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lunes, 21 de septiembre de 2026

Cuando hoy celebramos a san Mateo cuyo nombre alguien ha traducido como ‘el regalo de Dios’, nos sentimos bendecidos con el regalo de la misericordia de Dios hecho perdón

 


Cuando hoy celebramos a san Mateo cuyo nombre alguien ha traducido como ‘el regalo de Dios’, nos sentimos bendecidos con el regalo de la misericordia de Dios hecho perdón

Efesios 4, 1-7. 11-13; Salmo 18; Mateo 9, 9-13

Hay momentos sorpresa en la vida que nos pueden causar gran impacto y de alguna manera dan un revolcón a nuestra vida que nos lo hace cambiar todo. Situaciones inesperadas pero que se convierten en momentos inigualables que siempre mantendremos en el recuerdo. Algo que nos hace sentir una nueva percepción de nosotros mismos porque comenzamos a vernos de manera nueva y a encontrar sentido para muchas cosas. Quizás aunque nos sentíamos bien en lo que hacíamos sin embargo teníamos la percepción de que no éramos aceptados y se veían incluso con malos ojos aquello que realizábamos que en fin de cuentas era una profesión a la que dedicábamos la vida, pero quizás en un momento determinado vimos que éramos tenidos en cuenta, se quería contar con nosotros para algo distinto y aunque inexplicable sin embargo considerábamos algo sublime, porque era de alguna manera una invitación a que fuéramos percibidos como algo distinto y que nos haría cambiar nuestra vida.

Podíamos decir que algo así le estaba sucediendo a Leví, o Mateo, según queramos llamarle. Pertenecía a un grupo y a una profesión que era rechazada por una gran mayoría y en la que incluso se habían ganado la fama de avaros considerándolos así como unos pecadores públicos para aquella sociedad. Era recaudador de impuestos, alguien que trabajaba con el dinero de los impuestos que se llevarían los romanos como pueblo invasor, pero que les daba ocasión a unas manipulaciones no siempre del todo justas. Sin embargo Jesús a su paso por delante de su garita de impuestos se había fijado en él y le había invitado a formar parte del grupo de los que le seguían más de cerca.

¿Se lo podía esperar? ¿Acaso podía ser una posibilidad para su vida? Sin embargo su respuesta tenía que llevar cambios muy importantes en su vida y en su manera de actuar. Quizás él también había escuchado a Jesús acaso en aquel sermón de la montaña allá en las cercanía del lago, le habría visto actuar en Cafarnaún con las multitudes que lo escuchaban o en los enfermos que eran llevados a su presencia para ser curados. Sin embargo seguir a aquel maestro significaría también un estilo de vida distinto que ya no se podría mover entre las comodidades de quien poseía muchos bienes, sino en un desprendimiento y una austeridad que incluso le haría estar pendiente de las ayudas que pudiera recibir.

Sin embargo, como él mismo nos lo relatará su respuesta fue pronta y generosa. Levantándose de su mostrador de impuestos lo dejó todo y se dispuso a seguir a Jesús. Pero antes como una señal de lo que significaría aquel cambio de vida quiso celebrar un banquete para Jesús con los principales de la ciudad, con los discípulos de Jesús que iban a ser sus compañeros, pero también con los que habían sido hasta entonces compañeros suyos.

Había sido aquella llamada, aquel querer Jesús contar con él un revulsivo, pero un revulsivo iba a ser también aquel banquete con tan variados comensales. Algunos comenzarán a protestar y a criticar, porque Jesús se estaba mezclando también con pecadores y con gente de mala fama. Tendrá que intervenir Jesús. ‘El médico no es para los sanos sino para los que están enfermos’, o para aquellos que creyéndose sanos tendrían que ser los primeros en reconocer la malicia de su corazón para poder ser sanados.

Una clara referencia a lo que allí estaba sucediendo. Por eso Jesús sentenciará con palabras del profeta ‘misericordia quiero y no sacrificios’. ¿De qué nos servirán esos sacrificios de autocomplacencia y de vanidad si no hay misericordia en el corazón? Es lo que Jesús nos está mostrando. Tenemos que parecernos a Dios que es rico en misericordia; caminando por los caminos de la misericordia es cómo mejor haremos presente a Dios en nuestra vida y en nuestro mundo. Su presencia en la tierra es una búsqueda de los pecadores para manifestarles que Dios los ama y que siempre está dispuesto a la misericordia y al perdón porque Dios sigue contando con nosotros a pesar de nuestra indignidad y de nuestro pecado. Aunque quizás sigamos siendo rechazados por el mundo que nos rodea que no llega a entender nunca lo que es la misericordia, que siempre va a tener memoria de nuestro pecado que no querrá olvidar, sin embargo Dios cuenta con nosotros, olvida y disculpa nuestro pecado porque incluso será capaz de disculparnos a causa de nuestra debilidad, nos regala su amor y nos tenderá la mano para ofrecernos un camino nuevo.

Cuando hoy estamos celebrando a san Mateo, cuyo nombre alguien traducirá como el regalo de Dios, vamos a sentir gozo en nuestro corazón porque a pesar de los pesares siempre nos sentiremos regalados con el amor de Dios siempre compasivo y misericordioso.


domingo, 13 de septiembre de 2026

Porque sentimos que Dios nos pone en su corazón cuando es misericordioso con nosotros seamos capaces de poner en nuestro corazón al que ofrecemos nuestro perdón

 


Porque sentimos que Dios nos pone en su corazón cuando es misericordioso con nosotros seamos capaces de poner en nuestro corazón al que ofrecemos nuestro perdón

Eclesiástico 27, 30 – 28, 7;Salmo 102;Romanos 14, 7-9;Mateo 18, 21-35

Qué pronto olvidamos lo que recibimos, no terminamos de ser lo suficientemente agradecidos. Y no estoy pensando ahora solamente en regalos de cosas materiales que podamos recibir un día de un amigo, los regalos que recibimos de aquellas personas que nos aprecian que nos ofrecen algo que incluso les pudo costar conseguir o que son muy valiosos para ellos y sin embargo han sido capaces de desprenderse de ello, o un favor que en un momento determinado recibimos de alguien que ha querido mostrarnos su aprecio ayudándonos – que por supuesto en estas situaciones también somos desagradecidos y pronto lo olvidamos – sino que también podemos pensar en algo mucho más hondo como puede ser el amor que Dios nos tiene.

¿Consideramos que la vida es un regalo del amor de Dios por el que tenemos que estar eternamente agradecidos? Y en consecuencia podemos pensar en tantos dones de Dios que de mil maneras nos manifiesta su amor. Agradecidos a su amor nuestra respuesta, sin que Él nos lo pida, tendría que ser el querer amar de la misma manera.

