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martes, 30 de julio de 2024

Una invitación a la esperanza y al compromiso nos está haciendo Jesús porque no todo está perdido y podemos hacer brillar un día los valores del Reino de Dios

 


Una invitación a la esperanza y al compromiso nos está haciendo Jesús porque no todo está perdido y podemos hacer brillar un día los valores del Reino de Dios

Jeremías 14, 17-22; Salmo 78; Mateo 13, 36-43

‘El que tenga oídos, que oiga’, termina diciéndonos hoy Jesús al concluir la explicación de la parábola, tal como le piden sus discípulos. ¿Qué nos quiere decir? Puede parecer una frase innecesaria o una frase enigmática y a la larga nos puede parecer hasta contradictoria. Claro que el que tiene oídos es para oír. Pero no siempre oímos, no siempre escuchamos, no siempre comprendemos.

Cuanto nos cuesta muchas veces entender; y no es siempre porque no esté claro lo que se nos trata de trasmitir; todos habremos tenido la experiencia de estar en un sitio escuchando algo, o en medio de una conversación, y de pronto alguien nos pregunta ¿qué es lo que dijeron?, y no podemos contestar porque aunque allí estábamos nuestra mente en ese momento estaba, por así decirlo, a kilómetros de distancia absortos en nuestros pensamientos o nuestras elucubraciones.

No cuesta entender porque no prestamos atención, escuchamos lo que nos interesa, andamos por las superficialidades de la vida y vamos cogiendo aquí y allá lo que nos gusta o apetece pero sin que nos signifique mucho esfuerzo, nos molesta lo que nos están diciendo, recibimos tantas influencias externas como cantos de sirena que quieren llevarnos por sus caminos o quieren apartarnos de nuestros valores… tantas distracciones, tantas disculpas que nos ponemos, tanta cerrazón de nuestra mente que nos oscurece la vida.

Por eso nos dice hoy Jesús que el que tiene oídos, que oiga, que estemos atentos, que prestemos atención, que confrontemos nuestra vida, que nos dejemos iluminar por la verdadera luz, que no nos confundan luces efímeras, que abramos bien los oídos de nuestro corazón.

Había propuesto Jesús una parábola que hablaba de buena semilla sembrada en el campo, pero en el que también el enemigo sembró cizaña; ahora la cosecha se veía malograda, ¿cómo salir adelante?

Un retrato de la realidad de la vida, un retrato de la inmensa tarea que la Iglesia tiene en medio de nuestro mundo, un retrato de nuestra tarea y nuestro compromiso. ¡Qué bello sería el campo donde vemos florecer la buena cosecha! ¡Qué bellos nuestros campos en el reverdecer de la primavera cuando todo se llena de colorido, contemplamos nuestros árboles frutales florecidos como anuncio de una buena cosecha de frutos en el verano! Pero es triste cruzar en medio de campos mal cultivados, en los que las yerbas y matorrales lo inundan todo mermando la capacidad de producir de aquello que allí hemos sembrado y queremos cultivar.

Pero ese es el campo de la vida. Queremos sembrar y sembramos de hecho buenas semillas, pero contemplamos al mismo tiempo que no prosperan esas plantas, esos valores que queremos cultivar. Hay una continua confrontación que muchas veces nos puede llevar a todos a la confusión. Pero es donde tiene que florecer la firmeza y la madurez que tiene que haber en nuestra vida para no dejarnos confundir, para no dejarnos arrastrar por otros planteamientos que pudieran hacernos, para dar un testimonio claro de esos valores del Reino de Dios por el que nosotros hemos optado.

No se trata de arrasar nosotros a los contrarios como tantas veces vemos que sucede donde todo el que no piense como nosotros es un adversario peligroso al que tenemos que hacer desaparecer; es un estilo que se está imponiendo en nuestra sociedad donde cada vez nos cuesta más dialogar para aunar esfuerzos en lo bueno. Dice aquel buen hombre de la parábola que habrá que dejar crecer juntos el trigo y la cizaña, que solo al final se decantarán por lo que es bueno. Es el camino que hemos de hacer en la vida, pero sin dejar que la maldad nos malee.

