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lunes, 2 de noviembre de 2026

Una conmemoración no sólo para derramar una lágrima o tener un buen recuerdo, una conmemoración que nos llena de trascendencia con valor de eternidad en nuestra oración

 


Una conmemoración no sólo para derramar una lágrima o tener un buen recuerdo, una conmemoración que nos llena de trascendencia con valor de eternidad en nuestra oración

Sabiduría 4, 7-15; Salmo 26; Romanos 5, 5-11; Juan 14, 1-6

Intentamos caminar por la vida como si tuviéramos todas las seguridades, todo estuviera en nuestra mano de modo que nada pudiera suceder sin que nosotros pudiéramos controlarlo. Nos sentimos seguros y valientes, de alguna manera nos hacemos dominantes porque nos creemos hasta dueños de la vida misma; pareciera que a nada tenemos miedo ni nada nos hiciera temblar. Pero no sé ciertamente si es verdad que nos sentimos seguros y nada tenemos miedo y quizás muchas veces pudiera ser como una pantalla con la que olvidáramos las inseguridades que tenemos por dentro; queremos dar una buena sensación pero quizás por dentro tenemos muchos interrogantes que en algunas ocasiones salen a flote.

¿Estamos tan seguros que la vida nos va a durar todo lo que nosotros queremos para alcanzar aquellas metas o aquellos sueños que tengamos? Cuando nos aparece la enfermedad que nos hace sentirnos débiles, cuando vivimos la experiencia de la muerte en personas de nuestro entorno, cuando surge algo inesperado que echa por tierra tantos sueños e ilusiones, cuando se desgarra nuestro corazón ante fatídicos accidentes con múltiples muertes como ahora recientemente hemos vivido en España, y eso que no pensamos en la guerra con sus muertes porque la vemos un poco más lejana aunque siempre sentimos alguna preocupación… aparecen esos interrogantes y esos miedos, aparecen esos temblores no solo de piernas sino de nuestro espíritu porque sigue siendo como un velo negro que nos va a envolver.

¿Qué respuestas podemos encontrar? ¿Dónde está esa luz que ilumine esas oscuridades que aparecen en nuestro espíritu? ¿Qué sentido podemos encontrar? Será siempre algo pesaroso que nos queremos quitar de encima, que tratamos de envolver quizás con muchos disimulos que no nos dan respuesta pero que al menos nos distraen o quitan de la vista eso que sentimos tan desagradable como sea la muerte.

Hoy Jesús, en el texto del evangelio que se nos ofrece, situado en momentos previos a lo que va a ser su pasión y que terminaría en su muerte, con aquellas sensaciones tan desagradables que están teniendo sus discípulos más cercanos porque va a suceder algo que ellos no comprenden, en estos momentos les dice, nos dice, que no perdamos la calma, que no se turbe nuestro corazón, que pongamos toda nuestra fe en El y en su Palabra, en el amor del Padre. No hay cosa peor que sentirnos turbados porque es como sentirse desestabilizado, sin saber encontrar rumbo ni sentido a nada.

Jesús quiere que le demos una nueva trascendencia a nuestra vida; una trascendencia que no se queda en el recuerdo que podamos dejar, o en las lágrimas que vamos a hacer derramar en aquellos que nos quieren y nos aprecian. Es algo distinto, porque Jesús quiere que le demos una plenitud con valor de eternidad a lo que hacemos, porque Jesús nos está hablando, aunque emplee un lenguaje muy humano que nos pueda confundir si no lo sabemos interpretar, de una vida que va más allá de la muerte; la muerte puede parecer un fin, un terminarse todo y ya nada más hay, pero Jesús nos habla de otro vivir, de una nueva plenitud. Hay ha hablado de unas estancias que va a preparar y nos podemos quedar muy en el lado material de lo que es una estancia; Jesús quiere decirnos algo más; ya nos dice en otro momento que quien cree en Él no morirá para siempre, y nos habla entonces de vida eterna, nos habla de resurrección, como le decía a Marta y María con la muerte de Lázaro.

Es la verdadera trascendencia que le damos a la vida y a lo que hacemos desde esa esperanza, de esa fe que ponemos en la Palabra de Jesús. Es lo que va a darnos verdadero apoyo en nuestra vida para que no tiemble nuestro corazón ni nos sintamos tan turbados que ya no sabríamos ni qué pensar. ‘El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?’, que decíamos en el salmo. No temeré, nada me hará temblar, porque en los momentos oscuros no me va a faltar esa luz, porque en los momentos que surjan tantos interrogantes ante lo que nos parece incomprensible en tantas muertes, voy a sentir la seguridad que me da la Palabra de Señor en quien confío. Buscamos el rostro de Dios, nos llenamos de ánimo porque confiamos en el Señor. 

Esto nos hace mirar con toda responsabilidad la vida que se ha puesto en nuestras manos y que tenemos que cuidar desde el primer instante de su existencia hasta el último minuto en este mundo, pero que ahí no se acaba para nosotros. Es el sentido bonito que tiene la conmemoración que en este día hace la Iglesia de todos los difuntos; no es solo un día para derramar una lágrima en tantos recuerdos acumulados de unas vidas con las que hemos convivido; no es solo gozarnos por otra parte de ese rastro bueno, de esas huellas que han dejado en nosotros por las que también hemos de dar gracias; es algo más, esta conmemoración es oración, porque es sentirnos unidos en Dios y porque es pedir que en Dios hayan encontrado esa plenitud; pero es también que nosotros aprendamos de ese vivir o aprendamos a vivir en esa trascendencia con valor de eternidad que siembra en nuestros corazones la esperanza que tenemos puesta en el Señor.


viernes, 30 de octubre de 2026

Qué diferentes pueden ser nuestras miradas según los filtros que les pongamos, el único colorido que hemos de saturar siempre es el del amor

 


Qué diferentes pueden ser nuestras miradas según los filtros que les pongamos, el único colorido que hemos de saturar siempre es el del amor

 Filipenses 1, 1-11; Salmo 110; Lucas 14, 1-6

Más de una vez habremos escuchado aquello de que vemos las cosas según el color del cristal con que se mira; el color viene a ser como un filtro, en cambio la luminosidad de un cristal incoloro hará que veamos la realidad de los colores que se dispersan ante nosotros en cada cosa; las tonalidades de colores pueden expresar los sentimientos o las emociones que llevamos en nuestro interior, la pasión con que miramos la vida como también nos pueden hacer resaltar los tintes negros de la vida.

Me gusta despertar con luminosidad en los ojos, para poder disfrutar del amplio colorido de la vida, aunque en ocasiones las circunstancias de la vida pongan diversas tonalidades en nuestra mirada. Son esos filtros con que miramos cuanto sucede en nuestro entorno o nos sucede a nosotros mismos, pero son también los filtros con que miramos a las personas que nos rodean; nos podemos dejar influir ya sea por el momento malo o bueno por el que estemos pasando, pero también desde unos criterios, unas maneras de ver que nos hemos impuesto en la vida, o también por el ambiente o el sentido de la vida que nos rodea.

