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viernes, 28 de noviembre de 2025

Aun en el más crudo invierno cuando comienzan a mermar los fríos podremos ver las yemas que van hacer brotar una nueva rama de vida, sepamos discernir las señales

 


Aun en el más crudo invierno cuando comienzan a mermar los fríos podremos ver las yemas que van hacer brotar una nueva rama de vida, sepamos discernir las señales

Daniel 7,2-14; Dn 3,75-81; Lucas 21,29-33

Necesitamos que las palabras se hagan música, para que suenen de forma agradable a nuestros oídos y se  hagan poesía para que en cierto modo nos hagan soñar en que es posible algo nuevo y distinto y es posible encontrar la belleza. Lo necesitamos como un florecer de primavera que nos hace dejar atrás los rigores del invierno y que al tiempo se convierte en anticipo de verano de frutos  y cosechas. Nos es duro atravesar por climas duros y extremos por eso queremos rodearnos del encanto de los brotes de primavera anuncio de próximo jardín de flores que llena de paz y de serenidad nuestro espíritu.

Pero ahora yo diría que no es lo que desde fuera podamos recibir, sino lo que en verdad nosotros podemos construir, no pueden ser solo palabras que nos encanten en nuestros oídos, sino un palpitar de vida en el corazón que nos impulse a resaltar todo lo que es belleza y podemos transformar en vida. No es la actitud pasiva que se limita a disfrutar del jardín que otros puedan ofrecerle, sino que tienen que ser las semillas que nosotros vayamos plantando para hacer florecer ese jardín de la vida.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla del brotar de la higuera que nos anuncia primavera para decirnos cómo tenemos que estar atentos a esos brotes que a nuestro alrededor o en nosotros mismos puedan ir surgiendo para saber discernir lo que en verdad tenemos que hacer. Aun en el más crudo invierno cuando comienzan a mermar los fríos podremos ver las yemas que en esas plantas comienzan a coger forma para hacer brotar una nueva rama que un día se llene de flores anuncio de sabrosos frutos.

Jesús nos está pidiendo hoy que sepamos estar atentos a los signos de los tiempos que nos puedan anunciar ese rebrotar de la vida donde antes solo quizás veíamos la negrura y sequedad de lo que nos parecía que estaba muerto. Nos ha venido hablando Jesús en estos días de esas situaciones difíciles a las que muchas veces tenemos que enfrentar, esos frentes borrascosos que tenemos que atravesar. No podemos quedarnos paralizados por un mundo de muerte que podamos encontrar a nuestro alrededor cuando faltan ilusiones y sobran ambicione, cuando parece que decae lo que llena nuestro espíritu mientras queremos suplantar con materialismo lo que nos puede faltar en la vida.

Ese mal y esa muerte no es definitiva, y bien lo proclamamos los cristianos que creemos y proclamamos a Cristo resucitado. La muerte no tuvo la última palabra porque pronto vimos como resurgió la vida en Cristo resucitado que se convierte así en el centro de nuestra vida y de nuestra esperanza. Es nuestra fe y es nuestra esperanza, es nuestra tarea y es nuestro compromiso.

Estemos, pues, atentos a tantas señales de vida que podemos contemplar a nuestro alrededor. No todo es materialismo sino que también encontramos personas inquietas y en camino de búsqueda de algo distinto y mejor; esa búsqueda y defensa de la dignidad de las personas, por ejemplo, que vemos como una corriente a nuestro alrededor, algunas veces marcadas es cierto por ciertas ideologías, sin embargo sepamos discernir y ver que en el fondo hay buenas semillas que tienen que ser para nosotros un aliciente para seguir queriendo construir ese mundo mejor que llamamos reino de Dios. Así podríamos encontrar mucha gente generosa que trabaja por los demás, que busca el bien y quiere una mayor autenticidad en la vida.

¿Por qué no sabemos leer ahí las señales que Dios está poniendo en nuestro camino de que es posible hoy también ese mundo mejor, que nosotros llamamos el Reino de Dios? Desarrollemos esas inquietudes que también tenemos en nuestro interior, hagamos en verdad hacer florecer una nueva primavera. Es posible. Hay señales, hay brotes que tenemos que cuidar y cultivar, que tenemos que saber aprovechar. Llenemos de música con sonido de primavera nuestra vida y podremos estar entrando en un mundo de nueva armonía, un mundo en el que finalmente brille la paz.

domingo, 17 de noviembre de 2024

Si abrimos los ojos y nos dejamos iluminar por la fe y la esperanza descubrimos muchas cosas bellas, no solo negruras de sufrimiento sino muchas luces de esperanza

 


Si abrimos los ojos y nos dejamos iluminar por la fe y la esperanza descubrimos muchas cosas bellas, no solo negruras de sufrimiento sino muchas luces de esperanza

Daniel 12, 1-3; Sal. 15; Hebreos 10, 11-14. 18; Marcos 13, 24-32

En la lectura de la historia y de la vida que todos de alguna manera nos hacemos surge la cuestión de si otros tiempos fueron mejores o peores, si acaso nosotros estamos viviendo los peores momentos de la historia o acaso nuestros tiempos son los mejores gracias al desarrollo que hemos alcanzado y el estilo de bienestar que hoy podemos vivir, aunque cuando contemplamos la cruda realidad de nuestro mundo pareciera que si todo eso del bienestar se nos queda en agua de borrajas.

