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viernes, 15 de enero de 2021

Cuando comencemos a ser capaces de perdonar estaremos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso

 


Cuando comencemos a ser capaces de perdonar estaremos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12

¿Os habéis detenido a pensar alguna vez cómo hemos llenado la vida de barreras? Y no estoy pensando en las fronteras que separan las naciones y los estados cuando pensábamos que algunas se habían superado pero otras han vuelto a reaparecer; no pienso solo en la vallas que dividen los territorios y separan las propiedades donde ya no podemos decir que ancho y libre es el campo; no quiero pensar solo en las prohibiciones de todo tipo de nuestras leyes, de los decretos que acompañan y que también de alguna manera merman las libertades de las personas. Y así podríamos seguir poniendo muchos ejemplos, porque son muchas y bien diversas las barreras que dividen nuestro mundo.

Hay otras barreras que nos imponemos los unos a los otros en nuestras relaciones cuando no somos capaces de aceptarnos y de respetarnos, cuando aparecen tantas discriminaciones desde diferentes latitudes vamos a decirlo así por hacerlo de una manera suave, cuando de alguna manera ponemos impedimentos para nuestros encuentros, porque terminamos por no dejar entrar en nuestro corazón a muchas personas ni nosotros podemos traspasar ciertas fronteras que se han levantado para poder entrar en el corazón de los otros.

Ya mencionábamos la aceptación mutua y el respeto, pero que nos tiene que hacer pensar en esos candados que ponemos en nuestro corazón para impedir que entre la comprensión en nuestro corazón y seamos al final ser compasivos los unos con los otros. Un candado terrible que ponemos en el corazón es la incapacidad de perdonar de la que algunas veces nos dotamos. Es una de las peores exclusiones que hacemos de los demás, pero que en el mundo en que vivimos vemos como tan normal los resentimientos y los rencores que hasta nos puede parecer una gloria el mantener esa dureza de corazón para no perdonar a los demás.

Me ha hecho pensar en todo esto el evangelio que hoy se nos propone. Aquellos hombres que traen un paralítico para llevarlo a los pies de Jesús y todo son trabas para que pueda llegar hasta El. La misma gente que buscaba a Jesús y quería estar cerca de El se lo impedía. No podían entrar por la puerta por la gente que se agolpaba y no los dejaban pasar. Pero hay gente valiente que se quiere saltar las barreras y aquellos hombres son capaces de abrir un boquete en el techo de la casa para descolgar por allí al paralítico hasta los pies de Jesús.

Pero es que allí se va a encontrar también otras barreras. Cuando Jesús quiere ofrecerle la sanación más profunda que no solo será curar sus miembros paralizados, sino ofrecerle el regalo del perdón de los pecados, aparecen los fariseos y escribas que están al acecho y dicen que eso no se puede hacer, que Jesús está blasfemando porque se está atribuyendo un poder de Dios. Barreras como las que nos seguimos poniendo nosotros en la vida con nuestros corazones llenos de candados para mantener por tiempo sin fin rencores y resentimientos. Qué duros somos de corazón.

¿Seremos capaces de romper algún día esas barreras que nos estamos interponiendo los unos contra los otros? ¿Llegaremos a tener un corazón compasivo y misericordioso como tantas veces nos enseña Jesús en el evangelio para abrir nuestros corazones al perdón y ser nosotros los primeros que sintamos la verdadera paz en nuestro corazón? ¿Se nos habrá ocurrido pensar que cuando somos capaces de perdonar estamos pareciéndonos de la mejor de las maneras a Dios que es compasivo y misericordioso?

