Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta corazón de maría. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta corazón de maría. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de junio de 2026

 


Contemplando el Corazón Inmaculado de María aprendamos de ella a guardar en el corazón para asombrarnos ante las maravillas de Dios

 

Eso no lo olvidaré nunca, lo llevaré siempre guardado  en mi corazón, decimos agradecidos a alguien cuando hemos tenido una experiencia hermosa, esa persona ha hecho algo extraordinario por mi quizás en el momento que más lo necesitaba, más abandonado me sentía, o pasaba por una situación difícil en la vida; no lo olvidaremos, lo llevaremos siempre en el corazón.

Son experiencias cotidianas que podemos vivir por las que nos sentiremos eternamente agradecidos; son, por ejemplo, las experiencias hermosas que las madres guardarán para siempre de sus hijos; aquel detalle que con ella un día tuvieron que pareció insignificante pero donde ellas se sintieron arropadas por el amor del hijo, que podía parecer insignificante pero que tanto significó para ellas; en eso las madres son una expertas, porque igual guardan lágrimas amargas que pasaron quizás en silencio cuando vieron a los suyos en situaciones difíciles en las que quizás poco podían hacer, poco podían ayudar; pero allí estaba la madre detrás en silencio y con lagrimas de amargura en su corazón y eso no lo olvidarán nunca.

¿Por qué me estoy haciendo estas consideraciones? Hoy la liturgia, después de haber celebrado ayer el día del Sagrado corazón de Jesús, nos invita a que miremos al corazón de María. Y precisamente el evangelio de la infancia de Jesús nos deja como unas muletillas ante cuanto iba sucediendo en el entorno de Jesús y que María, con ese asombro ante el misterio pero con una fe confiada y firme, como nos dice el evangelio, ‘todas aquellas cosas las iba guardando en el corazón’.

Hablamos de asombro ante el misterio porque fue cómo ella se vio sorprendida con aquella embajada angélica que le anunciaba que iba a ser la Madre del Señor. Ya nos comenta el evangelista que ante las palabras del ángel María se quedó absorta meditando y rumiando cuanto el ángel del Señor le estaba comunicando. Podrá decir luego que el Señor se había fijado en la pequeñez de su esclava y en ella había realizado obras grandes. ¿Cómo María podía hacerse esa consideración para descubrir las maravillas del Señor en su vida? Porque se dejaba sorprender por el Señor, y rumiaba y meditaba en su corazón cuanto el Señor le iba manifestando.

Será luego en cada acontecimiento, la llegada inesperada de los pastores a la cueva de Belén que contaban por qué habían llegado hasta aquel lugar y las señales del cielo que habían recibido, el cántico de los ángeles que iluminaba el cielo, aquellos magos de oriente que aparecieron venidos de lejos con aquellos regalos del oro, el incienso y la mirra con todo su significado, más tarde cuando Jesús jovencito ya se queda en el templo porque tenía que ocuparse de las cosas de su Padre, aquel ir creciendo de Jesús no solo en estatura sino en Sabiduría, serán cosas que María irá guardando en su corazón.

Por eso su corazón será tan sensible ante lo que sucede en su entorno; la veremos ir presurosa hasta la montaña, a la casa de Isabel, porque no cayeron en saco roto las palabras del ángel que le hablaban del embarazo de su prima y sabía que allí podía prestar un servicio; María lo guardaba y lo rumiaba en su corazón pero le había ponerse en camino. Es la atención que estará prestando en las bodas de Caná para notar que allí pasaba algo, que allí faltaba el vino para acudir a Jesús, porque allí había que poner un remedio o una solución. ¿No la veremos en silencio al pie de la cruz y cómo guardaría en su corazón cuanto estaba sucediendo?

Comenzábamos comentando cómo ante cosas extraordinarias de las que nos hayamos visto beneficiados decíamos que serían cosas que guardaríamos para siempre en el corazón, pero creo que cuando hoy estamos contemplando el corazón de María convertido en un buzón de amor donde tanto iba guardado algo nos está enseñando para nosotros también aprender a guardar y rumiar en nuestro corazón.

Será ese guardar en el corazón de forma agradecida cuando nos vemos sorprendidos por tantas cosas buenas de las que nos vamos beneficiando en la vida, pero creo que tiene que ser para algo más; ese guardar y rumiar en el corazón nos hará ver muchas situaciones de una forma distinta, nos tiene que servir para no guardar amarguras pero sí para descubrir caminos de sanación; nos tiene que servir para que se nos abran mas nuestras mentes y nuestro corazón para estar atento a lo que le sucedan a los demás, pero también para encontrar caminos de servicio como hizo María; ese guardar y rumiar en el corazón nos hará descubrir las maravillas de Dios que se nos manifiestan o que Dios quiere incluso realizar en nuestra vida.

Ese guardar en el corazón significa poner en nuestro corazón a esas personas que queremos, que caminan a nuestro lado, con los que nos vamos cruzando en los caminos de la vida, sean cuales sean las cosas que de ellos recibimos incluso cuando nos sentimos heridos. Como la madre que siempre tendrá en su corazón también al hijo desagradecido pero que una madre siempre llevará en el corazón.

Mucho aprendemos del corazón de Maria. Con ella queremos cantar ese cántico de alabanza y de gratitud a Dios.

sábado, 28 de junio de 2025

Hoy miramos el Corazón de María, que guardaba tantas cosas y del que tenemos tanto que aprender pero que siempre destilemos la miel dulce del amor

 


Hoy miramos el Corazón de María, que guardaba tantas cosas y del que tenemos tanto que aprender pero que siempre destilemos la miel dulce del amor

Génesis 18,1-15; Lc 1,46-55; Lucas 2, 41-51

Quizás tenemos nuestros planes o proyectos para nuestra vida desde los cuales hemos ido construyendo nuestra vida, nos hemos preparado y formado, los hemos hecho desde lo que nos gustaba, donde veíamos que podríamos desarrollar nuestros valores y cualidades; quizás en un momento determinado algo hizo que las cosas cambiaran, tuviéramos quizás que orientar todo lo que hasta entonces habíamos venido haciendo porque se nos presentaban otras perspectivas, pero aun así a lo largo de la vida siempre surgirán imprevistos, cosas que nos suceden que muchas veces ni entendemos – un accidente, una enfermedad… -  y reorientamos nuestros esfuerzos en algo nuevo y distinto que se nos pide o que tenemos que afrontar, o que viene con las exigencias propias de la vida.

