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jueves, 12 de marzo de 2026

Desterremos todo lo que sea negatividad de nuestra vida para saber valorar la luz y saberla encontrar, respeto a lo bueno de los demás, buen cimiento de un mundo mejor

 




Desterremos todo lo que sea negatividad de nuestra vida para saber valorar la luz y saberla encontrar, respeto a lo bueno de los demás, buen cimiento de un mundo mejor

Jeremías 7,23-28; Salmo 94; Lucas 11,14-23

Sucedía entonces y sigue sucediendo hoy. Cuando nos cegamos en nuestras ideas o en nuestra manera de ver las cosas, por eso mismo porque nos cegamos no seremos capaces de ver la luz que hay en los demás. Nos ciegan nuestros fanatismos cuando pensamos que no se pueden hacer las cosas sino como nosotros las hacemos porque nos creemos los únicos buenos y sabios; entonces todo lo que hagan los demás lo vemos desde ese filtro y entonces nada vale de lo que hagan los que no piensan como nosotros. Lo estamos viendo continuamente en todo el ámbito de la vida social y tenemos que decir también de la vida política.

¿Dónde encontraremos en alguien la sensatez suficiente para reconocer que su adversario hace cosas buenas y cosas que están bien? ¿Dónde están los que siguen construyendo con las mismas piedras buenas de sus adversarios aunque luego las podamos pulir según nuestro gusto? Hay una acritud muy dura en nuestra sociedad, unos orgullos que a nada bueno nos van a conducir.

Es lo que estaba sucediendo en este episodio que hoy se nos ofrece en el evangelio. Jesús curó a un sordomudo. Entendamos bien lo que nos habla el evangelio, porque en aquel momento la enfermedad o todo lo pusiera una limitación a la vida de las personas, ceguera, invalidez, ser sordomudo como en este caso, era considerada como un mal lo que venía a significar una posesión del maligno, por eso los llamaban endemoniados.  Jesús libera de su mal a aquel hombre y comenzó a hablar.

Podríamos pensar en la sorpresa y la admiración que tal hecho podía producir en los que lo contemplaban. Muchas veremos que la gente alaba al Señor que realiza tales maravillas. Pero es donde aparecen los malquerientes, los que no aceptaban a Jesús porque tampoco querían escuchar su mensaje del Reino de Dios. Y cuando estamos enconados con una cosa o con alguien todo lo que haga esa persona nos parece mal; es lo que tratan de decir aquellos opositores a Jesús. No lo está haciendo con el poder de Dios sino con el arte y poder del maligno. Tremenda incongruencia, podríamos decir, que el maligno se expulse a sí mismo de aquellos a los que tiene poseídos. Mira hasta donde somos capaces de llegar cuando estamos enfilados contra alguien.

¿Por qué nos dejamos absorber por tanta maldad? Nos creemos tan seguros que no nos damos cuenta de la debilidad que tenemos debajo de los pies. Nos cegamos, como decíamos antes, y ya no queremos ver los rastros de luz allí donde verdaderamente están. Y lo tremendo es que cuando nos envolvemos de esas malicias y de esos orgullos no nos damos cuenta de que esas actitudes negativas nos están socabando la tierra bajo nuestros pies y un día todo se nos vendrá abajo.

Además con esa negatividad en nuestras vida poco podremos construir que sea de provecho y tenga validez permanente. Es la superficialidad en la que vamos cayendo en la vida. Qué lástima como queremos ser constructores de una nueva sociedad pero lo hacemos desde los rencores y resentimientos, las envidias nos llevaran a querer destruirnos unos a otros, con esas heridas mal curadas en nuestro corazón no podrá aparecer una verdadera alegría y a pesar de las muchas músicas el alma está llena de tristezas, aunque decimos que queremos un mundo mejor no termina de aparecer la paz porque seguimos alimentando esas malquerencias en el corazón.

Jesús nos habla de aquel hombre que se creía fuerte e invencible pero que pronto todo se derrumbará y se le vendrá abajo, porque el maligno seguirá insuflando esos malos sentimientos en su corazón que todo lo destruirá. Qué necesaria esa actitud de vigilancia que hemos de mantener en nuestra vida, esa humildad para reconocer lo débiles que somos, y cómo tenemos que abrir nuestro corazón a la fortaleza del Espíritu para mantener esa rectitud en nuestras vidas, pero también para saber valorar cuanto de bueno hay también en los demás.

Es el sentido que hemos de darle a este camino cuaresmal que estamos haciendo para llegar a la Pascua.


lunes, 25 de agosto de 2025

Cuidado que vayamos cerrando puertas y creando abismos con actitudes bien alejadas del evangelio que ha de hacernos entrar en órbita de amor y comunión

 


Cuidado que vayamos cerrando puertas y creando abismos con actitudes bien alejadas del evangelio que ha de hacernos entrar en órbita de amor y comunión

Hay gente a la que le gusta ir cerrando puertas. Y no es un juego. No es cuestión de estética o buenas costumbres. Como si le fueran dando con la puerta en las narices a los que quieren entrar, como si de lejos contemplamos a alguien que viene por nuestro camino para llegar a donde estamos, ya pronto ponemos la señal de que no se puede entrar. Bueno entendemos que quiero decir mucho más que eso.

Son los que siempre van poniendo dificultades, están en eterna oposición, manifiestan enseguida que no les gusta aquello que decimos, comienzan a encontrar cosas que según ellos falta en aquello que presentamos, le dan un cariz negativo a todo lo que ven que realizan los demás, buscando el desprestigio para que no se acepte lo que los otros presentan. Porque esas dificultades o el señalar lo que falta no lo hacen por aportar algo de su parte que pueda mejorar, sino para echar abajo lo que presenta el consideran un contrincante.

No son criticas constructivas que eso siempre tendríamos que con humildad saberlo aceptar, sino siempre para echar abajo, para destruir. Gente ceniza y destructiva en su negatividad.

Es lo que se ha encontrado Jesús en aquellos grupos que no le aceptan, no quieren escuchar el anuncio que Jesús hace del Reino de Dios, pero es que previamente con el pueblo, del que se consideran dirigentes, han pretendido imponer unas cargas con sus interpretaciones y con las normas que imponen que de alguna manera le hacen imposible a aquella gente humilde y sencilla que tantas ansias tiene de la llegada del Reino de Dios de poder ser fieles de verdad a Dios.

Es la dureza con que Jesús se expresa contra los fariseos y los maestros de la ley. Les falta autenticidad, porque además son los que imponen cargas pesadas sobre los hombros de los demás, pero no son capaces de mover un dedo para ayudar. Son sus interpretaciones rigoristas de la ley de Moisés que distorsionan totalmente lo que es la ley del Señor.

‘¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que quieren’. Van cerrando puertas, como antes decíamos, que ni para ellos. ‘Ni entráis… ni dejáis entrar’, que les dice Jesús. Barreras con sus imposiciones, abismos insalvables con la multitud de normas que al final a ellos mismos les hacia preguntarse cuál era el mandamiento principal. Escuchábamos estos días cómo, aunque fuera por tentar a Jesús, es lo que le vienen a preguntar. Aunque luego se den de sabios y le digan a Jesús, cuando lo que hace Jesús es repetirles la literalidad de lo que estaba escrito en la ley de Moisés, que había hablado muy bien. Pero ya sabemos la podredumbre que tenían por dentro, las intenciones torcidas que tenían sus palabras. Por eso Jesús les habla muy duramente.

