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viernes, 9 de octubre de 2026

Jesús es el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no andemos en el vacío, sólo en Él encontraremos el verdadero sentido y podremos alcanzar nuestra verdadera plenitud

 


Jesús es el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no andemos en el vacío, sólo en Él encontraremos el verdadero sentido y podremos alcanzar nuestra verdadera plenitud

 Gálatas 3, 7-14; Salmo 110; Lucas 11, 15-26

Una casa vacía, con bonitas apariencias externas puede ser un peligro de ser asaltada y ocupada con las dificultades subsiguientes para arrojar de ella esos nuevos ocupantes. El ejemplo lo estamos escuchando continuamente en noticias que nos hablan de asaltos y de ocupaciones, pero no queremos referirnos a esas situaciones sociales del momento sino que podemos ponerlo de ejemplo de lo que nos puede suceder a nosotros mismos con nuestra vida. Queremos vivir bien y nos hemos ido rodeando en esta sociedad que ahora llamamos o con la que ahora soñamos del bienestar de multitud de cosas que pensamos que nos hacen bella la vida, nos rodeamos de comodidades, queremos hacernos la vida fácil, nos llenamos de adornos de materialismo y de sensualismo porque queremos tener de todo y queremos disfrutar de todo, pero ¿cuáles son las riendas por las que marcha nuestra vida?

Sí, tenemos que preguntarnos, ¿cuáles son los valores en lo que la hemos fundamentado para que cuando venga un temporal no sea arrasada? ¿Cuál es el sentido profundo que le hemos dado a nuestra vida? ¿Llegaremos a darnos cuenta de que a pesar de todas esas cosas de las que queremos disfrutar nuestra vida está vacía? ¿Donde encontramos de verdad apoyo y fortaleza para cuando vengan los momentos de prueba? Incluso en las vivencias religiosas o de intento de espiritualidad que podemos tener, ¿en qué o en quien las fundamentamos?

Quizás nos damos cuenta de que nos llamamos cristianos, pero Cristo no aparece por ningún lado en nuestra vida. ¿Dónde está una auténtica y verdadera fe en Jesús? ¿Nos quedamos en devociones a imágenes que pueden terminar en un fanatismo religioso pero que no dan fundamento a nuestra vida?

Muchos seguían a Jesús por los caminos de Galilea y Palestina quizás entusiasmados con sus milagros, pero pocos fueron los que llegaron con Él hasta el pie de la cruz; y a todos les costó mucho pasar por aquella prueba y luego cerciorarse de que era verdad que había resucitado como lo había anunciado. Pero ahora mismo vemos quienes hacen interpretaciones de sus milagros, porque quizás vieran en peligro aquellos posicionamientos que en nombre de la religión habían tomado, y llegan de forma que nosotros hoy consideramos blasfema a decir que Jesús realizaba aquellas expulsiones de demonios con el poder del mismo demonio. Les costaba entrar en el camino de la fe que Jesús les estaba señalando, porque quizás a ellos les agradaba más mantener sus prestigios sobre los que los rodeaban.

Entremos en ese camino de la fe para que Jesús sea el verdadero fundamento y sostén de nuestra vida. Es la fe en Jesús la que nos llevará a la salvación, como nos ha estado reflexionando el apóstol san Pablo en la carta a los Gálatas que también estamos escuchando. Es Jesús el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no sea una casa vacía que sea fácil de asaltar. Son las imágenes que Jesús nos está proponiendo hoy en el evangelio.

Muchas veces también desde una forma humana queremos ordenar y organizar nuestra vida, nos hacemos buenos planteamientos de cosas que tenemos que intentar hacer mejor para nosotros también ser mejores, pero solo confiamos en nuestras planificaciones y en la fuerza que tenemos en nosotros mismos; es bueno tener una voluntad fortalecida para enfrentarnos a esos caminos de la vida pero tenemos que darle otra hondura a nuestra vida para alcanzar esas metas más altas, es la verdadera espiritualidad de la que tenemos que llenar nuestro corazón que será luego como esa lanzadera que nos hará llegar a metas más altas.

Pero no es una espiritualidad cualquiera, una espiritualidad fundamentada en nuestra fe en Jesús. Es la cepa profunda en la que hemos de enraizar todos los sarmientos de nuestra vida si queremos en verdad que dé fruto. Sin mí, nos dice Jesús, no podéis hacer nada. Por eso nos dirá en otro momento que Él es el Camino, y la Verdad, y la Vida, y nadie va al Padre sino a Él. Hoy nos está pidiendo que no andemos haciendo dobles juegos, como nos dirá en otro momento que no andemos haciendo remiendos o componendas en nuestra vida. Hoy nos dice claramente o que estamos con Él o que estamos contra El. ‘El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama’.

Jesús es el que tiene que llenar de verdad nuestra vida para que no andemos en el vacío, sólo en Él encontraremos el verdadero sentido y podremos alcanzar nuestra verdadera plenitud.


martes, 9 de junio de 2026

No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

 


No podemos los cristianos dar la impresión de que andamos un poco sosos en nuestra fe por la baja intensidad con que vivimos nuestro compromiso cristiano

1Reyes 17, 7-16; Salmo 4; Mateo 5, 13-16

Esto está un poco soso, decimos cuando nos ofrecen un plato de comida, pero que no tiene sabor; esto está soso decimos cuando estamos en una reunión que tendría que ser animada y con alegría de fiesta, pero damos la impresión que allí todos estamos aburridos y como de compromiso; a éste le falta una pizca de sal decimos cuando alguien nos está cantando una canción pero lo hace con desgana, siguiendo la música, sí, pero sin ritmo y sin entusiasmo… para muchas cosas en la vida empleamos esa imagen de la sal que tenemos o que nos falta en aquello que hacemos.

Jesús emplea esta imagen en el evangelio y mucho nos quiere decir con ello, porque, como nos dice, si la sal se vuelve sosa, ¿quien la salará, quien le dará sabor? Creo que entendemos muy bien lo que Jesús nos está queriendo decir, porque nos está hablando de nuestra fe, que es la que nos da sabor a nuestra vida, el sentido de Cristo, el sentido espiritual y sobrenatural a lo que hacemos y a lo que vivimos. Es la sal que tenemos que llevar a nuestro mundo, pero para ello será necesario que estemos bien impregnados del sabor de Cristo. ¿O acaso algunas veces los cristianos damos la impresión de que vivimos ‘un poco sosos’ nuestra fe y compromiso cristiano?

Poner esa sal en nuestra vida y en nuestro mundo significa muchas cosas. A cuantos nos encontramos por la vida que parece que caminan sin rumbo y sin entusiasmo por la misma vida, han perdido la ilusión de vivir, de crecer, de soñar y aspirar a algo nuevo, a algo grande y mejor; viven una vida amorfa, simplemente dejándose arrastrar por las horas y por los días pero sin darle hondura a lo que hacen, en la superficialidad que se queda en apariencias; viven sin alegría, sin motivaciones, siempre en sus rutinas sin esforzarse por algo distinto y mejor, siempre cansados  y sin ganas, dejándose envejecer y morir. ¿Podemos permitir en aquellos que están a nuestro lado que vivan una vida así sin vivir?

El compromiso de nuestra fe no es solo para una satisfacción personal en nuestras vivencias o experiencias religiosas, sino que tiene que llevarnos a una transformación de ese mundo que nos rodea. La fe en nosotros ha sido ese grano de sal que ha dado un sabor y un sentido a nuestra vida; la fe nos llena de inquietud y nos hace vivir con intensidad cada paso de nuestra vida; pone alegría en nosotros porque llena de esperanza nuestro corazón y creemos que es posible algo nuevo y mejor; la fe nos impulsa a superarnos y a crecer y pone entusiasmo en aquello con lo que nos sentimos comprometidos, da profundidad a nuestras razones para vivir y nos motiva a buscar siempre lo mejor. Estamos, entonces, llamados a poner vida en nuestro mundo, a contagiar de eso que vivimos a cuanto nos rodea. Allí donde hay un cristiano tiene que haber vida y amor a la vida.

