Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta Nínive. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nínive. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de octubre de 2025

No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

 


No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

Romanos 1, 1-7; Salmo 97; Lucas 11, 29-32

Cuando no tenemos confianza en la persona, todo serán dudas, todo se convertirá a la larga en un rechazo, nos pondremos en guardia ante lo que pueda hacer o lo que pueda decir la otra persona y todo se transformará en rechazo.  La confianza no es simplemente que podamos permitirnos cosas que van más allá del respeto, porque entonces nos sintamos en libertad para expresar incluso lo que pueda ser ofensivo para la otra persona. La confianza partirá de la credibilidad que le demos a lo que haga o lo que diga la otra persona, que nos llevaría a una aceptación incluso sin limitaciones ni censuras.

Por la falta de esa confianza o credibilidad pretenderemos que todo lo que nos puedan decir o presentar tiene que venir acompañado de unas pruebas claras y palpables. Siempre andaremos buscando esas pruebas, esas garantías, que parece que por otro lado no tenemos o no se nos ofrecen. Pero esa credibilidad no solo nace de la persona  que queremos aceptar, sino de las exigencias que nosotros pongamos por nuestra parte, esas garantías que nosotros pedimos, quizás por nuestros prejuicios o nuestras desconfianzas.

Al final parece que es el pez que se come la cola, no sabiendo a ciencia cierta por donde comenzar a tener o ganarnos esa confianza que exigimos. Pero ¿la daremos nosotros? ¿Mereceremos esa confianza? ¿Nos habremos ganado esa confianza? ¿Qué motivos realmente tenemos para pedir esas pruebas? ¿Será quizás ya como una costumbre en nosotros de estar pidiendo pruebas sin querer ver las que realmente tenemos ante nuestros ojos?

¿Será lo que estaba pasando con Jesús? Le están pidiendo signos sin querer descubrir todas las señales que Jesús está dejando a su paso para que en verdad creamos en El. Están por un lado estas palabras de Jesús que son como una queja ante lo retorcido de las peticiones de señales que le están haciendo continuamente. Les recuerdan quizás lo del episodio de Jonás que consideraban como un gran signo de la antigüedad. Frente a las palabras y enseñanzas de Jesús querrán quizás recordarle la proverbial sabiduría de Salomón ante la que se rindió la reina de Sabá que era reconocida por su gran sabiduría. En ese mundo de increencia que estaba surgiendo por doquier – como sigue quizás sucediendo también en nuestro tiempo – recuerdan como la gente de Nínive se convirtió a partir de la predicación de Jonás.

¿Jesús podría darles esa clase de señales? ¿O eran ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que realizaba, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas? ¿Sería a ellos los que en fin de cuesta les costaba tanto convertirse ante el actuar de Jesus como aquellas le sucedía a las gentes de Nínive?

Y Jesús viene a decirles que allí hay alguien que es mucho más poderoso que Jonás o mucho más sabio que Salomón. Todo estaba dependiente de la ceguera de sus mentes y de la cerrazón de su corazón. Pero, ¿no nos estará sucediendo de forma parecida a nosotros hoy? No terminamos de saborear la sabiduría del evangelio y nos vamos corriendo tras cualquiera que nos traiga las cosas más exóticas. Muchos nos hablan hoy de esa meditación trascendental que descubren en personajes que se nos presentan de forma exótica y extraña, pero nos olvidamos de meditar, de interiorizar en el Evangelio y en toda la Palabra de Dios.

Invitamos a la gente a un silencio espiritual, a un retiro espiritual en el clima religioso de nuestras celebraciones y de nuestra liturgia y nos dicen que se aburren, que eso no sirve de nada, pero ¿no será que no quieren abrirse a lo trascendente, no será que tienen miedo de que Dios llegue a sus vidas y hable a su corazón? Dejamos a un lado toda nuestra espiritualidad cristiana fundamentada en el evangelio y con la experiencia de tantos grandes santos que han ido marcando los surcos de la historia, por irnos detrás de cualquier novedad que nos llega sin ningún fundamento verdaderamente espiritual.

