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miércoles, 24 de diciembre de 2025

Preparémonos en estos últimos momentos para dar señales de que recibimos la visita de nuestro Dios con su misericordia y salvación para el hombre y el mundo de hoy

 


Preparémonos en estos últimos momentos para dar señales de que recibimos la visita de nuestro Dios con su misericordia y salvación para el hombre y el mundo de hoy

2Samuel.7, 1-5. 8-11.16; Sal. 88; Lucas 1, 67-79

Estamos en la mañana del último día del Adviento y aunque ya todo nos trae como en adelante la música que va a sonar en esta próxima noche, que llamamos nochebuena por el nacimiento de Jesús me quedo aun en el texto que nos ofrece la liturgia en esta mañana que viene a culminar todo lo que ha sido la inmediatez del nacimiento de Jesús con el cántico de Zacarías tras el nacimiento de Juan.

Todo son bendiciones y alabanzas de la misma manera que estos días nos adelantamos con felicitaciones navideñas por lo que vamos a celebrar. Proféticamente siente Zacarías todo lo que significa el nacimiento de su hijo al que ha querido llamar Juan. Recordamos cómo las gentes se preguntaban qué iba a ser de aquel niño por todo cuanto en su nacimiento estaban contemplando. ‘El Señor, Dios de Israel, ha visitado y redimido a su pueblo’ proclama el sacerdote Zacarías. Lo anunciado por los profetas tiene su cumplimiento, ‘según lo predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas… ha suscitado una fuerza de salvación, que nos libra de nuestros enemigos’, con la que se realiza la misericordia de Dios que siempre se había manifestado con su pueblo, recordando la santa Alianza.

Bendice Zacarías a Dios, en cuya presencia se siente, de cuya misericordia se siente envuelto; Dios también había puesto sus ojos en él y el que Dios escuchara su oración, como le había dicho el ángel cuando la ofrenda del incienso allá en el templo era una manifestación de la misericordia divina; no eran sus méritos sino el amor misericordioso de Dios el que le había dado aquel hijo que iba a ser ‘el profeta del Altísimo’ para ir delante del Señor preparando sus caminos, anunciando al pueblo la salvación y el perdón de los pecados.

‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz’.

¿Será eso en verdad lo que bulle en nuestro corazón en esta inmediatez de la celebración de la Navidad? Así tenemos nosotros que estar cantando y bendiciendo a Dios. Ese era el sentido tan bonito que tenían aquellas misas de luz que en esta semana inmediata a la nochebuena celebrábamos con tanta alegría en nuestros pueblos en otros tiempos. Ese canto del primer villancico anunciando el nacimiento de Jesús en Belén que sonaba en nuestras noches o en nuestras madrugadas llamando a las misas de Luz era algo muy hermoso que por la imposición de las carreras de la vida moderna hemos pedido, al menos en mi tierra. Sé como en otros lugares se conservan las posadas para recordar esa peregrinación de María y José hasta Belén, o las novenas del niño Dios como ambientación y preparación de las familias y los vecinos que se celebran en algunos sitios son cosas bien hermosas.

Nos queda prepararnos y no solo estar preocupados por la cena familiar y la fiesta, con todo el sentido bonito que puede tener, o los regalos que ahora nos trae un viejito vestido de rojo, sino pensar en el gran regalo que vamos a recibir en esta próxima noche si en verdad dejamos que Jesús nazca en nuestro corazón y con ello nazca más y mejor en nuestro mundo.

¿Qué señal vamos a dar de que recibimos la visita de nuestro Dios que llega a nosotros con su misericordia y su salvación?

domingo, 21 de diciembre de 2025

Pongamos silencio y disponibilidad en nuestro corazón para leer los signos de Dios y no olvidemos que podremos ser signo de Dios para muchos que te rodean

 


Pongamos silencio y disponibilidad en nuestro corazón para leer los signos de Dios y no olvidemos que podremos ser signo de Dios para muchos que te rodean

Isaías 7, 10-14; Salmo 23; Romanos 1, 1-7; Mateo 1, 18-24

‘Pide un signo, una señal, al Señor, tu Dios, en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo’, le dice el profeta al rey Ajaz. Pero el rey no se atreve a pedir señales aunque el profeta se las dará. En cambio José si está esperando señales; hay cosas que están sucediendo que no entiende, prefiere esperar aunque su corazón está pidiendo algo.

No se trata aquí de señales de tráfico, que las carreteras están llenas de ellas. Son otros caminos más profundos los que necesitan señales, ‘en lo  hondo del abismo o en lo alto del cielo’, como decía el profeta. En ocasiones nos sentimos en lo más hondo del abismo, aunque luego tengamos otros momentos de exaltación; pero en una y otra ocasión no sé si sabremos siempre leer lo que nos sucede. Las palabras en la escritura se conforman con signos que ya estudiamos desde pequeños para saber leer; en esos signos escritos algo se nos quiere decir y para eso hemos hecho un aprendizaje; en los signos que nos van apareciendo en la vida también tendríamos que saber leer, haber hecho un aprendizaje, pero siempre estamos a tiempo.

José se interroga por dentro ante lo que está sucediendo y estaba queriendo encontrar esos signos, esas señales; es la tarea, por así decirlo, de todo creyente; en los mismos textos que estos días se nos están ofreciendo lo encontramos, Zacarías se pregunta incrédulo en el templo cuando el ángel del Señor le anuncia que su mujer va a concebir a pesar de la vejez, y le costará entender. María también se ha quedado dando vueltas en la cabeza al mensaje del ángel; no conoce varón ¿cómo va a ser madre? Está pidiendo señales, quiere saber leer esos signos de Dios aunque ella siempre estás disponible para Dios.

¿Tendremos nosotros que leer algunos signos también ahora cuando escuchando esta Palabra de Dios estamos dando los últimos pasos en la preparación de la Navidad? Aprender a leer esas señales de Dios nos hará que podamos vivir una verdadera Navidad;  no nos podemos quedar en superficialidades, desde lo hondo de nosotros mismos nos queremos elevar también hasta Dios para escucharle, para recibirle. Ahí en lo que somos y vivimos, ahí en lo que son los problemas de cada día, ahí en ese mundo concreto que vivimos con todas sus circunstancias, ahí en la manera incluso en que el mundo que nos rodea tiene la forma de celebrar la navidad, ahí en los grandes problemas de nuestra sociedad y de nuestro mundo, ahí quiere llegar la Navidad, ahí quiere llegar Dios y tenemos que descubrir cómo y qué parte tenemos nosotros en ello.

Porque nosotros hemos de leer esos signos de Dios, pero también hemos de reconocer que nosotros tenemos que ser esos signos de Dios para el mundo que nos rodea; será la forma en que celebremos la navidad, en que vivamos la navidad, será la profundidad que le demos a lo que hacemos estos días, será el nuevo sentido en el que tenemos que envolver cuando hacemos. Y es lo que este último domingo tenemos que descubrir.

El ángel del Señor se le manifestó en sueños a José y José comprendió todo el misterio de Dios que allí se estaba manifestando. ¿Se preguntaría por qué tenían que sucederle a él todas esas cosas? Se lo preguntaría como nosotros también tantas veces nos preguntamos, pero en José había disponibilidad, había generosidad en su corazón, y recibió a María, su mujer, en su casa como le había pedido el ángel. Fue un ponerse en camino, porque todo no terminaba ahí, vendría el edicto del emperador y el viaje inesperado a Belén, pero todos los acontecimientos que luego se sucedieron casi como una cascada, porque el regreso a Nazaret no fue tan pronto como hubiera deseado, con la huída a Egipto por medio. Pero José era un hombre de fe y seguía escuchando a Dios, seguía leyendo los signos de Dios.

Cada uno de nosotros ha de hacer su lectura en su propia vida y en cuanto le acontece. Sepamos encontrar momentos de silencio y de recogimiento porque entre el ruido y los afanes de las cosas nos va a ser más difícil escuchar ese susurro de Dios en nuestro corazón. Dios llega a nosotros de la forma que menos lo esperamos porque Dios siempre se hace sorprender en nuestra vida. Pero su sorpresa siempre es una sorpresa de amor, es el regalo más hermoso que podemos recibir que no es ni papá Noel ni lo Reyes Magos quienes nos lo van a traer.

