Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta recuerdo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta recuerdo. Mostrar todas las entradas

jueves, 22 de mayo de 2025

Aprender a gozarnos en el amor, a disfrutar del amor, a sentir la alegría de sentirnos amados… es el amor que permanece, porque quien se da siente el gozo de amar

 


Aprender a gozarnos en el amor, a disfrutar del amor, a sentir la alegría de sentirnos amados… es el amor que permanece, porque quien se da siente el gozo de amar

Hechos de los apóstoles 15, 7-21; Salmo 95; Juan 15, 9-11

Hacer que las cosas duren, seguramente es un deseo que todos tenemos. Adquirimos algo que pudiéramos considerar importante y lo cuidamos para que no se nos estropee, ni se dañe ni se pierda porque queremos tenerlo para siempre; es una posesión que alguien quizás nos ha regalado y queremos guardarlo porque siempre queremos tener el recuerdo agradecido a quien nos lo donó.

Pero no son las cosas las que queremos conservar y que duren; son los recuerdos de las experiencias que hemos tenido y que siempre tendrán en nosotros un recuerdo permanente por lo dichoso, por ejemplo, que fue esa experiencia, y su recuerdo nos hace permanecer en esa dicha; pero más aun son las personas que han pasado por nuestra vida, nuestros padres y hermanos, nuestra familia y seres queridos, las amistades que hemos tenido que nos han hecho vivir y compartir tantas cosas que queremos que permanezcan, que no nos fallen ni nosotros fallarles, y cuidamos ese cariño y esa amistad, y avivamos en nosotros el deseo de estar siempre a su lado.

Como nos hemos fijado en la medida en que hemos ido avanzando en nuestra reflexión, ya no son solo las cosas las que queremos que permanezcan sino que pasamos a otros recuerdos y a otras experiencias, pero sobre todo llegamos a lo más hermoso y que sí queremos que permanezca para siempre que es el amor que hemos vivido en nuestras relaciones con los demás. ¿Se pueden marchitar esos recuerdos, como se pueden estropear esas cosas que queremos conservar? ¿Se puede marchitar el amor de manera que esa relación se rompa y ya no permanezca? Es lo que no queremos que suceda aunque bien sabemos de nuestras limitaciones y debilidades que pueden ajar muchas cosas bellas de la vida.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de permanecer en el amor. Diríamos que es la huella que quiere dejar en nuestra alma esos momentos supremos que El está viviendo en que precisamente por amor, por el amor que nos tiene, se va a entregar en el más hermoso y profundo amor, dando su vida por nosotros. No olvidemos el marco en el que el evangelio nos sitúa estas palabras de Jesús, en aquella cena pascual que celebró con sus discípulos antes de vivir su Pascua hasta la entrega definitiva y total.

Nos habla del amor del Padre en el que El permanece, nos habla de su amor en el que quiere que nosotros permanezcamos en El, nos está hablando de amor en el que hemos de permanecer para llegar con él también a los demás, a los que hemos de amar con un amor semejante al suyo. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, nos dice. Así nos ha amado El y en ese amor quiere que nosotros permanezcamos.

¿Qué significa esta permanencia en el amor? Un amor que no se apaga, un amor que siempre es leal, un amor que es fiel, un amor que hemos de cuidar.  Ya sabemos cómo somos que hasta nos cansamos de lo bueno; cuando le hacemos perder intensidad lo volvemos aburrido y monótono, le falta calor y le falta color; entramos en la dinámica de las rutinas en que ya hacemos las cosas sin motivación, sin ganas, como quien cumple un rito más, como si fuera simplemente una obligación que cumplir; hacerlo así es entrar en una peligrosa pendiente que hará que se amor se entibie y lo que se entibia pierde sabor.

Tenemos que aprender a gozarnos en el amor, a disfrutar del amor, a sentir la alegría de sentirnos amados para con ese amor contagiar también a los demás. Es el amor que permanece, porque quien se da siente el gozo de darse, el gozo de amar. Por eso nos señalará que nos ha dicho todo esto para que nuestra alegría sea completa, ‘mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a su plenitud’. Disfrutemos de la alegría del amor, es la felicidad más grande que podemos alcanzar.

miércoles, 16 de agosto de 2023

Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día

 


Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día

Deuteronomio 34,1-12; Sal 65; Mateo18,15-20

Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día. Nos sentimos como en la gloria, decimos, y seguro que con entusiasmo quedamos para vernos otra vez y para volver a pasar unos ratos juntos. Son los encuentros de los amigos de siempre, con quienes hemos compartido la vida, caminado juntos en momentos felices como también en momentos tormentosos y difíciles, pero que seguimos queriendo encontrarnos y compartiendo.

En mis añoranzas de hombre mayor quizás, recuerdo como los vecinos a la fresca de la tarde salíamos a nuestros patios que se comunicaban unos con otros y allí a la puerta, sentados en cualquier sitio, pasábamos los ratos comentando las incidencias de la jornada, de los que nacían momentos gratos de ayuda y de colaboración para muchas cosas buenas. Momentos felices para el recuerdo, momentos ahora nos hacen valorar y revitalizar muchas cosas que parece que han quedado atrás, pero que han sido momentos de felicidad. Qué bien nos sentíamos y qué bien lo pasábamos.