¿Qué sucede en nuestros corazones para rechazar esa espiritualidad profunda que nos viene del Evangelio y donde de verdad podremos llenarnos del Espíritu de Dios? ¿No será una falta de confianza por nuestra parte la que nos está encerrando para no abrirnos al misterio de Dios?

miércoles, 12 de marzo de 2025

Señales y llamadas tenemos junto a nuestro camino de fe que pone Dios ante nosotros de las que no nos podemos desentender, ni andar tan distraídos que no las veamos

 

Señales y llamadas tenemos junto a nuestro camino de fe que pone Dios ante nosotros de las que no nos podemos desentender, ni andar tan distraídos que no las veamos

Jonás, 3, 1-10; Sal.50; Lucas, 11, 39-42

Nuestros caminos y carreteras están llenas de señales que nos indican las direcciones que hemos de tomar, las diferentes opciones que tenemos, pero también nos advierten de los peligros que podemos encontrar, los cuidados y precauciones que hemos de tener y lo que podemos hacer o no hacer en aquel camino. Pero hay ocasiones en que vamos tan absortos en nosotros mismos, en nuestras preocupaciones o nuestros sueños que nos pasamos de la señal; allí estaba, nos lo decía claramente, nos advertía del peligro o de la dirección que habíamos de tomar para llegar a nuestra meta, pero no fuimos capaces de verla; luego quizás nos quejamos, como sucede tantas veces, que si no estaba bien situada, si podía crearnos confusión y no se cuantas disculpas más que nos buscamos, pero la señal estaba allí y no la vimos.

Y no vamos a hablar de esos problemas de esas señales de carreteras o caminos, pero sí de la señal que hemos de saber descubrir en el camino de la vida; hay llamadas en nuestro interior que no queremos escuchar, suceden cosas a nuestro lado que pueden ser una buena lección para nosotros, palabras que escuchamos y a las que no atendemos o que decimos que no entendemos pero realmente no les prestamos atención, testimonios hermosos en personas de buena voluntad y de gran entrega que tendrían que ser un toque de atención y un estimulo para que nosotros comencemos también a hacer algo distinto. No vemos las señales o no escuchamos las llamadas pero estamos quizás un milagro, algo extraordinario por lo que sí saldríamos corriendo a buscarlo, aunque luego se nos quede en un fuego fatuo.

En el evangelio que hoy se nos ofrece contemplamos cómo Jesús se queja de aquella generación que no hacen sino pedir signos y señales para creer. Lo tienen delante y no quieren creer, no saben leer la señal. Se pasan de largo, podíamos decir con la imagen que antes empleábamos, y no saben descubrir quien está allí delante de ellos. Y le habla del signo de Jonás, o la reina del Sur que vino a conocer la sabiduría de Salomón, o la actitud de las gentes de Nínive que creyeron la palabra del profeta y se convirtieron. Aquí está en medio de ellos el Hijo del Hombre y no lo saben ver, la Sabiduría eterna de Dios que se manifiesta en la Palabra encarnada y no la escuchan aunque se admiran de que la Reina del Sur viniera a escuchar la sabiduría de Salomón.

Jonás es todo un signo que nos hace dirigir nuestra mirada a Jesús. Largo fue el recorrido, el camino de vida de Jonás para aceptar la misión que Dios le había confiado. Muchas cosas tuvieron que sucederle para que él cambiara de actitud y fuera fiel a su misión, que tendría los hermosos frutos de aquel pueblo que creyó en su palabra y se convirtió al Señor. Como una señal que viene a ser tipo del misterio de Jesús en su muerte y resurrección fue aquella zozobra del barco en medio de la tormenta y el ser devorado por el cetáceo que a los tres días lo devolvería vino a la tierra donde había de realizar su misión. Supo ver Jonás las señales que Dios puso en su camino.

Llegaremos a entender el recorrido que nosotros hemos de hacer también que es recorrido pascual, que es de muerte para la vida, de morir a nosotros mismos, nuestros miedos y cobardías como Jonás, nuestros pecados e infidelidades, nuestro tantas veces querer desengancharnos de nuestras responsabilidades o de las misiones que tenemos que desarrollar hasta llegar a comprender el verdadero sentido de nuestra vida que pasa por la entrega y por el amor. Atravesamos nosotros tormentosos mares de la vida, llenos de dudas y de flaquezas, zarandeados por mil cosas que nos atraen de aquí y de allá y que pretenden desviarnos del camino que hemos de recorrer, de la misión que tenemos que cumplir. Pero todo eso tenemos que hacerlo pascua, todo tenemos que transformarlo en vida, todo nos ha de llevar a un nuevo renacer, a resurrección.