Y esto que estoy diciendo tiene una relación muy fuerte con lo que hoy se nos está planteando en el evangelio. Todo parte en esta ocasión de la pregunta que le hace Pedro a Jesús sobre cuántas veces tengo que perdonar al hermano que nos haya ofendido. Había oído hablar continuamente a Jesús del amor que habíamos de tenernos los unos y los otros, nos decía que incluso teníamos que amar a los enemigos y rezar por quienes nos han hecho daño, nos decía cómo tenemos que amarnos todos y no dependiendo de su condición, su manera de pensar, o si fueran buenos o malos, porque Dios hacía salir el sol para todos de igual manera, viene como consecuencia que si rezamos incluso por los que nos han ofendido es que antes les habremos perdonado. Y ya sabemos que para nuestros orgullos y amor propio eso es algo que es bien difícil.

Pero Jesús no se queda en los límites – que ya a Pedro les parecen muy generosos de perdonar hasta siete veces – y nos dice cómo tenemos que perdonar siempre. Y nos propone una parábola que va mucho más allá de la anécdota para de alguna manera enseñarnos las razones que tenemos para perdonar. Y en referencia a lo que antes decíamos, es cuestión de gratitud recordando lo que nosotros hemos recibido.

Es la comparación que Jesús hace en la parábola entre los dos deudores, por así decirlo, en relación con quien tiene la deuda. Aquel amo de la parábola aunque exigió rendición de cuentas a quien le debía sin embargo al final se muestra generoso y perdona todo cuanto aquel siervo le debía. Pero éste pronto va a olvidar lo que él ha recibido para exigir sin posibilidad de perdón cuánto le debía su compañero que además en cantidad no tenía comparación. Mezquino tiene que ser quien ha disfrutado del perdón y no está sin embargo dispuesto a regalar ese mismo perdón con su semejante.

Todo quería de alguna manera centrarlo en si mismo y en su manifestación de poder, y cuando nos ponemos a nosotros como centro de nosotros mismos no podremos dar lugar para que el otro entre en mi corazón. Quien ha disfrutado de la misericordia y el perdón porque quien generosamente nos ha perdonado nos ha dejado entrar en su corazón ahora tendría que caminar por la vida con un corazón abierto e igualmente compasivo para con los demás; pero cuando nos convertimos en dioses de nosotros mismos de ninguna manera estaremos queriendo imitar a Dios cerrando nuestro corazón.

Quién encierra su corazón así podríamos decir que se está encerrando a sí mismo en la cárcel de los rencores y resentimientos que es el peor infierno que nadie puede vivir aunque en su orgullo quiera poner cara de felicidad. No hay cosa mejor que sanar esas heridas que podamos llevar dentro de nosotros con la mejor medicina que es la generosidad del amor y del perdón.

Ya nos dice Jesús que seamos compasivos y misericordiosos como Dios es compasivo y misericordioso; y no es otra cosa que responder con espíritu agradecido al amor que Dios nos tiene. Pero me temo que hemos convertido como rutina el decir que pedimos perdón a Dios por nuestros pecados y no terminamos de saborear lo que es el perdón que Dios nos ofrece. ¿Será por eso por lo que incluso hemos convertido en una tortura el acercarnos al sacramento de la Penitencia porque no hemos terminado de saborear la misericordia del Señor que nos regala en su amor el perdón?


sábado, 5 de septiembre de 2026

Una nueva dinámica de amor que nos pone en camino de una nueva comunión, que se hace acogida y reconciliación, para sentir entre nosotros la presencia del Señor

 



Una nueva dinámica de amor que nos pone en camino de una nueva comunión, que se hace acogida y reconciliación, para sentir entre nosotros la presencia del Señor

Ezequiel 33, 7-9; Salmo 94; Romanos 13, 8-10; Mateo 18, 15-20

Cuando Jesús, por así decirlo, quiere darnos más motivos para que amemos a los demás y además lo hagamos con el mismo amor que Él nos tiene, nos enseña como en el rostro del pobre, del inmigrante, del forastero, del hambriento y del enfermo, sea quien sea, venga de donde venga, teníamos que verle a Él, porque lo que al otro le hiciéramos se lo estábamos haciendo a Él y nos estaba enseñando ese ministerio y servicio de la acogida en el que todos tenemos que estar apuntados; todos recordamos las imágenes con las que nos habla en el juicio final.

Pero podríamos decir que hoy da un paso más, nos hace subir en nuevo escalón, nos hace entrar en una nueva dinámica que podíamos decir una nueva espiritualidad, nos hace entrar en una nueva exquisitez cuando nos dice que allí donde estemos reunidos, los que sean, en su nombre, allí podemos tener la certeza y seguridad que está El. No es necesario que sea una reunión de santos, de personajes especiales, de quienes hayan hecho cosas extraordinarias, sencillamente los que queremos vivir en el nombre de Jesús, también con nuestras debilidades y tropiezos – que para eso ya nos dirá algo más -, con nuestra fragilidad y con nuestro pecado, con nuestra vida corriente y también a partir de nuestras pequeñas cosas no siempre hechas con toda perfección, allí estará Él en medio de nosotros.

Nos está hablando de un nuevo sentido de vivir, nos está diciendo que para ser en verdad sus seguidores, para sentir cómo nos ama y camina con nosotros hemos de entrar en la dinámica de la comunión, de sentirnos hermanos, de vivir el sentido de comunidad. Nuestro camino no es ir cada uno por su lado, aunque cada uno tengamos que desarrollar nuestras cualidades y también nuestras responsabilidades, nuestro camino siempre ha de ser el de encuentro y la reconciliación, de vivir esa maravillosa experiencia del amor, pero de una forma concreta con todos aquellos que caminan a nuestro lado, sean quienes sean, o sean como sean.

No es el camino de los perfectos, sino de los que hacen santidad cayéndose y levantándose, pero también siempre con la disponibilidad para acoger y para ayudar a levantarse al que cae a nuestro lado; es siempre camino de acogida, que tiene que hacerse más delicada y exquisita con los más débiles, y es camino siempre abierto a la reconciliación, nunca para el juicio y la condena, porque es tarea en la que todos siempre nos hemos de sentir comprometidos y en la que mutuamente con la mayor delicadeza hemos de ayudarnos.

Nos dice hoy Jesús cosas muy importantes. Nos quiere unidos, nos quiere acogedores, nos quiere personas de paz, nos quiere agentes de reconciliación, nos quiere pastores que cuidan el rebaño y han de saber ir a donde sea y hacer lo necesario para reencontrar a la oveja extraviada. El Reino de Dios es recinto abierto del que nadie ha de ser excluido por muy malvado o pecador que sea porque todos somos amados y es el amor que parte de Dios el que construye y constituye ese reino; y también los pecadores son amados, y también los que puedan parecer personas inmundas tienen derecho a tocar la orla del manto para llevar a revestirse de Jesús; y todo tienen que caber en nuestro corazón y en nuestra oración porque sería menos eficaz si no dejamos sentarse a todos en el corro de nuestra oración.

