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miércoles, 7 de agosto de 2024

Jesús se sentó a hablar con la mujer cananea, ¿estaríamos dispuestos a hacer lo mismo con tantos con los que nos cruzamos y evitamos tantas veces?

 


Jesús se sentó a hablar con la mujer cananea, ¿estaríamos dispuestos a hacer lo mismo con tantos con los que nos cruzamos y evitamos tantas veces?

Jeremías 31, 1-7; Jer 31, 10-13; Mateo 15, 21-28

Cuando se acerca a nuestra puerta, nos cruzamos por la calle o nos encontramos en un lugar de convivencia pública con una persona extraña, reconozcamos que de alguna manera nos ponemos como en guardia, nos mostramos precavidos, no mostramos demasiada familiaridad o pretendemos guardar las distancias; es cierto que en la sociedad actual estamos disfrutando de una gran movilidad y nos es fácil encontrarnos con gente extranjera que viene a visitar nuestro lugar, vivimos en un mundo de mas intercambio intercultural incluso, sin embargo hay algo que tenemos que reconocer; quizás a aquel que miramos con ojos de turista, por decirlo de alguna manera, nos es más fácil aceptarlo, porque hasta vemos una fuente de ingresos para la economía del lugar, sin embargo, seamos sinceros, ante los que vemos o consideramos como inmigrantes ilegales – en nuestras islas en este momento es un problema acuciante – no los tratamos con el mismo espíritu de acogida; son aquellos a los que ponemos distancia, de los que desconfiamos y hasta la sociedad hace sus campañas que creo que están muy llenas de inhumanidad.

Creo que con cosas en las que tenemos que pensar, tienen que hacernos reflexionar, por razones de humanidad, pero también desde nuestro sentido cristiano de la vida tenemos que ver cual tiene que ser realmente nuestra reacción. Me ha dado pie a esta reflexión que me estoy haciendo y compartiendo precisamente el evangelio que hoy se nos ofrece.

En este caso es Jesús el que no está en los límites de la tierra de Israel, se ha salido, por decirlo así, por las regiones cananeas por el norte, donde ya precisamente no son los judíos los que predominan entre los habitantes del lugar. Dice el evangelio que Jesús se retiró por aquellos lugares, ¿sería probablemente en esos momentos en que quería estar más a solas con sus discípulos más cercanos para irlos instruyendo? En territorios cercanos fue donde Jesús les hacia la gran pregunta sobre lo que la gente pensaba de El y ellos mismos también.

Es ahora una mujer cananea la que viene detrás de Jesús llorando y suplicando. Tiene una hija enferma y quizás habiendo oído hablar de los signos que Jesús hacía viene a pedirle por la salud de su hija. Parece que Jesús no le hace caso e incluso los mismos discípulos quieren que la atienda por quitársela de encima. ¿Haremos alguna vez nosotros algo por quitárnoslo de encima? Podría ser una buena pregunta que también nos hiciéramos.

Jesús le dice que no ha venido sino por las ovejas descarriadas de Israel, y en este caso no es una oveja descarriada de Israel, pues es una cananea. Pero la mujer no se acobarda en su súplica, y aunque Jesús le dice que no es bueno echar el pan de los hijos a los perros – aquí habría una consideración con esa palabra con la que los judíos se referían en ocasiones a los gentiles por no tener la fe judía – aquella mujer sigue creyendo y confiando, porque también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

Conocemos la alabanza de Jesús de la fe aquella mujer. ‘Grande es tu fe’ y la niña se curará. Pero vamos a quedarnos en la actitud de aquella mujer que no siendo judía sin embargo acude con gran fe a Jesús. Y quiero mirar a esos inmigrantes, que nos viene de otras tierras pasando también grandes calamidades para poder llegar a nuestras costas – ¡cuántos se quedan tragados por el mar en tantos naufragios de los que no podemos tener ni siquiera el número! – y que ahora nos encontramos de aquí para allá porque están buscando una vida mejor, una oportunidad en la vida, una mano que los ayude a encontrar caminos nuevos.

Cuando nos cruzamos con ellos en la calle, en nuestras plazas o en nuestros medios de transporte ¿nos habremos detenido a mirarles a los ojos para tratar de descubrir realmente lo que hay detrás de esas vidas? Los miramos de soslayo quizás y nos apartamos a un lado a su paso pero, ¿qué sabemos de sus vidas, de las familias que quedaron allá en sus lugares de origen esperando quizás una ayuda que ellos les puedan mandar desde esta tierra que ellos sueñan como tierra de promisión?

Me he querido fijar de manera especial en esta situación de los inmigrantes que de esa manera llegan a nuestras costas, pero lo mismo podríamos preguntarnos qué es lo que conocemos que se encierra detrás de esas manos y de esas miradas de quienes nos piden una ayuda.