¿Podremos mantener siempre esa mirada luminosa? Qué diferentes pueden ser nuestras miradas influidos por las circunstancias, como diferentes las miradas de los que están a nuestro alrededor aunque estemos contemplando el mismo hecho, pero que como consecuencia de esa mirada la daremos diferentes interpretaciones.

Es lo que estamos contemplando en el pasaje del evangelio que hoy se nos ofrece. Jesús está viviendo un momento que puede tener un significado especial, lo han invitado en casa de unos fariseos a comer; nos vamos encontrar esas diferentes miradas, pues estando a la mesa se acercó un hombre enfermo de hidropesía, nos relata el evangelista. El ambiente era muy dispar, por un lado aquellos fariseos con sus criterios tan legalistas y tan puritanos y un hombre enfermo que poco menos que para ellos era como un maldito, era por su enfermedad un hombre impuro; pero está también Jesús que se ha visto envuelto por aquel ambiente tan dispar, porque además los fariseos estaban al acecho a ver lo que hacía Jesús, las desconfianzas de los torcidos corazones.

Era muy distinta la mirada de los que allí se encontraban alrededor de aquella mesa, había un colorido distinto que se resaltaría según de quien fuera la mirada. Pero la mirada de Jesús es siempre luminosa y allí hay un hombre con su sufrimiento; lo que veía Jesús en aquel hombre era bien diferente de la mirada ‘morbosa’ por sus malas intenciones de quienes lo habían invitado a aquella comida. Para Jesús quien estaba allí en medio era un hombre con su sufrimiento que había que liberar de aquella enfermedad. Y ese es el actuar de Jesús. Y allí quedaron en el aire las preguntas e interrogantes que Jesús planteaba que al final no supieron responder. ‘¿Es lícito curar los sábados, o no?… ¿A quién de vosotros se le cae al pozo el asno o el buey y no lo saca en seguida, aunque en día de sábado?… y no pudieron replicar… Pero Jesús, tocando al enfermo, lo curó y lo despidió’.

¿Nos estará señalando Jesús cómo tiene que ser nuestra mirada? Quitemos los filtros de nuestras desconfianzas y nuestros prejuicios, de nuestras rutinas que terminan acostumbrándonos a las oscuridades y no somos capaces de ver ningún destello de luz, de nuestras autosuficiencias que se convierten muchas veces en prepotencias con lo que intentaremos ir anulando a los demás cuando no son como nosotros, de nuestra superioridad que nos hace sentirnos por encima y termina alejándonos de todos, de nuestros miedos y cobardías que nos hace ver todo inestable y nos llena de indecisión, de esas aureolas de buenos y de santos con que nos rodeamos que nos hacen soberbios y orgullosos… son tantos los filtros que estamos poniendo que no dejamos florecer el amor.

El único brillo que hemos de poner es el del amor que no hemos de temer saturarlo demasiado porque es lo que tiene que dar verdadero color a nuestra vida.


domingo, 25 de octubre de 2026

Convenzámonos que es el amor el que da nueva vida al mundo y comencemos a amar a Dios y al prójimo como eje fundamental de nuestra vida

 


Convenzámonos que es el amor el que da nueva vida al mundo y comencemos a amar a Dios y al prójimo como eje fundamental de nuestra vida

Éxodo 22, 20-26; Salmo 17; 1Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40

Si viniera ahora alguien a preguntarnos a cualquiera de nosotros, por ejemplo uno que no es cristiano ni tiene mayores conocimientos del cristianismo, qué es lo que tiene que hacer o lo que tiene que cumplir para ser cristiano, ¿qué crees que sería la respuesta más común o socorrida? Probablemente alguno comenzaría por decirle que leyera la Biblia, o que fuera a misa o a la Iglesia, que tiene que bautizarse, que tiene que ser bueno y tratar bien a la gente, que debe compadecerse de los pobres, que tiene que aprenderse el catecismo y el credo, que tiene rezar sus oraciones todos los días, y así seguramente comenzaría a decirle cosas y cosas que hacer, recordando mandamientos, recordando normas y preceptos de la Iglesia y a la larga no nos estaríamos diferenciando mucho si esa misma pregunta para ser un buen judío se hubiera hecho a algunos de aquellos maestros de la ley que ahora vienen a hacerle una pregunta a Jesús, darían como respuesta. Aquel maestro de la ley recordaría los 613 preceptos unidos a más disposiciones y normas que componían las enseñanzas que se enseñaban a los judíos.

¿Nos quedaremos en cosas que hacer y nos olvidaremos de qué es lo importante que tenemos que vivir? Por eso ante esta pregunta que le plantean hoy a Jesús, más que nada para ponerle a prueba como en otras ocasiones, es decirnos que tenemos que amar. Es el amor lo que tiene que ser el centro de nuestra vida, un amor no vivido de cualquier manera, sino centrado de la forma más intensa en que se pueda vivir, a Dios y al prójimo.

Jesús responde recogiendo simplemente lo que está recogido, como suele decirse, en la ley y en los profetas, citando textualmente aquellas palabras entresacadas de la ley de Moisés y que como un 'mantra' todo judío sabía de memoria y repetía en multitud de ocasiones en su día.

‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ , era la pregunta que le hacía el doctor de la ley. ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’, le responderá Jesús. Y viene a concluir Jesús: ‘En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.

Como decíamos, no es hacer cosas, no es cumplir con unos mandamientos, no es realizar unos gestos o prácticas religiosas en momentos determinados, es un vivir, una nueva forma de vivir que nos hace vivir de forma distinta a Dios, pero que nos comienza a hacer tener una forma diferente de ver a los demás. Es buscar lo que verdaderamente es lo fundamental, lo que viene a dar sentido y valor a lo que es nuestra vida.

Y todo esto parte para nosotros de una experiencia maravillosa que tenemos en nuestra vida, sentirnos amados de Dios. Era la Buena Noticia que anunciaba Jesús, recordarnos, y su presencia era una señal de ello, que Dios nos ama. Es lo que transforma nuestra vida, es lo que comienza a darnos ese nuevo sentido porque si nos sentimos así tan valorados es porque sabemos que Dios nos ama. Con muchas imágenes nos lo irá recordando Jesús a lo largo del evangelio, pero son los signos que Jesús realiza los que nos manifiestan ese amor de Dios que transforma nuestras vidas. Pone luz en nuestros ojos o vigor en nuestra vida para que comencemos a vivir de manera distinta; nos muestra su amor derramando su misericordia sobre nosotros que nos purifica como limpia al leproso de su enfermedad perdonando nuestros pecados para que podamos vivir la pureza del amor.

No es un amor que se queda en palabras – somos muy fáciles y tenemos la tentación de comenzar a decir cosas bonitas del amor – sino que se transforma en gestos y posturas, en actitudes y acciones concretas, se tiene que manifestar en la forma de estar en la vida y en el compromiso que nos lleva a la entrega más profunda; es un amor que nos empapa y nos envuelve, un amor que se transpira e inunda cuanto hay alrededor, un amor que se contagia y se convertirá en una invitación y en una exigencia en nuestras relaciones con los demás.

