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martes, 2 de diciembre de 2025

Tenemos la suerte si caminamos con humildad y sencillez y siendo además agradecidos y dichosos de poder escuchar la buena nueva de salvación que Jesús nos ofrece

 


Tenemos la suerte si caminamos con humildad y sencillez y siendo además agradecidos y dichosos de poder escuchar la buena nueva de salvación que Jesús nos ofrece

Isaías 11, 1-10; Salmo 71; Lucas 10, 21-24

¡Qué suerte tuvimos de estar allí en aquel momento!, habremos pensado en alguna ocasión en que tuvimos oportunidad de estar en algún acontecimiento que consideramos importante o que le damos incluso la categoría de algo histórico, o conocer y tratar a quien consideramos un personaje o una persona importante; quizás algunos hasta nos tendrán una cierta envidia porque nosotros estuvimos y ellos no pudieron estar, se sienten desconsolados y deseando haber podido estar. Esto nos pasa en acontecimientos de la vida, en cosas que suceden en nuestro entorno, en circunstancias que hemos vivido y que quizás dejaron una bonita huella en nosotros.

Es algo así lo que les dice Jesús hoy a los discípulos para que valoren el momento, para que valoren su llamada, para que reconozcan la acción de Dios en sus vidas que se les está manifestando en Jesús. Les dice que otros quisieron ver lo que ahora ellos ven y que por eso son dichosos, pero no pudieron en referencia a aquella añoranza que tenían los antiguos de poder vivir los tiempos del Mesías; los profetas antiguos es cierto sintieron la inspiración del Señor en su corazón para que pronunciaran palabras de esperanza y también de denuncia al pueblo de Dios, pero como les está diciendo Jesús hoy no pudieron escuchar al que es la Palabra de Dios. ‘…quisieron oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron’.

Con ellos estaba Jesús, Palabra viva de Dios, que podían escuchar. Recordemos que cuando los apóstoles aun ya en el momento de la cena le piden que les muestre al Padre, El les dice que ‘quien me ha visto a mi ha visto al Padre’. Es la revelación de Dios, es el rostro de Dios, es la muestra del amor de Dios que nos envió a su Hijo para que creyendo en El tuviéramos vida para siempre.

Y la maravilla está en quienes son los que pueden escuchar esa Palabra de Dios, pueden sentir como Dios se les revela en su corazón. ¿A quienes ha escogido Jesús? ¿A sesudos maestros de la ley? ¿A los sacerdotes del templo de Jerusalén? Son unos pobres pescadores, una gente sencilla que vivía de sus ocupaciones y trabajos pero a los que Jesús llama y se le revela. Quizás cuando nosotros quisiéramos escoger colaboradores para una obra que quisiéramos emprender buscaríamos gentes de especiales cualidades, gente ‘preparada’, gente de prestigio que luego puedan dar lustre a la obra que queremos hacer porque sean personas de renombre. No es ese el camino de Jesús, no se manifiestan así las obras de Dios buscando prestigios humanos sino manifestando lo que es la Sabiduría del Espíritu.

Hoy escuchamos a Jesús dando gracias al Padre porque ha revelado sus misterios no a los sabios y entendidos sino a los pobres y a la gente sencilla. Recordemos que cuando Jesús nos trae las palabras del profeta que anunciaban los tiempos mesiánicos de quienes habla son de los pobres y de los que sufren, de los que nada tienen pero viven desprendidos, de los que se sienten oprimidos, porque ‘los pobres serán evangelizados’, nos dirá allá en la sinagoga de Nazaret. Y como dirá entonces esto se está cumpliendo hoy, aunque quizás a los orgullosos y engreídos les cueste tanto entender.

Es la actitud humilde que nosotros hemos de tener para abrir nuestro corazón desde nuestra pobreza para llenarnos de esa Sabiduría de Dios. Todavía nos sigue costando entender el evangelio y aplicarlo de verdad a nuestras vidas porque quizás vamos con nuestras sabidurías humanas a interpretarlo. Tenemos que despojarnos para poder escucharlo, entenderlo y llegar a vivirlo. Nos sigue costando porque nos rodeamos de tantas vanidades que se convierten como abismos inmensos que nos impiden aprehender – y fijaos cómo pongo y el sentido que le doy a la palabra - para nuestra vida ese mensaje de vida y liberación que es el evangelio.

Y sí, tenemos la suerte de poder escuchar el evangelio. Es una dicha que no podemos cambiar por nada del mundo porque con esa humildad nos llenaremos de la Sabiduría de Dios. ¿Nos sentiremos nosotros dichosos por ello?

miércoles, 10 de septiembre de 2025

Una buena nueva de felicidad nos anuncia Jesús que tenemos que saber escuchar y hacerla realidad en nuestra vida

 


Una buena nueva de felicidad nos anuncia Jesús que tenemos que saber escuchar y hacerla realidad en nuestra vida

Colosenses 3, 1-11; Salmo 144; Lucas 6, 20-26

Ser felices, ser dichosos es un deseo que todos tenemos, es un anhelo universal; lo buscamos, nos inventamos quizás en muchas ocasiones mil cosas buscando esa dicha y esa felicidad, no sabemos como conseguirla. Vemos tanto sufrimiento a neustro alrededor que se nos enturbian esos deseos, parece que se pierden; la situación que vive en nuestra sociedad, desde mil frentes distintos podríamos decir, no es siempre de felicidad para todos; pensamos en los sufrimientos de tantos y que también nos afectan muchas veces a nosotros, desde la enfermedad de nuestro cuerpo o desde los problemas que nos van apareciendo cada día; aunque buscamos sucedáneos al final nos sentimos vacíos e insatisfechos, parece que no llegamos a rozar esos umbrales de la felicidad.

Pero Jesús nos dice hoy felices, dichosos, bienaventurados, son palabras que nos vienen a definir lo mismo. Y es la palabra de Jesús, algún sentido tendrá porque forma parte de la buena nueva que nos anuncia y a la que nos pide creer, que tengamos fe y confianza. Claro que Jesús nos dice felices y habla de los pobres, o de los que lloran, o de los que están cargados de sufrimientos, o de los que no son comprendidos y de alguna manera se sienten rechazados por todos. ¿Será una contradicción? Porque podría parece que no casa eso de ser feliz y ser pobre, o estar marchado por el sufrimiento, o el rostro surcado por las lágrimas, o el corazón lleno de amargura por las incomprensiones.

Pero las palabras de Jesús aunque nos cueste comprenderlas son ciertas, nos dan la llave de la verdadera felicidad que no está en la riqueza ni en que seamos aceptados por todos, que no está en que hagamos desaparecer las lagrimas de nuestros ojos o se nos curen todos nuestros malos. O, sí. Porque Jesús nos hará comprender que hay otra riqueza que no son solo los tesoros o los valores económicos, que no son solo las alabanzas que recibamos de los demás, sino que partirá de lo que en verdad sintamos en la hondura del corazón, que no estará solo en que quitemos nuestras limitaciones corporales sino que seamos capaces de desprendernos de otras ataduras más hondas. Y por ese camino nos sentiremos más libres, más nosotros mismos, más con nuestros valores y eso sí que nos hará encontrar una felicidad que nadie nos podrá quitar.

Es el camino de la autentica grandeza de la persona que no está en las pomposidades externas sino en los valores que cultivamos desde dentro de nosotros mismos. Es un camino de esperanza, de esperanza en que las cosas pueden ser de otra manera, de esperanza que abriéndonos a los demás encontraremos una nueva hermandad, una nueva fraternidad; y cuando hacemos caminos juntos, de la mano los unos de los otros sentiremos una alegría en el corazón que nadie nos podrá quitar.