Es una invitación a la esperanza y al compromiso lo que nos está haciendo Jesús con esta parábola. No todo está perdido por mucha cizaña que veamos en nuestro mundo, porque es ahí donde tenemos que dar nuestro testimonio. Y los corazones si los podemos transformar, sí podemos hacer que se dejen iluminar, si podemos lograr ese mundo nuevo empapado de los valores del Reino de Dios. ‘El que tenga oídos, que oiga’.

domingo, 24 de octubre de 2021

Que no se nos cierren los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, o no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que sucedan en nuestro entorno

 


Que no se nos cierren los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, o no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que sucedan en nuestro entorno

Jeremías 31, 7-9; Sal. 125; Hebreos 5, 1-6; Marcos 10,46-52

Parece una escena muy estática el comienzo de la narración que nos hace hoy el evangelista Marcos. A la salida de la ciudad un ciego al borde del camino pidiendo limosna – era un lugar de paso muy apropiado – y un grupo de peregrinos que se dirige a Jerusalén. Era el camino normal para los peregrinos que venían de Galilea bajando el valle del Jordán para no tener que cruzar por Samaria y desde Jericó iniciaban la subida hasta Jerusalén. Algo que podría pasar sin mayores incidencias.

Pero allí había oídos atentos, aunque hubiera otros que quisieran hacerse sordos. Y aunque no ve, Bartimeo escucha. Qué importante es tener los oídos atentos para escuchar donde podría parecer que todo se confundía. Habría otros quizá que también quisieran hacerse los ciegos y pasar de largo como tantas veces sucede. Aquel grupo no era un grupo cualquiera porque allí iba Jesús con sus discípulos y acompañantes. Y Bartimeo lo escucha y comienza a gritar.

Ya en esa pequeña descripción que estamos haciendo se están manifestando muchos signos. El ciego que está al borde del camino, los oídos atentos para percibir la más mínima señal de lo que quizás otros no son capaces de escuchar, la confusión y la ceguera de los que quieren pasar de largo. Nos daría para muchas consideraciones. Vamos por el camino de la vida muy ensimismados en nuestras cosas o en nuestros intereses y ni vemos ni escuchamos, no somos capaces de percibir algunas veces ni el dolor de los que están a la vera del camino de la vida, a cuantos vamos marginando en nuestro caminar porque no son de los nuestros o porque son incapaces de seguir nuestro ritmo. ¿Qué será realmente lo importante en ese camino que vamos haciendo, simplemente el llegar porque es de nuestro interés o estar atentos para escuchar o para percibir lo que hay o sucede a nuestro lado?

Por eso aquellos que caminaban al lado de Jesús – quizás incluso intentando escuchar las palabras de Jesús – recriminan al ciego para que se calle porque sus gritos son una molestia. ¿No dejan oír o simplemente pueden interpelarles su conciencia? Pero Jesús si ha escuchado – y volvemos con la escucha – los gritos de aquel ciego que está a la orilla del camino. Y lo llama, les pide a los que le acompañan que se lo traigan. Ahora sí que le dicen ‘mira que te llama’ y le abren camino para que llegue hasta Jesús.

Ya conocemos el diálogo entre el ciego y Jesús. ‘¿Qué quieres que haga por ti?’ Aquel hombre está pidiendo una limosna al borde del camino porque la vida del ciego era de una pobreza y miseria extrema. Pero ahora no es una limosna lo que pide. ‘Señor, que pueda ver’. Y Jesús le dice ‘anda, tu fe te ha salvado’, y recobró la vista.

Aquel hombre estaba ciego pero su fe no se había apagado. Y fue su salvación. La sensibilidad de su alma se había mantenido firme y eso le hacia tener quizás oídos más atentos para darse cuenta del paso salvador que estaba acaeciendo a su lado.

¿Se nos apagará la fe cuando los problemas nos envuelven, cuando la necesidad nos aprieta, cuando nos vemos quizás tirados al borde del camino? Aunque vayamos aparentemente caminando con normalidad por los caminos de la vida ¿se nos habrá apagado quizás nuestra fe porque ya teníamos nuestras seguridades y nuestros apoyos en nuestras posibilidades o en lo que de normal íbamos haciendo?