He traído a la memoria estas que podríamos llamar añoranzas porque realmente nos pueden remitir a lo que Jesús nos está planteando hoy en el evangelio. Podríamos pensar que no nos está diciendo nada especial que nosotros no podamos hacer. Vivir juntos, vivir unidos, vivir compartiendo, vivir sintiendo preocupación los unos por los otros, vivir con corazón comprensivo para entender los errores de los demás pero también para ofrecer de nuestra parte lo que podamos hacer para que las cosas sean a mejor. Y viene terminando por decirnos Jesús, que cuando vivimos así, El está en medio de nosotros.

Seamos capaces de establecer buenas relaciones de amistad y de comprensión, sepamos vivir con un corazón del que hayamos alejado la malicia y la búsqueda de intereses egoístas, y todo saldrá bordado, como solemos decir, todo será armonía y paz; y nos ayudaremos a corregirnos y a crecer; y seremos comprensivos con los errores de los demás porque sabemos que también nosotros los podemos cometer; y seremos capaces de preocuparnos por los otros y no los dejaremos pasar necesidad porque el compartir generoso es la riqueza más hermosa que llevamos en nuestra vida.

Y por eso nos dice Jesús como hemos de saber corregirnos los unos a los otros llenos de humildad y de comprensión. La corrección no es hundir, un sacarle los colores a la cara, no es echar en cara, no es acusar para condenar; la corrección es tender una mano para ayudar a levantarse al caído; es decirle a la persona que seguimos confiando en ella a pesar de los tropiezos o de los errores; es ayudar a que se sienta capaz de reemprender de nuevo el camino enderezando lo que está torcido; es como dar un nuevo voto de confianza tantas cuantas veces sea necesario; es poner esperanza en el corazón que se ve hundido cuando reconoce sus tropiezos y ayudar para que no falte la ilusión y la alegría.

Por eso terminará diciéndonos hoy Jesús que ‘donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’ y por eso podemos tener la confianza de que siempre seremos escuchados por Dios cuando somos capaces de ponernos de acuerdo para pedir algo al Padre en su nombre. ‘Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos'.

Qué bien nos sentimos cuando todos estamos reunidos en perfecta armonía compartiendo alegrías y retazos de la vida de cada día, decíamos al principio. Sepamos vivir en esa dicha y felicidad.

domingo, 11 de junio de 2023

Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos

 


Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos

Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16ª; Sal 147; 1Corintios 10, 16-17; Juan 6, 51-58

Hay quienes no quieren tener memoria, o hacen una memoria selectiva, pero la memoria es historia y la historia es vida, forma parte de nuestra vida, solemos decir, pero nos recuerda lo que nos ha traído hasta aquí. Y es importante, es en cierto modo nuestra sabiduría, es lo que hemos acumulado o lo que nos ha traído hasta aquí. Es necesario hacer memoria, es la vida que hoy somos, aunque muchas veces queramos arrancar páginas de esa historia, renegar de esa historia, pero son también los pilares sobre los que está construido nuestro hoy.

Con esta reflexión que me estoy haciendo pienso en muchas cosas incluso que en nuestra sociedad hoy estamos viviendo, donde encontramos también esas incongruencias, esas idas y venidas, esas ignorancias que nos pueden llevar a negaciones o esas recreaciones de la historia a nuestra imagen y semejanza, a nuestra manera. Así no sabemos muchas veces ni por donde andamos ni a donde queremos ir.

Me estoy haciendo esta reflexión con la que queremos, por supuesto, ir más allá, en esta hermosa fiesta que hoy celebramos, y desde lo que hemos escuchado en la Palabra de Dios que se nos proclama en este domingo. Ya Moisés invita al pueblo que ha peregrinado por el desierto y está ya a punto de entrar en la tierra prometida a recordar su historia. Aquella historia que aun están construyendo en su camino hacia la libertad de la tierra prometida con lo que ha significado su caminar por el desierto, pero recordando los tiempos de esclavitud que vivieron en Egipto y de los que los liberó el Señor.

Pero les invita a recordar que en aquellos tiempos no menos duros del desierto pudieron comer el maná, que llamaban pan del cielo, para poder seguir haciendo su camino. No volverán a comerlo tan pronto entren en la tierra prometida, pero siempre han de recordarlo, porque es recordar la acción de Dios en sus vidas y en su historia.

Lo mismo nos dirá Jesús y más tarde nos recordará san Pablo. ‘Haced esto en memoria mía’, les dirá Jesús en la cena, nos dirá Jesús en la cena pascual, cuando nos dé aquel nuevo pan que es su carne, que es su vida. San Pablo nos dirá que cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estaremos anunciando – recordando pero anunciando al mismo tiempo -, la muerte del Señor hasta que vuelva.

Es el Pan de vida que da la vida al mundo; es el Pan de vida que quien lo coma resucitará en el último día; es el Pan de vida que quien lo coma tendrá vida para siempre; es el Pan de vida que cuando lo comamos no vamos a vivir por nosotros mismos sino que será ya para siempre Cristo quien viva en mí; es el Pan de vida, prenda de vida futura y anuncio de resurrección; es el Pan de vida que nos hace vivir la Pascua y que nos llena de salvación.

