impulsa la sangre por nuestras venas, hay otros latidos, hay algo más en nuestro ser que es lo que nos hace vivir. Cuando empezamos a transitar por esta forma de vivir sentiremos una mayor plenitud en nuestra vida.

Y eso y mucho más nos quiere decir hoy Jesús con las palabras que le hemos escuchado en el evangelio. Nos ha hablado de un pan de vida que nos va a saciar plenamente, o sea que nos va a hacer vivir con la mayor plenitud; y es que cuando escuchamos a Jesús nos damos cuenta de otro sentido de vida, de otro sentido de vivir. Por eso nos pide creer en El, escuchar sus palabras pero para hacerlas vida en nosotros. y es que cuando escuchamos de verdad a Jesús nos damos cuenta que nuestra vida tiene otro sentido, que tenemos que llenarla de humanidad, que hemos de tener otra mirada a cuanto nos rodea pero sobre todo otra mirada a los que nos rodean, que hemos de llenar nuestra vida de amor.

Es así como nos sentiremos henchidos por dentro, es así como nos damos cuenta de que estamos viviendo de verdad porque al mismo tiempo estaremos trasmitiendo vida a los que nos rodean. Cuando nos acercamos a alguien con amor quien siente esa sintonía, quien se siente amado le hace sentirse lleno de vida. Por eso nuestro vivir en plenitud será también siempre trasmitir, sembrar vida.

Y Jesús nos está diciendo que eso que sentimos será para siempre. Por eso quien come el pan de vida que Jesús nos ofrece sabrá lo que es la vida eterna. La voluntad del Padre, como nos dice, es que nosotros también resucitemos en el último día. ‘Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’.

Es el camino en el que quiere ponernos Jesús, es la vida que El nos ofrece, por eso nos ha dicho que El es el verdadero pan bajado del cielo, para que el  hombre no muera, para que tengamos vida en el último día, para llevarnos a plenitud. Por eso tenemos que comer Cristo, que es entrar en profunda comunión con El, dejándonos empapar por su palabra que es la que nos llena de vida.

Qué importante mantener viva nuestra fe en Jesús. No lo miramos como un personaje de la historia como algunos lo quieren contemplar pero no trascienden a más, ni nos quedamos en un buen pensador que nos ofrece hermosos pensamientos con ideas muy bonitas, vamos a la persona, vamos a la vida, vamos a llenarnos de El. Nos despojamos de nuestras ideas, de nuestra manera de ver las cosas, de los mensajes que nos pueda ofrecer el mundo, para solo revestirnos de Cristo; pero no es un revestimiento externo para dar unas apariencias, es un vestirnos desde lo hondo de nosotros mismos dejándonos transformar por El. Su semilla de vida se siembra en nosotros para hacernos florecer como hombre nuevo con frutos de vida eterna.

viernes, 28 de abril de 2023

Nos sentimos tan unidos a Jesús que ya nuestro deseo es tener su misma vida, vivirle a El, y con El no puede haber muerte porque hay plenitud de amor

 


Nos sentimos tan unidos a Jesús que ya nuestro deseo es tener su misma vida, vivirle a El, y con El no puede haber muerte porque hay plenitud de amor

Hechos 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59

Decimos que el don más preciado en la vida; de nada podríamos disfrutar si no tenemos vida, está claro; no queremos morir, daríamos lo que fuese por conseguir el no morir; incluso cuando algunas veces parece la vida nos castiga, se nos hace dura, queremos vivir, tenemos ansias de salir adelante, no nos resignamos ante la muerte, aunque nos parezca irremediable. ¿Cómo conseguir que la vida no se nos acabe? ¿Cómo hacer para que la muerte no tenga la ultima palabra? Todos queremos vivir.

