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viernes, 23 de octubre de 2026

Seamos capaces de discernir las señales aunque parezcan humildes y pequeñas que nos hacen sentirnos optimistas y llenos de esperanza para crear un mundo nuevo y mejor

 


Seamos capaces de discernir las señales aunque parezcan humildes y pequeñas que nos hacen sentirnos optimistas y llenos de esperanza para crear un mundo nuevo y mejor

Efesios 4, 1-6; Salmo 23;  Lucas 12, 54-59

Ahora todos entendemos del tiempo, es tema fácil de nuestras conversaciones y sobre todo los más veteranos del lugar siempre están pendientes del horizontes y de las señales del cielo, de las nubes, sus formas y su situación – es curioso como en nuestra tierra nos fijamos mucho en las formas que adquieren las nubes cuando están sobre el Teide -, de los vientos según vengan en un sentido o en otro, para decir el tiempo atmosférico que se avecina, si tendremos lluvias o tendremos calor; es cierto que hoy ya estamos más pendientes de las cartas de isobaras que vemos en las imágenes de la televisión que nos hablan de los pronósticos del tiempo.

Miramos las señales de nuestros tiempos atmosféricos pero quizás nos cuesta más hacer una lectura de la historia y de la vida, de los acontecimientos que se suceden en nuestro mundo y no llegamos a entender, o al menos en ocasiones hacemos oídos sordos, las señales que se nos dan de lo que es la sociedad en la que vivimos y los derroteros que quizás tendríamos que enmendar.

¿No será eso lo que Jesús nos quiere decir con las palabras que le escuchamos hoy en el evangelio? Después de decirnos que sabemos hablar mucho del tiempo, nos afirma, ‘sabéis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, pues ¿cómo no sabéis interpretar el tiempo presente? ¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que es justo?’ Es lo que solemos llamar los signos de los tiempos. Tenemos que aprender a leer nuestra historia, que no es necesario que hagamos un viaje muy largo a tiempos pasados, sino saber descubrir en esos acontecimientos cercanos a nuestro tiempo presente como también los acontecimientos que vamos viviendo en nuestra propia vida para hacer un discernimiento de cuanto acontece.

Pero cuidado con la luz que ponemos en nuestros ojos porque también podríamos tener la tentación de ser catastrofistas para verlo todo negro y no descubrir tras esa pantalla de tantas cosas que nos parece que lo llenan todo de oscuridad luces tintineantes, muchas veces como rescoldos, que nos dicen que aun queda una llama que podemos reavivar, que tenemos que saber discernir para no apagar esa pabilo humeante del que podemos hacer brotar una llama que llene de renovado calor la vida para hacerla de nuevo resplandecer.

Hay todavía en nuestro mundo pequeñas semillas que un día germinarán y nos podrán ofrecer bellas flores prometedoras de exuberantes frutos. Seamos capaces de fijarnos y valorar esas pequeñas luces que podemos encontrar a nuestro alrededor porque si sabemos unirlas y hacerlas entrar en comunión podremos hacer que brillen resplandecientes estrellas que como soles iluminen nuestro camino.

San Pablo hoy en la carta a los Efesios que estamos escuchando estos días cuando nos pide que vivamos conforme a la vocación a la que hemos sido convocados y nos señala esas cosas que nos pueden parecer pequeñas y humildes pero que pueden tener, que van a tener mucha importancia en nuestra vida. ‘Sed siempre humildes y amables, nos dice, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz’. Todo un hermoso programa, todo un catálogo de virtudes y valores que hemos de desarrollar, humildad, amabilidad, comprensión y aceptación mutua, amor y comunión que serán constructores de la verdadera paz.

Fijémonos, pues, en esa gente humilde y sencilla que camina a nuestro lado, que no hace ruido pero que deja una hermosa huella tras de sí; sintamos admiración por quienes tienen un corazón siempre comprensivo y lleno de misericordia; apoyemos a tantos que sin gritos sin embargo están siempre buscando el encuentro entre unos y otros, que son capaces de promover momentos de encuentro y cercanía entre todos siendo lazos de unión y promotores de todo aquello bueno que nos hace sentirnos que vamos en el mismo barco y todos tenemos que remar en la misma dirección.

Son las señales de algo nuevo que puede surgir en nuestro mundo, son señales de que el Reino de Dios no está agostado, son señales de esa pequeña semilla que hemos de sembrar pero que un día germinará en una vida nueva para nuestro mundo. Con ojos de fe tenemos que saber mirar nuestro mundo y cuando sucede a nuestro alrededor, Dios nos está dejando señales de que en verdad podemos hacer un mundo nuevo y mejor.


miércoles, 14 de enero de 2026

Seamos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciendo el anuncio del Reino de Dios con obras y palabras

 


Seamos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciendo el anuncio del Reino de Dios con obras y palabras

1Samuel 3, 1-10. 19-20; Salmo 39; Marcos 1, 29-39

Las señales de Dios se van manifestando. La aparición de Jesús haciendo aquel primer anuncio de la llegada del Reino de Dios fue un rayo de esperanza para aquellos  pueblos. Las tinieblas pujaban por permanecer pero la luz se va abriendo paso en aquellos corazones. Se sorprenden con las palabras de Jesús, se sorprenden con los signos que realizaba y que manifestaban que Dios estaba con El. Era su presencia, su cercanía, sus palabras, los signos que se manifestaban en su vida. Quería estar cerca de todos y se dejaba llevar allí donde hiciera falta.

Hoy nos dice el evangelista que después de salir de la sinagoga, allí donde había liberado de su mal a aquel hombre poseído por un espíritu inmundo, los primeros discípulos, aquellos que primero han escuchado su llamada y ya le siguen de cerca, Santiago y Juan a los que había invitado a seguirle para ser pescadores de hombres, se llevan a Jesús a casa de Simón y de Andrés y le dicen que la suegra de Simón está enferma, está en cama.

¡Qué hermosa sintonía de aquellos primeros discípulos que viendo lo que hace y enseña Jesús le cuentan también de sus incidencias familiares o de sus vecinos! Algo en lo que es necesario detenernos en nuestra reflexión. Somos los discípulos de Jesús, al menos nos gloriamos de llamarnos cristianos, pero ¿hasta dónde llega nuestra sintonía y nuestra sensibilidad en nuestro trato con el Señor? ¿Le hablamos a Dios de lo que vemos y de lo que palpamos a nuestro alrededor?

Por distintas circunstancias, confieso, que estos días he caminado por distintos rincones de mi pueblo, con ese crecimiento demográfico de la población, las nuevas viviendas que se van promoviendo y levantando por distintos sitios y pensaba en qué medida los que nos llamamos cristianos sentimos inquietud por esas poblaciones que parecen tan alejadas de Dios, tan alejadas de la vida de la Iglesia, aunque estén viviendo casi a sus puertas. ¿No nos hará falta un mayor sentido misionero a los que nos sentimos más cercanos de la Iglesia para hablarle a Dios de esas gentes, pero para hablarle a esa gente de que el Reino de Dios está cerca? La verdad, os digo, que sentía una inquietud en mi interior que me hacía preguntarme a mí mismo por muchas cosas.