Jesús se sentó a hablar con aquella mujer cananea ¿estaríamos dispuestos a hacer lo mismo?

martes, 5 de septiembre de 2023

Cuidado que el mundo nos esté diciendo que eso no va con ellos y se desentiende porque al anuncio de la Palabra que le hacemos le falta autoridad y convicción



 Cuidado que el mundo nos esté diciendo que eso no va con ellos y se desentiende porque al anuncio de la Palabra que le hacemos le falta autoridad y convicción

1Tesalonicenses 5, 1-6. 9-11; Sal 26; Lucas 4, 31-37

Estamos cansados de palabras y más palabras; todo el mundo tiene algo que decir, algo que proponer, promesas que hacer; pero muchas veces palabras que se lleva el viento; palabras que son como cantinelas repetidas en labios de uno y en labios de otro; palabras muchas veces huecas, vacías, que parecen como repetidoras de algo que está mandado decir y que se dice porque está mandado así, pero que notamos que están vacías de contenido, que no tienen alma; aunque a veces veamos que se pone mucho énfasis, sin embargo notamos que en el fondo son palabras como repetidas de memoria y sin contenido que salga del corazón de quienes las pronuncian; palabras, por otra parte, que podrían decir algo, pero que son dichas con tan poca fuerza de vida que al final tampoco nos convencen.

Nos cuesta encontrar palabras hondas, palabras que de verdad salgan del corazón, que tengan autoridad en sí mismas, que nos planteen un interrogante o que nos den una respuesta, palabras que ayuden a vivir y palabras que estén llenas de vida. Pasa hoy y ha pasado en todos los tiempos y lugares. Encontrar quien nos diga una palabra clara que nos llegue al corazón es como encontrar un tesoro.

Cuando Jesús comenzó a hablar a las gentes sentían que había algo distinto. Sus palabras llegaban al corazón y llegaban a la vida, aunque no todos las recibieran de la misma manera. Pero había quien entraba en sintonía con la palabra de Jesús, quienes poco a poco iban abriendo su corazón a aquellas palabras y sentían que algo se iba renovando en su interior. Eran palabras dichas con autoridad. Así comienzan a reconocerlo algunos, muchos, aunque también porque tenían su corazón muy encerrado en una coraza reaccionaban también de forma negativa diciéndole a Jesús qué tenía que ver con ellos.

Pero sí tenía que ver con ellos, sí tiene que ver con nosotros; El no quiere desentenderse de nosotros, quiere estar a nuestro lado allí donde estamos con nuestros problemas, y allí siempre tiene para nosotros una palabra de vida, una palabra de salvación. Nosotros le interesamos a Jesus y nos manifiesta su cercanía, su caminar a nuestro lado, el tendernos la mano una y otra vez allí donde estamos, aunque nos parezca que estamos hundidos, para levantarnos, para ponernos en camino de nueva vida.

Es lo que contemplamos hoy en el evangelio. La gente reconoce que Jesús habla con autoridad. Su palabra no es una dulce melodía que nos adormezca sino que será un grito fuerte en el corazón que nos despierte, que nos ponga en camino de liberación, de poder comenzar una senda nueva. Nos cuesta a veces escucharle y también le ofrecemos nuestras resistencias como aquel poseído del espíritu maligno del que nos habla el evangelio; no queremos en ocasiones que esa palabra de Jesús nos inquiete, preferimos una dulzaina que nos adormezca, por no hacer el esfuerzo de levantarnos y cambiar. Abramos sin temor nuestro corazón a la palabra de Jesús.

Pero esto nos enseña también cómo nosotros hemos de transmitir esa palabra, cómo nosotros también tenemos que hacer el anuncio. Tenemos que saber ir con la autoridad de Jesús, con el convencimiento claro de nuestro corazón, con la firmeza al tiempo que con la seguridad y la alegría de quien ha experimentado en sí mismo esa salvación que nos ofrece Jesús y que nosotros queremos transmitir a los demás.

Qué lástima que muchas veces no parecemos convencidos, no damos la impresión de que lo que queremos transmitir es lo que lo nosotros ya experimentamos y ahora vivimos. Es la firmeza y la autoridad con que tiene que mostrarse la Iglesia, pero no una autoridad de imposición, que eso sería muy fácil, sino la autoridad de lo que es su vida. Es un cuidado muy meticuloso que tenemos que mostrar quienes de una manera o de otra hacemos anuncio de la Palabra de Dios, ya porque seamos los lectores que la proclamamos en la celebración, ya porque sean los que con la autoridad de la Iglesia tratan de hacerla llegar al pueblo de Dios y al mundo que nos rodea. Cuidado con los recitativos de nuestra entonación a la hora de la proclamación que se pueden convertir en música cansina que al final no interese ni llame la atención.

