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domingo, 2 de noviembre de 2025

Desde nuestra fe en Jesús la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque humanos y limitados, a eternidad en el amor de Dios

 


Desde nuestra fe en Jesús la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque humanos y limitados, a eternidad en el amor de Dios

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Salmo 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

Hoy es un día de recuerdos, de nostalgias, de memorias agradecidas, para algunos un día envuelto en la tristeza, otros sin embargo levantando la mirada hacia lo alto y con el brillo que da la esperanza en sus ojos, recordamos a los que con nosotros han sido, han hecho camino, a quienes le debemos la vida y lo que somos, a quienes nos unían fuertes lazos en el amor, de quienes mucho recibimos, o que pasaron quizás casi inadvertidos a nuestro lado pero alguna huella, algún perfume nos dejaron que ahora recordamos; un día para algunos como una loza pesada que cae sobre ellos, pero un día agradecido para otros porque siguen envueltos en ese suave perfume que dejaron en sus vidas.

Distintos planteamientos y diversas maneras de enfrentar la situación. Emoción en los recuerdos que hará brotar alguna lágrima furtiva, una flor que quiere ser ofrenda de amor en el recuerdo y quizás también acción de gracias por lo recibido de quienes ahora ya no están con nosotros, connivencias sociales a las que nos sometemos desde unas tradiciones y una cultura, angustia para otros ante lo inevitable de la muerte y lo doloroso de la separación que es como arrancarnos parte del alma, interrogantes que se plantean en lo hondo de nosotros mismos invitándonos a una reflexión sosegada sobre el sentido de la vida, desesperación para quien no le encuentra ningún sentido, pero apertura a la trascendencia de la vida para los que tenemos una fe y una esperanza.

Hoy es en cierto modo una conmemoración universal en el recuerdo de los difuntos pero a la que los cristianos queremos darle un sentido y valor muy especial. Nos pueden surgir todos esos planteamientos y maneras de enfrentar el hecho de la muerte, pero si en verdad somos creyentes y seguimos los pasos de Jesús todo ha de tener un sentido muy especial y muy lleno también de esperanza. Es la realidad de la vida que tiene sus pasos contados, aunque ninguno sabe cuántos son los pasos que ha de recorrer por lo incierto de la hora de la muerte.

Nuestra fe en Jesús nos enseña cómo la vida no se termina al pie de una tumba, porque estamos llamados, aunque seamos muy humanos y muy limitados, a eternidad. Quien se siente amado de Dios – y eso es algo fundamental de nuestra fe – se siente lleno de esa vida de Dios que entonces no tiene por qué acabarse en una tumba. Caminamos con ese deseo de vida sin fin, de vida en Dios y en esa esperanza le vamos dando trascendencia de eternidad a cuanto somos y a cuanto vivimos, porque en Dios todo ese amor alcanzará su plenitud total.

Por eso pensamos en vida eterna y en resurrección. Pero miramos y escuchamos a Jesús, revelación de Dios, Palabra eterna de Dios, que nos revela el misterio de Dios amor, pero que nos revela el misterio y la grandeza del ser humano. Y como nos enseña en el evangelio quien pone su fe en Él vivirá para siempre. Cuántas veces hemos escuchado esas palabras de Jesús a aquellas hermanas que lloraban la muerte de su hermano Lázaro. ‘Quien cree en mí tendrá vida para siempre’, nos viene a decir Jesús.

Por eso desde nuestro bautismo estamos viviendo ese misterio de muerte y resurrección pues queremos morir en Cristo para en Cristo vivir para siempre, como tan bien nos enseña el apóstol san Pablo en sus cartas. Es cierto que no siempre sabemos morir en Cristo, porque más bien muchas veces damos muerte a la vida con el pecado; pero confiamos en la misericordia de Dios y sentimos cómo Jesús desde su Cruz está tendiéndonos la mano para decirnos ‘levántate y anda’, cómo Jesús desde la cruz nos está enseñando en sentido de vida que solo alcanza plenitud en la entrega del amor. A Jesús no solo lo contemplamos muerto en la cruz, sino que lo sentimos resucitado, porque el amor de Dios permanece para siempre y si morimos con Cristo también resucitaremos con Él.

Es el sentido del camino de nuestra vida, que no nos hace temer la muerte, porque sabemos que estamos llamados a la vida para siempre. Sabemos que en ese juicio final no nos vamos a encontrar con un Dios justiciero sino con un Dios que es Padre y es amor; y por aquellas señales, aunque algunas veces fueran débiles, que dimos de amor en nuestra vida mientras caminamos en este mundo, nos va a decir ‘venid, benditos de mi Padre, porque estuve hambriento y me diste de comer, estuve sediento y me diste de ver, estuve enfermo, solo, o en la cárcel y viniste a estar conmigo’, en aquellos detalles de amor que realizamos – algo de eso habremos hecho alguna vez - a lo largo de la vida. Es nuestra esperanza y lo que nos hace confiar.

Es la esperanza llena de confianza con que hoy recordamos a todos los difuntos y que anima nuestra oración por ellos en este día de manera especial. Aunque surjan lágrimas en nuestros recuerdos o nostalgias tiene que brillar en este día la luz de la esperanza en nuestros ojos. No caben ya angustias, recorramos las huellas que nos dejaron, perfumemos nuestra vida con esos valores que nos transmitieron, sigamos sintiendo el calor de su amor en nuestros corazones, pero que todo esto nos impulse a que le demos ese sentido y valor de esperanza a cuanto hacemos en el camino de la vida.


jueves, 2 de noviembre de 2023

Recordar a nuestros difuntos como encarar el hecho de la muerte nos lleva a asumir un nuevo camino de esperanza en el deseo de vivir en Dios para siempre

 


Recordar a nuestros difuntos como encarar el hecho de la muerte nos lleva a asumir un nuevo camino de esperanza en el deseo de vivir en Dios para siempre

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

¿Será la muerte una mala jugada que nos hace la vida? Llega un momento en que tenemos que poner punto final a lo que hacemos o a lo que vivimos; unas veces de forma inesperada, una muerte repentina, un accidente, siempre sin que realmente lo deseemos, por muy abrumados que nos veamos en la vida siempre queremos seguir viviendo, otras veces tras dolorosa enfermedad llena de sufrimientos; pero no solo para quien sufre la muerte, por así decirlo, sino también para cuantos rodean a quien ha fallecido, se trastocan los planes, cambian muchas cosas en ese mismo ritmo de vivir, es el desconsuelo, el dolor de la separación, las incertidumbres que se producen en el interior, las preguntas que parece que no tienen respuesta. Pero esa es la realidad.

Pero, ¿podemos seguir manteniendo lo de la mala jugada con que comenzamos la reflexión? ¿No habrá ninguna respuesta? ¿Todo se queda en incertidumbre y en dolor? ¿Llegaremos a pesar que la vida es algo más que eso que vivimos – valga la redundancia – los días que nos toque vivir?

La fe viene a darnos respuestas; la fe viene a poner esperanza en el corazón; la fe es un rayo de luz que nos puede hacer ver las cosas con una nueva claridad. La fe nos hace mirar a Jesús quien nos dijo que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. La fe nos hace volvernos también a Jesús con nuestras preguntas, con nuestros dolores, con nuestros vacíos, con nuestro dolor.

Aquellas mujeres de Letanía habían puesto su fe en Jesús, e incluso cuando su hermano Lázaro enfermó, le mandaron recado a Jesús. Pero Jesús no había venido; llegó cuando Lázaro llevaba cuatro días enterrado. Es la queja de Marta y la queja también de María después. ‘Si hubieras estado aquí…’ Como nuestras quejas y nuestras lágrimas. ¿Qué podemos hacer si tú no estás con nosotros? Como tantas otras preguntas que nos hacemos desde ese vacío que sentimos por dentro. ¿Tendremos que ponernos de nuevo a los pies de Jesús como María de Letanía para escucharle?