Dejémonos contagiar por el amor y contagiemos con ese virus del amor a cuantos nos rodean y haremos un mundo mejor, haremos saltar las barreras que nos dividen y nos distancian, y comenzaremos a hacer calzadas reales bordeadas de las flores de nuestros gestos de amor, y nos sentiremos dulcemente anudados en ese lazo que nos hace sentirnos unos los unos con los otros y en comunión.

¿Cuándo nos convenceremos que es el amor el que da nueva vida al mundo y comenzaremos a amar a Dios y al prójimo como verdadero eje de nuestra vida?


viernes, 23 de octubre de 2026

Seamos capaces de discernir las señales aunque parezcan humildes y pequeñas que nos hacen sentirnos optimistas y llenos de esperanza para crear un mundo nuevo y mejor

 


Seamos capaces de discernir las señales aunque parezcan humildes y pequeñas que nos hacen sentirnos optimistas y llenos de esperanza para crear un mundo nuevo y mejor

Efesios 4, 1-6; Salmo 23;  Lucas 12, 54-59

Ahora todos entendemos del tiempo, es tema fácil de nuestras conversaciones y sobre todo los más veteranos del lugar siempre están pendientes del horizontes y de las señales del cielo, de las nubes, sus formas y su situación – es curioso como en nuestra tierra nos fijamos mucho en las formas que adquieren las nubes cuando están sobre el Teide -, de los vientos según vengan en un sentido o en otro, para decir el tiempo atmosférico que se avecina, si tendremos lluvias o tendremos calor; es cierto que hoy ya estamos más pendientes de las cartas de isobaras que vemos en las imágenes de la televisión que nos hablan de los pronósticos del tiempo.

Miramos las señales de nuestros tiempos atmosféricos pero quizás nos cuesta más hacer una lectura de la historia y de la vida, de los acontecimientos que se suceden en nuestro mundo y no llegamos a entender, o al menos en ocasiones hacemos oídos sordos, las señales que se nos dan de lo que es la sociedad en la que vivimos y los derroteros que quizás tendríamos que enmendar.

¿No será eso lo que Jesús nos quiere decir con las palabras que le escuchamos hoy en el evangelio? Después de decirnos que sabemos hablar mucho del tiempo, nos afirma, ‘sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, pues ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que es justo?’ Es lo que solemos llamar los signos de los tiempos. Tenemos que aprender a leer nuestra historia, que no es necesario que hagamos un viaje muy largo a tiempos pasados, sino saber descubrir en esos acontecimientos cercanos a nuestro tiempo presente como también los acontecimientos que vamos viviendo en nuestra propia vida para hacer un discernimiento de cuanto acontece.

Pero cuidado con la luz que ponemos en nuestros ojos porque también podríamos tener la tentación de ser catastrofistas para verlo todo negro y no descubrir tras esa pantalla de tantas cosas que nos parece que lo llenan todo de oscuridad luces tintineantes, muchas veces como rescoldos, que nos dicen que aun queda una llama que podemos reavivar, que tenemos que saber discernir para no apagar esa pabilo humeante del que podemos hacer brotar una llama que llene de renovado calor la vida para hacerla de nuevo resplandecer.

Hay todavía en nuestro mundo pequeñas semillas que un día germinarán y nos podrán ofrecer bellas flores prometedoras de exuberantes frutos. Seamos capaces de fijarnos y valorar esas pequeñas luces que podemos encontrar a nuestro alrededor porque si sabemos unirlas y hacerlas entrar en comunión podremos hacer que brillen resplandecientes estrellas que como soles iluminen nuestro camino.

San Pablo hoy en la carta a los Efesios que estamos escuchando estos días cuando nos pide que vivamos conforme a la vocación a la que hemos sido convocados y nos señala esas cosas que nos pueden parecer pequeñas y humildes pero que pueden tener, que van a tener mucha importancia en nuestra vida. ‘Sed siempre humildes y amables, nos dice, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz’. Todo un hermoso programa, todo un catálogo de virtudes y valores que hemos de desarrollar, humildad, amabilidad, comprensión y aceptación mutua, amor y comunión que serán constructores de la verdadera paz.

Fijémonos, pues, en esa gente humilde y sencilla que camina a nuestro lado, que no hace ruido pero que deja una hermosa huella tras de sí; sintamos admiración por quienes tienen un corazón siempre comprensivo y lleno de misericordia; apoyemos a tantos que sin gritos sin embargo están siempre buscando el encuentro entre unos y otros, que son capaces de promover momentos de encuentro y cercanía entre todos siendo lazos de unión y promotores de todo aquello bueno que nos hace sentirnos que vamos en el mismo barco y todos tenemos que remar en la misma dirección.

Son las señales de algo nuevo que puede surgir en nuestro mundo, son señales de que el Reino de Dios no está agostado, son señales de esa pequeña semilla que hemos de sembrar pero que un día germinará en una vida nueva para nuestro mundo. Con ojos de fe tenemos que saber mirar nuestro mundo y cuando sucede a nuestro alrededor, Dios nos está dejando señales de que en verdad podemos hacer un mundo nuevo y mejor.


jueves, 2 de julio de 2026

Jesús quiere darnos nueva vida, inundarnos de su paz, que andemos en la verdadera libertad, ya todo será distinto, ha llegado la luz y el perdón

 


Jesús quiere darnos nueva vida, inundarnos de su paz, que andemos en la verdadera libertad, ya todo será distinto, ha llegado la luz y el perdón

 Amós 7, 10-17; Salmo 18; Mateo 9, 1-8

El evangelio de hoy habla de un paralítico, no se puede mover por sí mismo, no le escucharemos en el relato decir ni una palabra, lo traen en una camilla, pasivamente se deja hacer y se deja llevar por aquellas personas de buena voluntad que le ayudan, que en este caso lo traen ante jesús. 

Creo que el evangelio nos está provocando a que nos demos cuenta de otras parálisis que hay en la vida que van más allá de unos miembros del cuerpo inmovilizados, y que les hace sentirse inútiles a las personas. Esa inutilidad que sentimos en ocasiones que ya no es física es algo en lo que nos quiere hacer reflexionar hoy el evangelio. Cuántas veces nos quedamos paralizados en nuestra pasividad o nuestra impotencia, no sabemos qué hacer, por dónde empezar, nos dejamos llevar porque nos decimos que las cosas no pueden cambiar, que es imposible, que nos sobrepasan los problemas, que nos sentimos deprimidos, que no somos capaces de salir de nuestro círculo en búsqueda de nuevas salidas o nuevas soluciones, que nos acobardamos ante la multiplicidad de los males o problemas que se nos agolpan alrededor, que nos sentimos mudos sin saber qué responder ante lo que nos achacan o quieren culpabilizarnos… muchas parálisis de nuestro espíritu, mucha impotencia o pasividad, muchas camillas en las que anímicamente nos sentimos postrados.