Decíamos antes que tenemos que hacer memoria, porque en el recuerdo de esa historia está el fundamento, son los cimientos, de lo que hoy nos toca vivir. Hacemos memoria nosotros y lo hacemos tal como nos lo dijo el Señor. Nos habló del pan de vida allá en la Sinagoga de Cafarnaún y en la cena pascual cuando les reparte el pan les dice que eso es su cuerpo entregado; y nosotros repetimos los gestos y las palabras de Jesús porque cuando nos reunimos como familia y comunidad creyente en Jesús, recordamos a Jesús, hacemos presente a Jesús, sentimos de nuevo vibrar en nosotros la vida de Jesús.

No podemos dejar de hacer memoria, de celebrar el memorial del Señor, de reunirnos para celebrar la Eucaristía, porque nuestro camino no sería camino, nuestra vida no sería vida, nuestra fe se anularía y se perdería y no podríamos estar viviendo la salvación de Dios. Por eso un cristiano sin Eucaristía es un cristiano sin sentido, porque terminaríamos siendo un cristiano sin Cristo.

Qué importante es para nosotros, qué necesario para que haya una verdadera vida cristiana. Llenando la vida de Eucaristía estaremos llenando la vida de Cristo. No podemos arrancar esa página de nuestra vida, no podemos prescindir del recuerdo y de la vivencia de Cristo para que lleguemos a vivir en plenitud ese sentido de la vida que en Cristo encontramos.

Hoy es un día especial para los cristianos en esta fiesta de la Eucaristía que hoy celebramos. Queremos salir a nuestras calles con el Sacramento de la Eucaristía en medio de nosotros, porque necesitamos tener la valentía de aprender a salir a la calle al encuentro del Sacramento de Cristo que son nuestros hermanos.

Hoy tendemos alfombras de flores al paso de Cristo Eucaristía pero es un compromiso para que también sigamos tendiendo alfombras de amor al paso de nuestros hermanos.


miércoles, 2 de noviembre de 2022

La conmemoración de los difuntos es un vivir con intensidad la esperanza que da sentido y valor a nuestra vida, tenemos la esperanza de que viven en Dios para siempre

 


La conmemoración de los difuntos es un vivir con intensidad la esperanza que da sentido y valor a nuestra vida, tenemos la esperanza de que viven en Dios para siempre

 Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Filipenses 3, 20-21; Juan 11, 17-27

Aunque por razones laborales la visita a nuestros cementerios y el recuerdo de los difuntos se queda más reducida al día primero por ser festivo, no podemos olvidar el sentido de cada celebración y que verdaderamente la conmemoración de los fieles difuntos litúrgicamente la celebramos en este día 2 de noviembre.

¿Qué significa esta conmemoración? ¿Es solamente un recuerdo? Si escuchamos lo que los medios de comunicación nos expresan de lo que hacemos en este día pareciera que todo se queda en eso, en un recuerdo; vamos allí junto a sus tumbas, como queriendo decir que no olvidamos a los seres queridos que han muerto y como quien hace un regalo a la madre cuando la va a visitar, le lleva un ramo de flores para adornar su tumba.

Seguro que para quienes han perdido la trascendencia de la vida, no tienen esperanza de otra vida, claro que se ha de quedar en un recuerdo de algo que fue y de lo que intentamos recordar lo mejor; es precisamente lo que se dice como consuelo en esos momentos que nos llenan de cierta tristeza, que recordemos las mejores cosas de la vida que nos dejaron los que ya se marcharon. Claro que el corazón tira y empuja por algo más que un recuerdo frío o emocionado, porque de alguna manera no queremos separarnos de aquellos a los que amamos y queremos sentir vivas ya no solo en nuestro recuerdo sino en nuestro corazón a nuestros seres queridos difuntos.

Y es que en el fondo aunque queramos hacer un mundo donde vamos queriendo evitar esos sentimientos religiosos, donde se ha perdido un sentido creyente de la vida y una esperanza de algo más, de una vida sin fin, en el fondo del corazón siempre hay un ansia de algo más, de algo superior, de algo que verdaderamente eleve nuestra vida dándole un nuevo sentido y una nueva trascendencia. En el fondo, queramos o no, somos unos seres espirituales, que ansiamos lo espiritual, que buscamos lo sobrenatural, porque en el fondo buscamos a Dios. Solo en El podemos encontrar la verdadera plenitud de nuestra existencia.

Por eso para el cristiano esta conmemoración que hoy hacemos no se queda en un mero recuerdo ni en una ofrenda de flores que hagamos para adornar la tumba de nuestros seres queridos. Es sentir que está viva una unión espiritual con aquellos seres que amamos aunque la muerte nos los haya arrancado de nuestro lado.

Es de alguna manera sentir su presencia espiritual porque sabemos que viven, porque nosotros tenemos esperanza de vida eterna. Por eso nuestra conmemoración se convierte también en oración, porque es una manera de sentirnos unidos espiritualmente a ellos, pero también es la oración confiada al Padre en cuyas manos hemos puesto a nuestros seres queridos confiando en su misericordia.