¿Será por eso por lo que el mundo de nuestro tiempo no muestra ningun interés por el anuncio del Evangelio? ¿Nos estarán diciendo también como aquel hombre del evangelio y eso qué tiene que ver conmigo y con mi vida? Y el mundo nos da la espalda y se va a sus cosas, y no termina de mostrar algun interés por la Palabra que proclamamos. Es algo muy serio que los cristianos tendriamos que plantearnos.


martes, 22 de agosto de 2023

Disfrutemos del amor, disfrutemos de la paz que sentimos en el corazón, disfrutemos sintiendo que Dios es amado cada día más, nos sentiremos pagados en ese amor

 


Disfrutemos del amor, disfrutemos de la paz que sentimos en el corazón, disfrutemos sintiendo que Dios es amado cada día más, nos sentiremos pagados en ese amor

Jueces 6,11-24ª; Sal 84; Mateo 19, 23-30

En la sociedad en la que vivimos, quizás por aquello de las leyes del comercio y de la economía, estamos acostumbrados a que necesitamos tener mucho para alcanzar aquello que deseamos. Se nos impone la ley del tener de alguna manera. Cuanto más tengamos, más podemos conseguir. Por eso, como consecuencia, terminaremos porque todo aquello que hacemos ha de tener una compensación, de alguna manera tiene un precio que ha de significar una ganancia para nosotros. ¿Cuánto gano yo por esto que voy a hacer? Nos olvidamos así de la gratuidad y nos olvidamos también de los valores que no podemos cuantificar en algo material y económico.

¿En que convertimos, en consecuencia, la vida? Viene la competición, viene la lucha, viene la rivalidad que fácilmente puede derivar incluso en violencias. Todo son carreras locas por ver cuanto vamos a obtener y cuanto más podemos conseguir. Regateamos incluso hasta en las cosas buenas que podamos hacer; terminamos regateando hasta con Dios a ver cual es el premio o recompensa que vamos a obtener por lo bueno que vayamos haciendo en la vida.

Nos ganamos la salvación, nos decimos, por las misas a las que vamos, por nuestros rezos de cada día, por las limosnas que hacemos, porque estamos cumpliendo con los mandamientos, al menos yo no mato ni robo ni hablo mal de nadie, que nos decimos tantas veces para justificarnos, o para buscar esa justificación y esa salvación.

Cuando hoy en el evangelio escuchamos comentar a Jesús, después de aquel episodio del joven rico que no fue capaz de seguir a Jesús desprendiéndose todo, lo difícil que será a los ricos entrar en el reino de los cielos, por los apegos que tienen en el corazón, vemos que a los discípulos cercanos a Jesús les entran unas dudas si en verdad ha merecido la pena haber seguido a Jesús dejándolo todo.

Y nosotros, ¿qué?, se preguntan y le preguntan a Jesús. Un día dejaron las redes y la barca, un día abandonaron la garita de cobrador en la que trabajaba, un día dejaron sus casas y sus tareas por seguir a Jesús por estar a Jesús, ¿y eso no va a tener ninguna recompensa?

Pensamos así también en la lista que mentalmente nosotros también nos hacemos de lo que hemos hecho, de aquellas cosas a las que hemos renunciado, de lo que de nuestro bolsillo nosotros hemos gastado porque hemos querido contribuir a las obras de la Iglesia, y así seguimos haciéndonos una lista donde además sabremos también con gran sentido económico ir abultando bien lo que hemos hecho o de lo que hemos renunciado.

O sea, tendríamos que son sinceridad preguntarnos, ¿nosotros hacemos las cosas porque también en esto de las cosas de Dios también queremos obtener unos beneficios? ¿Nos mueve nuestro interés, camuflándolo quizás en eso de ganarnos la salvación, o realmente buscamos el Reino de Dios y su justicia, como nos enseña Jesús en el Evangelio?

Seamos generosos que Dios no se deja ganar en generosidad. Disfrutemos del amor, disfrutemos de la paz que sentimos en el corazón, disfrutemos sintiendo que Dios es amado cada día un poquito más, disfrutemos con la dicha y la satisfacción de que estamos contribuyendo a hacer que nuestro mundo mejor, a que la gente se ame más, a que haya menos violencias en nuestro entorno, a que con lo que hacemos logramos que alguien pueda ser un poquito más feliz. Nos sentiremos pagamos en ese amor.

Y para hacer eso no necesitamos cosas, necesitamos solo el amor que llevamos en el corazón. No convirtamos en pura economía cuanto hacemos por un mundo mejor al que nosotros queremos llamar el reino de Dios.

domingo, 19 de junio de 2022

La fiesta del Corpus ha de ser un signo de que algo nuevo se puede realizar, de un pan nuevo para nuestro mundo, cuando Cristo nos dice que le demos de comer

 


La fiesta del Corpus ha de ser un signo de que algo nuevo se puede realizar, de un pan nuevo para nuestro mundo, cuando Cristo nos dice que le demos de comer

Génesis 14, 18-20; Sal 109; 1Corintios 11, 23-26; Lucas 9, 11b-17

De camino cada cual para sus actividades se encuentran dos personas conocidas, que, vamos a pensar así, hace tiempo que no se habían encontrado por las circunstancias que sean, lo normal es que se detengan en su camino, se saluden, charlen, como se suele decir, de los aconteceres de la vida, y pronto cada uno siga con su camino. Pero allá se va una con cierto resentimiento en el corazón ‘porque ni por mi madre me preguntó que está delicada de salud’ y bien que lo sabía.

