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jueves, 27 de agosto de 2026

Vigilantes, atentos, despiertos para no perder esos momentos de gracia cuando de muchas maneras el Señor llega y se hace presente en nuestra vida

 


Vigilantes, atentos, despiertos para no perder esos momentos de gracia cuando de muchas maneras el Señor llega y se hace presente en nuestra vida

1Corintios 1, 1-9; Salmo 144; Mateo 24, 42-51

Algunas veces estamos pensando tanto en el futuro que nos olvidamos de vivir el tiempo presente. Esto creo que lo podríamos traducir en muchos aspectos de nuestra vida; desde el que sueña, por ejemplo, en el día que la suerte le acompañe y le toque un gran premio y se imagina cuantas cosas hermosas podrá tener entonces, lo feliz que podrá vivir, las muchas cosas que podrá hacer cuando tenga ese gran premio, pero ahora no sabe aprovechar y disfrutar de las pequeñas cosas con que la vida lo va enriqueciendo o en las oportunidades que ahora tiene; bueno, ahora nos lo arreglamos como sea pero ya llegarán esos momentos futuros.

Eso se puede traducir en el trabajo que cada día tengo que realizar, aunque nos parezcan cosas nimias o poco importantes, pero pensando en lo que un día podrá realizar, abandona la responsabilidad de esas pequeñas cosas de cada día que van a ser el cimiento de lo que un día podrá realizar; y así los cimientos se quedan cojos, por decirlo de alguna manera, y no estamos fundamentando verdaderamente nuestra vida.

Es lo que también en nuestra vida cristiana hemos de tener en cuenta y de lo que nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. Nos habla de la venida del Hijo del Hombre que no sabemos cómo ni cuándo será y para lo que hemos de estar preparados. Todo bien, pero muchas veces nos quedamos en el momento final, los últimos tiempos, que por supuesto también hace referencia, pero yo quiero pensar que Dios viene cada día a nuestra vida; cada día va poniendo señales de su presencia que tenemos que saber distinguir, cada día quiere estar a nuestro lado y algunas veces, muchas veces tenemos que decir también no estamos atentos a esa presencia del Señor, y pasa el Señor por nuestra vida y no lo reconocemos.

Claro que hemos de estar preparados para ese momento final que queremos que sea en la gracia de Dios, pero ese momento final lo vamos preparando en el momento presente, en cada momento, en cada día, en cada acontecimiento, en cada llamada que el Señor nos va haciendo en esa palabra que escuchamos y nos llega al corazón, en ese gesto bueno que alguien tiene con nosotros y que tendría que convertirse en gracia de Dios para nuestra vida, en cada esfuerzo que vamos realizando por superarnos, en esa responsabilidad que vivimos en cada momento en lo que hacemos, en ese deseo por crecer espiritualmente, por mantenernos lejos del pecado y del mal. Son presencia del Señor en nuestra vida a la que tenemos que saber estar atentos.

Nos está hablando el Señor de la responsabilidad del administrador de la casa que no puede descuidar la atención que tiene que prestar a cada una de las situaciones que se puedan presentar para saber dar respuesta responsable; nos está hablando del que tiene que estar atento en la puerta para abrir apenas llegue el dueño de la casa; nos está hablando del que no se deja dormir en las cosas que tiene que hacer sino que actúa siempre con responsabilidad.

¿Eso lo hacemos con nuestra vida espiritual? ¿Eso lo hacemos en todo lo que significa el compromiso de nuestra vida cristiana? ¿Es ese el sentido y el estilo con el que vivo mi pertenencia a mi comunidad cristiana con la que estoy contribuyendo con mi colaboración y mi participación? ¿Nos encontrará así atentos el Señor, pero no solo en el momento final, sino en el hoy donde el Señor quiere hacerse presente en mi vida pero al mismo tiempo nos está pidiendo que seamos signos de Él en medio del mundo que nos rodea?

