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jueves, 2 de julio de 2026

Jesús quiere darnos nueva vida, inundarnos de su paz, que andemos en la verdadera libertad, ya todo será distinto, ha llegado la luz y el perdón

 


Jesús quiere darnos nueva vida, inundarnos de su paz, que andemos en la verdadera libertad, ya todo será distinto, ha llegado la luz y el perdón

 Amós 7, 10-17; Salmo 18; Mateo 9, 1-8

El evangelio de hoy habla de un paralítico, no se puede mover por sí mismo, no le escucharemos en el relato decir ni una palabra, lo traen en una camilla, pasivamente se deja hacer y se deja llevar por aquellas personas de buena voluntad que le ayudan, que en este caso lo traen ante jesús. 

Creo que el evangelio nos está provocando a que nos demos cuenta de otras parálisis que hay en la vida que van más allá de unos miembros del cuerpo inmovilizados, y que les hace sentirse inútiles a las personas. Esa inutilidad que sentimos en ocasiones que ya no es física es algo en lo que nos quiere hacer reflexionar hoy el evangelio. Cuántas veces nos quedamos paralizados en nuestra pasividad o nuestra impotencia, no sabemos qué hacer, por dónde empezar, nos dejamos llevar porque nos decimos que las cosas no pueden cambiar, que es imposible, que nos sobrepasan los problemas, que nos sentimos deprimidos, que no somos capaces de salir de nuestro círculo en búsqueda de nuevas salidas o nuevas soluciones, que nos acobardamos ante la multiplicidad de los males o problemas que se nos agolpan alrededor, que nos sentimos mudos sin saber qué responder ante lo que nos achacan o quieren culpabilizarnos… muchas parálisis de nuestro espíritu, mucha impotencia o pasividad, muchas camillas en las que anímicamente nos sentimos postrados.

A aquel paralítico que llevan ante Jesús lo primero que le dice es ‘¡Ánimo, hijo!, que tus pecados están perdonados’. Un revuelo de escándalo se levanta a su alrededor. Sorpresa quizás en aquellos que lo llevaban y que lo que deseaban era que Jesús lo levantara de la camilla y se pudiera valer por sí mismo. Pero es también la primera reacción que nosotros pudiéramos tener porque esperábamos otra cosa. La reacción de escándalo fue principalmente para los fariseos y maestros de la ley que por allí andaban que sienten que Jesús está blasfemando porque se está atribuyendo un poder que solo es de Dios. ‘Este blasfema’, se dice entre ellos.

Pero Jesus no blasfema. ¿Quién puede tener poder para curar a un paralítico? ¿No se está manifestando también ahí el poder de Dios como en el perdón de los pecados? Por eso dirá al paralítico ‘levántate, ponte en pie y vete a tu casa’.

Es importante sí esa parálisis de nuestros miembros pero son más importantes aún las parálisis que sentimos por dentro de nosotros. Jesus es el que ha venido a dar libertad a los oprimidos, y es lo que quiere hacer en lo más hondo de nosotros mismos. Las curaciones de nuestras enfermedades físicas son solo un signo de esa sanación que Jesus viene a traer a nuestro corazón. Quiere levantarnos también de esas postraciones que nos encierran, que nos inutilizan; quiere sanarnos de esas esclavitudes a las que nos hemos sometidos dentro de nosotros mismos con nuestros apegos, con nuestras rutinas, con nuestro encierro en la insolidaridad, con ese mal que corroe el corazón y nos llena de muerte. 

Cuando hemos preferido esas negatividades para nuestra vida le hemos estado dando la espalda a Dios, a lo que es el plan de vida y de redención que Dios nos ofrece, es nuestro pecado. Tenemos que dejarnos sanar, tenemos que dejar actuar a Dios en nuestra vida que con la fuerza de su Espíritu nos renueva y nos hace tener nueva vida. 

También Jesús nos dice que nos levantemos, que nos pongamos en pie, que vayamos allí donde está nuestra vida, pero no ya arrastrando una camilla o dejándonos arrastrar postrados en las camillas de nuestras depresiones, Jesús quiere darnos nueva vida, quiere inundarnos de su paz, quiere que andemos en la verdadera libertad. con Jesús ya todo será distinto, con Jesús ha llegado la luz a nuestra vida, con Jesús siempre encontraremos salidas y caminos a recorrer.


martes, 17 de marzo de 2026

¿Sentiremos hoy nosotros que Jesús también se nos acerca y nos dice que si queremos curarnos o nos quedamos en nuestras angustias y soledades?

 


¿Sentiremos hoy nosotros que Jesús también se nos acerca y nos dice que si queremos curarnos o nos quedamos en nuestras angustias y soledades?

Ezequiel 47, 1-9. 12; Salmo 45; Juan 5, 1-16

Es una reacción que habremos escuchado muchas veces, o acaso nosotros cuando nos hemos visto en situaciones difíciles y problemáticas y no sabíamos cómo salir adelante también habremos pensado o dicho como una queja. ‘Nadie me echa una mano, nadie me ayuda, parece que las soluciones son para los más listos o los que tienen mejores padrinos…’ y así muchas lamentaciones más. ¿Qué estamos haciendo realmente para salir de ese mal paso? ¿Qué tipo de soluciones buscamos? ¿Cómo nos sentimos interiormente en nuestra soledad que nos hace sentirnos abandonados?

Jesús se acercó por aquella piscina en los aledaños del templo – era precisamente por donde eran entradas las ovejas y los animales que iban a ser sacrificados y aquella piscina estaba casi como un rito para aquellas purificaciones sagradas – pero en aquella piscina sucedía también algo extraño, pues sus soportales estaban plagados de enfermos, de paralíticos esperando poder entrar en el agua en un momento determinado para encontrar la sanación de sus miembros inválidos. Sentían como un movimiento milagroso de las aguas y todos corrían a meterse en la piscina esperando poder curarse. Allí estaba un hombre treinta y ocho años esperando.

Desapercibido Jesús y desapercibido aquel hombre en un rincón a causa de su minusvalía habrá un encuentro de vida y salvación. Muchas eran las negruras del corazón de aquel hombre tantos años abocado al fracaso. ‘¿Quieres curarte?’, es la pregunta de Jesús. Y vienen las quejas y la amargura, otros se me adelantan inmisericordes porque yo no tengo a nadie que me ayude. Es también la tragedia de su soledad, no tiene a nadie. Es su imposibilidad, por algo está allí, pero es también su soledad, que todo lo vuelve negro para él. Ni reconoce a Jesús ni tiene tampoco noticias de Él.

¿Por qué alguien ahora viene a interesarse por mí? Quizás sea la pregunta que en su interior también puede hacerse. Porque esas amarguras del alma también nos vuelven desconfiados. Nos han aislado, pero también nosotros nos aislamos; tenemos unas barreras pero nosotros con nuestros resabios y desconfianzas ponemos otras. ¿No es de alguna manera normal sentirse mal con todo el mundo cuando así nos vemos abandonados y nadie cuenta con nosotros o nadie se interesa por nosotros? puede ser parte de la raíz de tantas acritudes que nos encontramos en la vida; fijémonos en los rostros de aquellos con los que nos cruzamos por el camino, miremos su sorpresa llena de interrogantes si acaso nosotros los saludamos cuando a su paso a nuestro lado no esperaban ese saludo; miremos como la gente va encerrada en su mismo y en sus cosas y ni presta atención con el que se cruza en la acera de la calle. ¿No tendremos acaso que romper esa espiral en la que nos vemos envueltos porque al final nosotros estamos haciendo lo mismo?

