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jueves, 15 de mayo de 2025

Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica nos dice el Señor para comenzar la revolución de las toallas en el servicio de lavatorio de los pies

 


Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica nos dice el Señor para comenzar la revolución de las toallas en el servicio de lavatorio de los pies

Hechos 13, 13-25; Salmo 88; Juan 13, 16-20

Imaginaos que nos llega alguien que viene a traernos noticias de un familiar que tenemos lejos, a quien apreciamos mucho pero del que últimamente teníamos pocas noticias; son sentimientos de alegría lo acogemos por las noticias que nos trae pero también por la relación de amistad que parece tener con nuestro pariente para confiarle ese encargo de visitarnos y traernos noticias suyas; pero en un momento determinado tal mensajero se nos pone insolente y exigente, gloriándose de la amistad que tiene que nuestro familiar, y poco menos que mostrándose dominante con nosotros y reclamándonos una atención mayor de lo que realmente se está haciendo merecedor; nos sentiremos incómodos, surgirán reservas en nuestro interior y aflorará un rechazo por esas posturas orgullosas con las que se nos manifiesta. Son situaciones que de una forma o de otra muchas veces se nos pueden dar en nuestras mutuas relaciones.

Pero he querido partir de este ejemplo o experiencia para hacer una concordancia con lo que Jesús hoy nos dice en el evangelio y que puede tener resonancia no solo en la manera de nosotros acoger ese mensaje que nos llega sino también en la forma como nosotros hemos de trasmitirlo.

Apunta el evangelista que las palabras de Jesús son pronunciadas después del gesto que tuvo al principio de la cena pascual de lavarles los pies a los discípulos. Algo que los dejó en cierto modo descolocados, como hemos expresado recientemente, por la sorpresa del gesto de Jesús. Pero es que Jesús a continuación les dice que es lo que ellos también han de realizar; no es el discípulo mayor que su maestro, y si hemos visto al Maestro y al Señor lavar los pies en esa nueva revolución de las toallas, como alguien la ha llamado, hemos de implicarnos. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, viene a decirles Jesús.

Jesús ha venido como el enviado del Padre como tantas veces nos ha repetido y la forma de mostrarse Jesús es precisamente desde los caminos del amor. ¿Qué es lo que vemos a lo largo de todo el evangelio? ‘Pasó haciendo el bien’, sería la definición que Pedro en uno de sus discursos daría de Jesús. Contemplamos su cercanía, su búsqueda constante del pecador o de todo aquel en quien hay un sufrimiento; se deja hacer y se deja llevar, le tocan la orla del manto o va allá donde lo necesitan, se detiene junto a quien está al borde del camino o se acerca al que es ignorado por todos y nadie tiene compasión de él como el paralítico de la piscina. Es la muestra del amor y de la misericordia porque el médico ha venido para sanar a los enfermos, por eso comerá con publicanos y pecadores o se dejará lavar los pies por una mujer pecadora. ‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, repito que nos dice Jesús.

Es esa entonces también la sintonía con que nosotros hemos de acoger a Jesús. Siempre nos está mostrando el rostro misericordioso de Dios. Es el maestro, es el Señor, pero nos dirá que ser primero y principal es hacer el último. Es lo que hace Jesús llegando a morir en el más degradante de los tormentos.

¿Será así cómo nosotros llevamos su mensaje a los demás? ¿Será en ese camino de humildad y sencillez como la Iglesia se presenta ante el mundo para anunciar el mensaje del Reino? Tentados nos sentimos a veces de mostrarnos con prepotencia y orgullo, hacer manifestaciones de poder y autosuficiencia, de volvernos exigentes y radicales con los que se muestran diferentes o a los que les cuesta aceptar y llevar a la vida el mensaje del evangelio que tratamos de trasmitir, de volvernos duros e inmisericordes con los que han cometido errores o son pecadores.

No olvidemos que tenemos que ser siempre muestra en nuestras actitudes en nuestra manera de ir a los demás de ese rostro de misericordia de Dios, como lo hizo Jesús. Muchas veces quizás ha sucedido que no ha sido aceptado el mensaje del evangelio porque nosotros los mensajeros íbamos con mucha autosuficiencia y muy engreídos con nuestra verdad y a la larga pudimos hacer odioso el mensaje para aquellos que nos escuchaban. Muchas actitudes nuevas hemos de poner, porque mucho hemos de corregir.

sábado, 18 de marzo de 2023

No perdamos la llave de la humildad aunque nos parezca pobre e insignificante, no la cambiemos por vanidades, con ella nos encontraremos en el corazón de Dios

 


No perdamos la llave de la humildad aunque nos parezca pobre e insignificante, no la cambiemos por vanidades, con ella nos encontraremos en el corazón de Dios

Oseas 6, 1-6; Sal 50; Lucas 18, 9-14

Hoy a donde quiera que vamos llevamos el ‘currículum vitae’ bajo el brazo. Todo se ha convertido algo así como un concurso de méritos y en nuestra historia de vida vamos acumulando cosas, papeles, títulos, documentos que nos certifiquen lo que hemos hecho para tener merecimientos para continuar nuestra carrera de ascensos; algunas veces son cosas que hicimos por rutina, cursos que hicimos muchas veces por cumplimiento sin mostrar ni el más mínimo interés, pero podemos tener un papel más, un documento más que aumente nuestras posibilidades.

¿Pero todo en la vida es así? ¿Todo en la vida lo podemos convertir en eso? Claro que tendríamos que preguntarnos cuales son los verdaderos valores que tendríamos que tener en cuenta. Pero tampoco podemos quedarnos en esos protocolos que nos exige la vida y traspasar esos estilos de merecimientos a nuestras relaciones con Dios. Muchas veces decimos, es cierto, cuantas misas yo he escuchado, cuantos rosarios he rezado, cuantas veces hice los primeros viernes, cuantas cosas buenas yo he hecho, ¿serán un merecimiento ante Dios? ¿Nos valdrán para presentarnos con títulos de exigencias a Dios, cuando quizás aunque haya hecho esas cosas, he tenido a Dios tan ajeno a mi vida, tan alejado de mi vida real?

De cuántas autosuficiencias vamos llenando la vida. Títulos que colgamos de la pared y que nos sirven bien de adorno en nuestra casa. Pero ¿todo se puede quedar en un adorno, algo de lo que presumir? El Evangelio de hoy nos hace pensar.

Ya nos dice para comenzar el evangelista que Jesús nos propone esa parábola por algunos que se tenían por justos, confiaban solo en si mismos y despreciaban a los demás. ¿Así andaremos nosotros? con corazón abierto, con espíritu humilde tenemos que presentarnos ante Dios para escuchar en lo más hondo de nosotros mismos esta parábola de los dos hombres que subieron al templo a orar.

Allí está el fariseo, de pie, en medio de todos, mirando por encima del hombro a todos los demás, cantando como el gallo que ufano extiende sus alas en medio del gallinero para hacer el listado de todas las cosas buenas que hace y con lo que se presenta ante Dios. El no es como lo demás, y dice bien. No es como los que van con sencillez y humildad por la vida, porque solo pretende subirse a pedestales para que le muestren reverencia. Y ahora desde ese pedestal poco menos que quiere dirigirse a Dios de tú a tú con su currículum, con sus méritos, con sus exigencias, con sus ‘derechos’.  Y nos dirá Jesús que bajó del templo con el rabo entre patas, porque de ninguna manera sintió justificación en su corazón.

