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jueves, 27 de agosto de 2026

Vigilantes, atentos, despiertos para no perder esos momentos de gracia cuando de muchas maneras el Señor llega y se hace presente en nuestra vida

 


Vigilantes, atentos, despiertos para no perder esos momentos de gracia cuando de muchas maneras el Señor llega y se hace presente en nuestra vida

1Corintios 1, 1-9; Salmo 144; Mateo 24, 42-51

Algunas veces estamos pensando tanto en el futuro que nos olvidamos de vivir el tiempo presente. Esto creo que lo podríamos traducir en muchos aspectos de nuestra vida; desde el que sueña, por ejemplo, en el día que la suerte le acompañe y le toque un gran premio y se imagina cuantas cosas hermosas podrá tener entonces, lo feliz que podrá vivir, las muchas cosas que podrá hacer cuando tenga ese gran premio, pero ahora no sabe aprovechar y disfrutar de las pequeñas cosas con que la vida lo va enriqueciendo o en las oportunidades que ahora tiene; bueno, ahora nos lo arreglamos como sea pero ya llegarán esos momentos futuros.

Eso se puede traducir en el trabajo que cada día tengo que realizar, aunque nos parezcan cosas nimias o poco importantes, pero pensando en lo que un día podrá realizar, abandona la responsabilidad de esas pequeñas cosas de cada día que van a ser el cimiento de lo que un día podrá realizar; y así los cimientos se quedan cojos, por decirlo de alguna manera, y no estamos fundamentando verdaderamente nuestra vida.

Es lo que también en nuestra vida cristiana hemos de tener en cuenta y de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Nos habla de la venida del Hijo del Hombre que no sabemos cómo ni cuándo será y para lo que hemos de estar preparados. Todo bien, pero muchas veces nos quedamos en el momento final, los últimos tiempos, que por supuesto también hace referencia, pero yo quiero pensar que Dios viene cada día a nuestra vida; cada día va poniendo señales de su presencia que tenemos que saber distinguir, cada día quiere estar a nuestro lado y algunas veces, muchas veces tenemos que decir también no estamos atentos a esa presencia del Señor, y pasa el Señor por nuestra vida y no lo reconocemos.

Claro que hemos de estar preparados para ese momento final que queremos que sea en la gracia de Dios, pero ese momento final lo vamos preparando en el momento presente, en cada momento, en cada día, en cada acontecimiento, en cada llamada que el Señor nos va haciendo en esa palabra que escuchamos y nos llega al corazón, en ese gesto bueno que alguien tiene con nosotros y que tendría que convertirse en gracia de Dios para nuestra vida, en cada esfuerzo que vamos realizando por superarnos, en esa responsabilidad que vivimos en cada momento en lo que hacemos, en ese deseo por crecer espiritualmente, por mantenernos lejos del pecado y del mal. Son presencia del Señor en nuestra vida a la que tenemos que saber estar atentos.

Nos está hablando el Señor de la responsabilidad del administrador de la casa que no puede descuidar la atención que tiene que prestar a cada una de las situaciones que se puedan presentar para saber dar respuesta responsable; nos está hablando del que tiene que estar atento en la puerta para abrir apenas llegue el dueño de la casa; nos está hablando del que no se deja dormir en las cosas que tiene que hacer sino que actúa siempre con responsabilidad.

¿Eso lo hacemos con nuestra vida espiritual? ¿Eso lo hacemos en todo lo que significa el compromiso de nuestra vida cristiana? ¿Es ese el sentido y el estilo con el que vivo mi pertenencia a mi comunidad cristiana con la que estoy contribuyendo con mi colaboración y mi participación? ¿Nos encontrará así atentos el Señor, pero no solo en el momento final, sino en el hoy donde el Señor quiere hacerse presente en mi vida pero al mismo tiempo nos está pidiendo que seamos signos de Él en medio del mundo que nos rodea?

Es la riqueza de gracia que en cada momento podemos vivir; es el saber encontrarnos con el Señor en el día a día de nuestra vida. Tenemos que estar vigilantes, atentos, no podemos perder esos momentos de gracia.


domingo, 30 de noviembre de 2025

Despiertos y vigilantes con esperanza en el Adviento porque el Señor viene no solo recordando su primera venida sino su presencia en el hoy y aquí de nuestra vida

 


Despiertos y vigilantes con esperanza en el Adviento porque el Señor viene no solo recordando su primera venida sino su presencia en el hoy y aquí de nuestra vida

Isaías 2, 1-5; Salmo 121; Romanos 13, 11-14ª; Mateo 24, 37-44

A quien han puesto de centinela, de vigilante, no se le permite ni que ande distraído ni que se duerma. El vigilante tiene que estar despierto y atento; no sabe por donde puede aparecer el peligro, no sabe a la hora que llega quien quizás está esperando, su misión es estar allí, no puede haber otras ocupaciones que le absorban su pensamiento, para poder estar atento a cualquier señal.

Siempre aparece ante nuestros ojos y nuestra consideración esta imagen cuando comenzamos el tiempo de Adviento y nos pudiera parecer por un lado que la vigilancia es cosa solo de unos días en razón de las celebraciones próximas que vamos a tener ni tampoco hemos de pensar que solo al Adviento es cosa de estos momentos previos a la Navidad, como preparación a la celebración del Nacimiento de Jesús.

Pero creo que ambos conceptos tienen una amplitud mucho mayor de la que habitualmente lo reducimos. Como veremos la vigilancia tiene que ser una actitud muy importante en la vida como lo es la esperanza, pero también me atrevo a decir que en cierta manera para el cristiano adviento es todo el año, ha de abarcar toda nuestra vida.

Unimos, reduciendo incluso su significado, el Adviento al hecho de la Navidad cercana, pero la navidad para un cristiano no es solo una celebración como un recuerdo de un momento cuando Dios quiso encarnarse en nuestra carne humana y nació de Santa Maria Virgen en Belén, como vamos a celebrar; es eso pero mucho más, porque no es solo una venida pasada la que celebramos y para la que preparamos sino que en el Credo de nuestra fe hablamos de la venida del Señor, con gran poder y gloria, para juzgar a vivos y muertos; hablamos de la segunda venida del Señor, y para ello también hemos de estar atentos y preparados, y por ahí va también el sentido del Adviento, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, como decimos en la liturgia. Claro que es también Adviento para vivir una autentica Navidad y para ello también hemos de prepararnos.

Pero hay una venida del Señor, una presencia del Señor en el día a día de nuestra vida, porque El nos prometió que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos. ¿Seremos conscientes de esa presencia del Señor? ¿Estaremos atentos a ese momento en el día a día de nuestra vida que el Señor se hace presente en nuestra vida, viene a nosotros? Esto es muy importante cuando vivimos con intensidad nuestra fe, para ello necesitamos vivir con intensidad nuestra fe y nuestra esperanza, necesitamos de esa atención, de esa vigilancia para descubrir los signos de esa presencia del Señor en nuestra vida. Adviento así no se reduce a un tiempo litúrgico sino que es parte de nuestra vida.

Cuando nosotros los cristianos celebramos el Adviento no nos podemos dejar llevar por lo que el ambiente externo nos ofrece estos día como preparación para la Navidad. Hoy nos dice la Palabra de Dios que despertemos en medio de esos sonidos y cantinelas que nos aturden porque tanto nos dicen lo que quieren que sea la navidad de demasiado jolgorio y consumismo, que al final nos sentimos arrastrados y olvidamos su verdadero sentido.