Aquel día Jesús rompió esa espiral con aquel hombre que tanto tiempo había estado junto al agua, pero no había podido encontrar el agua viva que lo salvara. Y allí estaba Jesús que venía a ofrecer esa agua. ‘Si conocieras el don de Dios le pedirías tú esa agua al que ahora parece que tiene sed’, le decía Jesús a la samaritana junto al pozo de Jacob. Y para eso está allí ahora Jesús. ‘Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’, le dirá Jesús.

¿Sentiremos hoy nosotros que Jesús también se nos acerca y nos dice que si queremos curarnos? Viene a ofrecernos el agua viva, viene a ser la luz que disipe tantas tinieblas de nuestro corazón, viene a traernos la paz frente a tantas amarguras o tantas distancias que nos hemos fabricado en la vida; El es la resurrección y la vida para liberarnos de tantas muertes que hay en nosotros; es la pascua, el paso salvador del Señor por nuestra vida.

Pero no olvidemos también que es lo que nosotros hemos de ofrecer a ese mundo que nos rodea y que ya no sabe que agua buscar, cuál es la luz que necesita, o que prefiere seguir viviendo en su muerte – si es que eso se llama vivir – porque cuesta mucho arrancarse de tantas esclavitudes y dependencias en las que hemos envuelto nuestra vida.

viernes, 16 de enero de 2026

¿Seremos capaces de arrancar de nosotros muchas cosas que nos envuelven y esclavizan para poder llegar hasta Jesús?

 


¿Seremos capaces de arrancar de nosotros muchas cosas que nos envuelven y esclavizan para poder llegar hasta Jesús?

1Samuel 8, 4-7. 10-22ª; Salmo  88; Marcos 2, 1-12

¿Cómo reaccionamos cuando encontramos un tropiezo o una dificultad en el camino? Algunas veces somos impacientes porque queremos el camino llano y limpio de obstáculos; ya sabemos cómo nos ponemos tantas veces de críticos hacia aquellos que pensamos que tienen la obligación de mantener el camino limpio  y libre de obstáculos, pero quizás no somos capaces de detenernos para hacer algo por nuestra parte para quitar aquel impedimento, para poner una señalización para evitar el peligro para otros que transitan por esa misma vía, o para buscar la ayuda necesaria para poder entre todos eliminar ese impedimento. Hablo en este caso en mi ejemplo de vías y caminos porque en tiempos atmosféricos adversos son problemas habituales que nos encontramos.

Pero entendemos que con este ejemplo podemos poner muchas otras experiencias que de una forma o de otra vamos teniendo en la vida; son los problemas que nos encontramos en nuestras relaciones con los demás, en la familia, en nuestros trabajos, con la gente con la que convivimos; problemas derivados de muchos factores partiendo de nuestra manera de ser o de nuestras ambiciones, de momentos malos por los que pasamos en la vida y con los que nos vemos atorados sin saber muchas veces cómo salir adelante. ¿Echamos la culpa a los demás? Es una cosa que nos sale fácilmente muchas veces. ¿Nos rendimos y damos por imposible esa superación que necesitamos en la vida? Nos acomodamos, nos aguantamos, nos resignamos y seguimos arrastrándonos atados quizás a nuestros propios miedos. Con buena voluntad queremos avanzar por la vida, pero pronto nos desanimamos y vamos arrastrándonos como podamos con nuestros miedos y cobardías. ¿Dónde está nuestra madurez humana? ¿Dónde se quedan esos buenos valores que tendrían que ser fuerza y fundamento para nuestro caminar y para nuestra superación?

Me ha surgido todo este pensamiento y reflexión contemplando un detalle que nos puede pasar desapercibido en el texto del evangelio de hoy. Son muchos los aspectos sobre los que tendríamos que reflexionar, pero quiero fijarme en el detalle de valentía y de creatividad e iniciativa de aquellos hombres que con buena voluntad traían a un enfermo, en este caso un paralítico, para que Jesús lo curase. Se había extendido la fama por toda Galilea y de todas partes les traían a sus enfermos para que los curase.

Pero al llegar a la puerta con el paralítico en su camilla no pueden entrar. Tanto es el gentío que se agolpa a la puerta para escuchar a Jesús que se les hace imposible el llevar hasta el lugar donde esta Jesús. ¿Se sienten frustrados en su esfuerzo y en su buena voluntad y se resignan ante lo que parece imposible? Ya el evangelista nos detalla la iniciativa de estos hombres de abrir un boquete en el tejado sobre donde está Jesús para por allí descolgar la camilla y hacer que aquel hombre llegue a los pies de Jesús.

Jesús nos dice el evangelista se admiró de la fe de aquellos hombres. No se rindieron, no se dieron por vencidos, buscaron la forma y lograron lo que deseaban. Qué relación más bonita con lo que veníamos reflexionando como introducción. Pero Jesús ofrece mucho más de lo que aquellos hombres en principio pedían; solo deseaban que aquel paralítico se viera libre de su dependencia para poder caminar. Y claro que Jesús quiere que nos veamos libres de nuestras dependencias, no quiere que nos sintamos ligados por ningún tipo de ataduras, nos quiere libres, lejos de cualquier esclavitud.

Pero sus palabras van a extrañar a muchos, llegarán incluso a pensar que Jesús está blasfemando porque se está atribuyendo un poder que solo es de Dios. Pero, ¿para qué ha venido Jesús? Como anunciaba en la sinagoga de Nazaret para liberar a los oprimidos, para establecer un tiempo de gracia. Es el regalo que nos ofrece Jesús. Hacer que nos sintamos libres desde lo más hondo de nosotros mismos de toda atadura y esclavitud. Las curaciones de los enfermos que realiza no son sino un signo de esa otra libertad que quiere darnos. Por eso sus palabras son de perdón.  O como dirá en algunas ocasiones a aquellos que ha curado, ‘vete y no peques más’, no vuelvas a caer en esa esclavitud. ‘Tus pecados quedan perdonados’, le dice al paralítico.

Y porque produce esa transformación dentro de nosotros con su gracia y su perdón nos sentiremos fortalecidos para no dejarnos vencer, para estar siempre en camino de superación, para llegar a lo más alto y más sublime de nuestra vida, aunque muchas cosas quizás tengamos que romper dentro de nosotros; somos nosotros mismos con nuestro egoísmo y con nuestras ambiciones los vamos poniendo trabas en los caminos de la vida. Pero con Jesús todo tiene que ser distinto. Dejemos que estas palabras del evangelio calen hondamente dentro de nosotros.

lunes, 9 de diciembre de 2024

Dejemos que Jesús nos libere desde lo más hondo y nos levante de nuestras camillas para mantener viva nuestra esperanza siendo camilleros de la esperanza para los demás

 


Dejemos que Jesús nos libere desde lo más hondo y nos levante de nuestras camillas para mantener viva nuestra esperanza siendo camilleros de la esperanza para los demás

Isaías 35, 1-10; Salmo 84; Lucas 5, 17-26

Qué terrible es perder la esperanza; cuando parece que todos los problemas se acumulan sobre tu cabeza nos sentimos como paralizados y no hay manera de que seamos capaces de ver un rayo de luz, una salida. Puede parecer exagerado pero nos sucede muchas veces en la vida; no sabemos qué hacer; o nos resignamos o nos llenamos de amargura y arremetemos contra todo y contra todos. Una enfermedad que nos sobreviene y que parece grave nos paraliza y nos hace temer lo peor; no son ya las imposibilidades físicas que nos vayan apareciendo, es que humanamente nos sentimos hundidos y fracasados, espiritualmente perdemos todo norte en la vida. Son los problemas personales o son los problemas que nos van surgiendo en la familia, son tantas cosas… Decimos, son las depresiones que nos sobrevienen, pero es algo muy hondo el no tener esperanza.