Y es que en ese encuentro y en ese intercambio de saludos en una buena acogida mutua se interesen los unos por los otros, salgan a relucir las preocupaciones que llevamos dentro y, en esa referencia que hemos hecho, nos interesemos por la salud de los familiares. En ese interés mutuo, aunque muchas veces no nos resuelvan nuestros problemas, nuestra acogida mutua pasa por ese interesarnos por lo que son las preocupaciones que llevamos dentro. Ya en el hecho de sentirnos acogidos en esas preocupaciones salimos como con una fuerza nueva, con una luz distinta para seguir el rumbo de nuestra vida.

Jesús llegó a aquel descampado, donde en principio pensaba estar a solas con los discípulos, a los que había invitado a ir para descansar un poco en ese encuentro amigable que Jesús pretendía con ellos – será algo que de una forma o de otra le veremos hacer en distintos momentos – se encontró con una multitud que le esperaba y que hasta allí habían acudido porque querían estar con el Maestro, porque llevaban en su corazón también muchos sufrimientos y muchos desalientos por lo duro del camino de la vida, y a donde habían acudido también con sus enfermos y discapacitados.

¿Qué hace Jesús? ¿Se desentiende porque otra era la programación que llevaba en mente? Jesús se queda con la gente, escucha sus llantos y sus sufrimientos, para todos tendrá una palabra que ponga una nueva esperanza en sus corazones; dice el evangelista que se puso a curar a los enfermos y a hablarles del Reino de Dios. Es el corazón lleno de misericordia que siempre será acogedor, es el corazón que se abre para regalarles su amor.


Y aquella muchedumbre está hambrienta porque largo ha sido el camino para llegar allí y en sus prisas por seguir a Jesús de pocas cosas se proveyeron para el camino. Los discípulos se preocupan y le dicen al Maestro que los despida para que vaya a los pueblos cercanos a buscar comida, pero Jesús les dice que le den ellos de comer. Entre la espada y la pared se encuentran porque todavía no han terminado de aprender la lección de Jesús. Y ya conocemos el conjunto del evangelio con aquellos pocos panes y peces que se ofrecen pero que Jesús repartirá para todos puedan comer en abundancia.

¿Será eso mismo lo que Jesús sigue ofreciéndonos hoy, sigue ofreciendo a los hombres y mujeres de todos los tiempos? ¿Será eso, por otra parte, lo que Jesús nos está enseñando a la Iglesia qué es lo que tiene que hacer con los hombres de nuestro tiempo? ¿Será ese el signo en el que hemos de convertirnos nosotros en medio de nuestro mundo para vivir esas mismas actitudes, ese mismo actuar, esos mismos valores de Jesús? ¿Dónde y cómo podremos encontrar esa imagen en la vida de la Iglesia?

Cierto es que es un evangelio que nos interpela, un evangelio en el que tenemos que convertirnos para anunciar también esa buena noticia. Tenemos algo que ha de ser imagen verdadera de lo que ahora estamos contemplando en este evangelio. Y estoy hablando de la Eucaristía, precisamente en esta fiesta tan especial que celebramos en este domingo del Corpus.

Es lo que Jesús ha querido dejarnos en la Eucaristía, lo que tiene que ser en verdad nuestra celebración. Ese momento en que nos encontramos y nos acogemos, ese momento que nos sentimos acogidos por Cristo a quien acudimos con lo que es nuestra vida, con sus luces y con sus sombras, con sus preocupaciones y con sus esperanzas, con sus sufrimientos y sus angustias, pero que nos vamos a sentir acogidos por Cristo, que nos recibe, nos escucha, nos ofrece algo nuevo y distinto para nuestra vida, El mismo se hace nuestro alimento y nuestra fuerza.

Son los pasos de toda celebración eucarística, que es mucho más que un rito que repetimos, que tiene que ser un verdadero encuentro con el Señor y con los hermanos desde lo que es nuestra vida. Es Cristo el que nos sale al encuentro, nos escucha, nos habla, nos regala no un pan milagrosamente multiplicado sino el verdadero Pan del Cielo que es su Cuerpo y su Sangre para llenarnos de vida, para regalarnos su salvación.

Es lo que tenemos que vivir con toda intensidad cada vez que celebramos la Eucaristía. Cristo está aquí en medio de nosotros y se hace alimento y vida nuestra. Ese Cristo que también nos envía – ‘darle vosotros de comer’, que le dijo a los discípulos – para que vayamos a llevarle a ese mundo hambriento de algo nuevo y distinto, aunque muchas veces no sepa bien qué es lo que busca. Es la misión que pone en nuestras manos, es la tarea que nos encomienda. ¿Seremos así acogedores con nuestro mundo como lo hizo Jesús en aquella ocasión?

Hoy nuestra celebración salta las barreras de nuestros templos porque queremos salir con Cristo Eucaristía por nuestras calles y plazas en una proclamación de nuestra fe, de su presencia real y verdadera entre nosotros. Pero esa proclamación de nuestra fe no se puede quedar en los signos y ritos que realicemos durante la procesión que celebramos, sino que tiene que ser signo de algo más.