Abrían puertas de esperanza las palabras de Jesús, porque tocaban la fibra más hondo que todos llevamos dentro en ese amor a la vida, pero al mismo tiempo les costaba a los judíos terminar de entender las palabras de Jesús. Hablaba Jesús un lenguaje humano, un lenguaje que trataba de conectar con nuestros deseos más profundos, nos estaba hablando de lo que todos deseamos, pero no llegaban a comprender del todo el significado de las imágenes que Jesús nos proponía para hacerse entender. Como siempre nos sucede nos quedamos en la ‘palabrita’, en su interpretación literal, no terminamos de alcanzar el significado que nos llevaba más allá de lo que incluso escuchamos. Nos sigue sucediendo.

Todo el mensaje del evangelio es una invitación a la vida, pero a darle un sentido nuevo a la vida, a darle profundidad a la vida. Y eso cuesta a veces, nos podemos quedar en lo superficial. Pero Jesús dice tajantemente y no se desdice que hay que comerle a El para tener vida para siempre.

Se me ocurre pensar, cuando amamos profundamente parece que nos queremos comer aquello que amamos, o a aquel a quien amamos. Pensemos en las expresiones de los enamorados cuando se manifiestan su amor, pensemos en la ternura de una madre con su niño pequeño que parece que se lo quiere comer, y el beso es como una expresión sensible de ese deseo.

Cuando Jesús nos dice que tenemos que comerle para tener vida para siempre, ¿no nos estará diciendo que así tenemos que amarle, así tenemos que sentirle, así tenemos que asimilar sus palabras y su vida? A Jesús nos sentimos tan unidos que ya nuestro deseo es tener su misma vida, vivirle a El, y con El no puede haber muerte porque hay amor. Cuando le amamos y entonces le vivimos a El entonces ya seremos distintos, ya lo que hacemos tendrá otra amplitud, otro sentido, otro valor, otra plenitud.

Qué importante que nos sintamos unidos a Jesús. Es lo que de verdad nos hace cristianos, porque ya no es nuestra vida sino la vida de Jesús que está en nosotros. Nos sentimos plenamente unidos a Jesús y de nosotros tienen que desaparecer todos los signos de muerte, estamos venciendo a la muerte, estamos aprendiendo a vivir para siempre. Quien vive a Jesús no permitirá jamás que el odio se apodere de su vida; quien vive a Jesús no podrá vestirse de falsedad, de mentira, de hipocresía; quien vive a Jesús jamás se encerrará en si mismo sino todo en él será donación de su mismo, será generosidad, será compartir, será hacer que reine la paz y la armonía. Pero tenemos que vivir unidos a Jesús.

Eso es comer a Jesús, vivir en la plenitud de su amor. Lo expresaremos con signos, y tenemos la Eucaristía que entonces decimos que es Cristo mismo que con su Cuerpo y con su Sangre nos alimenta; la Eucaristía es entonces para nosotros presencia viva de Jesús, presencia real de Jesús en nosotros, en nuestra vida, para nuestro mundo. Por eso quien ama de verdad a Jesús y quiere permanecer unido a Jesús no podrá vivir sin Eucaristía. Qué importante es para nosotros.

jueves, 15 de abril de 2021

Escuchémosle y plantemos de verdad su palabra en el centro de nuestro corazón.

 


Escuchemos a Jesús y plantemos de verdad su palabra en el centro de nuestro corazón para que alcancemos a tener vida eterna

Hechos de los apóstoles 5, 27-33; Sal 33; Juan 3, 31-36

Aunque nos cueste reconocerlo, seguramente habremos sido recriminados por algún amigo que nos recuerda que él ya nos anunció determinada cosa que iba a suceder, nos previno quizá ante alguna situación dándonos pautas de por donde deberíamos actuar, o nos dio un buen consejo sobre determinadas cosas, actitudes o posturas que habíamos de tener, pero a lo que no le hicimos caso y así nos salieron las cosas. ‘Mira que te lo dije’, nos dice con todo cariño, pero de alguna manera echándonos en cara nuestra poca confianza en su palabra o en su consejo. Algo así nos habrá pasado quizás más de una vez.