Pero no nos quedemos solo considerando lo que Jesús decía entonces a aquellos fariseos y maestros de la ley, sino que tenemos que pensar que nos estará diciendo, de forma muy concreta, a nosotros Jesús con esas mismas palabras. Son Palabra de Dios, y la Palabra de Dios siempre es palabra viva y actual, para nuestra vida concreta, para nuestro tiempo concreto.

Escuchando esas palabras de Jesús tenemos que mirarnos a nosotros mismos y nuestras situaciones concretas, tenemos que mirar lo que es la vida de la Iglesia también en las circunstancias concretas que vivimos en el hoy de nuestra vida. No son palabras que retumben como un eco venido de otras partes, son palabras directas a nuestra vida de hoy.

Si antes hablábamos de ese cerrar puertas para no dejar pasar y lo contemplábamos en la actitud de aquellos dirigentes ¿no tenemos nada que pensar en nuestra vida concreta y en la vida de nuestras comunidades? ¿No vendremos nosotros también en muchas ocasiones con esa autosuficiencia de quien cree saberlo todo y se va poniendo cascos en sus oídos para no oír ni escuchar? ¿No diremos algunas veces aquello de yo soy cristiano de toda la vida y así lo ha sido mi familia siempre pero quizás no nos queremos mezclar con aquellos que vienen ahora de nuestra cercanía o de otras partes porque nosotros nos consideramos en un estadio superior y no queremos que nos quiten los privilegios que nosotros pretendemos tener? ¿No estaremos también cerrando puertas que ni entramos ni dejamos entrar?

Quienes nos consideramos como más cerca de la Iglesia o más en sintonía con ella, porque hemos quizás trabajado pastoralmente en algunas cosas, porque colaboramos en las cosas del templo, porque somos voluntarios para la catequesis o para cáritas, tenemos que escuchar con nitidez estas palabras de Jesús porque algunas veces nos consideramos en un estadio superior, nos consideramos mejores o que sabemos más, y podemos también estar cerrando puertas.

Mucho nos da que pensar este evangelio que parece que era para los demás, pero nos viene directamente al dedo de nuestra vida.


lunes, 12 de febrero de 2024

La humildad y la buena disposición interior nos abre el camino a la fe y podremos llenarnos de la sabiduría del evangelio de nuestra salvación

 


La humildad y la buena disposición interior nos abre el camino a la fe y podremos llenarnos de la sabiduría del evangelio de nuestra salvación

Santiago 1,1-11; Salmo 118; Marcos 8,11-13

Las actitudes y posturas negativas en lugar de abrir puertas las cierran. Es bueno en todo ir siempre con una actitud positiva por delante; que tenemos un problema con alguien, trata de contener tus sentimientos o tu orgullo herido y acércate a esa persona con una actitud positiva; si vas de greñas, vamos a decirlo así, aún la buena actitud que pudiera tener la otra persona se la destrozamos, porque somos nosotros los que no sabemos ver la bueno que nos pueda ofrecer. Cuesta, porque nos cegamos y no somos capaces de ver sino aquello que está brotando violentamente desde dentro de nosotros, y por mucho que queramos no tendremos la serenidad suficiente para llegar a un entendimiento, incluso hasta poder hablar con calma.

Hoy en el evangelio vemos que una vez más los fariseos y todos aquellos que estaban en oposición a Jesús vienen de nuevo a pedirle signos, a pedirle pruebas para poder creer en El. Ya venía de antemano con una actitud condenatoria y serían incapaces de ver las señales que estaba mostrando Jesús con su vida, con sus palabras, y con los milagros que realizaba, los signos que estaba realizando continuamente que siempre remitían a lo que habían anunciado los profetas. Pero aquellos que además se las daban de doctores y enterados de la ley y los profetas eran incapaces de ver. Jesús los deja por imposibles, podríamos decir, porque se marcha a otros lugares a predicar.

Son las actitudes y posturas que nosotros también podemos tomar tantas veces ante Dios. No nos escucha, decimos tantas veces, pero ¿cómo es esa oración con la que le estamos pidiendo a Dios? ¿Estaremos rogando o estaremos exigiendo? ¿Somos acaso nosotros los que tenemos que decirle a Dios cómo tiene que hacer las cosas? ¿Nos consideramos con más sabiduría que Dios? Necesitamos una cura de humildad, necesitamos aprender a acudir al Señor, aprender a orar de verdad.

Jesús nos lo va señalando a lo largo del evangelio. Hemos de saber tenerlo presente. ¿Recordamos al fariseo y al publicano que subieron al templo a orar? ¿Quién fue el que bajó del templo justificado? El que humilde supo ponerse en la presencia de Dios, reconociendo su nada y su pecado, y queriendo acogerse a la misericordia de Dios. ‘Ten compasión de este pecador’, repetía allá en el último rincón, mientras el fariseo orgullo parecía que quería llevarle las cuentas a Dios de todas las cosas que hacía; pero su corazón estaba bien lejos de Dios, su corazón estaba lleno de orgullo y de vanidad.

Nos falta fe y nos sobra orgullo; nos falta humildad y tenemos demasiada autosuficiencia. Recordamos a la mujer que humilde y calladamente se atrevió a tocar por detrás el borde del mando del Señor. ‘Tu fe te ha curado’, le decía Jesús. Recordamos a aquella mujer que aparentemente se siente rechazada, pero ella reconoce que no es digna, ella sabe que es gentil, no es del pueblo de Israel, pero con confianza acude al Señor, como el cachorro que está bajo la mesa esperando que caiga alguna migaja de la mesa de su amo; y aquella mujer sí se vio escuchada y atendida en su petición. Cuando a Jairo le dicen que no moleste más al maestro porque la niña ya ha muerto, Jesús le pide que siga confiando, que siga teniendo fe, porque la niña no está muerta sino dormida, y la tomará de la mano y se la entregará sana a sus padres.

Necesitamos recorrer muchas veces las páginas del evangelio. Repasar una y otra vez los distintos episodios, escuchar una y otra vez las parábolas y las palabras de Jesús. Recordamos que cuando el rico epulón pedía que Lázaro se apareciera a sus hermanos para convencerlos de que tenían que cambiar de vida para no llegar a aquel infierno que él estaba padeciendo, desde el cielo le dicen que ellos tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen, porque si no tienen esa buena disposición de querer escuchar la Palabra de Dios ni aunque un muerto resucite van a creer. 

Tenemos con nosotros, a nuestra mano, la Palabra de Dios que cada día podemos y tenemos que escuchar. Ahí encontraremos la luz, ahí aprenderemos a tener ese corazón humilde, ahí aprenderemos a tener esas necesarias buenas actitudes del corazón para conocer a Dios, para reconocer a Jesús, para encontrar la salvación.

sábado, 12 de febrero de 2022

No seamos derrotistas diciendo que poco o nada tenemos sino esos pobres siete panes de tu vida compártelos con los demás y el mundo brillará con un nuevo color

 


No seamos derrotistas diciendo que poco o nada tenemos sino esos pobres siete panes de tu vida compártelos con los demás y el mundo brillará con un nuevo color

1Reyes 12, 26-32; 13, 33-34; Sal 105; Marcos 8, 1-10

Los discípulos se sintieron quizás sorprendidos por las manifestaciones que estaba haciendo Jesús. Estaba descorriendo el velo de su corazón para que todos le conocieran, para que conocieran sus sentimientos, para darles a entender también el sentido nuevo del Reino de Dios que les estaba enseñando.