Pongamos silencio y disponibilidad en nuestro corazón para leer los signos de Dios. No tengamos miedo a lo que nos diga o nos pida el Señor. Que no nos falte la paz en nuestro interior que será la base de la paz que vayamos logrando en el mundo que nos rodea. Y recuerda que tú podrás ser, o tendrás que ser signo de Dios para muchos que te rodean, con tu presencia, con tu palabra, con tu compañía en el camino de la vida, con tu generosidad, con tu amor.

jueves, 11 de diciembre de 2025

Es tarea de nuestro adviento hoy hacer florecer ese surco reseco de la vida con flores que pongan esperanza en nuestro mundo

 

Es tarea de
nuestro adviento hoy hacer florecer ese surco reseco de la vida con flores que pongan esperanza en nuestro mundo

Isaías 41, 13-20; Salmo 144; Mateo 11, 11-15

Hace unos días un amigo me manifestaba que se encontraba hecho una piltrafa, que no valía para nada, que estaba solo y nadie lo tenía en cuenta ni le echaba una mano, que por nada se enfermaba, y andaba poco menos que desesperado; total que poco menos que una depresión porque se encontraba con una malestar que a mi me parecía que eran síntomas de gripe; pero él no estaba muy acostumbrado a estar enfermo y ya sabemos cómo el malestar de una gripe nos deja desmadejados y por el piso.

Yo pensaba por poca cosa se siente mi amigo hundido, aunque es de comprender su soledad – cuánta gente se siente así sola en la vida, que no saben a quién acudir, ni cómo salir de sus situaciones – aquel muchacho, me parecía a mi por poca cosa se sentía tan mal; y pensaba yo en tantos que no por una simple gripe, pero si por otros muchos problemas que se agolpan sobre su vida se encuentran también mal y desesperanzados; como decíamos, muchas soledades, pero también mucha gente que se ve agobiada y quizás no encuentra un sentido o un valor para sus vidas, gentes que caminan sin metas ni esperanzas, que se sienten vacíos e impotentes quizás por la superficialidad de sus vidas, gentes que necesitan un norte, un por qué para vivir, un algo que les dé valor a sí mismos, una compañía quizás que les acompañe en ese caminar pesaroso por la vida.

¿Cómo encontrar una luz que les dé sentido a sus vidas? ¿Cómo levantarse de ese caminar rastrero envueltos por esas materialidades de la vida? ¿Dónde encontrar fuerza que les haga superar sus cansancios y sus desencantos?

Estamos en el Adviento y vamos escuchando a los profetas que acompañaban al pueblo de Israel y que trataban de despertar esperanzas en aquel pueblo que se veía tan machado a través de la historia. Como dice el profeta hoy ‘los pobres y los indigentes buscan agua, y no la encuentran; su lengua está reseca por la sed’. Es una imagen de la situación de desánimo en que se encuentra el pueblo. Pero el profeta les anuncia que todo cambiará y hablará de los desiertos que se convierten en un vergel haciendo brotar ríos y manantiales en montañas y valles, que hasta en los lugares más yermos aparecerán fuentes de agua.

Nos hará el profeta una bonita y hasta poética descripción. ‘Pondré en el desierto cedros, acacias, mirtos, y olivares; plantaré en la estepa cipreses, junto con olmos y alerces, para que vean y sepan, reflexionen y aprendan de una vez, que la mano del Señor lo ha hecho, que el Santo de Israel lo ha creado’. Nos habla de los tiempos nuevos del Mesías, que no es la materialidad de la frondosidad de esos bosques, sino la señal de vida que nos dará para nuestro mundo.

¿Andaremos quizás con la boca reseca por nuestra situación persona, por nuestros errores o por el estilo de vida que envuelve nuestro mundo? Vendrá un tiempo nuevo. Es lo que tenemos que sentir, es la esperanza que tiene que animar nuestra vida, son los pasos que hemos de dar para hacer que nuestro mundo sea mejor, empezando por ser mejores nosotros mismos. Es un cambio y una transformación que tiene que darse en nuestra vida, de la que tenemos que dar señales; y daremos señales con una forma nueva de celebrar la navidad; no nos podemos dejar arrastrar por la inercia de nuestro mundo en el que cada va a sus intereses. Como creyentes en Jesús algo nuevo tenemos que poner.

¿No tendremos que pensar con sinceridad qué cosas hay resecas en mi vida que necesitan un agua nueva? ¿Dónde tenemos que llevar esa agua que nos ofrece Jesús en ese mundo concreto en que vivimos donde como antes reflexionábamos vemos tantos sequedales? Un surco que hagamos florecer es un comienzo de un mundo nuevo que estamos haciendo en nuestro campo de la vida. Que no pase la navidad sin que hagamos florecer una nueva flor que ponga una alegría nueva en nuestra vida.

Para terminar no dejemos de lado lo que nos dice el evangelio cuando Jesús nos habla de Juan Bautista, porque no ha nacido de mujer nadie mayor que él. Pero si hacemos florecer ese surco del que hablábamos seremos incluso mayores que Juan. No lo digo yo, nos lo dice Jesús en el evangelio.


miércoles, 10 de diciembre de 2025

Busquemos un motivo hondo para nuestro camino de adviento preguntándonos qué esperamos o a quien esperamos, porque será distinto el sentido de nuestra espera Isaías 40, 25-31; Salmo 102; Mateo 11, 28-30 Siguen avanzando los días y sigue avanzando el camino de adviento que vamos realizando; como bien sabemos es un camino de espera, todos andamos ansiosos porque llegue la Navidad, pero no para todos es el mismo sentido de la espera porque quizás no esperamos lo mismo; aunque nuestra sociedad se ha contagiado de ese sentimiento de la espera que nació en los creyentes que querían darle cada año un sentido nuevo y cada vez más intenso a la Navidad que íbamos a celebrar, sin embargo podíamos decir que ha habido una manipulación de esos sentimientos aprovechándolo cada uno para sus intereses. Mucho pesa en estos momentos ese ambiente comercial y de consumo al que todos nos sentimos tentados y en el que muchos quieren hacer su negocio. No es malo que muchos busquen un rendimiento a sus esfuerzos y trabajos, pero lo malo es perder el sentido grandioso que tendría que tener para nosotros la navidad que se acerca. ¿Qué esperamos? Quizás tendríamos que comenzar preguntándonos, porque depende de lo que esperemos así le daremos sentido a nuestra espera. Es importante este planteamiento para que encontremos entonces el verdadero sentido que tendríamos que darle a nuestras celebraciones cristianas. Muchas veces solo esperamos cosas y todo parece que lo centramos en los regalos que tengamos que hacernos o recibir, el buen ambiente de fiesta con buenas comidas que hagamos en estos días, o que la suerte nos visite para que nos traiga grandes premios que pareciera que sería los que nos solucionarían todos los problemas que tenemos. Pudiera ser que al final nos sintamos desencantados porque ni fueron los regalos que esperábamos, ni logramos el buen ambiente en nuestras comidas y la fortuna no nos visitó. ¿Dónde se nos queda todo? Qué bonito y qué distinto es cuando esperamos a alguien; el encuentro personal será siempre más enriquecedor si ponemos buena disposición por todas partes; el encuentro personal nos hace crecer en humanidad y nos lleva a descubrir lo que mejor puede hacernos felices. Es la espera de la madre del hijo que hace tantos años marchó a otros lugares y ahora vuelve al hogar; es la espera del amigo con que tanto vamos a compartir y que nos hace disfrutar del calor del cariño y de la presencia de aquel a quien mucho apreciamos; es la espera del reencuentro de quienes por las razones que fueran andaban distanciados y ahora recuperan una amistad que se había deteriorado; es la espera de aquel con quien nos sentimos a gusto y que su presencia nos llena de paz porque nos comprende al mismo tiempo que nos anima y levanta de nuestros decaimientos. ¿Qué esperamos nosotros en este Adviento o a quién esperamos? Ahí está la raíz y la motivación verdadera para darle un sentido hondo a este Adviento como va a tener un sabor nuevo la Navidad que vamos a celebrar. Esperamos no algo sino que esperamos a Alguien, con más amor que una madre, como al Pastor que viene en búsqueda de las ovejas perdidas y por eso viene a mi encuentro que tantas veces ando sin saber ni por donde camino, como quien viene a ser nuestra paz y nuestro descanso porque en la mansedumbre de su corazón vamos a encontrar nuestro descanso, que viene con los brazos abiertos que nos ofrecen reconciliación pero que al mismo tiempo nos impulsará a vivir también esa reconciliación con los demás. Es lo que hoy nos está diciendo el profeta con aquellas palabras que levantaban la esperanza en el pueblo de Israel que esperaba al Mesías, y lo que Jesús mismo nos quiere decir en el evangelio. ¿Qué estamos cansados y agobiados? Vayamos a El que nos ofrece descanso en el refugio de su corazón. ¿Qué andamos desorientados en la vida como ovejas que no tiene pastor y perdidos por los arrabales por los que nos ha arrastrado nuestro orgullo y nuestra ambición, o el materialismo de la vida que nos hace esclavos de las cosas que al final han dejado un vacío en nuestro espíritu? sentémonos a los pies de Jesús como aquellas multitudes en la ladera del monte de las bienaventuranzas o como María de Betania que supo escoger la mejor parte. Cuando llegue el día de Navidad entonces nos encontraremos de verdad con Dios en aquel niño recién nacido y recostado en un pesebre en el portal de Belén. Nuestra mirada será otra y las motivaciones para la fiesta de navidad serán mucho más hondas porque nos vamos a encontrar con Dios de manera especial en cuantos nos vayamos encontrando por los caminos de la vida, sea cual sea su condición, porque en ellos veremos siempre unos hijos de Dios.

