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martes, 3 de noviembre de 2026

Tenemos que aprender a salir a los caminos porque ese gozo del banquete del Reino no lo podemos dejar encerrado sino que a todos hemos de llevar la invitación

 


Tenemos que aprender a salir a los caminos porque ese gozo del banquete del Reino no lo podemos dejar encerrado sino que a todos hemos de llevar la invitación

Filipenses 2, 5-11; Salmo 21; Lucas 14, 15-24

¡Qué bonito es esto! Así sí me gustaría vivir a mi, esto parece poco menos que la gloria, mira cómo la gente participa y colabora, me gustaría ser parte de esto. Expresiones así tenemos en ocasiones bien sea en referencia a una forma de vivir, bien sea porque nos gusta aquel lugar, bien sea porque nos parecen apetitosas las cosas que nos ofrecen, pero no terminamos de engancharnos, no ponemos todo el ánimo por nuestra parte para comenzar a participar, el propósito que quizás nos hicimos de participar, de poner yo también de mi parte, de entrar a formar parte de aquel grupo que nos parecía tan entusiasmante lo vamos posponiendo, voy a resolver estas cosas que tengo entre manos y luego ya me dedicaré plenamente a eso, bueno ya pronto comenzaré como decimos tantas veces cuando tenemos que tomar una decisión desde un buen propósito, pero que nunca llegamos a implicarnos, nunca llegamos a comenzar, siempre lo vamos posponiendo. 

¿Por qué seremos así? Parece que siempre tenemos una disculpa favorable a nosotros en cuanto con ello queremos justificarnos.

Alguien que está escuchando a Jesús que continuamente habla del Reino de Dios, entusiasmado por las palabras de Jesús, exclama en alta voz en medio de las gentes, parece ser que era uno de los comensales que estaban a la mesa con Jesús en aquella invitación que le habían hecho y con aquellas recomendaciones que Jesús hacía. ‘¡Bienaventurado el que coma en el reino de Dios!’ Parece que todas aquellas consideraciones que Jesús en aquella o ocasión hacía le convencían. Pero fácil es hablar en medio de un entusiasmo, fácil es hacernos propósitos en un momento de fervor, fácil es sentirse arrastrados quizás por el impulso de otros que toman iniciativas, pero luego ¿dónde estará la continuidad?

Es lo que Jesús quiere ahora decirles. La mesa del Reino de Dios está preparada e incluso nos puede parecer apetitosa, pero quizás pueden ser otros los intereses que tiran de nosotros y nos arrastran por otras sendas. Propone Jesús la parábola de los que son invitados al banquete de bodas y cuando todo está preparado y se les dice a los invitados que pasen a sentarse a la mesa comienzan las disculpas, comienzan a acordarse de cosas que tienen que hacer y que ahora no pueden dejar, comienzan a pensar en sus trabajos y todos van dejando la mesa puesta para irse a sus ‘quehaceres’, digámoslo entre comillas.

¿Nos estaremos viendo retratados? ¿Dónde están nuestros entusiasmos y lo que luego realmente hacemos? ¿Dónde están nuestros propósitos y cuándo realmente comenzamos a cumplirlos? ¿Dónde está aquello de que este grupo, esta institución me parece algo estupendo, pero cuando nos decidimos a comenzar a participar? ¿Dónde están nuestros olvidos, nuestros entretenimientos o la poca importancia que al final le damos a aquello que nos parecía tan ideal y tan bueno? ¿Mereceremos que se nos mantenga la invitación?

La mesa está preparada y aunque los invitados no se la merecían el banquete no ha de dejar de celebrarse. ‘Salid aprisa a las plazas y calles de la ciudad y traigan aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los cojos’, le dice a sus criados; y como aún no se termina de llenar la sala del banquete vuelve a insistir para que ‘salgan por los caminos y senderos, e les insistan hasta que entren y se llene mi casa. Y os digo que ninguno de aquellos convidados probará mi banquete’.

La mesa no puede estar vacía.  Toda persona merece estar en la mesa del Señor. Toda persona está dotada de dignidad para compartir la fiesta. Sin distinción alguna. Sin discriminación. La vida se convierte en una verdadera celebración cuando nadie queda fuera. Seamos anfitriones que construyan, incluyan y que nunca pongan excusas para compartir el banquete del Señor.

Es una invitación a que analicemos nuestras respuestas, nuestras decisiones que tantas veces se quedan indecisas, los propósitos que se quedan en buenos deseos, las promesas que muchas son interesadas para obtener lo que queremos aunque luego no correspondemos. Muchas son las actitudes y las maneras de actuar que tenemos que revisar. 

Pero es también una invitación a la apertura del corazón, porque muchas veces cerramos puertas, ni entramos ni dejamos entrar, mantenemos reservas, hacemos distinciones y todos merecen participar de esa mesa, todos están invitados y llamados; hagamos la mesa grande para que todos quepamos, sintamos el gozo de encontrarnos con tantos a los que muchas veces hemos excluido. 

Tenemos que aprender a salir a los caminos porque ese gozo del Reino no lo podemos seguir dejando encerrado. Algo nuevo tiene que haber en nuestra vida, no nos quedemos en buenos deseos, sino pongámonos por obra.


jueves, 20 de agosto de 2026

Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

 


Seamos conscientes de cómo somos invitados al banquete de fiesta del Reino de Dios y con nuestro nuevo traje de fiesta seamos signo y llamada para el mundo que nos rodea

Ezequiel 36, 23-28; Salmo 50; Mateo 22, 1-14

¿Cómo nos sentiríamos nosotros? Pensemos por un momento una situación que se nos puede presentar y de hecho a muchos quizás por diversas circunstancias le ha podido suceder. Es tu cumpleaños, es un día muy importante para ti, ha habido quizás un acontecimiento reciente que te ha llenado de alegría y quieres celebrarlo con tus familiares y con tus amigos; preparas lo mejor posible la fiesta, la comida, las bebidas, las cosas necesarias en casa para recibir un grupo grande de amigos y familiares a los que le has comunicado tal acontecimiento, el que sea que vayas a celebrar, y los invitas señalándolas lugar y hora. Pero cuando llega el momento en que lo tienes todo preparado nadie toca a tu puerta, nadie llega a tu casa; ¿qué hacer? Ahora como tenemos muchos medios de comunicación a nuestra mano, un mensaje por teléfono, un mensaje por Whatsapp, pero unos no te responden, otros te envían una disculpa porque siempre encontraremos mil cosas para muy diplomáticamente no quedar mal pero no asistir a aquello a lo que nos habían invitado. Como decíamos al principio ¿cómo nos sentiremos nosotros?

Es lo que trata de decirnos Jesús con la parábola que hoy se nos ofrece. Ya dice el evangelista que Jesús estaba hablando teniendo muy en cuenta a los que se encontraban allí por los alrededores como siempre al acecho de Jesús, ‘volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’. Una clara referencia, como siempre comentamos con esta parábola, a la respuesta que a través de toda la historia los judíos habían dado al amor misericordioso de Dios que les había liberado de la esclavitud de Egipto, les había conducido por el desierto y les había preparado una tierra para que habitaran. Pero una clara referencia decimos también al momento presente y a la respuesta que estaban dando al mensaje de Jesús; por eso nos dice que habló ‘a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo’ que tanta oposición estaban haciendo el mensaje del Reino de Dios que Jesús estaba anunciando.

