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jueves, 3 de julio de 2025

Aprendamos a decir, ‘¡Señor mío y Dios mío!’ para que se desvanezcan todas las desilusiones y dudas, y nos pongamos en su camino, seguir los pasos con Jesús

 


Aprendamos a decir, ‘¡Señor mío y Dios mío!’ para que se desvanezcan todas las desilusiones y dudas, y nos pongamos en su camino, seguir los pasos con Jesús

Efesios 2, 19-22; Salmo 116; Juan 20, 24-29

Hay ocasiones en la vida, que quizás porque estamos pasando por esos baches que tanta veces se nos presentan, lo vemos todo negativo, nos cuesta aceptar lo que otros desde su experiencia nos puedan decir, todo lo queremos más que comprobado, pero no por otros, sino por nosotros mismos; la desilusión nos embarga, lo que nos da ganas es de huir, de escondernos, de no estar con nadie, de echar a rodar todo lo que hasta ahora hemos conseguido, porque sentimos que en algunas cosas somos unas fracasados, o las promesas que nos hicieron, al menos tal como nosotros desde nuestro prisma escuchamos, es que todo iba a ser maravilloso, y ahora hemos visto lo contrario.

He querido describir aquí esa situación de desaliento y desilusión que hayamos podido pasar en alguna ocasión, porque con esa mirada quiero ver lo que estaban pasando los discípulos después de la pasión de Jesús – estaban encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos – y que además vemos prolongarse más en el apóstol Tomas. Se había ausentado de donde estaban reunidos todos los compañeros, sirviendo paños de lágrimas los unos de los otros, cuando habían experimentado la presencia de Jesús resucitado. Es lo que ahora cuentan a Tomás a su vuelta, pero es lo que tomas en su desilusión y desánimo no quiere aceptar. Lo quiere comprobar por sí mismo, con los dedos en las llagas de las manos y la mano en la herida del costado por la lanza. Eso era lo único que tenía cierto y que ahora quería comprobarlo.

Tomás no era de los que se quedan callados y se convencen fácilmente por aquello que le cuentan por mucho entusiasmo que pongan. Pero no es solo en este momento que nos narra el evangelio del día; en páginas anteriores lo encontramos también. Será en la Cena pascual que no termina de entender lo que Jesús está diciendo de volver al Padre y es lo que le suelta a bocajarro a Jesús. ‘Pero si no sabemos a dónde vas…’, le dice. Si supiéramos a donde vas podríamos entender el camino para ir y hasta nos apuntaríamos, parece decirle Tomas.

El quiere las cosas claras y en el momento, aunque algunas veces sea difícil tomar la decisión. Había sucedido antes, cuando se habían retirado más allá del Jordán porque sabían que los judíos maquinaban contra Jesús. Han llegado noticias de la enfermedad de Lázaro y aunque en principio parecía que Jesús no le había dado importancia, permaneciendo allí algunos días más, al final decide ir a Betania. ‘Lázaro está dormido y hay que despertarlo’, les dice aunque no entienden.

Y Jesús toma la decisión de ir aun con el desconcierto y rechazo de la mayoría. Si nos habíamos venido aquí porque te buscaban para matarte, ahora quieres volver. Los prudentes, siempre hay prudentes que previenen los peligros y no quieren meterse en la boca del lobo, y hay reticencia ante la decisión de Jesús. Pero será Tomás el que se adelante. ¿Cómo podemos dejarlo solo en estos momentos? Tenemos que ir, aunque él no vea las cosas claras, pero está decidido a estar con Jesús. ‘Vayamos con El y si es necesario muramos con Él’.

Unas palabras tremendas que comprometen, pero que quizás muchas veces olvidamos pronto. También Pedro dirá en la cena que está dispuesto a morir por Jesús, que lo daría todo por Él, pero qué pronto se aflojó y se durmió cuando Jesús les dijera que oraran como Él lo estaba haciendo allí en Getsemaní, pero un rato más tarde negaría conocer a Jesús, aquel que decía que iría con Él a donde fuera y estaría dispuesto a dar la vida por El. Hasta se había llevado una espada, por si acaso, cuando fueron al huerto.

Tomás también nos dice que vayamos con Jesús y muramos con El, aunque luego vengan las dudas y los retrocesos, porque sería de los que lo abandonaron en el huerto y huyeron ante la avalancha de guardias y soldados. Pero Él quería conocer el camino, aunque le costara encontrarlo y pasara también por dudas y huidas. No estaba en el cenáculo cuando Jesús había venido y seguía con sus dudas. Pero todo se va a venir abajo cuando de verdad se encuentre frente a frente con Jesús. Ya no necesitará meter el dedo en la llaga, ya no serán necesarios más convencimientos. Ahí está su hermosa fe: ‘Señor mío y Dios mío’. ¿Se puede decir más en tan poquitas palabras? Lo está diciendo todo, que ha encontrado el camino, que está dispuesto a todo y un día derramará su sangre, que no necesita palpar con sus manos porque lo está sintiendo en el corazón.

Algunas veces hemos visualizado mucho el contemplar a Cristo resucitado con la corporeidad y nos hemos olvidado donde en verdad lo estamos sintiendo y que solo lo podemos hacer desde la fe.

Aprendamos a decir, ‘¡Señor mío y Dios mío!’ para que se desvanezcan todas las desilusiones y todas las dudas, para que nos pongamos en su camino que es hacer los pasos con Jesús.


domingo, 11 de mayo de 2025

Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder ser misioneros en medio de nuestro mundo

 


Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder ser misioneros en medio de nuestro mundo

Hechos 13, 14. 43–52; Salmo 99; Apocalipsis 7, 9. 14b-17; Juan 10, 27-30

A veces damos la impresión que nos lo sabemos todo, vamos con nuestros prejuicios por delante, con nuestras ideas preconcebidas, con nuestras apariencias y empleo esta palabra no solo refiriéndome a nuestras apariencias personales que damos sino que nosotros nos hacemos una apariencia de la otra persona para juzgarla o para condenarla sin conocerla ni escucharla. No, si yo la conozco bien, de toda la vida, decimos, pero quizás nunca nos hemos detenido a hablar con esa persona para saber lo que piensa o por qué hace las cosas.

Necesitamos escuchar para conocer; y nos cuesta escuchar, porque ponemos una presintonía en nuestros oídos y no estamos escuchando a la persona sino escuchándonos a nosotros mismos en las prevenciones que podamos tener hacia esas personas. Escuchando podemos conocer y podemos comenzar a establecer una nueva relación, una relación de amistad, una relación de nueva comunión. Nos aislamos y solo nos escuchamos a nosotros mismos.

Pero nos sucede en todos los aspectos de la vida, en nuestras relaciones con las personas que nos rodean, muchas veces comenzando por la propia familia, pero puede sucedernos en las cosas que emprendamos que vayamos solo encuadramos en nuestras propias maneras de ver las cosas, o nos puede suceder en todo lo que es nuestra relación con la sociedad en la que vivimos; desconocemos cual es el sentir de ese mundo cercano a nosotros y luego no sabremos responder a los problemas que se presentan.

