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viernes, 12 de septiembre de 2025

Emprendamos un camino de sinceridad y humildad en el que vayamos poniendo nuestros granitos de arena que construyan un mundo de luz en que sepamos aceptarnos mutuamente


Emprendamos un camino de sinceridad y humildad en el que vayamos poniendo nuestros granitos de arena que construyan un mundo de luz en que sepamos aceptarnos mutuamente

1Timoteo 1, 1-2. 12-14; Salmo 15; Lucas 6, 39-42

Solemos decir que cada uno tiene su propia visión de las cosas, es cierto y merece todo respeto; pero también hay otro dicho que nos habla de que cada uno ve las cosas según el color del cristal a través del cual mira; nuestras visiones, pues, pueden estar marcadas por nuestras propias experiencias, lo que ha producido en nosotros una reflexión profunda sobre lo que nos va aconteciendo, sacando nuestras conclusiones y nuestras lecciones, o podemos vernos influidos también por lo que hay a nuestro alrededor, las ideas de los que caminan a nuestro lado o incluso por las manipulaciones que realizan los que quieren dirigirnos en una determinada dirección.

¿Cómo salir de una visión parcial o de una visión meramente subjetiva para llevar a una verdad que sea más absoluta y permanente? En eso está el hombre sabio, para lo que trabaja y reflexiona, para llevarnos a lo que es verdaderamente fundamental, para tener esa claridad de visión de lo que sucede e incluso de nuestra propia vida. Es la búsqueda en la que hemos de empeñarnos, es la inspiración que queremos encontrar en la verdadera y autentica sabiduría, es lo que buscamos en Dios, en su revelación y en su palabra. Y no siempre es fácil, pero ese camino de ascensión en nuestra vida hemos de emprender.

A eso nos quiere estar llevando la Palabra de Dios que escuchamos y que hemos de hacerlo con todo respeto y con una gran apertura de nuestro corazón. Es un camino de ascensión que no siempre es fácil. Hoy nos habla Jesús de los ciegos guía ciegos, que es un peligro y tentación en la que podemos caer. Nosotros mismos sin tener una claridad de ideas queremos influir en los demás. ¿Estaremos cayendo en el hoyo como nos dice Jesús?

Pero esto nos tiene que hacer pensar también en esa visión que nosotros podemos tener de los demás. No nos suceda como a aquella mujer que decía que su vecina lavaba mal su ropa y la tendía a secar llena de manchas, hasta que un día alguien le hizo comprender que las manchas no estaban en la ropa de su vecina sino en los cristales de su ventana; era necesario tener bien limpios los cristales de su ventana para poder ver con claridad, para que en verdad la luz radiante del exterior también penetrara en su casa.

Somos nosotros con nuestros prejuicios cuando juzgamos a los demás; la visión que tenemos de los demás está deforme porque en la retina de nuestro corazón guardamos mucha maldad que va a deformar la visión de las cosas, la visión de la vida de los demás. Necesitamos un colirio que nos cure y que nos limpie; en Jesús lo podemos encontrar; El ha venido a poner una luz en nuestro corazón que dará verdadero brillo a nuestra vida, que dará verdadero brillo a nuestros ojos, que nos hará tener una visión clara de la vida, que nos hará ver con nuevos y limpios ojos a los demás.

Hoy nos habla el evangelio de quitar la viga de nuestro ojo antes de querer quitar la parva que pudiera haber en el ojo ajeno. Es cierto que tenemos que corregirnos, porque nos amamos y nos ayudamos a caminar; pero tiene que brillar la delicadeza y la humildad, la delicadeza en las palabras con que nos acercamos al otro siempre derramando ternura, y humildad para saber aceptar que nosotros también somos débiles, tenemos nuestros tropiezos, también tenemos que dejarnos corregir por el hermano. Qué mal nos ponemos habitualmente cuando alguien nos expresa una opinión que pudiera contradecir lo que nosotros decimos o hacemos; cuanto nos cuesta tener la valentía de reconocer que también nosotros nos podemos equivocar; cómo rebrota tantas veces nuestro orgullo y nuestro amor propio prejuzgando que quien nos corrige lo que quiere es hundirnos o destruir lo que nosotros pretendemos construir.

        Si somos sinceros tenemos que reconocer que eso nos pasa con demasiada frecuencia, pero que triste es también el espectáculo que ofrece nuestra sociedad que en lugar de colaborar con buenos deseos se destruye mutuamente porque no sabemos aceptar lo bueno que nos puedan ofrecer los demás. Pongamos nuestros granitos de arena de sinceridad y de humildad que vayan construyendo una sociedad mejor. El Evangelio es una luz que nos guía en este camino que tendríamos que emprender. 

miércoles, 2 de julio de 2025

El evangelio ha de ser siempre un impacto de vida que nos haga salirnos de nosotros mismos y nuestros apegos y rutinas para vivir intensamente la novedad de vida que nos ofrece

 


El evangelio ha de ser siempre un impacto de vida que nos haga salirnos de nosotros mismos y nuestros apegos y rutinas para vivir intensamente la novedad de vida que nos ofrece

Génesis 21,5.8-20; Salmo 33; Mateo 8,28-34

¿Cómo nos enfrentamos a las situaciones difíciles, o al mal con que nos topamos diariamente en la vida? ¿Nos damos por derrotados viendo la inmensidad a la que tenemos que enfrentarnos, o nos vamos ingeniando, o buscando ayuda, o dejando que otros también puedan iluminar nuestra mente para afrontarlo y para buscar cómo salir cómo vencer en aquella situación en que nos encontramos? Algunos sintiéndose derrotados se resignan y hasta ese sentimiento queremos darle un valor cristiano, o se dan a la huida, o rechazan todo lo bueno que se les pueda ofrecer.

Como cristianos amantes de la vida, como creyentes en Jesús que nos ha dicho que Él ha vencido al mundo, aunque nos pueda parecer derrotado en una muerte de cruz, ¿qué es lo que tenemos que hacer? El evangelio siempre es un camino o nos abre caminos, nos da pautas o se convierte en una luz que guía nuestra vida.

Hoy nos encontramos con una situación que desde una lectura un tanto superficial nos pueda parecer paradójica. Jesús se acerca a una región que no es totalmente judía, la región de los gerasenos y allí se va a encontrar con una situación, que en principio vamos a llamar difícil. Dos hombres poseídos por el espíritu del mal tienen aterrorizados a todos los habitantes. Pero a la llegada de Jesús, estos hombres poseídos por el mal se acercan a Jesús. Pareciera una actitud de rechazo, porque sienten que en Jesús llega la verdadera liberación.

Podríamos decir que hay un diálogo y un acuerdo final. Jesús libera a aquellos hombres de su mal, aunque sus espíritus vayan a poseer a una piara de cerdos que está osando por los derredores y que se arrojarán al lago pereciendo todos con escándalo para quienes los cuidaban que se ven desposeídos, por así decirlo, de sus ganancias. Pero aquellos hombres están liberados de su mal. Más tarde se dirá que quieren seguir a Jesús pero Jesús les conmina para que vayan a dar testimonio ante sus vecinos de lo que Dios ha hecho con ellos. Aunque habían estado poseídos por el mal, habían buscado a Jesús, es una primera conclusión.

