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domingo, 27 de septiembre de 2026

En la hora del juicio final Jesús no nos va a preguntar por las cosas que sabíamos sino por las obras que hemos hecho, las señales del Reino de Dios que hemos dado con nuestra vida

 


En la hora del juicio final Jesús no nos va a preguntar por las cosas que sabíamos sino por las obras que hemos hecho, las señales del Reino de Dios que hemos dado con nuestra vida

Ezequiel 18, 25-28; Salmo 24; Filipenses 2, 1-11; Mateo 21, 28-32

Muchas veces en nuestras apreciaciones sobre la conducta de los demás cuando nos encontramos a alguien que nos resulta un tanto protestón, que no siempre de entrada parece estar de acuerdo con lo que se le dice o con las cosas que se le encomiendan con mucha facilidad decimos que es un rebelde; pero también en ocasiones hemos tenido que llegar a reconocer que aquel que nos parecía más protestón y más rebelde es el más comprometido, el que cuando llega el momento de la verdad está más disponible que aquellos que nos parecían tan sumisos y obedientes.

Es la imagen que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio con esta pequeña parábola de los dos hijos enviados por su padre a trabajar al campo de su viña; allí está el rebelde y el protestón que incluso se enfrenta directamente con su padre diciéndole que él no va a trabajar a la viña; el otro hermano sumiso, el siempre bueno que en toda ocasión dice que sí pronto quizás se olvidará de lo prometido pero también de la encomienda de su padre y no llegará a hacer nada.

Está hablando Jesús rodeado de la gente que siempre le escucha, pero que a su lado están aquellos que siempre también están al acecho, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, que en esta expresión se engloban todos los que eran los dirigentes del pueblo en aquellos momentos, sacerdotes pertenecientes a los distintos grupos pero también los miembros del Sanedrín que era algo así como el parlamento religioso de Israel y sus gobernantes o los que tenían que cuidar la fidelidad del pueblo a la ley y a los profetas. Bien sabemos cómo se presentaban ante el pueblo casi como unos intocables, cumplidores de estrictas normas que habían ido imponiendo en las costumbres de Israel, pero en lo que no siempre se veía la necesaria congruencia.

Y Jesús emplea su pedagogía al hablar y expresarlo con aquella pequeña parábola, porque al final dejará una pregunta en el aire para que sean aquellos sumos sacerdotes y ancianos los que respondan. ‘¿Quien realmente cumplió con lo que pedía el padre a sus dos hijos?’ No pudieron menos que responder porque aparecía bien claro en el desarrollo de la propia parábola que aquel que aunque había dicho que no finalmente arrepentido había ido a cumplir con la voluntad del padre. Y es cuando Jesús les deja la sentencia. ‘En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis’.

¿Quiénes son los rebeldes hoy que al final sin embargo nos estarán dando las mejores señales del Reino de Dios? Quizás podemos decir muchas cosas hermosas del evangelio, que podemos hacer hermosas explicaciones – y aquí yo me interrogo a mi mismo si acaso no sé sino decir palabras bonitas -, manifestar que nos sabemos el catecismo de memoria y hasta ser unos maravillosos catequistas y podemos expresarnos con el ‘tecnicismo’ de la más alta teología, pero dónde está la congruencia de nuestras obras.

Recordemos que Jesús en el juicio final no nos va a preguntar por las cosas que sabíamos sino por las obras que hemos hecho. Quizás lo que no sabían tanto se nos va a adelantar, quizás los que veíamos como rebeldes porque siempre están inconformes con lo que veían a su alrededor, quizás los que nos parecía que estaban llenos de imperfecciones porque como todos tenían tropiezos en su vida y que también podían cometer errores y nos parecía que andaban descarriados, en el fondo de su corazón había un amor que era el que despertaba esa inquietud y esa búsqueda a pesar de los errores y tropiezos, en el fondo de su corazón había una sintonía con los demás que otros desde las alturas de sus pedestales no podían mantener, eran los que en verdad sabían ser desprendidos cuando era necesario darlo todo por los demás, los que verdaderamente estaban dando aun con sus imperfecciones las señales del Reino de Dios que así se había presente entre nosotros.

¿Por donde andamos nosotros? ¿Nos seguiremos quedando en los cumplimientos y en los formalismos? ¿Estaremos quedándonos en las apariencias que nos llenan de vanidad? ¿Seremos de los que aun ponemos distancias porque con todos no nos conviene mezclarnos para que no nos confundan?

Es bonito lo que desde la ternura de su corazón le pide Pablo a los filipenses. ‘Manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús…’

¿Será esa la manera en que nos comprometemos nosotros a trabajar en el campo de la viña del Señor? Muchas cosas tendríamos que decir, cada uno saque sus consecuencias desde lo que es su vida.


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