Acomodados en nuestra vida y en nuestros caminos que vamos haciendo de un lado para otro ¿se nos habrán ido cerrando los ojos y los oídos del alma para no ser capaces de ver, para no querer escuchar aquellas estridencias de las cosas amargas que puedan suceder en nuestro entorno o puedan suceder a los demás y ya no queremos ver ni queremos oír?

¿Nos habremos ido cansando de lo dura que es la vida y de forma egoísta nos centramos solo en nuestras cosas queriendo desentendernos de los demás porque ya tenemos bastante con lo nuestro? Nos vamos encerrando de tal manera y perdiendo la sensibilidad que ya no somos capaces de escuchar el paso salvador de Dios a nuestro lado.

Pero fijémonos en un detalle último. Jesús a aquel ciego, al que han tenido que ayudar para que pudiera llegar a los pies de Jesús, ahora lo pone en camino. ‘Anda, le dice, tu fe te ha salvado’. Y el ciego se puso en camino, pero para seguir a Jesús en el camino de subida a Jerusalén que tanto iba a significar. Ahora ya él no era como aquellos que simplemente iban al lado de Jesús, sino que se puso a seguir el camino de Jesús. ‘Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino’.

¿Será ésa nuestra reacción tras el encuentro con Jesús que hemos tenido con este evangelio?


viernes, 15 de febrero de 2019

Que ponga su mano el Señor sobre nosotros para que abramos los oídos del corazón para sentir la llamada del Señor a ir al encuentro con los demás



Que ponga su mano el Señor sobre nosotros para que abramos los oídos del corazón para sentir la llamada del Señor a ir al encuentro con los demás

Génesis 3,1-8; Sal 31; Marcos 7,31 37
‘Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos’. Jesús está caminando fuera de la tierra de los judíos, va atravesando por Tiro y por Sidón, lugares de la gentilidad. Le presentan un sordomudo para que le imponga las manos y lo cure, para que pueda oír y hablar.
Una barrera grande el ser sordo; un mundo de incomunicación y de aislamiento. Ya sabemos como hoy luchan los sordomudos por encontrar un sitio en la sociedad y hacerse entender; se va extendiendo hoy el lenguaje de signos para facilitar esa comunicación y no solo ellos puedan hacerse entender, sino que también puedan entender lo que nosotros decimos y expresamos con nuestra voz. Tendríamos que pensar en aquellos momentos lo difícil que sería la comunicación y el mundo de aislamiento en que vivían. Cuando se enteran que hay alguien que pueda curarlos, que pueda hacerlos oír y comunicarse vemos cómo acuden a Jesús.
Hay limitaciones físicas, como pueda ser esa sordera natural, que nos impiden entrar en relación y comunicarnos, pero también reconocemos que somos nosotros también muchas veces los que ponemos esas limitaciones. No queremos escuchar, aunque oigamos. Los sonidos pueden llegar a nuestras orejas, por decirlo así, pero somos nosotros los que cerramos nuestros oídos, o cerramos nuestra vida porque no queremos oír, porque no nos interesa oír, porque no queremos enterarnos, porque preferimos aislarnos quizá para no comprometernos.
Hoy vamos nosotros a acudir también a Jesús con nuestras sorderas. Espiritualmente tenemos el peligro de insensibilizarnos; dejamos a un lado las cosas del espíritu para ocuparnos más de las cosas materiales y nos embrutecemos encerrándonos en nosotros mismos, en nuestras cosas o intereses, en lo material como si ahí tuviéramos toda la satisfacción para nuestra vida.
Vamos a acudir a Jesús para que ponga su mano sobre nosotros porque necesitamos salir de esa insensibilidad espiritual, de esa sordera a las cosas de Dios en que nos hemos encerrado; somos sordos a su Palabra, somos sordos que cerramos los oídos del corazón a las inspiraciones del Espíritu Santo que nos quiere llevar por otros caminos.
Vamos a acudir a Jesús para que nos abra los oídos y aprendamos a ir al encuentro con los demás, a sintonizar con el hermano, para que seamos capaces de dar tiempo para la escucha, para oír el lamento de tantos que sufren en nuestro entorno pero que tan preocupados que vamos solo por lo que nos pasa a nosotros no somos capaces de escuchar.
Que ponga el Señor su mano sobre nosotros, para que arrojemos de nosotros esas turbulencias interiores de tantas cosas que quieren acallar la voz de Dios en nuestro corazón.
Señor, que pueda oír, oír tu Palabra, oír la inspiración del Espíritu, oír la Buena Nueva del Evangelio de salvación que me ofreces.