Con Cristo queremos salir nosotros también al encuentro de nuestro mundo; a ese mundo vamos a darle la señal de que Cristo está con nosotros, de que Cristo está también en medio de ese mundo con sus problemas, con sus guerras, con sus ambiciones, con sus vanidades, con sus sombras, con sus esperanzas muchas veces frustradas, pero que sin embargo no ha perdido la ilusión de que algo nuevo se puede realizar.

Pues sí, hemos de ser signos de que algo nuevo se puede realizar, de que hay un pan nuevo para ese mundo que nos rodea, de que nos dejemos iluminar por esa luz de Cristo y veremos que nuestro mundo será mejor. Es nuestro compromiso y nuestra tarea. Es lo que queremos manifestar hondamente con la procesión del Corpus que celebramos. Esas alfombras y esos arcos y colgaduras que con tanta ilusión realizamos para adornar nuestras calles al paso del Santísimo Sacramento sean un signo de que podemos unirnos para realizar cosas hermosas para hacer nuestro mundo mejor.

viernes, 22 de octubre de 2021

No solo hemos de ser capaces de hablar del tiempo, sino que hemos de saber discernir y opinar en la que sucede en nuestra sociedad y también en la Iglesia

 


No solo hemos de ser capaces de hablar del tiempo, sino que hemos de saber discernir y opinar en la que sucede en nuestra sociedad y también en la Iglesia

Romanos 7, 18-24; Sal 118; Lucas 12,54-59

Hoy estamos pendientes al final de los telediarios de cada día para ver las previsiones que nos hace el hombre del tiempo. Con los métodos científicos de los que se dispone hoy desde las lecturas de las cartas de isobaras y no sé cuántas más cosas, con las informaciones que nos dan los satélites que estar orbitando continuamente alrededor de la tierra nos hacen esa lectura del tiempo que vamos a tener.

Nuestros mayores que no disponían de esos métodos científicos sin embargo mirando el correr de las nubes, el volar de las aves o los colores del cielo nos hacían también sus pronósticos sabiendo hacer a su manera también una lectura y predicción del tiempo. Todos más o menos nos damos de enterados en estas cosas por lo que vemos o por lo que oímos o por nuestras particulares impresiones. Qué fácil es hablar del tiempo, del que hizo, del que hace o del que va a hacer.

Queremos ser sabios en unas cosas pero luego quizá no aparezca tanto esa sabiduría para hacer una lectura de la vida. Simplemente vamos viviendo, dejando discurrir el tiempo y cuanto sucede, a lo sumo escuchando en tantas tertulias que proliferan por aquí o por allá y recibiendo sus influencias, pero no somos capaces de hacer por nosotros mismos esa necesaria lectura de la vida que tendríamos que saber hacer.

Entramos con facilidad en un mundo de mediocridad, porque no terminamos de hacernos unos juicios propios de lo que sucede en la vida; vemos que se repiten una y otra vez muchos acontecimientos de la vida de nuestra sociedad y no somos capaces de afrontar con ideas claras unos caminos de solución sino que los dejamos la mayoría de la veces en lo que opinan o dicen los demás sin tener nuestros propios criterios.

Nos hacemos vagos para pensar y para razonar, nos cuesta ponernos a reflexionar para aprender de la vida, simplemente dejamos hacer, que otros piensen, que otros tomen decisiones, y no terminamos de implicarnos en la vida. Creo que esto es muy serio. No somos capaces de desarrollar todas nuestras capacidades o nuestras posibilidades; tenemos quizás unas ideas que muchas veces son muy vagas y elementales, pero no terminamos de profundizar.

Es cierto que tenemos que escuchar lo que otros dicen, pero no nos lo tragamos todo, sino que tenemos que hacer nuestro discernimiento, exponer las cosas desde nuestro encuadre, de nuestra visión, que por supuesto enriquecemos también en el diálogo con los demás. Y eso en todos los aspectos de la vida, la vida social, la vida política, la vida cultural, la vida religiosa y eclesial también.

Es lo que nos está planteando hoy Jesús en el evangelio. La necesidad de esa madurez en nuestra vida para poder discernir claramente los caminos que debemos de tomar. Porque no somos buenos solamente porque nos dejamos arrastrar por lo que hay en nuestro entorno y a todo decimos sí, sino en la medida en que discernimos y tomamos con madurez nuestras propias decisiones mintiendo una línea y un ritmo de camino.

Y esto nos falta mucho en todo lo que atañe a nuestra vida cristiana, donde no hemos profundizado y madurado como cristianos lo suficiente y así andamos con nuestras superficialidades, nos dejamos arrastrar por la desgana o caemos fácilmente por la pendiente resbaladiza de la tibieza en nuestra vida espiritual, en nuestros compromisos cristianos.

Y esto nos falta en nuestra participación en todo lo que es la vida de la Iglesia, de la que formamos parte desde nuestro bautismo pero que no siempre nos sentimos en profunda comunión de Iglesia; los asuntos de la Iglesia parece que hay que dejarlos en manos de otros  y que ellos sean los que tomen las decisiones o los que nos marquen las pautas y nos dirijan.