No nos importará las limitaciones corporales que podamos tener, no importará que no tengamos nada en nuestro bolsillo, porque una sonrisa que recibimos de aquel que va por la calle y nos saluda aunque no nos conozca será algo que nos llena el alma, cuando recibimos una mirada agradecida de aquel con quien habíamos compartido hasta lo poco que teníamos nuestra alma se siente henchida y será como el mejor alimento que podamos comer, o el mejor regalo que podamos recibir.

Seremos en verdad dichosos sin tener que buscar sucedáneos, sin tener que recurrir a sustitutivos que al final lo que hacen es crearnos dependencias y ataduras creando un vacío grande de insatisfacción en el alma. Por eso Jesús se lamenta de los que se creen ricos y poderosos porque pueden disponer de cosas, de los que se creen saciados porque se pueden permitir todos los caprichos, de los que se ríen haciendo ruido para aparentar que son felices mientras sus corazones siguen derramando lágrimas amargas de infelicidad, de los que se creen importantes por todos los conocen o todos hablan de ellos pero que al final no pueden mantener una amistad sincera y verdadera con nadie porque por medio median siempre los intereses.

Una buena nueva de felicidad nos está anunciando Jesús. Escuchemos su evangelio, dejémonos conducir por su Espíritu, sintamos siempre su presencia en nuestro corazón.

lunes, 10 de junio de 2024

Dichosos, felices, bienaventurados, como nos dice Jesús, pero no es con una varita mágica como lo conseguimos, sino con el camino nuevo que nosotros emprendamos

 


Dichosos, felices, bienaventurados, como nos dice Jesús, pero no es con una varita mágica como lo conseguimos, sino con el camino nuevo que nosotros emprendamos

1Reyes 17, 1-6; Salmo 120; Mateo 5, 1-12

Todos soñamos siempre con algo mejor, sobre todo cuando estamos pasando por momentos difíciles, con problemas y carencias; si alguien viene además a decirnos con convencimiento que todo eso puede cambiar, más grande se hace nuestra ilusión y de más esperanza llenamos nuestros sueños; aunque nos tratemos de convencer que quizás eso no es tan inminente como nos lo prometen, pero ahí está sembrada la semilla de la esperanza, y seremos capaces de irnos detrás de quien nos ha hecho esas promesas hasta el fin del mundo si fuera necesario; además cuando vemos algunas señales de que eso es posible, más alegría se mete en el corazón, aun cuando sigamos todavía por un tiempo con aquella misma situación. La esperanza que nos parece cierta pone un nuevo brillo en nuestros ojos.

Seguramente era lo que iban sintiendo los que escuchaban el mensaje de Jesús. Aunque algunos les dijeran que eso que prometía era imposible, era irrealizable, estarían dispuestos a todo por escucharle y por seguirle. Todavía hoy hay quienes cuando escuchan esta página de las bienaventuranzas en el evangelio dicen que eso es una utopía irrealizable, que de alguna manera los oyentes de Jesús se sentían engañados, y siguen tirando piedras sobre el tejado de la Iglesia y del evangelio.

No queremos tampoco hacer rebajas en las interpretaciones que nos hagamos de esta página del evangelio con unas explicaciones muy espiritualistas. Sí tenemos que darnos cuenta de la trascendencia que se despertaba en los corazones al escuchar estas palabras de Jesús. Van más allá de una lectura e interpretación al pie de la letra; tenemos que saber entender lo que significaba el Reino de Dios anunciado por Jesús; tampoco Jesús quería promover una revolución llena de revueltas, como tantos hoy manipulan a las personas y a los pueblos; Jesús estaba proponiendo un mundo nuevo que por supuesto tenía que plasmarse en la vida de las personas, en la mejora de las que iban a disfrutar todos los que creyeran el mensaje de Jesús y quisieran ponerlo en práctica.

Porque de eso se trata, es algo que tenemos que poner en práctica; no es una varita mágica con la que tocamos las cosas y las cosas por si solas se transforman. Es la Palabra y la mano de Jesús que irá tocando el corazón del hombre, el corazón de las personas para hacer posible eso nuevo que Jesús nos proclama cuando nos llama dichosos también en nuestra pobreza, nuestras carencias que pueden llevar al hambre y a la sed, a aquellos que van a actuar de una manera nueva porque será la mansedumbre su manera de actuar, desterrarán todo lo que signifique maldad y violencia, o se sientan defraudados porque no son comprendidos por nadie.

Es que tenemos que comenzar a tener un corazón nuevo - ¿no pedía Jesús conversión desde sus primeros anuncios para poder creer en la buena noticia del Reino de Dios que Jesús nos anunciaba? -, por ahí tenemos que comenzar y entonces comenzaremos a tener una nueva mirada de la vida, de las personas, de los que están a nuestro lado, de cuanto vaya sucediendo, y podremos tener esa mansedumbre del corazón, y esa humildad para mirarnos los unos a los otros de una manera nueva, y pureza de corazón para arrancar toda malicia que nos lleva a sospechas, envidias o incomprensiones. Vamos a comenzar a sentir una nueva paz en el corazón, y nos sentiremos satisfechos de las semillas que vamos sembrando, de la bondad que vamos repartiendo, de la ternura con que vamos contagiando nuestro mundo. Y comenzaremos a sentir una felicidad nueva en los corazones.

Es lo que nos está diciendo Jesús y es lo que tenemos que comenzar nosotros a hacer y a vivir. Y no es una utopía irrealizable lo que Jesús nos anuncia, esa manera de ser felices que Jesús nos está diciendo. Si de verdad nos ponemos en camino en este estilo de Jesús estaremos haciendo de verdad un mundo de felicidad para todos.

¡Dichosos! ¡Felices! ¡Bienaventurados!, que nos dice Jesús.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

Hoy cuando celebramos la fiesta de Todos los Santos sepamos aspirar el perfume del amor, de la rectitud, de la verdad, de la santidad que tantos exhalan con sus vida a nuestro lado

 


Hoy cuando celebramos la fiesta de Todos los Santos sepamos aspirar el perfume del amor, de la rectitud, de la verdad, de la santidad que tantos exhalan con sus vidas a nuestro lado

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3;  Mateo 5, 1-12a

A vivir que son cuatro días, para allá no nos llevamos nada… son expresiones que escuchamos con frecuencia, y es fácil que en estos días, por aquello de las celebraciones de los difuntos, escuchemos con mucha frecuencia, sobre todo mañana aunque para muchos se haya trasladado esta celebración al día primero con merma del sentido que tiene este día. Esos son los que el mundo llama dichosos, porque la felicidad se les queda en eso, vivir, disfrutar, pasarlo bien sin preocupaciones ni problemas que nos quiten el sueño, y de ahí ya sabemos en lo que consisten esos disfrutes y esas maneras de ser felices.

Pero qué contraste con lo que hoy escuchamos en el evangelio, lo que tendrían que ser nuestros valores, nuestros sueños y nuestras metas si en verdad nos decimos cristianos, seguidores de Jesús y su evangelio. Pasarlo bien parece que es tener de todo, pasarlo bien es que nunca nada nos haga sufrir, porque intentamos pasar por encima de todo eso sin querer atender a esos detalles, pasarlo bien es que yo sea feliz y poco me importe lo que le pasa a los demás, pasarlo bien es sentirme siempre triunfador, colocado como sobre un pedestal porque todos me admiren aunque algunos quizás me teman, y así podríamos seguir haciendo relación de esa manera de entender eso de pasarlo bien.