No soy un experto para dictaminar si fueron o son peores o mejores los antiguos o los de nuestra época, pero siempre nos vamos a encontrar cosas que hacen sufrir a la humanidad, la naturaleza no sé si de manera cíclica o no pero se nos muestra violenta y destructora, como ahora hemos vivido en la cercanía de nuestra tierra, pero todos recordamos avalanchas y destrucción, volcanes y terremotos, devastación y muerte a lo largo de la historia que, vamos a decirlo así, nos ponen la carne de gallina, porque nos llenan de sufrimiento y de dolor.

Pero ¿nos resignamos ante lo irremediable? ¿O acaso nos llenamos de insensibilidad cuando no nos sucede a nosotros directamente? ¿Nos hará plantearnos quizás un sentido de la vida o una nueva manera de hacer las cosas o enfrentarnos a esas realidades? Claro que no nos quedamos en esos daños materiales, en esos sufrimientos y dolor diríamos solamente desde lo material. Descubrimos o nos damos cuenta que en la vida hay otros muchos sufrimientos que nos provocamos los unos a los otros cuando quizás vivimos un sentido egoísta de la vida, nos dejamos arrastrar por nuestros orgullos y pasiones, o algunas veces queremos convertirnos en dioses del mundo para que todos nos adoren.

No nos es fácil la vida porque muchas veces no son fáciles nuestras relaciones con los demás porque nos puede faltar madurez y entereza para afrontar la vida y sus problemas, para suavizar esas aristas que muchas veces todos llevamos con los que al rozar los unos con los otros en nuestros mutuos y necesarios encuentros nos podemos hacer daño. No siempre quizás estamos dispuestos a limar esas asperezas y nos vamos haciendo daño los unos a los otros. Algo nuevo y distinto tendríamos que hacer, tendríamos que plantearnos.

¿Se estarán refiriendo a esas turbulencias los anuncios que nos hace hoy Jesús en el evangelio? Es cierto que escuchamos un lenguaje apocalíptico, y parece como si nos hablara del fin del mundo, del fin de los tiempos. Muchos se han quedado en la interpretación de estos evangelios que escuchamos sobre todo en estos días del final del año litúrgico en este sentido. Es cierto también que es algo que está podríamos decir en el sentir de muchos de nuestra sociedad hoy como también ha sido en otros tiempos.

Los que tenemos unos años podemos recordar cuantas veces en los últimos tiempos se ha hablado de la proximidad del fin del mundo. Estos días pasados leía el anuncio que se hacía de que se podía datar ya la fecha o algo así del fin del mundo que hoy conocemos, aunque la verdad no me entretuve mucho en leer con detalle lo que se decía. De algunas maneras todos pensamos, aunque lo tratemos de disimular, en un final de la vida o de la historia. Pero ¿esto ha de ser motivo de angustias y de agobios?

Jesús con sus palabras en el evangelio, que no valen para todos los tiempos, son buena noticia de Dios en todos los tiempos, trata de hacer que vivamos en paz y en serenidad. ¿Por qué no seguir viviendo con responsabilidad el tiempo presente que de alguna manera estar construyendo un futuro mejor?

Jesús nos propone unas imágenes muy bonitas y que pueden ser bien significativas. Habla de los brotes de las yemas de la higuera, que nos anuncian primavera y nos anuncian un verano de frutos que se acerca. ¿Por qué, pues, en todo eso que sucede, en todo eso que es nuestra vida, con sus luces y con sus sombras, no vemos surgir esas yemas o esos brotes que nos anuncian un tiempo mejor? ¿No podríamos descubrir en medio de todas esas oscuridades pequeñas luces que van brotando porque van surgiendo corazones generosos y solidarios, porque nos hacen preguntarnos y plantearnos qué es lo que podemos hacer mejor para que nuestro mundo sea mejor?

Tenemos que saber descubrir y ver el esfuerzo de tantos que siguen luchando con responsabilidad y constancia a pesar de las dificultades, vemos el trabajo que se intenta realizar por una mejor educación de nuestra sociedad, constatamos el sacrificio de tantos que trabajan desinteresadamente por hacer que los que están a su lado tengan una vida más digna, el espíritu fuerte de tantos que se levantan de en medio del barro en que los ha envuelto la vida para recomenzar de nuevo con ilusión y con esperanza.

