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domingo, 9 de agosto de 2026

Sepamos entrar en esa sintonía de Dios que a veces nos desconcierta, pero que siempre nos manifiesta en lo pequeño y sencillo el amor que Dios nos tiene



Sepamos entrar en esa sintonía de Dios que a veces nos desconcierta, pero que siempre nos manifiesta en lo pequeño y sencillo el amor que Dios nos tiene

1Reyes 19, 9a. 11-13a; Salmo 84; Romanos 9, 1-5;  Mateo 14, 22-33

Tambien nosotros muchas veces, como vemos a algunos en el evangelio, estamos pidiendo signos y signos extraordinarios para creer; nos encontramos en malos momentos en la vida porque quizás los problemas se nos acumulan, hay situaciones embarazosas que tenemos que sortear y no nos vemos con fuerza, nos llevan momentos de desabrimiento espiritual en que nos encontramos desanimados, no terminamos de despertar o hay oscuridades de dudas e interrogantes que nos inquietan y estamos poco menos que pidiendo un milagro para despertar.

Nosotros mismos nos lo habremos planteado o quizás haya llegado alguien con cierta inquietud en su corazón haciéndose preguntas para creer y nos está pidiendo pruebas dentro de la racionalidad de la vida para poder creer. ¿Sabremos responder? ¿Esos razonamientos teóricos y desde unos raciocinios llegan a convencer, llegan a convencernos a nosotros o les sirven de alguna luz a quienes nos están haciendo esos planteamientos? ¿Nos quedaremos al final compuestos y sin novia, como se suele decir, o esa sin motivaciones profundas para creer?

Creo que la Palabra de Dios de este domingo nos está dando respuestas, abriéndonos pistas, haciéndonos descubrir que quizás no es en esas cosas extraordinarios donde Dios se nos va a manifestar; otras tienen que ser nuestras búsquedas y nuestras sintonías. Empezando por el profeta Elías que está pasando por un mal momento en el enfrentamiento con la reina Jezabel que incluso está poniendo en peligro su vida. Se refugia en la montaña, ¿una nueva forma de volver al Horeb el monte donde Dios se había manifestado a Israel cuando viajaba por el desierto? Escondido en lo hondo y oscuro de la cueva – buena imagen para expresar cómo se sentía el profeta – no es en el paso de la tormenta ni en el terremoto que agrieta con fuerza la montañas donde puede sentir la presencia de Dios; será el silencio, en el susurro de la brisa donde Dios le está diciendo que es el compañero de su vida. Tendrá que verse envuelto en la violencia de las tormentas, pero Dios va a estar ahí en el silencio del corazón como un susurro.

Es también el episodio del evangelio. Después de la multiplicación de los panes Jesús embarca a los discípulos rumbo a Cafarnaún, pero Él se queda despidiendo a la gente y retirándose a la montaña para orar. Pero la travesía se les está haciendo costosa a los discípulos porque la noche avanza pero la barca se ve frenada por el viento en contra a pesar de sus esfuerzos. Y Jesús no está con ellos, que ahora lo necesitarían como cuando la tormenta en otra ocasión en medio de aquel mismo mar, de aquel lago de Tiberíades tan dado a tormentas inesperadas. Los miedos y desánimos, a pesar de ser avezados pescadores acostumbrados a atravesar aquel lago, comienzan a envolverlos porque les parece que están también viendo visiones de fantasmas. Alguien viene caminando sobre el agua y no saben diferenciar quién puede ser.

Será la voz de Jesús la que les haga recobrar el ánimo y Pedro se sentirá animoso para ponerse a caminar también sobre el agua. Aunque Jesús les ha hablado ‘ánimo, no temáis, soy yo’ para hacer que encuentren la calma el viento de la tormenta sigue arreciando y al ver las olas que se levantan enfrente Pedro se llenó de temor y comenzó a hundirse. Pero allí está la mano de Jesús a la que quizás Pedro no había prestado atención porque en lugar de mirar a Jesús se quedó solo mirando las tormentas que se acercaban. ¿No será bien significativo de lo que nos pasa tantas veces? Nos enfrascamos en nuestras tormentas, nuestras dudas, nuestros miedos y no somos capaces de levantar la mirada para ver la mano de Jesús que silenciosamente de muchas maneras se tiende hacia nosotros.

Sí, en medio de esas tormentas de la vida, sin ruido quizás por lo que debemos tener una sintonía especial, Dios viene a caminar con nosotros. La gracia de Dios no está tanto en que milagrosamente nos saque o aplaque esas tormentas, sino en la certeza que hemos de tener de que Dios está ahí con nosotros; El se detiene junto al camino como cuando los ciegos de Jericó o el ciego de nacimiento de las calles de Jerusalén; el permitirá quizás que se rompa el techo bajo el cual nos cobijábamos para decirnos que nos está esperando; Él se hará el encontradizo en la piscina probática de nuestra soledad para tendernos su mano y levantarnos para ponernos en camino de buscar el agua que limpie nuestros ojos encegatados; El se meterá en el embrollo donde con fervores medio enloquecidos nos vamos dando empujones los unos a los otros para darnos la oportunidad de que toquemos su manto para sentirlo más cercano a nosotros; El se hará esperar como cuando la muerte de Lázaro en Betania para que nuestra fe se aquilate y se fortalezca porque para nosotros habrá siempre vida y resurrección.

Podríamos seguir recordando muchos más momentos del Evangelio para descubrir cómo Dios llega a nosotros y no siempre serán necesarios grandes o extraordinarios signos sino que en el silencio y en las cosas normales de cada día hemos de descubrir esa presencia de Dios. Sepamos entrar en esa sintonía de Dios que a veces nos desconcierta, pero que siempre nos manifiesta en lo pequeño y sencillo el amor que Dios nos tiene.


lunes, 9 de marzo de 2026

Cuidado que este camino cuaresmal todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de rutinas y superficialidades 2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30 Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar. En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos. Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El. Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco. Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida. ¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz. Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.

 


Cuidado que este camino cuaresmal todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de rutinas y superficialidades

2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar.

En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos.

Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El.

Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco.

Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida.

¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz.

Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.


2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Somos dados a los sueños que algunas veces nos parecen tan vívidos que nos confunden con la realidad; nos creamos expectativas que no son lo que realmente luego va a suceder, nos trazamos sendas que habitualmente los llenamos de los arcos de triunfo de los éxitos que van a ser luego la realidad de nuestra vida. No digo que no sea bueno soñar y yo diría que necesitamos de los sueños porque al menos imaginamos que hay otras posibilidades y no nos encerramos siempre en lo mismo, pero tenemos que ser capaces de diferenciar lo que son nuestros deseos con lo que luego realmente nos vamos a encontrar en el camino, nos hace falta aterrizar.