Como nos dice Jesús en el evangelio, ‘en los tiempos de Noé la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio’ y nos termina diciendo Jesús ‘estad en vela porque no sabéis qué día vendrá el Señor’. Nos quiere decir mucho el  Señor con estas palabras.

Vivimos nuestra vida, nuestros trabajos y nuestra familia, nuestros momentos de alegría y de fiesta como también momentos oscuros por los que todos pasamos, pero hemos de estar despiertos, porque ahí donde estamos, en lo que es nuestra vida con sus luces y con sus sombras, con los problemas que vive nuestro mundo o las preocupaciones que tenemos nosotros en el día a día, con lo que estamos pasando o las situaciones por las que hayamos pasado el Señor viene a nosotros; en eso que nos sucede y que vivimos tenemos que saber descubrir el hoy de la presencia del Señor, en eso que vivimos, cueste lo que nos cueste, tenemos que hacer navidad, hacer que sintamos esa presencia de Dios en nuestra vida.

Es el Adviento que hemos de vivir, es la vigilancia que hemos de poner en nuestra vida. No estamos en un mundo sin Dios, no podemos vivir nuestra vida ajenos a Dios, aunque el mundo que nos rodee celebre a su manera una navidad realmente sin Dios. Es donde nosotros tenemos que dar una señal, ser señal para el mundo que nos rodea de algo distinto; nuestra vida por la manera que afrontamos la vida, los problemas, las alegrías, lo que somos y lo que hacemos tiene que ser buena noticia para los demás, tiene que ser evangelio para nuestro mundo.

Que el jolgorio con que envolvemos las fiestas de navidad no nos haga olvidar el verdadero regalo que recibimos. Demos ahora señales de Adviento para que nos podamos convertir en evangelio de Navidad para el mundo que nos rodea, ese mundo que comienza por los que están a nuestro lado, nuestra familia, nuestros convecinos, nuestros amigos.

 

miércoles, 22 de octubre de 2025

Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre, estar en vela no es solo estar despierto, sino esa responsabilidad en la vida en el espíritu de servicio

 


Estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre, estar en vela no es solo estar despierto, sino esa responsabilidad en la vida en el espíritu de servicio

Romanos 6,12-18; Salmo 123; Lucas 12,39-48

Que nos digan la hora exacta en que va a llegar y nosotros estaremos allí, mientras tanto podemos estar aprovechando el tiempo en otras cosas, quizás le digamos a quien nos convoca para algo determinado, para que esperemos a alguien que ha de venir; queremos aprovechar hasta el último minuto en nuestras cosas, porque si nos dicen esa hora exacta, pensamos, que vamos a estar perdiendo el tiempo en la espera. Así somos apurados y exigentes en tantas ocasiones, y digo apurados, porque queremos apurar hasta el último minuto en lo que estamos. Si sabemos la hora para ese momento prepararemos todo, aunque como suele suceder cuando dejamos las cosas para última hora que algo sale mal, algo se nos olvida, o algo importante no tenemos preparado a tiempo.

Claro que a quien esperamos, según el evangelio que hoy se nos propone, no nos dice la hora de llegada, porque lo importante no es hacer haciendo arreglos a última hora para quedar bien, sino de lo que se trata es de una vida, toda ella, que hemos de vivir en rectitud, a la que tenemos que darle su sentido y su valor. Así andamos con nuestra vida espiritual, así andamos en la recepción de los sacramentos, así andamos en lo de vivir en verdad nuestro compromiso cristiano; ya tendremos tiempo nos decimos tantas veces, y ahora seguimos con nuestras rutinas, seguimos con nuestros desórdenes porque tantas veces nos falta esa necesaria congruencia en nuestra vida, andamos con nuestra falta de compromiso porque siempre decimos que no tenemos tiempo, que ya volverá otra ocasión, otra oportunidad. ¿Volveremos a tener la oportunidad que ahora tenemos? ¿Por qué tanto dejarlo para más adelante?

Nos falta seriedad en la toma de decisiones, nos falta seriedad en los planteamientos que hemos de hacernos en referencia a lo de vivir nuestra vida cristiana, seguimos andando con muchos remiendos, pero no somos capaces de tomar el paño nuevo que nos haga esa vestidura nueva, como tantas veces nos dice Jesús en el evangelio; seamos capaces de reconocerlo, pero andamos con demasiadas hipocresías en nuestra vida, lo de las dos caras, andamos con la vida dividida, en unos momentos o en unas situaciones queremos aparentar que somos muy cristianos, poniendo una fachada por delante, pero por detrás andan nuestros desórdenes, andan nuestras actitudes y posturas poco claras, seguimos con nuestras cositas aguantando mientras podamos pero nos dominan las pasiones, las viejas costumbres, las rutinas y no sabemos mostrarnos con la suficiente entereza.

Hoy Jesús nos está hablando que nos han nombrado administradores y tenemos una tarea que realizar, que entraña también el trato que tengamos con los que están a nuestro lado; Jesús nos dice de aquel administrador que no era justo con sus compañeros empleados, a los que sintiéndose dueño en ausencia del amo trataba mal y de forma injusta. ¿Así nos sentiremos nosotros tan dueños de la vida que pretendemos hacer lo que nos parece olvidándonos de la rectitud que tendría que brillar en nosotros?

‘Estad preparados, nos dice Jesús, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre’. Y nos dice que es necesario que nos encuentre en vela; y estar en vela no es solo estar despierto haciendo lo que nos parece, sino estar con esa responsabilidad en la vida donde tiene que prevalecer en nosotros el espíritu de servicio.

Aquí tendríamos que analizar muy bien todo lo que significa ese estar en vela, en nuestra vida y en nuestras responsabilidades, en lo que es nuestro crecimiento humano y espiritual en el cultivo de esos valores que aprendemos en el evangelio, en el lugar que ocupamos dentro de la Iglesia con la misión que hayamos asumido, pero también en lo que podemos aportar a nuestra sociedad con nuestro compromiso, con nuestra implicación en todo lo que sea el bien de esa sociedad a la que pertenecemos.


jueves, 28 de agosto de 2025

La venida del Señor siempre es en el amor y una venida así nos tiene que hallar predispuestos en el amor y en sintonía con ese amor desde la responsabilidad de nuestra vida

 


La venida del Señor siempre es en el amor y una venida así nos tiene que hallar predispuestos en el amor y en sintonía con ese amor desde la responsabilidad de nuestra vida

1Tesalonicenses 3, 7-13; Salmo 89; Mateo 24, 42-51

Forma parte de nuestra fe y así lo confesamos en los artículos del Credo. ‘Está sentado a la derecha del Padre y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’. Hoy el Evangelio nos habla de estar preparados, porque no sabemos el día ni la hora, como el ladrón que puede llegar a nuestra casa y hemos de estar atentos y vigilantes. Pero la venida del Señor no es la venida de un ladrón – es una imagen para indicarnos lo imprevisible – porque la venida del Señor siempre es en el amor y una venida así nos tiene que hallar predispuestos en ese amor, en sintonía con ese amor.

Pero esa venida del Señor de la que Jesús nos habla hoy no es solo referencia a los últimos tiempos a esa venida final con gran poder y majestad como nos dirá en otro momento del Evangelio. Es en el aquí y en el ahora donde tenemos que estar atentos y vigilantes porque el Señor viene a nuestra vida, y nos llega en los acontecimientos, pero nos en ese encuentro con los demás que día a día vamos viviendo, son gracias del Señor, son regalo de Dios que no podemos desechar de cualquier manera, sino que con gozo hemos de saberlo recibir.