Un camino maravilloso, así tiene que ser, que hemos de ir realizando en esta cuaresma guiados por la Palabra del Señor, Sabiduría de Dios, que transformará nuestra vida, que nos llevará a la Pascua, que dará sentido a la celebración de la Pascua de la muerte y resurrección del Señor. Señales y llamadas tenemos junto a nuestro camino de las que no nos podemos desentender, no podemos andar tan distraídos que no las veamos.

miércoles, 21 de febrero de 2024

Sabemos interpretar los signos y señales de nuestras calles pero no sabemos interpretar los signos de Dios en nuestra vida que de tantas maneras se nos manifiestan

 


Sabemos interpretar los signos y señales de nuestras calles pero no sabemos interpretar los signos de Dios en nuestra vida que de tantas maneras se nos manifiestan

 Jonás 3, 1-10; Salmo 50;  Lucas 11, 29-32

En la vida casi sin darnos cuenta estamos rodeados de signos y señales que de alguna manera marcan lo que hacemos, a donde vamos, donde no podemos estar y muchas cosas así. ¿Queremos salir de un edificio? Buscamos la señal que nos indique donde está la puerta de salida; ¿queremos buscar una determinada cosa? Nos encontraremos señales que nos indiquen a donde debemos ir, donde debemos preguntar, y así muchísimas cosas más. Vamos por nuestras calles y caminos, y nos entraremos toda una serie de señales que nos dan direcciones, por donde podemos pasar o no, donde hay un peligro. Y vamos atendiendo a esas señales, y obedecemos esas señales que nos dan direcciones, prohibiciones o indicaciones de cómo debemos ir.

Pero ¿esas son las únicas señales o signos que nos vamos a encontrar en la vida? Decimos que tenemos que saber interpretar los signos de los tiempos, como aquellas cosas que podemos descubrir en la naturaleza que nos anuncian un tiempo meteorológico, o nos pueden prevenir incluso de posibles sucesos extraordinarios. Pero creo que pensando en signos de la vida, podemos o tenemos que saber descubrir mucho más. Hay cosas que nos pueden ayudar a descubrir la marcha de la humanidad, de la sociedad en la que vivimos, y por ahí andan los economistas haciéndonos anuncios de lo que nos puede devenir en el futuro, sociólogos que quieren interpretar la marcha de la sociedad, o personas visionarias que quizás unas veces de forma calamitosa, y otras con buen sentido nos hacen pensar en lo que estamos haciendo con la vida.

Pero creo que no nos podemos quedar ahí, ni perder solo en esas cosas. Como creyentes también hemos de tener como un sentido de Dios para descubrir señales que Dios pone en la vida, pone en nuestro mundo, pone en lo que sucede a nuestro alrededor y nos tendrían que hacer descubrir lo que Dios quiere de nosotros, a lo que Dios nos llama, el compromiso que como creyentes y cristianos también tendríamos que asumir en la vida.  Necesitamos tener una sintonía de Dios en nuestro corazón, necesitamos darle una visión profunda a nuestra vida desde una espiritualidad que vayamos construyendo en nuestro corazón.

No es cuestión de buscar milagros, o cosas extraordinarias. Es saber descubrir, quizás desde pequeñas cosas, ese sentido nuevo para nuestra vida. Tenemos que saber afinar, por decirlo así, las antenas del alma para poder entrar en esa sintonía de Dios que nos hablará quizás muchas veces a través de pequeñas cosas. Son esos signos, son esas señales que Dios va poniendo a nuestro lado, en cosas que nos suceden, en personas que nos acompañan, en buenas palabras que escuchamos y pueden hacernos pensar, en testimonios que contemplamos a nuestro lado en personas sencillas y de humilde corazón pero que están llenas de Dios.

