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viernes, 3 de julio de 2026

Abramos los ojos para saber leer desde el corazón tantos momentos intensos en que Dios se va manifestando en nuestra vida y compartamos nuestra experiencia de fe

 

Abramos los ojos para saber leer desde el corazón tantos momentos intensos en que Dios se va manifestando en nuestra vida y compartamos nuestra experiencia de fe

 Efesios 2, 19-22; Salmo 116; Juan 20, 24-29

‘Si no lo veo, no lo creo’, decimos también nosotros muchas veces en la vida tomando esta expresión que manifiesta las dudas de Santo Tomás, aunque nosotros no siempre lo hacemos en una referencia de fe en lo sobrenatural sino en esas cosas de nuestra vida de cada día. Es la actitud de reserva y en cierto modo de desconfianza ante algo que nos cuentan que haya sucedido y que nos parece inverosímil, en algo que ha hecho alguien al que consideramos incapaz de realizar tales cosas. 

¿Necesitamos palpar con nuestras manos? ¿que lo veamos con nuestros propios ojos? Ponemos en duda la credibilidad de quien nos cuenta algo muchas veces quizás también desde nuestros orgullos personales, de nuestro amor propio porque no fuimos nosotros capaces de hacerlo, o porque no tuvimos la experiencia que tuvieron otros.

¿Algo así le estaría pasando al apóstol? Habían, es cierto, pasado por una experiencia dura que a cualquiera lo desestabilizaría; cuando estamos así, no sabemos qué hacer ni qué pensar, nos encerramos para que nadie nos vea o nos encuentre o nos echamos a caminar. Tomás se había ido a caminar y en esa ocasión Jesús resucitado se les manifestó; Tomás no estaba con ellos. El primer saludo que se va a encontrar a su vuelta es la noticia de que Jesús había estado allí con ellos, ‘hemos visto al Señor’, le dicen, pero su reacción no podía ser otra, ahora no creía en nada, ni siquiera en aquello que sus compañeros llenos de alegría por su encuentro con Jesús ahora le contaban.

Aún pesaba en su corazón la experiencia del dolor y de las esperanzas que habían perdido. ahora necesitaba algo más que unas palabras entusiasmadas de otros que habían tenido nuevas experiencias. El quisiera quizás tenerlas también aunque no se atrevía a manifestarlo claramente, como nosotros cuando andamos confusos, queremos algo pero nos da miedo manifestarlo porque nos parece una derrota para nuestro amor propio.

La experiencia la iba a tener. como nos narra el evangelista a los ocho días, estando igualmente con las puertas cerradas, y en esta ocasión Tomás con ellos, se manifestó de nuevo Jesús. ¿Era verdad o solo eran sueños e imaginaciones? Pero Jesús se acercó a él sin reproches, solo queriendo que hiciera aquello que había manifestado querer hacer para creer. ‘Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado…’ No seas incrédulo, le viene a decir Jesús, confía, despierta tu fe, aquí lo puedes experimentar.

No necesitó meter su dedo en las llagas de las manos, ni su mano en la llaga del costado. Era su corazón el que ahora estaba sintiendo y se caían todas las escamas de sus ojos y de su corazón. ‘¡Señor mío y Dios mío!’, fueron sus únicas palabras con lo que lo estaba diciendo todo. Sí un día había sido hermosa la confesión de Pedro allá en Cesarea de Filipo porque el Padre se lo había inspirado en su corazón, hermosa era ahora la confesión de fe de Tomás. Porque Tomás estaba teniendo la experiencia del encuentro con el Señor resucitado. 

Es lo que hará crecer la fe, es lo que hará que la fe se vuelva expansiva, es lo que nos llevará a contagiar de nuestra fe a los demás, porque no hablamos de cosas aprendidas o recibidas de otros, sino por lo que en lo hondo de nuestro corazón hemos vivido y experimentado. 

Somos cristianos demasiado del catecismo y la doctrina y poco de la experiencia por eso seremos tan poco convincentes; si experiencias tenemos, y seguro que en la vida hemos tenido momentos intensos de fe, sin embargo somos poco dados a comunicarlas; no hablamos de lo que vivimos, de lo que experimentamos dentro de nosotros; tenemos que ser más una comunidad, una iglesia que comparte sus experiencias, lo que vivimos, porque será como de verdad estaremos transmitiendo la fe, contagiando de la fe, entusiasmando con nuestra fe. 

Porque no compartimos de verdad lo que llevamos dentro luego nuestras celebraciones se hacen frías y rituales, pierden alegría y entusiasmo, nuestro cántico de alabanza al Señor se convierte en un mero rito. Reavivemos nuestra fe haciendo que cada celebración sea un encuentro vivo con el Señor. 

Abramos de verdad los ojos para saber leer desde el corazón tantos momentos intensos en que Dios se va manifestando en nuestra vida y compartamos nuestra experiencia de fe.

jueves, 14 de mayo de 2026

Testigos de Cristo resucitado convencidos que lo que llevamos en el corazón lo manifestamos en las actitudes y posturas de su vida de cada día

 


Testigos de Cristo resucitado convencidos que lo que llevamos en el corazón lo manifestamos en las actitudes y posturas de su vida de cada día

Hechos 1, 15-17. 20-26; Salmo 112:  Juan 15, 9-17

En este día 14 de Mayo celebramos la fiesta de un Apóstol, san Matías, que había sido elegido por el grupo de los Apóstoles por la ausencia de uno de los elegidos del Señor por su traición; la primera lectura nos ha relatado el proceso habiendo sido elegido uno que había sido testigo de la vida y de la resurrección del Señor, de los que había estado con El, cercano a aquel grupo de los Doce de los que ahora va a formar parte. Es un detalle importante a tener bien en cuenta, porque de la misma manera nosotros tenemos que ser ante el mundo testigo de lo que hemos vivido y experimentado por la fe en nosotros mismos.

Por ahí va la referencia del texto del Evangelio que ahora cuando ya estamos a punto de terminar la Pascua hemos de tener bien en cuenta. Es un texto que ya hemos escuchado y meditado en este tiempo pascual, pero que nos viene a ayudar de nuevo como resumen del mensaje pascual, del que, como decíamos, tenemos que ser testigos.

‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor`, nos dice Jesús. Una experiencia de amor que hemos de hacerla vida en nuestra vida; porque nos sentimos amados y con un amor como con el que se siente amado Jesús por el Padre así nosotros tenemos que envolver de amor nuestra vida, más aún, amar desde lo más hondo de nosotros mismos, por eso nos dice que permanezcamos en su amor.

Ninguna otra cosa puede fundamentar su vida, es una experiencia hermosa y de una total profundidad. No son aditivos que ponemos a nuestra vida, como su fueran unos parches para quedar bien y bonitos; esos adhesivos tienen poca permanencia porque pronto el viento los vuela y se los lleva; no son cositas que hagamos por aquí o por allá donde vayamos poniendo algunos remedios o remiendos para tapar tantos agujeros de desamor que hay en la vida.