 


Busquemos un motivo hondo para nuestro camino de adviento preguntándonos qué esperamos o a quien esperamos, porque será distinto el sentido de nuestra espera

Isaías 40, 25-31; Salmo 102; Mateo 11, 28-30

Siguen avanzando los días y sigue avanzando el camino de adviento que vamos realizando; como bien sabemos es un camino de espera, todos andamos ansiosos porque llegue la Navidad, pero no para todos es el mismo sentido de la espera porque quizás no esperamos lo mismo; aunque nuestra sociedad se ha contagiado de ese sentimiento de la espera que nació en los creyentes que querían darle cada año un sentido nuevo y cada vez más intenso a la Navidad que íbamos a celebrar, sin embargo podíamos decir que ha habido una manipulación de esos sentimientos aprovechándolo cada uno para sus intereses.

Mucho pesa en estos momentos ese ambiente comercial y de consumo al que todos nos sentimos tentados y en el que muchos quieren hacer su negocio. No es malo que muchos busquen un rendimiento a sus esfuerzos y trabajos, pero lo malo es perder el sentido grandioso que tendría que tener para nosotros la navidad que se acerca.

¿Qué esperamos? Quizás tendríamos que comenzar preguntándonos, porque depende de lo que esperemos así le daremos sentido a nuestra espera. Es importante este planteamiento para que encontremos entonces el verdadero sentido que tendríamos que darle a nuestras celebraciones cristianas. Muchas veces solo esperamos cosas y todo parece que lo centramos en los regalos que tengamos que hacernos o recibir, el buen ambiente de fiesta con buenas comidas que hagamos en estos días, o que la suerte nos visite para que nos traiga grandes premios que pareciera que sería los que nos solucionarían todos los problemas que tenemos. Pudiera ser que al final nos sintamos desencantados porque ni fueron los regalos que esperábamos, ni logramos el buen ambiente en nuestras comidas y la fortuna no nos visitó. ¿Dónde se nos queda todo?

Qué bonito y qué distinto es cuando esperamos a alguien; el encuentro personal será siempre más enriquecedor si ponemos buena disposición por todas partes; el encuentro personal nos hace crecer en humanidad y nos lleva a descubrir lo que mejor puede hacernos felices. Es la espera de la madre del hijo que hace tantos años marchó a otros lugares y ahora vuelve al hogar; es la espera del amigo con que tanto vamos a compartir y que nos hace disfrutar del calor del cariño y de la presencia de aquel a quien mucho apreciamos; es la espera del reencuentro de quienes por las razones que fueran andaban distanciados y ahora recuperan una amistad que se había deteriorado; es la espera de aquel con quien nos sentimos a gusto y que su presencia nos llena de paz porque nos comprende al mismo tiempo que nos anima y levanta de nuestros decaimientos.

¿Qué esperamos nosotros en este Adviento o a quién esperamos? Ahí está la raíz y la motivación verdadera para darle un sentido hondo a este Adviento como va a tener un sabor nuevo la Navidad que vamos a celebrar. Esperamos no algo sino que esperamos a Alguien, con más amor que una madre, como al Pastor que viene en búsqueda de las ovejas perdidas y por eso viene a mi encuentro que tantas veces ando sin saber ni por donde camino, como quien viene a ser nuestra paz y nuestro descanso porque en la mansedumbre de su corazón vamos a encontrar nuestro descanso, que viene con los brazos abiertos que nos ofrecen reconciliación pero que al mismo tiempo nos impulsará a vivir también esa reconciliación con los demás.

Es lo que hoy nos está diciendo el profeta con aquellas palabras que levantaban la esperanza en el pueblo de Israel que esperaba al Mesías, y lo que Jesús mismo nos quiere decir en el evangelio. ¿Qué estamos cansados y agobiados? Vayamos a El que nos ofrece descanso en el refugio de su corazón. ¿Qué andamos desorientados en la vida como ovejas que no tiene pastor y perdidos por los arrabales por los que nos ha arrastrado nuestro orgullo y nuestra ambición, o el materialismo de la vida que nos hace esclavos de las cosas que al final han dejado un vacío en nuestro espíritu? sentémonos a los pies de Jesús como aquellas multitudes en la ladera del monte de las bienaventuranzas o como María de Betania que supo escoger la mejor parte.

Cuando llegue el día de Navidad entonces nos encontraremos de verdad con Dios en aquel niño recién nacido y recostado en un pesebre en el portal de Belén. Nuestra mirada será otra y las motivaciones para la fiesta de navidad serán mucho más hondas porque nos vamos a encontrar con Dios de manera especial en cuantos nos vayamos encontrando por los caminos de la vida, sea cual sea su condición, porque en ellos veremos siempre unos hijos de Dios.

domingo, 30 de noviembre de 2025

Despiertos y vigilantes con esperanza en el Adviento porque el Señor viene no solo recordando su primera venida sino su presencia en el hoy y aquí de nuestra vida

 


Despiertos y vigilantes con esperanza en el Adviento porque el Señor viene no solo recordando su primera venida sino su presencia en el hoy y aquí de nuestra vida

Isaías 2, 1-5; Salmo 121; Romanos 13, 11-14ª; Mateo 24, 37-44

A quien han puesto de centinela, de vigilante, no se le permite ni que ande distraído ni que se duerma. El vigilante tiene que estar despierto y atento; no sabe por donde puede aparecer el peligro, no sabe a la hora que llega quien quizás está esperando, su misión es estar allí, no puede haber otras ocupaciones que le absorban su pensamiento, para poder estar atento a cualquier señal.

Siempre aparece ante nuestros ojos y nuestra consideración esta imagen cuando comenzamos el tiempo de Adviento y nos pudiera parecer por un lado que la vigilancia es cosa solo de unos días en razón de las celebraciones próximas que vamos a tener ni tampoco hemos de pensar que solo al Adviento es cosa de estos momentos previos a la Navidad, como preparación a la celebración del Nacimiento de Jesús.

Pero creo que ambos conceptos tienen una amplitud mucho mayor de la que habitualmente lo reducimos. Como veremos la vigilancia tiene que ser una actitud muy importante en la vida como lo es la esperanza, pero también me atrevo a decir que en cierta manera para el cristiano adviento es todo el año, ha de abarcar toda nuestra vida.

Unimos, reduciendo incluso su significado, el Adviento al hecho de la Navidad cercana, pero la navidad para un cristiano no es solo una celebración como un recuerdo de un momento cuando Dios quiso encarnarse en nuestra carne humana y nació de Santa Maria Virgen en Belén, como vamos a celebrar; es eso pero mucho más, porque no es solo una venida pasada la que celebramos y para la que preparamos sino que en el Credo de nuestra fe hablamos de la venida del Señor, con gran poder y gloria, para juzgar a vivos y muertos; hablamos de la segunda venida del Señor, y para ello también hemos de estar atentos y preparados, y por ahí va también el sentido del Adviento, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, como decimos en la liturgia. Claro que es también Adviento para vivir una autentica Navidad y para ello también hemos de prepararnos.

Pero hay una venida del Señor, una presencia del Señor en el día a día de nuestra vida, porque El nos prometió que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos. ¿Seremos conscientes de esa presencia del Señor? ¿Estaremos atentos a ese momento en el día a día de nuestra vida que el Señor se hace presente en nuestra vida, viene a nosotros? Esto es muy importante cuando vivimos con intensidad nuestra fe, para ello necesitamos vivir con intensidad nuestra fe y nuestra esperanza, necesitamos de esa atención, de esa vigilancia para descubrir los signos de esa presencia del Señor en nuestra vida. Adviento así no se reduce a un tiempo litúrgico sino que es parte de nuestra vida.