Y muchas veces no es porque nos sucedan personalmente cosas graves, sino que nos sucede contemplando los derroteros de la vida, de la sociedad, la pobreza o la miseria que hay a nuestro alrededor mientras al tiempo contemplamos otras cosas escandalosas en quienes tendrían que solucionar problemas en la sociedad. Creo que todos entendemos que muchas veces la gente ande sin esperanzas, sin ilusiones, sin poner ya sus esfuerzos por hacer que las cosas sean de otra manera. ¿No andará un poco así nuestra sociedad, nuestro mundo? ¿Y qué respuesta podemos dar a todo eso? ¿Este camino de adviento que estamos recorriendo podrá ayudarnos?

Os confieso que yo también estoy buscando. Estas reflexiones que me hago y comparto van surgiendo también de lo que llevo en mi interior y de mis búsquedas. Por eso me hago estas reflexiones previas que quieren partir de lo que es el camino de la vida. Quiero encontrar en la Buena Noticia que tiene que ser el evangelio para mí y para todos hoy esa luz que me ilumine y ayude en ese camino de búsqueda de esperanza, de deseos de despertar esperanzas.

El evangelio nos presenta a Jesús rodeado de gente que le escucha; allí están también fariseos y maestros de la ley venidos de todos los rincones; unos hombres portan en una camilla a un hombre paralítico para que Jesús lo cure. Sentirse paralítico sin poder valerse por sí mismo es algo muy duro; difícilmente hay recuperación, y menos en aquellos tiempos, con lo que las esperanzas tenían que estar por el suelo. Parecía que un rayo de luz se encendía con la buena voluntad de aquellos que lo portaban hasta Jesús porque por sí mismo nunca hubiera podido, pero de nuevo se encuentran con un muro en toda aquella gente que se agolpa a la puerta e impiden el paso pareciendo que de nuevo las sombras se cernían sobre su discapacidad.

El evangelista nos dirá luego que Jesús se fijó en la fe de aquellos hombres. Y no era para menos. Se las habían ingeniado para desde el techo, corriendo las tejas, poder descolgarlo hasta los pies de Jesús.

Un mundo de barreras que no son solo las barreras físicas, un mundo de imposibles que no siempre encuentra colaboración en los demás, un mundo de impotencias cuando no sabemos qué hacer o cómo hacer, un mundo de egoísmos e injusticias, un mundo de desigualdades donde no todos tienen la misma oportunidad, un mundo de manipulaciones donde solo nos guiamos por nuestros intereses particulares, un mundo de incomprensiones en que no sabemos ponernos en el lugar del otro… aquel paralítico y su situación puede estar haciéndonos mirar todas esas cosas que en la vida de cada día nos merman o quitan las esperanzas.

Pero creo que ya es buena noticia para nosotros, evangelio la actitud de aquellos hombres que se las ingeniaron para encontrar soluciones. ¿Estarían ellos ya comprendiendo y también viviendo aquellos valores que nos enseña Jesús en el evangelio? ‘Viendo la fe de aquellos hombres’, nos dice el evangelio. Ellos estaban dando ya la señal de que hay que levantarse de esas camillas en que nos postramos y encerramos tantas veces.

Y Jesús viene a decirnos que nos es necesario que nos liberemos desde lo más hondo de nosotros mismos de esas cosas que nos paralizan, que nos acobardan, que nos encierran dentro de nosotros mismos; Jesús viene a decirnos que El quiere liberarnos de lo peor que tengamos dentro de nosotros. ‘Tus pecados son perdonados’, le dice Jesús a aquel paralítico antes incluso de levantarlo de la camilla, porque lo que quiere Jesús es que nos levantemos espiritualmente.

¿Será eso lo que nosotros estamos necesitando? Y vaya que El sí puede hacerlo, para eso ha venido, para eso se entregará por nosotros, para eso nos ofrecerá su sangre redentora. ¿Dejaremos que Jesús nos libere desde lo más hondo o pondremos reticencias como aquellos que estaban allí al acecho de lo que hiciera Jesús? ¿Tendremos motivos para hacer despertar la esperanza en nuestra vida? ¿Seremos capaces de ser esos camilleros de la esperanza en un mundo de tantas parálisis?

jueves, 4 de julio de 2024

Que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad porque nos vemos liberados de todas las ataduras que nos esclavizan

 


Que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad porque nos vemos liberados de todas las ataduras que nos esclavizan

Amós 7, 10-17; Salmo 18; Mateo 9, 1-8

¿Qué es lo que nos paraliza en la vida? Al pensar en ello nuestra mirada se vuelve espontánea hacia esa persona que un día tuvo un accidente y quedó traumatizada de tal forma que sus miembros perdieron movilidad y no puede valerse totalmente por si misma, o pensamos en las consecuencias de alguna enfermedad que paralizó sus miembros, que debilitó y traumatizó su vida que le creo invalidez y dependencia, o quizá en quien ya nación con esas deficiencias físicas y le impiden desarrollar lo que llamamos una vida normal.

Pensamos habitualmente en esas deficiencias físicas o corporales, pero ¿solo hemos de referirnos a eso? En nuestro lenguaje coloquial incluso decimos que nos quedamos paralizados cuando algo nos impresiona, algo sucedido de improviso, algo extraordinario en su manifestación, algo que nos impresiona y nos asusta; o nos vemos paralizados por nuestros miedos, y aquí entrarían miedos de todo tipo, desde aquello que tememos que nos pueda suceder, o desde las presiones que de una forma o de otra recibamos en la vida.

Pero no nos podemos quedar ahí; porque hay cosas que desde dentro nos paralizan, nos coaccionan, los quitan libertad y nos atan; está desde nuestro carácter o manera de ser, pero están también las costumbres adquiridas de las que no nos podemos liberar, o están nuestras pasiones que se nos descontrolan y no tenemos el suficiente dominio de nosotros mismos y la necesario fuerza de voluntad para tomar las riendas de nuestra vida, o está la desgana y atonía en la que tantas veces caemos y nos quita voluntad y buenos deseos, y nos vamos como arrastrando por la vida. Son muchas las parálisis que podemos encontrar dentro de nosotros mismos y no es ya solo lo que desde el exterior podamos recibir.

¿Tenemos que seguir atados a la camilla de nuestras parálisis? ¿Qué o quién nos podrá liberar de verdad? El evangelio de hoy nos ilumina; nos habla de un hombre paralítico que traen, porque él no se puede valer y en este caso hemos de valorar la buena voluntad de aquellos portadores de la camilla, y lo presentan delante de Jesús. En los otros evangelistas se nos hablará de la imposibilidad de entrar por el gentío, de la audacia de levantar las tejas del techo para bajarlo por allí, y eso nos puede dar pie en otros momentos para otras consideraciones.

Nos quedamos hoy con el hecho escueto; un paralítico que portan hasta Jesús para que lo cure. Lo que esperan es poder ver cómo aquel hombre se levanta de la camilla y comienza a valerse por sí mismo. Pero Jesus quiere decirnos algo más; valerse por sí mismo no es tener el dominio de sus miembros para caminar y hacer las cosas, hay algo más que nos puede paralizar, y de hecho nos está paralizando continuamente en la vida.

No todos lo comprenderán, y veremos luego los comentarios, pero lo que Jesús le dice es que sus pecados están perdonados. Ya puede levantarse aquel hombre de su postración. Pero aquí son todos los que están alrededor - ¿quizás también el paralítico que esperaba otra cosa? – los que se quedan paralizados y comienzan los comentarios, ‘este hombre blasfema’. Qué fácil nos es condenar aunque esté viendo el bien delante de nuestros ojos, porque es fácil el juicio y ya desde nuestros prejuicios tenemos la condena hecha.