Si abrimos los ojos, dejándonos iluminar por la fe y la esperanza podemos ver muchas cosas bellas, no solo las negruras del sufrimiento o de los horrores que puedan ir surgiendo. Hay muchas luces en nuestro mundo que nos dan esperanza.

viernes, 25 de noviembre de 2022

No todo es invierno, hay muchos brotes de primavera a nuestro alrededor, seamos capaces de ver lo bueno que hacen tantos a nuestro lado para hacer un mundo mejor

 


No todo es invierno, hay muchos brotes de primavera a nuestro alrededor, seamos capaces de ver lo bueno que hacen tantos a nuestro lado para hacer un mundo mejor

Apocalipsis 20, 1-4. 11 — 21, 2; Sal 83; Lucas 21, 29-33

Allí donde los inviernos son crudos y duros, con la tierra helada, con bajas temperaturas, con condiciones climatológicas que normalmente llamamos adversas porque nos resultan incomodas, pero sin embargo necesarias en el ritmo de la naturaleza, cuando van cesando esas condiciones, vemos comenzar a brotar las ramas de los árboles  o las primeras hierbas en nuestros campos parece que nos sentimos resucitar y sabemos que la primavera comienza y el verano está cerca.

Pero esta consideración que nos hacemos es una imagen; una imagen que nos refleja situaciones por las que pasamos por la vida, y donde querríamos ver brotar una nueva primavera que nos alejen de esos malos momentos de desolación por los que algunas veces pasamos envueltos en nuestros problemas, por lo dura que se nos hace en ocasiones la vida, por la frialdad que palpamos muchas veces alrededor, la sequedad de la vida insolidaria, la dureza de las injusticias que afloran tantas veces en la vida, o por el desencanto que podamos vivir a causa de la vaciedad y de la vanidad con que se vive la vida.

Cómo deseamos que las cosas cambien. Nos cuesta remar a contracorriente cuando queremos mantenernos firmes en unos principios y en unos valores que nosotros consideramos fundamentales, pero que quizás en nuestro entorno no se quieren tener en cuenta, pues se corre demasiado tras esa vanidad, el orgullo se convierte en ley de vida que todo lo llena de enfrentamientos y de violencias, la desconfianza nos hace caminar cada uno por nuestro lado y sufrimos en consecuencias muchas soledades y sequedades en ese camino que queremos hacer.

Pero Jesús nos está pidiendo hoy que abramos nuestros ojos porque quizá en nuestro entorno, sin que lo notemos demasiado, sin embargo van brotando brotes verdes que pueden ser anuncio de que algo puede estar cambiando. Nos quejamos con frecuencia de lo mal que anda nuestro mundo y generalizamos y eso entonces nos impide ver que en medio de todo eso hay también corazones buenos, hay gente que quiere y lucha por lo bueno, que tiene generosidad en su corazón y calladamente se desviven por los demás. Generalizamos de tal manera que todo lo vemos negro, y no somos capaces de descubrir esos brotes de luz que por aquí y por allá están relampagueando anunciando una nueva luz.


Si Jesús nos está hablando de esas yemas que van brotando en la higuera de la vida, es que es cierto, que es así, su palabra no nos falla, aunque nos cueste ver. Es la fe que tenemos que seguir despertando en nuestros corazones para creer en la palabra de Jesús, es la esperanza que tiene que ir brotando en el corazón, es la nueva luz que tenemos que poner en nuestros ojos que nos hagan capaces de ver tantas cosas buenas que suceden, se realizan a nuestro alrededor.

Sin nos faltara esta esperanza, nos sentiríamos derrotados. Es la impresión que algunas veces damos con la frialdad de nuestra fe y de nuestra esperanza. Y tenemos que ser testigos de esperanza, tenemos que ser portadores de luz, tenemos que dejar inundar nuestros corazones de paz para que la podamos contagiar a los demás. Es la interpelación que nos hace hoy la Palabra de Dios. Dejémonos interrogar por la palabra para que surja una nueva inquietud en nuestro corazón, para que nos llenemos de nuevo de valentía, para que con entusiasmo nos convirtamos en testigos del Reino de Dios en medio de nuestro mundo.

No todo es invierno, hay muchos brotes de primavera. Pongamos de nuestra parte todo lo que podamos para que brote una nueva esperanza para el mundo.

viernes, 27 de noviembre de 2020

Sepamos valorar esa flor que florece aún en medio de los espinos, sepamos apreciar cuanto de bueno descubrimos en los demás, acicate y estímulo para hacer florecer con más fuerza el Reino de Dios

 


Sepamos valorar esa flor que florece aún en medio de los espinos, sepamos apreciar cuanto de bueno descubrimos en los demás, acicate y estímulo para hacer florecer con más fuerza el Reino de Dios

Apocalipsis 20, 1-4. 11—21, 2; Sal 83; Lucas 21,29-33

Ya huele a primavera, decimos cuando el invierno va vencido, van remitiendo aquellos fríos invernales, pero sobre todo vemos cómo la naturaleza comienza a rebrotar. Nosotros en Canarias no tenemos grandes diferencias porque incluso presumimos de primavera todo el año por la suavidad de las temperaturas y el clima, por las flores que brotan por todas partes en cualquier época del año y porque no notamos como en otros lugares los árboles que parecen secos y muertos en el invierno y reverdecen con fuerza en la primavera; recuerdo en varias primaveras que tuve que estar fuera de mi tierra por tierras peninsulares sobre todo en la zona de Castilla como de pronto se veían brotar todos los árboles y todas las plantas cuando se acercaba la primavera y pronto todo era verdor y el surgir de las flores que todo lo embellecían; para mí aquello era como un brotar a nueva vida sobre todo para quien como yo no estaba acostumbrado a esa diferencia entre las diversas estaciones.

