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sábado, 28 de junio de 2025

Hoy miramos el Corazón de María, que guardaba tantas cosas y del que tenemos tanto que aprender pero que siempre destilemos la miel dulce del amor

 


Hoy miramos el Corazón de María, que guardaba tantas cosas y del que tenemos tanto que aprender pero que siempre destilemos la miel dulce del amor

Génesis 18,1-15; Lc 1,46-55; Lucas 2, 41-51

Quizás tenemos nuestros planes o proyectos para nuestra vida desde los cuales hemos ido construyendo nuestra vida, nos hemos preparado y formado, los hemos hecho desde lo que nos gustaba, donde veíamos que podríamos desarrollar nuestros valores y cualidades; quizás en un momento determinado algo hizo que las cosas cambiaran, tuviéramos quizás que orientar todo lo que hasta entonces habíamos venido haciendo porque se nos presentaban otras perspectivas, pero aun así a lo largo de la vida siempre surgirán imprevistos, cosas que nos suceden que muchas veces ni entendemos – un accidente, una enfermedad… -  y reorientamos nuestros esfuerzos en algo nuevo y distinto que se nos pide o que tenemos que afrontar, o que viene con las exigencias propias de la vida.

Caminos que desearíamos rectos y sin cambios pero que la vida misma reorienta, nos hace ver algo nuevo o surgen nuevas expectativas. Pero de alguna manera no abandonamos nuestra meta primera que es nuestro desarrollo, por ejemplo, como persona, la forja de nuestra personalidad. Ha habido una capacidad de acogida de lo nuevo en nosotros que al final nos ha enriquecido. ¿Habremos sabido hacer un recorrido así en nuestra vida o acaso nos habremos sentido frustrados por los imprevistos o contratiempos?

Me hago esta reflexión, sobre algo que es nuestra vida o cosas que nos pasan en la vida, porque de alguna manera quiero ver hoy en esta reflexión que nos hacemos sobre María. Una mujer de fe profunda era María y su vida era para Dios, pero Dios se le va manifestando para embarcarla, por decirlo de alguna manera, en su proyecto divino de salvación para la humanidad. Cuando no pensaba en la maternidad Dios le ofrece ser la Madre del Altísimo y se siente desconcertada ante aquellos nuevos caminos que le abren en la vida. Ya nos dice el evangelio que se puso a considerar lo que le había dicho el ángel. Pero allí está la que se siente humilde esclava del Señor para que en ella se cumpla su palabra. ¡Dichosa tú que has creído porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá!, como le dice su prima Isabel.

Lo que sigue en la vida de Maria no son caminos fáciles. Su peregrinaje de servicio a las montañas a la casa de Isabel, su prima, su camino a Belén donde encontrará las puertas cerradas porque no hay sitio en la posada para ellos, el nacimiento de Jesús en la extrema pobreza de un establo en medio del campo, su huida a Egipto y su vuelta a Nazaret. Tenemos que pensar en aquellos recorridos y en su pobreza pero ella está para realizar cuanto el Señor le ha dicho, cuanto el Señor le pida. Caminos nuevos y no fáciles se irán abriendo continuamente ante sus pasos.

Hoy nos narra el evangelio un episodio que también como madre le llenaría de desconcierto. La pérdida de Jesús en su subida a Jerusalén para la Pascua, o más bien en su regreso con la angustia de tres días de búsqueda. ¿Qué era de todas aquellas promesas que le había dicho el ángel? ¿En qué se podía quedar todo? Cuantas veces los sueños de los padres se ven frustrados por acontecimientos que les suceden a los hijos o sus reacciones. ‘¿No sabíais que yo tenía que ocuparme de las cosas de mi Padre?’ fue la respuesta de aquel adolescente ante la imprecación de los padres que llevaban tres días buscándolo sin encontrarlo.

Pero hay unas cosas muy hermosas que nos dice el evangelio. Es cierto que no comprendieron en aquel momento entremezclado de angustia y alegría las palabras de Jesús, pero apostilla muy sabiamente el evangelista que ‘María conservaba todas estas cosas en el corazón’.

Guardar en el corazón. Tenemos que aprender. De lo guardado en el corazón se aprende y puede salir algo positivo; pero tenemos que saber poner un filtro porque no son las frustraciones lo que tenemos que guardar; fácilmente guardamos muchas cosas con resentimiento, con amargura, con demasiados tintes negros. Ahí no podrá brillar el amor que necesita luz, que necesita de otros colores que inviten a la esperanza, que nos hagan mirar al cielo.