No se queda tampoco en unos sentimientos bonitos que nos llenan de emoción, porque las lágrimas de la emoción se evaporan y cuando se acaben las emociones damos también por terminado el amor,  pronto entonces nosotros seríamos llevados por el viento de acá para allá y se nos desinfla el amor. Demasiado hemos visto en muchos actos religiosos las emociones explosivas de muchos que parece que se convierten en fanatismo, pero que pronto se olvidan y en el día a día de la vida no se manifiestan esas actitudes y valores cristianos. Por eso Jesús emplea esa palabra, permanecer, porque es un amor permanente, un amor para siempre, un amor que no se gasta ni se cansa, un amor que echa raíces en nuestra vida y crece para llenarlo todo de sentido y de valor.

Tenemos que ser unos testigos, pero testigos convencidos que lo que llevan en el corazón lo manifiestan en las actitudes y posturas de su vida de cada día. Es por eso por lo que tenemos que cuidar y cultivar bien nuestra fe para darle esa profundidad que abarque toda nuestra vida. Será así como seremos verdaderos testigos. Esa experiencia de fe, esa experiencia de sentirnos amados de Dios tiene que ser algo hondo en nuestra vida y hemos de saberla ir renovando continuamente para que no se enfríe, para que no vayamos cayendo por esa pendiente de la tibieza que al final se queda en nada.

La celebración de la Eucaristía que cada semana vivimos los cristianos en el día del Señor tiene que ser algo muy vivo. Todos hemos de poner nuestra parte, darle toda esa intensidad no dejándonos llevar por la desgana y la rutina. De cada Eucaristía tendríamos que salir con el espíritu caldeado para llevar luego ese fuego de amor a los demás. Mucho tendríamos revisarnos en este sentido.


viernes, 12 de septiembre de 2025

Emprendamos un camino de sinceridad y humildad en el que vayamos poniendo nuestros granitos de arena que construyan un mundo de luz en que sepamos aceptarnos mutuamente


Emprendamos un camino de sinceridad y humildad en el que vayamos poniendo nuestros granitos de arena que construyan un mundo de luz en que sepamos aceptarnos mutuamente

1Timoteo 1, 1-2. 12-14; Salmo 15; Lucas 6, 39-42

Solemos decir que cada uno tiene su propia visión de las cosas, es cierto y merece todo respeto; pero también hay otro dicho que nos habla de que cada uno ve las cosas según el color del cristal a través del cual mira; nuestras visiones, pues, pueden estar marcadas por nuestras propias experiencias, lo que ha producido en nosotros una reflexión profunda sobre lo que nos va aconteciendo, sacando nuestras conclusiones y nuestras lecciones, o podemos vernos influidos también por lo que hay a nuestro alrededor, las ideas de los que caminan a nuestro lado o incluso por las manipulaciones que realizan los que quieren dirigirnos en una determinada dirección.

¿Cómo salir de una visión parcial o de una visión meramente subjetiva para llevar a una verdad que sea más absoluta y permanente? En eso está el hombre sabio, para lo que trabaja y reflexiona, para llevarnos a lo que es verdaderamente fundamental, para tener esa claridad de visión de lo que sucede e incluso de nuestra propia vida. Es la búsqueda en la que hemos de empeñarnos, es la inspiración que queremos encontrar en la verdadera y autentica sabiduría, es lo que buscamos en Dios, en su revelación y en su palabra. Y no siempre es fácil, pero ese camino de ascensión en nuestra vida hemos de emprender.

A eso nos quiere estar llevando la Palabra de Dios que escuchamos y que hemos de hacerlo con todo respeto y con una gran apertura de nuestro corazón. Es un camino de ascensión que no siempre es fácil. Hoy nos habla Jesús de los ciegos guía ciegos, que es un peligro y tentación en la que podemos caer. Nosotros mismos sin tener una claridad de ideas queremos influir en los demás. ¿Estaremos cayendo en el hoyo como nos dice Jesús?

Pero esto nos tiene que hacer pensar también en esa visión que nosotros podemos tener de los demás. No nos suceda como a aquella mujer que decía que su vecina lavaba mal su ropa y la tendía a secar llena de manchas, hasta que un día alguien le hizo comprender que las manchas no estaban en la ropa de su vecina sino en los cristales de su ventana; era necesario tener bien limpios los cristales de su ventana para poder ver con claridad, para que en verdad la luz radiante del exterior también penetrara en su casa.

Somos nosotros con nuestros prejuicios cuando juzgamos a los demás; la visión que tenemos de los demás está deforme porque en la retina de nuestro corazón guardamos mucha maldad que va a deformar la visión de las cosas, la visión de la vida de los demás. Necesitamos un colirio que nos cure y que nos limpie; en Jesús lo podemos encontrar; El ha venido a poner una luz en nuestro corazón que dará verdadero brillo a nuestra vida, que dará verdadero brillo a nuestros ojos, que nos hará tener una visión clara de la vida, que nos hará ver con nuevos y limpios ojos a los demás.

Hoy nos habla el evangelio de quitar la viga de nuestro ojo antes de querer quitar la parva que pudiera haber en el ojo ajeno. Es cierto que tenemos que corregirnos, porque nos amamos y nos ayudamos a caminar; pero tiene que brillar la delicadeza y la humildad, la delicadeza en las palabras con que nos acercamos al otro siempre derramando ternura, y humildad para saber aceptar que nosotros también somos débiles, tenemos nuestros tropiezos, también tenemos que dejarnos corregir por el hermano. Qué mal nos ponemos habitualmente cuando alguien nos expresa una opinión que pudiera contradecir lo que nosotros decimos o hacemos; cuanto nos cuesta tener la valentía de reconocer que también nosotros nos podemos equivocar; cómo rebrota tantas veces nuestro orgullo y nuestro amor propio prejuzgando que quien nos corrige lo que quiere es hundirnos o destruir lo que nosotros pretendemos construir.

        Si somos sinceros tenemos que reconocer que eso nos pasa con demasiada frecuencia, pero que triste es también el espectáculo que ofrece nuestra sociedad que en lugar de colaborar con buenos deseos se destruye mutuamente porque no sabemos aceptar lo bueno que nos puedan ofrecer los demás. Pongamos nuestros granitos de arena de sinceridad y de humildad que vayan construyendo una sociedad mejor. El Evangelio es una luz que nos guía en este camino que tendríamos que emprender. 

jueves, 22 de mayo de 2025

Aprender a gozarnos en el amor, a disfrutar del amor, a sentir la alegría de sentirnos amados… es el amor que permanece, porque quien se da siente el gozo de amar

 


Aprender a gozarnos en el amor, a disfrutar del amor, a sentir la alegría de sentirnos amados… es el amor que permanece, porque quien se da siente el gozo de amar

Hechos de los apóstoles 15, 7-21; Salmo 95; Juan 15, 9-11

Hacer que las cosas duren, seguramente es un deseo que todos tenemos. Adquirimos algo que pudiéramos considerar importante y lo cuidamos para que no se nos estropee, ni se dañe ni se pierda porque queremos tenerlo para siempre; es una posesión que alguien quizás nos ha regalado y queremos guardarlo porque siempre queremos tener el recuerdo agradecido a quien nos lo donó.