Es la imagen que nos quiere poner hoy Jesús en el evangelio porque es como una nueva primavera que surge en la vida cuando comienzan a notarse los brotes del Reino de Dios en quienes han recibido la semilla de la Palabra. Comienzan a surgir los brotes de la higuera y decimos que ya se va acercando el verano donde recogeremos sus sabrosos frutos. En eso ha querido fijarse hoy el Señor y ponérnoslo como imagen para que aprendamos a distinguir cuando va brotando el Reino de Dios en los corazones.

Así tendría que notarse en los corazones de quienes escuchamos la Palabra de Dios, cómo nos vamos transformando, como nos vamos llenando de nueva vida, como surgirán las bellas flores de la primavera de los nuevos valores que comenzamos a vivir y como al final podremos recoger sus frutos. Ese tendría que ser el recorrido de nuestra vida; esa es la tarea de la Iglesia para hacer que brote esa nueva primavera llena de color y de vida en nuestro mundo porque en verdad lleguemos todos a saborear lo que son los frutos del Reino de Dios en esa vida nueva que transforma nuestro mundo, como ha transformado nuestros corazones.

Es aquí donde quiero fijarme en algo más que muchas veces sin embargo nos puede pasar desapercibido porque solo buscamos señales de cosas grandes. Podemos pasar al lado de nuestras plantas y porque no están en un jardín bien cuidado y ornamentado no nos damos cuenta de pequeñas flores que algunas veces surgen de los lugares más insospechados y da la impresión que hasta las piedras o las rocas comienzan a florecer. ¿No hemos visto surgir de un pedregal una planta llena de vida que nos ofrece una hermosa flor que alegra nuestra visión aun en medio de aquellos pedregales?

A nuestro lado, en ese mundo que miramos tantas veces hasta con desprecio porque consideramos demasiado lleno de maldad, sin embargo puede suceder, de hecho sucede con más frecuencia de lo que queremos pensar, hermosas flores del Reino de Dios. Pequeñas semillas que han prendido en los corazones de muchos a nuestro lado y que florecen con frutos prometedores aunque no estén en nuestro propio jardín.

Hay muchas cosas buenas en el corazón de los demás, que muchas veces no sabemos apreciar, no sabemos valorar sino que nos llenamos de prejuicios hacia los demás. No son una plenitud del Reino de Dios porque quizá a algunos les falte ese reconocimiento de que Dios es el Señor pero podemos sin embargo contemplar corazones humildes y corazones llenos de amor, corazones solidarios y gente en verdad comprometida por hacer nuestro mundo mejor, personas que luchan por la paz y la justicia y personas que saben estar al lado de los otros muchas veces mucho mejor de lo que nosotros lo hacemos.

Son semillas del Reino que están floreciendo en esos corazones y que tenemos que saber cuidar y fomentar. Es el camino que a esas personas les lleva a Dios y hasta pudiera suceder que están más cerca de Dios que nosotros mismos que nos queremos dar de tan cristianos, pero que tantas veces no llegamos a dar todo lo que debíamos.


Sepamos valorar esa flor que puede florecer aun en medio de los espinos, sepamos valorar ese vaso de agua dado con generosidad, sepamos apreciar cuanto de bueno descubrimos en los demás que además tendría que ser un acicate y un estímulo para nosotros hacer florecer con más fuerza los valores del Reino de Dios.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Ojos de fe hemos de tener para leer los signos de los tiempos que pueden ser anuncio de una nueva primavera de vida nueva para nuestra iglesia y para nuestro mundo



Ojos de fe hemos de tener para leer los signos de los tiempos que pueden ser anuncio de una nueva primavera de vida nueva para nuestra iglesia y para nuestro mundo

