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viernes, 11 de septiembre de 2026

Un camino de luces y sombras, que hemos de aprender a recorrer, que ha de ser siempre de superación y crecimiento, de mano tendida para caminar juntos

 


Un camino de luces y sombras, que hemos de aprender a recorrer, que ha de ser siempre de superación y crecimiento, de mano tendida para caminar juntos

1Corintios 9, 16-19. 22b-27; Salmo 83; Lucas 6, 39-42

Todos en la vida tenemos luces y sombras, y el que diga lo contrario está equivocado, no se conoce de verdad a sí mismo, o tiene una falta grande de humildad que lo tiene endiosado. Tenemos nuestros límites, nos sentimos en ocasiones impotentes, nos damos cuenta de nuestra ignorancia en muchas ocasiones aunque nos demos de sabérnoslas todas, el camino de la vida parece que en ocasiones se nos llena de obstáculos, somos conscientes sin querer dárnoslas de perfectos o perfeccionistas que también los que caminan a nuestro lado se encuentran en situaciones como las nuestras, también con sus luces y con sus sombras, con ese temblor que se nos mete en las piernas cuando encontramos dificultades o nos parece que no vemos clara la meta que nos proponemos.

La vida es un aprendizaje que ha de tener también su proceso, donde hemos de tener por una parte la valentía de querer avanzar y aprender, pero también la humildad de quien se deja enseñar y conducir porque reconoce que no todo lo tiene ya conseguido; cuidado que nos creamos sabedores de todo antes de tiempo porque nuestros tropiezos serán más aparatosos y también el daño que podemos hacer a los demás cuando estamos aun con poca claridad y nos podemos convertir en ciegos que intentan guiar a otros ciegos.

Es lo que nos está planteando Jesús hoy en el evangelio. San Lucas recoge aquí diversas sentencias que pone en labios de Jesús, que eran esas enseñanzas que en su momento oportuno Jesús iba desgranando con sus discípulos. Ya nos dice que como discípulos. no nos creamos más que nuestro Maestro, y que solo cuando haya recorrido todo el proceso podremos hablar con autoridad, no la nuestra, sino la que proviene de la acción del Espíritu en nosotros.

Por eso antes nos ha dicho Jesús lo del ciego que guía a otro ciego cayendo los dos en el hoyo. La necesaria humildad que necesitamos, como decíamos hace un momento, para primero dejarnos enseñar. No podemos ir de autosuficientes por la vida aunque muchos de esa especie nos podemos ir encontrando por los caminos. Es un gran problema con que nos encontramos hoy los cristianos y en la Iglesia; quizás porque recibimos un catecismo cuando de niños nos prepararon para los sacramentos ya pensamos que tenemos todo el camino recorrido, que ya tenemos la suficiente formación.

En la vida no nos quedamos en las cuatro reglas que nos enseñaron en la escuela, por decirlo de alguna manera, sino que en la medida en que hemos ido creciendo y madurando hemos seguido formándonos y preparándonos para afrontar los problemas de la vida pero también nuestras tareas y responsabilidades. Queremos que nuestros hijos aprendan, solemos decir, y les ofrecemos un camino en colegios, institutos, universidades, todo lo que sea necesario para que se formen y se preparen bien para la vida.

¿Es lo que queremos y deseamos en nuestra formación cristiana? Como niños recibimos lo que podíamos captar como niños, pero en nuestro crecimiento como adolescentes y jóvenes, como personas adultas y maduras tenemos que seguir con nuestra formación., con ese ir madurando cuando hemos recibido y forma parte de nuestra fe y en consecuencia de lo que tendría que ser nuestra vida cristiana. Pero eso no lo tenemos en cuenta, eso nos parece una pesadez, eso nos lleva a la superficialidad e inmadurez con que vivimos en el ámbito de nuestra fe y nuestro compromiso cristiano.

Por eso terminará el texto del evangelio ofreciéndonos esas sentencias de Jesús que nos hablan de cómo primero hemos de purificar nuestra vida antes de querernos convertir en salvadores de los demás. Es la mota que podemos ir a quitar del ojo de nuestro hermano, mientras nosotros llevamos una vida atravesada en nuestros ojos. ¿Significa que porque somos débiles y pecadores no podemos ayudar a los demás? Nada de eso, siempre podemos y tener que estar abiertos a la corrección fraterna, aún sabiendo de nuestras debilidades; si las reconocemos en nosotros iremos con más humildad al encuentro con los otros; porque sabemos de lo débiles que somos y lo que muchas veces nos puede costar el superarnos, iremos con mayor delicadeza a ayudar al otro, porque nunca iremos desde nuestro pedestal sino abajándonos y poniéndonos a la misma altura del otro para mejor expresarle nuestro amor.

Todo un camino de luces y sombras, todo un camino que hemos de aprender a recorrer, todo un camino que ha de ser siempre de superación y crecimiento, un camino en que aunque débiles nos sentimos hermanos y sabemos tendernos las manos con la mayor delicadeza para caminar juntos.


miércoles, 29 de octubre de 2025

Hoy vemos en el evangelio que algunos le preguntan a Jesús si serán muchos o pocos los que logren salvarse, pero ¿qué significará ese salvarse o no?

 


Hoy vemos en el evangelio que algunos le preguntan a Jesús si serán muchos o pocos los que logren salvarse, pero ¿qué significará ese salvarse o no?

Romanos 8,26-30; Salmo 12; Lucas 13,22-30

Siempre andamos buscándonos caminos fáciles. ¿Para ir a ese lugar no hay otro sendero que no sea tan exigente? Nos parece que son vueltas y revueltas innecesarias y que podríamos encontrar otras soluciones más fáciles; todos queremos ser ingenieros para trazar los caminos que nos faciliten el recorrido. ¿Y no hay otro camino que sea más cómodo o más fácil donde no tengamos que hacer tanto esfuerzo?,  nos preguntamos cuando el camino se  hace cuesta arriba, vemos las situaciones difíciles que tenemos que afrontar. Y queremos buscar otros senderos que no tengan tantas exigencias. Pero ya nuestra sabiduría popular tiene sus dichos y sentencias y nos dice que ‘quien deja el camino por el atajo…’

No es que queramos ser ingenieros de caminos para trazar buenas autopistas, sino que en ese recorrido que tenemos que hacer en la vida ya queremos ingeniarnos para pasarlo de la mejor manera posible y con el menor esfuerzo. Y no es solo el plan de vida cómoda en que nos estamos educando hoy en que todo está permitido y analicemos bien lo que estamos ofreciendo a las generaciones que vienen tras nosotros. Es que cuando se trata de nuestro crecimiento personal, de nuestra maduración como personas, de la seriedad y responsabilidad con que hemos de asumir la vida, enseguida comenzamos a decir que la vida es difícil, que tiene que haber otra cosa y otra manera de plantearnos ese camino de la vida. ¿No andaremos con una flojera crónica en la vida y ante la menor dificultad nos ahogamos?