Pero no son las cosas las que queremos conservar y que duren; son los recuerdos de las experiencias que hemos tenido y que siempre tendrán en nosotros un recuerdo permanente por lo dichoso, por ejemplo, que fue esa experiencia, y su recuerdo nos hace permanecer en esa dicha; pero más aun son las personas que han pasado por nuestra vida, nuestros padres y hermanos, nuestra familia y seres queridos, las amistades que hemos tenido que nos han hecho vivir y compartir tantas cosas que queremos que permanezcan, que no nos fallen ni nosotros fallarles, y cuidamos ese cariño y esa amistad, y avivamos en nosotros el deseo de estar siempre a su lado.

Como nos hemos fijado en la medida en que hemos ido avanzando en nuestra reflexión, ya no son solo las cosas las que queremos que permanezcan sino que pasamos a otros recuerdos y a otras experiencias, pero sobre todo llegamos a lo más hermoso y que sí queremos que permanezca para siempre que es el amor que hemos vivido en nuestras relaciones con los demás. ¿Se pueden marchitar esos recuerdos, como se pueden estropear esas cosas que queremos conservar? ¿Se puede marchitar el amor de manera que esa relación se rompa y ya no permanezca? Es lo que no queremos que suceda aunque bien sabemos de nuestras limitaciones y debilidades que pueden ajar muchas cosas bellas de la vida.

Hoy Jesús en el evangelio nos habla de permanecer en el amor. Diríamos que es la huella que quiere dejar en nuestra alma esos momentos supremos que El está viviendo en que precisamente por amor, por el amor que nos tiene, se va a entregar en el más hermoso y profundo amor, dando su vida por nosotros. No olvidemos el marco en el que el evangelio nos sitúa estas palabras de Jesús, en aquella cena pascual que celebró con sus discípulos antes de vivir su Pascua hasta la entrega definitiva y total.

Nos habla del amor del Padre en el que El permanece, nos habla de su amor en el que quiere que nosotros permanezcamos en El, nos está hablando de amor en el que hemos de permanecer para llegar con él también a los demás, a los que hemos de amar con un amor semejante al suyo. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’, nos dice. Así nos ha amado El y en ese amor quiere que nosotros permanezcamos.

¿Qué significa esta permanencia en el amor? Un amor que no se apaga, un amor que siempre es leal, un amor que es fiel, un amor que hemos de cuidar.  Ya sabemos cómo somos que hasta nos cansamos de lo bueno; cuando le hacemos perder intensidad lo volvemos aburrido y monótono, le falta calor y le falta color; entramos en la dinámica de las rutinas en que ya hacemos las cosas sin motivación, sin ganas, como quien cumple un rito más, como si fuera simplemente una obligación que cumplir; hacerlo así es entrar en una peligrosa pendiente que hará que se amor se entibie y lo que se entibia pierde sabor.

Tenemos que aprender a gozarnos en el amor, a disfrutar del amor, a sentir la alegría de sentirnos amados para con ese amor contagiar también a los demás. Es el amor que permanece, porque quien se da siente el gozo de darse, el gozo de amar. Por eso nos señalará que nos ha dicho todo esto para que nuestra alegría sea completa, ‘mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a su plenitud’. Disfrutemos de la alegría del amor, es la felicidad más grande que podemos alcanzar.

domingo, 20 de abril de 2025

Aleluya, tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado

 


Aleluya, tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado

Lucas 24, 1-12

Jesús lo había anunciado con toda claridad, pero a los discípulos les había costado entender. Pedro había intentado quitarle esa idea de la cabeza cuando Jesús había hablado de que iba a ser entregado en manos de los gentiles que le llevaría a la muerte; por eso ahora había sido un golpe muy grande su prendimiento en Getsemaní que les había hecho temblar llenos de cobardía, algunos se habían refugiado en el cenáculo donde había sido la cena pascual y los más atrevidos como Pedro y Juan habían llegado hasta el patio del sumo sacerdote, pero Pedro había claudicado y le había negado. Sólo Juan, el discípulo amado, había sido capaz de llegar hasta el calvario para recibir como testamento el cuidado de la madre.

Habían pasado las horas del sábado, obligados por el descanso sabático, y las mujeres en la mañana habían querido llegar al sepulcro para poder embalsamar debidamente según todos los ritos el cuerpo muerto de Jesús. No habían pensado quien les correría la piedra de la entrada del sepulcro, pero el sepulcro estaba abierto; en su interior no habían encontrado el cuerpo de Jesús y un ángel del cielo les había dicho que por qué buscaban entre los muertos al que estaba vivo, pues Jesús había resucitado.

Habían traído la noticia al cenáculo donde seguían reunidos los discípulos, pero ellos tampoco les habían creído. Eran visiones de mujeres. ‘Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron’, dice el relato del evangelista. Solo Pedro había ido al sepulcro y comprobó que allí no estaba el cuerpo de Jesús, regresó impresionado, pero seguían con sus dudas y con sus miedos.

¿Qué necesitaban para creer? Solo el sepulcro vacío no bastaba. Era necesario algo más que luego se iría produciendo en todos ellos, el encuentro vivo con Jesús resucitado. Los ángeles les habían dicho lo mismo que Jesús les había anunciado. ‘Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar’.

Es el mensaje que hoy nosotros seguimos recibiendo. Es bueno y necesario el testimonio de la fe de los creyentes a través de la historia desde la experiencia de los apóstoles hasta lo que hoy nosotros queremos vivir. Pero una cosa es muy importante, que nosotros por la fe también lleguemos a tener la misma experiencia, que nosotros vivamos también ese encuentro con Cristo resucitado allá en lo más hondo de nuestra vida. Es lo que va a despertar nuestra fe, es lo que a nosotros también tiene que convertirnos en testigos, es lo que nosotros tenemos que vivir.

Es lo que nosotros en este día de Pascua celebramos, a Cristo resucitado, porque lo vivimos, porque lo experimentamos dentro de nosotros, porque sentimos igualmente su presencia en nuestra vida. Es lo que nos hace testigos y lo que tenemos que repetir al mundo para que crea; pero lo vamos a repetir no solo con palabras sino con nuestra vida; lo vamos a proclamar y gritar a los cuatro vientos, pero lo vamos a expresar en nuestra forma nueva de vivir, porque con Cristo, con su presencia en nuestra vida, nosotros también hemos renacido a una vida nueva. Eso, vida nueva. Algo nuevo tiene que manifestarse en nosotros, que será lo que podrá transformar nuestro mundo.

Este mundo nuestro que nos rodea con su materialismo y con su violencia, este mundo tan lleno de vanidades pero al mismo tiempo deseando algo nuevo y algo mejor, pero sin saber a veces por donde camina; este mundo nuestro que se desmadra buscando felicidad y que solo la pone muchas veces en placeres efímeros, este mundo que nos parece sin corazón que se encierra tantas veces en la insolidaridad y el egoísmo, este mundo ambicioso y orgulloso que busca satisfacciones o que ansía el poder para dominar y controlar, este mundo necesita unos testigos que le digan que hay otro camino de felicidad, ese mundo nuestro que necesita una transformación y que solo le llegará desde unos testigos verdaderamente comprometidos en otros valores.