En lo de crearnos expectativas para la vida tenemos que saber aceptar que la realidad puede cambiar y cuando andamos en estos camino de la vida espiritual y de la fe, de lo que pedimos a Dios para nuestra vida o cómo desearíamos que fueran las cosas tener que aprender a dejar pendiente, por así decirlo, lo que es el margen de Dios. Sí, porque la manera de actuar de Dios no tiene que ser semejante a lo que son nuestros parámetros y bien sabemos cómo Dios nos sorprende y los caminos por los que quiere hacerse presente en nuestra vida no son precisamente los éxitos con que nosotros soñamos.

Recordamos los sueños que tenían los judios en sus ideas preconcebidas de lo que iba a hacer el Mesías, por eso no le cabían en la cabeza a Pedro aquellos anuncios que hacía Jesús donde hablaba de pasión y sufrimiento, donde hablaba de muerte y de cruz, y por eso trata de disuadirlo para que sea Jesús el que se quite esas ideas de la cabeza; pero bien sabemos cómo lo rechaza Jesús que llega a decirle que se está convirtiendo en una tentación para El.

Hoy en el evangelio nos encontramos también con un choque entre las expectativas que tenían sus ciudadanos, por algo Jesús había salido precisamente de su pueblo y sería normal entonces que todo aquello que decían que Jesús hacía lo realizase de manera especial con ellos. Pero esos no son los planes de Dios, por eso dirá Jesús que un profeta no bien mirado en su tierra, claro, si no hace el gusto de las gentes de su tierra. Ahora terminarán expulsandolo del pueblo y queriendolo arrojar por un barranco.

Pero Jesús les recuerda que en tiempos de Elias y Eliseo muchos leprosos había en Israel pero Jesús a quien cura es a un gentil, alguien que ha venido de fuera y precisamente de unos pueblos rivales de Israel. Pero a aquel hombre también le había costado encontrar los caminos de Dios; acostumbrado a una vida esplendorosa y donde era agasajado por donde quiera que iba con honores, se siente ofendido porque el profeta no salga a recibirlo, como cree él que se merece, e incluso le mande bañarse en aquel para el pequeño río sin importancia. Mientras no descorramos los velos de la vanidad y del orgullo, mientras no sepamos ponernos a pie descalzo en lo que es la realidad no sabremos entender los caminos de Dios. Cuando fue capaz de transformar su arrogancia en humildad Dios se hizo presente en su vida.

¿No nos querrá decir algo todo esto para nuestra vida? Brillan demasiado nuestras expectativas y nuestras vanidades, llevamos por delante la arrogancia de nuestra autosuficiencia y endiosamiento, y no nos damos cuenta que vamos caminando por un camino oscuro e incierto, porque nuestros ojos aún no están preparados para recibir la luz.

Cuidado que este camino cuaresmal que vamos haciendo todavía esté muy lleno de oscuridades porque aun seguimos queriendo alumbrarnos con las luces opacas de nuestras rutinas y superficialidades. Bajemonos de nuestro caballo de orgullo y prepotencia donde parece que queremos decirle a Dios como tiene que actuar. Nos encontramos en un mundo muy revuelto con muchas cosas y parece que la vida se nos hace difícil en todos los aspectos. ¿Tendremos que cambiar el chip que está marcando ahora nuestra manera de actuar? Por algo Jesús nos pide conversión para poder creer en la Buena Noticia del Reino de Dios. Es otra la mirada, otras las actitudes, otras las formas de actuar, es un sentido nuevo que nos hará encontrar los verdaderos valores, es dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús.


sábado, 13 de diciembre de 2025

Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu

 


Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu

Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Salmo 79; Mateo 17, 10-13

¿Necesitaremos nosotros palabras de fuego que nos hagan de nuevo hervir la sangre en medio de la atonía y la tibieza con que muchas veces andamos los que nos decimos seguidores de Jesús?  Nos hemos amoldado, nos hemos acostumbrado a la tibieza y ya pocos sentimos dentro de nosotros la inquietud por esa atonta espiritual que vivimos. Nos da igual que la gente crea o no crea, se interese o no por el mensaje del evangelio. Vamos cayendo por la pendiente de la rutina y ya no sabemos saborear las palabras del evangelio. Nos hemos acostumbrado a otros sabores que nos ofrece la vida que no sabemos captar ese sabor nuevo que nos da el evangelio.

Las practicas religiosas las hemos convertido en unos convencionalismos sociales y cuando vamos a participar en ellas no llegamos a saborear lo que el evangelio nos ofrece y muchas veces las convertimos en actos que nos vemos obligados quizás a realizar por unas costumbres o unas tradiciones, unas manifestaciones sociales muchas veces muy llenas de vanidad, pero sin hondura espiritual. Y claro encima diremos que somos cristianos de siempre, que nuestra familia siempre ha sido muy católica, que no hay que crea más que nosotros, pero eso no lo traducimos luego en unas vivencias, en unas actitudes, en una toma de posturas ante los diferentes problemas de la vida pero desde la exigencia de una fe y de unos valores que nos ofrece el evangelio.

En este sábado de la segunda semana de adviento se nos presenta la figura del profeta Elías al mismo tiempo que se nos habla de Juan Bautista. De Elías conocemos su celo de Dios, su defensa del nombre de Yahvé, su lucha incesante contra los baales o falsos dioses que se pretendían imponer en el pueblo y la sociedad judía desde ciertas influencias que desde los poderosos ejercían sobre la vida del pueblo. Su Palabra era vibrante, el celo que sentía por las cosas de Dios era algo que no se podía apagar en su corazón, aun con sus dudas y con sus miedos que le llevará al desierto casi con el deseo de morir en su impotencia por conseguir lo que pretendía, pero que le llevará a una experiencia de Dios que le impulsará a seguir realizando su misión profética.

En la tradición del pueblo judío permanecían en la esperanza de la vuelta del Profeta Elías. Y es por lo que ahora le preguntan a Jesús. Y Jesús les habla de Juan Bautista que con tanto ardor preparaba al pueblo en el desierto para la venida del Mesías. Y les da a entender que Elías ha venido, aunque a Juan no todos quisieran aceptarlo. Pero les señala también que esa es la condición del profeta cuando es fiel a su mismo y a su misión. Como diría el anciano Simeón de Jesús, será un signo de contradicción y hará que se decanten los corazones.

¿Temeremos nosotros ser ese signo de contradicción frente al mundo que nos rodea? La tibieza con que vivimos manifiesta esos temores. Necesitamos despertar ese fuego en nuestros corazones. La imagen que contemplaremos en Pentecostés con la venida del Espíritu Santo son precisamente unas llamaradas de fuego. Es lo que nosotros necesitamos, dejarnos conducir por el Espíritu divino para que se caldee nuestra vida, para que pongamos ese fuego en nuestro mundo. Ya nos dirá Jesús en otro momento que fuego ha venido a traer a la tierra, y lo que quiere es que esté ardiendo. ¿Estaremos en nuestra comodidad y en nuestras rutinas unos bomberos que apaguen ese fuego divino en nosotros?