Y esto nos pasa en el camino de nuestra vida cristiana. Si no, veamos en qué convertimos todo lo que tendría que ser la vivencia de nuestra fe. ¿Tendremos en verdad ansias de vida eterna? ¿No habremos convertido nuestra vida cristiana en unos parches que colocamos en algunos momentos como cartelitos que digan que aquello que vivimos es ser cristiano, pero realmente andamos muy lejos de los planteamientos y exigencias que nos propone el evangelio? Yo, ya cumplo, decimos, porque quizás vamos a Misa alguna vez o nos contentamos verla por la televisión mientras estamos quizás entretenidos en otras cosas; yo ya cumplo porque trato de no molestar a nadie y que cada uno viva su vida; yo ya cumplo porque bauticé a mis hijos y quise que hicieran la primera comunión, pero luego ellos que decidan y hagan lo que les parezca.

Yo ya cumplo, repetimos, pero ¿donde estamos manifestando un compromiso desde esa fe con la vida, con la mejora de nuestro mundo, con los problemas que afectan a la vida de tantos, con la construcción de una sociedad más justa? ¿Dónde estamos preocupándonos por vivir esos valores que nos enseña el evangelio y con los que construir el Reino de Dios en nuestro mundo? ¿Acaso eso nos suena a sueños de otros tiempos y que ya todo eso está pasado de moda?

Hoy vemos en el evangelio que algunos le preguntan si serán muchos o pocos los que logren salvarse. Pero ¿qué significará ese salvarse o no? Y Jesús nos dice que nos afanemos por entrar por la puerta estrecha, porque es la que va a hacer verdadero camino. Porque puede ser que lleguemos y ya nos encontremos la puerta cerrada y no nos reconozcan, aunque nosotros digamos que hemos sido muy cumplidores. ‘No os conozco, no sé quienes sois’, terribles palabras que podríamos escuchar. Y podremos ver que otros a los que nosotros no considerábamos tan dignos van a entrar primero. ¡Ay de las distinciones entre unos y otros que nos hacemos tantas veces en la vida considerándonos que nosotros somos superiores o mejores!

Y nos habla Jesús de saber hacernos los últimos, porque tenemos que aprender a ser los servidores de todos. Claro que ceñirnos la toalla y ponernos a lavar los pies a los demás no es tarea del gusto de todos, no es tarea fácil. Pero a El lo contemplamos haciéndolo y nos dice que si El que es el Maestro y el Señor lo ha hecho, nosotros también debemos hacérnoslos los unos a otros. ¿Estaremos dispuestos? ¿Nos parece un camino difícil? ¿Habrá otro más fácil?

miércoles, 30 de julio de 2025

Qué seremos capaces de hacer para buscar y encontrar esa luz de la fe, verdadera sabiduría de nuestra vida, auténtica riqueza espiritual de nuestra existencia

 


Qué seremos capaces de hacer para buscar y encontrar esa luz de la fe, verdadera sabiduría de nuestra vida, auténtica riqueza espiritual de nuestra existencia

Éxodo 34,29-35; Salmo 98; Mateo 13,44-46

¿Qué es lo que verdaderamente consideramos importante? ¿Qué es lo que para nosotros tiene mayor valor? ¿Cuánto estaríamos dispuestos a dar para conseguirlo? Son unas primeras preguntas que nos hacemos para ver por donde anda nuestra onda. Porque también nos puede suceder que nos contentamos con lo que somos o lo que tenemos, que nos parece lo suficientemente bueno y para que vamos a estar volviéndonos locos por conseguir algo distinto, posturas conformistas en las que podemos caer; que también podemos pensar si ya lo que tengo es más o menos válido, para que voy a desprenderme de algo que ahora me está sirviendo ante el interrogante que pueda representar lo nuevo, es quizás la mediocridad en la que me muevo  que no me impulsa a una superación, y sobre todo cuando quizás eso me exija sacrificar algo.

Bueno esto que estamos diciendo nos vale para pensar en muchas cosas que forman parte de nuestra vida. Muchas cosas diferente podemos considerar importantes y por ellas hemos de ser capaces de sacrificarnos. Quien piensa en sus negocios y en sus ganancias, quien puede pensar en lo que son sus posesiones  con las que pretende tener una buena vida sin sobresaltos, quien puede pensar en unas conocimientos y unos estudios que le ayudarán a cultivarse como personas y le puede ayudar a encontrar una sabiduría de la vida, quien puede pensar en la familia y todo lo que entrañan unas relaciones familiares por lo que somos capaces de sacrificarnos porque queremos el bien de la familia o pensamos en el futuro de nuestros hijos con lo que le podamos ofrecer para lograr un puesto en la vida, quien puede pensar en esa sociedad en la que vive y que quiere mejor y que se quiere ser capaz de trabajar por una transformación de esa sociedad.

En cada una de esas facetas podemos o tener que pensar en qué es lo mejor, por lo que merece la pena sacrificarse y luchar, en ese necesario espíritu de superación que tiene que haber en nuestra vida, aunque eso algunas veces nos signifique renuncias y sacrificios en la búsqueda de lo mejor. Forma parte de ese crecimiento humano como personas que todos hemos de anhelar, aunque muchas veces andamos un poco cegados por aquello de la inmediatez y no siempre tenemos la paciencia de esperar para conseguir eso mejor que busquemos.

¿Es el sentido de estas parábolas que hoy Jesús nos propone en el Evangelio? Nos habla de un tesoro escondido que alguien encuentra y que porque no está en su campo buscará todos los recursos que sea para poder adquirir aquel campo y tener derecho a ese tesoro. Como nos habla también de una perla preciosa de gran valor que queremos tener y que somos capaces de desprendernos de todo lo que tenemos para tener los medios necesarios para poder conseguirla.

¿Cuál es ese tesoro que hemos de conseguir o esa perla preciosa que queremos adquirir? Es aquí donde tenemos que hacer nuestra escala de valores. No es que sean malas aquellas cosas que antes mencionábamos y que quisiéramos conseguir en la vida. Pero ahora con la parábola Jesús quiere plantearnos algo mucho más hondo. ¿Cuál es esa verdadera sabiduría de la vida? ¿Le daremos a nuestra fe ese valor de la perla preciosa por la que hemos de saber despojarnos de muchas cosas para poder alcanzarla?

Aquí tiene que entrar en juego también ese sentido espiritual de la vida, porque no todo se puede quedar en lo material, en unas ganancias o en unas riquezas que nos hagan poseer cosas, como si en ello estuviera toda nuestra felicidad. Es bueno que sintamos toda esa alegría y satisfacción por esas cosas conseguidas para lograr ese nuestro crecimiento humano como personas y de aquellos que están a nuestro lado.

Pero hemos de saber encontrar esa luz de la fe que nos va a dar una visión nueva y distinta de la vida, una mayor trascendencia a nuestro ser y a cuanto hagamos, que va a ser motor de nuestro camino, de nuestras luchas y deseos de superación, que nos ayudará a encontrar esos valores que nos ofrece el evangelio para que lleguemos a vivir ese sentido del Reino de Dios, que va a elevar nuestro espíritu para entrar en esa sintonía de Dios en quien encontramos todo el sentido de nuestra vida y nuestra existencia.