¿Nos sucederá también en lo que es nuestra relación con Dios, en nuestra manera de entender lo que significa ser cristiano, en la tarea que como cristianos tenemos que realizar en nuestro mundo, en nuestra relación también con la Iglesia? Quizás tendrían que ser cosas que también nos planteáramos.

Estamos en este ya cuarto domingo de pascua celebrando el domingo llamado del Buen Pastor, por la imagen que se nos ofrece en el evangelio en los tres ciclos litúrgicos. Hoy nos dice Jesús en el evangelio ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano’.

Nos propone Jesús la imagen tan bucólica de las ovejas y de sus pastores. ‘Mis ovejas escuchan mi voz…’ nos dice, ‘y yo las conozco, y ellas me siguen’. Una imagen muy hermosa. Quizás en nuestra sociedad tan urbana en que vivimos estemos lejos ya de esa experiencia de las ovejas y de los rebaños en el campo, pero si en nuestra cultura de hoy estaremos más acostumbrados a tener nuestras mascotas en casa, unos animalitos que nos hacen compañía, que cuidamos o que ellos también nos siguen y hasta en cierto modo nos cuidan. ¡Cómo conocen nuestra voz! ¡Como sienten nuestra cercanía aunque no nos vean cuando llegamos a casa! Son experiencias que fácilmente muchos podamos tener.

Nos está queriendo hablar Jesús de cómo hemos de escucharle. Nos llamamos cristianos, sin embargo, y muchas veces no hemos sabido escucharle, no nos detenemos lo suficiente ante las páginas del evangelio para conocerle y para aprender a seguirle, no hacemos ese silencio interior para escucharle allá en lo más hondo de nosotros mismos. ¿En qué hemos convertido muchas veces eso de ser cristiano? ¿Solamente en una tradición porque aquí todos somos cristianos, porque mis padres eran cristianos y me bautizaron y un día quisieron que hiciéramos la primera comunión?

Es cierto que quienes nos acercamos más a las celebraciones litúrgicas tenemos más la oportunidad de escuchar la Palabra de Dios; pero eso tenemos que aprender a hacer, escuchar, escuchar de verdad la Palabra de Dios, que no es solo lo que luego el sacerdote pueda decirnos o comentarnos en la homilía, que forma parte también, es cierto, de esa proclamación de la Palabra de Dios, sino en ese necesario silencio interior que hemos de hacer para escuchar en lo más hondo de nosotros esa Palabra de Dios.

¿Andaremos muchas veces distraídos, entretenidos en nuestros pensamientos, atentos a otras cosas que puedan haber en el entorno de nuestras celebraciones pero no atentos a escuchar lo que allá en lo más hondo de nosotros mismos el Señor quiera decirnos? Nada tendría que distraernos en esa proclamación de la Palabra de Dios, en ninguna otra cosa tendríamos que estar entreteniéndonos. No siempre lo hacemos.

Escuchar para conocer, escuchar para poder seguir, escuchar para poder ser discípulos, escuchar para poder llenarnos de Dios, escuchar para descubrir por donde tiene que ir la respuesta de nuestra vida, nuestro compromiso cristiano, escuchar sin prevenciones o con ideas preconcebidas, escuchar para poder ser luego misioneros en medio de nuestro mundo. ¿Si no hemos escuchado qué es lo que luego podemos trasmitir?

sábado, 18 de enero de 2025

Seamos capaces de levantarnos de donde estamos apoltronados para arriesgarnos a ponernos en camino, como nos invita Jesús

 


Seamos capaces de levantarnos de donde estamos apoltronados para arriesgarnos a ponernos en camino, como nos invita Jesús

Hebreos 4,12-16; Salmo 18; Marcos 2,13-17

Vamos conmigo, nos dijo un amigo y nos invitó a dar un paseo o nos lleva a una fiesta; vamos conmigo le dice el padre a su hijo porque quiere enseñarle su lugar de trabajo; vamos conmigo nos dice el intrépido viajera y nos lleva a conocer mundos, países, culturas… estamos recibiendo invitaciones por todos los medios a no quedarnos anclados en el sitio o el momento de la vida donde estamos, en el lugar de la vida que ocupamos, en el trabajo que tenemos, en lo que estamos haciendo de siempre, en lo que ya conocemos, porque hemos de tener otros horizontes, porque tenemos que comprender el sentido de la vida que nos impide quedarnos anquilosados, porque tenemos que descubrir nuevas posibilidades, porque hemos de ser capaces de desarrollar todas las capacidades que tenemos, porque queremos darle otra profundidad a la vida…

Ofertas, llamadas, invitaciones, impulsos que sentimos dentro, horizontes que se abren, vida que queremos vivir en mayor plenitud, que no queremos ramplona, superficial, carente de metas. Son como un reto, son también un riesgo porque no sabemos si siempre acertaremos, porque nos podemos equivocar, porque quizás nos ponemos en peligro situaciones que ya vivimos o privilegios de los que gozamos y podemos perder. Es necesario decisión y dejar los miedos atrás, coraje para enfrentarnos a lo desconocido quizás, valentía para acallar cobardías. Solo así podremos alcanzar nuevas metas, haremos un camino en verdadera ascensión. Y ya sabemos que ascender por una cuesta, por una pendiente nos exige esfuerzo y decisión.

Aquel hombre estaba tranquilamente allí ocupado en sus asuntos; era su responsabilidad y era también su negocio, su medio de vida en la búsqueda de unas ganancias. Y pasó Jesús y le dijo ‘Vamos conmigo, sígueme…’ No hicieron falta ni más palabras ni más explicaciones. Y aquel hombre se levantó de donde estaba sentado y dejándolo todo se fue con Jesús.

¿Dónde quedaban sus negocios y sus ganancias? ¿A qué se iba a dedicar ahora? ¿Qué futuro de vida le esperaba? ¿Qué es lo que iba a ganar? Habrían pasado quizás por su cabeza estas o parecidas preguntas llenas de inquietud. Pero en lo escueto que es el relato del evangelio no hay tiempo de buscar todas esas necesarias garantías de que aquel camino que comenzaba en verdad le era conveniente. Solo hay una fe y una confianza en la palabra de quien le estaba invitando a irse con El. Además su decisión, aunque fuera inesperada, porque inesperada fue también la llamada y la invitación  fue algo que tomó con alegría, porque inmediatamente organizó una fiesta, un banquete y allí estarían Jesús y sus discípulos que siempre le acompañaban, como iba de ahora en adelante acompañarle él, pero también estaban invitados los que habían sido sus amigos de siempre.

Pero hay cosas que levantan ampollas, quizás no tanto en quien tiene que hacer el camino, sino en los que le rodean y no comprenden decisiones ni nuevos estilos. Eso estaba pasando al lado de aquel banquete que Leví había preparado. ‘Vuestro maestro come con publicanos y pecadores’. Y es que Leví era de ese grupo de los publicanos, por el oficio que desempeñaba.

