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lunes, 5 de agosto de 2024

‘Dadle vosotros de comer’, nos está diciendo Jesús también, aunque no tengamos ni siquiera esos cinco panes y dos peces

 


‘Dadle vosotros de comer’, nos está diciendo Jesús también, aunque no tengamos ni siquiera esos cinco panes y dos peces

Jeremías 28,1-17; Salmo 118; Mateo 14,13-21

Se suele decir que cuidado que el árbol no te impida ver el bosque; claro que no es habitual que peguemos nuestra nariz al tronco o a las ramas del árbol si lo que deseamos es ver el conjunto del bosque en su totalidad. Pero es que algo así nos pasa a veces en la vida, tenemos o nos dan una visión distorsionada de las cosas, de lo que sucede, de manera que no terminamos de ver lo que es la realidad; por mucha objetividad que se busque en fin de cuentas las noticias que nos llegan vienen filtradas por quienes nos las trasmiten, y muchas veces pesa mucho esa manera de pensar, esa ideología incluso, en lo que se nos trasmite. Desde las posturas que tomemos ante lo que sucede, insistiremos o resaltaremos más aquello que nos conviene para nuestra visión, ya sea desde un lado o de otro.

Con la problemática que vivimos en estos momentos de la cantidad de inmigrantes que de forma ilegal llegan a nuestra tierra, a nuestras costas hemos de decir en nuestra tierra canaria, hay el peligro de perder la objetividad. Esto días por las redes sociales me llegaba un video donde se veía lo que parecían ser unos inmigrantes en medio de unas peleas y violencias que todo lo destrozaban; quien me lo enviaba cargaba las tintas en que eso era lo que estaba sucediendo con la invasión, así hablaba, de esos inmigrantes.

Casualmente en estos mismos días en la prensa salía un hermoso artículo que hablaba de los jóvenes inmigrantes a los que se les daba una oportunidad y llegaban incluso a unos estudios superiores, mientras comentaba también un educador lo positivo que había sido la presencia de un grupo de estos muchachos en la clase de un colegio en la que la convivencia entre unos y otros hizo mucho bien y madurar de forma extraordinaria a los que eran de nuestra tierra.

¿Son todos violentos y vienen a quitar oportunidades a los hijos de esta tierra, o es una riqueza cultural y de vida el intercambio que se produce, además del bien que hacemos a quienes les damos esa oportunidad? Cuidado que el árbol no nos deje ver la riqueza completa del bosque.

¿Qué tiene que ver esto con el comentario al evangelio que siempre pretendemos hacer en este blog? Creo que mucho. Hoy volvemos a encontrarnos un episodio con el que repetidas veces nos hemos encontrado en estos días pasados. Jesús ha querido retirarse a un lugar apartado con el grupo de los discípulos, además después de la circunstancias de la muerte de Juan Bautista a manos de Herodes, pero cuando llega a aquel lugar se encuentra con una multitud esperando. Ya hemos comentado todo cuanto sucedió en aquellos momentos.

Pero creo que el evangelio nos está enseñando también a tener una mirada nueva, una mirada distinta hacia toda aquella gente que se ha reunido allí en búsqueda de Jesús. Los discípulos ven una multitud cansada y hambrienta que además no dispone en aquellos lugares donde encontrar alimento. Pero ¿estará Jesús viendo algo más? En episodios paralelos de otros evangelistas Jesús hablara de quienes están desorientados y abandonados como ovejas sin pastor. Y ahora cuando los discípulos le dicen a Jesús que los despida para que se busquen por si mismos donde encontrar comida – era solo la visión que ellos tenían – Jesús les dice sin embargo que no los despedirá, sino que sean ellos los que les den de comer. ‘Dadles vosotros de comer’, les dice.