Una actitud de vigilancia que nos hará vivir la vida de manera distinta, porque sabemos que todo momento es importante, todo momento tiene su trascendencia y no podemos dormirnos, no podemos vivir de cualquier manera, a cada acto que realicemos hemos de darle su importancia, cada paso que demos ha de ser una búsqueda de lo mejor, cada momento hemos de vivirlo con total responsabilidad, sea cual sea la labor que realicemos o el estatus o situación que vivamos. El vigilante que se duerme no se dará cuenta de quien pasa ante él, y puede dejar escapar grandes ocasiones, podrá suceder que la vida le sorprenda con sus imprevistos y tenemos que saber dar respuesta a cada situación. Y eso no lo podemos hacer de cualquier manera.

Hoy nos habla Jesús de la responsabilidad del administrador que tiene que cuidar cualquier situación que se presente en la responsabilidad que tiene entre sus manos. Cuidará de la casa y los bienes que tiene encomendados, pero ha de cuidar también esas personas que están a su cargo. Somos los administradores de nuestra vida, esa vida que Dios nos ha regalado – toda vida viene de Dios y es un don de Dios – y que nosotros hemos de cuidar, que no es solo mantenerla de forma pasiva, sino que con esos dones y cualidades de los que Dios nos ha dotado tenemos que saber desarrollar, saber hacer crecer, sea el momento o la situación que sea y que estemos viviendo. Nunca podemos darlo por ganado todo ya, sino que siempre tenemos la posibilidad de crecer, pero también de ayudar a crecer a quienes están a nuestro lado o a nuestro encargo.

Responsabilidad de la vida, de tu vida, pero también de los que están en tu entorno, de todos aquellos que forman parte también de tu vida. ¿Serán los padres con sus hijos? ¿Serán los esposos entre sí? ¿Serán los miembros de la familiar ayudándose mutuamente los unos a los otros? ¿Será esa sociedad en la que vivimos de la que todos tenemos que sentirnos responsables y cada uno aportar su granito de arena? No nos podemos sentir ajenos los unos a los otros.

Y en cada uno de esos momentos y situaciones en que nos encontramos con la vida saber sentir al Señor que viene a nosotros, estar atentos a esa venida de Dios que nos transformará a nosotros pero que también transformará nuestro mundo. Tenemos también que ser vehículo, signo de esa presencia de Dios en nuestro mundo, que también a través de nosotros va a llegar a los demás. ¿Nos podemos cruzar de brazos tan tranquilos como si no tuviéramos nada que hacer?

domingo, 1 de diciembre de 2024

Levantáos, alzad vuestra cabeza… que no se emboten vuestros corazones… estad despiertos en todo tiempo… manteneos en pie ante el Hijo del Hombre

 


Levantáos, alzad vuestra cabeza… que no se emboten vuestros corazones… estad despiertos en todo tiempo… manteneos en pie ante el Hijo del Hombre

Jeremías 33, 14-16; Sal. 24; 1Tesalonicenses 3, 12 — 4, 2; Lucas 21, 25-28. 34-36

Tenemos que cuidar la memoria. Qué desencanto cuando en un momento teníamos que recordar algo importante, que no solo lo era para nosotros sino también para alguien a quien apreciábamos muchos y tenemos que reconocer, lo olvidé. Un aniversario, un cumpleaños, un acontecimiento, algo importante que nos ha sucedido… vamos guardando muchas cosas en la memoria; es nuestra historia, es lo que hemos vivido, son momentos que han sido transcendentales para nosotros, ha formado parte de nuestra vida, y aunque quizás en momentos han sido cosas duras, fue cimiento quizás de lo que ahora somos, de ello mucho aprendimos y seguiremos aprendiendo. En muchos aspectos de la vida, aunque algunos no quieran recordar. Pero pienso que tenemos que cuidar la memoria. Es alimento de la fe de nuestra vida.

Los cristianos hacemos crecer nuestra fe precisamente haciendo memoria; haciendo memoria de lo que ha sido el amor de Dios en nuestra vida y en nuestra historia, en toda la historia. ¿No la llamamos historia de la salvación? Aquellos grandes acontecimientos donde Dios se manifestó, se hizo presente, se encarnó y se dio por nosotros. Es por otra parte lo que hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor en su muerte y resurrección. Así lo decimos y así lo confesamos. ¿Qué otra cosa es el Credo de nuestra fe que recitamos?

Estamos comenzando un tiempo litúrgico que nos lleva a hacer memoria y celebrar, pero que no se encierra en un hecho pasado, sino que nos lleva a vivir el presente con renovada intensidad pero nos abre a la esperanza de una plenitud que todos deseamos y esperamos. Este tiempo que estamos comenzando a vivir lo llamamos adviento, con la connotación de venida y de espera que tiene esa palabra. Llamamos al Adviento tiempo de esperanza, como habremos escuchado tantas veces.

Viene la Navidad, donde haremos memoria del nacimiento de Jesús, haremos memoria y como es algo muy gozoso para nosotros y para toda la humanidad es algo que celebraremos y queremos hacerlo de la mejor manera posible. Será vivir la presencia del Emmanuel, del Dios que quiere estar con nosotros, del Dios que sigue viniendo a nuestra vida en el ahora y en el hoy de nuestra existencia. También andamos en oscuridades como contemplamos que era la historia en la noche de la humanidad y para nosotros hoy también quiere brillar una luz.

Sí, en este hoy que vivimos con sus luces y con sus sombras, tan lleno de sufrimientos, de guerras y de enfrentamientos de todo tipo – no es necesario que hagamos un listado porque todos somos conscientes de lo que hoy, finales de 2024 y en las vísperas de un año que va a comenzar,  está sucediendo en nuestro mundo. Y aquí y ahora viene Dios a nosotros. ¿Estaremos tan adormilados que no vamos a ser conscientes de esa presencia de Dios con nosotros?

Como expresamos en los deseos y peticiones de nuestras oraciones queremos vernos liberados de ese mal, queremos reencontrarnos de nuevo con la paz en nuestras vidas, en nuestros pueblos, en nuestro mundo, en nuestros corazones - ¿de verdad no es un deseo de nuestro corazón? -, mientras queremos seguir haciendo nuestro camino, un camino de una vida mejor, un camino de justicia, un camino en que nos quitemos esas caretas de la vanidad y de tantas ambiciones que malean nuestro espíritu, un camino en que vayamos encontrando esa armonía de la fraternidad, un camino en que tengamos una vida plena, como decimos, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo.

Es el otro sentido profundo del Adviento y de lo que tiene que ser una navidad vivida en profundidad. Es para lo que en verdad tenemos que prepararnos, ahora en estos días que estamos preparando tantas cosas y parece que nos olvidamos de lo principal en lo que tiene que ser la celebración de la navidad. Hagamos memoria, sí, que nos ayude a despertar, a estar atentos para no dejar pasar el momento y las cosas que verdaderamente son principales.  

Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Nos da unas claves en las palabras del evangelio. ‘Levantáos, alzad vuestra cabeza… que no se emboten vuestros corazones… estad despiertos en todo tiempo…’ No podemos permanecer aturdidos ni somnolientos. Bueno es, pues, hacer memoria, no olvidar, tener presente, que no se nos pase, que no andemos distraídos en otras cosas. Que se reanime nuestra fe, que saquemos a flote nuestra esperanza porque tenemos la confianza y la certeza de que algo nuevo va a comenzar. No nos podemos dejar confundir por tantos cantos de sirena que suenan a nuestro alrededor llamándonos por acá y por allá, diciéndonos lo que tiene que ser la navidad o de lo que verdaderamente nos va hacer felices, pero que al final nos dejará un vacío y aburrimiento en el alma tan difícil de corregir. Rumiemos pacientemente estas claves que nos da Jesús.