Pero cuando hoy nosotros escuchamos esta parábola de Jesús que es Palabra de Dios para nosotros hoy tenemos que reconocer, aunque nos cueste, la referencia que está haciendo a nuestra vida concreta. ¿Qué prepara Jesús para nosotros con el mensaje del Evangelio? Un banquete de bodas, nos dice la parábola. ¿Qué quiere Dios de nuestra vida y que nos ofrece?

A lo largo del evangelio escuchamos muchas veces palabras que nos hablan de dicha y de felicidad con el mundo nuevo que quiere para nosotros; si en verdad escucháramos y asumiéramos profundamente el mensaje del evangelio está queriendo para nosotros ese mundo nuevo que será de armonía y de felicidad, como un banquete de bodas, como una gran fiesta en la que todos nos sentimos y nos hacemos felices los unos a los otros; si entráramos de verdad en esa dinámica del amor de la que Jesús nos habla como el sentido de nuestra vida, cuántos sufrimientos evitaríamos, cuántas lágrimas secaríamos, cuántas ilusiones y nueva esperanza se despertaría en nosotros, qué hermosa sería la armonía que tendríamos entre todos porque desaparecería todo lo que significara desamor e insolidaridad, brotaría por todas partes la compasión y la comprensión, florecería la misericordia que se multiplicaría en mil gestos de amor, qué paz más bonita sentiríamos en nuestros corazones, cuantas manos estarían siempre tendidas para ofrecer amor con toda generosidad.

¿No serían esas las señales que estaríamos dando del banquete del Reino al que Jesús nos invita? Estaríamos todos vestidos con el traje de fiesta que nos haga participar con dignidad de ese banquete de vida. ¡Qué hermosas serían entonces nuestras celebraciones en las que brillaría siempre el entusiasmo y la alegría! ¡Cómo sería de contagioso entonces nuestro amor para que todos se sintieran invitados igualmente a ese banquete de fiesta que es el Evangelio!


lunes, 3 de noviembre de 2025

A lo mejor tendríamos que pensarnos eso de invitar a los que nos pueden corresponder… pero estaríamos tan lejos del Reino de Dios

 


A lo mejor tendríamos que pensarnos eso de invitar a los que nos pueden corresponder… pero estaríamos tan lejos del Reino de Dios

Romanos 11,29-36; Salmo 68; Lucas 14,12-14

Todos de alguna manera estamos sometidos a ciertas connotaciones de la vida social que nos van haciendo hacer cosas que algunas veces pueden hasta en cierto modo perder su sentido. Es el montaje, por así decirlo, de nuestras relaciones sociales en que puede privar en ocasiones la vanidad o la hipocresía. Por supuesto que tenemos que mantener unas relaciones los más armoniosas posibles entre unos y otros, pero donde prime la sinceridad, la autenticidad, la veracidad en eso que llamamos amistad que no se puede quedar en bonitas formas, sino que tienen que nacer de algo más hondo dentro de nosotros mismos.

Te invito porque me invitas, soy amigos de mis amigos que decimos tantas veces, o te ayudo para que un día me eches tú una mano, con ese ni a misa porque no ayuda nunca a nadie; y buscando aquello que nos pueda dar buena sombra o mucho lustre, y entonces invitamos a los que a su vez nos invitan, sentamos a nuestra mesa a los que son los amigos de siempre, nos apartamos de aquellos que nos pueden parecer hoscos y desagradables, o de los que según nosotros no tienen buena fama y claro no nos queremos dejar ver con toda clase de gente, porque aquello de dime con quién andas y te diré quien eres. Pensemos con sinceridad a quienes queremos tener como amigos, quienes son los invitados habituales a nuestra mesa… y muchas cosas más que tendrían que hacernos pensar en este sentido.

Desconcertantes tenían que haber sonado en aquella ocasión las palabras de Jesús, como hoy escuchamos en el evangelio. La ocasión la dio un día que un fariseo lo invitó a su mesa y allí estaba rodeado de todos los principales de la ciudad a quienes aquel hombre acostumbraba a invitar. Había observado Jesús las triquiñuelas o las carreras de algunos por buscar sitios preferentes en la mesa. Todos querían estar en un sitio de honor. Entonces como los protocolos de ahora en el que el anfitrión señala el sitio y la mesa de cada uno, con un listado que tenemos que consultar o con una tarjetita con nuestro nombre en la mesa o en el plato y sitio que nos corresponde. Pero aun así con estos protocolos de hoy ¿no habremos escuchado a algún descontento que pensaba que lo iban a poner en una mesa mejor? No estamos tan lejos de las triquiñuelas de entonces.

Ahora Jesús deja caer como quien no quiere la cosa lo que tendría que ser el auténtico protocolo en la mesa del Reino de Dios.

¿A quien había anunciado el profeta como nos recordaría Jesús en la sinagoga de Nazaret quienes iban a ser los preferidos del Reino? El Espíritu del Señor lo había ungido y enviado a anunciar una buena nueva a los pobres, libertad para los oprimidos y salud y salvación para los lisiados, los ciegos y los leprosos.

Por eso no nos ha de extrañar lo que ahora Jesús nos dice. Y nos viene bien recordarlo textualmente. ‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos’.

        Ahí están con toda claridad las palabras de Jesús y no es necesario que nos hagamos más comentarios, en que fácilmente vendremos con nuestras sutilezas y distinciones. Así claramente como nos dice Jesús, ‘a los que no pueden pagarte, a los que no pueden corresponder… y será feliz’. Es una hermosa bienaventuranza la que nos está diciendo Jesús. ¿Seremos capaces de aceptar el reto? A lo mejor tenemos que pensárnoslo, porque nosotros habíamos preferido… porque claro la costumbre, lo que siempre se hace, las exigencias sociales… pero entonces estaríamos lejos del Reino de Dios.

domingo, 31 de agosto de 2025

Quien es humilde de verdad no le importa el lugar en que esté o que le asignen porque su único gozo es servir, no andamos en la carrera de un concurso de méritos

 


Quien es humilde de verdad no le importa el lugar en que esté o que le asignen porque su único gozo es servir, no andamos en la carrera de un concurso de méritos

Eclesiástico 3, 17-20. 28-29; Salmo 67; Hebreos 12, 18-19. 22-24ª; Lucas 14, 1. 7-14

¿Un concurso de méritos? ¿Será en eso lo que hemos convertido nuestra vida? Es cierto que tenemos que aspirar a ser el mejor y que seguramente cuando busquemos un colaborador para nuestros proyectos busquemos siempre lo mejor. Los buenos valores tenemos que saber utilizarlos, quien tiene las mejores cualidades ha de saber desarrollarlas. Claro que seguramente tenemos que preguntarnos qué entendemos por ser el mejor, cuáles son esos valores tan valiosos – y valga la redundancia – o las mejores cualidades de la persona.