 Daniel 7,2-14; Sal. Dn 3,75-81; Lucas 21,29-33
Aunque ciertamente ahora en nuestro hemisferio estamos en otoño, aunque nuestras islas canarias tienen unas características especiales de clima, sabemos muy bien que cuando se acerca la primavera, se acaban los fríos invernales parece que la naturaleza que parecía muerta se renueva comenzando a rebrotar por todas partes las gemas de los árboles, las semillas que germinan, las plantas que surgen por todas partes y las flores que comienzan a brotar. La frialdad del invierno nos hace parecer una naturaleza muerta cuando desde el otoño los árboles y las plantas pierden sus hojas, pero tras esos tiempo oscuros con el nuevo sol de la primavera para resurgir una vida nueva.
Una imagen – aunque ahora estemos en otoño – que conviene recordar y que nos puede servir de lección para los otoños y los inviernos de la vida de los tiempos difíciles y de crisis por los que podamos pasar. No es el fin, nos viene a decir hoy Jesús en el evangelio, son signos que se convierten en llamadas e invitación a hacer surgir una vida nueva en nosotros y en nuestro mundo. En las lecturas de la Palabra que hemos venido reflexionando en estos días todo tienen un sabor apocalíptico como si del final de todo se tratara, pero ya hemos dicho que el Apocalipsis, el último libro de la Biblia, es un libro de esperanza, pues tras las duras batallas del mal aparecerá al final la luz del mundo nuevo, del cielo nuevo.
Y estas consideraciones nos las hacemos de cara, es cierto, a esos últimos tiempos de la historia que no sabemos cuando serán, pero son una lección y una llamada a la esperanza a los tiempos convulsos en que podamos vivir en todos los órdenes de la vida. Como creyentes sabemos, es cierto, que el mundo está en nuestras manos, porque a nosotros nos ha confiado Dios la obra de la creación para que continuemos realizándolas en la transformación de nuestro mundo, pero sabemos también muy bien que todo eso está por encima de todo en las manos de Dios. Y Dios no nos abandona; su palabra es una palabra fiel y cuando siembra esperanza en nuestros corazones es porque en verdad el quiere realizar ese mundo nuevo y nos da la fuerza para que hagamos esa tarea.
No nos podemos cruzar de brazos ni desentendernos. Tiempos convulsos vemos en nuestra sociedad que se transforma y algunas veces no es del todo a gusto nuestro pero que precisamente ahí está nuestra tarea y nuestro compromiso. No podemos dejarla en manos de los demás sino que nosotros hemos de contribuir al bien de esa sociedad en la que vivimos valiéndonos de todos los cauces de participación que en la misma sociedad encontramos. Pienso en nuestra propia tierra, como en tantos países de un lado y de otro que se ven envueltos en revueltas, manifestaciones y protestas, señal de que algo nuevo tiene que despertar. No nos podemos acobardar, sino que tenemos que trabajar seriamente por encontrar caminos de paz. Y la esperanza de alcanzarlo no la podemos perder. Esos mismos brotes pueden ser señales de ese mundo nuevo que se puede estar gestando.
Tiempos convulsos en ocasiones y por distintos problemas nos podemos encontrar también en nuestra propia Iglesia. Suenan aires de renovación, pero también hay personas confundidas; aparecen sombras que desestabilizan pero también hay deseos de algo mejor; todo tiene que realizarse en una búsqueda sincera del evangelio, que ilumine nuestra vida en estos tiempos en que vivimos. No perdemos tampoco la esperanza porque sabemos que es el Espíritu del Señor el que guía la Iglesia. Abramos nuestros oídos y nuestro corazón a esa moción del Espíritu que nos conducirá por esos caminos nuevos llenos de esperanza.

sábado, 4 de abril de 2015

El silencio ante la tumba es anuncio de ese nuevo brote de primavera en la resurrección del Señor

El silencio ante la tumba de Jesús es anuncio de ese nuevo brote de primavera en la resurrección que nos llena de vida nueva

Hoy todo es silencio en la iglesia y en el corazón de los cristianos. Un silencio hondo, que penetra hasta las entrañas más profundas del alma. Como ese silencio que queda, que se siente, que se palpa detrás de la tormenta o de un viento impetuoso, o tras el rasgarse la tierra después de un terremoto, tras tomar una decisión importante, tan importante que transforme la vida para comenzar algo nuevo e inaudito.
Algo más grande sucedía ayer con la muerte de Jesús en la cruz. Todo se quedó en silencio tras depositar el cuerpo de Jesús en el sepulcro. Tras la muerte en un primer momento quizá se suceden los llantos y los lamentos, pero luego todo queda como en un vacío, en un silencio. Es lo que la Iglesia, lo que los cristianos estamos viviendo en esta mañana del sábado santo. Por eso durante el día de hoy la liturgia se calla, solo surge la oración en silencio, contemplando, rememorando todo lo acontecido, pero también con el corazón lleno de esperanza porque creemos en las palabras de Jesús.
Meditamos en silencio, rememoramos de nuevo todo lo acontecido, repasamos una y otra vez todo lo vivido, vuelven a nuestra mente los distintos momentos de la pasión, de la muerte de Jesús, se van filtrando también quizá momentos de nuestra vida, recuerdos del pasado, todo aquello de muerte que quizás había en nosotros pero que queremos sepultar también con Cristo porque siguen estando muy presentes las palabras, los anuncios de Jesús que nos llenan de esperanza.
Y en ese silencio estamos con María, nos ponemos a su lado o la ponemos a nuestro lado; quizá nos pareciera que somos nosotros los que tenemos que consolarla porque es la madre que llora la muerte de su Hijo; por eso le damos tantos nombres en estos días, Madre de los Dolores, Madre de la Amargura, Madre de las Angustias, pero hay un nombre que refleja bien lo que hay y sucede en su corazón, Madre de la Esperanza.
Nos acercamos a ella, pero es ella la que se acerca a nosotros, la que quiere estar a nuestro lado porque ella es la que nos va a ayudar a sostener nuestra esperanza, ella es la madre que va a estar a nuestro lado como un aliento de vida, trayéndonos la gracia del Señor para que con El resucitemos. Ella nos ayudará a transformar nuestra vida llena de muerte, de desesperanza, de angustia en una vida de amor ayudándonos a poner paz en el corazón  en esa nueva vida que se abre ante mí. Sintamos junto a nosotros esa presencia de la madre, esa presencia de María, que es la madre que Jesús nos ha regalado desde la cruz. Qué hermoso regalo nos hecho Jesús al darnos a María como madre.
Sí, hacemos silencio, pero nuestro silencio no es un vacío ni nos podemos quedar en la amargura, porque nuestro silencio está lleno de esperanza; nuestro silencio es como ese brote que vemos ahora en primavera que se va abriendo a una nueva flor prometedora de un espléndido fruto. Nuestro silencio está lleno de esperanza porque sabemos que en la madrugada del primer día de la semana resucitará el Señor. Y queremos resucitar con El. Con El tenemos la certeza de llenarnos de nueva vida.
Que el Señor nos conceda resucitar con El, porque nuestra vida nunca más esté llena de negruras, sino siempre haya esa luz nueva con la que El quiere iluminarnos. Que ese brote que va surgiendo nos abra al color de una nueva primavera en nuestra vida.
María, Madre de la Esperanza, ayúdanos a llenar de sentido nuestra espera, porque sabemos bien que Cristo resucitará.