Es lo que nos está diciendo Jesús hoy cuando nos dice que somos la sal de la tierra o cuando nos dice también que tenemos que ser la luz del mundo. Tenemos que iluminar. No podemos ocultar nuestra fe. La luz no es para meterla y encerrarla en un cajón, sino para ponerla en alto para que pueda iluminar. Y es lo que tenemos que hacer los cristianos. No podemos ser cristianos vergonzantes que vamos ocultando lo que hacemos; no por orgullo o vanagloria que ya nos dirá Jesús que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, sino porque tenemos que iluminar, porque nos sentimos responsables de llevar esa luz de nuestro amor para hacer germinar un mundo nuevo donde falta tanta vida.

Aun siendo conscientes de nuestras flaquezas y debilidades sin embargo escuchando las palabras de Jesús que ‘brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’.

domingo, 22 de febrero de 2026

Dejémonos conducir por el Espíritu al silencio del desierto en este principio de Cuaresma y al encontrarnos con nosotros mismos veamos en Dios la verdad de nuestra vida

 


Dejémonos conducir por el Espíritu al silencio del desierto en este principio de Cuaresma y al encontrarnos con nosotros mismos veamos en Dios la verdad de nuestra vida

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7; Salmo 50; Romanos 5, 12-19; Mateo 4, 1-11

¿Será posible que después de lo que sabemos o de lo que hemos vivido, de la experiencia de la misma realidad sigamos dejándonos convencer por la misma mentira?

Es múltiple la experiencia en este sentido que vamos teniendo de la vida misma, de lo que somos y de lo que hacemos, de las cosas que cada día nos suceden que tantas veces nos han hecho tropezar y a pesar de tantas promesas nos han llevado a tantos vacíos, de lo que palpamos en la misma sociedad en la que vivimos tan llena de mentiras y de engaños que al final terminan engatusándonos y seguimos confundiéndonos en las opciones que tendríamos que hacer para que las cosas sean mejor, o lo que es en la interioridad de nosotros mismos con nuestras ansiedades y con nuestras ambiciones, con nuestros sueños de grandeza o de poder, con lo que es la verdad de nosotros mismos y el sentido que le hemos de dar a nuestra vida en el que al final lo que queremos es endiosarnos. Y volvemos a reincidir una y otra vez, parece que nos hemos cegado. Es la realidad que estamos viviendo con sus amagos y sus tentaciones.

Necesitamos sabernos detener, necesitamos hacer desierto en nuestra vida para despojarnos de esas vanidades en las que nos dejamos envolver y paso a paso nos vayamos haciendo planteamientos serios de nuestra vida. Es lo que la Iglesia nos está ofreciendo en este tiempo de Cuaresma. Decimos que la cuaresma es prepararnos para la semana santa y la pascua, pero cuidado nos dejemos arrastrar por un ambiente no siempre muy evangélico y nos estamos preocupando de preparar muchas cosas materiales. ¿Solo toca preparar tronos procesionales o celebraciones muy solemnes, o toda la suntuosidad material, digámoslo así, con muchas profusión de objetos valiosos y suntuosidades? Lo que podría ser una ayuda si lo hacemos bien al final nos damos cuenta de que nos ha desenfocado de lo que realmente es importante; llegará la Pascua, porque será el tiempo pascual, pero no ha habido verdadera pascua en nosotros.

En este primer domingo toda la liturgia de la Palabra nos está hablando de tentaciones, nos recuerda la primera lectura la tentación de Adán y Eva en el paraíso y nos recordará el evangelio las tentaciones de Jesús en el desierto. Pero no las miremos como quien contempla un cuadro muy hermoso que nos describe algo pasado en el tiempo. Nosotros tenemos que meternos en ese cuadro; ya lo estamos haciendo con lo que previamente hemos reflexionado en lo que hemos convertido nuestra preparación y nuestro camino cuaresmal.

¿En qué ponemos el valor de la vida, de lo que tenemos que ser y de lo que tenemos que hacer? Lo material nos absorbe, las cosas que tenemos que hacer nos absorben y nos olvidamos de donde está su sentido; y de ahí nos surge un activismo del hacer por hacer, claro que detrás está todo aquello que queremos obtener para lograr una vida mejor, como solemos decir; pero ¿de qué estamos disfrutando de la vida? No sabemos saborearla de verdad porque vivimos nuestros agobios por nuestras ganancias, decimos porque necesitamos un pan para comer.

Pero ¿el disfrute de la vida está solamente en que llenemos nuestro estómago? ¿No habrá algo más que hemos de buscar en ese vivir que nos lleve a una plenitud de nuestro ser? ¿Qué es lo que realmente buscamos? ¿Qué es lo que nos ciega?

Por ese camino tendríamos que seguir preguntándonos por muchas cosas. Cuidado que nos queramos convertir en el centro de todo. Nos desconsuela estar encima del pedestal para ser reconocidos. No es que se nos tengan en cuenta nos valores o nuestras capacidades para contribuir con los demás a la mejora de ese mundo en el que vivimos.

No es el espíritu de servicio al que queremos darle importancia. Para nosotros muchas veces el que nos valoren es que nos pongan por encima de todo y los únicos, queremos sobresalir y queremos imponernos porque ya al final nos parece que lo único válido es lo nuestro, queremos ser admirados porque poco menos que nos hemos convertido en los salvadores de la humanidad, que nuestro poder y prestigio nos ponga por encima de todos. Nos endiosamos haciéndonos al mismo tiempo esclavos y adoradores de tantas vanidades de la vida.

¿Dónde hemos puesto a Dios en todos estos planteamientos de la vida? Jesús tuvo su momento, por así decirlo crítico, en el comienzo de la realización de su misión. Es este momento del que nos habla el evangelio de que Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. El relato de los evangelistas nos lo sitúan en este comienzo de su actividad apostólica aunque si nos fijamos bien en el evangelio aparecen otros momentos de tentación para Jesús. Hoy nos centramos en este momento de desierto y veremos al Jesús que conducido por el Espíritu va respondiendo a esa triple tentación.

¿Es solo de pan de lo que vive el hombre?, también nos preguntábamos nosotros. Y tenemos que dejarnos envolver por el Espíritu nosotros también para sentir cómo Dios es el que guía nuestra vida, cómo solo en El vamos a encontrar el valor y el sentido no solo de lo que hacemos sino de nuestro ser. No nos dejaremos, pues, seducir por ninguna propuesta que nos parezca que nos da la mejor solución. Descubramos el engaño, la mentira, la vanidad, el orgullo que nos quiere envolver, tras lo cual nos vamos a sentir vacíos. Dios nos llevará sobre las palmas de sus manos para que no caigamos en la tentación y la mentira del orgullo, Dios es el único Señor de nuestra vida que nos da el verdadero sentido de nuestro ser y a quien hemos de adorar.

domingo, 21 de septiembre de 2025

Busquemos los verdaderos valores que van a dar grandeza a la vida, no nos dejemos succionar por el materialismo y aprendamos a valorar a la persona por lo que es en sí misma

 


Busquemos los verdaderos valores que van a dar grandeza a la vida, no nos dejemos succionar por el materialismo y aprendamos a valorar a la persona por lo que es en sí misma

Amós 8, 4-7; Salmo 112; 1Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13

Cada uno en la vida tiene sus valores, aquellas cosas que considera más importantes, más fundamentales en su vida y podríamos decir que sin ellas pareciera que su vida careciera de sentido, y otras que con ser importantes le damos menos importancia, menor valoración, como también otras cosas que para nosotros no tienen valor, las consideramos negativas y de las que nos apartamos o no dejamos introducir en nuestros planes de vida. Son los criterios por los que nos regimos, son los principios que fundamentan nuestra existencia, son de alguna manera los que nos van a definir lo que somos y como somos.