¿Quién puede liberarnos de la peor esclavitud que podamos sufrir? No es que estemos buscando el poder de Dios para que nuestros miembros retornen a la movilidad, sino que tenemos que buscar el poder de Dios para que en verdad desde dentro de nosotros mismos podamos valernos con la mayor dignidad. Y para eso hay que quitar el mal, que es el que nos paraliza, nos ata, nos esclaviza. Es el perdón que Jesus viene a ofrecernos, es la verdadera salvación que va a transformar de verdad nuestro mundo.

Queremos hacer muchas cosas para hacer que nuestro mundo sea mejor, nos queremos buscar las mejores leyes y normas para lograr esa mejoría de la humanidad. No hay más ley que la del amor que nos transforma. Son nuestros corazones los que tienen que sentirse transformados; es de nuestros corazones de donde tenemos que arrancar toda malicia, es un color nuevo el que tenemos que darle a nuestras mutuas relaciones con las que lograremos un mundo de hermandad, un mundo de armonía y de paz.

Quitemos la aridez con la que estamos llenando el mundo; desterremos esas violencias y desconfianzas que nos estamos haciendo los unos a los otros; no permitamos de ninguna manera que la acritud se establezca poco menos que como norma de nuestra vida, entremos en el camino de una nueva humanidad donde prevalezca la comprensión y la misericordia, coloreemos nuestro mundo con el bello y rico colorido del amor. 


viernes, 12 de enero de 2024

Hay parálisis que nos impiden arriesgarnos a algo nuevo, a iniciativas y tareas nuevas, entramos en la rutina de lo de siempre y no somos capaces de romper moldes

 


Hay parálisis que nos impiden arriesgarnos a algo nuevo, a iniciativas y tareas nuevas, entramos en la rutina de lo de siempre y no somos capaces de romper moldes

1Samuel 8, 4-7. 10-22ª; Sal 88; Sal 88

Hay quienes antes las dificultades que les va ofreciendo la vida se sienten paralizados, no saben qué hacer ni qué rumbo tomar, como si se les pusiera una pared delante que fueran incapaces de atravesar; pero bien sabemos que hay gente no solo con iniciativas, sino también con una gran fuerza interior ante los que nada se les interponga que los haga reaccionar y encontrar salidas.

Es esa fuerza interior que les hace ser creativos, que les hace buscar salidas sin temor a equivocarse, son los que en la lucha de la vida han aprendido a superarse, tienen deseos de crecer, de ser mejores, de hacer las cosas de la mejor manera, los que no se contentan con rutinas, los que siempre están en camino de búsqueda. Tenemos que aprender, no nos podemos dejar vencer los miedos, no podemos decir que no podemos o no sabemos sin haberlo intentado.

Pero, claro, están también los que lo único que saben hacer es poner dificultades, agrandar los obstáculos con sus miedos, los que desconfían de lo que pueda ser una nueva iniciativa o una novedad, los que te quitan las ganas de luchar. Que muchos en la vida vamos encontrando así, siempre con ojos negativos, siempre viendo sombras, siempre contemplando o aportando imposibles. Son los que no solo están paralizados sino que quieren paralizar a los demás, porque parece que su función es quitar las ganas de los otros.

Nos encontramos hoy con un pasaje evangélico que si al menos fuera eso en lo que nos hiciera pensar, ya estaríamos logrando hermosas enseñanzas. Allí vienes unos hombres de buena voluntad que conducen en una camilla, o con los medios que tuvieran, a un paralítico porque quieren hacerlo llegar delante de Jesús para que lo cure. Y se encuentran con la dificultad de que no pueden pasar porque hay mucha gente alrededor de Jesús y parece imposible que por la poeta puedan hacerlo entrar. Nadie se quitará de en medio para dar paso, porque todos quizás igualmente quieren estar cerca de Jesús. Pero aquellos hombres no se arredran, encontrarán un camino, desde el tejado harán descender a aquel paralítico a los pies de Jesús.

Cuando queremos conseguir algo buscaremos la forma de resolver los problemas. No tienen miedo a las reacciones que pudieran encontrar; para comenzar el dueño de la casa podría protestar porque le están estropeando su terraza. Pero serán otros los que crearán oposición; ya conocemos el relato; pudiera parecer no conseguido lo que pretendían porque Jesús se preocupa más de perdonar los pecados, que de hacer mover aquellas piernas. Pero otros comenzarán a poner obstáculos en el camino.

Quieren de alguna forma restarle autoridad a Jesús para lo que está haciendo. No serán capaces de descubrir la grandeza del signo que Jesús quiere realizar; es algo más hondo que el curar unas piernas paralizadas lo que Jesús quiere realizar, porque muchas son las parálisis que tenemos en la vida, como le está sucediendo a aquellos que se ponen a criticar la actuación de Jesús. Tenemos que descubrir la grandeza de los signos que Jesús realiza incluso en aquellas curaciones.

Es lo que tendría que hacernos pensar.  ¿Cuáles son las parálisis que hay en mi vida que no solo me paralizan a mí sino que puede ser causa de parálisis para los que me rodean?

La parálisis que me impide buscar algo nuevo, iniciativas nuevas, tareas nuevas, porque hemos entrado en la rutina de lo de siempre y no somos capaces de descubrir eso nuevo que puede mejorar mi vida, aunque sea costoso, aunque tenga que romper moldes, aunque tenga que arriesgarme.  Pero son también las trabas que como zancadillas también tantas veces ponemos al esfuerzo, a la lucha por la superación, a las ganas de crecer que puedan tener tantos a nuestro lado.

No le rompamos nunca las alas a los que quieren volar.

lunes, 11 de septiembre de 2023

Tengamos siempre en cuenta por encima de todo la dignidad de toda persona, sea quien sea, haya hecho lo que haya hecho y venga de donde venga

 


Tengamos siempre en cuenta por encima de todo la dignidad de toda persona, sea quien sea, haya hecho lo que haya hecho y venga de donde venga

Colosenses, 1, 24-2, 3; Sal 61; Lucas 6,6-1

Si ante un grupo de personas hiciéramos la pregunta ¿qué es lo más importante para ti? seguramente recibiremos un variado repertorio de respuestas, seguramente muchas de ellas muy originales; nos hablarán de la felicidad y de la vida, nos hablarán de las cosas que desean poseer o de algo muy importante que guarden en su corazón, no hablarán de la familia y de la amistad, nos hablarán de riquezas o nos hablarán del amor... Muchas pueden ser las respuestas; seguramente todos con el deseo de ser lo más felices posible. Pero quiero que de alguna manera quede ahí en nuestra mente esa pregunta, para que nos definamos de verdad en lo que ponemos nuestra esperanza, por aquello que queremos luchar, lo que en verdad consideramos primordial, aquello en lo que ponemos la vida.

Vivimos muchas veces como encorsetados, normas que nos imponemos o que nos impone la sociedad, influencias que recibimos de las que no siempre sabemos liberarnos, agobios que podemos sentir en nuestro interior ante los problemas a los que nos enfrentamos cada día, presiones de un lado y de otro, ofertas de felicidad que recibimos desde todos los lados y desde los más variados sentidos de la vida, ¿seremos en verdad libres? ¿tendremos unos principios y unos valores por los que luchamos? ¿llegaremos a alcanzar esa felicidad que tanto deseamos? ¿a qué le damos importancia, a las cosas o a las personas? Aunque tanto hablamos de la dignidad de la persona, de los derechos humanos haciendo grandes proclamaciones, en verdad ¿respetamos la dignidad de toda persona o andaremos con discriminaciones?