Hoy escuchamos en el evangelio la queja de Jesús sobre aquella generación que no hacía sino pedir signos y milagros, pero no sabían sin embargo descubrir el milagro de Dios, el signo de Dios que en Jesús tenían delante de ellos. Jesús les recuerda que los ninivitas supieron comprender el signo de Jonás que apareció predicando en medio de ellos y le escucharon y se pusieron en camino de conversión. Les recuerda aquella reina del Sur que desde lejos vino para conocer a Salomón por su sabiduría, pero ahora les dice que hay alguien delante de ellos que es mucho más que Salomón. Y Jesús les viene a decir que no hay más signo que el Hijo del Hombre, no hay más signo para ellos que Jesús mismo.

¿Estaremos pidiendo también nosotros milagros y cosas extraordinarias en nuestro tiempo? Bien sabemos que somos muy crédulos y somos capaces de ir de aquí  para allá porque nos dicen que aquel lugar es muy milagroso, que allí están sucediendo cosas extraordinarias, milagros y curaciones, pero no sabemos descubrir el signo de Dios que tenemos delante de los ojos, no sabemos apreciar todo lo que en la Iglesia podemos recibir, no sabemos apreciar la riqueza de la Palabra de Dios que cada día se nos ofrece, no sabemos apreciar la riqueza de gracia que son los Sacramentos donde Dios mismo se hace presente en nuestra vida.

Pero como decíamos, descubramos con ojos de fe esos signos sencillos pero maravillosos que de mil maneras Dios va poniendo en nuestro camino. Sepamos entrar en esa sintonía de Dios y dejémonos conducir por su Espíritu que de tantas maneras llega a nuestra vida. Sabemos interpretar los signos y señales de nuestras calles pero no sabemos interpretar los signos de Dios en nuestra vida.

lunes, 10 de octubre de 2022

Reguemos el corazón con el agua del Espíritu; limpiémoslo de malezas quemándolas en el fuego ardiente del amor; abramos los ojos del corazón para leer las señales de Dios

 


Reguemos el corazón con el agua del Espíritu; limpiémoslo de malezas quemándolas en el fuego ardiente del amor; abramos los ojos del corazón para leer las señales de Dios

Gálatas 4, 22-24. 26-27. 31 – 5, 1; Sal 112; Lucas 11, 29-32

Dime que me amas, demuéstrame que me amas, le pide una y otra vez el enamorado a su enamorada (al revés, da igual, porque lo que importa son las pruebas que le pide el uno al otro) y no termina de ver cuánto es el amor que siente. Pero si yo estoy aquí, a tu lado, cuantos regalos te he hecho, cuantos signos del amor que te tengo te he manifestado tantas veces. Pero no terminamos de ver, porque ha entrado la desconfianza en el corazón y todo lo corroe, hasta lo más hermoso como es el amor.

Es lo que Jesús les está diciendo en aquella ocasión en que se encuentra rodeado de mucha gente. Habrá quien os lo eche en cara porque no habéis querido ver las señales. Pedían signos, pedían milagros, no eran capaces de darse cuenta de quien estaba ante ellos. Allí estaba su Palabra llena de autoridad, alguna vez lo habían reconocido, ‘nadie habla como él’, se decían algunos. Pero aquella sabiduría de Dios no penetraba en sus corazones, porque los tenían cerrados.

¿Prejuicios? ¿Maldad para mal interpretar? ¿Querer ver segundas intenciones donde todo es clarividente? ¿Incomodo porque aquella palabra era exigente y obligaba a cambiar muchas cosas desde dentro, desde el corazón? Eran más fáciles los cumplimientos, que se les dieran las reglas detalladas, no sabían apreciar la libertad de los hijos de Dios que se les ofrecía. No querían sumergirse en aquel mar de amor.

Los ninivitas habían creído solamente escuchando la palabra de Jonás, supieron descubrir las señales de Dios en aquel profeta que recorría la ciudad, aun cuando tanto le había costado iniciar la tarea pues antes había emprendido la huida; muchas cosas le habían sucedido al profeta que luego se habían convertido en un signo para los habitantes de Nínive y aceptaron su palabra. Ahora les dice Jesús, el Hijo del Hombre será la señal para esta generación. Pero les costará leer las señales. En lo mismo que hicieron con Jesús estaban las señales que no terminaban de ver.