Cuando nosotros los cristianos celebramos el Adviento no nos podemos dejar llevar por lo que el ambiente externo nos ofrece estos día como preparación para la Navidad. Hoy nos dice la Palabra de Dios que despertemos en medio de esos sonidos y cantinelas que nos aturden porque tanto nos dicen lo que quieren que sea la navidad de demasiado jolgorio y consumismo, que al final nos sentimos arrastrados y olvidamos su verdadero sentido.

Como nos dice Jesús en el evangelio, ‘en los tiempos de Noé la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio’ y nos termina diciendo Jesús ‘estad en vela porque no sabéis qué día vendrá el Señor’. Nos quiere decir mucho el  Señor con estas palabras.

Vivimos nuestra vida, nuestros trabajos y nuestra familia, nuestros momentos de alegría y de fiesta como también momentos oscuros por los que todos pasamos, pero hemos de estar despiertos, porque ahí donde estamos, en lo que es nuestra vida con sus luces y con sus sombras, con los problemas que vive nuestro mundo o las preocupaciones que tenemos nosotros en el día a día, con lo que estamos pasando o las situaciones por las que hayamos pasado el Señor viene a nosotros; en eso que nos sucede y que vivimos tenemos que saber descubrir el hoy de la presencia del Señor, en eso que vivimos, cueste lo que nos cueste, tenemos que hacer navidad, hacer que sintamos esa presencia de Dios en nuestra vida.

Es el Adviento que hemos de vivir, es la vigilancia que hemos de poner en nuestra vida. No estamos en un mundo sin Dios, no podemos vivir nuestra vida ajenos a Dios, aunque el mundo que nos rodee celebre a su manera una navidad realmente sin Dios. Es donde nosotros tenemos que dar una señal, ser señal para el mundo que nos rodea de algo distinto; nuestra vida por la manera que afrontamos la vida, los problemas, las alegrías, lo que somos y lo que hacemos tiene que ser buena noticia para los demás, tiene que ser evangelio para nuestro mundo.

Que el jolgorio con que envolvemos las fiestas de navidad no nos haga olvidar el verdadero regalo que recibimos. Demos ahora señales de Adviento para que nos podamos convertir en evangelio de Navidad para el mundo que nos rodea, ese mundo que comienza por los que están a nuestro lado, nuestra familia, nuestros convecinos, nuestros amigos.

 

lunes, 23 de diciembre de 2024

Que la luz de navidad que se va a encender no sea luz de pronta caducidad que tan pronto se enciende como se apaga, sino una luz permanente para nuestra vida

 




Que la luz de navidad que se va a encender no sea luz de pronta caducidad que tan pronto se enciende como se apaga, sino una luz permanente para nuestra vida

Malaquías 3, 1-4. 23-24; Salmo 24; Lucas 1, 57-66

Un nacimiento siempre nos abre a la vida, al futuro, a la esperanza. Es la gran alegría de un hogar, el nacimiento de un niño. Pero es una alegría contagiosa, todos los familiares se alegran, los vecinos felicitan a la madre y no faltan las atenciones y los regalos. Es la ternura de un niño recién nacido, pero es la ternura de la vida que a todos nos emociona. Es el arranque de unos sueños porque de alguna manera todos pensamos en el futuro, en lo que va a ser, en lo que puede ser este niño que ahora contemplamos recién nacido. Parece un ser indefenso pero a todos nos pone en movimiento a su alrededor.

En las montañas de Judea todo era alegría. Se alegraban porque Dios había regalado su amor y su misericordia a aquella familia que no tenían hijos y parecían perdidas las esperanzas de poder tenerlo. Sentían que la mano de Dios estaba con ellos lo que les hacía que sus sueños fueran, por así decirlo, más intensos. ‘¿Qué será de este niño?’ se preguntaban porque muchas cosas maravillosas y extraordinarias estaban sucediendo en su entorno.

Su madre era mayor y parecía estéril pero Dios le había concedido el don de la maternidad. Su padre, que era sacerdote del templo de Jerusalén, después de un servicio en el templo, que parecía coincidir con los nueve meses del embarazo de la madre, había vuelvo mudo de Jerusalén después de ejercer allí su oficio. Ahora la madre pretende ponerle un nombre distinto al habitual, que era ponerle el mismo nombre del padre del niño, pues quería llamarlo Juan como significación de que Dios había manifestado su misericordia con aquella familia – era el significado del nombre – y el padre al que habían preguntado por señas así lo había ratificado escribiéndolo en una tablilla; pero no se habían terminado ahí las cosas asombrosas, pues había recobrado el alma y había comenzado a cantar en acción de gracias a Dios, señalando lo que sería la misión de aquel niño. ‘¿Qué será de este niño?’ se preguntaban y no sin razón, por lo que todos alababan a Dios.

Hoy nosotros casi en las vísperas del nacimiento de Jesús estamos contemplando en el evangelio el nacimiento de Juan. Profeta del Altísimo, lo llamará su propio padre Zacarías; el que viene a preparar los caminos del Señor, como había anunciado los profetas; el mensajero de la Alianza como dicho también el profeta Malaquías, como hoy mismo hemos escuchado; como el fuego de fundidor, como lejía de lavandero… acrisolará como oro y plata, y el Señor recibirá ofrenda y oblación justas… le contemplaremos invitando a la penitencia en la orilla del Jordán.

Contemplamos a Juan en su nacimiento, con la misma ilusión que contemplamos a un recién nacido como una promesa de futuro; contemplamos el nacimiento de Juan y nos llenamos de esperanza, porque es la aurora de la salvación que llega; contemplamos a Juan y también nos sentimos invitados a la alegría que nace de la esperanza, porque ya está cercano el día del Señor, sentimos cercana a nosotros lo que es la misericordia y la compasión del Señor que sobre nosotros está también volviendo su rostro. También nosotros queremos prorrumpir en cánticos de alabanza al Señor, también queremos tener bien dispuesto nuestro corazón para sentir y para vivir la misericordia de Dios en nuestra vida.

Es el preparativo importante que tenemos que hacer para la navidad. Disponemos nuestro corazón, disponemos nuestras actitudes, nos abrimos al amor del Señor que queremos también compartir con los demás. Grande e importante es la luz que nos iluminará, que no se quede en luces abocadas a la caducidad que tan pronto se encienden como se apagan, que sea una luz permanente para siempre la que se va a encender en nuestra vida con la navidad.

sábado, 14 de diciembre de 2024

Todos están preparando la navidad y pocos preparando la presencia de Jesús en nuestro mundo, es necesario que haya profetas que sean verdadero signo para nuestro mundo

 


Todos están preparando la navidad y pocos preparando la presencia de Jesús en nuestro mundo, es necesario que haya profetas que sean verdadero signo para nuestro mundo

Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Salmo 79; Mateo 17, 10-13

Seguramente que en alguna ocasión nos hemos encontrado con alguna persona que nada más verla, no tanto en apariencia física, sino por la forma de actuar, por la manera de hablarnos, por las cosas que nos dice parece que tiene un don especial, pero es que además nos hace como entrar en otra sintonía por la que esa persona nos recuerda a alguien; algunas veces de entrada no sabemos a quien, pero quizás con el tiempo recordamos a alguien muy concreto que tenía esa forma y manera de actuar. No vislumbramos quizás el vinculo que puede haber entre esas personas, pero una cosa sí es cierta, la una nos recuerda a la otra, es casi como una plasmación actual de aquella persona que quizás conocimos en otro tiempo.

¿Por qué hago referencia a esto? Además de que sea bueno reconocer hay una línea de continuidad en la vida y tendríamos que resaltar en las cosas buenas, lo hago también por una referencia que nos hace hoy el evangelio. Vamos avanzando en el camino del Adviento y bien sabemos que por una parte los profetas y luego ya más en concreto con Juan Bautista tenemos toda una senda que nos prepara para la celebración de la venida del Señor. Recordamos las palabras de los profetas que anuncian esos tiempos mesiánicos y ya en la cercanía de la Navidad escucharemos una y otra vez a Juan el Bautista que en el desierto preparaba los caminos del Señor.

Pero hoy se nos manifiesta un nexo de unión entre el profeta Elías, paradigma de los profetas del Antiguo Testamento y el Bautista. Todo parte de una pregunta que le hacen los discípulos a Jesús sobre aquello que enseñaban los maestros de la Ley de que antes de la llegada del Mesías haría su aparición de nuevo del profeta Elías. En los textos del Antiguo Testamento se menciona como fue arrebatado al cielo en presencia del que iba a ser su sucesor Eliseo. Hoy en el texto del Eclesiástico se nos habla de que fue arrebatado al cielo en un carro de fuego. Pero se anuncia claramente la vuelta de Elías.