‘Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer, y, si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino. Además, algunos han venido desde lejos’.

Comienzan entonces a preocuparse los discípulos. Si es que allí tampoco ellos pueden hacer nada. ‘¿Dónde comprar panes para que coman todos estos?’, se preguntan. Están en lugares despoblados, la situación les parece difícil de resolver. Pero es cuando surge la pregunta de Jesús. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ ¿Con cuántos panes se puede contar? Pero solo tienen siete panes. Con eso parece que es imposible.

Derrotistas de la misma manera nos presentamos nosotros tantas veces. No hay nada que hacer, nos decimos y repetimos, son tantos los problemas que parece que vienen en avalancha; quizás podemos sentir algún tipo de preocupación pero no hacemos sino darle vueltas al asunto sin disponernos a comenzar a hacer algo. ¿No habría que preguntarse también por cuántos panes tenemos? ¿Qué es lo positivo por pequeño que sea que yo pueda aportar? ¿Qué es lo que sé hacer y donde yo puedo echar una mano con eso que yo tengo, con eso que yo soy?

Algunas veces cuando hablamos de ese mundo nuevo que tenemos que hacer, de esa ilusión que tenemos que poner en la vida por hacer que las cosas se mejores, de esos granitos de sal que tendríamos que añadir a la vida para que la vida tenga otro sabor, de esas hogazas o de esas migajas de amor y de buenos sentimientos que tenemos que ir poniendo en el mundo para que sea mejor, enseguida pensamos en qué podemos hacer nosotros frente a esa avalancha de egoísmo, de insolidaridad, de maldad que podamos ver en el mundo y nos parece que son tantos y que nosotros somos tan poquitos que no podríamos conseguir nada por hacer que todo mejore. Y nos quedamos con los brazos cruzados. Es lo peor que podemos hacer.

Pon tu granito de arena, pon tu migaja de amor, pon tu ilusión y tu esperanza, comienza a ver las cosas con otros ojos llenos de posibilidades, siempre tu buena semilla aunque te parezca tan pequeña… todo eso un día florecerá; claro que si dejas la semilla guardada sin echarla a la tierra nunca podrá germinar para hacer surgir una nueva planta que llegue a dar fruto. Y es lo que muchas veces hacemos, nos quedamos en lamentaciones, nos quedamos en que nada o poco tenemos y de qué va a servir y la multitud seguirá teniendo hambre porque nadie ha comenzado a compartir. Comienza y seguro que tu obra buena va a fructificar y va a ser estímulo para que otros también siembren su pequeña semilla, compartan su pequeño pedazo de pan.

Es lo que nos está enseñando este milagro de la multiplicación de los panes que hoy contemplamos en el evangelio. ‘¿Cuántos panes tenéis?’ ¿Serás capaz de compartir la pobreza de esos siete panes que tú tienes?  Siente la compasión de Jesús y ponte por obra y comienza a compartir tus panes. Tu sonrisa, tu ilusión, tu esperanza, tu optimismo, tus buenos deseos, tus pequeñas cosas buenas que hagas cada día, tu acercamiento a los demás, tu visita al enfermo de al lado de tu casa, tu interés por los problemas que puedan tener los demás para ayudarle… cuántas cosas.

miércoles, 23 de junio de 2021

El mundo de hoy necesita profetas que llenos de sabiduría abran nuestro corazón a la esperanza de algo nuevo que podemos construir

 


El mundo de hoy necesita profetas que llenos de sabiduría abran nuestro corazón a la esperanza de algo nuevo que podemos construir

Génesis 15,1-12.17-18; Sal 104; Mateo 7,15-20

Seguramente tendremos la experiencia de habernos encontrado alguna vez con una persona humilde y sencilla, de la que quizás no esperábamos grandes conocimientos, pero que sin embargo cuando la escuchamos hablar nos quedamos maravillados por la sabiduría que destilaban sus palabras. Pareciendo no querer decir nada cada palabra era una sentencia y en cada pensamiento que expresaba encontrábamos un pozo de sabiduría; con una visión clara nos describía los acontecimientos e incluso parecía que casi sin querer nos daba como pistas de futuro con mucho acierto.

Personas de una madurez extraordinaria y que en su sencillez y humildad eran verdaderos pozos de sabiduría que nos daban un buen sentido de las cosas y de la vida y siempre con gran paz y serenidad de espíritu. Personas que nos agradaba escuchar y con las que perderíamos horas y horas para escucharlas y aprender, y para llenarnos de la paz de su corazón.

Por el contrario también más veces de la cuenta nos encontramos con charlatanes que todo se lo sabían pero que muchas veces se convertían en profetas de calamidades, por la negrura con que todo lo veían y las pocas esperanzas que sembraban en el corazón; más bien todo era como querer prevenir una catástrofe que veían inminente y que escuchándoles nuestro corazón se llenaba de desasosiego y de temor. Ante cualquier circunstancia sus palabras parecían amenazantes y anunciadoras de calamidades, como si no hubiera nunca esperanza de que las cosas podemos mejorarlas si ponemos empeño y buena voluntad por nuestra parte y por parte de todos.

Personas en un sentido o en otro, incluso en nuestro ámbito o sentido religioso nos las podemos encontrar fácilmente, aunque muchas veces intentamos hacernos oídos sordos o somos tan cegatos para no descubrir aquellas cosas y aquellas personas de nuestro entorno que podrían poner esperanza en el corazón. En la misma situación en que nos encontramos en esta hora de nuestro mundo necesitamos encontrar esa palabra sabia que ponga paz en el corazón, que nos dé esperanza y nos ayude a encontrar esos caminos y esas salidas que necesitamos para ese agobio que algunas veces sentimos en el corazón.

Hoy nos previene Jesús. ‘Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis…’  Hemos de saber estar alertas. Alertas para no dejarnos engañar por esos profetas de calamidades que quizás se nos puedan presentar con bonitas palabras o argumentaciones que nos pueden parecer muy juiciosas, pero que siembran ese desasosiego en el corazón, pero que muchas veces hacen surgir en nosotros actitudes negativas, poco constructivas de algo mejor.

Tampoco nos dejaremos seducir por cantos de sirena que todo nos lo presentan bonito y que nos pueden llevar a un conformismo que no es nada bueno. Escuchemos esa palabra que nos pone en camino, que nos impulsa a actuar, que siembra esperanza, con la que nos sentimos fortalecidos para seguir construyendo aunque nos parezca que las cosas no avanzan. Toda buena semilla que sembremos tenemos la esperanza de que un día dará su fruto. Acompañemos ese cultivo de la vida fortalecidos en el Señor pero poniendo nuestro cuidado para quitar las malas hierbas que algunas veces pueden aparecer en nuestro corazón y que podrían ahogar esa buena semilla.