Allí estaban los puros y los santos, como los sigue habiendo en todas partes, dispuestos al juicio y al prejuicio, dispuestos a la condena y llevar al desprestigio a quien está ofreciendo algo nuevo y distinto. ‘Vuestro maestro come con publicanos y pecadores’. Allí estaban todos participando de la misma mesa, como signo del banquete del Reino. Lo que Jesús estaba anunciando allí se estaba realizando. Era un reino nuevo en el que no tenían que privar ni los intereses ni los privilegios, un banquete a cuya mesa podían sentarse todos porque todos estaban invitados. ¿No se llenó la sala del banquete de todos aquellos que fueron a buscar por los cruces de los caminos, porque los primeros que estaban invitados rechazaron el banquete? Ya nos dirá Jesús que cuando hagamos un banquete no invitemos a los nos pueden pagar invitándonos luego a sus banquetes; nos dice que invitemos a los que nada tienen, porque de los pobres es el Reino de los cielos.

Muchos interrogantes suscitan en nuestro interior este pasaje del evangelio. ¿Seremos capaces de levantarnos de donde nos sentimos anclados para ponernos en camino a algo nuevo como lo que nos ofrece Jesús? ¿Nos sentaremos en la misma mesa donde se sientan los pobres y los que no saben comer porque nada tienen, los pecadores que necesitaran un baño de gracia y un vestido de fiesta y aunque no lo tengan allí también están sentados? ¿A quienes vamos a invitar a nuestra mesa para dar señales del Reino nuevo de Dios que Jesús nos anuncia?

martes, 2 de mayo de 2023

Necesitamos redescubrir el evangelio, sintiéndolo como realmente nuevo para nosotros, dejándonos asombrar por sus palabras para que sea en verdad buena noticia

 


Necesitamos redescubrir el evangelio, sintiéndolo como realmente nuevo para nosotros, dejándonos asombrar por sus palabras para que sea en verdad buena noticia

Hechos 11, 19-26; Sal 86; Juan 10, 22-30

Somos enrevesados en la vida, nos enredamos en nuestras propias redes y no sabemos cómo salir de ellas. Pedimos pruebas, pero luego no las aceptamos, ni escuchamos las pruebas que nos dan. Hay que ver con qué facilidad nos ofuscamos en nuestras cosas, en lo que llevamos ya de antemano a la mente y aunque nos digan las cosas claramente no damos el brazo a torcer, no reculamos para reconocer nuestro error, o al menos para aceptar con humildad las pruebas que se nos ofrecen.

En todos los ámbitos de la vida; fácilmente convertimos en enemigo al que discrepa de nosotros, al que tiene la osadía de pensar de otra manera, al que nos ofrece otra salida. Qué discusiones más rocambolescas nos armamos discutiendo en la solución de problemas; pudiera dar la impresión que todos estamos buscando una salida, una solución, pero no somos capaces de ver lo que propone el otro y lo rechazamos sin más, con qué facilidad nos atribuimos méritos cuando quizás lo que hemos hecho ha sido continuar por donde iba el otro, aunque a veces eso no lo aceptamos y preferimos romper los papeles del todo para que no quede nada, aunque luego tengamos que hacer por nuestra parte lo mismo, pero al final nos pondremos las medallas. Cuantas cosas vemos que suceden en ese estilo en nuestro entorno.

Les costaba a los judíos entender a Jesús, bueno, aunque lo entendieran siempre llevaban por delante el rechazo, porque era obra de Jesús, y eso les podía quitar sus méritos. Piden pruebas, pero no se detienen para escucharlas. Pero qué importante es escuchar a Jesús. Por algo es la Palabra que se encarna, que se hace cercana, que es luz y que al mismo tiempo nos alimenta. Tenemos que saber escuchar a Jesús. El evangelio es una continua invitación a ello. Desde las palabras del Padre desde la nube, ya sea en el Tabor o en el Jordán, siempre nos insistirá en que le escuchemos.

Y es lo que nos dice Jesús. Y por eso nos pone esta alegoría del pastor que cuida de sus ovejas, les busca pastos, las alimenta y las defiende, pero las conoce y sus ovejas le conocen a El. Es la ternura que nos falta. Se nos habla aquí de ovejas y de rebaños que conocen a su pastor, oyen su voz, oyen sus silbidos, y le siguen. Quienes hemos tenido alguna vez a nuestro cuidado algún animalito, bien sea porque los cuidemos en el campo, o como hoy va siendo tan habitual porque los tengamos como mascotas, como animales de compañía, bien sabemos de la lealtad hacia sus dueños, hacia quienes los cuidan y los alimentan. Es algo muy tierno observarlos de cómo ellos nos observan o están pendientes de nosotros, y a la menor señal los tenemos a nuestro lado.

Pero ¿seremos nosotros así con Jesús? ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano’, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Pero quizás cuantas veces preferimos cantos de sirena a la voz de Jesús; estamos más atentos a la novedad que surge acá o acullá que nos habla de cosas nuevas, de nuevas espiritualidades, de cosas esotéricas, de no sé qué interpretaciones cabalísticas que nos hace no sé quien salido de no sé donde pero al que los medios de comunicación, la televisión le dan mucho chance, y olvidamos el evangelio que tenemos ahí ante nuestros ojos.

Necesitamos los cristianos redescubrir el evangelio, hacer una lectura nueva quitando prejuicios, dejando a un lado explicaciones de siempre, sintiéndolo como algo realmente nuevo para nosotros, dejándonos asombrar por sus palabras. Necesitamos un espíritu nuevo, una apertura del corazón, un dejarnos conducir de verdad por el Espíritu del Señor quitando miedos, arriesgándonos a plantarlo de verdad en nuestro corazón. Sentiremos su novedad, sentiremos que es verdad es evangelio, es buena noticia para nosotros.

miércoles, 19 de abril de 2023

Queremos creer en Jesús, queremos escucharle y hacernos sus discípulos, queremos ir también a hacer ese anuncio de salvación a nuestro mundo de hoy

 


Queremos creer en Jesús, queremos escucharle y hacernos sus discípulos, queremos ir también a hacer ese anuncio de salvación a nuestro mundo de hoy

Hechos de los apóstoles 5, 17-26; Sal 33; Juan 3, 16-21

Hemos retomado esta semana el evangelio de Juan que nos acompañará en todo este tiempo pascua y hemos partido del encuentro de Nicodemo con Jesús. Aquel magistrado judío que fue de noche a ver a Jesús.

El tema de la luz y de las tinieblas es bien significativo en el evangelio de san Juan; en diversos momentos aparecerá esta imagen y no hemos de perder de vista lo que el evangelio está queriendo transmitirnos. Ya al principio del evangelio nos habló de la luz que era la vida, pero que la tiniebla rechazó, no quiso recibir. En diversos momentos del evangelio volverá a aparecer esta imagen por ejemplo en la curación de los ciegos que vuelven a encontrarse con la luz. Pero siempre por detrás irá apareciendo la contraimagen de los que prefieren las tinieblas, de los que rechazan la luz cuando rechazan a Jesús.

Nicodemo estaba también en tinieblas – era de noche cuando fue a ver a Jesús – pero es alguien que está buscando la luz. Su encuentro con Jesús es de alguna manera un dejarse interrogar por Jesús que le habla de una nueva luz, de un nuevo nacimiento. Pero el encuentro con esa luz parte del amor. Todo el evangelio viene a ser un anuncio de lo que es el amor de Dios, un amor tan grande, como nos dice hoy, que nos entregó a su propio Hijo.

