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martes, 22 de marzo de 2022

Dejémonos envolver por el amor de Dios para curarnos de verdad e impregnados de su amor comenzar a amar con un amor semejante al amor de Dios que siempre es compasivo

 


Dejémonos envolver por el amor de Dios para curarnos de verdad e impregnados de su amor comenzar a amar con un amor semejante al amor de Dios que siempre es compasivo

Daniel 3, 25. 34-43; Sal 24; Mateo 18, 21-35

Solo una medicina puede curarnos de verdad, el amor. Es la venda que envuelve nuestra alma herida y la puede curar de todos sus males. Cuántas medicinas vamos buscando por la vida. No son remedios ni son remiendos los que nos curan. Cuando estamos enfermos algunas veces no queremos ir al medico para que nos recete la medicina que pueda curarnos; nos queremos valer muchas veces de nuestros remedios, porque nos dijeron que si haciendo eso se nos quita la tos, que si con aquella otra infusión se nos pueden calmar algunos dolores, pero la enfermedad sigue ahí, no hemos ido a lo más profundo que nos cure de verdad. Pero nos quedamos solo en eso, en remedios, pero no medicinas que nos curan la enfermedad desde lo más hondo, desde su raíz.

Hoy Pedro le plantea a Jesús una cuestión que es muy fácil que se nos dé en nuestras relaciones humanas, nos ofendemos, nos hacemos daño, o sentimos el daño por dentro cuando conservamos en nosotros el resentimiento, el recuerdo de aquello que nos hicieron, nos sentimos ofendidos y no sabemos cómo curarnos. Pedro que ha escuchado a Jesús hablar muchas veces de la misericordia y del perdón, que le oyó decir allá en el sermón del monte que había que perdonar, que había que ser compasivo y misericordia, que incluso tendríamos que rezar por aquellos que nos han ofendido, sin embargo se está planteando cómo puede arrancar ese daño de su corazón, si hay que perdonar al hermano, cuantas veces tengo que perdonarlo. Y se pregunta y pregunta a Jesús ‘¿Hasta siete veces?’

Porque el tema está ahí también, cuando nos sentimos ofendidos y mantenemos el resentimiento dentro de nosotros, es que estamos manteniendo ese mal dentro de nosotros, estamos manteniendo esa alma herida que no sabemos cómo curar. Porque además cuesta entender aquello que Jesús había dicho en el sermón del monte, de que tenemos que saludar también al que no nos saluda y amar al que no nos ama. Cuesta poner amor en nuestro corazón. Y resulta que ese amor que seamos capaces de poner en nuestro corazón es el que nos salva, el que nos cura de verdad.

Pero eso Jesús le responde a Pedro que no solo siete veces, sino setenta veces siete, para hablarnos de esa universalidad del perdón. ¿Cómo será eso posible? Nos lo explica con la parábola. Cuando en verdad nosotros nos dejemos envolver por el amor de Dios. Porque acercarnos a Dios para pedirle perdón es algo más que reconocer que hemos hecho mal, que tenemos una deuda. Esa deuda por nosotros mismos no la podremos nunca saldar. Jesús ha venido para saldarla, Jesús ha venido para traernos aquello que nos dará la verdadera paz, que nos sanará profundamente, después de la herida de ese pecado. Es el amor de Jesús que es capaz de dar la vida por nosotros el que nos salva.

Es en ese amor en el que tenemos que envolver nuestra vida. Y hay que decir una cosa, no siempre que vamos a pedirle perdón a Dios nos dejamos envolver por ese amor. Vamos, podríamos decir que ritualmente; vamos y nos confesamos porque decimos que somos pecadores y es en ese medio donde vamos a recibir el perdón, pero no nos dejamos envolver por ese amor de Dios; no terminamos de gozarnos en ese amor de Dios que nos perdona; no llegamos a experimentar dentro de nosotros ese gozo y esa paz de ese amor que Dios nos regala.