A aquel paralítico que llevan ante Jesús lo primero que le dice es ‘¡Ánimo, hijo!, que tus pecados están perdonados’. Un revuelo de escándalo se levanta a su alrededor. Sorpresa quizás en aquellos que lo llevaban y que lo que deseaban era que Jesús lo levantara de la camilla y se pudiera valer por sí mismo. Pero es también la primera reacción que nosotros pudiéramos tener porque esperábamos otra cosa. La reacción de escándalo fue principalmente para los fariseos y maestros de la ley que por allí andaban que sienten que Jesús está blasfemando porque se está atribuyendo un poder que solo es de Dios. ‘Este blasfema’, se dice entre ellos.

Pero Jesus no blasfema. ¿Quién puede tener poder para curar a un paralítico? ¿No se está manifestando también ahí el poder de Dios como en el perdón de los pecados? Por eso dirá al paralítico ‘levántate, ponte en pie y vete a tu casa’.

Es importante sí esa parálisis de nuestros miembros pero son más importantes aún las parálisis que sentimos por dentro de nosotros. Jesus es el que ha venido a dar libertad a los oprimidos, y es lo que quiere hacer en lo más hondo de nosotros mismos. Las curaciones de nuestras enfermedades físicas son solo un signo de esa sanación que Jesus viene a traer a nuestro corazón. Quiere levantarnos también de esas postraciones que nos encierran, que nos inutilizan; quiere sanarnos de esas esclavitudes a las que nos hemos sometidos dentro de nosotros mismos con nuestros apegos, con nuestras rutinas, con nuestro encierro en la insolidaridad, con ese mal que corroe el corazón y nos llena de muerte. 

Cuando hemos preferido esas negatividades para nuestra vida le hemos estado dando la espalda a Dios, a lo que es el plan de vida y de redención que Dios nos ofrece, es nuestro pecado. Tenemos que dejarnos sanar, tenemos que dejar actuar a Dios en nuestra vida que con la fuerza de su Espíritu nos renueva y nos hace tener nueva vida. 

También Jesús nos dice que nos levantemos, que nos pongamos en pie, que vayamos allí donde está nuestra vida, pero no ya arrastrando una camilla o dejándonos arrastrar postrados en las camillas de nuestras depresiones, Jesús quiere darnos nueva vida, quiere inundarnos de su paz, quiere que andemos en la verdadera libertad. con Jesús ya todo será distinto, con Jesús ha llegado la luz a nuestra vida, con Jesús siempre encontraremos salidas y caminos a recorrer.


martes, 9 de junio de 2026

No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

 


No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

1Reyes 17, 7-16; Salmo 4; Mateo 5, 13-16

Esto está un poco soso, decimos cuando nos ofrecen un plato de comida, pero que no tiene sabor; esto está soso decimos cuando estamos en una reunión que tendría que ser animada y con alegría de fiesta, pero damos la impresión que allí todos estamos aburridos y como de compromiso; a éste le falta una pizca de sal decimos cuando alguien nos está cantando una canción pero lo hace con desgana, siguiendo la música, sí, pero sin ritmo y sin entusiasmo… para muchas cosas en la vida empleamos esa imagen de la sal que tenemos o que nos falta en aquello que hacemos.

Jesús emplea esta imagen en el evangelio y mucho nos quiere decir con ello, porque, como nos dice, si la sal se vuelve sosa, ¿quien la salará, quien le dará sabor? Creo que entendemos muy bien lo que Jesús nos está queriendo decir, porque nos está hablando de nuestra fe, que es la que nos da sabor a nuestra vida, el sentido de Cristo, el sentido espiritual y sobrenatural a lo que hacemos y a lo que vivimos. Es la sal que tenemos que llevar a nuestro mundo, pero para ello será necesario que estemos bien impregnados del sabor de Cristo. ¿O acaso algunas veces los cristianos damos la impresión de que vivimos ‘un poco sosos’ nuestra fe y compromiso cristiano?

Poner esa sal en nuestra vida y en nuestro mundo significa muchas cosas. A cuantos nos encontramos por la vida que parece que caminan sin rumbo y sin entusiasmo por la misma vida, han perdido la ilusión de vivir, de crecer, de soñar y aspirar a algo nuevo, a algo grande y mejor; viven una vida amorfa, simplemente dejándose arrastrar por las horas y por los días pero sin darle hondura a lo que hacen, en la superficialidad que se queda en apariencias; viven sin alegría, sin motivaciones, siempre en sus rutinas sin esforzarse por algo distinto y mejor, siempre cansados  y sin ganas, dejándose envejecer y morir. ¿Podemos permitir en aquellos que están a nuestro lado que vivan una vida así sin vivir?

El compromiso de nuestra fe no es solo para una satisfacción personal en nuestras vivencias o experiencias religiosas, sino que tiene que llevarnos a una transformación de ese mundo que nos rodea. La fe en nosotros ha sido ese grano de sal que ha dado un sabor y un sentido a nuestra vida; la fe nos llena de inquietud y nos hace vivir con intensidad cada paso de nuestra vida; pone alegría en nosotros porque llena de esperanza nuestro corazón y creemos que es posible algo nuevo y mejor; la fe nos impulsa a superarnos y a crecer y pone entusiasmo en aquello con lo que nos sentimos comprometidos, da profundidad a nuestras razones para vivir y nos motiva a buscar siempre lo mejor. Estamos, entonces, llamados a poner vida en nuestro mundo, a contagiar de eso que vivimos a cuanto nos rodea. Allí donde hay un cristiano tiene que haber vida y amor a la vida.

Es lo que nos está diciendo Jesús hoy cuando nos dice que somos la sal de la tierra o cuando nos dice también que tenemos que ser la luz del mundo. Tenemos que iluminar. No podemos ocultar nuestra fe. La luz no es para meterla y encerrarla en un cajón, sino para ponerla en alto para que pueda iluminar. Y es lo que tenemos que hacer los cristianos. No podemos ser cristianos vergonzantes que vamos ocultando lo que hacemos; no por orgullo o vanagloria que ya nos dirá Jesús que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, sino porque tenemos que iluminar, porque nos sentimos responsables de llevar esa luz de nuestro amor para hacer germinar un mundo nuevo donde falta tanta vida.