Con esto de alguna manera estamos hablando de hacernos una escala de valores para priorizar lo que realmente es lo más valioso para nosotros. Y esto de la escala de valores es algo serio e importante porque como decíamos nos está definiendo, nos estará diciendo también qué clase de persona somos. Es el fundamento de nuestra moralidad, de la ética por la que regimos nuestra vida.

Hemos de reconocer que no siempre lo tenemos claro, que no siempre somos consecuentes con lo que decimos, porque proclamar principios muchas veces nos puede resultar fácil, pero eso llevarlo a la práctica de nuestra vida no siempre lo hacemos; de ahí la incongruencia en que tantas veces vivimos. Claro que para llegar a ello hemos de ir formando nuestra conciencia para llegar a tener las cosas claras, pero también para tener la madurez y valentía para actuar en consecuencia.

Es importante la educación que recibimos que nos enseña a alcanzar esa madurez, conseguir esos fundamentos de nuestra vida. Algunas veces parecemos infantiles que no sabemos lo que queremos, nos falta personalidad, firmeza y madurez, y andamos tonteando de acá para allá sin saber a qué quedarnos. ¿Estaremos dando principios estables, poniendo de verdad esos cimientos, en la educación que le damos a las jóvenes generaciones que vienen detrás de nosotros?

En este momento de nuestra reflexión quizás tendríamos que preguntarnos si tenemos clara esa escala de valores en el día a día de nuestra vida, si acaso hemos alcanzado esa madurez, y con sinceridad plantearnos cuales son las cosas que consideramos fundamentales para nuestra vida, a las que le damos la mayor importancia. Cuidado con que el materialismo nos invada y nos envuelva.

Es lo que hoy nos está planteando Jesús en la parábola que se nos propone en el evangelio. Aquel hombre que quizás había querido darle sentido a su vida desde las riquezas, aprovechándose en todo lo que podía en la administración de los bienes de su amo, se descubrió a sí mismo con las manos vacías. Cuando le pidieron cuenta de su administración, sabiendo incluso que había obrado mal y que iba a ser despedido, se encontraba que no sabía a dónde acudir ni qué hacer. Como decía él ni siquiera sabía trabajar en el campo, en esa dignidad que se creía tener le daba vergüenza pedir limosna, sabía que su vida había perdido sentido. Pero encontró un camino.

Un camino en el que por una parte rehacía lo que torpe e injustamente había hecho cuando abusaba de los deudores de su amo cargándoles con más intereses que lo que realmente debían y por otra se ganaba la consideración de las personas que le rodeaban; el respeto a la dignidad de las personas, el respeto a un trabajo digno, el reconocimiento de su vaciedad y de sus errores le ayudó con su astucia a encontrar una salida. 

Cuando ponemos nuestros intereses materiales por encima del valor y dignidad de las personas andamos perdidos, como lo estaba aquel hombre. Pero reaccionó a tiempo, se ganó la consideración incluso de su amo que le alababa su astucia y su manera de encontrar salida a su vida, se ganaba unos amigos en aquellos a los que en cierto modo condonaba sus deudas haciéndolas más justas.

¿Qué andamos buscando en la vida? ¿Dónde están nuestros principios y valores? ¿Qué es lo que tiene que ser verdaderamente importante para nosotros? Desde el principio de nuestra reflexión nos lo hemos venido planteando; el ejemplo de esta parábola tiene que ser para nosotros un aliciente más para encontrar ese verdadero valor, ese verdadero sentido de la vida. No es lo material lo que nos hace grandes, es el respeto y valoración de la persona lo que nos hará encontrarnos con nosotros mismos, es el camino por el que tenemos que ir encontrando la verdadera madurez de nuestra vida.


jueves, 27 de febrero de 2025

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

 

Un buen sabor para la vida haciendo crecer nuestras relaciones llenas de armonía y de paz trasmitiéndonos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría

Eclesiástico 5, 1-8; Salmo 1; Marcos 9, 41-50

Yo, a mi vida, a mis cosas, a disfrutar de mi vida; yo no tengo que ver con nadie ni nadie tiene que meterse conmigo y con lo que hago. Hay gente que vive así, solo se preocupan de sí mismos y quieren como crear un mundo solo para ellos; pero no vivimos en una burbuja y por mucho que queramos desentendernos de los demás, estamos relacionados y lo que hacemos no nos afecta solo a nosotros sino que repercute en los demás; podemos dañar o podemos arrastrar, como también nosotros podemos vernos arrastrados por el ambiente que nos rodea, influidos por lo que los otros hacen. Vivir es algo más serio.

Por naturaleza estamos hechos para la relación, aunque haya momentos de individualismo o de egoísmo en que nos queramos aislar de los demás; el hombre, y cuando digo el hombre quiero decir la persona no puede vivir sola, aislada de los demás; esa es la constitución del ser humano; tenemos voz para comunicarnos, tenemos ojos para contemplarnos, tenemos oídos para escucharnos, nuestros pasos no los damos aislados de los demás, ni el trabajo que realizamos solo es para nosotros mismos; hay una mutua relación entre unos y otros.

Por eso además tenemos que cuidar lo que hacemos para que no repercuta de mala manera en quienes nos rodean; tiene que surgir una delicadeza en el trato, como tenemos que dejar buenas huellas que ayuden a ir por buen camino a los demás; de la misma manera que no queremos que nadie nos dañe con lo que hace, nosotros también tenemos que cuidar el dañar a los demás con lo que hacemos; como no podemos dejarnos influir por lo que no es tan bueno que hagan los demás, tampoco nosotros podemos hacer algo que influya de manera negativa en los otros.

Hoy nos habla Jesús de esas cosas pequeñas y ordinarias de cada día con las que tenemos que crear esa buena relación entre unos y otros; desde esa generosidad de nuestro corazón para dar un vaso de agua al que está sendiento como para evitar aquello que distraiga del buen camino a los que están a nuestro lado.

Y habla Jesús de la importancia de no escandalizar a los que son pequeños y sencillos; y escandalizar es impulsar con nuestro mal ejemplo por el mal camino a quienes están a nuestro lado; y nos habla Jesús, entonces, de cómo tenemos que evitar en nuestra vida aquellas cosas, aquellos gestos, aquellas cosas que hagamos que nos lleven por lo mano. Es radical Jesús que nos dice que nos vale más entrar en el cielo manco de una mano, o que esa mano nos lleve a la perdición del mal. Y nos habla de esas miradas turbias que están llenas de malicia y que pueden pervertir nuestro corazón.

Y nos habla del sabor que le hemos de dar a nuestra vida y en consecuencia al mundo en el que vivimos. Es el sentido que le damos a nuestra existencia que nunca nos puede convertir en el ombligo del mundo, porque todo lo centremos en torno nuestro sino de esa apertura que hemos de darle a la vida porque, como decíamos al principio, vivimos en una relación con los demás.