Guardemos siempre lo mejor, lo positivo que nos enriquezca, sepamos olvidar lo que nos amarga, porque con corazón que está lleno de amarguras destilará hiel en lugar de miel, y por eso la vida de tantos se hace tan difícil y tan insoportable.

¿Comparamos con aquellos recorridos de nuestra vida de los que antes hablábamos? Tengamos en cuenta siempre lo que nos enriquezca, aunque a veces nos encontremos con curvas en los caminos de la vida, quizás detrás de una de esas curvas nos va aparecer una perspectiva brillante que nos va a enriquecer el espíritu.

Hoy miramos el Corazón de María, que guardaba tantas cosas y del que tenemos tanto que aprender.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Que la ternura, humildad y delicadeza que destilan de la Sagrada Familia de Nazaret nos enseñen a cultivar los verdaderos valores que hagan una sociedad mejor

Que la ternura, humildad y delicadeza que destilan de la Sagrada Familia de Nazaret nos enseñen a cultivar los verdaderos valores que hagan una sociedad mejor

Eclesiástico 3, 3-7. 14-17ª; Sal 127; Colosenses 3, 12-21; Lucas 2, 41-52
El verdadero protagonista de la Navidad es Jesús. El único protagonista, motivo y razón de ser de nuestra alegría y nuestra fiesta: su nacimiento, el nacimiento de Dios hecho hombre encarnado en el seno de María para ser nuestra vida y nuestra salvación, verdadero Emmanuel, Dios con nosotros.
El que motiva de verdad que nuestras familias se reencuentren en el hogar para celebrar la dicha de que Dios esté con nosotros; el que alimenta nuestro amor y nuestra amistad y hace que los amigos compartamos esos días nuestras alegrías e ilusiones; el que es la verdadera razón de nuestra alegría que se contagia y a todos quiere llegar deseando para todos felicidad. El es la Buena Noticia de nuestra vida que nos trae la salvación que viene a ser la levadura que dé verdadero sabor a nuestra vida, a todo lo humano haciéndolo caminar por derroteros de plenitud.
Todo esto ha hecho que la navidad se convierta en una sentida celebración familiar donde, como decíamos, nos reencontramos, pero aun más es lo que nos ayuda a dar ese sentido de familia también a todas nuestras relaciones dándoles un sentido y un valor nuevo haciendo que al menos estos días seamos mas buenos los unos con los otros. Y ya aunque la cena de navidad tiene esa tradición y ese sentido tan familiar sin querer quitarle el protagonismo que en nuestra fiesta ha de tener Jesús, que es el que lo motiva todo, en el sentido de la Iglesia queremos tener una prolongación de ello cuando en este domingo siguiente a la Navidad celebramos el Día de la Sagrada Familia.
A la sagrada Familia de Nazaret volvemos nuestros ojos; es tan humano lo que quiso hacer Dios al encarnarse y nacer como hombre, que quiso hacerlo en el seno de un hogar, de una familia. Una familia, la de Nazaret, que se convierte para nosotros también en Evangelio, en Buena Noticia que nos anuncia y nos presenta a Jesús, al Emmanuel, Dios con nosotros.
El valor de la familia es trascendental no solo en el nacimiento de cada persona sino en el crecimiento y en la maduración como persona. Es el mejor caldo de cultivo donde germinan los más hermosos valores que marcarán nuestra personalidad y nos harán crecer en esa madurez y plenitud humana.
El hombre que no está hecho para estar solo ya desde los primeros momentos de su vida va a encontrar en torno a sí esos padres que le van a dar el calor de su amor, esa familia que le va enseñando a interrelacionarse forjando así su personalidad. No necesitamos la familia solo porque tengamos un techo bajo el que guarecernos, unos alimentos que nos nutran o unos vestidos que nos cubran, sino que será el abrigo de la familia, esa mutua interrelación y comunicación, ese calor del cariño y de la ternura familiar los que en verdad van a nutrir y alimentar nuestra vida; no vamos a recordar al llegar a la madurez de nuestra vida si tuvimos buenas o malas ropas, abundantes o exquisitos alimentos sino el cariño que recibimos, la palabra que escuchamos, el ejemplo que nos motivó, todo aquello que nos enseñó y ayudó a ser cada día mejor persona.