Y Jesús habla de vida y de resurrección; Jesús les habla de fe y de la esperanza que no puede faltar en el corazón. Como más tarde les dirá a los discípulos reunidos en el cenáculo que El se va para prepararnos sitio, porque quiere que estemos con El siempre, que donde esté El también estemos nosotros. Como nos había dicho un día que teníamos que comerle a El para tener vida para siempre, porque quien come su Carne y bebe su Sangre El lo resucitará en el último día. Como nos hablaba de un banquete de bodas sin fin al que estamos invitados, donde ya no habrá luto, ni llanto, ni dolor, sino que todo será vida sin fin.

Sí, creemos que El es la resurrección y la vida y que creyendo en El no moriremos para siempre. Nuestro cuerpo un día se consumirá, pero nosotros somos algo más que un cuerpo material. Hay espíritu en nosotros y cuando nos dejamos inundar plenamente por el espíritu de Dios, nos llenaremos de la vida de Dios, viviremos en Dios, y estaremos participando de ese banquete eterno del Reino de los cielos. Decimos reino de los cielos, porque en nuestro modo humano de hablar tenemos que emplear un lenguaje, pero es decir que estamos en Dios y en Dios para siempre.

Cuando nos dejamos iluminar por la fe, cuando somos capaces de sentarnos a los pies de Jesús para escucharle como María de Betania, todo adquiere otro sentido y aunque nos queden los desgarros humanos en la separación por la muerte de los seres queridos, nuestro pensamiento se llena de esperanza y en esa esperanza comenzamos a tener un gozo nuevo, porque si están con Dios, que es infinito en su misericordia, ¿por qué vamos a llorar desconsolados? ¿Por qué nos vamos a dejar embargar por la tristeza? Si nuestra fe nos hace sentirnos unidos a Dios, nos sentiremos unidos también a esos seres queridos que están en Dios, y eso nos llena de esperanza y aparece una nueva alegría en nuestro corazón.

Es el sentido con que hemos de vivir el recuerdo de nuestros seres queridos difuntos, y el sentido que le hemos de dar a esta conmemoración que en este día celebramos. No es para la tristeza sino para que se abra ante nosotros un camino de esperanza, un camino que nos hará vivir también con un sentido nuevo nuestra vida, porque un día también deseamos estar en Dios para siempre.

No es una mala jugada sino una manera nueva de enfrentar la vida sabiendo de la realidad de la muerte, porque siempre esperamos una vida sin fin.

miércoles, 2 de noviembre de 2022

La conmemoración de los difuntos es un vivir con intensidad la esperanza que da sentido y valor a nuestra vida, tenemos la esperanza de que viven en Dios para siempre

 


La conmemoración de los difuntos es un vivir con intensidad la esperanza que da sentido y valor a nuestra vida, tenemos la esperanza de que viven en Dios para siempre

 Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

Aunque por razones laborales la visita a nuestros cementerios y el recuerdo de los difuntos se queda más reducida al día primero por ser festivo, no podemos olvidar el sentido de cada celebración y que verdaderamente la conmemoración de los fieles difuntos litúrgicamente la celebramos en este día 2 de noviembre.

¿Qué significa esta conmemoración? ¿Es solamente un recuerdo? Si escuchamos lo que los medios de comunicación nos expresan de lo que hacemos en este día pareciera que todo se queda en eso, en un recuerdo; vamos allí junto a sus tumbas, como queriendo decir que no olvidamos a los seres queridos que han muerto y como quien hace un regalo a la madre cuando la va a visitar, le lleva un ramo de flores para adornar su tumba.

Seguro que para quienes han perdido la trascendencia de la vida, no tienen esperanza de otra vida, claro que se ha de quedar en un recuerdo de algo que fue y de lo que intentamos recordar lo mejor; es precisamente lo que se dice como consuelo en esos momentos que nos llenan de cierta tristeza, que recordemos las mejores cosas de la vida que nos dejaron los que ya se marcharon. Claro que el corazón tira y empuja por algo más que un recuerdo frío o emocionado, porque de alguna manera no queremos separarnos de aquellos a los que amamos y queremos sentir vivas ya no solo en nuestro recuerdo sino en nuestro corazón a nuestros seres queridos difuntos.

Y es que en el fondo aunque queramos hacer un mundo donde vamos queriendo evitar esos sentimientos religiosos, donde se ha perdido un sentido creyente de la vida y una esperanza de algo más, de una vida sin fin, en el fondo del corazón siempre hay un ansia de algo más, de algo superior, de algo que verdaderamente eleve nuestra vida dándole un nuevo sentido y una nueva trascendencia. En el fondo, queramos o no, somos unos seres espirituales, que ansiamos lo espiritual, que buscamos lo sobrenatural, porque en el fondo buscamos a Dios. Solo en El podemos encontrar la verdadera plenitud de nuestra existencia.

Por eso para el cristiano esta conmemoración que hoy hacemos no se queda en un mero recuerdo ni en una ofrenda de flores que hagamos para adornar la tumba de nuestros seres queridos. Es sentir que está viva una unión espiritual con aquellos seres que amamos aunque la muerte nos los haya arrancado de nuestro lado.

Es de alguna manera sentir su presencia espiritual porque sabemos que viven, porque nosotros tenemos esperanza de vida eterna. Por eso nuestra conmemoración se convierte también en oración, porque es una manera de sentirnos unidos espiritualmente a ellos, pero también es la oración confiada al Padre en cuyas manos hemos puesto a nuestros seres queridos confiando en su misericordia.

Es un vivir con intensidad la esperanza que da sentido y valor a nuestra vida, porque tenemos la confianza y la esperanza de que ellos ya vivan en Dios para siempre. Nuestra oración quiere ser intercesión para obtener la misericordia de Dios, pero al tiempo es acción de gracias por el regalo que en vida tuvimos en aquellos seres que nos amaron y a quien nosotros amamos, y acción de gracias por la fuerza que en el Señor recibimos para vivir el dolor de la separación.

Lo hacemos confiados en la Palabra de Jesús que promete vida eterna para quienes en El ponemos toda nuestra fe y nuestra esperanza. ‘Quien cree en mí aunque haya muerto vivirá… y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre’. Sentimos al mismo tiempo como Jesús viene a nosotros como se acercó aquel día a aquel hogar de Betania donde había fallecido Lázaro, para llenarnos a nosotros también de paz y para poner fortaleza en nuestro corazón.

martes, 2 de noviembre de 2021

Un corazón lleno de esperanza, porque esperamos que un día también nosotros podremos vivir esa plenitud en Dios cuando acabemos la carrera por este mundo

 


Un corazón lleno de esperanza, porque esperamos que un día también nosotros podremos vivir esa plenitud en Dios cuando acabemos la carrera por este mundo

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Filipenses 3, 20-21;  Juan 11, 17-27

‘Es una idea piadosa y santa rezar por los que han muerto para que sean liberados del pecado’. Es lo que hacemos de manera especial estos días, es lo que hace la Iglesia siempre. Es el consuelo que anima nuestra fe y nuestra esperanza, es lo que nos hace superar los momentos duros y difíciles de la separación por la muerte de los seres queridos, es lo que nos hace pensar en la trascendencia de nuestra vida.

Pero algunas veces cuesta. Ya sabemos también lo que hay en nuestro entorno, no siempre se vive con esa esperanza y con esa trascendencia. Para muchos parece que la vida se termina en una nada cuando no hay ninguna otra esperanza. Y estoicamente sufrimos el desgarro que supone en el alma toda muerte o nos dejamos hundir y ahogar en las desesperanzas y en las angustias llenando de amargura la vida que no encuentra caminos para superarla. Pero siempre en el fondo del corazón del hombre hay un ansia de plenitud que no se puede acabar en la muerte. Para muchos quizás sea un más allá lleno de vació y como en la nada, o nos encontraremos también en quienes piensan en transformaciones en otros seres de una cadena sin fin. Pero ¿Dónde quedaría entonces nuestro yo personal?