Caminos que desearíamos rectos y sin cambios pero que la vida misma reorienta, nos hace ver algo nuevo o surgen nuevas expectativas. Pero de alguna manera no abandonamos nuestra meta primera que es nuestro desarrollo, por ejemplo, como persona, la forja de nuestra personalidad. Ha habido una capacidad de acogida de lo nuevo en nosotros que al final nos ha enriquecido. ¿Habremos sabido hacer un recorrido así en nuestra vida o acaso nos habremos sentido frustrados por los imprevistos o contratiempos?

Me hago esta reflexión, sobre algo que es nuestra vida o cosas que nos pasan en la vida, porque de alguna manera quiero ver hoy en esta reflexión que nos hacemos sobre María. Una mujer de fe profunda era María y su vida era para Dios, pero Dios se le va manifestando para embarcarla, por decirlo de alguna manera, en su proyecto divino de salvación para la humanidad. Cuando no pensaba en la maternidad Dios le ofrece ser la Madre del Altísimo y se siente desconcertada ante aquellos nuevos caminos que le abren en la vida. Ya nos dice el evangelio que se puso a considerar lo que le había dicho el ángel. Pero allí está la que se siente humilde esclava del Señor para que en ella se cumpla su palabra. ¡Dichosa tú que has creído porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!, como le dice su prima Isabel.

Lo que sigue en la vida de Maria no son caminos fáciles. Su peregrinaje de servicio a las montañas a la casa de Isabel, su prima, su camino a Belén donde encontrará las puertas cerradas porque no hay sitio en la posada para ellos, el nacimiento de Jesús en la extrema pobreza de un establo en medio del campo, su huida a Egipto y su vuelta a Nazaret. Tenemos que pensar en aquellos recorridos y en su pobreza pero ella está para realizar cuanto el Señor le ha dicho, cuanto el Señor le pida. Caminos nuevos y no fáciles se irán abriendo continuamente ante sus pasos.

Hoy nos narra el evangelio un episodio que también como madre le llenaría de desconcierto. La pérdida de Jesús en su subida a Jerusalén para la Pascua, o más bien en su regreso con la angustia de tres días de búsqueda. ¿Qué era de todas aquellas promesas que le había dicho el ángel? ¿En qué se podía quedar todo? Cuantas veces los sueños de los padres se ven frustrados por acontecimientos que les suceden a los hijos o sus reacciones. ‘¿No sabíais que yo tenía que ocuparme de las cosas de mi Padre?’ fue la respuesta de aquel adolescente ante la imprecación de los padres que llevaban tres días buscándolo sin encontrarlo.

Pero hay unas cosas muy hermosas que nos dice el evangelio. Es cierto que no comprendieron en aquel momento entremezclado de angustia y alegría las palabras de Jesús, pero apostilla muy sabiamente el evangelista que ‘María conservaba todas estas cosas en el corazón’.

Guardar en el corazón. Tenemos que aprender. De lo guardado en el corazón se aprende y puede salir algo positivo; pero tenemos que saber poner un filtro porque no son las frustraciones lo que tenemos que guardar; fácilmente guardamos muchas cosas con resentimiento, con amargura, con demasiados tintes negros. Ahí no podrá brillar el amor que necesita luz, que necesita de otros colores que inviten a la esperanza, que nos hagan mirar al cielo.

Guardemos siempre lo mejor, lo positivo que nos enriquezca, sepamos olvidar lo que nos amarga, porque con corazón que está lleno de amarguras destilará hiel en lugar de miel, y por eso la vida de tantos se hace tan difícil y tan insoportable.

¿Comparamos con aquellos recorridos de nuestra vida de los que antes hablábamos? Tengamos en cuenta siempre lo que nos enriquezca, aunque a veces nos encontremos con curvas en los caminos de la vida, quizás detrás de una de esas curvas nos va aparecer una perspectiva brillante que nos va a enriquecer el espíritu.

Hoy miramos el Corazón de María, que guardaba tantas cosas y del que tenemos tanto que aprender.

sábado, 8 de junio de 2024

Junto al corazón de María queremos acurrucarnos para aprender los latidos del amor y hacerlos ritmos de nuestra vida, poniendo como María en el nuestro a cuantos amamos

 


Junto al corazón de María queremos acurrucarnos para aprender los latidos del amor y hacerlos ritmos de nuestra vida, poniendo como María en el nuestro a cuantos amamos

2 Timoteo 4, 1-8; Salmo 70; Lucas 2, 41-51

A todos nos hace aflorar una inmensa ternura y los más emocionados sentimientos el contemplar como un niño se acurruca junto al corazón de su madre y pronto se siente calmado en sus llantos y en sus lagrimas, porque allí encuentra el deseado calor del cariño de la madre que le hace sentirse seguro frente a cualquiera de los peligros que pudieran aparecer. Lo hemos contemplado muchas veces; y es más tenemos que decir que también nosotros, aunque mayores, iríamos a refugiarnos en el regazo de la madre cuando nos sentimos atormentados por los problemas de la vida, por las soledades que tanto nos hieren, por tantas angustias que nos va deparando con demasiada frecuencia la vida.

¿No es hermoso que hoy podamos celebrar precisamente la memoria y la fiesta litúrgica del Sagrado corazón de María? ¿Qué mejor imagen podemos encontrar para expresar lo que María es y sigue siendo para la Iglesia y para los cristianos de todos los tiempos?