Si cuando estamos reunidos en su nombre tenemos la certeza de que Él está en medio de nosotros ¿quienes somos nosotros para excluir a nadie de esa reunión en el nombre de Jesús? Por eso nuestra vestidura principal tiene que ser la de la misericordia, que siempre nos hace comprensivos y acogedores, pero aunque mucho nos llenemos la boca de esa palabra ¿somos en verdad testigos de la misericordia, estamos revestidos en verdad de misericordia y comprensión, dando verdaderas muestras de acogida a todos, en el ámbito de nuestras comunidades y de nuestra Iglesia?

¿Realmente de qué estamos más preocupados? ¿Solo de la apariencia de la santidad o porque con nuestro amor ponemos santidad en nuestros corazones para purificar nuestros más hondos sentimientos y actitudes de nuestra vida? Es mucho lo que hoy nos dice el evangelio.


domingo, 2 de agosto de 2026

La compasión y la misericordia mueven a la compasión que se convierte en lluvia que transforma la sequedad y aridez en el campo florido de una nueva humanidad

 


La compasión y la misericordia mueven a la compasión que se convierte en lluvia que transforma la sequedad y aridez en el campo florido de una nueva humanidad

Isaías 55, 1-3; Salmo 144; Romanos 8, 35. 37-39; Mateo 14, 13-21

La compasión y la misericordia mueven también a compasión; la ternura de un corazón que se derrite de amor nos hace sentir cómo se despierta esa ternura de nuestro corazón. Las lágrimas que se desprenden de un corazón compasivo se convierte en lluvia dorada que transforma nuestra sequedad y aridez en campo florido de amor. Por eso tenemos que estar convencidos que es el amor y solo el amor el que transforma nuestro mundo para bien y para poder alcanzar la mejor armonía de paz.

Con este pensamiento vengo a resumir lo que es el hermoso mensaje que nos transmite hoy la Palabra de Dios. Pudieran parecernos bellas anécdotas o historias ejemplares las que se nos ofrecen pero están manifestándonos toda la hondura del amor de Dios que es el que tiene que envolver nuestra vida y que nosotros hemos de resumar por nuestros poros para transformar nuestra vida pero también para transformar el mundo que nos rodea.

No podemos ir de insensibles por la vida porque nosotros personalmente tengamos más o menos resuelta nuestra situación. La autosuficiencia es muy peligrosa porque produce sequedad e insensibilidad en nuestro corazón. La mirada con que contemplemos el mundo que nos rodea, si es que en verdad somos humanos y además nos llamamos cristianos seguidores de Jesús tiene que ser un reflejo de la mirada de Jesús. Hoy lo contemplamos en el evangelio y vemos que aquella mirada de Jesús. transformó la mirada de los que estaban a su lado despertando en ellos nuevas actitudes aunque no supieran bien cómo resolver el problema.

Nos comienza narrando el evangelista que cuando Jesús se enteró de la muerte de Juan Bautista quiso irse con sus discípulos más cercanos a un lugar tranquilo y apartado. ¿Quitarse del punto de mira de Herodes y de cuantos ya comenzaban a tramar contra El? Entra dentro de toda lógica humana, aunque como veremos en otros momentos también le gusta irse con sus discípulos cercanos a lugares de retiro y de silencio que aprovechaba para instruirlos de manera especial.

La gente se entera de los caminos que está tomando Jesús y a través de cualquier senda llegan al lugar donde iba a ir Jesús. Una multitud agotada por los caminos, haciéndose acompañar también por sus enfermos y cuantos sufrían le sale al encuentro. Y nos dice el evangelista que a Jesús. se le conmovieron las entrañas; normalmente traducimos la palabra utilizada por el evangelista como lástima o compasión, pero en la raíz griega de la palabra empleada viene a significar lo que hemos dicho, se le conmovieron las entrañas. Afloró la misericordia y la compasión, o lo que es lo mismo, poner el corazón al lago de la miseria y del sufrimiento; ¿no tiene que surgir entonces la ternura? Se puso a enseñar y a curar a los enfermos.

Pero aquella ternura del corazón de Cristo estaba también contagiando a los que le rodeaban. Como se hacía tarde vienen a decirle que los despida, que es tarde, que no tienen provisiones, que puedan ir a las aldeas cercanas a buscarse algo que comer. Era una señal en los discípulos de ese contagio de amor aunque no sepan qué más pueden hacer porque solo tienen cinco panes y dos peces. ¿Y qué es esto para tantos?

‘Dadle vosotros de comer’, les dice Jesús. No se tienen que ir abandonados a su suerte. ¿Sentís esa compasión en vuestro corazón? ‘Dadles vosotros de comer’. Nuestra preocupación no es sólo constatar la realidad sino que tiene que llegar a poner remedio, a buscar soluciones. Muchos trabajos de campo nos hacemos para ver la realidad, pero que se quedan ahí en un estudio bonito sin encontrar soluciones, y las soluciones tienen que pasar por nuestro compromiso personal que significa contar con lo que somos o tenemos, pero contar con las personas. Jesús. quiere contar con sus discípulos, entonces y hoy.

Hubo que sentar a las personas - ¿para que encontraran descanso en sus cansancios? - , porque venían exhaustos por el camino; hubo que ir encontrando aquellos cinco panes y dos peces de lo poco que tenían; hubo que comenzar a tener la predisposición de repartir y compartir, allí estaba la mano de Jesús en las manos de los discípulos que comenzaron a repartir el pan y los peces. Floreció el amor. ¿Serán pasos que tenemos que ir dando para que florezca nuestro mundo en una nueva humanidad?

Es el amor y la compasión el mejor caldo de cultivo que tiene que reflejarse en nuestras vidas. Y Jesús. quiere contar con nosotros, contigo y conmigo, aunque digamos que no tenemos sino unos pocos panes que no son suficientes para todos. Si me los guardo solo para mi claro que no alcanzarán, pero cuando llegan a conmoverse las entrañas como una madre que siente en su corazón lo que le pasa a sus hijos, comenzaremos a desprendernos, comenzaremos a olvidarnos de nosotros mismos, comenzaremos a desparramar amor.

Así estaremos creando una nueva humanidad.


domingo, 19 de julio de 2026

La grandeza del ser humano está en saber ser indulgente con todos haciendo resplandecer la humanidad

 


La grandeza del ser humano está en saber ser indulgente con todos haciendo resplandecer la humanidad

Sabiduría 12, 13. 16-19; Salmo 85; Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30

Vivimos en unos tiempos que aunque llamamos de libertad y nos sentimos tan satisfechos con los logros que decimos que hemos conseguido y se nos llena la boca con la palabra democracia, sin embargo en todos los lados y no podemos pensar solo en un sentido se radicalizan las posturas fundamentalistas que llevan consigo la condena, la estigmatización y los rechazos de quienes no piensen o hagan las cosas como nosotros. Las condenas son inexorables, el querer arrancar de la vida comunitaria por ejemplo a quienes han hecho daño o se han portado injustamente están a la orden del día. Nos volvemos intransigentes con el mal que podamos ver alrededor, y no significa que tengamos que consentir el mal o la injusticia, pero detrás de eso están unas personas que pueden rectificar sus vidas, pero es que nos hacemos muy radicales en posturas y condenas. Entre muchas cosas pienso en lo que está sucediendo en nuestra vida social y política, pero en todas las tendencias o ideología donde prevalece la intransigencia y la condena con tanta facilidad, pero nunca vemos la viga que podamos llevar en nuestro propio ojo.