Hoy en la Palabra de Dios que hemos escuchado se nos hablaba de ‘revestirnos de misericordia entrañable, de bondad, de humildad, de dulzura, de comprensión’. Se nos decía además cómo hemos de saber perdonarnos cuando en la debilidad de nuestra vida quizá en un momento nos molestamos o nos ofendemos. ‘Sobrellevaos mutuamente y perdonaos cuando alguno tenga quejas contra el otros’, se nos decía.
Se nos proponía todo eso como valores para nuestra mutua relación. Cuánta sabiduría, tendríamos que reconocer; son cosas sencillas, humildes, podríamos reconocer. Pero cuanto necesitamos de esa ternura en la vida que nos lleve a comprendernos, a aceptarnos; esa ternura y esa delicadez que limen esas aristas con las que tantas veces nos mostramos en la vida. Con esa sencillez y con esa dulzura y humildad haremos que nuestras relaciones no chirríen en encontronazos que pudieran hacer saltar las chispas del orgullo, de los recelos o las envidias.
Si supiéramos tratarnos así que fácil se haría la comunicación y la comunión; cómo aprenderíamos a caminar juntos aportando cada uno lo bueno que lleva en sí, en sus ideas y pensamientos o en su manera de hacer las cosas, porque así aprenderíamos también a ver todo lo bueno que hay también en el pensamiento o en el actuar del otro. Qué distinto sería nuestro mundo; qué felices podríamos ser todos. Qué mundo tan distinto construiríamos.
Es importante que eso lo cultivemos de verdad en nuestros hogares y en nuestras familias. Claramente vemos que cuando en los hogares se ha crecido en medio de rencores, resentimientos, ofensas nunca perdonadas, rupturas en los mismos miembros de la familia o con los más cercanos que nunca se han reparado, luego en la vida social se vive en ese mismo resentimiento y violencia, siempre se estarán recordando viejas heridas de la historia que no hemos sabido cicatrizar con la misericordia y el perdón y vamos haciendo una sociedad violenta, revanchista y a la larga intolerante, aunque luego no  hagamos otra cosa sino hablar de tolerancia.
Es lo que vemos que esta sucediendo en nuestra sociedad en la que decimos tantas veces que vamos a hacer una sociedad mejor y que queremos la paz y cada uno presenta sus proyectos, pero en el fondo porque le hemos quitado esa ternura a nuestra vida vivimos en una sociedad crispada y en la que se hace tan difícil el entendimiento. Cuánto tendríamos que decir aquí de lo que es la vida social que nos rodea y en la que estamos inmersos con el peligro de actuar nosotros así también.
Cultivemos esos verdaderos y hermosos valores en nuestros hogares creando esa verdadera comunión de amor y de cariño entre todos sus miembros. Hoy miramos a la Sagrada Familia de Nazaret donde Dios mismo al hacerse hombre quiso nacer y crecer en lo humano. Allí ‘Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres’, que nos dice hoy el evangelio. Aprendamos esos hermosos valores. Y pidamos al Dios de la misericordia que nos llene a nosotros de esos hermosos sentimientos y valores.
Recordemos a nuestras familias donde crecimos y maduramos como personas recordando y reviviendo en nosotros esos hermosos valores que allí tuvimos dando gracias a Dios por ello. Y oremos también por las familias que se encuentran en dificultades, que carecen quizá materialmente de lo necesario para una vida digna, pero oremos por aquellas que se encuentran en dificultades por las rupturas que en ellas se producen y que tanto daño hacen.
Que la Sagrada Familia de Nazaret nos proteja; que la intercesión de María y su esposo san José nos alcancen esa gracia de su Hijo Jesús. 

sábado, 10 de mayo de 2014

Dios te salve, madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra… Virgen Madre de los Desamparados

