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martes, 9 de diciembre de 2025

Miremos a nuestro lado y veamos que palabras de consuelo podemos ofrecer o la compañía que vamos a regalar a quien vive en soledad

 


Miremos a nuestro lado y veamos que palabras de consuelo podemos ofrecer o la compañía que vamos a regalar a quien vive en soledad

Isaías 40, 1-11; Salmo 95; Mateo 18, 12-14

En este mundo de hoy en que vivimos en que tantos medios de comunicarnos tenemos a nuestras manos, donde se multiplican las redes sociales que podríamos decir que lo que buscan es precisamente esa comunión y esa relación entre unos y otros que aunque lejos físicamente sin embargo siempre encontraremos alguien con quien comunicarnos, me atrevo a decir que es un mundo donde reina mucho la soledad; quizás algunas veces esas redes sociales nos sirvan de refugio para encontrar a alguien con quien hablar o desahogarnos cuando quizás no somos capaces de comunicarnos seriamente con el que tenemos al lado; pero al final esas relaciones en la lejanía pasan y se difuminan y nos seguimos quedando en la misma soledad. Es en cierto modo el grito desesperado de quien se siente solo y nada le llena.

Pero también en nuestra cercanía nos encontramos esas soledades porque tenemos la tendencia muchas veces de encerrarnos en nuestras cosas, en nuestro trabajo pero tras el cual no quedan relaciones de verdadera amistad con los compañeros de trabajo, estamos demasiado detrás de las puertas cerradas escogiendo demasiado a quien abrir la puerta y al final nos seguimos sintiendo en la misma soledad. ¿Cómo rompemos esa espiral que lo mismo que por un lado se abre a la lejanía en el punto más cercano lo que hace es encerrarse más?

Cuántos vemos pasar a nuestro lado desconsolados porque les falta esa palabra de consuelo; siguen habiendo muchas lágrimas de soledad que nadie ve, pero que tampoco buscamos donde limpiarlas para encontrar ese consuelo. ¿Seríamos capaces de ser ese paño de consuelo, escuchando, deteniéndonos junto a la persona que quizás vemos anhelante a nuestro lado aunque no sabe cómo expresarse, mirando más de frente a las personas con las que nos encontramos para saber leer en sus ojos lo que quizás llevan por dentro y les produce desazón o les hace sufrir?

Hoy en la Palabra que se nos proclama en este camino de Adviento se nos habla de ofrecimiento de consuelo que el Señor tiene para nosotros. porque nos habla de redención y de redención gratuita, porque así de generoso es el amor del Señor, se nos habla de caminos nuevos que se pueden abrir en los desiertos de la vida, se nos habla de que aunque los jardines y los prados se desequen y pierdan su verdor la Palabra del Señor permanece fiel para nosotros. Y nos habla del Pastor que nos busca y nos pastorea, que nos sana y nos ofrece los mejores pastos, que nos busca si andamos perdidos y que cura las angustias de nuestras soledades.

Y esto lo estamos escuchando en el Adviento, este camino con el que pretendemos prepararnos para la Navidad que tiene que ser una hermosa realidad hoy en nuestra vida y nuestro mundo. Pero hacer una hermosa navidad no es poner signos externos de luces y de fiesta, es poner más luz en los corazones de los hombres para que encuentren lo que les va a dar verdadera alegría. Son las señales que tenemos que dar. Es como mostraremos esa verdadera Navidad porque Dios vaya naciendo en el corazón de los hombres de nuestro tiempo.

No es tarea fácil, pero tiene que ser nuestro compromiso. Hablábamos antes de las soledades del hombre de hoy y muchas más cosas podríamos decir. ¿Podremos ofrecer sinceramente esta palabra de consuelo que nos ofrece el profeta hoy? ¿Qué soledad vamos a compartir, qué lágrimas vamos a enjugar, que palabras de consuelo y de ánimo vamos a ofrecer a esos cercanos a nosotros pero que muchas veces tenemos tan lejos? ¿No conoces a nadie a tu lado que sufre esa soledad?