La fe viene a iluminar nuestra vida, nos dará un sentido de trascendencia no a la nada sino a una vida de plenitud; la fe nos hace descubrir esa luz que está al final del camino para hacernos vivir en una luz de plenitud total que solo en Dios podemos encontrar. Y ahí escuchamos, entonces, las palabras de Jesús que nos habla de llevarnos con El, para que en vivamos y vivamos en plenitud para siempre. ‘Me voy a prepararnos sitio para que donde yo estoy estéis también vosotros’.


Por eso Jesús no nos habla de abismos de vacío, sino de estancias donde en El podamos vivir para siempre. ‘Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso’, que nos decía san Pablo. Por eso Jesús no nos hablará de reencarnación sino de hacer que ese yo de nuestra persona viva para siempre, nos habla de resurrección, nos habla de vida eterna. ‘Yo soy la resurrección y la vida el que cree en mi vivirá para siempre’, nos dice. Y nos invita a confiar en El, a creer en su palabra.

Lloramos quizás ante la muerte porque nuestros ojos no ven; nos podemos angustiar ante la muerte cuando nuestra fe y nuestra esperanza se ha debilitado, pero nunca podemos caer en la desesperación porque en Jesús encontraremos el consuelo que necesitamos en lo más hondo de nosotros mismos. Es cierto que no queremos arrancarnos del lado de aquellos a los que amamos, y por eso la muerte nos hace llorar y nos hace sufrir, pero con la esperanza puesta en las palabras de Jesús sentiremos que ahora podemos vivir en una comunión nueva y distinta con aquellos que amamos y que han muerto para los ojos de este mundo, pero que tenemos la esperanza de que vivan en Dios. Sin con Dios nos sentimos en comunión, desde esa misma comunión nos sentiremos en comunión también con los que han muerto.

Por eso nuestra oración tiene sentido y se llena de valor. No olvidemos ese artículo de nuestra fe que recitamos en el credo cuando decimos que creemos en la comunión de los santos, en la resurrección de la carne y en la vida del mundo futuro. Es mucho más que unos vasos comunicantes, pero nos puede valer el concepto como ejemplo; todos nos sentimos unidos en una misma comunión, y lo que es de cada uno es de todos, las obras de gracia que personalmente realizamos están también en beneficio y provecho de los demás; por eso nuestras oraciones y nuestras ofrendas tienen sentido, por eso oramos por los difuntos y ofrecemos lo mejor de nosotros mismos para que ellos se llenen de la vida de Dios para siempre.

En este día tan especial en que hacemos esa conmemoración de los fieles difuntos y en nuestras buenas prácticas piadosas nos sentimos impulsados a ir a las tumbas de nuestros seres queridos en los cementerios para llevar la ofrenda de una flor y para elevar una oración al Señor, hemos de hacerlo con todo sentido. Es el regalo de amor que en nuestro recuerdo les queremos hacer desde esa comunión nueva y tan intensa que ahora podemos vivir con ellos en virtud de la comunión de los santos, como hemos venido reflexionando.

Que tenga un sentido profundo lo que estos días hacemos, que nuestro corazón esté rebosante sí de amor, pero también lleno de esperanza, porque esperamos que un día también nosotros podamos vivir esa plenitud en Dios cuando acabemos la carrera por este mundo que algunas veces se nos hace tan dura. Allí no habrá ni llanto, ni luto, ni dolor porque este primer mundo ha pasado y entonces esperamos poder vivir la plenitud de los vencedores participando de la gloria del Señor.

miércoles, 2 de junio de 2021

Dios nos llama a la vida y quiere para nosotros una vida en plenitud, esa es nuestra esperanza y la trascendencia que le damos a nuestro vivir

 


Dios nos llama a la vida y quiere para nosotros una vida en plenitud, esa es nuestra esperanza y la trascendencia que le damos a nuestro vivir

Tobías 3, 1-11a. 16-17ª; Sal 24; Sal 24

Algunas veces podemos dar la impresión que vivimos una religión de muerte y no de vida. ¿Por qué me atrevo a hacer esta afirmación? Fijémonos como una gran parte de nuestra gente los actos religiosos que viven están más relacionados con la muerte que con la vida. Voy a Misa, te dicen algunos, porque la misa hoy es por mi padre, por ejemplo, y toda la referencia que hacen de la celebración es que quieren recordar y rezar por un difunto.

Ya sabemos como mucha gente no va a la Iglesia sino a un entierro de algún familiar o alguien conocido o a la celebración de la misa cuando es por un difunto en particular con quien se haya tenido alguna relación familiar, de amistad o vecindad. Hay quien tiene la expresión incluso de decir que reza a sus difuntos. Habría incluso que analizar si ese recuerdo religioso que se tiene del difunto es pensando en la vida eterna o es solo el recuerdo lleno de tristeza y angustia que podamos tener de él.

Hoy en el evangelio se nos presenta al grupo de los saduceos que no creían en la resurrección de los muertos. Y vemos las preguntas y planteamientos que le quieren hacer a Jesús sacando a relucir aquel ley del levirato por la cual si moría un hombre sin descendencia la obligación de sus hermanos era casarse con la mujer viuda para darle una descendencia; presentan el caso extremo de la mujer que llegó a tener siete maridos porque fueron muriendo uno tras otro sin dejar descendencia y los saduceos tratando de ridiculizar a los que creían en la resurrección se preguntan de quien será esposa aquella mujer cuando llegue el día de la resurrección.

Jesús les dice claramente que la resurrección no significa volver a vivir una vida semejante a la de la hora de este mundo, sino que es otra cosa. La vida eterna no es repetir la vida que hemos vivido en este mundo temporal sino que nos habla de una plenitud que vivimos en Dios. Y para aclararles que Dios no es un Dios de muertos sino de vida, les recuerda la formula tan repetida en la Biblia del Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob que era una expresión que reflejaba la fe del pueblo de Israel y Jesús nos dice no es un Dios de muertos sino de vivos.

Cuando vivimos nuestra relación con Dios no es solo por el temor, por decirlo así, de la muerte que podamos tener. Dios nos llama a la vida y quiere para nosotros una vida en plenitud. Ahora en el momento presente vivimos con nuestras limitaciones humanas y con las consecuencias del pecado, pero recordemos como Jesús en el Evangelio nos dice que quiere llevarnos con El. ‘Voy a prepararos sitio para que donde yo esté, estéis también vosotros’, les dice a los apóstoles en la despedida de la última cena.

Y para nosotros la muerte no es ese final irremediable donde todo ya se acabó para siempre, sino que tenemos la esperanza de ir a vivir en Dios, en la plenitud de Dios. Por eso ahora queremos vivir nuestro momento presente en amistad con Dios, en el amor de Dios viviendo con toda fidelidad lo que nos enseña Jesús en el evangelio, para que no haya esa ruptura con Dios y cuando nos llegue la hora de la muerte podamos vivir para siempre en esa amistad de Dios, en esa plenitud de amor de Dios. Nuestra relación con Dios no está motivada en la muerte sino en la vida, porque queremos vivir esa plenitud de la vida en Dios.

Creemos en la resurrección y esperamos la vida eterna. Son artículos de nuestra fe que profesamos cuando recitamos el Credo. Pero muchas veces por nuestra forma de vivir tan apegados a esta vida terrena parece como si hubiéramos perdido ese sentido de trascendencia y esa esperanza de vida eterna que nace de nuestra fe. Muchas veces parece como si solo nos interesara la vida del mundo presente; cuando pensamos en la muerte, con lo apegados que estamos a la vida terrena, nos llenamos de temor porque hemos perdido esa esperanza de la resurrección. Por eso esas amarguras y angustias ante la muerte, ya sea pensando en la propia que un día nos llegará o cuando tenemos que enfrentarnos al hecho de la muerte de nuestros seres queridos.