Del corazón agonizante de Cristo salió aquella entrega que en ese momento cumbre quiso hacernos cuando nos confió a la madre y cuando confió a su madre para que fuera la madre de todos los que creyéramos en El. ‘He ahí a tu hijo’, le dice Jesús señalando al discípulo amado en quien todos estábamos representados. ‘He ahí a tu madre’, le confía a Juan en aquel momento y Juan se la llevó a su casa.

Hoy contemplamos su corazón, hoy contemplamos nuestro mejor refugio, hoy queremos ser como el niño que se refugia en los brazos de su madre que lo acuna junto a su corazón, hoy nosotros ponemos nuestro oído junto a su pecho para sentir sus latidos y para aprender a latir con ese mismo ritmo que solo las madres saben tener.

María, la que nos dice el evangelio que guardaba todo en su corazón. Nos lo repite el evangelista cuando nos habla de los acontecimientos de la infancia de Jesús. Vienen los pastores de forma inesperada tras el anuncio del ángel a aquel humilde portal donde había nacido el Hijo de Dios, y María mira y contempla, María guarda en su corazón. Vienen los magos de Oriente a ofrecer sus dones entre la admiración de los transeúntes ante tal inesperada caravana en los caminos de Belén, y María mira y contempla, María guarda en su corazón. Será aquello que parecía travesura del niño quedándose en Jerusalén sin que lo supieran sus padres, y cuando lo encuentran en medio de los doctores y maestros de la ley y ante las respuestas de Jesús que había de ocuparse de las cosas del Padre, María mira y contempla, María guarda cuanto ha sucedido en su corazón.

Es lo que hacen las madres que desde que llevan al hijo en sus entrañas están guardando los latidos y los movimientos del niño en su propio seno y lo van guardando en su corazón; como serán los primeros pasos, los primeros balbuceos, los primeros intentos de crecer y de ser mayor, que la madre lo irá recordando todo porque lo va guardando en su corazón. Cuántas veces escuchamos a las madres como nos van contando la historia de sus hijos desde los primeros instantes que lo llevan en sus entrañas, porque todo lo van guardando en su corazón, como sucederá a lo largo de la vida en largos silencios muchas veces, porque contemplan y dejan hacer, porque contemplan y quizás sufren en su corazón, porque viven sus alegrías y las mantendrán siempre vivas en lo hondo del corazón.

Es lo que hoy estamos celebrando de María, la que guardó todo lo referente a la vida de Jesús en su corazón - ¿Quién pudo contar al evangelista los momentos de la infancia de Jesús si no fue su propia madre? – pero ella también nos ha puesto, desde el momento en que Jesús en el Calvario le confió la misión de ser madre de todos los creyentes, en lo más hondo de su corazón. Miramos hoy el corazón de María y miramos el corazón de madre. Junto a su corazón también queremos acurrucarnos, de su corazón queremos aprender los latidos del amor para hacerlos ritmos de nuestra vida. En ello nos gozamos, con ella aprendemos lo que es el amor, a la manera de ella queremos también poner en nuestro corazón a cuantos amamos.

sábado, 17 de junio de 2023

Desde que nos la diera por madre en lo alto de la cruz para siempre estaremos dentro del corazón de María, sentiremos los latidos de Dios porque sentimos los latidos del amor

 


Desde que nos la diera por madre en lo alto de la cruz para siempre estaremos dentro del corazón de María, sentiremos los latidos de Dios porque sentimos los latidos del amor

Corintios 5, 14-21; Sal 102; Lucas 2, 41-51

¡Qué archivo más grande tienen las madres guardado en su corazón! Toda una biblioteca. Y casi tenemos que decir que se las saben todas. En silencio escuchan y contemplan. Es lo que nosotros les contamos, es lo que ellas intuyen con ese corazón de madre. Esperamos muchas veces una palabra de la madre, aunque no nos guste lo que nos dicen en muchas ocasiones – ahí están nuestros orgullos y nuestras rabietas de niño que nos molesta la verdad -, se lo agradecemos.

Pero muchas veces callan, sufren en silencio, nos acompañan de lejos o de cerca, pero sabemos que siempre nos tienen en el corazón, miran, no dicen nada, pero sabemos que están ahí y comprenden hasta la incomprensible, conocen hasta lo que nosotros guardamos más secreto, es la madre que nos ama, que está a nuestro lado, no solo nos dio la vida un día cuando nos trajo a este mundo, sino que está dispuesta a darla cuantas veces haga falta.

Hoy la liturgia nos invita a contemplar el Corazón de María, y he querido comenzar con esta pequeña reflexión que quiere ser como un homenaje a la madre que no terminamos de agradecer cuanto hace por nosotros. He querido comenzar con un recuerdo de nuestra madre de la tierra pero es que hoy quiero contemplarla al lado de María, nuestra madre del cielo. Porque estamos queriendo contemplar también su corazón de madre.

Ese corazón de María, igual que hacen todas las madres, en el que iba guardando todo cuanto iba sucediendo en torno a Jesús. Así nos lo dice el evangelio hoy, pero en algún otro momento se nos dice, pero muchas veces se intuye.

Hemos escuchado el relato del evangelio; Jesús que se ha quedado en el templo cuando sus padres se disponían en caravana regresar a su pueblo tras la fiesta de la pascua. Una caravana no solo de la gente de Nazaret, familiares y convecinos todos, pero que probablemente se uniría a las de otros pueblos cercanos de Galilea para hacer el camino juntos evitando también peligros. Jesús podría estar entre tantos que hacían el camino, como suele suceder en los muchachos sobre todo cuando van entrando en la adolescencia. Concluida la primera jornada de camino al reunirse en el atardecer por familia, allí no aparece Jesús. Comprendemos los momentos de dolor de unos padres, comprendemos la espada de dolor que comenzaba a taladrar su corazón de madre. Se van cumpliendo los anuncios proféticos del anciano Simeón.

De vuelta a Jerusalén en nueva jornada de camino al tercer día lo encuentran entre los doctores y maestros de la ley en los soportales del templo donde se reunían para enseñar a la gente; y allí está Jesús en diálogo con los doctores, de manera que incluso el evangelista nos resaltará que la gente estaba admirada de la sabiduría de Jesús, un adolescente aún de doce años.