Aun siendo conscientes de nuestras flaquezas y debilidades sin embargo escuchando las palabras de Jesús que ‘brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.

lunes, 1 de junio de 2026

Hay una viña en nuestras manos de la somos sus labradores, es la vida y es el mensaje del evangelio de los que tenemos que rendir unos frutos

 


Hay una viña en nuestras manos de la somos sus labradores, es la vida y es el mensaje del evangelio de los que tenemos que rendir unos frutos

2Pedro 1,1-7; Salmo 90;  Marcos 12,1-12

¿Nos sentiremos tan dueños de lo que tenemos entre manos que llegamos a pensar que podemos hacer con ello lo que nos apetezca? Dicen que cada uno hace de su capa un sayo, pero no es tan simple cuando consideramos el valor de lo que tenemos entre manos, la responsabilidad que tengamos ante ello o el sentido de lo que hacemos y de nuestra propia vida; queremos ser tan autónomos y autosuficientes que de nada ni de nadie queremos depender y quizás hasta podemos olvidar el sentido de la vida misma o del engranaje del que formamos parte en el conjunto de la vida y de la sociedad que nos tiene que hacer ver las consecuencias de nuestros actos para ese conjunto de la vida o de la sociedad de la que formamos parte. No podemos ir de egoístas, autosuficientes e insolidarios por la vida, porque así hemos perdido el sentido de la vida misma.

Habla Jesús en esta parábola, y ya nos comenta el evangelista que en esta ocasión hablaba a los sumos sacerdotes, a los escribas y a los ancianos, haciendo referencia a los que eran los dirigentes de la sociedad de entonces, y habla del hombre que plantó una viña, la dotó de todo lo necesario, una cerca, un lagar, una torre de vigilancia, y la arrendó a unos labradores para que la trabajaran y le rindieran sus frutos.

Vemos por una parte la intencionalidad de Jesús al señalarnos el evangelista a los dirigentes de entonces que tenían una responsabilidad en aquella sociedad; habla de la generosidad al preparar la viña con todo lo necesario, pero por supuesto para percibir sus frutos. Aquí tenemos, pues, los puntos de referencia para comprender su sentido. ¿Hasta dónde llegaría la responsabilidad de aquellos labradores? Aquellos dirigentes por los que Jesús hablaba se estaban viendo señalados, como luego veremos que hasta querrán quitarse de en medio a Jesús. Siempre hemos interpretado esta parábola como un resumen de lo que ha sido la historia de Israel pero sobre todo con ese aspecto de quienes se sentían dueños y manipuladores de la religiosidad y de la fe del pueblo judío no aceptando o rechazando los enviados de Dios para mantener su poder de influencia en la vida del pueblo judío.

Pero mucho podemos sacar en consecuencia para nuestra vida hoy y la respuesta que hoy damos. A muchos aspectos nos podría llevar a la reflexión. Cuanto somos y cuanto hemos recibido en la vida, ¿a qué nos obliga? Primero que nada, tendríamos que decir, un reconocimiento del don de Dios. Sí, es mi vida, son mis dones, son mis cualidades y valores, pero, ¿los tenemos por nosotros mismos? Esa viña de nuestra vida está llamada a dar unos frutos, ¿nos sentiremos dueños por nosotros mismos para hacer de mi capa un sayo, como antes decíamos? ¿Qué hemos hecho del evangelio de Jesús y cómo está siendo en verdad el criterio de los valores que hemos de buscar y con los que hemos de enriquecer nuestra vida?

También hacemos nuestras interpretaciones cuando llega la hora de la verdad y tenemos que aplicarlo a las diversas situaciones de nuestra vida. Queremos suavizar, queremos hacer rebajas, queremos quedarnos en los mínimos, queremos hacer nuestras combinaciones para quizás no tener que arrancar tantos apegos que seguimos llevando en el corazón, queremos justificarnos para no ser tan radicales como nos lo plantea Jesús y queremos ir haciendo arreglitos por acá o por allá.

Al final seremos la higuera con mucho ramaje y con pocos frutos. ¿Nos creeremos tan dueños de la higuera o de la viña que nos creemos que cuantos somos o hacemos es solo una riqueza personal? Como nos decía el apóstol Pedro ‘crezca en nosotros la gracia y la paz por el conocimiento de Dios y Salvador Jesucristo…’ por eso continuaba diciéndonos que ‘es necesario saber de Jesucristo, familiarizarnos con su Evangelio’. ¿Será eso algo primordial en nuestra vida?


sábado, 2 de mayo de 2026

Si quien ve a Jesús ve el rostro de Dios Padre, nos tenemos que preguntar si quien nos ve a los seguidores de Jesús estarán viendo también ese rostro de Dios

 


Si quien ve a Jesús ve el rostro de Dios Padre, nos tenemos que preguntar si quien nos ve a los seguidores de Jesús estarán viendo también ese rostro de Dios

Hechos 13, 44-52; Salmo 97; Juan 14, 7-14

Algunas veces cuando nos están explicando algo que nos cuesta entender, que nos resulta engorroso, por ejemplo a resolver un problema complicado que por mucho que nos expliquen parece que no llegan nunca a la solución final, o algo tan sencillo como explicarnos un camino para llegar a una meta o los problemas que vamos a encontrar, en nuestros agobios por acabar antes al final le estamos pidiendo o que nos dé la solución final sin que nosotros tengamos que complicarnos la vida, o que nos lleven a ese lugar o meta sin mayores explicaciones; queremos todo a lo pronto y rápido, sin complicaciones ni compromisos, un mundo en cierto modo en el que queremos que nos den las cosas hechas.

Algo así les estaba sucediendo a los apóstoles cuando escuchaban a Jesús en la última cena; en que por una parte sentían una tristeza que les cortaba los ánimos ante la incertidumbre de lo que estaba por suceder, o también porque Jesús estaba en cierto modo elevando el nivel de sus palabras y revelaciones, el hecho es que se encontraban en que parecía que no entendían nada.

Jesús les había hablado muchas veces del Padre, del que El era el enviado, que el cumplimiento de su voluntad lo era todo para El, ‘mi alimento es hacer la voluntad del Padre’, les había dicho en una ocasión; toda la revelación del Reino de Dios que había venido haciendo Jesús era precisamente querer mostrarles el rostro de un Dios que es Padre y nos ama tanto que nos ha entregado a su Hijo y además quería hacernos sus hijos; pero los apóstoles no comprenden, por eso le piden ‘Muéstranos al Padre y nos basta’, porque asi les parece que ya para siempre se les van a acabar sus dudas.

De ahí la respuesta de Jesús, ‘¿tanto tiempo con vosotros y aun no me conocéis? Quien me ve a Mí, ve al Padre’, termina diciéndoles Jesús. ¿Qué es lo que había hecho Jesús sino manifestarles ese amor del Padre? Aquellos signos que Jesús había ido realizando eran las señales por las que teníamos que reconocer el amor de Dios. El Jesús que se acerca al paralítico de la piscina para darle vida y hacerle caminar, el Jesús que se detiene junto al ciego del camino para devolverle la luz a sus ojos, el Jesús que tiende su mano hasta el leproso para librarle de la lepra, el Jesús que se deja lavar los pies por la mujer pecadora para que en su amor encuentre el amor de Dios, el Jesús que levanta de la camilla al paralítico que han descendido desde el techo hasta sus pies, el Jesús que muestra compasión con la mujer adultera a la que no condena sino que la invita a vivir una vida nueva y distinta, es el Jesús que nos está mostrando el rostro de Dios, el amor de Dios.