Todo aquello que contribuya a esa buena relación que cree armonía y paz, que haga florecer el amor y la amistad, que nos haga sentirnos miembros de una misma familia será lo que le dará ese sentido y ese sabor a nuestra vida; nada de arideces y amarguras, nada de malquerencias y desconfianzas, nada de orgullos ni vanidades que nos quieran hacer crecer sobre los demás; mucho de sencillez y humildad para crear cercanía, para hacer fraternidad, para forjar comunión, para transmitirnos lo que nos hace felices para crear un mundo que sonría y al que no le falte ilusión. Es lo que nos hará grandes de verdad porque nos hemos anudado en la fraternidad. Es el buen sabor que le hemos de dar a la vida.

lunes, 21 de octubre de 2024

Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús, que nos ofrece un camino de liberación de todo cuanto nos pueda oprimir o esclavizar

 


Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús, que nos ofrece un camino de liberación de todo cuanto nos pueda oprimir o esclavizar

Efesios 2, 1-10; Salmo 99; Lucas 12, 13-21

Cuando se meten por medio los intereses materiales o económicos pronto todo comienza a ir mal; somos muy amigos hasta que me pides un préstamo porque estas apurado y pronto de olvidas de devolverlo; somos buena familia mientras no llega la hora de las herencias y comienzan los pleitos porque si tuviste la mejor parte, o a ti te tocó lo que yo quería y cosas así; cuando vamos interesados por la vida solo por lo material aparecen las envidias, las ambiciones que te llevan a lo que sea con tal de conseguir lo que querías, las trampas y las zancadillas, etc. etc. etc.

De situaciones así arranca el mensaje que hoy nos quiere trasmitir el evangelio. Uno que le viene a decir a Jesús que intervenga con su hermano para resolver el problema de la herencia de los padres. Es algo que se repite demasiado en la vida. Pero algo que denota en qué ponemos nuestros intereses, cuales son nuestros valores, por qué realmente luchamos y trabajamos. Vivimos ansiosos con lo material, con el dinero, con lo que tenemos o lo que ganamos, y por mucho que tengamos al final ¿en qué o con qué nos quedamos?

Nos propone Jesús una parábola para que aprendamos a liberar el corazón. Son muchos los apegos que se convierten en esclavitudes y aquello por lo que ansiamos tanto al final tampoco nos hace felices. El hombre que cogió una gran cosecha, nos propone Jesús en el evangelio. Tuvo que ampliar sus lagares y bodegas para almacenar todo lo que había conseguido con su buena cosecha. Cuando aquel hombre que ahora le parecía tener todo y ya era feliz con eso, nos dice la parábola, que aquella noche se murió. ¿De quien será todo lo que había acumulado?

Nos volvemos locos con nuestros trabajos porque siempre nos parece poco y queremos ganar más; ya no tenemos tiempo para nada, porque el afán de esas ganancias nos absorbe y ya ni amigos, ni hijos, ni familia, ni descanso, ni buen ambiente en casa y tampoco en el trabajo, ni disfrutar de las cosas que tiene, ni desarrollar aficiones que le darían relajación a su espíritu, ni contemplar el mundo en el que vive. Y al final, ¿qué? Hablamos hoy mucho de tensiones acumuladas en nuestro espíritu a causa del trabajo y del afán de tener más cosas que al final nos rompen por dentro; y nos encontramos gente que podía ser feliz si supiera disfrutar de lo que tiene pero que viven llenos de amarguras; gente que no sabe disfrutar de la vida y no sabe disfrutar con lo que hace; y se pierden los valores, y se pierde el sentido de la vida, y terminamos viviendo como máquinas que algún día se romperán, como zombis como ahora se dice; se nos rompe la vida.

‘Guardaos de toda clase de codicia’, nos dice hoy Jesús. Y hay tantas formas en que la codicia se adueña de nosotros. No son solo las cuentas que podamos tener en el banco, no son solo esos bienes que adquirimos y adquirimos simplemente por tenerlos, son esas ambiciones que nos van acopando nuestro espíritu y nos llenan de tantas ataduras. Cuántas cosas acumulamos de las que no sabemos disfrutar. Y al final lo sufrimos nosotros, pero lo van a sufrir también los que nos rodean, lo va a sufrir la familia, lo van a sufrir los hijos: al final nos vamos cayendo por una tremenda pendiente de la que no sabemos cómo salir. Perdemos el sentido más elevado de ser personas.

Jesús quiere que abramos caminos de liberación en nuestra vida. Lo que había dicho el profeta y se recordaba en la sinagoga de Nazaret, el que venía lleno del espíritu del Señor venía a liberar a los oprimidos, a los que de una manera o de otra nos sentimos esclavos aunque no queramos reconocerlo. Es la liberación que Jesús nos ofrece, que podemos vivir cuando nos dejamos empapar por los valores del evangelio.

sábado, 14 de septiembre de 2024

La exaltación de la cruz tiene que ser la exaltación del amor desde el compromiso de nuestra vida

 


La exaltación de la cruz tiene que ser la exaltación del amor desde el compromiso de nuestra vida

Números 21, 4b-9; Salmo 77; Juan 3, 13-17

¿A quien le gusta sufrir? ¿Quién busca el sufrimiento por el sufrimiento? Diríamos que eso sería un sentido masoquista. Pero el dolor y el sufrimiento están presentes en la vida, aunque no lo busquemos. Pensando en dolor ahí tenemos las múltiples enfermedades que nos aparecen en todos los ámbitos de la vida y de los que nos cuesta tanto liberarnos. Nos duele cualquier parte de nuestro cuerpo y pronto buscamos remedio, buscamos el analgésico que lo calma, o la medicina que cure aquel mal que está afectando a algún órgano de nuestro cuerpo; pero hay otros sufrimientos que nos afectan hondamente y de alguna manera desestabilizan nuestra vida, bien conocemos los diversos problemas de la vida. Y queremos liberarnos, queremos solucionar tales situaciones porque no queremos andar en esa amargura, en eso que podíamos llamar un sin sentido.

Sin embargo hay cosas que asumimos aunque nos cuesten o aunque nos duelan y buscamos un camino o una razón, algo que le dé sentido y que nos dé fuerza. Pienso, por ejemplo, en la madre que sufre por su hijo, porque está enfermo o porque tiene problemas, pero la madre ama a su hijo y sufre por él y con él; no le importa pasar por lo que sea por ver liberado a su hijo de aquella situación o de aquel problema, no le importarán las horas de sueño perdidas, los sacrificios realizados, la lucha y el esfuerzo por hacerlo salir adelante; ¿qué le mueve? El amor. Por el amor que le tiene pasará lo que haya que pasar y sufrirá lo que tenga que sufrir, no lo busca pero lo asume, tiene para ella un valor, un sentido, el amor. Podríamos poner más ejemplos de situaciones en la vida en que por amor hemos tenido que enfrentarnos a momentos duros y difíciles, pero por ese amor hemos llegado a encontrar un sentido y un valor.

He querido comenzar mi reflexión con este hecho humano porque para algunos podría parecer un sin sentido el que nosotros celebremos una fiesta como la de este día, la Exaltación de la Santa Cruz. ¿Es la exaltación del sufrimiento, porque eso en primer término podría parecer esta Exaltación de la Santa Cruz? Ni mucho menos, es el signo de la exaltación y de la victoria del amor.

Algunas veces en nuestras consideraciones más llenas de piedad que de un verdadero sentido teológico parece como si Jesús hubiera estado buscando el sufrimiento, la pasión y la muerte. Sabe Jesús que está en un camino que le va a llevar a ello, por un lado el abandono o la traición incluso de los suyos, pero sobre todo aquella inquina de los que no aceptaban el plan del Reino de Dios que nos presentaba y no querían reconocer la verdad de su palabra; le llevaría a la muerte, pues querían quitárselo de encima – cuantas cosas semejantes seguimos viendo en el mundo de hoy – pero a Jesús le costaba enfrentarse a aquella Hora.

En Getsemaní veremos aquella angustia humana que le hace pedir al Padre que pase de El aquel cáliz, y el sudor de su miedo en esos momentos será incluso de sangre. Pero es consciente que ha llegado su hora y por eso dejará a un lado su voluntad humana para sobreponerse con el amor que es lo que le ha traído al mundo. Para eso ha venido. Es la entrega de amor porque quiere que en el mundo reine el amor, nunca más la violencia y el egoísmo sean los que se impongan y nos destruyan, y por eso está dispuesto a dar su vida.