Y siguiendo con el comentario del evangelio vemos cómo Jesús se acerca a aquella mujer, la toma de la mano y la levanta. Y aquella mujer que estaba postrada en su enfermedad, inmediatamente se puso a servirles. Postrados y encerrados en nosotros mismos es la peor enfermedad, que nos vuelve pasivos, que nos hace insolidarios, que nos hace pensar solo en nosotros mismos y agrandamos incluso los males que nos envuelven quizás buscando una compasión. ¿No necesitaremos esa mano de Jesús que nos levante y nos ponga en camino de servicio? Seguro que nos sentiremos sanados desde lo más hondo y se acabará toda pasividad e insolidaridad, se descorrerán esos nubarrones que oscurecían nuestra vida y nos sentiremos con una vitalidad nueva. ¿Dejaremos que Jesús tienda su mano sobre nosotros y nos levante? ¿Seremos capaces de ser mano de Jesús para ayudar a levantar a tantos a nuestro alrededor haciéndole el anuncio del Reino de Dios?

No quiero alargarme en el comentario. Al anochecer se agolpan muchos a la puerta para que Jesús los cure. A la mañana siguiente lo buscarán porque seguirán con sus deseos de estar con El. Jesús se había retirado al descampado para orar. Pero Jesús les dice que hay que ir a otros sitios, porque a todos ha de hacer aquel anuncio del Reino de Dios.

Después de estar con Jesús y escuchar su Palabra, ¿sentiremos nosotros deseos de ir a otros sitios para hacer también a todos ese anuncio del Reino de Dios?


viernes, 28 de noviembre de 2025

Aun en el más crudo invierno cuando comienzan a mermar los fríos podremos ver las yemas que van hacer brotar una nueva rama de vida, sepamos discernir las señales

 


Aun en el más crudo invierno cuando comienzan a mermar los fríos podremos ver las yemas que van hacer brotar una nueva rama de vida, sepamos discernir las señales

Daniel 7,2-14; Dn 3,75-81; Lucas 21,29-33

Necesitamos que las palabras se hagan música, para que suenen de forma agradable a nuestros oídos y se  hagan poesía para que en cierto modo nos hagan soñar en que es posible algo nuevo y distinto y es posible encontrar la belleza. Lo necesitamos como un florecer de primavera que nos hace dejar atrás los rigores del invierno y que al tiempo se convierte en anticipo de verano de frutos  y cosechas. Nos es duro atravesar por climas duros y extremos por eso queremos rodearnos del encanto de los brotes de primavera anuncio de próximo jardín de flores que llena de paz y de serenidad nuestro espíritu.

Pero ahora yo diría que no es lo que desde fuera podamos recibir, sino lo que en verdad nosotros podemos construir, no pueden ser solo palabras que nos encanten en nuestros oídos, sino un palpitar de vida en el corazón que nos impulse a resaltar todo lo que es belleza y podemos transformar en vida. No es la actitud pasiva que se limita a disfrutar del jardín que otros puedan ofrecerle, sino que tienen que ser las semillas que nosotros vayamos plantando para hacer florecer ese jardín de la vida.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla del brotar de la higuera que nos anuncia primavera para decirnos cómo tenemos que estar atentos a esos brotes que a nuestro alrededor o en nosotros mismos puedan ir surgiendo para saber discernir lo que en verdad tenemos que hacer. Aun en el más crudo invierno cuando comienzan a mermar los fríos podremos ver las yemas que en esas plantas comienzan a coger forma para hacer brotar una nueva rama que un día se llene de flores anuncio de sabrosos frutos.

Jesús nos está pidiendo hoy que sepamos estar atentos a los signos de los tiempos que nos puedan anunciar ese rebrotar de la vida donde antes solo quizás veíamos la negrura y sequedad de lo que nos parecía que estaba muerto. Nos ha venido hablando Jesús en estos días de esas situaciones difíciles a las que muchas veces tenemos que enfrentar, esos frentes borrascosos que tenemos que atravesar. No podemos quedarnos paralizados por un mundo de muerte que podamos encontrar a nuestro alrededor cuando faltan ilusiones y sobran ambicione, cuando parece que decae lo que llena nuestro espíritu mientras queremos suplantar con materialismo lo que nos puede faltar en la vida.

Ese mal y esa muerte no es definitiva, y bien lo proclamamos los cristianos que creemos y proclamamos a Cristo resucitado. La muerte no tuvo la última palabra porque pronto vimos como resurgió la vida en Cristo resucitado que se convierte así en el centro de nuestra vida y de nuestra esperanza. Es nuestra fe y es nuestra esperanza, es nuestra tarea y es nuestro compromiso.

Estemos, pues, atentos a tantas señales de vida que podemos contemplar a nuestro alrededor. No todo es materialismo sino que también encontramos personas inquietas y en camino de búsqueda de algo distinto y mejor; esa búsqueda y defensa de la dignidad de las personas, por ejemplo, que vemos como una corriente a nuestro alrededor, algunas veces marcadas es cierto por ciertas ideologías, sin embargo sepamos discernir y ver que en el fondo hay buenas semillas que tienen que ser para nosotros un aliciente para seguir queriendo construir ese mundo mejor que llamamos reino de Dios. Así podríamos encontrar mucha gente generosa que trabaja por los demás, que busca el bien y quiere una mayor autenticidad en la vida.

¿Por qué no sabemos leer ahí las señales que Dios está poniendo en nuestro camino de que es posible hoy también ese mundo mejor, que nosotros llamamos el Reino de Dios? Desarrollemos esas inquietudes que también tenemos en nuestro interior, hagamos en verdad hacer florecer una nueva primavera. Es posible. Hay señales, hay brotes que tenemos que cuidar y cultivar, que tenemos que saber aprovechar. Llenemos de música con sonido de primavera nuestra vida y podremos estar entrando en un mundo de nueva armonía, un mundo en el que finalmente brille la paz.

viernes, 24 de octubre de 2025

Aprendamos a rumiar cuanto nos sucede con una mirada nueva para llegar a descubrir la mano de Dios, la presencia de Dios que viene a nosotros con su salvación

 


Aprendamos a rumiar cuanto nos sucede con una mirada nueva para llegar a descubrir la mano de Dios, la presencia de Dios que viene a nosotros con su salvación

Romanos 7, 18-24; Salmo 118; Lucas 12,54-59

La vida nos va enseñando, de la vida vamos aprendiendo. Las experiencias que vivimos nos enseñan, si somos capaces de ser reflexivos, de masticar y rumiar en nuestro interior lo que nos va sucediendo para sacar lecciones. Así vamos mostrando nuestra madurez. Son los mismos acontecimientos, las señales de la naturaleza, las cosas que vemos hacer a los demás en lo que vamos aprendiendo. Pero es necesario ir acumulando esa sabiduría en nuestro interior, guardándolos en la biblioteca de nuestro corazón para cuando lleguen semejantes circunstancias recordemos lo que hicimos, lo que nos salió mal, lo que nos fue productivo y ahora haciendo un juicio de valor de lo que nos sucede saber interpretar, saber actuar.

Lecciones que no siempre nos dan los libros, pero tenemos el libro de la vida de donde aprender. Claro que también lo que hemos estudiado tiene que servirnos para esa formación, para alcanzar esa madurez, porque también con esas mismas técnicas de estudio que hemos seguido, las empleamos para analizar la vida conjuntando todos esos conocimientos.

Triste los que en la vida siguen siendo niños, no por esa ingenuidad maravillosa para no ver malicias, sino porque no hemos crecido, porque no hemos madurado, porque no hemos aprendido de esas lecciones de la vida. Son cosas en las que tenemos que pararnos a pensar muchas veces analizando esa madurez que hemos ido alcanzando, no para llenarnos de orgullo y sentirnos por encima de los demás, sino para tener esa sabiduría de la vida.