Pero allí está en un rincón el que no se atreve a levantar la cabeza. El sabe que es pecador y es lo único que puede presentar ante Dios, aunque su pecado no le valga para ningún merecimiento. Es su único currículum que puede atreverse a presentar. Pero es el hombre que no confía en si mismo porque sabe de su debilidad, no es el hombre que cacarea sus hazañas, porque lo único que recuerda son sus debilidades y fracasos en la vida, pero aun así se atreve a acercarse a Dios, porque sabe que Dios es compasivo y misericordioso. Su única palabra es ten compasión de este pecador, acogerse a la misericordia y a la compasión de Dios que es amor. Y se llenó de Dios, porque la humildad junto con su amor era la llave que le abría la puerta para encontrarse con Dios.

¿Y nosotros? ¿Qué llevamos en nuestras manos cuando nos presentamos ante Dios? ¿Sabremos encontrar esa llave de la humildad que nos abre los ojos para contemplar y vivir lo que es la misericordia de Dios? No perdamos la llave de la humildad aunque nos parezca pobre e insignificante, no la cambiemos por las vanidades de este mundo, nos encontraremos en el corazón de Dios.

martes, 14 de marzo de 2023

Un intercambio de amor y de misericordia, aprendiendo a gozarnos en todo lo que es el amor de Dios, amando a los demás y mostrándonos comprensivos y compasivos

 

limpiemos el cristal del corazón perdonando

Un intercambio de amor y de misericordia, aprendiendo a gozarnos en todo lo que es el amor de Dios, amando a los demás y mostrándonos comprensivos y compasivos

Daniel 3, 25. 34-43; Sal 24; Mateo 18, 21-35

Cuando dejará de darme la lata, ya está bien, una y otra vez con lo mismo, pensamos algunas veces impacientes ante las molestas que estamos recibiendo de alguien. Ya le ha aguantado bastante, argumentamos, le he perdonado tantas veces, pero parece que esto no se acaba, y ya comenzamos a tenerle inquina en nuestro interior, perdemos la paciencia fácilmente, y terminamos rechazándolo.

Aquí estamos entrando en el tema del perdón, de las molestias u ofensas que recibimos de los demás, y nos preguntamos hasta donde tenemos que aguantar, hasta donde tenemos que seguir teniendo paciencia, cuantas veces tengo que perdonarle. Nos sucede tantas veces. Lo vemos tantas veces en la vida a nuestro alrededor; gente que se las guarda en su interior – y cuanto daño se están haciendo a si mismos – y están buscando no ya el cómo perdonarle, sino como encontrar medio para la venganza. Cosas así las tenemos muy cerca de nosotros, cuando no nos sucede a nosotros lo mismo.

Es lo que Pedro le está planteando al Maestro. Lo ha escuchado en el sermón del monte que nos manda amar también a aquellos que nos resultan indiferentes, que tenemos que hacer el bien también a aquellos de los que nunca hemos recibido un favor, que tenemos que amar a los enemigos y a los que nos hacen daño, que tenemos incluso que rezar por aquellos que nos han ofendido, que el padre tiene que recibir de nuevo en su casa al hijo que se ha malgastado todo lo que su padre le dio viviendo de mala manera...

Y Pedro no termina de entenderlo. Porque uno tiene también su orgullo y su amor propio, como tantas veces pensamos. Y ha escuchado a Jesús que hay que perdonar, porque además así nos ha enseñado a rezar, pero hay cosas que no le cuadran en su cabeza. ¿Cuántas veces? ¿Será ya suficiente para cumplir un poco con lo que dice Jesús, que le perdonemos hasta siete veces?

Ya conocemos la respuesta de Jesús, que seguramente les dejaría desconcertados. No es para menos. Porque Jesús parece que nos está pidiendo imposibles. Y Jesús propone una parábola. Una parábola en la que tenemos que aprender a valorar lo que es sentirse perdonado, para que yo pueda comenzar a tener esa actitud también para con los demás. El hombre que le pide cuenta a sus servidores, sobre todo uno que tiene grandes deudas con él; después de suplicarle ante las exigencias de su amo, pero sobre todo después que finalmente le han perdonado todo lo que debía, no fue capaz de tener entrañas de misericordia con un compañero que le debía una minucia en comparación.

No había disfrutado con el perdón que le habían concedido. Es el gran problema que seguimos teniendo. Parece que no le damos importancia cuando nos perdonan a nosotros, pero sí le damos importancia a lo que el otro pueda deberme. Nos olvidamos fácilmente de que nos han perdonado, de lo que nos han perdonado. Algo que tenemos que aprender a saborear para que entonces nosotros aprendamos a tener buenas actitudes con los demás.

Es regla universal que Jesús nos está trazando, es cierto, pero quiero centrarme en nosotros los cristianos, que seguimos siendo rencorosos tantas veces en la vida, y que nos cuesta tanto perdonar. Y a lo mejor somos de los que vamos a confesarnos mucho, porque es cierto que nos sentimos pecadores, para que el Señor nos perdone. Pero algo nos está fallando cuando nos confesamos, algo nos está fallando cuando estamos celebrando el sacramento de la penitencia para recibir el perdón de Dios por nuestros pecados, pero no terminamos de saborear ese regalo de Dios que nos perdona.

Y así no queremos dejar que otros puedan saborear el perdón que nosotros hemos de ofrecerle, no sabemos nosotros gozarnos regalando el perdón a los que nos hayan ofendido, porque es regalarles amor, porque es disfrutar de verdad de lo que es el amor de Dios que ha sido compasivo y misericordioso con nosotros y ahora nosotros queremos serlo con los demás.

Es un intercambio de amor y de misericordia, es un aprender a gozarnos de verdad en todo lo que es el amor de Dios, es disfrutar cuando amamos a los demás y nos mostramos comprensivos y compasivos, porque sabemos lo que son nuestras debilidades, pero porque hemos disfrutado cuando Dios nos ha perdonado.

lunes, 6 de marzo de 2023

Cuando nos dejamos envolver por la misericordia, ni juzgamos ni condenamos, siempre estaremos dispuestos a la generosidad del perdón, siempre estaremos regalando amor

 


Cuando nos dejamos envolver por la misericordia, ni juzgamos ni condenamos, siempre estaremos dispuestos a la generosidad del perdón, siempre estaremos regalando amor

Daniel 9, 4b-10; Sal 78; Lucas 6, 36-38

Si en un aspecto negativo solemos decir que quien siembra vientos recoge tempestades, dándole la vuelta podríamos pensar que quien siembra buena semilla tendrá derecho a recoger buena cosecha de frutos buenos. Por eso son importantes las actitudes que llevamos en el corazón en nuestra relación con los demás y los buenos gestos que hemos de saber prodigarnos los unos a los otros. Y es que el bien se contagia y no es una enfermedad, sino todo lo contrario; y ese sembrar siempre el bien, la buena semilla, es en lo que hemos de estar bien atentos en la vida.

Ya sé que me van a decir que una manzana podrida pudre todo el cesto, pero hemos de saber quitarla a tiempo, a tiempo hemos de saber curar esa herida que muchos podemos llevar en el corazón antes de que se encone y nos vaya a producir mayor enfermedad. Claro que todos tenemos ese peligro; ya sabemos que hasta en los mejores hospitales, algunas veces se producen contagios e infecciones, pero ahí esta nuestra tarea como seguidores de Jesús, que tenemos la misión de curar. ¿No envió Jesús a sus discípulos a curar a los enfermos y para eso los llenó de autoridad?

Reducimos excesivamente esa curación a las enfermedades del cuerpo, pero hay heridas que llevamos en el alma que no sabemos curar, que muchos en ocasiones tampoco quieren curar, prefieren el sufrimiento que llevan en su corazón con sus resentimientos y deseos de venganza, que verse liberados de ese mal y poner tener paz en el corazón. Es una tarea que tenemos que realizar; costosa muchas veces, porque nos enconamos fácilmente en el mal, pero tarea importante que tenemos que realizar para cumplir con la misión de Jesús. Devolver la paz a los corazones.