¿Qué seremos capaces de hacer para buscar y encontrar esa luz de la fe para nuestra vida, esa luz de la fe que va a ser la verdadera sabiduría de nuestra vida, esa luz de la fe que nos hará encontrar la verdadera riqueza espiritual de nuestra existencia?

sábado, 26 de julio de 2025

Rompamos esa espiral de intransigencias que nos llevan a los juicios y a las condenas, entremos en la órbita de la mansedumbre y de la misericordia

 


Rompamos esa espiral de intransigencias que nos llevan a los juicios y a las condenas, entremos en la órbita de la mansedumbre y de la misericordia

Éxodo, 24, 3-8; Sal. 49; Mateo, 13, 24-34

La imagen que nos propone hoy Jesús en la parábola del evangelio es bien significativa de lo que nos pasa en la vida y no solo porque miremos a nuestro alrededor y el mundo en el que vivimos, sino porque tenemos que mirarnos a nosotros mismos, pues es parábola que nos habla también de la realidad de nuestra propia vida. ‘¿No sembraste buena semilla en tu campo?’, es la pregunta que le hacen aquellos obreros a su dueño al ver que sus tierras no solo están rebosantes de trigo sino que en medio han crecido las malas hierbas, a cizaña que tanto daño hace a sus sembrados.

Es la realidad de la vida, de nuestra vida, de lo que a nosotros tantas veces nos sucede de una forma o de otra. Los padres que educaron con esmero a su hijo inculcándole buenos valores, pero que de la noche a la mañana se lo encuentran rebelde y que está haciendo con su vida todo lo contrario de lo que sus padres le inculcaron. Hablamos de esa realidad como en ese mismo sentido muchas cosas que vemos en nuestra sociedad; unas buenas costumbres que han sido la base del crecimiento de los pueblos, pero pronto se meten por medio los rencores y resentimientos, las ambiciones egoístas y vicios de todo tipo y se destroza aquella buena convivencia que en otros tiempos se tuvo.

Pero no tenemos que ir muy lejos sino mirarnos a nosotros mismos. Cuántos propósitos nos hemos hecho, cuantos planes nos hemos trazado, cuánta bondad y bien hacer hemos trasmitido en nuestra vida, cuantos consejos damos a los demás y a tantos que en muchas cosas hemos ayudado a salir adelante, a superarse y ser mejores, pero en un momento determinado tuvimos nuestras tropiezos, muchas cosas se nos han podido desestabilizan en nuestra vida y nos hemos visto envueltos en unas espirales de las que no sabemos salir. ¿Qué nos ha pasado? ¿Por qué hemos llegado a esta situación? ¿Rompemos todos los planes de nuestra vida porque un día cometimos unos errores? ¿Seguimos echando a rodar por la pendiente esa piedra porque no sabemos que hacer con ella?

La respuesta de aquel hombre de la parábola no fue mandar a arrancar aquella cizaña. ‘Dejadlas crecer juntas’, les dice. La motivación está en el peligro de arrancar las buenas plantas; al final será la solución. Pero lo que Jesús nos está dejando entrever en la parábola es algo muy hermoso. Sabemos que una mala hierba porque esté al lado de una buena no va a cambiar, no va a transformarse. Pero lo que Jesús nos está queriendo decir es que somos personas, y en las personas siempre está esa posibilidad del cambio. Nos deja traslucir la parábola lo que es la misericordia de Dios que siempre nos estará esperando para que demos ese paso de conversión a El, de vuelta a El, que eso viene a significar la palabra conversión.

Es lo que nosotros necesitamos aprender cuando en la vida nos volvemos tan intransigente con los demás y no somos capaces de sacar ese lado de la misericordia. La llamada de amor siempre tiene que estar presente, la comprensión con los errores de los demás es algo que hemos de tener en cuenta, porque además nos miramos a nosotros mismos y vemos cómo nosotros también cometemos errores, y siempre esperamos que sean comprensivos con nosotros, siempre haya una palabra de aliento y de ánimo, una actitud comprensiva que sea capaz de ofrecer el perdón como comienzo de un camino de restauración y de paz.

Es también la buena actitud que hemos de tener con nosotros mismos. No es que tratemos de disculparnos y justificarnos por lo que hacemos, pero sí hemos de creer que en el fondo del corazón siempre queda un rastro de bondad que hemos de saber hacer resucitar en nosotros; por eso aunque luchamos por nuestro cambio y superación somos comprensivos con nosotros mismos; nunca nos podemos sentir derrotados a causa de nuestros tropiezos y errores; siempre confiamos en la misericordia del Señor que estará a nuestro lado para ayudarnos a levantarnos.

Rompamos esa espiral de intransigencias que nos llevan tan fácilmente a los juicios y a las condenas; entremos en la órbita de la mansedumbre y de la misericordia; dejémonos contagiar por esa misericordia del Señor que tan abundantemente se derrama sobre nosotros y nuestro mundo y haremos un mundo mejor. ¿No somos nosotros los que creemos en la resurrección? Podemos, pues, hacer resucitar nuestras vidas.


sábado, 15 de marzo de 2025

No podemos andar con mediocridades en la vida porque señala nuestra pobreza, de ninguna manera puede andar el que se dice discípulo de Jesús con medidas mediocres cuando se trata de amor

 


No podemos andar con mediocridades en la vida porque señala nuestra pobreza, de ninguna manera puede andar el que se dice discípulo de Jesús con medidas mediocres cuando se trata de amor

Deuteronomio 26, 16-19; Salmo 118; Mateo 5, 43-48

El que anda con mediocridades en la vida manifiesta la pobreza de su espíritu. Con esto es suficiente, nos decimos muchas veces, para que dar más si con eso tiene para sus necesidades elementales. Así andamos muchas veces con nuestras medidas; claro las medidas con las que damos a los demás, porque bien distintas son las medidas que queremos usar cuando se trata de nosotros recibir.

Bueno y no se trata solo de lo que demos o de lo que recibamos, que esa mediocridad la damos también muchas veces en nuestros trabajos lo mismo que en nuestras metas. Para qué voy a esforzarme más sin ya con eso apruebo dice muchas veces el estudiante eludiendo el esfuerzo, contentándose con lo fácil, habiendo perdido la ilusión de lo mejor y quizás mañana nos damos cuenta si hubiéramos estudiado bien aquello, si nos hubiéramos esforzado más en aquella materia que nos parecía menos importante, y nos encontramos con lagunas en la vida, en la formación, en la preparación con lo que luego no podemos responder a la altura que se nos pide.

Para qué esforzarnos, nos dijimos un día y ahora nos damos cuenta de nuestras carencias. Ya estudié lo que era necesario en mis tiempos de estudiante, ahora los libros, la actualización de la vida lo dejamos aparte, y nos encontramos con tantos vacíos, pero aun, nos encontramos con tanto vacío en nuestro espíritu. Es la peor pobreza, la de nuestro espíritu.