Pero ahora las gentes del pueblo, a pesar de haber visto liberados del tormento de aquellos endemoniados, vienen a pedirle a Jesús que se marche a otros lugares. ¿Qué había pasado? Sus intereses se habían puesto en entredicho con la presencia de Jesús. En aquellos cerdos estaban sus ganancias que ahora perdían. ¿Y si fueran muchas más las cosas de sus intereses que se pusieran en entredicho por la presencia de Jesús entre ellos? Algunas cosas tendrían que cambiar en sus vidas, pero parece ser que ellos se encontraban bien como estaban, Jesús era para ellos una molestia.

¿También nos dejaremos arrastrar por unos intereses, que pueden ser de muchas clases ciertamente y eso nos motivará a rechazar una nueva forma de vivir? Nos olvidamos muchas veces de la verdadera liberación que con Jesús vamos a encontrar y preferimos seguir con nuestras ataduras, nuestras viejas costumbres que no queremos renovar, con nuestras rutinas que nos llevan a una vida cómoda y sin esfuerzo de las que no queremos arrancarnos; y ponemos nuestras excusas, es que siempre se ha hecho así, es que a estas alturas de mi vida cómo voy a cambiar, es que es lo que hace todo el mundo y le va bien, y seguimos con una letanía interminable de excusas, pero no queremos el cambio, no buscamos lo nuevo, no nos dejamos transformar por lo que nos dice el evangelio.

¿También queremos huir, irnos a otra parte, encerrarnos en nuestro castillo, hacernos los oídos sordos?


lunes, 23 de junio de 2025

Cuando la plantilla sobre la que construimos nuestra vida es la del amor siempre estaremos dispuestos a caminar juntos, aceptarnos mutuamente y respetarnos

 


Cuando la plantilla sobre la que construimos nuestra vida es la del amor siempre estaremos dispuestos a caminar juntos, aceptarnos mutuamente y respetarnos

Génesis 12,1-9; Salmo 32; Mateo 7,1-5

Parece como si fuera algo innato en nosotros, no hay nada que haga otra persona en que nosotros casi al mismo tiempo estemos haciendo nuestras valoraciones y comparaciones, cómo nosotros haríamos las cosas mejor y de otra manera, y enseguida vemos fallos, intenciones torcidas, y vienen los juicios y condenaciones. ¿Qué sabes tú por qué lo hizo, cual es la intención interior o motivación que esa persona tiene para hacer lo que hace? ¿Es que somos capaces de leer el corazón? Bien que nos molestamos cuando alguien comenta algo de lo que nosotros hacemos, y miremos cuales son nuestras reacciones.

 A esto quiere prevenirnos Jesús y lo que quiere es que todos tengamos una vida digna y seamos capaces de respetarnos los unos a los otros. Fácil es hablar y dictar sentencias, pero qué difícil es realizarlo en nuestra vida. ‘No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros’.

Con lo que nos está diciendo Jesús no es que no seamos constructivos, porque siempre podemos hacer las cosas mejor, siempre podemos darle un nuevo matiz, siempre tenemos que estar en la actitud de crecer. Lo que no quiere Jesús son los juicios condenatorios a los que tan dados somos; como decíamos antes, parece que fuera algo innato en nosotros. Cuando la plantilla sobre la que construimos nuestra vida es la del amor siempre estaremos dispuestos a caminar juntos, aceptarnos mutuamente, respetarnos en aquello que pueden ser nuestros criterios o nuestras opiniones y en lugar de empujar fuera del camino, lo que tenemos que hacer es tendernos la mano para no salirnos de ese camino ayudándonos mutuamente.

Es el camino que hemos de recorrer y de recorrer juntos. Porque todos tenemos tropiezos, todos podemos cometer errores, todos podemos tener en nuestros ojos algo que merme nuestra buena visión. ¿Por qué, nos dice Jesús, voy a estar fijándome solo en la pajita que puede haber en el ojo del otro, esa pestaña que se le haya introducido, mientras quizás nosotros tenemos una viga tremenda en el nuestro? Antes de mirar a los demás tenemos que mirarnos a nosotros mismos, porque en nosotros puede haber, y de hecho las hay, muchas cosas que tengamos que corregir, mejorar, hacer de otra manera.

‘¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: Déjame que te saque la mota del ojo, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano’.

Son tajantes las palabras de Jesús y pueden dolernos pero es la realidad a la que tenemos que atenernos. Son los pasos de amor y de respeto que tenemos que ir dando, es la bonita sintonía que tenemos que aprender a sintonizar y hacer sonar al unísono, es la bella canción de la vida que tenemos que aprender a cantar. Si alguien vemos en algún momento que desentona, no lo quitemos del coro, ayudémosle a que encuentre esa necesaria armonización que nos da el amor. Será bella la coral que con toda la creación entonemos para gloria del Creador. Jesús nos está marcando los ritmos, señalando los caminos que tenemos que aprender, trazándonos las metas; dejémonos conducir por su Espíritu de Sabiduría y encontraremos la salvación.

jueves, 17 de agosto de 2023

Es con el modelo del corazón de Cristo cuando nosotros sabremos entrar en esa nueva dimensión para dar ese perdón generoso porque siempre tiene que nacer del amor

 


Es con el modelo del corazón de Cristo cuando nosotros sabremos entrar en esa nueva dimensión para dar ese perdón generoso porque siempre tiene que nacer del amor

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Sal 113; Mateo 18, 21-19, 1

Algunas veces vamos por los caminos de la vida ensimismados en nosotros mismos, absortos en nuestros pensamientos, y nos cuesta palpar lo que realmente sucede en muchos corazones a nuestro lado. Malo es que nos encerremos tanto en nosotros mismos y en nuestros problemas que no seamos capaces de captar el dolor y sufrimiento de muchos corazones, quizás hasta nos lanzan señales para que captemos los dramas de la vida pero quizás vamos pensando solamente en nuestra propia carrera. Con un poquito de sensibilidad podríamos captar ese lado sensible de las personas que quizás quisieran ocultar, pero cuya realidad está ahí.

Cuántas veces vemos cruzarse a vecinos de nuestro lado que conocemos de toda la vida, pero quizá han perdido esa sintonía que les haría encontrarse con los demás y poner alegría en sus corazones. Algo quizás hay atravesado en el corazón, un desdén que un día recibieron, una palabra más fuerte que otra, algo en lo que se sintieron incomprendidos y acaso también juzgado, pero ahora ya no hay puentes que los unan, y la mutua ignorancia es la forma menor que manifiesta esos resentimientos.

Son cosas de cada día, en las que quizás también nosotros podamos vernos envueltos; distancias que se han creado que ahora son difíciles de superar, tensiones que no se han olvidado y que siguen manteniendo heridas abiertas y pareciera sin posibilidad de cura. Y estamos en un país que nos decimos de cristianos, pero qué lejos se quedan los valores de la comprensión y del perdón, que prontos estamos al resentimiento e incluso hasta la venganza.

Cuando hablamos de perdón es un concepto muy difícil de entender y de practicar. A lo sumo queriendo aparecer como buenos, recordamos que otras veces hemos perdonado, pero que ya está bien, y surge la misma pregunta que se hacia Pedro ante Jesús. ‘¿Cuántas veces tengo que perdonar al hermano?’

Y comenzamos a sacar la libreta de nuestros apuntes de las veces que lo hemos hecho, y comenzamos a hacer nuestras listas. Tarea que se nos vuelve dura y difícil, es cierto. Algunos porque quieren considerarse buenos, comienzan a preguntarse una y otra vez. Dicen que no pueden olvidar, dicen que aún les pesa el corazón, y se vuelven a medio camino de ese recorrido del perdón.