Mirando lo que contemplamos a nuestro alrededor, pero mirándonos a nosotros mismos que también fácilmente caemos en esas tendencias escuchamos la Palabra de Dios que nos ilumina; no podemos leer o escuchar el evangelio simplemente como si sacáramos una reliquia de otro tiempo sino con una lectura creyente de nuestra vida y de la vida que vivimos. Las parábolas como toda la Palabra de Dios no tienen una fecha de caducidad y de destino, como si fueran para otros tiempos, para otras personas, o para otras situaciones que no tengan que ver con el hoy de nuestra vida. Es Palabra para mi y para ti en el hoy de nuestra vida.

La parábola nos habla de una buena semilla sembrada en un campo, pero también de otra semilla mala que el enemigo ha sembrado para dañar nuestra cosecha. Aparece el trigo pero aparece también la cizaña. Nuestra vida, nuestro mundo, con su trigo y con su cizaña, con la semilla del bien, de lo bueno y de lo justo con lo queremos hacer un mundo mejor; pero al mismo tiempo con la semilla del mal que rebrota y florece por todas partes.

Y es aquí donde nos llega el mensaje de la parábola. Los servidores de aquel dueño de la finca le anuncian lo que está sucediendo y se ofrecen a ir a arrancar aquellos malos brotes. No se puede perder tiempo, piensan ellos. Pero el dueño les dirá que no, que hay que tener paciencia, que ahora no queda más remedio que dejar que crezcan juntos, que ya llegará el tiempo en que se haga justicia y se separen los malos frutos de los buenos. El mal nos rodea, es cierto, y nos gustaría arrancarlo de raíz; y vienen nuestras impaciencias y nuestras radicalismos, vienen nuestras condenas y nuestros descartes. Pero como nos está enseñando la parábola tenemos que aprender a seguir los ritmos de Dios.

Comencemos por pensar en nosotros mismos y aprender de nuestra propia vida; no somos santos porque todos cometemos errores, porque también nosotros nos hemos dejado arrastrar por el mal en tantas ocasiones, recordemos nuestra vida de pecado, recordemos la pobreza de nuestro amor, recordemos nuestros egoísmos insolidarios en tantas ocasiones en que quizás hemos mirado para otro lado para no prestar una ayuda o tener una atención con alguien, y cada uno puede pensar en mil cosas mas en la situación de su propia vida, pero Dios siempre ha tenido paciencia con nosotros; cuántas veces le hemos pedido perdón y confesado nuestro pecado y El nos ha regalado la gracia de su perdón; pero cuantas veces hemos reincidido pero Dios nos ha perdido la paciencia con nosotros.

Es la paciencia de la misericordia de Dios que siempre está esperando la vuelta del hijo pródigo y nos sale al encuentro de tantas maneras para movernos con su gracia a la vuelta a la casa del Padre. Con nosotros y con todos sin diferencia ni distinción. ¿No tendríamos nosotros que aprender para desprendernos de esos radicalismos e intransigencias con que nosotros actuamos tantas veces con los demás?

De eso tenemos que ser signo ante el mundo que nos rodea que precisamente no brilla por esas buenas actitudes. Se nos llena la boca con la palabra justicia para aplicarla de forma irremediable con lo que hacen los demás, pero cuando tenemos que mirarnos a nosotros mismos parece que una niebla nos envuelve para no tener que reconocerlo. Hay algo muy hermoso que nos ha traído hoy el libro de la sabiduría, unas sentencias que tendríamos que aprender a ponerlas como lema y pauta de nuestro actuar. ‘Tu fuerza es el principio de la justicia y tu señorío sobre todo te hace ser indulgente con todos… Actuando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos una buena esperanza, pues concedes el arrepentimiento a los pecadores’.

La grandeza de la persona está precisamente en saber ser indulgente con todos porque siempre ha de brillar nuestra humanidad. Las intransigencias no tienen nada de humano porque nos convierten en lobos feroces y ciegos.

viernes, 17 de julio de 2026

Que la misericordia sea siempre la pauta de nuestro comportamientos, de unas nuevas actitudes y de una nueva forma de mirar a los demás, porque la persona está siempre por encima de todo

 


Que la misericordia sea siempre la pauta de nuestro comportamientos, de unas nuevas actitudes y de una nueva forma de mirar a los demás, porque la persona está siempre por encima de todo

Isaías 38, 1-6. 21-22. 7-8; Is 38, 10. 11. 12abcd. 16Bcd; Mateo 12, 1-8

Es normal que en la sociedad compleja en la que vivimos la propia sociedad se organice para facilitar la convivencia entre todos y tengamos unas costumbres garantizadas, por así decirlo, desde la experiencia de lo vivido y lo que en determinado momento surgió como la mejor forma de convivencia que es lo que heredamos como unas tradiciones o unas costumbres, pero al mismo tiempo esa sociedad se vaya dando normas, preceptos o leyes como queramos llamarlos que nos garanticen esa paz y armonía entre todos para actuar además de la forma más justa. Pero tendríamos que decir que tanto unas cosas cosas como otras siempre han de procurar el bien de la persona, porque lo importante no es la ley o la norma en si misma sino la persona a la que tenemos que salvaguardar toda su dignidad.

En un pueblo y una sociedad teocrática como era la judía en su conciencia consideraban que las leyes venían de Dios, que había inspirado a unos hombres justos como Moisés o luego los profetas que fueron los que marcaron el camino de fidelidad que habían de vivir, que en ellos estaba siempre la conciencia de su relación con Dios. La Biblia en todo el Antiguo Testamento es fiel reflejo de ello. Pero como sucede en toda sociedad y según la inspiración del momento normas que querían, por ejemplo cuidar la salud de las personas, se fueron agregando dándole también ese valor y sentido sacro. Lo que buscaba el bien de la persona como era la obligación del descanso semanal se convirtió luego en una rigidez tan intensa que llegaba a contar los pasos que se podían dar en el día del descanso.

Es lo que nos está reflejando el incidente que provoca aquella reacción de los fariseos que se quejan de que los discípulos de Jesús no guardan el sábado. Caminando entre sembrados sienten hambre los discípulos y de forma espontanea cogen algunas espigas que llevarse a la boca para calmar aquella sensación que sentían en sus estómagos. Para los fariseos aquello era como segar y en consecuencia un trabajo que no se podía realizar el sábado. ¿Qué era lo importante, la rigidez de la norma o el gesto humano de echarse algo a la boca para calmar la fatiga del camino?