Todo en Jesús es amor y es vida, es salud y salvación, es la muestra de la misericordia de Dios y la manifestación de cómo Dios quiere estar a nuestro lado, en nuestro camino, en nuestra vida, en nuestras luchas para ser nuestra fortaleza y en nuestras dudas para ser nuestra luz, en todo lo que haya de muerte en nosotros para darnos vida, en nuestro pecado no solo para ofrecernos su perdón sino incluso para rogar al Padre disculpándonos que no sabíamos lo que hacíamos. Miramos a Jesús y miramos a Dios, contemplamos a Jesús y contemplamos el rostro misericordioso del Padre. ‘Quien me ve a Mi, ve al Padre’, nos está diciendo Jesús.

Pero esto nos está pidiendo algo más. Cuando decimos que creemos en Jesús no son meras palabras con las afirmamos que creemos en lo que nos ha dicho o enseñado Jesús; creer en Jesús significa identificarnos con El para vivir su misma vida, para hacer su mismo camino, para envolvernos en su mismo sabiduría de amor que dé un sentido nuevo a nuestra vida. ¿No significará esto que quien nos ve a nosotros tiene que ver en nosotros las mismas obras de Jesús? ¿Con lo que hacemos, con nuestras actitudes, con el valor que le damos a lo que vivimos seremos imagen de Jesús para que los demás lleguen también a Dios?

domingo, 22 de marzo de 2026

En el mundo de desolación y muerte en que vivimos hay una visita de Dios que nos anuncia vida y resurrección de lo que tenemos que ser testigos

 


En el mundo de desolación y muerte en que vivimos hay una visita de Dios  que nos anuncia vida y resurrección de lo que tenemos que ser testigos

Ezequiel 37, 12-14; Salmo 129; Romanos 8, 8-11; Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

En la palabra de Dios proclamada en este último domingo de cuaresma se nos habla de sepulcros inundados con el vacío de la muerte, pero al mismo tiempo se nos habla de vida y de resurrección. Son las imágenes que nos ofrece el profeta cuando hablaba a un pueblo que se sentía muerto porque se sentía cautivo lejos de su tierra pero a los que se les anuncia que un día esos sepulcros se abrirán porque el Espíritu del Señor los llenará de vida, que es en principio un anuncio de liberación y de libertad cuando puedan volver de nuevo a su tierra, pero que tiene un sentido profético que va más allá para hablarnos de la vida que en Cristo Dios nos va a ofrecer.

Por otra parte está el relato del evangelio con la enfermedad de Lázaro y con su muerte pero la llegada de Jesús cuando ya llevaba cuatro días enterrado a aquel lugar de desolación y de llanto como es aquel hogar de Betania que tantas veces había recibido a Jesús. Pero se nos está hablando al mismo tiempo de vida y de amor, porque eran los amigos de Jesús – ‘el que amas está enfermo’, fue el recado que le habían mandado a Jesús – y se manifiesta en la ternura y la humanidad de aquel encuentro con Jesús por parte y parte a pesar de los momentos dolorosos pero donde no se ha perdido la fe y la esperanza. ‘Jesús amaba a Marta, a su hermano y a Lázaro’, nos comenta el evangelista

‘Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano’, es la queja de ambas hermanas en el encuentro con Jesús. ‘Tu hermano resucitará’, es la promesa de Jesús. Pero no solo es la esperanza de la resurrección final que ya formaba parte de la fe del pueblo judío como le manifiesta Marta, sino que es el anuncio de otra resurrección, de una vida nueva que Jesús nos ofrece cuando creemos en El. ‘El que está vivo y cree en mi, no morirá para siempre’, terminará afirmando y anunciando Jesús.

Pero tratemos de fijarnos en todo el signo que es y sigue siendo para nosotros este relato del evangelio que hoy escuchamos. Signo de una buena noticia - ¿no decimos evangelio? – para nosotros también hoy. Es Jesús el que viene y se acerca a aquel mundo de dolor, muerte y desolación. Allí donde está el sufrimiento, las lágrimas, el olor a muerte y Jesús se conmueve y llora con los que lloran. ‘Mira cómo lo amaba’, comentarán los que lo contemplan. ¿Cuál es el misterio de fe, el misterio de Dios que se convierte en eje de nuestra fe? Dios se ha encarnado, Dios se ha hecho hombre, Dios ha plantado su tienda entre nosotros, allí donde está el dolor y el sufrimiento.

¿Cuál es el camino que vemos haciendo a Jesús? Se acerca allí donde está el sufrimiento, se deja envolver por ese sufrimiento humano, la gente lo estrujaba a su paso por los caminos, queriendo tocar su manto o tendiendo la mano para tocar al leproso, para poner barro en los ojos del ciego, para tocar con su saliva al sordomudo, o para llegar al paralítico abandonado en medio de la piscina sin poderse meter en las aguas sanadoras. Hoy lo contemplamos a la entrada del sepulcro de Lázaro de Betania como lo contemplamos a nuestro lado cuando también nos hemos metido en ese mundo de muerte y de pecado.

A este mundo nuestro con su muerte, y pensamos en nuestras violencias y en nuestras guerras a las que respondemos con mayores acritudes y más violencias, a este mundo nuestro tenebroso a pesar de que queramos encender las luces de nuestras vanidades, a este mundo en el que a pesar de tantos medios de comunicación sin embargo sigue reinando la soledad en muchos corazones, a este mundo en el que a pesar de tantos medios que podamos tener para sanar seguimos encontrando corazones heridos y rotos por amarguras y resentimientos que tantos aislamientos van produciendo, a este mundo en el hemos creado tantas vías de comunicación para llegar a los más recónditos lugares pero en el que seguimos encontrando tanta desorientación, tanta gente sin darle un sentido y dirección a sus vidas, a tantos que se enganchan en subterfugios que prometen felicidad pero que terminan esclavizando corazones y vidas, Jesús quiere venir en esta hora para que tengamos vida para siempre.

Nosotros también muchas veces nos vemos envueltos en muerte con nuestras dudas y con nuestras angustias, con esa paz y serenidad que perdemos cuando nos envuelven los problemas o la enfermedad o la muerte se acercan a nuestras vidas, cuando nos dejamos seducir por ese materialismo reinante y dejamos a un lado los valores espirituales que darían un mejor sentido a nuestras vidas, cuando rehuimos el esfuerzo y el sacrificio porque también lo que solo queremos es el pasarlo bien y sin mayores preocupaciones. También Jesús quiere venir a nuestra Betania, a nuestro lugar que también hemos llenado de amargura y desolación. Para nosotros también tiene Jesús un anuncio de vida y de resurrección. Fijémonos cómo en aquel lugar de desolación hay una visita del amor y de la vida.

Es lo que nos disponemos a celebrar y queremos hacerlo con toda intensidad en la próxima pascua. Lo vamos a celebrar porque eso lo hacemos vida en nosotros, porque de esto tenemos que convertirnos en testigos en medio de nuestro mundo. Es el anuncio que tenemos que hacer. Es la luz nueva que tenemos que poner en nuestro mundo. Y nosotros tenemos que convertirnos en signos de ello en medio del mundo de muerte que nos rodea.