Perdonar no significa que no nos duela el corazón por lo que hayan podido hacer en nosotros; perdonar no es que nos sintamos cobardes y no seamos capaces de hacer con el otro lo que pensamos que él también nos ha hecho; ese dolor lo seguiremos sintiendo, pero comenzaremos a utilizar la medida del amor. Es una nueva actitud, una nueva mirada, una forma distinta de hacer. Es la medicina que tendríamos que saber encontrar junto al lecho del herido, para ungirnos con ese ungüento y comenzar nosotros esa tarea de la reconciliación. El perdón será la única medicina que va a curar nuestro corazón herido y nos liberará del resentimiento y del rencor.

Hoy Jesús nos propone como modelo lo que es el amor de Dios que siempre nos busca, nos espera, y nos perdona. Son procesos que tenemos que realizar en nuestra vida y que muchas veces no son fáciles. Afloran en nosotros muchas hieles que nos envenenan aun más y de las que tenemos que saber liberarnos. Es con el modelo del corazón de Cristo cuando nosotros sabremos entrar en esa nueva dimensión para dar ese perdón generoso porque siempre tiene que nacer del amor.

martes, 3 de enero de 2023

Una invitación a un reconocimiento de quien es ese niño que hemos visto nacer en Belén y para que emprendamos un camino de humildad reconociendo el valor de los demás

 


Una invitación a un reconocimiento de quien es ese niño que hemos visto nacer en Belén y para que emprendamos un camino de humildad reconociendo el valor de los demás

1Juan 2, 29 – 3, 6; Sal 97; Juan 1, 29-34

En la vida muchas veces somos desconfiados. Una desconfianza que puede nacer dentro de nosotros quizás desde diferentes motivos; quizás habíamos puesto la confianza en algo o en alguien y nos falló, se volvió contra nosotros quizás cuando más necesitábamos de su lealtad, podríamos decir que nos han dado motivos; pero también nos surge la desconfianza desde nosotros mismos, porque en nuestro orgullo queremos estar siempre en el candelero, como se suele decir, y puede venir alguien que nos haga sombra, que ocupe nuestro lugar, y muchas veces sin que ni siquiera esto suceda, ya andamos con nuestra desconfianza porque de alguna manera nosotros andaríamos con las mismas, convertimos demasiado la vida en una lucha a muerte entre unos y otros, no terminamos de entender que cada uno tiene su lugar y que cada uno ha de aportar según los que sean sus valores y sus cualidades.

Juan el Bautista, aunque había optado por una vida austera y de penitencia, viviendo en el desierto, viviendo pobremente y no queriendo necesitar de nada para su vida, pues le bastaban unos saltamontes o miel silvestre para su alimento, sin embargo había ido alcanzando cierta notoriedad. Su palabra era valiente para aquellos que se acercaban a El para escucharle y había comprendido bien cuál era su misión. Allá invitaba a la gente a la conversión para preparar los caminos del Señor y había cogido fama de profeta, de Jerusalén habían venido incluso a preguntarle si era profeta o si acaso él era el Mesías, pero sabía ocupar su lugar.

Era un hombre de Dios, un hombre que abría su corazón a Dios y sabía escucharle allá en lo más hondo de sí mismo. Sabe cual es su misión y no tiene miedo que nadie le haga sombra. Como hombre lleno del Espíritu de Dios era humilde y sabía bien que solo era la voz que clama en el desierto.

Hoy nos da testimonio de Jesús y lo hace claramente. No solo lo señala como ‘el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ – esta palabra hará, como veremos en otro momento, que inclusos sus discípulos comiencen a irse con aquel que ha señalado como el Cordero de Dios – sino que además ha sentido en lo más hondo de si mismo el Espíritu de Dios que le decía a quien tenía que reconocer en verdad como el Mesías. Juan da testimonio. ‘Este es aquel de quien yo dijo: Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel’.

‘Está por delante de mí, porque existía antes que yo’. Como hombre había nacido seis meses después de Juan, pero Juan reconoce la divinidad de Jesús ‘porque existía antes que yo’. Así terminará proclamándolo. ‘Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios’.

Juan, como decíamos era un hombre abierto a Dios y con humildad. En su corazón había sabido quien era Jesús, aunque como decía no lo conocía. El sabía solamente cual era su función, había salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel. Era lo que Juan estaba realizando allí en el desierto y manifestándolo a todos aquellos que llegaban a escucharle. Era una invitación para que reconocieran a Jesús, aunque luego más tarde, quizás ante las dudas de sus propios discípulos, enviará a preguntarle si era El en verdad quien había de venir o tenían que esperar a otro.

‘He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo’. Ha sido ya el momento del Bautismo de Jesús, aunque nosotros todavía lo celebremos el próximo domingo, pero ahora Juan da testimonio de lo que allí vivió. Sobre Jesús había visto bajar del cielo el Espíritu en forma de paloma. Y ahora da testimonio, dando paso así a la misión de Jesús.

Un texto del evangelio que estamos meditando y que es una invitación a una confesión de nuestra fe en Jesús. Pero un texto que nos enseña para la vida la humildad de Juan para que sepamos dar paso también a los demás en su función en la vida, para que no andemos con nuestros temores y desconfianzas, para que dejemos que también los demás resplandezcan, porque esa humildad del reconocimiento de los valores de los demás es camino para que en verdad, aunque humildes, seamos grandes.

viernes, 9 de diciembre de 2022

Busquemos la sabiduría que nos enseña a valorar lo bueno que los otros hacen y estaremos en camino de encontrar a Dios que ahí y así se hace presente en la vida

 


Busquemos la sabiduría que nos enseña a valorar lo bueno que los otros hacen y estaremos en camino de encontrar a Dios que ahí y así se hace presente en la vida

 Isaías 48, 17-19; Sal 1; Mateo 11, 16-19

Algunas veces no nos es fácil entendernos. Da la impresión que hablamos lenguajes o idiomas distintos. Nos hacemos nuestras particulares interpretaciones no solo de las palabras que escuchamos, sino que en nuestro juicio estamos queriendo mirar con lupa lo que los otros hacen, aunque da la impresión que la lupa está empañada. Si tenemos el cristal empañado, difícilmente podemos ver con claridad lo que hay al otro lado.

Los que utilizamos lentes o gafas, como comúnmente decimos, a veces nos damos cuenta que no vemos con claridad, pero es por la suciedad que se ha acumulado en nuestros cristales. Así nos pasa en el juicio o la interpretación que hacemos de los demás, vamos desde nuestras particulares ideas ya preconcebidas, vamos con nuestros prejuicios, o vamos también con nuestra malicia. Cuántos conflictos se generan.

Es cierto que cada uno tiene su manera de pensar, pero eso no nos debe encerrar nunca en nosotros mismos. Tiene que haber apertura en el corazón para ser capaces de ver lo bueno que hay en los demás. Cuando en la lucha de la vida nos volvemos opositores los unos de los otros, cuánto nos cuesta aceptar que el otro pueda tener razón, cuánto nos cuesta aceptar lo bueno que realiza el otro.

Y así andamos en nuestra sociedad, lo vemos en la vida social y política, pero lo vemos en las relaciones más cercanas, ya sea con los vecinos, con los compañeros de trabajo o incluso en la propia familia. Nosotros queremos tener siempre la razón y no aceptaremos que el otro pueda ofrecernos algo positivo.

Qué difícil es construir así. Más bien muchas veces nos destruimos. Siempre andamos enmendando pero desde nuestra particular vara de medir y nos cuesta ser objetivos. Nos falta serenidad de espíritu, nos falta madurez. Y no es cuestión de hacer sincretismos en cosas que puedan ser irreconciliables, pero tenemos que aprender a ser tolerantes y respetuosos, para poder ser en verdad constructores.