De una forma o de otra es de lo que le está hablando Jesús a Nicodemo. Nos dice que el que viene de lo alto nos puede hablar de las cosas de Dios y de alguna manera nos está recordando algo que está muy presente en el evangelio de san Juan que ahora estamos escuchando en este tiempo de pascua; El es la Palabra de Dios, que estaba junto a Dios desde toda la eternidad, Palabra por la que se hicieron todas las cosas, Palabra que es para nosotros luz y camino de salvación, Palabra en la que escuchamos a Dios y las cosas de Dios.

Nos lo sabemos. Repetimos cada vez que la escuchamos en la celebración litúrgica que queremos alabar a Dios que nos regala su Palabra – ‘te alabamos, Señor’ decimos y repetimos cada día cada vez que se nos proclama la Palabra de Dios – pero hay el peligro que sea cosa que digamos simplemente, pero no lo hayamos asumido de verdad en la vida.

‘El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano’. Es Jesús el enviado del Padre que nos habla las palabras de Dios; es Jesús que nos regala su Espíritu, y como son siempre los regalos de Dios de amplitud infinita, ‘no lo da con medida’. Es Jesús el Hijo amado de Dios, su preferido y su elegido y en quien se complace que tiene en su mano todo el poder y la gracia de Dios.

¿Lo escuchamos? ¿Comprendemos y asumimos todo el misterio de Dios que en Jesús se nos manifiesta? ¿Qué valor le damos a su Palabra? Justo es que cuando la escuchamos lo primero que brote de nuestras palabras y de nuestro corazón sea la alabanza al Señor. ‘¡Gloria, y honor, y alabanza a Ti, Señor!’ tenemos que repetir, pero como bien sabemos la alabanza al Señor no son palabras que repetimos, sino la vida que ofrecemos.

¡Qué importante la fe que pongamos en Jesús cuando le escuchamos y cuando queremos seguirle para vivir su misma vida! ‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios pesa sobre él’. Nos llenamos de vida eterna. Ya nos dirá luego a lo largo del evangelio, por ejemplo, que le comamos para que tengamos vida para siempre, y que todo el que le coma vivirá para siempre y resucitará en el último día. ‘El que me come, vivirá por mí’, nos dirá. Nos pide fe en El. Y tener fe en El es escucharle para vivirle; tener fe en El es seguir sus huellas, caminar su camino, convertirle en la verdad única de nuestra vida. Y nos hablará de resurrección, y nos hablará de vida eterna que es vivir en El para siempre.

Y a eso tantas veces nosotros decimos ‘sí’ con nuestras palabras, con nuestro cántico de alabanza, con nuestra celebración que no es otra cosa que gozarnos en Dios, gozarnos en su Hijo Jesús y llenarnos de vida. Luego, es cierto, andamos con cojeras, porque no siempre lo traducimos a la vida de nuestra vida, no terminamos de impregnar nuestra vida de esa fe que profesamos para que lleguemos a vivir la vida de Jesús.

Nos puede recriminar Jesús, - ‘os lo había dicho’ -, porque nos había hablado palabras de Dios, porque nos había señalado el camino y las actitudes y los valores que habríamos de vivir, porque nos invita a comer en su Palabra y en su Eucaristía para que tengamos vida eterna. Pero en nuestra debilidad seguimos con nuestro pecado, nuestras dudas y nuestros miedos, nuestros apegos y nuestras rutinas, nuestra desconfianza para creer todo lo que nos dice Jesús y nuestra cobardía para tener el valor de arrancarnos de tantas cosas que como rémoras frenan el camino de nuestra vida cristiana de seguimiento de Jesús.