Aunque algunas habían dicho en alguna ocasión que nadie hablaba como Jesús, no terminaron de ver la Sabiduría que venía de Dios. Lo había reconocido un día Nicodemo porque nadie podía hacer ni hablar lo que Jesús hacía y decía si Dios no estaba con El. La reina del Sur había venido de lejos para escuchar y saborear la sabiduría de Salomón, y allí estaba alguien que era más que Salomón, porque era la Palabra que es luz y que es vida, la Palabra de Dios que plantaba su tienda entre nosotros, por no quisieron recibir la luz, las tinieblas la rechazaron, como rechazaban su Sabiduría y seguían sin embargo pidiendo signos.

¿Y nosotros seremos capaces de ver esas señales, saborear esa Sabiduría de Dios que nos ofrece Jesús? preferimos sabidurías humanas, queremos seguir diciendo que Jesús es solamente un hombre, no terminamos de comprender toda la magnitud de la entrega de Jesús. Y oímos pero no escuchamos; y la semilla cae sobre nosotros como tierra endurecida por el paso del caminante o estamos tan llenos de pedregales o de zarzales que no dejamos que germine y crezca de verdad en nuestra vida. Pensemos cuál es la dureza que sigue habiendo en nuestro corazón.


Dejemos regar nuestra tierra por el agua del Espíritu; limpiemos de malezas nuestro corazón quemándolas en el fuego ardiente del Espíritu; abramos los ojos de nuestro corazón para saber leer esas señales de Dios que cada día pone ante nuestros ojos, ante nuestra vida.

lunes, 18 de julio de 2022

Tenemos que ser profetas en medio del mundo, que con nuestra vida nos convirtamos de verdad en signo de algo nuevo y que desde Jesús nosotros podemos ofrecer

 


Tenemos que ser profetas en medio del mundo, que con nuestra vida nos convirtamos de verdad en signo de algo nuevo y que desde Jesús nosotros podemos ofrecer

Miqueas 6, 1-4. 6-8; Sal 49; Mateo 12, 38-42

También nosotros buscamos signos y señales. Y no es solo que estemos atentos a la señales que hay en la carretera para no perdernos ni para ponernos en peligros; buscamos signos que no solo son los matemáticos para ver cuando toda esta situación de crisis por la que pasamos va a cambiar; buscamos no solo la expresión que podamos ver reflejada en el rostro del médico cuando nos está auscultando para percibir o no si la enfermedad que tenemos es mala; buscamos señales de algo distinto, de que las cosas mejoren, que la enfermedad ya comienza a remitir, que no se van a volver a repetir aquellas malas experiencias por las que en alguna ocasión hemos pasado, de que ya todo está resuelto y no tenemos que seguir preocupándonos con las mismas cosas… buscamos signos, buscamos señales que quizá nos ayuden a creer en Dios, a sentir que es verdad que Dios nos ama y está con nosotros, como buscamos señales de milagros que parece que todo nos lo puedan dar por solucionado.

Buscamos signos nosotros, o los que están a nuestro lado buscan signos en nosotros de que aquello en lo que creemos es verdad; busca signos nuestro mundo en los creyentes porque en el fondo se interrogan sobre Dios, sobre la vida, sobre el sentido de las cosas; busca signos nuestra sociedad en la Iglesia porque quiere ver otra cosa, porque no siempre lo que ve le convence. ¿Qué signos damos al mundo de que Dios nos ama? ¿Seremos en verdad signos para los demás?

Escuchamos en el evangelio hoy que la gente, pero en especial los fariseos, los escribas, los dirigentes del pueblo, piden a Jesús signos para creer en El. Jesús les habla de un signo que es de su propia muerte y resurrección cuando les habla de Jonás; pero también en la respuesta de Jesús está el signo de aquella conversión de las gentes de Nínive cuando escucharon la predicación de Jonás.

Nos vale para nosotros mismos, para los que decimos que creemos en Jesús, que tenemos que descubrir las señales de su pascua, lo que en verdad significó su muerte y su resurrección; nos vale para nosotros para que comencemos a tener las mismas buenas actitudes de las gentes de Nínive que estaban dispuestas a cambiar, que se pusieron en camino de penitencia, como signo y expresión de la conversión de sus vidas a Dios.