Ahí tenemos que ser testigos, nosotros los que creemos en Cristo resucitado podemos y tenemos que decirle con el testimonio de nuestra vida que es posible un mundo mejor. No nos creerán solamente por nuestras palabras, pero el testimonio de nuestras obras es el camino del convencimiento. No siempre hemos sido capaces de hacerlo, porque también a nosotros en ocasiones nos entran dudas y nos acobardamos. Tenemos que despertar nuestra fe.

Tenemos que sentirnos en verdad transformados con la presencia del Señor resucitado en nuestras vidas que se hacen distintas. También nosotros desde las sombras de nuestra vida, desde nuestros miedos y cansancios, desde nuestros sufrimientos e incertidumbres, desde nuestras angustias y nuestras penas, desde nuestras derrotas y fracasos, desde nuestras luchas pero también desde nuestro amor y nuestros compromisos queremos sentir que Cristo resucitado transforma nuestra vida, fortalece nuestra vida.

Tiene que resplandecer de nuevo el camino del amor que transformará nuestro mundo desde nuestra experiencia y vivencia de Cristo resucitado. Así viviremos la alegría de la Pascua, así proclamaremos de verdad que Cristo ha resucitado. ¡Aleluya!

viernes, 27 de diciembre de 2024

Hacen falta testimonios de experiencias de fe, el mundo necesita testigos y eso tenemos que ser nosotros ante el mundo, lo que vimos y palpamos es lo que transmitimos

 


Hacen falta testimonios de experiencias de fe, el mundo necesita testigos y eso tenemos que ser nosotros ante el mundo, lo que vimos y palpamos es lo que transmitimos

1 Juan 1, 1-4; Salmo 96; Juan 20, 1a. 2-8

Yo viví con él… Están hablando de alguien al que todos creen conocer, cada uno manifiesta por qué lo aprecia, lo que conoce de él, quizás las cosas que haya hecho y no terminan de ensalzar sus valores y virtudes, cada uno desde su apreciación, pero llega alguien que dice ‘yo lo conozco, yo viví con él mucho tiempo…’ Ya nadie pudo decir nada nuevo, allí estaba quien lo conocía mejor, porque con él  había convivido.

Es lo que nos viene a decir hoy el evangelista al que estamos celebrando. Ya desde los primeros momentos junto con Andrés se había atrevido a acercarse a Jesús y le preguntaba ‘¿Dónde vives?’ y Jesús les había respondido ‘venid y lo veréis’ y se fueron con él aquella tarde; tan importante había sido aquel momento que siempre recordaría incluso la hora de ese encuentro y esa petición. ‘Serían como las cuatro de la tarde’.

Hoy nos dirá al principio de su carta que lo que han visto y oído, lo que han palpado con sus propias manos – y recordamos como estuvo recostado en el pecho de Jesús en la noche de la ultima cena – ahora no pueden callarlo, tienen que decírnoslo, tienen que trasmitirlo y de eso nos quieren dejar constancia. Está su evangelio, están sus cartas que nos hablan de Jesús, que nos trasmiten el mensaje de Jesús, que no solo es relatarnos hechos, sino algo más hondo porque nos trasmiten la vida misma.

Es el apóstol y evangelista que hoy estamos celebrando aquí en estas fechas tan cercanas al nacimiento de Jesús, dentro de la octava de la Navidad. Aquel discípulo, como nos narra hoy el evangelio, que entrando al sepulcro vacío, viendo las vendas por el suelo y el sudario enrollado por otro lado, nos dice ‘vió y creyó’.

¡Qué importante esta experiencia! Nos habla de lo que vio, lo que experimentó, lo que palpó y ya tenemos que decir que no solo con las manos sino con su corazón, y desde ahí nos está hablando, desde ahí  nos está haciendo conocer a Jesús, desde ahí nos trasmite la buena noticia, el evangelio de nuestra salvación.

Pero qué importante lo que nosotros experimentemos, lo que nosotros vivamos, porque el testimonio que tenemos que dar no pueden ser solo palabras, no puede ser solamente desde cosas aprendidas o que hayamos recibido de los demás, aunque eso también sea importante; es lo que nosotros hemos de vivir, es esa experiencia de fe que nosotros tengamos, es lo que ha ido alimentando nuestra vida y nos ha hecho llegar a donde estamos, a ser lo que somos, a la vivencia que hay en nosotros.

Somos testigos que no solo tenemos que decir lo que otros nos han transmitido, sino lo que hemos hecho experiencia de nuestra vida. Y todos tenemos un camino recorrido, todos tenemos una experiencia de vida que parece que algunas veces se nos queda obnubilada con el paso del tiempo, hay muchas experiencias pasadas a las que tenemos que saber dar importancia, porque han sido los pasos que hemos dado; nunca son pequeños ni insignificantes, siempre tienen su importancia.

Es bueno que recordemos, es bueno que revivamos y reavivemos, es bueno que volvamos a caldear nuestro espíritu, para que nuestra fe no se enfríe ni se debilite, para que entonces nuestro testimonio sea más creíble, para que nosotros con el calor de la fe que vivimos caldeemos también el corazón de los demás y despertemos su, les ayudemos a que también tengan esa experiencia de fe. Así haremos camino de Iglesia, así podremos seguir haciendo ese anuncio, así podrá crecer el numero de los que creen en Jesús.

Hacen falta esos testimonios. El mundo necesita testigos y eso tenemos que ser nosotros ante el mundo.

sábado, 12 de octubre de 2024

El Pilar un lugar importante en la historia de nuestra vida y nuestra tierra, una presencia de María que significa mucho en nuestra fe, que es también el camino de nuestra historia

 


El Pilar un lugar importante en la historia de nuestra vida y nuestra tierra, una presencia de María que significa mucho en nuestra fe, que es también el camino de nuestra historia

1Crónicas 15, 3-4. 15-16; 16, 1-2; Salmo 26; Lucas 11, 27-28

Siempre en la historia de nuestra vida tenemos lugares que nunca podremos olvidar, recuerdos de momentos vividos en ese lugar, experiencias que nos llegaron al alma o acontecimientos que fueron importantes en nuestra historia personal o que quizás hayan sido hitos valiosos para nuestros familiares o nuestros antepasados y que nosotros tratamos de guardar con sumo cuidado; forman parte de nuestra historia, de nuestra vida que quizás dejaron una huella en el alma. Volver a aquel lugar nos trae recuerdos, es más, nos hace revivir parte importante de nuestra vida, nos produce emoción en el alma y probablemente hablemos a los que vienen tras nosotros con gran entusiasmo.

Igual que hemos venido hablando de lugares, podemos hacerlo también de personas que han sido importantes en nuestra vida; se hicieron presentes junto a nosotros quizás en momentos difíciles y eso no lo podremos olvidar nunca, nos dijeron una palabra que fue un abrir caminos para nuestra existencia, o su ejemplo se convierte para nosotros en un estimulo y un acicate para seguir con entusiasmo nuestro camino. Personas que siempre recordaremos, que nos gustaría sentir su presencia y de una forma o de otra siempre las sentimos a nuestro lado.