Escuchémosle y plantemos de verdad su palabra en el centro de nuestro corazón.

jueves, 23 de julio de 2020

Aspiramos a la mayor plenitud de nuestra propia identidad pero es en Cristo donde el hombre encuentra la verdad del hombre y alcanzamos la mayor dignidad


Aspiramos a la mayor plenitud de nuestra propia identidad pero es en Cristo donde el hombre encuentra la verdad del hombre y alcanzamos la mayor dignidad

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8
Somos celosos de nuestra propia identidad, queremos ser nosotros mismos. Es nuestra autonomía, es nuestro propio ser e identidad, somos lo que somos por nosotros mismos. Decimos que no tenemos que estar pareciéndonos a nadie, porque cada uno tiene su propia estima, su propio sello y las reivindicaciones que escuchamos en nuestra vida moderna que decimos tan llena de libertades son para ser nosotros mismos, aunque luego bien sabemos que andamos imitando a este o al otro, queremos seguir sus modos, vestir a su manera, presentarnos incluso con su imagen. Incongruencias en las que algunas veces nos vemos metidos cuando tanto reclamamos por otra parte.
A algunos, entonces, se les atraviesan las palabras que escuchamos hoy tanto en el evangelio como en la carta de san Pablo, cuando se nos habla de vivir tan unidos a Cristo que seamos una sola cosa con El y sin El nada podríamos ser ni nada podríamos conseguir. ‘Ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mi’, que nos dice san Pablo, por ejemplo. O lo que nos habla Jesús de la vid y los sarmientos y nos dice que somos los sarmientos que hemos de estar necesariamente unidos a la vid.
¿Paradojas? ¿Cosas sin sentido para el mundo de hoy? ¿Se trata quizá que desde nuestra fe en Jesús nos sentimos como anulados para no ser nosotros mismos? Si no sabemos escuchar bien lo que nos dice el evangelio pueden surgir esas dudas dentro de nosotros, porque nos podría parecer que nuestra fe nos anula.
De ninguna manera. Hay un principio de interpretación bíblica que nos dice que el evangelio o la palabra de Dios se explica y se entiende con el mismo evangelio o la misma Sagrada Escritura. Y es que ya nos repite muchas veces Jesús que El ha venido para que tengamos vida y tengamos vida en plenitud. Luego el evangelio no nos anula, sino que precisamente nos lleva por caminos de plenitud, de que seamos más nosotros mismos.
Cuando Jesús viene a hacerse vida nuestra lo que quiere es que vivamos nuestra vida pero con la mayor perfección; Él viene precisamente a arrancar de nosotros todo eso que se nos ha metido dentro para anularnos o para destruirnos, todo eso que puede mermar nuestro ser porque como rémoras se van pegando a nuestra vida nos dejan vivir en plenitud. El barco al que se la han pegado muchas rémoras en su casco ya no tendrá la ligereza ni la rapidez original para surcar el mar, para surcar las aguas, porque esas rémoras con como frenos que impiden esa ligereza y rapidez con que se ha de mover. Así nos pasa a nosotros.
Por eso la imagen que Jesús nos propone en el evangelio. Hemos de estar unidos a Cristo como el sarmiento está unido a la cepa, está unido a la vid. Pero ya sabemos cómo hay sarmientos que son como chupones que le quitan la fuerza al conjunto de la planta, hay sarmientos que no dan frutos porque todo se le va en ramaje y en hojas; se necesita la poda, la limpieza de esas ramas inútiles, de esos ramajes que le quitan la fuerza a la vid para que pueda producir abundantes y generosos frutos.
Todos conocemos, o al menos los que vivimos más cerca de las actividades agrícolas, del trabajo que el agricultor ha de realizar todos los años con la poda. ¿Para qué? Para que la vid sea más autentica, podríamos decir, para que cumpla en verdad su función, para que dé esos ricos frutos que todos esperamos.
Así en nuestra vida unidos a Cristo, purificados de todas aquellas rémoras que nos dejan vivir en plenitud porque nos arrastran, nos merman los ideales de la vida, nos impiden vivir en toda esa plenitud del amor que es donde alcanzamos la verdadera felicidad, el verdadero sentido de nuestro ser. Nos unimos a Cristo para que en verdad podamos desarrollar todos nuestros valores, todas nuestras cualidades, todo eso que hay como en potencia en nosotros y que desarrollándolo nos llevarán a esa plenitud de nuestro ser. Seremos más nosotros mismos porque entonces si van a brillar todas nuestras cualidades y valores.
Y es que en Cristo como tantas veces nos repetía san Juan Pablo II está la verdad del hombre, en Cristo el hombre encuentra su plenitud, con Cristo alcanzaremos la mayor y mejor dignidad.
Hoy hemos escuchado estos textos de la Palabra saltándonos la continuidad del tiempo ordinario porque celebramos a una de las patronas de Europa, santa Brígida de Suecia.