Aunque pudiera parece que solo esa comida material era lo importante en aquel gesto que va a realizar Jesús algo nuevo tendrá que despertarse en el corazón de todos. Allí solo tenían cinco panes y dos peces, nos dirá el evangelista. Y es lo que Jesús les pide. Quiere contar con esos pocos panes y peces. Unos pocos panes y peces que van a servir para que se alimente toda una multitud; unos pocos panes y peces que seguramente despertaría buenos sentimientos en todos aquellos que se vieron favorecidos por aquella comida. ¿Qué se despierta en nuestro corazón cuando en un momento determinado y cuando menos lo esperábamos nos sentimos ayudados, sentimos que se nos tendía una mano para algo nuevo y distinto?

‘Dadle vosotros de comer’, nos está diciendo Jesús a nosotros también, aunque no tengamos ni siquiera esos cinco panes, aunque sintamos pesar sobre nosotros la pobreza, aunque muchas veces nos sintamos tan incapaces que no sabemos cómo salir adelante, pero siempre hay algo que podemos hacer, siempre habrá una presencia, una mirada, una sonrisa, una palabra amable, una mano tendida, un oído atento para escuchar, un silencio que llena de calor el momento, una mirada nueva por nuestra parte para ver las cosas de otra manera, para descubrir también muchas cosas positivas.

¿Qué nos está pidiendo realmente el mundo que nos rodea? Es cierto que son necesarias grandes soluciones para los problemas que envuelven hoy nuestro mundo, pero es cierto también que muchas están esperando ese gesto sencillo con el que se van a sentir valorados y se sentirán con fuerza para emprender de nuevo el camino.

‘Dadle vosotros de comer’, nos dice Jesús ¿y qué vamos a hacer?


jueves, 6 de julio de 2023

Necesitamos seguir llevando la camilla de nuestra debilidad a nuestro lado para valorar el perdón recibido para un nuevo camino y darlo generoso también con los demás

 


Necesitamos seguir llevando la camilla de nuestra debilidad a nuestro lado para valorar el perdón recibido para un nuevo camino y darlo generoso también con los demás

Génesis 22, 1-19; Sal 114; Mateo 9,1-8

Todos merecemos una segunda oportunidad. Al menos eso pensamos cuando hemos sido nosotros los que hemos cometido el error y tenemos el buen deseo de querer rehacer nuestra vida. Sin embargo, hemos de reconocer, que no siempre somos capaces de ir por la vida dando segundas oportunidades a los demás. Pensemos, por ejemplo, cuando nos cuesta otorgar nuestro perdón. Y diríamos que perdonar lleva consigo el hacer que nos reencontremos con la paz; es lo que ofrezco cuando perdono, pero es al mismo tiempo lo que siento en mi mismo cuando soy capaz de perdonar. Desgraciadamente hay en la vida demasiados que no dan segundas oportunidades y ya sabemos de la amplitud que Jesús quiere que nosotros le demos al perdón otorgado.

Jesús ha vuelto a casa, como nos narra hoy el evangelista, y según llega, cuando se ve rodeado de gente como ya va siendo habitual que suceda hasta desbordar la casa y sus entradas como sucede en el episodio de hoy, le traen a un paralítico en una camilla para que Jesús lo cure. Otro evangelista cuando nos narra este episodio nos da más detalles, como el tener que descolgarlo del techo, porque han abierto un boquete en la cubierta, dada la afluencia de gente que por la puerta no pueden entrar. No nos vamos a detener en ese detalle.

Un hombre postrado en su camilla, imposibilitado de moverse por sí mismo, que es conducido hasta Jesús por otras personas de corazón generoso. Un hombre que tendría deseos de rehacer su vida para poder vivir y valerse por sí mismo. Unas almas generosas dispuestas a ayudar para que aquel hombre pueda tener una vida distinta. Y Jesús que lee en el corazón de los hombres vio la fe grande que tenían.

Los signos que realiza Jesús son señal de que algo grande se puede realizar desde lo más hondo del corazón pero que afectar por completo a la vida. Ha venido Jesús, como había anunciado el profeta y el mismo había proclamado en la sinagoga de Nazaret para proclamar el año de gracia del Señor. Para los oprimidos llegaba la hora de la liberación; aquel camino de liberación que había recorrido Israel desde su salida de Egipto, de la esclavitud, hasta la llegada a la tierra prometida, era todo un signo de ese camino de liberación y de transformación que en Jesús se había de realizar.