Es un vivir con intensidad la esperanza que da sentido y valor a nuestra vida, porque tenemos la confianza y la esperanza de que ellos ya vivan en Dios para siempre. Nuestra oración quiere ser intercesión para obtener la misericordia de Dios, pero al tiempo es acción de gracias por el regalo que en vida tuvimos en aquellos seres que nos amaron y a quien nosotros amamos, y acción de gracias por la fuerza que en el Señor recibimos para vivir el dolor de la separación.

Lo hacemos confiados en la Palabra de Jesús que promete vida eterna para quienes en El ponemos toda nuestra fe y nuestra esperanza. ‘Quien cree en mí aunque haya muerto vivirá… y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre’. Sentimos al mismo tiempo como Jesús viene a nosotros como se acercó aquel día a aquel hogar de Betania donde había fallecido Lázaro, para llenarnos a nosotros también de paz y para poner fortaleza en nuestro corazón.

sábado, 20 de junio de 2020

María guardaba todo en su corazón y allí llegaba a comprender el plan de Dios, aprendamos de María a meternos en nuestro interior para escuchar la voz del Señor



María guardaba todo en su corazón y allí llegaba a comprender el plan de Dios, aprendamos de María a meternos en nuestro interior para escuchar la voz del Señor

2Crónicas 24, 17-25; Sal 88; Lucas 2, 41-51
¡Cuántas cosas caben en el corazón de una madre! Es un corazón que se ensancha y se multiplica en el amor. Por muchos que sean sus hijos ninguna va a ver mermada la intensidad del amor de su madre. Cada uno tendrá su amor especial y concreto, aunque algunas veces pareciera que alguno sea el preferido la realidad es bien distinta, porque sobre cada uno se vuelva el corazón de madre amándolo con un amor concreto y distinto, como distintos son cada uno de sus hijos pero para todos tiene la misma intensidad del amor.
Decíamos que es un corazón que se ensancha y parece que se multiplica porque el corazón de una madre es eso como llamamos como un cajón de sastre donde todo lo metemos, donde la madre va metiendo cada una de las cosas y circunstancias de la vida de los hijos. En su corazón podemos encontrar lo que ya casi ni recuerdan sus hijos de su propia vida porque en su corazón se van grabando cada una de esas cosas que nunca se borrarán. Por eso para cada uno tendrá su estilo de amor, porque cada uno necesitará algo especial que siempre en el corazón de la madre encontrará.
Cuantas alegrías y cuantas lágrimas, cuantas historias de felicidad y cuantos momentos de amargura y dolor como solo una madre los sabe sufrir vamos a encontrar en su corazón. La madre podrá parecernos distraída en cualquier momento, pero siempre está atenta, incluso cuando ella ya no pueda quizá valerse por si misma, para recordar a su hijo, para decirle una palabra, para escucharle en silencio, para guardar secretos que nadie nunca conocerá, para tener grabado en su corazón incluso aquello que el hijo nunca se atrevió a contarle, pero que la madre sabía, la madre conocía porque sus ojos llenos de amor saben descubrir también cuanto hay en el corazón de aquellos a los que ella ama.
Hoy he querido hacer como este canto al amor de una madre – todos recordamos y llevamos siempre el corazón a la madre que nos crió aunque ya no esté con nosotros – en este día en que también tenemos que fijarnos en un corazón, como es el corazón de María, la madre de Jesús que es también nuestra madre. Si ayer la liturgia nos ofrecía contemplar y celebrar el Corazón de Jesús para que consideráramos cuanto es su amor por nosotros – enamorado de nosotros, decíamos ayer – hoy se nos invita a mirar a María y su corazón de Madre. Lo que hemos dicho vale, sí, para nuestras madres, pero también lo tenemos en cuenta para admirar y alabar el corazón de madre de María, la madre de Jesús.
Precisamente el evangelio nos recuerda hoy, algo que aparece varias veces en el evangelio de Lucas en los momentos de la infancia de Jesús, que ‘María guardaba todas estas cosas en su corazón’. Como lo hacen todas las madres que llevan siempre en su corazón todo lo que hacen sus hijos amados.
El texto del evangelio es uno de esos pasajes desconcertantes, como lo pudo ser para María y José cuanto estaba en aquella ocasión sucediendo. Habían subido a Jerusalén por la Pascua cuando ya Jesús tenía doce años. Era la edad en que los niños ya comenzaban a participar en la vida de la comunidad con los adultos – casi como una mayoría de edad – y al regreso de Jerusalén después de un día de marcha en la caravana que se dirigía a Galilea, al final de la tarde Jesús no está entre ellos. Aquel que había crecido en edad, sabiduría y gracia junto a Maria y José en aquel hogar de Nazaret  ahora parece que hace una chiquillada. Han de volver de nuevo a Jerusalén en su búsqueda con todos los trastornos que aquello suponía.
Una vuelta a Jerusalén puede significar muchas cosas. No es solo la búsqueda del niño que se ha perdido, sino quizá será otra búsqueda interior que han de realizar María y José, como tantas veces nosotros tendremos que hacer ante cosas que nos desconciertan y no entendemos, ante interrogantes que se nos plantean, ante dudas que surgen en nuestro interior. ¿Habremos de volver atrás para encontrar respuesta? ¿Habremos de meternos más en nuestro interior para escuchar la voz que nos habla allá dentro de nosotros mismos? ¿Habremos de comenzar a estudiar las cosas de nuevo, a leer de nuevo las Escrituras, a interrogar a aquellos que nos pueden dar respuestas, a observar todo lo que sucede en nuestro derredor hasta que encontremos la respuesta que siempre Dios nos dará?
Cuando encuentran a Jesús en medio de los doctores el diálogo es desconcertante. ‘Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados… ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?’ Algo nuevo comenzaba y María y José tendrían que comenzar a descifrar. Pero allí estaba la actitud de la madre, en silencio, como tantas veces las madres cuando no terminan de comprender lo que les sucede a los hijos. Quien estaba allí no era un hijo cualquiera. Ya está hablado del Padre del cielo del que ha venido para hacer su voluntad. Y, María, ‘su madre conservaba todo esto en su corazón’.
Miremos nosotros el corazón de María cuando hoy la celebramos. Aprendamos a guardar también en el corazón, porque solo allí en el corazón podremos descifrar y aceptar el misterio, lo que Dios quiere de nosotros. Que María nos enseñe.