¿Cómo? Se habla de que vendrá a reconciliar a los padres con los hijos y a restablecer las tribus de Jacob. Esto era algo que estaba muy presente en la mentalidad y en la religiosidad judía. Recordamos como antes de la Ascensión los discípulos le preguntan a Jesús si ya ha llegado el tiempo en que se restablecerá la soberanía de Israel. Pero no tendríamos que olvidar algo que ya próximamente escucharemos en la aparición del Arcángel Gabriel a Zacarías en el templo cuando le anuncia el nacimiento de un hijo que viene con el poder y el espíritu de Elías para reconciliar a los padres con los hijos y preparar para la llegada del Mesías un pueblo bien dispuesto.

Por eso hoy Jesús, ante las preguntas de los discípulos, les responderá que Elías ya ha venido, aunque no lo hayan querido reconocer, pero que eso mismo harán con el Hijo del hombre. Una referencia, como recogen los mismos discípulos, a Juan el Bautista, pero una referencia también a lo que será el rechazo que harán a Jesús.

Todo esto que venimos reflexionando ha de valernos para la mirada que tenemos que hacer a la vida para saber descubrir esos que como profetas a lo largo de la vida han estado a nuestro lado para que seamos ese pueblo bien dispuesto para el Señor. ¿Podríamos reconocer en alguien quien ha estado junto a nosotros con ese poder y con ese espíritu de Elías? Esas personas buenas que nos hemos ido encontrando en la vida que han tenido un buen consejo para nosotros, una palabra de sabiduría que nos ha hecho ver las cosas de forma diferente, un gesto que nos ha despertado de nuestras somnolencias o de nuestras rutinas. Algunas veces pronto olvidamos esos signos que en un momento determinado nos hicieron bien, nos alertaron o nos ayudaron a ponernos en buen camino. Necesitaríamos detenernos para pensar en ello y reconocerlo y dar gracias porque han sido señales que Dios ha puesto a nuestro lado.

Pero en esta reflexión quisiera dar un paso más aunque sea pequeño. Es pensar cómo nosotros podemos ser signos para muchos que están a nuestro lado; estamos llamados a dar testimonio; nuestra fe, nuestra manera de actuar, nuestro amor y generosidad tiene que convertirse también en signo profético en medio de nuestro mundo. El mundo necesita profetas que con palabra valiente o con gestos que aunque sean sencillos sean también valientes y atrevidos ayudemos a despertar a nuestro mundo.

Estos días todo el mundo está preparando la Navidad, pero pocos están preparando hacer presente a Jesús y su evangelio en nuestro mundo. ¿No sería ahí donde tendríamos que ser verdaderos signos proféticos para los que nos rodean? El espíritu de Elías, el espíritu del Bautista ¿qué nos estaría pidiendo a nosotros?

lunes, 2 de diciembre de 2024

Bajemos al campo de la humildad y se abrirá camino para que Dios llegue a nuestra vida, la paz inundará nuestro corazón y le daremos el mejor sentido a la navidad cercana

 


Bajemos al campo de la humildad y se abrirá camino para que Dios llegue a nuestra vida, la paz inundará nuestro corazón y le daremos el mejor sentido a la navidad cercana

Isaías 2, 1-5; Salmo 121; Mateo 8, 5-11

Situémonos en el lugar del episodio con los personajes de este evangelio que escuchamos al principio de esta primera semana de Adviento. Estamos en la ciudad de Cafarnaún, una ciudad en cierto modo cosmopolita por su situación, su actividad y los diferentes personajes que por ella circulan; es una población ciertamente judía, pero su situación geográfica junto al lago, al norte de Palestina, con la cercanía de Siria y la Decápolis, unos pescadores que allí se concentraban para su actividad de pesca, en cierto modo un cruce de caminos entre distintas regiones  hacía que como en el episodio no solo nos encontramos israelitas, sino también un centurión romano, un criado paralítico y una gente que convive con respeto esa variada situación. Allí ha centrado Jesús por otra parte su predicación en el anuncio del Evangelio en Galilea, la casa de Simón Pedro viene a ser como el centro que todo lo aglutina.

¿Será algo así la situación en que hoy nosotros nos encontramos cuando escuchamos el evangelio en este principio del camino del Adviento? Problemática compleja la que vivimos y en medio de la cual nosotros queremos escuchar el evangelio de Jesús como anuncio de salvación para el hoy de nuestra vida. Gente que nos rodea con sus propias circunstancias, situación anímica en la que podemos encontrarnos con nuestros problemas o con las diferentes influencias que de todas partes recibimos en el mundo de hoy, parálisis de fe y de vida en la insensibilidad que nos rodea o en la rutina en que andamos metidos y que de alguna manera nos mantiene como aturdidos.

No es el mejor ambiente el que encontramos a nuestro alrededor para dar el mejor sentido a la navidad que vamos a celebrar demasiado marcada por el consumismo y el materialismo de la vida donde quizás el sentido religioso no ocupe ni el mejor ni el primer lugar.

Hoy vemos a un centurión romano, considerado gentil o pagano en relación con la religión que viven los judíos, pero que se encuentra en un momento difícil al tener enfermo y paralítico al que considera su mejor criado que no sabe a quien acudir. Ha oído hablar de los signos y milagros que Jesús realiza y se agarra a un clavo ardiendo. Acude a Jesús con su problema, a pesar de no ser judío, y Jesús se ofrece a ir a su casa a curarlo. Pero aquí aparece su grandeza que lo cambia todo, su humildad. Una humildad que le hace sentirse pequeño y vacío a pesar de todo su poderío, es un centurión acostumbrado al mando y al dominio, pero siente que no es digno de que Jesús entre en su casa. Se desprende de su grandeza para dejar entrar no en su casa, sino en su corazón a Jesús. Se despierta en él la más grandiosa fe, que merecerá incluso la alabanza de Jesús. ‘No he encontrado en nadie tanta fe’.

Y ¿qué nos puede decir esto a nosotros hoy? Desde todas esas vanidades de la vida que vivimos y nos envuelven, desde toda esa prosopopeya que nos hemos creado para celebrar a nuestra manera la fiestas de Navidad de manera que hasta en cierto modo hemos quitado de en medio a Jesús – algunas veces parece que los arbolitos adornados o los rojizos y regordetes ‘papás Noel’ son los protagonistas -, tenemos que comenzar por despojarnos, entrar en un camino de humildad porque será lo que despertará en nosotros la verdadera fe para sentir y para vivir la verdadera navidad.

Es bonita la actitud del centurión que se nos ofrece en estas primeras páginas del camino de nuestro adviento. Es la mejor manera de comenzar nuestro recorrido; es la actitud más hermosa para abrir las puertas a Dios que quiere llegar a nuestra vida. No son unos hogares recargados de oropeles que son como hojarasca el mejor lugar que le podemos ofrecer a Dios que llega a nuestra vida.

El viene también cada día y en cada momento a curarnos, a levantarnos de esas parálisis de nuestros pies y manos que nos inutilizan, de esas cegueras que nos hacen permanecer en las sombras, de esa cerrazón de nuestros oídos que no escuchan, de ese pecado que nos llena de muerte. Transformemos los utensilios de guerra en instrumentos de paz.

No solo celebramos que en otro momento histórico Dios se hizo Emmanuel presente en el mundo, sino que hoy de muchas maneras sigue llegando a nosotros. Embebidos en nuestros orgullos no somos capaces de distinguirlo porque queremos hacerlo a nuestra manera o nos dejamos arrastrar por ese ambiente que nos rodea. Bajemos al campo de la humildad y se abrirá camino para que Dios llegue a nuestra vida y la paz inundará nuestro corazón.

domingo, 1 de diciembre de 2024

Levantáos, alzad vuestra cabeza… que no se emboten vuestros corazones… estad despiertos en todo tiempo… manteneos en pie ante el Hijo del Hombre

 


Levantáos, alzad vuestra cabeza… que no se emboten vuestros corazones… estad despiertos en todo tiempo… manteneos en pie ante el Hijo del Hombre

Jeremías 33, 14-16; Sal. 24; 1Tesalonicenses 3, 12 — 4, 2; Lucas 21, 25-28. 34-36

Tenemos que cuidar la memoria. Qué desencanto cuando en un momento teníamos que recordar algo importante, que no solo lo era para nosotros sino también para alguien a quien apreciábamos muchos y tenemos que reconocer, lo olvidé. Un aniversario, un cumpleaños, un acontecimiento, algo importante que nos ha sucedido… vamos guardando muchas cosas en la memoria; es nuestra historia, es lo que hemos vivido, son momentos que han sido transcendentales para nosotros, ha formado parte de nuestra vida, y aunque quizás en momentos han sido cosas duras, fue cimiento quizás de lo que ahora somos, de ello mucho aprendimos y seguiremos aprendiendo. En muchos aspectos de la vida, aunque algunos no quieran recordar. Pero pienso que tenemos que cuidar la memoria. Es alimento de la fe de nuestra vida.