Les costaba entender a Jesús las gentes de su época. Vemos la diversidad de reacciones. La gente sencilla que se entusiasmaba porque se despertaban las esperanzas en su corazón, pero al mismo tiempo les costaba quitarse de la cabeza la idea preconcebida de lo que tenia que ser el Mesías, y eso no era lo que encontraban en Jesús, por eso se dejarán manipular fácilmente. Por otra parte los que veían que el mundo que se habían construido se les venía abajo, porque su postura era estar siempre en un escalón por encima de los demás, para sentirse con poder, para manipular para que todo fuera a su conveniencia, por sus interpretaciones erradas que hacían de la ley de los profetas.

Unos decían que nadie hablaba como este hombre, en referencia a Jesús, y otros venían con preguntas capciosas para intentar cogerle y para tener de donde desprestigiarle ante el áurea que se había creado en torno a Jesús. No podían aceptar la sabiduría de Jesús, aunque la tuvieran palpable ante sus ojos.

Era la queja de Jesús contra aquella generación. Son como los niños de la plaza, dice, que ni juegan ni dejan jugar. Juan les parecía demasiado austero y exigente en su petición de conversión, a Jesús lo veían como un comilón que se comía con gente de mala calaña, con publicanos y pecadores.

Pero no nos quedemos en hacer juicio de aquella generación, sino que esta Escritura lo que quiere es que nosotros nos enfrentemos con nosotros mismos. ¿Cuál es nuestra verdadera actitud ante Jesús y ante su Buena Nueva? ¿No andaremos también con nuestras componendas o con nuestros prejuicios? Con sinceridad tenemos que ponernos ante Jesús quitando todo lo que empañe nuestra mirada. Escucharle con sinceridad. Abrir nuestro corazón y dejarnos conducir por su espíritu. Tendremos que limpiar el corazón. Por algo siempre nos pide conversión. Es una mirada nueva y limpia con la que tenemos que mirar el evangelio para poder dejarnos conducir por el Espíritu.

Cuando vayamos limpiando nuestra mirada nos daremos cuenta que en los demás, en lo que hacen los otros, hay más belleza de la que nosotros imaginábamos. Es que no tenemos que andar con imaginaciones y prejuicios, sino que tenemos que aprender a valorar a los otros, valorar sus ideas y pensamientos, valorar su manera de actuar sin entrar en juicios sobre lo que hacen.

Así nos enriqueceremos todos, así podremos en verdad construir ese mundo mejor, así caminaremos con verdadera esperanza llena de optimismo por la vida, así estaremos haciendo verdadero adviento en nosotros. Encontraremos la verdadera sabiduría.

jueves, 18 de agosto de 2022

Nos cuesta en tantas ocasiones enfrentarnos a nuestra propia realidad para dejarnos iluminar por la luz nueva del evangelio y vestirnos el traje nuevo de la gracia

 


Nos cuesta en tantas ocasiones enfrentarnos a nuestra propia realidad para dejarnos iluminar por la luz nueva del evangelio y vestirnos el traje nuevo de la gracia

Ezequiel 36, 23-28; Sal 50; Mateo 22, 1-14

Cuando hacemos un regalo a alguien solemos estar muy atentos a la cara de quien lo recibe mientras abre el paquete; estamos pendientes de su reacción, y aunque no lo manifieste con palabras que seguramente estarán llenas de cortesía si nos daremos cuenta de su agrado o desagrado en el regalo que le hicimos; nos sentiríamos defraudados si no es de su agrado, pero mucho más si muestra algún signo de rechazo hacia nuestro regalo, no dándole importancia, relegándolo a un segundo lugar o manifestando que son otras las cosas que le agradaban.

No solo es la cortesía y delicadeza, sino que puede manifestarse algo mucho más hondo en una no posible aceptación de aquello que le ofrecemos. Mucho podríamos reflexionar aquí sobre la valoración que hacemos de aquello que se nos ofrece humanamente hablando simplemente de lo que son nuestras relaciones entre unos y otros. Nos faltan en ocasiones esos detalles o esa delicadeza en nuestras mutuas relaciones; muchas veces estamos también más pendientes de quién es el que nos ofrece algo, porque no a todos aceptamos de la misma manera, ni de la misma manera aceptamos o acogemos lo que se nos ofrece según de quien venga. También tenemos nuestras preferencias o hacemos nuestras distinciones, y hablamos ahora simplemente en plan humano.

De esto nos está hablando hoy Jesús en el evangelio, de la aceptación o no, o del rechazo que nosotros podamos estar haciendo del regalo de vida y de gracia que nos ofrece. Aquellos invitados al banquete de bodas parecían que tenían otras preferencias, no supieron ser corteses, sino que además hubo señales claras de rechazo cuando entre disculpas cada uno se fue a sus cosas y no quiso participar en el banquete de bodas que se les ofrecía.

Hay otro detalle que algunas veces nos ha costado interpretar, y es que habiendo sido invitados luego a la gente de los caminos, la sala del banquete se llenó de buenos y de malos. Y aquí está el detalle, según las costumbres, a todos aquellos que nada tenían y se veían ahora obsequiados con la participación en ese banquete se les había ofrecido un traje de fiesta; he aquí que hay uno que también rechaza. ¿Cómo es que has entrado aquí sin ponerte el traje de fiesta?

Jesús está hablándonos del Reino de los cielos, y Jesús en esta ocasión ha querido dirigirse de manera especial a los que son los dirigentes del pueblo, delante de él tiene a los sumos sacerdotes y a los ancianos (del Sanedrín, se entiende). No les interesa el Reino de Dios tal como se los está planteando Jesús; tienen otros intereses u otras preferencias y por eso ni siquiera se esfuerzan por escuchar y entender lo que Jesús les dice. Van a lo suyo, no les interesa ese banquete tal como Jesús se los está ofreciendo; prefieren sus vestidos viejos, de sus tradiciones, costumbres y rutinas antes que vestir ese traje del hombre nuevo que Jesús les ofrece.

Pero no nos quedemos en pensar en aquella gente o aquellos dirigentes del tiempo de Jesús. La Palabra del Evangelio es buena noticia que tenemos que recibir los hombres y mujeres de hoy, que tenemos que recibir nosotros.  ¡Cuánto nos cuesta salir de nuestros intereses y rutinas, de lo que siempre hemos hecho y cuando nos cuesta abrirnos a la novedad del evangelio hoy para nosotros y nuestra vida concreta! Nos cuesta vestirnos ese traje de fiesta, ese traje del hombre nuevo que Jesús nos ofrece.

Aquí con una sinceridad grande tenemos que ponernos a analizar nuestra vida, lo que escuchamos del evangelio, lo que intentamos pasar por alto o no detenernos a reflexionar con profundidad; hacemos también nuestras elecciones, nuestros distintos, buscamos aquello que nos tranquilice pero rehuimos lo que nos pueda inquietar o interrogar por dentro. Nos cuesta en tantas ocasiones enfrentarnos a nuestra propia realidad, nuestras costumbres o nuestras rutinas de eso que siempre hacemos, dejándonos iluminar por esa luz nueva del evangelio. Tampoco queremos vestirnos ese traje de gracia.

miércoles, 19 de enero de 2022

No seamos nunca sembradores de muerte, sino que nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros gestos sean siempre semillas de vida

 


No seamos nunca sembradores de muerte, sino que nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros gestos sean siempre semillas de vida

1Samuel 17, 32-51; Sal 143; Marcos 3, 1-6

Aquello del perro del hortelano, que ni come él ni deja comer al amo, es algo que nos encontramos en la vida muchas veces. Son las personas que siempre están al acecho de lo que puedan hacer los otros, al acecho porque siempre estarán con el dedo acusador levantado porque siempre ellos tendrán otra manera de hacer las cosas que les parece que es la única manera de hacerlo y no aceptarán de ninguna manera lo bueno que puedan hacer los demás.