martes, 22 de mayo de 2018

Aunque aun seguimos discutiendo por nuestras ambiciones y sueños de poder abramos de una vez por todas los oídos de nuestro corazón a la Palabra de Jesús


Aunque aun seguimos discutiendo por nuestras ambiciones y sueños de poder abramos de una vez por todas los oídos de nuestro corazón a la Palabra de Jesús

Santiago 4,1-10; Sal 54; Marcos 9,30-37

Parece en ocasiones como si tuviéramos mecanismos en nuestro interior que nos hacen escuchar lo que nosotros queremos, pero en aquello en lo que no tenemos interés o que sabemos que pudiera tocarnos en alguna fibra sensible de nuestra vida se hiciera un vació en su entorno para no escucharlo ni enterarnos. Vamos por la vida con nuestra idea fija, nuestro pensamiento o nuestra manera de ver las cosas que hace que solo le prestemos atención a aquello que nos interesa y para lo demás somos como sordos.
Es nuestro amor propio o nuestro orgullo que nos encierra y solo vemos en aquello en que somos heridos; son los intereses materialistas que nos envuelven y ya solo pensamos en nuestras ganancias o en nuestro quererlo pasar bien; es nuestra sensualidad que se nos desboca y todo lo tamizamos por ese sentido placentero de la vida, de manera que lo que nos lleve a eso parece que de nada nos sirve y así en tantas cosas de las que no nos queremos enterar por muy claro que nos hablen.
Si nuestro interés es el poder, el orgullo de estar por encima de todo y de todos, lo que no nos ayude a conseguirlo o los que puedan ser un obstáculo para esas ambiciones lo vamos destruyendo a nuestro paso. No todos y no siempre actuamos así, pero son tentaciones, apetencias, visiones desorbitadas,  sorderas interesadas que se van creando en el camino de nuestra vida y en lo que podemos sucumbir.
‘¿De qué discutíais por el camino?’ les pregunta Jesús a los discípulos cuando llegan a Cafarnaún. Pero se quedan callados. Les da vergüenza responder. Habían salido a flote sus ambiciones. Estaban discutiendo quien seria el primero entre ellos.
Sucede en todo grupo, nos llevamos bien, todo parece que marcha normal pero algunas veces allá en el interior de los individuos se van incubando ambiciones, deseos de ser los primeros, pero primeros para estar por encima, para imponer sus ideas o sus criterios, para mandar, para sentir en el interior que luego también lo dejamos manifestar externamente el orgullo de que somos importantes, los más importantes. Cuantas veces se nos destruyen nuestros grupos; aquello que parecía que marchaba bien pronto aparecen divisiones que nos apartan a unos de otros, que crean recelos, que nos enfrentan, que destruyen lo bueno que quizá nos había costado tanto conseguir.
Jesús mientras iban de camino entre las distintas aldeas de Galilea les había estado anunciando cuanto un día sucedería con El. Pero no lo habían entendido. No les cabía en la cabeza. Y parece que aquello lo olvidaron pronto. Porque Jesús les había hablado de entrega y parece que ellos no estaban por esa labor. Las ambiciones iban rondando por sus corazones.
Pacientemente ahora de nuevo comienza a explicarles. En el Reino de Dios no podía suceder como en los reinados de este mundo donde todos andan como a codazos, porque todos quieren mandar, tener poder, influir sobre los demás, imponer su manera de hacer las cosas. Con que facilidad vemos eso en nuestro entorno; desde quienes no quieren bajarse nunca del poder, hasta quienes anuncian y prometen muchas cosas de un estilo nuevo, pero pronto caen en las mismas redes y aparecen las vanidades, los sueños de poder, y todas esas ambiciones que vemos todos los días y que enfangan cada vez más nuestra sociedad. Terminamos por no creer en nadie.
Pero lo que Jesús nos anuncia y nos promete tiene toda la certeza y la verosimilitud. Es el Señor y se pone a servir; es el Señor y se abaja para hacerse el ultimo y el servidor de todos; es el Señor pero en El no vemos vanidades ni cosas hechas a la fuerza por apariencia; es el Señor y se entrega a la muerte y se dejará clavar en una cruz. ‘Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos’, nos dice, pero es lo que El hace.
Tenemos que aprender ese camino; tenemos que abrir los ojos y los oídos de nuestro corazón; tenemos que dejar que Jesús nos ponga en el dedo en la llaga, pero señalarnos bien en concreto donde están esas lagunas de nuestra vida. No podemos hacernos oídos sordos a su Palabra. El es la Luz que no podemos ocultar. Dejémonos iluminar por su luz y tendremos vida; dejémonos transformar por su amor y seremos en verdad hombres nuevos.