Es para tomarse en serio esta Palabra de Dios hoy para nuestra vida.


sábado, 30 de marzo de 2024

En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

 


En silencio nos quedamos junto a María, madre de los Dolores y de las Angustias, madre de la Soledad pero también madre de la Esperanza

Junto a la cruz de Jesús estaba su madre… así sencilla y escuetamente nos dice el evangelista. ¿Había habido un encuentro en la calle de la amargura camino del Calvario? La devoción popular y la tradición nos hablan de ello, viéndolo con toda normalidad; hecho que además en la tradición daría nombre a aquella calle, pues tal imaginamos era la amargura de la madre en el encuentro con el hijo condenado que llevan a crucificar.

Nosotros también en el amor de los hijos queremos ponernos en estos momentos al lado de la madre. La madre del crucificado con todo lo que eso significa, pero que es la madre que hoy se nos ha regalado. Detalles de Jesús, con su madre, con nosotros. Allí estaba el discípulo amado y es a él a quien le dice ‘he ahí a tu madre’; pero es que también se ha dirigido a María la que en aquel momento estaba perdiendo un hijo que se lo arrebataba la muerte, ‘mujer, ahí tienes a tu hijo’. Y nos dice el evangelista - ¿fue el mismo el que recibió el encargo? – que ‘desde aquella hora la recibió en su casa’.

Sí, queremos estar al lado de María, al lado de la madre, al lado de nuestra madre, pero vamos a hacerlo en silencio porque no es de otra manera como se pueden acompañar estos momentos. Sobran las palabras, habla el silencio. Muchos nombres, como calificativos, le damos en este día a María, dadas las circunstancias que vive. El más común Madre dolorosa, Madre de los Dolores, Virgen de los Dolores. El dolor y el sufrimiento de una madre que ve morir a su hijo. Algo que no vamos a describir porque es indescriptible. Pero una realidad dura que parte el corazón.

Simeón le había anunciado que una espada le traspasaría el alma y hasta siete espadas en nuestro amor y devoción vemos que atraviesan el corazón de la madre. Así la representamos, no faltará nunca el signo de esa espada en cualquier imagen de la Virgen de los Dolores. Casi más no podemos decir, no es necesario decir, porque sobran explicaciones. ¿Pregúntenselo a una madre que ve sufrir a un hijo enfermo con una enfermedad incurable? ¿A una madre que pierde un hijo en un accidente, en una guerra? ¿Pregúntenselo a una madre que no tiene pan para darle a su hijo que le dice que tiene hambre?

La llamamos también Virgen de las Angustias, quizás porque en ella al pie de la cruz de su hijo o caminando junto al cuerpo difunto de su hijo llegan hasta su tumba. Es un dolor insuperable que nos hace perder el alma, es una oscuridad grande que nos lleva a perder el rumbo de la vida, es un sin sentido que nos enloquece y nos hace perder todo equilibrio. ¿Sería así la angustia de María? Dolor había en su alma y podrá preguntarnos con las lamentaciones del profeta si es que hay un dolor semejante a su dolor, pero María era la mujer confiada de Dios, en El había puesto toda su fe y toda su confianza, y aunque había tenido momentos de incertidumbre en su vida – ‘¿Cómo será eso que no conozco varón?’ se había preguntado ante el ángel – era la mujer que se fiaba y decía sí. ¿No había dicho ella que era la esclava del Señor dispuesta a todo, a que se cumpliera la Palabra del Señor que le llegaba por boca del ángel?

También la invocamos como la virgen de la Soledad. Justo que la veamos y la invoquemos así cuando ha perdido todo lo que humanamente podía ser su apoyo, había perdido a su hijo. En esa soledad queremos nosotros acompañarla en estos momentos posteriores a la muerte de Jesús. Pero ya nos dice el evangelio junto a María estaba también María Magdalena y aquellas otras mujeres que habían venido con El desde Galilea. Aunque los discípulos de su hijo se habían dispersado y habían huido allí quedaba el discípulo amado que iba a recibir aquel hermoso encargo. Desde aquella hora la había recibido en su casa, como ya hemos comentado.