La madurez de nuestra existencia nos está pidiendo que demos un paso más, que vayamos más allá y más arriba, que no nos quedemos en la mediocridad, que tengamos siempre deseos de crecer, que lleguemos a ser capaces de dar lo mejor, lo más profundo de nosotros mismos. Serán nuestras responsabilidades, será lo que podemos contribuir a hacer nuestra sociedad mejor, serán las motivaciones hondas que tengamos en nuestro corazón, será la medida de nuestro amor.

Es de lo que nos está hablando Jesús hoy en el evangelio. Nos pone el listón del amor bien alto. Nos contentamos a amar a los que nos aman, somos amigos de nuestros amigos, ayudamos al que a mi me ayuda, hoy me toca a mi pero ya sabes que mañana te toca a ti. Seguramente nos suenan estas palabras. Porque son las medidas que usamos habitualmente, suele ser hasta donde pensamos que tiene que llegar la medida del amor.

Dar un paso más para ayudarle a aquel que nunca ayuda a nadie, eso nos parece un heroísmo; ser capaces de ser amables con aquellos que quizás pasan serios a nuestro lado y ni nos miran a la cara, eso nos parece impensable; tener paciencia con aquel que siempre nos está molestando y llegar incluso a ayudarle cuando le vemos muy apurado en su necesidad, bueno, eso sería un milagro por nuestra parte que llegáramos a hacerlo.

Nuestras mediocridades, encerrados en nosotros mismos como si nosotros fuéramos los únicos y más valiosos del mundo. Así vamos tantas veces arrastrándonos por la vida. Por eso nos cuesta tanto entender el mensaje de Jesús. Porque cuando Jesús nos dice que también tenemos que amar a nuestros enemigos y hasta rezar por los que nos han hecho mal o nos han hecho daño, eso ya nos parece imposible y a eso no somos capaces de llegar.

Pues ese es el listón que nos está poniendo Jesús. Porque si amamos a los que nos aman, ¿qué mérito tenemos? Eso lo hace cualquiera. Si saludamos solo a los que nos saludan, como dice Jesús, eso hasta los que no tienen fe lo hacen. En nosotros tiene que haber algo especial cuando hemos recibido la buena nueva del evangelio diciéndonos todo lo que nos ama Dios. ¿Nos podemos quedar encerrados en lo mismo?

Es tajante Jesús. Claro, El ha ido por delante en ese amor. Lo ha hecho, así ha amado, así nos ama a nosotros que aunque nos creemos que nos lo merecemos todo, bien que somos pecadores. Pues, quien ha experimentado en su vida ese amor de Dios, no puede menos que amar y amar con un amor semejante. Por eso tajantemente terminará diciéndonos Jesús que tenemos que ser perfectos como nuestro Padre del cielo lo es, tenemos que ser misericordiosos como lo ha sido Dios con nosotros.

¿No tenemos la muestra de lo que es ese amor de Dios en Jesús que por nosotros se dio y llegó a morir en una cruz? Y no hay amor mayor que el de quien da su vida por aquel a quien ama. Y Jesús terminará diciéndonos en el evangelio que amemos con un amor como el suyo. Será el mandamiento del amor.

¿Seremos capaces de intentar ponernos en nuestro amor a esa altura? ¿Llegaremos de verdad a entender lo que es un amor verdadero? Ya seguirá mostrándonos este camino de Cuaresma lo que tenemos que entender por amor.

viernes, 7 de marzo de 2025

¿De qué nos estará pidiendo el Señor que nos abstengamos o hagamos ayuno en nuestra vida de cada día para vivir el gozo de la presencia del Señor?

 


¿De qué nos estará pidiendo el Señor que nos abstengamos o hagamos ayuno en nuestra vida de cada día para vivir el gozo de la presencia del Señor?

 Isaías 58, 1-9ª; Salmo 50; Mateo 9, 14-15

Parece normal que si estamos viviendo unos momentos agradables y felices en esos momentos no traigamos al presente situaciones que nos puedan resultar duras. Tratamos oportunamente de disfrutar el momento aunque sepamos que luego tendremos que afrontar situaciones que nos puedan resultar costosas, quizás puedan aparecer carencias que nos pueda imponer la vida o que quizás nosotros mismos nos imponemos en aras de conseguir luego algo mejor.

Cuando queremos alcanzar buenas metas quizás tengamos que pasar por el sacrificio y la renuncia, quizás no tenemos más posibilidades, pero sabemos que es el camino que nos ayudará en nuestro esfuerzo por conseguir lo mejor. El estudiante que quiere obtener los mejores conocimientos y las mejores notas al final, tendrá que renunciar a momentos de esparcimiento y de fiesta para poder estudiar; el que va a emprender una obra que es el sueño de su vida, para poder tener lo necesario para alcanzar renunciará a gastos en otras cosas que aunque buenas no son tan necesarias. Y así podríamos ponernos muchos ejemplos de la vida que pasan por ese sacrificio en aras de la meta que quieren alcanzar.

Hoy le vienen a plantear algunos porque sus discípulos no ayunan como lo hacían los discípulos de Juan el Bautista o los seguidores de los fariseos. Jesús habla de que los amigos del novio cuando están en la fiesta de la boda de su amigo, tienen que participar de la alegría de esa fiesta porque además es la manera de sentirse unidos a El. Y así les pasa a los discípulos de Jesús, los que queremos seguir a Jesús, vivimos siempre en la alegría de su presencia y con ese sentido de fiesta. Qué lástima que algunas veces los cristianos vamos con cara de duelo incluso a nuestras celebraciones más festivas como tiene que ser siempre la liturgia; qué lástima que los cristianos no manifestemos más la alegría con que vivimos nuestra fe.

Jesús les dice, sin embargo, que podrán llegar momentos en que tengan que vivir en ese sacrificio. Así se considera el ayuno, es la renuncia a algo que necesitamos y que además nos gusta y saboreamos. Estamos en la cuaresma y hay algunos días que son especialmente penitenciales; es el momento de ofrecer algo de nosotros mismos, algo que nos cueste pero que ofrecemos con amor, como un signo y una señal de nuestro arrepentimiento pero también de que queremos algo mejor en nuestra vida.

Creo que tenemos que ir descubriendo el verdadero sentido que tiene que tener nuestro ayuno o nuestra abstinencia. Prescindir de algo que es gustoso para nosotros pero como señal de ese camino de superación que tenemos que hacer en nuestra vida. Muchas veces tenemos que decirnos ‘no’ en la vida, porque no todo nos lo podemos permitir, o porque quizás algo se nos presenta tentador como algo bueno pero nosotros sabemos que ese no es el camino de rectitud que hemos de vivir; y eso cuesta, y no siempre tenemos la voluntad firme para hacerlo y no dejarnos arrastrar por la tentación, y para eso tenemos que entrenarnos.

Sí, entrenarnos, aprender a hacerlo. El que realiza un entrenamiento por ejemplo para realizar un deporte tendrá que aprender unas técnicas, tendrá que desarrollar unas cualidades o unas costumbres, tendrá que dejar quizás malos hábitos o malas manera de hacer aquellas cosas, para aprender lo que es mejor, lo que hará de él ese buen deportista que logra metas y triunfos.