Esas personas buenas y sabias que un día nos dejaron plantada una buena semilla en nuestro corazón, antes ellas lo habían rumiado intensamente en su corazón que es lo que les había hecho llegar a esa profundidad de pensamiento y de vida que tanta admiración producía en nosotros. Rumiemos nosotros en nuestro corazón todo eso bueno que también podemos transmitir; sintiendo la presencia del Señor en nosotros eso se convierte en la mejor oración, porque es abrir nuestro corazón a Dios para escucharle como tanto lo necesitamos.

Con humildad abramos nuestro corazón a Dios que de muchas maneras se nos manifiesta. Así podremos ser esos profetas de buena nueva que necesita nuestro mundo con una sabiduría nueva que ha brotado en nuestro corazón. El Espíritu del Señor también está con nosotros.

lunes, 21 de septiembre de 2020

Mateo aprendió del resplandor de los ojos de Jesús y qué mirada tan bonita de Cristo nos ha dejado reflejada en su evangelio para que podamos conocer de verdad a Jesús

 


Mateo aprendió del resplandor de los ojos de Jesús y qué mirada tan bonita de Cristo nos ha dejado reflejada en su evangelio para que podamos conocer de verdad a Jesús

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13

La vida está llena de contrastes, de luces y de sombras, de miradas limpias y de corazones turbios. No es difícil encontrarnos esos contrastes llenos de sombras ante un mismo acontecimiento y con diversidad de personas alrededor. Cada uno tiene su mirada que no siempre es mutuamente enriquecedora, sino que depende del filtro que tengamos ante nuestros ojos, del filtro que tengamos en nuestra mente ante lo que estamos contemplando o lo que sucede en nuestra presencia. Así será la opinión o el juicio que le hagamos a las personas que contemplamos, así son las interpretaciones que haces de cuanto sucede. Esa diversidad desde un aspecto positivo podría ser enriquecedora, pero en la negatividad que llevamos muchas veces en nuestro corazón resultará más bien destructiva.

Es la diversidad de matices y de opiniones que contemplamos en el pasaje del evangelio que hoy se nos propone. No era la misma la mirada de Jesús a Leví, el recaudador de impuestos a quien Jesús llama a seguirle, que la opinión que tenían de él, incluso podríamos decir que por prejuicio, los escribas y fariseos que vemos en el entorno.

Es cierto que era un recaudador de impuestos y éstos tenían mala fama y eran mal considerados por los judíos, que los tenia como unos colaboracionistas con el poder extranjero, y como todos los que manejaban dineros – como sigue sucediendo hoy – ya por eso se les consideraba siempre como unos ladrones. Ya se llevaban el sobrenombre de publicanos o pecadores.

Pero Jesús quiere contar con él. Y es que Jesús mira con una mirada distinta al hombre, a la persona, no pone por medio ese filtro de maldad al que tan dados somos nosotros. Y lo invita a seguirle y va a formar parte no solo de los discípulos en general, sino que formará parte del grupo de los Doce, especialmente escogidos por Jesús. Mientras, los fariseos porque Jesús come con Mateo y sus amigos los publicanos en aquel banquete que le ofrece a Jesús, ya estaban con sus prejuicios y condenas, criticando que Jesús comiera con lo que ellos consideraban pecadores.

Pero Jesús tiene una respuesta para resaltar lo que es la misericordia de Dios que El refleja en sus posturas y actitudes y en toda su vida. El médico no es para los sanos, sino para los enfermos y El ha venido a curar y a salvar. ‘Aprended lo que significa Misericordia quiero y no sacrificio: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores’.

Claro que también tendríamos que resaltar otros momentos de luz que podemos contemplar en este pasaje. Es la prontitud con que Mateo responde, en contraste con esa actitud reticente de los que se creían justos, como sucedía con los fariseos. ‘Al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: Sígueme. Él se levantó y lo siguió’. Aparte de lo que hemos dicho de la mirada luminosa de Jesús hacia el corazón de aquel hombre al que llama, tenemos que destacar esta prontitud de respuesta; podría ser un pecador, era considerado como decíamos un publicano, pero allí estaba pronto para seguir a Jesús, - ‘se levantó’ inmediatamente - dejándolo todo.

Mucho nos dice para nuestra vida. Ya hacíamos referencia al principio de esos claroscuros que muchas veces encontramos también en nuestro corazón. No es solo el contraste que podemos contemplar en las opiniones, juicios y prejuicios de los que nos rodean, sino que es algo que muchas veces nos sucede en nuestro propio interior. Por la malicia que quizás tengamos dentro de nosotros mismos, por las influencias que podemos recibir del mundo que nos rodea, por la timidez o la cobardía con que algunas veces actuamos en que no somos capaces de enfrentarnos a lo negativo de los demás ofreciendo nuestra opinión, ese lado positivo de las cosas en el que tenemos que fijarnos.

Nos vemos envueltos en ese torbellino y demasiados cristales tamizados llevamos delante de nuestros ojos. Cuando el cristal está muy tamizado con colores predeterminados nos sucede como con esas gafas que cuanta más luz reciben más oscuras se nos vuelven y así vemos tantas veces la vida con tanta oscuridad y negatividad aunque hubiera mucha luz alrededor.

Mateo aprendió, podríamos decir, de esa mirada de Jesús y qué mirada tan bonita de Cristo nos ha dejado reflejada en su evangelio para que podamos conocer de verdad a Jesús. Hoy estamos, precisamente, celebrando la fiesta de san Mateo, apóstol y evangelista.

jueves, 20 de agosto de 2020

No llenemos de pasividad, frustraciones o negatividades nuestra vida, sino seamos capaces de responder a la llamada de amor que el Señor nos hace

 

No llenemos de pasividad, frustraciones o negatividades nuestra vida, sino seamos capaces de responder a la llamada de amor que el Señor nos hace

Ezequiel 36, 23-28; Sal 50; Mateo 22, 1-14

Grande tendría que haber sido la frustración de aquel rey que después de haber hecho todos los preparativos sin embargo los invitados no corresponden y con mil disculpas rehúsan asistir al banquete. En el desarrollo de la parábola se nos mostrará que ello será ocasión de encontrar salidas, pero de encontrar también a quien correspondiera a tan generosa invitación.

Pero detengámonos aquí un poco para pensar en esas frustraciones que quizá tantas veces recibimos en la vida cuando no somos correspondidos por aquellos a quienes ofrecemos el regalo de nuestra amistad, los servicios de nuestro buen hacer o simplemente la preocupación que sentimos por ese mundo que nos rodea y por el que queremos trabajar lograr un mundo mejor. Si en lo que comentábamos la parábola que hoy se nos ofrece nos llama poderosamente la atención el que no tuvieran ni la más mínima cortesía que en nuestras relaciones sociales solemos tener, sin embargo son muchos los desplantes que no solo sufrimos, sino que también muchas veces nosotros damos en la vida.

Muchas veces es la pasividad con que vivimos la vida que parece que poco nos importa lo que otros hagan en beneficio de la sociedad, o es también ese poco compromiso con que vivimos de cara a cuanto nos rodea y nos excusamos con mil cosas para no poner nuestra parte en esa mejora de nuestra sociedad. No tenemos tiempo, suele ser la disculpa fácil que enseguida presentamos cuando no queremos comprometernos, pero vivimos en nuestro mundo, en nuestras cosas muchas veces ajenos a cuanto sucede a nuestro alrededor e incluso nuestras relaciones sociales con los que nos rodean suelen ser muchas veces muy superficiales y casi como de paso.