Quizás son muchas las preguntas que me voy haciendo, pero creo que es necesario que afrontemos la realidad que muchas veces es muy cruda. Nos cuesta. Muchas veces preferimos soñar antes que actuar. Podemos también caer en palabras huecas y vacías que no nos lleven a encontrar una verdadera respuesta. pueden ser también muchas las cosas que nos inquietan en nuestro interior, pero si no nos ponemos a pensar, a planteárselo y a buscar respuestas, siempre andaremos en lo mismo. No podemos andar como adormilados por la vida. No nos podemos cegar.

Quiero seguir planteándome qué lugar e importancia le damos a la persona. Podemos pensar en nuestra propia dignidad, cómo la vivimos o lo que nos cuesta para vivir en toda dignidad como personas, y no estoy refiriéndome solo a las carencias o no carencias de orden material que podamos tener, sino a algo más hondo que es lo que nos hace mantener nuestra dignidad con el cuidado de nuestra personalidad, con el crecimiento de verdaderos valores que contribuyan a mantener esa dignidad.

Pero estoy pensando en cómo salvaguardamos la dignidad de toda persona. Porque cuando toca respetar la dignidad de las demás personas, podríamos estar recibiendo muchas influencias negativas, naciendo de prejuicios, de costumbres, de normas de comportamiento, de racimos incluso que pudieran andar encubiertos en muchas actitudes y posturas de lo que vemos alrededor. Porque ese es una mala persona, dicen algunos, y no merece nada; porque si miramos su pasado aunque ahora se presente con buena cara, ya no pensaríamos lo mismo; porque es de aquí o de allí y aquí pueden añadir toda clase de discriminaciones, y así podríamos seguir. pero, ¿no es una persona? ¿No merece, por tanto, siempre el respeto a su dignidad sea lo que sea, haya hecho lo que haya hecho, tenga o no tenga no sé qué limitaciones o dependencias?

Podéis estar pensando quien está siguiendo esta reflexión, a qué viene todo esto. Primero que miro la realidad que nos rodea y no siempre es tan bonita como queremos aparentar a pesar de tan hermosas declaraciones que podamos hacer, pero me lo estoy haciendo también fijándome en un solo gesto que se nos ofrece hoy en el evangelio.

Era sábado, estaban en la sinagoga, esperaban a Jesus y estaban al acecho de lo que pudiera hacer o decir, como pasaba tantas veces, hay allí un hombre con una limitación en sus manos, todos están pendientes de lo que pudiera pasar, cada uno con sus prejuicios, cada uno con sus influencias, cada uno cargando con las normas que le imponía aquella sociedad en la que viven. Sabiendo Jesus quienes le están rodeando con sus pensamientos y con sus intenciones comienza con un solo gesto. Puso de pie allí en medio aquel hombre con su mano impedida. Era necesario que todos lo miraran.

¿Qué podía estar pasando por la mente de todas aquellas personas? Pero Jesus quiere que miren cara a cara a aquel hombre. Y solo se pregunta Jesús qué es lo que se puede hacer un sábado. ¿Se puede hacer el bien de liberar a aquel hombre de su limitación y dependencia o era mejor dejarlo como estaba porque predominaban las normas por encima del valor de la persona? Ya sabemos y entendemos la actitud y la postura de Jesus. Ya nos está diciendo por dónde deben ir nuestros valores. Creo que no es necesario decir mucho más sino que cada uno saque sus consecuencias en su interior.


jueves, 6 de julio de 2023

Necesitamos seguir llevando la camilla de nuestra debilidad a nuestro lado para valorar el perdón recibido para un nuevo camino y darlo generoso también con los demás

 


Necesitamos seguir llevando la camilla de nuestra debilidad a nuestro lado para valorar el perdón recibido para un nuevo camino y darlo generoso también con los demás

Génesis 22, 1-19; Sal 114; Mateo 9,1-8

Todos merecemos una segunda oportunidad. Al menos eso pensamos cuando hemos sido nosotros los que hemos cometido el error y tenemos el buen deseo de querer rehacer nuestra vida. Sin embargo, hemos de reconocer, que no siempre somos capaces de ir por la vida dando segundas oportunidades a los demás. Pensemos, por ejemplo, cuando nos cuesta otorgar nuestro perdón. Y diríamos que perdonar lleva consigo el hacer que nos reencontremos con la paz; es lo que ofrezco cuando perdono, pero es al mismo tiempo lo que siento en mi mismo cuando soy capaz de perdonar. Desgraciadamente hay en la vida demasiados que no dan segundas oportunidades y ya sabemos de la amplitud que Jesús quiere que nosotros le demos al perdón otorgado.

Jesús ha vuelto a casa, como nos narra hoy el evangelista, y según llega, cuando se ve rodeado de gente como ya va siendo habitual que suceda hasta desbordar la casa y sus entradas como sucede en el episodio de hoy, le traen a un paralítico en una camilla para que Jesús lo cure. Otro evangelista cuando nos narra este episodio nos da más detalles, como el tener que descolgarlo del techo, porque han abierto un boquete en la cubierta, dada la afluencia de gente que por la puerta no pueden entrar. No nos vamos a detener en ese detalle.

Un hombre postrado en su camilla, imposibilitado de moverse por sí mismo, que es conducido hasta Jesús por otras personas de corazón generoso. Un hombre que tendría deseos de rehacer su vida para poder vivir y valerse por sí mismo. Unas almas generosas dispuestas a ayudar para que aquel hombre pueda tener una vida distinta. Y Jesús que lee en el corazón de los hombres vio la fe grande que tenían.

Los signos que realiza Jesús son señal de que algo grande se puede realizar desde lo más hondo del corazón pero que afectar por completo a la vida. Ha venido Jesús, como había anunciado el profeta y el mismo había proclamado en la sinagoga de Nazaret para proclamar el año de gracia del Señor. Para los oprimidos llegaba la hora de la liberación; aquel camino de liberación que había recorrido Israel desde su salida de Egipto, de la esclavitud, hasta la llegada a la tierra prometida, era todo un signo de ese camino de liberación y de transformación que en Jesús se había de realizar.

Era hora de que los signos que Jesús realizaba manifestaran plenamente esa liberación que en Jesús habíamos de encontrar. Por eso la primera palabra de Jesús ante el paralítico que le han traído para que lo curase es la del perdón. ‘Tus pecados quedan perdonados’.

Habrá quien no lo entienda, ni lo terminaron de entender entonces los que rodeaban a Jesús, de ahí sus murmuraciones y criticas, como no terminamos nosotros de entender lo que tiene que significar el perdón en nuestras vidas. A todos nos cuenta entender. Aquel hombre iba a ver restaurada su vida, pero Jesús nos quiere hacer ver que tiene que ser desde lo más profundo. No es solo que se levante de aquella camilla para comenzar a andar. Algo nuevo tenia que suceder en él, una nueva oportunidad para una vida nueva y distinta se le estaba ofreciendo. Siempre tendría que recordar y reconocer su debilidad. Jesús le dice, sí, que se levante, pero que tome su camilla y vuelva a su casa. Volvemos a nuestra casa, a nuestra vida, con sus mismas luchas y con nuestras mismas debilidades; la camilla va a estar presente ahí como un signo, como un recuerdo de nuestra realidad, como un recuerdo de el regalo de Dios que había recibido, pero también de lo nuevo que había que vivir.