He comenzado trayendo a la memoria esas experiencias, que cada uno por si mismo en su historia personal lo verá de una forma muy concreta – cada uno tenemos nuestros recuerdos y nuestras experiencias que han sido vitales para nosotros -, digo que he traído a la memoria estas experiencias, como punto de partida de la reflexión que nos podemos hacer hoy cuando estamos celebrando a la Virgen en su Advocación del Pilar.

Por supuesto siempre celebrar a la Virgen María es para nosotros lo más grato porque la miramos, sí, como nuestra madre, pero también como la Madre de Dios al darnos a Jesús con todo lo que supuso su presencia en la historia de la salvación. No podemos olvidar nunca su lugar, su presencia junto a Jesús, y el lugar en que El la ha colocado al lado de su Iglesia como Madre que camina a su lado y la protege. Siempre es una experiencia hermosa celebrar a María que llena el alma del gozo más grande.

Pero he querido pensar en todo esto en esta fiesta concreta de la Virgen del Pilar que hoy celebramos. Podemos hablar de tradiciones que se han hecho historia, pero algo grande han significado en la historia de la Iglesia en España ya desde sus comienzos. La tradición nos habla de la presencia del Apóstol Santiago en nuestras tierras hispanas anunciando el evangelio de Jesús. No fueron, es cierto, muchos años pues pronto sería el primero de los apóstoles que diera su vida por su Jesús al ser decapitado en Jerusalén por el rey Herodes.

Pero la tradición nos habla de su tarea como apóstol en estas lejanas tierras. Y es cuando la tradición nos habla de esa presencia de María, milagrosamente y nunca podemos negar la posibilidad de los milagros de Dios, una presencia de María mientras aun vivía en carne mortal, para alentar al apóstol que aquí anunciaba el evangelio de Jesús. Y allí junto al Ebro quedó ese pilar como signo de esa presencia de María entre nosotros, que tanto fortaleció entonces el ánimo del apóstol, como ha seguido alentando a los que seguimos a Jesús en nuestras tierras, para convertirnos también a lo largo de los siglos en evangelizados a lo largo y ancho del mundo.

Es importante, entonces, ese lugar y esa presencia de María, como un signo sobre ese Pilar allí a las orillas del Ebro, pero presente siempre en el corazón de los cristianos españoles, que la llamemos Pilar o le demos cualquier otro nombre o advocación de nuestra devoción que nos ha ayudado a mantener la fe, fortalecer nuestra esperanza y avivar continuamente nuestro amor en ese seguimiento de Jesús y en ese testimonio del evangelio que queremos dar ante el mundo.

Pidamos la intercesión de María, la Madre del Señor y nuestra madre, para que se mantenga viva la fe en España. Habían sido momentos oscuros aquellos por los que pasaba el apóstol en la predicación del Evangelio en nuestras tierras y María fue ese faro de luz y de esperanza.

Nuestros momentos tampoco hoy son fáciles y necesitamos reavivar nuestra fe, mantener viva nuestra esperanza, porque el evangelio de Jesús sigue siendo esa respuesta de salvación que el mundo de hoy necesita, que nuestra tierra española necesita, y que la presencia de María sigue manteniéndonos firmes y llenos de esperanza; que con María a nuestro lado en el camino de la vida nos impulse a que sigamos siendo esos anunciadores del evangelio en medio del mundo, como lo fueron tantos antes de nosotros para llegar el evangelio a las tierras que llamábamos del nuevo mundo, pero decimos hoy a todas las tierras del mundo que tenemos que hacer nuevo desde la renovación del Evangelio.

Es el hondo sentido que hemos de darle a nuestra fiesta del Pilar. Es un lugar importante en la historia de nuestra vida y nuestra tierra; es una presencia la de María que significa mucho en el camino de la fe, nuestro camino personal de fe, pero también el camino de nuestra historia. Muchas cosas tenemos que reavivar.


jueves, 12 de septiembre de 2024

La experiencia del perdón es una experiencia insuperable porque es una experiencia de amor sin lo cual nunca lo entenderíamos ni lo asumiríamos

 


La experiencia del perdón es una experiencia insuperable porque es una experiencia de amor sin lo cual nunca lo entenderíamos ni lo asumiríamos

1 Corintios 8, 1b-7. 11-13; Salmo 138; Lucas 6, 27-38

La experiencia del perdón es una experiencia insuperable porque es una experiencia de amor. Sin el amor no lo entenderíamos, porque aflorarían otras tensiones y pasiones que nos obnubilarían de tal manera que no lo llegaríamos a entender ni poder vivir.

Claro que cuando comenzamos hablando del perdón enseguida nos vienen a la mente experiencias dolorosas que hayamos tenido alguna vez en la vida y en lo primero que pensamos es el perdón que tendríamos que otorgar a los demás; y claro, eso se nos atraganta y no siempre es fácil de asumir, tenemos que reconocer.

Pero cuando ahora estamos hablando de perdón ¿por qué no empezamos por otro camino? ¿Por qué no pensamos en la experiencia que hayamos tenido nosotros de ser perdonados? Porque todos alguna vez en la vida hemos necesitado de ser perdonados, porque sabemos que cometemos errores, hacemos algo que puede molestar o dañar a los demás, podemos ofender aunque tengamos las mejores intenciones del mundo en lo que hacemos. 

Alguna vez nos hemos visto apesadumbrados por algo que hemos hecho, y casi nos sentimos incapaces de acercarnos a aquel a quien hemos molestado con algo; y quizás cuando por fin nos hemos acercado nos encontramos que aquella persona llena de generosidad nos dice que todo eso para ella está cancelado, en una palabra que nos ha perdonado y quizás sin exigirnos nada. ¿Cómo nos hemos sentido? Seguro que habremos sentido una liberación interior difícil de explicar.

En mi reflexión he querido ir dando estos pasos, pero creo que el paso primero que hemos de dar es en nuestra relación con Dios; y experimentar en nosotros todo lo que es el amor de Dios que se derrama en nuestra vida y que también se hace perdón para nosotros. Nos sentimos amados, y porque nos sentimos amados sabemos que somos perdonados, y somos perdonados con la generosidad del  amor de Dios que siempre va a superar la mejor generosidad que nosotros podamos ofrecer.

Es desde esa experiencia de la que tenemos que partir y obrar en consecuencia. Si Dios así me ama y me perdona, ¿Quién soy yo para negar ese amor y ese perdón a quien me haya ofendido? ¿No es precisamente el mandamiento del amor lo que se nos ha puesto como distintivo a los que seguimos a Jesús, a los que nos llamamos cristianos? Y nos dice que nos amemos al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. ¿Y si nos amamos no queremos que sean también buenos con nosotros, que sean misericordiosos con nosotros? De la misma manera tenemos que ser misericordiosos con los demás. Es que estamos entrando en la dinámica del amor. Y ese perdonar, porque también nosotros nos sentimos perdonados, como decíamos, es una experiencia insuperable, es una experiencia de amor.