Qué distinta sería la intensidad de vida que tendríamos si nos dejáramos incendiar por ese fuego del Espíritu. Por eso Juan anunciará que en Jesús seremos bautizados en Espíritu Santo y fuego.

lunes, 24 de marzo de 2025

No perdamos esa fuerza interior que nos da la propia palabra de Dios, guiados y fortalecidos por el Espíritu que nos pone en camino y anima nuestra vida aunque haya vientos en contra

 


No perdamos esa fuerza interior que nos da la propia palabra de Dios, guiados y fortalecidos por el Espíritu que nos pone en camino y anima nuestra vida aunque haya vientos en contra

2 Reyes 5, 1-15ª; Salmo 41; Lucas 4, 24-30

Cuando tenemos los vientos en contra nos paralizamos. No nos gusta el viento en contra, no nos gustan las tormentas. Ahora cuando nos anuncian una alerta por alguna tormenta que se acerca enseguida nos ponemos a buen recaudo evitando los peligros. Pero siempre ha habido tiempos malos y nos hemos visto obligados a afrontarlos para seguir viviendo.

Pero es una imagen de lo que es la vida. Quisiéramos que todo sea placidez, tranquilidad, que las cosas marchen bien siempre, que no nos encontremos obstáculos en el camino. Pero no es fácil. Nos encontramos fácilmente vientos en contra, porque las cosas no nos salen como nosotros queremos, porque nos encontramos con gente que piensa distinto y algunas veces por eso nos hacen la guerra, porque habrá quienes nos malinterpreten en lo que decimos o en lo que hacemos, porque tenemos nuestras debilidades y tropiezos y nos cuesta superarnos, porque muchas veces nos guiamos demasiado por nuestro amor propio y nuestro orgullo, porque esperamos reconocimientos y honores que no siempre nos dan o nos quitan los méritos. Muchas todo se nos hace pendiente, o nos cuesta subir, o nos resbalamos y deslizamos sin parar en la bajada. ¿Seremos capaces de seguir adelante a pesar de todo?

El evangelio de Jesús siempre es luz en nuestro camino. Y el anuncio del evangelio no fue fácil, ni para Jesús entonces, ni a sus seguidores a lo largo de los siglos. El evangelio que por supuesto siempre es una buena noticia, una buena noticia de algo nuevo que Jesús nos ofrece que nos obliga a confrontar nuestra vida; nuestra vida con nuestras rutinas, con nuestras costumbres envejecidas, con tantos apegos que se nos van acumulando en el corazón de los que tenemos que desprendernos, con nuestras apetencias y con nuestros orgullos que muchas veces crean una cerrazón en nuestra vida. Esa confrontación cuesta, porque si creemos en esa buena noticia que nos trae Jesús muchas cosas tendrán que cambiar en nuestra vida, algo nuevo tenemos que vivir, de muchas cosas, como decíamos, tenemos que desprendernos, y eso produce desgarro y crea una incomodidad en nuestra manera de ser y de vivir.

Hoy en el evangelio vemos que aunque en principio se llenaron de orgullo cuando Jesús en la sinagoga salió a hacer la lectura de la Palabra, porque era uno de ellos, alguien que habían conocido de niño, que allí estaban aun sus parientes, como hasta ellos habían llegado noticias de los signos que Jesús iba realizando por aquellos pueblos de Galilea, ahora están esperando milagros y cosas extraordinarias porque para eso era su pueblo. Pero ese no es el estilo de Jesús, ese no es el sentido del evangelio, no nos podemos apropiar de esa buena noticia para hacer de ella algo que favorezca nuestros intereses o nuestros orgullos. Como nos sucede a nosotros tantas veces que nos volvemos manipuladores siempre en dirección a nuestros intereses u orgullos personales; y somos capaces de manipular hasta la religión y hacer nuestras interpretaciones interesadas.

Jesús les recuerda que los profetas no fueron simplemente satisfaciendo los intereses de la gente, sino que su palabra o los signos que realizaban tenían un sentido y un valor superior. Mucha gente hambrienta había en Israel pero el profeta Elías a quien atendió fue a aquella viuda de Sarepta de Sidón, que no era judía; muchos leprosos había en Israel y a quien curó el profeta Eliseo fue a Naamán el sirio.

Y las gentes de Nazaret entendieron las palabras de Jesús pero por eso se rebelaron contra El y hasta querían arrojarlo por un barranco. No fue aceptado por sus gentes. Las tinieblas no quisieron dar paso a la luz. Pero Jesús se fue a otra parte porque su misión tenía que seguirse realizando.

Todo esto tiene que tener lectura para nuestra vida; con esos vientos en contra, como decíamos al principio; todo esto tiene que ver con nuestra fe y la manera de expresarla y de vivirla; todo tiene que ver con nuestro compromiso cristiano de ser luz en medio de nuestro mundo, aunque las tinieblas rechacen la luz. Tenemos que seguir siendo luz, tenemos que seguir dando nuestro testimonio, haciendo nuestro anuncio, sembrando semillas que transformen nuestro mundo aunque haya pedruscos y haya zarzales, aunque no siempre el terreno esté bien preparado o los pájaros se coman las semillas caídas en el camino.

No perdamos esa fuerza interior que nos da la propia palabra de Dios; sintámonos guiados y fortalecidos por el Espíritu que nos pone en camino y anima nuestra vida.

sábado, 14 de diciembre de 2024

Todos están preparando la navidad y pocos preparando la presencia de Jesús en nuestro mundo, es necesario que haya profetas que sean verdadero signo para nuestro mundo

 


Todos están preparando la navidad y pocos preparando la presencia de Jesús en nuestro mundo, es necesario que haya profetas que sean verdadero signo para nuestro mundo

Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Salmo 79; Mateo 17, 10-13

Seguramente que en alguna ocasión nos hemos encontrado con alguna persona que nada más verla, no tanto en apariencia física, sino por la forma de actuar, por la manera de hablarnos, por las cosas que nos dice parece que tiene un don especial, pero es que además nos hace como entrar en otra sintonía por la que esa persona nos recuerda a alguien; algunas veces de entrada no sabemos a quien, pero quizás con el tiempo recordamos a alguien muy concreto que tenía esa forma y manera de actuar. No vislumbramos quizás el vinculo que puede haber entre esas personas, pero una cosa sí es cierta, la una nos recuerda a la otra, es casi como una plasmación actual de aquella persona que quizás conocimos en otro tiempo.

¿Por qué hago referencia a esto? Además de que sea bueno reconocer hay una línea de continuidad en la vida y tendríamos que resaltar en las cosas buenas, lo hago también por una referencia que nos hace hoy el evangelio. Vamos avanzando en el camino del Adviento y bien sabemos que por una parte los profetas y luego ya más en concreto con Juan Bautista tenemos toda una senda que nos prepara para la celebración de la venida del Señor. Recordamos las palabras de los profetas que anuncian esos tiempos mesiánicos y ya en la cercanía de la Navidad escucharemos una y otra vez a Juan el Bautista que en el desierto preparaba los caminos del Señor.