En contraste, Jesús habla de pobres, de gente que llora y que sufre, habla de los que son incomprendidos por los principios y valores sobre los que han fundamentado su vida, habla de saber llorar también con los que lloran y con los que sufren, habla de unos caminos de rectitud frente al mal que nos rodea lo que tendrá que llevarme a un camino continuo de superación y de vencimiento ante tantas cosas que nos rodean y nos atraen por caminos fáciles. Pero, ¡ojo!, Jesús nos está diciendo que serán dichosos y serán felices y bienaventurados.

Es un nuevo sentido de vivir, es una nueva riqueza que buscamos para nuestra vida, son unos nuevos caminos que nos van a llenar de las satisfacciones más hondas y que serán las que van a permanecer para siempre con nosotros y sí nos vamos a llevar para allá. Es una vida de trascendencia, que nos hace ir más allá del momento presente para encontrar lo que va a dar verdadera plenitud a nuestra vida. Es una vida donde vamos llenando el corazón no de riquezas caducas que las polillas pueden corroer o los ladrones robar.

Son los verdaderos tesoros que embellecen el corazón y que no se quedan en vanidades exteriores que pronto pueden ajarse o que el paso de los años van a llenar de arrugas. Serán esos corazones generosos, compasivos, llenos de ternura y de misericordia cuya sintonía va a hacer felices a muchos. ¡Qué bien nos sentimos al lado de los que tienen un corazón así! ¡Qué mundo distinto construiríamos si todos fuéramos capaces de entrar en esa sintonía!

Es a lo que nos está invitando esta fiesta de todos los Santos que hoy celebramos. Es nuestra fiesta, es el día de todos nosotros, es el día de todos los que han caminado a lo largo de los siglos queriendo seguir y vivir ese camino, es el día en que tenemos que mirar en torno nuestro para darnos cuenta, aunque vivan una vida silenciosa, de tantos y tantos que viven en esa sintonía del evangelio.

Como nos decía el Papa Francisco en una ocasión tenemos que saber descubrir a los santos de la puerta de al lado. Esas personas que están junto a nosotros, cercanas a nuestra vida, con sus luchas y trabajos, con sus deseos de superación a pesar de las debilidades que quizás muchas veces les hagan tropezar e incluso caer, pero con la ternura que van derramando a su paso por la vida en sus familias, en los hijos, en los esposos, en los amigos que están cercanos o con todo aquellos con los que se van encontrando. No somos santos porque nunca hayamos tropezado y quizás caído, sino por esos deseos hondos que tenemos dentro de nosotros de darle un sentido de plenitud y trascendencia a nuestra vida y así queremos ir derramando esas semillas de amor  de paz allí donde estamos.

Hoy cuando celebramos la fiesta de Todos los Santos, no solo miramos el catálogo de los que han sido canonizados por la Iglesia – aunque ellos son también un estímulo, un ejemplo y un rayo de esperanza para todos – sino queremos tener en cuenta a tantos que nos han precedido o que conviven a nuestro lado y han ido dejando tras de sí el perfume del amor, de la rectitud, de la verdad, incluso como decíamos con sus debilidades, y que son también para nosotros ese estimulo y ese ejemplo para nuestro propio camino. Creo que esta celebración tendría que hacernos abrir los ojos para descubrir esos santos que caminan a nuestro lado y nunca tenemos en cuenta.

Son los que viven, como nos decía el Apocalipsis, en medio de la tribulación de la vida, pero están queriendo siempre lavar sus mantos en la sangre del Cordero y, aunque no escuchemos su canto por falta de sensibilidad en los oídos de nuestro corazón, están cantando con sus vidas el glorioso cántico de alabanza al Señor que se eleva desde todos los rincones y con toda la creación.

jueves, 12 de octubre de 2023

Dichosos cuando nos dejamos envolver por la Palabra de Dios para que nuestra vida tenga un nuevo color, sabor y perfume que seamos capaces de contagiar a los demás

 


Dichosos cuando nos dejamos envolver por la Palabra de Dios para que nuestra vida tenga un nuevo color, sabor y perfume que seamos capaces de contagiar a los demás

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26;  Lucas 11, 27-28

Bienaventurados, dichosos, felices nos sentimos cuando las cosas nos marchan bien en la vida, cuando podemos disfrutar de tantas cosas bellas y agradables que la vida nos ofrece; y cuando pensamos en ello, no estamos precisamente en que nos veamos colmados de riquezas o de bienes materiales; pensamos más bien, cuando podemos sentir paz en el corazón, cuando reina la buena armonía con aquellos que nos rodean, cuando disfrutamos de la familia que nos rodea y nos arropa, o pensamos en la suerte de tener buenos amigos que nos van acompañando en el camino de la vida, en medio incluso de nuestras luchas, de nuestros momentos que no son tan fáciles, pero que tenemos esa suerte, por decirlo de alguna manera, de tener quienes nos acompañan, son un estímulo y un apoyo. No buscamos grandes cosas, pero nos sentimos dichosos, nos sentimos felices.

Todos ansiamos ser dichosos en la vida, soñamos con ello, lo buscamos, y de la misma manera lo deseamos para los demás. Disfrutamos también cuando vemos gente que vive feliz a nuestro alrededor; admiramos la dicha y la felicidad que puede vivir una madre rodeada de sus hijos; nos gozamos cuando vemos un matrimonio feliz, cuando contemplamos una familia unida, de alguna manera queremos nosotros también hacernos partícipes de su dicha y felicidad.

¿Sería algo así lo que pasaba por el corazón y la mente de aquella mujer anónima de la que nos habla el evangelio, que estaba disfrutando al escuchar a Jesús al llenarse su corazón de una esperanza nueva, y pensó en la dicha que podía sentir también en su corazón la madre de Jesús orgullosa de su Hijo y de lo que hacía?

Nos habla hoy el evangelio de esa mujer anónima que levanta su voz en grito en medio de la gente. ¡Viva la madre que te parió!, sería la forma en que traduciríamos sus palabras. ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Una alabanza para María que viene a cumplir lo que ella misma proféticamente había anunciado en el cántico de alabanza a Dios cuando la visita a Isabel. ‘Dichosa me llamarán todas las generaciones’. Y es el primer grito, aunque ya Isabel la había llamado dichosa por su fe, porque había creído y todo lo que se le había anunciado se cumplirá, que tendrá su continuación a lo largo de los siglos en las alabanzas que todos dedicamos a la Madre, que todos dedicamos a María.

Pero algo más quiere decirnos Jesús aprovechando estas alabanzas. No enmienda Jesús la alabanza de aquella mujer, sino que vendrá como a darle un mayor sentido y profundidad. ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’. Es también una alabanza para María, la que había plantado la Palabra de Dios en su corazón. ‘Aquí está la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra’, había respondido al ángel.

Pero ha de ser el camino que nos haga verdaderamente dichosos a nosotros también. Dichosos y bienaventurados seremos si somos capaces también de escuchar la Palabra de Dios y plantarla en nuestro corazón. Dichosos nosotros cuando cumplimos la Palabra de Dios en nuestra vida. Dichosos nosotros si plantamos nuestra casa, plantamos nuestra vida sobre el cimiento firme de la Palabra de Dios. Dichosos nosotros cuando nos dejamos envolver por la Palabra de Dios para que toda nuestra vida tenga un nuevo color, un nuevo sabor, un nuevo perfume que seamos capaces de transmitirlo a los demás.