Apoc. 21, 1-5; Sal.13; Rom. 12.9-16; Jn. 19. 25-27
‘Dios te salve, madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra…’ ¡Cuántas veces habremos saludado así a nuestra madre, la Virgen María! Madre de misericordia, vida, dulzura, esperanza nuestra; así la invocamos, así le rezamos, así sentimos su presencia de madre amorosa que nunca nos desampara. Bajo su manto protector nos acogemos; ahí nos sentimos seguros, porque nos sentimos en los brazos de una madre. Siempre seremos como niños que corremos a sus brazos; siempre nos ponemos a su lado para sentir su mirada protectora sobre nosotros que nos libera de los miedos a los peligros de la vida.
Hermosa advocación con la que la invocamos y la celebramos aquí en nuestro hogar, Madre de los Desamparados, con el que las Hermanitas la han invocado siempre y bajo cuya protección han querido desde siempre poner su obra. Allí cerquita de la Basílica de la Madre de Dios de los Desamparados dio sus primeros pasos la Congregación y bajo la protección de María en esta hermosa advocación tan querida de los valencianos quisieron poner la hermosa e ingente tarea que iniciaban aquellas hermanitas que estaban aún en los comienzos de su fundación.
Hoy celebramos nosotros, como celebra toda Valencia y celebra toda la Congregación de las Hermanitas la fiesta, la solemnidad de la Virgen María, Madre de los Desamparados que como expresaremos en las palabras del prefacio es para nosotros modelo de fidelidad a la Palabra de Dios y amparo en nuestro desvalimiento al tiempo que estímulo constante para nuestra caridad. Quiso dejárnosla el Señor a nuestro lado como madre desde el momento supremo de la Cruz cuando a Juan, en quien estábamos todos nosotros representados,  se la dejó como madre. ‘Ahí tienes a tu madre’, le decía a Juan, mientras a María le decía: ‘Ahí tienes a tu hijo’.
Podría parecer que era María la que se quedaba en la soledad con la muerte de su hijo en la cruz, pero en la voluntad de Cristo le nacían los hijos cuando a todos nos confiaba a su cuidado para que fuéramos nosotros los que nunca nos sintiéramos solos, porque siempre íbamos a tener a nuestro lado la presencia de María, la presencia de una madre. Amparo en nuestro desvalimiento encontramos en María como expresamos en la liturgia, pero que nos hace abrir también nuestro corazón para que aprendamos de María también a ser acogedores de nuestros hermanos desvalidos, de nuestros hermanos que se sienten solos, tristes o abandonados. Y es que no puede ser de otra manera si decimos que María es modelo de fidelidad a la Palabra de Dios. Los modelos han de ser imitados, no solo contemplados.
Como bien sabemos la devoción a María es muy comprometedora para nosotros; no nos vamos a refugiar en María como en un limbo donde nos aislemos de lo que nos rodea y no sepamos contemplar el sufrimiento de nuestros hermanos que caminan a nuestro lado; la devoción a María nos compromete para que vivamos un amor semejante al de María la que siempre estuvo atenta, así la vemos en el evangelio, a cuanto pudiera ser sufrimiento, soledad o necesidad de cuantos estaban a su lado.
María, siempre dispuesta a servir; María, siempre atenta a la necesidad que pueda surgir, correrá primero a la montaña porque sabe que allá en casa de Isabel se pueden necesitar sus servicios, e intercederá por quienes se ven en un apuro en las bodas de Caná para remediar la falta de vino.
María será también la madre que acompaña a aquel primer grupo de los discípulos de Jesús ya fuera en la espera de Pentecostés o en el inicio de la tarea de la Iglesia. Qué hermoso ese sentido de acompañamiento que realiza y realizará María con la Iglesia a través de todos los tiempos.
‘Que vuestra caridad no sea una farsa… como buenos hermanos, sed cariñosos los unos con los otros, estimando a los demás más que a uno mismo… servid constantemente al Señor… practicad la hospitalidad…’ Así nos decía el apóstol san Pablo en la carta a los Romanos que hemos escuchado.  Todo un programa de amor cristiano. Servimos al Señor, pero lo servimos en los hermanos. No amamos de palabra o por facha para aparecer sino con un amor auténtico hecho de pequeños gestos y servicios que cada día y en cada momento tenemos oportunidad de realizar con los que están a nuestro lado. Cuánto podemos y tenemos que hacer y esto lo podemos o tenemos que ver de forma muy concreta en la situación que vivimos hoy en nuestra sociedad con tantas carencias, necesidades y sufrimientos.
Tendríamos que decir que al lado de un cristiano nadie nunca tendría que sentirse solo o abandonado porque siendo el amor y la caridad el lema y el distintivo del cristiano siempre tenemos que estar dispuestos para acoger, para escuchar, para tender una mano, para caminar junto al hermano que sufre, para ofrecer nuestro amor y nuestra ayuda de forma desinteresada, para el compartir generoso y también en justicia con el hermano que sufre. Es la tarea del cristiano. Es lo que hoy en esta fiesta de la Virgen también queremos aprender de ella.