Podemos estar pensando en el lado de los conocimientos humanos, pero también en lo que son nuestras relaciones con los demás, como también en ese sentido hemos de pensar en ese compromiso que tenemos con la vida y con el mundo que nos rodea, del que no podemos sentirnos ajenos o alejados sino ver esa seriedad de la vida y lo que a la mejora de ese mundo tenemos que contribuir.

Pero además es algo que arranca también de nuestra fe que tiene que llevarnos a ese compromiso con nosotros mismos, pero también a ese compromiso con la sociedad que nos rodea o con esas personas con las que hacemos camino en común.

Hoy en el evangelio Jesús quiere hacernos pensar, precisamente partiendo de esa lectura humana que hacemos de la vida y los acontecimientos, para que seamos capaces de ver las señales de Dios. No vemos a Dios decimos a veces, o dicen tantos a nuestro lado. Hay que abrir los ojos, hay que descubrir las señales, hemos de aprender a entrar en una sintonía espiritual, hemos de saber elevarnos de esa materialidad de la vida que algunas veces nos vuelve insensibles a las cosas del espíritu. Nos entorpecemos para lo espiritual cuando vivimos demasiado obsesionados con lo material, con lo económico, con la riqueza que deseamos tener, o con el poder que queremos alcanzar. ¿Estará ahí lo que en verdad va a dar más plenitud a nuestra vida? ¿Será esa nuestra verdadera riqueza y nuestra auténtica sabiduría?

La gente en muchas ocasiones le pedía a Jesús signos de que en verdad era el enviado del Señor, y no sabían leer los signos que Jesús continuamente realizaba en medio de ellos. Incluso en los milagros que Jesús hacía no sabían ver esas señales de Dios; recordemos como algunos incluso se los quieren atribuir al poder del espíritu del mal. Quizás la multiplicación de los panes les valía solamente para llenar sus estómagos sin caer en la cuenta del signo del alimento mejor que Jesús estaba ofreciéndoles; la curación de un enfermo, un paralítico, un ciego o un leproso, solo lo veían como el beneficio de estar sanos en su cuerpo o en sus sentidos, pero no caían en la cuenta de la salud más honda que Jesús en verdad nos viene a traer con su salvación.

Sepamos descubrir en el mundo de hoy esas señales de Dios, sepamos leer la historia de cada día con ojos de fe, en la bondad de tantos a nuestro alrededor que ofrecen con generosidad sus vidas para hacer el bien, veamos una presencia de Dios que nos habla, que nos llama, que nos da una nueva visión, que nos hace tener una mejor sabiduría de la vida.

¿Aprenderemos a rumiar cuanto nos sucede para llegar a descubrir la mano de Dios, la presencia de Dios que viene a nosotros con su salvación?

viernes, 25 de octubre de 2024

Necesitamos aprender a discernir las señales que Dios hoy va poniendo en nuestro camino para desde nuestra fe dar respuesta a los problemas de la vida

 


Necesitamos aprender a discernir las señales que Dios hoy va poniendo en nuestro camino para desde nuestra fe dar respuesta a los problemas de la vida

Efesios 4, 1-6; Salmo 23; Lucas 12, 54-59

Cuando hoy queremos emprender una tarea, realizar una obra, sacar adelante una empresa o simplemente construir una casa no lo hacemos ‘a lo loco’, podríamos decir, sino que previamente hay que planificar bien lo que queremos hacer, hacemos un proyecto decimos, pero estudiamos sus posibilidades, las salidas que pueda tener lo que emprendemos; todo un trabajo técnico, si queremos llamarlo así, pero diríamos que es algo que hemos de llevar a cabo con todo cuidado. Hoy tenemos estudios y posibilidades de analizar todas las circunstancias que van a rodear aquello que emprendemos y a través de señales, podemos decir así, que nos da la misma sociedad en que vivimos, lo que sucede, lo que son las apetencias de la gente, las nuevas costumbres que van surgiendo, las necesidades, con todas esas circunstancias podemos conocer bien aquello en lo que nos metemos, hacia donde vamos y lo que podemos hacer.

¿Por qué seremos tan cuidadosos en la vida de nuestros negocios para ver las ganancias que podemos obtener pero no somos igualmente cuidadosos con nuestra vida para encontrarle el sentido profundo que tendríamos que darle? Es la tarea humana en la que de verdad tenemos que embarcarnos para que realmente vayamos creciendo más y más como personas, para desarrollar nuestras capacidades y valores, para darle verdadera profundidad a lo que hacemos.

Y lo decimos en ese plano humano, que va más allá de unos rendimientos económicos que podamos obtener y de lo que tanto nos preocupamos, pero también tenemos que hablarlo del sentido espiritual de nuestra existencia. Somos algo más que un cuerpo que come y que crece, que pueda encontrar unas satisfacciones físicas o pasionales, hay algo dentro de nosotros que nos tiene que hacernos elevar en la vida porque sería lo que nos daría verdadera profundidad.

Lo tenemos que mirar también en el camino de nuestra fe y de lo que tiene que ser nuestra vida cristiana. No lo podemos reducir a unas buenas costumbres o al seguimiento o cumplimiento de unas tradiciones. Algo más tiene que ser la fe y el evangelio en nuestra vida, porque no es solo un barniz que ponemos por fuera para que brille en unos determinados momentos; ya sabemos que los barnices al final se hacen opacos y ya no nos valen para mantener el autentico brillo; necesitamos renovarnos, como necesitamos renovarnos nosotros mismos, pero no desde el exterior, sino desde lo más hondo de nuestra vida.

Y es que con nuestra fe tenemos que responder a lo que es la vida que hoy vivimos; es ahí donde tenemos que vivirla y expresarla y con lo que tenemos que darle un sentido a todo cuanto hacemos. Necesitamos una profundidad espiritual. Necesitamos aprender a dar esa respuesta allí donde estamos. Pero para ello hemos de saber tener una sabia mirada a lo que es nuestra vida, pero también a ese mundo en el que estamos. Y esa renovación que surge será verdadera transformación, será verdadera levadura para ese mundo en el que vivimos.

Hoy hemos escuchado en el evangelio que Jesús les decía a la gente de su tiempo que sabían leer los signos del tiempo, si había nubes o si venía el bochorno y el viento del mar o del desierto, para saber qué tiempo tendrían, pero les echaba en cara que no habían sabido leer los signos de los tiempos. Sí, en aquello que estaba sucediendo, en la propia historia que estaba viviendo tenían que saber leer las señales que Dios iba poniendo en todo aquello. Así discernimos lo que es la voluntad de Dios, así discernimos lo que es plan de Dios, así ellos entonces tenían que descubrir esas señales de Dios en lo que Jesús les decía o lo que Jesús hacía. Pero no habían sabido hacerlo.

Pero no es la recriminación de Jesús solo para aquellas gentes sino que esas palabras de Jesús nos valen para nosotros hoy. Tenemos que aprender a hacer esa lectura de la vida, de lo que sucede en el hoy de nuestra historia, de aquello también de lo que somos herederos, es cierto, pero del momento presente, porque Dios también va poniendo señales en nuestro camino para que nos encontremos con El, para que descubramos de verdad el sentido que desde nuestra fe tenemos que darle al mundo de hoy, a la vida que vivimos en ese mundo concreto en el que estamos.