¿Cómo podemos hacerlo? Tenemos que convertirnos en signos de misericordia y de reconciliación; porque lo vivamos en nosotros mismos; porque reconozcamos con valentía y sinceridad la misericordia que el Señor ha tenido y tiene continuamente con nosotros que siempre nos está ofreciendo su perdón; porque con la paz de nuestro espíritu, con ese serenidad que nace de un corazón lleno de amor así nos acerquemos a los demás, allí donde están esas almas dolientes, allí donde están tantos con esas heridas y les mostremos cómo podemos curar esas heridas, como nosotros hemos sido sanados, cómo nosotros un día quizá estuvimos también con esas heridas que tanto daño nos hacían primero que nada a nosotros mismos, y nos dejamos curar, y hemos encontrado la paz; porque vayamos derramando la paz y la compasión, la misericordia y el amor en nuestro encuentro con los demás. Ángeles de misericordia tenemos que ser.

Es lo que nos está diciendo hoy Jesús en el evangelio. Que miremos lo que es la misericordia de Dios y así nos mostremos nosotros con misericordia para con los demás. Y nuestra misericordia los curará, nuestros gestos de amor regenerarán esos corazones para que ellos también se dejen transformar por el amor.

‘Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará…’ nos dice Jesús. Cuando nos dejamos envolver por la misericordia, ni juzgamos ni condenamos, siempre estaremos dispuestos a la generosidad del perdón, siempre estaremos regalando amor.

Pero nos dice algo más Jesús, con esa medida de amor nosotros seremos pagados. ‘Os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’. ¿Queremos mejores regalos?

miércoles, 24 de febrero de 2021

Una vida de contradicciones y de vaivenes como la de Jonás pero que tenemos que saber convertir en pascua para que lleguemos a renacer a una vida nueva

 


Una vida de contradicciones y de vaivenes como la de Jonás pero que tenemos que saber convertir en pascua para que lleguemos a renacer a una vida nueva

Jonás 3, 1-10; Sal 50; Lucas 11, 29-32

Pedir signos, pedir pruebas, pedir milagros, pedir cosas concretas para fundamentar nuestra fe es un camino que de alguna manera todos recorremos. Pedimos pero no buscamos, pedimos pero no abrimos el corazón, pedimos pero no hacemos silencio para escuchar la respuesta, pedimos pero sin paciencia y sin esperanza porque ya casi damos por hecho que no vamos a tener respuesta. Pero ¿estaremos deseando de verdad encontrar esa prueba, ese signo, esa palabra que nos ilumine, que nos haga ver y creer?

Estamos en una generación en que apretamos un botón y se realizan mil cosas, muchas veces hasta sin tocar, con una lectura magnética quizá simplemente de nuestros ojos. Y como queremos que todo sea así no sabemos ponernos al paso del Dios que se nos revela, que no son nuestros pasos, que no son nuestras carreras ni superficialidades, que es algo mucho más hondo.

Y Jesús les dice que a esta generación no se les dará más signo que Jonás. Aquel profeta que Dios llamó para que fuera a predicar a Nínive. Pero un profeta que se nos presenta bastante contradictorio. Quizá por eso mismo Jesús nos dice que es nuestro signo, nuestra señal; porque quizá refleja mucho nuestras propias contradicciones, nuestras dudas y nuestros entusiasmos, nuestras vueltas atrás pero también las turbulencias que se nos presentan en el corazón porque queremos creer y no terminamos de creer, porque hasta algunas veces nos parece mucho lo que Dios está haciendo, mientras en otras protestamos porque no nos escucha.

Dios le llamó para que fuera a predicar a Nínive la gran ciudad, pero tuvo miedo. Se embarcó en sentido contrario. Pero los caminos se le fueron complicando, la tormenta no dejaba avanzar el barco, en sus creencias alguien con mala sobre podría ir en el barco y aquello era un castigo del cielo, se ofrece para ser arrojada al mar porque reconoce el error de ponerse en camino en sentido contrario. Y está por medio el cetáceo que se lo traga por tres días para regurgitarle sano y salvo y pueda emprender el camino hasta Nínive. Realiza la gran predicación y el pueblo responde. Pero ya en su misma predicación va con desconfianza, les pide que se vistan de saco y ceniza a ver si Dios se arrepiente de su amenaza y no se destruye la ciudad. No se siente seguro, por eso cuando el pueblo se arrepiente y Dios le perdona todavía tiene agallas para enfrentarse a Dios y decirle qué es que fue compasivo y misericordioso con aquel pueblo pecador.

Los vaivenes de nuestra propia vida; nuestras huidas pero también nuestros fervores, nuestras dudas y nuestros reclamos, nuestra inconstancia y la repetición de nuestras caídas después que tantas veces hemos sido perdonados. Pero Jonás será de verdad una señal para nosotros, un signo para que nos demos cuenta de nuestros vaivenes, para que de una vez por todas emprendamos el verdadero camino de salvación que Dios nos ofrece, para que creamos con toda nuestra fuerza en la misericordia y compasión del Señor que por nosotros se da y a todos ofrece siempre su perdón. Nos sentimos en ocasiones reconocedores de que no somos merecedores de ese perdón y de ese amor que Dios nos tiene y nuestro corazón se llena tantas veces de turbulencias y de dudas.

La señal de Jonás que es su vida misma. La señal de Jonás que es como una resurrección cuando vuelve a la vida después de estar tres días en el vientre del cetáceo; enterrados estamos nosotros en nuestro pecado, pero estamos llamados a una vida nueva. Es un camino de pascua toda nuestra misma vida. En cuaresma hacemos camino hacia la pascua, pero tenemos que ir haciendo pascua en nuestra vida aprendiendo a morir al pecado para renacer a una vida nueva. ¿Podremos ser signos también nosotros para los demás?

viernes, 15 de enero de 2021

Cuando comencemos a ser capaces de perdonar estaremos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso

 


Cuando comencemos a ser capaces de perdonar estaremos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12

¿Os habéis detenido a pensar alguna vez cómo hemos llenado la vida de barreras? Y no estoy pensando en las fronteras que separan las naciones y los estados cuando pensábamos que algunas se habían superado pero otras han vuelto a reaparecer; no pienso solo en la vallas que dividen los territorios y separan las propiedades donde ya no podemos decir que ancho y libre es el campo; no quiero pensar solo en las prohibiciones de todo tipo de nuestras leyes, de los decretos que acompañan y que también de alguna manera merman las libertades de las personas. Y así podríamos seguir poniendo muchos ejemplos, porque son muchas y bien diversas las barreras que dividen nuestro mundo.

Hay otras barreras que nos imponemos los unos a los otros en nuestras relaciones cuando no somos capaces de aceptarnos y de respetarnos, cuando aparecen tantas discriminaciones desde diferentes latitudes vamos a decirlo así por hacerlo de una manera suave, cuando de alguna manera ponemos impedimentos para nuestros encuentros, porque terminamos por no dejar entrar en nuestro corazón a muchas personas ni nosotros podemos traspasar ciertas fronteras que se han levantado para poder entrar en el corazón de los otros.