‘Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados’. Es la queja, la reprimenda normal de la madre. Pero aquí está Jesús que está manifestando su madurez humana con su respuesta. ‘¿Por qué me buscábais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?’. No hay más palabras. El silencio es lo que queda. El silencio de una madre que va rumiando en su corazón las palabras de su hijo. Es algo que María sabe hacer.

Cuando el ángel llega hasta ella con el anuncio del gran misterio, María también se quedó en silencio rumiando en su interior el significado de aquellas palabras. Ahora nos dice el evangelista que María guardaba todo esto en su corazón. Los archivos de María donde va sumando lo que son las maravillas del Señor. ‘El Todopoderoso ha hecho en mi cosas grandes’, había dicho un día en un cántico de alabanza.

Ese cántico se continúa cantando porque María en el silencio de su corazón sigue cantando al Señor. Es ahora, pero será el seguimiento que como Madre va haciendo de su hijo. Pasa desapercibida, como saben hacerlo las madres, pero ahí estará siempre María; la veremos aparecer en el evangelio en momentos puntuales, pero el corazón de María se iba ensanchando porque aunque grande era su fe y su amor, iba aprendiendo del amor.

Así contemplamos hoy el corazón de María, deteniéndonos en el pasado del evangelio que nos ofrece la liturgia, pero así es como contemplamos a aquella que nos metió a todos en su corazón de Madre. ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’, le dirá en lo alto del Calvario, y ya para siempre estaremos dentro del corazón de María, sentiremos los latidos de Dios, porque sentimos los latidos del corazón y del amor de María.

 

sábado, 25 de junio de 2022

El camino de María junto al camino de Jesús, un corazón en silencio que todo lo guardaba, es el camino de la madre junto al camino de los hijos que nos habla con su presencia

 


El camino de María junto al camino de Jesús, un corazón en silencio que todo lo guardaba, es el camino de la madre junto al camino de los hijos que nos habla con su presencia

Lamentaciones 2, 2. 10-14. 18-19; Sal 73; Lucas 2, 41-51

Hoy vamos a hablar del corazón de una madre, del corazón de las madres. Pero ¿qué podemos decir nosotros sino simplemente lo que intuimos? Tendríamos que dejar que fuera una madre la que nos hablara, de su corazón, de lo que guarda en él, de sus suspiros y de sus pensamientos, de sus sueños, pero también de sus amores, y de sus dolores, de tantas y tantas cosas que en silencio va metiendo en él, va guardando en su corazón.

Uno se pone a pensar en su propia madre y se admira de cuantas cosas ha de tener guardadas en su corazón maternal; porque vamos recorriendo nuestro propio camino, y descubriremos que siempre estaba ella allí, con su silencio, con su mirada, con su palabra, con su estímulo, con su ánimo, con lo que en secreto iba guardando y nos pareciera que no se enteraba de lo que hacíamos, bien sabíamos que ella lo llevaba en el corazón. Mira uno ahora para detrás y se emociona, al recordar como la madre siempre estuvo allí a tu lado cuando más lo necesitabas aunque no te dijera nada, aunque te dejara caminar dando trompicones, pero ella siempre estaba para recogerte, para ponerse quizás ella por medio para que tu sufrieras menos con lo que te pasaba.

No he podido menos que recordar las propias experiencias cuando contemplamos hoy a María y queremos contemplar, como la liturgia nos ofrece, su corazón de Madre. El mismo evangelio que hoy la liturgia nos ofrece nos está recordando esa grandeza del corazón de la madre, del corazón de María.

Habían subido al templo, porque el niño ya no era niño, estaba en la edad en que en aquella época y cultura comenzaban a ser tenidos en cuenta, y por eso ya sube con los mayores a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Han transcurrido los días de la fiesta y toca regresar, pensaban que estaba haciendo camino con ellos, pero tras una jornada Jesús no está con ellos; es el dolor de unos padres que han perdido a su hijo porque quizá se ha extraviado por los caminos; es la angustia de la búsqueda en una nueva jornada de regreso a Jerusalén, será al tercer día cuando lo encuentren en el templo en medio de los doctores que allí en las diferentes explanadas del templo enseñaban al pueblo; Jesús está entre ellos, dialoga y discute con ellos, como una premonición de lo que un día en aquellos mismos soportales volvería a suceder. Pero allí está la angustia de la madre que corre hasta el hijo.

‘Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados... ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la cosas de mi Padre?’ Es el corto diálogo de aquellos momentos. Serán los interrogantes que quedarán en el corazón de la madre y que guardará en su corazón. No siempre era fácil de entender las cosas y ya sabemos como una madre rumia en su interior cuanto va sucediendo; ya sabemos cómo María ante todo lo que va sucediendo en su vida se quedará en silencio haciéndose preguntas en su corazón, como sucediera un día con el ángel allá en Nazaret. ‘Su madre conservaba todo esto en su corazón’.

Será en varios momentos en el que el evangelista nos repetirá lo mismo, casi como un mantra. Cuántas cosas María iba guardando en su corazón de madre. ¿Interrogantes? ¿Preguntas que se hacía a sí misma o que le hacía también a Dios? ¿Aceptación del misterio divino que ella sabía muy bien que se estaba realizando y manifestando también en su vida? Era el camino de la madre junto al Hijo, en silencio la mayor parte del camino, en alguna ocasión la veremos asomar como en las bodas de Caná, o como cuando va a ver a Jesús. Así la veremos llegar hasta la cruz, también en silencio en la calle de la amargura, pero en silencio también en lo alto del Calvario. Pero será desde entonces el camino de la madre con sus hijos, aquellos que recibió como herencia de su Hijo al pie de la cruz. Por eso la veremos con la iglesia naciente en el Cenáculo, allí con los discípulos que esperaban el don del Espíritu estaba María, la que un día se había dejado inundar por el Espíritu divino.