Pero hoy se nos manifiesta un nexo de unión entre el profeta Elías, paradigma de los profetas del Antiguo Testamento y el Bautista. Todo parte de una pregunta que le hacen los discípulos a Jesús sobre aquello que enseñaban los maestros de la Ley de que antes de la llegada del Mesías haría su aparición de nuevo del profeta Elías. En los textos del Antiguo Testamento se menciona como fue arrebatado al cielo en presencia del que iba a ser su sucesor Eliseo. Hoy en el texto del Eclesiástico se nos habla de que fue arrebatado al cielo en un carro de fuego. Pero se anuncia claramente la vuelta de Elías.

¿Cómo? Se habla de que vendrá a reconciliar a los padres con los hijos y a restablecer las tribus de Jacob. Esto era algo que estaba muy presente en la mentalidad y en la religiosidad judía. Recordamos como antes de la Ascensión los discípulos le preguntan a Jesús si ya ha llegado el tiempo en que se restablecerá la soberanía de Israel. Pero no tendríamos que olvidar algo que ya próximamente escucharemos en la aparición del Arcángel Gabriel a Zacarías en el templo cuando le anuncia el nacimiento de un hijo que viene con el poder y el espíritu de Elías para reconciliar a los padres con los hijos y preparar para la llegada del Mesías un pueblo bien dispuesto.

Por eso hoy Jesús, ante las preguntas de los discípulos, les responderá que Elías ya ha venido, aunque no lo hayan querido reconocer, pero que eso mismo harán con el Hijo del hombre. Una referencia, como recogen los mismos discípulos, a Juan el Bautista, pero una referencia también a lo que será el rechazo que harán a Jesús.

Todo esto que venimos reflexionando ha de valernos para la mirada que tenemos que hacer a la vida para saber descubrir esos que como profetas a lo largo de la vida han estado a nuestro lado para que seamos ese pueblo bien dispuesto para el Señor. ¿Podríamos reconocer en alguien quien ha estado junto a nosotros con ese poder y con ese espíritu de Elías? Esas personas buenas que nos hemos ido encontrando en la vida que han tenido un buen consejo para nosotros, una palabra de sabiduría que nos ha hecho ver las cosas de forma diferente, un gesto que nos ha despertado de nuestras somnolencias o de nuestras rutinas. Algunas veces pronto olvidamos esos signos que en un momento determinado nos hicieron bien, nos alertaron o nos ayudaron a ponernos en buen camino. Necesitaríamos detenernos para pensar en ello y reconocerlo y dar gracias porque han sido señales que Dios ha puesto a nuestro lado.

Pero en esta reflexión quisiera dar un paso más aunque sea pequeño. Es pensar cómo nosotros podemos ser signos para muchos que están a nuestro lado; estamos llamados a dar testimonio; nuestra fe, nuestra manera de actuar, nuestro amor y generosidad tiene que convertirse también en signo profético en medio de nuestro mundo. El mundo necesita profetas que con palabra valiente o con gestos que aunque sean sencillos sean también valientes y atrevidos ayudemos a despertar a nuestro mundo.

Estos días todo el mundo está preparando la Navidad, pero pocos están preparando hacer presente a Jesús y su evangelio en nuestro mundo. ¿No sería ahí donde tendríamos que ser verdaderos signos proféticos para los que nos rodean? El espíritu de Elías, el espíritu del Bautista ¿qué nos estaría pidiendo a nosotros?

jueves, 12 de diciembre de 2024

Tenemos que saber escuchar, saber ir con corazón libre al encuentro con la Palabra de Dios dispuesto a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del evangelio

 


Tenemos que saber escuchar, saber ir con corazón libre al encuentro con la Palabra de Dios dispuesto a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del evangelio

Isaías 41, 13-20; Salmo 144; Mateo 11, 11-15

Muchas veces todo lo que escuchamos no es lo que realmente ha sucedido; escuchamos, por ejemplo, un estruendo, es una pared que se derrumbó dicen algunos, otros nos dirán que fue una explosión, que fue una ráfaga de viento fuerte, que fue un avión que pasó y nos dejó su zumbido, que fue un trueno… y así seguimos escuchando muchas cosas. Pero claro que no me estoy refiriendo a esos sonidos que de esa manera llegan a nuestros oídos, sino que son las interpretaciones que nos podemos hacer de lo que nos dicen o nos cuentan, nos quedamos en la literalidad de las palabras o por lo que en otras ocasiones hemos escuchado nos hacemos nuestra interpretación, nos dejamos llevar por lo que previamente nosotros pensamos o escuchamos lo que otros nos dicen que dijo o quiso decir. Es importante pero no es fácil en muchas ocasiones; muchas veces puede ser causa de conflictos posteriores dentro de nosotros mismos, o en nuestras relaciones con quien nos quiso decir algo o con las personas que nos rodean.

‘El que tengo oídos, que oiga’, nos dice hoy Jesús en el evangelio, pero que es sentencia que nos repite en diversas ocasiones. Tenemos que tomarnos en serio lo que escuchamos, tenemos que tomarnos en serio las palabras de Jesús, tenemos que tomarnos en serio la Buena Noticia, el Evangelio que trata de trasmitirnos, no nos lo podemos tomar con superficialidad. Quedarnos en lo que nos parece que hemos oído, que muchas veces solo escuchamos según nuestros intereses, que también tenemos nuestras ideas preconcebidas, que nos hacemos nuestras interpretaciones. ¿No es lo que les sucedía entonces a los judíos que tenían una idea preconcebida de lo que iba a ser el Mesías y se quedaban entonces desconcertados con lo que veían en Jesús?

Hoy nos ha hablado Jesús de Juan Bautista del que hace grandes elogios. La liturgia nos ofrece esta palabras de Jesús en el contexto del tiempo del Adviento que vamos recorriendo y donde tan importante es la figura del Mesías, que vino a preparar los caminos del Señor. En ese sentido ha ido la lectura del profeta que hoy se nos ha ofrecido.

Hoy nos dice Jesús de Juan que nadie más grande que él ha nacido de mujer; nos habla también del profeta Elías que todos tenían la creencia que había de venir antes de la llegada del Mesías y Jesús nos dice que Elías es Juan, si es que queremos creerlo. En otro momento del evangelio volverá a hablarnos en ese sentido. Las palabras de Jesús hoy están enmarcadas en aquel momento en que Juan había enviado desde la cárcel a algunos de los discípulos que aun le seguían con la pregunta a Jesús si era El en verdad a quien esperaban, en una palabra, si era el Mesías anunciado.