Era hora de que los signos que Jesús realizaba manifestaran plenamente esa liberación que en Jesús habíamos de encontrar. Por eso la primera palabra de Jesús ante el paralítico que le han traído para que lo curase es la del perdón. ‘Tus pecados quedan perdonados’.

Habrá quien no lo entienda, ni lo terminaron de entender entonces los que rodeaban a Jesús, de ahí sus murmuraciones y criticas, como no terminamos nosotros de entender lo que tiene que significar el perdón en nuestras vidas. A todos nos cuenta entender. Aquel hombre iba a ver restaurada su vida, pero Jesús nos quiere hacer ver que tiene que ser desde lo más profundo. No es solo que se levante de aquella camilla para comenzar a andar. Algo nuevo tenia que suceder en él, una nueva oportunidad para una vida nueva y distinta se le estaba ofreciendo. Siempre tendría que recordar y reconocer su debilidad. Jesús le dice, sí, que se levante, pero que tome su camilla y vuelva a su casa. Volvemos a nuestra casa, a nuestra vida, con sus mismas luchas y con nuestras mismas debilidades; la camilla va a estar presente ahí como un signo, como un recuerdo de nuestra realidad, como un recuerdo de el regalo de Dios que había recibido, pero también de lo nuevo que había que vivir.

Necesitamos quizá seguir llevando la camilla de nuestra debilidad a nuestro lado, para valorar el perdón que hemos también nosotros recibido que nos ha puesto en camino de una vida nueva. Quizás esa camilla apagará nuestros orgullos, porque nos recuerda que somos débiles, pero esa camilla podrá ser también un estimulo para tener una mirada nueva y distinta a los que están a nuestro lado.

¿Nos podrá recordar que también hemos de ser generosos con nuestro perdón a los demás, dándoles otra oportunidad en sus vidas? Con nuestro perdón estaremos ayudando a quitar esos pesos muertos, esos pesos de muerte que muchas veces nos atenazan y nos impiden alcanzar auténtica paz. ¿Por qué no ayudar a que los demás encuentren también esa paz?

sábado, 23 de octubre de 2021

Nos enseña a mirar lo que nos sucede con ojos de fe y con el corazón puesto siempre en la misericordia del Señor y dispuestos a obrar con esa compasión con los demás

 


Nos enseña a mirar lo que nos sucede con ojos de fe y con el corazón puesto siempre en la misericordia del Señor y dispuestos a obrar con esa compasión con los demás

Romanos 8, 1-11; Sal 23; Lucas 13, 1-9

Segundas oportunidades en la vida, es lo que deseamos para nosotros y sin embargo no siempre sabemos ofrecerlas a los demás. Cuando las cosas no nos salen bien, queremos intentarlo de nuevo, aunque algunas veces parece que nos sentimos sin fuerza. Son las luchas de la vida de cada día, las cosas que emprendemos, el desarrollo de nuestras responsabilidades, una función que nos han encomendado, la tarea de la vida familiar y la educación de los hijos; y cometemos errores porque no somos perfectos y para aprender a veces hay que equivocarse, y las cosas no nos salen bien, y queremos probar de nuevo, y confiamos que aquellos que están a nuestro lado tengan la paciencia necesaria con nosotros para darnos esa oportunidad. Nos duele cuando son implacables con nosotros y no nos ofrecen esa segunda oportunidad.

Aunque quizás nosotros no seamos tan pacientes con los demás y nos volvemos exigentes e implacables y quien haya cometido un error ya perdió para siempre nuestra confianza. Es quizás no comprender el sentido de la vida, el valor de la vida que vamos construyendo y no siempre quizás sabemos cómo hacerlo. Es aprender a reconocer nuestra debilidad para ser más comprensivos con los demás. Es darnos cuenta de que no podemos ir cargándonos de culpabilidades ni tampoco creer que los fracasos que tengamos en la vida sean como un castigo a errores que hayamos cometido. Cosas así nos llenan el corazón de amargura y cuando tenemos el corazón atormentado más nos costará tener la serenidad para emprender de nuevo lo que antes habíamos errado.