Si fuéramos capaces de romper esta barrera para abrirnos al perdón seguro que otras muchas barreras que nos hemos interpuesto en la vida, como hacíamos mención al principio, también irán desapareciendo de nosotros y de nuestra sociedad. Seguro que esa acritud con que se está hoy viviendo la vida y las mutuas relaciones a todos los niveles desaparecerá y comenzaremos a tener un mundo de mucha paz.

jueves, 14 de junio de 2018

En un mundo de palabras agresivas y violentas que reflejan sentimientos del corazón nos cuesta entender lo del perdón y la capacidad de comprensión



En un mundo de palabras agresivas y violentas que reflejan sentimientos del corazón nos cuesta entender lo del perdón y la capacidad de comprensión

1Reyes 18, 41-46; Sal 64; Mateo 5, 20-26

Confieso que me desconcierta el lenguaje que oigo utilizar a mi alrededor en muchas personas, en muchos casos jóvenes, pero también en no tan jóvenes. Un lenguaje áspero, cargado de palabras fuertes que en cualquier oído medianamente sensible resultaría violento e insultante, agresivo y con palabras que resultarían soeces y provocativas, y que manifiestan un lenguaje incorrecto que también una conducta. Algunos parece que las utilizan sin saber bien ni lo que dicen, pero en el fondo en muchas ocasiones esa violencia verbal refleja sentimientos violentos en el interior de la persona y que pueden llevar a enfrentamientos, resentimientos y rencores y que pudieran provocar un enfriamiento en la amistad y un deterioro en las relaciones.
¿Por qué llegamos a estas situaciones? ¿Qué le está pasando a nuestra sociedad que así se expresa? ¿Pudiera indicar otras enfermedades del espíritu que están maleando nuestras relaciones? Que los expertos nos ayuden a entenderlo, pero creo que no solo seria entenderlo sino mejor hacer que las cosas funcionaran de otra manera. Hay una violencia en el fondo de estas cosas que nos llena de malicia para ver siempre las cosas desde un lado negativo, nos lleva a desconfiar de todo y de todos, que está provocando esas reacciones agresivas y violencias donde enseguida aparece la palabra insultante. Y lo malo seria que no reconociéramos eso que nos está pasando a todos, porque nunca queremos ver la paja o la viga que llevamos en nuestro propio ojo, en nuestra propia vida.
No entendemos entonces lo que sea el perdón que podamos ofrecer, la capacidad de comprensión que tendríamos que despertar en nuestro interior, y los distanciamientos entre las personas cada vez se van ahondando más. ¿Nos habremos fijado en la cantidad de gente que no se habla ni se saluda por viejos resentimientos y rencores que guarda en su interior? Quizá como consecuencia de una palabra que nos ofendió, una desconfianza que se provocó en nosotros, una mala interpretación de un gesto que alguien tuvo hacia nosotros, y la amistad se rompió, alejamos a la gente de nuestro corazón, ya ni nos saludamos deseándonos los buenos días, y comenzamos a mirar con mirada turbia todo cuanto hace el otro en quien siempre veremos malicia. ¿Merece vivir en un mundo así, un mundo que realmente tendríamos que compartir en paz y en amistad?
Y lo tremendo es que eso nos sucede a personas que nos consideramos cristianos y hasta muy religiosos; y esas divisiones y desconfianzas aparecen en el seno de nuestra comunidad y en nuestra iglesia, y ya no somos instrumentos de perdón y de paz, y los valores del evangelio se van alejando de nuestra vida, o mejor, los vamos desterrando de nuestra vida.
Hoy nos pueden parecer fuertes y exigentes las palabras que nos dirige Jesús en el Evangelio, pero es que la exigencia del amor tiene que brillar en nosotros, y si no nos tenemos amor entre nosotros no podemos ir a decir a Dios que lo amamos mucho. Por eso es tan necesaria esa actitud de reconciliación, esos deseos de perdón para los demás que hemos de tener en nosotros cuando nos vayamos a presentar ante Dios. ¿Cómo rezamos a Dios ‘perdonanos nuestras deudas’, si nosotros no somos capaces de perdonar a los que nos hayan ofendido? ‘Vete a reconciliarte primero con tu hermano’, nos dice hoy Jesús.

jueves, 17 de agosto de 2017

Qué dichosos seríamos si fuésemos capaces de aceptarnos y perdonarnos siempre porque así mereceríamos la bienaventuranza de Jesús para los que son misericordiosos de corazón

Qué dichosos seríamos si fuésemos capaces de aceptarnos y perdonarnos siempre porque así mereceríamos la bienaventuranza de Jesús para los que son misericordiosos de corazón