Estamos en estos momentos en un momento eclesial muy interesante, del que quizá no terminamos de enterarnos. El Papa nos ha convocado a toda la Iglesia a que hagamos un camino sinodal. El Sínodo de los Obispos el Papa lo convoca cada cierto tiempo para tratar asuntos que afectan a toda la vida de la Iglesia, pero ahora ha querido el Papa que no solo sean unos obispos reunidos en Roma los que realicen el Sínodo, sino que partamos desde nuestras diócesis y desde nuestras parroquias ese camino de consulta al que nos llama el Papa. En estas pasadas semana fue la apertura de este camino sinodal para toda la Iglesia desde Roma, pero el pasado domingo se ha iniciado en nuestras Iglesias particulares, en nuestras diócesis. Es esa lectura de los signos de los tiempos de lo que está sucediendo en nuestra Iglesia.

¿Nos habremos enterado? ¿Estaremos mostrando algún interés por esta llamada a la participación? ¿Seguiremos quizás con nuestra mediocridad y falta de interés ante este camino que se nos invita a hacer? Tratemos de enterarnos, qué está sucediendo, qué se está programando en este sentido desde nuestras comunidades parroquiales. También nosotros tenemos algo que opinar, también nosotros hemos de participar. 


lunes, 4 de noviembre de 2019

La gratuidad de nuestro amor es amar con un amor como el de Dios que nos amó primero, con una generosidad sin límites y sin esperar recompensa


La gratuidad de nuestro amor es amar con un amor como el de Dios que nos amó primero, con una generosidad sin límites y sin esperar recompensa

Romanos 11,29-36; Sal 68; Lucas 14,12-14
Como solemos decir con demasiada facilidad y frecuencia yo soy amigo de mis amigos. Así lo ponemos en los perfiles de las redes sociales como queriendo decir que somos buenas personas y con sobre todo con los amigos somos buenos. Ya digo que lo decimos con demasiada facilidad y lo vemos con tan natural; entra, es cierto, en una cierta lógica porque con quien nos relacionamos con más frecuencia es con los amigos  y de hacer el bien, de prestar un favor o un servicio parecería de lo más lógico que los primeros son nuestros amigos.
¿A quien invitamos cuando vamos a celebrar una fiesta, hacer una comida especial, en nuestro cumpleaños o en la boda de nuestros hijos? A nuestros amigos, a los que conocemos más, con los que más nos relacionamos, aquellos que mantienen con nosotros unos vínculos más especiales, una cercanía, unos favores prestados y recibidos generosamente, una relación familiar. Entra dentro de nuestras lógica humanas, y no podemos decir que sea mal.
Pero Jesús quiere que tengamos una mirada más amplia, que haya otra generosidad en nuestro corazón, una visión distinta de lo que han de ser nuestras relaciones. Una perspectiva nueva, un enfoque distinto y una mirada distinta.
Lo había invitado un fariseo a comer. Nos pudiera parecer extraño con las fuertes diatribas que solía tener con ellos, pero Jesús no deja de mezclarse con todos, como nos diría en otro momento es el medico no para los sanos sino para los enfermos. No es la primera situación en este sentido y conocido es que algunos incluso venían de noche a escucharle, como aquel noble magistrado Nicodemo. Jesús acepta, como un día también con Simón el fariseo, pero al final tiene la oportunidad de dejar su mensaje.
‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado’, le dice. Han de ser otras las medidas, otras las claves, otros los criterios; no es cuestión de irnos pagando unos a otros lo bueno que hacen o que hacemos. Hay otra clave muy importante, hay otro valor que El quiere destacar en el Reino de Dios, la gratuidad.
‘Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos’ sentencia Jesús. No pueden pagarte, no pueden corresponder, no importa. Como nos diría en otra ocasión ‘tu recompensa será grande en el cielo’. Y esta actitud y este valor nos dejan descolocados. Porque estamos acostumbrados que sean agradecidos con nosotros correspondiendo en una medida semejante a lo que hayamos hecho. Pero vamos a invitar a quien no nos puede corresponder. Y no vamos a decir mira que desagradecidos que no corresponden, porque no lo hagamos por eso sino desde ese amor gratuito y generoso que tiene que haber en nuestro corazón.
Agradecidos tenemos que ser, es cierto, y siempre pero esto no se puede convertir en exigencia, casi como condición previa, por nuestra parte ante el bien que queremos hacer. La gratuidad nos descoloca, porque nos parece que todo hay que pagarlo, todo lo hacemos desde un interés; pero eso significaría falta de generosidad y nos dejaría cojo el amor. Porque tenemos que amar como Dios que El nos amó primero, sin que ni siquiera nosotros los mereciéramos; tenemos que amar con generosidad sin límites; y tenemos que amar sin esperar recompensa.

lunes, 5 de noviembre de 2018

Tenemos que liberar nuestro corazón de tantos miedos, de tantos prejuicios, de tantas vanidades para que seamos capaces de ser totalmente generosos y desinteresados



Tenemos que liberar nuestro corazón de tantos miedos, de tantos prejuicios, de tantas vanidades para que seamos capaces de ser totalmente generosos y desinteresados