Ya hemos escuchado como reacciona y les lleva la contraria Jesús terminando con esa hermosa sentencia extraída también de la misma Escritura. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’. Algo que tenemos que grabar muy bien en nuestro corazón y que tendríamos que reflejar en unas actitudes nuevas en nuestra vida.

¿Será en verdad la misericordia lo que marca la pauta de nuestros comportamientos y de nuestras actitudes, de nuestra manera de mirar a los demás y lo que tendría que llevarnos a una convivencia de amor con todos sin distinción? Sí, es una nueva manera de mirar, de comprender, de escuchar y de atender para no quedarnos nunca en la primera impresión, para no quedarnos en el juicio previo – prejuicio - que siempre llevamos por delante, para darnos cuenta de que tras ese rostro que contemplamos que nos pudiera parecer inexpresivo hay una historia, puede haber un sufrimiento y muchas amarguras, pueden estar otras personas, están seguro también unas ilusiones y unas esperanzas de futuro, está toda una vida en lo recorrido ya y en lo que aun está por construir.

Detengámonos a mirar sin juzgar, escuchemos esos signos o señales que en mil detalles puedan estar lanzándonos, dejemos de ir con nuestras prisas o solo con nuestras personales preocupaciones que es como solemos ir siempre corriendo por la vida. Y eso lo podremos hacer si ponemos misericordia en el corazón; dejemos aflorar esa ternura interior, seamos capaces de abrir las puertas de nuestro corazón para que fluya esa ternura, pero también para que en él tengan cobijo y acogida tantos que están ansiosos de escucha y de amistad. Pongamos siempre a la persona por encima de todo.

miércoles, 8 de julio de 2026

Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

 


Lo que Jesús quiere de sus discípulos es que hagamos sus mismas obras, con nuestro amor y compasión manifestemos lo que es el amor de Dios

Oseas 10, 1-3. 7-8. 12; Salmo 104; Mateo 10, 1-7

Muchas veces en la vida tenemos la tentación de ir como francotiradores; es justo que queramos hacer las cosas por nosotros mismos, pues tenemos nuestras capacidades y ciertamente hemos de desarrollar lo que son nuestras cualidades, nuestros valores, pero eso no significa que tengamos que ir por la vida en solitario haciéndolo todo por nosotros mismos. No podemos aislarnos de manera que ya no sepamos contar con los demás, y no es cuestión solo de efectividad sino incluso del sentido de nuestra vida, en lo que somos y en lo que tenemos que estar relacionados con los demás. no estamos hechos para la soledad, una característica fundamental del ser humano es la socialización, la capacidad de relacionarnos con los otros y en consecuencia ser capaces de vivir un sentido social y de comunión también en lo que hacemos.

Es también lo que Jesús viene a enseñarnos en su propio actuar, porque además serán señales del Reino de Dios que Él nos anuncia. Imagen de ello es lo que hoy escuchamos en el evangelio. Jesús escogió a doce de entre todos los discípulos que le seguían, y como nos dice el evangelio, los constituyó apóstoles. Era el grupo que iba a estar más cerca de Jesús porque le acompañarán a todas partes, a los que de manera especial les explicaba lo que a las muchedumbres les hablaba en parábolas, los que iban a ser testigos más directos del actuar de Jesús, de lo que era la persona de Jesús; recordamos como a ellos les preguntará lo que piensa la gente del Hijo del Hombre, pero concretando luego más la pregunta para saber lo que ellos mismos pensaban. Un grupo que va a ser imagen y signo de lo que había de vivirse como el Reino de Dios.

Y a ellos, tan humanos como todos, con sus dudas y con sus pretendidas ambiciones, con sus debilidades pero también con toda la confianza que ponían en Jesús de manera que estando con Él se sentían seguros - recordamos el miedo que pasaron cuando la tempestad en el mar porque les parecía que Jesús se había desentendido de ellos - y a ellos les va a confiar Jesús la misión de seguir anunciando y constituyendo el Reino de Dios. Son los enviados de Jesús.

Pero son los enviados que han de hacer las mismas obras de Jesús. Recordamos lo que dice el evangelio, que les dio autoridad para curar enfermos y para expulsar demonios cuando salieran a hacer el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Algunas veces nos atamos a la literalidad de las palabras y podemos perder de vista el sentido hondo que tienen las palabras de Jesús. Cuando nos dice que les dió autoridad para curar y para expulsar demonios creo que las palabras de Jesús van mucho más allá de un poder taumatúrgico para realizar milagros. 

Jesús cuando curaba a los enfermos no era un simple curandero sino que en ello estaba realizando los signos del Reino de Dios. Fijémonos en la compasión de Jesús, en su amor hasta el extremo de que no quiere el sufrimiento del hombre, no quiere nuestro sufrimiento, por eso donde de verdad nos quiere sanar Jesús es dentro de nosotros mismos; es el gran milagro de la presencia de Jesús, esa transformación que se va realizando de nuestros corazones.

Es lo que Jesús quiere que hagan sus discípulos, sus mismas obras, con el mismo amor y compasión también tenemos que acercarnos a los demás y en esa compasión y misericordia estamos expresando lo que es el amor que Dios nos tiene. Un milagro que se queda en lo espectacular de lo taumatúrgico y no provoca el que nos sintamos amados de Dios no es precisamente lo que Jesús quiere que nosotros hagamos. Es nuestra vida con nuestro amor hasta el extremo, con esa compasión y misericordia rebosando de nuestro corazón el verdadero signo que tenemos que realizar. ¿Logramos que nos amemos más? Entonces estaremos haciendo de verdad las obras de Dios.


sábado, 2 de mayo de 2026

Si quien ve a Jesús ve el rostro de Dios Padre, nos tenemos que preguntar si quien nos ve a los seguidores de Jesús estarán viendo también ese rostro de Dios

 


Si quien ve a Jesús ve el rostro de Dios Padre, nos tenemos que preguntar si quien nos ve a los seguidores de Jesús estarán viendo también ese rostro de Dios

Hechos 13, 44-52; Salmo 97; Juan 14, 7-14

Algunas veces cuando nos están explicando algo que nos cuesta entender, que nos resulta engorroso, por ejemplo a resolver un problema complicado que por mucho que nos expliquen parece que no llegan nunca a la solución final, o algo tan sencillo como explicarnos un camino para llegar a una meta o los problemas que vamos a encontrar, en nuestros agobios por acabar antes al final le estamos pidiendo o que nos dé la solución final sin que nosotros tengamos que complicarnos la vida, o que nos lleven a ese lugar o meta sin mayores explicaciones; queremos todo a lo pronto y rápido, sin complicaciones ni compromisos, un mundo en cierto modo en el que queremos que nos den las cosas hechas.

Algo así les estaba sucediendo a los apóstoles cuando escuchaban a Jesús en la última cena; en que por una parte sentían una tristeza que les cortaba los ánimos ante la incertidumbre de lo que estaba por suceder, o también porque Jesús estaba en cierto modo elevando el nivel de sus palabras y revelaciones, el hecho es que se encontraban en que parecía que no entendían nada.