Hoy estamos celebrando una fiesta de María, la Virgen del Pilar. María se nos muestra así con la firmeza de la fe y del amor, su imagen apoya sobre un pilar que se hunde en la roca firme nos está señalando como toda nuestra vida tendrá siempre mantenerse firme apoyada en la Palabra de Dios.

Su imagen bendita, que nos habla de la tradición antigua de la fe anunciada por el Apóstol Santiago en nuestras tierras españolas, ha servido de soporte para mantenernos a lo largo de los siglos en la firmeza de esa fe, pero ha sido también la que nos ha lanzado por los caminos del mundo para ser misioneros de esa fe. Que María del Pilar nos siga manteniendo, sea luz en nuestro camino que a veces se nos hace oscuro, para que sigan resplandeciendo los valores del Evangelio y podamos seguir construyendo con ese ardor misionero el Reino de Dios en nuestro mundo.

Sintámonos dichosos porque tenemos a María como madre, sintámonos dichosos porque de ella aprendemos a escuchar el evangelio de Jesús.


miércoles, 13 de septiembre de 2023

Dejémonos envolver por la generosidad del espíritu, por la apertura del corazón en que tengan cabida los que pasan por nuestro lado con esas mismas situaciones difíciles de la vida

 


Dejémonos envolver por la generosidad del espíritu, por la apertura del corazón en que tengan cabida los que pasan por nuestro lado con esas mismas situaciones difíciles de la vida

Colosenses 3, 1-11; Sal 144; Lucas 6, 20-26

Todos queremos ser dichosos. ¿Quién no quiere ser feliz? Y soñamos, y nos llenamos de ambiciones y deseos, y buscamos cosas o buscamos caminos cuanto más fáciles sean mejor, pero parece que no llegamos a realizar nuestros sueños, a alcanzar esas ambiciones y deseos, y no sé si al final nos sentiremos mejor o nos sentiremos peor.

Pero quizá tendríamos que pensar en cómo queremos ser dichosos, cuales son nuestros sueños y nuestras aspiraciones; porque ya estamos diciendo que buscamos cosas o buscamos caminos fáciles.  Tendríamos, pues, que pensar en qué ponemos esos deseos de ser dichosos. Porque nos miramos y nos vemos con tantas carencias y limitaciones y podríamos pensar si acaso así podríamos alcanzar esa dicha que deseamos. Porque, claro, cuando pensamos en cosas, estamos pensando en posesiones y desde nuestra pobreza quizás pensamos que nada podremos alcanzar y que entonces no podremos ser felices. Vemos nuestras limitaciones y nos sentimos incapaces de alcanzar algo bueno. Idealizamos mucho nuestros sueños y pronto esos sueños volarán o se difuminarán, quedando el humo del recuerdo de los sueños pero también la insatisfacción dentro del corazón.  ¿Qué hacemos entonces? 

¿Qué pensaría aquella gente aquella mañana en las llanuras de Galilea cuando Jesús al bajar del monte se pone a hablarles como siempre y lo primero que dice que los pobres serían dichosos porque de ellos era el Reino de los cielos? ¿Pasarían por su cabeza todos aquellos sueños que llevaban dentro de sí, pero también la frustración de no ver realizados sus sueños? ¿Cómo podía decirles ahora Jesús que los pobres serán dichosos si siguen permaneciendo en su pobreza porque a la vista no tienen caminos que les puedan sacar de aquella pobreza?

Pero jesús les está diciendo que serían dichosos porque para ellos es el Reino de los cielos; y lo mismo les dice a los que sufren y a los que lloran, a los que son perseguidos porque buscan el bien y la justicia y desean lo mejor para el mundo en el que viven, y para todos aquellos que se ven envueltos en tantos sufrimientos y limitaciones. ¿Cómo entender las palabras de Jesús?

Podrían sentir desconcierto porque les era difícil entender lo que jesús les quería decir; pero podrían también comenzar a renacer las esperanzas en sus corazones porque parece que lo que jesús quería decirles es que tuvieran esperanza y confiaran en su palabra, aunque ahora de entrada les cueste entenderlo. Porque Jesús mantiene su palabra, y les dirá que los ricos y los que se sienten satisfechos y parece que la vida siempre les es fácil no serán dichosos.

Sí, es un grito, un anuncio, una invitación a la esperanza. Desde que había comenzado a predicar venía anunciando que llegaba el Reino de Dios y que había que darle una vuelta al corazón para creer esa buena noticia que se les estaba anunciando y para que en verdad el Reino de Dios se hiciera presente entre ellos. Y ahora les anuncia ese Reino de Dios a los pobres,  a los que lloran y a los que sufren, y a los que son perseguidos y a todos los que sienten inquietud en el corazón. 

No lo van a entender y por supuesto no lo podrán vivir aquellos que se sienten satisfechos en sus riquezas y los que en la vida parece que todo les va bien siempre. Aunque parecen satisfechos los que mucho tienen cada día querrán tener más y todo se convertirá en una carrera que nunca tiene bien porque siempre queremos más. Lo pueden entender los que viviendo en sus carencias y en su pobreza sin embargo van a saber ser felices en lo pequeño, ser felices en lo que son en su misma vida, ser felices porque desde la propia realidad de sus carencias y sentirse necesitados quizás de los demás, sin embargo sabrán tener un corazón comprensivo y misericordioso con los demás, con los que los rodean.

Jesus les está diciendo que algo nuevo comienza para ellos, pero que sin embargo todo va a depender en cierto modo de las actitudes que tengan en su corazón. No es porque sean pobres o porque sufran, es por la buena actitud que tienen en el corazón porque lo que se van a sentir verdaderamente dichosos y felices. es la apertura a la vida que siempre ha de reinar en nuestros corazones, que significa también actitudes nuevas hacia los demás. 

¿Llegaremos a entender lo que Jesús nos está anunciando y proponiendo? ¿Tendremos deseos de verdad de vivir esos valores nuevos que se nos ofrecen con el Reino de Dios?  ¿Iremos por la búsqueda de cosas o estaremos dispuestos a dejarnos envolver por esa generosidad del espíritu, por ese corazón abierto en el que tengan cabida cuantos vamos encontrando por el camino, por esa misericordia y comprensión para, incluso con nuestra pobreza o con nuestros sufrimientos, saber estar al lado de los que pasan también por esas situaciones difíciles de la vida?


martes, 1 de noviembre de 2022

Con Jesús tenemos un nuevo sabor del que queremos contagiar cuánto nos rodea, tenemos esperanza y creemos posible el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida

 


Con Jesús tenemos un nuevo sabor del que queremos contagiar cuánto nos rodea, tenemos esperanza y creemos posible el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Tenemos hoy una celebración en la liturgia que nos invita a mirar hacia lo alto, a poner grandes metas en nuestra vida y a despertar nuestra esperanza en medio de un mundo demasiado ensombrecido, y mira cómo de alguna manera la hemos descafeinado desde convertirla por una parte en una fiesta solo del recuerdo de difuntos, o la hemos dejado envolver por nuevas costumbres que parecería más bien que nos llenarían de terror nuestros espíritus.