¿Pensamos de verdad que tras la muerte nuestros seres queridos se han ido a estar en la presencia de Dios para siempre? ¿Pensamos que un día cerraremos los ojos a la vida de este mundo para abrirnos a la plenitud del cielo, o sea, de la vida en Dios para siempre? ¿Nos preparamos acaso para ello?

lunes, 2 de noviembre de 2020

Aunque sienta abatimiento por lo vacío que me veo con mis miserias, en Dios me lleno de esperanza porque comprendo lo grande que es la misericordia del Señor que nunca se termina

 


Aunque sienta abatimiento por lo vacío que me veo con mis miserias, en Dios me lleno de esperanza porque comprendo lo grande que es la misericordia del Señor que nunca se termina

Lamentaciones 3, 17-26; Salmo 129; Juan 14, 1-6

Si ayer celebramos la fiesta de todos los santos con lo que queríamos recordar a todos los que participan ya de la gloria del Señor en el cielo, en la visión de Dios porque fueron marcados con la señal del Cordero y en su sangre lavaron y blanquearon sus mantos para poder participar con todo resplandor en la liturgia del cielo, hoy queremos recordar y convertirlo en celebración de fe y esperanza a todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección y de la vida eterna. Hoy es la conmemoración de los difuntos en la que cada uno recuerda a sus seres queridos difuntos y reza por ellos para que un día puedan ser partícipes de esa gloria del cielo.

Si la celebración de ayer tenía mucho de triunfo y de gozo al contemplar la gloria del cielo y aquella multitud innumerable que unida a los coros de los Ángeles y arcángeles cantaban la gloria del Señor, hoy nuestra celebración tiene el peligro y tentación de verse envuelta en los nubarrones de la tristeza y los lúgubres sombras de la tristeza por la separación de los seres queridos. Aunque sintamos esa pena, por otro lado muy humana del duelo de la separación, sin embargo como toda celebración cristiana tiene que estar envuelta en la esperanza porque todos siempre miramos a la meta, pero sobre todo nos confiamos en la misericordia y en la bondad del Señor.

Ya el texto de las lamentaciones escuchado en la primera lectura quizá comenzaba con esos sones de angustia o de tristeza pero terminaba dejándonos un mensaje de esperanza y donde hay verdadera esperanza no faltará la paz del corazón. ‘Aunque me invade el abatimiento, nos dice, apenas me acuerdo de ti me lleno de esperanza porque sé que la misericordia del Señor nunca termina y no se acaba su compasión’. 

Y Jesús nos invita en el evangelio a no perder la calma, a poner toda nuestra fe y nuestra confianza en Dios, a creer en El. Y nos dice que nos va a preparar sitio, que volverá por nosotros y nos llevará consigo porque donde está El quiere que estemos también nosotros. Aquí se ven colmadas todas nuestras esperanzas, aquí se ve más que colmada la inquietud y ansias de vida y de vida para siempre que todos llevamos en el corazón. Sí, todos queremos vivir, queremos vivir para siempre, que no se acaba nunca la vida.

¿No significará eso de algún modo el por qué del miedo que le tenemos a la muerte? No queremos morir, queremos vivir y aunque nuestra vida terrena no siempre nos da todas las satisfacciones que anhelamos y en la medida en que lo deseamos, no queremos desprendernos de nuestra vida. Claro que toda esa angustia que se nos mete en el alma ante el hecho de la muerte es porque no hemos sabido encontrar todavía todo el sentido de trascendencia que hemos de darle a nuestra vida. Y vivimos el momento presente como si fuera único y no hubiera nada más; nos falta esa fe verdadera en las palabras de Jesús, nos falta esa esperanza que siempre tiene que animar al cristiano, al que ha puesto su fe en Jesús. Y no pensamos entonces en ese salto a la vida verdadera, a la vida para siempre que solo en Dios podemos encontrar. Porque por mucho que nosotros queramos por nosotros mismos no nos podemos construir una vida que no tenga fin, eso es solo un don de Dios, un regalo de Dios que nos hace partícipes de su vida.

Si nos pensamos bien todo eso, no tenemos porque sentir esa angustia y ese miedo a la muerte, a que un día esta vida terrena se nos acabe, ni podemos quedarnos angustiados y llenos de dolor cuando llega la hora de la muerte de un ser querido. Pensamos en una vida sin fin, en una vida en plenitud, en una vida para siempre en Dios, luego el que muere se abre a la vida verdadera a la que le va a dar mayor plenitud, ¿Por qué ponernos tristes?

Es cierto que cuando nos llega esa hora de la verdad quizá nos damos cuenta cómo hemos perdido la vida porque mientras caminamos en este mundo no supimos darle un verdadero sentido y un sentido de plenitud y trascendencia en todo aquello que realizábamos. Nos sentimos apenados quizá en ver la pobreza de nuestra vida, quizá llena de las miserias del pecado. Pero aunque sienta abatimiento, como nos decía el profeta, cuando pienso en Dios mi vida se llena de esperanza porque comprendo lo grande que es la misericordia del Señor que nunca se termina, lo hermosa que es su compasión que siempre nos estará regalando con su amor.

Qué sentido más bonito ha de tener esta conmemoración que hoy hacemos; con qué profundidad hemos de vivirla; qué interrogantes nos plantea para nuestra vida de hoy; qué propósitos han de surgir para que aprendamos a llenar de trascendencia nuestra vida; qué paz tenemos que sentir en el corazón desde esa esperanza que anima nuestra vida y motiva nuestra oración.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

 


Celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que viven y ahora alaban eternamente a Dios sintiéndonos partícipes porque somos amados de Dios

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Celebramos la fiesta de todos los santos. No sé si siempre los cristianos alcanzamos a saborear el sentido de esta fiesta o si la palabra santidad sigue diciéndonos algo hoy. Para muchos, para el conjunto de nuestra sociedad se ha quedado obsoleta, no porque su significado sea algo viejo y sin sentido ni valor, sino porque no hemos llegado a comprenderlo de verdad. Por eso nuestra fiesta de Todos los Santos queda desdibujada con el día de Difuntos y un poco en eso se nos queda, y terminamos porque toda la celebración que hagamos sea la visita a las tumbas de nuestros difuntos en el cementerio.

De entrada decir que la santidad es una característica divina porque solo Dios es santo en si mismo. Pero es algo de lo que nos hace partícipes Dios. Por decirlo con pocas palabras es decir que somos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos. Y esa es la santidad en su sentido más profundo. Estamos marcados por el amor de Dios que no solo nos creó y nos dio la vida, sino que nos hace partícipes de su vida divina. Es por eso por lo que nos sentimos sus hijos, somos sus hijos, podemos llamarle Padre, como nos dice hoy san Juan en el texto de su carta.

La lectura del Apocalipsis que hoy se nos ofrece nos habla de los que han sido marcados con la Sangre del Cordero, y nos habla de cantidades innumerables, nadie las puede contar, aunque primeramente nos habla de los ciento cuarenta y cuatro mil, en una clara referencia al Antiguo Testamento, al número de doce tan significativo por aquello de las doce tribus de Israel; pero a continuación nos hablará de esa multitud innumerable que viene todas partes y que han sido marcados.

La marca es una señal de pertenencia; han sido marcados con la sangre del Cordero, han sido marcados y separados para formar un nuevo pueblo con una clara referencia a la consagración de algo que es marcado, señalado, separado para ser algo distinto, y la palabra santo precisamente de ahí tiene tu derivación.