Hoy nos habla Jesús del amor a los enemigos, del amor también a los que no nos aman, porque nuestro amor tiene que ser siempre generoso y universal. ¿En que nos vamos a distinguir si somos seguidores de Jesús? ¿En hacer lo que hace todo el mundo? Como nos dice Jesús saludar a los que nos saludan eso lo hacen también los que no creen en Jesús, como ayudar solo a los que los ayudan. Entonces no habría nada diferente en nuestra vida desde esa fe que tenemos en Jesús y desde esa experiencia del amor de Dios que experimentamos en nuestra vida.

Es el camino que nos distingue a los seguidores de Jesús.

martes, 25 de abril de 2023

Marcos supo transmitir la buena noticia de Jesús, el Hijo de Dios, sepamos transmitirla nosotros con nuestras palabras y sobre todo con el testimonio de nuestra vida

 


Marcos supo transmitir la buena noticia de Jesús, el Hijo de Dios, sepamos transmitirla nosotros con nuestras palabras y sobre todo con el testimonio de nuestra vida

1Pedro 5, 5b-14; Sal 88; Marcos 16, 15-20

Quien guarda en su interior la experiencia de algo maravilloso que le ha sucedido en la vida, no podrá aguantarse hasta que se lo comunique a los demás. Todos en alguna ocasión hemos visto a alguien que ha llegado a nuestro lado y anda como inquieto y al mismo tiempo se nota en su rostro como un aura con su sonrisa de que algo le ha pasado y seguramente le habremos dicho, anda, suéltalo ya, cuéntame eso que me quieres decir. Notábamos que llevaba algo dentro que como que le quemaba si no lo decía y andaba buscando palabras u ocasión para soltar como una explosión desbordante lo que le quemaba en su interior.

Me pregunto si en verdad nosotros los cristianos llevamos ese fuego interior que se quiere desbordar porque sentimos que tenemos que comunicar lo que nosotros estamos viviendo por dentro. Triste es que muchas veces parece que ese fuego se ha apagado o no ha terminado de arder con fundamento dentro de nosotros. 

¿Le daremos en verdad importancia al evangelio en que creemos, a la fe que decimos que tenemos, a lo que significa la presencia de Jesús en nuestra vida? Triste que se nos apague ese fuego y cuando vamos al encuentro con los demás no tengamos de qué hablar, no seamos capaces de hablar, de trasmitir esa fe que tendría que animar nuestra vida.

Hoy hemos escuchado lo que es el final del evangelio de san Marcos, precisamente cuando estamos celebrando la fiesta de este evangelista. Nos transmite el evangelista la buena nueva de la resurrección del Señor, e inmediatamente vienen las palabras de Jesús enviándonos por todo el mundo para anunciar ese evangelio, para anunciar esa buena nueva. ‘Se apareció Jesús a los once y les dijo: ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará…’ No podía ser menos, se ha encontrado con Jesús resucitado y tendrán que salir a comunicarlo.

‘Ellos se fueron a predicar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban’. ¿No tendrán que ser también esas las señales que tienen que acompañar la vida de los cristianos en el cumplimiento del mandato de Jesús de anunciar el evangelio?

Es la palabra de la salvación que a todos ha de abarcar. Pero ha sido una palabra que nos transforma. Por eso ya nuestra presencia en medio del mundo va a ser distinta. Transformados nosotros nos convertimos en signos de renovación en medio de nuestro mundo. Inundados por ese amor del Señor que nos salva, toda nuestra vida será amor, en obras de amor nos vamos a ir manifestando, el mal se va venciendo, la vida va comenzando a brillar de una forma nueva. 

Nos habla de que los enfermos se curan y los muertos resucitan, porque ya nuestra presencia para siempre tiene que ser signo de vida. La muerte y el mal han sido derrotados y las penas y las angustias se transformarán en paz y en alegría porque va a comenzar a tener un brillo especial el amor.

Son los milagros que tenemos que ir realizando día a día. No serán cosas portentosas y extraordinarias, sino que extraordinaria será la intensidad que le vamos dando a la vida desde las cosas más pequeñas. Comenzarán a brillar con un brillo nuevo los pequeños detalles de ternura y de solidaridad, de cercanía a los demás sea cual sea la situación que vivan, de ilusión y de esperanza que vamos despertando desde ese amor que vamos compartiendo, desde esa responsabilidad con que nos vamos tomando la vida, desde esa nueva sintonía que queremos mantener con todos los que nos rodean.

Esa presencia nuestra transformada por la fe y el amor hará que contagiemos nuestro mundo de un perfume nuevo donde todos sintamos más agradable la vida y donde aprenderemos a hacernos felices los unos a los otros. 

Es el anuncio de evangelio que vamos haciendo con nuestra vida, es como vamos haciendo más presente a Dios en ese mundo que vivimos y en las personas que nos rodean, es como desde ese evangelizar vamos haciendo despertar los corazones para que busquen a quien descubren que es la causa de nuestra alegría y lleguen a encontrarse con Jesús y con el evangelio.

Creo que es el compromiso que tiene que nacer en nuestros corazones cuando hoy estamos celebrando la fiesta de san Marcos evangelista. Supo transmitir la buena noticia de Jesús, el Hijo de Dios, sepamos transmitirla nosotros con nuestras palabras y sobre todo con el testimonio de nuestra vida.


martes, 11 de abril de 2023

También nos sale al encuentro Jesús resucitado, nos llama por nuestro nombre y nos envía a anunciar a los hermanos lo que hemos visto y oído

 


También nos sale al encuentro Jesús resucitado, nos llama por nuestro nombre y nos envía a anunciar a los hermanos lo que hemos visto y oído

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18

Al final podrá María Magdalena correr hasta donde están los discípulos, aún encerrados después de todo lo sucedido, para anunciarles que ha visto al Señor. Pero le ha costado muchas lágrimas. Había estado al pie de la cruz como de las primeras, muy valiente en aquellos momentos difíciles. Le había visto exhalar el último suspiro y había estado muy atenta del sepulcro donde habían colocado el cuerpo de Jesús. No había podido hacer otra cosa en el día del sábado porque el descanso sabático le impedía realizar el trabajo que tanto estaba deseando.

Ella también quería ser de las primeras que aquel primer día de la semana, pasado ya el sábado y la noche, para venir a embalsamar el cuerpo de Jesús. Pero allí no estaba. ¿Se lo habían robado? ¿Quién había tenido tal atrevimiento? Otros evangelistas nos hablaran de las mujeres que habían vuelto y de camino Jesús les había salido al encuentro, o de Magdalena corriendo para anunciar a los discípulos que se habían robado el cuerpo de Jesús – ya lo meditaremos en otro momento – pero Lucas nos habla ahora de María Magdalena, llorosa, a la entrada del sepulcro. Los ángeles que les habían anunciado a las mujeres la resurrección de Jesús y que no buscasen al que estaba vivo en el reino de la muerte, le preguntan ahora a María Magdalena por qué llora.

No hay otra obsesión en la cabeza de quien tanto había amado a Jesús, porque también tanto se había visto perdonado en su encuentro con Jesús. Repetirá una y otra vez la misma cantinela, ‘porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Ella quería estar con Jesús. Estaría dispuesta incluso a llevarse el cuerpo muerto de Jesús para darle sepultura allí donde ella pudiera estar siempre a su lado, tanto es la fuerza del amor.