Jesús les había hablado muchas veces del Padre, del que El era el enviado, que el cumplimiento de su voluntad lo era todo para El, ‘mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, les había dicho en una ocasión; toda la revelación del Reino de Dios que había venido haciendo Jesús era precisamente querer mostrarles el rostro de un Dios que es Padre y nos ama tanto que nos ha entregado a su Hijo y además quería hacernos sus hijos; pero los apóstoles no comprenden, por eso le piden ‘Muéstranos al Padre y nos basta’, porque asi les parece que ya para siempre se les van a acabar sus dudas.

De ahí la respuesta de Jesús, ‘¿tanto tiempo con vosotros y aun no me conocéis? Quien me ve a Mí, ve al Padre’, termina diciéndoles Jesús. ¿Qué es lo que había hecho Jesús sino manifestarles ese amor del Padre? Aquellos signos que Jesús había ido realizando eran las señales por las que teníamos que reconocer el amor de Dios. El Jesús que se acerca al paralítico de la piscina para darle vida y hacerle caminar, el Jesús que se detiene junto al ciego del camino para devolverle la luz a sus ojos, el Jesús que tiende su mano hasta el leproso para librarle de la lepra, el Jesús que se deja lavar los pies por la mujer pecadora para que en su amor encuentre el amor de Dios, el Jesús que levanta de la camilla al paralítico que han descendido desde el techo hasta sus pies, el Jesús que muestra compasión con la mujer adultera a la que no condena sino que la invita a vivir una vida nueva y distinta, es el Jesús que nos está mostrando el rostro de Dios, el amor de Dios.

Todo en Jesús es amor y es vida, es salud y salvación, es la muestra de la misericordia de Dios y la manifestación de cómo Dios quiere estar a nuestro lado, en nuestro camino, en nuestra vida, en nuestras luchas para ser nuestra fortaleza y en nuestras dudas para ser nuestra luz, en todo lo que haya de muerte en nosotros para darnos vida, en nuestro pecado no solo para ofrecernos su perdón sino incluso para rogar al Padre disculpándonos que no sabíamos lo que hacíamos. Miramos a Jesús y miramos a Dios, contemplamos a Jesús y contemplamos el rostro misericordioso del Padre. ‘Quien me ve a Mi, ve al Padre’, nos está diciendo Jesús.

Pero esto nos está pidiendo algo más. Cuando decimos que creemos en Jesús no son meras palabras con las afirmamos que creemos en lo que nos ha dicho o enseñado Jesús; creer en Jesús significa identificarnos con El para vivir su misma vida, para hacer su mismo camino, para envolvernos en su mismo sabiduría de amor que dé un sentido nuevo a nuestra vida. ¿No significará esto que quien nos ve a nosotros tiene que ver en nosotros las mismas obras de Jesús? ¿Con lo que hacemos, con nuestras actitudes, con el valor que le damos a lo que vivimos seremos imagen de Jesús para que los demás lleguen también a Dios?

lunes, 23 de marzo de 2026

Es hora de curar de verdad el corazón sanando esas heridas que podemos llevar dentro sin terminar de curar siendo generosos en la misericordia y en la compasión

 


Es hora de curar de verdad el corazón sanando esas heridas que podemos llevar dentro sin terminar de curar siendo generosos en la misericordia y en la compasión

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Salmo 22; Juan 8, 1-11

¿Las acusaciones y condenas no podrían estar ocultando malicias y maldades que tenemos dentro de nosotros mismos y de las que no tenemos la sinceridad de reconocer? Es el primer pensamiento que llega a mi mente al escuchar ambos textos de la Palabra de Dios que hoy se nos ofrece. Mucho más es el mensaje que nos quiere transmitir y del que hemos de tomar buena nota, porque nos está hablando de la misericordia entrañable de Dios que se manifiesta en Jesús.

El evangelio es bien conocido y lo habremos meditado multitud de veces, pero para nosotros tiene que seguir siendo una buena nueva que nos hace considerar lo que es la misericordia del Señor pero para que aprendamos también nosotros a actuar con la misma misericordia. No se deja de condenar el mal y Jesús le dirá a la mujer al final que no peque más, pero hemos de saber tener ojos de misericordia con el pecador, como nosotros imploramos también esa misericordia cuando nos vemos en la miseria de nuestros errores y pecados. ¿No es una cosa que continuamente le pedimos al Señor que tenga misericordia con nosotros que somos pecadores? ¿O se quedará solo en palabras pero sin llegar a saborear por nosotros mismos lo que es esa misericordia del Señor?

Muchas veces nos endurecemos tanto que perdemos lo que tiene que ser la ternura de nuestro amor. Somos exigentes con los demás lo que no somos capaces de ser con nosotros mismos porque siempre estaremos buscando disculpas ante lo que hayamos podido hacer mal. Nos cegamos tanto en la exigencia del cumplimiento de la ley, de los mandamientos, que perdemos la ternura de nuestra humanidad. Nos volvemos implacables contra los que hacen mal, como decíamos, quizás queriendo ocultar nuestros propios errores.

Es sorprendente cómo Jesús nos hace recapacitar. Ante las exigencias implacables de aquellos fariseos que pedían el cumplimiento de la ley de Moisés de apedrear a las adúlteras está la serenidad con que se manifiesta Jesús, para colmo se pone a garabatear en silencio en el suelo mientras escucha aquellos gritos para finalmente decirles que quien no tenga pecado que le tire la primera piedra. Antes de gritar y exigir detente a mirarte por dentro. Un buen criterio que habríamos de tener más presente en los avatares de cada día, en esa violencia que nos envuelve, en esa acritud con que nos tratamos, en esas exigencias con que vamos reclamando a los demás.

¿Tendremos derecho a tirar la primera piedra? Seguramente si hubiera alguien que tuviera ese derecho, que significaría una rectitud en su vida y la vivencia de unos valores que ponen por delante la dignidad de la persona a toda costa, no sería precisamente el que tirara la primera piedra. Sería una persona en verdad comprensiva y con una bondad grande en el corazón para siempre buscar y encontrar una salida antes de la condena inmisericorde.

Qué fácil parece ser el condenar, el juzgar lo que hacen las otras personas, el descalificar y querer echar abajo y hundir cualquier cosa que hagan los otros. No podemos decir que eso son cosas que no nos afectan. Seamos sinceros y miremos la realidad. Parece que eso está a la orden del día como si fuera lo que tiene que predominar. Por eso las distancias y los abismos que vamos poniendo entre unos y otros cada día se ensanchan más. En lugar de ir tendiendo puentes vamos poniendo distancias, vamos levantando murallas, vamos cerrando puertas.

Lo estamos viendo continuamente en todo el ámbito de la vida social. Y luego decimos que trabajamos por hacer que nuestro mundo sea mejor, y lo que hacemos es fomentar rencores y desenterrar odios. ¿No nos damos cuenta de que cuando somos inmisericordes con el pecador de alguna manera al sentirse abandonado le estamos incitando a dejarse llevar por ese arrastradero en que se encuentra?