El evangelio de hoy y toda la Palabra de Dios proclamada nos da pautas que tenemos que saber entender. La ocasión de las palabras de Jesús ha venido desde los codazos que El contempla que se dan los invitados por conseguir los mejores puestos, o los puestos de honor en aquel banquete al que han sido invitados. Y nos habla de humildad, no como una táctica para obtener posteriores reconocimientos sino como un sentido de vida en la verdad y en la autenticidad. ¿Será por ahí por donde nos chirríen nuestros engranajes y nuestras maneras de entender la vida?

La humildad es una actitud interior, no es mera apariencia, no es ocultar nuestra realidad ni nuestros valores, es reconocimiento de sentirnos amados aunque nos parezca que somos pequeños, es un constatar el regalo que hemos recibido simplemente porque somos amados. ¿No reconocía María que en la pequeñez de una esclava Dios había realizado obras grandes? Humildad que tampoco es pasividad ni conformismo; humildad que nos hace fuertes para ser generosos y nos dará una nueva lucidez a nuestra vida para saber valorar a los demás, sean quienes sean, o tengan lo que tengan. Quien es humilde tampoco necesita de la aprobación de nadie para hacer lo que él considera que debe hacer. Quien es humilde de verdad no le importa el lugar en que esté o que le asignen porque su único gozo es servir.

Igualmente nos dice que actuemos con humildad y generosidad no para ir consiguiendo réditos y méritos. Nuestra generosidad no puede terminar en arrogancia porque ya le quitaríamos su valor. Simplemente nos damos porque nos sentimos amados y con ese mismo amor nosotros queremos amar. Nos corresponderán o no nos corresponderán, pero nosotros seguimos amando, seguimos siendo generosos porque la satisfacción nos la dará el que por nosotros mismos seamos capaces de amar. Ojalá siempre sepamos gozarnos en nuestro interior por el bien que hacemos o por los caminos de crecimiento interior que logramos para los demás. Y es que el amor nunca es interesado, el amor peca siempre de generosidad y nunca se sentirá culpable de amar.

Hoy Jesús les dice a los invitados que no anden así con esos raquitismos de andar peleándose por esos honores mundanos. ¿Será ocupar un puesto de honor en la vida y recibir reconocimientos o serán también esas actitudes y posturas que de alguna manera tratamos de disimular para escoger con lupa a aquellos con quienes nos juntamos? ¿No nos sucede muchas veces que no queremos que nos vean con determinadas personas o con ciertos sectores de la sociedad para que, decimos, la gente no se confunda al vernos y piensen que todos somos de la misma calaña? Ya procuramos hacerlo con mucha sutileza pero de alguna manera son costumbres demasiado arraigadas en nosotros.

Jesus hoy aparece rompiendo moldes, tanto por lo que le dice a los invitados como por lo que le dice también al que realiza la invitación. No invites, les viene a decir Jesús, a quienes pueden ofrecerte una compensación por tu invitación invitándote ellos también a ti. Invita, les dice, a los que no pueden corresponder con una invitación, a los pobres, a los lisiados, a los que nada tienen, a los que incluso no te darán las gracias, porque eso sucede también muchas veces.

Son los caminos de la gratuidad que muchas veces no entiende el mundo que nos rodea, porque siempre parece que todo se hace por interés, todo lo que hacemos ha de tener una ganancia o sacar unos beneficios. Y cuidado que puede ser una tentación en la que fácilmente caigamos en aquellas cosas buenas que queremos hacer por los demás. Algunas veces pudiera parecer que vamos acumulando puntos porque en el Reino de los Cielos vamos a presentar la cartilla para ver qué mejor lugar podemos ocupar. Hasta en las cosas espirituales podemos ser interesados.

Nuestro premio es el Señor y teniéndolo a El, qué más da el lugar o la altura del pedestal, porque el gozo es el Señor. No andamos en la carrera de un concurso de méritos.

 

lunes, 4 de noviembre de 2024

Vamos demasiado indiferentes o interesados caminando por la vida y tenemos que romper ya de una vez por todas esas barreras que nos estamos interponiendo los unos con los otros

 


Vamos demasiado indiferentes o interesados caminando por la vida y tenemos que romper ya de una vez por todas esas barreras que nos estamos interponiendo los unos con los otros

Filipenses 2,1-4; Salmo 130; Lucas 14,12-14

Un día le hicimos un favor a alguien, le prestamos un servicio, y el otro muy agradecido vino con muchas muestras de gratitud porque lo sacamos de un apuro, le ayudamos a resolver un problema, lo que sea, pero nosotros quizás le dijimos que no tenía importancia, que no merecía tales muestras de gratitud, porque en fin de cuentas ‘hoy por ti, mañana por mí’, y nos quedamos todos tan tranquilos.

Están bien esas muestras de correspondencia entre unos y otros que así nos manifestamos, y eso está como muy metido en la entraña de la gente, hoy te ayudo, mañana me ayudas; que hay que hacer una obra extraordinaria donde se necesitan muchos voluntarios, allá estamos porque los vecinos estamos para ayudarnos los unos a los otros, y quien a nadie ayuda, solo se verá porque nadie entonces le ayudará.

Pero ¿nos podemos quedar tan satisfechos con esa manera interesada de actuar, de ayudarnos? Como aquellos que dicen que son buenos amigos de sus amigos, pero ¿y de los demás? ¿No habrá como un vacío que rellenar de alguna manera debajo de todo eso?

Así vamos caminando por la vida, pero Jesús quiere ayudarnos a que cambiemos la visión, la perspectiva. Comemos con un amigo, con un extraño nos sentimos incómodos. Normalmente nos reunimos los que somos amigos, y está bien, pero ¿solo voy a entrar en comunicación con aquellos que tengo siempre a mi lado porque son mis amigos y ya se como sienten y como piensan? ¿No estaremos cerrando demasiado el círculo?

El amor generoso de verdad tiene que ser gratuito, es algo que regalamos, es algo de lo que nos desprendemos, porque es salirnos de nosotros mismos para ir al encuentro del otro, sea quien sea. Nos cuesta entenderlo, nos cuesta hacerlo en la práctica de nuestra vida, porque algunas veces aunque lo veamos claro, sin embargo no tenemos la decisión de comenzar a hacerlo. Pero en algo tiene que diferenciarse el amor cristiano.

Es lo que está planteando Jesús. Y además, podíamos decir, con cierta osadía. En este caso no es la gente que habitualmente viene a escucharle, ni son los discípulos que ahora ya le siguen por todas partes. Está en la boca del lobo, casi nos atreveríamos a decir. Lo han invitado unos fariseos a comer. Por supuesto, eran todos del mismo grupo. Ya al comienzo de la comida – tendríamos que haber leído este texto en días pasados pero con las celebraciones habidas se nos ha quedado en el tintero – Jesús había estado observando poco menos que los codazos que se daban unos a otros por intentar ocupar los puestos más principales, más honoríficos de la mesa; ya les había dicho, entonces, que cuando fueran invitados a comer ocuparan los últimos puestos, que ya el anfitrión se encargaría de subirte a mejores lugares si así lo consideraba.