Necesitamos esa sabiduría del Espíritu que nos ilumine y que nos guíe. Pero tenemos que dejarnos conducir. Muchas son las señales que en la Iglesia podemos encontrar, muchos son los signos que en las necesidades y problemas de nuestro tiempo hemos de saber encontrar. Ahí tenemos una llamada de Dios. No cerremos los ojos; no nos hagamos oídos sordos; sintonicemos con esa Sabiduría de Dios para leer los signos de nuestro tiempo. Si somos tan listos para las cosas de la vida, seamos listos para discernir las señales de Dios.

miércoles, 21 de febrero de 2024

Sabemos interpretar los signos y señales de nuestras calles pero no sabemos interpretar los signos de Dios en nuestra vida que de tantas maneras se nos manifiestan

 


Sabemos interpretar los signos y señales de nuestras calles pero no sabemos interpretar los signos de Dios en nuestra vida que de tantas maneras se nos manifiestan

 Jonás 3, 1-10; Salmo 50;  Lucas 11, 29-32

En la vida casi sin darnos cuenta estamos rodeados de signos y señales que de alguna manera marcan lo que hacemos, a donde vamos, donde no podemos estar y muchas cosas así. ¿Queremos salir de un edificio? Buscamos la señal que nos indique donde está la puerta de salida; ¿queremos buscar una determinada cosa? Nos encontraremos señales que nos indiquen a donde debemos ir, donde debemos preguntar, y así muchísimas cosas más. Vamos por nuestras calles y caminos, y nos entraremos toda una serie de señales que nos dan direcciones, por donde podemos pasar o no, donde hay un peligro. Y vamos atendiendo a esas señales, y obedecemos esas señales que nos dan direcciones, prohibiciones o indicaciones de cómo debemos ir.

Pero ¿esas son las únicas señales o signos que nos vamos a encontrar en la vida? Decimos que tenemos que saber interpretar los signos de los tiempos, como aquellas cosas que podemos descubrir en la naturaleza que nos anuncian un tiempo meteorológico, o nos pueden prevenir incluso de posibles sucesos extraordinarios. Pero creo que pensando en signos de la vida, podemos o tenemos que saber descubrir mucho más. Hay cosas que nos pueden ayudar a descubrir la marcha de la humanidad, de la sociedad en la que vivimos, y por ahí andan los economistas haciéndonos anuncios de lo que nos puede devenir en el futuro, sociólogos que quieren interpretar la marcha de la sociedad, o personas visionarias que quizás unas veces de forma calamitosa, y otras con buen sentido nos hacen pensar en lo que estamos haciendo con la vida.

Pero creo que no nos podemos quedar ahí, ni perder solo en esas cosas. Como creyentes también hemos de tener como un sentido de Dios para descubrir señales que Dios pone en la vida, pone en nuestro mundo, pone en lo que sucede a nuestro alrededor y nos tendrían que hacer descubrir lo que Dios quiere de nosotros, a lo que Dios nos llama, el compromiso que como creyentes y cristianos también tendríamos que asumir en la vida.  Necesitamos tener una sintonía de Dios en nuestro corazón, necesitamos darle una visión profunda a nuestra vida desde una espiritualidad que vayamos construyendo en nuestro corazón.

No es cuestión de buscar milagros, o cosas extraordinarias. Es saber descubrir, quizás desde pequeñas cosas, ese sentido nuevo para nuestra vida. Tenemos que saber afinar, por decirlo así, las antenas del alma para poder entrar en esa sintonía de Dios que nos hablará quizás muchas veces a través de pequeñas cosas. Son esos signos, son esas señales que Dios va poniendo a nuestro lado, en cosas que nos suceden, en personas que nos acompañan, en buenas palabras que escuchamos y pueden hacernos pensar, en testimonios que contemplamos a nuestro lado en personas sencillas y de humilde corazón pero que están llenas de Dios.

Hoy escuchamos en el evangelio la queja de Jesús sobre aquella generación que no hacía sino pedir signos y milagros, pero no sabían sin embargo descubrir el milagro de Dios, el signo de Dios que en Jesús tenían delante de ellos. Jesús les recuerda que los ninivitas supieron comprender el signo de Jonás que apareció predicando en medio de ellos y le escucharon y se pusieron en camino de conversión. Les recuerda aquella reina del Sur que desde lejos vino para conocer a Salomón por su sabiduría, pero ahora les dice que hay alguien delante de ellos que es mucho más que Salomón. Y Jesús les viene a decir que no hay más signo que el Hijo del Hombre, no hay más signo para ellos que Jesús mismo.

¿Estaremos pidiendo también nosotros milagros y cosas extraordinarias en nuestro tiempo? Bien sabemos que somos muy crédulos y somos capaces de ir de aquí  para allá porque nos dicen que aquel lugar es muy milagroso, que allí están sucediendo cosas extraordinarias, milagros y curaciones, pero no sabemos descubrir el signo de Dios que tenemos delante de los ojos, no sabemos apreciar todo lo que en la Iglesia podemos recibir, no sabemos apreciar la riqueza de la Palabra de Dios que cada día se nos ofrece, no sabemos apreciar la riqueza de gracia que son los Sacramentos donde Dios mismo se hace presente en nuestra vida.

Pero como decíamos, descubramos con ojos de fe esos signos sencillos pero maravillosos que de mil maneras Dios va poniendo en nuestro camino. Sepamos entrar en esa sintonía de Dios y dejémonos conducir por su Espíritu que de tantas maneras llega a nuestra vida. Sabemos interpretar los signos y señales de nuestras calles pero no sabemos interpretar los signos de Dios en nuestra vida.

viernes, 27 de octubre de 2023

Miramos la vida y contemplamos cuanto sucede, encontremos la sabiduría que nos da unos ojos distintos, una mirada nueva sobre cuanto acontece y nos comprometemos

 


Miramos la vida y contemplamos cuanto sucede, encontremos la sabiduría que nos da unos ojos distintos, una mirada nueva sobre cuanto acontece y nos comprometemos

Romanos 7, 18-24; Sal 118; Lucas 12,54-59

Saber leer la vida es una sabiduría. Es importante. Es necesario. Como nos echa en cara hoy Jesús en el evangelio sabemos interpretar las señales de las nubes para decir que tiempo es o podemos esperar, pero no sabemos leer las señales de los tiempos. Sobre todo en las gentes de nuestros campos, no sé si por estar más en contacto con la naturaleza, o depender en cierto modo de lo que la naturaleza nos ofrece para que nuestros trabajos sean más productivos están ‘barruntando’ como decimos en nuestra tierra si el tiempo está del norte o del sur, si las nubes nos traen agua, o más bien nos anuncian vientos y temporales. Recuerdo a mi abuelo en la tarde pendiente de las nubes, de las señales de la luna o si había no había nubes cubriendo nuestro Teide. Hoy quizás hasta eso las nuevas generaciones lo hemos olvidado.

Pero no nos quedemos en las nubes, sepamos leer la vida, la historia, lo que acontece a nuestro alrededor. Como decíamos al principio, es una sabiduría que no todos sabemos alcanzar. Pero es que en nuestras carreras vamos a lo que salga; no nos detenemos, nos cuesta analizar lo que sucede, es necesario ser más reflexivos y para eso necesitamos estar con los ojos más abiertos. Quizás estamos más pendiente de si el vecino hizo esto o aquello para entrar en nuestros juicios, pero no somos capaces de reflexionar sobre la marcha de la vida.