Soledad la llamamos e invocamos porque queremos expresar así lo que se puede sentir, lo que puede pasar por el corazón de una madre en estas circunstancias. No queremos esa soledad de María, porque además queremos que sea ella la que nos acompañe en nuestras soledades, en nuestras angustias, en nuestros dolores. Necesitamos esa madre que sabe estar a nuestro lado y nosotros queremos saber estar también a su lado. Por algo la llamamos también la Virgen de la Esperanza. Por mucho que fuera el dolor no faltó en ella la esperanza, porque era la primera que había plantado la Palabra de su Hijo en su corazón y entendía que la vida y el amor no se acaban, porque con Jesús la tenemos para siempre, con Jesús nos sentiremos siempre desbordados por el amor.

Y con ella hemos caminado esos pasos de la tarde del Viernes Santo, como la queremos acompañar en este Sábado que parece oscuro y silencioso pero que es preámbulo de un amanecer luminoso con resplandores de resurrección. En silencio nos quedamos junto a María, quizás muchas palabras han circulado ya por nuestra mente cuando la contemplamos, pero nada más vamos a decir. Que ese silencio nos hable, que ese silencio nos haga sentir una presencia que llena el corazón. Con María superaremos dolores y angustias, soledades y desesperanzas, porque con María sabemos llenarnos de luz y de vida, renace la esperanza en nuestro corazón.


sábado, 25 de junio de 2022

El camino de María junto al camino de Jesús, un corazón en silencio que todo lo guardaba, es el camino de la madre junto al camino de los hijos que nos habla con su presencia

 


El camino de María junto al camino de Jesús, un corazón en silencio que todo lo guardaba, es el camino de la madre junto al camino de los hijos que nos habla con su presencia

Lamentaciones 2, 2. 10-14. 18-19; Sal 73; Lucas 2, 41-51

Hoy vamos a hablar del corazón de una madre, del corazón de las madres. Pero ¿qué podemos decir nosotros sino simplemente lo que intuimos? Tendríamos que dejar que fuera una madre la que nos hablara, de su corazón, de lo que guarda en él, de sus suspiros y de sus pensamientos, de sus sueños, pero también de sus amores, y de sus dolores, de tantas y tantas cosas que en silencio va metiendo en él, va guardando en su corazón.

Uno se pone a pensar en su propia madre y se admira de cuantas cosas ha de tener guardadas en su corazón maternal; porque vamos recorriendo nuestro propio camino, y descubriremos que siempre estaba ella allí, con su silencio, con su mirada, con su palabra, con su estímulo, con su ánimo, con lo que en secreto iba guardando y nos pareciera que no se enteraba de lo que hacíamos, bien sabíamos que ella lo llevaba en el corazón. Mira uno ahora para detrás y se emociona, al recordar como la madre siempre estuvo allí a tu lado cuando más lo necesitabas aunque no te dijera nada, aunque te dejara caminar dando trompicones, pero ella siempre estaba para recogerte, para ponerse quizás ella por medio para que tu sufrieras menos con lo que te pasaba.

No he podido menos que recordar las propias experiencias cuando contemplamos hoy a María y queremos contemplar, como la liturgia nos ofrece, su corazón de Madre. El mismo evangelio que hoy la liturgia nos ofrece nos está recordando esa grandeza del corazón de la madre, del corazón de María.

Habían subido al templo, porque el niño ya no era niño, estaba en la edad en que en aquella época y cultura comenzaban a ser tenidos en cuenta, y por eso ya sube con los mayores a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Han transcurrido los días de la fiesta y toca regresar, pensaban que estaba haciendo camino con ellos, pero tras una jornada Jesús no está con ellos; es el dolor de unos padres que han perdido a su hijo porque quizá se ha extraviado por los caminos; es la angustia de la búsqueda en una nueva jornada de regreso a Jerusalén, será al tercer día cuando lo encuentren en el templo en medio de los doctores que allí en las diferentes explanadas del templo enseñaban al pueblo; Jesús está entre ellos, dialoga y discute con ellos, como una premonición de lo que un día en aquellos mismos soportales volvería a suceder. Pero allí está la angustia de la madre que corre hasta el hijo.