Pero ahora Jesús da un paso más. Como solemos decir los canarios, no tenía papas en la boca, o sea que no se callaba lo que El consideraba que tenía que decir. Viendo el tipo de gente que estaba invitada a aquella mesa es cuando lanza el reto. ‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos’.

Y ahora no nos dice nada más el evangelio en este texto que hoy se nos propone. ¿Cómo se quedaría aquel fariseo que había invitado a Jesús, o aquellos fariseos que le acompañaban a la mesa? ¿Cuál sería nuestra reacción si nos encontráramos en las mismas circunstancias? ¿Lo habremos pensado quizás en algunas de esas comidas que hacemos en fiestas, en cumpleaños? ¿Seríamos capaces de planteárnoslo a ver cómo lo resolvemos en las ya cercanas cenas de navidad?

Pero no tenemos que buscar ocasiones extraordinarias. Pensemos en ello cuando buenamente estamos sentados a nuestra mesa en nuestra comida normal de todos los días. ¿A quien seriamos capaces de invitar a nuestra mesa? 

Pero no es ya el invitar a comer en la misma mesa, sino es la actitud nueva que tiene que haber en nuestra vida con aquellos con los que cada día nos vamos encontrando en el camino, nos sentamos a su lado en el transporte publico, o están sentados en el mismo banco en la plaza, ahora que nos vamos encontrado con tanta gente que nos parece extraña, o esos emigrantes que nos llegan a nuestras tierras, y a los que no dirigimos quizás ni el más mínimo saludo.

¿No tendrían que ser otras las actitudes? Vamos demasiado indiferentes caminando por la vida y tenemos que romper ya de una vez por todas esas barreras que nos estamos interponiendo los unos con los otros. Y lo reflexiono y lo digo en alta voz para ver si yo también soy ya de una vez por todas de cambiar mis cobardías e indiferencias.

miércoles, 27 de marzo de 2024

Jesús nos dice hoy también a nosotros que quiere venir a celebrar la cena pascual en nuestra casa con aquellos que son sus preferidos y amados, ¿qué sala le vamos a ofrecer?

 


Jesús nos dice hoy también a nosotros que quiere venir a celebrar la cena pascual en nuestra casa con aquellos que son sus preferidos y amados, ¿qué sala le vamos a ofrecer?

Isaías 50, 4-9ª; Salmo 68; Mateo 26, 14-25

Las cosas hay que prepararlas bien. Sobre todo si son conmemoraciones de algo que ha sido importante para nuestra vida, que son parte de nuestra historia, que marcaron de alguna manera nuestra existencia. No puede caer en el olvido. Hay que recordarlo y celebrarlo. De la mejor manera. Con la mayor participación y con las mejores cosas.

Eran los días previos a la celebración de la Pascua. No era algo baladí en la historia del pueblo judío. Hacía siglos que la celebraban y para eso tenían unos ritos propios y seguirían celebrándolo. Estaba todo además muy predeterminado y preestablecido. Así lo había prescrito Moisés y se mantenía fijo el ritual en las Escrituras Santas. Era la comida de un cordero en familia, que era memorial y era anticipo de futuro, aunque no lo tenían muy claro. Pero estuvieran donde estuvieran había que celebrar aquella cena pascual, que así la llamaban. Y había que hacer todos los preparativos. Y en la buena hospitalidad judía se ofrecían las casas de las familias de Jerusalén para los que habían subido de todas partes a la pascua.

Y ahí está la pregunta de los discípulos. ‘¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?’ Y Jesús da instrucciones muy precisas, porque señala circunstancias muy concretas para que encuentren la casa y vayan a decirle de su parte ‘El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos’. Probablemente algún pariente que tenían en la ciudad; aquel lugar va luego a convertirse en lugar importante, no solo en aquella cena, sino en los momentos siguientes en refugio, pero también más tarde como punto de encuentro para los primeros discípulos y la iglesia naciente.

Preguntan los discípulos pero termina Jesús haciéndonos también una pregunta. Nosotros también estamos en el momento previo para algo muy importante. También nosotros nos hemos de disponer para celebrar la Pascua. Y tenemos los motivos más grandes del mundo para prepararla bien y para celebrarla con hondura. Ya nos hemos preguntado hace unos días si en verdad Jesús va a venir a nuestra fiesta de pascua y aquello nos hacía pensar. Pero cuidado que ese interrogante siga pesando en nuestras actitudes, en nuestras posturas, en nuestros ajetreos y no sea una pregunta en balde que a poco que nos olvidemos de ella.

Es cierto realmente que muchos son los preparativos que se tienen en estos días en nuestros templos y en nuestras comunidades. Como Marta, allá en Betania, también andamos ajetreados de acá para allá con muchos preparativos y parece que no tenemos tiempo ni para nosotros mismos. Y esos interrogantes tienen que seguir pesando en nuestro interior para que no nos durmamos o no nos entretengamos en lo que no es tan importante.

Sí, Jesús quiere venir a nuestra casa para celebrar la cena de pascua. Y no va a venir solo, viene con sus discípulos. Es algo muy significativo. Me preparo yo, preparo mi casa, pero tengo que tener las puertas abiertas, tengo que despejar la casa de muchas cosas que puedan ser obstáculo para que venga Jesús y para que vengan con sus discípulos, aquellos a los que ama, aquellos que son sus preferidos. ¿Quiénes son hoy esos preferidos del Señor? ¿Quiénes son hoy esos amados de manera especial por el Señor?

Tenemos que mirar nuestra casa, nuestro corazón, ese mundo que nos rodea, con sus problemas, con sus necesidades, con sus pobrezas, con sus guerras, con la gente que nos parece que anda desorientada de acá para allá, con esa gente que quizás no nos gusta tanto, con esos que quizás nosotros quitaríamos de en medio. ¿A quienes quiere Jesús que miremos? ¿A quienes quiere Jesús hoy, en esa vida concreta que vivo, que yo acepte y reciba también en mi casa para juntos celebrar la Pascua?


domingo, 15 de octubre de 2023

Demos alguna muestra de que escuchamos la llamada del Señor y no desairemos el amor que Dios nos tiene, vistamos el traje de fiesta del Reino de Dios


 

Demos alguna muestra de que escuchamos la llamada del Señor y no desairemos el amor que Dios nos tiene, vistamos el traje de fiesta del Reino de Dios

Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

¿Habremos tenido alguna vez la experiencia de un desaire ante algo que habíamos preparado con mucho cariño y entusiasmo pero cuando lo ofrecimos a quien tanto apreciábamos – muestra de ello el esfuerzo que habíamos realizado en prepararlo – nos lo rechazaron, no lo quisieran aceptar, nos dejaron plantados, como suele decirse? En momentos así habrá que tener mucha fortaleza interior para no reaccionar de forma desagradable y hasta violenta contra quienes así nos hicieron tal desaire.

Sentimos quizás el impulso de desbaratar todo aquello que habíamos preparado y seguro que nos prometemos que eso no nos volverá a pasar con esas personas. Mucho sería ya que en un momento de lucidez y serenidad decidiéramos compartirlo con otras personas que sí lo merecieran más o acaso volver a intentarlo olvidando lo pasado. Cuidado no seamos nosotros los que en muchos aspectos realicemos esos desaires.