Nos vemos aturdidos por los acontecimientos, pero parece como si un destino ciego nos estuviera conduciendo de manera que no reaccionamos. En nuestras tertulias o charlas de café, por llamarlas de alguna manera, somos capaces de ponernos con nuestras lamentaciones o con las culpabilizaciones de rigor porque parece que siempre tenemos a quien echarle la culpa, pero no llegamos a la conclusión de mirarnos a nosotros mismos para reaccionar, para poner nuestro grano de arena constructiva, para darnos cuenta de qué parte tenemos nosotros que poner o que no hemos puesto para que la sociedad marche como está marchando.

Los cristianos tenemos que tener criterios claros sobre cuál ha de ser nuestra participación. Razones y motivos tenemos para ir poniendo en nuestro mundo unos valores nuevos. Si nos llamamos cristianos es porque hemos hecho una opción por nuestra vida cuando decimos que creemos en Jesús y que El es nuestro Salvador; tenemos unas claves en ese Reino de Dios en el que creemos y que sabemos que tenemos que construir; tenemos claro unos valores que tenemos que desarrollar porque sabemos el mundo que queremos. Y es por ahí por donde tenemos que apostar. Sabemos bien qué es lo que va a humanizar nuestro mundo y por eso tenemos que luchar.

Y miramos la vida, y contemplamos cuanto sucede, y hemos de tener unos ojos distintos, una mirada nueva sobre todo eso que acontece. Y tenemos que aprender; y tenemos que analizar cuales son los errores que estamos cometiendo para enmendarlos, para hacerlo de una manera nueva y distinta. Y tenemos que saber escuchar esa llamada que Dios nos está haciendo desde esas mismas cosas que suceden. No para crear alarmas, no para ser catastrofistas, que de esos hay muchos en el mundo, pero esa no es la manera. Los miedos no son los mejores consejeros ni serán nunca la fuente de la sabiduría para construir lo nuevo. Sabemos que la semilla sembrada en silencio es la que puede germinar para que surja una nueva planta, una nueva vida. Es por donde tenemos que caminar.

Podemos alcanzar esa sabiduría que nos hará no solo saber leer la vida, sino comenzar a poner manos a la obra para transformarla.  Podemos saber el sentido de las nubes de la vida y aprovechar la fuerza que nos viene de lo alto para generar nueva vida. Y es una tarea que no hacemos solos, porque el Espíritu del Señor está con nosotros para ser nuestra sabiduría y nuestra fuerza.

miércoles, 20 de septiembre de 2023

Que Dios ponga luz en nuestro corazón y en nuestra mente para captar esas señales para descubrir lo que son los mejores anhelos de los que nos rodean



 Que Dios ponga luz en nuestro corazón y en nuestra mente para captar esas señales para descubrir lo que son los mejores anhelos de los que nos rodean

1 Timoteo 3, 14-16; Sal 110; Lucas 7,31-35

Vamos por la vida demasiado absortos en nosotros mismos, en nuestras cosas, en nuestras preocupaciones y perdemos la capacidad de entrar en sintonía con los demás, captar lo que en verdad sucede a nuestro alrededor, ver tantas señales de cosas buenas de las que incluso podríamos disfrutar, o también darnos cuenta del sufrimiento de los que están a nuestro lado y podríamos consolar.

Y lo que acontece a nuestro alrededor son llamadas que hemos de escuchar qué pueden decirnos muchas cosas, pueden ser toques de atención que nos tendrían que hacer que andemos precavidos para no caer quizás en los mismos errores, o caminos nuevos que se abren ante nosotros que podrían llevarnos a algo grande.

Muchas veces nos habla jesús de los signos de los tiempos a los que hemos de estar atentos; claro que no se trata de asuntos de metereología si va a llover o a hacer viento, pero sí del tiempo que vivimos, del estado de nuestra sociedad y de los derroteros por donde caminamos, donde tenemos nuestra parte, en cuanto que por lo que hacemos o dejamos de hacer llegamos a las situaciones en que nos encontramos y no tendríamos que volver a los mismos errores porque nos llenemos de confianza en que no nos pasa nada, o porque también tenemos que comprometernos positivamente en hacer que las cosas sean distintas.

Quizás nos viene bien una vida cómoda y sin preocupaciones simplemente dejándonos llevar por lo que va saliendo, pero como seres humanos y que vivimos en una sociedad no podemos desentendernos y enredarnos en nosotros mismos sin hacer nada positivo. Mejor supiéramos abrir los ojos. Pero ahí vamos sin darnos cuenta de lo que nos puede venir en el futuro.

Hoy hemos escuchado a Jesús en el evangelio qué es lo que va a ser de aquella generación en la que vive. ¿En que va a terminar todo? Y hace una comparación muy curiosa. Los compara con los niños que juegan en la plaza, donde en ocasiones parece que no se saben poner de acuerdo. Unos quieren danzar y cantar, pero los otros pasan de todo y no entran a participar en la fiesta; por otra parte andan algunos preocupados, pero los que están a su lado no se dan cuenta de su situación y también pasan de ellos. Como dice Jesús en una frase que se ha convertido en proverbial: 'Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado'.

Pero Jesús no se queda en el proverbio, sino que les va a hablar de algo concreto haciendo una referencia a Juan el Bautista y a sí mismo. Juan les parecía duro y exigente y por eso no querían escucharlo, porque los invitaba a la conversión y al cambio de vida. La austeridad de Juan les asustaba. Ahora está Jesús en medio de ellos, se manifiesta con su cercanía a todos, comparte con todos, vive la vida de ellos y con ellos participa incluso en los banquetes a los que le invitan, por una parte recordamos la invitación de Simón el fariseo, pero también comía con los publicanos y pecadores cuando quiso comer en casa se Zaqueo, o fue invitado por Mateo en el momento de comenzar a seguirle. Y ahora a Jesús lo consideran un comilón y un borracho, lo consideran un pecador porque se acerca a los pecadores para llevarlos por nuevos caminos.

Tenemos que saber descubrir los caminos del Señor, su presencia entre nosotros, su palabra que nos habla también a través de esos acontecimientos de la vida, de eso que cada uno le está pasando allá en lo profundo de su corazón, o de aquello que contempla en los demás. Hay una sintonía de Dios que hemos de saber captar. Y la llamada de Dios es siempre para la esperanza y para la vida, hemos de saber confiar si con sinceridad le escuchamos y le abrimos el corazón.

Pero hemos de saber abrir tambien el corazon a los demás, saber descubrir los mejores anhelos del mundo que nos rodea, como ser sensible también a los sufrimientos de tantos, que quizás lo llevan oculto en el corazón, pero que andan con pasos cansinos por la vida en medio de los tormentos que llevan por dentro. Que Dios ponga luz en nuestro corazón y en nuestra mente para captar esas señales, que sintamos la fuerza de su Espíritu para emprender su camino que nos llevará siempre a una cercanía de los que nos rodean.


martes, 25 de octubre de 2022

Descubramos esas pequeñas semillas de mostaza, esa levadura que se está diluyendo en la masa de nuestro mundo y que un día ha de fermentar, porque Dios también está ahí

 


Descubramos esas pequeñas semillas de mostaza, esa levadura que se está diluyendo en la masa de nuestro mundo y que un día ha de fermentar, porque Dios también está ahí

Efesios 5, 21-33; Sal 127; Lucas 13, 18-21

Para los que tenemos siempre muchas prisas y queremos todo de inmediato nos viene bien escuchar las parábolas que nos ofrece hoy Jesús en el evangelio. Siempre tenemos prisa, queremos las cosas de inmediato; los medios que hoy se nos ofrecen, la tecnología que se vive tan intensamente, las redes sociales que nos ponen en comunicación de inmediato con cualquier en cualquier parte del mundo, contribuyen aun más a estas prisas y carreras en que vivimos y que de alguna manera nos pueden impedir el saborear las cosas de cada momento. Y hasta nos volvemos exigentes, porque si no nos responden de inmediato ya es que no nos hacen caso, que nosotros poco importamos para esas personas y no nos damos cuenta del ritmo real que cada persona lleva allí donde esté y que no sabemos bien cuales son las circunstancias que viven.