jueves, 27 de julio de 2017

Dichosos nosotros, nos viene a decir Jesús, que tenemos la posibilidad de escuchar la Palabra de Dios y sentir por la fuerza del Espíritu la presencia del Señor en nuestra vida

Dichosos nosotros, nos viene a decir Jesús, que tenemos la posibilidad de escuchar la Palabra de Dios y sentir por la fuerza del Espíritu la presencia del Señor en nuestra vida

Éxodo 19,1-2.9-11.16-20b; Sal.: Dn 3,52.53.54.55.56; Mateo 13,10-17
‘¿Por qué les hablas en parábolas?’, le preguntan los discípulos a Jesús cuando llegan a casa y ellos mismos le piden que les explique las parábolas.
Cuantas veces nos cuesta entender las cosas más sencillas. Parece que buscamos cosas complicadas y las sencillas no las entendemos. Se nos embota la mente. Andamos despistados según sean nuestras preocupaciones en ese momento; cuando hay cosas que nos agobian parece que se nos cierra la mente para no llegar a ver lo más elemental.
Otras veces no queremos entender, nos hacemos oídos sordos porque no nos conviene, pasamos de largo como si miráramos para otro lado. O no entendemos porque ya nosotros nos hemos hecho nuestra idea, nuestra manera de ver las cosas que algo nuevo que se nos presente, aunque sea lo mas sencillo y lo más que nos convenga no lo queremos ver; parece que primero están nuestra ideas. Y nos hacemos un dialogo de sordos tantas veces en nuestra comunicación con los demás, porque estamos muy empeñados en llevar lo nuestro pero no escuchamos lo que el otro quiera decirnos. Así andamos por la vida.
Esto nos sucede en muchos aspectos de la vida, en nuestras relaciones sociales cuando queremos poner distancias con ciertas personas, o cuando no queremos comprometernos en algo que sabemos que deberíamos hacer; cuantas veces miramos para otro lado para no ver, cerramos los oídos para no oír ni escuchar, caminamos por la vida como si fuéramos sobre nubes para no ver la tierra que pisamos, la realidad con que nos topamos cada día.
A la pregunta que le hacen los discípulos a Jesús de por qué les habla en parábolas Jesús responde diciéndonos que muchas veces oímos sin entender y miramos sin ver porque tenemos embotado el corazón. Son tantas las cosas que nos pueden embotar el corazón. Recuerda lo anunciado por el profeta: ‘Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure".
Son las posturas negativas que podemos tener ante la Palabra de Dios que se nos proclama; son las posturas que nos tomamos ante Jesús, a pesar que decimos que creemos en El. Es la desconfianza que mostramos ante aquellos que tienen la misión de trasmitirnos la Palabra de Dios; son los prejuicios que nos hacemos contra la Iglesia a la que pertenecemos pero que tanta veces escuchamos solo en lo que nos interesa.
Hoy Jesús les dice a los discípulos: ‘¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron’. Dichosos nosotros también nos viene a decir Jesús que tenemos la posibilidad de escuchar la Palabra de Dios y sentir por la fuerza del Espíritu la presencia del Señor en nuestra vida. Ojalá nos hagamos dignos de esa bienaventuranza porque así abramos nuestro corazón a la Palabra del Señor.

martes, 14 de julio de 2015

No seamos ciegos y sordos para ver y escuchar las señales de la presencia de Dios y actuemos con un nuevo sentido en la vida