Litúrgicamente celebramos la fiesta de todos los Santos y el texto del Apocalipsis que se nos ofrece en la primera lectura de esta fiesta nos habla de una multitud inmensa que nadie podría contar que cantan bendicen la victoria de nuestro Dios, la victoria del Cordero. Ese texto ya sería suficiente para elevar nuestro espíritu y hacernos aspirar a esa gloria del cielo. Si un día le habían preguntado los discípulos a Jesús si serían muchos los que se salven, hoy tenemos la respuesta, en esa multitud innumerable. ‘Los que han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero, vienen de la gran tribulación y son los que buscan el rostro del Señor’.

Podemos formar parte de esa inmensa muchedumbre. ¿Qué es lo que necesitamos? Hacer una opción seria en la vida. Es cierto que Dios nos ofrece la salvación, pero ante nosotros se abren diversos caminos; caminos espaciosos y amplios, y caminos que a veces nos pueden parecer estrechos y llenos de dificultades. Es la opción por el camino de la vida, es la opción de vivir como los hijos de Dios, es la opción por vivir el Reino de Dios. Y eso tiene sus exigencias.

Pero es una invitación y una llamada de parte de Dios. ‘Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!’ El nos llamó, El nos invitó, El nos quiere como hijos. ‘Seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. No terminamos de considerar esa grandeza, esa dignidad. Con qué facilidad lo olvidamos. Y sin embargo tiene que ser el motor de nuestra existencia, lo que nos va a hacer buscar la dignidad y la grandeza de toda persona, lo que va a poner un sabor nuevo en nuestra vida, lo que tiene que convertirse en una luz para nuestra humanidad tan llena de sombras.

¿Qué es lo que nos propone Jesús hoy en el Evangelio? Ese camino nuevo que da nuevo sabor a nuestra vida y a nuestro mundo, las bienaventuranzas. No son utopías, no son palabras bonitas que traten de consolarnos en nuestras desesperanzas y en nuestros llantos. Es un camino cierto de vida y nos va a llevar a la mejor felicidad, a la mayor plenitud para nuestra vida.

‘Dichosos los pobres en el espíritu, comienza diciendo Jesús, porque de ellos es el Reino de los cielos’. Jesús había comenzado anunciando la llegada del Reino de Dios y nos invitaba a la conversión, a creer en la Buena Noticia que se nos anunciaba, la llegada del Reino de Dios. Este es el primer paso para ese gozo del Reino de Dios, elegidos esa pobreza de espíritu, ese vaciarnos de tantas cosas que nos saturan de tal manera que no llegamos a saborear la vida en su auténtico sabor.

Cuántos pedestales vamos poniendo tantas veces en la vida para hacernos los engreídos y poner distancias entre unos y otros, qué distancias nos crean nuestros orgullos; de cuántos apegos vamos llenando el corazón de manera que ya no daremos cabida a los que están a nuestro lado; cuántas cosas vamos acumulando, tristezas, resentimientos, envidias, violencias descontroladas, malicias y desconfianzas que nos llenan de tormento y nos quitan la paz; cuánta cerrazón para mirar solo por nosotros mismos y no saber tener un corazón compasivo para el que sufre a nuestro lado; con tantas cosas se nos va enturbiando la vida, la visión como si una catarata cubriera nuestros ojos y ya no seremos capaces de ver y contemplar la luz.

Por eso cuando llegamos a comprender el sentido de esta primera bienaventuranza, lo demás irá fluyendo casi como de forma espontánea. Será cuando llenemos de mansedumbre el corazón y que distinto será nuestro trato y nuestra convivencia con los que están a nuestro lado; será cuando aprenderemos a compartir porque nadie a nuestro lado podrá pasar necesidad; será cuando seremos en verdad comprensivos y misericordiosos con los demás, porque habremos disfrutado de esa misericordia y compasión que Dios ha tenido con nosotros para perdonarnos y hacernos cambiar de vida; nuestra mirada será limpia y podremos contemplar a Dios pero también veremos con mirada distinta a los hermanos que caminan a nuestro lado; gozaremos de auténtica paz en el corazón pero al mismo tiempo seremos siempre constructores e instrumentos de paz; no nos importa ser incomprendidos por lo que hacemos y que incluso podemos encontrar oposición en contra porque tenemos la certeza de que caminamos el camino de la vida y estamos realmente construyendo el Reino de Dios.

¿Puede haber una dicha más grande? ¿Cambiamos la felicidad que sentimos en el corazón por la felicidad falaz que nos ofrece el mundo? Nuestra vida tiene ya un nuevo sabor; queremos contagiar de ese sabor al mundo que nos rodea, porque tenemos esperanza y creemos que es posible realizar y hacer presente el Reino de Dios en el hoy de nuestra vida.

miércoles, 12 de octubre de 2022

Esta fiesta del Pilar es el regalo que desde nuestra fe queremos hacer a toda la humanidad, ese pilar de María que es anuncio de Evangelio

 


Esta fiesta del Pilar es el regalo que desde nuestra fe queremos hacer a toda la humanidad, ese pilar de María que es anuncio de Evangelio

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Sal 26; Lucas 11, 27-28

‘Me felicitarán todas las generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes en mi’, había proclamado proféticamente María en el cántico en la visita a su prima Isabel en la montaña. Ya Isabel la había llamado dichosa por su fe, porque había creído y todo lo anunciado para ella tendría su realización.

Hoy contemplamos ya en el evangelio que será una mujer anónima la que entre la multitud proclame en un cántico de alabanza a la que es la madre del Señor. ‘Dichosos los pechos que te amamantaron y el vientre que te llevó’, proclamaría aquella mujer dando comienzo a ese cántico ininterrumpido de alabanzas a María que se prolongaría por todas las generaciones y a través de todos los tiempos.

Hoy estamos celebrando una de esas fiestas a María que tiene tradición de siglos y nos manifiesta también tradiciones milenarias que nos hablan de la presencia de Maria en la evangelización de nuestra tierra. Será algo que de una forma o de otra se repetirá a lo largo de la historia. Hoy las tradiciones nos hablan de esa presencia milagrosa de María junto al apóstol Santiago en los momentos de la primera evangelización de nuestra tierra.

No es necesario que queramos reducirlo a hechos históricos, sino que hemos de saber contemplar la historia de una tradición, pero que es la historia del amor del pueblo cristiano a María y de la presencia que siempre María ha tenido haciéndose presente en la vida y en la historia de la Iglesia y que nos ha servido de ariete y de estímulo en la tarea de la evangelización.

Las tradiciones de tantos lugares que nos hablan de una presencia milagrosa de la Virgen en el encuentro con su sagrada imagen de ello nos están hablando, siendo de alguna manera siempre María la primera misionera que de formas extraordinarias y milagrosas se hace presente en esos caminos de evangelización. Esas apariciones de la Virgen, como el pueblo cristiano en su sencillez quiere expresarlo, no viene a ser otra cosa que un signo de esa tarea de evangelización, de anuncio del Evangelio.

Y María, la que estuvo presente en aquella iglesia naciente, en el cenáculo, en la espera de la venida del Espíritu Santo, así se manifiesta, así está presente en la Iglesia, así nos ayuda en esa tarea de la evangelización. Muchas veces esa imagen de la Virgen sigue siendo el único eslabón entre la religiosidad del pueblo llano y sencillo con el Señor nuestro Dios. Por María siempre podremos ir hasta Jesús, porque María siempre nos señalará el camino de Jesús, el camino del Evangelio cuando a nosotros nos diga también que hagamos lo que El nos dice.