Eso en la vida. Siempre nuestro camino ha de ser un camino de superación y crecimiento. Y eso cuesta, y eso nos exige dejar a un lado los malos hábitos o rutinas de cómo hacíamos las cosas, eso nos está pidiendo unas renuncias, un decirnos no. ¿Estaremos entrenados para eso cuando todo nos lo permitimos, cuando no nos negamos de nada, cuando simplemente en la vida nos dejamos llevar?

¿No necesitaremos hacer ayuno de algunas cosas? El ayuno que nos está pidiendo el Señor va más allá de unos determinados alimentos. ¿No habrá en nosotros muchas rutinas de la vida de las que tendríamos que ayunar? ¿No tendríamos que ayunar de nuestro mal humor y de nuestros malos modos, de nuestras violencias y malquerencias, de nuestras envidias y resentimientos, de nuestras miradas despreciativas y de nuestras desconfianzas, de nuestras ganas de murmurar y de criticar y de andar siempre con nuestros juicios severos hacia los demás? ¿No tendríamos que aprender a ayudar de tantas vanidades con las que envolvemos la vida, de nuestros sueños de grandeza y buena consideración, de los aplausos que nos halagan? Miremos con atención muchas cosas concretas de nuestra vida de cada día y de nuestras relaciones con los que nos rodean.

Aprenderemos a decirnos no, absteniéndonos de carne o de golosinas los viernes, pero son de muchas más cosas de las que tenemos que abstenernos, hacer ayuno. Es algo que seriamente tenemos que plantearnos. Leamos con atención lo que hoy nos dice el profeta Isaías. Y todo eso con cara de fiesta porque siempre hemos de sentir la alegría de la presencia del Señor que nos ama y es nuestro salvador.

domingo, 22 de septiembre de 2024

Vayamos dejando verdaderos regueros de luz a nuestro paso desde esa riqueza interior que llevamos en nuestro espíritu

 


Vayamos dejando verdaderos regueros de luz a nuestro paso desde esa riqueza interior que llevamos en nuestro espíritu

Proverbios 3,27-34; Salmo 14; Lucas 8,16-18

¿Cómo somos realmente en nuestro interior? Quizás sea algo que no queremos dejar traslucir, lo guardamos en nosotros a veces como el más sagrado de los secretos; claro que pensar en cómo somos nos trae a la memoria lo que ha sido el recorrido de nuestra vida, también con sus errores y tropiezos, y quizás hemos tratado de presentar una imagen de nosotros mismos con demasiado perfeccionismo y no nos agrada que esa imagen se vea enturbiada; tenemos nuestros prestigios que no queremos perder. Pero ¿no sería eso en el fondo algo de vanidad? ¿Ponemos la cara bonita para la fotografía, queriendo ocultar el lado no tan agradable? Las vanidades un día se quedaran en nada, porque nos harán sentir el vacío de nuestra vida.

Es cierto que no tenemos que estar haciendo gala ante los demás de nuestros fallos o defectos, pero quizás el mostrarnos imperfectos en lugar de enturbiarnos nos hace más reales y más humanos. Pero no somos solo eso. También en nosotros hay unos valores, también tenemos nuestros principios como nuestras metas en la vida por las que luchamos y nos esforzamos; están nuestros tropiezos, es cierto, pero está también nuestro deseo de superación y el esfuerzo que hacemos para conseguirlo. Y eso sí que define más nuestra vida, lo que somos, la verdadera grandeza de nuestra existencia, las bonitas huellas que podemos dejar tras nosotros. No tienen que ser huellas de perfección, tienen que ser huellas humanas, con sus luces y con sus sombras, que es lo que le dan belleza al cuadro de nuestra vida.

¿No será eso a lo que se está refiriendo Jesús con las palabras que escuchamos hoy en el evangelio? ‘Nadie que ha encendido una lámpara, la tapa con una vasija o lo mete debajo de la cama, sino que la pone en el candelero para que los que entran tengan luz’. Es la lámpara que tenemos que mostrar, la luz que tenemos que reflejar, también con sus tintineos. Muchos podrán encontrar en ella una luz para sus vidas.

No hemos de tener miedo. Y ya no es vanidad, no es ostentación, no es orgullo; es la realidad de la vida que ofrecemos con humildad tal como somos. Y eso es lo que en verdad se puede convertir en estímulo para los demás. Por eso nos sigue diciendo Jesús: ‘Pues nada hay oculto que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no llegue a saberse y hacerse público’. ¿Por qué vamos a ocultar lo que puede ayudar a los demás? No son secretos humillantes para nosotros sino que es nuestra vida, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestras luchas, nuestro amor.

Por eso el cristiano tiene que ser siempre una luz que está colocada en lo alto para iluminar. Llevamos algo muy hermoso en nuestra vida que es una lástima que lo mantengamos oculto. Son los miedos y cobardías con que andamos tantas veces los cristianos. Tenemos que sentirnos seguros de nuestra fe y de los ideales que tenemos en nuestra vida.

Tenemos que sentirnos seguros en el camino que estamos haciendo, porque lo que intentamos, incluso con nuestros errores y tropiezos, es seguir el camino de Jesús. Y es un camino de crecimiento, de superación; un camino que parte de nuestra debilidad, pero que cuenta con la fortaleza del espíritu del Señor que nos acompaña en nuestras luchas y en nuestros esfuerzos. Y eso también hemos de saber trasmitirlo a los demás para que puedan enamorarse del evangelio de Jesús.

Termina diciéndonos Jesús algo que algunas veces parece que no terminamos de comprender. Habla de que ‘al que tiene se le dará…’ Eso bueno que llevamos en nuestro interior, con nuestra fe y con nuestros deseos de crecimiento y superación, con ese esfuerzo que realizamos para mantenernos fieles en nuestro camino, será algo que irá creciendo y creciendo en nuestro interior, porque irá dando verdadera profundidad a nuestra vida. Pero cuando nos dejamos llevar por fantasías y por vanidades al final todo eso se esfumará y se quedará en nada mostrando el vacío que llevamos por dentro. Por eso nos dice ‘que al que no tiene se le quitará hasta aquello que cree tener’. Será el vacío con que nos quedamos en nuestra vida detrás de esa superficialidad que nos hará descubrir la carencia de verdadera espiritualidad que hay en nosotros.

Vayamos dejando verdaderos regueros de luz a nuestro paso.

sábado, 2 de marzo de 2024

Aprendamos a descubrir un nuevo rostro misericordioso de Dios, a mirarnos con humildad y esperanza de poder ser mejores y despertar nuevas actitudes hacia los demás

 


Aprendamos a descubrir un nuevo rostro misericordioso de Dios, a mirarnos con humildad y esperanza de poder ser mejores y despertar nuevas actitudes hacia los demás

Miqueas 7, 14-15. 18-20; Salmo 102; Lucas 15, 1-3. 11-32

Que aspiremos a cosas mejores no podemos decir que es malo, pues siempre tendría que haber en nosotros un deseo de superación y de crecimiento, lo que nos haría buscar lo que sea mejor; que mejoren nuestras condiciones de trabajo entra dentro de las normales y justas reivindicaciones en cualquier situación laboral; de entrada no podemos juzgar a quien no se encuentre a gusto en un sitio y quiera cambiar, eso está dentro de nuestras inquietudes humanas que es lo que nos lleva también a una mejora en las relaciones entre unos y otros e incluso a un desarrollo de nuestro mundo y en consecuencia también de nosotros mismos. Siempre andamos inquietos, parece lo normal de la vida.