El camino todo del evangelio ha sido todo él un queremos ponernos en camino de ese mundo nuevo, de ese sentido nuevo de la vida, de la humanidad. Es lo que El ha ido realizando y es lo que nos ha enseñado y tanto nos ha costado comprender. Algunas veces juzgamos de mala manera a los discípulos cercanos a Jesús porque no entendían lo que El les estaba enseñando, pero pensemos que nosotros no somos mejores porque después de tantos siglos seguimos haciendo lo mismo, seguimos llenando de cruces nuestro mundo.

A pesar de llevarlas orgullosos colgadas de nuestros pechos o ponerlas en lugares destacados de nuestra sociedad, seguimos crucificando con nuestro egoísmo y con nuestras violencias, seguimos siendo injustos los unos con los otros y seguimos dejando que predominen nuestros orgullos y nuestras vanidades, seguimos discriminando a los que están a nuestro lado y no nos caen bien algunas veces simplemente por el color de su piel, seguimos peleándonos en nuestras ambiciones y queriendo ponernos por encima y por delante de todos. ¿Somos nosotros los que actuamos así lo que a pesar de todo seguimos adornando y celebrando la cruz? ¿No habrá algún sin sentido en lo que hacemos?

Celebrar esta fiesta de la exaltación de la Cruz ha de ser algo que nos tiene que hacer reflexionar. Si Jesús fue levantado en lo alto de la cruz fue por amor; si nosotros queremos celebrar esta fiesta de la cruz es porque queremos optar también por el amor. La fiesta de la cruz no puede ser otra cosa que una fiesta de exaltación del amor, pero no lo vamos a hacer con cosas que se queden en lo externo, lo ritual o lo formal, sino que tenemos que hacerlo desde lo más profundo de nuestra vida, y eso nos exige que algo tengamos que cambiar.

miércoles, 31 de julio de 2024

Estamos al tanto de la última tecnología de última generación, pero nos hemos dejado de preocupar por el tesoro de la buena noticia siempre nueva del evangelio

 


Estamos al tanto de la última tecnología de última generación, pero nos hemos dejado de preocupar por el tesoro de la buena noticia siempre nueva del evangelio

Jeremías 15,10.16-21; Salmo 58; Mateo 13,44-46

Hoy queremos estar a la última; nos enteramos que salió un móvil - celular dicen en otros sitios – de última generación, o cualquier otro aparato electrónico o de informática con no sé cuantas aplicaciones y mejoras – yo ya me he quedado obsoleto en estas cosas – y corriendo vamos a conseguirlo, cueste lo que cueste, porque no nos podemos quedar atrás, porque no podemos ser menos que el amigo que ya lo tiene y va luciéndose por todas partes. Cuánto interés ponemos en estas cosas, cómo somos capaces de gastarnos lo que no tenemos con tal de estar a lo último.

Se me ha ocurrido poner esto tan propio de nuestros días, porque de alguna manera es una traducción de las parábolas que nos propone hoy Jesús en el evangelio, el tesoro encontrado en el campo, o la perla preciosa que hemos descubierto; en fin de cuentas tenemos hoy todos esos ‘aparatejos’ electrónicos como un gran tesoro para nuestra vida en virtud de cuantas cosas nos ofrecen y de las utilidades que tienen en la vida de hoy. Aquellos de la parábola eran capaces, como nos dice Jesús, de vender cuanto tenían con tal de conseguir aquel tesoro. Claro que hoy no solo es todo eso de la tecnología, de la que hemos venido hablando, sino también pensemos que, como se suele decir, vendemos el alma al diablo por algunas satisfacciones, por cosas que decimos que nos hacen felices, o muchas veces por dar esa apariencia de poder y de grandeza que manifestamos en tantas cosas de la vida.

Pero Jesús nos está diciendo que quien encuentra un sentido para su vida es como quien está encontrando un tesoro; nos habla del reino de Dios, del reino de los cielos. Es el gran mensaje que Jesús nos está presentando desde el inicio de su predicación. Y ya nos decía desde el principio cómo tendríamos que desprendernos de muchas cosas para poder creer y aceptar esa buena noticia que El nos estaba presentando. Convertíos, nos decía, para creer en la Buena Noticia.

Y esa Buena Noticia era hablarnos del Reino de Dios; no era hablar de un reino nuevo que había de establecerse en Israel para recuperar su soberanía; era la imagen que los confundía, y cuando comprendían que Jesús no iba precisamente por ese camino muchos le rechazaron. Ese Reino de Dios que Jesús les anunciaba era algo mucho más hondo porque era algo que había de realizarse en lo más hondo de la vida; era descubrir un sentido nuevo de la vida donde el único Señor de nuestra vida sería Dios, por eso lo llamaba reino de Dios.

Pero es que cuando se descubría esto, se estaba descubriendo un sentido más grandioso de la persona, se estaba queriendo recuperar la verdadera dignidad y grandeza de la persona que no podía quedarse en apariencias ni vanidades, ni en ritos ni en cumplimientos. Por eso nos está hablando de que ese sentido tiene su raíz en el amor; desde el amor que Dios nos tiene y desde el amor que en consecuencia hemos de tenernos los unos a los otros. Y amarnos es respetarnos, y valorarnos, y buscar el bien de la persona y respetar siempre su dignidad, es engrandecernos por dentro desde la generosidad con que vivamos la vida y nuestras relaciones con los demás, es buscar la verdadera felicidad, la que nos llena de satisfacciones por dentro y que nos conducen a una plenitud.

Descubrir todo esto es en verdad descubrir un tesoro, y quien encuentra el tesoro lo querrá tener consigo siempre. Por él lo daríamos todo. Ojalá tuviéramos tanto interés por encontrar ese sentido de la vida, como tenemos interés por estar al día en las últimas tecnologías o las últimas cosas que se lleven en el momento presente, ya sean las modas, ya sea las músicas, ya sean las últimas cosas que nos salgan en las redes sociales.

¿Aprenderemos algún día a valorar en todo su sentido el evangelio? ¿Pondremos todo el interés del mundo por escuchar el mensaje de la palabra de Dios igual que estamos al tanto de la última canción o del último concierto que nos da el artista del momento? ¿Prestaremos la misma atención al mensaje de la palabra de Dios como el interés que mostramos por escuchar y seguir al último ‘influencer’, o como se diga, del momento?

martes, 16 de abril de 2024

Busquemos el verdadero alimento que nos da vida para siempre y que encontramos en Jesús y en su Palabra, Pan verdadero bajado del cielo

 


Busquemos el verdadero alimento que nos da vida para siempre y que encontramos en Jesús y en su Palabra, Pan verdadero bajado del cielo

Hechos de los apóstoles 6, 8-15; Salmo 118; Juan 6, 22-29

El camino de la vida no lo podemos hacer sin alimento. Sí, necesitamos alimentar nuestro cuerpo, que en cierto modo es alimentar nuestra vida; sin esos nutrientes el organismo muere, y no vamos ahora a explicar toda una lección sobre la alimentación humana; es el ansia de todo ser vivo, poder seguir viviendo, y por eso buscamos el alimento; tristes son las imágenes que podemos contemplar de gente desnutrida por el hambre, o por la escasez del necesario alimento; una de las grandes preocupaciones de la humanidad que se pregunta si tenemos los recursos necesarios y suficientes en la tierra para alimentar a una población que cada vez crece más. Cuantos planteamientos se hacen sobre todo esto, cuantas soluciones se buscan, cuantas culpas muchas veces nos echamos los unos a los otros.