‘Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados... ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la cosas de mi Padre?’ Es el corto diálogo de aquellos momentos. Serán los interrogantes que quedarán en el corazón de la madre y que guardará en su corazón. No siempre era fácil de entender las cosas y ya sabemos como una madre rumia en su interior cuanto va sucediendo; ya sabemos cómo María ante todo lo que va sucediendo en su vida se quedará en silencio haciéndose preguntas en su corazón, como sucediera un día con el ángel allá en Nazaret. ‘Su madre conservaba todo esto en su corazón’.

Será en varios momentos en el que el evangelista nos repetirá lo mismo, casi como un mantra. Cuántas cosas María iba guardando en su corazón de madre. ¿Interrogantes? ¿Preguntas que se hacía a sí misma o que le hacía también a Dios? ¿Aceptación del misterio divino que ella sabía muy bien que se estaba realizando y manifestando también en su vida? Era el camino de la madre junto al Hijo, en silencio la mayor parte del camino, en alguna ocasión la veremos asomar como en las bodas de Caná, o como cuando va a ver a Jesús. Así la veremos llegar hasta la cruz, también en silencio en la calle de la amargura, pero en silencio también en lo alto del Calvario. Pero será desde entonces el camino de la madre con sus hijos, aquellos que recibió como herencia de su Hijo al pie de la cruz. Por eso la veremos con la iglesia naciente en el Cenáculo, allí con los discípulos que esperaban el don del Espíritu estaba María, la que un día se había dejado inundar por el Espíritu divino.

Es la madre que sigue estando con sus hijos, que sigue estando a nuestro lado. Mil manifestaciones, por decirlo de alguna manera aunque el número no importa, ha tenido María como madre para estar con sus hijos, para estar con la Iglesia, para estar con nosotros, para estar de manera especial con los que sufren.

Sus santuarios a lo largo y a lo ancho del mundo han sido siempre una puerta abierta para recibir a sus hijos con sus dolores y sufrimientos, con sus amores y con sus alegrías, con sus luchas y con sus esperanzas, en los momentos oscuros y terribles como en los momentos de luz. Por algo siempre alrededor de los santuarios marianos veremos a los enfermos y a los que sufren. Es la casa y el corazón de la madre que a todos nos acoge. María, siempre ha estado aquí con el corazón abierto, con el corazón como un buzón en el que podemos seguir depositando nuestras quitas, nuestros dolores, nuestra vida, porque el corazón de la madre siempre habrá un lugar.

Hoy contemplamos el corazón de María, el corazón de la madre como el corazón de todas las madres. Cuánto tendríamos que decir. Pero pidamos que también nosotros tengamos un corazón así, abierto, acogedor, lleno de amor y de ternura, de puertas abiertas, de cobijo seguro, para los que están a nuestro lado, para los que sufren en nuestro mundo.

sábado, 22 de enero de 2022

Necesitamos estar con… y decimos en la vida con la familia, con los amigos más cercanos, incluso con nosotros mismos, pero necesitamos estar con Jesús

 


Necesitamos estar con… y decimos en la vida con la familia, con los amigos más cercanos, incluso con nosotros mismos, pero necesitamos estar con Jesús

2Samuel 1, 1-27; Sal 79; Marcos 3, 20-21

¡Cómo ansiamos llegar a casa después de una agotadora jornada de trabajo y descansar! Forma parte del ritmo de nuestra vida. Todo lo puede ser trabajo, hemos de saber encontrar tiempo para nosotros mismos, para descansar, para estar en tranquilidad, con los nuestros, con nuestra familia, para relajarnos y no hacer nada. Aunque pareciera un tiempo perdido, no lo es, porque necesitamos recuperar fuerzas, que no solo es lo físico sino también de la tensión mental que vivimos con nuestros trabajos, con los ajetreos de la vida.

Hoy nos dice el evangelio que la gente cuando se enteró que llegaba y estaba en casa se agolparon a la puerta y no le dejaban tiempo ni para comer. En otros momentos del evangelio vemos situaciones así; cuando se sube a la barca de Pedro para predicar desde allí porque la gente se le echaba encima, cuando marchando a la casa de Jairo la gente por la calle lo estrujaba, cuando le vemos marchar al descampado con sus discípulos porque quería estar a solas con ellos y tampoco entonces encontraron la ocasión porque allí estaba ya la gente venida de todas partes esperándolo.