No seamos ciegos y sordos para ver y escuchar las señales de la presencia de Dios y actuemos con un nuevo sentido en la vida

Éxodo 2,1-15; Sal 68; Mateo 11,20-24
Nos cuesta ver las señales de Dios en nuestra vida. Nos hacemos ciegos y sordos para ver y escuchar las señales y las llamadas Dios. Luego nos quejamos de que Dios no nos escucha ni atiende a lo que le pedimos, pero es que algunas veces parece que lo que queremos es que Dios obedezca nuestras ordenes, nuestras peticiones nos pudiera parecer que son ordenes que le damos a Dios para que El haga lo que nosotros queremos.
Queremos ver las señales pero a nuestro gusto, pero tenemos que abrir bien los ojos de nuestra fe para descubrir lo que son los designios de Dios en cada momento. Quizá nosotros queremos que nuestra vida marche en un sentido, pero Dios nos está pidiendo otras cosas. Muchas veces nos sucede así y no terminamos de descubrir cómo se manifiesta ese amor de Dios en nuestra vida. Siempre hemos de tener la seguridad de que Dios nos ama, somos los amados de Dios.
En nuestros apuros y necesidades acudimos al Señor para que nos atienda en aquello que necesitamos, el Señor nos escucha y su respuesta, aunque nos parezca que no nos concede aquello que le pedimos, va quizá a abrirnos caminos nuevos en nuestra vida. Nos hace falta constancia en nuestra oración, pero también espíritu de humildad para en silencio abrirnos a Dios, aun en medio de lo incomprensible, y terminar de descubrir lo que es el designio de Dios para nuestra vida. La respuesta pudiera tardarnos, pero hemos de tener esperanza y confianza en el designio amoroso de Dios para nuestra vida.
Hoy en el evangelio vemos que Jesús recrimina a las ciudades de Betsaida y Corozaín, pueblos allí cercanos al lago de Tiberíades donde Jesús estaba realizando su labor y que podían haber sido testigos de muchos milagros, de muchos signos que Jesús realizaba y escuchado sus palabras, su predicación, pero que no terminaban de dar señales de conversión. Y lo mismo se queja de Cafarnaún que se había convertido como en el centro desde el que Jesús luego partía hacia las otras aldeas, los otros lugares.
Cuantas cosas buenas se realizan en nuestro entorno, cuántas señales nos está poniendo Dios de su presencia. Hemos de aprender a descubrir eso bueno que hay en los demás, hemos de aprender a leer los acontecimientos que suceden en nuestro entorno para sacar la lección, para descubrir lo que Dios nos va pidiendo, nos va diciendo y que todo eso nos valga para mejorar nuestra vida, para unas nuevas actitudes, para una nueva manera de actuar. Quizá Dios nos está pidiendo que intervengamos en esos asuntos, en esos acontecimientos, que pongamos también nuestro esfuerzo, nuestro granito de arena para ir haciendo que nuestro mundo sea mejor.
No nos hagamos oídos sordos a las llamadas del Señor.