Una entrega de amor que se convertirá en lo más sublime en una entrega incluso cruenta, cuando Jesús muere por nosotros. Ese encuentro con Jesús que así se entrega por nosotros se convierte en el juicio de Dios. Pero Dios no ha enviado su Hijo al mundo para condenar el mundo, sino para que el mundo se salve por medio de El. Por eso hemos de creer en El y quien crea en Jesús encontrará la salvación. Se nos repetirá tanto en la teofanía del Bautismo como en la del Tabor que es el Hijo amado y predilecto de Dios a quien tenemos que escuchar. Por eso esa entrega de Jesús será para nuestra salvación.

Ya nos dirá Jesús allá en Betania cuando lo de la resurrección de Lázaro que El es la resurrección y la vida y quien cree en El no morirá para siempre. Es el paso necesario de nuestra fe, es el paso necesario de escuchar a Jesús, es el paso necesario de Jesús en Jesús. Jesús es la Buena Noticia de salvación para el hombre de todos los tiempos. Por eso ha enviado a sus discípulos por todo el mundo a hacer ese anuncio del evangelio para que el que crea en El se salve, encuentre la salvación.

Nos acercamos a la luz, queremos dejarnos iluminar por la luz. Es cierto que no siempre nuestras obras no han sido buenas, y podemos tener el temor de acercarnos a la luz porque se descubriría la maldad que tantas veces nos ha acompañado en nuestra vida. Pero porque creemos en Jesús, que nos vino a traer la salvación, no tememos a la luz, queremos dejarnos iluminar por la luz, porque para nosotros es una luz que nos salva, que nos ilumina, que transforma nuestras tinieblas en obras de luz. Y lo podemos hacer con toda esperanza porque nos confiamos al amor de Dios que nos envía a su Hijo no para condenación sino para salvación.

No lo olvidemos, tenemos que repetírnoslo muchas veces. ‘Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’. Es nuestra fe, es nuestra esperanza, es la seguridad de la salvación. Queremos creer en Jesús, queremos escucharle y hacernos sus discípulos, queremos ir también a hacer ese anuncio de salvación a nuestro mundo de hoy.

jueves, 23 de febrero de 2023

Encrucijadas en el camino ante las que tenemos que tomar nuestra decisión para seguir o no a Jesús, y El nos habla de tomar nuestra cruz de cada día

 


Encrucijadas en el camino ante las que tenemos que tomar nuestra decisión para seguir o no a Jesús, y El nos habla de tomar nuestra cruz de cada día

Deuteronomio 30, 15-20; Sal 1; Lucas 9, 22-25

En la vida continuamente nos vamos encontrando encrucijadas. Como cuando nos ponemos a caminar por cualquier calle de nuestra ciudad, y si queremos también en nuestros campos; a cada tramo del camino que vamos haciendo pronto nos encontraremos con el cruce de otra calle - ¿una encrucijada?, la palabra viene de ahí – y tenemos que decidirnos por donde vamos; ¿seguimos derecho? ¿Cogemos a un lado o a otro? Depende de donde queramos ir, por donde llegamos mejor, más cerca, con más facilidad; pero en nuestras manos está la decisión del camino que cogemos, dependiendo, como decíamos, del sitio a donde queremos llegar. ¿Tendremos clara nuestra meta, nuestro punto final?

Así decimos en la vida. Tenemos que estar tomando decisiones, escogiendo el mejor camino, teniendo seguridad de la meta que queremos alcanzar. Y no siempre es fácil; aquella calle, aquella avenida, aquella senda que se abre a un lado o a otro nos puede resultar atractiva; son tantas las cosas que nos atraen, nos llaman la atención, nos quieren distraer, nos pueden engañar con sus atractivos. Seguridades necesitamos.

De eso nos está hablando hoy la Palabra de Dios, nada más iniciar este camino de Cuaresma, que comenzamos ayer. Caminos de vida o caminos de muerte, caminos luminosos o caminos llenos de oscuridad, incertidumbres e inseguridades que nos podemos encontrar. ¿Qué queremos alcanzar? ¿Qué queremos ganar?

Cuidado con esta palabra que nos puede resultar engañosa. ¿Cuáles son los intereses de nuestras ganancias? Cuando hablamos de ganancias podemos materializarnos en exceso, estar pensando solo en ganancias materiales, ¿económicas? ¿Ganancias que nos hagan relumbrar ante el mundo que nos rodea? ¿Cuáles son esas luminosidades para la gente que está a nuestro alrededor? ¿Cuál es la luminosidad que queremos dar a nuestra vida?

Aquí se trata de coger el evangelio con las dos manos, sentirnos seguro con el evangelio, del mensaje que se nos está ofreciendo. Y la buena nueva que nos está ofreciendo Jesús en cierto modo nos inquieta, porque parece que no siempre coincide con nuestras aspiraciones o con nuestros sueños. Se nos habla de ganar el mundo, pero del peligro de perderlo; se nos habla de entregar la vida, aunque nos parezca que la perdemos, pero con lo que tendremos ganancia segura. Nos cuesta entender.

Pero es que antes Jesús nos ha hablado de cual es su camino. Es un camino de amor y de vida, pero por eso mismo es un camino de entrega y entrega hasta el final. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’.

Decir que amamos puede resultarnos fácil de decir. Todos hablamos de amor, pero no siempre lo entendemos de la misma manera. Jesús nos habla de un amor que entraña padecimientos y muerte. Eso ya es otra canción que no es tan fácil de cantar. Por eso a los discípulos les costará tanto entenderla. Como nos cuesta a nosotros. Porque preferimos amor mientras nos van bien las cosas, cuando no cueste demasiado sacrificio, cuando yo puedo ir escapando sin muchas complicaciones. Pero de eso no es de lo que nos habla Jesús. Por eso algún día Pedro se rebelará contra esas palabras y anuncios de Jesús.

Por eso hoy Jesús nos dice que tenemos que ser capaces de coger la cruz. ¿Pero si el madero hasta es áspero al contacto con nuestras manos? Pero esa es la madera que quiere que Jesús cojamos, porque ahí está nuestra vida, nuestras cosas, nuestras luchas, lo que aspiramos y lo que soñamos, que tenemos que dejarlo a un lado muchas veces si queremos en verdad seguir a Jesús. Nos habla Jesús de negarnos a nosotros mismos, o sea que no nos pongamos nosotros los primeros y por delante, sino que seamos capaces de hacernos los últimos, porque siempre tenemos que ser servidores.

Son las encrucijadas que vamos a encontrar en el camino, y ante lo que tenemos que decidirnos, tomar decisión, queremos en verdad llegar hasta la meta. ¿Seremos capaces? ¿Seguiremos siempre buscando calles bien adoquinadas y caminos perfecta y cómodamente trazados?



domingo, 24 de octubre de 2021

Que no se nos cierren los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, o no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que sucedan en nuestro entorno

 


Que no se nos cierren los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, o no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que sucedan en nuestro entorno

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52

Parece una escena muy estática el comienzo de la narración que nos hace hoy el evangelista Marcos. A la salida de la ciudad un ciego al borde del camino pidiendo limosna – era un lugar de paso muy apropiado – y un grupo de peregrinos que se dirige a Jerusalén. Era el camino normal para los peregrinos que venían de Galilea bajando el valle del Jordán para no tener que cruzar por Samaria y desde Jericó iniciaban la subida hasta Jerusalén. Algo que podría pasar sin mayores incidencias.