lunes, 9 de diciembre de 2019

‘Toma la camilla’, llévatela contigo, no porque la vayas a necesitar de nuevo, es el recuerdo de lo vivido, de lo que ha sido tu vida, de la experiencia que te ha transformado


‘Toma la camilla’, llévatela contigo, no porque la vayas a necesitar de nuevo, es el recuerdo de lo vivido, de lo que ha sido tu vida, de la experiencia que te ha transformado

Isaías 35, 1-10; Sal 84; Lucas 5, 17-26
Esto lo quiero guardar como recuerdo. Vamos de viaje y nos traemos nuestros recuerdos. Vivimos un acontecimiento especial y queremos mantener el recuerdo de lo que entonces vivimos y nos guardamos cosas que nos lo recuerden. Hacemos fotografías de lugares que nos han gustado porque luego queremos de nuevo saborear la sensación que tuvimos cuando estuvimos en aquel lugar. Nuestra casa en ocasiones se nos llena de detalles de un regalo que recibimos, de una visita que hicimos, de cosas que nos traen a la memoria momentos vividos y que tuvieron un significado en nuestra vida.
¿Por qué me estoy haciendo estas consideraciones? Hay un detalle en el evangelio de hoy, que se repite en otros momentos, que nos puede pasar desapercibido pero que si nos detenemos un poco renglón a renglón del acontecimiento relato nos puede llamar la atención. ¿Por qué Jesús cuando curó al paralítico, le dice ‘levántate, toma la camilla y vete a tu casa’? Parecería que Jesús tiene el deseo de que se lleve la camilla. Claro, pensamos, tampoco la iba a dejar allí en medio con tanto jaleo de gente que había en la casa; parecería una razón normal, pero por tan natural no sería necesario que el evangelista lo pusiera con tanto detalle.
Ya conocemos todo el hecho. Un paralítico que unos hombres traen en una camilla con la que no pueden acceder hasta Jesús por la puerta porque hay mucha gente, y quitando algunas losetas del techo por allí lo descuelgan hasta los pies de Jesús. Como se fijará Jesús grande era la fe de aquellos hombres que se valen de lo que sea necesario para hacer llegar al paralítico hasta los pies de Jesús para que lo curara.
Pero ha sucedido algo más. La primera palabra de Jesús ante la llegada de aquel paralítico a sus pies es decirle ‘tus pecados están perdonados’. Aquello, como conocemos, arma un revuelo entre los presentes que no esperaban esa palabra de Jesús pero sobre todo de los escribas y fariseos que estaban allí al acecho. ‘Este hombre blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados sino Dios?’  Pero Jesús no se arredra sino que mantiene su palabra, porque si tiene poder para curar a aquel hombre, como todos esperan, ese poder de dar vida solo le corresponde a Dios. Y si puede curar al paralítico eso será signo de la curación más profunda que Jesús quiere realizar en el hombre, el perdón de los pecados.
Allí está manifestándose la misericordia de Dios, que cura, es cierto, nuestras dolencias y enfermedades, que se muestra compasivo con nuestro sufrimiento cuando se ha hecho uno como nosotros y El probará también lo que es el sufrimiento con su pasión y muerte en la cruz, pero allí se está manifestando la misericordia de Dios que nos sana desde lo más hondo de nosotros, que ha venido para dar su vida, para derramar su sangre por nosotros, por todos, para el perdón de los pecados. Es la vida más hermosa que Jesús nos ofrece, es la gracia, es el regalo de vida de Dios para el hombre, para nosotros, para todos.
Aquel hombre ha pasado por una experiencia fuerte; fuerte y dolorosa ha sido su incapacidad, su invalidez. Nos conviene recordar nuestra debilidad, una debilidad de la que no siempre nos podemos liberar por nosotros mismos, sino que hemos de saber contar con otros. Aquel hombre ha tenido la experiencia de unos buenos hombres que le han ayudado, que le han llevado hasta Jesús. Pero ha sido también una experiencia mucho más honda la que ha vivido, no solo porque se ha visto liberado de si invalidez, de su debilidad, sino que ha sentido que la gracia de Dios le ha transformado; es el perdón que ha recibido que ha sido la curación mas honda porque eso sí que le ha hecho entrar en una vida nueva.
¿No será algo todo esto que no podrá olvidar nunca? ‘Vete y no peques más’, les dice Jesús en ocasiones a aquellos a los que cura. Recordemos nuestra debilidad en la que podemos volver a caer; recordemos la gracia que nos ha hecho renacer; recordemos también las mediaciones que ha habido en nuestra vida que nos han ayudado a encontrar nueva vida. ‘Toma la camilla’, llévatela contigo, no porque la vayas a necesitar de nuevo, sino como el recuerdo de lo vivido, el recuerdo de lo que ha sido tu vida, el recuerdo de la experiencia que te ha transformado.