Hoy Jesús de la higuera que aquel propietario tenía plantada en medio de su terreno pero que año tras año venía a recoger sus frutos pero no los encontraba. Estaba viendo la higuera como algo estéril en su vida y que no merecía la pena tenerla allí en medio de su campo; por eso encarga al agricultor que cuida de sus campos que la arranque, ¿para qué tenerla allí si no da fruto? Pero aquel hombre apegado al cultivo de la tierra tenía otros criterios. Por eso le pide al dueño que la deje un año más que él la va abonar y cuidar con especial cuidado para lograr que dé sus frutos.

Esa higuera somos nosotros, los que a pesar de tantos mimos que hemos recibido, sin embargo no llegamos a dar fruto. Y ahí nos quiere hablar Jesús de la paciencia de Dios que nos cuida, que nos ama, que nos está ofreciendo continuamente nuevas llamadas de gracia. Pensemos cuánto estamos recibiendo del Señor cada día desde la vida misma, cuánto es lo que hemos ido recibiendo a lo largo de nuestra vida. Y el Señor nos llama y espera nuestra vuelta a El.

Es un mensaje repetido en el evangelio; recordemos a aquel padre que espera pacientemente la vuelta del hijo para el que hará una fiesta cuando el hijo regresa definitivamente a la casa. Es el médico que ha venido por los enfermos, y espera que el pecador se baje de la higuera, que el publicano se levante del garito de los impuestos, que la mujer pecadora venga a llorar a sus pies, que Pedro reconozca y llore su negación y le prometa una y otra vez su amor. El Señor lo sabe todo y conoce nuestro corazón, que es débil pero que quiere poner amor, por eso sigue confiando en nosotros, dándonos no una segunda sino múltiples oportunidades.

El Señor que nos ha perdonado tantas veces como aquel rey la deuda de su criado, sin embargo nos recriminará cuando nosotros no somos capaces de perdonar al que le haya hecho algo por mínimo que fuera. Por eso nos enseñará a pedir ‘perdónanos como nosotros perdonamos a nuestros deudores’. Y le dirá a Pedro que no siete veces sino hasta setenta veces siete, porque El ha venido para ofrecernos siempre su perdón y su vida.

Nos enseña a mirar las cosas que nos suceden con ojos de fe pero con el corazón puesto siempre en la misericordia del Señor. Dios no es el que está con la vara justiciera detrás de nosotros para castigarnos sino con el corazón de Padre abierto siempre a la ternura y a la compasión. No miremos como castigos divinos aquellos fracasos que tengamos que sufrir en la vida o aquellos otros acontecimientos que nos pudieran dañar. Dios nos llama con su amor, espera nuestra respuesta, está siempre con los brazos abiertos del amor y del perdón. Ojalá aprendiéramos a ser así nosotros con los demás.

viernes, 9 de julio de 2021

Sagacidad, vigilancia, atención, ojo avizor pero sin dejar meter la malicia en el corazón porque solo los sencillos y limpios de corazón podrán ver a Dios

 


Sagacidad, vigilancia, atención, ojo avizor pero sin dejar meter la malicia en el corazón porque solo los sencillos y limpios de corazón podrán ver a Dios

 Génesis 46,1-7.28-30; Sal 36; Mateo 10,16-23

Hay un dicho o refrán popular que dice que ‘camarón que se duerme, se lo lleva la marea (se lo lleva la corriente)’. Como todos los refranes populares encierra una sabiduría popular que nos previene contra la pereza, el descuido, las irresponsabilidades con que podemos vivir la vida. Cuántas oportunidades perdemos por no saber estar atentos y vigilantes para cuando pueda aparecer esa oportunidad; pero de cuántos peligros nos libraríamos también si tuviéramos ese ojo avizor que está atento a lo que sucede a su alrededor y de las cosas que nos pudieran afectar negativamente en la vida.