Ya mencionábamos la aceptación mutua y el respeto, pero que nos tiene que hacer pensar en esos candados que ponemos en nuestro corazón para impedir que entre la comprensión en nuestro corazón y seamos al final ser compasivos los unos con los otros. Un candado terrible que ponemos en el corazón es la incapacidad de perdonar de la que algunas veces nos dotamos. Es una de las peores exclusiones que hacemos de los demás, pero que en el mundo en que vivimos vemos como tan normal los resentimientos y los rencores que hasta nos puede parecer una gloria el mantener esa dureza de corazón para no perdonar a los demás.

Me ha hecho pensar en todo esto el evangelio que hoy se nos propone. Aquellos hombres que traen un paralítico para llevarlo a los pies de Jesús y todo son trabas para que pueda llegar hasta El. La misma gente que buscaba a Jesús y quería estar cerca de El se lo impedía. No podían entrar por la puerta por la gente que se agolpaba y no los dejaban pasar. Pero hay gente valiente que se quiere saltar las barreras y aquellos hombres son capaces de abrir un boquete en el techo de la casa para descolgar por allí al paralítico hasta los pies de Jesús.

Pero es que allí se va a encontrar también otras barreras. Cuando Jesús quiere ofrecerle la sanación más profunda que no solo será curar sus miembros paralizados, sino ofrecerle el regalo del perdón de los pecados, aparecen los fariseos y escribas que están al acecho y dicen que eso no se puede hacer, que Jesús está blasfemando porque se está atribuyendo un poder de Dios. Barreras como las que nos seguimos poniendo nosotros en la vida con nuestros corazones llenos de candados para mantener por tiempo sin fin rencores y resentimientos. Qué duros somos de corazón.

¿Seremos capaces de romper algún día esas barreras que nos estamos interponiendo los unos contra los otros? ¿Llegaremos a tener un corazón compasivo y misericordioso como tantas veces nos enseña Jesús en el evangelio para abrir nuestros corazones al perdón y ser nosotros los primeros que sintamos la verdadera paz en nuestro corazón? ¿Se nos habrá ocurrido pensar que cuando somos capaces de perdonar estamos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso?

Si fuéramos capaces de romper esta barrera para abrirnos al perdón seguro que otras muchas barreras que nos hemos interpuesto en la vida, como hacíamos mención al principio, también irán desapareciendo de nosotros y de nuestra sociedad. Seguro que esa acritud con que se está hoy viviendo la vida y las mutuas relaciones a todos los niveles desaparecerá y comenzaremos a tener un mundo de mucha paz.

jueves, 26 de noviembre de 2020

No vayamos con la mirada rastrera a tierra, sino levantemos la cabeza, alcemos los ojos, veamos las señales del cielo, sintamos la alarma de Dios, siempre son llamadas de amor

 


No vayamos con la mirada rastrera a tierra, sino levantemos la cabeza, alcemos los ojos, veamos las señales del cielo, sintamos la alarma de Dios, siempre son llamadas de amor

Apocalipsis 18,1-2.21-23; 19, 1-3.9a; Sal 99; Lucas 21,20-28

Ponemos la alarma para que nos avise en un determinado momento, en una hora concreta, ya sea para despertarnos del sueño y levantarnos en la mañana, ya sea para distintas actividades que tenemos que hacer a lo largo del día y que necesitan ser realizadas en un momento determinado. Es lo clásico del reloj, pero hoy tenemos multitud de sistemas electrónicos y de todo tipo que nos realizan esa función. Pero podemos no prestarle atención, no hacerle caso cuando nos suena y nos llama, prescindir de ese aviso y decimos para que lo hayamos preparado si no le vamos a hacer caso.

En la vida vamos detectando también multitud de señales, de avisos, de signos que nos alertan si queremos escuchar hasta en lo más profundo de nuestro ser. La repetición de acontecimientos, los sucesos imprevistos, lo que vemos que le sucede a los demás, situaciones duras por las que en momentos tenemos que pasar y así muchas cosas podemos decir que son avisos que recibimos de la vida misma para despertar, para buscar un sentido, para encontrarnos con los verdaderos valores, para corregir el rumbo de la vida; lo malo es que no sabemos leer esos signos o en muchas ocasiones es que no les queremos hacer caso.

Estamos diciendo es la vida que nos avisa, son los acontecimientos que suceden con un por qué, pero como creyentes podíamos ir mucho más allá para saber descubrir las señales de Dios que nos llama y que espera de nosotros distintas y mejores respuestas que las que habitualmente estamos dando. Claro que para esto hay que saber una visión distinta, para esto es necesario tener una mirada de fe, una mirada creyente, para poder descubrir esa llamada de Dios o esa acción de Dios en nuestra vida.

No lejano de la apreciación de las cosas está aquello que escuchábamos cuando nos sucedía algo malo, de que Dios castiga sin piedra ni palo; permanece aún en muchos el sentimiento de que en las cosas que no son buenas que nos suceden allí está el castigo de Dios, y así terminamos por ver, por ejemplo, una enfermedad como un castigo de Dios, y quien dice una enfermedad esas situaciones difíciles por las que tantas veces pasamos, y ahora mismo hay profetas de calamidades que en cuanto nos está sucediendo quieren ver un castigo del cielo.

No puedo imaginarme a un Dios que está detrás de la esquina o detrás de la puerta esperándonos con un palo en sus manos para castigarnos por lo mal que lo estamos haciendo. Creo que esa imagen hay que purificarla porque la bondad y del amor de Dios van por otro camino. Lo que sí podríamos decir que ahí hay signos y señales de la llamada de Dios que nos espera, que nos pone en camino, que está poniendo en nuestras manos muchas cosas para que hagamos que las cosas sean distintas.

El Dios en quien creo y del que nos habló Jesús es un Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad y en clemencia, como tantas veces habremos rezado en los salmos. Los utilizamos para nuestra oración, pero luego no sabemos utilizarlos para leer la vida, para descubrir y escuchar esa llamada de Dios. Y la prueba y la manifestación la tenemos en Jesucristo que por nosotros se entregó para que nosotros tuviéramos vida.

Escuchemos esas alarmas de Dios, esos signos de su presencia junto a nosotros, en lo que es nuestra vida, en los acontecimientos que vivimos, en lo que nos sucede sea malo o sea bueno; ahí están los signos de la llamada de Dios, ahí están las señales del amor de Dios. Hoy nos ha dicho ‘cuando sucedan estas cosas, estad alerta, levantad vuestras cabezas, se acerca vuestra liberación’. No vayamos por la vida con la vista demasiado mirando solo para abajo, sino levantemos la cabeza, alcemos la mirada, veamos las señales del cielo, escuchemos en el corazón las llamadas de Dios.

domingo, 7 de junio de 2020

Tendría que notarse un cristiano cuando viene de Misa porque lleva en si el resplandor de la gloria de Dios en una nueva forma de vivir



Tendría que notarse un cristiano cuando viene de Misa porque lleva en si el resplandor de la gloria de Dios en una nueva forma de vivir