Y nos habla Jesús de la violencia que sufre el anuncio del Reino de los cielos en una cierta referencia a la misma oposición que Jesús iba encontrando en ciertos sectores a su evangelio. Solo los esforzados lograran alcanzarlo, nos dice, que no significa que por la violencia tengamos que imponer el Reino de Dios, sino la violencia que tenemos que hacernos a nosotros mismos para superarnos y vivir los valores que nos ofrece; demasiado a lo largo de los tiempos no hemos sabido escuchar y entender estas palabras de Jesús y hemos querido imponer lo que solo tiene que ser una oferta de gracia.

Es por lo que nos está diciendo Jesús que el que tenga oídos, que oiga. Tenemos que saber escuchar, tenemos que saber ir con corazón libre al encuentro con la Palabra de Dios; corazón libre que es esa humildad y vacío de  nosotros mismos con que tenemos que escuchar; corazón libre que no se deja influir, que no pierde su libertad, que acoge con sencillez, que va con apertura deseoso de recibir vida, no condicionado por intereses de nuestra vida o lo que nos parece que a nosotros nos conviene, liberado de nuestras viejas historias para poder acoger la novedad que siempre es el evangelio que Jesús nos ofrece, dispuesto a ser ese odre nuevo para el vino nuevo del evangelio, buscando siempre esos caminos de amor que Jesús quiere trazar para nuestra vida.

 

jueves, 26 de septiembre de 2024

Que no pesen en nosotros los miedos y las cobardías, que seamos capaces de dejarnos interrogar por Jesús y el evangelio para hacernos nuevos planteamientos

 


Que no pesen en nosotros los miedos y las cobardías, que seamos capaces de dejarnos interrogar por Jesús y el evangelio para hacernos nuevos planteamientos

Eclesiastés 1, 2-11; Salmo 89; Lucas 9, 7-9

Puede pasarnos alguna vez que algún acontecimiento que se produce en nuestro entorno nos produce una cierta inquietud, porque quizás no calibramos bien las consecuencias que tendrá y lo que nosotros pudiéramos vernos implicados, o quizás es una palabra que escuchamos, la actitud o la postura de una persona ante determinadas situaciones, los que nos pueden producir esa inquietud, plantearnos interrogantes sobre la vida, sobre lo que hacemos o sobre lo que va a suceder.

¿A quien no le inquietan los momentos que vivimos, ya sea en nuestra sociedad cercana donde no terminamos de entender por ejemplo a nuestros dirigentes ni a dónde nos llevan, o lo que esta sucediendo en nuestro mundo con tantos tambores de guerra que están sonando? Pero, como decíamos, quizás alguna vez simplemente es una persona que vemos actuar cerca de nosotros que nos hace preguntarnos de qué manera nosotros nos estamos implicando con la marcha de nuestra sociedad. Inquietudes de todo tipo pueden aparecernos muchas veces en la vida. ¿Cómo reaccionamos?

Me hace pensar en todas estas cosas y mucho más que podríamos seguir deduciendo en nuestra reflexión, lo que hoy escuchamos en el evangelio. Cuando escuchamos el evangelio no nos quedamos reducidos a aquel momento que en él se nos relatan, sino que pueden ser en verdad imagen donde veamos reflejada nuestra vida y nuestras problemáticas de hoy. Es la forma cómo tenemos que hacer que en el evangelio encontremos esa respuesta y esa luz para nuestra vida.

Herodes estaba oyendo hablar de aquel profeta de Galilea que allá por su territorio realizaba sus andanzas; a él llegan noticias de Jesús de Nazaret, claro que tendría sus medios de información como todo dirigente o todo político, porque cuanto sucediera en su reina a él le afectaba también. Y como nos dice el evangelista Herodes se pregunta quien es ese Jesús del que tanto oye hablar. Llegan diferentes versiones según también lo que eran las distintas opiniones que tenía la gente sobre Jesús. Ya sabemos que había quien lo rechazaba, no estaba de acuerdo con lo que hacía Jesús, pero mucha gente sencilla lo aclamaba.

¿Sería Juan el bautista que había vuelto a la vida? Y Herodes andaría inquieto puesto que había sido él quien lo había mandado matar. Pero le hablaban también de un profeta del que se decía que había sido arrebatado al cielo en un carro de fuego y que un día antes de la venida del Mesías haría de nuevo su aparición sobre la tierra; otros pensaban que Jesús era como alguno de aquellos grandes profetas de la antigüedad; no había concordancia y eso le hacía también estar inquieto a Herodes preguntándose por Jesús y queriendo conocerlo.

¿No se atrevería ahora porque podría echarle en cara, lo mismo que había hecho Juan Bautista a quien él también le gustaba escuchar, sobre la vida que llevaba? Algunas veces parece que queremos algo, pero mejor no menearlo por si acaso nos salga el tiro por la culata, como se suele decir, se vuelve en contra nuestra.

Toda esta reflexión también nos llevaría a nosotros a hacernos algunas preguntas. ¿Tendremos en verdad inquietud y verdaderos deseos de conocer a Jesús porque hay cosas que nos dice el evangelio que nos hace hacernos nuevos y distintos planteamientos? ¿O quizá andemos nosotros también reculando, no atreviéndonos a enfrentarnos con ese conocimiento y escucha de Jesús porque eso nos tendría que hacer tomar decisiones drásticas para nuestra vida? Muchas veces reculamos, muchas veces no queremos saber para no complicarnos, muchas veces quisiéramos cerrar ojos y oídos para no enterarnos. ¿Será que no nos tomamos tan en serio el mensaje del evangelio, el mensaje de Jesús? Muchas veces pesan en nosotros los miedos y las cobardías.

domingo, 11 de agosto de 2024

Pan vivo bajado del cielo para que tengamos vida eterna en el hoy de nuestra vida, pone amor en el corazón, paz en el espíritu, fuerza de lucha en nuestro camino

 


Pan vivo bajado del cielo para que tengamos vida eterna en el hoy de nuestra vida, pone amor en el corazón, paz en el espíritu, fuerza de lucha en nuestro camino

1  Reyes 19, 4-8; Sal. 33; Efesios 4, 30–5, 2; Juan 6, 41-51

¿Quién no habrá tenido alguna vez un momento duro de la vida en que agobiado por los problemas o las mismas dificultades de la vida no habrá querido morirse? Enfermedades que parece que no tienen remedio, problemas familiares a los que no encontramos solución, problemas económicos con los que nos vemos en la calle sin ninguna posibilidad, dificultades de entendimiento con los que convivimos, problemas en los que quizás nos hemos metido y en los que ahora nos vemos cercados incluso por el prestigio que perdemos ante los que nos rodean… No lo habremos vivido así con esa intensidad como para desear morirse, pero si habremos escuchado gente de nuestro entorno que se siente así y muchas veces no tenemos ni qué decirle.