Hemos sido marcados para ser esa pertenencia de Dios, para ser los consagrados del Señor, para ser los santos, tendríamos que decir en una palabra. Recordemos nuestro bautismo con su significado más hondo y más profundo, no solo hemos sido marcados y señalados con la señal de la cruz, sino que luego hemos sido ungidos para ser consagrados. ¿Qué significa esa señal de la cruz y qué significa esa unción? Hemos sido consagrados por el amor de Dios, nos sentimos inundados por el amor de Dios que nos hace sus hijos, por eso tenemos que sentirnos ya los santos.

Ahora nos toca vivirlo. Vivir como quien se siente en verdad amado de Dios. ¿Cómo no nos vamos a sentir amados si nos ha llenado de su vida divina para hacernos sus hijos? Y no tenemos que hacer otra cosa que mirar a Jesús para comprender toda la maravilla de lo que es el amor que Dios derrama sobre nosotros y escuchar a Jesús paras vivir con ese sentido nuevo de los que están llenos del amor de Dios y por eso ya somos santos.

Por eso hoy Jesús nos dice en el evangelio que somos dichosos, que somos felices. ¿Cómo no lo vamos a ser con ese amor de Dios que se derrocha sobre nosotros? y cuando sentimos así su amor en nosotros no necesitamos ni riquezas ni grandezas humanas, estaremos por encima de los sufrimientos que nos pueda tocar sufrir en las luchas de la vida, pero es que necesariamente tendremos que comenzar a amar con un amor igual.

Somos dichosos y felices porque somos hijos; somos dichosos y felices con ese desprendimiento que hacemos de nosotros mismos para darnos en humildad y para darnos en amor por los demás; no nos importan las posesiones que tengamos sino el amor con que nos repartimos por los demás.

Somos dichosos y felices y nuestro corazón está lleno de mansedumbre, de humildad, de ternura y de misericordia para los demás; somos dichosos y felices aunque tengamos que llorar con las lágrimas de los demás porque así compartimos su vida, pero porque así compartimos todo lo que hay en nuestro corazón con los que sufren a nuestro lado.

Somos dichosos y felices porque ansiamos y buscamos siempre lo bueno, la verdad y la justicia porque trabajamos con ahínco por la paz, porque hemos arrancado de nuestro corazón todo tipo de malicia porque quien está lleno de Dios no puede sino actuar de esa manera; no caben en nosotros las sospechas ni las reticencias que nos dividen y nos enfrentan, no caben en nosotros orgullos mal curados sino que todo será buscar lo bueno y al ofrecer lo mejor de nosotros mismos estará siempre presente el perdón que nos lleva a la paz con nosotros mismos y a la paz con los demás.

Somos dichosos y felices porque sintiéndonos llenos de Dios por su amor en verdad sentimos que Dios es el único Señor de nuestra vida con lo que alcanzamos la más hermosa libertad; bien sabemos que cuando dejamos que otras cosas se enseñoreen de nuestras vidas terminaremos siendo siempre esclavos que nos quitan lo más preciado de nuestra dignidad.

Y eso es lo que en verdad hoy celebramos. Y celebramos y nos unimos a la celebración celestial de todos los santos que antes que nosotros han recorrido el camino y ahora alaban eternamente a Dios en el cielo y celebramos que nosotros estamos queriendo hacer ese camino de santidad con lo que siempre nos sentiremos dichosos y felices como nos proclama Jesús en las bienaventuranzas. No es, pues, recordar y celebrar a los difuntos, porque estamos celebrando a los que viven, a los que estamos queriendo vivir esa santidad en el amor que Dios nos tiene.

sábado, 2 de noviembre de 2019

No es solo un recuerdo, una lágrima furtiva que se nos escapa o una luz que encendemos, es una esperanza que tenemos de que los difuntos gocen de la visión de Dios para siempre


No es solo un recuerdo, una lágrima furtiva que se nos escapa o una luz que encendemos, es una esperanza que tenemos de que los difuntos gocen de la visión de Dios para siempre

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Filipenses 3,20-21;  Juan 11, 17-27
Hoy 2 de noviembre es cuando celebramos verdaderamente el Día de Difuntos, como nos dice la liturgia, la Conmemoración de los fieles difuntos. Un día, hemos de reconocerlo, que para muchos se convierte en un día triste; es el día del recuerdo, el día de sentir de manera especial la ausencia, y cuando nos quedamos en solo eso de ahí las manifestaciones que hacemos en ese día.
Queremos decir que no olvidamos, que llevamos siempre en el corazón y visitamos su tumba, llevamos flores allí donde están los restos o las cenizas de nuestros seres queridos y fácilmente se nos escapa una lágrima. Muy humano, normal. En tradiciones y costumbres de otros lugares se lleva incluso comidas – las comidas que más gustaban a nuestros seres difuntos – al lugar donde están enterrados; una expresión de nuestro cariño y nuestro recuerdo que se convierte en una forma de religiosidad natural.
Es costumbre también de estos día de encender luces o velas junto a sus sepulturas, o en nuestros propios hogares junto a una imagen, una fotografía, de nuestros seres queridos difuntos, como una ofrenda decimos por sus almas, ánimas, que luego se pueden convertir manifestaciones algunas veces un tanto llenas de superstición dándole un sentido algunas veces ajeno al sentimiento verdaderamente cristiano.
Pero, ¿es esto solamente lo que ha de hacer un verdadero cristiano? No nos podemos quedar en un recuerdo que humanamente nos llene de forma natural de tristeza; para nosotros tiene que ser algo más, porque lo hacemos desde una esperanza. Queremos y creemos que los que han muerto viven en el Señor; queremos esa vida eterna en Dios para siempre para ellos, porque ha de ser también lo que ha de animar nuestro caminar en cristiano por la vida.
No es pensar en un más allá etéreo, como si las ánimas de los difuntos estuvieran vagando en el aire o en el espacio; cuando solamente lo vivimos así surgen visiones y apariciones de las ánimas en lo que creen tantos. No es extraño que en el recuerdo que tengamos de los seres queridos los veamos en nuestra mente y muchas veces nos parece de una manera tan real, como si estuvieran a nuestro lado; la psicología tiene mucho que decir en este sentido.
Pero nuestra esperanza de vida en Dios es algo distinto, aunque sea muy difícil de definir, y por eso se nos mezclan muchas ideas y muchas en nuestra mente y en nuestras costumbres. Pero a mi me gusta pensar y preguntarme si yo verdaderamente vivo en la esperanza de la vida eterna, de un vivir en Dios más allá de la muerte de nuestro cuerpo. Y es que aunque decimos que tenemos esperanza y eso forma parte de nuestra fe, no siempre, sin embargo, forma parte de nuestra vida, de nuestra forma de vivir. Y eso es lo que verdaderamente tenemos que despertar en nosotros. Y esa esperanza nace de la fe que tenemos en la palabra de Jesús que nos habla de llevarnos junto a El y que donde El está quiere que estemos con El, en una expresión muy humana y antropológica, nos habla de que hay muchas estancias y va para prepararnos sitio.
Por eso la conmemoración que hoy hacemos de los difuntos es algo más que un recuerdo. Es bonito y hermoso que recordemos y recordemos todo lo bello y bueno que vivimos y recibimos de nuestros seres queridos. Pero es algo más, porque tenemos la esperanza de que vivan en Dios y por ellos rezamos a Dios para que hayan alcanzado el perdón y tengan en Dios la vida sin fin. Y si esperamos que estén en Dios – por ellos rezamos y para ello - ¿de donde, pues, esas tristezas si ellos están gozando de la presencia de Dios para siempre? Un día le veremos tal cual es, nos decía san Juan ayer cuando celebrábamos a todos los santos; nos viene bien recordarlo hoy porque tenemos la esperanza de que nuestros seres queridos hayan alcanzado el perdón y puedan gozar de la visión de Dios para siempre en la eterna felicidad del cielo.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Un día de esperanza que nos da un nuevo sentido a nuestro vivir y que aleja de nosotros la tristeza y la amargura porque tras la muerte tenemos la vida eterna en Dios