Éxodo 34, 4b-6. 8-9; Sal. Dn 3, 52-56; 2Corintios 13, 11-13; Juan 3, 16-18
‘Moisés madrugó y subió a la montaña del Sinaí… el Señor bajó en la nube y se quedó allí con él…’ Hermosa y reconfortante experiencia. ‘El Señor se quedó allí con él’. Supo Moisés subir a la montaña, pero supo esperar la visita de Dios.
Buscamos a Dios, queremos subir a lo alto, buscamos el silencio y la soledad, queremos verle y escucharle, nos preguntamos muchas cosas que parecen que no tienen respuesta, el misterio nos rodea, no sabemos como sintonizar porque quizá en muchas ocasiones haya muchos ruidos, las preocupaciones y los problemas de la vida nos aturden, parece que nos encontramos desorientados…, pero quizá en un momento inesperado nos sobreviene una paz interior que nunca antes habíamos sentido, nos parece que hubiéramos entrado en otra dimensión que no es lo que habitualmente palpamos en la vida, porque nos hace sentir lo que nunca habíamos sentido, porque parece que hay una nueva luz interior que no solo nos hace ver de manera distinta y hasta seremos capaces de lanzarnos a lo que no sabríamos describir, parece que saboreamos algo que no sabemos explicar…
¿Estamos sintiendo a Dios en nuestro corazón? ¿Será eso vivir la presencia de Dios en nosotros? ¿Nos estará haciendo gustar el Señor su presencia y su vivir? Habremos podido tener esa experiencia de Dios y quizá no supimos interpretarla; era Dios el que estaba tocando a nuestra puerta y quizá nos distraemos o nos confundimos. El niño Samuel en medio de la noche entre sus sueños escuchaba una voz que le llamaba; solo supo correr a los pies de la cama del sacerdote porque pensaba que de allí era la voz que él escuchaba; no era sin embargo la voz del sacerdote sino la voz de Dios que se repetía una y otra vez hasta que supo decir, como le enseñó el sacerdote, ‘habla, Señor, que tu siervo te escucha’, y el Señor se le reveló.
¿Qué es lo que experimentó Moisés en aquellos momentos? El amor y la misericordia del Señor. Así lo escuchaba y lo sentía en lo más hondo del corazón. Era casi como una cantinela que se repetía una y otra vez como cuando le cogemos el gusto a algo y lo saboreamos una y otra vez como para no olvidarlo nunca. ‘Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad’. Por eso ya lo que se atreve a balbucir es que la misericordia del Señor esté siempre con ellos, les acompañe y no les abandone nunca. ‘Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque es un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras culpas y pecados y tómanos como heredad tuya’.
¿Qué es todo el misterio de Dios que hoy celebramos cuando hoy estamos en el domingo de la Santísima Trinidad? Es tradicional que en este domingo en que retomamos el tiempo ordinario después de ver concluido la Pascua el pasado domingo de Pentecostés, la Iglesia celebra el domingo de la Santísima Trinidad. Es como recoger todo el misterio de Dios que hemos venido celebrando al celebrar el misterio de Cristo para postrarnos ante Dios y todo sea un cántico de alabanza a Dios por tanto amor como hemos vivido. Es, por supuesto, lo que hacemos en cada Eucaristía y en cada celebración cristiana. Todo por Cristo y con Cristo en la unidad y comunión del Espíritu Santo para la gloria de Dios, como proclamamos siempre en la doxología final de la Plegaria Eucarística.
‘Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él’, escuchábamos en el evangelio en el diálogo entre Jesús y Nicodemo. No para condena sino para salvación porque todo es manifestación de ese amor de Dios. ‘Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna’.
Algo que sabemos, que repetimos muchas veces pero que hemos de aprender a gustarlo, a vivirlo. Hasta en las fórmulas del saludo litúrgico se nos repite con palabras de san Pablo. Porque el Señor ha bajado para quedarse con nosotros, como hablábamos de la experiencia de Moisés. No olvidemos que Jesús es el Emmanuel, ‘Dios con nosotros’, y como nos había prometido que estaría con nosotros siempre hasta la consumación del mundo, hasta el final de los tiempos. Y es lo que tenemos que gustar y saborear en todo momento. Tenemos que aprender a prestar más atención.
No nos acostumbremos a escuchar, por ejemplo, las palabras rituales de nuestras celebraciones porque tenemos el peligro de perderles el sentido. Si el Sacerdote nos dice – y son palabras que hoy hemos escuchado en labios de san Pablo en sus cartas - ‘la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo estén con nosotros’, que en ese momento seamos capaces de detenernos para pensar en esa presencia de Dios, para gustar esa presencia de Dios, para dejarnos inundar por ese misterio de Dios.
Aunque hoy no lo hemos escuchado en el texto proclamado, cuando Moisés subió a la presencia del Señor en el Monte Sinaí y como hoy nos decía ‘bajó Dios en la nube y se quedó con él’, la continuación del texto nos dice que cuando Moisés bajó de la montaña y volvió al encuentro con la gente su rostro resplandecía de manera que incluso encandilaba a los que estaban en su presencia. Vio a Dios y se llenó del resplandor de Dios.
Después de nuestras celebraciones, que han de ser verdaderos encuentros con Dios, ¿no tendríamos que ir así resplandecientes de la gloria de Dios al encuentro con los demás? No es que no llevemos los rostros resplandecientes, es que quizá sea nuestra vida la que no resplandezca de verdad en nuevas actitudes y valores y en una nueva vivencia del amor, porque estemos llenos de la gloria de Dios. ¿Se notará en nuestra vida que venimos de Misa, que venimos del encuentro con el Señor?


domingo, 23 de febrero de 2020

Comencemos a respetar, comprender, disculpar, descubrir lo bueno que hay en las personas, colaborar en su crecimiento, pasos importantes para vivir el amor cristiano



Comencemos a respetar, comprender, disculpar, descubrir lo bueno que hay en las personas, colaborar en su crecimiento, pasos importantes para vivir el amor cristiano