¿Por qué me hago esta consideración que pudiera parecer un tanto extrema? Es que de eso nos ha hablado la primera lectura con la situación en la que se encontraba el profeta Elías. Se va al desierto y se quiere morir; se ve acosado por la autoridades de Israel porque él proclama y defiende la fe en Yahvé como único Dios y Señor, mientras pretenden imponer la religión de los baales contra lo que lucha denodadamente; pero se siente impotente, se quiere morir. Pero el ángel del Señor se le manifiesta tras aquellos sueños que él deseaba que fueran de muerte, para encontrarse una hogaza de paz y una jarra de agua junto a su cabecera sintiendo la invitación de comer para seguir adelante. Más tarde tendrá la experiencia de Dios en el Horeb sintiéndose ya con fuerzas para volver a su pueblo y seguir con su lucha por la auténtica fe del pueblo de Israel. Ha recibido un alimento de Dios, que no solo ha sido recuperar las fuerzas físicas de su cuerpo extenuado, sino la fortaleza interior para continuar con su misión.


Ahora vamos a pensar nosotros en nuestra situación; no solo aquella descripción que nos hacíamos al principio de esta reflexión sino que podemos ahondar mucho más en nuestro propio interior, en nuestra lucha por la vida, en la situación en que nos encontramos en nuestra sociedad que no sabemos ni a dónde va ni en lo político, ni en lo social ni incluso en lo ético por la pérdida de valores que contemplamos que nos lleva también a una pérdida de la moralidad de la vida. ¿No nos sentiremos también extenuados e impotentes muchas veces donde parece que todo se nos vuelve oscuro?

Y es aquí donde tenemos que escuchar el evangelio de hoy. Jesús nos sigue hablando de un pan de vida que comiendo de él tendremos vida para siempre. Pero ¿realmente de qué se trata? ¿Qué es lo que nos está ofreciendo Jesús? Recordamos que la gente cuando comenzó a hablarles de todo esto le pidió que les diera siempre de ese pan. ¿Sería como la petición de la samaritana que pedía de aquella agua que bebiéndola ya volvería a tener sed, pero era para no tener el trabajo de venir cada al pozo para sacar agua? ¿O estarían pidiendo pan gratis como el que les dio Jesús en el descampado para no tener que buscar donde ir a comprar pan cada día?

Creo que podemos entender que Jesús quiere referirse a algo más que eso. Alimentar la vida no es solo comer unos nutrientes para que nuestro cuerpo se mantenga vivo y podamos seguir haciendo las cosas. No siempre lo entendemos pero ese alimento se refiere a algo más hondo que realmente nos dé ganas de vivir, nos haga vivir y vivir en plenitud, porque le encontremos un sentido a la vida, a lo que hacemos, a nuestros trabajos, a lo que son nuestras relaciones con los demás.

Es encontrar esa fuerza interior y esa sabiduría que nos haga levantarnos cuando estamos decaídos, que nos ayude a encontrar la luz cuando todo parece oscuro, que nos dé respuestas cuando parece que nada tiene sentido, que nos haga encontrar esa fortaleza para mantenernos en la lucha porque seguimos creyendo en nuestros valores, que eleve nuestro espíritu cuando nuestro vuelo y nuestras metas se hagan demasiado rasantes para aprender a tener altos vuelos en la vida, esa gracia para no sentirnos hundidos cuando nos agobien los problemas, a saber poner alegría en el corazón aunque muchas sean las penas porque con optimismo creemos que es posible transformar todo eso.

Por eso los cristianos somos las personas más alegres del mundo con una alegría que nada ni nadie nos podrá arrebatar, no nos dejamos morir sino que queremos vivir pero es que además queremos contagiar de vida al mundo y a cuantos nos rodean. Es que tenemos a Cristo que es nuestra vida, nuestro pan de vida, y con El sabemos que por muy oscuros que sean nuestros caminos tendremos vida para siempre.

Para eso Jesús se hace Eucaristía, así estará más cerca de nosotros porque comiéndole a El lo tendremos en lo más hondo del corazón. Sí, es el pan vivo bajado del cielo para que comiéndole tengamos vida eterna. Esa vida eterna que vivimos en el ahora de nuestra vida, que pone amor en el corazón, paz en nuestro espíritu, fuerza de lucha en nuestro camino, cada día, en cada instante. Por eso la Eucaristía no es simplemente un rito que realizamos, es una vida que asumimos, porque es asumir la vida de Cristo, vivir la vida de Cristo, vivir a la manera y en el sentido de Cristo.


martes, 6 de agosto de 2024

Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos y lo ha constituido Señor y Mesías, es como lo contemplamos en su transfiguración, alimento y fortaleza de nuestra fe

 


Dios ha resucitado a Jesús de entre los muertos  y  lo ha constituido Señor y Mesías, es como lo contemplamos en su transfiguración, alimento y fortaleza de nuestra fe

Daniel 7, 9-10. 13-14; Salmo 96; Marcos 9, 2-10

‘No termino de entenderte’, le decimos quizás en un momento determinado a alguien con quien manteníamos una buena amistad, pero cada día van saliendo aspectos distintos de la persona que en cierto modo nos descolocan entre aquello que nosotros pensábamos que era, en la imagen idealizada que nos habíamos forjado de dicha persona, o lo que nos gustaría que fuese porque así de alguna manera también parece que nosotros ganaríamos, y cosas que nos dice ahora que pueden parecer que van en contra de todo lo que hasta ahora habíamos conocido. Nos sentimos como en contradicción, nos sentimos que no sabemos en qué quedarnos, hasta quizás intentaríamos convencerle de que las cosas no son así.

¿Les pasaba algo de esto a los discípulos que seguían a Jesús? Con El se habían entusiasmado desde un principio, sus palabras, sus gestos, sus signos parecían un rayo de esperanza de que algo nuevo iba a suceder; comenzaban a vislumbrar un misterio en Jesús pero de alguna manera se dejaban llevar por los entusiasmos que lo querían reconocer como profeta y como Mesías; pero aun ahí había muchas cosas que no encajaban y que a ellos les costaba aceptar.

Mientras las gentes se entusiasman y hasta quieren hacerle rey, aunque el prudentemente se retira a la montaña lejos de aquellos entusiasmos como cuando sucedió lo de la multiplicación de los panes, ahora viene diciendo Jesús que le esperan momentos de dolor y de sufrimiento. Eso ya no les cabía en la cabeza, Pedro incluso tratará de quitarle a Jesús esa idea de la cabeza aunque va a sufrir un rechazo fuerte de Jesús. Y es que Pedro había hecho antes una confesión en que lo reconocía como Mesías, Jesús no lo había negado, pero le había dicho que aquello no era cosa salida de él, sino revelada del cielo. Pero Jesús insiste en lo que va a significar aquella subida a Jerusalén que ahora están emprendiendo.