Es la madre que sigue estando con sus hijos, que sigue estando a nuestro lado. Mil manifestaciones, por decirlo de alguna manera aunque el número no importa, ha tenido María como madre para estar con sus hijos, para estar con la Iglesia, para estar con nosotros, para estar de manera especial con los que sufren.

Sus santuarios a lo largo y a lo ancho del mundo han sido siempre una puerta abierta para recibir a sus hijos con sus dolores y sufrimientos, con sus amores y con sus alegrías, con sus luchas y con sus esperanzas, en los momentos oscuros y terribles como en los momentos de luz. Por algo siempre alrededor de los santuarios marianos veremos a los enfermos y a los que sufren. Es la casa y el corazón de la madre que a todos nos acoge. María, siempre ha estado aquí con el corazón abierto, con el corazón como un buzón en el que podemos seguir depositando nuestras quitas, nuestros dolores, nuestra vida, porque el corazón de la madre siempre habrá un lugar.

Hoy contemplamos el corazón de María, el corazón de la madre como el corazón de todas las madres. Cuánto tendríamos que decir. Pero pidamos que también nosotros tengamos un corazón así, abierto, acogedor, lleno de amor y de ternura, de puertas abiertas, de cobijo seguro, para los que están a nuestro lado, para los que sufren en nuestro mundo.

sábado, 20 de junio de 2020

María guardaba todo en su corazón y allí llegaba a comprender el plan de Dios, aprendamos de María a meternos en nuestro interior para escuchar la voz del Señor



María guardaba todo en su corazón y allí llegaba a comprender el plan de Dios, aprendamos de María a meternos en nuestro interior para escuchar la voz del Señor

2Crónicas 24, 17-25; Sal 88; Lucas 2, 41-51
¡Cuántas cosas caben en el corazón de una madre! Es un corazón que se ensancha y se multiplica en el amor. Por muchos que sean sus hijos ninguna va a ver mermada la intensidad del amor de su madre. Cada uno tendrá su amor especial y concreto, aunque algunas veces pareciera que alguno sea el preferido la realidad es bien distinta, porque sobre cada uno se vuelva el corazón de madre amándolo con un amor concreto y distinto, como distintos son cada uno de sus hijos pero para todos tiene la misma intensidad del amor.
Decíamos que es un corazón que se ensancha y parece que se multiplica porque el corazón de una madre es eso como llamamos como un cajón de sastre donde todo lo metemos, donde la madre va metiendo cada una de las cosas y circunstancias de la vida de los hijos. En su corazón podemos encontrar lo que ya casi ni recuerdan sus hijos de su propia vida porque en su corazón se van grabando cada una de esas cosas que nunca se borrarán. Por eso para cada uno tendrá su estilo de amor, porque cada uno necesitará algo especial que siempre en el corazón de la madre encontrará.
Cuantas alegrías y cuantas lágrimas, cuantas historias de felicidad y cuantos momentos de amargura y dolor como solo una madre los sabe sufrir vamos a encontrar en su corazón. La madre podrá parecernos distraída en cualquier momento, pero siempre está atenta, incluso cuando ella ya no pueda quizá valerse por si misma, para recordar a su hijo, para decirle una palabra, para escucharle en silencio, para guardar secretos que nadie nunca conocerá, para tener grabado en su corazón incluso aquello que el hijo nunca se atrevió a contarle, pero que la madre sabía, la madre conocía porque sus ojos llenos de amor saben descubrir también cuanto hay en el corazón de aquellos a los que ella ama.
Hoy he querido hacer como este canto al amor de una madre – todos recordamos y llevamos siempre el corazón a la madre que nos crió aunque ya no esté con nosotros – en este día en que también tenemos que fijarnos en un corazón, como es el corazón de María, la madre de Jesús que es también nuestra madre. Si ayer la liturgia nos ofrecía contemplar y celebrar el Corazón de Jesús para que consideráramos cuanto es su amor por nosotros – enamorado de nosotros, decíamos ayer – hoy se nos invita a mirar a María y su corazón de Madre. Lo que hemos dicho vale, sí, para nuestras madres, pero también lo tenemos en cuenta para admirar y alabar el corazón de madre de María, la madre de Jesús.
Precisamente el evangelio nos recuerda hoy, algo que aparece varias veces en el evangelio de Lucas en los momentos de la infancia de Jesús, que ‘María guardaba todas estas cosas en su corazón’. Como lo hacen todas las madres que llevan siempre en su corazón todo lo que hacen sus hijos amados.
El texto del evangelio es uno de esos pasajes desconcertantes, como lo pudo ser para María y José cuanto estaba en aquella ocasión sucediendo. Habían subido a Jerusalén por la Pascua cuando ya Jesús tenía doce años. Era la edad en que los niños ya comenzaban a participar en la vida de la comunidad con los adultos – casi como una mayoría de edad – y al regreso de Jerusalén después de un día de marcha en la caravana que se dirigía a Galilea, al final de la tarde Jesús no está entre ellos. Aquel que había crecido en edad, sabiduría y gracia junto a Maria y José en aquel hogar de Nazaret  ahora parece que hace una chiquillada. Han de volver de nuevo a Jerusalén en su búsqueda con todos los trastornos que aquello suponía.
Una vuelta a Jerusalén puede significar muchas cosas. No es solo la búsqueda del niño que se ha perdido, sino quizá será otra búsqueda interior que han de realizar María y José, como tantas veces nosotros tendremos que hacer ante cosas que nos desconciertan y no entendemos, ante interrogantes que se nos plantean, ante dudas que surgen en nuestro interior. ¿Habremos de volver atrás para encontrar respuesta? ¿Habremos de meternos más en nuestro interior para escuchar la voz que nos habla allá dentro de nosotros mismos? ¿Habremos de comenzar a estudiar las cosas de nuevo, a leer de nuevo las Escrituras, a interrogar a aquellos que nos pueden dar respuestas, a observar todo lo que sucede en nuestro derredor hasta que encontremos la respuesta que siempre Dios nos dará?
Cuando encuentran a Jesús en medio de los doctores el diálogo es desconcertante. ‘Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados… ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?’ Algo nuevo comenzaba y María y José tendrían que comenzar a descifrar. Pero allí estaba la actitud de la madre, en silencio, como tantas veces las madres cuando no terminan de comprender lo que les sucede a los hijos. Quien estaba allí no era un hijo cualquiera. Ya está hablado del Padre del cielo del que ha venido para hacer su voluntad. Y, María, ‘su madre conservaba todo esto en su corazón’.
Miremos nosotros el corazón de María cuando hoy la celebramos. Aprendamos a guardar también en el corazón, porque solo allí en el corazón podremos descifrar y aceptar el misterio, lo que Dios quiere de nosotros. Que María nos enseñe.