Pasa, hay que reconocerlo, entre vecinos que siempre están detrás de los visillos, y es una forma de hablar, para ver y para juzgar, para mantener sus prejuicios, o para andar condenando a todo quiste sin saber realmente lo que están haciendo; son los que se dejan llevar por las apariencias, por sus prejuicios, por su manera de ver y de creerse los únicos y los mejores.

Pero decimos entre vecinos y nos quedamos cortos, porque demasiado es lo que vemos en este sentido en todo el ámbito de la vida social; cualquiera que quiera emprender una obra buena ha de saber que siempre, haya razón o motivo o no, habrá quien está en contra, quien lo juzgará y lo condenará incluso sin ver resultados.

No digamos nada en el ámbito de la vida política que siempre el adversario hará las cosas mal y los únicos que saben hacerlas bien son los de su cuerda. Es justo que haya disparidad de opiniones, forma parte de nuestra libertad y de nuestra libertad también de pensamiento, pero seamos capaces de ver lo bueno que hay en los demás. Cuántos ejemplos destructivos, de acciones destructivas desde estos razonamientos, nos encontramos en la vida de nuestra sociedad. Qué poco constructivos somos.

Creo que en el sentido más humano de la palabra, o en el sentido más humano que hemos de vivir como personas lo que tendríamos que hacer siempre es aprender a construir entre todos; necesitamos acercarnos para conocernos y para aceptarnos; necesitamos comprender que vivimos una misma humanidad y es entre todos cómo tenemos que construir nuestra sociedad; darnos cuenta que cada uno podemos aportar nuestro grano de arena, desde nuestras inquietudes y saber, desde nuestros valores y nuestras cualidades y que será como aprenderemos a hacer esa sociedad mejor. Qué lástima que seamos tan destructivos, porque a la larga nos estamos destruyendo a nosotros mismos.

Es la historia de nuestra humanidad, es la historia de todos los tiempos; cuántas cosas hemos ido destruyendo simplemente porque son ideas de los otros, porque son cosas de otro momento, porque eso que hay no sabemos compaginarlo con lo que ahora podríamos o tendríamos que destruir; y destruimos nuestra historia, destruimos nuestra cultura, destruimos la creación de otros genios que nos han precedido en la historia de la humanidad. ¿Qué dejamos nosotros a los que nos vienen detrás? ¿Qué valores estamos trasmitiendo a las nuevas generaciones cuando tanto destruimos? Leamos, si queremos y nos sentimos con fuerza para hacerlo, la misma historia que en el momento presente está transcurriendo en todos los sentidos.

El perro del hortelano que ni come él ni deja comer al amo. Me vino a la mente este refrán desde el texto del evangelio que hoy se nos ofrece y me ha sugerido esta reflexión que os he ido ofreciendo. Había un hombre enfermo en la sinagoga, era sábado y allí estaba Jesús queriendo proclamar el evangelio del Reino; pero por allá andaban los que siempre están al acecho, a ver qué hace Jesús. ¿Se atreverá a curar a aquel hombre saltándose todas las leyes del descanso sabático?

Pero Jesús les sale con la pregunta. ‘¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer lo bueno o lo malo?, ¿salvarle la vida a un hombre o dejarlo morir?’ ¿Podemos permitir que una persona siga sufriendo en nombre de esas leyes humanas? La persona en la vida, ¿para qué está? ¿Para destruir y dar muerte? ¿O acaso nuestra misión no es transmitir vida, dar vida?

Y esto lo podemos aplicar a muchas cosas, actitudes, posturas que tomamos en la vida. No destruyamos, sino construyamos; cuando no nos respetamos, cuando rechazamos de plano todo lo que pueda hacer el otro, cuando vamos llenos de prejuicios en la vida, cuando estamos condenando simplemente porque no es de nuestro parecer estamos siendo sembradores de muerte; que nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestros gestos sean siempre semillas de vida y nunca de muerte.

miércoles, 20 de octubre de 2021

Una carga grande de responsabilidad para asumir la vida con todos sus imprevistos, pero también una carga grande de humanidad para saber caminar junto a los otros

 


Una carga grande de responsabilidad para asumir la vida con todos sus imprevistos, pero también una carga grande de humanidad para saber caminar junto a los otros

 Romanos 6,12-18; Sal 123; Lucas 12,39-48

‘Lo mismo vosotros, Estad. preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre’, nos dice Jesús centrándonos el mensaje que nos quiere transmitir. Antes, como ejemplo, nos ha hablado del dueño de casa que tiene que cuidar que no se metan ladrones en la casa  y nos arrebaten lo más preciado; el ladrón no sabemos cuándo nos puede asaltar, por eso la vigilancia que hemos de tener ha de ser bien responsable.

Nos pueden suceder imprevistos en la vida, cosas que no esperábamos y que de alguna manera se hicieron presentes en nuestra vida; poca quizás pueda ser la previsión que tengamos, pero sí en la vida hemos de tener una madurez para poder afrontar la vida en las diversas circunstancias que se nos pueda presentar; ojalá en la vida todo fuera fácil y todo circulara como sobre ruedas, pero aun así sabemos que las ruedas pueden tener tropiezos en el camino o podemos tener pinchazos que las dejen inutilizadas. De ahí, entonces, la responsabilidad con que hemos de ir cuidando esa formación y esa madurez que necesitamos para afrontar ese camino.

Tenemos la tentación y el peligro de ir simplemente dejándonos llevar por el día a día y decimos que cuando vengan los problemas ya buscaremos la solución, la forma de afrontarlos; pero tenemos que ir aprendiendo de la vida misma, es una gran maestra si sabemos leer, como se suele decir, entre líneas todo cuando nos sucede para saber sacar conclusiones, para con la experiencia de lo que vamos viviendo poder luego afrontar lo que más duro se nos pueda presentar.

Jesús repetidamente nos va hablando en el evangelio de esa responsabilidad de la vida, enseñándonos a abrir los ojos para descubrir las señales que Dios va poniendo en nuestro camino, pero enseñándonos también a desarrollar de forma responsable nuestros talentos, nuestras cualidades, nuestras capacidades; podemos recordar muchas parábolas del evangelio.

Quien nos pone el pan duro que tenemos que masticar en multitud de ocasiones de dificultades y de problemas, nos ha puesto dientes en nuestra boca para poderlo triturar. ¿Qué quiero decir con esto? Dios ha puesto en nosotros esas capacidades, esos valores, esas cualidades para esas funciones que tendríamos que desempeñar; lo que es necesario es que hayamos cultivado esos valores, que nos hayamos entrenado para poner a tope nuestras cualidades, que hayamos sido capaces de desarrollar todas esas posibilidades que tenemos en nosotros mismos.