Dos aspectos podríamos resaltar hoy. Por una parte, esa necesidad de estar en casa, a solas o solo con los suyos. Es la necesidad del descanso, pero es también la necesidad del encuentro más íntimo y más cercano con los nuestros; no vamos a pensar en esta situación del evangelio de hoy que fuera porque necesitara a sus discípulos más cercanos explicarles de manera especial el evangelio del Reino que anunciaba – eso lo veremos también con todo detalle en otros momentos – sino que tendríamos que decir solamente por estar, por estar disfrutando de la compañía de los suyos.

Ya en el relato que escuchábamos ayer en la elección de los doce se hace referencia a que los eligió para que estuvieran con El. Necesitamos estar con… y decimos en la vida con la familia, con los amigos más cercanos, y si queremos incluso para estar con nosotros mismos, para encontrarnos con nosotros mismos. Es tiempo de maduración, es tiempo si queremos llamarlo así de silencio, de interiorización, es tiempo de escucha interior, es tiempo de reposo de nuestro espíritu. Y todos lo necesitamos. Es lo que nos está insinuando el evangelio de que Jesús y sus discípulos se fueron a casa. ¿Sabremos hacerlo? ¿Nos sentiremos necesitados de hacerlo?

Y el otro aspecto es la búsqueda de la gente por Jesús. Lo hemos ido viendo a través de todo el capitulo de esta semana. A donde quiera que va allí está la gente esperándole. Primero, podríamos decir, había sido Jesús el que había ido al encuentro con la gente, pero al ver los signos que hacía, pero al escuchar sus palabras dichas con autoridad, como reconocen, quieren escucharle, quieren estar con El. Y no podemos decir que fuera la novelería de la novedad, como tantas veces sucede, era la curiosidad que desde su interior sentían, porque sus conciencias se agitaban, las esperanzas renacían, descubrían que algo nuevo estaba comenzando.

Ya sabemos que no todos, porque pronto han comenzado los que están siempre acechando, los que no quieren que las cosas cambien, los que se aferran a sus costumbres o a sus privilegios y ven un peligro en toda novedad. Y esos también estarán en contra de Jesús. Pero Jesús actúa con libertad y a todos acoge, para todos tiene una palabra, en todos suscita una nueva esperanza.

¿Sentiremos esa curiosidad por Jesús? ¿Estaremos abriendo de verdad nuestro corazón para sentir la inquietud por el Reino de Dios que Jesús está queriendo sembrar en nuestros corazones? ¿Nos dejaremos sorprender por las palabras y los signos de Jesús para ir así con mayor inquietud en su búsqueda?

miércoles, 2 de octubre de 2019

Los ángeles son presencia de Dios en nuestra vida y también, por qué no, en nuestra historia, que nos impulsan siempre al bien y nos aleja del mal



Los ángeles son presencia de Dios en nuestra vida y también, por qué no, en nuestra historia, que nos impulsan siempre al bien y nos aleja del mal