Jesús le preguntaba a Marta, ‘¿tú crees en eso?’. Marta hacia una hermosa proclamación de fe. ‘Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’. ¿Cómo vamos a decirlo, a proclamarlo nosotros hoy al mundo que nos rodea?

miércoles, 18 de marzo de 2026

Jesús no deja de ofrecernos su mensaje de vida, de resurrección, de salvación para transformar nuestro mundo haciendo crecer una nueva humanidad

 


Jesús no deja de ofrecernos su mensaje de vida, de resurrección, de salvación para transformar nuestro mundo haciendo crecer una nueva humanidad

Isaías 49,8-15; Salmo 144; Juan 5, 17-30

Estoy muerto de cansancio habremos dicho o escuchado alguna vez cuando nos sentimos agobiados por los trabajos, por los malos momentos que podamos pasar, por las dificultades que nos vamos encontrando en el camino de la vida, cuando nos invade el desaliento porque quizás no conseguimos aquello que mucho anhelamos; pero hablar de muerte o de vida, hablar de luz o de tinieblas, hablar de noches oscuras o de días luminosos es algo más que unas imágenes bonitas que puedan darle un sentido poético a nuestras palabras. Es hablar de unas realidades de la vida como es hablar también de lo que Jesús nos ofrece con la Buena Noticia del Evangelio.

Hoy nos hablaba el profeta de una invitación a ir a la luz, como también de salir de una situación de opresión y falta de libertad para ir a la vida. ‘En tiempo de gracia te he respondido, en día propicio te he auxiliado… para decir a los cautivos: Salid, a los que están en tinieblas: Venid a la luz…’

¿No es lo que realmente necesitamos? Ya no son solo los agobios que antes mencionábamos por los trabajos o las situaciones malas por las que estemos pasando, es la falta de esperanza de la que estamos rodeados y de la que también nos contagiamos, es ese mundo sin rumbo en el que a veces nos encontramos porque todo nos parece confuso, por esa sinrazón por la que nos matamos los unos a los otros, y pensamos en un mundo de violencia que nos envuelve, nos llama la atención y nos preocupa la misma situación de un mundo en guerras que no sabemos a donde vamos a parar, pero que no son solo esos cañones o no sé qué armas se usan que causan tanta destrucción sino que eso lo sentimos en la acritud con que nos tratamos, la violencia en las palabras y los gestos en todos los foros de la sociedad, esa deshumanización a la que estamos llegando aunque hablemos de mucho progreso y no sé cuántas cosas más pero en la que seguimos creando abismos entre unos y otros. ¿No es eso un mundo de muerte? ¿No es eso una oscuridad que nos está envolviendo?

‘Venid a la luz’, nos dice el Señor por medio del profeta y nos promete un mundo nuevo; bellas son las imágenes de unos campos que florecen con nuevos frutos; y nos habla de una nueva libertad porque en verdad aprenderemos a respetarnos y a tratarnos bien, a sentirnos más cercanos y más humanos. ¿No es ese el camino que intentamos restaurar en nuestras vidas mientras vamos haciendo este recorrido cuaresmal que nos prepara a la Pascua?

Vamos a celebrar la Pascua, vamos a celebrar cómo renace la vida a pesar de tanta muerte que nos ha ido envolviendo. No es simplemente, como decíamos al principio, una imagen poética, sino algo que tenemos que hacer realidad en nosotros. Algo nuevo tenemos que comenzar a vivir.

Y vivimos con esa esperanza porque ponemos toda nuestra fe en Jesús, en el evangelio que nos proclama, en la buena noticia del Reino de Dios. ‘En verdad, en verdad os digo, nos dice hoy Jesús en el evangelio, quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida’.

El texto del evangelio ahora ya en este final de la Cuaresma nos irá presentando aquella controversia de los judíos con Jesús que no querían aceptar sus palabras y no querían reconocer el mensaje de salvación que Jesús venía a ofrecernos.

Pero Jesús no deja de ofrecernos su mensaje de vida, de resurrección, de salvación. Solamente tenemos que escuchar a Jesús, escuchar su Palabra, poner toda nuestra fe en Él. Si escuchamos y ponemos de nuestra parte todo lo posible por vivir ese sentido de vida que Jesús nos ofrece iremos en verdad transformando nuestro mundo, porque necesariamente tenemos que trabajar más por la paz, buscar el entendimiento entre todos, desprendernos de tantas vanidades que nos hacen orgullosos y crean distanciamientos.

No olvidemos que tenemos que ser levadura, y de la buena, en medio de nuestro mundo, y aunque nos pueda parecer insignificante lo que hacemos en medio de la magnitud de maldad que nos rodea, esa levadura tiene la capacidad de hacer fermentar la masa, hará germinar la buena semilla y un día podremos ir recogiendo los frutos de un mundo mejor. Pero, repito, no nos podemos cruzar de brazos, tenemos que comprometernos y comprometernos de verdad. 

No seremos ya los que nos sintamos muertos por nuestros cansancios porque hemos revitalizado nuestra vida en el evangelio de Jesús.


domingo, 4 de enero de 2026

Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios

 


Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios

Eclesiástico 24, 1-2. 8-12; Salmo 147; Efesios 1, 3-6. 15-18; Juan 1, 1-18

¡Qué difícil se nos hace hablar de Dios! Se nos revuelven y se nos mezclan las ideas, no encontramos palabras, le damos vueltas y más vueltas y no sabemos cómo expresarnos. Ya se nos dirá en la Escritura que a Dios nadie lo vio nunca; cuando Moisés siente la voz y la presencia de Dios tiene que descalzarse, más tarde cuando bajó del monte su rostro resplandecía como el sol porque había visto a Dios y tenía que cubrírselo con un velo. Jesús nos dirá que solo el Hijo conoce al Padre y a quien quiere revelárselo.

Emplearemos palabras muy de nuestro camino y de nuestros pasos para intentar hablar de Dios, Palabra que nos habla y que se nos revela, y que es Vida y nos hace vivir y es Luz y nos da una visión nueva, Sabiduría que está en Dios desde toda la eternidad por quien fueron hechas todas las cosas, Verbo eterno, nos dirá san Juan, que planta su tienda entre nosotros, que se enraíza en nuestra carne y nuestra vida para tomar nuestra carne, para tomar nuestra humanidad, para hacerse hombre con nosotros.

Y nos quedamos ensimismados dándole vuelta y más vueltas porque al final sentimos que no es algo que está lejos de nosotros sino alguien que está en nosotros; sentimos cómo nuestra vida se expande buscando una mayor plenitud, pero sentimos cómo el amor florece en nosotros y nuestros ojos comenzarán a tener una luz nueva, nos sentiremos llenos de luz y con ello engrandecidos en una vida nueva, en una dignidad distinta porque al sentirnos amados nos sentiremos hijos.