sábado, 9 de junio de 2018

Queremos como María ir poniendo también en nuestro corazón a nuestros hermanos los hombres, porque a todos acojamos y a todos amemos



Queremos como María ir poniendo también en nuestro corazón a nuestros hermanos los hombres, porque a todos acojamos y a todos amemos


‘Y María conservaba todas estas cosas en su corazón’, así nos lo repite el evangelista en referencia a todo cuanto María contemplaba en torno al nacimiento de su Hijo.
Cuando uno se ve sorprendido por algo hermoso y agradable parece que se le abren los ojos en desmesura para querer captar como la más fiel cámara fotografía todo cuando sucede en su entorno, hasta el más mínimo detalle. Todo lo quiere grabar, todo lo quiere recordar, todo  lo quiere dejar bien guardado en su corazón pero será algo que jamás olvidará.
Así María, como nos cuenta el evangelio cuando los pastores llegaron hasta aquel establo donde se habían refugiado y había nacido el Niño, se vio gratamente sorprendida y escuchaba y guardaba en su corazón todo cuanto aquellos pastores decían. La sorpresa fue grande cuando llegaron aquellos que parecían personajes poderosos y sabios venidos de lejanas tierras que hablaban de una estrella que anunciaba el nacimiento del Rey de los judíos. ‘María guardaba y conservaba todos estas cosas en su corazón’.
Guardamos como el más preciado tesoro en nuestro corazón todas aquellas cosas buenas que nos suceden o que acaecen en nuestro entorno, los buenos recuerdos, las experiencias gozosas que nos han hecho felices, los encuentros con los seres que amamos o con aquellos que van dejando huellas en nosotros, los bienes que hemos recibido y bien sabemos que no merecemos, las amistades y amores más entrañables, las cosas más bellas de la vida cuando en verdad queremos caminar en positivo y hemos empapado y empapado hasta rebosar nuestro corazón de amor.
Por eso hoy cuando la liturgia nos invita a hacer memoria del Corazón Inmaculado de María podemos imaginar cuantas cosas hermosas María guarda en su corazón. Y no es una imaginación de cosas irreales o sueños sino el reflejo de toda la riqueza espiritual que hay en el corazón de María. Podríamos atrevernos a decir que cada página del evangelio está firmemente grabada y guardada en el corazón de María. Ella, la primera que plantó la Palabra en su corazón y que como nos dirá el evangelio merecerá la alabanza de Jesús, a ella la primera como primicia, a cuantos escuchan y plantan en su corazón y en su vida la Palabra de Dios.
Hoy, después de haber celebrado ayer la solemnidad del corazón de Jesús, celebramos el Inmaculado corazón de María. Sabemos que ocupamos un lugar en su corazón porque somos sus hijos. El regalo de Jesús en la Cruz al hacerla Madre de cuantos creen en El, hizo que ya para siempre ocupáramos un lugar en su corazón.  Y es ahí donde tenemos que empaparnos de toda su ternura; es ahí donde aprenderemos desde dentro todas esas virtudes y valores que tanto resplandecieron en María, su humildad y sencillez, su servicialidad y su disponibilidad siempre para el amor, su obediencia a la voluntad de Dios cuando tan bien supo plantar en su corazón la Palabra de Dios.
Queremos aprender de ella y así impregnarnos de todas sus virtudes. Queremos como María saber tener los ojos atentos para disfrutar de las maravillas de Dios y cantar su grandeza. Queremos como María ir poniendo también en nuestro corazón a nuestros hermanos los hombres, porque a todos acojamos y a todos amemos. Queremos como María tener la disponibilidad para ir llevando a Dios a los demás, pero también para ayudar a que cuantos se tropiecen con nosotros puedan también encontrarse con Dios porque por nuestro amor y por nuestra santidad seamos signos de su presencia.
Con María cantemos las maravillas de Dios.

sábado, 4 de junio de 2016

El corazón de María verdadera morada de Dios y templo del Espíritu sea imagen y modelo de nuestro corazón transformado por la gracia para llenarse siempre de amor

El corazón de María verdadera morada de Dios y templo del Espíritu sea imagen y modelo de nuestro corazón transformado por la gracia para llenarse siempre de amor