Con esto hablamos de nuestras relaciones interpersonales, con esto podemos hablar de las inquietudes que podamos sentir por situaciones que no nos parecen bien y que desearíamos que cambien, con esto podemos hablar, también ¿por qué no?, del anuncio del evangelio en nuestro mundo y nuestros deseos de que se haga presente el Reino de Dios.

¿Se hace o no se hace presente? Quisiéramos verlos a todos convertidos. Quisiéramos que nuestro mundo y nuestra sociedad cambie y sea más humana y logremos caminos de entendimiento y de paz; no nos sentimos satisfechos con la falta de paz que hay en nuestro mundo y no solo es la guerra de Ucrania, sino que bien sabemos que son muchos los conflictos de nuestra sociedad, pero muchos los conflictos que hay también en medio de nosotros. ¿Por qué no cambiamos? ¿Por qué no cambia nuestro mundo que nos parece que todo sigue igual? Pero en verdad, ¿será eso cierto así? Ahí andamos con nuestras prisas y carreras porque todo lo queremos de inmediato, pero que no siempre sabemos apreciar las pequeñas cosas, los pequeños signos que se pueden estar donde del Reino de Dios entre nosotros.

Hoy nos habla Jesús de una pequeña semilla, insignificante semilla la del grano de mostaza. Y nos habla de esa pequeña semilla que germina y que crece, podrá anidar hasta pájaros entre sus ramas. Tan insignificante que ni nos damos cuenta de su presencia y de su crecimiento. Pero ahí está y está produciendo sus frutos. Como nos habla del puñado de levadura que queda diluido en la masa que luego no sabremos diferencias una cosa y otra. Pero hace fermentar el pan.

¿No estarán esas pequeñas semillas sembradas en medio de nuestro mundo? ¿No estará ese puñado de levadura diluyéndose en la masa de nuestro para hacerlo fermentar a un pan mejor? Corremos y queremos ver el resultado final ya; no apreciamos los pasos previos, no apreciamos los pasos pequeños, no apreciamos lo que nos parece insignificante.

Muchos cristianos estarán calladamente siendo esa levadura en medio del mundo, aunque nos parezca que no vemos nada. Van surgiendo nuevos movimientos, se va creando un mundo de solidaridad, estamos contemplando una inquietud grande que hay en muchos por hacer un mundo nuevo y mejor; cuanta gente comprometida podemos ver alrededor aunque, como en un momento decían algunos discípulos a Jesús, no parecen de los nuestros. Pero si lo que están haciendo es dar señales de un mundo nuevo y mejor, ¿por qué no los valoramos? ¿Por qué no descubrir ahí un actuar de Dios, aunque nos parezca que nuestras iglesias están vacías?

Descubramos esas pequeñas semillas de mostaza; descubramos esa levadura que se está diluyendo en la masa de nuestro mundo. Un día ha de fermentar. Dios también está ahí.

viernes, 22 de octubre de 2021

No solo hemos de ser capaces de hablar del tiempo, sino que hemos de saber discernir y opinar en la que sucede en nuestra sociedad y también en la Iglesia

 


No solo hemos de ser capaces de hablar del tiempo, sino que hemos de saber discernir y opinar en la que sucede en nuestra sociedad y también en la Iglesia

Romanos 7, 18-24; Sal 118; Lucas 12,54-59

Hoy estamos pendientes al final de los telediarios de cada día para ver las previsiones que nos hace el hombre del tiempo. Con los métodos científicos de los que se dispone hoy desde las lecturas de las cartas de isobaras y no sé cuántas más cosas, con las informaciones que nos dan los satélites que estar orbitando continuamente alrededor de la tierra nos hacen esa lectura del tiempo que vamos a tener.

Nuestros mayores que no disponían de esos métodos científicos sin embargo mirando el correr de las nubes, el volar de las aves o los colores del cielo nos hacían también sus pronósticos sabiendo hacer a su manera también una lectura y predicción del tiempo. Todos más o menos nos damos de enterados en estas cosas por lo que vemos o por lo que oímos o por nuestras particulares impresiones. Qué fácil es hablar del tiempo, del que hizo, del que hace o del que va a hacer.

Queremos ser sabios en unas cosas pero luego quizá no aparezca tanto esa sabiduría para hacer una lectura de la vida. Simplemente vamos viviendo, dejando discurrir el tiempo y cuanto sucede, a lo sumo escuchando en tantas tertulias que proliferan por aquí o por allá y recibiendo sus influencias, pero no somos capaces de hacer por nosotros mismos esa necesaria lectura de la vida que tendríamos que saber hacer.

Entramos con facilidad en un mundo de mediocridad, porque no terminamos de hacernos unos juicios propios de lo que sucede en la vida; vemos que se repiten una y otra vez muchos acontecimientos de la vida de nuestra sociedad y no somos capaces de afrontar con ideas claras unos caminos de solución sino que los dejamos la mayoría de la veces en lo que opinan o dicen los demás sin tener nuestros propios criterios.

Nos hacemos vagos para pensar y para razonar, nos cuesta ponernos a reflexionar para aprender de la vida, simplemente dejamos hacer, que otros piensen, que otros tomen decisiones, y no terminamos de implicarnos en la vida. Creo que esto es muy serio. No somos capaces de desarrollar todas nuestras capacidades o nuestras posibilidades; tenemos quizás unas ideas que muchas veces son muy vagas y elementales, pero no terminamos de profundizar.

Es cierto que tenemos que escuchar lo que otros dicen, pero no nos lo tragamos todo, sino que tenemos que hacer nuestro discernimiento, exponer las cosas desde nuestro encuadre, de nuestra visión, que por supuesto enriquecemos también en el diálogo con los demás. Y eso en todos los aspectos de la vida, la vida social, la vida política, la vida cultural, la vida religiosa y eclesial también.

Es lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio. La necesidad de esa madurez en nuestra vida para poder discernir claramente los caminos que debemos de tomar. Porque no somos buenos solamente porque nos dejamos arrastrar por lo que hay en nuestro entorno y a todo decimos sí, sino en la medida en que discernimos y tomamos con madurez nuestras propias decisiones mintiendo una línea y un ritmo de camino.

Y esto nos falta mucho en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana, donde no hemos profundizado y madurado como cristianos lo suficiente y así andamos con nuestras superficialidades, nos dejamos arrastrar por la desgana o caemos fácilmente por la pendiente resbaladiza de la tibieza en nuestra vida espiritual, en nuestros compromisos cristianos.

Y esto nos falta en nuestra participación en todo lo que es la vida de la Iglesia, de la que formamos parte desde nuestro bautismo pero que no siempre nos sentimos en profunda comunión de Iglesia; los asuntos de la Iglesia parece que hay que dejarlos en manos de otros  y que ellos sean los que tomen las decisiones o los que nos marquen las pautas y nos dirijan.