Una carga grande de responsabilidad que tenemos que asumir en la vida, pero también una carga grande de humanidad porque necesariamente tenemos que ir al encuentro con los demás, o tenemos que saber caminar junto a los otros. Un camino hecho juntos siempre tendrá que ser un camino más agradable y más llevadero; claro que es necesario que aprendamos a caminar juntos porque aprendamos a aceptarnos mutuamente los unos a los otros, con lo que cada uno es o con lo que cada uno puede aportar a ese camino: si no lo hiciéramos así, entonces sí que el que camino se nos podría hacer más duro e insoportable porque solo estaríamos viendo las limitaciones o carencias que los demás puedan tener, y de ahí solo nos faltaría un paso para volvernos exigentes e intransigentes con los otros.  Ese no puede ser nuestro camino.

martes, 24 de agosto de 2021

En lo secreto del corazón también nos habla Dios para transformar esa vieja madera que somos en edificación de un hombre nuevo y un mundo mejor

 


En lo secreto del corazón también nos habla Dios para transformar esa vieja madera que somos en edificación de un hombre nuevo y un mundo mejor

Apocalipsis 21, 9b-14; Sal 144; Juan 1, 45-51

¿De dónde dices que es? También nos hacemos nuestras diferencias según de donde sea nuestra procedencia. Serán las rivalidades propias de pueblos vecinos en que siempre unos quieren quedar por encima de los otros o considerarse mejor que el pueblo de al lado, o como fueron entre nuestras islas las discriminaciones que nos hacíamos según se fuera de una isla u otra sobre todo cuando de las islas menores no les quedaba más remedio que marcharse buscando trabajo en otros lugares en momentos bien oscuros de nuestra historia.

Pero hoy seguimos también con nuestros ‘peros’ en la movilidad que tenemos entre mundos y culturas distintas a causa de la pobreza y la inmigración. Todavía hay gente que sigue mirando mal a los que vienen de otros lugares, ya sea por sus costumbres, por el color de su piel o por la desconfianza innata que llevamos dentro de nosotros. ¿Seguirá existiendo un cierto racismo y discriminación entre nosotros? Es nuestra madera que no siempre es la más perfecta aunque ya tendríamos que tener muchas razones para superar muchas cosas.

Bueno, y esa era la madera también de los que seguían a Jesús y de aquellos a los que Jesús llamaba para estar con El y un día convertirlos incluso en apóstoles de su Iglesia. Eran también gente muy humana, con sus limitaciones y defectos, con viejas costumbres arraigadas en sus corazones y también, por qué no, con sus ambiciones. Lo vemos muy palpable en muchos momentos del evangelio. Lo estamos viendo hoy en el episodio del evangelio que se nos ofrece en esta fiesta del Apóstol san Bartolomé.

Entusiasmado Felipe por haberse encontrado con Jesús pronto quiere compartir sus experiencias con sus amigos y vecinos. Se encuentra con Natanael, el de Caná de Galilea, y le habla de Jesús, de Nazaret, expresándole todo lo que siente desde su encuentro con El. Y es la reacción, pueblerina si queremos llamarla así, de Natanael hacia los que son de un pueblo vecino. ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’ No expresaba sino lo que sentían unos y otros del pueblo de al lado, aunque entre ellos hubiera parientes y hasta amigos. A Caná fue Jesús con María invitado a una boda a pesar de ser de Nazaret.


A Felipe no le queda otra cosa que decirle sino ‘Ven y verás’. Y se lo presentó a Jesús. Y aquí vienen las sorpresas, porque Jesús dirá de él que es un israelita de verdad y un hombre muy veraz y muy leal. Se sorprende Natanael, ‘¿de qué me conoces?’ Y le dirá Jesús ‘antes de que Felipe hablara contigo yo te vi. debajo de la higuera’. Fue suficiente, y ahí están los secretos del espíritu, para que Natanael hiciera una hermosa confesión de fe en Jesús. ‘Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.

Hemos hablado de los secretos del espíritu, de los secretos del corazón. Nadie sabe lo que pasa dentro de la persona. Solo Dios es el que nos conoce por dentro, pero también el que es capaz por la fuerza del Espíritu de transformar nuestros corazones haciéndonos encontrar la luz. Somos de la madera que somos, tal como hemos venido diciendo, nuestra madera está llena de imperfecciones, de muchos nudos o incluso de muchas grietas, por donde hay el peligro de dejar penetrar lo que nos infecta del mal y la podredumbre de nuestro corazón.

Pero es también ahí en lo secreto de nuestro corazón donde nos pueden suceder muchas cosas y donde podemos sentir la voz y la llamada del Señor. Es cierto que muchas veces vamos por la vida llenos de malicias y desconfianzas, tenemos también el peligro y la tentación de querer hacer nuestras diferencias y distinciones en aquellas personas con las que nos encontramos y no siempre sabemos aceptarnos lealmente los unos a los otros. Pero aunque vamos dejándonos arrastrar por esas maldades, sin embargo la voz de nuestra conciencia muchas veces nos habla, nos grita, quiere hacernos despertar.

Momentos de silencio y reflexión, cosas que nos suceden o que contemplamos en nuestro entorno, testimonios de personas que nos dan luz por su compromiso o por su bien hacer, son llamadas que sentimos y nos pueden hacer despertar. Es la acción del Espíritu de Dios en nosotros que quiere mover nuestro corazón. No nos hagamos reticentes, no podemos hacernos oídos sordos, no podemos acallar esa voz y esa llamada, tenemos que estar atentos a esos resplandores de luz que en algún momento nos pueden aparecer, tenemos que dejarnos conducir por lo bueno para llegar a tener esa mirada nueva. La vieja madera se puede transformar por la fuerza del Espíritu en la edificación de un hombre nuevo y de un mundo mejor.

Aquel que no quería saber nada de quien era del pueblo vecino de donde nada bueno podría salir, hizo una hermosa confesión de fe y se convirtió en uno de los que estaban siempre con Jesús, de los amigos de Jesús. ‘A vosotros os llamo amigos’, diría en una ocasión Jesús y a ellos les confió la misión de continuar su anuncio de la Buena Nueva a todos los pueblos sin distinción.

¿Nos querrá decir algo esta fiesta de san Bartolomé para esas reticencias que seguimos teniendo para aceptar a los que nos puedan llegar de otros lugares?

viernes, 30 de julio de 2021

Desconfianzas, viejas tradiciones, rutinas son la mala hierba que nos impide que la semilla de la Palabra germine como algo nuevo en nosotros

 


Desconfianzas, viejas tradiciones, rutinas son la mala hierba que nos impide que la semilla de la Palabra germine como algo nuevo en nosotros

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34b-37; Sal 80; Mateo 13,54-58

El episodio a que hace referencia el evangelio que hoy se nos propone podríamos decir que se encuentra dividido en dos partes. Se trata de la visita que Jesús hace a su pueblo de Nazaret donde el sábado fue a la sinagoga y como ya venía siendo costumbre por aquellos lugares donde iba hizo la lectura de la Palabra y su comentario. En principio la reacción de sus convecinos fue de admiración y orgullo, pues era uno de los suyos. Sería la primera parte del texto que hubiéramos escuchado ayer.

Hoy se centra esta parte del episodio en la reacción posterior de sus convecinos que comienzan a desconfiar de El. Mala cosa es la desconfianza, o mala cosa es sentirse con tanta confianza porque lo habían conocido desde niño como para no poner ahora en El su fe. Salen los comentarios habituales en estos casos, pues son cosas que siguen sucediendo. Sobre todo cuando el mensaje que se nos trasmite en cierto modo nos descoloca, porque nos ofrece algo nuevo que nos obligaría a tomar nuevas actitudes y nuevos comportamientos, pronto comenzaremos a quitar autoridad a quien nos lo está transmitiendo.