martes, 29 de noviembre de 2011

Va a reverdecer la esperanza en nuestro corazón


Is. 11, 1-10;

Sal. 71;

Lc. 10, 21-24

Un tronco reseco del que brota un renuevo lleno de vida y de flor. Sugerente imagen. Desconcertante, en cierto modo. Pero, ¿quién no ha visto en el duro invierno las ramas de un árbol frutal desprovistas de hojas, ennegrecidas por el frío, que nos pudieran hacer pensar que aquel árbol ya se nos ha perdido? Sin embargo cuando llega la primavera comienzan a recobrar vida sus yemas y pronto veremos brotar un renuevo lleno de vida prometedor de primaverales flores y hermosos frutos de verano. Reverdece también la esperanza en nuestro corazón.

El profeta nos habla de un tronco reseco de donde va a brotar la vida. Quiere también hacer brotar los renuevos de esperanza en su pueblo. Allí estará el Espíritu del Señor para llenarlo todo de vida. Todo se va a transformar. Hará su aparición la justicia y la paz; la violencia será desterrada porque comienza una vida nueva fecundada por el Espíritu divino. Va a florecer de verdad la justicia y la paz será sobreabundante para todos.

‘Sobre él se posará el Espíritu del Señor: espíritu de ciencia y discernimiento, espíritu de consejo y valor, espíritu de piedad y temor del Señor; le llenará el espíritu del temor del Señor’. Palabras que nos recuerdan lo proclamado en la sinagoga de Nazaret por el propio Jesús.

Justicia, fidelidad, paz, armonía serán las vestiduras del hombre nuevo. Todo estará envuelto por la justicia y el amor. Todo se transformará a imagen de esa descripción del nuevo paraíso donde habrá armonía en toda la creación, de manera que ya ni los animales será enemigos unos de los otros. ‘Habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos, muchacho pequeño los pastorea…’

Son las imágenes del mundo nuevo a partir de que aceptemos el Reino de Dios. Es el mundo nuevo que el Señor nos ofrece con su salvación. Es el mensaje lleno de la sabiduría de Dios que tenemos que aprender a escuchar. Sólo los que caminan con un corazón humilde y sencillo podrán entender el mensaje divino que Dios nos revela. Cuando en nuestras autosuficiencias queremos buscarle explicaciones a todo no seremos capaces de entender el mensaje de los sencillos.

‘Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla’. Es una sabiduría nueva la que el Señor nos trasmite que sólo desde la humildad y el amor podremos entender.

A cualquiera que se considerara medianamente entendido le podría parecer un contrasentido que de un tronco reseco pudiera brotar un renuevo lleno de flor y de frutos. Sólo quienes se dejan guiar, los que saben confiar y creer en la Palabra serán capaces de entenderlo. Sólo los humildes que se confían totalmente en el Señor saben que su corazón puede cambiar y que la gracia divina puede hacer maravillas en nosotros. Nuestro corazón se ha endurecido muchas veces con el pecado, pero sabemos cómo la gracia de Dios lo ablanda y lo transforma.

Por eso, nos vamos a dejar guiar en este camino de Adviento para que el Señor realice su obra en nosotros. Tenemos la esperanza de la vida nueva. Esperamos con ansia la gracia salvadora del Señor. Queremos en verdad caldear nuestro corazón con el fuego divino de su Espíritu. Le damos gracias, ya desde ahora, por tanta gracia que el Señor derrama y seguirá derramando sobre nosotros.

Como diría Jesús en Nazaret, después de leer el pasaje de Isaías, ‘esta Escritura se cumple hoy aquí’. En nosotros también se va a cumplir esta Escritura. Dejémonos conducir por la mano del Señor y podremos al final cantar las maravillas de Dios.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Hagamos florecer los brotes de una primavera de amor porque Dios está con nosotros

Daniel, 7, 2-14;

Sal. Dn.3, 75-81;

Lc. 21, 29-33

‘El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán’, afirma rotundamente Jesús. La Palabra del Señor es fiel, es fidelidad total. Nos podemos fiar. Nos tenemos que fiar.