Con esa atención vamos comenzar este camino de adviento y cada signo que vayamos poniendo, cada gesto que vayamos realizando tenga el más hondo sentido y se pueda convertir en un grito de esperanza para el mundo que nos rodea y que tanto lo necesita. ‘Se acerca vuestra liberación… manteneos en pie ante el Hijo del Hombre’.

domingo, 3 de diciembre de 2023

Vuélvete Señor, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, es la súplica con que iniciamos el camino del Adviento

 


Vuélvete Señor, mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, es la súplica con que iniciamos el camino del Adviento

Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7; Sal 79; 1 Corintios 1, 3-9;  Marcos 13, 33-37

Supongamos que tenemos un terreno, que tenemos un campo de cultivo en el que tenemos plantada una viña; lo trabajamos y esperamos recoger un día sus frutos; ha sido confiado a unos labradores, pero el amo de la viña vendrá con frecuencia a visitar su viña, a escuchar a aquellos labradores que la trabajan para ver lo que se necesita para hacerla producir mejor, no solo para recoger un día los frutos, sino también para recrearse en ella y en cuanto está produciendo. El amo de la viña viene y aquellos encargados del cuidado de la viña están atentos a su llegada, lo esperan, lo escuchan, como un día al final de la cosecha han de rendir cuentas de ese trabajo.

Me he querido detener en esta imagen porque de alguna manera es lo que ahora estamos viviendo, de manera especialmente intensa en este tiempo de Adviento que comenzamos. Es lo que, podríamos decir, viene a recordarnos. Es lo que esperamos y anhelamos, la venida del Señor al campo de nuestra vida y de nuestro mundo, es lo que pedimos y para lo que queremos prepararnos. Porque queremos pensar de manera especial en esa venida del Señor en el hoy de nuestra vida. Y es lo que con especial intensidad tenemos que vivir en este momento.

¿Cómo está el campo de nuestra vida? ¿Cómo está el campo de nuestro mundo? Tenemos la tentación y el pesimismo de verlo todo poco menos que perdido. Es cierto que hay cosas que nos desalientan, nos preocupan, nos inquietan, tenemos el peligro de perder la paz de nuestros corazones. Son muchas, es cierto, las turbulencias que vive nuestra sociedad hoy; muchos los desencantos y mucha también la indiferencia, aturdidos por el materialismo de la vida - ¿en qué convertimos incluso la navidad que vamos a celebrar? -, arrastrados por la superficialidad que se impone de muchas maneras para hacer que tantos vayan a su rumbo sin metas, sin valores, despreocupados de todo e insolidarios. Y podemos caer en esas redes, se nos pueden enfermar las plantas que pretendemos cultivar esa finca de la vida.

Clamamos al Señor, como decíamos en el salmo que se nos ofrece hoy en la liturgia, ‘Despierta tu poder y ven a salvarnos… Dios de los ejércitos, vuélvete: mira desde el cielo, fíjate, ven a visitar tu viña… Cuida la cepa que tu diestra plantó, y al hijo del hombre que tú has fortalecido…’

‘Ven, Señor, a salvarnos’, es la súplica que en estos días estará en nuestros labios y en nuestro corazón. No solo en estos días, ha de ser algo presente siempre en nuestra vida, en nuestra oración. Cada día tenemos que aprender a descubrir y a sentir la presencia de Dios con nosotros. Cada día hemos de recibirle y escucharle, cada día hemos de sentir su presencia que se hace fuerza y que se hace vida en nosotros para no desalentarnos en nuestras tareas, para no dejarnos arrastrar por esa indiferencia o ese materialismo de la vida que todo lo inunda, para darle profundidad a lo que hacemos y a lo que vivimos. Solo así podremos obtener los buenos frutos que el Señor nos pide.

Vamos a celebrar la Navidad y para eso queremos prepararnos durante este tiempo del Adviento, pero al recordar y celebrar su venida recordamos también que El prometió que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos. Y es lo que tenemos que saber descubrir esa venida del Señor cada día a nuestra vida. El nos va saliendo al encuentro de muchas maneras y tenemos que saber descubrir y sentir su presencia.

Hay como tres imperativos que nos deja hoy Jesús en el evangelio y que son todo un programa de adviento. Estad preparados, nos dice, vigilad. Firmes en la fe, frente a cuanto nos rodea y nos puede envolver. No podemos perder esa línea de fe en todo aquello que vamos haciendo. Es lo que tiene que motivarnos, es lo que nos va a ir dando luz en medio de las oscuridades poniendo una nueva claridad en nuestros ojos, es lo que nos hará descubrir realidades nuevas en medio de todo ese revoltijo de la vida, es lo que nos hará no perder el rumbo frente a los vientos que nos pueden arrastrar por otros caminos, es lo que nos da la certeza de que con el amor es como podremos salvar el mundo. Diligentes en el amor. Es por el amor por lo que tenemos que apostar. Es el amor el que creará una nueva humanidad.

Por eso nos dice también que no nos dejemos engañar por el olvido de Dios, por el secularismo galopante, por el materialismo seductor que reina en nuestra sociedad. Por eso vigilantes, atentos, para escuchar al Señor. Es su Palabra la verdadera luz de nuestra vida que nos conduce a la verdad. Es Cristo nuestro único camino que nos conduce a la vida y nos llena de nueva vida.

Y ‘no tengáis miedo’, nos dice el Señor. No nos podemos sentir agobiados, no podemos perder la paz, nunca nos podremos sentir derrotados aunque sabemos que somos débiles y tenemos nuestros tropiezos. Siempre podemos levantarnos, despertarnos, arrancar de nuevo. Es la esperanza que tiene que llenar nuestra vida. Es la esperanza que tratamos de despertar ahora en este tiempo de Adviento, pero que tiene que acompañarnos siempre. Creemos en el que ha vencido la muerte y el pecado y a nosotros nos lleva también a esa victoria.

Por eso iremos repitiendo muchas veces, mientras seguimos cultivando aquel campo que ha puesto en nuestras manos para que un día produzca abundantes frutos, aquel cántico del Apocalipsis ‘maranatha, ven Señor Jesús’.

 

martes, 24 de octubre de 2023

Vigilancia y atención para que no olvidemos ni abandonemos lo que verdaderamente nos hace grandes y lo que da verdadera trascendencia a nuestra vida

 


Vigilancia y atención para que no olvidemos ni abandonemos lo que verdaderamente nos hace grandes y lo que da verdadera trascendencia a nuestra vida

Romanos 5,12.15b.17-19.20b-21; Sal 39; Lucas 12, 35-38

¿Y si no esperamos a nadie? Cuando no esperamos a nadie nos da igual como estemos. Supongamos que estamos en casa, haciendo nuestras cosas, nuestras obligaciones de cada día o nuestros entretenimientos, no esperamos a nadie, no nos preocupamos de estar arreglados, nos da igual estar vestidos de una manera o de otra, puede llegar a tanto nuestra desidia que ni nos preocupemos de tener la casa recogida y arreglada; total, pensamos, estamos solos, por aquí no viene nadie, para qué vamos a vestirnos bien, para qué vamos a tener las cosas arregladas, estamos de cualquier manera. Nos hemos acostumbrado a vivir la vida así, sin mayores preocupaciones.