¿Se sentiría así aquel rey de la parábola que con tanto esmero había preparado el banquete de la boda de su hijo y que había llamado a todos sus amigos o personas cercanas para que participaran en la fiesta y al final no quisieron ir? Por ahí andan los tiros de la parábola que además Jesús nos la propone como imagen del banquete del Reino de los cielos al que todos estamos invitados. 

Es lo que había venido haciendo Jesús desde que comenzó haciendo el anuncio de la llegada del Reino de Dios. Y nos estaba ofreciendo las mejores imágenes para que comprendiéramos el sentido del Reino de Dios, pero parece que no querían entender. El sentido de una fiesta, de un banquete de bodas, como expresión de alegría pero también de una nueva comunión entre todos y hermandad. ¿No es así como se sienten los que participan de una misma fiesta, de un mismo banquete? Es la alegría del encuentro y del compartir, es la armonía de la convivencia y la felicidad de estar todos juntos compartiendo, es el sentirse hermanados porque parece que tenemos un mismo sentir. ¿No es eso a lo que nos invita Jesús?

Y Jesús nos sigue mandando sus enviados para recordarnos una y otra vez que la fiesta está preparada. Que es necesario que nosotros participemos, que entremos en esa nueva honda de la vida, pero seguimos con lo nuestro, tenemos mejores cosas que hacer, o eso pensamos, y seguimos con nuestras cosas, con nuestras rutinas, con nuestros apegos, con nuestros intereses egoístas, con nuestros sueños de fantasía y con nuestras ambiciones con las que quizás pensamos que podemos manipular a los demás.

La parábola nos está hablando del hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. ¿Qué hemos hecho de ese banquete? ¿Qué es lo que estamos haciendo con nuestro mundo que lo seguimos rompiendo con nuestra manera de actuar, violenta, egoísta, donde vamos a la revancha y a la venganza, donde nos quedamos envueltos en tantas vanidades?

Veinte siglos sigue resonando el mensaje de Jesús invitándonos a algo nuevo y nuestro mundo no termina de escuchar y entrar en ese nuevo banquete. Miremos lo que sigue pasando a nuestro alrededor, miserias, hambre, violencias, guerras, no terminamos de encontrar la paz, porque nos falta también en nuestros corazones y no queremos buscarla donde sabemos que la podemos encontrar.

Y Dios nos sigue llamando, a todos, cualquiera que sea la condición, sean buenos o sean malos, porque la sala del banquete de ha de llenarse. Fueron los criados a las encrucijadas de los caminos y los trajeron a todos. En ese todos estoy yo y estamos nosotros, que tampoco es que seamos tan buenos, pero Dios nos sigue amando y nos sigue llamando. Demos alguna muestra de que escuchamos esa llamada del Señor. No desairemos el amor que Dios nos tiene. Solo necesitamos el traje de fiesta; no es un traje de lujo o de ropajes extraordinarios; es un traje que hemos de vestir desde dentro queriendo entrar en esa nueva sintonía que el Señor nos está ofreciendo. Busquemos esas nuevas actitudes, esos nuevos valores de los que tenemos que comenzar a revestirnos.

Leamos y releamos una y otra vez el evangelio para encontrar el sentido de ese traje de fiesta que nos pide el Señor. Mira tu propia vida y mira de qué es lo primero que tendrías que revestirte para estar a tono en ese banquete de vida que nos ofrece el Señor. Seguro que cada uno lo descubrimos en nuestro interior.

lunes, 31 de octubre de 2022

El amor verdadero siempre se da primero, toma la iniciativa, no está esperando a que el otro comience a amarnos, cree en el otro, aunque no nos ofrezca ni razones ni motivos

 



El amor verdadero siempre se da primero, toma la iniciativa, no está esperando a que el otro comience a amarnos, cree en el otro, aunque no nos ofrezca ni razones ni motivos

Filipenses 2,1-4; Sal 130; Lucas 14,12-14

No hace falta andar con muchos protocolos. ¿Quiénes son los que habitualmente sentamos a nuestra mesa, participan de nuestras fiestas de cumpleaños, o habitualmente invitamos a comer? Normal, nuestra familia, las personas más cercanas a nosotros, nuestros amigos, algún compañero de trabajo o acaso algún vecino por aquello del compromiso de que están cercanos a nuestra casa y bueno, vamos a tenerlos de buenos amigos. Aquellos que nos invitan también a nosotros, que nos hacen participar de sus fiestas, aquellos con los que contamos para alguna ocasión especial o para salir en un momento determinado de un apuro.

Pero Jesús hoy parece que rompe todos los protocolos. Fue en la ocasión en la que ya hizo su comentario especial, como escuchamos el pasado sábado, sobre los lugares que ocupamos o queremos ocupar en la mesa del banquete. Ya lo comentamos. Ahora se dirige de manera especial al dueño de la casa, al que ha hecho la invitación para aquella comida. Y viene a decirnos lo que se salta todas las normas, por así decirlo.

Es bueno escuchar una vez más el texto concreto de las palabras de Jesús. ‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos’.

Está claro, no podemos sentirnos pagados por invitar a alguien porque él se siente obligado luego a invitarte a ti también. Parece un negocio. Yo te doy, tú me das; yo te ayudo, tú me ayudas. Aquello de que yo quiero a mis amigos, a los que se portan bien conmigo; aquello de que echamos una mano en las tareas, pongamos agrícolas, para que ellos a su vez a su tiempo me echen una mano a mí. Y nos encontramos con aquellos a quienes nunca nadie ayuda, porque ellos tampoco ayudan nunca a los demás. Son los protocolos de intereses que nos vamos creando en nuestras relaciones y que, reconozcámoslo, le dan pobreza a nuestras relaciones.

Son claras las palabras de Jesús. A los que no puedan pagarte, a los que no pueden corresponder invitándote a ti. Es la calidad del amor que es desinteresado; es la calidad del amor que se hace sublime porque amamos simplemente porque nos damos, amamos porque queremos al otro más allá de sus cualidades o sus valores; amamos porque entendemos que la riqueza de nuestra vida es cuando nos damos, porque darnos no nos empobrece sino todo lo contrario.

Y reconozcamos que esto a muchos les cuesta entenderlo. Por supuesto que nos sentimos felices cuando somos amados y tratamos de corresponder a ese amor con nuestro amor. Pero el amor verdadero siempre se da primero, toma la iniciativa, no está esperando a que el otro comience a amarnos. Así es el amor de Dios, el amor que El nos tiene, así tiene que ser nuestro amor verdadero.