Los cristianos hacemos crecer nuestra fe precisamente haciendo memoria; haciendo memoria de lo que ha sido el amor de Dios en nuestra vida y en nuestra historia, en toda la historia. ¿No la llamamos historia de la salvación? Aquellos grandes acontecimientos donde Dios se manifestó, se hizo presente, se encarnó y se dio por nosotros. Es por otra parte lo que hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor en su muerte y resurrección. Así lo decimos y así lo confesamos. ¿Qué otra cosa es el Credo de nuestra fe que recitamos?

Estamos comenzando un tiempo litúrgico que nos lleva a hacer memoria y celebrar, pero que no se encierra en un hecho pasado, sino que nos lleva a vivir el presente con renovada intensidad pero nos abre a la esperanza de una plenitud que todos deseamos y esperamos. Este tiempo que estamos comenzando a vivir lo llamamos adviento, con la connotación de venida y de espera que tiene esa palabra. Llamamos al Adviento tiempo de esperanza, como habremos escuchado tantas veces.

Viene la Navidad, donde haremos memoria del nacimiento de Jesús, haremos memoria y como es algo muy gozoso para nosotros y para toda la humanidad es algo que celebraremos y queremos hacerlo de la mejor manera posible. Será vivir la presencia del Emmanuel, del Dios que quiere estar con nosotros, del Dios que sigue viniendo a nuestra vida en el ahora y en el hoy de nuestra existencia. También andamos en oscuridades como contemplamos que era la historia en la noche de la humanidad y para nosotros hoy también quiere brillar una luz.

Sí, en este hoy que vivimos con sus luces y con sus sombras, tan lleno de sufrimientos, de guerras y de enfrentamientos de todo tipo – no es necesario que hagamos un listado porque todos somos conscientes de lo que hoy, finales de 2024 y en las vísperas de un año que va a comenzar,  está sucediendo en nuestro mundo. Y aquí y ahora viene Dios a nosotros. ¿Estaremos tan adormilados que no vamos a ser conscientes de esa presencia de Dios con nosotros?

Como expresamos en los deseos y peticiones de nuestras oraciones queremos vernos liberados de ese mal, queremos reencontrarnos de nuevo con la paz en nuestras vidas, en nuestros pueblos, en nuestro mundo, en nuestros corazones - ¿de verdad no es un deseo de nuestro corazón? -, mientras queremos seguir haciendo nuestro camino, un camino de una vida mejor, un camino de justicia, un camino en que nos quitemos esas caretas de la vanidad y de tantas ambiciones que malean nuestro espíritu, un camino en que vayamos encontrando esa armonía de la fraternidad, un camino en que tengamos una vida plena, como decimos, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo.

Es el otro sentido profundo del Adviento y de lo que tiene que ser una navidad vivida en profundidad. Es para lo que en verdad tenemos que prepararnos, ahora en estos días que estamos preparando tantas cosas y parece que nos olvidamos de lo principal en lo que tiene que ser la celebración de la navidad. Hagamos memoria, sí, que nos ayude a despertar, a estar atentos para no dejar pasar el momento y las cosas que verdaderamente son principales.  

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Nos da unas claves en las palabras del evangelio. ‘Levantáos, alzad vuestra cabeza… que no se emboten vuestros corazones… estad despiertos en todo tiempo…’ No podemos permanecer aturdidos ni somnolientos. Bueno es, pues, hacer memoria, no olvidar, tener presente, que no se nos pase, que no andemos distraídos en otras cosas. Que se reanime nuestra fe, que saquemos a flote nuestra esperanza porque tenemos la confianza y la certeza de que algo nuevo va a comenzar. No nos podemos dejar confundir por tantos cantos de sirena que suenan a nuestro alrededor llamándonos por acá y por allá, diciéndonos lo que tiene que ser la navidad o de lo que verdaderamente nos va hacer felices, pero que al final nos dejará un vacío y aburrimiento en el alma tan difícil de corregir. Rumiemos pacientemente estas claves que nos da Jesús.

Con esa atención vamos comenzar este camino de adviento y cada signo que vayamos poniendo, cada gesto que vayamos realizando tenga el más hondo sentido y se pueda convertir en un grito de esperanza para el mundo que nos rodea y que tanto lo necesita. ‘Se acerca vuestra liberación… manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’.

martes, 19 de diciembre de 2023

Dios se sirvió de quienes parecían débiles e incapaces para contar con ellos y realizar maravillas, sepamos tener una mirada nueva para no descartar ni discriminar

 


Dios se sirvió de quienes parecían débiles e incapaces para contar con ellos y realizar maravillas, sepamos tener una mirada nueva para no descartar ni discriminar

Jueces 13, 2-7. 24-25ª; Sal 70; Lucas 1, 5-25

Alguna vez quizás nos sentimos incapaces de realizar algo, bien porque reconocíamos nuestra ineptitud, ya fuera porque no nos considerábamos preparados para ella, ya sea porque reconocemos nuestras limitaciones o incapacidades – no todos valemos para todo, solemos decir – ya fuera porque nos consideráramos mayores, fuera de época para los tiempos en que vivimos, o con la debilidad de los años y más carencias que nos pueden ir apareciendo. Es quizás un reconocimiento humilde, porque es una realidad de nuestra vida; pudiera ser una minusvaloración que hacemos de nosotros mismos porque no terminamos de creer en nosotros y en nuestras capacidades, y parece que todo tiene que seguir con normalidad dejando que sean otros los que lo realicen.

Sin embargo, cuando tras una situación así, viene alguien y nos dice que a pesar todo quiere seguir confiando en nosotros, y que nosotros estamos llamados a realizar esa función, pudieran ser varias las reacciones que tomemos, desde negarnos radicalmente a  hacerlo, o por el contrario, aceptar esa misión o labor que se nos confía, elevando nuestra autoestima, y prometiendo poner todo de nuestra parte para desarrollar tal misión. En el fondo, somos humanos, nos sentimos halagados con tal confianza.

Así Dios quiere contar con nosotros. No importa que seamos pequeños, no importa que nos consideremos inútiles por tantas cosas y tantas realidades que han debilitado nuestra vida, o en las que quizás incluso no hayamos obrado bien. Dios sigue contando con nosotros y tenemos que saber escucharle.

Nos lo dice claramente en los textos que hoy se nos ofrecen. ¿Dónde quiso escoger Dios, en la lectura que hemos escuchado en primer lugar, un juez para Israel en aquellos momentos difíciles que pasaba el pueblo? El ángel del Señor visita a una mujer que era estéril y le anuncia que tendrá un hijo que será consagrado para el Señor. Así surgió aquel Juez de Israel llamado Sansón.

Pero es lo que escuchamos también en el evangelio. Nos habla de una pareja de ancianos que no tienen hijos, aunque mucho lo habían pedido al Señor. Pero Isabel era estéril, Zacarías era anciano, pero el ángel del Señor viene de parte de Dios para contar con aquel matrimonio. ‘Yo soy viejo y mi mujer de edad avanzada’, replica una y otra vez el anciano sacerdote. Pero Dios quiere contar con El, su mujer quedará embarazada y le dará a luz un hijo, Juan, de quien diría Jesús que no ha nacido de mujer ningún hombre mayor que él.

Así son las maravillas que Dios realiza. Así son las maravillas que Dios quiere seguir realizando. Quiere contar con nuestra disponibilidad, no importa nuestra debilidad ni las incapacidades que nosotros podamos ver. Sepamos tener la mirada de Dios; sepamos dar respuesta a lo que Dios nos pide, cualquiera que sea nuestra condición, cualquiera que sea nuestra edad, aunque nos consideremos pequeños y pecadores, son las maravillas de Dios. Tenemos que aprender a confiar; tenemos que dejar hacer a Dios en nuestra vida.

Nos vale para mirarnos a nosotros mismos y descubrir en lo que Dios quiere contar con nosotros, para no perder el ánimo ni la esperanza, para que tengamos esa disponibilidad del corazón. Nos vale para que miremos a nuestro alrededor, y sepamos descubrir las maravillas que Dios realiza, allí donde menos lo pensamos; nos vale para que nosotros aprendamos también a confiar y a contar más con los demás, porque demasiadas veces marcamos a las personas por una razón o por otra y decimos ya de entrada que no valen, que no sirven, que no son las adecuadas, pero la visión de Dios es otra.