Es algo claro y urgente, es cierto, pero la persona necesita algo más para su subsistencia. Alimentar la vida no es solo alimentar el cuerpo, porque la persona es mucho más que un cuerpo que alimentar y mantener aunque haya que hacerlo. Hay algo que tiene que llegar más hondo en el ser humano, que tiene que alimentarle como persona; podemos pensar en los valores sobre los que queremos fundamentar la vida y que nos dan sentido y valor a lo que vivimos y a lo que hacemos. La persona ha de tener otros interrogantes y otros planteamientos que le ayuden a dar profundidad a la vida. Todos, en fin de cuentas, de una forma o de otra, en un momento o en otro, nos interrogamos sobre el sentido de la vida, y cuando tenemos claras unas metas, unos objetivos, una razón de ser nos sentimos más vivos, nos sentimos con mayor intensidad de vida.

Creo que en el fondo es lo que nos está planteando hoy Jesús en este pasaje del evangelio. Ayer les decía Jesús que no se preocuparan solo por un alimento que perece y buscaran un alimento que perdura. Les cuesta entender, porque fácilmente nos quedamos en lo material de la vida y nos cuesta ir más allá, aunque sea algo que de una forma o de otra como decíamos siempre está detrás del pensamiento humano. Ya nos recordaba Jesús, allá en el monte de la cuarentena, cuando las tentaciones, que ‘no solo de pan vive el hombre…’

Cuando aquella muchedumbre hambrienta, llena de problemas y de sufrimientos, con sus enfermos a cuestas incluso, caminan tras Jesús incluso hasta lugares desérticos como hemos visto estos días, era algo más que pan o una salud corporal lo que iban buscando. Claro que sí que esperan y desean sus milagros, pero lo que querían era escuchar a Jesús. Su Palabra les daba vida, sus palabras ponían esperanzas en su corazón, su enseñanza les ponía en camino de algo distinto en sus vidas aunque tanto les costara comprenderlo y vivirlo. Por eso vemos que ante los planteamientos de Jesús se siguen preguntando, y se preguntan en el fondo que es lo que Dios quiere de ellos.

Les costará entender y seguirán pidiendo un pan que les alimente. ‘Danos siempre de ese pan’, le dicen cuando Jesús les habla de un pan que comiéndolo no volverán a tener más hambre. Y al hablarles de un pan que viene del cielo, recuerdan a sus antepasados en el desierto y el pan bajado del cielo que Moisés les daba, el Maná. Pero Jesús quiere hacerles entender el significado verdadero de aquel pan y del pan que ahora Jesús les ofrece.

El maná que comieron en el desierto era algo más que saciarlos del hambre que tenían, cuando ya les acababan todo tipo de suministros. Aquello era todo un signo del Dios que les acompañaba en aquel camino. Era el camino en búsqueda de la libertad, era el camino que les estaba haciendo como pueblo, era el camino que les estaba haciendo crecer como personas que sabían que tenían que caminar juntos, era el camino más allá de una tierra prometida, de una nueva vida que habían de vivir en aquella tierra, y Dios estaba con ellos.

Ahora entraban en una etapa distinta. La presencia de Jesús tenia que hacerles ahondar de verdad en el autentico sentido de la vida. Esa es la Buena Nueva que nos ofrece Jesús, ese es el sentido del Reino de Dios del que les habla Jesús. Y eso lo podemos realizar con Jesús. Nos ofrece su Palabra, esa Palabra de Dios que sí alimenta al hombre de verdad. Recordamos, no solo de pan vive el hombre, sino de la palabra que sale de la boca de Dios. Es todo lo que nos va enseñando Jesús para que en verdad tengamos nueva vida. Por eso tenemos que comer ese Pan bajado del cielo, ese Pan de vida que es Cristo mismo.

¿Cuál es el verdadero alimento que tendríamos que buscar para tener vida y tener vida en plenitud? Es lo que nos está ofreciendo Jesús. ‘Danos siempre de ese pan’, le decimos nosotros también.

 

sábado, 6 de enero de 2024

La Epifanía es el regalo del amor de Dios lo que se nos ofrece en Jesús, pero ha de ser también la ofrenda y el regalo que nosotros en los demás queremos ofrecer a Dios

 


La Epifanía es el regalo del amor de Dios lo que se nos ofrece en Jesús, pero ha de ser también la ofrenda y el regalo que nosotros en los demás queremos ofrecer a Dios

Isaías 60, 1-6; Sal 71; Efesios 3, 2-3a. 5-6; Mateo 2, 1-12

¿Buscar siguiendo los rastros de una estrella? ¿Buscar un mundo desconocido más allá de las estrellas? ¿Buscar algo nuevo y distinto que nos dé nueva ilusión y esperanza? ¿Qué hay más allá? Quizás de niño nos preguntábamos que había más allá de las montañas que veíamos en horizonte, qué había después del mar tan inmenso que veíamos delante. No es cosa baladí. Siempre el hombre, la humanidad ha estado en búsqueda que no solo es lo que pueda haber tras las montañas, aunque eso haya despertado le entusiasmo de conquistadores o de buscadores de otros mundos.

Ahí tenemos la historia de la humanidad. Pero esa historia de la humanidad nos habla también de otras búsquedas, de nuevos pensamientos, de nuevas maneras de ver las cosas, de un sentido a lo que vemos, a lo que vivimos, a lo que nos sucede. Y surge una filosofía, una manera de entender las cosas, una cultura que se va forjando desde esa búsqueda que se hace belleza y arte, que se hace en ocasiones guerrera, que siempre abre a nuevos horizontes, que nos eleva también a estadios superiores, que se convierte en búsqueda espiritual.

¿Seguimos buscando? Tenemos que decir que sí, es el crecimiento de la vida, es la inquietud que siempre tenemos en el corazón, es el deseo de encuentros que nos hagan más felices, son los sueños que todos tenemos dentro y que a veces no sabemos cómo desarrollar, es esa lucha por la vida que en ocasiones se nos vuelve dura, son esos caminos que todos recorremos y que en ocasiones se vuelven enmarañados por los problemas, por las dificultades, por las ansias que tenemos de algo superior que no siempre encontramos, por esos deseos de felicidad que muchas veces no sabemos como realizarlos.

¿Seremos perseverantes en ese camino de búsqueda? ¿Sentiremos en ocasiones el desaliento y el desencanto porque no encontramos tan pronto lo que buscamos? ¿Nos aburre la vida por tanta lucha muchas veces, nos parece, sin resultados? ¿Dónde encontrar fuerza para seguir esa lucha y esa búsqueda? ¿Encontraremos en algún momento un rayo de luz que nos llene de esperanza? ¿Nos sucederá que algunas veces los que van a nuestro lado nos confunden, quizás o desde sus intereses, o desde su propia desorientación?

Muchas preguntas me estoy haciendo hoy por lo que es la vida, lo que es el camino que recorremos todos de una manera o de otra. Es en lo que me hace pensar el escenario que hoy contemplamos. Unos magos de oriente que han visto una nueva estrella en el firmamento, y sin saber bien lo que puede significar, sin embargo se ponen en camino. En la imagen geográfica incluso que podemos tener del relato del evangelio, el camino tenía que haber sido largo y dificultoso para atravesar desiertos y montañas hasta llegar a Jerusalén.

Por lo que ellos intuyen es el signo de un nuevo rey que ha nacido. En la antigüedad todos los grandes personajes de la historia tenían su estrella. Y en Jerusalén preguntan y se crea un sobresalto que moviliza a Herodes y a los sacerdotes y escribas del templo. Las respuestas que les van dando los dirigen a Belén, aunque el aviso por parte de algunos – Herodes en este caso – era bien interesado.

¿No puede ser imagen todo esto de lo que nos decíamos antes de nuestras vidas de búsquedas que también se hacían largas y dificultosas? ¿Nos estará queriendo decir algo para esa vida nuestra de cada día este episodio que hoy contemplamos en el Evangelio? Quizá tendríamos que preguntarnos también por nuestra perseverancia en esas búsquedas, por los medios en los que busquemos esas respuestas que queremos darle a nuestra vida.