Por eso nos sucede tantas veces como en la parábola; salimos del confesionario, salimos del sacramento de la Penitencia y cuando nos encontramos con el hermano que nos haya podido hacer algo, seguimos manteniendo nuestras diferencias, seguimos manteniendo nuestras distancias, seguimos con esa herida en el corazón sin haberla curado de verdad y le negamos la palabra, no volvemos a él rehaciendo nuestra amistad, llegamos a decir eso tan incongruente que perdonamos pero no olvidamos y cosas así.

Dejémonos envolver por el amor de Dios para curarnos de verdad. Dejémonos envolver por el amor de Dios para que se impregne nuestra vida de ese amor y comencemos a amar con un amor semejante. Así en verdad llegaremos a ser compasivos como nuestro Padre Dios es compasivo.

sábado, 3 de marzo de 2018

Siempre está el Padre esperándonos en cuyo corazón de amor caben los hijos por muchas que sean las negruras que lleven en sus vidas


Siempre está el Padre esperándonos en cuyo corazón de amor caben los hijos por muchas que sean las negruras que lleven en sus vidas

Miqueas 7,14-15.18-20; Sal 102; Lucas 15,1-3.11-32

Dar marcha atrás reconociendo los errores algunas veces el orgullo nos lo impide. Tenemos la tentación de creernos los mejores, los que siempre sabemos hacer bien las cosas y nos es más fácil culpabilizar de nuestras actitudes y posturas a los demás, a lo que hacen los demás que quizá, decimos, nos hacen reaccionar así. Queremos hacer la vida a nuestra manera y no aceptamos un consejo; cuando se nos mete entre ceja y ceja el que queremos hacer una cosa porque nos sentimos libres y queremos demostrarlo aunque eso pueda herir a los demás, no hay quien nos arranque de ese empeño.
Y es difícil que luego recapacitemos, el orgullo no nos deja; nos parece que reconocer un error de nuestra vida nos rebaja y nos humilla y no queremos sentirnos humillados ante nadie. Nos creemos con derechos y nos es fácil echarlo en cara a los demás y no nos permiten hacer lo que nosotros queramos o no nos consienten en nuestros caprichos.
Tendríamos que abrir nuestro corazón al amor y darnos cuenta de quien nos sigue amando a pesar de nuestros fallos o errores, para que quizá comencemos un poquito a repensar las cosas y querer cambiar. Nos es necesaria una buena dosis de humildad para reconocer ese amor que siempre permanece y que nos aceptará a pesar de lo que nosotros hayamos podido haber sido en la vida.
Me hago estas primeras consideraciones poniéndome ante el cuadro que se nos presenta en la parábola que se nos ofrece en esta mañana en la liturgia. Siempre decimos la parábola del hijo pródigo recalcando casi exclusivamente en la actitud y postura del hijo menor, quizás olvidando o dándole menor importancia a las posturas o actitudes orgullosas del hijo mayor. Es cierto que últimamente llamamos más la parábola del padre misericordioso que es el mensaje central que realmente se nos quiere ofrecer. No lo olvidamos, pero sí quiero que nos detengamos un poco en las posturas de ambos hijos que reflejan mucho nuestras posibles posturas y comportamientos.
El hijo mejor, es cierto, que se marchó de casa, queriendo alejarse del amor de su padre, y como dice la parábola derrocho toda su fortuna viviendo perdidamente. Pero cuando se vio hundido en la miseria que no era solo no tener nada que comer y andar entre los cerdos sino más bien toda la miseria y oscuridad en la que se había visto envuelto su corazón, fue capaz de recapacitar, pensar que podía haber tenido una vida mejor y añorar la casa del padre aunque no se consideraba digno de poder regresar. ‘Trátame como a uno de tus jornaleros’, pensaba decirle a su padre.
Ya conocemos la reacción del padre, que es el meollo de la parábola. Es el amor y la misericordia de Dios que siempre nos acoge. Por eso, como antes decía, tenemos que abrir nuestro corazón al amor y entender entonces que podemos ser acogidos a pesar de nuestras oscuridades y miserias. Fue el abrazo, y el vestido nuevo, y la fiesta con la que el padre celebró el regreso de su hijo perdido.
Pero podríamos decir que es más dura la actitud y postura del hijo mayor. Su corazón tampoco entiende del amor y todo en él son resentimientos y orgullos. No quiere dar su brazo a torcer, no quiere acoger a su hermano a quien ni siquiera quiere reconocer, afloran todos los resentimientos que había en su corazón que hacían que ya hace tiempo estaba muy lejos del padre, aunque no se hubiera marchado de la casa.  ¿No habrá muchas veces mucho de todo eso también en nuestro corazón? Qué heridos nos sentimos cuando pensamos que no se reconocen nuestros derechos o  no nos atienden como nosotros quisiéramos; que insolidarios nos volvemos ante los que puedan pasar a nuestro lado heridos y rotos por muchas cosas, pero que nuestro orgullo nos impide ver; cuantos resentimientos seguimos guardando en nuestro corazón.
Allí está el padre que también ama a este hijo que tiene el corazón tan roto, aunque no se lo crea. Allí se hace presente también el amor porque en el corazón de aquel padre caben los dos hijos, como tendrían que caber en nuestro corazón todos nuestros hermanos los hombres aunque podamos verlos llenos de negruras en su vida. No dejemos que nuestro corazón se llene también de la negrura del orgullo y de la insolidaridad.
Aprendamos de lo que es el amor que Dios nos tiene y seamos capaces de volvernos con humildad hasta El porque siempre vamos a encontrar su abrazo de amor. El Señor siempre es compasivo y misericordioso.