Necesitamos quizá seguir llevando la camilla de nuestra debilidad a nuestro lado, para valorar el perdón que hemos también nosotros recibido que nos ha puesto en camino de una vida nueva. Quizás esa camilla apagará nuestros orgullos, porque nos recuerda que somos débiles, pero esa camilla podrá ser también un estimulo para tener una mirada nueva y distinta a los que están a nuestro lado.

¿Nos podrá recordar que también hemos de ser generosos con nuestro perdón a los demás, dándoles otra oportunidad en sus vidas? Con nuestro perdón estaremos ayudando a quitar esos pesos muertos, esos pesos de muerte que muchas veces nos atenazan y nos impiden alcanzar auténtica paz. ¿Por qué no ayudar a que los demás encuentren también esa paz?

viernes, 13 de enero de 2023

Aprendamos a entrar en la órbita del amor para nosotros acoger y saber también ofrecer el perdón, teniendo la audacia de buscar el amor y de regalar amor

 


Aprendamos a entrar en la órbita del amor para nosotros acoger y saber también ofrecer el perdón, teniendo la audacia de buscar el amor y de regalar amor

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12

El amor hace milagros. Y eso lo palpamos en tantas ocasiones de la vida. Hay cosas que nos parecen imposibles, todo son obstáculos y dificultades. Pero hay alguien que lo siente hondamente en el corazón, hay alguien que ama y no puede permitir el sufrimiento, la carencia de alguien a quien ama. Y revolverá lo que sea necesario para conseguir que aquella situación cambie, se encuentre un camino y una solución, y lo que parecía imposible al final se consiguió. Era la fuerza del amor. Todos hemos conocido en nuestro entorno situaciones así, y personas que con amor se entregan para conseguir lo imposible.

Hoy el evangelio nos está hablando de eso. Primero son aquellos hombres que llevan en una camilla a un discapacitado, paralítico se solía decir de forma generalizada, que quieren llevar a la presencia de Jesús para su curación. Algo hondo tenían que sentir aquellos hombres además de una fe muy grande. En la imposibilidad de hacerlo llegar por la vía normal, la puerta, por la cantidad de gente que se agolpaba para escuchar a Jesús, surge la iniciativa y la creatividad para hacerlo llegar aunque tengan que romper el tejado. Por allí lo descienden hasta los pies de Jesús.

Todo parecía resuelto ya ante aquella determinación valiente de aquellos hombres, pero allí está también la fuerza del amor. Quien ama da vida, quien ama ofrece lo mejor de su corazón, quien ama se derrite en compasión y misericordia, quien ama perdona. Ya tendríamos que aprender a caldear nuestro corazón con el verdadero amor y seríamos tan distintos los unos con los otros. Nos falta dejar de mirarnos para nosotros mismos para abrir una ventana en el alma por donde entren los aires caldeadores del sol que viene de lo alto, del amor de Dios. Se caerían esas barreras del orgullo que tantas veces ponemos entre unos y otros, por las que no pasamos ni dejamos pasar.

Aquel día ya se habían superado unas barreras. Incluso el deseo de escuchar a Jesús de aquellas gentes había sido una barrera, pero el amor la había hecho saltar, porque el amor fue creativo como para hacer llegar al enfermo a los pies de Jesús aunque tuvieran que descolgarlo desde el techo. ¿Cómo no tendrían que saltar esas otras barreras de muchos de los que estaban allí que estaban al acecho de lo que Jesús hiciera o pudiera decir?

El amor de Dios que envolvía a Jesús haría saltar aquellas últimas barreras aunque pudiera servir de escándalo para algunos. Y es que el amor hace lo que parece imposible. ‘Tus pecados quedan perdonados’, le dice Jesús al paralítico. Y surgen los murmullos de los que quieren crear desconfianzas. ¿Cómo puede perdonar pecados? Este hombre blasfema. Pero sí se podían perdonar pecados porque allí está presente el amor, el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús. ¿No era el amor que hace presente el poder de Dios el que podía hacer que aquel hombre se curase y se levantase de su camilla? ¿Quién puede hacerlo sino Dios?

‘Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados -dice al paralítico-: Te digo: levántate, coge tu camilla y vete a tu casa. Se levantó, cogió inmediatamente la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios…’

‘Nunca hemos visto una cosa igual’, fue la reacción de los que saben descubrir las cosas de Dios, fue la reacción de los que estaban abiertos al amor de Dios. El amor hace milagros, comenzamos diciendo al iniciar esta reflexión en torno al evangelio. Aprendamos a acoger el perdón con lo que humildemente y también con esperanza estamos manifestando nuestra propia fragilidad, que se ve sanada por el amor.

Aprendamos a entrar en esa órbita del amor para también nosotros saber ofrecer el perdón, tener la audacia de buscar el amor y de regalar amor. Sanaremos nuestro corazón, pero estaremos también sanando a los demás; seremos capaces de levantarnos de la postración de nuestras camillas de orgullos y resentimientos, y daremos la oportunidad a los otros de llegar también a los pies de Jesús por los caminos del amor, como lo hicieron aquellos que saltaron todas las barreras para llegar hasta la fuente de la vida y del amor. Podremos en la vida ir haciendo los milagros del amor para dar más vida a nuestro mundo.

domingo, 4 de diciembre de 2022

Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos, con nuestras parálisis o con nuestros corazones endurecidos, dejémonos sorprender

 


Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos,  con nuestras parálisis o con nuestros corazones endurecidos, dejémonos sorprender

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26

El amor siempre sorprende. Por amor seremos capaces de hacer aun aquello que no haríamos por todo el oro del mundo. Siempre seremos capaces de tener un nuevo gesto amor. Nos hace creativos. Nos hace que cuando por cualquier otro motivo no nos ofreceríamos para ser los primeros, por amor siempre estaremos dispuestos. Y el amor nos sorprende, lo que no imaginamos allí lo vamos a encontrar. Nos deja descolocados, porque aquello que no esperábamos lo vamos a encontrar.

Por eso siempre nos sorprende Dios, por eso Jesús continuamente nos estará sorprendiendo con nuevos gestos, con nueva cercanía, ofreciéndonos lo que nadie podría ofrecernos. Continuamente nos está dando muestras de lo que es su amor, de lo que es el amor de Dios, del que es la mejor imagen. 

Igual le vemos con la gente más sencilla rodeado de pescadores, o no le importa sentarse a la mesa tanto del fariseo que lo invita como del publicano que ofrecerá un banquete porque se ve honrado con la amistad de Jesús que lo admite a formar parte del grupo de sus seguidores más cercanos, igual lo veremos que la mujer pública se acerca para lavarle los pies con sus lágrimas y ofrecerle el ungüento que no recibirá en su sepultura como se deja tocar el manto por aquella mujer impura por sus hemorragias.

Pero  hoy la sorpresa será mayor. Cuando está rodeado de tanta gente que ya ni por la puerta pueden entrar, se van a descorrer las tejas de la azotea para bajar hasta él a un paralítico para que lo cure. Pero la sorpresa va más allá de la audacia de aquellos hombres que no temen romper el tejado para hacer llegar al paralítico a los pies de Jesús, sino que sus primeras palabras no serán para curar lo que tanto ansían, la invalidez de aquellas piernas, sino para ofrecerle el perdón de sus pecados.

El estupor y la sorpresa fueron grandes, sobre todo para aquellos que estaban allí para acechar sus gestos y sus palabras, porque ya comenzaban a desconfiar del mensaje nuevo que Jesús está propagando. Por allá estaban sentado unos escribas y unos fariseos, no porque tuvieran interés de escuchar a Jesús en provecho de sus vidas, sino para acecharlo en aquello que pudiera parecer un desliz y tener con qué acusarlo. Ahora tienen motivos porque aquellas palabras de Jesús parecen blasfemas porque se está atribuyendo un poder que solo es de Dios. No han terminado de entender quien realmente es Jesús.