Por eso el que ama siempre es comprensivo; el que ama de verdad siempre está dispuesto a perdonar; el que ama cree en el otro, aunque no nos ofrezca ni razones ni motivos; el que ama se da y lo hace siempre con generosidad, lo hace siempre sin tener en cuenta medidas. Qué bello es el amor, qué bello es amar como nos ama Dios, qué bella haríamos la vida, qué felices podríamos ser todos.

sábado, 29 de octubre de 2022

Aprendamos de las preferencias de Jesús que son los pequeños y hagámonos nosotros los últimos porque seamos servidores de todos

 


Aprendamos de las preferencias de Jesús que son los pequeños y hagámonos nosotros los últimos porque seamos servidores de todos

Filipenses 1, 18b-26; Sal 41; Lucas 14, 1. 7-11

Todos queremos un buen sitio; creo que eso lo tenemos claro; vayamos a donde vayamos, asistamos a los actos que asistamos, tenemos nuestros preferencias, nuestros lugares, porque allí vemos mejor, porque es el sitio que siempre he escogido, porque allí puedo tener más ventajas, porque estoy cerca de los que me interesa estar, porque un lugar preferente no nos hace daño… veinte mil razones diferentes si queremos contar, pero tenemos nuestros gustos.

Pero luego en la loca carrera de la vida, vienen los codazos porque por medio están los prestigios, los reconocimientos, los lugares que consideramos que nos toca por nuestros méritos, aquellos sitios donde podemos ejercer cierta influencia, o donde podemos estar más cerca del poder, de la manipulación, del relumbrón, de la vanidad que todo lo envuelve, en una palabra.

Claro que detrás de todo esto está el concepto que tengamos de la vida, los valores a los que le demos más o menos importancia, que es lo que voy buscando en la vida. Y es aquí donde Jesús quiere hacernos pensar. Parte el evangelio de algo tan corriente como el coger buen sitio en la mesa del banquete; buen sitio para ser mejor servido, buen sitio para estar cerca de las personas importantes y que también a mi me consideren importante, carreras diversas por diversos motivos para buscar un buen sitio en la mesa del banquete. Es lo que observa Jesús un día en que es invitado a una comida por un hombre principal, y al que estaban también invitados los que parecían ser los hombres importantes de la ciudad. Y es cuando Jesús nos deja la sentencia.

‘Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: Cédele el puesto a este. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales…’

Parece la cosa más elemental, el consejo más elemental, para no quedar avergonzado en un momento así. Pero lo que nos está diciendo Jesús es algo más que unos protocolos que hay que seguir para no quedar mal ante nadie. Jesús nos está proponiendo un estilo, un sentido para nuestro actuar en la vida. Nunca podrá ser la apariencia; siempre ha de estar presente el espíritu de servicio y la humildad. No es el buscar pérdidas que nos den luego ganancias, es un estilo de vida de humildad, de servicio, de cercanía, de trato amigable en que no importan los lugares, sino el sitio que verdaderamente ocupemos en el corazón de las personas. ‘Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido’.

Ya nos dirá Jesús en otros momentos donde está la verdadera grandeza de la persona; nunca en la vanidad ni la apariencia, siempre en el servicio para ser capaces de hacernos los últimos y los servidores de todos. Recordamos cuando sus discípulos más cercanos andaban a la greña discutiendo por el camino por los primeros puestos y les dice que será grande el que sea capaz de hacerse el último y el servidor de todos. Recordamos a María la humilde esclava del Señor, pero en quien el Poderoso realiza obras grandes.

sábado, 31 de octubre de 2020

Que sea en verdad la humildad nuestra forma de actuar, es la consecuencia y el fruto del amor y la generadora de la más hermosa de las sonrisas



Que sea en verdad la humildad nuestra forma de actuar, es la consecuencia y el fruto del amor y la generadora de la más hermosa de las sonrisas

Filipenses 1, 18b-26; Sal 41; Lucas 14, 1. 7-11

¡Qué distinta es la sonrisa del que lo hace forzado por aparentar y agradar buscando la adulación y los halagos, de aquel que sonríe de verdad porque es feliz en lo que es y en lo que está!

Nos llenamos fácilmente la vida de vanidad y falsedad. Queremos aparentar, sentirnos el ombligo del mundo, que nos tengan en consideración y nos hagan reverencias. Hay quienes son verdaderamente unos artistas en estas simulaciones, en la colocación de esas caretas con las que queremos aparentar nuestras grandezas y en echarnos incienso a nosotros mismos sintiéndonos poco menos que los dioses y los reyes del mundo. Personas que lo buscan, que darían cualquier cosa por aparecer al lado de los que consideramos o nos parecen personas importantes, para que vean lo importantes que nosotros somos que tenemos tan grandes amistades e influencias.

Cuántos codazos nos damos en la vida por alcanzar esos lugares, pero también cuantas veces nos vamos de bruces en la vida porque las cosas no resultaron como nosotros nos imaginábamos y al final no tuvimos la influencia ni el lugar que nosotros esperábamos. Con qué mal cuerpo nos quedamos pero cuantos orgullos hervían dentro de nosotros quemándonos y destrozándonos por dentro, porque nos sentimos heridos con lo que nosotros llamamos esos desaires. Son cosas que vemos que suceden en la vida, y acaso alguna vez nos han sucedido a nosotros.

Jesús se encuentra en una ocasión en medio de esos ruidos mundanos. Lo habían invitado a comer y entre los invitados había fariseos y escribas que siempre estaban al acecho de lo que Jesús hiciera o de las actitudes que Jesús tomara. Pero era Jesús el que los estaba observando y aprovecha la ocasión para dejarles el mensaje. Los invitados eran personajes que se consideraban importantes en aquella sociedad pero todos con el deseo de medrar, de alcanzar lugares de relumbrón, puestos en aquella mesa en la que se reconociera lo que ellos consideraban que era su dignidad y grandeza. Por eso Jesús observa que andan como a la carrera a ver quien consigue mejor lugar.

Jesús comienza por hacerles buenas recomendaciones como buen amigo para que no se vean en situaciones embarazosas. Que no sea que te echen para abajo porque has ocupado un sitio que no te corresponde. Parecen palabras de amigo, palabras para evitar el bochorno, pero es algo más hondo lo que Jesús quiere enseñarnos, porque nos da unos principios de unos valores nuevos. Seguro que se sentirían aludidos por las palabras de Jesús y no se si serían capaces de dejar que el sonrojo apareciera en sus mejillas.

Nos viene bien recordar una vez más las palabras de Jesús: ‘Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: Cédele el puesto a este. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales’.

Pero como decíamos Jesús no solo quiere darnos buenos consejos de urbanidad y buen comportamiento, sino a enseñarnos actitudes nuevas que tenemos que cultivar en nuestro espíritu. ‘Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido’. Es lo que nos dirá y repetirá en muchos momentos del evangelio. A los discípulos cercanos a Jesús también les costaba digerir estas palabras, o mejor, estas nuevas actitudes de la humildad y de la sencillez, de la grandeza de servir y de la importancia de ser capaces de hacernos los últimos y servidores de todos.

Que sea en verdad la humildad nuestra forma de actuar; es la consecuencia y el fruto del amor y generadora de la más hermosa de las sonrisas.

 


domingo, 11 de octubre de 2020

Despertemos, mantengamos vivo y reluciente el traje de fiesta porque nunca se pierda la intensidad de nuestra fe y de nuestro amor

 


Despertemos, mantengamos vivo y reluciente el traje de fiesta porque nunca se pierda la intensidad de nuestra fe y de nuestro amor

 Isaías 25, 6-10ª; Sal 22; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

¿A quien le amarga un dulce?, se suele decir. ¿Quién rechaza una comida, un banquete de bodas? ¿Quién rehúsa participar en una fiesta que se presenta bastante atrayente? Podríamos decir que en general a todos nos gustan los dulces, nos agrada que nos inviten a una comida o a un banquete, participar en una fiesta. 