martes, 21 de marzo de 2017

El necesario perdón como camino de reencuentro, reconciliación y convivencia en paz para hacer un mundo mejor

El necesario perdón como  camino de reencuentro, reconciliación y convivencia en paz para hacer un mundo mejor

Daniel 3,25.34-43; Sal 24; Mateo 18,21-35
Hay ocasiones en que en nuestro orgullo herido cuando alguien ha podido hacernos daño o molestarnos en alguna cosa nos encerramos en nuestro resentimiento y rencor negando el perdón a quien nos haya ofendido, pensando quizá que con eso nos resarcimos de lo que nos hayan herido y con un sentimiento de venganza pensamos que es al otro a quien estamos dañando con nuestra negativa al perdón. Pero seamos sinceros, ¿a la larga cuál es el mayor daño que el que nos hacemos a nosotros mismos que en el fondo no llegamos a tener paz en nuestro propio corazón?
Efectivamente, seguimos haciéndonos en ese amor propio herido que mantenemos en nuestro corazón la misma pregunta que se hacia Pedro. ¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? Y nos escudamos quizá en la reincidencia del que una y otra vez quizá nos ha ofendido. En el fondo es no haber entendido el sentido de humanidad con que hemos de vivir y tratarnos los unos a los otros que tendría que llevarnos siempre a la comprensión y al perdón.
Somos y humanos y capaces del error porque no somos perfectos ni infalibles en todo lo que hacemos. Todos en la vida cometemos errores, tenemos la posibilidad de tener ese mal momento con el que podemos molestar, ofender, hacer daño a aquel con quien convivimos. Pero hemos de saber buscar siempre caminos de entendimiento, de reencuentro, de reconciliación.
Desgraciadamente vivimos en un mundo muy crispado en el que salta fácilmente la chispa cuando menos lo pensamos. La violencia está a flor de piel. Los resentimientos se mantienen demasiado en la memoria y con mucha facilidad sacamos cuentas antiguas. Parece que no hay manera de que nos reconciliemos para saber caminar juntos y entre todos ir construyendo un mundo de paz.
Esto lo palpamos en el día a día de nuestra sociedad a todos los niveles. Nos cuesta entendernos y cuando alguien piensa distinto a nosotros en lugar de tratar de entender lo que esa persona quiere expresar y con argumentos  expresar nuestra manera de ver las cosas, enseguida saltamos con el insulto, las palabras fuertes, las descalificaciones, la atribución al contrincante de no sé cuantos males o no sé de cuantas herencias que haya recibido de lo que se haya podido vivir en otras épocas. Es la crispación, repito, que palpamos en la vida social, en la política, en la convivencia incluso en el seno de las familias. Nunca aceptamos al que pueda pensar distinto y pueda ofrecernos otra visión de las cosas. Son esos orgullos latentes en nosotros que hacen aparición de tantas formas violentas en la vida.
Mucho nos da que pensar este evangelio que hoy se nos propone en este camino cuaresmal y que hemos de saber traducir al día a día de nuestra vida. Ese tema del perdón tiene unas repercusiones muy amplias en todo lo que es nuestra vida social y en la convivencia que hemos de vivir con los más cercanos a nosotros, pero también con todos los que formamos una misma sociedad y conjuntamos un mismo mundo.
Porque hablar del perdón nos está haciendo pensar en todos esos valores que hemos de cultivar para lograr convivir en paz y armonía con los que nos rodean; y eso significa comprensión y encuentro, diálogo y sinceridad, humildad en el trato y sencillez en nuestras relaciones, aceptación mutua y comprender que tenemos que hacer el camino juntos y entre todos cada uno aportando desde sí hacer que nuestro mundo sea mejor.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Hagamos un mundo más humano sembrando semillas de amor y de perdón para que encontrar la verdadera paz para todos