Es la riqueza de gracia que en cada momento podemos vivir; es el saber encontrarnos con el Señor en el día a día de nuestra vida. Tenemos que estar vigilantes, atentos, no podemos perder esos momentos de gracia.


sábado, 26 de noviembre de 2022

Busquemos aquello que nos da más plenitud y una felicidad más completa, porque nos llene desde lo más hondo de nosotros mismos, estemos atentos y no nos distraigamos

 


Busquemos aquello que nos da más plenitud y una felicidad más completa, porque nos llene desde lo más hondo de nosotros mismos, estemos atentos y no nos distraigamos

Apocalipsis 22,1-7; Sal 94; Lucas 21,34-36

Hay una cosa que creo que siempre hemos de tener en cuenta en la vida, en cualquiera que sea la circunstancia, y es que estemos atentos a lo que hacemos. No solo le pedimos atención al conductor de un vehículo a lo que pueda suceder en la carretera para no ponerse en peligro él ni poner en peligro a ninguna otra persona, o a quien maneja máquinas de alta peligrosidad pues cualquier error puede producir una catástrofe, sino que sea lo que sea que hagamos o lo que es nuestra vida necesitamos esa atención y vigilancia.

Porque necesitamos actuar con responsabilidad, porque en ello va la integridad de la persona, porque podemos perder muchas posibilidades si no estamos atentos a lo que sucede a nuestro alrededor, porque es nuestra dignidad la que está en juego, incluso aunque nadie me pidiera cuentas, porque yo tengo mi conciencia. Muchas bellezas se quedan sin admirar y nosotros no llegamos a enriquecernos con lo que descubrimos en nuestro mundo o nos puedan aportar los demás, por falta de esa necesaria atención, y no digamos los peligros en los que podemos caer o podemos hacer caer a los demás.

Dándole una trascendencia grande a lo que hacemos o a lo que vivimos, es de eso de los que nos quiere hoy precaver Jesús. Podemos pensar en el momento final y decisorio de nuestra vida, porque Jesús nos está hablando de lo que en otro tiempo llamamos ‘los novísimos’, en referencia lo que es el fin de la vida y el fin del mundo. Pero seremos capaces de preparar ese momento final de la vida, si somos capaces de prepararnos para vivir en intensidad cada momento de la vida. Y aquí se nos está diciendo algo muy importante.

Como antes decíamos, perdemos muchas oportunidades en la vida porque andamos como distraídos. No hemos sabido descubrir lo que es lo verdaderamente importante y por eso podemos estar dándole importancia a cosas que realmente son secundarias en nuestra vida. Es aquí donde tenemos que saber discernir; discernir es separar para dejar a un lado lo que no vale o lo que es menos importante; discernir es estar atento a lo mejor, que aunque todo nos parezca igualmente bueno, siempre tendríamos que ir a lo mejor en ese afán de superación y crecimiento que hemos de tener en la vida. No nos puede parecer que todo es igual, dejándonos confundir, haciendo sincretismos que nos llevaran a un vacío interior porque no hemos sabido darle importancia a lo que es verdaderamente importante.

Muchas cosas nos pueden llamar la atención, muchas cosas nos pueden distraer de esa meta superior a la que deberíamos aspirar. Cuando vivimos la vida con superficialidad nos contentamos con cualquier cosa, y muchas veces nos dejamos atraer y conducir por aquello que nos produce más pasión al instante y que se puede quedar en algo momentáneo. Busquemos aquello que nos da más plenitud y una felicidad más completa, porque nos llene desde lo más hondo de nosotros mismos; y para eso tenemos que saber mirar hacia lo alto, buscar metas altas, darle sobrenaturalidad también a nuestra vida porque busquemos lo espiritual que nos dará más profundidad.

De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. ‘Tened cuidado de vosotros, no sea que se emboten vuestros corazones… Estad, pues, despiertos en todo tiempo… manteneros en pie ante el Hijo del hombre…’ Nos hablará de esas cosas que nos seducen, nos distraen y terminan engañándonos en la vida de cada día – cuántas son las cosas que nos tientan -, como  nos hablará de lo que es la venida final del Hijo del Hombre, del que tantas veces nos habla en el evangelio.

El Señor que llega cada día a nuestra vida con su gracia y no lo sabemos ver, pero el Señor que nos llamará junto a sí en la hora de la muerte, para lo que hemos de estar preparados. Reconozcamos que son cosas en las que no nos gusta pensar, rehuimos pensar en la hora de la muerte y nos ocultamos a esa realidad, como si metiendo la cabeza bajo el ala no lo vayamos a tener que afrontar. Se nos llena de angustia o de tristeza el corazón cuando pensamos en esas posibilidades que son cosas ciertas, pero no llegamos a pensar lo que significa ir al encuentro definitivo y para siempre junto al Señor.