sábado, 2 de noviembre de 2019

No es solo un recuerdo, una lágrima furtiva que se nos escapa o una luz que encendemos, es una esperanza que tenemos de que los difuntos gocen de la visión de Dios para siempre


No es solo un recuerdo, una lágrima furtiva que se nos escapa o una luz que encendemos, es una esperanza que tenemos de que los difuntos gocen de la visión de Dios para siempre

Apocalipsis 21, 1-5a. 6b-7; Sal 24; Filipenses 3,20-21;  Juan 11, 17-27
Hoy 2 de noviembre es cuando celebramos verdaderamente el Día de Difuntos, como nos dice la liturgia, la Conmemoración de los fieles difuntos. Un día, hemos de reconocerlo, que para muchos se convierte en un día triste; es el día del recuerdo, el día de sentir de manera especial la ausencia, y cuando nos quedamos en solo eso de ahí las manifestaciones que hacemos en ese día.
Queremos decir que no olvidamos, que llevamos siempre en el corazón y visitamos su tumba, llevamos flores allí donde están los restos o las cenizas de nuestros seres queridos y fácilmente se nos escapa una lágrima. Muy humano, normal. En tradiciones y costumbres de otros lugares se lleva incluso comidas – las comidas que más gustaban a nuestros seres difuntos – al lugar donde están enterrados; una expresión de nuestro cariño y nuestro recuerdo que se convierte en una forma de religiosidad natural.
Es costumbre también de estos día de encender luces o velas junto a sus sepulturas, o en nuestros propios hogares junto a una imagen, una fotografía, de nuestros seres queridos difuntos, como una ofrenda decimos por sus almas, ánimas, que luego se pueden convertir manifestaciones algunas veces un tanto llenas de superstición dándole un sentido algunas veces ajeno al sentimiento verdaderamente cristiano.
Pero, ¿es esto solamente lo que ha de hacer un verdadero cristiano? No nos podemos quedar en un recuerdo que humanamente nos llene de forma natural de tristeza; para nosotros tiene que ser algo más, porque lo hacemos desde una esperanza. Queremos y creemos que los que han muerto viven en el Señor; queremos esa vida eterna en Dios para siempre para ellos, porque ha de ser también lo que ha de animar nuestro caminar en cristiano por la vida.
No es pensar en un más allá etéreo, como si las ánimas de los difuntos estuvieran vagando en el aire o en el espacio; cuando solamente lo vivimos así surgen visiones y apariciones de las ánimas en lo que creen tantos. No es extraño que en el recuerdo que tengamos de los seres queridos los veamos en nuestra mente y muchas veces nos parece de una manera tan real, como si estuvieran a nuestro lado; la psicología tiene mucho que decir en este sentido.
Pero nuestra esperanza de vida en Dios es algo distinto, aunque sea muy difícil de definir, y por eso se nos mezclan muchas ideas y muchas en nuestra mente y en nuestras costumbres. Pero a mi me gusta pensar y preguntarme si yo verdaderamente vivo en la esperanza de la vida eterna, de un vivir en Dios más allá de la muerte de nuestro cuerpo. Y es que aunque decimos que tenemos esperanza y eso forma parte de nuestra fe, no siempre, sin embargo, forma parte de nuestra vida, de nuestra forma de vivir. Y eso es lo que verdaderamente tenemos que despertar en nosotros. Y esa esperanza nace de la fe que tenemos en la palabra de Jesús que nos habla de llevarnos junto a El y que donde El está quiere que estemos con El, en una expresión muy humana y antropológica, nos habla de que hay muchas estancias y va para prepararnos sitio.
Por eso la conmemoración que hoy hacemos de los difuntos es algo más que un recuerdo. Es bonito y hermoso que recordemos y recordemos todo lo bello y bueno que vivimos y recibimos de nuestros seres queridos. Pero es algo más, porque tenemos la esperanza de que vivan en Dios y por ellos rezamos a Dios para que hayan alcanzado el perdón y tengan en Dios la vida sin fin. Y si esperamos que estén en Dios – por ellos rezamos y para ello - ¿de donde, pues, esas tristezas si ellos están gozando de la presencia de Dios para siempre? Un día le veremos tal cual es, nos decía san Juan ayer cuando celebrábamos a todos los santos; nos viene bien recordarlo hoy porque tenemos la esperanza de que nuestros seres queridos hayan alcanzado el perdón y puedan gozar de la visión de Dios para siempre en la eterna felicidad del cielo.