Isaías 61, 9-11; Sal: 1Sam 2; Lucas 2, 41-51
Si ayer la liturgia nos ofrecía el celebrar al Sagrado Corazón de Jesús hoy se nos propone el que recordemos y celebremos el Corazón Inmaculado de María.
Cuando hablamos del Corazón de María pensamos en su pureza y en su amor, en la generosidad de su corazón que ponía alas en su vida en su disponibilidad para el servicio y para estar siempre atenta allí donde hubiera una necesidad; podemos pensar en su corazón de Madre, la Madre de Jesús, la Madre de Dios pero también en el que cabemos todos nosotros porque también es nuestra Madre desde que Jesús nos la regalara en la Cruz.
Pero, aunque fuera brevemente, yo quiero pensar en su corazón lleno de Dios y convertido de manera especial en morada de Dios y templo del Espíritu Santo. La llena de gracia la llama el ángel en Nazaret; de ella dice que ha encontrado gracia ante de Dios y Dios está con ella, pero terminará diciéndole que el Espíritu Santo la cubrirá con su sombra para que lo que nazca de ella sea el Hijo del Altísimo, verdadero Dios y  verdadero hombre, Jesús.
Dios mora en su corazón y ¡de qué manera! Pensó en ella Dios desde toda la eternidad porque iba a ser la mujer que hiciera posible la encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas y la dotó de toda gracia y bendición, la llena de gracia como la llama el ángel. Pero ¿qué es estar lleno de gracia sino que Dios more en nosotros? La gracia no es una cosa, la gracia es la presencia de Dios en nuestra vida, es el regalo de Dios que nos llena de su vida. Y ¿cómo no iba a estar morando Dios en aquel corazón que con amor de madre iba a amar al Hijo de Dios encarnado?
Es el corazón que se desborda de amor para Dios y que Dios en su inmensidad lo llena. Como se expresa en alguna antífona de la liturgia el que con su inmensidad divina rebosa toda la creación sin embargo luego quiere morar de manera especial en el corazón de María. Contemplar el corazón de María es contemplarlo como esa morada de Dios, como ese templo del Espíritu. A ello nos invita la liturgia y es lo que se expresa en la oración litúrgica de este día.
Es lo que hoy queremos contemplar cuando contemplamos el corazón inmaculado y puro de María. Pero es también lo que queremos imitar. También en nuestro corazón y en nuestra vida, por la infinita misericordia del Señor, se derrama y se derrocha la gracia de Dios. También nosotros desde nuestra consagración bautismal hemos sido convertidos por la gracia, por el regalo de Dios, en morada de Dios y en templos del Espíritu.
Aquí es donde tenemos que imitar a María, copiar de ella su santidad y su amor, aprender de ella a dejar inundar nuestro corazón por ese amor de Dios que nos transforma y que pondrá esa disponibilidad y esa generosidad en nuestra vida. Es aprender de María a tener su mirada, esa mirada nueva con ve con ojos nuevos a nuestros hermanos los hombres, esa mirada atenta para descubrir toda ocasión en la que nosotros también podemos derramar amor. Aprendamos del corazón inmaculado y puro, lleno de gracia y de amor de María.

sábado, 13 de junio de 2015

Aprendamos de la espiritualidad de María a rumiar las cosas en el corazón para descubrir y aceptar los designios de Dios

Aprendamos de la espiritualidad de María a rumiar las cosas en el corazón para descubrir y aceptar los designios de Dios

Génesis 27, 1-5. 15-29; Sal 134; Lucas 2,41-51
‘María, su madre, conservaba todo esto en su corazón’. Nos lo repite el evangelio. Cómo tenemos que aprender de María a guardar en el corazón, a mirar con el corazón, a pasarlo todo por el filtro del amor, a tener la mirada de Dios.
Es lo que hacía María. Es lo que haciéndose pequeña la hacía grande. Cuando el ángel se le manifiesta en Nazaret ante su saludo se quedó María rumiando en su corazón aquellas palabras del ángel. Y el ángel le decía que estaba llena de Dios, que la gracia de Dios la inundaba. Es que María rumiaba en su interior cuanto le sucedía para descubrir la acción de Dios en su vida. Llegará a reconocer que el Señor ha hecho obras grandes en ella y por eso bendice y alaba al Señor con toda su alma, con todo su ser.
¿Por qué María podía llegar a decir que era la esclava del Señor y que estaba dispuesta, su corazón y su vida estaban abiertos para que Dios realizara en ella lo que era su voluntad? Porque María era una mujer abierta a Dios. En silencio, rumiando en su interior, meditando, reflexionando, orando, queriendo escuchar a Dios, buscando siempre su voluntad, alabando y bendiciendo a Dios María crecía en su interior; era la mujer llena del Espíritu divino de tal manera que de ella había de nacer el Hijo del Altísimo, el Hijo de Dios. Es la espiritualidad en que nos enseña a crecer María.
Miramos y celebramos hoy ese Corazón de María - celebramos hoy la fiesta del Corazón de María -, aprendiendo de él, queriendo parecernos a María, queriendo copiar en nosotros esa actitud de su corazón, aprendiendo como María a guardar en nuestro corazón para así aprender a descubrir siempre y en todo lo que es la voluntad del Señor.
Algunas veces los caminos pudiera parecernos que se nos vuelven turbios y nos cuesta entender lo que nos sucede y por qué nos sucede. Rumiemos como María en nuestro interior cuanto nos sucede abriéndonos a Dios para descubrir sus designios y aunque nos cueste decirlo que también nos pongamos en las manos de Dios, que también nos sintamos esos humildes siervos del Señor dispuestos a aceptar y hacer lo que el Señor nos pide; que lleguemos a descubrir lo que es la voluntad del Señor y así lo asumamos en nuestra vida, que se cumpla en nosotros lo que es la voluntad de Dios, aunque nos llegue a sangrar el corazón.
Y finalmente un deseo, quisiera estar en el corazón de María; como ella guardaba todo en su corazón, que nos guarde a nosotros, que nos deje introducirnos en su corazón porque así siempre nos sentiremos protegidos en su corazón de madre, así siempre podremos sentir mejor lo que ese corazón de madre querrá decirnos, y es que siempre busquemos a Jesús y hagamos cuánto El nos diga.

sábado, 28 de junio de 2014

Corazón de María, cofre precioso donde se guardan los tesoros más preciados del amor



Corazón de María, cofre precioso donde se guardan los tesoros más preciados del amor