Finalmente aquella estrella les condujo a Belén y allí encontraron a aquel niño al que ofrecieron sus dones de oro, incienso y mirra. Encontraron un niño con su madre, encontraron a Jesús, pero allí se estaban encontrando con un misterio inmenso, porque veían a un rey, pero veían a un Dios, y al mismo tiempo se habían encontrado con un hombre. Y ante el misterio se postraron y adoraron. Ellos eran unos sabios – es el sentido de la palabra ‘mago’ – pero tuvieron la humildad de postrarse ante lo nuevo que se les revelaba porque los estaba haciendo encontrarse con Dios.

¿Llegaremos nosotros también a encontrarnos con Dios en esa búsqueda que vamos haciendo en el recorrido de nuestra vida? Ojalá tuviéramos también la humildad para postrarnos y para adorar, para saber bajarnos de las alturas en que a veces nos queremos poner y encontrar en la pequeñez de un niño, encontrar en aquello que nos parece demasiado humilde y pequeño esa luz que necesitamos para nuestra vida.

Es encontrarnos con la Estrella, es encontrarnos con el Sol que nos viene de lo alto, es encontrarnos con la Luz porque en Jesús nos encontramos con Dios. Ahí está la verdadera sabiduría, ahí está la luz de nuestra vida que nos da profundo sentido, ahí está la verdadera riqueza de nuestra existencia cuando en lo pequeño del hermano que camino a nuestro lado nosotros somos capaces de ver a Dios. Dios quiere llegar de tantas maneras a nuestra vida, pero también nos ha dicho que cuanto hiciéramos al otro, al pobre, al hambriento, al enfermo o al que es menos considerado a El se lo estábamos haciendo. Ya sabemos pues donde tenemos que ir a adorar y a presentar nuestras ofrendas y regalos.

Es el regalo de Dios lo que se nos ofrece en Jesús que es todo un regalo de amor, pero será también la ofrenda y el regalo que nosotros en los demás queremos ofrecer a Dios. ¿A quien vas a hacer más feliz hoy por un gesto o un detalle especial de amor que vas a ofrecer? Puedes mirar cerca, a los tuyos, a los que están en tu entorno, o puedes dirigir la mirada un poco más donde están los que nunca reciben una sonrisa de nadie.

Sigamos en ese camino de búsqueda hasta que encontremos esa luz en los ojos de alguien que llene de dicha tu corazón.

jueves, 2 de noviembre de 2023

Recordar a nuestros difuntos como encarar el hecho de la muerte nos lleva a asumir un nuevo camino de esperanza en el deseo de vivir en Dios para siempre

 


Recordar a nuestros difuntos como encarar el hecho de la muerte nos lleva a asumir un nuevo camino de esperanza en el deseo de vivir en Dios para siempre

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

¿Será la muerte una mala jugada que nos hace la vida? Llega un momento en que tenemos que poner punto final a lo que hacemos o a lo que vivimos; unas veces de forma inesperada, una muerte repentina, un accidente, siempre sin que realmente lo deseemos, por muy abrumados que nos veamos en la vida siempre queremos seguir viviendo, otras veces tras dolorosa enfermedad llena de sufrimientos; pero no solo para quien sufre la muerte, por así decirlo, sino también para cuantos rodean a quien ha fallecido, se trastocan los planes, cambian muchas cosas en ese mismo ritmo de vivir, es el desconsuelo, el dolor de la separación, las incertidumbres que se producen en el interior, las preguntas que parece que no tienen respuesta. Pero esa es la realidad.

Pero, ¿podemos seguir manteniendo lo de la mala jugada con que comenzamos la reflexión? ¿No habrá ninguna respuesta? ¿Todo se queda en incertidumbre y en dolor? ¿Llegaremos a pesar que la vida es algo más que eso que vivimos – valga la redundancia – los días que nos toque vivir?

La fe viene a darnos respuestas; la fe viene a poner esperanza en el corazón; la fe es un rayo de luz que nos puede hacer ver las cosas con una nueva claridad. La fe nos hace mirar a Jesús quien nos dijo que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. La fe nos hace volvernos también a Jesús con nuestras preguntas, con nuestros dolores, con nuestros vacíos, con nuestro dolor.

Aquellas mujeres de Letanía habían puesto su fe en Jesús, e incluso cuando su hermano Lázaro enfermó, le mandaron recado a Jesús. Pero Jesús no había venido; llegó cuando Lázaro llevaba cuatro días enterrado. Es la queja de Marta y la queja también de María después. ‘Si hubieras estado aquí…’ Como nuestras quejas y nuestras lágrimas. ¿Qué podemos hacer si tú no estás con nosotros? Como tantas otras preguntas que nos hacemos desde ese vacío que sentimos por dentro. ¿Tendremos que ponernos de nuevo a los pies de Jesús como María de Letanía para escucharle?

Y Jesús habla de vida y de resurrección; Jesús les habla de fe y de la esperanza que no puede faltar en el corazón. Como más tarde les dirá a los discípulos reunidos en el cenáculo que El se va para prepararnos sitio, porque quiere que estemos con El siempre, que donde esté El también estemos nosotros. Como nos había dicho un día que teníamos que comerle a El para tener vida para siempre, porque quien come su Carne y bebe su Sangre El lo resucitará en el último día. Como nos hablaba de un banquete de bodas sin fin al que estamos invitados, donde ya no habrá luto, ni llanto, ni dolor, sino que todo será vida sin fin.

Sí, creemos que El es la resurrección y la vida y que creyendo en El no moriremos para siempre. Nuestro cuerpo un día se consumirá, pero nosotros somos algo más que un cuerpo material. Hay espíritu en nosotros y cuando nos dejamos inundar plenamente por el espíritu de Dios, nos llenaremos de la vida de Dios, viviremos en Dios, y estaremos participando de ese banquete eterno del Reino de los cielos. Decimos reino de los cielos, porque en nuestro modo humano de hablar tenemos que emplear un lenguaje, pero es decir que estamos en Dios y en Dios para siempre.

Cuando nos dejamos iluminar por la fe, cuando somos capaces de sentarnos a los pies de Jesús para escucharle como María de Betania, todo adquiere otro sentido y aunque nos queden los desgarros humanos en la separación por la muerte de los seres queridos, nuestro pensamiento se llena de esperanza y en esa esperanza comenzamos a tener un gozo nuevo, porque si están con Dios, que es infinito en su misericordia, ¿por qué vamos a llorar desconsolados? ¿Por qué nos vamos a dejar embargar por la tristeza? Si nuestra fe nos hace sentirnos unidos a Dios, nos sentiremos unidos también a esos seres queridos que están en Dios, y eso nos llena de esperanza y aparece una nueva alegría en nuestro corazón.

Es el sentido con que hemos de vivir el recuerdo de nuestros seres queridos difuntos, y el sentido que le hemos de dar a esta conmemoración que en este día celebramos. No es para la tristeza sino para que se abra ante nosotros un camino de esperanza, un camino que nos hará vivir también con un sentido nuevo nuestra vida, porque un día también deseamos estar en Dios para siempre.

No es una mala jugada sino una manera nueva de enfrentar la vida sabiendo de la realidad de la muerte, porque siempre esperamos una vida sin fin.

jueves, 20 de julio de 2023

Detengámonos y queramos parecernos a Jesús que siempre tendrá tiempo para detenerse junto al borde del camino, El nos llenará de su paz y mansedumbre

 


Detengámonos y queramos parecernos a Jesús que siempre tendrá tiempo para detenerse junto al borde del camino, El nos llenará de su paz y mansedumbre

Éxodo 3, 13- 20; Sal 104; Mateo 11,28-30

Sí, algunas veces estamos cansados, muy cansados y necesitamos descansar. Después de un duro día de trabajo, necesitamos descansar; después de esas tareas que desarrollamos cada día, necesitamos descansar; después de un duro esfuerzo, un largo camino recorrido, del agobio que sentimos envueltos en los problemas de la gente a la que tratamos de ayudar, necesitamos descansar… a veces son otras las cosas que nos producen cansancio, les desesperanzas que nos obnubilan el camino, los desalientos por los fracasos en aquello que estábamos intentando realizar, los sueños que se ven frustrados porque ni creen en nuestros sueños ni se nos ponen fáciles las cosas de la vida para alcanzar esas metas que tanto deseábamos, la soledad cuando no cuentan contigo, cuando te arriman a un rincón, cuando no nos muestran confianza ni aquellos que más cerca tenemos y en quien nosotros habíamos confiado, cuando nos encontramos las dificultades de la vida, cuando todo parece que se nos pone en contra… nos sentimos cansados que es una desilusión, una desesperanza, una soledad.