No nos durmamos, estemos despiertos, porque eso además dará mayor altura y trascendencia a lo que hacemos y vivimos en el ahora de nuestra vida.

viernes, 28 de agosto de 2020

Cuidado estemos llegando tarde para iluminar la sala del banquete de la vida porque nos hemos dormido y encima no tengamos el aceite del evangelio

 


Cuidado estemos llegando tarde para iluminar la sala del banquete de la vida porque nos hemos dormido y encima no tengamos el aceite del evangelio

1Corintios 1, 17-25; Sal 32; Mateo 25, 1-13

Señales de responsabilidad y de madurez humana que hemos de ir dando en la vida es tomarnos en serio lo que traemos entre manos, asumiendo con seriedad lo que son nuestras obligaciones y haciendo las previsiones necesarias ante lo que puede suceder para estar siempre preparados y saber asumir en cada momento nuestra responsabilidad. No podemos hacer dejación de nuestra responsabilidad pensando que ya eso lo resolveremos cuando se presente y buscaremos remedio a última hora. Nuestra responsabilidad no nos permite actitudes y posturas así que parecen muy cómodas.

No es que vivamos con agobio y ansiedad angustiándonos ante el futuro que no conocemos, no es que vivamos obsesionados acumulando y acumulando cosas por si un día las podemos necesitar; son cosas que suceden y personas que viven así y entonces nunca tienen paz y sosiego, siempre andan preocupadas, viven en un agobio permanente que también se les hace difícil tolerar a los que están a su lado. Pero la responsabilidad, la previsión necesaria, la preparación es algo que tampoco podemos dejar de lado. Ahí está la sabiduría de vivir estas situaciones y siempre con paz en el espíritu.

Hoy nos habla Jesús en el evangelio de esa responsabilidad y de esa necesaria vigilancia. No nos podemos dejar dormir en la vida. Y no es solo aquello del refrán (al menos en mi tierra) de ‘camarón que se duerme se lo lleva la marea’. Es el saber asumir bien nuestras responsabilidades. Nos propone una parábola a partir de lo que eran las costumbres de la época para las bodas. El novio vendría que con sus amigos a buscar a la novia para casarse, pero las amigas de la novia en deferencia habían de salir al camino para esperar la llegada del novio. Habían de ir provistas de unas lámparas, que por una parte iban a iluminar el camino de la llegada del novio sobre todo si era en la noche por cualquier motivo, y que luego servirían para iluminar la sala del banquete y de la fiesta nupcial.

Diez fueron las jóvenes encargadas de esa misión. Pero el esposo tardó y hasta se durmieron en la espera. Cuando se escucha la voz de la llegada del novio se prestaron a aderezar sus lámparas, pero las lámparas se apagaban por falta de aceite. Y aquí viene la lección, algunas fueron previsoras y tenían suficiente aceite de repuesto, pero la mitad de ellas se vieron con las lámparas apagadas y sin aceite con que realimentarlas. No les quedaba otra que ir a buscar aceite, pero entre una cosa y otra el esposo llegó, y con las que estaban preparadas entraron a la sala del banquete cerrándose luego la puerta. Cuando llegaron las que fueron a reponer el aceite la puerta estaba cerrada y no se abrió para ellas.

Muchas veces hemos meditado este pasaje del evangelio. Muchas veces nos hemos preguntado por ese aceite y si en verdad nosotros tenemos el suficiente para que se mantenga encendida la lámpara en nuestras manos. Muchas veces hemos recordado nuestro bautismo y ese momento en que se puso también en nuestras manos una vela encendida en la luz de Cristo resucitado. Y nos hemos hecho muchas consideraciones. Seguro que cada uno mientras hemos ido escuchando este pasaje y meditando sobre él ya nos hemos estado preguntando sobre nuestra responsabilidad y vigilancia.

Pensemos si acaso los cristianos hemos dejado de reflejar la luz de Jesús para nuestro mundo; acaso hayamos enturbiado la luz y no brille con la misma fuerza y no ilumine con el mismo ardor esos caminos oscuros de nuestro mundo. Pensemos si acaso no nos habremos dormido pensando que la luz estaba segura, que ya estaba todo hecho, que por sí misma la Iglesia está haciendo resplandecer esa luz, pero esa luz la hemos enturbiado, el testimonio que estamos dando no es el verdadero, quizá nos hayamos contaminado con las luces de nuestro mundo, acaso podamos estar creando confusión porque ya no resplandece con el mismo ardor el evangelio de Jesús.