Filipenses 2,1-4; Sal 130; Lucas 14,12-14

El texto que nos ofrece hoy la Palabra de Dios en la liturgia es continuación del que escuchábamos y ya comentábamos el pasado sábado. Habían invitado a Jesús a comer en casa de uno de los principales fariseos y Jesús estaba observando a los que también habían sido invitados, los amigos y personas cercanas de aquel personaje pero también la actitud que mostraban al poco menos que pelearse por los primeros puestos. Y esto da ocasión a una reflexión en voz alta por parte de Jesús además de unas recomendaciones al que lo había invitado.
¿Cuál es nuestra manera de actuar de forma casi espontánea en la vida? Muchos dicen yo ayudo al que me ayuda, soy amigo de mis amigos; cuando ser trata de invitaciones y regalos, invito o regalo al que me ha invitado a mi o me ha regalado. Y así nos vamos haciendo nuestras escalas de valores o de amigos, valorándolos por lo que nos hacen o los beneficios que me pueda reportar aquella amistad. A los demás, sean quienes sean, los miro indiferentes, yo paso de ellos como se suele decir desentendiéndome y esperando que acaso sea siempre el otro el que dé el primer paso.
Si nos fijamos de una forma serena tendríamos que reconocer que actuamos en la vida muchas veces de una forma muy interesada. Está bien, por supuesto, que ayudemos al que nos ayuda y seamos capaces de correspondernos mutuamente en lo que vamos haciendo y compartiendo. Pero lo que muchas veces nos sucede es que ponemos barreras, ponemos demasiados prejuicios, tenemos unos muy particulares criterios y de ese círculo en el que siempre me muevo me cuesta mucho salir. Pareciera muchas veces que lo hacemos es pagarnos unos a otros cualquier cosa que nos hagamos y que lo de la gratuidad estuviera un tanto olvidado.
Es lo que Jesús nos quiere indicar. Cuando invites, no lo hagas solo a tus amigos que va a corresponder invitándote a ti en la próxima ocasión y casi eso va a ser como un pago. Y nos dice que invitemos a los pobres, a los que nada tienen, a los que se encuentran disminuidos físicamente o a aquellos con los que nadie cuenta. Ellos no podrán pagarte, no estarás buscando recompensas por lo bueno que haces. Es el sentido de la gratuidad. Hacemos las cosas gratuitamente, hacemos las cosas porque si, porque queremos hacerlas, porque queremos hacer el bien, porque llevamos amor en nuestro corazón y se desborda sobre los demás, porque hay generosidad en tu corazón.
¿Seremos capaces de hacerlo? Os digo con sinceridad que eso cuesta, porque siempre aparecen en nuestro corazón esos intereses que nos vuelven mezquinos; nos cuesta porque estamos muy llenos de ataduras en la vida, y quizá muchas veces estamos más pendientes de lo que los otros puedan pensar o puedan decir. Nos cuesta… y buscamos tantas razones dentro de nosotros que al final terminamos no haciéndolo.
Tenemos que liberar nuestro corazón de tantas cosas, de tantos miedos, de tantos prejuicios, de tantas vanidades que mientras no nos liberemos de verdad no seremos capaces de ser totalmente generosos y de forma desinteresada. Es una tarea ardua a que tenemos que emprender para liberar del todo nuestro corazón. Con la fuerza del Señor podremos realizar ese camino.

martes, 15 de noviembre de 2016

Como Jesús hemos de saber detenernos junto al hermano que está quizá esperando que nosotros lo tengamos en cuenta y escuchemos sus anhelos y necesidades

Como Jesús hemos de saber detenernos junto al hermano que está quizá esperando que nosotros lo tengamos en cuenta y escuchemos sus anhelos y necesidades