Se suele decir a las personas que viven solas, que son mayores, que se preocupen de si mismas, que cuiden de sus cosas, que se arreglen aunque no esperen a nadie, porque incluso uno tiene que sentirse a gusto con uno mismo, gustarse, por decirlo de alguna manera; y no podemos caer en esa despreocupación, en ese simplemente dejar las cosas pasar. Pero bueno, no venimos aquí a hablar de cómo tienen que arreglarse y cuidar de si mismo los que son mayores o los que viven solos.

Pero, bueno, es una imagen de cómo andamos en la vida. Nos preguntábamos al principio ¿y si no esperamos a nadie? Es en algo que vamos cayendo en la vida cuando perdemos un sentido de trascendencia para aquello que hacemos o que vivimos; es una vida sin sentido y sin horizonte que algunas veces nos vamos construyendo; es el abandono del sentido espiritual de la vida en que vamos cayendo quizás influenciados por ese tono gris de indiferencia en que muchos viven a nuestro alrededor y que puede ser también una tentación para nosotros cuando se nos enfría la fe y la esperanza.

Muchos en la vida han perdido esa trascendencia, muchos van perdiendo un sentido espiritual de la existencia, muchos van cayendo en ese materialismo, por llamarlo de alguna manera, que nos va envolviendo cuando perdemos el norte de la fe. Y no esperamos a nadie, porque ya ni siquiera en los momentos más apurados contamos con Dios.

El evangelio de hoy quiere despertarnos, nos invita a la vigilancia, nos invita a mantener viva la esperanza, nos invita a esperar y llegar a sentir esa presencia de Dios en nuestra vida. Andamos tan preocupados de lo material, del día a día, del trabajo con sus ganancias, del vivir bien, del disfrutar de todo, que olvidamos ese sentido espiritual de nuestra vida. Somos algo más que una materia, somos algo más que un cuerpo material.

No todo es trabajar para tener con qué vivir, con qué alimentarnos o con que poder disfrutar de los goces de la vida. No todo es un cuerpo que tenemos que tener equilibrado para que se mantenga sano y si no ya utilizaremos todos esos compuestos químicos, las medicinas que decimos, que curen esas deficiencias somáticas. Hay algo mucho más hondo que da sentido a nuestro ser. Busquemos a Dios que da respuesta a esas ansias profundas que tenemos dentro de nosotros y que nos elevan por encima de lo material. 

Vigilancia y atención nos está pidiendo Jesús para que no olvidemos ni abandonemos lo que verdaderamente nos hace grandes. Nos habla del criado vigilante para abrir la puerta cuando llegue su señor de la boda. Llega el Señor a nuestra vida y tenemos que saber estar atentos a su presencia, con las lámparas encendidas como aquellas previsoras doncellas de la boda. El gozo de la presencia de Dios en nuestra vida no tiene comparación con ninguno de los disfrutes de esta vida.

Hoy nos dice que seremos dichosos porque si el Señor nos encuentra así vigilantes, será El quien se ciña y se ponga a servirnos a nosotros, como contemplamos a Jesús en la última cena, lavando los pies de sus discípulos. Es el gozo de la presencia del Señor, es el gozo de saber que con El nos sentimos seguros, es el gozo que nos anima para vivir en esa esperanza a pesar de las oscuridades de la noche de la vida.


domingo, 27 de noviembre de 2022

Esperanza, vigilancia, compromiso en la espera, apertura del corazón, presencia de Dios que viene a nuestra vida, es Adviento

 


Esperanza, vigilancia, compromiso en la espera, apertura del corazón, presencia de Dios que viene a nuestra vida, es Adviento

Isaías 2, 1-5; Sal 121; Romanos 13, 11-14ª; Mateo 24, 37-44

¿Qué esperamos? Lo más fácil y pronto de decir es que las cosas nos salgan bien. Estamos en un camino de luchas y de esfuerzos, trabajamos para conseguir lo necesario para nuestro sustento, emprendemos tareas y empresas con lo que queremos mejorar en la vida, esperamos conseguir un fruto a todo ese esfuerzo, a todo ese trabajo. Esperamos que la sociedad sea mejor, o esperamos que podamos vivir en paz, nos sentimos insatisfechos en esa espiral de violencia en la que vivimos en la que por alguna parte algunas veces nosotros estamos contribuyendo también, o tenemos verdaderos deseos de paz y con nuestras actitudes, con nuestra manera de hacer las cosas, queremos poner nuestro granito de arena para que el mundo sea mejor.

Esperamos… hay quien espera que sin esfuerzo pueda conseguir algo, que le toque la lotería y no es solo que un día nos caiga un premio cuantioso con el que pensamos que resolveríamos todos nuestros problemas, sino que esa ruleta de la suerte, tal como vemos algunas veces la vida, se ponga de nuestra parte.

Esperamos, pero ¿tenemos esperanza? Parece que pudiera ser lo mismo, pero cuando hablamos de esperanza es algo más que conseguir algo por lo que luchamos con nuestros esfuerzos. La esperanza tampoco es simplemente que nos toque la suerte, como antes decíamos, sino que sentimos que en esas esperas de la vida, esas y muchas más que pudiera haber en lo hondo del corazón hay algo que en todo eso nos supera, algo que nos hace trascender nuestra vida y sentimos que esa esperanza tiene un colorido y un sentido sobrenatural. Es un anhelo mucho más profundo que podemos sentir en el corazón con el deseo, sí, de un mundo nuevo, de algo bien distinto, de algo que nos viene de Dios. Por algo el catecismo nos decía que la esperanza era una virtud teologal.

Cuando hablamos de esperanza vamos más allá de esperar que sucedan cosas nuevas; no son cosas, es una inspiración y una fuerza que nos viene de Dios lo que hará posible porque seamos nosotros los primeros que cambiemos, poniendo otras actitudes y otras expectativas en nuestros corazones que nos conduzcan a esa plenitud que tanto ansiamos y que nos viene de Dios.

Por eso hablamos tantas veces que la esperanza no es una actitud pasiva, sino una actitud comprometida que tiene que haber en nuestra vida. No nos cruzamos de brazos esperando que todo nos lo den regalado, aunque bien sabemos que es un don de Dios que en verdad será quien transforme nuestros corazones. Pero hemos de querer, hemos de ponernos en camino, hemos de abrirnos a esa transformación de gracia que se realice en nosotros. Partimos de todos esos buenos deseos que tenemos en el corazón, pero nos dejamos alimentar de Dios que es quien nos conducirá a la verdadera plenitud.

Hoy estamos los cristianos iniciando un tiempo muy especial. Es el Adviento. Es el tiempo de la esperanza. Es el tiempo en que queremos abrir de manera especial nuestro corazón a Dios que viene a nuestra vida. Cuando recordamos y vamos a celebrar aquel momento histórico en que Dios se hizo  hombre en Jesús, a quien veremos nacer niño en Belén, no nos quedamos en el recuerdo y la conmemoración, sino que vamos a sentir y a experimentar como Dios sigue viniendo a nuestra vida y a nuestro mundo para ofrecernos esa salvación, mientras esperamos la gloriosa venida prometida para el final de los tiempos. Es la complejidad que tiene este tiempo del Adviento y las celebraciones que vamos a vivir y que tan necesario es preparar bien, para no quedarnos en lo superficial.

Sí, esperamos al Señor que viene y quiere hacerse presente cada día en nuestra vida; el Señor que viene y transformará nuestros corazones. Es lo que tenemos que estar dispuestos a vivir. He ahí el verdadero sentido de esperanza que tenemos que despertar en nosotros. Todo eso más hermoso que deseamos en nuestro corazón, y que forma parte también de nuestras esperas de cada día, tenemos la esperanza que sintiendo la presencia de Dios en nuestra vida se haga realidad. Pero hemos de estar vigilantes, una actitud que tiene que estar muy presente junto a nuestra esperanza.