¿Se pondría en crisis la fe que los discípulos tenían en Jesús con aquellos acontecimientos? Como Jesús hace siempre quiere preparar a sus discípulos, aunque a ellos les cueste mucho aceptar algunas enseñanzas de Jesús. Tendrán que reconocerle, es cierto, como Señor y Mesías, pero antes han de pasar por un calvario de pasión y de muerte que les hará tambalear en sus convicciones. Por eso ahora Jesús, mientras van recorriendo las llanuras y valles de Galilea poniéndose ya en camino hacia Jerusalén, se lleva a tres de sus discípulos con Él a una montaña alta. Era habitual que en medio de todos aquellos ajetreos de un lado para otro, Jesús siempre encontrará el momento para la soledad, para el silencio, para la oración, para el encuentro con Dios su Padre.

Es lo que va a suceder en aquella montaña que se eleva entre las llanuras de Galilea y que todos identificamos con el monte Tabor. Y allí, estando en oración, Jesús se transfigura en presencia de sus discípulos; su rostro resplandeciendo, sus vestidos de un blanco deslumbrador, y lo más que van percibiendo los discípulos, allí aparecen Moisés y Elías, los signos del Antiguo Testamento, la Ley y los Profetas; una nube que los envuelve cuando Pedro se siente en la gloria y querrá quedarse allí para siempre, ya está pensando en construir tres tiendas, no para ellos sino para Jesús, Moisés y Elías.

Y es entonces cuando se escucha la voz venida del cielo, ‘Este es mi Hijo, en quien me complazco’. Ha aparecido la gloria de Dios y ellos caen aturdidos por tierra. Allí se les está revelando quien es Jesús; aquel Jesús a quien habían seguido, aquel Jesús por quien estaban dispuestos incluso a dar la vida, si fuera necesario, aquel Jesús que veían venido de Dios porque hablaba cosas de Dios, pero al que no terminaban de descubrir del todo en su misterio, aquel Jesús que a veces les desconcertaba pero al que siempre querían seguir. La voz del cielo lo estaba señalando verdaderamente como Hijo amado de Dios; aquello tenía que fortalecer su fe en los momentos duros y difíciles que se les avecinaban, pero era algo que debían llevar en el corazón  hasta que tras su muerte y resurrección terminarán de comprender. Por eso les dice Jesús que no hablen de ello hasta después de la resurrección, aunque aun ellos siguen sin entender. Será entonces cuando en verdad lo van a proclamar como el Señor; Dios lo había resucitado de entre los muertos, dirían más tarde, y Dios lo ha constituido Señor y Mesías.  Todo aquello iba a ser el alimento de su fe, en todo aquello habían de descubrir el verdadero meollo de su fe en Jesús.

Nosotros hoy, en esta fiesta de la Transfiguración del Señor, también lo contemplamos y lo celebramos; queremos alimentar también nuestra fe, queremos sentirnos fuertes para no dejarnos arrastrar por tantas influencias que recibamos del mundo que nos rodea. Es la manera cómo tenemos que contemplar a Jesús, es la manera como lo vamos a sentir en lo más hondo de nosotros mismos, es la manera como también tenemos que proclamarlo, dar testimonio ante el mundo que nos rodea.


sábado, 16 de diciembre de 2023

Ojalá llegáramos a tener nosotros también una visión de Dios en la cueva de Belén con la celebración de la navidad como la tuvo el profeta Elías en la montaña de Dio

 


Ojalá llegáramos a tener nosotros también una visión de Dios en la cueva de Belén con la celebración de la navidad como la tuvo el profeta Elías en la montaña de Dios

Eclesiástico 48, 1-4.9-11b; Sal 79; Mateo 17, 10-13

Elías, Juan el Bautista, Jesús nos aparecen hoy como en línea continua en la Palabra de Dios, en el Evangelio.

De Elías nos hace un elogio el libro del Eclesiástico en la primera lectura, ‘como un fuego cuyas palabras quemaban como antorcha’ nos comenta el autor sagrado. Arrebatado al cielo ‘en un torbellino ardiente, en un carro de caballos de fuego’ esperaban su venida antes de la llegada del Mesías según las indicaciones de los profetas, ‘para reconciliar a los padres con los hijos y restablecer las tribus de Jacob’. Fue la indicación de la misión del Bautista que hizo el ángel a Zacarías cuando le hizo el anuncio del nacimiento de un hijo. ‘Irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías, para convertir los corazones de los padres hacia los hijos, y a los desobedientes a la sensatez de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto’.

Por eso cuando le preguntan los discípulos a Jesús, como escuchamos hoy en el evangelio, ‘¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?’, les responderá que ‘Elías vendrá y lo renovará todo ya ha venido y no lo reconocieron, sino que han hecho con él lo que han querido’. Estaba refiriéndose Jesús a la figura tan controvertida también de Juan el Bautista.

Pero Jesús querrá decirles algo más. ‘Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos’. Así como los discípulos entendieron la referencia al Bautista, sin embargo no supieron captar todo el sentido de las palabras de Jesús. No reconocieron a Elías en la figura de Juan el Bautista, como también Juan habría de sufrir el martirio, pero Jesús está adelantando ya lo que le sucederá a El. En cierto modo es un primer anuncio ya de su pasión, porque tampoco a El quisieron reconocerle.

¿Y nosotros? ¿Qué nos querrá decir esta Palabra que estamos escuchando en este momento concreto de nuestra vida y en este camino de Adviento que estamos realizando? El espíritu y el poder de Elías se manifestará para lo que en verdad había sido su vida como profeta, una invitación a la conversión. Dura fue la vida del profeta para defender el nombre de Yahvé, el único Dios de Israel frente a los baales o falsos dioses que querían imponer.

Conocemos todos el episodio en que huye al desierto queriendo morir ante la persecución que la reina Jezabel le está inflingiendo. Y es allí donde el profeta tiene la visión de Dios que le conforta y le llena de fortaleza en aquel pan y aquella jarra de agua que aparecía cada mañana junto a él como signo de esa presencia y fuerza del Señor, y aquel susurro de Dios que pasa apenas perceptible junto a El pero donde sabe descubrir esa presencia de Dios en su vida. Con esa fuerza volverá a realizar su misión.

Es el anuncio y la invitación también que recibimos del Bautista allá en el desierto junto al Jordán para que en verdad preparemos los caminos del Señor. No todos quisieron escuchar aquella invitación y Juan moriría también decapitado por orden del rey Herodes. Pero aquellos caminos ya se habían abierto porque la semilla de la inquietud se había sembrado en muchos corazones, que ahora irían a escuchar y a seguir a Jesús.

Es el camino que ahora en este adviento nosotros también queremos recorrer para ir al encuentro del Señor que llega a nuestra vida a pesar de tantas cosas que nos quieren distraer ofreciéndonos unas luces que no son precisamente la luz que Jesús nos ofrecerá en el evangelio. La tentación la tenemos bien cerca en el ambiente que nuestra sociedad ha creado en torno a la Navidad.  Celebra el mundo con sus luces y con toda esa parafernalia que rodea a estas fiestas la Navidad, pero no terminamos de celebrar el Nacimiento de Jesús, aunque parezca una contradicción. Pero es la contradicción en la que estamos envueltos, porque para la mayoría ¿qué es lo que queda del mensaje del Evangelio en la celebración de la navidad? Es lo que no tiene que distraernos. Es lo que tenemos que discernir bien.