Éxodo 23, 20-23ª; Sal 90, 1-2. 3-4. 5-6. 10-11; Mateo 18, 1-5- 10
En este dos de octubre la liturgia de la Iglesia nos invita a celebrar a los Santos Ángeles Custodios. Quizás a los mayores el oír hablar de los Ángeles Custodios nos rememora años de nuestra infancia con aquellas oraciones infantiles que nos enseñaban a rezar a los Ángeles que en cada esquinita de nuestra cama guardaban nuestros sueños, o quizá nos viene a la memoria aquel cuadro que solía haber en nuestras casa del Ángel que cuidaba del niño que no se cayera en aquel lugar de peligro.
Y con ello nos hemos quedado en una imagen muy infantil que con el paso de los años quizá hemos desechado y nosotros mayores ya en lo menos que pensamos es en ese ángel que está junto a nosotros y nos cuida y previene de toda clase de mal o peligro. Ya ni siquiera en nuestros hogares se les menciona a nuestros niños ni el ángel de la guarda ni por tanto algún sentido religioso de la vida que le haga entrar en relación con Dios.
Hoy también hay ciertas corrientes que nos hablan de los Ángeles como de unos talismanes misteriosos que nos alejan de peligros o nos dan suerte en la vida; en las redes sociales habremos recibido en más de una ocasión esas cadenas que nos hablan de los Ángeles que nos envían, pero que también nosotros hemos de enviar porque de lo contrario la desgracia se cebaría sobre nosotros. Confusiones y más confusiones que muchas veces se llenan de superstición y que nos alejan de un verdadero sentido religioso de nuestra relación con Dios a través de sus ángeles.
Claro que todo lo que entra en relación con el misterio de Dios muchas veces cuando  no nos sabemos explicar lo llenamos de imaginación con el peligro de que al final nos quedemos con las imágenes pero no lleguemos a penetrar en el misterio. En referencia a los Ángeles Custodios que hoy nos invita a celebrar la liturgia tendríamos que hacernos una buena reflexión para que comprendamos su verdadero sentido y significado.
En la Biblia, y hablo también de todo el Antiguo Testamento, se nos hace referencia continuamente de la presencia de Dios que camina junto al hombre y a su pueblo. Pero una forma de expresar esa presencia de Dios es a través de sus Ángeles. En las visitas, llamémoslas así, de Dios a los grandes patriarcas Abrahán, Isaac, Jacob para hablarnos de esa presencia de Dios en muchas ocasiones se habla del Ángel del Señor. Es a través de ese Ángel del Señor como Dios se les comunica, se les manifiesta, les hace comprender su voluntad y señala la que son los designios de Dios para la humanidad.
Será el Ángel del Señor el que anunciará, por ejemplo, el nacimiento de los llamados Jueces de Israel en aquellos tiempos tan turbulentos y difíciles pero donde Dios quería hacer sentir se presencia junto a su pueblo. Será un Ángel del Señor el que vaya junto a su pueblo guiándolos de día y de noche a través del desierto camino de la tierra prometida. ‘Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado’, le dice Dios a Moisés cuando le confía la misión de llevar a su pueblo a la tierra que le ha prometido. 
En la brevedad de esta reflexión no podemos aducir más textos del Antiguo Testamento que nos manifiestan esa presencia de Dios junto a su pueblo con esa expresión de sus Ángeles que le cuidan y le dirigen. Podemos pensar también en el ángel que acompañó a Tobías en su camino y que decía como estaba también ante el trono de Dios para presentar sus oraciones al Todopoderoso.
En el texto que hoy hemos escuchado en el evangelio Jesús habla de los ángeles de aquellos niños que están en la presencia de Dios. Esa presencia de Dios a nuestro lado que se manifiesta en la presencia de su Ángeles que nos acompañan, nos inspiran y nos iluminan en nuestro camino. Cuántas veces nosotros en la vida no hemos sentido como una moción interior que nos quería apartar de un camino – y no me refiero solo a un camino geográfico – porque nos inspiraban algo mejor, porque hacían surgir en nosotros ese deseo de lo bueno, esa inspiración de algo que ni siquiera habríamos imaginado, pero que allí esta latente en nuestro interior impulsándonos a una obra buena y mejor.
Es esa gracia de Dios, esa presencia de Dios en nosotros que quizá algunas veces no queremos escuchar pero que ahí está queriendo alejarnos de lo malo e impulsarnos a lo bueno. Espíritus puros decimos que son los ángeles, una participación del Espíritu divino que así nos hace sentir la presencia de Dios en nuestra vida. Más oídos atentos tendríamos que tener en nuestro corazón para saber escuchar, para dejarnos conducir, para dejarnos llenar del Espíritu de Dios que se hace presente en nosotros.
Lejos de nosotros supersticiones y miedos a maleficios que en ciertos ambientes rodean la imagen de los Ángeles desvirtuando su verdadero sentido. Muchas cosas tenemos que purificar de esas religiosidades que nos acompañan y que muchas veces se van alejando de un verdadero sentido cristiano.
Los ángeles son presencia de Dios en nuestra vida y también, por qué no, en nuestra historia, y siempre la presencia de Dios nos impulsa al bien y nos aleja del mal. ‘Delante de tus ángeles tañeré para ti’, como decimos en los salmos. O también podemos recordar aquello otro ‘a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos’.