Levítico 19, 1-2. 17-18; Sal 102; 1Corintios 3, 16-23; Mateo 5, 38-48
Yo soy amigo de mis amigos, alardeamos en los perfiles de las redes sociales. Somos buenos con nuestros amigos, si hay que hacer un favor, se hace; nos gusta estar juntos y compartir nuestras cosas, y si es muy amigo hasta llegamos a confidencias de lo que llevamos en nuestro interior. Pero y si no es amigo, ¿qué pasa? Y si tampoco es amigo de tus amigos ¿cómo lo miras? ¿Qué estarías dispuesto a hacer?
Es bueno ser amigo de nuestros amigos y de los amigos de nuestros amigos; es bueno ser humano los unos con los otros y prestarnos esa ayuda y si es necesario defendernos; está bien eso de llevarse con todos, pero claro nuestros amigos son nuestros amigos, y con ellos habrá algo más especial. Podríamos decir que entrar en la normalidad de las relaciones humanas entre unos y otros. Yo soy bueno decimos, y si no que pregunten a mis amigos y conocidos. Y hasta alardeamos de que nos amamos como nos dice Jesús.
Somos amigos y nos queremos. Pero ¿solo en eso consiste el amor cristiano del que nos habla Jesús? Es aquí donde tenemos que pararnos un poco para ver la sublimidad de lo que nos enseña y nos pide Jesús. No es cualquier cosa. Mirando lo que son nuestras relaciones normales entre unos y otros donde, como decimos, nos llevamos bien y nos tratamos bien hasta… que no me ofendan, no me molesten, no me hagan daño en lo mío o en mis cosas.
Somos buenos y nos queremos, pero tenemos nuestros límites porque fácilmente nos sentimos heridos, fácilmente nos aparece el rencor y nos volvemos vengativos, o al menos ya queremos tener cuidado porque el que me la hizo una vez, no me la hace dos… Ya sabemos cómo son nuestras reacciones, como aparecer nuestro ego y nuestro amor propio, y ya no son todos amigos.
Valiente fue Jesús para que precisamente en medio de aquel pueblo que tenían tan desarrollado su amor propio y su orgullo nacional viniera a proponer lo que les estaba diciendo de ese nuevo estilo del amor. Valientes tenemos que ser nosotros para que, sabiendo como somos y sabiendo cual es el ambiente y el sentido de tantos a nuestro alrededor, nos arriesguemos por Jesús, nos lancemos a querer vivir el amor en los parámetros que El nos propone.
Y es que Jesús nos vendrá a decir que los que le siguen no pueden contentarse con hacer como todos hacen. Saludar al que te saluda, ser bueno y ayudar al que te ha ayudado lo hace cualquiera aunque no se llame cristiano. Como dirá Jesús en el evangelio eso lo hacen también los gentiles. Y es que Jesús nos está ofreciendo lo que podríamos llamar una utopía, pero que no es un sueño simplemente sino que ha de ser la realidad de lo que nosotros hemos de vivir.
Aquí está la sublimidad del evangelio, de la Buena Nueva del Reino de Dios. Una buena nueva que tenemos que creer; una buena nueva que para aceptarle tenemos que convertirnos de corazón. Por algo insistiría Jesús tanto al principio de su predicación en la conversión del corazón, en la vuelta que había que darle al corazón. Porque pensando lo que siempre hemos pensado no es estar aceptando esa buena nueva, ese evangelio; viviendo como siempre hemos vivido no es precisamente vivir el Reino de Dios.
Ese Reino del Dios compasivo y misericordioso, de ese Dios que siempre nos ama y que nos enseña a amar de la misma manera. Porque aceptar su Reino, reconocerle como Rey y Señor de nuestra vida implica comenzar a vivir de una forma nueva, desde unos valores nuevos, desde un estilo de amor nuevo cuyo modelo y ejemplo tenemos en Dios.
Por eso nos hablará Jesús del amor también al que no es amigo o no se ha comportado como amigo contigo, amar también al que nos agravia, amar también al que nos haya podido hacer daño, amar también al que nos ha ofendido, amar a todo hombre porque es mi hermano porque también es amado de Dios y Dios también lo quiere hacer y tener como hijo.
Por eso nos hablara Jesús también del amor a los enemigos hasta el punto de a ellos también hacerles el bien, o como nos dice concretamente, rezar por el enemigo, por el que te haya hecho daño. No tienen cabida las venganzas ni los resentimientos; ya está superado aquello del ojo por ojo y diente por diente que se había impuesto pero que al menos el que se vengaba no se pasara sino solo exigiera una medida semejante; ahora ya no cabe el que hagamos frente a aquel que nos ha agraviado y ya nos ponemos a la distancia manteniendo nuestras reservas en el hablar o llevarnos con él. Ahora tendremos que aprender a tratarlo como a un hermano y ser capaz hasta de perder la capa por mantener intacta nuestra relacion con él.
Y es que Jesús nos pone el listón muy alto y para ello tenemos que entrenarnos, porque todo no se consigue de una vez. Algunas veces no se nos quita el peso de nuestra conciencia porque no terminamos de ver con buenos ojos a aquel que nos ofendió y parece que nos duele el corazón. Comencemos a dar pasos, comencemos a tener una mirada nueva, comencemos a contemplar el amor que Dios nos tiene a pesar también de nuestras propias debilidades y caídas, comencemos por rezar por aquel a quien nos cuesta tragar, comencemos a respetar, comprender, disculpar, descubrir lo bueno que hay en las personas, para colaborar en su crecimiento. Ya es comenzar a vivir un amor como nos propone Jesús. Es mucho más que ser amigo de mis amigos.
Es un entrenamiento, pero con la mirada puesta en la meta que nos presenta hoy Jesús. ‘Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos… Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’.


martes, 26 de marzo de 2019

No olvidemos nunca el perdón que Dios nos ofrece para ser nosotros generosos en nuestro amor y en el perdón


No olvidemos nunca el perdón que Dios nos ofrece para ser nosotros generosos en nuestro amor y en el perdón

Daniel 3,25.34-43; Sal 24; Mateo 18,21-35
No lo queremos reconocer pero el cerrarnos al perdón y guardar rencor en el corazón tiene que ser un tormento difícil de sobrellevar. No hay paz más grande que cuando generosamente somos perdonados y no hay liberación más profunda dentro de nosotros mismos cuando somos generosos para dar el perdón a quien nos haya ofendido, porque es sentir la paz que se produce dentro de nosotros cuando nos descargamos de ese tormento del orgullo y del amor propio que nos cuesta tanto mitigar. Cuando nos mantenemos en nuestro orgullo o amor propio malherido estamos engendrando negatividad dentro de nosotros que fácilmente puede explotar de muchas maneras en violencias.
Lo sabemos pero no lo queremos reconocer. Y seguimos con las espadas en alto, creando distanciamientos por heridas mal curadas que  nos alejan los unos de los otros haciendo tan dura y difícil la convivencia. Que triste es ver pasar a una persona junto a otra evitándose, no dirigiéndose ninguna palabra amable, y marcando la tensión en sus rostros y en sus vidas o ignorándose mutuamente. Nunca más se dijeron un día, por cualquier impertinencia y las distancias se han seguido ahondando entre unos y otros creando abismos que parecen insuperables. Vemos demasiado de todo eso en nuestro entorno y tendríamos que decir que sufren esas personas, como también nos hace sufrir porque vemos esa falta de amor y comprensión y esa falta de humanidad.
El problema del perdón es un problema permanente en el corazón del hombre; algo que se nos hace difícil. Algunas veces no quisiéramos ser así, nos gustaría llegar a sentir esa paz en el corazón pero nos cuesta. Buscamos subterfugios, queremos encontrar soluciones fáciles, pero seguimos poniendo límites, y es que en fin de cuentas le ponemos límites al amor; nos falta generosidad en el corazón; nos falta reconocimiento por nuestra parte de forma verdaderamente agradecida a quienes son comprensivos con nosotros y llegan a perdonarnos.
Es lo que se nos plantea hoy en el evangelio. Viene Pedro por allí preguntando hasta cuándo tenemos que perdonar, cuantas veces tenemos que perdonar al hermano que me ofende; y en un gesto que quiere llamar él de generosidad, dice si será suficiente que perdonemos siete veces al que nos haya ofendido. Y ya conocemos la respuesta de Jesús que se ha hecho bien proverbial hasta en nuestra manera de hablar. ‘Siete veces no, sino setenta veces siete’.
Aquello le parece excesivo a Pedro y por eso Jesús les propone la parábola. Del criado que ha sido perdonado por su amo, y que luego no sabe perdonar a su compañero con diferencia grande entre lo que debe uno y lo que debe el otro. Y con la parábola Jesús nos está hablando de cómo es el perdón que Dios nos ofrece, al que no sabemos nosotros corresponder siendo capaces de perdonar a los demás, cuando tantas veces hemos pedido perdón a Dios y el Señor nos ha perdonado.
Ya nos ha dicho Jesús en otro momento que seamos compasivos y misericordiosos como Dios nuestro Padre es compasivo y misericordioso. Es el modelo que tendríamos que seguir, aunque nos cueste. Pero sí es necesaria una cosa, y es que seamos nosotros capaces de saborear el perdón que Dios nos ofrece. Sí, digo, saborear. Porque quizá vamos a pedirle perdón a Dios como una rutina, pero no llegamos a saborear lo que es ese perdón gozándonos en esa paz que Dios nos da. Creo que si lo saboreáramos bien sabríamos ser capaces de saborear también nosotros el perdón que le ofrecemos a los demás, sintiendo también nosotros la paz del que libera su espíritu de resentimientos y rencores, de orgullos y de ese amor propio que nos encierra en nosotros impidiéndonos el dar generosamente ese perdón.
Qué distintas serían nuestras relaciones entre unos y otros si actuáramos así. Que hermanamiento de amor iríamos creando entre unos y otros que nos facilitarían el encuentro y la convivencia. No olvidemos nunca el perdón que Dios nos ofrece para ser nosotros generosos en nuestro amor y en el perdón.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Nos volvemos a Dios con la certeza de su amor, experimentando en nosotros su compasión y misericordia, gozándonos en su amor, viviendo ya entonces en su amor