Solo el que está vigilante podrá estar preparado para estar en el momento de la llegada; no podemos andar despistados. Las doncellas que se despistaron y no tuvieron suficiente aceite para sus lámparas no pudieron salir al encuentro del esposo que llegaba para la boda y se tuvieron que quedar fuera. ‘Es hora de espabilarse…’ nos dice hoy el apóstol san Pablo. ‘Estad en vela porque no sabéis el día ni la hora en que vendrá vuestro Señor’, nos recuerda Jesús en el evangelio.

Vamos a gritar muchas veces de muchas manera y en muchas ocasiones a lo largo de este Adviento que vamos a comenzar ‘Ven, Señor Jesús’; cada vez que recemos el padrenuestro, vamos a repetir ‘venga a nosotros tu reino’; y cuando estemos celebrando la Eucaristía lo hacemos con la actitud del caminante que lo hace con alegría y con ilusión ‘mientras espera la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo’.

Pero no son solo palabras que decimos y repetimos, son las actitudes vigilantes que tenemos en nuestra vida, son los compromisos que ya estamos haciendo para que sea posible ese Reino de Dios, son las espadas y las lanzas de nuestras violencias de las que estaremos forjando arados y podaderas, porque con lo que es nuestra vida, muchas veces pobre y mezquina, sin embargo queremos ser instrumentos de paz, mensajeros de amor, constructores de un mundo nuevo.

Cuando vayas logrando un poco más de serenidad en tu corazón, cuando vayas poniendo semillas de paz y de amor entre los que te rodean, cuando vayamos creando verdaderos lazos de fraternidad para que no nos enfrentemos sino que seamos capaces de caminar y de construir juntos, estamos haciendo presente el Señor en nuestro mundo, estaremos haciendo realidad ese Reino de Dios. Es la esperanza que ha reverdecido en el corazón y nos impulsa de verdad a una vida nueva y a un mundo mejor.

sábado, 26 de noviembre de 2022

Busquemos aquello que nos da más plenitud y una felicidad más completa, porque nos llene desde lo más hondo de nosotros mismos, estemos atentos y no nos distraigamos

 


Busquemos aquello que nos da más plenitud y una felicidad más completa, porque nos llene desde lo más hondo de nosotros mismos, estemos atentos y no nos distraigamos

Apocalipsis 22,1-7; Sal 94; Lucas 21,34-36

Hay una cosa que creo que siempre hemos de tener en cuenta en la vida, en cualquiera que sea la circunstancia, y es que estemos atentos a lo que hacemos. No solo le pedimos atención al conductor de un vehículo a lo que pueda suceder en la carretera para no ponerse en peligro él ni poner en peligro a ninguna otra persona, o a quien maneja máquinas de alta peligrosidad pues cualquier error puede producir una catástrofe, sino que sea lo que sea que hagamos o lo que es nuestra vida necesitamos esa atención y vigilancia.

Porque necesitamos actuar con responsabilidad, porque en ello va la integridad de la persona, porque podemos perder muchas posibilidades si no estamos atentos a lo que sucede a nuestro alrededor, porque es nuestra dignidad la que está en juego, incluso aunque nadie me pidiera cuentas, porque yo tengo mi conciencia. Muchas bellezas se quedan sin admirar y nosotros no llegamos a enriquecernos con lo que descubrimos en nuestro mundo o nos puedan aportar los demás, por falta de esa necesaria atención, y no digamos los peligros en los que podemos caer o podemos hacer caer a los demás.

Dándole una trascendencia grande a lo que hacemos o a lo que vivimos, es de eso de los que nos quiere hoy precaver Jesús. Podemos pensar en el momento final y decisorio de nuestra vida, porque Jesús nos está hablando de lo que en otro tiempo llamamos ‘los novísimos’, en referencia lo que es el fin de la vida y el fin del mundo. Pero seremos capaces de preparar ese momento final de la vida, si somos capaces de prepararnos para vivir en intensidad cada momento de la vida. Y aquí se nos está diciendo algo muy importante.

Como antes decíamos, perdemos muchas oportunidades en la vida porque andamos como distraídos. No hemos sabido descubrir lo que es lo verdaderamente importante y por eso podemos estar dándole importancia a cosas que realmente son secundarias en nuestra vida. Es aquí donde tenemos que saber discernir; discernir es separar para dejar a un lado lo que no vale o lo que es menos importante; discernir es estar atento a lo mejor, que aunque todo nos parezca igualmente bueno, siempre tendríamos que ir a lo mejor en ese afán de superación y crecimiento que hemos de tener en la vida. No nos puede parecer que todo es igual, dejándonos confundir, haciendo sincretismos que nos llevaran a un vacío interior porque no hemos sabido darle importancia a lo que es verdaderamente importante.

Muchas cosas nos pueden llamar la atención, muchas cosas nos pueden distraer de esa meta superior a la que deberíamos aspirar. Cuando vivimos la vida con superficialidad nos contentamos con cualquier cosa, y muchas veces nos dejamos atraer y conducir por aquello que nos produce más pasión al instante y que se puede quedar en algo momentáneo. Busquemos aquello que nos da más plenitud y una felicidad más completa, porque nos llene desde lo más hondo de nosotros mismos; y para eso tenemos que saber mirar hacia lo alto, buscar metas altas, darle sobrenaturalidad también a nuestra vida porque busquemos lo espiritual que nos dará más profundidad.

De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. ‘Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones… Estad, pues, despiertos en todo tiempo… manteneros en pie ante el Hijo del hombre…’ Nos hablará de esas cosas que nos seducen, nos distraen y terminan engañándonos en la vida de cada día – cuántas son las cosas que nos tientan -, como  nos hablará de lo que es la venida final del Hijo del Hombre, del que tantas veces nos habla en el evangelio.

El Señor que llega cada día a nuestra vida con su gracia y no lo sabemos ver, pero el Señor que nos llamará junto a sí en la hora de la muerte, para lo que hemos de estar preparados. Reconozcamos que son cosas en las que no nos gusta pensar, rehuimos pensar en la hora de la muerte y nos ocultamos a esa realidad, como si metiendo la cabeza bajo el ala no lo vayamos a tener que afrontar. Se nos llena de angustia o de tristeza el corazón cuando pensamos en esas posibilidades que son cosas ciertas, pero no llegamos a pensar lo que significa ir al encuentro definitivo y para siempre junto al Señor.

No nos durmamos, estemos despiertos, porque eso además dará mayor altura y trascendencia a lo que hacemos y vivimos en el ahora de nuestra vida.

viernes, 27 de mayo de 2022

Hoy podemos sentir que a pesar de tantas penumbras y oscuridades como nos da la vida, sin embargo no nos faltará nunca la luz de Jesús como nos había prometido

 


Hoy podemos sentir que a pesar de tantas penumbras y oscuridades como nos da la vida, sin embargo no nos faltará nunca la luz de Jesús como nos había prometido

Hechos de los apóstoles 18, 9-18; Sal 46; Juan 16, 20-23a

Cuando nos garantizan que tras aquel momento difícil, luego todo cambiará somos capaces de superar los temores que podríamos tener ante cómo afrontar esa situación y hasta pondremos de nuestra parte la mejor voluntad para salir adelante. Cuando nos señalan y convencen que una partida y una separación es necesaria para poder tener luego la certeza de que nunca más nos separaremos del ser amado somos capaces de afrontarlo. No es fácil, por nuestra mente y por nuestro corazón pasarán algunas nubes que nos suenan a borrascosas, pero sabemos que detrás luce el sol y terminará brillando con fuerza.