Pero allí había oídos atentos, aunque hubiera otros que quisieran hacerse sordos. Y aunque no ve, Bartimeo escucha. Qué importante es tener los oídos atentos para escuchar donde podría parecer que todo se confundía. Habría otros quizá que también quisieran hacerse los ciegos y pasar de largo como tantas veces sucede. Aquel grupo no era un grupo cualquiera porque allí iba Jesús con sus discípulos y acompañantes. Y Bartimeo lo escucha y comienza a gritar.

Ya en esa pequeña descripción que estamos haciendo se están manifestando muchos signos. El ciego que está al borde del camino, los oídos atentos para percibir la más mínima señal de lo que quizás otros no son capaces de escuchar, la confusión y la ceguera de los que quieren pasar de largo. Nos daría para muchas consideraciones. Vamos por el camino de la vida muy ensimismados en nuestras cosas o en nuestros intereses y ni vemos ni escuchamos, no somos capaces de percibir algunas veces ni el dolor de los que están a la vera del camino de la vida, a cuantos vamos marginando en nuestro caminar porque no son de los nuestros o porque son incapaces de seguir nuestro ritmo. ¿Qué será realmente lo importante en ese camino que vamos haciendo, simplemente el llegar porque es de nuestro interés o estar atentos para escuchar o para percibir lo que hay o sucede a nuestro lado?

Por eso aquellos que caminaban al lado de Jesús – quizás incluso intentando escuchar las palabras de Jesús – recriminan al ciego para que se calle porque sus gritos son una molestia. ¿No dejan oír o simplemente pueden interpelarles su conciencia? Pero Jesús si ha escuchado – y volvemos con la escucha – los gritos de aquel ciego que está a la orilla del camino. Y lo llama, les pide a los que le acompañan que se lo traigan. Ahora sí que le dicen ‘mira que te llama’ y le abren camino para que llegue hasta Jesús.

Ya conocemos el diálogo entre el ciego y Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Aquel hombre está pidiendo una limosna al borde del camino porque la vida del ciego era de una pobreza y miseria extrema. Pero ahora no es una limosna lo que pide. ‘Señor, que pueda ver’. Y Jesús le dice ‘anda, tu fe te ha salvado’, y recobró la vista.

Aquel hombre estaba ciego pero su fe no se había apagado. Y fue su salvación. La sensibilidad de su alma se había mantenido firme y eso le hacia tener quizás oídos más atentos para darse cuenta del paso salvador que estaba acaeciendo a su lado.

¿Se nos apagará la fe cuando los problemas nos envuelven, cuando la necesidad nos aprieta, cuando nos vemos quizás tirados al borde del camino? Aunque vayamos aparentemente caminando con normalidad por los caminos de la vida ¿se nos habrá apagado quizás nuestra fe porque ya teníamos nuestras seguridades y nuestros apoyos en nuestras posibilidades o en lo que de normal íbamos haciendo?

Acomodados en nuestra vida y en nuestros caminos que vamos haciendo de un lado para otro ¿se nos habrán ido cerrando los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, para no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que puedan suceder en nuestro entorno o puedan suceder a los demás y ya no queremos ver ni queremos oír?

¿Nos habremos ido cansando de lo dura que es la vida y de forma egoísta nos centramos solo en nuestras cosas queriendo desentendernos de los demás porque ya tenemos bastante con lo nuestro? Nos vamos encerrando de tal manera y perdiendo la sensibilidad que ya no somos capaces de escuchar el paso salvador de Dios a nuestro lado.

Pero fijémonos en un detalle último. Jesús a aquel ciego, al que han tenido que ayudar para que pudiera llegar a los pies de Jesús, ahora lo pone en camino. ‘Anda, le dice, tu fe te ha salvado’. Y el ciego se puso en camino, pero para seguir a Jesús en el camino de subida a Jerusalén que tanto iba a significar. Ahora ya él no era como aquellos que simplemente iban al lado de Jesús, sino que se puso a seguir el camino de Jesús. ‘Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino’.

¿Será ésa nuestra reacción tras el encuentro con Jesús que hemos tenido con este evangelio?


martes, 27 de abril de 2021

Escuchar a Jesús significa plantar en la vida sus palabras para que se transformen en actitudes nuevas, en nuevas posturas y compromisos, en una nueva forma de vivir y existir

 


Escuchar a Jesús significa plantar en la vida sus palabras para que se transformen en actitudes nuevas, en nuevas posturas y compromisos, en una nueva forma de vivir y existir

Hechos de los apóstoles 11, 19-26; Sal 86;  Juan 10, 22-30

Cuando hacemos preguntas se supone que estamos interesados en encontrar respuesta a lo que no sabemos; se supone sinceridad auténtica en quien hace la pregunta con curiosidad e interés por aprender, por conocer aquello que no conocemos. Pero seguramente habremos visto preguntas hechas con mucha astucia porque queremos obtener la respuesta que a nosotros nos interesa. No es interés por la verdad sino son deseos que tergiversan preguntas y respuestas para hacer decir a quien nos responde lo que nos interesa; preguntas capciones, preguntas interesadas y dirigidas, donde quizá lo que buscamos es un apoyo a lo que son nuestras ideas, pero no son deseos de verdad.

A través del evangelio nos encontramos muchas situaciones así en quienes hacen preguntas a Jesús, a fuer de presentarse con tentaciones de vanidades con alabanzas y adulación como cuando le dicen para reconocer de boquilla afuera que Jesús es sincero y veraz. Son las preguntas por los intereses de la vida eterna cuando no están dispuestos a hacer lo que les pide Jesús, son las preguntas por el mandamiento principal de la ley pero intentando ver si Jesús responde con lo que dice la Escritura, o son preguntas como la que hoy escuchamos donde le preguntan algo así como por la propia identidad de Jesús.

‘¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente’, le dicen hoy. Pero ellos tenían una idea de Mesías muy particular y era eso realmente lo que buscaban en Jesús. Entre ellos estaba el concepto del Mesías que se presentaría algo así como un guerrillero libertador que les iba a liberar del yugo de los romanos que eran los que ahora los dominaban. Muchos movimientos en ese sentido circulaban sobre todo por Galilea con esos deseos de liberación y que querían aprovecharse de cualquier movimiento del pueblo para alzarse en armas. Pero no era la idea de Mesías de Jesús.

Jesús les habla de un reino nuevo, el Reino de Dios que precisamente no va por esos caminos de violencia; han de saber reconocer las obras que Jesús hace y que nos manifiestan ese señorío de Dios en nuestras vidas; les habla de un camino nuevo donde han de escucharle como al Pastor que en verdad guía sus vidas y han de seguirle; pero han de conocer y escuchar su voz, o lo que es lo mismo, creer en El para seguirle y alcanzar la vida eterna.