lunes, 7 de mayo de 2018

El Espíritu del Señor nos eleva y nos hace mirar con nuevos ojos llenos de ilusión y esperanza nuestro camino

El Espíritu del Señor nos eleva y nos hace mirar con nuevos ojos llenos de ilusión y esperanza nuestro camino

Hechos de los apóstoles 16,11-15; Sal 149; Juan 15,26-16,4a

Hay ocasiones en que la vida se nos hace cuesta arriba, tenemos el peligro de sentirnos derrumbados incluso antes de comenzar a luchar, no sentimos solos y la soledad nos abruma porque nos puede parecer que a nadie interesamos y los problemas se agolpan alrededor nuestro haciéndonos oscura la vida. qué bien nos viene en momentos así sentir una mano amiga que se posa sobre nuestro hombro y nos invita a seguir adelante con ilusión y esperanza; cuanto nos conforta la presencia de esa persona que se interesa y se preocupa por nosotros queriendo ayudarnos y ofreciéndonos su presencia alentadora.
Todos necesitamos esa presencia amable y amada, aunque no sean tan fuertes los nubarrones de la vida, porque incluso en lo bueno que vamos haciendo siempre nos hace bien esa mirada, esa palabra, esa sonrisa, esa presencia que nos anima a seguir adelante. Y eso en todos los aspectos de la vida, porque así nos sentimos como más valorados y nuestra vida se viste de otros colores mas luminosos.
Me hago esta reflexión desde esta experiencia humana que todos de una forma o de otra algunas veces hayamos tenido. En lo humano de la lucha de cada día, pero también cuando como creyentes y cristianos queremos vivir nuestra vida con intensidad. Hay momentos en que se  nos hace difícil, porque la cuesta arriba la tenemos en nosotros mismos, en nuestras pasiones o en nuestros particulares cansancios, pero también porque nos encontramos rodeados de un mundo que no siempre nos hace fácil el vivir nuestro compromiso cristiano.
Nos cuesta porque no todos entienden el mensaje que con nuestra queremos llevar y eso  nos desanima; nos cuesta porque algunas veces se vive la vida de una forma muy superficial y cuesta que nos paremos a pensar en valores mas trascendentes; nos cuesta por ese materialismo que impera en la vida que conlleva una pérdida de valores y cuando queremos presentarnos con los valores del evangelio nos vamos a encontrar con la pared enfrente por así decirlo.
Nos cuesta porque también nos harán la guerra, se valen de lo que sea para desprestigiarnos, cualquiera puede hablar en nuestra sociedad de sus ideas, pero cuando la iglesia o los cristianos queremos hablar de nuestros valores espirituales o del sentido que nosotros queremos darle a la vida desde el evangelio ya no se nos permite hablar. Y así muchas cosas.
Jesús hoy en el evangelio nos está anunciando estas cosas, pero nos promete la presencia de su Espíritu con nosotros. ‘Nos os dejaré solos, nos dirá en otro momento, y yo estoy con vosotros hasta el final del mundo’. Es la fuerza del Espíritu divino que estará siempre con nosotros, que nos alienta y nos da fuerza, que nos ilumina y nos hace comprender bien todo el misterio que hemos de vivir, que inspira en nuestro corazón lo que hemos de hacer.
‘Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he hablado de esto, para que no tambaleéis’. 
Pongamos nuestra confianza en el Espíritu del Señor que  nos acompaña y nos dejemos decaer ni abrumar por aquellas cosas que nos cuesta. El Espíritu del Señor nos eleva y nos hace mirar con nuevos ojos llenos de ilusión nuestro camino.

lunes, 2 de octubre de 2017

Ángeles de Dios que nos protegen, nos hacen sentir allá en nuestro corazón los deseos del bien, la repulsa de lo malo y del pecado y nos libran de los peligros en la vida