Creo que en el mensaje que nos ofrece la parábola podríamos destacar éste como primer toque de atención. Porque si nos quedamos en la literalidad de la parábola y no somos capaces de ver más allá nos quedaríamos siempre echando la culpa a los demás, que no corresponden, que no tienen la delicadeza de acudir a las llamadas que se les hagan, y queremos presentarnos nosotros siempre como los buenos, sin embargo quedan muchas pasividades en nuestra vida que nos cuesta mucho reconocer.

La frustración de aquel rey de la parábola por el desaire de los invitados, aunque le hizo reaccionar en un primer momento con violencia y con dureza, pronto su corazón dio la vuelta para abrir las puertas no solo a aquellos que hasta entonces había considerado sus amigos, sino que ahora todos estaban invitados al banquete. Por los caminos, por las plazas, por las calles salieron sus servidores invitando a todo el mundo para que participaran en aquel banquete ya preparado. ‘La sala se llenó de comensales’.

Una imagen de esa llamada universal a todos los hombres de buena voluntad. Y pensamos en esa llamada y ese ofrecimiento de amor que Dios nos hace como oferta de salvación para todos los hombres. Una llamada a participar en el banquete del Reino; todos estamos invitados; disfrutar de ese banquete es disfrutar de un sentido nuevo de vivir que por supuesto exige de nosotros una predisposición de nuestro espíritu.

No podemos decir que estamos en ese banquete del Reino pero nuestras vidas no han cambiado, porque sigamos con nuestros egoísmos o nuestras insolidaridades, porque sigamos con nuestras violencias o con nuestro trato injusto e inhumano con aquellos que están a nuestro lado, porque nos mantengamos en el rol de nuestras vanidades y nuestros orgullos llenando nuestras vidas de falsedad, hipocresía y mentira.

Recordamos que cuando Jesús comenzó a anunciar la Buena Nueva del Reino nos decía que era necesaria la conversión, la vuelta que habíamos de darle a nuestra vida porque era necesario creer y ponernos en camino de un nuevo sentido de vida. No nos extrañe que en la parábola aquel rey sea exigente con quien no lleva el traje de fiesta, el traje de boda; que todo entendemos muy bien que no se trata de ropajes externos, sino de esas actitudes profundas que hay que cambiar en nuestro corazón.

No llenemos de pasividad, frustraciones o negatividades nuestra vida, sino seamos capaces de responder a la llamada de amor que el Señor nos hace, como estaremos atentos también a la oferta de amor y de amistad que recibamos cada día de los que están en nuestro entorno reconociendo que son regalos del Señor que no podemos despreciar.

jueves, 4 de julio de 2019

Con mirada sincera hemos de saber mirarnos para ver nuestras limitaciones, también las que nos hemos creado y nos impiden ser libres de verdad dejando que Jesús nos libere


Con mirada sincera hemos de saber mirarnos para ver nuestras limitaciones, también las que nos hemos creado y nos impiden ser libres de verdad dejando que Jesús nos libere

Génesis 22, 1-9; Sal 114; Mateo 9,1-8
‘Le presentaron un paralítico acostado en su camilla’ cuando en aquella ocasión llegó de nuevo Jesús a Cafarnaún. Mateo nos da menos detalles de la escena que los otros evangelistas. Ya se nos relata que fue traído entre varios y en una camilla. No podía andar, necesitaba ayuda de los demás y aquel pobre hombre se dejó conducir.
Son aspectos que pudieran ser bien significativos. Su enfermedad le tenía paralizado. Luego veremos que Jesús le cura, pero no será solo de su parálisis física, sino que Jesús quiere llegar mucho más hondo. Porque hay tantas cosas que nos tienen paralizados que no son solo las enfermedades físicas. La enfermedad física paraliza nuestro cuerpo, pero muchas veces puede influir también en nuestro espíritu, porque nos sentimos derrotados, en nuestra imposibilidad nos sentimos inútiles quizá y hasta podemos pensar que somos una carga para los demás; puede surgir también en nuestro interior unos sentimientos que nos pueden hacernos sentir culpables y surgen los interrogantes, ¿por qué a mi? ¿Qué he hecho para merecer esto? Y nos hundimos no solo por la enfermedad sino por todos esos sentimientos negativos que pueden aparecer en nuestro interior y que oscurecen nuestra vida.
Pero no siempre nos sentimos paralizados a causa de una enfermedad física, o una limitación corporal. Nos creamos muchas veces nuestras propias limitaciones con nuestros complejos o con nuestros miedos, con la negatividad con que vivimos la vida, o la ceguera de los ojos del alma para no saber descubrir cuantos gestos bonitos tienen para con nosotros los que están a nuestro lado. Nos encerramos en nosotros mismos y no nos dejamos ayudar, nos encerramos y no vemos esa mano tendida en la que apoyarnos para caminar juntos que incluso en muchas ocasiones la rehusamos. Nos encerramos en nosotros mismos pensando solo en mi mismo y no queriendo mirar a los demás. Nos encerramos en nosotros mismos en nuestro egoísmo sin ser capaces de ser solidarios con los demás y hasta nos volvemos violentos.
Cuantas cosas que nos paralizan en la vida. Con una mirada sincera hemos de saber mirarnos para ver nuestras limitaciones, pero también las limitaciones que nos hemos creado y que a la larga nos encadenan y nos impiden ser libres de verdad.
Aquel hombre del evangelio se dejó conducir. Supo agradecer la mano amiga de quienes se preocuparon por él para poder llegar hasta Jesús. Habría quizá muchas cosas que le pesaban en el alma, como a todos nos sucede, pero se dejó conducir a quien iba a liberarle de verdad desde lo mas hondo de si mismo.
Por supuesto que hoy con el evangelio queremos mirar a Jesús que se deja encontrar por nosotros y nos ofrece la verdadera libertad cuando arranca el pecado de nuestro corazón. Pero estamos atentos también a aquel hombre que se dejó conducir hasta Jesús. Miramos su parálisis y la comparamos con nuestras parálisis, que no son solo las enfermedades del cuerpo sino las que hemos impuesto a nuestro espíritu. Hasta Jesús nosotros queremos llegar también para que tienda su mano y nos levante, nos ponga en camino, nos haga dejar atrás esas camillas en las que nos postramos, porque en Jesús vamos a encontrar vida, vamos a encontrar la salvación.
Sí, quiero, Señor, levantarme de mi postración, quiero mirarme con sinceridad y también con humildad para reconocerlo; quiero agarrarme a tu mano que me levanta, quiero escuchar tu voz que me llena de paz, quiero sentir esa salvación que me ofreces, quiero sentirme liberado de mis pecados. Quiero vivir esa vida nueva de libertad y de amor que Tú me ofreces.

sábado, 11 de mayo de 2019

Reafirmamos nuestra fe en Jesús para seguir poniendo luz en medio de las sombras y tener la esperanza de una vida nueva que en Jesús podemos encontrar



