martes, 8 de noviembre de 2016

Gratuidad y generosidad para poner siempre nuestros valores y cualidades al servicio de los demás para hacer un mundo mejor aprendiendo también a valorar lo bueno de los otros

Gratuidad y generosidad para poner siempre nuestros valores y cualidades al servicio de los demás para hacer un mundo mejor aprendiendo también a valorar lo bueno de los otros

Tito 2,1-8.11-14; Sal 36; Lucas 17, 7-10

En las normas habituales de cortesía cuando alguien nos muestra su gratitud por algo que nosotros hayamos hecho en su favor respondemos quitándole importancia a lo que hemos hecho diciéndole que no tiene por qué darnos las gracias, que era nuestro deber u obligación y expresiones semejantes en que queremos expresarnos con humildad. Lo decimos con corrección, aunque quizá alguna vez en nuestro interior sentimos el gozo de ser reconocidos, de que se nos valore aquello que hemos hecho y por el contra si no nos dan esas muestras de gratitud de alguna manera nos sentimos mal o pensamos quizá interiormente que las personas son desagradecidas.
Claro que tenemos que ser agradecidos por aquello que nos hagan al tiempo que hemos de saber valorar siempre lo bueno que hacen los demás, de la misma manera que nuestra autoestima se crece cuando nos valoran; pero también hemos de tener en cuenta que lo bueno que hacemos no ha de ser desde el orgullo de ir ganando méritos o hacer las cosas simplemente por lo que dirán. Cuando hacemos el bien, simplemente el gozo que hemos de sentir es la satisfacción del bien que hacemos y nunca buscando alabanzas o recompensas.
De alguna manera es lo que Jesús quiere decirnos hoy en el evangelio. ‘Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer’. Se manifiesta así la actitud de servicio que ha de predominar en nuestra vida y el saber comprender también que esos valores que hay en nosotros, esas cualidades de las que estamos adornados han de servirnos siempre para ese servicio o ese bien que podamos hacer a los demás. No es una simple obligación o un deber aunque en aquellos puestos de responsabilidad que tengamos en nuestra vida hayamos de asumir nuestras obligaciones dándoles siempre un toque de humanidad. Es también un compromiso nacido desde el amor.
Eso entraña que no podemos enterrar nuestros valores ni actuar solo desde el interés del bien que yo pueda obtener. Esos valores son la riqueza de nuestra personalidad pero es una riqueza que hemos de saber compartir con los otros. El talento no se entierra, como nos enseña Jesús en otras parábolas del evangelio, sino que hemos de saber desarrollar lo que somos, lo que es nuestra vida, lo que son nuestras posibilidades, nuestras cualidades para sacarle, si, el mejor partido. Y siempre en esa actitud de servicio y de generosidad diciendo, como nos enseña el evangelio, hemos hecho lo que teníamos que hacer.
No es una simple cortesía lo que tenemos que hacer. Es el espíritu que ha de guiar nuestra vida, el sentido de servicio que nace del amor que ha de adornar nuestra existencia. Es un compromiso para nosotros con lo que queremos hacer nuestro mundo mejor. Ponemos nuestro granito de arena cuando actuamos desde la gratuidad, desde la generosidad, desde el deseo de hacer el bien. Es algo que hemos de saber ir contagiando a quienes están a nuestro lado de manera que crezca y crezca la espiral del amor que es el que hará que nuestro mundo sea mejor.

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