Nos volvemos a Dios con la certeza de su amor, experimentando en nosotros su compasión y misericordia, gozándonos en su amor, viviendo ya entonces en su amor

Joel 2,12-18; Sal 50; 2 Corintios 5,20–6,2; Mateo  6, 1-6.16-18

Es cierto, toda persona que quiere vivir de una forma madura su vida intenta cada día superarse, ser mejor, corregir errores, revisar continuamente lo que hace para tratar de hacerlo mejor cada día. Es bueno, es de alabar y es una tarea en la que hemos de empeñarnos en todo momento. Porque no eres frió ni caliente, te vomitaré de mi boca, dice la Escritura Santa; y es que cuando no intentamos superarnos y crecer, lo que hacemos es retroceder y disminuir. Solo el esfuerzo y la tensión nos harán crecer continuamente, porque la vida es un terreno bien resbaladizo en que si no tenemos la tensión de querer avanzar, lo que hacemos es retroceder.
Pero hoy que comenzamos con el miércoles de ceniza el tiempo de Cuaresma que nos conduce a la celebración del Misterio Pascual de Cristo en la Pascua, recuerdo esta actitud que hemos mencionado tan necesaria en la vida, y vamos a escuchar continuamente cómo la Palabra de Dios nos llama a la conversión. Pero ahora me atrevo a decir       que la conversión que se nos pide es mucho más que aquella buena actitud de la que antes hablábamos. Aquello, ya lo decíamos, es bueno y de alabar, pero la conversión no es solo revisar y corregir errores que hayamos cometido en la vida, aunque también tengamos que hacerlo, pero la conversión exige o pide algo más.
Escuchamos, por ejemplo, lo que os dice hoy el profeta en la Palabra que se nos proclamará en la celebración. ‘Volveos al Señor, vuestro Dios, y desgarrad vuestro corazón en vez de desgarrar la ropa… (Joel 2, 13). La primera palabra que se nos dice es ‘volveos… volveos al Señor, vuestro Dios’. Conversión, pues, no es solo corregir una cosa, una actitud o una acción que no hayamos hecho bien; conversión es volverse al Señor.
Muchas veces cuando comenzamos la cuaresma nos hacemos muchos propósitos, nos trazamos un plan y enumeramos aquellos cosas que creemos que debemos mejor en nuestra vida, y nos proponemos muchas cosas que en nuestra ascesis tenemos que hacer, porque así siguiendo ese plan vamos a mejor, decimos, vamos a convertirnos dándole la vuelta a nuestra vida con las cosas que tenemos que cambiar. Pero cuidado que nos falte la más importante, que esa conversión, que esa vuelta que tenemos que darle a nuestra vida, es un volvernos a Dios.
Nos volvemos a Dios y en El queremos mirarnos; en El que es compasivo y misericordioso, como repetiremos tantas veces. Vamos a sentirnos amados de Dios, la compasión y la misericordia de Dios que se derrama sobre nosotros; vamos a sentir como el Señor nos acoge en su misericordia y nos ofrece una y otra vez su amor y su perdón; vamos a volvernos a Dios y disfrutando de su amor nos sentiremos como enardecidos para vivir en su mismo amor. Será así desde ese amor de Dios experimentado en nuestra vida donde nos sentiremos impulsados a vivir en su amor, a vivir con su amor y será entonces cuando nuestra vida comience a ser distinta.
Nos volvemos a Dios para comenzar a creer de verdad en su palabra, en su evangelio, en su buena nueva de salvación; y vueltos a Dios nuestra vida comenzará entonces a ser distinta. Es algo tan sencillo lo que se nos está pidiendo, pero reconocemos que al mismo tiempo es costoso; nuestra vida se ha amoldado a vivir de una forma en que vamos vueltos hacia nuestros apegos, que parece que los huesos del alma se nos rompen cuando tenemos que dar la vuelta en redondo, para volvernos a Dios y solo a Dios.
Pero nos volvemos a El con la certeza de su amor, experimentando en nosotros su compasión y misericordia, gozándonos en su amor, viviendo ya entonces en su amor. Eso es lo que verdaderamente tenemos que hacer, para que sea una autentica conversión; lo otro sería cambiar cosas, pero no habremos cambiado el corazón.

domingo, 2 de septiembre de 2018

No es la apariencia externa por muy bonita que la presentemos sino ese interior que de verdad se deja inundar por el Espíritu de amor lo que manifiesta la gloria de Dios



No es la apariencia externa por muy bonita que la presentemos sino ese interior que de verdad se deja inundar por el Espíritu de amor lo que manifiesta la gloria de Dios

Deum. 4, 1-2. 6-8; Sal. 14; Sant. 1, 17-18. 21b 22. 27; Mc. 7, 1-8a. 14-15. 21-23

Hay ocasiones en que nos damos cuenta cuando vemos a alguien hacer alguna cosa que quizá tiene que hacer por obligación que sin embargo lo está haciendo como de mala gana, de rutina, no está poniendo todo su ser en lo que está haciendo. Nos puede pasar en más de una ocasión, estamos cansados quizá pero aquello ahora hay que hacerlo y lo hacemos, pero como se suele decir estamos pero no estamos, lo hacemos fríamente, rutinariamente.
Y ¡ojo! que nos pasa más de una vez en nuestras oraciones, en los actos de piedad que realizamos, rezamos pero nuestra mente está en otro lado, realmente repetimos las palabras o los gestos pero solamente de una forma mecánica. Hemos llenado quizá nuestra relación con Dios de tantos ritos muy codificados que podemos tener el peligro de realizarlo ritualmente pero realmente no haya un encuentro vivo con el Señor. 
Cuantas veces quizá hemos recitado el rosario, porque decimos que tenemos que rezarlo todos los días a la Virgen, pero nuestros ojos se caían de sueño y simplemente nos reducíamos a recitar mecánicamente las avemarías, que al final terminábamos diciéndolas dormidos.
Cuantas veces estamos en la celebración de la Eucaristía y seguimos punto a punto todos sus gestos y sus ritos, pero al final nos preguntamos y qué nos ha dicho la Palabra de Dios y es que no nos acordamos ni de qué iba el evangelio. Podemos realizar una celebración milimétricamente perfecta porque hemos sido fieles hasta en lo más mínimos en todos sus ritos, pero nuestro corazón estar lejos del Señor. ¿Es eso dar verdadera gloria al Señor? ¿Solo porque el coro, por ejemplo, haya ejecutado magistralmente unos cantos muy solemnes con la mejor de las músicas es suficiente para que nuestro corazón esté cantando la gloria del Señor?
El rito, el canto, los gestos las acciones de la liturgia tienen que estar en función de ayudarnos a que de verdad nuestro corazón esté en el Señor y abierto a su Palabra, no solo en la ejecución perfecta por si misma. Puede parecer un tanto crudo esto que estoy diciendo pero con sinceridad hemos de reconocer que más de una vez nos ha sucedido así.
Nos llenamos de ritos, de normas, tratamos de medir milimétricamente lo que tenemos que hacer, pero nos olvidamos del espíritu, nos olvidamos de lo interior. Aquí quizá habría que pensar y revisar muchas de las reglamentaciones que todavía tenemos en nuestra Iglesia para mantener una uniformidad exterior, pero que no llega nunca a esa comunión interior que tendría que haber. Comenzando por la comunión interior que tendría que haber entre todos los que nos decimos seguidores de Jesús, comunión interior con Dios en una autentica oración porque en verdad abramos nuestro corazón a Dios que va más allá de repetir unas oraciones o unos ritos.
Ya le venían planteando a Jesús aquellos necesarios ritos de purificación a los que eran tan dados los judíos sobre todo los fariseos que de necesidades higiénicas pasaron a convertirse en ritos que podrían marcar lo que tendría que ser la verdadera pureza interior. Muy preocupados andaban los fariseos por si los discípulos de Jesús se lavaban o no se lavaban las manos antes de comer. Jesús les recuerda con palabras del profeta que honraban a Dios más con los labios que con el corazón. ‘El culto que me dan está vació porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’.
Y Jesús nos habla de la verdadera pureza interior porque del corazón del hombre nos salen todos nuestros malos deseos. Así nos lo recuerda el evangelista. ‘Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
Ya nos recuerda la carta del apóstol Santiago cual es el verdadero espíritu de la religión. ‘La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo’. Que haya verdadero amor en nuestro corazón, que en verdad seamos compasivos y misericordiosos como tantas veces se nos repite en los salmos; que ese corazón compasivo y misericordioso es lo que nos hace parecernos a Dios, porque ya Jesús nos lo propone en el sermón del monte como el ideal de perfección para nuestra vida, compasivos y misericordiosos como nuestro Padre del cielo.
Y eso lo podremos vivir cuando en nuestro interior de verdad estamos llenos de Dios, entramos en esa sintonía de amor con Dios; no es la apariencia externa por muy bonita o perfecta que la presentemos, es ese interior de verdad abierto a Dios dejándose inundar por su Espíritu de amor lo que manifiesta la gloria de Dios. Es la mejor forma de cantar la gloria del Señor, porque todo eso que vivimos en nuestro interior se va a traducir de verdad en el amor que le tengamos a los hermanos y la comunión que vivamos con todos. Esa es la autentica comunión con Dios.