¿Estaremos llegando tarde porque nos hemos dormido? ¿estaremos nosotros mismos creando confusión porque habíamos abandonado la vigilancia y porque no nos hemos preparado debidamente llenando nuestros depósitos con el aceite del evangelio y ahora a última hora vamos a buscar lo que sea y donde sea, pero ya no es el evangelio de Jesús? ¿Nos habremos dormido tanto que ahora nos dejamos arrastrar por cualquier corriente olvidándonos del evangelio de Jesús? ¿Cuáles son las verdaderas prioridades en sintonía con el evangelio del Reino de Dios? Triste sería que ya nuestras luces no nos valgan para iluminar la sala del banquete de la vida porque incluso para nosotros se nos hayan cerrado las puertas.

jueves, 27 de agosto de 2020

Hay muchos signos de la presencia del Señor en cuanto nos sucede que nos invitan a la vigilancia y avivan la esperanza

 


Hay muchos signos de la presencia del Señor en cuanto nos sucede que nos invitan a la vigilancia y avivan la esperanza

1Corintios 1, 1-9; Sal 144; Mateo 24, 42-51

Vigilantes… porque esperan algo y se preparan para su llegada; es el familiar que se espera después de larga ausencia y estamos ansiosos de su encuentro; es el amigo que nos ha prometido una visita y nos preparamos para cómo mejor agasajarle. Vigilante el que por seguridad tiene que cuidar de un edificio, de una institución; vigilante el que cuida del orden público para evitar desórdenes y atropellos; pero vigilante está el padre o la madre en el cuidado de sus hijos a los que ve crecer y que no quiere que les pase nada malo, como vigilante está el médico o la enfermera ante el paciente que está hospitalizado esperando su curación pero poniendo todo de su parte para buscar los mejores remedios.

Podíamos seguir describiendo situaciones y tendríamos que decir que todos nos sentimos vigilantes de alguna manera, de nuestra propia vida, de nuestras posesiones o en la espera de un futuro mejor. Y nuestra vigilancia que se fundamenta en la esperanza sin embargo nunca puede ser algo pasivo, sino que nos exigirá atención como nos pedirá el esfuerzo de no caer en un sopor pasivo porque nos puede sorprender aquello que esperamos.

Y esa vigilancia no la reducimos a la atención a lo que nos viene de fuera sino que parte del interior de nosotros mismos y atentos estamos a lo que nos sucede de manera personal, pero a lo que nos va sorprendiendo también en nuestro interior para aprovechar lo buenos y las posibilidades que nos surgen, pero también para no perder el equilibrio y el dominio de nosotros mismos en las diversas situaciones con que nos vamos encontrando que algunas veces pueden ser incluso desagradables. Esa vigilancia es también ese deseo de superación interior que nos haga madurar de verdad para que nunca ni nuestras actitudes ni nuestras posturas o nuestros actos puedan dañarnos a nosotros mismos ni dañar a los demás.

De todo esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Y nos habla del dueño de casa que vigila cuidadosamente para que el ladrón no se introduzca en la casa y produzca estragos; y nos habla del criado fiel y vigilante que espera la llegada de su amo a la hora que sea para abrir la puerta pero para estar dispuesto para el servicio; y nos habla del que tiene especiales responsabilidades que no puede hacer dejación de su funciones ni aprovecharse de su autoridad para tratar mal a los demás. Habla Jesús de cosas muy concretas en el estilo de vida de entonces y era lo que sucedía en su entorno, pero que tiene rabiosa actualidad en lo que son nuestras responsabilidades hoy en la vida.

Pero Jesús quiere darle aun mayor trascendencia a sus palabras, porque habla de la venida del Señor, y en el fondo nos está hablando también de ese final de nuestra vida donde vamos a ir al encuentro con el Señor de manera ya definitiva, pero que nunca sabemos cuando será el momento. Son tantos los momentos en los que el Señor nos va saliendo al encuentro en la vida en las circunstancias, en los acontecimientos y en las mismas personas con las que nos vamos encontrando. Y es donde tienen que estar abiertos los ojos de la vigilancia, los ojos de la fe para descubrir al Señor que llega a nosotros, a nuestra vida y muchas veces somos tan cegatos que no somos capaces de descubrirlo.