Hoy se nos presenta una parábola en el evangelio en la que se nos comienza hablando de un hijo que lo tenía todo en casa de su padre, pero que un día decide romper; no se encuentra satisfecho, aspira para su vida otra cosa y parece como que se siente coartado en el hecho de estar bajo la autoridad del padre. Quiere hacer una renuncia a todo, pero comienza con exigencias que le llevan a una ruptura y a hacer que su vida se deslice por una pendiente muy resbaladiza que le lleva finalmente a malgastar cuanto ha recibido de herencia familiar y vivir de mala manera.

No escogió buen camino ni buenas formas para emprender su nueva vida que al final se convirtió en un infierno para él. Las rupturas violentas son muy dañinas porque nos dejan muchas huellas y malos recuerdos en el alma.

Y mientras estaba en aquel infierno de carencias y necesidades, se dio cuenta de la gran carencia de su vida pero no quería reconocerlo. Aunque pueda parecer lo contrario cuando añora los tiempos de trabajo junto a su padre está añorando un cariño que ahora le falta y le parece imposible recuperar.

Cuántas veces cuando nos vemos hundidos nos parece imposible que podamos recuperar aquello que habíamos tenido y que perdimos. Cuántas veces nos cuesta dar el paso para reconocer nuestros vacíos, nuestras soledades, la basura que hemos echado sobre nosotros mismos y nos cuesta sacudirnos de esos miedos para dar un paso adelante. A lo más vamos a ver si hacemos algunos arreglos y con el disimulo de unas cosas queremos comenzar de nuevo.

Pero había un padre que estaba esperando; había quien, a pesar de todo el dolor del corazón, seguía esperando y quería seguir confiando; había un padre que no había perdido la sensibilidad del alma y era capaz de sintonizar la presencia de un hijo que volvía aunque se tratara de disimular. Allí está el padre que ve de lejos, allí el padre que siente la presencia aunque nos parezca que nos queremos introducir por la puerta de atrás pero que sin embargo nos hacemos sentir; allí está el padre que no sabe de resentimientos ni echará nunca en cara porque el que vuelve siempre es el hijo aunque antes le hubiéramos dado por perdido; allí está el padre que no solo está esperando al hijo que viene de lejos sino que sale también en búsqueda del que aparentemente aún está en la casa, pero que sin embargo también en sus resentimientos había puesto grandes abismos de por medio.

Esta parábola que hoy nos propone Jesús cuya primera finalidad es hablarnos del amor de Dios siempre misericordioso que siempre nos busca, no le importa bajar a nuestro lado aunque parezca que puede manchar la blancura intachable de su amor – no le importa a Jesús mezclarse con prostitutas y pecadores porque es el médico que viene a sanar a los que están heridos -, y que siempre estará con los brazos bien abiertos para recibirnos como  hijos a pesar de que seamos tan pecadores porque para nosotros siempre tendrá una túnica nueva pura y blanca con la que revestirnos de nuevo.

Pero esta parábola puede decirnos mucho más. Siempre podemos volver a Dios, siempre podemos reemprender de nuevo del camino que nos haga encontrar la salud para nuestro espíritu, siempre podremos levantarnos de nuestros infiernos y de nuestras postraciones porque podemos tener la esperanza de un padre bueno que nos está esperando con los brazos abiertos. Grande es la misericordia del Señor.

Pero la parábola nos enseña también actitudes nuevas que nosotros hemos de tener con los demás. Ya sabemos que la motivación de la parábola fueron aquellos que criticaban y juzgaban la actitud de Jesús que buscaba a los pecadores.

Algunas veces nosotros somos así también, porque no terminamos de mirarnos con sinceridad a nosotros mismos, con nuestros juicios y condenas, con los abismos que vamos creando en la vida con tantos a nuestro alrededor, de las discriminaciones que seguimos haciendo porque aquel no me parece bueno, porque el otro quizás un día hizo algo que no me gusto, porque quizás el que estaba a mi lado se separó de mí y yo no soy capaz de dar un paso para acercarme a él para que no vuelva a haber esa distancia.

Unas actitudes nuevas, una nueva forma de mirar, una nueva prontitud para acercarme al otro sea quien sea. Muchas cosas nuevas también tendrían que haber en mí. Es algo en lo que yo también tengo que aspirar a ser mejor.


domingo, 25 de febrero de 2024

Subamos hoy a la montaña y disfrutemos del Tabor para que un día también podamos subir al Calvario, el camino de la vida estará siempre iluminado por la luz de la Pascua

 


Subamos hoy a la montaña y disfrutemos del Tabor para que un día también podamos subir al Calvario, el camino de la vida estará siempre iluminado por la luz de la Pascua

Génesis 22, 1-2. 9-13. 15-18; Salmo 115; Romanos 8, 31b-34;  Marcos 9, 2-10

Si no sabemos subir a la montaña y no disfrutamos de su altura, me atrevo a decir que no sabremos caminar bien por la llanura. Puede parecer atrevida esta afirmación, porque a algunos no les gusta subir a la montaña; significa esfuerzo y deseos de superación, porque la subida se hace dura, cuanto más vayamos subiendo parece que más dificultad encontramos y necesitamos el esfuerzo de la superación en cada momento para ser capaces de ir más allá y más arriba; hay quien tampoco sabe disfrutar de la altura y no es capaz de contemplar nada, le parece que todo está como difuminado y no será capaz de contemplar los detalles, por eso digo no va a saber caminar por la llanura.

Esto tendría que ser imagen del camino de la vida. Ascensión, pero sabiendo que hemos de caminar por la llanura de la vida que no siempre va a estar tan llana porque también serán muchos los obstáculos y tropezones que vamos a encontrar. Aquella subida, como decíamos, nos habrá enseñado. Pero es tarea necesaria la Ascensión, el estar en actitud y postura de subida, de querer ascender porque buscamos otras visiones, otras perspectivas, porque queremos encontrar un sentido que nos haga al mismo tiempo ahondar en lo más profundo para encontrar el sentido y la fuerza para ese camino.

Es tradicional en la liturgia de la Iglesia que en este segundo domingo de Cuaresma nos encontremos con el evangelio de la transfiguración. Jesús también nos invita a subir al Tabor, como irá luego también delante de nosotros en la subida del calvario. Ahora será una subida que nos lleva a la contemplación de la Transfiguración, como la subida del Calvario será la subida a la Pascua. Que es el camino que vamos haciendo a lo largo de la Cuaresma, un camino hasta la Pascua.