Hoy celebramos a la Virgen del Pilar, tan enraizada en la devoción del pueblo cristiano español y posteriormente de aquellas naciones y países, sobre todo de América, donde España tuvo la misión especial de llevar el Evangelio. La Virgen del Pilar, cuya imagen vemos sobre un pilar, sobre un pedestal bien anclado en la tierra, y de ahí su nombre, viene a ser así ese pilar que nos ayuda a mantenernos firmes y fortalecidos en la fe.

Pilar bien anclado en nuestra tierra como lo es esa devoción a María, pero bien anclado sobre todo en el evangelio de Jesús que nos pretende mostrar. Llega así ese torrente de vida y de gracia a través de María, significada de esa manera en ese pilar, para alimentar nuestra fe, para fortalecernos en nuestra fe, para no dejarnos vencen por tantos embates contra nuestra fe que hoy, como en todos los tiempos, estamos recibiendo.

Necesitamos esa fortaleza de nuestra fe para seguirla proclamando con valentía en medio de nuestro mundo. Con María del Pilar así nos sentimos fortalecidos; nos arracimamos en torno a su pilar para mantenernos unidos; salimos al mundo con ese estandarte de ese pilar de María que siempre veremos coronado de la Cruz de Cristo. Como en algún momento de la historia se reveló, con ese signo vencerás.

Hoy nosotros, en esta fiesta del Pilar, nos unimos a todas esas generaciones que a través de la historia han cantado alabanzas en honor de María, seguiremos proclamándola dichosa y bienaventurada porque reconocemos la obras grandes que en ella realizó el Señor y por ella sigue realizando para toda la humanidad. Es el regalo que con nuestra fe queremos hacer también a toda la humanidad, ese pilar de María que es anuncio de Evangelio.

 

lunes, 7 de junio de 2021

Entremos en las redes del amor de Jesús y seremos los más dichosos alcanzando la altura de la felicidad que nos ofrecen las bienaventuranzas

 


Entremos en las redes del amor de Jesús y seremos los más dichosos alcanzando la altura de la felicidad que nos ofrecen las bienaventuranzas

2Corintios 1, 1-7; Sal 33; Mateo 5,1-12

La felicidad. Todos la desean. Todos la buscamos. Pero no todos somos felices de la misma manera. Miramos a nuestro alrededor ¿y quienes son los que nos parecen más felices? Vemos a los triunfadores, los que parece que todo lo tienen, los que se sienten poderosos, los que ocupan los primeros puestos, los que parecen que disfrutan de la vida sea como sean, sin limites, sin escrúpulos, nos parecen felices, van derrochando risas y carcajadas por donde quiera que van, pero ¿serán los más felices? Muchos los envidian, quieren parecerse a ellos, quieren ocupar también esas cuotas de poder y de grandezas, y vienen las luchas y los empujones por alcanzar esa ansiada felicidad. ¿Nos sentiremos tentados nosotros a alcanzar una felicidad así?

Hoy el evangelio nos propone las bienaventuranzas; aquellos que nos dice Jesús que son dichosos y felices; pero nos da unas pautas que nos resultan incomprensibles, muy distantes de los caminos que veíamos antes que muchos recorrían para alcanzar la felicidad. Por eso tenemos el peligro de sentirnos confundidos y no entender las bienaventuranzas que nos propone Jesús y entonces querer hacernos unos arreglos para alcanzar esa bienaventuranza.

Y es que tenemos que comprender que nunca entenderemos las bienaventuranzas fuera de la órbita de Jesús. Solo quien se haya sentido cautivado por Jesús porque en El ha encontrado su esperanza y la razón de su existir podrá llegar a entender las bienaventuranzas y ponerse en camino para alcanzarlas.

Es cierto que tuvieron que causar gran sorpresa cuando fueron proclamadas por Jesús y para aquellas gentes atormentadas con tantos sufrimientos y decepciones eran unas palabras que en la sorpresa despertaban esperanza. Pero eran difíciles de entender si no nos ponemos en camino de seguir el camino de Jesús, el estilo y los valores que Jesús nos propone en el evangelio.

Solo quien se siente cautivado por Jesús entenderá lo que es el desprendimiento de esa pobreza de la que nos habla Jesús; solo desde Jesús se podrá entender que las lágrimas del sufrimiento o de la lucha interior por alcanzar un mundo mejor y más justo se pueden transformar en felicidad y alegría; solo quien está dispuesto a seguir ese camino de amor que se hace servicio y nos convierte en esclavos de los demás podrá entender la felicidad que se siente cuando amamos de verdad y nos damos y desgastamos por los otros. Sin Jesús no las entenderemos, sin Jesús no las podremos vivir, sin Jesús no podremos entender esa felicidad que El nos promete, sin contrastar esas palabras con todo el evangelio de Jesús no podremos disfrutar de esa felicidad que El nos ofrece.

Las bienaventuranzas no son solamente un código moral que tenemos que cumplir para salvarnos, no son unas normas o unas leyes que a fuerza tengamos que cumplir; es algo distinto, es un querer parecernos a Jesús porque nos sentimos cautivados por su amor porque el que entra en las redes del amor querrá parecerse, querrá imitar a aquel por quien se siente amado y al que quiere amar con un amor igual; cuando de verdad entramos en las redes del amor somos los más dichosos y los más felices.

sábado, 10 de octubre de 2020

Cristo nos está diciendo que hagamos como hizo María, la que plantó la Palabra de Dios en su corazón y dio fruto

 


Cristo nos está diciendo que hagamos como hizo María, la que plantó la Palabra de Dios en su corazón y dio fruto

Gálatas 3, 22-29; Sal 104;  Lucas 11, 27-28

Orgulloso se siente el hijo cuando le piropean a su madre con las mejores alabanzas y orgullosa se siente la madre cuando alaban las virtudes y los valores del hijo pero señalando que es un buen hijo de tal madre. Todos nos sentimos orgullosos de nuestra madre; para nosotros es lo mejor del mundo, de ella hemos recibido siempre el calor del amor y del cariño y ella ha sido siempre la mejor maestra de nuestra vida.

Siempre descubrimos algo bonito en nuestra madre, siempre estaremos resaltando sus virtudes y sus valores, siempre la llevaremos en el corazón y cuando ya no está con nosotros la idealizamos aun más en nuestro amor porque siempre estaremos recordando cuanto de ella recibimos.

Quizá cuando nos falta comprendemos mejor de sus sacrificios, de su entrega, y recordaremos cuando se quitaba hasta el pan de su boca para dárnoslo a nosotros. Por eso oír hablar bien de nuestra madre nos llena de orgullo y satisfacción y nuestro corazón llorará siempre con lágrimas de emoción. Como a la inversa la madre se siente orgullosa de sus hijos y siempre verá en ellos lo que de ella aprendieron aunque muchas veces pareciera que costara mucho la enseñanza y formación. Pero para una madre esos sacrificios y trabajos nunca los sintió como dolorosos sino como algo que surgía espontáneo del amor que llevaba en su corazón.

Hoy escuchamos en el evangelio como una mujer anónima levanta su voz en grito para alabar a la madre. Alaba a la madre por lo que contempla en el hijo; cuando escucha a Jesús, cuando contempla todo lo que es su obra, cuando ve con detalle toda aquella humanidad llena de amor que brota del corazón de Cristo en su cercanía y en su atención a todos, en su misericordia con los pecadores, con los humildes y con los sencillos y en su compasión llena de amor para con los enfermos, en la valoración y respeto que tiene con todos y sobre todo con los que son menos considerados en aquella sociedad como eran la mujeres o como eran los niños, no puede menos aquella mujer que pensar en la madre que todo eso fue capaz de trasmitir a su hijo y por eso para ella la alabanza y la bendición. ¡Dichosa madre que tiene tal hijo! ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’. Dichosa la madre que te parió, hubiéramos dicho nosotros en un lenguaje más castizo. No era para menos.