Nos habla el Señor de su venida. Nos da señales. De eso nos ha venido hablando en estos días. Nos pone comparaciones para explicarnos la certeza con que hemos de aceptar su Palabra. Aún así dudamos. Nos cuesta entender. Nos cegamos y no vemos su presencia. Porque nos está hablando de su última venida, pero nos está hablando de cómo se está haciendo presente en medio de nosotros. Tenemos que abrir los ojos y el corazón para verle y para sentirle. Tiene que despertarse nuestra fe y nuestra esperanza. Pidámosle al Señor esa fe que necesitamos.

Nos dice que miremos la higuera o cualquier árbol. Cuando comienzan a echar brotes es que la primavera está cerca. Pues así nos dice está cerca el reino de Dios, está cerca el Señor. Miremos esos brotes de anuncio de primavera que hay a nuestro lado. Hay luces que brillan en la oscuridad, pero somos más fáciles a fijarnos en la oscuridad que descubrir esos destellos de luz que hay a nuestro lado. No todo es oscuridad, porque quizá donde menos lo pensamos está brotando una luz, hay alguien que quiere iluminar el corazón triste de los demás.

Me estaréis preguntando, cuáles son esos destellos. Pues miremos, seamos capaces de ver a personas que quieren vivir con rectitud su vida; personas que quieren ser buenas y se esfuerzan aunque les cueste; personas que quieren amar y se preocupan de ayudar a los demás; personas que a pesar de las negruras saben vivir felices y quieren contagiar esa felicidad a los demás; personas cuya presencia despierta ilusión y esperanza, ganas de vivir y alegría en el corazón. Repito, no todo es oscuridad; hay destellos de luz.

Como tantas veces hemos dicho, aprendamos a valorar a los demás, valorar las cosas positivas que las otras personas tienen. No vayamos nunca con prejuicios al encuentro del otro. Cuando con sinceridad y con un corazón limpio de mala intención nos acercamos a los otros podremos darnos cuenta, descubrir la bondad del corazón de las otras personas y podremos calibrar cuántas cosas buenas están haciendo aunque nadie se dé cuenta.

Son semillas del reino de Dios que esas personas viven y están queriendo sembrar también en nuestro mundo; son huellas de la presencia de Dios a nuestro lado que se nos manifiesta también en la bondad de esas personas. Son las semillas que nosotros también hemos de saber sembrar; son las señales que nosotros con nuestra vida, con nuestra bondad, con nuestras obras buenas vamos dando de Dios.

Que no será cuestión de cosas grandes y extraordinarias. Es cuestión de esas pequeñas cosas buenas que hacemos y que van haciendo que nuestro mundo sea mejor. No hace falta ir a lugares lejanos o buscar ocasiones extraordinarias. Es eso que vivimos cada día ahí donde estamos. Si logramos que las personas se quieran y acepten más, sepan perdonarse y comprenderse, sepan reír y alegrarse juntos, sepan compartir los pequeños momentos de cada día en una conversación sosegada, sepan tener más paz en su corazón que se traducirá en una convivencia mejor con los que están a su lado, estaremos haciendo presente a Dios y su Reino en medio de nosotros.

Cuando ponemos amor en el corazón las ocasiones de hacer el bien nos irán apareciendo casi espontáneamente. El amor siempre encontrará esas ocasiones de hacer el bien. Es por donde tenemos que empezar.