martes, 8 de mayo de 2018

Jesús nos promete su Espíritu, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena, que nos hará sentir su presencia de Jesús para siempre


Jesús nos promete su Espíritu, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena, que nos hará sentir su presencia de Jesús para siempre

Hechos 16, 22-34; Sal 137; Juan 16, 5-11

Las despedidas no son agradables; a nadie le gusta despedirse. Hay un algo que nos embarga el alma cuando tenemos que despedirnos de alguien si sabemos que esa ausencia se va a prolongar mucho tiempo, o quizá no volvamos a encontrarnos. Multitud de sentimientos, de recuerdos, de añoranzas nos van surgiendo en nuestro interior; al tiempo la incertidumbre de cómo le va a ir a quien se separa de nosotros cuando hay un cariño sincero.
Y cuando la despedida es de improviso nos quedamos aturdidos muchas veces sin saber como reaccionar; quizá después pensamos cuantas cosas hubiéramos podido decirle, cuantos gestos de cariño o de amistad pudimos haber tenido con aquel ser amado. Queremos tener un recuerdo, un signo de su presencia junto a nosotros aunque él ya esté lejos, pero queremos seguir recordando, sintiéndole de alguna manera presente junto a nosotros; no queremos que aquel cariño o aquella amistad se pueda enfriar o deteriorar por ese distanciamiento forzado por las circunstancias.
Era el estado de ánimo que embargaba a los discípulos aquella noche en la cena pascual. Presentían que algo iba a suceder aunque no terminaban de entender todo lo que Jesús les había anunciado; y no lo habían terminado de entender porque no se creían que pudiera pasar todo aquello que Jesús les había dicho. Como les dice Jesús ahora, tan aturdidos estáis en vuestra tristeza que ninguno me pregunta a donde voy.
‘Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: ¿Adónde vas? Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, lo que os digo es la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Defensor’. 
Jesús les dejará algo más que un recuerdo o un signo. Jesús nos envía su Espíritu, el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que nos guiará hasta la verdad plena, que nos hará sentir la presencia de Jesús para siempre con nosotros tal como nos lo había prometido. ‘Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a vosotros el Defensor’, nos dice.
Vamos concluyendo ya el tiempo pascual; estamos en la cercanía de la Ascensión de Jesús al cielo. Pero llega el momento de la culminación de la Pascua cuando celebremos Pentecostés y sintamos la venida del Espíritu Santo sobre nosotros. Pero tenemos que prepararnos, ponernos en disposición de recibir el Espíritu del Señor. En muchos lugares hay grupos de cristianos que se preparan con una novena al Espíritu Santo como una preparación. La liturgia nos va ayudando en estos días cuando nos va recordando las palabras de Jesús que anuncian la presencia del Espíritu.
Con la liturgia de la Iglesia rezamos:
Espíritu de Dios, la tierra llenas,
las mentes de los hombres las bañas en tu luz,
tú que eres Luz de Dios, divino fuego,
infunde en todo hombre la fuerza de la cruz.
Sé luz resplandeciente en las tinieblas
de quienes el pecado sumió en la oscuridad,
reúne en la asamblea de los hijos
los justos que te amaron, los muertos por la paz.
Acaba en plenitud al Cristo vivo,
confirma en el creyente la gracia y el perdón,
reúnelos a todos en la Iglesia,
testigos jubilosos de la resurrección.


domingo, 18 de junio de 2017

En la Eucaristía celebramos el memorial del Señor porque nos mandó hacer lo mismo que El hizo, lavar los pies y darnos el signo de su cuerpo entregado y su sangre derramada

En la Eucaristía celebramos el memorial del Señor porque nos mandó hacer lo mismo que El hizo, lavar los pies y darnos el signo de su cuerpo entregado y su sangre derramada