Creo que dentro de la madurez humana a la que todos aspiramos está esa vigilancia y atención a cuanto sucede en nuestro entorno, para evitar peligros, para aprovechar oportunidades, pero también para saber sacar provecho de aquello que nos sucede para ese nuestro crecimiento y maduración como personas.

Esto es algo que hemos de tener muy claro en el camino de nuestra vida cristiana. En nuestra oración, en la oración que nos enseñó Jesús, pedimos no caer en la tentación y vernos libres del mal, pero de alguna manera cuando lo hacemos estamos pidiendo esa luz, esa perspicacia, esa vigilancia con que hemos de estar para no vernos invadidos por el mal, y eso contando con la gracia del Señor.

Es lo que hoy también quiere decirnos Jesús en el evangelio. El camino no siempre es fácil; la tarea del anuncio del Reino de Dios que Jesús nos confía va a encontrar mucha contradicción a nuestro alrededor; mantener nuestra fidelidad y nuestra fe algunas veces se convierte en una tarea difícil por todas las influencias que podemos recibir de nuestro entorno; el camino del evangelio no se convierte en un camino de rosas, porque muchas van a ser las zarzas y las espinas que nos encontremos en el camino; quien lleva la luz del evangelio se convierte en un signo de contradicción en medio del mundo.

¿No fue ese el camino de Jesús? ¿No lo había anunciado así el anciano Simeón a su madre María? La imagen del hijo del hombre, varón de dolores, que nos presentan los profetas nos describe bien el camino de pasión de Jesús; y el discípulo no es más ni mejor que su maestro.

‘Mirad que yo os envío como ovejas entre lobos; por eso, sed sagaces como serpientes y sencillos como palomas’, les dice Jesús a sus discípulos. Y a continuación les hablará de cómo van a ser traicionados, cómo van a ser entregados a los tribunales para ser condenados, de todo el camino de persecuciones con que se van a encontrar. El león rugiente está acechando buscando a quien devorar, nos recordará san Pedro en sus cartas. Hoy Jesús nos habla de lobos que rodean a las ovejas, aunque ya en otro momento hablará de los buenos pastores que cuidan de su rebaño y están atentos a cuando pueda venir el lobo. Pero de alguna manera ahora nos está señalando lo que va a ser el día a día de nuestra vida.

Y nos pide Jesús, sagacidad y sencillez. Sagacidad que es lo mismo que vigilancia y atención, ese cuidado con ojo avizor con que hemos de estar en nuestra vida para que nos pueda venir la tentación. Pero al mismo tiempo nos habla de sencillez porque en esa vigilancia y atención, en esa sagacidad, no poder dejar meter la malicia, la mala intención o el mal deseo.

Estar vigilantes para no caer en las redes del mal no significa que llenemos el corazón de violencia o de deseos de venganza. Es también una tentación que nos puede aparecer en nuestro corazón. Por algo en las bienaventuranzas llamará dichosos a los que son limpios de corazón que además serán los que verán a Dios; no han dejado que se enturbie el corazón y por eso tendrán los ojos claros para ver las obras de Dios, la presencia de Dios.

viernes, 21 de mayo de 2021

La mano del Señor nos da siempre otras oportunidades, abre quizás otros caminos insospechados para nosotros, con el amor del Señor nuestros horizontes no se cerrarán

 


La mano del Señor nos da siempre otras oportunidades, abre quizás otros caminos insospechados para nosotros, con el amor del Señor nuestros horizontes no se cerrarán

Hechos de los apóstoles 25, 13b-21; Sal 102; Juan 21, 15-19

Estaban disfrutando del encuentro con el Señor resucitado. Allá en la orilla, mientras ellos se habían pasado la noche en el lago intentando pescar sin coger nada, estaba Jesús, aunque no lo habían reconocido. Muchas veces les costaba reconocerle, tenían sus miedos y sus dudas, pensaban en fantasmas o iban tan cegatos con sus preocupaciones que no se daban cuenta que era Jesús el que caminaba con ellos. Les sucedió a los de Emaús y ahora les sucede a aquel reducido grupo que con Pedro se habían ido de nuevo a las redes de pesca.