Tendrían que ser criterios que también tengamos en la Iglesia, porque demasiado descartamos a muchas personas, y tenemos que saber descubrir que Dios puede y quiere contar con ellas y también podrán realizar maravillas. ¿Será algo que nos está pidiendo el Señor en este camino de Adviento que estamos realizando?

domingo, 17 de diciembre de 2023

El Adviento que estamos haciendo nos tiene que impulsar a ser buena noticia de esperanza por los signos de nuestra vida para ese mundo que nos rodea

 


El Adviento que estamos haciendo nos tiene que impulsar a ser buena noticia de esperanza por los signos de nuestra vida para ese mundo que nos rodea

 Isaías 61, 1-2a. 10-11; Sal: Lc 1, 46-54; 1Tesalonicenses 5, 16-24; Juan 1, 6-8. 19-28

¿Quién estando en una situación difícil, problemática, si escucha una voz que le insinúa o le anuncia que puede salir de esa situación, que se pueden resolver esos problemas no ve como una rayo de luz para su vida que le llena de esperanza y de alegría? Todos queremos salir de las malas situaciones; aunque nos sintamos culpables por lo que hayamos hecho buscamos el perdón y el rehacer de nuevo nuestras vidas; escuchar una voz que nos anuncia ese perdón es como si se le abrieran nuevos caminos en su vida, que por su situación la encuentra un verdadero desierto o destierro.

Es lo que hoy escuchamos en la palabra de Dios de este tercer domingo de Adviento. Es la buena noticia que nos trae el adviento cuando nos habla de esos nuevos caminos en el desierto, de ese perdón y de esa amnistía para nuestros errores y pecados, es lo que se nos anuncia con la venida de Jesús. Es lo que tenemos que sentir en lo más hondo de nosotros mismos.  Es la esperanza que tiene que ser en verdad la navidad para este mundo en que vivimos.

Necesitamos una palabra de esperanza, escuchar esa voz que nos suena lejana quizás como en un desierto, pero que es un diáfano mensaje para nuestra vida. Es la buena noticia que necesitamos. Y esto no es de una forma teórica, por así decirlo, sino que tiene que tocar la realidad de nuestra vida.

Pensamos en nuestra vida personal, con sus luces y con sus sombras, con tantas tentaciones de materialismo y de sensualidad que recibimos por todos lados, con esos momentos en que nos dejamos llevar por una vida ramplona y superficial o donde huimos del compromiso cerrando nuestros oídos y nuestros ojos a palabras y luces nuevas que nos puedan inquietar. Sí, fácilmente nos dejamos arrastrar por el ambiente, por lo que todos hacen, por lo que imponen los ritmos de la vida de hoy, pero nos cuesta detenernos a pensar, a reflexionar, a buscar algo nuevo y distinto, porque realmente no nos sentimos satisfechos con lo que hacemos o con nuestra manera de vivir. Pero cambiar nos cuesta, enderezar lo que anda torcido nos parece imposible, hacer que el camino sea de otra forma nos parece irrealizable.

Son esos pasos que personalmente vamos dando en la vida, pero es también el conjunto de la sociedad en la que vivimos, es la situación de nuestro mundo tan falto de paz, son esos problemas sociales que parece que cada vez se van agrandando más y nos resistimos a un mayor compromiso de solidaridad, de justicia, de autenticidad en la vida. Cuántos valles y barrancos vamos ahondando cada vez más en nuestra sociedad, cuántas barreras nos ponemos desde nuestros orgullos como sociedad o como pueblo y no damos el brazo a torcer.

Pero viene quien nos anuncia un mundo nuevo donde sepamos entendernos, donde encontraremos la verdadera paz, donde seamos capaces de perdonarnos y de reconciliarnos a pesar de lo que nos hayamos hecho los unos a los otros, donde comencemos a colaborar los unos con los otros poniendo cada uno su parte de bondad que nos abaje de pedestales, que olvide resentimientos, que ponga las bases de un verdadero encuentro que nos lleve a una pacífica convivencia. No siempre lo entendemos, no siempre somos capaces de dar los pasos necesarios, pero es lo que Jesús con su venida quiere realizar en nuestros corazones. ¿Tendríamos que modificar algunos criterios que nos hemos hecho de nuestra manera de ver lo que sucede hoy en nuestra sociedad?

El Adviento que vivimos tiene que ser una buena noticia para nuestro mundo porque nos dice que es posible un mundo distinto en que nos llenemos de la verdadera paz; el que viene quiere transformar nuestros corazones para llenarnos de vida y de luz. Es un camino que cada uno de nosotros tiene que ir realizando, porque es la manera de que luego vayamos contagiando a los que están a nuestro lado, a nuestros familiares y vecinos, a esa sociedad en la que vivimos, a nuestro mundo de ese nuevo sentido para que un día logremos ese mundo de paz. 

Hoy contemplamos y escuchamos esa voz que grita en el desierto en la figura de Juan Bautista para preparar los caminos del Señor. Su palabra en el desierto, su manera de vivir era un interrogante para el mundo que le rodeaba, estaba inquietando a muchos y también a los dirigentes del pueblo de Israel; por eso viene aquella embajada desde Jerusalén para preguntarle por el sentido de su vida y de su mensaje. Juan responde que él solo es un testigo de la luz, porque él no es la luz, sino aquel que ha de venir; él es la voz que anuncia al que de verdad es la Palabra de salvación, toda la referencia de su vida es Jesús.

Pero yo me pregunto si nosotros los cristianos con el testimonio que damos, con nuestras palabras o con nuestra manera de actuar seremos también un interrogante para el mundo que nos rodea que le haga preguntarse por el sentido de lo que hacemos. Mal seríamos testigos de la luz si nuestra vida no está haciendo referencia a Jesús, que es a quien realmente tenemos que anunciar.

¿Daremos alguna señal nueva en este Adviento por la manera que preparamos la navidad? Nuestra manera de celebrar la navidad ¿será un interrogante que inquiete a los que nos rodean? No olvidemos que tenemos que ser esa buena noticia de esperanza por aquellos signos que demos con nuestra vida para ese mundo que nos rodea.

domingo, 10 de diciembre de 2023

El profeta anuncia al pueblo palabras de consuelo que lo ponen en camino, es la nueva actitud que hoy nos pone en pie en este camino del Adviento

 


El profeta anuncia al pueblo palabras de consuelo que lo ponen en camino, es la nueva actitud que hoy nos pone en pie en este camino del Adviento

Isaías 40, 1-5. 9-11; Sal 84; 2Pedro 3, 8-14; Marcos 1, 1-8

Supongamos que tenemos una deuda muy grande que no tenemos medios para poder pagarla; sobre nuestra cabeza pende el momento en que nos puedan exigir el pago de esas deudas y en cierto modo vivimos en la angustia de no saber cómo salir de ese atolladero. Pero de pronto nos anuncian que esa deuda está condonada, ya no tenemos que pagarla porque alguien nos ha resarcido de ella. Consuelo y alegría para nuestro corazón.

Es lo que escuchamos hoy al profeta, en la primera lectura. Invita a escuchar palabras de consuelo porque su deuda está condonada. El profeta aparece en unos momentos que fueron cruciales en la historia del pueblo de Israel; habían sido llevados a la cautividad de Babilonia y en un momento dado se les ofrece la liberación. Por eso los desiertos se convierten en caminos para aquel pueblo desterrado que corre de nuevo hacia su tierra, como en un segundo éxodo hacia la tierra de libertad prometida.

El desierto, como el destierro, no van a ser un lugar para la estancia, sino que se convertirán en un camino, que habrá que prepararlo adecuadamente, porque en el desierto no hay caminos, sino todo es aridez y colinas y barrancos que habrá que sortear; unos caminos nuevos han de abrirse por el desierto.

Y esa palabra del profeta la escuchamos nosotros hoy, en este segundo domingo de Adviento, pero también en medio de los desiertos y de las arideces de la vida. Miremos nuestra situación y la situación de nuestro mundo, miremos nuestra propia vida y la manera que tenemos de relacionarnos con los demás, contemplemos la falta de paz no solo de las guerras que siguen azotando nuestro mundo, sino esa ruptura de la paz en las familias, en nuestras mutuas relaciones, en tantas cosas que nos ponen en tensión; miremos, sí, ese mundo que nos rodea y que se encanta con las campanillas y los colores que nos anuncian la navidad, pero que sigue viviendo en la superficialidad y en la vanidad; miremos cual es la preparación que precisamente se nos ofrece en la sociedad para la celebración de la navidad, donde Jesús será el más olvidado.