Será lo que repite a quien ella cree que es el encargado del huerto. ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’. Está dispuesta a todo. Pero sus lágrimas le han sellado los ojos como para no reconocer con quien está hablando. Cuando nos obsesionamos con nuestras angustias, ciegos y sordos nos volvemos. Hasta lo que era lo más palpable, aquello que siempre habíamos creído y que incluso nos había valido para consolar a otros, ahora de nada nos sirve porque nuestra mente se ha bloqueado.

¿No te he dicho que si crees todo será posible?, le diría un día a Jairo cuando marchaban a su casa y le traían malas nuevas. Es el grano de fe que mueve montañas. Es el grano de fe que nos hará ver las maravillas del Señor. Es lo que le pide a Marta y a María cuando ellas sienten la pena de que Jesús no había estado con ellas en los momentos de la enfermedad y la muerte de su hermano. Te he dicho que si crees vivirá, les dice. Es la fe que va pidiendo a cuantos se acercan a El a lo largo del evangelio. Tú fe te ha salvado. Y no nos podemos dejar envolver por las tinieblas. El centurión romano se siente incluso incapaz de ir por si mismo a pedir a Jesús por su criado, pero cuando se entera que viene Jesús le saldrá al encuentro para reconocer humilde que no es digno de que Jesús vaya a su casa, pero cree en la palabra de Jesús que con solo una palabra puede salvarle.  

Ahora será una palabra la que va a despertar a María Magdalena, le va abrir los ojos porque cesarán ya para siempre sus lágrimas. ‘María’, le dice Jesús. No es necesario más. ‘Maestro’, exclamará la Magdalena y ya la vemos a los pies de Jesús. Se acabaron las tinieblas que velaban sus ojos, se acabaron las angustias que le embargaban el corazón, se acabaron las lágrimas porque ahora todo será alegría y fiesta, ya se podrá quedar aletargado al pie del reino de la muerte sino que correrá a anunciarlo a los hermanos. ‘He visto al Señor, y me ha dicho esto’.

Despertemos nosotros a esa fe, salgamos de nuestro letargo para escuchar también esa Palabra de Jesús que nos llama por nuestro nombre. Nos llama por nuestro nombre y nos envía también al encuentro con los hermanos para hacerles el anuncio de la Palabra de Jesús. Es lo que tenemos que seguir anunciando aunque la gente no nos crea. Quizás muchos nos mirarán con lástima o con desdén cuando nosotros estos días hablamos de la resurrección de Jesús y como nosotros estamos llamados a esa resurrección y a esa vida. Le es más fácil a las gentes del mundo de hoy el creer en reencarnaciones que creer en la resurrección de Jesús y hasta querrán que cambiemos la palabra, porque, nos dicen, tenemos que adaptarnos a los tiempos modernos.

No es cuestión ni de adaptaciones ni modernismos. Nosotros vamos con la experiencia del encuentro vivo con Cristo resucitado como lo hemos vivido en estos días de la semana santa y sobre todo en la noche de la vigilia pascual. Es sentir que Jesús está vivo en esa vida nueva que estamos sintiendo allá en lo más hondo del corazón. Escuchamos también, como Magdalena, esa voz del Señor que nos habla, que nos llama por nuestro nombre, que se convierte en el centro de nuestra vida, de nuestra existencia toda, por lo que nos sentimos impulsados a algo nuevo, por lo que sentimos esa nueva paz interior.

También pasamos por momentos de lágrimas y de angustias, pasamos por momentos de sentirnos unos bellacos a causa de nuestro pecado, de sentirnos rotos por dentro y sin encontrar salidas para nuestras tinieblas, pero con la presencia de Cristo resucitado en nuestras vidas todo es distinto, hay de verdad una luz que nos guía, hay una fuerza interior que nos impulsa, hay una paz que llena e inunda nuestro corazón porque nos sentimos amados, porque nos sentimos perdonados, porque nos sentimos con esa túnica nueva con que el Padre quiere vestirnos.

Y haya sido lo que haya sido nuestra vida, como María Magdalena a la que Dios había perdonado sus muchos pecados, podemos también hacer el anuncio que nadie nos podrá acallar, es verdad, ha resucitado el Señor.

jueves, 6 de octubre de 2022

Habremos experimentado muchas veces la paz que sentimos en nuestro corazón cuando con nuestras necesidades o nuestras angustias sabemos ponernos en las manos de Dios

 


Habremos experimentado muchas veces la paz que sentimos en nuestro corazón cuando con nuestras necesidades o nuestras angustias sabemos ponernos en las manos de Dios

Gálatas 3, 1-5; Sal: LC. 1, 69-70. 71-72. 73-75; Lucas 11, 5-13

Tenemos una instancia que presentar ante un determinado organismo, hay algo que deseamos pero que está en manos de otro el que se nos pueda conseguir, andamos preocupados por la forma cómo vamos a presentar esa instancia, o cómo vamos a hacer esa petición para que nos concedan aquello que tanto deseamos. ¿Cómo hacerlo? ¿A quien acudimos? ¿De quién nos valemos?

Cuando nos vamos haciendo esta reflexión con estos presupuestos que hemos planteado parece como si todo se dirigiera a organismos superiores a nosotros o a personas de gran poder o influencia de quien pueda depender la solución a eso que anhelamos; pero esto sucede también en cosas más cercanas a nosotros, como pueda ser en el ámbito familiar, como pueda ser entre vecinos, compañeros de trabajo o incluso amigos; ¿cómo hacemos para lograr de esa persona, familiar, vecino, compañero o amigo, lo que deseamos? Si es algo que es importante para nosotros seguro que hasta nos pondremos pesados en nuestras peticiones a fin de poderlo lograr.

De esto nos está hablando Jesús hoy en el evangelio pero en referencia lo que es nuestra relación con Dios y lo que ha de ser nuestra oración. Por supuesto que con corazón agradecido cuando nos acercamos a Dios en nuestra oración tendríamos que comenzar con la alabanza y humildemente las muestras de agradecimiento a Dios por cuanto nos regala comenzando por la vida misma. Pero conociendo el corazón de Dios ¿a quién vamos a acudir en nuestras necesidades?

Somos pobres ante Dios, de nada nos valen las autosuficiencias y los orgullos. Es más con humildad tenemos que saber acercarnos a Dios; con humildad sí, pero no con temor; con humildad pero con confianza; con humildad, es cierto, pero dejándonos contagiar y envolver con su amor para ofrecerle también nosotros nuestro amor aunque sea pequeño y lleno de debilidades; con humildad pero con la certeza de que El nos escucha y siempre nos dará lo mejor que necesitamos, mucho más y mejor incluso que lo que nosotros le vamos a pedir.

Nos habla Jesús del amigo que con confianza porque es amigo, pero con insistencia y perseverancia para hacerlo levantar incluso de la cama donde ya está descansando, va a pedirle aquello que ahora necesita de forma perentoria. Es aquello de la constancia de la viuda que pide justicia con insistencia y perseverancia. Quiere el Señor que le pidamos aquello que necesitemos, pero quiere que aprendamos a hacerlo porque nos dejemos conducir por el Espíritu que, como nos dirá san Pablo, rugirá en nuestros corazones poniendo en nuestros labios lo mejor que podamos pedirle al Señor.