Es también en esos momentos dolorosos, de dificultades y problemas, de contratiempos que podemos tener con los demás donde hemos de escuchar esa voz del Señor que nos habla y que nos llama. Todas aquellas esperas de las que hablábamos al principio como situaciones humanas en las que nos encontramos o podemos encontrar  pueden convertirse para nosotros en signos de esa presencia del Señor.

Es ahí donde tenemos también que hacer crecer nuestra fe para derrumbarnos en las dificultades, aunque muchas veces nos sintamos rotos por dentro. Pero si sabemos descubrir esa presencia del Señor no perderemos la paz, todo nos servirá para crecer, y de todo podemos aprender para dar gloria siempre al Señor.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega a nosotros en tantas circunstancias de la vida


Despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega a nosotros en tantas circunstancias de la vida

Sabiduría13, 1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37
Tenemos que estar preparados en la vida para afrontar las diversas situaciones que se nos presenten. Surgen imprevistos que a veces no sabemos como afrontar, la misma vida exige arrostrar riesgos pero a los que tenemos que enfrentarnos valientemente; no todo es desagradable, también nos suceden cosas hermosas que nos alegran el corazón y nos dan ánimos para vivir, y hemos de saber estar atentos para no dejar escapar esas alegrías de la vida.
Las palabras de Jesús hoy en el evangelio en una primera lectura parece que nos llenan de temor porque nos habla de un momento final que no sabemos cuando llegará. Sin embargo si reflexionamos con una mayor profundidad vemos que lo que quiere decir Jesús es que tenemos que saber estar atentos a la vida en todas esas circunstancias que nos toque vivir. Son una gracia del Señor y nunca podemos llenarnos de temor si vivimos una vida con rectitud y también sabemos ir corriendo el rumbo que algunas veces se nos puede desviar. Como el piloto de un barco, de un avión o cualquier otro medio de transporte que está en nuestras manos señalar el rumbo e ir corrigiendo los desvíos que por las inclemencias nos puedan estar influyendo en mantener el rumbo de nuestra ruta; no se puede dejar dormir.
No nos podemos dejar dormir en la vida, atentos no solo al momento final que no sabemos cuando nos puede llegar, sino en ese día a día en que van apareciendo cosas nuevas en nuestra vida y que tenemos que saber valorar. En una mirada creyente son una gracia del Señor que nos ayuda a mantenernos despiertos, atentos, fieles en nuestro camino. Y en una mirada creyente podemos descubrir también cómo es el Señor que llega a nuestra vida de mil maneras y tenemos que estar atentos para recibirle, para acogerle, para enriquecernos con esa gracia que en cada momento derrama sobre nosotros.
Los acontecimientos de la vida pueden ser en verdad una llamada del Señor. El viene a nosotros y con nosotros camina a nuestro lado, aunque nuestros ojos muchas veces estén velados por otras cosas que nos distraen, nos preocupan o nos llaman la atención, como le sucedió a aquellos caminantes de Emaús; el Señor caminaba con ellos y les hablaba y aunque sentían que algo estaba pasando dentro de ellos no se daban cuenta que era el Señor.
Pero pensemos también cómo el Señor viene a nuestra vida a través de los que nos encontramos en el camino. Ya nos dirá El que en el momento final se nos va a examinar del amor con que vivimos nuestro encuentro con los demás, sea quien sea, sean cuales fueran las circunstancias de su vida. Todo lo que a ellos hicisteis a mi me lo hicisteis, nos dirá el Señor. Y no es que tengamos que escoger a este o al otro, es en cada uno en el que tenemos que saber descubrir esa presencia del Señor y en consecuencia el corazón abierto y lleno de amor con que lo vamos a acoger.
Y pensemos finalmente cómo el Señor quiere llegar a nosotros cada día con su gracia en la vida litúrgica y sacramental. Lo sabemos, pero nos ocupamos en otras cosas; tenemos que ir a tantas cosas, como aquellos convidados de la parábola que desecharon el banquete que les ofrecía su señor. Vamos, pero no siempre estamos con el traje de fiesta de nuestra fe viva y despierta; estamos como si estuviéramos en otra parte; no terminamos de ser conscientes y vivir el maravilloso misterio que celebramos, lo convertimos en un rito que desarrollamos muy ritualmente, y valga la repetición del concepto; no terminamos de estar despiertos y abiertos a la presencia del Señor que es quien nos habla en su Palabra, quien en verdad nos está alimentando con su gracia sacramental.
Mucho más podríamos reflexionar sobre ese estar despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega nuestra vida.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Despiertos, vigilantes, atentos son actitudes que se han de traducir en nuestras posturas, en nuestras acciones, en nuestra manera de vivir también nuestra fe