Un día de esperanza que nos da un nuevo sentido a nuestro vivir y que aleja de nosotros la tristeza y la amargura porque tras la muerte tenemos la vida eterna en Dios

Sabiduría 4, 7-15; Sal 26; Romanos 5, 5-11;  Juan 14, 1-6

‘La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que nos ha dado’. Estas palabras de san Pablo pueden ser un buen comienzo para nuestra reflexión en este día de la conmemoración de todos los difuntos que la Iglesia hoy nos propone.
Aunque por razones perfectamente comprensibles por razones de trabajo en este día ayer fue el día en que principalmente visitamos nuestros Cementerios para honrar a nuestros seres queridos difuntos, litúrgicamente es hoy cuando celebramos esta memoria de todos los difuntos. Bueno es que nos paremos un poco a reflexionar sobre el sentido que le damos tanto a este día como esa visita que hicimos al lugar donde reposan los restos de nuestros seres queridos.
Para muchos es un día triste, de muchas lágrimas y recuerdos, donde afloran todos esos sentimientos y recuerdos en nuestro corazón. Pesa en el corazón ese desgarro de la separación de nuestro lado de nuestros seres queridos y para muchos sigue siendo un día de mucha amargura y tristeza. Algunos se quedan pensando en solo ese final y tratan de superar estoicamente esas amarguras y surge esa frase tan socorrida ‘la vida es así’.lo miran como un destino al que tratan de acostumbrarse y algunos quizás tratan de olvidar para siempre todo lo pasado.
Sin embargo el verdadero creyente, el discípulo de Jesús ha de mirar todo eso con un sentido nuevo y distinto. Queda siempre, es cierto, la tristeza del recuerdo de los que ya físicamente no están a nuestro lado, pero sin embargo para el cristiano es un día de esperanza. Y quien tiene esperanza nunca llenará su corazón de amargura.
Es día de esperanza porque tenemos puesta nuestra fe en Jesús y en su palabra. Y Jesús nos habla de vida eterna, nos habla de llevarnos con El, porque donde está El quiere que estemos nosotros, que va antes que nosotros para prepararnos sitios. La vida del cristiano es un unirse a Jesús para vivir su misma vida, por eso nos llenamos de trascendencia en lo que hacemos y en lo que vivimos ahora porque sabemos que un día lo mejor de nosotros mismos lo podemos vivirlo en plenitud junto a Dios.
Por eso la muerte no es un final irremediable que nos llene de amargura. Sabemos que vamos a vivir una vida mejor donde ya no hay dolor ni sufrimiento, donde ya no hay luto ni tristeza porque vamos a vivir en Dios para siempre.
Ayer cuando celebrábamos a todos los santos contemplábamos el destino final de nuestras vidas y nos sentíamos estimulados para alcanzar esa gloria en Dios como los santos y lo habían alcanzado. Hoy miramos el hecho de la muerte y la contemplamos como esa puerta que se abre a la eternidad, a la vida en Dios para siempre. Por eso es un día de esperanza. Y además nos da la confianza de que Jesús se ha hecho nuestro alimento para el camino, porque quien le come tendrá vida para siempre y a quien pone toda su esperanza en El le resucitará en el ultimo día.
Un mensaje para nuestro vivir, ha de ser un nuevo vivir, un nuevo sentido de la vida, y un mensaje para ese recuerdo que hacemos de nuestros seres queridos difuntos. No puede ser ya un recuerdo lleno de tristeza y amargura, porque hay una esperanza en nosotros. Queremos que vivan en Dios y nuestro mejor recuerdo no es solo honrar aquel lugar donde reposan sus restos con una flor quizás, sin orar al Señor por ellos para que hayan alcanzado el perdón y la vida y así puedan vivir para siempre en Dios, desde donde ellos se convertirán en intercesores ante Dios de nosotros para alcanzarnos esa gracia y esa ayuda divina que mientras caminamos en nuestro mundo necesitamos.
Y como recordábamos con san Pablo, la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios se ha derramado sobreabundantemente en nuestra vida.

miércoles, 7 de junio de 2017

Jesús ha venido para que tengamos vida y vida en plenitud y tenemos que esperanza que un día en Dios podemos alcanzar esa plenitud

Jesús ha venido para que tengamos vida y vida en plenitud y tenemos que esperanza que un día en Dios podemos alcanzar esa plenitud

Tobías 3,1-11.24-25; Sal 24; Marcos 12,18-27
‘No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados’. Es la sentencia final que Jesús nos deja hoy en aquel planteamiento que le hacían los saduceos, que no creían en la resurrección, acerca de la vida futura. ¿No nos querrá decir algo semejante hoy Jesús a nosotros que tanto decimos que creemos en El, pero en quienes no brilla esa esperanza llena de trascendencia que tendría que manar de nuestra fe en Jesús, muerto y resucitado?
Es un Dios de vivos, nos dice Jesús, pero tenemos que analizar si acaso nosotros no nos hemos hecho excesivamente una religión de muertos. Sí, nos puede parecer fuerte esta afirmación. Pero analicemos en lo que hemos convertido la mayoría el centro de toda nuestra religiosidad. Analicemos un poco serenamente cual es la motivación para la mayoría de los que nos decimos creyentes y cristianos de nuestra relación con Dios.
Una gran mayoría de nuestros actos religiosos los relacionamos con los difuntos. Vamos a misa y parece como que lo principal que hacemos es rezar por los difuntos; nuestras oraciones habituales es rezar por nuestros muertos, o como algunas personas dicen la mayoría de las veces, rezar a sus muertos. Nuestra asistencia a la Iglesia que consideramos tan fundamental se nos centra en la mayoría de las ocasiones en la asistencia a las exequias o los entierros. Una religión, parece, basada en los muertos, en los difuntos. Que en la mayoría de las ocasiones no está llena de esperanza y trascendencia, sino en la angustia y la tristeza de la separación de aquellos seres que amamos. ¿No es en cierto modo entonces una religión de muertos?
Nos preocupamos mucho de la celebración de unos ritos funerarios excesivamente cargados de dramatismo, de tristeza, de desesperanza, pero no ponemos mucho empeño en ayudar a nuestros seres queridos para ese transito hacia la otra vida desde la esperanza de la vida con Dios y prepararnos purificándonos de todo pecado desde la misericordia del Señor para poder vivir en plenitud esa vida en una eternidad feliz junto a Dios.
Nos falta esperanza de eternidad en el caminar de nuestra vida; nos falta esa trascendencia que hemos de darle a lo que hacemos o a lo que vivimos desde esa fe que tenemos en Dios que lo que quiere para nosotros es la vida y que alcancemos un día esa vida en plenitud. Así se nos queda pobre nuestra religiosidad, nuestra espiritualidad, nuestra vida cristiana.
Jesús ha venido para que tengamos vida y vida en plenitud. La llamamos vida eterna, porque será un vivir en Dios para siempre, pero que ha de ser algo que ha de impregnar ahora nuestro camino, lo que hacemos y lo que vivimos dándole un sentido profundo, un sentido de plenitud a lo que ahora vivimos. Ahora imperfectamente porque no somos perfectos y estamos sujetos a muchas limitaciones y también a muchas debilidades, pero tenemos que esperanza que un día en Dios podemos alcanzar esa plenitud.
No olvidemos artículos de nuestra fe que confesamos en el Credo. Creemos en la resurrección y en la vida eterna. Creemos en Jesús que murió y resucito por nosotros para que tengamos esa vida en plenitud, esa vida eterna. Como nos decía en el evangelio el quiere prepararnos sitio para que estemos donde está El. ‘Subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso’ confesamos en el Credo. Ahí quiere que estemos con El. El quiere darnos vida para siempre junto a si en el cielo. Preparémonos para poder vivir esa eternidad feliz y dichosa junto a Dios. 