Pero nos vale para que aprendamos a comenzar a ser signo para los demás. Todo lo que pasó Jonás desde sus dudas y sus miedos, sus huidas y sus castigos, el ser arrojado al mar o devorado por aquel cetáceo que a los tres días lo devolvería sano y salvo, hace que sea Jonás el signo. ¿Y cómo nos vamos a convertir en un signo para los demás?  ¿Cómo vamos a comenzar a ser ese signo para el mundo que nos rodea y que no cree, pero que por nuestros gestos, por nuestras actitudes, por nuestra manera de actuar y de vivir puedan comenzar a ver la luz?

Creo que es lo que nos pide hoy el mundo que sigue necesitando signos, pero que no son simplemente los hechos milagros y extraordinarios, sino lo que con nuestra vida nosotros podamos ofrecerle. Es la invitación que estamos escuchando del Señor a través de este evangelio, que seamos signos para que el mundo crea. No son palabras bonitas lo que el mundo quiere escuchar; eso ya se lo ofrecen tantos como charlatanes en la vida social o en la vida política, y la gente está desencantada. ¿Pero el mundo también estará desencantado por lo que ve en la Iglesia, por lo que ve en los cristianos?

Tenemos que ser profetas en medio del mundo, que con nuestra vida nos convirtamos de verdad en signo de algo nuevo y que desde Jesús nosotros podemos ofrecer. Necesitamos dar ese primer paso de conversión; necesitamos esa valentía para actuar de manera profética; necesitamos sentirnos llenos de la fuerza del Espíritu.

miércoles, 9 de marzo de 2022

Jesús es el gran signo de que con el amor se transformará el mundo, pero nuestra vida tiene que ser signo de ese amor y de ese mensaje de Jesús porque el mundo nos necesita


Jesús es el gran signo de que con el amor se transformará el mundo, pero nuestra vida tiene que ser signo de ese amor y de ese mensaje de Jesús porque el mundo nos necesita

Jonás 3, 1-10; Sal 50; Lucas 11, 29-32

Algunas veces sucede que en un lugar parece que las cosas no terminan de funcionar; parece un pueblo difícil, conflictivo donde a la gente le cuesta relacionarse, donde surgen con frecuencia conflictos entre unos y otros, porque parece que si empre están irascibles y aunque los dirigentes del pueblo intentan por todos los medios buscar la reconciliación y el encuentro entre los vecinos, cada vez se hace más difícil; incluso aquellos que tendrían que trabajar para que el pueblo sea distinto se sienten cansados y no saben qué hacer.

Por las circunstancias que sean, no vamos a entrar en ello, aparece alguien por aquel pueblo que intenta llevarse bien con todo el mundo, que intenta dialogar con todos, que se da cuenta de la situación que viven los vecinos y comienza a idear cosas para hacer que se encuentren, proponer trabajos comunes pero sencillos donde a la gente no le cueste tanto colaborar, y poco a poco va logrando que algunos vecinos colaboren, comiencen a animar a los demás, y esa bondad de aquel hombre parece que se va contagiando entre todos, y con el paso del tiempo, no mucho, aquello ha cambiado.

¿Qué había cambiado o qué les había hecho cambiar? La bondad y la paciencia de aquel hombre se había convertido en un signo para aquellas gentes, que les hablaba en el signo en si mismo de cómo se podía vivir de otra manera, que era posible el tratarse con bondad los unos a los otros, que la colaboración entre todos era lo que podía hacer que aquel pueblo fuese a mejor. La llegada de aquel hombre, podríamos decir, fue un signo salvador, un signo de esperanza, un signo que transformó el corazón de aquellas personas.

Estamos hablando del signo; un signo que llama la atención, un signo que atrae y hacer a unos y otros preguntarse por qué las cosas no podían ser distintas, un signo que les impulsó a transformarse de cada uno en particular atraídos por la bondad de aquella persona y que lograría la transformación de aquella comunidad.

Hoy el evangelio nos habla de signos también. Le piden a Jesús un signo para creer en El; y cuando la gente pedía signos estaban pidiendo milagros, cosas extraordinarias; pero algunas veces – la mayoría podríamos decir – vienen desde las cosas más sencillas. Jesús es cierto había realizado muchos milagros que podían ser signos para aquellas gentes; de hecho el evangelista muchas veces utiliza esa expresión de signo en lugar de milagro. Pero aun no terminan de creer. Muchas veces incluso se convierten en cosas contradictorias, porque mientras unos alaban a Dios por las obras que realiza Jesús, otros sin embargo, como tantas veces hemos visto, le atribuyen a Jesús el poder del príncipe de los demonios.