Apocalipsis 3,1-6.14-22; Sal 14; Lucas 19,1-10

Jesús sigue atravesando la ciudad de Jericó. Siempre con los ojos atentos, siempre con el corazón abierto para el encuentro, siempre buscando a quien necesita una mano que lo levante, una voz que lo anime, siempre buscando al pecador como el médico que atiende al enfermo.
Cuánto tendríamos que aprender. Jesús fue capaz de mirar a lo alto de la higuera, donde nadie podía imaginar que estuviera Zaqueo. Nos enseña a levantar la mirada. Vamos demasiado mirando a ras de tierra pero solo vemos lo que nos interesa, o vamos tan encerrados en nosotros mismos que aunque llevemos los ojos abiertos no somos capaces de ver y mirar la realidad que nos rodea.
Pero Jesús no pasó de largo, se detuvo, se dirigió a Zaqueo, le habló, quería hospedarse en su casa. Algunas veces podemos ver las cosas pero no mirarlas con atención, o desentendernos y pasar de largo. Si nos detenemos y miramos podemos complicarnos; si nos ponemos a hablar con aquel que encontramos solo y que quizá esté ansioso de que alguien se interese por él, quizá nos pueda parecer que perdemos el tiempo y tenemos tantas cosas que hacer o tenemos prisa por llegar a otro lugar, pero siempre estaremos pasando de largo, evitando detenernos, evitando complicarnos.
Eran momentos de salvación y de vida. Jesús invita, nos busca, ofrece, pero nosotros hemos de dar la respuesta. ‘Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’.. Zaqueo no se hizo oídos sordos a la invitación de Jesús; bajó enseguida de la higuera y le abrió las puertas de su casa. Y con Jesús llegó la salvación a aquella casa.
Jesús tiene muchas formas de llamarnos y de invitarnos a nosotros. Quizá nos está llamando desde esa persona que está al borde del camino, de esa persona que quizá esté esperando que nos fijemos en ella y le prestemos atención. No somos nosotros los que le vamos a dar a esa persona aunque nos pudiera parecer que el detenernos para ver su necesidad o sus deseos nos va a obligar a dar de lo nuestro. No es solo lo que nosotros le demos, sino lo que vamos a recibir.
Y ya es recibir el hecho de que seamos capaces de detenernos de nuestras carreras, comenzar a dejar de mirarnos a nosotros mismos para comenzar a mirar a los demás y sus necesidades y escuchar de sus problemas. Ya estaremos recibiendo porque nuestro corazón está cambiando, porque están naciendo en nosotros actitudes nuevas, porque estamos aprendiendo a actuar como actuaba Jesús. Y ahí está la llamada del Señor, ahí está la invitación a que tengamos otro sentido de vida. Ahí está llegando también la salvación a nuestra vida, porque está llegando Jesús.
A partir de aquel momento todo fue distinto para Zaqueo. ‘Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido’. ¿Comenzará a ser distinta también nuestra vida a partir del momento en que nos encontremos con Jesús a través del hermano con quien nos detenemos a hablar, a quien comenzamos a escuchar, con quien comenzamos a tener una nueva solidaridad? ¿Se podrá decir de nosotros lo mismo?

martes, 8 de noviembre de 2016

Gratuidad y generosidad para poner siempre nuestros valores y cualidades al servicio de los demás para hacer un mundo mejor aprendiendo también a valorar lo bueno de los otros

Gratuidad y generosidad para poner siempre nuestros valores y cualidades al servicio de los demás para hacer un mundo mejor aprendiendo también a valorar lo bueno de los otros

Tito 2,1-8.11-14; Sal 36; Lucas 17, 7-10

En las normas habituales de cortesía cuando alguien nos muestra su gratitud por algo que nosotros hayamos hecho en su favor respondemos quitándole importancia a lo que hemos hecho diciéndole que no tiene por qué darnos las gracias, que era nuestro deber u obligación y expresiones semejantes en que queremos expresarnos con humildad. Lo decimos con corrección, aunque quizá alguna vez en nuestro interior sentimos el gozo de ser reconocidos, de que se nos valore aquello que hemos hecho y por el contra si no nos dan esas muestras de gratitud de alguna manera nos sentimos mal o pensamos quizá interiormente que las personas son desagradecidas.
Claro que tenemos que ser agradecidos por aquello que nos hagan al tiempo que hemos de saber valorar siempre lo bueno que hacen los demás, de la misma manera que nuestra autoestima se crece cuando nos valoran; pero también hemos de tener en cuenta que lo bueno que hacemos no ha de ser desde el orgullo de ir ganando méritos o hacer las cosas simplemente por lo que dirán. Cuando hacemos el bien, simplemente el gozo que hemos de sentir es la satisfacción del bien que hacemos y nunca buscando alabanzas o recompensas.
De alguna manera es lo que Jesús quiere decirnos hoy en el evangelio. ‘Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer’. Se manifiesta así la actitud de servicio que ha de predominar en nuestra vida y el saber comprender también que esos valores que hay en nosotros, esas cualidades de las que estamos adornados han de servirnos siempre para ese servicio o ese bien que podamos hacer a los demás. No es una simple obligación o un deber aunque en aquellos puestos de responsabilidad que tengamos en nuestra vida hayamos de asumir nuestras obligaciones dándoles siempre un toque de humanidad. Es también un compromiso nacido desde el amor.
Eso entraña que no podemos enterrar nuestros valores ni actuar solo desde el interés del bien que yo pueda obtener. Esos valores son la riqueza de nuestra personalidad pero es una riqueza que hemos de saber compartir con los otros. El talento no se entierra, como nos enseña Jesús en otras parábolas del evangelio, sino que hemos de saber desarrollar lo que somos, lo que es nuestra vida, lo que son nuestras posibilidades, nuestras cualidades para sacarle, si, el mejor partido. Y siempre en esa actitud de servicio y de generosidad diciendo, como nos enseña el evangelio, hemos hecho lo que teníamos que hacer.
No es una simple cortesía lo que tenemos que hacer. Es el espíritu que ha de guiar nuestra vida, el sentido de servicio que nace del amor que ha de adornar nuestra existencia. Es un compromiso para nosotros con lo que queremos hacer nuestro mundo mejor. Ponemos nuestro granito de arena cuando actuamos desde la gratuidad, desde la generosidad, desde el deseo de hacer el bien. Es algo que hemos de saber ir contagiando a quienes están a nuestro lado de manera que crezca y crezca la espiral del amor que es el que hará que nuestro mundo sea mejor.