Y los cristianos que tenemos como principal mandamiento el amor ¿qué estamos haciendo en este sentido? ¿Cómo estamos promoviendo ese acercamiento de unos y otros? ¿Estaremos siguiendo el juego al mundo cuando quizás entre nosotros seguimos marcando a las personas por errores que hayan cometido alguna vez en su vida? ¿Dónde está de manera efectiva la misericordia de la que hacemos gala? Muchas heridas siguen sin sanarse con las cicatrices muy marcadas. Es hora de curar de verdad el corazón. 


sábado, 14 de marzo de 2026

No nos justifican los cuadrantes rellenos de muchas cosas buenas que hayamos hecho sino por la humildad con que nos acercamos a Dios para empaparnos de su misericordia



 No nos justifican los cuadrantes rellenos de muchas cosas buenas que hayamos hecho sino por la humildad con que nos acercamos a Dios para empaparnos de su misericordia

Oseas 6, 1-6; Salmo 50; Lucas 18, 9-14

Yo soy bueno, pensamos o decimos algunas veces, yo soy muy cumplidor, yo no hago daño a nadie con lo que estoy haciendo, yo no soy como otros. Somos buenos, nos decimos, pero qué pronto aparece la autosuficiencia y comenzamos a compararnos y, como se suele decir, las comparaciones son odiosas, porque cuando hacemos comparación es para buscar diferencias, para sentirme con arrogancia que no soy como los otros, porque tenemos nuestras cualidades, porque nos creemos más listos, porque queremos mantener nuestras distancias; ya aparecen detalles que no son delicados, ya comienza la discriminación, ya comenzamos a subirnos en pedestales para no mezclarnos con cualquiera… y yo soy bueno.

Ha sido el primer pensamiento que me ha surgido, mirándome a mí mismo el primero, al escuchar el texto que nos ofrece hoy el evangelio. El evangelista al presentarnos este episodio parece que nos está haciendo una catequesis, porque fijándose en las actitudes que muchas veces mantenemos en la vida recuerda aquella parábola de Jesús, la de los dos hombres que subieron al templo a orar. Subieron, es cierto, a algo bueno, porque subieron para la oración para el encuentro con Dios, pero qué bagajes tan distintos llevaban el uno y el otro. La parábola habla de un fariseo y de un publicano.

Cuando hablamos del bagaje no se trata de lo que llevaban en los bolsillos sino de las actitudes que llevaban en el corazón. ¿El fariseo llevaba los bolsillos llenos? Llevaba el corazón recargado con mucha autosuficiencia; no era como los demás, se decía a sí mismo y con ello pretendía justificarse ante Dios; muchas cosas llevaba anotada en su libreta de cuentas como si fueran avales, era cumplidor, pagaba sus diezmos, hacía sus ayunos y hasta daba sus limosnas que bien se escuchaban sus monedas cuando caían en el arca del templo, no se metía con nadie porque muchas distancias iba poniendo en camino porque había que saber bien con quien se podía encontrar y no se mezclaba con cualquiera, ya se había puesto en el lugar que creía corresponderle allí en templo por delante de todos. Su corazón estaba endiosado, parece que no necesitara a Dios, sino que más bien Dios tenía que estar agradecido por todas las cosas que hacía. ¿Era una oración agradable al Señor?

Sin embargo el publicano se había quedado en un rincón escondido y no se atrevía ni a levantar los ojos. Simplemente reconoce que es un pecador. ¿Podrían acusarle de todo aquello que le atribuían a los publicanos y por lo que los consideraban pecadores en aquella sociedad de puritanos? A él lo que le importaba en aquel momento era cómo se sentía ante Dios y cuál sería la mirada de Dios para él en aquellos momentos que se sentía en su presencia. Solo repetía que era un pecador esperando alcanzar la misericordia del Señor.

Si en otra ocasión Jesús había dicho de la mujer pecadora que se había atrevido a acercarse a sus pies para lavárselos que se le perdonaban sus muchos pecados porque amaba mucho, era ahora la misericordia del Señor la que se derramaba sobre quien se sentía pecador para volver a su casa justificado, pero justificado no por sus obras sino por la misericordia del Señor que se había derramado sobre su corazón. Es lo que viene a expresarnos la parábola de Jesús. No nos justificamos por nosotros mismos, sino que es la misericordia del Señor la que nos justifica, la que derrama su gracia y su perdón, la que nos inunda con el amor de Dios cuando con humildad nos acercamos a El.

En este camino cuaresmal que estamos haciendo tenemos que aprender a buscar esa justificación no por los cuadrantes que llevemos en nuestras manos de todas las cosas buenas que hacemos, sino por la humildad con que nos presentamos a Dios para aprender de su misericordia y de su amor y renovada nuestra vida comencemos a actuar con la misma misericordia y amor compasivo con los demás. 




martes, 10 de marzo de 2026

Aprendamos a saborear la misericordia de Dios que en su amor nos perdona, pero que de la misma manera seamos misericordiosos con los demás, muchas heridas que sanar

 


Aprendamos a saborear la misericordia de Dios que en su amor nos perdona, pero que de la misma manera seamos misericordiosos con los demás, muchas heridas que sanar

Daniel 3, 25. 34-43; Salmo 24; Mateo 18, 21-35

En nuestras relaciones sociales y en nuestras relaciones personales entre unos y otros hay algo que normalmente tenemos muy en cuenta es que si alguien ha actuado con generosidad con nosotros, porque nos ha liberado de algo, alguna deuda por ejemplo, o nos sacó en un apuro luego haya algo de lealtad en nuestra vida hacia esas personas y de alguna forma correspondamos; al menos evitaremos algo que les pudiera molestar o causar algún perjuicio porque de alguna forma les estamos agradecidos y no queremos olvidarlo.

Pero ¿sabremos valorar de igual manera la gracia y los beneficios que en la vida misma estamos recibiendo de Dios? Hay algo que tenemos que aprender a saborear, la misericordia que Dios tiene con nosotros cuando nos está ofreciendo continuamente su perdón. Pero algunas veces en nuestra manera de actuar es como si no lo hubiéramos saboreado debidamente. Es la ligereza con que vivimos nuestra vida y también nuestras relaciones con Dios.

Quizás nos damos cuenta de nuestros errores, porque ya incluso evitamos la palabra pecado, quizás los reconocemos y de alguna forma le pedimos perdón a Dios, pero ¿nos daremos cuenta lo que tiene que ver con todo esto el amor? No pensamos que nuestro pecado en fin de cuentas es una herida de amor, una herida al amor; nos ha faltado ese amor en nuestra vida y entra el pecado en nosotros, porque o hay un olvido de Dios, o perdemos la consideración que hemos de tener con los demás, y aparece el egoísmo, y el orgullo, y la falta de sinceridad, el mal que le hacemos a los demás, el trato injusto. Una herida al amor, como decíamos, y eso significa una ruptura con Dios y con lo que es hacer su voluntad. Y tenemos que llamarlo pecado.