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Sal 113; Mateo 18,21. -19,1
Una buena convivencia en armonía y paz es lo que todos deseamos; saber entendernos y comprendernos, aceptarnos mutuamente sabiendo que todos tenemos limitaciones y podemos errar, procurar siempre el bien de los demás ofreciendo con generosidad nuestros servicios, nuestras buenas acciones son cosas que deseamos.
Pero bien sabemos que aunque lo intentemos con buena voluntad no siempre es fácil. Surgen las incomprensiones, aparecen en ocasiones los malos modos y exigencias, tenemos la tendencia a querer dominar y que se hagan las cosas según nuestro gusto, y llega un momento en que nos sentimos molestos y ofendidos por lo que alguien hace o dice.
Lo bueno seria que supiéramos superarnos, olvidar esos malos momentos, pero algunas veces se repiten las cosas, parece que no se termina de entender que no somos los únicos ni los reyes caprichosos del mundo, y nos vienen resentimientos por lo que el otro pudo decir, o quizá incluso pensar de nosotros y no digamos nada cuando sentimos que algo nos hiere y toca fibras sensibles de nuestro corazón y nuestra vida.
Es cuando tendría que aparecer nuestra capacidad de comprender y perdonar, pero parece que no siempre está el horno para bollos, como suele decirse, y surge en nosotros una mala reacción con la que también quizá podemos ofender, o al menos nos sentimos resentidos en el corazón y ya no somos capaces de disimular, olvidar y perdonar. y cuando las situaciones se repiten una y otra vez ya no lo queremos dejar pasar y vienen esos distanciamientos, el recelo, el resentimiento y hasta los deseos de venganza; ya se rompió aquella bonita e idealizada convivencia que tanto deseamos porque comenzamos a ponernos barreras de no aceptación porque no somos capaces de perdonar.
Es el eterno problema que no sabemos resolver y que tanto daño nos hace cuando aparecen resabios de odio dentro de nosotros hacia el que me haya podido haber ofendido en alguna ocasión.
Es lo que se nos está planteando hoy en el evangelio. ¿Seremos capaces de perdonar? ¿Perdonaremos y olvidaremos restituyendo de nuevo aquellas buenas relaciones de amistad que se habían perdido? Pero cuando hay reincidencia en la ofensa ¿hasta donde tengo que llegar? ¿Cuántas veces tengo que perdonar?
Es la pregunta y el planteamiento que surge en los labios de Pedro, pero que refleja lo que pensamos en nuestro interior. Ya sabemos bien la respuesta de Jesús porque hasta tantas veces jugamos con sus palabras. Lo que Jesús nos está diciendo ahora no es sino una consecuencia de lo que ya nos propuso en el sermón del monte. Allí llamaba dichosos y bienaventurados a los que fueran misericordiosos en su corazón, a los que habían quitado toda maldad de su espíritu para vivir en la sencillez y en la humildad, a los que en verdad querían la paz y la buscaban no solo para si sino también para los demás.
Luego cuando nos hable del amor nos hablará del amor incluso a los enemigos, a los que no nos hacen bien, por los que además de querer perdonar tenemos también que rezar. Y nos habla Jesús del sol que sale sobre buenos y malos, de la lluvia que Dios envía a justos e injustos para decirnos como es el amor del Señor por todos a pesar de que le hayamos ofendido. Y nos dirá Jesús que tenemos que ser compasivos como nuestro Padre del cielo es compasivo.
No nos extraña, entonces, que Jesús nos diga ahora que no solo tenemos que perdonar siete veces sino setenta veces siete, para decirnos cómo siempre tenemos que perdonar. Y para que lo entendamos nos propone una parábola que nos habla de ese amor infinito de Dios que nos perdona aunque grandes sean nuestras deudas, nuestros pecados, y que entonces así tenemos que saber perdonar esas pequeñas cosas que nos puedan hacer nuestros hermanos. Es que nuestra vida tenemos que envolverla en la misericordia, y así siempre tenemos que perdonar.
Qué paz podemos sentir en el corazón cuando somos capaces de perdonar. Porque cuando no perdonamos somos nosotros los que lo pasamos peor porque no somos capaces de quitar esa mala semilla del rencor y resentimiento de nuestra vida, siempre lo estaremos recordando y siempre estaremos sufriendo a causa de ello. Pero cuando sabemos perdonar, la paz vuelve a nuestro corazón. Con el perdón estamos llenando de la hermosa semilla de la generosidad nuestro corazón y nuestra vida.