Ángeles de Dios que nos protegen, nos hacen sentir allá en nuestro corazón los deseos del bien, la repulsa de lo malo y del pecado y nos libran de los peligros en la vida

Éxodo 23, 20-23ª; Sal 90; Mateo 18, 1-5- 10
‘A sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en sus caminos’. Quizá en principio estas palabras simplemente nos recuerden los argumentos con que el diablo tentaba a Jesús cuando le pedía que se tirara del pináculo del templo abajo porque nada le pasaría. No olvidemos que el tentador estaba tratando de argumentarle con palabras propias de la Escritura. Ya lo hemos de tener en cuenta en las tentaciones que sufrimos que nos vienen envueltas en apariencias de bien, lo decimos como en un paréntesis pero que también es importante. Pero siguiendo con lo que comentamos esas palabras es con las que Dios prometía acompañar a Moisés y su pueblo en el camino del desierto hacia la tierra prometida.
Pero bien podemos recordar estas palabras, como lo hace la liturgia de este día en que celebramos a los santos Ángeles Custodios, como el signo y la señal de que Dios nos acompaña en nuestro caminar y para eso junto a nosotros el ángel del Señor nos recuerda esa presencia divina.
Los que somos mayores recordamos como nos enseñaban desde pequeños a rezar en la noche invocando la presencia del ángel custodio que velaba nuestro sueño. No sé si hoy se enseñará algo de eso a nuestros niños, pero creo que es algo que no podemos dejar de lado. Dios ha querido hacernos sentir su presencia, su gracia y su fuerza con el santo ángel que acompaña nuestra vida. Nos inspira lo bueno, nos recuerda lo malo de lo que hemos de apartarnos, nos impulsa al bien; allá en lo hondo de nuestra conciencia lo sentimos si tenemos la mínima sensibilidad espiritual.
Ya sé que a las gentes de nuestro tiempo le gusta más pensar en las buenas ‘vibras’ que podamos tener, o  no sé cuantas cosas nos inventamos para decir que estamos o no estamos en buena onda. Quizá hasta nos podamos atrever a hablar del espíritu de nuestros muertos que está ahí en el aire o no sé donde para acompañarnos o recordarnos cosas. Unos espiritismos que no sé de donde aparecen pero que tienen ciertos resabios paganos bien ajenos a lo que tendría que ser nuestro sentir cristiano.
Cuanto nos cuesta tener una verdadera espiritualidad que hunda de verdad sus raíces en Dios al que tenemos que saber buscar y que quiere hacerse presente en nosotros y en nuestra vida para ser nuestra verdadera fuerza para nuestro caminar. Recientemente hemos comentado cómo, en la Escritura nos aparece repetidas veces, Dios se hace presente junto a los hombres en el ángel del Señor que se les manifiesta. Algo de eso decíamos en la fiesta de los santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael. Dios se hace presente en nosotros por medio de sus ángeles.
Es lo que hoy estamos celebrando en la fiesta de los santos Ángeles Custodios. ‘El ángel del Señor acampa junto a sus fieles y los protege’, rezamos en los salmos. O podemos recordar aquel ángel con un incensario de oro que estaba junto al altar, como nos dice el Apocalipsis, para que junto al humo aromatizado de aquel incensario subieran por mano de su ángel las oraciones de los santos. De ello le hablaba también el arcángel Rafael a Tobías, diciéndole que su misión era presentar ante el trono de Dios sus oraciones.
Son los Ángeles de Dios que nos protegen, que nos hacen sentir allá en nuestro corazón los deseos del bien, la repulsa de lo malo y del pecado y nos libran de tantos peligros en la vida. Casualidades decimos en ocasiones sobre cosas que nos suceden, suerte o como dicen ahora buena ‘vibra’, el azar o no sé que cosas podemos pensar, pero ¿por qué no pensar en el ángel del Señor que custodia nuestra vida y nos trae la gracia del Señor? Ellos que están siempre contemplando el rostro de Dios nos hacen brillar la luz del rostro divino sobre nosotros para protegernos de mal. No infantilicemos la imagen del ángel custodio, porque no solo en nuestra niñez sino en toda nuestra vida está siempre acompañándonos.