Despiertos, vigilantes, atentos son actitudes que se han de traducir en nuestras posturas, en nuestras acciones, en nuestra manera de vivir también nuestra fe

 Apocalipsis 22,1-7; Sal 94; Lucas 21,34-36
 ‘Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir y manteneros en pie ante el Hijo del hombre’. Así Escuchamos en el evangelio de este ultimo día del año litúrgico, aunque mañana el evangelio nos volverá a repetir el mismo mensaje.
¿Qué significa estar despierto? Físicamente podemos estar despiertos del sueño con los ojos bien abiertos, pero sin embargo no estar atentos, no estar vigilantes, porque nuestra mente o está dormida o está entretenida en otras cosas que no nos permiten prestar atención a lo verdaderamente importante. Cuántas veces estamos en una conversación entre amigos, pero de repente nos damos cuenta que nosotros mismos o uno de los que están en la conversación parece que no se entera, está allí pero no está, no nos sigue, está distraído, no se entera de lo que estamos hablando.
Cuántas veces vamos así por la vida. Y no es solo que estemos distraídos cuando estamos con los demás porque nuestra mente está en otra parte, porque quizá andamos con nuestras preocupaciones y problemas que nos agobian y no sabemos como salir adelante, sino que son también las actitudes que podemos tener en que cerramos los ojos, y no los de la cara, para no ver ni enterarnos de lo que sucede a nuestro alrededor. Podemos muchas veces aislarnos, meternos en nuestro mundo, encerrarnos en nosotros mismos y no dejar que llegue ninguna luz a nuestro interior.
Quizá no nos gusta ni nos agrada la situación de nuestro mundo, la solución que se da habitualmente a los problemas pero eso no ha de llevarnos a ponernos en distancia como si eso no nos afectara ni nos tocara a nosotros. El aislamiento lo podemos tener también buscando otros sucedáneos, cosas artificiales que nos creamos o cosas de las que nos valemos para olvidar porque no queremos complicarnos la vida.
Muchos quieren vivir la vida a su aire, y se dejan llevar por todas aquellas complacencias que les pueden dar una felicidad artificial y que entonces creyéndose felices en lo que viven en su superficialidad les lleve a no pensar en esas otras cosas importantes de la vida que quizá muchos están sufriendo a su alrededor. Se han creado un mundo artificial en el que solo buscan su propio placer, que no es precisamente felicidad. Pensemos de cuantas cosas nos valemos – alcohol, droga, sexo, sensualidades de todo tipo… que solo satisfacen los sentidos – para buscar ese aislamiento, ese andar así como dormidos para los problemas verdaderos de la vida.
Hoy Jesús nos invita a despertar, porque aunque arduos sean los problemas y oscuro nos parezca el mundo en que vivimos del que nos queremos escaquear, el Señor viene a nosotros, se hace presente en nuestra vida y en medio de ese mundo concreto porque El quiere ser esa verdadera Luz, esa verdadera salvación para nosotros y para nuestro mundo. Nos invita a despertar para que no nos dejemos aturdir por cuanto pueda suceder a nuestro alrededor y estemos atentos a su presencia. ‘Viene el Hijo del Hombre’, nos dice, llega el Señor a nuestra vida y es quien verdaderamente nos renovará y renovará nuestro mundo. Hemos de estar atentos a las señales de su llegada a nosotros.
‘No se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima de repente aquel día’, nos dice. Despiertos, vigilantes, atentos son actitudes que se han de traducir en nuestras posturas, en nuestras acciones, en nuestra manera de vivir también nuestra fe. Es una atención y vigilancia para escucharle, para escuchar allá en lo hondo de nuestro corazón su palabra; atentos, vigilantes para descubrir y sentir su gracia por eso los ojos de nuestro espíritu han de estar abiertos para Dios; eso significa también un espíritu de oración para entrar en esa sintonía de Dios. Muchas mas cosas podríamos pensar en como hemos de expresar esa vigilancia, ese estar despiertos.
Dejemos que el Señor nos hable al corazón y a cada uno nos vaya señalando lo que nos pide. Con sinceridad pongámonos ante Dios.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Despiertos y vigilantes caminamos por la vida cultivando una verdadera espiritualidad iluminando nuestra vida desde la fe y el sentido del evangelio de Jesús