viernes, 1 de mayo de 2020

Descubramos la maravilla de la Eucaristía, porque comemos a Cristo para vivir en El, comemos a Cristo para que El viva en nosotros


Descubramos la maravilla de la Eucaristía, porque comemos a Cristo para vivir en El, comemos a Cristo para que El viva en nosotros

Hechos 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59
Se suele decir que la casa es imagen de aquel que la vive, pero también que uno es imagen de la vivienda en la que habita. Claro que no se trata de un vivir de forma esporádica en unos determinados momentos o como de paso en aquel lugar, sino que se trata de ese habitar en una vivienda donde vamos dejando nuestra impronta, nuestros gustos o nuestras apetencias que los dejamos marcados en aquellas cosas de las que nos valemos y que poco a poco se van convirtiendo en el hábitat de aquel lugar. Es algo más que un olor o un adorno que coloquemos, aunque eso marca también la impronta del lugar o la huella que nosotros dejamos en él. No es una cosa superficial, es algo profundo que deja huella en nosotros o nosotros dejamos huella en aquel lugar, repito, que habitamos.
¿Por qué me hago estas consideraciones que a alguno le podrían parecer elucubraciones o fantasías? Porque de eso nos está hablando Jesús de lo que va a significar verdaderamente nuestra vida cristiana. Decimos que cristiano es el discípulo de Cristo, y en la palabra discípulo solemos entender el que sigue a Cristo, el que sigue el mismo camino de Cristo. Está bien la definición y quien soy yo para enmendarla, pero sí creo que tendríamos que profundizar un poco más en esa consideración de lo que significa ser cristiano.
Muchas veces lo hemos entendido como el que imita a Cristo, copia en él las actitudes o los valores de Cristo, la manera de actuar y de vivir de Cristo. Está bien, pero creo que es mucho más. No se trata solo de una imitación, porque imita el cómico o el personaje de la farándula y a la hora de la representación le vemos como revestido de ese personaje; luego se quitará esas vestiduras o esos afeites con los que quiso caracterizar al personaje, y él será el mismo que era antes de aquella representación. Pero seguir a Jesús para ser cristiano no es eso, no es una representación, una careta o unas vestiduras que nos ponemos para parecernos, pero luego seguimos siendo los mismos. El llegar a copiar a Cristo es el llegar a vivir su misma vida.
Por eso nos puede valer lo que decíamos al principio. Porque ser cristiano es dejar que Cristo habite en nosotros y nosotros habitemos en El. Si así habitamos en Cristo y Cristo habita en nosotros es que ya no es nuestra vida sino la de Cristo. Es que vamos a ser imagen de Cristo que habita en nosotros por esa nueva forma de vivir, de actuar, de amar. Y a esto nos tiene que llevar la Eucaristía. Comemos a Cristo para vivir en El, comemos a Cristo para que El viva en nosotros.
Es lo que nos está diciendo hoy Jesús cuando nos habla del pan de vida que hemos de comer y que es su propia carne, su propia cuerpo. No vamos a entretenernos en la reacción de los judíos de Cafarnaún que no entendían como se podía comer la carne de Cristo. Es lo más que nos dice Jesús hoy. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mi y yo habito en él’. Y continuará diciéndonos: ‘Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí’. Habitar en Cristo y que Cristo habite en nosotros. O como nos dirá en la última cena ‘el que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará y vendremos y habitaremos en él’.
Seguir a Cristo, pues, es vivir por Cristo, es vivir en Cristo, es dejarnos inhabitar por Cristo. ‘El que me come vivirá por mí’, nos dice. Somos imagen de Cristo, porque es a El a quien vivimos, quien vive en nosotros y eso tiene que reflejarse en nuestro vivir. No son ya nuestras obras, sino las obras de Cristo. ¡Qué distinta tiene que ser nuestra vida!