Si yo te conozco a ti de toda la vida, nos solemos decir cuando no queremos creer lo que nos dice una persona que nos haría cambiar de perspectivas. Es lo que entonces sucedió. Si aquí están sus parientes, si su padre no era sino el artesano del pueblo, si tú no has ido a estudiar a ninguna parte por qué de la das ahora de sabido, qué nos vas a enseñar tú, si yo soy creyente de toda la vida, no me vengas ahora con esas cosas.

Y es que la Buena Nueva que nos anuncia Jesús nos hace entrar en otros abismos, nos abre otros horizontes, nos plantea otra manera de vivir y de actuar, nos obligaría a arrancarnos de nuestras rutinas. Con cuánta frecuencia cuando leemos el evangelio lo hacemos de una forma superficial porque decimos que ya nos lo sabemos, que ya lo conocemos. Pero es necesario detenerse, es necesario leer de nuevo y de forma pausada aquello que ya decíamos que conocíamos, es necesario que sepamos hacer un nuevo silencio en nuestro interior para escucharlo realmente como algo nuevo, como si fuera la primera vez que lo escuchamos.

Estamos comentando la desconfianza y la falta de fe de aquellas gentes de Nazaret cuando Jesús va a su sinagoga a enseñar, pero esto tenemos que saberlo traducir a esas actitudes y a esas posturas que nosotros tomamos tantas veces ante el evangelio. Si decimos evangelio, estamos diciendo que es una buena nueva, una noticia nueva que estamos recibiendo, de ahí la apertura a la novedad que tiene que haber en nuestro corazón para escucharlo de verdad.

Las desconfianzas que veíamos en aquellas gentes son nuestro creernos que nos lo sabemos todo y que nada nuevo vamos a encontrar. También tantas veces nos escuchamos en nuestras tradiciones para no salir de nuestras rutinas y convertimos nuestra fe en algo frío y que no da un verdadero sentido a nuestra vida. Es la mala hierba que tenemos que arrancar de nuestro corazón para que la semilla de la Palabra de Dios germine de verdad en nosotros y un día llegue a dar fruto. Mucho tenemos que desbrozar en nuestro corazón para ser esa tierra buena y acoger la novedad que nos ofrece el evangelio.

viernes, 15 de enero de 2021

Cuando comencemos a ser capaces de perdonar estaremos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso

 


Cuando comencemos a ser capaces de perdonar estaremos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12

¿Os habéis detenido a pensar alguna vez cómo hemos llenado la vida de barreras? Y no estoy pensando en las fronteras que separan las naciones y los estados cuando pensábamos que algunas se habían superado pero otras han vuelto a reaparecer; no pienso solo en la vallas que dividen los territorios y separan las propiedades donde ya no podemos decir que ancho y libre es el campo; no quiero pensar solo en las prohibiciones de todo tipo de nuestras leyes, de los decretos que acompañan y que también de alguna manera merman las libertades de las personas. Y así podríamos seguir poniendo muchos ejemplos, porque son muchas y bien diversas las barreras que dividen nuestro mundo.

Hay otras barreras que nos imponemos los unos a los otros en nuestras relaciones cuando no somos capaces de aceptarnos y de respetarnos, cuando aparecen tantas discriminaciones desde diferentes latitudes vamos a decirlo así por hacerlo de una manera suave, cuando de alguna manera ponemos impedimentos para nuestros encuentros, porque terminamos por no dejar entrar en nuestro corazón a muchas personas ni nosotros podemos traspasar ciertas fronteras que se han levantado para poder entrar en el corazón de los otros.

Ya mencionábamos la aceptación mutua y el respeto, pero que nos tiene que hacer pensar en esos candados que ponemos en nuestro corazón para impedir que entre la comprensión en nuestro corazón y seamos al final ser compasivos los unos con los otros. Un candado terrible que ponemos en el corazón es la incapacidad de perdonar de la que algunas veces nos dotamos. Es una de las peores exclusiones que hacemos de los demás, pero que en el mundo en que vivimos vemos como tan normal los resentimientos y los rencores que hasta nos puede parecer una gloria el mantener esa dureza de corazón para no perdonar a los demás.

Me ha hecho pensar en todo esto el evangelio que hoy se nos propone. Aquellos hombres que traen un paralítico para llevarlo a los pies de Jesús y todo son trabas para que pueda llegar hasta El. La misma gente que buscaba a Jesús y quería estar cerca de El se lo impedía. No podían entrar por la puerta por la gente que se agolpaba y no los dejaban pasar. Pero hay gente valiente que se quiere saltar las barreras y aquellos hombres son capaces de abrir un boquete en el techo de la casa para descolgar por allí al paralítico hasta los pies de Jesús.

Pero es que allí se va a encontrar también otras barreras. Cuando Jesús quiere ofrecerle la sanación más profunda que no solo será curar sus miembros paralizados, sino ofrecerle el regalo del perdón de los pecados, aparecen los fariseos y escribas que están al acecho y dicen que eso no se puede hacer, que Jesús está blasfemando porque se está atribuyendo un poder de Dios. Barreras como las que nos seguimos poniendo nosotros en la vida con nuestros corazones llenos de candados para mantener por tiempo sin fin rencores y resentimientos. Qué duros somos de corazón.

¿Seremos capaces de romper algún día esas barreras que nos estamos interponiendo los unos contra los otros? ¿Llegaremos a tener un corazón compasivo y misericordioso como tantas veces nos enseña Jesús en el evangelio para abrir nuestros corazones al perdón y ser nosotros los primeros que sintamos la verdadera paz en nuestro corazón? ¿Se nos habrá ocurrido pensar que cuando somos capaces de perdonar estamos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso?

Si fuéramos capaces de romper esta barrera para abrirnos al perdón seguro que otras muchas barreras que nos hemos interpuesto en la vida, como hacíamos mención al principio, también irán desapareciendo de nosotros y de nuestra sociedad. Seguro que esa acritud con que se está hoy viviendo la vida y las mutuas relaciones a todos los niveles desaparecerá y comenzaremos a tener un mundo de mucha paz.

martes, 3 de noviembre de 2020

Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan

 


Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan

Filipenses 2, 5-11; Sal 21; Lucas 14, 15-24

Alguna puede habernos pasado en un sentido o en otro; alguien nos hizo un regalo con mucha ilusión, pero cuando lo recibimos lo hicimos de manera fría, porque quizá no era lo que nosotros esperábamos, nos pareció poco o inútil y por mucho que lo tratamos de disimular se notó el desencanto en nuestra expresión, pero mayor fue el desencanto de quien nos hizo el regalo por la fría acogida con que lo recibimos. O nos habrá podido pasar al revés, fuimos nosotros lo que hicimos el regalo, pero quien lo recibió no lo tuvo en cuenta, casi ni lo miró, se fue a entretener con otras cosas dejando lo que le regalamos allá olvidado en cualquier rincón.

No es que tengamos que ser hipócritas si no nos gusta lo que nos ofrecen, pero si hemos de saber valorar lo que nos hayan ofrecido por más pequeño que nos pueda parecer. No podemos ir de sobrados creyendo que nos lo merecemos todo y siempre nos parecerá poco lo que nos puedan ofrecer o regalar. Ya sea en referencia a lo que recibimos de los demás o a la vida misma que vivimos, quizás siempre estemos descontentos y añorando otras circunstancias, otros momentos u otra cosas que acaso nos pudiera ofrecer la vida. Son otros nuestros sueños, nuestras aspiraciones, o incluso nuestros valores. Sepamos valorar, sepamos acoger, sepamos aceptar, seamos capaces de reconocer el amor que han puesto en lo que nos regalan y hasta el esfuerzo que haya podido significar para las otras personas lo que nos ha regalado.