Por eso nos dice hoy Jesús tajantemente: ‘Pues yo os digo a vosotros: pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre’.

No hemos de tener miedo, pues, de pedir, de llamar, de buscar, de insistir en nuestra petición. Seremos escuchamos, se nos dará cuanto necesitamos, encontraremos aquello que buscamos, se nos abrirá la puerta del corazón de Dios para que entremos a morar en El. Es lo que nos enseña Jesús con la formula de oración que nos propone, el padrenuestro. Ahí están nuestras necesidades materiales – el pan de cada día – como estará todo lo que necesitamos para tener paz en el corazón – perdón recibido y otorgado -. Ahí está esa fuerza que necesitamos en el camino que nos hace fuertes para superarnos y para crecer, para liberarnos de todo lo malo – líbranos del todo mal y no nos dejes caer en la tentación - y para dejarnos inundar por su amor – venga a nosotros tu reino -.

Seguro que lo habremos experimentado muchas veces – tenemos que recordarlo saber dar gracias por ello - la paz que sentimos en nuestro corazón cuando con nuestras necesidades o nuestras angustias sabemos ponernos en la manos de Dios. Habrá una paz dentro de nosotros que en ningún otro sitio podremos encontrar. No necesitamos otras influencias porque sabemos que quien nos escucha es nuestro Padre.

domingo, 17 de abril de 2022

La luz pascual de Cristo resucitado que se ha encendido en esta noche es luz de esperanza también para nuestro mundo y somos testigos y portadores de esa luz

 


La luz pascual de Cristo resucitado que se ha encendido en esta noche es luz de esperanza también para nuestro mundo y somos testigos y portadores de esa luz

Romanos 6, 3-11; Lucas 24, 1-12; Juan 20, 1-9

‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?’ Sorpresa, asombro, desconcierto una vez más para aquellas buenas mujeres. Habían pasado por un trance bien amargo en la mañana y en la tarde del viernes. Con buena voluntad habían preparado sus aromas y sus ungüentos para embalsamar debidamente el cuerpo de Jesús, que no lo habían podido hacer en la tarde del viernes por ser el día de la preparación y al caer la tarde ya nada podían hacer. Ahora se encuentran removida la piedra del sepulcro, el cuerpo de Jesús que no está allí y aquella aparición de ángeles con sus anuncios. ‘¿Por qué buscar entre los muertos…?

Aunque por naturaleza decimos que amamos la vida, buscamos la vida, defendemos la vida, sin embargo nos gusta husmear entre sombras de muerte; para algunos después de determinados momentos de la vida parece que todo girara ya en torno a la muerte y al sepulcro.

Envolvemos con demasiados crespones negros la vida; envolvemos demasiado la vida con sombras y negruras; decimos que amamos la vida y destruimos la vida, demasiada muerte metemos entre nosotros; nos oscurecemos con demasiadas sombras cuando nos destruimos, nos hacemos daño, dejamos que impere la violencia, detrás de nuestras ambiciones no nos importa destruir lo que sea. A niveles grandes con nuestras guerras - ¡cuánta destrucción! -, pero a niveles no menos grandes en la cercanía de los unos y los otros con tantos traspiés que nos vamos haciendo los unos a los otros. ¿Qué buscamos?

¿Qué buscaban aquellas mujeres cuando fueron aquella mañana al sepulcro? Buena voluntad no les faltaba pero se les estaba ofreciendo mucho más de lo que buscaban. Se les estaba haciendo un anuncio muy importante capaz de cambiar la historia. ‘¡No está aquí!’ No está en el sepulcro y en la muerte. ‘¡Ha resucitado!’


‘Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea, cuando dijo que el Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de hombres pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar’
. Es el anuncio grande que reciben. Su Palabra se ha cumplido. No busquen la muerte, no busquen a uno que ha sido derrotado, busquen al vencedor de la muerte. ¡Ha resucitado! ¡Ha triunfado la vida! De nuevo brilla la luz. Es el momento de la victoria definitiva. Contemplemos al resucitado, al que vive.

La sorpresa, el asombro, el desconcierto de los primeros momentos se transformó en alegría. Una alegría de la que tenían que contagiar a los demás. Por eso fueron corriendo al encuentro de los demás discípulos para contar cuánto les había sucedido. A todos les cuesta creer, pero ellas ya tienen la experiencia. Por eso algunos correrán de un lado para otro en aquella mañana con visitas también al sepulcro para comprobar que estaba vacío. Pero no era suficiente, lo podían haber robado como seguía pensando María Magdalena; tenían que ir todo teniendo la experiencia del encuentro con el resucitado. Todos al final se convertirían en transmisores de esa buena nueva, de esa gran noticia, Cristo había resucitado.

No olvidemos una cosa que hemos ido teniendo muy en cuenta en estos días. Jesús nos había invitado a sentarnos a su mesa en la cena de la Pascua; así vivimos aquellos momentos. Con Jesús habíamos realizado todo el camino de la pasión hasta hacernos presentes también al pie de la cruz en el Gólgota. Jesús también quiere salirnos al encuentro en esta noche y en este día de pascua para hacernos partícipes también de esa misma experiencia. Nosotros también estamos invitados por una parte a vivir esta alegría de la Pascua pero también a contagiarla al mundo que nos rodea.

Cristo resucitado también nos sale al encuentro aunque nosotros sigamos revolviéndonos entre sombras y entre muertes en el hoy y ahora de nuestra vida y de la misma situación que vive el mundo. La experiencia de la resurrección del Señor no es algo que podamos relegar solo al tiempo de los apóstoles y en aquellos momentos vividos en Jerusalén. Hoy Cristo viene a nosotros para decirnos que es posible salir de esas sombras en que nos vamos envolviendo.

La luz pascual de Cristo resucitado que simbólicamente hemos encendido en esta noche es luz de esperanza también para nuestro mundo. Es hora de encender esa luz, de encender esa nueva esperanza para nuestro mundo. Es la tarea de los testigos de la resurrección. No podemos seguir dejándonos envolver por esos agobios y esas angustias; no podemos seguir postrados en nuestros desalientos y nuestras desesperanzas; es posible algo nuevo, es necesario sentir la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado que renueve nuestros corazones y renueve nuestro mundo, nuestra sociedad; son posibles los caminos de la paz y de una nueva solidaridad; no podemos pensar que todo está perdido.

Signos bonitos de solidaridad hemos sido capaces de tener en los peores momentos por ejemplo de la pandemia que hemos vivido y tenemos que ser capaces de seguirlos teniendo con quienes están sufriendo tantos horrores. Son señales que nos dan esperanza. Aunque la maldad, la ambición, los afanes de destrucción parezca que imperen en nuestro mundo tenemos la esperanza del cambio de los corazones.

La victoria de Cristo sobre la muerte que hoy contemplamos y celebramos nos llena de esperanza en la tarea de la construcción de ese mundo nuevo. Tenemos que ser esos promotores de paz, esos sembradores de esperanza, esos contagios de alegría nueva en el amor y la nueva ternura que vamos sembrando en nuestro mundo.