Estamos en estos momentos en un momento eclesial muy interesante, del que quizá no terminamos de enterarnos. El Papa nos ha convocado a toda la Iglesia a que hagamos un camino sinodal. El Sínodo de los Obispos el Papa lo convoca cada cierto tiempo para tratar asuntos que afectan a toda la vida de la Iglesia, pero ahora ha querido el Papa que no solo sean unos obispos reunidos en Roma los que realicen el Sínodo, sino que partamos desde nuestras diócesis y desde nuestras parroquias ese camino de consulta al que nos llama el Papa. En estas pasadas semana fue la apertura de este camino sinodal para toda la Iglesia desde Roma, pero el pasado domingo se ha iniciado en nuestras Iglesias particulares, en nuestras diócesis. Es esa lectura de los signos de los tiempos de lo que está sucediendo en nuestra Iglesia.

¿Nos habremos enterado? ¿Estaremos mostrando algún interés por esta llamada a la participación? ¿Seguiremos quizás con nuestra mediocridad y falta de interés ante este camino que se nos invita a hacer? Tratemos de enterarnos, qué está sucediendo, qué se está programando en este sentido desde nuestras comunidades parroquiales. También nosotros tenemos algo que opinar, también nosotros hemos de participar. 


viernes, 23 de octubre de 2020

Somos meteorólogos para el tiempo pero no sabemos leer los signos del tiempo de nuestra historia con una mirada de f

 


Somos meteorólogos para el tiempo pero no sabemos leer los signos del tiempo de nuestra historia con una mirada de fe

Efesios 4, 1-6; Sal 23; Lucas 12, 54-59

Hoy todos somos meteorólogos (?) pero quizá no sabemos interpretar el tiempo de la vida; en los medios de comunicación se nos ofrecen las previsiones del tiempo, nos presentan las cartas de isobaras, nos muestran gráficos con las altas o las bajas presiones y sabemos, o creemos saber, si mañana va a llover o no va a llover. Yo soy ya un poco mayor y recuerdo más bien las previsiones que hacían nuestros padres o nuestros abuelos, que no tenían esas cartas de isobaras, pero según las nubes, las corrientes de aire y una serie de señales que observaban en la naturaleza eran capaces de decirnos el tiempo que iba a hacer.

En nuestras islas canarias unas señales que nos hablaban de la cercana lluvia era cuando se veía el Teide coronado de nubes, como sombrillas sobre él o en forma de bufanda arropándolo. Estos días pasados tuvimos unas imágenes espectaculares en este sentido y ya nuestros mayores o los que recordaban lo que decían nuestros mayores nos estaban anunciando por encima de lo que dijeran los meteorólogos que iba a llover, como así fue. Claro que si nos anuncian la lluvia tendríamos que prepararnos para que no nos hagan daño o se sepan aprovechar esos caudales que nos bajan de los cielos.

Interpretamos los signos o señales de la naturaleza y nos confiamos a esas interpretaciones, pero como nos dice Jesús hoy en el evangelio, que empleó esta misma imagen, no sabemos interpretar los signos de los tiempos. En la historia, en los acontecimientos, en lo que sucede en nuestro hoy tenemos que saber hacer una interpretación de la vida. ¿Por qué no podemos pensar que Dios nos habla también a través de los acontecimientos? Es lo que hacían los profetas, leían su propia historia, lo que les estaba aconteciendo con ojos de fe, intentando descubrir la mirada de Dios y en ello lo que Dios quería decirles para su momento presente. No eran simplemente unos visionarios que se creían inventar el futuro, sino que en una honda reflexión sacaban conclusiones de lo que acontecía.

Somos reflexivos para algunas cosas; quizás en nuestros estudios nos hacemos nuestras elucubraciones y hasta nos vamos haciendo una filosofía de la vida desde las experiencias que hayamos vivido. ¿Por qué eso no lo podemos hacer también desde una mirada de fe? Los hechos, incluso, que nos narran los evangelios o nos narra la Biblia pueden tener una transposición también en lo que ahora nos sucede. Tenemos que aprender a mirar la vida desde ese llamémosle filtro de la fe, desde ese filtro del evangelio y tratemos con el evangelio de responder a lo que ahora nos va sucediendo, encontrarle un significado o un sentido, descubrir un camino que hemos de recorrer.

El creyente no es el que simplemente dice que cree en Dios pero lo pone como bien guardado en un armario dejándolo allá en la quietud de los cielos, sino que el creyente saber descubrir a Dios en el caminar de la historia, en nuestro caminar de cada día, descubriendo así lo que Dios quiere de nosotros, lo que ha de ser nuestra vida. Y esa mirada nueva que desde la fe se nos abre tenemos que saber llevarla a los demás, aplicarla a los aconteceres de nuestra vida, iluminar también la vida de los demás abriéndoles los ojos y el corazón a esa trascendencia que desde la fe somos capaces de descubrir.

Muchas veces en nuestros diálogos con personas cercanas a nosotros, o con personas que tienen una sensibilidad semejante a la nuestra reflexionamos sobre la situación de nuestro mundo, nos damos cuenta de la carencia de valores que hay en muchos o de la superficialidad con que viven sus vida, del materialismo que les cerca y de la falta de una espiritualidad que dé profundidad a la vida. Pero quizá nos quedamos ahí, que es lo que no debemos hacer. Esa reflexión que hacemos y que quizá con algunos compartimos sintamos que es esa fuerza de la Palabra de Dios que llega a nosotros y que nos está pidiendo que la llevemos a los demás.

No podemos cruzarnos de brazos, no podemos quedarnos en unas reflexiones muy bonitas que nos hagamos para nosotros mismos, sino que tenemos que salir al encuentro de los demás con un anuncio, con un testimonio, con una palabra que despierte esperaza y que aliente a una búsqueda de algo nuevo y superior. En todo eso nos está hablando el Señor, está poniendo señales que no podemos obviar.

Sepamos leer esas señales de Dios que nos abren caminos nuevos, que nos llevan a un impulso nuevo del anuncio del evangelio, aunque nos cueste. Son señales que nos hacen despejar caminos nuevos, como cuando vemos señales de lluvia y nos preparamos bien para no mojarnos o bien para que las aguas de lluvia aunque sean torrenciales no hagan ningún daño sino que se sepan aprovechar.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Ojos de fe hemos de tener para leer los signos de los tiempos que pueden ser anuncio de una nueva primavera de vida nueva para nuestra iglesia y para nuestro mundo



Ojos de fe hemos de tener para leer los signos de los tiempos que pueden ser anuncio de una nueva primavera de vida nueva para nuestra iglesia y para nuestro mundo