Este hombre blasfema. ‘¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?’, fue la reacción de los que estaban allí al acecho. Parecía que no tenían capacidad en su corazón para ver más allá de este gesto y estas palabras de Jesús que les sorprenden por lo que parece un atrevimiento de Jesús.

Solo Dios puede perdonar pecados, pero solo Dios es el que da la vida y nos puede liberar de la enfermedad, solo en Dios podemos alcanzar la salvación, les viene a decir Jesús. ‘¿Qué es más fácil, decir: Tus pecados te son perdonados, o decir: Levántate y echa a andar?’. Y tomó de la mano al paralítico, ‘levántate y anda’. Podía hacerlo Jesús. Podía perdonarnos Jesús. Es que en Jesús estaba la salvación. Y el paralítico ‘tomó su camilla donde había estado tendido y marchó a su casa dando gloria a Dios’. Todos quedaron admirados y sorprendidos. ‘Hoy hemos visto maravillas’, no les quedó más remedio que reconocer a todos los allí presentes.  Allí se había manifestado el amor de Dios que nos sana y nos da vida porque nos da su perdón, que nos levanta de nuestras camillas pero llena de gracia nuestro corazón.

¿Nos dejaremos sorprender nosotros igualmente por el amor de Dios? ¿Qué necesitamos nosotros más? ¿Seremos el paralítico tendido en la camilla o seremos aquellos que aunque sorprendidos seguimos desconfiados de la salvación de Dios? 

Jesús viene para traernos su salvación allí donde estamos y como estamos, allí con nuestras parálisis que son algo más que unos miembros que no se pueden mover, o unos corazones endurecidos que muchas veces no sabemos sintonizar con el amor.

jueves, 1 de julio de 2021

También nos dice Jesús que tengamos confianza y nos pongamos en pie para ser libres de toda atadura, El nos regala el perdón y nos pone en camino de vida nueva

 


También nos dice Jesús que tengamos confianza y nos pongamos en pie para ser libres de toda atadura, El nos regala el perdón y nos pone en camino de vida nueva

Génesis 22, 1-19; Sal 114; Mateo 9,1-8

‘Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa’. ¿Era lo que esperaban? Cuando Jesús llega a Cafarnaún lo primero que se va a encontrar es aquel grupo de hombres que portando una camilla ponen ante El a un paralítico para que lo cure.  Ya ha corrido la noticia de las obras y signos que realiza Jesús, por eso vendrán por si mismos aquellos enfermos que aun pueden valerse, otros serán traídos de la mano quizá como los ciegos que por sí solos no se pueden valer en medio de aquellas muchedumbres que se agolpan en torno a Jesús, ahora será un paralítico en una camilla el que llevan hasta los pies de Jesús. En el texto paralelo de los otros evangelistas se nos dirá incluso que por el gentío no podían entrar por la puerta y lo descolgaron del techo abriendo un boquete. De una forma o de otra Jesús se fija, admira y valora la fe de aquellos hombres.

Era lo que esperaban, que aquel hombre se pueda poner en pie, valerse por sí mismo e incluso regresar a su casa. Pero Jesús quiere levantarlo de algo más. La enfermedad y la invalidez pueden ser un signo de nuestro pecado, que no significa que tengamos que verlo como un castigo divino por nuestros pecados y Jesús quiere que el signo sea lo suficientemente significativo. Por eso sus primeras palabras serán ‘ten confianza, hijo, tus pecados están perdonados’. Ha venido para que tengamos vida y tengamos vida en abundancia; va a derramar su sangre en la cruz para establecer una nueva alianza para el perdón de nuestros pecados. Nos va dando señales ya.

No nos podemos quedar hundidos en nuestra parálisis ni tumbados sobre la camilla que sea signo de nuestra invalidez y nuestro pecado. ‘Ponte en pie…’ le dice. Ya no son necesarias esas muletas o esas camillas que sostengan nuestra invalidez porque para nosotros hay vida nueva. Tenemos que ponernos en pie y echarnos a andar porque se abren caminos nuevos delante de nosotros. Aquello que nos parecía imposible alcanzar ahora ya está a nuestra mano, pero no nos podemos quedar quietos, como si todavía estuviéramos paralizados.

Vete a tu casa, vuelve a tu vida, vete al encuentro con los tuyos y al encuentro con los demás, vete a ese mundo donde siguen habiendo tantos que viven paralizados para que seas un signo de que es posible un mundo nuevo, que también todos pueden levantarse y echarse a caminar. No dejes aquí tu camilla que ya no la necesitamos, ahora podemos caminar con la seguridad del hombre nuevo, del hombre libre, del hombre que se ha liberado de todas las ataduras posibles, que ya nada lo detiene.

‘Tus pecados están perdonados’. ¿Cuáles son las peores ataduras de nuestra vida? miremos desde nuestra experiencia aquellas pasiones que no nos han dejado ser nosotros mismos, miremos desde nuestra experiencia aquellas rutinas que nos hacían torpes en nuestro caminar, miremos desde nuestra experiencia aquellos orgullos o aquellos recelos que ponían trabas al verdadero entendimiento o nos endiosaban de tal manera que nos apartaban del encuentro verdadero con los demás, miremos desde nuestra experiencia ese egoísmo que nos volvía insolidarios con los otros porque solo nos hacía pensar en nosotros mismos, y así podemos seguir mirando muchas cosas en nuestra vida que necesitan esa liberación, ese romper ataduras, ese borrar tantas sombras que ennegrecían nuestra vida. ‘Tus pecados están perdonados’, nos dice también a nosotros Jesús.

Y aquel hombre se levantó de su camilla, como le decía Jesús, la tomó y la cargó sobre sus hombros y marchó a su casa. ¿Será acaso un signo del cargar con la cruz que Jesús nos pide para seguirle de verdad?

jueves, 2 de julio de 2020

Ponte en pie, no te quedes en tu camilla, vete a tu casa, al encuentro con los demás, tiende la mano para que otros se levanten


Ponte en pie, no te quedes en tu camilla, vete a tu casa, al encuentro con los demás, tiende la mano para que otros se levanten