En la novena que hemos venido haciendo como preparación para esta fiesta todos los días le decíamos a la Virgen en la oración introductoria que queríamos contemplar su vida y sus virtudes para tratar de imitar a María en nuestra vida. Le ofrecíamos nuestro corazón y nuestra vida para que ella lo llenara de  amor, de pureza, de humildad, de entrega para que así con la ayuda de María viviéramos intensamente nuestra identidad cristiana. Mirando a María, decíamos, estamos contemplando como Dios quiere que seamos; ¡qué mejor modelo podemos contemplar!; mirando a María sentiremos fuerza, y María nos alcanza la gracia para ello, para que nos decidamos de verdad a dar esos pasos que me lleven a vivir toda intensidad mi identidad cristiana, mi vida cristiana, que se ha de manifestar especialmente en el amor.
A María la contemplamos como modelo de toda virtud y toda gracia pero de ella esperamos también su intercesión que nos ayude a realizar esos caminos de santidad. ‘Intercede Madre por nosotros, ante tu Hijo Jesucristo nuestro Señor’, le pedíamos cada día. Al cuidado de María queríamos confiar las necesidades de todos los hombres, la  alegría de los niños, la ilusión de los jóvenes, el desvelo de los adultos, el dolor de los enfermos, el sereno atardecer de los ancianos; le pedíamos que fuera socorro y amparo de cuantos sufren por cualquier motivo, su presencia se convirtiera en fortaleza para los débiles, e hiciera enardecer nuestro corazón en disponibilidad para el servicio y la entrega  por los demás.
Con María a nuestro lado sentiremos que siempre hay una luz que ilumina nuestras noches oscuras de dudas y de problemas; con María a nuestro lado nos podemos sentir fuertes y llenos de paz en nuestras luchas por superarnos a nosotros mismos venciendo nuestros egoísmos y orgullos y por hacer también que nuestro mundo sea mejor; con María a nuestro lado aprendemos a poner amor en todo lo que hacemos y a desterrar de nosotros las negatividades del odio y de la envidia; con María a nuestro lado siempre estaremos dispuestos al servicio y al trabajo porque sabemos que así podemos hacer un mundo mejor.
María  es la estrella de nuestra esperanza, la senda que nos lleva por caminos de fe, el aliento para nuestros cansancios, la mano que me levanta en nuestras caídas, el consuelo para nuestras tristezas y depresiones, la fuente de nuestra alegría. Maria nos enseña a caminar siempre apoyados en la fe porque nos habla de lo que es el amor eterno de Dios que nunca nos falla, abre el corazón a la esperanza porque si a ella la contemplamos gloriosa y triunfante en su asunción a los cielos y glorificada junto al trono de Dios aprendemos que si caminamos un camino como el de María también es meta para nosotros esa gloria de Dios en el cielo.
Tú eres el orgullo de nuestro pueblo, porque el Señor te ha bendecido más que todas las mujeres de la tierra y ha glorificado tu nombre de manera que todas las generaciones te llamarán bienaventurada. Así queremos contemplar a María, nuestra Madre y la Madre del Señor. Así queremos cantar a María en esta fiesta que hoy estamos celebrando. Así nos queremos gozar con María, felicitar con María,  porque bajo su manto podemos acogernos en nuestros desvalimientos y su protección maternal la vamos a sentir siempre sobre nosotros.
Hoy hacemos fiesta aquí en nuestro hogar de manera especial porque esa protección maternal de María llega a nosotros a través de estas Hermanitas que con sus vidas están siendo para nosotros signos de ese amor de Dios, de ese amor de María, Madre de los Desamparados, en la hermosa tarea de acoger a estos ancianos y ancianas a los que sirven como si estuvieran sirviendo a Cristo, atendiéndolos y cuidándolos con ese amor maternal y maduro que ellas saben ofrecer para que nunca nadie se sienta desamparado.
Con la protección de María realizan ellas su labor, con el ejemplo de María viven ellas su entrega total y llena de amor, con la fuerza de la gracia del Señor y con la trascendencia que da a sus vidas su esperanza son capaces de olvidarse de si mismas para servir a los ancianos y ser además acogedoras para todos cuantos llegamos a su lado. Esa es la verdadera fiesta de María, Madre de los Desamparados que hoy quieren celebrar, pero que celebran cada día con su fe, con su entrega, con su amor, con su alegría que nunca se aleja de sus corazones ni de sus rostros. Lo que antes escuchábamos en la carta a los Romanos y que brevemente subrayamos en algunos de sus aspectos es el trasfondo de la espiritualidad de sus vidas.