viernes, 20 de abril de 2018

Sentir que Jesús vive en mí porque todo lo que hago en mi vida es la misma obra de Jesús es vivir la comunión con Jesús para comulgar con todo sentido


Sentir que Jesús vive en mí porque todo lo que hago en mi vida es la misma obra de Jesús es vivir la comunión con Jesús para comulgar con todo sentido

Hechos de los apóstoles 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59

‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí’. 
¿Qué significa comulgar? ¿Qué significa comer a Cristo, comer su Cuerpo y beber su Sangre? Creo que es algo en lo que tenemos que pararnos a pensar para hacernos una buena reflexión. Tenemos el peligro de las rutinas. Y las rutinas son malas ayudas porque cuando no vivimos algo con toda la intensidad que deberíamos vivirlo nos enfriamos, perdemos el gusto y todo se nos puede quedar en nada, en un puro rito que hagamos.
Es el peligro que tenemos con la Eucaristía. La convertimos en un acto social. En un fervor quizá mal entendido por esa superficialidad en la que podemos caer en la vida incluso en lo más sagrado, casi como un comodín para todo hacemos una Misa, como decimos, y en cualquier lugar o para cualquier cosa. Y desvirtuamos el misterio de la Eucaristía, y no llegamos a vivirla con la intensidad que tendríamos que vivirla y con las repercusiones que tendría que tener siempre para nuestra vida.
Pensemos, por ejemplo, en las palabras que escuchamos en el evangelio y en concreto las que hemos subrayado para comenzar esta reflexión. Habla de habitar en Jesús y Jesús habitar en nosotros; nos habla de que de la misma manera que Jesús vive por el Padre, quien comulga, quien come su carne y bebe su sangre, quien participa de la Eucaristía vive por Jesús. ¿Nos damos cuenta bien de lo que significan esas palabras?
Vivir por Jesús, vivir en Jesús y que Jesús viva en mi no es una cosa baladí, no es cualquier cosa. Sentir que Jesús vive en mi, es porque todo lo que hago en mi vida es la misma obra de Jesús; decir que habito en Jesús viene a decir que yo no sé hacer las cosas sino a la manera de Jesús. Mi pensamiento, mis sentimientos, mis actitudes, mi manera de actuar no podrían estar en contradicción con lo que hace, dice, siente, vive Jesús. ¿Y es de verdad el estilo y sentido del evangelio lo que impregna toda mi vida?
Cuando en la vida para justificarnos en lo que hacemos queremos darnos nuestras particulares explicaciones del evangelio, cuando decimos que no tenemos que tomarnos al pie de la letra lo que Jesús nos enseña en el evangelio, del amor, del perdón, del sentido y valor de la paz, del entendimiento que he de vivir con los demás, no podemos decir entonces que estamos viviendo en comunión con Jesús y su evangelio. ¿Qué sentido tiene comulgar si luego vamos a hacer las cosas de manera distinta a como Jesús nos enseña en el evangelio?
Es cierto que somos débiles, que tenemos tentaciones, que nos cuesta superarnos en muchas cosas y somos pecadores, pero tendríamos que tener el propósito y el deseo de querer vivirlo como Jesús nos dice. Así El es nuestra fuerza, nuestro alimento, nuestra vida. Así comiéndole a El sentiremos también su fuerza y su gracia que nos ayuda.
Por eso nos dice Jesús: ‘Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día’. Entendamos bien, entonces, lo que significa comulgar, comer a Cristo para vivir en El, tener vida eterna, estar llamados a la resurrección.