 Daniel 7,2-14; Sal. Dn 3,75-81; Lucas 21,29-33
Aunque ciertamente ahora en nuestro hemisferio estamos en otoño, aunque nuestras islas canarias tienen unas características especiales de clima, sabemos muy bien que cuando se acerca la primavera, se acaban los fríos invernales parece que la naturaleza que parecía muerta se renueva comenzando a rebrotar por todas partes las gemas de los árboles, las semillas que germinan, las plantas que surgen por todas partes y las flores que comienzan a brotar. La frialdad del invierno nos hace parecer una naturaleza muerta cuando desde el otoño los árboles y las plantas pierden sus hojas, pero tras esos tiempo oscuros con el nuevo sol de la primavera para resurgir una vida nueva.
Una imagen – aunque ahora estemos en otoño – que conviene recordar y que nos puede servir de lección para los otoños y los inviernos de la vida de los tiempos difíciles y de crisis por los que podamos pasar. No es el fin, nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio, son signos que se convierten en llamadas e invitación a hacer surgir una vida nueva en nosotros y en nuestro mundo. En las lecturas de la Palabra que hemos venido reflexionando en estos días todo tienen un sabor apocalíptico como si del final de todo se tratara, pero ya hemos dicho que el Apocalipsis, el último libro de la Biblia, es un libro de esperanza, pues tras las duras batallas del mal aparecerá al final la luz del mundo nuevo, del cielo nuevo.
Y estas consideraciones nos las hacemos de cara, es cierto, a esos últimos tiempos de la historia que no sabemos cuando serán, pero son una lección y una llamada a la esperanza a los tiempos convulsos en que podamos vivir en todos los órdenes de la vida. Como creyentes sabemos, es cierto, que el mundo está en nuestras manos, porque a nosotros nos ha confiado Dios la obra de la creación para que continuemos realizándolas en la transformación de nuestro mundo, pero sabemos también muy bien que todo eso está por encima de todo en las manos de Dios. Y Dios no nos abandona; su palabra es una palabra fiel y cuando siembra esperanza en nuestros corazones es porque en verdad el quiere realizar ese mundo nuevo y nos da la fuerza para que hagamos esa tarea.
No nos podemos cruzar de brazos ni desentendernos. Tiempos convulsos vemos en nuestra sociedad que se transforma y algunas veces no es del todo a gusto nuestro pero que precisamente ahí está nuestra tarea y nuestro compromiso. No podemos dejarla en manos de los demás sino que nosotros hemos de contribuir al bien de esa sociedad en la que vivimos valiéndonos de todos los cauces de participación que en la misma sociedad encontramos. Pienso en nuestra propia tierra, como en tantos países de un lado y de otro que se ven envueltos en revueltas, manifestaciones y protestas, señal de que algo nuevo tiene que despertar. No nos podemos acobardar, sino que tenemos que trabajar seriamente por encontrar caminos de paz. Y la esperanza de alcanzarlo no la podemos perder. Esos mismos brotes pueden ser señales de ese mundo nuevo que se puede estar gestando.
Tiempos convulsos en ocasiones y por distintos problemas nos podemos encontrar también en nuestra propia Iglesia. Suenan aires de renovación, pero también hay personas confundidas; aparecen sombras que desestabilizan pero también hay deseos de algo mejor; todo tiene que realizarse en una búsqueda sincera del evangelio, que ilumine nuestra vida en estos tiempos en que vivimos. No perdemos tampoco la esperanza porque sabemos que es el Espíritu del Señor el que guía la Iglesia. Abramos nuestros oídos y nuestro corazón a esa moción del Espíritu que nos conducirá por esos caminos nuevos llenos de esperanza.

viernes, 25 de octubre de 2019

Aprendamos a rumiar la vida y tener una mirada de fe de cuanto nos sucede para dejar la huella del sentido cristiano en el mundo que vivimos



Aprendamos a rumiar la vida y tener una mirada de fe de cuanto nos sucede para dejar la huella del sentido cristiano en el mundo que vivimos

Romanos 7,18-25ª; Sal 118; Lucas 12,54-59
Es necesario en la vida tener gran lucidez para ir sabiendo hacer una lectura de la misma vida que vamos viviendo, de los acontecimientos que nos envuelven, tener los ojos abiertos para saber leer e interpretar lo que vemos alrededor y de ahí saber sacar conclusiones que nos ayuden en la vida.
Eso nos dará nuevas perspectivas de la vida misma para tener también una visión de futuro vislumbrando los caminos que se pueden ir abriendo ante nosotros. Eso es salirnos de la superficialidad de simplemente ir viviendo el día a día sin mayores preocupaciones a lo que salga, pero que nos hará perdernos muchas posibilidades para nosotros mismos o para la misma sociedad en la que vivimos; necesitamos darle profundidad a la vida desde esa honda reflexión que nos podamos ir haciendo.
Es lo que tendrán que ir haciendo aquellos líderes de la sociedad que han de preocuparse de abrir caminos, pero también de afrontar los problemas que se pueden ver venir; cuánto nos quejamos cuando los políticos no tienen esa visión de futuro, o tratan de ocultarla desde sus partidistas intereses, y nos llevan por derroteros que nos pueden hundir en profundas crisis.
Pero no solo es el político o el dirigente de la sociedad, sino que todos, cada uno en su parcela, hemos de saber dar esa profundidad haciendo esa necesaria lectura de cuanto nos sucede. Diríamos que eso es un punto importante a nuestro favor en ese camino de madurez que hemos de ir recorriendo y nos viene a indicar la profundidad que le queremos dar a la vida.
Hemos venido hablando todo esto desde ese aspecto humano de la vida, en que cada uno hemos de ir creciendo y madurando más y más pero también hemos de referirlo a todo lo que atañe a nuestra madurez cristiana. Es lo que también llamamos tener la mirada de la fe porque también esos acontecimientos de la vida Dios se nos manifiesta y nos habla; es la lectura que hemos de hacer de cuanto nos rodea desde nuestros valores cristianos, desde todo lo que informa nuestra vida desde la fe. Es la mirada creyente de la vida para saber descubrir a Dios y escucharle como nos habla allá en lo hondo del corazón. Es ese rumiar cuanto nos sucede confrontándolo con lo que nos dice el Evangelio para descubrir lo bueno, pero también para sembrar esa semilla de los valores cristianos en ese mundo en el que vivimos.
Quizás en otros momentos de la historia los creyentes en cada momento nos han dejado su impronta, su espiritualidad expresada quizá en el arte que si ha ido variando su expresión con los tiempos sin embargo en cada momento nos dejaron señales de su fe y espiritualidad en esas distintas expresiones artísticas. No es de menor importancia que en unos momentos nos dejaran un estilo de catedrales determinados según la época pero que expresaban quizá esa manera de entender su relación con Dios y expresaban su propia espiritualidad. Que no solo ha sido a través del arte sino que ha sido toda una cultura, todo un humanismo fundamento de las relaciones entre gentes, pueblos y naciones.
Nosotros, de nuestra época, ¿cuál es la huella que vamos a dejar para el futuro? ¿Un mundo de indiferencia, de atonía religiosa, de pérdida de los valores cristianos quizás? Tendría que hacernos pensar a los cristianos.
Hoy Jesús en el evangelio echa en cara a las gentes de su época que no supieron leer los signos de los tiempos, no supieron muchos leer aquellos acontecimientos de su historia, o de cuanto rodeaba a Jesús y no supieron entonces reconocerle. Como les dice saben más cuando va a llover o hacer calor o viento por las señales de las nubes, y no saben leer lo que está delante de sus ojos para reconocer en verdad quién era Jesús. Lo decía Jesús en general para todos los que le escuchaban, para aquellos dirigentes del pueblo de Israel, e incluso para sus mismos discípulos más cercanos, que ni siquiera en su entrega en la cruz supieron reconocerle, sino más bien se echaron para atrás y se escondieron.
¿Nos estará sucediendo algo así a nosotros? No nos damos cuenta del momento presente y lo importante que dejemos huella de nuestro sentido cristiano en nuestra sociedad. ¿Cuál es la semilla que vamos sembrando hoy en el campo de la vida, en el campo de nuestra sociedad?