jueves, 13 de agosto de 2015

Cuando generosamente damos la paz del perdón a los que nos ofenden llenamos también de paz nuestro corazón

Cuando generosamente damos la paz del perdón a los que nos ofenden llenamos también de paz nuestro corazón

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Sal 113; Mateo 18,21. -19,1
Qué dura y difícil se nos hace la vida cuando seguimos guardando en nuestro corazón resentimientos y no sabemos encontrar la paz del perdón. Y no solo es quien no se siente perdonado en aquello con lo que haya podido ofender, sino también - aunque en su orgullo y ofuscación muchos no lo quieran reconocer - los que no saben ser generosos en su corazón para perdonar a los demás.
Algunas se creen victoriosos porque dicen que aquella ofensa no la perdonarán nunca ni nunca la olvidarán, que con aquella persona jamás volverán a tener trato porque están muy heridos con lo que le hicieron, pero pienso que mas bien son unos derrotados pero les vence el resentimiento, el rencor, la incapacidad para encontrar verdaderamente la paz. El que no perdona porque así cree que dañará en venganza al que lo ha ofendido el mismo en su interior no podrá encontrar paz, recordando siempre, manteniendo vivo el rescoldo del odio y del rencor. Quienes así viven no podrán obtener nunca la paz y serán los más infelices.
El tema del perdón es un caballo de batalla continuo en nuestra vida. Hay que saber crecer interiormente y madurar como personas para saber entender lo que es la belleza del perdón y la paz interior que se puede encontrar. Todos, es cierto, necesitamos pedir perdón porque son muchos los errores que vamos cometiendo en la vida, necesitamos encontrar esa paz que al mismo tiempo nos aliente y dé fuerzas para renovar nuestra vida, para restaurar aquellos errores que hayamos cometido y para poder seguir con fuerza luchando por superarnos nosotros pero también por contribuir a que los demás sean felices.
Pero también nos es necesario tener esa generosidad de espíritu para ser valientes en el perdón que otorguemos a los demás. Primero, pudiéramos decir, dándonos cuenta de que también nosotros muchas veces en la vida erramos porque no somos perfectos y necesitamos de la comprensión de los demás, comprensión que nunca deberíamos negar a nadie. Pero tenemos motivos más hondos cuando pensamos en el amor que debe envolver nuestra vida, y en nombre de ese amor tenemos que ayudarnos mutuamente y una forma es también manteniendo la confianza en los demás a pesar de sus errores. Igual que nos anima el ver que se sigue teniendo confianza en nosotros a pesar de nuestras debilidades y fallos, de la misma manera hemos de mantener esa confianza siempre en los demás.
Y finalmente desde nuestra fe cuando sentimos la compasión y la misericordia que Dios tiene con nosotros, hemos de sentirnos impulsados de la misma manera a ser compasivos y misericordiosos con los demás. Es lo que nos viene a enseñar la parábola que Jesús nos propone cuando Pedro le pregunta si ha de perdonar hasta siete veces. Quien envuelve su vida en el manto del amor no ha de tener medidas para ese amor ni ha de poner limites al perdón misericordioso que ofrecemos a los demás. Todos conocemos la parábola de la mezquindad de aquel hombre al que le habían perdonado grandes sumas de dinero y sin embargo no había sido capaz de condonar la pequeña deuda que tenia su compañero de trabajo con él.
¿Hasta donde llega la generosidad de nuestro corazón para perdonar a los demás? ¿Perderemos la paz de nuestro corazón porque no queramos dar la paz a aquellos a los que hemos de perdonar?