Amós 7, 10-17; Sal 18; Mateo 9, 1-8
¿Nos daremos cuenta del misterio o de la riqueza que hay detrás de esa personar con la que nos cruzamos cada día en la calle? Quizás en las prisas de nuestra vida moderna – parece que siempre vamos corriendo porque se nos va a quemar lo que dejamos al fuego – ni nos damos cuenta de esas personas con las que nos vamos cruzando. Vamos a lo nuestro, vamos en nuestros pensamientos, vamos con nuestras preocupaciones, lo que tenemos que hacer o aquello en lo que nos vamos a entretener – de todo hay -, y no miramos. Algunas veces sobre todo cuando caminamos en el bullicio de nuestras ciudades nos cruzamos con personas a las que conocemos o con quienes podemos tener alguna relación de vecindad o de amistad y no las vemos. Y no es que ahora vayamos con nuestras mascarillas y por eso desconocemos a las personas.
¿Qué sabemos de esa persona con la que nos cruzamos? de sus preocupaciones o de sus problemas, de sus proyectos o de sus sueños, de sus limitaciones o de la riqueza espiritual en la valores que hay en su vida, de lo que hace o de aquello que quisiera hacer pero que necesitaría quizás un empujoncito de ánimo... Pero quizá nos atrevemos a juzgar; si la vemos en una situación difícil o problemática, por decirlo así, quizá fácilmente la culpabilizamos. Para eso quizás estamos más prontos y atentos.
¿Habrían pasado desapercibidos aquellos hombres que portaban en una camilla a un hombre discapacitado por su parálisis? Quizá los vecinos de Cafarnaún verían pasar aquel pequeño cortejo pero no imaginaban las maravillas que iban a suceder. De entrada quizá tendríamos que fijarnos en el detalle de unos hombres que se preocupan de aquel paralítico.
Vemos en nuestros parques o calles a personas que empujan una silla de ruedas con un discapacitado y quizá lo más que pensamos es en el familiar que lo sacó de paseo o lo lleva al médico o a la rehabilitación. ¿Pensamos quizá en unos voluntarios que dedican su tiempo a hacer algo por esas personas? ¿Qué sentimos por aquel discapacitado? ¿Quizá nos sentimos compasivos pensando en el ‘pobrecito’ que no puede caminar? ¿Y la vida que encierra esa persona con sus posibilidades y riquezas humanas que podría quizá desarrollar? ¿No sería ésta una visión distinta?
Aquellos hombres llevaban a aquel paralítico hasta los pies de Jesús. El evangelio de Mateo no nos da los detalles de los otros evangelistas que nos hablan de la mucha gente y de cómo tuvieron que descolgarlo abriendo un boquete en la terraza o el tejado para bajarlo. Nos quedamos hoy simplemente en el relato de Mateo. Jesús sí supo ver el corazón de aquellos hombres. ‘Viendo la fe que tenían’, nos dice el evangelista. Una mirada que traspasaba las apariencias externas. Cómo tendremos que aprender a mirar el corazón.
Y Jesús ofrece la curación y salvación más profunda que podía darle a aquel hombre. Pensamos, lo llevaban para que curara su parálisis, y Jesús habla de la liberación interior, porque le perdona sus pecados. Aparte de los comentarios y rechazos de los escribas y fariseos que por allí andaban vamos a fijarnos en todo lo que le ofrece Jesús. Y no es que su enfermedad fuera consecuencia del pecado, como era común pensar en aquella época y algunas veces nos viene a nosotros también ese pensamiento a la cabeza. Jesús quiere la plenitud para aquel hombre, Jesús quiere que vivamos la vida en plenitud.
Y hay muchas ataduras en nuestro corazón, muchas cosas que nos paralizan con nuestra manera de pensar, con nuestros prejuicios y también con nuestras condenas fáciles, nuestras actitudes egoístas e insolidarias con que tantas veces vamos por la vida, con la cerrazón de nuestra mente que oscurece nuestra mirada y algunas veces nos va cerrando horizontes. No podemos caminar porque hay parálisis no en nuestras piernas sino en nuestro corazón y así vamos arrastrándonos por la vida con nuestra mirada miope para no descubrir el valor de los demás, el valor de toda persona.
Ponte en pie, le dijo Jesús, al paralítico, coge tu camilla, vete a tu casa. Vete a la vida, no te quedes postrado en la camilla, vete al encuentro con los demás y ponte también a ayudar a llevar la camilla de los otros, no te quedes ahí paralizado sino levántate y vete a tender también la mano a los otros, sal de ti mismo y abre tu corazón para sintonizar con los que están a tu lado a los que muchas veces ni siquiera vemos. Cuántas cosas nos puede estar diciendo también a nosotros Jesús, cuántos horizontes se están ampliando en nuestra vida, qué otro mundo podemos descubrir.

jueves, 4 de julio de 2019

Con mirada sincera hemos de saber mirarnos para ver nuestras limitaciones, también las que nos hemos creado y nos impiden ser libres de verdad dejando que Jesús nos libere


Con mirada sincera hemos de saber mirarnos para ver nuestras limitaciones, también las que nos hemos creado y nos impiden ser libres de verdad dejando que Jesús nos libere

Génesis 22, 1-9; Sal 114; Mateo 9,1-8
‘Le presentaron un paralítico acostado en su camilla’ cuando en aquella ocasión llegó de nuevo Jesús a Cafarnaún. Mateo nos da menos detalles de la escena que los otros evangelistas. Ya se nos relata que fue traído entre varios y en una camilla. No podía andar, necesitaba ayuda de los demás y aquel pobre hombre se dejó conducir.
Son aspectos que pudieran ser bien significativos. Su enfermedad le tenía paralizado. Luego veremos que Jesús le cura, pero no será solo de su parálisis física, sino que Jesús quiere llegar mucho más hondo. Porque hay tantas cosas que nos tienen paralizados que no son solo las enfermedades físicas. La enfermedad física paraliza nuestro cuerpo, pero muchas veces puede influir también en nuestro espíritu, porque nos sentimos derrotados, en nuestra imposibilidad nos sentimos inútiles quizá y hasta podemos pensar que somos una carga para los demás; puede surgir también en nuestro interior unos sentimientos que nos pueden hacernos sentir culpables y surgen los interrogantes, ¿por qué a mi? ¿Qué he hecho para merecer esto? Y nos hundimos no solo por la enfermedad sino por todos esos sentimientos negativos que pueden aparecer en nuestro interior y que oscurecen nuestra vida.
Pero no siempre nos sentimos paralizados a causa de una enfermedad física, o una limitación corporal. Nos creamos muchas veces nuestras propias limitaciones con nuestros complejos o con nuestros miedos, con la negatividad con que vivimos la vida, o la ceguera de los ojos del alma para no saber descubrir cuantos gestos bonitos tienen para con nosotros los que están a nuestro lado. Nos encerramos en nosotros mismos y no nos dejamos ayudar, nos encerramos y no vemos esa mano tendida en la que apoyarnos para caminar juntos que incluso en muchas ocasiones la rehusamos. Nos encerramos en nosotros mismos pensando solo en mi mismo y no queriendo mirar a los demás. Nos encerramos en nosotros mismos en nuestro egoísmo sin ser capaces de ser solidarios con los demás y hasta nos volvemos violentos.
Cuantas cosas que nos paralizan en la vida. Con una mirada sincera hemos de saber mirarnos para ver nuestras limitaciones, pero también las limitaciones que nos hemos creado y que a la larga nos encadenan y nos impiden ser libres de verdad.
Aquel hombre del evangelio se dejó conducir. Supo agradecer la mano amiga de quienes se preocuparon por él para poder llegar hasta Jesús. Habría quizá muchas cosas que le pesaban en el alma, como a todos nos sucede, pero se dejó conducir a quien iba a liberarle de verdad desde lo mas hondo de si mismo.
Por supuesto que hoy con el evangelio queremos mirar a Jesús que se deja encontrar por nosotros y nos ofrece la verdadera libertad cuando arranca el pecado de nuestro corazón. Pero estamos atentos también a aquel hombre que se dejó conducir hasta Jesús. Miramos su parálisis y la comparamos con nuestras parálisis, que no son solo las enfermedades del cuerpo sino las que hemos impuesto a nuestro espíritu. Hasta Jesús nosotros queremos llegar también para que tienda su mano y nos levante, nos ponga en camino, nos haga dejar atrás esas camillas en las que nos postramos, porque en Jesús vamos a encontrar vida, vamos a encontrar la salvación.
Sí, quiero, Señor, levantarme de mi postración, quiero mirarme con sinceridad y también con humildad para reconocerlo; quiero agarrarme a tu mano que me levanta, quiero escuchar tu voz que me llena de paz, quiero sentir esa salvación que me ofreces, quiero sentirme liberado de mis pecados. Quiero vivir esa vida nueva de libertad y de amor que Tú me ofreces.