Is. 61, 9-11; Lc. 2, 41-51
Si ayer contemplábamos el Sagrado Corazón de Jesús meditando sobre el tesoro inagotable de su amor por nosotros, hoy la liturgia nos invita a hacer esta memoria de la Virgen queriendo fijarnos en su Corazón Inmaculado.
Nos vamos a atrever a acercarnos calladamente a María para abrir ese cofre precioso de su Corazón y tratar de descubrir cuáles son los tesoros maravillosos que allí guarda. En el evangelio repetidamente se nos dice que ante todo lo que le iba sucediendo o iba sucediendo ante sus ojos ella ‘conservaba todo en su corazón’.
¿Qué podemos encontrarnos en el Corazón de María? Primero que nada nos damos cuenta que es la mujer llena de Dios. Como la llena de gracia la había saludado el ángel que le decía que Dios estaba con ella y así la vemos poseída de Dios. Si ayer cuando contemplábamos el corazón de Cristo escuchábamos que si nos amamos los unos a los otros, Dios habita en nosotros y nosotros en El, ¿qué podemos decir, entonces, del Corazón de María, rebosante siempre de fe y de amor?
Iremos, pues, contemplando cómo se suceden todas las virtudes en el corazón de María. Allí vemos resplandecer su fe, la fe de la mujer abierta siempre al misterio de Dios, que se dejaba asombrar por su presencia y por las maravillas que Dios iba realizando en ella. Es la mujer de la fe humilde, porque reconoce las maravillas del Señor y siempre se sentirá pequeña - ahí y así se manifiesta su grandeza - para estar siempre en disponibilidad total para Dios y para los demás.
Se llama a sí misma la humilde esclava del Señor, que siempre estará buscando y rumiando en su corazón cuanto le sucede para descubrir lo que es la voluntad del Señor. Recordemos cómomeditababa en su corazón las palabras del saludo del ángel o cómo preguntaba para entender lo que era la voluntad de Dios.  Se llamará a sí misma también la humilde esclava siempre dispuesta al servicio y correrá a la montaña de Judá donde sabe que podrá prestar sus servicios, o estará atenta allá donde pueda haber alguna necesidad para buscarle solución, como la vemos en las Bodas de Caná.
Y contemplamos la pureza y la santidad de vida en la que resplandecerán todas las virtudes. Ella es la imagen de la mujer fuerte y trabajadora, de la que nos había hablado la Biblia, pero contemplaremos de manera especial su fortaleza en los momentos de la prueba y del dolor. De pie la contemplamos junto a la cruz de Hijo en el momento de la entrega, como la mujer fuerte que también sabe hacer su ofrenda de amor, el sacrificio de su entrega en el sufrimiento con el que se une a la pasión redentora de Cristo; porque se siente fortalecida por la fuerza del Espíritu divino para realizar con firmeza esa suprema ofrenda del sacrificio de lo que más amaba, su Hijo; porque bien sabía que aquel dolor, aquella muerte en la cruz tendría un valor redentor para todos nosotros ya que bien entendía el significado del nombre de Jesús que salvará a todos de sus pecados.
Pero en esa fortaleza en el dolor y el sufrimiento florece también la virtud de la esperanza en la confianza total y absoluta en las palabras de Jesús que anunciaban tras aquella muerte vida y resurrección. No faltaba la esperanza y la confianza en el corazón de María, como quien se pone en las manos de Dios porque así se siente protegida y sostenida por el Señor confiando en el cumplimiento de sus promesas salvadoras. Es la esperanza de María en ese mundo nuevo del Reino de Dios que ella ya canta en el Magnificat porque sabe que todo puede cambiar, todo va a cambiar donde los hambrientos se van a ver colmados de bienes mientras los ricos van a ser despedidos sin nada. Es el cántico de la esperanza en el Reino nuevo que en Jesús se va a realizar.
Podríamos seguir ahondando en el Corazón de María porque se convierte para nosotros en una fuente inagotable de virtudes y valores que podemos imitar. Tratemos nosotros de meternos en ese corazón maternal de María, donde sabemos bien que tenemos nuestro lugar - todos cabemos en su corazón porque así lo hace grande el amor - porque es la madre que nos ha acogido como hijos desde que Jesús nos confiara en la cruz a su amor de Madre y así ya para siempre la podemos sentir junto a nosotros, o más bien, nosotros metidos en su corazón. No olvidemos que amar es meter en el corazón a aquellos que amamos y es lo que hace María con nosotros.
Sí, metámonos en el corazón María para empaparnos de sus virtudes y sus gracias. Cuanto necesitamos aprender de María, llenarnos de María, para así llenarnos de Dios. Nos dejamos contagiar por su fe, para abrir nuestro corazón y nuestra vida a Dios, para saber estar atentos como María a la acción de Dios que de tantas maneras se nos va manifestando en nuestra vida, pero que algunas veces andamos como ciegos y no sabemos sentir se presencia llena de amor.
Empapados en su amor, en el amor de María, aprenderemos mejor lo que es el amor verdadero, el servicio desinteresado, la entrega humilde y generosa, la disponibilidad total porque así podremos aprender a estar más cerca de los otros, que nada nos aleje de los hermanos, porque amándolos los metemos en nuestro corazón, pero es que además si aprendemos a amarnos así, sentiremos cómo Dios habita en nosotros para que nosotros habitemos también en El.
Metiéndonos de verdad en el corazón de María aprenderemos a ser fuertes en las tribulaciones y en las pruebas; el corazón Inmaculado de María, siempre lo contemplamos rodeado de una corona de espinas que florecen porque siempre en María estuvo la esperanza, sabía que tras la pasión y la muerte estaba la vida y la resurrección; aprendamos, pues, del corazón de María que por muy punzantes que puedan ser las espinas del dolor, del sufrimiento, de los problemas a los que tengamos que enfrentarnos en la vida siempre hay la esperanza de que todo tiene un sentido, siempre hay la esperanza de que si sabemos hacer una ofrenda de amor de nuestro sufrimiento nuestro dolor se convierte en corredentor con el de Cristo en la cruz, y que esas espinas van a florecer en el amor porque estamos contribuyendo con esa ofrenda y con nuestra oración desde el dolor a hacer ese mundo nuevo del Reino de Dios.
Mucho más podríamos seguir meditando al calor del corazón de María; simplemente sintamos su presencia de amor que nos habla de Dios, que nos llena de Dios, que nos conducirá siempre a la paz y al amor de Dios.