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Un día lleno de emoción en el recuerdo de nuestros difuntos que vivimos en la esperanza de que un día podamos gozar todos juntos de la gloria de Dios en el Reino de los cielos

Un día lleno de emoción en el recuerdo de nuestros difuntos que vivimos en la esperanza de que un día podamos gozar todos juntos de la gloria de Dios en el Reino de los cielos

Job 19,1.23-27ª; Sal 24; Filipenses 3,20-21; Juan 14, 1-7

Hay momentos en la vida en que afloran los sentimientos y las emociones, ya sea por cosas o acontecimientos que nos impresionan o nos agradan o ya sea porque el recuerdo nos trae al presente momentos vividos con intensidad o personas que no estando ya con nosotros sin embargo fueron importantes en nuestra vida. Hoy es uno de esos días en que por los recuerdos en este caso de los seres queridos que ya no están con nosotros somos fáciles a los momentos emotivos y salen a flote todas nuestras emociones más sentimentales.
Son importantes en nuestra vida esas emociones o ese revivir los sentimientos gratos que hayamos vivido y que no podemos ni tenemos que reprimir. Pero hay algo más nosotros que marca la pauta de nuestra vida, el sentido de nuestro vivir que son esos principios fundamentales que nos rigen y es también el sentido de trascendencia espiritual que le damos a nuestra existencia. Es donde de una forma razonable aparece nuestra fe, esa fe que nos da sentido y que nos da valor; esa fe que encauza por un buen sentido esas emociones y esos sentimientos.
Es así como hemos de darle un verdadero sentido espiritual y cristiano, llenos de trascendencia, al recuerdo de nuestros seres queridos difuntos, que hoy de una manera especial la Iglesia no invita a conmemorar. Es lo que llamamos el día de difuntos, pero que hemos de saber vivir desde nuestra esperanza cristiana. No será entonces un solo recuerdo lleno de dolor, aunque esa pena de la separación de nuestros seres queridos siempre la tengamos en el corazón. Es algo más y a lo que tenemos que darle una verdadera profundidad cristiana.
No pensamos los cristianos en los muertos como seres que ya desaparecieron para siempre y que se ven consumidos en la nada. Los cristianos vivimos en una esperanza de resurrección y de vida eterna. Los cristianos damos una trascendencia a nuestra viva que nos hace mirar más allá del umbral de la muerte. Para nosotros quienes han muerto a la realidad de este mundo viven, porque nosotros creemos en la vida eterna porque creemos en la palabra de Jesús.
Se queda envuelta de alguna manera por las sombras del misterio como va a ser esa vida eterna, pero en nuestras ansias y sed de Dios y de plenitud tenemos la esperanza de poder vivir esa plenitud en Dios. Por eso nuestro recuerdo cargado de sentimientos y emociones se hace oración, porque uniéndonos a Dios en nuestra oración de alguna manera nos sentimos unidos a quienes tenemos la esperanza de que vivan en Dios para siempre.
Nuestra oración se hace acción de gracias recordando cuanto de bueno vivimos en este mundo con esos seres queridos que ahora recordamos y cuanto recibimos y aprendimos de ellos. Y nuestra oración se hace también suplica e intercesión porque, sabiendo que todos somos limitados y llenos de debilidades, ahora pedimos el perdón y la misericordia divina sobre esos seres amados para que puedan vivir para siempre esa plenitud en Dios que llamamos cielo.
Nuestro recuerdo y oración se nutre en la esperanza y llena aún más de esperanza nuestra vida, porque ansiamos que un día podemos gozar todos juntos de esa plenitud de Dios en el cielo. ‘Recibelos en tu reino, pedimos a Dios en nuestra oración, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria’.

lunes, 2 de noviembre de 2015

Las ansias de vida en plenitud del corazón humano encuentran respuesta en el anuncio de vida eterna que nos hace Jesús para quienes creen en El

Las ansias de vida en plenitud del corazón humano encuentran respuesta en el anuncio de vida eterna que nos hace Jesús para quienes creen en El

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Juan 11, 17-27

Todos queremos vivir y no queremos que la vida se nos acabe. Cuando vivimos momentos de dicha y de felicidad queremos que esos momentos sean eternos; y aunque en la vida que ahora vivimos no siempre todo es felicidad porque hay momentos oscuros, problemas, dificultades, sufrimientos, aun así ansiamos vivir, queremos que esas negruras pasen y con esperanza ansiamos la vida.
Pero, ¿esta vida se acabará? ¿todo tendrá su final? ¿llegará un momento en que caigamos en la nada? Sabemos que la muerte está al final de este camino y quienes no tienen más fe y más esperanza que este mundo terreno que ahora palpamos piensan quizá que ese es el final definitivo. Sin embargo en lo más hondo del ser humano siguen esas ansias de vida sin fin donde desaparezca el dolor y la muerte. Es la semilla de eternidad que Dios ha sembrado en nuestros corazones.
Y es que aparte de esas ansias de plenitud, de vida sin fin, de eternidad que hay en lo más hondo de nosotros mismos, contamos con la revelación que Dios ha hecho de si mismo y del sentido que nos revela que tiene nuestra vida que no se acaba en el final de una muerte fatídica que todo lo encierra en oscuridad. Esas ansias de vida que llevamos en nosotros mismos se ven iluminadas por la revelación de Dios que nos habla de una vida sin fin donde ya no hay ni muerte ni dolor, porque quiere que vivamos en El, porque quiere hacernos participes de su vida divina y ese es el destino final de nuestra existencia. Y aquí si podemos hablar del destino porque es lo que Dios nos tiene reservado, vivir en El, vivir en plenitud, en la plenitud de la vida de Dios, de una vida sin fin.
Son las palabras que Jesús le decía a Marta, cuando la muerte de Lázaro, su hermano. Es la esperanza de vida eterna que Dios siembra en nuestros corazones cuando nos revela su destino de amor para nosotros. Por eso creemos en Jesús y queremos llenarnos de su vida para vivir para siempre. ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre’.
El misterio de salvación que Jesús nos revela con su presencia y con su palabra no solo trata de que hagamos nuestro mundo mejor construyendo el Reino de Dios, sino que quiere que ese Reino lo vivamos en plenitud para siempre. Nos ofrece su palabra que nos ilumina el camino y nos señala la meta, pero en su salvación que viene a hacer nuevas todas las cosas, nos ofrece su gracia y su perdón para renovar nuestra vida nuestros corazones con su perdón para que alcancemos la vida en plenitud. Eso nos da un sentido a nuestro caminar; esto nos llena de esperanza y nos estimula a buscar esa vida para siempre; esto nos empuja a vivir en la fidelidad en el amor porque es el que nos lleva a esa plenitud.
Este día, 2 de noviembre, la Iglesia nos invita a hacer una conmemoración de los difuntos. No es solo un recuerdo de aquellos que un día estuvieron con nosotros, a quienes les debemos la vida como nuestros padres, o de todos los que recibimos tanto. No simplemente el recuerdo de un pasado sino un pensamiento que nos levanta hacia la plenitud.  Por eso nuestro recuerdo se hace oración para pedir por nuestros seres queridos difuntos que vivan ya en la plenitud de Dios porque hayan alcanzado su perdón y su vida. Es el sentido verdadero y profundo que tiene esta conmemoración que no es para vivir en tristeza sino para levantar nuestro corazón con esas ansias de plenitud y de vida que nosotros esperamos también un día alcanzar. 