Sin embargo sabemos que a veces podemos tener otras preferencias, otras prioridades en la vida; hay personas quizás muy hurañas a las que no les gusta participar en fiestas o en reuniones donde haya mucha gente; también sabemos que a veces ponemos por delante nuestros intereses particulares, nuestro yo antes que encontrarnos con los demás en una comida fraternal; los orgullos nos dominan en ocasiones y nos encerramos en nosotros mismos, sin querer incluso dar explicaciones, pero evitamos aquel encuentro, aquella fiesta, aquella comida que quizá incluso desde el núcleo familiar se había preparado con tanta ilusión de que todos estuviéramos juntos, pero nos negamos a asistir; ya sabemos el llanto de tantas madres que no llegan a ver sentados en una misma mesa a todos sus hijos cuando con tanta ilusión había preparado aquella comida.

Como preámbulo me he hecho estas consideraciones ante la parábola de los invitados a la boda que no quisieron participar que nos propone hoy el evangelio. Cargamos las tintas muchas veces en los que se negaron a participar en el banquete de bodas que el rey había preparado y nos olvidamos que en la vida nosotros también vamos negándonos a muchas invitaciones que se nos pueden hacer desde distintas circunstancias o también en una diversidad grande de sentidos.

Pero aquel rey no se arredró ante la negativa de los invitados sino que la boda y el banquete seguían adelante; por eso envía a sus servidores para que vayan por todas partes, vayan a los cruces de los caminos y traigan a todos los que encuentren para el banquete de bodas de su hijo. La sala del banquete al final se llenó de invitados.

¿Qué nos quiere decir Jesús con esta parábola? Ya entendemos fácilmente que todos estamos invitados al banquete de la vida y de la salvación. Jesús nos está diciendo que el Reino de Dios es como esta invitación al banquete de bodas. Jesús nos está ofreciendo ese banquete de vida porque Jesús se ha ofrecido para la salvación de todos. Y quiere que todos participemos y vivamos esa salvación, esa gracia que El quiere regalarnos.

Y es aquí cuando tenemos que comenzar a preguntarnos por nuestras respuestas. Y no es solo este banquete de vida que es la Eucaristía a la que cada día pero en especial cada domingo somos invitados, somos llamados, sino tenemos que pensar con mayor amplitud y universalidad para escuchar esa invitación al Reino de Dios, para esa respuesta de fe que nosotros tendríamos que dar. ¿Respondemos todos a esa llamada de la fe? ¿Respondemos todos queriendo vivir el Reino de Dios? ¿Respondemos aceptando plenamente el evangelio sin hacernos rebajas y queriendo empaparnos así de sus valores?

Nos damos excusas, por decirlo suavemente. Nos ponemos límites en nuestra respuesta. Miramos primeramente nuestro yo y nuestros intereses y aparecen incompatibilidades en nuestra manera de vivir la vida con lo que nos pide la fe, con lo que nos pide el evangelio ¿y qué preferimos? También nos negamos y queremos hacerlo algunas veces de manera sutil a vivir en plenitud el evangelio, el compromiso de la fe y nos quedamos en cumplimientos superficiales y ocasionales, o vamos abandonando poco a poco el camino de nuestra vida cristiana en la medida en que crece nuestra tibieza que se convierte en frialdad y alejamiento.

Y es aquí donde entra el sentido de la segunda parte de la parábola; algún comentarista nos dice incluso que son como dos parábolas que se han unido en una, por una parte los invitados al banquete de bodas y por otra parte el que no iba vestido dignamente para participar en aquel banquete.

Dice la parábola que aquel rey que había preparado el banquete cuando ya estaba llena la sala de comensales entró a saludar a los ahora invitados pero se encontró a uno que no llevaba el traje de fiesta. En principio es algo que nos desconcierta, porque si eran pobres recogidos por los caminos, cómo iba a tener un traje de fiesta para participar en el banquete. Pero son esas aparentes incongruencias las que nos hacen pensar y nos hacen preguntarnos en que nos puede afectar a nosotros y qué mensaje nos puede ofrecer.

Cuando ya nosotros hemos querido venir y dar respuesta a la invitación del Señor y participar de esa fiesta que es nuestra fe y que ha de ser toda nuestra vida cristiana es cuando ahora tendríamos que preocuparnos de llevar siempre ese traje de fiesta. ¿Qué significa? Esa fe y esa gracia que nos ha convocado no la podemos perder. En la medida en que fuéramos creciendo en nuestra respuesta y en nuestra fe tendría que ir resplandeciendo cada vez más nuestra vida cristiana.

Pero ¿qué nos sucede? Que muchas veces caemos por la pendiente de la tibieza y de la superficialidad, vamos perdiendo la intensidad de nuestra vida cristiana y nos estamos volviendo atrás porque de nuevo nos dejamos seducir por las tentaciones que nos manchan, que nos llenan de oscuridad de nuevo la vida; nuestro traje de fiesta está perdiendo su esplendor.

Es un toque de atención, es una llamada de nuevo que el Señor nos hace, es un repetirnos de alguna manera la invitación para que despertemos y no nos dejemos arrastrar por esas pendientes que van enfriando nuestra vida cristiana, que ya entonces no sería esa fiesta de nuestra vida. Cuantas veces vamos perdiendo la ilusión y la alegría de la fe cuando volvemos a nuestras rutinas de siempre, cuando se afloja la intensidad de nuestra vida y de nuestro amor.

Despertemos, mantengamos vivo y reluciente el traje de fiesta porque nunca se pierda la intensidad de nuestra fe y de nuestro amor.

jueves, 20 de agosto de 2020

No llenemos de pasividad, frustraciones o negatividades nuestra vida, sino seamos capaces de responder a la llamada de amor que el Señor nos hace

 

No llenemos de pasividad, frustraciones o negatividades nuestra vida, sino seamos capaces de responder a la llamada de amor que el Señor nos hace

Ezequiel 36, 23-28; Sal 50; Mateo 22, 1-14

Grande tendría que haber sido la frustración de aquel rey que después de haber hecho todos los preparativos sin embargo los invitados no corresponden y con mil disculpas rehúsan asistir al banquete. En el desarrollo de la parábola se nos mostrará que ello será ocasión de encontrar salidas, pero de encontrar también a quien correspondiera a tan generosa invitación.

Pero detengámonos aquí un poco para pensar en esas frustraciones que quizá tantas veces recibimos en la vida cuando no somos correspondidos por aquellos a quienes ofrecemos el regalo de nuestra amistad, los servicios de nuestro buen hacer o simplemente la preocupación que sentimos por ese mundo que nos rodea y por el que queremos trabajar lograr un mundo mejor. Si en lo que comentábamos la parábola que hoy se nos ofrece nos llama poderosamente la atención el que no tuvieran ni la más mínima cortesía que en nuestras relaciones sociales solemos tener, sin embargo son muchos los desplantes que no solo sufrimos, sino que también muchas veces nosotros damos en la vida.