Sí, Jesús tendría que sentir el orgullo de hijo cuando tales alabanzas eran gritadas en honor de su madre. No rechaza Jesús aquellas alabanzas, pero sí quiere enseñarnos algo más y se aprovecha de aquellas palabras para enseñarnos como nosotros podemos ser dichosos y bienaventurados también. ‘Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’.

Sí, nos está enseñando Jesús que nosotros podemos ser también dichosos y felices. María lo era, porque ella fue la primera y la mejor que plantó la Palabra de Dios en su corazón. ‘Hagase en mi según tu palabra’, le había dicho al ángel. María fue la que tuvo siempre abierto su corazón a Dios y a lo que era su voluntad. Es, podemos decir, la primera discípula. Por algo el ángel le diría que era la llena de Dios, en la que rebosaba la gracia del Señor. Porque María sabía decir Sí, porque María buscaba en todo momento lo que era la voluntad de Dios, porque Maria tenia siempre su corazón abierto para escuchar a Dios. Pero no eran solo palabras que entraban por sus oídos, sino que todo se transformaba en su vida.

Hoy cuando escuchamos este cruce de alabanzas podíamos decir que Jesús nos está diciendo que seamos como María. Si María un día les dijo a los sirvientes de las bodas de Caná que hicieran lo que El les dijera, ahora Cristo nos está diciendo a nosotros que hagamos como hizo María, la que plantó la Palabra de Dios en su corazón y dio fruto.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Aunque seamos pobres sabemos compartir el perejil de las cosas pequeñas dándole un sabor nuevo a la vida desde la esperanza y la solidaridad

 


Aunque seamos pobres sabemos compartir el perejil de las cosas pequeñas dándole un sabor nuevo a la vida desde la esperanza y la solidaridad

1Corintios 7, 25-31; Sal 44; Lucas 6, 20-26

Las circunstancias que estamos viviendo en estos momentos hace que se intensifiquen los problemas y aflore a la superficie el sufrimiento que viven tantos alrededor nuestro, y que quizá nosotros llevamos también en nuestro interior, en nuestra propia vida. Momentos de llanto, podríamos decir, para muchos cuando nos sentimos agobiados en las necesidades que van apareciendo y que pueden hacernos la vida difícil; momentos de llanto cuando parece que se ha perdido la esperanza, o al menos los horizontes parecen estar preñados de nubarrones negros que nos impiden ver la luz del sol; momentos de llanto de tantos que quizá ven pasar a su lado hermanos insensibles que no son capaces de ver ni de escuchar esas lagrimas y esos llantos lo que hace más dura la soledad.

No es que estos momentos sean únicos, porque siempre la humanidad ha estado marcada por el sufrimiento, por la pobreza, por el llanto de los que nada tienen o se ven solos, por las angustias de las soledades de los que se ven discriminados por la sociedad. Pero son momentos los actuales que vivimos para hacernos pensar, para tratar de encontrar esa sensibilidad que nos haga mirar con otros ojos en torno nuestro, para tratar de despertar alguna esperanza, para poner nuestra mano que ayude a levantarse a los caídos o a secar las lágrimas de los que lloran.

Y en este cuadro escuchamos hoy las palabras de Jesús, las bienaventuranzas. Unas palabras que algunas veces nos cuesta entender, porque podrían parecer sin sentido, pero son unas palabras que tratan de infundir esperanza, porque un día esos nubarrones negros se correrán y dejarán pasar la luz del sol. Parece una paradoja lo que nos dice Jesús. Pero llama dichosos a los pobres, y a los que lloran, y a los que sufren, y a los que son discriminados por cualquier causa por la sociedad. Y dice Jesús que encontrarán consuelo, que sus lágrimas se secarán y se transformarán en alegría, y que de ellos es el Reino de los cielos.

Es la transformación de la vida que se realiza cuando en verdad queremos y buscamos el Reino de Dios. ‘Buscad el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura’, nos dirá en otro momento del evangelio. Y es que cuando queremos vivir el Reino de Dios las actitudes y la vida de los hombres se transforma. No es que en nombre de ese Reino de Dios tengamos que aguantarnos en esa pobreza o en ese sufrimiento, sino que todo va a comenzar a ser nuevo porque los hombres cambiaremos y surgirá un mundo nuevo de solidaridad que llenará de una nueva alegría los corazones de los hombres.

Aprenderemos a descubrir valores nuevos incluso en nuestra pobreza y sufrimiento, porque la austeridad de nuestra vida nos hará buscar lo que verdaderamente es importante; ya sabemos cuanta generosidad hay en los que son pobres y cuantos gestos de solidaridad se tienen los unos con los otros. No veremos nunca a un rico poseído de si mismo ser capaz de compartir el perejil con el que está a su lado, pero entre los pobres hasta lo más pequeño que podamos tener nunca lo consideran como suyo propio sino que siempre están dispuestos a ponerlo a disposición de los demás; como los vecinos que comparten el perejil, por poner una imagen.

No es una paradoja de algo que no se puede realizar. Es la paradoja de lo nuevo que puede comenzar a vivirse cuando en verdad optamos por el evangelio del Reino que Jesús nos anuncia. Por eso podemos ser dichosos y felices, porque en nuestros corazones a pesar de las negruras siempre habrá esperanza, porque nuestra confianza de verdad la hemos puesto en el Señor.

lunes, 8 de junio de 2020

Escuchemos las palabras de Jesús como si fuera la primera vez que las escuchamos para dejarnos sorprender por su mensaje


Escuchemos las palabras de Jesús como si fuera la primera vez que las escuchamos para dejarnos sorprender por su mensaje