Nos aparece en el evangelio la figura del Bautista, aquel profeta que ha aparecido en los desiertos de Judea y en las orillas del Jordán con una figura de austeridad que pareciera que nos viene a aguar la fiesta cuando nosotros estamos pensando en tantos adornos y tantas vanidades de las que rodeamos nuestras fiestas de Navidad.

Tenemos que detenernos los cristianos en medio de esa carrera loca a la que nos lleva nuestra sociedad. Tenemos que despertar y ver cual es la verdadera realidad de la navidad que vamos a celebrar. ¿Olvidaremos aquello a lo que en verdad ha venido a nuestro mundo el Hijo de Dios cuando quiere ser Dios en medio de nosotros? ¿Seremos conscientes de esas colinas, valles y barrancos en medio de un mundo árido y reseco que sigue existiendo a nuestro alrededor y en nosotros mismos? ¿Seguiremos dejando a nuestro mundo, o nos quedaremos nosotros mismos en ese desierto sin abrir nuevos caminos?

No es la cena de un día, no es un bonito árbol lleno de luces y de regalos que plantemos un día, no es una bella y más o menos artística escenificación de la navidad con sus figuras de todas formas y colores, lo que tiene que hacer la navidad. Podrían ser buenos signos, pero eso, signos de algo nuevo y distinto lleno de otra luz y de otro color que tendríamos que construir en nuestra vida, en la vida de los que nos rodean, de la transformación que realmente tenemos que realizar en nuestro mundo.

No nos podemos quedar en lo externo y superficial. Un camino nuevo tenemos que emprender, tenemos que construir en medio de ese desierto. A eso nos está invitando el profeta, a eso nos está llamando de forma apremiante el Bautista. Una esperanza nueva tiene que nacer en nuestros corazones y darle color a nuestro mundo, que es más que la luz parpadeante de unos momentos, porque Jesús es la luz que nos va a iluminar para siempre. No nos quedemos, pues, simplemente parpadeando, que las luces que parpadean terminan fundiéndose y apagándose.

Como las palabras del profeta sirvieron de consuelo y alegría, pero también pusieron en camino a aquel pueblo que se sentía sin libertad alejado de su pueblo, así tenemos que escuchar hoy – y cuando digo hoy estoy diciendo en este momento concreto – estas Palabras que se nos ofrecen hoy a través de la liturgia de ese segundo domingo de Adviento, aunque nos puedan resultar incómodas.

¿Cuáles, en concreto, son esos desiertos, valles, barrancos y colinas donde tenemos que comenzar ya a hacer un camino nuevo? ¿Cómo se va a traducir eso también para esa sociedad concreta en la que vivimos, que es nuestra familia, que es nuestra comunidad, que son esas personas que están a mí alrededor?

domingo, 3 de diciembre de 2023

Vuélvete Señor, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, es la súplica con que iniciamos el camino del Adviento

 


Vuélvete Señor, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, es la súplica con que iniciamos el camino del Adviento

Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7; Sal 79; 1 Corintios 1, 3-9;  Marcos 13, 33-37

Supongamos que tenemos un terreno, que tenemos un campo de cultivo en el que tenemos plantada una viña; lo trabajamos y esperamos recoger un día sus frutos; ha sido confiado a unos labradores, pero el amo de la viña vendrá con frecuencia a visitar su viña, a escuchar a aquellos labradores que la trabajan para ver lo que se necesita para hacerla producir mejor, no solo para recoger un día los frutos, sino también para recrearse en ella y en cuanto está produciendo. El amo de la viña viene y aquellos encargados del cuidado de la viña están atentos a su llegada, lo esperan, lo escuchan, como un día al final de la cosecha han de rendir cuentas de ese trabajo.

Me he querido detener en esta imagen porque de alguna manera es lo que ahora estamos viviendo, de manera especialmente intensa en este tiempo de Adviento que comenzamos. Es lo que, podríamos decir, viene a recordarnos. Es lo que esperamos y anhelamos, la venida del Señor al campo de nuestra vida y de nuestro mundo, es lo que pedimos y para lo que queremos prepararnos. Porque queremos pensar de manera especial en esa venida del Señor en el hoy de nuestra vida. Y es lo que con especial intensidad tenemos que vivir en este momento.

¿Cómo está el campo de nuestra vida? ¿Cómo está el campo de nuestro mundo? Tenemos la tentación y el pesimismo de verlo todo poco menos que perdido. Es cierto que hay cosas que nos desalientan, nos preocupan, nos inquietan, tenemos el peligro de perder la paz de nuestros corazones. Son muchas, es cierto, las turbulencias que vive nuestra sociedad hoy; muchos los desencantos y mucha también la indiferencia, aturdidos por el materialismo de la vida - ¿en qué convertimos incluso la navidad que vamos a celebrar? -, arrastrados por la superficialidad que se impone de muchas maneras para hacer que tantos vayan a su rumbo sin metas, sin valores, despreocupados de todo e insolidarios. Y podemos caer en esas redes, se nos pueden enfermar las plantas que pretendemos cultivar esa finca de la vida.

Clamamos al Señor, como decíamos en el salmo que se nos ofrece hoy en la liturgia, ‘Despierta tu poder y ven a salvarnos… Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, y al hijo del hombre que tú has fortalecido…’

‘Ven, Señor, a salvarnos’, es la súplica que en estos días estará en nuestros labios y en nuestro corazón. No solo en estos días, ha de ser algo presente siempre en nuestra vida, en nuestra oración. Cada día tenemos que aprender a descubrir y a sentir la presencia de Dios con nosotros. Cada día hemos de recibirle y escucharle, cada día hemos de sentir su presencia que se hace fuerza y que se hace vida en nosotros para no desalentarnos en nuestras tareas, para no dejarnos arrastrar por esa indiferencia o ese materialismo de la vida que todo lo inunda, para darle profundidad a lo que hacemos y a lo que vivimos. Solo así podremos obtener los buenos frutos que el Señor nos pide.

Vamos a celebrar la Navidad y para eso queremos prepararnos durante este tiempo del Adviento, pero al recordar y celebrar su venida recordamos también que El prometió que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos. Y es lo que tenemos que saber descubrir esa venida del Señor cada día a nuestra vida. El nos va saliendo al encuentro de muchas maneras y tenemos que saber descubrir y sentir su presencia.

Hay como tres imperativos que nos deja hoy Jesús en el evangelio y que son todo un programa de adviento. Estad preparados, nos dice, vigilad. Firmes en la fe, frente a cuanto nos rodea y nos puede envolver. No podemos perder esa línea de fe en todo aquello que vamos haciendo. Es lo que tiene que motivarnos, es lo que nos va a ir dando luz en medio de las oscuridades poniendo una nueva claridad en nuestros ojos, es lo que nos hará descubrir realidades nuevas en medio de todo ese revoltijo de la vida, es lo que nos hará no perder el rumbo frente a los vientos que nos pueden arrastrar por otros caminos, es lo que nos da la certeza de que con el amor es como podremos salvar el mundo. Diligentes en el amor. Es por el amor por lo que tenemos que apostar. Es el amor el que creará una nueva humanidad.

Por eso nos dice también que no nos dejemos engañar por el olvido de Dios, por el secularismo galopante, por el materialismo seductor que reina en nuestra sociedad. Por eso vigilantes, atentos, para escuchar al Señor. Es su Palabra la verdadera luz de nuestra vida que nos conduce a la verdad. Es Cristo nuestro único camino que nos conduce a la vida y nos llena de nueva vida.

Y ‘no tengáis miedo’, nos dice el Señor. No nos podemos sentir agobiados, no podemos perder la paz, nunca nos podremos sentir derrotados aunque sabemos que somos débiles y tenemos nuestros tropiezos. Siempre podemos levantarnos, despertarnos, arrancar de nuevo. Es la esperanza que tiene que llenar nuestra vida. Es la esperanza que tratamos de despertar ahora en este tiempo de Adviento, pero que tiene que acompañarnos siempre. Creemos en el que ha vencido la muerte y el pecado y a nosotros nos lleva también a esa victoria.

Por eso iremos repitiendo muchas veces, mientras seguimos cultivando aquel campo que ha puesto en nuestras manos para que un día produzca abundantes frutos, aquel cántico del Apocalipsis ‘maranatha, ven Señor Jesús’.