Despiertos y vigilantes caminamos por la vida cultivando una verdadera espiritualidad iluminando nuestra vida desde la fe y el sentido del evangelio de Jesús

Apocalipsis 22,1-7; Sal 94; Lucas 21,34-36

‘Estad siempre despiertos… y manteneros en pie ante el Hijo del hombre’. ¿Estaremos dormidos en la vida? hay muchas formas y muchas veces no sé si andaremos como zombis por la vida; aparentemente despiertos, pero para aquellas cosas verdaderamente importantes dormidos.
Estar despiertos en la vida nos habla de estar atentos y vigilantes para ver lo que pasa, estar atentos y vigilantes en el cumplimiento de nuestras responsabilidades, estar atentos a las personas de nuestro entorno, estar atentos a lo que va sucediendo en el mundo. Quien desempeña una función en la vida no se puede dormir, ha de cuidar todos los detalles de lo que va realizando para sacar las cosas adelante, vigilantes ante los problemas que surgen porque muchas veces incluso hay que preverlos para saber darles solución a tiempo.
Quien tiene una responsabilidad familiar – y todos pertenecemos a una familia de la que no podemos desentendernos – ha de cuidar del bien de los suyos, de la felicidad de cada uno, de los problemas que podamos tener, de tener todo lo necesario para una vida digna, de cuidar del futuro de los hijos preparándolos debidamente desde la función de padres. Y así podíamos pensar en multitud de cosas en la vida.
Pero creo que cuando hoy escuchamos que el Señor nos dice que estemos despiertos algo más querrá decirnos, en otros aspectos fundamentales de nuestra vida también tendremos que fijarnos, aunque muchas veces en el materialismo con que vivimos o en la solución de esos problemas que día a día se nos presentan quizá el aspecto espiritual de nuestra existencia no lo cuidamos como tendríamos que hacerlo.
Ahí está nuestro crecimiento como personas pero también la profundidad espiritual que tenemos que darle a nuestra existencia. Esa espiritualidad que ha de dar fondo a nuestra existencia, que nos hará mirar a metas altas, y que llenará de trascendencia nuestro vivir. Es esa reflexión que hondamente dentro de nosotros hemos de ir haciéndonos para rumiar los acontecimientos de nuestra vida y saber aprender de cuanto nos suceda. Será entonces esa sabiduría que iremos aprendiendo de la vida misma cuando reflexionamos, cuando vamos contemplando lo que nos va sucediendo para saber leer en esos acontecimientos muchas lecciones buenas y positivas que hemos de saber ir sacando.
Y en esa espiritualidad de la persona un lugar importante, yo diría esencial, ha de ocupar nuestra fe. Esa fe que da sentido a nuestro vivir, a lo que hacemos y por qué lo hacemos. Esa fe que hemos puesto en Jesús y en su evangelio para convertirlo de verdad en centro de nuestra vida. En esa reflexión que nos hacemos es importante que iluminemos nuestra vida con esa luz de la fe y contrastemos lo que hacemos y vivimos con el sentir del evangelio de Jesús.
Despiertos para nuestra fe, despiertos en nuestra fe para mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre como nos ha dicho hoy el evangelio. Nos está hablando, sí, de ese momento final de nuestra existencia cuando vayamos a presentarnos definitivamente ante Dios para su juicio. Quizá sea una cosa en la que no pensemos, o que muchas veces hasta tratemos de alejar de nuestros pensamientos. Pero no tendría que haber temor si en verdad nos hemos mantenido despiertos en el caminar de nuestra vida también en ese aspecto de nuestra fe.
El juicio de Dios tenemos siempre la esperanza que es desde la misericordia; es cierto que no siempre somos fieles porque somos muy débiles y muchos tropiezos vamos teniendo en la vida; pero si andamos despiertos habremos sabido ir corriendo y enderezando  nuestros caminos. Sabemos que al final nos vamos a encontrar con el Dios misericordioso que nos ama. Que en El encontremos esa luz plena  definitiva de vivir para siempre en su presencia.