Escuchemos con más atención la Buena Noticia que se nos anuncia para que nos impregnemos del espíritu del Evangelio. Elías tuvo una visión de Dios allá en la montaña que le hizo sentirse fuerte para cumplir con su misión de profeta, ¿llegaremos a tener nosotros también una visión de Dios en la cueva de Belén con la celebración de la navidad tal como la estamos haciendo? ¿Qué tendría que cambiar?

domingo, 6 de agosto de 2023

Realicemos la ascensión que nos lleva a la transfiguración para que con nuestros rostros resplandecientes de luz vayamos con amor al encuentro del mundo que nos rodea

 


Realicemos la ascensión que nos lleva a la transfiguración para que con nuestros rostros resplandecientes de luz vayamos con amor al encuentro del mundo que nos rodea

Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96; 2Pedro. 1, 16-19; Mateo 17,1-9

Cuando queremos ver las cosas en su mayor amplitud tenemos que cambiar la perspectiva, alejarnos o elevarnos por encima de aquellas cosas que pudieran interferir nuestra visión; suele decirse que el árbol no deja ver el bosque, por eso tenemos que cambiar la perspectiva, y muchas veces lo mejor es un punto elevado, para que nada se interponga por medio, para hacer desaparecer las nubes o neblinas que se nos interpongan.

No soy montañero, pero me gustan las montañas; en años más jóvenes en mas de una ocasión subí a lo alto del Teide o a alguna de aquellas montañas altas que circundan el parque de las Cañadas del Teide; la subida es costosa – no quiero pensar lo que cuesta subir a otras altas montañas, parece que nunca llegamos porque algún punto de referencia que tengamos en la altura parece que en la medida que nos acercamos más se aleja, pero cuando uno llega a la altura siente la satisfacción de que ha merecido la pena ante el espectáculo de la naturaleza que podemos contemplar con la isla a nuestros pies.

Hay metas que son altas y nos cuesta alcanzarlas; pero hay cosas en la vida que solo desde una mirada de altura podemos contemplar en toda su plenitud; hay neblinas, como decíamos antes que se pueden interferir en nuestra visión y hacer que todo lo veamos borroso. Y estoy pensando en el camino que nos lleva a descubrir a Dios; tendríamos que decir que podemos verlo y tenemos que aprender a sentirlo a nuestro lado e incluso dentro de nosotros mismos; pero quizá haya cosas en nuestra vida que nos hacen borrosa esa visión de Dios; y tenemos entonces que elevarnos para salirnos de esas neblinas, de esas interferencias; tenemos que vaciar muchas cosas de los bolsillos de nuestra vida para poder realizar la ascensión, porque pueden ser pesos muertos que no nos dejen avanzar. Un punto importante no solo es saberlo sino realizarlo.

Hoy el evangelio nos habla de una subida, una montaña alta nos dice el evangelista, allí en medio de las llanuras y los valles de Galilea que la tradición ha situado en el Tabor. Jesús se llevó a tres de los discípulos con El para realizar esa Ascensión. ¿Irían ronroneando por lo bajo con la queje de por qué a ellos les tocó realizar aquella costosa ascensión? Pero lo que sucedió en la alto haría que Pedro reconociera lo bien que se estaba allí y que merecía hacer unas tiendas para permanecer en aquel lugar.

Jesús se había transfigurado cuando se había puesto a orar – para eso habían subido a la montaña como a Jesús le gustaba irse a lugares apartados y solitarios para orar – y todo resplandecía de luz, su rostro y sus vestidos. Y junto a Jesús Moisés y Elías, que también un día en lo alto de la montaña habían tenido una visión de Dios. ¿Se habrían quedado dormidos como en otras ocasiones que los llevaría a orar consigo? Pedro quería ya realizar tres tiendas, aunque se olvidara de si mismo. El misterio de Dios que estaban contemplando les hacía ya olvidarse de las demás preocupaciones.

Mientras Pedro anda con sus iniciativas y buenos deseos una nube los envuelve y se escucha la voz del cielo, como un día allá junto al Jordán cuando lo del Bautismo. ‘Este es mi Hijo muy amado, mi preferido, en quien me complazco. Escucharle’. Fue como un trueno que les hizo caer por tierra, pero allí habían escuchado la voz de Dios que además les planteaba una exigencia. ‘¡Escuchadle!’

Y ahora había que bajar de la montaña. Cuando despiertan de su aturdimiento se encuentran a Jesús solo que les dice que hay que bajar. Pero con ellos llevaban una visión nueva, aunque de eso aun no podrían hablar. Pero distinta era la perspectiva, de otra manera tenía que ser el seguimiento de Jesús, sabían que tenían que escucharle, aunque aun siguieran con sus dificultades. Aun seguirían resonando en sus oídos los anuncios que Jesús les hacía del sentido de su subida a Jerusalén, aunque ahora llevaran grabadas en su corazón las palabras escuchadas desde los cielos.

Era lo que en verdad tenían que asimilar; es lo que nosotros tenemos también que asimilar en este camino del seguimiento de Jesús, que muchas veces se nos llena de tropiezos, de dudas, de desánimos, de sentir que la ascensión es dura, que las tentaciones e influencias que recibimos de todos lados nos llenan de miedos y nos hacen sentirnos débiles, pero en nosotros tiene que mantenerse viva la visión de Cristo resucitado.

Para los discípulos fue como un anticipo de lo que sería la gloria de la resurrección la visión de Jesús transfigurado en lo alto del Tabor; nosotros tenemos esa visión y tendría que ser muy viva en nuestros corazones porque celebramos la Pascua y vivimos el gozo de la resurrección de Jesús. Eso tiene que ser la fuerza y como el estimulo que todo el año tiene que mantenernos en tensión para llenarnos de toda esa vitalidad de la gracia y no nos cansemos en ese camino, no decaigamos en esa ascensión de la vida que continuamente hemos de ir realizando. Sabemos de quien nos fiamos, en quien hemos puesto nuestra confianza, quien es el centro de nuestra fe, quien es la fortaleza de nuestra vida.

Lo que hoy contemplamos en el Tabor tiene que ser también nuestra transfiguración; es la experiencia que tiene que ser nuestra oración y nuestras celebraciones. Y con esa transfiguración tenemos que bajar a la vida, ir a la vida de cada día; como a Moisés que le brillaba el rostro cuando salía de la presencia del Señor, así tendríamos que salir de nuestras celebraciones. Vivamos, pues, con intensidad la presencia del Señor para que nos podamos transfigurar.