domingo, 11 de junio de 2017

Un misterio de comunión que experimentamos en Dios y nos hace entrar en una nueva dimensión que da sentido a nuestro ser y en un nuevo camino de plenitud


Un misterio de comunión que experimentamos en Dios y nos hace entrar en una nueva dimensión que da sentido a nuestro ser y en un nuevo camino de plenitud

Éxodo 34,4b-6.8-9; Sal.: Dn 3,52-56; 2Corintios 13,11-13; Juan 3,16-18
Todos andamos siempre buscando, queremos conocer. No es una mera curiosidad, como quien vaya coleccionando imágenes en su retina como el turista curioso que pasa de un lugar a otro simplemente captando imágenes. Es algo mas profundo, no es una imagen, es algo que quiere calar hondo porque quiere desentrañar el ser de las cosas, de lo que busca, de si mismo cuando al mismo tiempo descubre lo otro y al otro.
Por eso nos hacemos preguntas, queremos encontrar respuestas que nos den vida, que sean importantes para nuestra vida o que nos den un sentido a la vida. Me estoy enrollando, pensará alguno al hilo de este pensamiento, pero es que no queremos respuestas superficiales, aunque nos cueste entender; por eso decíamos que es algo mas que coleccionar imágenes en nuestra retina o en el disco duro de la vida. Y eso cuesta. Todo el recorrido de la vida de una persona es estar en esa búsqueda, en querer encontrar esas respuestas. Es, en cierto modo, preguntarnos por nuestra propia vida aunque terminemos preguntándonos por el misterio de la vida de Dios, como nos encontramos en este domingo.
Hoy es un domingo importante, queremos celebrar algo importante porque estamos metiéndonos, por así decirlo, en el misterio más íntimo y más profundo de Dios. Hoy celebramos el misterio de Dios que es su Trinidad. Ya decimos ‘misterio’ porque nos supera, nos cuesta meterla en la cabeza, pero quizá tendríamos que comenzar por sentirlo en el corazón. Pero para eso tiene que haber una apertura por nuestra parte, dejar que ese misterio nos inunde, que Dios mismo se nos revele.
Es lo que ha sido toda la vida del hombre cuando se ha dejado inundar por Dios, porque es Dios el que quiere revelársenos que es algo más que decir cosas de si mismo. Es sentir a Dios, sentir su presencia en nosotros. Dejar que Dios pase por nuestra vida, pero estar atentos a ese paso de Dios para sentirle, para vivirle.
Es lo que vemos en Moisés en la primera lectura de hoy. Subió a la montaña, quería ver a Dios, pero mas que ver fue sentir el paso de Dios; no era la tormenta, no eran los rayos y relámpagos que pudieran cruzar el firmamento, no era el viento recio que resquebrajada las montañas, era algo distinto. Y Moisés sintió que Dios era compasivo y misericordioso, sintió el amor misericordioso de Dios, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, pudo bajar de la montaña inundado de Dios, resplandeciente de Dios.
Es el Dios que nos ama y nos ama de tal manera que Jesús nos lo enseñará a llamar Padre. El Padre que ama, que se da por sus hijos, que le entrega lo mejor, que los busca y se acerca a ellos siempre con corazón misericordioso. Toda la revelación de Jesús es manifestarnos ese rostro de Dios, del Padre misericordioso. Pero no serán solo palabras sino lo que vamos a sentir y a experimentar en nuestra vida. Es lo que Jesús nos manifiesta con su cercanía y con su entrega.
Por eso podía decirse ‘tanto amó Dios al mundo que entregó a su propio Hijo’. Y fue entrega para el perdón, para la salvación, para la vida nueva, para la gracia, para la renovación total de nuestra vida. Y eso lo podemos sentir en nosotros cuando nos sentimos perdonados, cuando nos sentimos salvados, cuando nos sentimos amados. No son palabras, no son simplemente ideas, son experiencias, son cosas vividas. Así se nos revela Dios. Así nos comunica su Espíritu.
Todo en Dios es amor, es donación de si mismo, comunión en su mismo pero para que nosotros entremos también en esa comunión; porque ya no podremos sentirnos lejanos de Dios y ya aprendemos que ese también es el ser de nuestra vida, el amor y la comunión.
Por una parte podemos recordar aquella primera pagina de la Biblia en la que se nos dice que fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, pero podemos recordar lo que Jesús nos decía en el evangelio; que cuando entramos en la orbita del amor y la comunión es que Dios habita en nosotros, ‘vendremos y haremos morada en él’, que nos decía.
Pensar y confesar nuestra fe en la Trinidad de Dios que hoy de manera tan especial celebramos nos ha de hacer pensar que en nosotros hay esa trinidad, porque hay ese amor de comunión, porque tenemos que estar ya para siempre en comunión con Dios, pero también en comunión con los demás. No somos ya para nosotros mismos, es el sentido profundo y valioso de nuestro ser, sino que somos para los demás, nos sentimos amados y estamos a amar y darnos de la misma manera también a los demás. Nos sentimos hijos amados del Padre en Jesús pero con ese mismo amor como Jesús nos damos y nos entregamos amando siempre a los demás; estamos así llenos del Espíritu divino en nosotros que habita en lo mas profundo de nuestro ser.
Buscamos, siempre en búsqueda, porque queremos conocer, decíamos al principio. Buscamos a Dios porque queremos conocerle y entramos en una dimensión nueva y profunda porque ese conocimiento nos viene desde eso de Dios que experimentamos en nuestra vida. Conocer es vivir, conocer nos hace vivir y ese conocimiento de Dios nos hace encontrarnos con Dios y vivir a Dios pero es aprender a entrar en una dimensión nueva de nuestro ser; descubrimos así el sentido profundo de nuestra vida, de lo que somos, de lo que hemos de hacer, de adonde vamos a ir, del camino a recorrer y la meta que alcanzar.