domingo, 6 de noviembre de 2016

Desde la fe y la esperanza en la vida eterna encontramos apoyo, fuerza y sentido en un camino muchas veces lleno de oscuridades y tinieblas

Desde la fe y la esperanza en la vida eterna encontramos apoyo, fuerza y sentido en un camino muchas veces lleno de oscuridades y tinieblas

2Mac. 7, 1-2. 9-14; Sal 16; 2Tes. 2, 15 - 3, 5; Lc. 20, 27-38
Hay momentos en que ya sea por los problemas que tengamos, los agobios que nos ofrezca la vida o porque sencillamente surgen esas preguntas en nuestro interior si somos reflexivos, nos planteamos el por qué de nuestra existencia, el sentido que pueda tener lo que hacemos o lo que sufrimos; es, en cierto modo, preguntarnos a donde vamos y cual es el término o la meta del camino que vamos haciendo.
Cuando surgen los problemas parece que todo se nos vuelve oscuro y nos parece tenebroso el camino que vamos haciendo porque nos parece un sin sentido lo que estamos viviendo; queremos ser felices, es un ansia que todos llevamos dentro, y esos problemas que nos agobian no nos dejan ser felices, y nos parece que si no conseguimos ahora esa dicha y esa felicidad todo lo que hacemos carece de sentido.
Si nos falta una esperanza, una esperanza que nacerá del sentido que le hayamos dado o encontrado a la vida que vivimos, es por lo que quizá en la desesperanza ya no queremos vivir; todo parece un abismo en el que no vemos un final, o más que un final, una finalidad. Es duro vivir sin esperanza, vivir sin trascendencia, vivir pensando que solo es lo que ahora vivimos y que muchas veces se nos hace muy duro y difícil.
Cuesta muchas veces encontrar respuestas porque no siempre nuestras ciencias y saberes nos dan respuesta; desde muchos lados se nos quieren dar respuestas y así están las respuestas que nos han intentado dar los pensadores de todos los tiempos; es la eterna pregunta que siempre tendremos en nuestro interior y cuya respuesta se nos puede volver oscura si no encontramos una luz que nos dé un verdadero y profundo sentido.
Para mí, y lo quiero decir humildemente porque aun así muchas veces nos cuesta comprender y no quiero ser más sabio que nadie, la respuesta la encuentro, la intuyo en la fe que tengo en Jesús. Es lo que humildemente puedo ofrecer. Para mí Jesús es la verdad de Dios, la manifestación hecha carne de la Sabiduría divina, y ¿quién mejor que el que nos ha creado nos puede desvelar en la medida en que seamos capaces de entenderlo todo el misterio de nuestra vida, todo el sentido de nuestra existencia? En Cristo se revela la verdad del hombre al tiempo que se nos revela el misterio de Dios.
‘Yo he venido para que tengan vida y vida en abundancia’, nos dirá en algún lugar del evangelio. Y nos proclamará que El es la vida y quien cree en El tendrá vida para siempre. Es Jesús es el que viene a darnos sentido y plenitud a la vida del hombre porque nos ofrece su vida, nos hace participes de la vida eterna. Jesús nos revela al Dios de la vida y del amor. ¿No querrá entonces vida para siempre para nosotros?

¿Qué es lo que va haciendo a lo largo del evangelio? ¿Qué es lo que nos va ofreciendo? Proclama el año de gracia del Señor porque con El llega la amnistía, el perdón total para darnos vida para siempre. No quiere la muerte para nosotros y nos arranca de toda esclavitud. Nos quiere libres de ataduras para que podamos vivir en su plenitud, que todo eso mejor que ansiamos en lo más hondo del corazón podamos alcanzarlo en plenitud, porque ninguna sombra lo oscurezca ni ningún pecado lo manche.
Desde ese anuncio de vida en plenitud que Jesús nos hace y nos ofrece miraremos nuestra propia vida con otros ojos, con otro sentido. Es cierto que toda esa plenitud que deseamos no la podemos alcanzar ahora y aquí porque nuestra vida se llena de muchas sombras, pero no nos falta la esperanza de que un día podremos vivirlo en plenitud. Nuestra vida terrena, el hoy de nuestra vida se puede ver ensombrecido por los problemas y los agobios de la vida, pero siempre veremos al final ese faro de luz de la vida en plenitud que desde nuestra fe en Jesús se nos revela.
Como decían los jóvenes Macabeos que escuchábamos en la primera lectura de este domingo cuando eran martirizados por su fe, ‘tú, malvado, nos quitarás la vida presente… pero el rey del universo nos resucitará para una vida eterna… Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará’.
Desde esa esperanza de vida eterna ya no nos importan tanto los sufrimientos de la vida presente porque ansiamos y esperamos esa vida en plenitud que Dios nos dará. No andamos ahora haciendo especulaciones o dejándonos llevar por la imaginación para saber o describir cómo será esa vida futura, sino que sabiendo que será vivir en Dios para siempre y siendo Dios amor es alcanzar la plenitud más grande que podamos imaginar. No caben aquellas especulaciones que se hacían los saduceos cuando vinieron con sus preguntas a Jesús porque ellos negaban la resurrección. Solo es cuestión de fiarnos de Dios.
Forma parte de nuestra fe y así lo confesamos en el credo. Es lo que nos da esperanza y nos hace trascender nuestra vida. Desde esa esperanza encontramos ese apoyo, esa fuerza y ese sentido para nuestro caminar aunque muchas veces ese camino se nos pueda llenar de oscuridades y tinieblas. Miramos hacia Jesús y en El encontramos la luz. 

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