1 Reyes 17, 1-6; Sal 120; Mateo 5, 1-12
Alguna vez habrá llegado alguien y con algo que nos dijo nos ha dejado ‘descolocado’, porque al final no sabemos qué pensar de aquello que nos dijo; la frase quizá nos suena a contradictoria, no era lo que en aquel momento esperábamos escuchar, o nos parece un sin sentido porque parece que va contra todo lo políticamente correcto, como se dice ahora, pues diciéndonos una cosa parece que nos dijera la contraria. Frases, cosas sorprendentes, pero que sin embargo nos hacen pensar, parece que nos dieran una filosofía de la vida, pero que va en una corriente distinta a lo que habitualmente piensa o es la manera de actuar de la gente. Pero si somos algo reflexivos, nos da mucho que pensar y hasta en cierto modo despierta una curiosidad o una esperanza en nosotros ante algo nuevo que se nos presenta.
¿No sucedería algo así aquella tarde o aquella mañana, que lo de menos es la hora, en que Jesús sentado frente a una multitud que había venido de muchas partes a escuchar a aquel profeta de Nazaret, aquel profeta de Galilea que había surgido? Habla de dicha, de felicidad, promete dicha y felicidad pero para los pobres y para los que sufren, para los que nada tienen o para los que se sienten mal porque nadie se preocupa de ellos.
Todos siempre imaginamos que los que mucho tienen son más felices porque no padecen las carencias que sufren los pobres; parece que serán felices a los que les va siempre bien en la vida y pueden hacer lo que quieran porque tienen posibilidades para hacerlo o detectan un poder que les hace estar como por encima de los demás. Siempre vemos a los enfermos, a los inválidos, a los que nada tienen retorcerse buscando como salir de aquella situación e imaginamos cuanta angustias puede haber en sus corazones. Y ahora viene Jesús y nos dice que esos son los felices, los que alcanzarán la mayor felicidad.
¿No nos desconciertan sus palabras? Quizás los pobres y los que están sufriendo todas esas limitaciones les parece soñar que será posible que un día salgan de esa situación en la que viven, pero mientras tanto les toca sufrir. ¿Una esperanza llena de cierta amargura? Otros quizá están escuchando estas palabras de Jesús como desde lejos y algo así como riéndose en su interior porque a ellos nada de eso les afecta y les parecen palabras utópicas para consolar pero que de ahí no van a pasar.  
Pero las palabras de Jesús no son utopía irrealizable, las palabras de Jesús de verdad siembran esperanzas en el corazón, las palabras de Jesús hacen soñar pero despertando las ganas de ponerse a luchar por salir de esas situaciones, las palabras de Jesús no son una revolución a la manera como entendemos las revoluciones con violencias, pero si producen una revolución en los corazones de quienes las escuchan, las palabras de Jesús arrancan amarguras y quieren en verdad poner paz en el corazón. Las palabras de Jesús son en verdad una buena noticia, una buena noticia de una salvación que nos llega y es posible.
Y es que esa primera palabra de Jesús, con la que comienza sus bienaventuranzas nos da la clave para entenderlo bien. Se trata de aceptar el Reino de Dios; es lo que ha venido proclamando desde el principio. Creer en la buena noticia y la buena noticia es la llegada del Reino de Dios. Pero bien entendemos que decir Reino de Dios no es algo abstracto como un sueño sino hacer que en verdad Dios sea el único Señor de la vida del hombre.
Por supuesto, hay que creerlo; por supuesto, para creerlo abr que desprenderse de muchas cosas, empezando por desprendernos de nosotros mismos, de nuestro yo egoísta que se quiere convertir en el único dios de nuestra vida. Y ahí está nuestra pobreza como tiene que estar nuestro desprendimiento, está ese sentirnos vacíos o ese vaciarnos para que dejemos lugar a Dios en nuestra vida. Cuando nos llenamos de cosas que nos satisfagan por si mismas, ya no necesitaríamos a Dios, o al menos es lo que nos creemos tantas veces. Por eso no llegamos a que de verdad Dios sea el único Señor de nuestra vida y nos andaremos con componendas o con divisiones en nuestro propio interior; y divididos por dentro no seremos felices.
Necesitamos dejarnos sorprender por las palabras de Jesús; escucharlas como algo nuevo que llega a nuestra vida, porque si nos las damos por sabidas ya las hemos amoldado tanto a nuestros intereses y caprichos con tantas interpretaciones que ya no serán las palabras de Jesús. Quitemos prejuicios o interpretaciones preconcebidas, abramos con sinceridad nuestro corazón, escuchémoslas como si fuera la primera vez que las escuchamos, dejémonos sorprender por Jesús, no temamos que nos deje descolocados, porque será la manera de empezar de nuevo para hacer que el Reino de Dios sea una realidad en nuestra vida.

sábado, 6 de junio de 2020

La vanidad lo echa todo a perder, pero un espíritu humilde manifiesta la verdadera grandeza de la persona y nos llena de mayor dignidad


La vanidad lo echa todo a perder, pero un espíritu humilde manifiesta la verdadera grandeza de la persona y nos llena de mayor dignidad

2Timoteo 4, 1-8; Sal 70; Marcos 12, 38-44
La vanidad lo echa todo a perder, pero un espíritu humilde manifiesta la verdadera grandeza de la persona y nos llena de mayor dignidad. Pero no lo terminamos de aprender. Nos sentimos engolosinados por unas alabanzas y reconocimientos. Decimos que no queremos aparentar, pero buscamos la forma de que las cosas sean reconocidas; nos halaga que digan cosas bonitas de nosotros y de alguna manera parece que queremos hacer saber a los demás lo bueno que somos, aunque mal lo disimulemos.
Primeros puestos o lugares de honor, puestos donde podamos tener nuestras influencias y cargos que eleven nuestro status, alcanzar aquello que signifique poder para que prevalezcan por encima de todo mis ideas, llegar al lugar donde yo pueda hacer y deshacer a mi antojo o en lo que pueda obtener unos beneficios. Lo estamos viendo continuamente en nuestra sociedad; gente que nos viene de redentora protestando o denunciando todo lo que los otros hacen y populismos de los que nos valemos para alcanzar esas cotas de poder y actuar ahora quizás con más despotismo de lo que antes anunciaban.
Lo estamos muchas veces sufriendo. Y sucede en lo que podríamos llamar las clases dirigentes de la sociedad, pero son también las pequeñas batallitas – o no tan pequeñas – que se dan en nuestra cercanía, en nuestros grupos sociales, también – hay que reconocerlo – en nuestras comunidades de orden religioso o cristiano. Muchas veces contemplamos guerras sordas también en esos grupos a los que pertenecemos o que nos rodean también en el ámbito de nuestras parroquias y comunidades cristianas. No siempre los diálogos de tipo pastoral que podamos tener en nuestras comunidades arrancan de ese deseo pastoral, sino pudieran aparecer intereses y hasta deseos de manipulación en ocasiones.
Nos es fácil tirar la piedra pensando en los grandes dirigentes de la sociedad, o quedándonos en retazos de la historia si ahora al leer el evangelio solo pensamos en aquellos letrados y fariseos de la época de Jesús, y no somos de darnos cuenta que eso sucede en nuestro entorno y también en la Iglesia. Tenemos que saber reconocer nuestras debilidades y nuestros fallos. Tenemos que ser claros y humildes.
En el evangelio que hoy escuchamos se contraponen, por así decirlo, las dos posturas. Previene Jesús ante la actitud y la manera de actuar de escribas y fariseos. Allí estaba Jesús frente a la entrada del templo y se podía contemplar la postura y manera de actuar de todos aquellos que iban entrando. ‘Cuidado, les dice, con los escribas. Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes, y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones’. No hacen falta más descripciones, no para verlos a ellos, sino para mirarnos a nosotros mismos.
Pero al mismo tiempo Jesús se ha fijado en quien nadie se fija. Una pobre viuda, anciana, con sus pobres ropas que trata de pasar desapercibida. Nadie se habría fijado en ella si no fuera por la indicación de Jesús. ‘Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante’. Así nos lo describe el evangelio. Y ahí está el comentario de Jesús. ‘En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir’.
Así, sin hacer ruido, sin llamar la atención aquella mujer echó cuanto tenía en el cepillo del templo. Merece la alabanza de Jesús. ‘Dichosos los pobres porque de ellos es el Reino de los cielos’, nos dirá en otro lugar. Pero es la actitud de los que están siempre dispuestos a servir, a hacer el bien, a contribuir a todo lo bueno desde sus valores o sus capacidades, pero también desde su pobreza y lo poco que son. Es la disponibilidad y la generosidad, es el desprenderse de uno mismo y ser capaz de gastarse por los demás. Porque lo importante es el bien, lo bueno que hagamos, aunque no nos llevemos medallas que colgarnos al cuello o diplomas que colgar de nuestras paredes.
Ahí está la verdadera grandeza del ser humano. Ahí se manifiesta la mayor dignidad que no está en unos ropajes o en unos bastones de mando. Mucho tendría que hacernos pensar todo esto. Mucho tenemos que verlo también ad intra de nuestras comunidades.