Deut. 8,2-3.14b-16ª; Sal. 147; 1Cor. 10,16-17; Jn. 6,51-58
Los recuerdos nos acompañan. Nos hacen revivir cosas que para nosotros han sido importantes, en ocasiones nos hacen recobrar la ilusión y la esperanza porque en el recuerdo de lo que vivimos nos sentimos motivados para mantener nuestras luchas, nuestros esfuerzos, seguir haciendo el camino de la vida; también el recuerdo quizá de momentos que no fueron tan agradables o de cosas que nos pudieron causar problemas y sufrimientos, ahora nos sirven de lección en ese magisterio de la vida misma para no tener quizás esos mismos tropiezos o para aprender a reaccionar de forma distinta ante lo que ahora se nos va presentando.
Es bueno recordar esos acontecimientos que han sido importantes en nuestra vida. Cada uno tenemos nuestros propios recuerdos y experiencias. Aunque caminamos en el momento presente vislumbrando un futuro que siempre queremos que sea mejor estamos rodeados de recuerdos; que no son simplemente objetos físicos, imágenes o cosas de orden material que quizás acumulamos en nuestro entorno, sino que es algo que llevamos muy dentro, muy grabado en nosotros y se convierten en emociones, sentimientos, certezas, deseos e impulsos que nos siguen dando vida desde lo más hondo de nosotros. Esos recuerdos nos hacen sentirnos fuertes e impulsan nuestra voluntad a seguir soñando con cosas grandes y haciendo esos sueños realidad.
A raíz de estas consideraciones que me estoy haciendo sobre lo importantes que son para nosotros los recuerdos de lo vivido, se me ocurre hacerme una pregunta: ¿Cómo serían los recuerdos que los discípulos conservaban de Jesús? De entrada decir que lo que nos narran los evangelistas es esa recopilación, por decirle de alguna manera, que en los primeros momentos hicieron de todo cuanto recordaban de Jesús. Es cierto que Jesús les mandó hablar de todo ello a todas las gentes en su envío misionero, pero de algunas cosas en especial les dijo claramente que habrían de hacer lo mismo, y que habrían de hacerlo en memoria suya.
Y aquí quiero pensar de manea especial en todo lo acaecido en la ultima cena, pues si primero les lavó los pies a los discípulos que con El estaban sentados a la mesa, les diría que ellos habrían de hacer lo mismo lavándose los pies los unos a los otros. Pero es que además el signo de aquella comida pascual que allí estaban celebrando habría de hacerlo hasta el final de los tiempos.
Allí estaba el pan como signo de su Cuerpo entregado y estaba la copa llena de vino que habría de ser signo para siempre de su Sangre derramada para la salvación de todos los hombres. Serían para siempre el signo de su pascua, de su entrega, de su amor en la expresión más suprema del amor que era entregar su vida. Y esto habrían de hacerlo para siempre en memoria suya, por eso como más tarde nos explicaría san Pablo cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estamos haciendo memoria de la muerte de Señor hasta que vuelva.
Es el memorial del Señor, así llamamos para siempre nuestra celebración de la pascua de Jesús, porque será algo más que memoria, algo más que revivir, porque es hacer presente, es vivir de nuevo su pascua, es sentir su presencia, es llenarnos para siempre de su vida.
Nos preguntábamos como seria la memoria, el recuerdo que los discípulos hacían de Jesús. Ahí lo tenemos bien reflejado para siempre en lo que para siempre será para nosotros la Eucaristía. No es un rito que hacemos en memoria, es mucho más. Es comenzar de nuevo a vivir en nosotros todo lo que significa la entrega de Jesús, la pascua de Jesús; y recordamos sus palabras, hacemos memoria de todo aquello que Jesús fue haciendo y diciendo en su caminar en medio de los judíos.
Pero no es el recuerdo de algo lejano, es mucho más. Es mucho más porque estamos metiendo en nuestro corazón aquellas cosas que Jesús hacia y decía, estamos sintiendo como se va haciendo vida en nosotros, como nos sentimos de nuevo impulsados a caminar siguiendo los pasos de Jesús, escuchando sus palabras, realizando sus mismos gestos y acciones.
Y entonces sentimos la urgencia de realizar aquello que de manera especial nos mando el Señor, lavarnos los pies los unos a los otros. Ahí tiene que estar expresado todo lo que va a ser nuestro amor, nuestro compromiso por los demás, nuestro compartir y nuestra solidaridad, nuestro trabajo por la justicia y la búsqueda de todo lo bueno que continuamente tenemos que hacer por el hermano.
Celebramos el memorial del Señor cada vez que celebramos la Eucaristía y de Cristo nos alimentamos; nos alimentamos porque le comemos, le comemos en la Eucaristía y le comemos en la Palabra que plantamos hondo en nosotros; nos alimentamos porque el nos ofrece el pan de vida que nos dará vida para siempre y a partir de cada eucaristía y llenos de esa vida que El nos da comenzaremos a repartir vida, a llenar de vida a los demás desde nuestro compromiso de amor. Nunca la Eucaristía que celebramos va a estar lejos de nuestra vida ni de la vida de los demás.
En el recuerdo del Señor, en el memorial del Señor que celebramos, estaremos sintiendo una vez mas todo lo que ha hecho en nosotros a lo largo de nuestra vida y nos sentiremos impulsados con una nueva fuerza, con una nueva vitalidad para seguir viviendo el camino de Jesús, haciendo memoria del paso del Señor por nosotros y para la vida del mundo, celebrando así la pascua del Señor.
Haced vosotros lo mismo, haced esto en memoria mía, nos dice el Señor. Eso hoy en esta fiesta grande de la Eucaristía que es la fiesta del Corpus lo queremos celebrar, lo queremos proclamar cuando llevemos a Cristo mismo en la Eucaristía por nuestras calles y plazas, pero es que eso significa y es compromiso de cómo tenemos que ir al encuentro de Cristo en los demás, en los que sufren, en todos los hombres y mujeres que son nuestros hermanos.