viernes, 10 de julio de 2015

Sagaces para no confundirnos por lo que el mundo nos presenta como bueno pero con la humildad de los servidores hacemos creíble el anuncio del Reino

Sagaces para no confundirnos por lo que el mundo nos presenta como bueno pero con la humildad de los servidores hacemos creíble el anuncio del Reino


Jesús había escogido a doce de entre sus discípulos para constituirlos apóstoles. Iban a ser como el primer núcleo de la comunidad de los que seguían a Jesús, pero a ellos ya les confía la misión que luego sería para todos los discípulos. Ir por el mundo anunciando la Buena Nueva del Evangelio. Lo hemos venido escuchando estos días. Hemos de llevar la buena noticia de la paz que es llevar la buena noticia del Reino de Dios. 
Lo hemos reflexionado. Pero Jesús ya les da a entender que no siempre iban a ser bien recibidos. Escuchábamos ayer las palabras de Jesús. ‘Al entrar en una casa, saludad con el saludo de la paz; si la casa se lo merece, la paz que le deseáis vendrá a ella. Si no se lo merece, la paz volverá a vosotros. Si alguno no os recibe o no os escucha, al salir de su casa o del pueblo, sacudid el polvo de los pies’. No siempre esa paz será bien recibida, sino más bien rechazada como también podían ser rechazados quienes llevasen ese mensaje.
Es a lo que nos previene hoy Jesús en el evangelio en continuación de aquellas recomendaciones que Jesús les hacía. ‘Mirad que os mando como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’. Y anuncia Jesús persecuciones de todo tipo. Pero les dice, nos dice: ‘así daréis testimonio ante ellos y ante los gentiles’. Tenemos ocasión de dar testimonio de Jesús. No serán solo nuestras palabras sino que será el testimonio de nuestra vida, de nuestra fidelidad hasta el final.
Pero fijémonos que nos hace unas recomendaciones muy especiales. ‘Sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’. ¿Qué nos quiere decir Jesús? Sagaces, nos dice, atentos, vigilantes, para distinguir lo bueno de lo malo, para no dejarnos engañar ni seducir por falsas palabras o promesas. El mundo que nos rodea nos puede confundir. Nos presentan tantas cosas como buenas, nos dicen eso no tiene importancia, eso es una cosa pequeña y que no tiene valor. Hoy todo se nos quiere presentar igual de bueno, todo les parece igual, pero hemos de saber distinguir; nos dicen que seamos tolerantes pero no nos podemos dejar confundir y solo tenemos que buscar lo que es verdaderamente bueno. Sagaces, vigilantes, que no nos confundan, todo tiene su valor y su importancia.
No nos podemos dejar engañar por ese mundo que nos rodea tan materialista, tan sensual, provocativo, que insensibiliza su corazón, que solo piensa en si mismo y en su propia felicidad, que va excluyendo y separando a los que considera que menos valen, que minusvalora a los que parecen débiles, que discrimina a los que no son de los suyos, donde parece que el mundo es solo para los que se presentan fuertes en sus violencias, en sus engaños, en sus orgullos o en sus falsos poderes. Sagaces, vigilantes nos dice Jesús que hemos de ser para no dejarnos engañar, para hacer el anuncio verdadero del Reino de Dios.
Pero nos dice también ‘sencillos como palomas’, humildes, dejando a un lado apetencias mundanas; no temiendo presentarnos débiles porque sabemos que nuestra fuerza está en el Señor; no es con nuestros orgullos o poderes humanos, materiales, avaros por las riquezas materiales,  violentos como tenemos que presentarnos o como queramos imponernos. Ese no es el camino del evangelio. Ya les dirá Jesús a los discipulos que entre ellos no puede ser, no se puede actuar a la manera de los poderosos de este mundo, sino que la grandeza está en el servir, en el ser capaz de hacerse el último y el servidor de todos.
Será la forma en que haremos creible nuestro mensaje. Es la manera como tenemos que actuar los discipulos de Jesús. Es el anuncio del Reino de Dios que hemos de hacer.