Hagamos un mundo más humano sembrando semillas de amor y de perdón para que encontrar la verdadera paz para todos

Colosenses 3,12-17; Sal 150; Lucas, 6,27-38
Qué desgraciada hacemos nuestra vida cuando en nuestro orgullo llenamos el corazón de violencias, resentimientos, envidias, desconfianzas. En nuestro orgullo nos cegamos y creemos que porque guardemos rencor y no perdonemos a aquel que nos haya podido ofender somos nosotros los que salimos ganando, pero hemos de reconocer que en el fondo nos sentimos más infelices, más insatisfechos y como suele suceder entramos en una espiral que seguirá generando en nosotros más y más destructores sentimientos.
Es a nosotros a los primeros que nos hacemos daño cuando guardamos en nosotros esos malos sentimientos, aunque nos cueste reconocerlo y que pensemos que acaso todo eso es consecuencia de aquel mal o aquella ofensa que nos hayan hecho. Somos nosotros mismos los que nos estamos haciendo daño guardando esos resentimientos y no perdonando.
Qué hermoso es que lleguemos a sentir verdadera paz en el corazón dejando que no nos afecten esa malquerencia que podamos sufrir siendo generosos para no tener en cuenta lo que nos hayan podido hacer, para olvidar, pasar pagina y llegar incluso a tener la valentía de perdonar. No valoramos lo suficiente esa paz del corazón y por eso no la buscamos de verdad y no ponemos empeño en superar nuestros orgullos.
Y esto es lo que nos enseña Jesús en el sermón de la montaña. Quiere el Señor que mantengamos esa paz en el corazón para que seamos capaces de ser en verdad constructores de paz en medio de nuestro mundo que tanto la necesita. Hay demasiados orgullos y violencias en el mundo que nos rodea, excesivos resentimientos y rencores, muchas e innecesarias marginaciones y divisiones que nos vamos creando y nos van separando cada vez más.
Por eso Jesús nos enseña a ir sembrando las semillas del amor y de la bondad, del perdón y del olvido de la ofensas, de la autenticidad en la vida que nos lleve a trabajar sinceramente por el bien de los demás. Muchas buenas semillas tenemos que ir sembrando en nuestro mundo que aunque aparentemente muchas veces nos parezca que no dan fruto, quizá pasen un tiempo enterradas en el corazón pero un día han de germinar y producir buenos frutos.
Alguna vez quizá nos ha sucedido que de repente brota en nosotros un buen sentimiento que pensábamos que no erramos capaces de tener, pero que ha sido una buena semilla que alguien un día enterró y ahora germina y comienza a dar fruto. Es la esperanza con la que trabajamos por lo bueno; es la esperanza con que los padres al educar a sus hijos van sembrando esas buenas semillas que quizá no ven brotar tan pronto como quisieran pero que un día han de salir a flote; es la esperanza con que todos hemos de ir siempre haciendo el bien.
Hemos escuchado que Jesús nos habla hoy del amor a los enemigos y del perdón. ‘A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian…si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?... Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros’. Queden ahí textualmente las palabras de Jesús que hemos de escuchar en lo más hondo del corazón. Ha de ser esa buena semilla que un día germinará y fructificará.