‘Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano…’

A pesar de los entusiasmos que en muchas ocasiones manifestaban sin embargo su fe en El no era totalmente sincera y en muchos momentos muy débil o incluso interesada. No es solo tras el entusiasmo del milagro, porque quizá nos sentimos beneficiarios de algunas cosas de nuestro interés, cuando se ha de manifestar y expresar esa fe. Es el querer escucharle en el día a día y también en los momentos oscuros, es el plantar en el corazón y en la vida esas palabras de Jesús para que se transformen en nosotros en actitudes nuevas, en nuestras posturas y compromisos, en una nueva forma de vivir y existir.

Muchas veces somos cristianos de fervorín, de los momentos brillantes, de las emociones vibrantes y fuertes que nos pueden provocar un fervor ocasional que pronto se enfría, de una piedad y religiosidad poco comprometida con la vida y que solo satisfacemos con ofrendas puntuales de cosas, pero donde no terminamos de ofrecer nuestro corazón, de tradiciones para cumplir en determinados momentos pero que se traducen poco en una religiosidad profunda, en una espiritualidad honda que motive cada momento de la vida.

Seguir a Jesús, creer en El exige mucho más, ha de implicar toda nuestra vida, ha de darle verdadera profundidad a nuestra existencia fundamentándola en los valores del evangelio. Se nos plantea la sinceridad y autenticidad de nuestra respuesta.

 

lunes, 16 de noviembre de 2020

Seamos signos de que pasa Jesús Nazareno en los caminos de dolor de la vida y seamos capaces de escuchar el clamor de los que sufren

 


Seamos signos de que pasa Jesús Nazareno en los caminos de dolor de la vida y seamos capaces de escuchar el clamor de los que sufren

Apocalipsis 1, 1-4; 2, 1-5ª; Sal 1; Lucas 18, 35-43

‘Pasa el Nazareno’ fue la respuesta a su pregunta. Aquella afluencia de gente en la entrada o en la salida de la ciudad no era habitual; de cuando en cuando grupos de galileos que preferían el camino del valle del Jordán atravesaban Jericó para desde allí subir a la ciudad santa sin tener que pasar por la tierra de los samaritanos, conocida su rivalidad. Ahora el tumulto que se escuchaba era distinto y pregunta. No ve, pero sabe que eran muchos y aquello era algo especial.

Había oído hablar del profeta de Nazaret que en alguna ocasión ya había atravesado la ciudad y se contaba algún acontecimiento especial. Por eso grita con fuerza ‘Jesús, hijo de David, ten compasión de mí’. Quieren hacerlo callar; quizá molestaba a los que querían escuchar las palabras de Jesús, pero él insiste más fuerte. No quiere que Jesús pase de largo. Era su oportunidad; en aquella ocasión no pensaba quizá en las limosnas que pudiera alcanzar de los acompañantes, que ahora en principio parecía que estaban en su contra, pero vislumbraba que algo especial podía suceder dada la fama que el profeta de Nazaret había adquirido y conocidos eran sus milagros.

Jesús no pasa de largo, como hacemos nosotros tantas veces; ni da el rodeo de aquel sacerdote y aquel levita de Jerusalén precisamente en ese mismo camino entre Jericó y Jerusalén. Jesús se detiene y lo manda llamar. ‘El maestro te llama’ y de un salto se postra a los pies de Jesús. ¿Qué podía hacer Jesús por él? ‘Que vuelva a ver’ eran sus deseos. La ceguera era señal segura de pobreza y de miseria, de vivir en la dependencia para siempre de lo que los otros buenamente pudieran dar, porque en su casa no podía entrar ningún jornal, siendo ciego como era y en aquella época los servicios sociales eran escasos.

Es tan poco lo que le está pidiendo a Jesús pero al mismo tiempo tan importante. No pedía riquezas ni poder ocupar primeros puestos en su reino, como desearían algunos de los discípulos cercanos a Jesús; no quería que solucionara los problemas que podrían preséntarsele con los demás, sino solamente recobrar la dignidad perdida. Sí, recobrar la vista era como recobrar la dignidad, porque ya entonces podría valerse por sí mismo. Podría trabajar, podría ganarse su sustento, no significaba salir de la pobreza total, pero sí al menos recobrar su dignidad para poder trabajar dignamente.

¿Qué pedimos nosotros o qué ofrecemos nosotros cuando nos encontramos con alguien en la miseria de su vida? Tendría que hacernos pensar el pensamiento de aquel hombre, como tendría que hacernos pensar la actitud y la postura de Jesús. Se ha detenido al borde del camino donde hay alguien malherido de la vida en su ceguera; pero además Jesús pide la colaboración de los demás, de aquellos incluso que antes querían impedirle que gritara desde su pobreza. Y también las actitudes de aquellas personas cambiaron, porque ahora lo ayudaron a llegar hasta Jesús. ‘El Maestro te llama’, y lo conducen hasta Jesús que allí está esperando la llegada de aquel hombre. ¿Algo así haremos nosotros también con el que vemos caído en el camino? ¿Seremos obstáculo de acercamiento a Jesús o tenderemos nuestra mano para ayudarle a encontrarse con Jesús y una nueva vida?

Claro que Jesús le hizo recobrar la vista, le devolvió su dignidad; aquel hombre se sintió engrandecido y con saltos de alegría alababa a Dios y quería seguir con Jesús. Lo que había recibido le impulsaba a algo distinto en la vida, no podía quedarse al borde del camino, tenía que ponerse también en camino, primero al encuentro con Jesús en su actitud de acción de gracias, siempre a Dios para alabarle por sus beneficios y seguro que ahora su encuentro con los demás, con los suyos o con sus convecinos sería totalmente distinto. Su vida era ya para siempre una alabanza al Señor.

sábado, 2 de mayo de 2020

Se nos atragantan también las palabras de Jesús cuando nos habla de comerle con todo lo que significa de creer en El y aceptar y hacer vida todo su mensaje


Se nos atragantan también las palabras de Jesús cuando nos habla de comerle con todo lo que significa de creer en El y aceptar y hacer vida todo su mensaje