Reafirmamos nuestra fe en Jesús para seguir poniendo luz en medio de las sombras y tener la esperanza de una vida nueva que en Jesús podemos encontrar

Hechos 9, 31-42; Sal 115; Juan 6, 60-69
El contemplar a nuestro alrededor respuestas y actitudes negativas algunas veces nos puede llenar también de desaliento y perder el ánimo en aquella tarea que hemos emprendido, pero de la que quizás vemos como muchos desertan. Las actitudes de los demás nos contagian y necesitamos una gran fortaleza interior para no dejarnos influenciar por lo negativo y mantener firme el ritmo en nuestra línea de actuación.
Nos sucede con la visión pesimista que palpamos en muchos acerca de la vida o de los acontecimientos de nuestra sociedad. Hay gente que lo ve siempre todo negro y eso nos puede contagiar. Ante los problemas que se nos van presentando en la vida hay quien pronto quiere escaparse y huir y no tiene la fuerza de voluntad para ver lo positivo que podemos encontrar en medio de tantas sombras o lo positivo que nosotros podemos poner de nuestra parte. Es el conjunto de la vida social y política, por ejemplo, que nos rodea y de donde tenemos la tentación de huir, y nos falta la clarividencia necesaria para tener iniciativas positivas de creación de lo bueno y de construcción en positivo.
Nos sucede en nuestro ámbito eclesial también donde hay quien quiere resaltar siempre las sombras, pero quienes resaltan las sombras no son capaces de poner luz, poner coraje y empeño por su parte dejándose guiar por la fuerza del Espíritu para que también nuestra Iglesia sea mejor. No es con visiones negativas, no es con condenas, sino desde el amor y la misericordia como tenemos que construir y como tenemos que trasmitir nuestra fe.
Me surge toda esta reflexión en la que quiero también encontrar luz para esas cosas que vivimos, que suceden en nuestro entorno, que nos señalan situaciones muy concretas de nuestra vida, a partir de lo que hoy escuchamos en el evangelio en este final del discurso, por llamarlo de alguna manera, de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún cuando les habla de comer su cuerpo y beber su sangre para tener vida eterna. La gente reacciona negativamente ante las palabras de Jesús porque no terminan de entenderle. Jesús es consciente de ello y de lo que puede influir en los discípulos más cercanos. ‘¿También vosotros queréis marcharos?’ Se notaba quizá el desaliento cuanto tanto amaban a Jesús; se notaba la desazón al ver como la gente que ayer le aclamaba en el descampado porque les había dado pan en abundancia, ahora lo abandonan y ya no quieren seguir a Jesús.
El desaliento que quizá nos entra muchas veces a las personas de Iglesia, a los que estamos más implicados en la tarea pastoral de la Iglesia, cuando vemos que quizá nuestros esfuerzos parece que no dan fruto. Cuantas veces nos entran dudas en nuestro interior sobre si lo que estamos haciendo merece la pena o es lo más adecuado. Nos cuesta aceptar y respetar la libertad de los demás y esto nos llena por otra parte de desánimo. Como los padres que no ven en los hijos el fruto de tantos esfuerzos y de tantas luchas. Pero creo que tiene que encenderse necesariamente dentro de nosotros la luz de la esperanza.
Nos queda una respuesta, la de Pedro, cuando todos dudaban. ‘Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios’. Reafirmamos nuestra fe en Jesús. Sí, es nuestro alimento y nuestra sabiduría, es nuestra vida, lo es todo para nosotros. Y manifestamos nuestra fe, y nos mantenemos firmes en ella a pesar de los desánimos que puedan producir los demás en nosotros.

lunes, 29 de abril de 2019

Nos sentimos pobres pero no llenemos el corazón de autosuficiencia sino abramos nuestra vida a quien en verdad nos engrandece


Nos sentimos pobres pero no llenemos el corazón de autosuficiencia sino abramos nuestra vida a quien en verdad nos engrandece

1Juan 1, 5-2, 2; Sal 102; Mateo 11, 25-30
Nuestra carencia de medios, la pobreza que pudiera haber en nuestra vida y no solo en lo material sino también en lo cultural, los problemas o dificultades que nos van apareciendo muchas veces nos llenan de negatividad y nos hace sentirnos vacíos e inútiles. ¿Qué puedo hacer yo si nada sé ni nada tengo? Pensamos algunas veces. Muchos problemas tengo ya para meterme en otros berenjenales, nos decimos y nos escudamos para no hacer nada, para no comprometernos. Llenamos así de negatividad nuestra vida y esa es la peor pobreza o el peor problema que podamos tener, al no ser capaces de valorarnos a nosotros mismos.
Nuestras limitaciones están ahí, es cierto, y la carencia de medios la tenemos porque además nunca tendremos todo lo que quisiéramos o anheláramos. Pero eso no nos debe conducir a la negatividad, sino que tendría que ser un impulso para levantarnos, para querer crecer en la vida como personas y ser capaces de superarnos incluso en medio de nuestras limitaciones. Quizá muchas veces reaccionamos con esa negatividad desde un orgullo encubierto que nos lleva a la envidia y a corroernos por dentro porque andamos siempre haciéndonos comparaciones con los demás.
La humildad del reconocimiento de lo que somos – y muchas veces somos mucho más de lo que aparentamos o de lo que nosotros mismos nos valoramos – puede ser un hermoso principio de crecimiento personal, pero además de saber confiar en quien puede tendernos una mano para levantarnos. Tendremos que hacer el esfuerzo, pero hemos de saber valorar y agradecer esa mano tendida que podemos encontrar que nos ayude a descubrir lo que quizá hay dentro de nosotros y aun no hemos valorado lo suficiente.
En el misterio de Dios y de nuestra vida cristiana, que es la respuesta que nosotros damos a la mano tendida de Dios que nos levanta, podemos descubrir que Dios se manifiesta de verdad a los que saben ser sencillos y humildes, porque además no habrá el tropiezo de nuestro orgullo que como un tapón quizás nos impide descubrir a Dios y encontrarnos con El.
Nada somos y nada valemos, pues así nos ponemos ante Dios, que es el que verdaderamente nos va a hacer grandes; que tenemos problemas y angustias en nuestra vida en nuestros sufrimientos o en nuestras carencias, así con esa carga vamos a Dios porque sabemos que en El es donde encontramos nuestra descanso y el consuelo que nos levanta y nos fortalece.
Escuchamos hoy a Jesús dar gracias al Padre porque revela el misterio de Dios a los que son sencillos y humildes, a los que son pequeños o se sienten pobres en su vida, porque no han llenado su corazón del orgullo de la autosuficiencia y siempre están abiertos a Dios. ‘Venid a mi los que estáis cansados y agobiados, nos dice, que en mi encontrareis vuestro descanso’.
Para Dios nunca somos insignificantes, porque es su amor el que nos engrandece y es el que por la fuerza de su Espíritu nos ha dado la dignidad grande de ser hijos de Dios. No son los entendidos, los que se lo quieren saber todo por si mismos, los que llegarán a conocer el misterio de Dios. Sobra en el mundo autosuficiencia y nos falta la humildad de sentirnos pobres ante Dios que es el que nos da la verdadera riqueza de nuestra vida. Con los ojos de Dios veremos nuestra vida con una carga grande de positividad y eso nos ayudará a hacer un mundo mejor.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Que el camino del Adviento que hacemos, camino de ir al encuentro con Jesús que viene, abra en nosotros caminos nuevos, abra nuestro corazón a actitudes y posturas nuevas