jueves, 13 de agosto de 2015

Cuando generosamente damos la paz del perdón a los que nos ofenden llenamos también de paz nuestro corazón

Cuando generosamente damos la paz del perdón a los que nos ofenden llenamos también de paz nuestro corazón

Josué, 3,7-10a. 11. 13-17; Sal 113; Mateo 18,21. -19,1
Qué dura y difícil se nos hace la vida cuando seguimos guardando en nuestro corazón resentimientos y no sabemos encontrar la paz del perdón. Y no solo es quien no se siente perdonado en aquello con lo que haya podido ofender, sino también - aunque en su orgullo y ofuscación muchos no lo quieran reconocer - los que no saben ser generosos en su corazón para perdonar a los demás.
Algunas se creen victoriosos porque dicen que aquella ofensa no la perdonarán nunca ni nunca la olvidarán, que con aquella persona jamás volverán a tener trato porque están muy heridos con lo que le hicieron, pero pienso que mas bien son unos derrotados pero les vence el resentimiento, el rencor, la incapacidad para encontrar verdaderamente la paz. El que no perdona porque así cree que dañará en venganza al que lo ha ofendido el mismo en su interior no podrá encontrar paz, recordando siempre, manteniendo vivo el rescoldo del odio y del rencor. Quienes así viven no podrán obtener nunca la paz y serán los más infelices.
El tema del perdón es un caballo de batalla continuo en nuestra vida. Hay que saber crecer interiormente y madurar como personas para saber entender lo que es la belleza del perdón y la paz interior que se puede encontrar. Todos, es cierto, necesitamos pedir perdón porque son muchos los errores que vamos cometiendo en la vida, necesitamos encontrar esa paz que al mismo tiempo nos aliente y dé fuerzas para renovar nuestra vida, para restaurar aquellos errores que hayamos cometido y para poder seguir con fuerza luchando por superarnos nosotros pero también por contribuir a que los demás sean felices.
Pero también nos es necesario tener esa generosidad de espíritu para ser valientes en el perdón que otorguemos a los demás. Primero, pudiéramos decir, dándonos cuenta de que también nosotros muchas veces en la vida erramos porque no somos perfectos y necesitamos de la comprensión de los demás, comprensión que nunca deberíamos negar a nadie. Pero tenemos motivos más hondos cuando pensamos en el amor que debe envolver nuestra vida, y en nombre de ese amor tenemos que ayudarnos mutuamente y una forma es también manteniendo la confianza en los demás a pesar de sus errores. Igual que nos anima el ver que se sigue teniendo confianza en nosotros a pesar de nuestras debilidades y fallos, de la misma manera hemos de mantener esa confianza siempre en los demás.
Y finalmente desde nuestra fe cuando sentimos la compasión y la misericordia que Dios tiene con nosotros, hemos de sentirnos impulsados de la misma manera a ser compasivos y misericordiosos con los demás. Es lo que nos viene a enseñar la parábola que Jesús nos propone cuando Pedro le pregunta si ha de perdonar hasta siete veces. Quien envuelve su vida en el manto del amor no ha de tener medidas para ese amor ni ha de poner limites al perdón misericordioso que ofrecemos a los demás. Todos conocemos la parábola de la mezquindad de aquel hombre al que le habían perdonado grandes sumas de dinero y sin embargo no había sido capaz de condonar la pequeña deuda que tenia su compañero de trabajo con él.
¿Hasta donde llega la generosidad de nuestro corazón para perdonar a los demás? ¿Perderemos la paz de nuestro corazón porque no queramos dar la paz a aquellos a los que hemos de perdonar?