 Hechos 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69
A veces oímos solo lo que queremos oír. Pudiera parecernos algo incongruente, pero si nos analizamos bien es lo que nos es más fácil hacer. Nos gusta lo que nos resulte agradable, y no son solo palabras bonitas de un momento, sino que de alguna manera nos gusta escuchar promesas de futuro mejor, de algo que nos haga la vida fácil y cómoda, y que las exigencias sean mínimas. Si nos paramos a pensar un poco es lo que nos hacen los populistas que se quieren ganar al pueblo con vanas palabras e ilusiones, encantando los oídos de los que escuchan con promesas de algo mejor, pero que cuando esos dirigentes tienen el poder en su mano los que realmente van a tener una vida mejor son ellos mismos, porque de las promesas al pueblo se olvidan pronto y harán totalmente lo contrario. Estamos cansados de cosas así, aunque algunas veces no aprendemos y seguimos entusiasmándonos con esos sueños que trataran de alentar y fomentar para que al final no lleguemos a ninguna parte. 
Por eso a veces no escuchamos sino lo que queremos oír, como decíamos, pero cuando se presenta alguien que es cierto que despierta esperanzas por su cercanía o su manera de actuar, porque las palabras en verdad tienen profundidad que abre a caminos nuevos, pero que no oculta las exigencias, la respuesta responsable que hemos de dar, el cambio que tendríamos que dar en lo más hondo de nosotros mismos porque no nos podemos quedar ni con remiendos ni con apariencias, eso ya no nos gusta tanto y fácilmente nos vamos quedando en el camino, porque nos puede parecer un camino exigente.
Tendríamos que revisar nuestra manera de dar respuesta a lo que nos pide el evangelio y ver si en verdad llegamos a comprender el mensaje nuevo que nos ofrece y si llegamos a tener la apertura suficiente en nuestro corazón para acoger esa palabra radical del evangelio y somos capaces de poner en camino sin temores ni desconfianzas. Y es que muchas veces nos hacemos nuestros acomodos, nuestros arreglos e interpretaciones, para matizar, para suavizar porque nos decimos que con exigencias lo que vamos a hacer es espantar la gente. Pero nuestros acomodos y arreglos a la larga son un engaño que nos hacemos y con lo que podemos también dañar a los demás.
Hemos venido escuchando esta semana en el evangelio lo que solemos llamar el discurso del pan de vida de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. En la tarde anterior habían querido hacer rey a Jesús cuando milagrosamente multiplicó el pan para que todos comieran. En la mañana se habían venido hasta Cafarnaún buscando a Jesús que les plantea el por qué le siguen. En el fondo por el milagro del pan comido en el desierto, que les recuerda el maná que habían comido sus padres y que le había dado Moisés en el camino hacia la tierra prometida. Jesús les habla ahora del verdadero pan bajado del cielo que les dará vida para siempre. Aunque le piden que les dé siempre de ese pan, cuando Jesús les dice que El mismo es ese pan y que hay que comerle a El, con lo que eso significa y representa, y que su carne es verdadera comida y quien la coma resucitará el ultimo día, las palabras se les vuelven duras para sus oídos y sus corazones y comienzan a desfilar abandonando a Jesús.
‘Dura es esta doctrina’, se dicen unos a otros. Y es algo más que el hecho de comer la carne de Jesús y beber su sangre lo que realmente se les atraganta. Comer a Jesús significa aceptarle en todas sus consecuencias; comer a Jesús es recoger todo aquello que Jesús les dice del amor y del perdón, de la verdadera paz y del autentico culto al Señor y convertirlo en ser de su vida. Mucho tendrían que cambiar sus corazones, y esos cambios cuestan. Arreglitos y remiendos nos podemos hacer, pero darle la vuelta a la vida en su totalidad y en su radicalidad es algo mucho más exigente.
¡Ojo! Que eso nos sucede a nosotros también. Veamos, si no, la superficialidad con que vivimos el seguimiento de Jesús, los arreglitos y componendas que nos queremos hacer tantas veces. Y cuando se nos presenta el evangelio en toda su radicalidad ya estamos diciendo que no son necesarias tantas exigencias, que total siempre hemos vivido así, para qué vamos a cambiar, y pensemos cuantas cosas en este estilo nos decimos o pensamos tantas veces. La exigencia y radicalidad del evangelio no nos gusta, queremos un cristianismo cómodo de cumplir unas cuantas normas que no nos compliquen la vida y así queremos seguir viviendo.
¿Seremos capaces de decir con verdad como Pedro respondió hoy a Jesús cuando les dijo que si ellos querían marcharse también? ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios’. Pero, ¡ojo!, que esto tiene que ser algo más que palabras.


viernes, 1 de mayo de 2020

Descubramos la maravilla de la Eucaristía, porque comemos a Cristo para vivir en El, comemos a Cristo para que El viva en nosotros


Descubramos la maravilla de la Eucaristía, porque comemos a Cristo para vivir en El, comemos a Cristo para que El viva en nosotros

Hechos 9, 1-20; Sal 116; Juan 6, 52-59
Se suele decir que la casa es imagen de aquel que la vive, pero también que uno es imagen de la vivienda en la que habita. Claro que no se trata de un vivir de forma esporádica en unos determinados momentos o como de paso en aquel lugar, sino que se trata de ese habitar en una vivienda donde vamos dejando nuestra impronta, nuestros gustos o nuestras apetencias que los dejamos marcados en aquellas cosas de las que nos valemos y que poco a poco se van convirtiendo en el hábitat de aquel lugar. Es algo más que un olor o un adorno que coloquemos, aunque eso marca también la impronta del lugar o la huella que nosotros dejamos en él. No es una cosa superficial, es algo profundo que deja huella en nosotros o nosotros dejamos huella en aquel lugar, repito, que habitamos.
¿Por qué me hago estas consideraciones que a alguno le podrían parecer elucubraciones o fantasías? Porque de eso nos está hablando Jesús de lo que va a significar verdaderamente nuestra vida cristiana. Decimos que cristiano es el discípulo de Cristo, y en la palabra discípulo solemos entender el que sigue a Cristo, el que sigue el mismo camino de Cristo. Está bien la definición y quien soy yo para enmendarla, pero sí creo que tendríamos que profundizar un poco más en esa consideración de lo que significa ser cristiano.
Muchas veces lo hemos entendido como el que imita a Cristo, copia en él las actitudes o los valores de Cristo, la manera de actuar y de vivir de Cristo. Está bien, pero creo que es mucho más. No se trata solo de una imitación, porque imita el cómico o el personaje de la farándula y a la hora de la representación le vemos como revestido de ese personaje; luego se quitará esas vestiduras o esos afeites con los que quiso caracterizar al personaje, y él será el mismo que era antes de aquella representación. Pero seguir a Jesús para ser cristiano no es eso, no es una representación, una careta o unas vestiduras que nos ponemos para parecernos, pero luego seguimos siendo los mismos. El llegar a copiar a Cristo es el llegar a vivir su misma vida.
Por eso nos puede valer lo que decíamos al principio. Porque ser cristiano es dejar que Cristo habite en nosotros y nosotros habitemos en El. Si así habitamos en Cristo y Cristo habita en nosotros es que ya no es nuestra vida sino la de Cristo. Es que vamos a ser imagen de Cristo que habita en nosotros por esa nueva forma de vivir, de actuar, de amar. Y a esto nos tiene que llevar la Eucaristía. Comemos a Cristo para vivir en El, comemos a Cristo para que El viva en nosotros.
Es lo que nos está diciendo hoy Jesús cuando nos habla del pan de vida que hemos de comer y que es su propia carne, su propia cuerpo. No vamos a entretenernos en la reacción de los judíos de Cafarnaún que no entendían como se podía comer la carne de Cristo. Es lo más que nos dice Jesús hoy. ‘El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mi y yo habito en él’. Y continuará diciéndonos: ‘Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí’. Habitar en Cristo y que Cristo habite en nosotros. O como nos dirá en la última cena ‘el que me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará y vendremos y habitaremos en él’.
Seguir a Cristo, pues, es vivir por Cristo, es vivir en Cristo, es dejarnos inhabitar por Cristo. ‘El que me come vivirá por mí’, nos dice. Somos imagen de Cristo, porque es a El a quien vivimos, quien vive en nosotros y eso tiene que reflejarse en nuestro vivir. No son ya nuestras obras, sino las obras de Cristo. ¡Qué distinta tiene que ser nuestra vida!