Es por lo que todos hoy hacemos fiesta también, celebramos esta fiesta de la Virgen Madre de los Desamparados. Es también la oración que hemos de elevar al Señor con toda la gratitud de nuestro corazón.

viernes, 23 de noviembre de 2012


Al paladar dulce como la miel, en el estómago sentirás ardor

Apoc. 10, 8-11; Sal. 118; Lc. 19, 45-48
Es habitual que los profetas nos hablen con imágenes y comparaciones para expresarnos toda la hondura y riqueza que tiene la Palabra del Señor que quieren trasmitirnos. Jesús, como conocemos bien, en el evangelio emplea frecuentemente parábolas para hablarnos del Reino de Dios. No nos quedamos en la literalidad de la imagen o de la comparación sino en el mensaje hondo que quieren trasmitirnos. Así también el Apocalipsis que estamos escuchando en estos días está lleno de imágenes y comparaciones muchas veces tomadas de los profetas de Antiguo Testamento.
Es el caso de la imagen que hoy se nos presenta que nos traslada con toda fidelidad lo que el profeta Ezequiel ya nos había presentado. ‘Ve a coger el librito abierto de la mano del ángel… cógelo y cómelo; al paladar será dulce como la miel, pero en el estómago sentirás ardor’.
Ya se nos había hablado del rollo que nadie podía abrir, pero que el Cordero tomó de la mano del que estaba sentado en el trono y lo abrió para nosotros. Ahora ese libro ha de ser comido. La imagen del comer tiene en sí misma precioso significado. Es asimilar, es hacer vida de sí mismo aquello que se come, es alimentarnos para tener vida, quiere expresar también una unión muy profunda.
¿Qué contiene ese librito? Es la profecía, es la revelación, es la Palabra de Dios, es el mandamiento del Señor, es el camino que hemos de seguir y vivir. Y nos dice ‘al paladar será dulce como la miel’; y ese mismo concepto lo hemos ido repitiendo en el salmo: ‘Qué dulce al paladar tu promesa… es mi alegría el camino de tus preceptos… son mi delicia… mis consejeros. Más estimo yo los preceptos de tu boca que miles de monedas de oro y plata… más dulce que la miel en la boca… la alegría de mi corazón’.
Cuando con fe acogemos y aceptamos el mandamiento del Señor así nos sentimos dichosos y felices. Es la dicha y el gozo de escuchar al Señor y poner en práctica sus palabras. Ya nos lo había dicho desde el principio a manera de bienaventuranza: ‘dichoso el que lee y dichosos los que escuchan las palabras de esta profecía y tienen presente lo que en ella está escrito, porque el plazo está cerca’. Es la riqueza de la Palabra del Señor que es nuestro gozo y nuestra alegría. ‘Más dulce que la miel en la boca’, que nos repite hoy. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’, había dicho un día Jesús.
Pero hoy nos dice también la profecía del Apocalipsis que ‘en el estómago sentirás ardor’. ¿Qué nos quiere decir?  Hoy terminará diciéndonos que ‘tienes todavía que profetizar contra muchos pueblos, naciones, lenguas y reinos’. Profetizar es decir y proclamar la Palabra; profetizar es dar testimonio y convertirnos en testigos. Nuestra vida tiene que ser profecía; nuestra vida ha de ser la de un testigo. Testigos frente al mundo que nos rodea; testigos frente a un mundo de indiferencia cuando no de increencia.
Y damos testimonio de algo nuevo y distinto, de una vida nueva, de una vida distinta; damos testimonio de nuestra fe; hemos de dar testimonio con las actitudes y comportamientos de nuestra vida. No siempre será fácil, porque nos acecha la tentación, porque nos encontramos un mundo adverso y muchas veces en contra, porque ese testimonio nos costará esfuerzo y sacrificio. Profetizar, como decíamos, es ser testigo. Y el testigo es un mártir porque estará ofreciendo la propia vida como testimonio. Y eso en muchas ocasiones nos costará sufrimiento, dolor, lágrimas, sangre quizá con la que rubricar nuestro testimonio cuando sea necesario. ‘En el estómago sentirás ardor’.
Pero con nosotros está el Señor. No nos faltará su gracia, la fuerza de su Espíritu. Nos sentimos alentados en nuestra esperanza, fortalecidos en nuestra fe, con ánimo para dar siempre el testimonio de nuestro amor.