Será desde ese amor cuando acudimos a Dios porque solo en el amor de Dios es donde podemos sanar esa herida de muerte en nosotros que es el pecado. Y como decíamos antes tenemos que aprender a saborear ese amor y esa misericordia de Dios que se nos manifiestan en su perdón.

Y esto es importante, porque eso tendrá también relación con los demás. Porque tenemos que entrar de nuevo en esa órbita del amor para una nueva relación con los demás, pero entrar en la órbita del amor significa entrar en una misma dinámica de misericordia como Dios ha tenido con nosotros. Y es de ese amor donde tiene que aparecer en nosotros esa capacidad de perdonar. Decimos que es difícil, pero ¿no será que no hemos terminado de entrar en esa dinámica de la misericordia? Desde esa ligereza con que andamos en la vida nos aparecerán todos esos límites que queremos poner para el perdón. Por eso las preguntas que nos hacemos tantas veces al estilo de la pregunta de Pedro  hoy en el evangelio.

Pero no solo tenemos el ejemplo de Jesús y podíamos pensar en muchos momentos, pero recordemos cómo desde la cruz está pidiendo perdón al Padre por aquellos que lo están crucificando; muchas veces al considerar esto quizás nos quedamos pensando en aquellos soldados que estaban cumpliendo unas órdenes que tenían que acatar. Pero, ¿quiénes eran realmente los que estaban crucificando a Jesús? Quienes lo habían entregado en manos de los gentiles, pensamos, y ya es admirable, pero y nosotros con nuestro pecado, ¿dónde nos quedamos?

Jesús  nos enseñó que en nuestra oración eso era algo que teníamos que tener también en cuenta. ¿Una petición nada más o una afirmación que hacemos de ese perdón que damos a los demás? ‘Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden’, nos enseñó y decimos. Puede sonar a chantaje a la hora de pedir perdón a Dios, pero  ¿no tendría que ser compromiso por nuestra parte?

Ese tendría que ser un compromiso concreto de nuestra cuaresma, porque aún muchas heridas llevamos en el alma que tenemos que sanar.


sábado, 7 de marzo de 2026

Una buena noticia de salvación porque la misericordia del Señor es grande restituyendo en nosotros la dignidad de los hijos de Dios

 


Una buena noticia de salvación porque la misericordia del Señor es grande restituyendo en nosotros la dignidad de los hijos de Dios

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 102; 15, 1-3. 11-32

¿A quien no le ha sucedido que cuando comete un error, cuando hace algo que tiene conciencia de que está mal lo que en cierto modo siente es la cara que se le cae de vergüenza cuando tiene que presentarse ante los demás por lo que ha hecho y las represalias o castigos que pueda recibir? Somos humanos y no siempre sabemos valorar la exquisitez del perdón; somos humanos y de la misma manera que nos queda la cicatriz en el alma por aquello que alguien nos ha hecho y parece que siempre lo vamos a estar recordando manteniendo nuestras reticencias y de alguna manera buscando la revancha o el castigo que le podamos infligir a quien nos ha herido, así pensamos del sentido del perdón que podamos recibir.

El evangelio y toda la palabra de Dios que hoy se nos proclama vienen a desmontar esas ideas preconcebidas que nosotros podamos tener. Así nos lo decía el profeta Miqueas. ‘¿Qué Dios hay como tú, capaz de perdonar el pecado, de pasar por alto la falta del resto de tu heredad? No conserva para siempre su cólera, pues le gusta la misericordia. Volverá a compadecerse de nosotros, destrozará nuestras culpas…’ Es un texto, es cierto, del Antiguo Testamento, pero que resonancias nos trae de lo que Jesús nos viene a enseñar en el evangelio.

Hoy se nos presenta la parábola que llamamos habitualmente del ‘hijo pródigo’, aunque por una parte tendríamos que decir de los ‘dos hijos pródigos’ pues no solo hace referencia al que se fue de casa, sino que el otro aunque seguía viviendo bajo el mismo techo también era un ‘hijo pródigo’ bien alejado de su padre; sin embargo siempre al comentar esta parábola  decimos que más bien tendría que llamarse del ‘Padre misericordioso’ que es el verdadero protagonista de amor de la parábola.

Un reflejo por una parte de lo que es nuestra vida o de cómo termina cuando buscamos libertades que al final terminan esclavizándonos. Quería ser libre, liberarse de estar bajo el dominio, digamos así, de su padre, quería vivir la vida a su manera y al final sintió el peor vacío en sí mismo que jamás pudiera imaginar. Pero no solo el que marchó de casa, sino también en aquel que pareciendo sumiso sin embargo también tenía el corazón muy lejos de aquella misma casa y que sin embargo bien le costó reconocer.

Hay vacíos que cuando no sabemos llenar en la superficialidad de lo material o de los placeres al final nos hacen recapacitar y desear el camino donde podamos encontrar lo que de verdad llene nuestro espíritu. Era el recuerdo del hogar, de aquella vida que tanto le había costado aceptar y que le había llevado a tantas rupturas, era el deseo de volver a encontrarse bajo el paraguas del amor del padre, aunque sintiera que no lo mereciera, que las cosas no podían ser como antes, y que al menos deseaba un puesto, aunque fuera en el último lugar, de aquel hogar. ‘Trátame al menos como a uno de tus jornaleros’ era lo que quería pedir a su padre, pues no se consideraba digno de su perdón.

Aquí se nos está mostrando la maravilla del rostro de misericordia de nuestro Dios. ¿No nos había dicho Jesús en más de una ocasión que fuéramos compasivos y misericordiosos como lo es Dios siempre compasivo y misericordioso? Si el hijo que había marchado ahora daba pasos de vuelta a la casa del padre, era aquel padre el que salía corriendo a su encuentro para devolverle toda su condición de hijo amado. Revestido de nuevo con el traje de fiesta de los hijos, con anillo de la dignidad recuperada en sus manos y con nuevas sandalias en sus pies para no tener los mismos tropiezos era recibido con fiesta por su padre porque el hijo perdido se había encontrado y para él estaba preparado el gran banquete con el mejor ternero cebado.

Así es el corazón de Dios que sale a nuestro encuentro y nos busca como aquel padre con sus dos hijos pródigos. Y Dios nos dice que todo lo suyo es nuestro porque hemos recuperado la dignidad de hijos y si somos hijos somos herederos y coherederos de su gloria. Es el camino de dejarnos encontrar por la misericordia de Dios que hemos de saber emprender; pero es el camino del que también tenemos que saber ir dejando huellas porque con esa misma compasión y comprensión nosotros hemos de saber tratar a los demás. Es la confianza de sabernos perdonados pero es también la alegría que con que sabemos nosotros ofrecer el rico regalo de perdón a los demás.

¿Será esto una buena noticia de salvación para nosotros que hará nacer en nosotros una vida nueva?