Algunas veces nos encontramos con gente que siempre nos dicen que están cansados, que parece que se han envejecido, que han perdido ilusiones, que las metas de su vida son ramplonas y siempre se quedan de tejas abajo, que quizás no han encontrado en sentido para sus vidas y simplemente se contentan con vivir, con vegetar, con trabajar para poder producir unos beneficios que le faciliten la vida, pero que andan como zombis sin rumbo y sin sentido. No nos extrañe que nos digan siempre que están cansados porque todo eso da un tremendo cansancio a la vida.

Necesitamos descansar que es reavivar y recuperar las fuerzas perdidas; necesitamos descansar que es reavivar nuestras ilusiones para comenzar de nuevo a creer en nosotros mismos; necesitamos descansar porque necesitamos meternos dentro de nosotros mismos para revisar caminos, para sentirnos fuertes desde lo más hondo para seguir luchando; necesitamos descansar que es abrir de nuevo los ojos a la luz para salir de esas oscuridades que nos aturden, que nos hacen perder ilusión, que nos han quitado metas de nuestra vida, que nos han envejecido.

¿Cuáles son las recetas para curar esa enfermedad del cansancio que tanto nos adormece? Hoy simplemente quiero escuchar en el evangelio las palabras de Jesús que me invitan a ir hasta El. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas’.

Sí, vayamos a Jesús cualesquiera que sea nuestro cansancio, El es nuestro alivio, El es nuestro descanso. Es una buena noticia. Jesús es esa buena noticia, porque El es nuestro descanso. Como nos ha pedido desde siempre, desde el primer momento para creer en esa buena noticia, para creer en El, tenemos que vaciarnos de tantas cosas con las que hemos querido llenar nuestras vidas pensando que ellas eran la razón de nuestra felicidad. Aunque llenos de cosas nos sentimos vacíos, aunque llenos de cosas no hemos encontrado el camino que dé ese verdadero sentido a nuestra vida. Nos pide convertirnos para creer en la buena noticia, para creer en El.

¿No estamos encontrando en El esa mansedumbre y esa paz que tanto necesitamos? No son las locas carreras que nos llenan de violencia la vida las que nos van a dar esa paz. Detengámonos y queramos parecernos a El. Nunca lo veremos  corriendo por muy grande que sea la tarea. Sabe siempre tener tiempo para detenerse porque una mujer le tocó el manto y quiere interesarse por ella; sabe tener tiempo para escurrirse del barullo de la gente e ir a dar con aquel paralítico que está al borde de la piscina y nadie ayuda; sabe detenerse para mirar a los ojos a la mujer que llora a sus pies y darle la mano para levantarla aunque todos la desprecien porque es una pecadora; sabe tener tiempo para dejar que los pequeños se acerquen a El y con los niños entretenerse incluso con sus juegos, pero también para escuchar aunque fuera en la noche a los que están agobiados buscando un sentido para sus vidas.

Cuánto tenemos que aprender de Jesús. ‘Aprended de mi que soy manso y humilde de corazón… porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’.

viernes, 23 de junio de 2023

Nuestra riqueza no son las seguridades en que nos podamos apoyar, nuestro tesoro es el Señor que nos envuelve con su presencia y nos llena de una luz con sabores de eternidad

 


Nuestra riqueza no son las seguridades en que nos podamos apoyar, nuestro tesoro es el Señor que nos envuelve con su presencia y nos llena de una luz con sabores de eternidad

2Corintios 11,18.21b-30; Sal 33; Mateo 6,19-23

Hazte un seguro de vida porque no sabemos lo que el mañana nos deparará y mejor es tener asegurado algo, habremos escuchado más de una vez, habremos recibido visitas de corredores de seguros, o quizás nos lo hemos pensado en alguna ocasión. Buscamos seguridades, queremos tener asegurada una pensión para el futuro y que cubra todas nuestras necesidades. Así andamos en la vida, así nos manejamos, así necesitamos esas seguridades.

Pero de esto y de esta manera no es de lo que nos habla el evangelio. Asegurarnos un tesoro en el cielo… y quizás hemos ido acumulando rezos y penitencias, sumamos las veces que hemos ido a Misa, o las cofradías o hermandades a las que pertenecemos, como aquel que me decía un día que él había hecho los nueve primeros viernes muchas veces cuando chico, y que ahora ya lo tenía asegurado todo en referencia a la salvación, ahora, me decía, ya no necesitaba ir a Misa, que las llevaba por adelantado.

¿Es de eso de lo que nos está hablando Jesús hoy en el evangelio? Muchas veces cogemos sus palabras tan demasiado a lo textual que le queremos hacer decir lo que El no nos ha dicho. Ya sé que en varias ocasiones nos ha hablado de vender todo lo que tenemos para dar nuestro dinero a los pobres y así tengamos un tesoro en el cielo. Porque un día tuviste un pronto de generosidad y repartiste tus cosas con los necesitados, ¿ya lo tenemos todo hecho? ¿Cuál es realmente ese tesoro de nuestra vida? ¿Nos quedaremos en cosas que hagamos y cuyos méritos vamos acumulando?

Creo que Jesús nos quiere decir mucho más que todo eso, aunque nos parezca que haciendo esas cosas ya nos podemos quedar tranquilos, porque seguimos con nuestros parámetros y nuestras medidas humanas. Nuestro tesoro no son cosas acumuladas, nuestro verdadero tesoro es el Señor, la fe es la que nos hará descubrir esa verdadera riqueza de nuestra vida. Nuestro apoyo y nuestra fortaleza es el Señor, es su amor que cuando nos dejamos envolver y empapar por ese amor de Dios entonces nuestra vida sí estará llena de vida y de esplendor, es la gloria del Señor que envuelve nuestra vida.

Envueltos en esa gloria del Señor, inmersos en Dios y envueltos de su presencia nuestra vida se llenará de luz, porque se llenará del amor de Dios; nuestra mirada será luminosa para descubrir la belleza de esa vida misma que Dios nos ha regalado y que entonces viviremos con un sentido nuevo y distinto, pero para descubrir también el valor y la riqueza de cada persona, a quienes valoraremos de una manera especial, a quienes regalaremos nuestro amor.

Actitudes nuevas aparecen en nuestra vida, una responsabilidad grande sentimos que tenemos en nuestro propio vivir porque todo cuanto hagamos se llena de una trascendencia distinta, comienza a haber una nueva forma de relacionarnos los unos con los otros, un nuevo sentido de comunión se abrirá en nuestros corazones que se hacen generosos y desprendidos.

Vamos llenos de Dios y en ese Dios nos sentimos en comunión con los demás, ¿cómo podremos dejarlos en su sufrimiento, en sus carencias, en su propia debilidad? Todo tiene que ser distinto. Seremos capaces de despojarnos de nuestro yo egoísta y por eso surge aquello que nos dice Jesús que vendamos lo que tenemos para repartirlo con los pobres. No son las cosas que poseemos nuestra riqueza sino que nuestro verdadero tesoro será una vida llena de amor, llena de Dios.