No podemos olvidar que este episodio en los relatos de los distintos evangelistas siempre viene como enmarcado por los anuncios que hace Jesús de su subida a Jerusalén y de lo que allí ha de pasar. Por eso este momento del Tabor viene a ser algo así como un anticipo de la Pascua. Alguno de los evangelistas nos dirá que lo que hablaban Jesús y Moisés y Elías que aparecen en este momento de la Transfiguración es de lo que en Jerusalén ha de suceder. Y finalmente Jesús les dirá los discípulos  que han contemplado este momento de Transfiguración que no han de hablar de ello hasta después de la resurrección, aunque ellos seguirán siempre sin terminar de entender las palabras de Jesús.

Pero allí en lo alto, después del camino duro de la Ascensión, se va a contemplar la gloria del cielo. Una voz desde lo alto va a señalar a Jesús como el Hijo amado de Dios a quien hemos de escuchar. Sin embargo, los discípulos que ya estaban pensando en quedarse allí para siempre – ‘haremos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’ – se sentirán sobrecogidos con la voz del cielo cayendo por tierra, pero cuando Jesús los levanta les dirá que hay que bajar de nuevo.

Una subida con la dureza del camino de la ascensión, un momento de gloria cuando estando Jesús en oración se transfigura en la presencia de sus discípulos, un anuncio del cielo de que hay que seguir el camino de Jesús, todo lo cual va a ser como anticipo de todo lo que entraña el camino de subida a Jerusalén, con el calvario y con la Pascua como meta.

En el Tabor tenemos mucho que aprender para el sentido del camino de nuestra vida, y ahora de nuestra cuaresma. Subida que es ascesis, que es camino de superación, camino de mirar a lo alto, pero también para ponernos en sintonía de escuchar la voz que nos viene de lo alto. Es la manera de aprender para luego saber hacer el camino ordinario de todos los días. Será así como podremos seguir realizando el camino de cada día, con sus luchas, con sus dificultades, con sus momentos de desánimo y decaimiento; pero camino que tenemos que saber hacer con esperanza, porque estamos seguros de lo que nos vamos a encontrar en la Pascua.

Ya hemos contemplado como el anticipo en la transfiguración del Tabor; el centurión después del Calvario podrá exclamar que quien había muerto pendiendo de una Cruz era un hombre justo, un inocente, que era como vislumbrar la acción de Dios, el paso de Dios en aquellas circunstancias, pero nosotros de antemano tenemos la certeza, lo  hemos escuchado en la voz venida del cielo, que a quien luego contemplaremos colgado del madero es verdaderamente el Hijo de Dios. Y claro, finalmente lo veremos resucitado y podremos decir ¡es el Señor!

Subamos, pues, a la montaña y disfrutemos del momento. Subamos hoy al Tabor para que un día también podamos subir al Calvario y no nos escandalicemos ni nos escondamos en aquellos momentos duros. La Pascua estará siempre iluminando el camino de nuestra vida. ¿Qué vamos a hacer en el camino que nos queda de Cuaresma? Escuchemos al Hijo amado del Padre.

viernes, 13 de octubre de 2023

Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

 


Un camino de ascesis y superación que nos haga crecer, que mantengamos con constancia, que evite toda tibieza espiritual

Joel 1,13-15; 2,1-2; Sal 9; Lucas 11,15-26

Habremos oído hablar de esa táctica que con malicia algunos tratan de emplear para salirse con la suya y lograr derrotar – digámoslo así – al adversario, ‘divide y vencerás’. Unas fuerzas divididas son fuerzas debilitadas. Crea desconfianza y tienes a alguien en camino de ser derrotado. Y no solo hemos de pensarlo en tantas situaciones que vemos en la vida social en que se emplean esas maneras de actuar, sino que personalmente lo sentimos dentro de nosotros mismos cuando nos llenamos de dudas, cuando nos sentimos atados por nuestra propia debilidad, cuando no podemos confianza en aquellos medios que tenemos a nuestro alcance para crecer y para madurar, y así en tantas cosas.

De ahí la necesaria firmeza, fortaleza que tenemos que buscar, que tenemos que conseguir allá en lo más hondo de nosotros mismos, porque a la larga es un camino de lucha el que vamos realizando, un camino de superación y de crecimiento, de verdadera hondura y profundidad que tenemos que darle a la vida. Y no es fácil. Pero tenemos la seguridad de quien está con nosotros en ese camino; no nos faltará nunca la fuerza del Espíritu del Señor, pero tenemos que saber contar con El. Y no siempre lo hacemos.

Cuando vienen haciéndole aquellos planteamientos a Jesús que lo que buscaban era restar la credibilidad del propio Jesús ante los demás - ¿qué era decir que aquellos milagros que Jesús realizaba los hacía por arte y con el poder del mismo demonio? – Jesús nos dice y enseña que no podemos andar entre dos aguas, que cuando le seguimos a El nuestra decisión tiene que ser firme para estar siempre a su lado, aunque puedan venir momentos oscuros, que siempre los hay en la vida. ‘O conmigo o contra mí, el que no recoge conmigo, desparrama’, les dice.

Y nos señala cómo no podemos confiarnos, porque vayamos consiguiendo algunas victorias, porque vayamos consiguiendo algunos logros en ese camino que queremos realizar. Cuando no mantenemos la constancia, la permanencia en el esfuerzo, tan pronto nos aflojemos, comenzaremos a retroceder. Es como una pendiente resbaladiza por la que tenemos que ascender; no nos podemos detener porque ya hayamos logrado subir algunos trozos de ese camino, porque tan pronto nos detengamos, como por inercia, comenzaremos de nuevo a descender.

Nos habla Jesús del enemigo malo que hemos expulsado de nosotros, pero que pronto va a volver con nuevas fuerzas y al menor descuido pronto nos volveremos a ver envueltos por él. ¿No tenemos la experiencia en nuestra vida espiritual, en ese camino de superación que queremos ir haciendo, que cuando creíamos que ya habíamos superado ciertas cosas para siempre, volvimos a caer en la misma tentación? ‘El final de aquel hombre, nos dice Jesús, será peor que al principio’.

Es el camino de ascesis que tenemos que realizar continuamente en nuestra vida. Pero ya sabemos cómo volvemos con tanta facilidad a las rutinas de siempre; tenemos momentos de fervor y entusiasmo y parece que todo marcha sobre ruedas, nos cuidamos espiritualmente, frecuentamos los sacramentos, participamos en la celebración de la Eucaristía, queremos vivir una vida intensa de oración, pero poco a poco nos entra de nuevo la tibieza espiritual, un día dejamos una cosa, otro día nos buscamos disculpas, y poco a poco abandonamos toda aquella intensidad que nos habíamos propuesto y volvemos a las andadas.