Es lo que Jesús trata de decirles en los momentos y en las circunstancias que viven los discípulos. Habla de la madre que va a dar a luz y sabe que los dolores del parto son fuertes, pero que ante la vida que viene todo merece pasarlo. Es lo que va a significar toda aquella pascua que va a vivir Jesús y que van a vivir sus discípulos. Es un paso, de la muerte a la vida, por la muerte a la vida. Es la pascua que nosotros hemos de vivir, donde tendremos que arrancarnos mucho de nosotros mismos para poder vivir esa vida nueva que Jesús nos ofrece.

Y eso va a costar, eso va a ser doloroso y difícil en muchos momentos, y de alguna manera nos resistimos. Hoy queremos vivir una vida sin dolor, sin sacrificio, sin esfuerzo; queremos que todo poco menos que se nos regale, porque no siempre estamos dispuestos a ese sacrificio, a ese esfuerzo, a ese trabajo; de todo nos quejamos, y rehuimos lo que signifique sudor de nuestra frente, o dolor en nuestra carne por lo que de nosotros tenemos que arrancar. Quizás estamos perdiendo las perspectivas de trascendencia que han de tener nuestros actos, que ha de tener cuanto hacemos. No somos capaces del valor que vamos a encontrar más allá de esa frontera que nos parece oscura y dolorosa.

Sucede en todos los ámbitos de la vida, porque sucede en el trabajo en que parece que tenemos miedo de responsabilizarnos hasta tener que esforzarnos; nos sucede en nuestro camino de superación personal, que incluso no queremos pasar por ese periodo que nos puede parecer oscuro del aprendizaje para poder llegar a tener dominio sobre lo que hacemos. No queremos aprender ni para crecer en nuestra propia vida; queremos que se nos facilite todo y algunas veces como educadores también vamos dando tantas facilidades que el discípulo no termina de aprender.

Hoy Jesús nos habla de la alegría que vamos a tener al final. Quienes en la vida no tenemos miedo al esfuerzo, tenemos la experiencia también de la satisfacción de lo que al final hemos logrado con ese esfuerzo. No es masoquismo, sino la realidad de lo que significa aprender y crecer. ‘En verdad, en verdad os digo: vosotros lloraréis y os lamentaréis, mientras el mundo estará alegre; vosotros estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en alegría’.

Y nos habla Jesús de una presencia nueva; nos habla de la presencia del Espíritu que nos estará haciendo presente al mismo Jesús. Es la acción del Espíritu en la Iglesia, es la acción del Espíritu en los sacramentos, por la que es Jesús mismo quien bautiza, por la que es Jesús mismo quien se nos da en el pan de la Eucaristía y ya no hablaremos de pan, sino de Cristo mismo, de su Cuerpo y de su Sangre que se hacen presentes, que se han vida y alimento para nosotros.

‘También vosotros ahora sentís tristeza, les dice Jesús; pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada’. Es lo que podemos sentir hoy en la presencia de Jesús en su Iglesia. Es lo que nos hace sentir hoy que a pesar de tantas penumbras y oscuridades como nos da la vida, sin embargo no nos faltará nunca la luz de Jesús. Es lo que ahora nos anima y nos da esperanza.

domingo, 12 de diciembre de 2021

Mira dentro de ti y haz una evaluación de tu fe, tu amor y tu esperanza para encontrar en la venida del Señor el camino de la verdadera alegría



Mira dentro de ti y haz una evaluación de tu fe, tu amor y tu esperanza para encontrar en la venida del Señor el camino de la verdadera alegría

 Sofonías 3, 14-18ª; Sal.: Is 12, 2-6; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3, 10-18

¿Tendremos razones y motivos para estar alegres? Todos queremos la alegría, la buscamos, queremos ser felices, queremos arrancar sombras de tristeza en la vida, pero también hemos de reconocer que hay muchas formas; algunas veces nos quedamos en alegrías que son efímeras, ficticias porque no sabiendo en ocasiones cómo encontrarla nos buscamos sucedáneos de la alegría; y hay muchos; y muchas veces se crean confusiones, y tenemos el peligro de parecer alegres pero mantener un deje de tristeza en la vida, que nos cuesta ocultar y no sabemos por qué.

Suelo ser de los que voy pidiendo una sonrisa o haciéndosela despertar a aquellos con los que me encuentro; pero no pueden ser sonrisas forzadas, porque se quedarían en una mueca y no expresan de verdad lo que llevamos por dentro; nos pasa con la alegría, nos pasa con lo que decimos muchas veces que es la felicidad; se nos queda en el rostro como impostada, porque es forzada, porque no es lo que llevamos dentro. Por eso sigo preguntándome ¿tendremos razones y motivos para estar alegres?

Ahora viene Navidad, y decimos que es tiempo para alegría, que todos tenemos que estar alegres, que todos tenemos que hacer fiesta; pero quizás algunos se quedan en una alegría forzada porque detrás comienzan a sacar recuerdos, a traer a colación añoranzas y algunos dicen que para ellos son días tristes.  Como hay que estar alegres, ¿podría sucedernos que estamos haciéndonos una alegría impostada, para la galería y no desentonar, pero no la habremos encontrado? Claro nos buscaremos muchos sucedáneos. ¿Habremos descubierto de verdad lo que tiene que ser la alegría de la navidad? Ya sé que teóricamente podemos decir muchas cosas que nos sabemos, pero no sé si eso que decimos cala en nosotros, deja huella en nosotros y es motivo de esa verdadera alegría.

Hoy sin embargo es el domingo de la alegría. Es la palabra y la invitación que se repite a través de toda la liturgia de este tercer domingo de Adviento. Es casi como un mandato del Señor. Tenemos que estar alegres. Pero como una coletilla al mismo tiempo nos sigue viniendo el pensamiento, pero ¿podemos estar alegres? Y pensamos en tantos sufrimientos en los que nos vemos envueltos, en tantas situaciones difíciles y dolorosas por las que están pasando muchos e incluso nosotros mismos, en el derrotero que lleva nuestra sociedad que no termina de salir de una para meterse en otra como se suele decir.

Pues nos está pidiendo el Señor que sí, que tenemos que estar alegres. La alegría tiene que ser una realidad que llevemos en el corazón y es también una esperanza con la que alentamos nuestra vida. Navidad es presencia de Dios. Y si tenemos a Dios con nosotros ¿qué nos puede entristecer? Porque tener a Dios es tener vida; tener a Dios es sentirnos inundados por su amor; tener a Dios es sentir la fuerza de su presencia porque el camina a nuestro lado, Emmanuel decimos, Dios con nosotros. Tener a Dios con nosotros va a ser un nuevo sentido de vida; tener a Dios con nosotros es tener la seguridad de que podemos vencer de todos esos males que nos acechan.

El profeta invitaba al pueblo a alegrarse y a llenarse de gozo, precisamente cuando los momentos por los que estaba pasando el pueblo no eran nada fáciles, porque con el Señor de su lado tenían asegurada la victoria y podrían iniciar un nuevo camino de paz y de libertad. ‘Gritad jubilosos habitantes de Sión porque es grande en medio de ti el Santo de Israel’, nos sentíamos invitados nosotros también con el salmo.