jueves, 27 de febrero de 2020

Dejemos que Jesús vaya con nosotros en este camino que iniciamos, tendremos momentos de silencio intenso como momentos en que sentiremos que nos habla al corazón


Dejemos que Jesús vaya con nosotros en este camino que iniciamos, tendremos momentos de silencio intenso como momentos en que sentiremos que nos habla al corazón

Deuteronomio 30, 15-20; Sal 1; Lucas 9, 22-25
No nos vale que nos digan vamos conmigo si no nos dicen a donde vamos; no es un simple paseo de entretenimiento, aunque a veces esos paseos son muy interesantes y enriquecedores. Al ir caminando juntos va surgiendo la conversación con confianza y aunque parezca en principio que estamos hablando de cosas sin importancia – socorrido es el tema de hablar del tiempo cuando no sabemos cómo comenzar una conversación – pero pronto surgirá el ir compartiendo emociones de lo mismo que se está viviendo o contemplando en el paseo pero que se trasladará fácilmente a otras emociones más interiores y surgen las confidencias. Enriquecedora en el conocimiento mutuo que se va adquiriendo, enriquecedor el paseo por cuanto se va anudando una amistad. No íbamos a ninguna parte quizá, pero llegamos a cosas y momentos bien hermosos.
Parece que nos salimos del tema, por cuanto comenzamos hablando de saber a donde vamos cuando alguien nos invita a ir con él; quizás de una forma subliminal nos lo estaba dando a entender. Pero en este camino queríamos expresar también cómo en el camino que ayer miércoles de ceniza emprendimos necesitamos tener claro a donde vamos, cual es la meta. Aquí se trata de un seguimiento de Jesús, como lo es toda la vida cristiana, pero que se hace muy concreto en estos cuarenta días que nos conducen a la pascua. Ese es el camino cuaresmal emprendido. Algo, es cierto, que tenemos que tomarnos con seriedad apartándonos de toda rutina, porque siempre ha de ser un camino de vida.
Por eso la liturgia nos ofrece este hermoso texto del evangelio. Por una parte el anuncio de Jesús de lo que significa su subida a Jerusalén. ‘El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día’. Por otra parte lo que significa para nosotros, sus discípulos, ponernos a seguir a Jesús. Y nos hablará de negarnos a nosotros mismos, de tomar la cruz, y de seguir sus pasos.
Es el anuncio de la pasión y de la muerte, pero es el anuncio de la vida. Ahí se encierra el misterio de Cristo, su Pascua. Porque es el verdadero paso de Dios que así se nos va a manifestar en Cristo, en su pascua, en su pasión y muerte y en su resurrección. Cuesta entenderlo. A los discípulos no les cabía en la cabeza. Nosotros también le damos vueltas en la cabeza y nos hacemos bonitas explicaciones pero no es fácil aceptarlo, porque Jesús nos está diciendo que es un paso también para nosotros. Por eso nos habla de negarnos a nosotros mismos, nos habla de cruz, nos habla de perder la vida para ganarla. Pero también se nos hace difícil.
Pero aunque nos cueste Jesús nos está diciendo que vayamos con El. Seguirle. Seguir sus pasos, caminar con El que El camina con nosotros. Es importante que nos decidamos aunque nos cueste, aunque nos parezca dura la meta que nos propone, a ponernos en camino con El. Con El caminando a nuestro lado comenzaremos a verlo distinto. Comenzaremos a sentir como se nos comunica al interior de nosotros mismos, al corazón. Será la experiencia que vivirán los discípulos que se marcharon a Emaús en la tarde de pascua. Aceptaron a aquel caminante que les parecía desconocido a hacer el camino con ellos, y al final reconocieron que les ardía el corazón, al final terminaron reconociendo a Jesús.
Es lo que queremos hacer en este camino, dejar que Jesús vaya con nosotros, tendremos momentos de silencio intenso como tendremos momentos en que sentiremos que nos habla al corazón. Solo falta por nuestra parte disponibilidad, acogida, decidirnos, ponernos a caminar y dejar que El vaya a nuestro lado o en fin de cuentas seamos nosotros los que vayamos a su lado. Cuando llegue la Pascua le podremos reconocer de verdad. Habrá sido un camino que ha merecido la pena.

lunes, 13 de mayo de 2019

Jesús el Buen Pastor que nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama, conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente


Jesús el Buen Pastor que nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama, conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente

Hechos 11,1-18; Sal 41; Juan 10,1-10
Ayer en el comentario que hacia el sacerdote al evangelio del día contaba la experiencia que tuvo de niño que ahora transcribo aunque sea con mis palabras por la relación que tiene también con el texto que hoy nos ofrece el evangelio.
Vivía en el mundo rural y en su entorno había un pastor con sus rebaños de ovejas, contaba que de pequeño cuando los niños salían de la escuela les gustar ir a dar con el pastor y su rebaño; ellos le insistían que les enseñara cómo él llamaba a las ovejas que obedientes acudían a su voz; ellos querían aprender a hacerlo también y aunque trataban de imitar al pastor con sus silbos y llamadas, las ovejas sin embargo no se inmutaban y seguían olisqueando la hierba. Le preguntaban por qué no les hacían caso si ellos hacían lo mismo, y el pastor se sonreía para sus adentros; luego con un solo silbo las ovejas levantaban cabeza y acudían presurosas hasta donde estaba el pastor. ¿Qué sucedía? Las ovejas solo reconocían la voz de su pastor, y a nadie que quisiera imitar o remedar su llamada hacían caso.
Es lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio. ‘Las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por su nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños’.
Atienden a su voz y lo siguen… las llama por su nombre… al extraño no lo seguirán, sino que huirán de él… no reconocen la voz de los extraños.  ¿Seremos en verdad así nosotros en nuestra relación con Jesús? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos, por cuanto cuantas veces nos hacemos sordos a su voz y a su llamada, cuántas veces nos dejamos encantar por la voz de los extraños.
Esos cantos de sirena, esa voz de los extraños que pueden ser tantas influencias que recibimos del mundo que nos rodea – cuántos tratan de influir en nosotros haciéndonos dudar, enseñándonos otras cantinelas de otros sentidos y otros valores – pero que esa voz extraña la sentimos desde dentro de nosotros cuando nos dejamos llevar de nuestros caprichos y autosuficiencias, de nuestro orgullo que no nos deja bajar la cabeza o abrir el corazón a lo que verdaderamente es importante, de nuestras superficiales o de nuestra huida del compromiso.
Jesús es el pastor y Jesús es la puerta. A El escuchamos y seguimos. Por El entramos porque el que le ve a El ve al Padre, como nos dirá en otra ocasión. En El vivimos, porque viene para que tengamos vida y vida en abundancia. Nos conoce por nuestro nombre y por nuestro nombre nos llama. Conoce nuestra vida y en esa nuestra vida concreta quiere hacerse presente.
‘Quien entra por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago: yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante’. No nos dejemos confundir. Escuchamos la llamada del Señor y tendremos vida en abundancia.