Que el camino del Adviento que hacemos, camino de ir al encuentro con Jesús que viene, abra en nosotros caminos nuevos, abra nuestro corazón a actitudes y posturas nuevas

Isaías 41,13-20; Sal 144; Mateo 11,11-15

Seguramente lo hemos comentado más de una vez. La gente que nunca está de acuerdo con nada; tú dices blanco y ellos inmediatamente dicen negro; tú quieres tener una mirada positiva y que se constructiva, ellos estarán destruyendo porque todo lo ven negro, todo lo quieren cambiar, todo tiene que ser de otra manera. Es buena la diversidad de opiniones, cada uno podemos pensar y expresar nuestra opinión, eso es enriquecedor, pero cuando se hace de una forma positiva, cuando queremos aportar algo más, o algo nuevo que enriquezca y mejore lo que ya tenemos. Pero hay quienes porque las cosas no son como ellos desean, lo que quieren es destruir, y corroen con su conversación creando desconfianzas, suspicacias, miedos.
Tendríamos que aprender a ser positivos en la vida creadores de puentes no de barrancos, vallas o distanciamientos. Nos cuesta acercarnos, pero si encima ponemos dificultades solo por el hecho de llevar la contraria nada lograremos. Nos puede pasar a todos. Pero cuando uno ve a los que dirigen los destinos de la sociedad, de la que tendrían que sentirse verdaderos servidores, que no son capaces de llegar a un acuerdo, de ver algo positivo en lo que el otro hace, sino porque es oponente ya todo lo ven negativo, negro, inservible y cuando tienen la oportunidad lo que hacen es destruir, se siente uno desalentado porque así realmente no podemos avanzar para mejorar, porque ya no son solo las cosas que se hacen o se destruyen sino los sentimientos de revancha que hay en los corazones, que crean resentimientos y rencores, que provocan odios y violencias a la larga.
Me hago esta reflexión mirando lo que sucede en nuestra sociedad con deseos de que las cosas mejores y lo hago desde lo que hoy nos ofrece el evangelio. Es que en esa situación de nuestro mundo tenemos que ser luz y anuncio de buena nueva.  Es la actitud que tenían con o contra Jesús muchos de su tiempo. No aceptaban a Juan el Bautista porque era duro y exigente, invitaba a la penitencia y a la conversión, pero ahora no aceptan a Jesús porque come con todos, a todos se acerca y está al lado de los pecadores y de los que sufren. ‘Pero los hechos dan razón a la sabiduría de Dios’, les dice Jesús.
En relación a lo que es nuestra vida cristiana algunas veces también nos creamos confusiones porque no nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios, que es Espíritu de Sabiduría. Ya sea muchas veces en nuestro interior, o en actitudes y posturas que vemos en el ámbito eclesial también nos encontramos con quienes crean esas confusiones. Gentes que viven de añoranzas de otros tiempos sin darse cuenta que vamos avanzando guiados por el Espíritu que nos va abriendo a cosas nuevas y siempre el Evangelio nos ofrece esa Buena Nueva que nos conduce a actitudes nuevas, a posturas nuevas, a compromisos más intensos. Soñamos quizá con una iglesia de cristiandad donde parecía que todos era muy cristianos y muy creyentes, pero tenemos que resaltar eso de que parecía porque quizá en el fondo no lo era tanto.
Hoy nos enfrentamos a un mundo distinto donde nos encontraremos muchas posturas, muchas maneras de ver las cosas distintas y distantes. Nuestra vivencia cristiana, nuestro anuncio del evangelio tendrá que tomar quizá otras características y el Espíritu pondrá junto a nosotros a quienes nos abran caminos, nos abran los ojos y el corazón para ver y comprender que hay cosas fundamentales que no podemos descuidar.
El Espíritu del Señor nos ayuda a descubrir cosas importantes que quizás habíamos descuidado y que es necesario rescatar para nuestra vida. Nuestra iglesia, por ejemplo, tiene que ser en verdad la Iglesia que evangeliza a los pobres porque en verdad nos encarnemos en ese mundo donde tenemos que dar un testimonio muy claro, muy convincente que nos exigirá actitudes y posturas nuevas. Es que no tenemos que hacer otra cosa que copiar en nosotros aquella cercanía de Jesús – que vemos que no gustaba a ciertos sectores de su tiempo como nos sigue sucediendo ahora - a los pobres, a los desheredados de la vida, a los marginados y despreciados, a todos los que sufren, como le vemos hacer continuamente en el evangelio.
Que este camino del Adviento, camino de ir al encuentro con Jesús que viene, nos abra en nosotros esos caminos, abra nuestro corazón a esas actitudes y posturas nuevas.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Una lámpara encendida con la que hemos de ir al encuentro de todo el que nos encontremos en el camino de la vida o de ese mundo envuelto en tantas oscuridades para iluminarlo


Una lámpara encendida con la que hemos de ir al encuentro de todo el que nos encontremos en el camino de la vida o de ese mundo envuelto en tantas oscuridades para iluminarlo