Cuando les habla desde la orilla interesándose primero por si han pescado algo y señalando luego que al otro lado de la barca hay un cardumen de peces, no lo reconocen. Sería Juan, el discípulo especialmente amado de Jesús, quien se diera cuenta y le dijera a Pedro por lo bajo que quien estaba en la orilla era el Señor. No fueron necesarias más palabras para que todos lo reconocieran, Pedro se lanzará al agua para llegar primero y los demás arrastrarán la barca con las redes con lo que habían pescado para llegar también a los pies de Jesús. Todo estaba preparado; ya había sobre unas brasas un pan recién preparado y unos peces que se estaban asando. Nadie preguntaba nada porque sabían ya que era Jesús.

Y es en medio de aquella alegría cuando surgen las preguntas de Jesús a Pedro que a todos sorprenderían. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ ¿Qué podía responder Pedro en aquel momento? En la cena había porfiado con el mismo Jesús diciéndole cuánto le amaba que estaba dispuesto a dar la vida por El. Tantas veces se había manifestado el amor fiel que Pedro sentía por Jesús para adelantarse en las respuestas a las preguntas que Jesús hiciera, para tratar de disuadirlo de que subiera a Jerusalén si le iba a pasar todo aquello que Jesús anunciaba, aunque eso no le podía pasar, allá en el huerto había sacado una espada que llevaba oculta para defender a Jesús en su prendimiento. Todo manifestaba el amor grande que le tenía y ahora Jesús viene preguntando ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’

Claro que por medio había unas sombras. En su afán por estar cerca de Jesús lo había seguido y se había metido en la boca del lobo; allá en el patio del pontífice se había mezclado con los criados y la soldadesca que había salido a prender a Jesús, quizás con el deseo de saber cómo acababa aquello y acaso con la esperanza de que pronto lo dejarían en libertad. Pero su acento lo delató, porque era galileo que tenían una forma distinta de hablar, alguno de los que habían ido al huerto lo había reconocido, y comienzan las preguntas. ‘Tú eres uno de ellos… tú eres galileo que el habla te delata… yo te vi en el huerto…’ claro se había hecho notar con lo herir en la oreja a uno de los criados del pontífice. Y no había podido resistir. El miedo lo había acobardado y no quería reconocerlo; había negado conocer a Jesús.

Pregunta de Jesús que se repite por tres veces, como tres habían sido las veces que le había negado antes de que el gallo cantara, como Jesús mismo se lo había anunciado. Amargas habían sido las lágrimas que había derramado a causa de aquella negación. Pero Jesús ahora parece que lo único que le interesa es su amor. ‘Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ Y así había sido la pregunta por tres veces también. ‘Tu sabes que te quiero, tu lo sabes todo…’ insiste Pedro una y otra vez no encontrando palabras con las que prometerle su amor. Pero Jesús parece que no está tan pendiente de la respuesta de Pedro sino de la misión que sigue confiándole. Un día le había dicho que era la piedra sobre la que fundamentaría su Iglesia y le daría las llaves del Reino de los cielos, ahora le confía su rebaño, sus ovejas, sus corderos. Ha de ser el buen pastor como Jesús, en nombre de Jesús, con la misma misión de Jesús.  Jesús sigue confiando en él.

¿Por dónde andan nuestras porfías de amor a pesar de nuestras debilidades, nuestras negaciones y nuestras caídas? Pongamos a juego todo nuestro amor, porque el amor de Dios sigue confiando en nosotros. Quizás los hombres no confiemos los unos en los otros cuando vemos debilidades y caídas – somos tan fáciles para retirar la confianza – pero la mano del Señor está siempre sobre nosotros, no nos abandona ni nos deja. La mano del Señor nos da otras oportunidades, abre quizás otros caminos insospechados para nosotros, con el amor del Señor nuestros horizontes no se cerrarán. No dejemos de confiar en el Señor y mostrarle nuestro amor que su amor no nos faltará, y siempre encontraremos caminos por donde mostrarlo.