domingo, 21 de marzo de 2010

En la primavera de la Pascua flores nuevas tienen que florecer

Is. 43, 16-21;
Sal. 125;
Filp. 3, 8-14;
Jn. 8, 1-11

El evangelio de Jesús nos pide unas actitudes nuevas que apuesten por la vida; apuestas que tienen que pasar por el amor y por el perdón. Es lo que contemplamos en Jesús; es la buena nueva que El nos anuncia y no sólo con su palabra sino con toda su vida. El camino hacia la Pascua que estamos recorriendo es un camino hacia la vida, porque el Señor quiere arrancarnos de nuestras muertes, de nuestro pecado; porque cuando lleguemos a celebrar la Pascua estaremos celebrando la victoria sobre la muerte en la resurrección del Señor.
Las páginas del evangelio están llenas de momentos en los que vemos esa apuesta en Jesús. Y todo eso se convierte en un interrogante muy fuerte dentro de nosotros que puede cuestionar muchas cosas que hacemos en la vida dejándonos algunas veces arrastrar, casi sin darnos cuenta, por lo que contemplamos en el ambiente que nos rodea y que están bien lejos de las actitudes y posturas que nos enseña Jesús que hemos de tomar en la vida. Y es que, aunque nos parezca que es lo contrario, damos la impresión de que nos es más fácil la muerte que la vida, nos es más fácil acusar y condenar que amar y perdonar. Cuántas señales de muerte se van introduciendo en nuestro mundo. Y tenemos el peligro de contagiarnos. Tenemos que cambiar el chips de la vida.
El evangelio que hoy hemos escuchado tiene un hermoso mensaje pero también es una denuncia muy fuerte. ‘Jesús desde el amanecer se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio y la colocan allí en medio’ a los pies de Jesús. tratan de comprometerlo para poder acusarlo. ‘La ley de Moisés manda apedrear a las adúlteras, tú, ¿qué dices?’
Es duro lo que escuchamos. Pero me cuestiono si la actitud de los fariseos que llevaron a la mujer adúltera ante Jesús acusándola y condenándola no estará muy lejos de muchas actitudes nuestras en las que también hacemos juicios de los demás y condenamos fácilmente a todo aquel que haya hecho lo que a nosotros nos parece mal. También nos cuesta perdonar y con qué facilidad condenamos a los otros.
Y esto pasa a todos los niveles, en la familia, entre amigos, entre vecinos, entre compañeros de trabajo, en el ámbito de la vida social y política… actitudes y posturas negativas en nuestra relación con los otros que se nos meten a todos incluso a los que estamos dentro de la Iglesia y nos llamamos creyentes y seguidores de Jesús.
Es necesario escuchar más en la voz de la Iglesia ese anuncio de misericordia y compasión para todo pecador sea quien sea y sea cual sea su pecado. La Iglesia tiene que ser siempre el rostro misericordioso de Dios. Hay situaciones duras y difíciles donde es tan importante tener ese rayo de luz y de esperanza que brota de la misericordia de Dios.
Hemos de reconocer que nos dejamos influenciar por las actitudes inmisericordes que afloran en el mundo que nos rodea. En una sociedad en medio de la cual vivimos donde la misericordia, la comprensión y el perdón no brillan de ninguna manera, nosotros, en lugar de ser evangelizadores de ese mundo, caemos en sus redes para hacer lo mismo que ellos y hasta nos parece lo más natural. ¿No es misión nuestra como cristianos anunciar y trasmitir los valores evangélicos del amor, la misericordia y el perdón? Condenemos el pecado y el mal, pero no olvidemos que tenemos que salvar al pecador. Cristo lo que quiere es transformar el corazón del hombre.
Cuando los fariseos se presentan a Jesús y le exigen una respuesta, ya sabemos cómo actúa Jesús. ‘Como insistían en preguntarle, se incorporó – antes se había inclinado y se había puesto a escribir en el suelo – y les dijo: El que esté sin pecado que tire la primera piedra’. ¿Cómo nos atrevemos a condenar si nuestro corazón está también lleno de pecado? Puede ser grande el pecado de adulterio de aquella mujer, pero no lo es menos el odio que dejamos meter en el corazón, la discriminación y el desprecio que podamos sentir por los otros, la prepotencia de creerme superior y mejor que los demás. ‘El que esté sin pecado que tire la primera piedra’.
¿Habremos experimentado de verdad en nosotros lo que es ser perdonado para que seamos capaces, hayamos aprendido a ser generosos para perdonar también nosotros a los demás? Es importante lo que vivamos en nuestro propio corazón. Si somos humildes para reconocer también nuestros fallos, nuestros errores, nuestras caídas y pecados, sentiremos también el gozo del perdón recibido. ¿No nos enseñará eso a ser también nosotros misericordiosos con los demás?
Jesús, sacramento del amor de Dios, libera de la muerte al pecador perdonándolo. Perdón que nace de la gratuidad del amor de Dios y que nos muestra la grandeza del corazón de Dios. Es lo que tenemos que aprender, esa gratuidad y esa generosidad de nuestro corazón porque además eso nos hace mejores, nos pone en camino de vivir esa nueva creación que Cristo quiere realizar en nosotros, ese hombre nuevo que quiere que nosotros seamos.
Cuando experimentamos lo nuevo que Dios crea en nosotros desde su amor y su perdón se abren ante nosotros nuevos caminos llenos de vida y de luz. Recordemos lo que nos decía el profeta en la primera lectura: ‘No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo…’ Quiere el Señor hacer que los desiertos de nuestra vida ya no sean desiertos porque florezcan flores de vida en nosotros prometedores de hermosos frutos. Son esas nuevas actitudes de vida que tienen que ir floreciendo en nosotros. Nunca ya el juicio ni la condena. Para siempre ya la generosidad, el perdón, el amor, la concordia, la paz, la dicha para todos. Son las flores que tienen que florecer en la primavera de esta Pascua que vamos a celebrar.
Cuando hemos pasado en la vida por esos momentos difíciles donde quizá vimos la negrura de nuestra maldad y nuestro pecado, pero donde no nos ha faltado la experiencia enriquecedora del amor de Dios, nos sentimos en verdad transformados, fortalecidos para emprender ese camino nuevo que nos conduzca a la santidad. Si ‘el Señor ha estado grande con nosotros’ como decíamos en el salmo, claro que nos llenamos de alegría y nuestra vida ya va a ser distinta para siempre.
¿Cómo se sentiría aquella mujer cuando Jesús le dice ‘yo tampoco te condeno, vete y no peques más’?