Según nos ha venido diciendo el evangelio Jesús estaba invitado a comer en casa de unos fariseos. Quizás por lo que Jesús iba diciendo o quizá la abundancia del banquete en que estaban participando, a uno se le ocurre decir que serán dichosos los que coman en el banquete del Reino de Dios. ¿Un entusiasmo ante las palabras de Jesús? ¿Un entusiasmo por aquel banquete que le hace soñar aun en cosas mejores? ¿Quizás imaginaba que el Reino de Dios era como una buena mesa y un buen banquete como del que ahora estaba participando?

Pero Jesús querrá decirle algo importante. No nos pongamos a soñar ni a imaginar, sino sepamos aceptar lo que nos ofrecen, porque en ese saber aceptar y acoger se van a dar precisamente las señales del Reino de Dios. Aquellos invitados al banquete de bodas de la parábola no supieron aceptar aquella invitación que les estaban haciendo y preferían otras cosas, que si sus campos, que si lo que tenían o lo que habían comprado, que si su propia boda, que si sus intereses particulares que tenían que cuidar, pero descuidaron la invitación, no supieron valorar la invitación que les hacían. Quedarían fuera del banquete y el banquete sería para otros que sí supieron aceptarlo. Ya conocemos el desarrollo de la parábola.

¿Y nosotros qué somos capaces de aceptar? ¿Cuál es la acogida que hacemos desde el fondo del corazón a la invitación al amor que nos está haciendo el Señor? ¿Tendremos también otros intereses? ¿También habrá otras cosas que nos entretengan más? ¿Valoramos la riqueza de gracia que quizás desde lo más humilde puedan ofrecernos? ¿Con nuestra aceptación y acogida hasta de lo más sencillo que nos ofrezcan hacemos felices a los que nos regalan?

Me viene a la memoria un hecho, una anécdota como queráis llamarlo, de algo que me sucedió en una ocasión hace años. Había ido a visitar a una anciana enferma, que en aquellos momentos y en aquellos lugares en medio del monte nunca habría recibido quizá la visita de un sacerdote.

Me senté con ella a los pies de su cama en la pobreza de aquel hogar, escuché sus suspiros y sus lágrimas, pasé sencillamente un rato con aquella persona a la que simplemente había dado mi tiempo y mi presencia, pero cuando me iba a marchar desde su pobreza quería ofrecerme algo. Rebuscó hasta encontrar una bolsa donde ponerme unos higos pasados que tenía allí guardados en un cajón quizá para su sustento, y había que ver con qué entusiasmo ella me hacía aquel paquete, pero qué alegría sentía también porque yo se los aceptaba. Hice feliz a aquella persona acogiendo aquello que en su pobreza me ofrecía con tanto cariño y agradecimiento. Algo tan sencillo que puede hacer felices a los demás, y yo me sentí feliz, no tanto por los higos que me ofrecía, sino por el cariño que aquella persona estaba poniendo y que la hacía tan feliz.

viernes, 31 de julio de 2020

Quitemos los filtros de nuestros prejuicios que pueden enturbiar la imagen que hemos de descubrir en los demás como la imagen que nos hacemos de Jesús

Quitemos los filtros de nuestros prejuicios que pueden enturbiar la imagen que hemos de descubrir en los demás como la imagen que nos hacemos de Jesús

Jeremías 26, 1-9; Sal 68; Mateo 13, 54-58

Algunas veces nos parecen extrañas las actitudes que vemos que toman muchos judíos hacia Jesús, pero quizá idealizamos o mitificamos tanto los pasajes evangélicos, teniendo en cuenta nuestra fe o lo que nosotros ya sabemos en torno a los acontecimientos que nos narra el evangelio que olvidamos que nosotros en nuestra vida ordinaria actuamos de una manera muy semejante.

Hoy hemos escuchado la reacción de las gentes de Nazaret hacia la figura de Jesús; admiración llena de orgullo primero porque era uno de los suyos, allí se había criado Jesús y estaban sus parientes, pero eso mismo les hace ir cambiando su actitud porque en Jesús les cuesta reconocer lo que les está presentando; y es también un orgullo pueblerino el que les hace reaccionar porque cómo les va a venir a enseñar a ellos uno que conocieron desde siempre y que allí están sus parientes. 

Como nos sucede tantas veces a nosotros sentimos el orgullo cuando alguien del pueblo destaca en algo, pero pronto aparecen las inquinas, las desconfianzas, el comenzar a mirar con lupa lo que hace, o poner dobles intenciones o intenciones ocultas en aquel que está sobresaliendo y o terminamos por relegarlo y olvidarlo, o tratamos quizá de quitarlo de en medio. Cuantos filtros de prejuicios ponemos por medio en nuestra mirada hacia los demás.

Es la reacción que vemos en la gente de Nazaret con Jesús y aquí podemos unir los dos relatos, el que hoy hemos escuchado del evangelio de Mateo o el que con más frecuencia quizá escuchamos del evangelio de Lucas que tiene quizá una extensión y amplitud mayor. Pasan de la admiración a la desconfianza. Primero se admiran de su sabiduría, pero pronto se preguntan donde ha aprendido todas esas cosas; anhelan quizá que en su pueblo se realicen los milagros que le han dado fama en otros lugares, pero ahora no tienen quizá la humildad de presentar de verdad su mal o sus enfermos para que Jesús los cure, y terminan rechazándolo.

Ningún profeta es bien mirado en su patria, sentenciará Jesús. Y bien sabemos que es sentencia que se repite con frecuencia, porque ya sabemos como somos para minusvalorar a los que son cercanos a nosotros, o a los que no se presentan orgullosos y queriendo arrebatarlo todo. La humildad de los que son sencillos pero que quizá podrían realizar maravillas en nosotros no la tenemos en cuenta, sino que parece que más bien nos vale para hundir más a las personas de nuestro entorno.

¿Qué buscaban aquellas gentes en Jesús? ¿Qué buscaban quizá sus propios convecinos los que vivían en Nazaret, el pueblo en que había crecido Jesús? Claro que igualmente nosotros tenemos que preguntarnos también, ¿qué buscamos o qué queremos descubrir en Jesús? ¿Qué es lo que aceptamos de cuanto nos ofrece, nos dice o nos enseña, nos regala con su gracia y por la fuerza de su Espíritu? Porque también algunas veces podemos cegarnos nosotros y no terminamos de llegar a conocer a Jesús. ¿Cuál es la actitud humilde con que hemos de acercarnos a Jesús?

Y es que todo eso puede estar reflejando cuales son las actitudes con que nos acercamos a los demás. Eso que hacemos en la vida de cada día, de acogida o no de los que nos rodean, de aceptación y valoración de los que están a nuestro lado, ese respeto humilde con que nos acercamos a los demás valorando en verdad sus personas, es el camino habitual que tomamos o deberíamos de tomar cuando también buscamos a Jesús.

Igual que tenemos que aprender a descubrir el misterio de cada persona, tenemos que saber descubrir el misterio de salvación, el misterio de Dios que en Cristo Jesús se nos manifiesta. Hay una profunda interrelación entre una cosa y otra, porque descubrir el valor de la otra persona es llegar a descubrir también el misterio de Dios que en ella se nos manifiesta. Y no siempre sabemos descubrirlo porque, como hicieron los convecinos de Jesús de Nazaret, también nosotros ponemos nuestros filtros, los filtros de nuestros prejuicios, que pueden enturbiar esa imagen que tenemos que descubrir en los demás y también en Jesús.