San Pablo con el mismo sentido invitaba a la alegría a los cristianos de Filipos. Aquella fe que vivía en el Señor era su fuerza y su alegría. Y ellos vivían en medio de un mundo de paganos. ¿No será la alegría verdadera nacida de nuestra fe en lo más hondo del corazón la que tenemos que manifestar en medio del mundo que nos rodea señalándole donde está la verdadera fuente de nuestra alegría?

Es la que nos ayuda a mantenernos firmes a pesar de todos los contratiempos que tengamos que soportar o todas las desgracias y calamidades que nos puedan sobrevenir. Con el Señor nos levantaremos, con el Señor podremos seguir luchando, con el Señor podremos realizar un nuevo mundo. Y esto lo decimos a pesar de que haya una pandemia que haya trastocado muchas cosas en nuestra vida, o a pesar de volcanes destructores que arrasen la vida de muchas personas que se han quedado en la nada. Una alegría nacida de la fe en la presencia del Señor y que nos llena de esperanza.

Por último fijémonos en la figura del Bautista que nos aparece en el evangelio. Predica en el desierto, en la orilla del Jordán, invitando a la conversión a Dios y a un bautismo como signo de purificación para la venida del Mesías y la gente que acudía a él le preguntaba qué es lo que tenían que hacer. Nos presenta el evangelio lo que responde de forma genérica a todos, pero lo que responde en particular a los recaudadores de impuestos y a los soldados. Esa purificación a la que invita con el bautismo en las aguas del Jordán es un desprendimiento de si mismo, para compartir y para vivir con responsabilidad sus funciones. Es el compartir la túnica y es el actuar en justicia y responsabilidad. Quienes son capaces de comenzar a actuar así en su vida comenzarán a sentir paz en el corazón, que es el camino de la auténtica alegría.

        También nosotros nos preguntamos ¿y qué tenemos que hacer? Mírate dentro de tu corazón y no acapares para ti; mira dentro de tu corazón y descubre los caminos de rectitud por los que has de caminar en las responsabilidades de la vida; mira dentro de ti y arranca esas tristezas que se nos meten en el alma cuando nos encerramos en nosotros mismos y no somos capaces de abrir el corazón para que en él quepan los demás; mira dentro de ti y evalúa la intensidad de tu fe para ser capaz de sentir la presencia de Dios en tu vida pase lo que pase; mira dentro de ti y mide la calidad de tu esperanza. Verás entonces en donde encontrarás la verdadera alegría. 

domingo, 28 de noviembre de 2021

Cuando amamos a alguien de verdad, así será la intensidad con que lo esperamos y lo deseamos preparando el momento del encuentro, como es el camino del Adviento

 


Cuando amamos a alguien de verdad, así será la intensidad con que lo esperamos y lo deseamos preparando el momento del encuentro, como es el camino del Adviento

Jeremías 33, 14-16; Sal. 24; 1Tesalonicenses 3,12-4,2; Lucas 21,25-28.34-36

Cuando amamos a alguien de verdad, así será la intensidad con que lo esperamos, así lo deseamos y así preparamos el momento. Eso es el adviento que estamos comenzando a vivir. Creemos en Jesús, creemos en Dios, pero bien sabemos que la fe no es un acto meramente intelectual o de la voluntad que pongamos en creer; cuando decimos que creemos en Jesús, que creemos en Dios es que lo amamos.

Cuánto tendría que ser nuestro deseo de estar con El, cuánta tiene que ser la intensidad con que esperamos y deseamos encontrarnos con El. Es la tarea de nuestra vida cristiana; es la esperanza de nuestra vida cristiana; es la esperanza que ahora avivamos de manera especial. Con cuánta intensidad tendríamos que estar viviendo el momento presente ‘mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo’, como decimos en la liturgia.

Cuando estamos diciendo estas palabras de esperanza en la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, estamos haciendo referencia a su segunda venida, la venida final en el final de los tiempos. ‘Veréis al Hijo del Hombre venir entre las nubes del cielo con gran poder y majestad’, nos ha dicho hoy Jesús en el evangelio. ¿Y cuál fue la respuesta que dio ante el Sanedrín al Sumo Sacerdote? ‘Y desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentido a la derecha del Poder de Dios y venir sobre las nubes del cielo’. Y no olvidemos la alegoría del Juicio final. ‘Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre, y todos los Ángeles con El, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante El todas las naciones…’

¿Qué decimos en el Credo? ‘Subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso, y desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos’. Es su venida en plenitud al final de los tiempos. Es el encuentro pleno y definitivo que vamos a tener con el Señor. Forma parte, pues, de nuestra fe y de nuestra esperanza. Algo, pues, que tiene que estar muy presente en nuestra vida. Algo que tenemos que vivir con toda la intensidad del amor que le tenemos a Jesús. Esperamos al que amamos y ese deseo tiene que hacer subir la temperatura de nuestro amor y de nuestra esperanza.

Claro que tenemos que preguntarnos cuál es la intensidad de nuestra fe, para vivir esta esperanza en el amor. Porque según eso, así tendría que ser nuestra vida. Pero bien, sabemos que las esperas algunas veces pueden hacernos enfriar los ánimos. Más cuando vivimos en un mundo tan materializado que todo lo espiritual se va enfriando, tan preocupado de vivir el momento presente que le quitamos esa trascendencia de futuro con deseos de plenitud. ¿No decimos, o nos dicen muchas veces, de este mundo no nos llevamos nada, vivamos el ahora porque nada más hay? Algunas veces perdemos esa perspectiva de la fe.

Vivir en esta esperanza de la venida del Señor, de ese encuentro en plenitud con el Señor no nos tiene que hacer vivir en el agobio y en la angustia. Quizás muchas veces se nos ha insistido excesivamente en el juicio y en la condena que nos hace olvidar que nos vamos a encontrar con un Dios que nos ama, y tanto nos ama que nos ha entregado a su Hijo para que encontremos la salvación, para ofrecernos la salvación.

Es el Dios que va a poner la balanza toda la intensidad de todo lo bueno, la intensidad que hayamos puesto en nuestra vida y en nuestras responsabilidades con ese mundo que puso en nuestras manos, en la intensidad del amor que hayamos vivido y compartido. Es la verdadera intensidad con que tenemos que vivir el mundo presente, del que también hemos de disfrutar ¿por qué no? porque es Dios el que nos ha dado esa capacidad de la alegría y de la felicidad. Claro que eso nos exige que no nos descuidemos y vivamos la intensidad de todo lo verdadero.

Y es que ese Dios con quien vamos a encontrarnos en plenitud al final ahora mientras caminamos en este valle que tantas veces se convierte en un valle de lágrimas también sacramentalmente se está haciendo presente en nuestra vida. Le podremos sentir en nuestro corazón como podemos escuchar su Palabra, pero le vamos a encontrar en esas cosas buenas de la vida y en cada una de sus circunstancia porque prometió Jesús que estaría con nosotros hasta el final de los tiempos, pero le vamos a encontrar en los hermanos, en los que con nosotros están haciendo el camino de la vida.

La liturgia de la Iglesia nos invita a que pensemos todas estas cosas para que se renueve la esperanza en nuestro corazón cuando iniciamos este tiempo del Adviento. No es solo pensar en la celebración de la primera venida de Jesús y prepararnos para ello como en su momento iremos haciendo a través de este tiempo de Adviento, sino abrir nuestro espíritu a la esperanza en esa segunda venida del Señor al final de los tiempos para lo que también hemos estar preparados.

‘Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación…’ nos dice Jesús hoy en el evangelio. ‘Estad, pues, despiertos en todo tiempo… y manteneros en pie ante el Hijo del hombre… Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones… Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria’.