Oremos con fe y esperanza por nuestros difuntos.

domingo, 2 de noviembre de 2014

CONMEMORACION DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

Oramos por los difuntos con la esperanza de que su morir ha sido pasar a sentir y a vivir el amor y la ternura de Dios para siempre

Lam. 3,17 - 26; Sal. 129; Rm. 6, 3-9; Jn. 14, 1-6
Ayer celebrábamos la fiesta de todos los Santos, de todos aquellos que gozan ya para siempre de la visión de Dios cantando eternamente las alabanzas del Señor; celebrábamos a aquellos que por su vida santa y de fidelidad son para nosotros ejemplo y estímulo en nuestro peregrinar por este mundo con la esperanza puesta en el cielo y que nos confiábamos a si intercesión para que alcanzáramos de Dios esa gracia que nos haga pregustar ya aquí en la tierra ese amor gratuito de Dios sintiéndonos así impulsados a vivir en santidad, en fidelidad.
Hoy la liturgia de la Iglesia nos invita a hacer esta conmemoración de todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección, de todos los que han muerto en la misericordia del Señor pidiendo que sean admitidos  por esa benevolencia y misericordia divina a contemplar la luz del rostro de Dios.
Siempre la oración de la Iglesia por los difuntos está marcada por la esperanza, nunca desde un dolor lleno de amargura y desesperación, porque por encima de todo confiamos en la misericordia del Señor. Creo que esto tenemos que subrayarlo mucho, porque aun en personas muy religiosas nos encontramos muchas veces amargura y desesperación a la hora de la muerte de los seres queridos, como si en verdad no se tuviera esperanza, como si no pusiéramos toda nuestra confianza en las palabras de Jesús. Y esa amargura que sentimos en el dolor de la muerte de los seres queridos, se convierte en miedo y desesperación muchas veces ante lo que puede significar nuestra propia muerte.
En la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado en el texto de las Lamentaciones se nos comenzaba describiendo esa zozobra que se pasa en el alma en el dolor y sufrimiento y ante la muerte, aunque el profeta quería describir la situación por la que había pasado el pueblo de Israel al verse destruido y llevado al exilio. Hoy escuchamos este texto como una luz desde la Palabra de Dios ante la situación de dolor y sufrimiento, como decíamos, ante la muerte. ‘Me han arrancado la paz… se me acabaron las fuerzas… fíjate en mi pesar, en la amarga hiel que me envenena… me invade el abatimiento…’
Pero todo no se queda ahí, porque a pesar del dolor fuerte por el que se está pasando hay una esperanza que dulcifica ese dolor y nos da un sentido nuevo a nuestro vivir y morir. ‘Pero, apenas me acuerdo de ti, me lleno de esperanza. La misericordia de Señor nunca termina y nunca se acaba su compasión…’ El amor, la ternura de Dios, la compasión y la misericordia no se acaban. Es lo que nos da sentido y nos da fuerza. Hemos de saber experimentar que Dios nos ama y es tierno como una madre.
Amor y ternura de Dios que hemos de saber saborear ahora mientras caminamos en esta vida peregrinos en el mundo, pero amor y ternura de Dios que podemos experimentar y saborear para siempre después de la muerte en la vida eterna. Alguien ha dicho que morir es pasar a sentir y a vivir para siempre el amor y la ternura de Dios. Siendo esto así, ¿caben amarguras y desesperanzas ante la muerte? ¿caben miedos y temores ante el hecho de la misma muerte que un día nos ha de llegar? Vamos a disfrutar de ese amor y ternura de Dios para siempre.
¿No hemos escuchado en el evangelio las palabras de Jesús que nos hablaba de que iba a prepararnos sitio? ‘No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros’. Por eso ponemos toda nuestra fe en El y nuestro corazón se llena de esperanza. Quiere el Señor que donde esté El, estemos también nosotros. Y como nos iba diciendo en el Evangelio El se volvía al Padre; así nos quiere llevar con El, que estemos con El, que estemos entonces gozando de la visión de Dios. ¿Y qué es disfrutar de la visión de Dios sino sentirnos inundados de su luz, de su amor, de su ternura para siempre? ¿Qué más podemos pedir?
Recordemos también lo que nos decía ayer la carta de san Juan cuando nos hablaba de la gracia de ser y sentirnos hijos de Dios. ‘Ahora somos hijos de Dios y aun no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando El se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Cuando se nos descorra ese velo en la hora de nuestra muerte nos haremos en su ternura y amor semejantes a El, porque le veremos tal cual es, porque podremos disfrutar para siempre de esa visión de Dios.
Todo esto que estamos reflexionando llena de sentido nuestra vida, no solo de cara a ese momento de la muerte, aunque ya es muy importante que descubramos esa trascendencia de nuestra vida y lo que nos espera detrás del umbral de la muerte, sino también para vivir el momento presente de nuestra vida. Quien tiene esta fe en el Señor no puede vivir de cualquier manera; un sentido nuevo tiene su vivir, el camino que ahora vamos haciendo. No es solo ya que no miremos la muerte como un destino final detrás del cual no hay nada, sino que hemos de aprender a vivir este camino desde lo que Jesús nos revela para saborear y disfrutar del amor de Dios ahora en el momento presente y luego en plenitud de eternidad  unidos a Dios para siempre.
‘A donde yo voy, ya sabéis el camino’, les dice Jesús. Pero ya vemos que por allá sale uno de los discípulos replicándole: ‘Señor, no sabemos adonde va, ¿cómo podemos saber el camino?’ Pueden ser las dudas que también permanezcan en nuestro interior cuando no escuchamos con toda atención las palabras de Jesús.  Pueden ser las dudas de tantos que no terminan de empaparse del evangelio y que no han descubierto todavía toda la verdad de Jesús.
Ya vemos cómo responde Jesús. ‘Yo soy el Camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’. Qué importante que descubramos esto. Es Jesús nuestro camino, nuestra verdad, nuestra vida. Lo es todo para nosotros. Cuanto nos cuesta descubrirle y seguirle; cuánto nos cuesta hacerle el sentido y la razón de nuestra vida; cuanto nos cuesta vivirle. Serán las tentaciones; serán nuestras debilidades; será el mundo de increencia que nos rodea y que nos contagia; será la falta de esperanza. Conozcamos a Jesús, amemos a Jesús, vivamos a Jesús.
Ayer decíamos que contemplábamos a los santos que son para nosotros estímulo y ejemplo. Fijémonos cuánto amaban a Jesús y la fidelidad con que vivían su vida. Por eso lo contemplábamos ya disfrutando de esa visión de Dios, viviendo ese amor y esa ternura de Dios cantando su alabanza por toda la eternidad. Es lo que tenemos que aprender a hacer ahora aquí mientras caminamos. Es a lo que nos impulsa la esperanza que nace en nuestro corazón desde toda la verdad que Jesús nos trasmite sobre el sentido de la vida y de la muerte.
Hoy nos estamos haciendo estas consideraciones en esta conmemoración que hacemos de todos los difuntos,  y por supuesto, recordamos de manera especial a nuestros difuntos, a nuestros seres queridos que murieron en el Señor, en la esperanza de la vida eterna. Esperamos y deseamos que vivan ya para siempre en ese amor y esa ternura de Dios, como decíamos antes.
Pero hoy nosotros tenemos que convertirnos en Iglesia suplicante, en Iglesia que intercede por sus difuntos ante Dios para que alcancen esa misericordia del Señor encontrando la paz, la luz, la vida de Dios para siempre. Es lo que ha de significar para el cristiano esta conmemoración de los difuntos que hacemos en este día. No son solo recuerdos que tengamos de ellos; es bueno recordarlos, sí, y recordar y dar gracias a Dios por todo lo bueno que con ellos vivimos y de ellos aprendimos.
Pero sabemos que somos pecadores y necesitamos de la misericordia de Dios, por eso no es solo un recuerdo, un regalo de unas flores que pongamos en su memoria, sino la oración que por ellos hacemos. Nunca, como decíamos al principio, desde la amargura y desesperanza, sino siempre desde nuestra fe y la esperanza que hemos puesto en el Señor. ‘Apenas me acuerdo de ti, me lleno de esperanza’, que decía el autor de las lamentaciones. Porque ‘La misericordia de Señor nunca termina y nunca se acaba su compasión…’ Con esa esperanza elevamos nuestra oración al Señor por todos nuestros difuntos.