Porque nos sentimos amados nos sentimos bendecidos, porque no solo sentimos el rostro de Dios sobre nosotros con una mirada que nos hace saborear el amor, sino porque nos sentimos enraizados en Dios, porque cuando ha tomado nuestra carne humana para hacerse hombre, a nosotros nos ha elevado para hacernos hijos, para hacernos hijos de Dios. Bendecidos con toda clase de bendiciones espirituales sabemos que Dios nos eligió desde antes de la creación del mundo, como nos dice la carta de los Efesios. Hemos sido iluminados con la luz verdadera que ilumina a todo hombre.

No rechacemos la luz para quedarnos encerrados ensombrecidos en las tinieblas, no nos encerremos en nuestras sabidurías que nos hacen autosuficientes y orgullosos para creernos que por nosotros decidimos lo que es el bien y lo que es el mal, no nos intoxiquemos con nuestras propias vanas palabras que cacareamos como un eco pero nos hace encontrarnos en el vacío. Reconozcamos agradecidos cuanto Dios nos regala cuando se nos revela a sí mismo y su Palabra llega a nuestro corazón. Dejémonos transformar por el Espíritu divino que nos hace nacer de nuevo con una vida nueva y con una dignidad nueva, porque nos hace hijos de Dios.

Todo eso se nos ha revelado en el Niño que hemos contemplado nacido en Belén. Cuando estamos ya a punto de concluir el ciclo de Navidad sepamos aún encontrar tiempo para el silencio, para la contemplación, para ponernos ante ese Niño y saborear todo ese maravilloso sentido de Dios que nos revela, que nos hace descubrir. Con Él todo tiene un nuevo sabor, con Él nos sentiremos fortalecidos sin miedo a afrontar los vaivenes de la vida, con Él ya nunca sentiremos el frío de la soledad.

No pasemos de largo con nuestras prisas y carreras, pendientes de tanto que tenemos que hacer o de nuestros entretenimientos. Detengámonos y en silencio contemplemos. No demos vueltas a muchas cosas en la cabeza que quisiéramos decir o pedir. Ahora es más importante ese silencio, escuchar eso que nos parece silencio de Dios pero donde podemos embebernos en su Palabra, en su Sabiduría, dejémonos envolver por su luz, sintamos esa nueva vida que palpita en nuestro corazón, escuchemos a Dios en silencio.

Probablemente saldremos con nuestro rostro resplandeciente y con un nuevo brío en nuestro corazón.


jueves, 27 de noviembre de 2025

Miremos con ojos luminosos nuestro entorno para apreciar esas pequeñas semillas de bondad que muchos van sembrando para hacer florecer un mundo nuevo

 


Miremos con ojos luminosos nuestro entorno para apreciar esas pequeñas semillas de bondad que muchos van sembrando para hacer florecer un mundo nuevo

Daniel 6, 12-28; Dn 3,68-74; Lucas 21, 20-28

Nos conviene recordar experiencias por las que hemos pasado, quizás muchas veces difíciles o dolorosas, porque seguramente desde una lectura serena de lo que hemos vivido siempre podemos sacar una lección, siempre podemos recordar un rayo de luz que en aquellos momentos mantuvo viva nuestra esperanza y nos ayudó a atravesar aquel mar de confusiones. La historia, no solo en los grandes acontecimientos, sino quizás en esas pequeñas historias de cada día que nos ha tocado vivir es una gran maestra para nuestra vida.

Hace unos años, y podemos decir que en el mundo entero, pasamos por una situación difícil como fue la pandemia del COVID con todas sus consecuencias de confinamientos y restricciones; aunque teníamos que estar confinados y los movimientos que podíamos realizar eran pocos sin embargo aparecieron muchos signos de solidaridad y aun con la lejanía física sin embargo de cercanía entre unos y otros que nos ayudó a atravesar aquel vendaval. Aquellos aplausos de todas las tardes desde nuestros balcones y ventanas, aquellas canciones espontáneas que escuchábamos cada uno desde su estancia, eran señales de que no nos dábamos por vencidos y había una esperanza de salir con bien de aquella situación.

En muchas ocasiones difíciles de la vida ante catástrofes naturales o provocadas quizás por nuestras violencias, siempre surgen almas solidarias que se dan y se sacrifican, que despiertan la conciencia de los demás y de la sociedad en tantos movimientos solidarios que de una forma o de otra van surgiendo y reclamando algo nuevo y mejor, que hacen que no perdamos la esperanza; siempre sacaremos a flote lo mejor de nosotros mismos que muchas veces llevamos demasiado oculto para mitigar dolores y sufrimientos, para compartir allí donde nada tienen. Son semillas bonitas de humanidad que no dejamos de sembrar, y aunque nos parezcan gestos demasiado pequeños o sencillos, tendríamos que aprender a valorarlos más.

Ahí nosotros los cristianos, los que nos decimos seguidores del evangelio de Jesús, quienes queremos construir en nuestro mundo el Reino de Dios porque eso es lo que pretendemos con el anuncio del evangelio, tendríamos que ser ejemplares y ser los primeros que demos esas muestras de esperanza. No nos podemos sentir derrotados cuando contemplamos la realidad de nuestro mundo en el que aparecen demasiadas sombras, algo podemos hacer, una semilla podemos sembrar, un compromiso tendría que haber en nuestra vida.

No podemos permitir ese camino de decadencia que algunas veces observamos a nuestro alrededor, no nos podemos quedar en lamentaciones por lo mal que están las cosas. Tenemos que poner mano a la obra. Tenemos que ser sembradores de esperanza en medio del mundo que nos rodea. Por mucha que sea la tarea que tenemos entre manos y las responsabilidades de las que tenemos que dar cuenta, siempre tiene que haber ese momento en que sembremos de verdad esperanza por nuestros gestos.

El evangelio nos inspira y nos impulsa. Nos pone en camino. Hemos de saber escuchar la voz de Jesús que así nos habla y quiere sembrar esa buena semilla en nuestro corazón. El evangelio de hoy nos pudiera parecer excesivamente apocalíptico por las destrucciones que nos anuncia y por los malos momentos que se nos dice que podemos pasar; pero el verdadero sentido apocalíptico no es al anuncio de lo malo, sino la esperanza que quiere suscitar en nuestros corazones.

Por una parte nos dice que se acercan días terribles, pero al mismo tiempo casi nos dice que levantemos nuestra cabeza que se acerca la liberación.  ¿Dónde están esas señales de liberación? Tratemos de mirar con ojos luminosos nuestro entorno y veremos a mucha gente que hace muchas cosas buenas, a mucha gente que ora al Señor ante esas situaciones, pero orar al Señor es dejarnos iluminar por El, orar al Señor es ser conscientes de esa realidad dura que está a nuestro alrededor, pero orar al Señor nos lleva al compromiso, a que nosotros comencemos a sembrar esas pequeñas semillas que nos van a hacer florecer en un mundo nuevo y mejor.