Muchas veces es la pasividad con que vivimos la vida que parece que poco nos importa lo que otros hagan en beneficio de la sociedad, o es también ese poco compromiso con que vivimos de cara a cuanto nos rodea y nos excusamos con mil cosas para no poner nuestra parte en esa mejora de nuestra sociedad. No tenemos tiempo, suele ser la disculpa fácil que enseguida presentamos cuando no queremos comprometernos, pero vivimos en nuestro mundo, en nuestras cosas muchas veces ajenos a cuanto sucede a nuestro alrededor e incluso nuestras relaciones sociales con los que nos rodean suelen ser muchas veces muy superficiales y casi como de paso.

Creo que en el mensaje que nos ofrece la parábola podríamos destacar éste como primer toque de atención. Porque si nos quedamos en la literalidad de la parábola y no somos capaces de ver más allá nos quedaríamos siempre echando la culpa a los demás, que no corresponden, que no tienen la delicadeza de acudir a las llamadas que se les hagan, y queremos presentarnos nosotros siempre como los buenos, sin embargo quedan muchas pasividades en nuestra vida que nos cuesta mucho reconocer.

La frustración de aquel rey de la parábola por el desaire de los invitados, aunque le hizo reaccionar en un primer momento con violencia y con dureza, pronto su corazón dio la vuelta para abrir las puertas no solo a aquellos que hasta entonces había considerado sus amigos, sino que ahora todos estaban invitados al banquete. Por los caminos, por las plazas, por las calles salieron sus servidores invitando a todo el mundo para que participaran en aquel banquete ya preparado. ‘La sala se llenó de comensales’.

Una imagen de esa llamada universal a todos los hombres de buena voluntad. Y pensamos en esa llamada y ese ofrecimiento de amor que Dios nos hace como oferta de salvación para todos los hombres. Una llamada a participar en el banquete del Reino; todos estamos invitados; disfrutar de ese banquete es disfrutar de un sentido nuevo de vivir que por supuesto exige de nosotros una predisposición de nuestro espíritu.

No podemos decir que estamos en ese banquete del Reino pero nuestras vidas no han cambiado, porque sigamos con nuestros egoísmos o nuestras insolidaridades, porque sigamos con nuestras violencias o con nuestro trato injusto e inhumano con aquellos que están a nuestro lado, porque nos mantengamos en el rol de nuestras vanidades y nuestros orgullos llenando nuestras vidas de falsedad, hipocresía y mentira.

Recordamos que cuando Jesús comenzó a anunciar la Buena Nueva del Reino nos decía que era necesaria la conversión, la vuelta que habíamos de darle a nuestra vida porque era necesario creer y ponernos en camino de un nuevo sentido de vida. No nos extrañe que en la parábola aquel rey sea exigente con quien no lleva el traje de fiesta, el traje de boda; que todo entendemos muy bien que no se trata de ropajes externos, sino de esas actitudes profundas que hay que cambiar en nuestro corazón.

No llenemos de pasividad, frustraciones o negatividades nuestra vida, sino seamos capaces de responder a la llamada de amor que el Señor nos hace, como estaremos atentos también a la oferta de amor y de amistad que recibamos cada día de los que están en nuestro entorno reconociendo que son regalos del Señor que no podemos despreciar.

jueves, 22 de agosto de 2019

Quienes no abren su corazón al amor y a la comunión verdadera no puede sentarse en la mesa de la hermandad


Quienes no abren su corazón al amor y a la comunión verdadera no puede sentarse en la mesa de la hermandad

Jueces 11.29-39ª; Sal 39; Mateo 22,1-14
‘Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir’. Así nos dice Jesús en la parábola que proponía a sus discípulos y cuantos lo escuchaban. Mal se sentiría el rey que había preparado con mimo la boda de su hijo y había invitado a los que consideraba sus amigos, pero que ahora lo dejan en la estacada. Cada uno se fue por su lado, a sus cosas o a sus disculpas, como tantas veces nosotros hacemos en muchas situaciones de la vida. Casi vamos como normal la reacción llena de ira de aquel hombre.
Jesús les está hablando de una forma concreta aunque sea con las imágenes del banquete de bodas del Reino de Dios que El estaba proclamando, pero que puede ser muy bien una referencia a toda la historia de la salvación para el pueblo judío. Ahora no aceptan a Jesús, no quieren escuchar sus palabras o las malinterpretan, no quieren entrar en la órbita del Reino de Dios que les está proclamando como tantas veces también a través de la historia habían rechazado la Palabra que Dios les ofrecía a través de los profetas.
Ellos iban a su bola, como se dice en las jergas de hoy; tenían sus intereses en quienes estaban bien situados en la sociedad de su tiempo, vivían en sus rutinas de las que no querían salir y se conformaban con un culto tantas veces vacío y sin sentido, porque realmente no implicaba sus vidas, y así tantas y tantas cosas. Jesús quería hacerles cambian su manera de ver las cosas, darle otra visión a las realidades de la vida, buscar una profundidad a cuanto hacían para que todo tuviera un sentido y un valor. Jesús les estaba ofreciendo caminos de salvación que habían de pasar por caminos de cambio y de conversión, pero ellos se sentían bien en lo que estaban y no les parecía necesitar de lo nuevo que Jesús les ofrecía. Por eso estaban rechazando el banquete de bodas, estaban rechazando el sentido nuevo del Reino de Dios que Jesús les ofrecía.
Pero aunque Jesús encuentra ese rechazo por parte de algunos, El sigue anunciando el Reino de Dios, y se va por los caminos, por las aldeas, allá en la orilla de la playa del lago o por las montañas, allí donde está la gente sencilla y humilde que son los que en verdad se sienten necesitados y abren su corazón. La invitación que Jesús hace al Reino de Dios es universal, es para todos.
Todos están invitados. Solo es necesaria una cosa. Ponerse el traje de fiesta. ¿Qué significa ese ponerse el traje de fiesta? Es la conversión del corazón; hemos de dejar atrás los harapos de nuestra miseria, de nuestro pecado, de nuestros egoísmos e insolidaridades, de nuestros orgullos y vanidades, para sentir que han de haber unas actitudes nuevas, unos nuevos comportamientos, un nuevo sentido de la vida. No podemos colarnos en ese banquete de cualquier manera sino que hemos de aceptar ese cambio del corazón que Jesús nos está pidiendo siempre, porque quienes viven encerrados en si mismos no podrán sentarse en la mesa de la hermandad, porque realmente no se sienten hermanos.
Nos puede parecer duro en el relato de la parábola ese final en que uno que había querido sentarse a la mesa sin el traje de fiesta fuera arrojado fuera. Pero ya sabemos, quienes no abren su corazón al amor y a la comunión verdadera no puede sentarse en la mesa de la hermandad. Tendría que hacernos pensar, porque tantas veces seguimos encerrados en nuestros egoísmos y en nuestros orgullos y queremos sentarnos en la mesa de la Eucaristía creando una situación que es insostenible por si misma. Es la necesaria conversión del corazón.