viernes, 5 de diciembre de 2014

Aquel día oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos

Aquel día oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos

Is. 29, 17-24; Sal. 26; Mt. 9, 27-31
Desde el primer día del Adviento la figura de los profetas nos han ido acompañando en este camino que vamos haciendo llenos de esperanza; de la misma manera que acompañaban al pueblo de Israel en el duro camino de mantenerse fieles a la Alianza pero de mantener viva la esperanza en la salvación prometida por Dios desde que en la aurora de la humanidad el hombre cayó en las redes del pecado y de la muerte, también a nosotros nos acompañan en este camino de Adviento para que también mantengamos viva la esperanza en las promesas del Señor y nos preparemos a su venida.
Ha sido el profeta Isaías el que repetidamente hemos venido escuchando todos los días con los anuncios mesiánicos que nos hace llenos de bellas imágenes, no solo de lo que es nuestro camino, sino también de lo que va a ser nuestra meta, la vida nueva que en Jesús nos va a renovar totalmente. Si ponemos toda nuestra fe en Jesús y en su salvación la transformación que se va a producir en nuestra vida es grande; es la belleza de las imágenes que hoy hemos escuchado que nos llenan de alegría y de esperanza.
Lo que parecía un desierto y una tierra inhóspita se va a convertir en un vergel. ‘Pronto, muy pronto, el Líbano se convertirá en vergel, el vergel parecerá un bosque’, nos decía. Son solo unas imágenes pero que nos anuncian y significan algo más grande y más importante que hacer reflorecer la naturaleza. Lo importante será la transformación de las personas. Volverá a darnos unas señales, unos signos que nos anuncian una transformación mayor. Nos habla de que ‘aquel día oirán los sordos las palabras del libro; sin tinieblas ni oscuridad verán los ojos de los ciegos’.
Importante ese milagro de comenzar a oír los sordos y a ver los ciegos, pero que también son signos de algo mayor. Porque ya nos habla de que ‘los sordos oirán las palabras del libro’ con lo que ya nos está indicando algo más grande que es cómo nuestra vida se va a abrir a la Palabra del Señor. Y cuando nos habla de que ‘los ciegos verán sin tinieblas ni oscuridad’, es algo más que se acabe la ceguera de nuestros ojos corporales; se va a despertar la fe verdadera.
Es lo que escuchamos en el evangelio. ‘Al marcharse Jesús dos ciegos le siguieron gritando: Ten compasión de nosotros, Hijo de David’. El episodio anterior al que hace referencia al decir que Jesús se marchaba había sido la resurrección de la hija de Jairo, cuando Jesús había llegado en aquella ocasión a Cafarnaún. Ahora le siguen pidiendo el milagro, como es de suponer. ‘Cuando llegaron a casa se le acercaron los ciegos’ y Jesús se pone a dialogar con ellos. Jesús, es cierto, va a abrirles los ojos a aquellos ciegos que nada veían, pero antes quiere Jesús abrirles los ojos de la fe. ‘Creéis que puedo hacerlo’, les pregunta Jesús en el sentido de que si tienen fe como para que Jesús obre el milagro. A la respuesta afirmativa de aquellos hombres - ‘sí, Señor’, contestaron - Jesús ‘les tocó los ojos diciendo: Que os suceda conforme a vuestra fe. Y se les abrieron los ojos’.
Venimos nosotros también hasta Jesús y casi de forma espontánea siempre pensamos en esas necesidades que podamos tener; carencias de nuestra vida, limitaciones que crean discapacidades en nosotros, dolores y enfermedades que nos hacen sufrir, problemas que quizá sabemos que hay en nuestras familias, otros tantos problemas que sabemos que hay en nuestro mundo que quizá hagan sufrir a muchas personas en sus necesidades y carencias básicas o en lo que sufren a causa de la injusticia con que vivimos los humanos.
También le gritamos a Jesús como aquellos ciegos del evangelio, ‘Ten compasión de nosotros, Hijo de David’. Pero ¿qué es realmente lo que nosotros buscamos en Jesús? Tenemos que reconocer que de alguna manera estamos buscando el milagro para solucionar esos problemas y necesidades. Pero quizá a nosotros también como lo hacía con aquellos ciegos del evangelio nos está preguntando Jesús nos está preguntando por nuestra fe. ¿Cómo es la fe que tenemos en Jesús? Aún más, ¿a qué nos compromete esa fe que tenemos en Jesús? Porque primero tenemos que purificar esa fe y tratar de darle hondura, reconociendo en verdad quien es Jesús para nosotros; pero quizá también nos está diciendo que desde ese compromiso de nuestra fe nosotros también tenemos que poner nuestra parte, como aquellos cinco panes de cebada que se pusieron allá en el descampado y que fue el inicio de la multiplicación de los panes.
Y será que nosotros los que creemos en Jesús vayamos poniendo por obra con nuestro compromiso la transformación de nuestro mundo. No tendríamos que hacer otra cosa que escuchar el evangelio y comenzar a obrar conforme nos enseña Jesús. ‘Los oídos que se abren a las palabras del Libro’. Y entonces sí que comenzaremos a ver un mundo nuevo de más amor, de más solidaridad, de más paz, de más justicia. Es la aridez del desierto de nuestra vida que se va a convertir en vergel.