miércoles, 22 de agosto de 2018

No andemos comparándonos los unos con los otros que no todos han tenido las mismas oportunidades, sino demos ocasión para desarrollar lo que cada uno vale



No andemos comparándonos los unos con los otros que no todos han tenido las mismas oportunidades, sino demos ocasión para desarrollar lo que cada uno vale

Ezequiel 34,1-11; Sal 22; Mateo 20,1-16

Siempre nos creemos merecedores de todo, nos creemos merecedores de algo mejor; no estamos contentos con lo que recibimos, no estamos contentos con la valoración que los demás hacen de nosotros; de alguna manera parece que nos sentimos injustamente tratados porque no nos tienen en cuenta como nosotros quisiéramos, no tienen en cuenta nuestras valores. Y aparece algo de vanidad, mucho también de orgullo, y vienen desavenencias y desconfianzas, surge la destructiva envidia.
Hoy se nos habla mucho de la autoestima, y está bien. Claro que tenemos que valorarnos, empezando por saber descubrir bien cuales son nuestros valores, nuestras cualidades, aquellas posibilidades que tenemos en la vida y desarrollarlo. Pero esa autoestima no está reñida con la sencillez y la humildad; esa autoestima no está en autocomplacencias y autosuficiencias que nos pudieran llevar a pedestales con los que queremos destronar a los demás. Nuestra autoestima no tiene por qué minusvalorar lo que son los otros, sino todo lo contrario tenerlos muy en cuenta, porque tendríamos que ser colaboradores los unos con los otros para hacer mejor las cosas, para hacer mejor nuestro mundo.
Pareciera que hay un conflicto de intereses entre la autoestima y la humildad, pero tendría que ser todo lo contrario. Humildad no es ponernos a menos, sino reconocer lo que en verdad somos, para valorar también lo que son los demás. La humildad no es autodestruirnos ni mucho menos, sino saber actuar calladamente sin aspavientos con aquello que somos, con lo que son nuestros valores y posibilidades. Autoestima no es darnos auto bombo, y en eso hay muchos que se confunden, porque lo que hacen es llenarse de vanidad y tratar de inflarse tanto que al final revientan en la realidad de lo que somos.
Me ha surgido toda esta reflexión sobre realidades de la vida, de lo que somos o de lo que algunas veces queremos aparentar, por abajo o por arriba, da igual, porque siempre puede ser vanidad, desde el pasaje del evangelio que hoy se nos propone. Pudiera parecernos que el evangelio quiere hablarnos de otras cosas, de que somos llamados a trabajar en la vida en cualquier momento o en cualquier circunstancia y hemos de estar siempre disponibles a escuchar esa llamada, pero me ha hecho pensar en todo esto lo que vemos al final de la parábola en la actitud exigente y displicente de los que protestan aunque le han dado justamente lo que habían acordado.
No pudieron resistirse aquellos obreros de la primera hora a compararse con los demás o con el trabajo que los otros habían hecho. Pero no eran capaces de apreciar la generosidad del dueño de la viña que en su corazón misericordioso quiso también valorar el trabajo de los que aparentemente habían hecho menos, habían hecho poco porque llegaron a última hora, pero con quienes quería ser generoso aquel buen hombre, quizá pensando en las necesidades que pudiera haber detrás y ocultas para la mayoría.
No podemos andar juzgando la generosidad del corazón de los otros; no podemos andar por la vida siempre haciéndonos comparaciones de los unos y los otros; no todos han tenido quizá las mismas oportunidades porque así es la realidad de la vida, pero con todos hemos de saber ser generosos no permitiendo que nos corroa por dentro la envidia o el amor propio herido. Cuidado con los pedestales a los que nos subamos.
Valorarnos, sí, tener nuestra propia autoestima, está bien, pero saber ir por la vida con sencillez y con humildad, poniendo siempre generosidad en nuestro corazón para saber valorar a los demás, ayudarlos a levantarse de momentos oscuros o de hundimiento por los que puedan estar pasando por la vida.