Recordemos lo que se nos dice en el Apocalipsis, ‘porque no eres ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca’. Es a lo que nos lleva la tibieza espiritual.


sábado, 2 de septiembre de 2023

Todos tenemos una responsabilidad en la vida, hay siempre en nosotros unas capacidades, unos valores, unas cualidades que tenemos que saber descubrir



 Todos tenemos una responsabilidad en la vida, hay siempre en nosotros unas capacidades, unos valores, unas cualidades que tenemos que saber descubrir

1 Tesalonicenses 4, 9-11; Sal 97;Mateo 25, 14-30

Hay ocasiones en que parece que nos anulamos a nosotros mismos, no sé si en razón de falsas humildades, porque nos decimos que no somos capaces, que somos tan pequeños y con tan pocos valores que nada valemos; nos empequeñecemos tanto que nos falta decisión para emprender algo, para asumir responsabilidades, para desarrollar aquellas cosas que nos encomiendan, para sacar a flote las capacidades que podamos tener.

Es una mala visión de nosotros mismos, son unos sentimientos negativos que nos anulan, algo que tendríamos que saber desaparecer de nuestra vida, porque necesitamos valorar más, reconocer lo que somos capaces, desarrollar los valores y cualidades que podamos tener, porque siempre hay algo valioso en nuestra vida.

Todos tenemos una responsabilidad en la vida, hay siempre en nosotros unas capacidades, unos valores, unas cualidades que tenemos que saber descubrir, ayudándonos incluso del consejo de quienes nos aprecian, algo que tenemos que saber desarrollar. Es, incluso, por fidelidad a nosotros mismos, y desde nuestra condición de creyentes, tenemos que saber reconocer los dones y valores que Dios ha puesto en nuestra vida, por muy pequeños que nos consideremos.

De esto nos habla hoy el evangelio. La llamada parábola de los talentos. Aquel rey que al salir de viaje confía a sus empleados una determinada y distinta cantidad de talentos que ellos han de saber negociar. Dos de ellos con toda fidelidad realizan la misión que les han encomendado, uno con sus miedos enterró el talento para no perderlo, pero no fue capaz de ponerlo a negociar para darle rendimiento. Ya vemos en la parábola la reacción de aquel rey a su vuelta cuando le rinden cuentas sus empleados.

Como decíamos hay aquí un tema de fidelidad. 'Siervo bueno y fiel', llama aquel señor a los empleados que han sabido sacar rendimiento a aquellos talentos. Creo que todos entendemos bien la parábola que probablemente hayamos meditado muchas veces. Es una mirada a nosotros y a nuestra vida, es una mirada a nuestra fidelidad a la misión que nos han confiado. Una fidelidad a nuestros compromisos adquiridos, sea cual sea el lugar que ocupamos en la vida, sea cual sea la misión que nos han encomendado, sean cuales sean los valores que haya en nosotros y nuestras capacidades y posibilidades.

Es el esfuerzo que hemos de saber realizar, porque no nos podemos cruzar de brazos pensando que todo nos lo van a dar hecho. Es la preocupación llena de responsabilidad con la que buscamos salida a los problemas con los que nos podamos encontrar. Son los deseos de superación y crecimiento que haremos surgir dentro de nosotros para no dejarnos vencer por debilidades ni por cobardías.

Es también la madurez que vamos a mostrar en la vida porque sabremos sobreponernos a las tentaciones con que nos vayamos a encontrar de desistir en nuestro empeño porque encontremos dificultades, de encerrarnos en nuestros miedos y cobardías que coartan esa valentía, con ese coraje con que tenemos que enfrentarnos a la vida.

Es tratar de hacer que cada día nuestra vida tenga más valor porque queremos vivir con intensidad cada momento. Es hacer fructificar de verdad nuestra vida, con lo que nos sentimos llenos en lo más hondo de nosotros mismos alcanzando una plenitud de nuestro ser, y porque con ello estamos haciendo crecer nuestro mundo para lograr también una mayor felicidad para todos.


viernes, 28 de julio de 2023

Cuando una semilla germina hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas multiplicando la vida en una cadena sin fin

 


Cuando una semilla germina hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas multiplicando la vida en una cadena sin fin

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23

¿Qué hacemos con la semilla? Virtualmente la semilla es una explosión inagotable de vida que parece que nunca se acaba; de ella surge la vida en la semilla que germina y que hará nacer una nueva planta que a su vez producirá otras semillas con lo que la vida se va multiplicando como en una espiral sin fin; pero la semilla que utilizamos como alimento, cuántos productos nuevos podrán surgir de esa semilla que se transforma; quien de ella se alimenta, así mismo se llena de vida, que engendrará y producirá más vida también podemos decir que en una cadena igualmente sin fin.

Pero esa cadena o esa espiral la podemos romper, cuando una semilla no produce el fruto para la que estaba pensada, bien porque o no germine o lo haga con tanta precariedad que nunca va a hacer florecer una nueva planta que produzca a su vez nuevos frutos, o si la dejamos morir de manera que en su putrefacción no nos produzca el alimento sano que de ella podríamos esperar.

Es lo que nos viene a describir la parábola cuando no encuentra la tierra apropiada donde germinar y hacer crecer esa nueva plata anuncio y presagio de nuevos frutos. Y aquí siempre nos hacemos hermosas consideraciones de por qué no somos la tierra buena, por qué hemos dejado crecer esos abrojos o no hemos limpiado ese pedregal en que hemos convertido la tierra donde sembrar esa semilla; pensamos, es cierto, en cuantas cosas rodean nuestra vida con sus apegos que nos distraen y nos arrastran muchas veces. Muchas cosas podemos pensar en este sentido.

Pero quiero pensar en algo más, en la semilla que nosotros podemos ser para los que nos rodean. Sí, el testimonio de vida que podemos ofrecer, el amor que podemos regalar, la ternura que llevamos en nuestro corazón y que podemos contagiar a los demás, la alegría con que vivimos la vida que despierta ilusión y ganas de vivir en los demás, el esfuerzo que realizamos cada día en nosotros mismos por superarnos, por crecer, por ser maduros en la vida, los valores que cultivamos y las metas altas que nos proponemos y por las que luchamos, van a ser semilla que vamos plantando en los otros con el deseo de que en ellos produzcan también nueva vida.

Seamos buena semilla en el campo de nuestro mundo, hagamos fructificar la vida, sepamos ir sembrando buenas cosas en los demás, que nuestra palabra ilusione, que nuestros gestos despierten deseos de vida, que nuestra manera de actuar abra nuevos horizontes a los que están a nuestro lado, que la grandeza de nuestro corazón eleve también sus corazones en búsqueda de algo grande y hermoso, que nuestra profunda espiritualidad llene también de ese Espíritu de Dios al mundo que nos rodea.

Nos preguntábamos al principio qué hacemos con la semilla que era una forma de interrogarnos como la acogemos o como somos la tierra propicia para que germine y dé fruto. Pero ahora nos preguntamos cómo somos nosotros como semilla. Decíamos antes que las semillas se multiplicaban cuando las nuevas plantas nacidas de esa semilla producían a su vez nuevas semillas, llamadas a seguir dando vida. Por eso nos preguntamos ahora cómo somos nosotros esa semilla que sigue germinando vida en nuestro mundo. Es el impulso interior, el impulso de vida que sentimos dentro de nosotros para seguir generando vida.