Sabiduría 6, 12-16; Sal 62; 1Tesalonicenses 4, 13-17; Mateo 25, 1-13

Una salida al encuentro de quien se acerca por el camino, alguien que viene y a quien se espera aunque no se sabe cuando ni lo que puede tardar ni como va a llegar hasta nosotros y cómo lo podremos reconocer, unos caminos que serían tenebrosos sin una luz que los ilumine, unas lámparas que hay que mantener encendidas, unas doncellas que se duermen en la espera por la tardanza, la sabiduría de quien supo tener suficiente aceite para mantener encendidas las lámparas y la necedad de los que no son previsores y se quedan con las lámparas apagadas y si poder participar en la fiesta del encuentro. Muchas imágenes que se suceden una tras otra y que nos hablan, que nos llaman, que nos invitan a estar despiertos y con esperanza, que nos traen un hermoso mensaje.
La parábola que nos propone Jesús descrita con escuetas palabras pero con multitud de detalles enriquecedores parte de lo que es la costumbre de la época y nos habla de las amigas de la novia que han de salir con lámparas encendidas a la espera del novio, lámparas que luego van a servir para iluminar la sala del banquete. Hay contratiempos con la tardanza en la llegada del novio y la falta de aceite suficiente para mantener encendidas las lámparas; una lámpara sin aceite que la alimente de nada nos serviría.
Y Jesús nos está hablando del Reino de los cielos. Y Jesús nos está hablando de una salida a la espera y al encuentro porque siempre en la vida vamos a ir encontrándonos no solo con los que se cruzan en nuestros caminos sino en aquellos que vienen a nosotros o esperan algo de nosotros. Eso significa que sabemos que podemos tener ese encuentro aunque no sepamos cuando ni donde y que no solo hemos de esperar sino también además de dejarnos encontrar también ser capaces de ir nosotros en salida al encuentro de quien viene.
Y no nos podemos dormir, no podemos pensar que ya llegará y cuando llegue nosotros estamos ahí, si estamos dormidos; pero es que nuestra misión es iluminar, no podemos ser lámparas opacas, ocultas debajo de la cama sino que han de estar bien altas para que con su luz podamos ayudar a los que también van por esos oscuros caminos de la vida; pero es necesario para que no dejemos apagar esas lámparas, tener suficiente combustible para que siempre estén encendidas porque muchas son las oscuridades que nos pueden envolver a nosotros o pueden envolver a ese mundo en el que estamos y donde tenemos una misión.
Creo que podemos ir entendiendo, podemos irnos dando cuenta de esa realidad de la vida donde tenemos que ser luz; toda persona debe ser luz para los demás. Todos tenemos el compromiso de hacer de ese mundo en el que vivimos y que se ve envuelto en tantos problemas un mundo mejor. Es con cosas positivas con las que tenemos que iluminar, construir nuestra vida y nuestra sociedad. Las negatividades nos oscurecen y llenan de tinieblas como cuando dejamos meter el odio, la insolidaridad, la falsedad y la mentira, las rivalidades y enfrentamientos, los orgullos que nos aíslan y que ponen distancias entre unos y otros y así tantas otras cosas negativas.
Todo ser humano está llamado a construir de forma positiva ese mundo en el que vivimos. Y todo eso positivo tenemos que llevarlo en nuestra persona, en nuestra manera de vivir y en el sentido que le damos a las cosas, en la mirada limpia con que queremos caminar al encuentro de los demás, en nuestras actitudes y posturas y en todo lo que vamos haciendo por la vida. Es la luz que tenemos que mantener encendida.
Estamos comentando que la parábola puede hablarle a todo ser humano que se quiere tomar en serio su vida y su presencia en el mundo y que cuida unos valores positivos con los que puede enriquecer la vida de los demás y mejorar nuestra sociedad. Pero Jesús con la parábola nos está queriendo decir algo más porque nos hace la comparación con lo que ha de ser el Reino de Dios.
De ahí que podemos pensar en mucho más, aunque todo lo que hemos venido reflexionando es hermoso. Y aquí tenemos que pensar cual es la luz que los que seguimos a Jesús llevamos con nuestras vidas. La luz de nuestra fe, la luz de nuestro amor, la luz que nos hace tener una mirada nueva y distinta hacia todo aquel que nos encontramos en el camino que ya para siempre será un hermano, la luz de nuestro compromiso y nuestra lucha por el bien, por la justicia, por la paz para hacer un mundo mejor y más justo que sea imagen del Reino de Dios, la luz de la Buena Noticia de Jesús.
Una luz que no se nos puede apagar; una tarea en la que no podemos adormecernos; una espera que ya no podrá ser pasiva sino que nos hace salir al encuentro del otro, al encuentro de tantos que se pueden encontrar a oscuras en este mundo en su pobreza, en sus sufrimientos, en su soledad, en las injusticias que padecen, en la paz que les falta en su corazón. Es un mundo atormentado en sus múltiples tinieblas al que tenemos que llevar nuestra luz.
Porque el Señor viene a nuestro encuentro en esos hermanos que sufren, hambrientos, sedientos, abandonados o perseguidos, aislados o marginados, enfermos en sus cuerpos lacerados por la enfermedad o en sus espíritus a los que les falta la paz. Y es que Jesús nos está diciendo que todo lo que hacemos a esos hermanos a El se lo hacemos, que cada vez que nos encontramos con un hermano con El nos estamos encontrando.
Que no nos falta esa luz en nuestra vida; que sepamos alimentarla en nuestro encuentro con el Señor en la oración, en la escucha de su Palabra o de rodillas al pie del sagrario. El alimenta la lámpara de nuestra luz, porque El es la luz que tenemos que llevar.

miércoles, 18 de enero de 2017

Cuidado con las actitudes pasivas o negativas que podamos tener con las que estemos dejando morir a quienes tendríamos que dar vida con nuestro amor

Cuidado con las actitudes pasivas o negativas que podamos tener con las que estemos dejando morir a quienes tendríamos que dar vida con nuestro amor

Hebreos 7,1-3.15-17; Sal 109; Marcos 3,1-6
‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’ Es el planteamiento que Jesús les hace cuando aquel sábado en la sinagoga contempla que están al acecho a ver qué es lo que Jesús hacia. Por eso nos dice el evangelista que Jesús estaba dolido por la obstinación de aquellos que no sabían o no querían ver lo bueno que Jesús hacia.
Hay gente quizá que también están pendientes de lo que nosotros podamos hacer, de lo que la Iglesia pueda hacer y como sucedía entonces siempre están con torcidas interpretaciones, con prejuicios y cegueras para no ver ni para entender lo que hacemos o lo que la Iglesia hace. Ahora hasta piden fiscalizaciones sobre lo que la iglesia hace y como administra sus dineros sin querer ver las obras de la Iglesia.
¿Quién en estos momentos de crisis está respondiendo como lo está haciendo la Iglesia en Cáritas, en tantos comedores sociales, por poner alguna ejemplos, en tantos grupos de religiosos o de cristianos de a pie por llamarlos de alguna manera están intentando resolver tantos problemas de tanta gente que está pasando necesidad, o tantos problemas sociales de la más diversa índole? Siempre querrán decirnos que a este o al otro no le ayudaron, no le dieron todo lo que pedía o necesitaba pero quizá luego no contribuimos con nuestra generosidad y nuestro altruismo a que se puedan sostener todas esas obras.
No quiero con esta reflexión que me hago con el evangelio entrar a hacer fáciles apologéticas o defensas como tampoco entrar en polémicas innecesarias, sino que es como un deseo de que tengamos mejores miradas para cuanto de bueno se realiza en nuestro entorno y seamos capaces de valorar la generosidad de tantos que hacen el bien, se hacen solidarios con los demás, comparten sus cosas, su vida, su tiempo buscando hacer el bien, remediar una necesidad o llevar una sonrisa y una palabra de consuelo y de animo a tantos que sufren.
Quizá, sí, tengamos que preguntarnos qué es lo que podemos o debemos hacer.  ¿Queremos salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir? Nuestras omisiones, nuestra pasividad, la desgana que muchas veces se nos mete dentro de nosotros, la despreocupación con que vivimos en nuestra relación con los demás queriendo despreocuparnos de todo lo que afecte a los otros, el cerrar los ojos para desentendernos o el mirar para otro lado, el pensar primero en mis cosas y solo en mis cosas o necesidades… son maneras con las que estamos dejando morir a los demás.
No lo pensamos o  no queremos pensarlo y cuando las acciones de los demás o sus palabras nos interpelan tratamos de justificarnos o lo que es peor queremos minusvalorar lo que los otros hacen poniendo por ejemplo mala o doble intención donde no la hay para desprestigiar a los que hacen el bien. Lo hacemos de manera descarada o lo hacemos de formas muy sutiles pero tenemos esa tentación pendiente sobre nosotros.
Hoy es un evangelio que nos interpela, desde la forma con que miremos las cosas buenas que hacen los demás, como les pasaba a aquellos fariseos que estaban al acecho de lo que hacia Jesús, o nos interpela el actuar de Jesús para que nos preguntemos qué es lo más que aun tendríamos que seguir haciendo de bueno por los otros.