¿Qué responde hoy Jesús a la petición que le están haciendo? ‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación’.

Jonás había sido un signo de esa llamada de Dios a Nínive y habían respondido.  ¿Qué había hecho Jonás? Sabemos que él mismo en principio se había rebelado contra la misión que le Dios le confiaba. Hay una serie de hecho que ya conocemos por los que Jonás fue el primero que se convirtió al Señor; y ahora su vida y su palabra se había convertido en un signo para aquellas gentes que también se convierten a Dios. Y Jesús concluye ‘lo mismo será el Hijo del Hombre para esta generación’.


Ya el signo no es Jonás, sino que el signo será Jesús mismo. Está no solo su predicación y enseñanza, pero está sobre todo su vida. Su vida que fue entrega hasta el final; su vida que fue decirnos que es posible el amor; su vida que fue la señal de que el amor de verdad será el que transformará el mundo; su amor que le llevará a la muerte para darnos vida; no tenemos que hacer otra cosa que mirar a Jesús, contemplar su amor, empaparnos de su amor, vivir en el estilo de su amor y nuestra vida se transformará y nuestro mundo será también mejor.

¿No tendríamos que ser también nosotros signos para esta generación? Los cristianos estamos llamados a ser signos en medio de nuestro mundo. Con nuestra vida y con nuestro amor tenemos que decir que es posible el amor, que el amor será el que en verdad redimirá el mundo. Que así nos sintamos transformados para que también otros se transformen. El mundo lo necesita.

 

lunes, 11 de octubre de 2021

La vida de cada día, la historia pasada o la historia que estamos haciendo en los acontecimientos que vivimos son una lección y pueden ser una llamada del Señor

 


La vida de cada día, la historia pasada o la historia que estamos haciendo en los acontecimientos que vivimos son una lección y pueden ser una llamada del Señor

Romanos 1,1-7; Sal 97;  Lucas 11,29-32

Los golpes de la vida nos enseñan, decimos algunas veces en el sentido de que lo que nos va sucediendo en la vida tendría que ser para nosotros una lección de la que aprendiéramos. Ojalá tuviéramos la sabiduría de saber leer los acontecimientos de cuanto nos sucede para de ahí tomar lecciones para nuestra vida.

Pero tendríamos que decir que no solo es lo que a nosotros nos suceda sino que hemos de tener esa mirada sabia a la historia. No son solo acontecimientos que guardamos en la memoria sino que podrían ser lecciones para nuestra vida. en fin de cuentas esos acontecimientos de la historia fueron consecuencia de decisiones que tomaron unos hombres o unos pueblos, que con aciertos o con errores desencadenaron esos sucesos; no es que nosotros vayamos a juzgar con criterios de hoy lo sucedido en otros tiempos, porque no estábamos allí o los criterios que tenían no son los mismos que los nuestros y porque en fin de cuenta son también consecuencias de una cultura, pero sí podemos aprender de ellos para que muchas cosas no se repitan en lo malo o aprendamos para lo bueno.

En lo que leemos hoy en el evangelio Jesús les recuerda algunos momentos de la historia de su mismo pueblo. Jesús de alguna manera se queja de la dureza de corazón de aquellos que lo oían pero realmente no lo escuchaban, contemplaban sus signos en los milagros que realizaba pero se hacían sus interpretaciones, y no sabían descubrir la sabiduría que Jesús les estaba transmitiendo cuando les anunciaba el Reino de Dios y cómo habían de vivirlo. Y ahora le piden signos y señales pero no han sabido descubrir la sabiduría de Dios.

Jesús les recuerda a Jonás y la ciudad de Nínive, como también a la Reina del Sur que vino a escuchar a Salomón. La predicación de Jonás, aunque en principio se había resistido a aceptar la misión que Dios le confiaba produjo su fruto, porque los ninivitas lo escucharon y se convirtieron al Señor. De la reina de Saba les recuerda que había venido desde lejanas tierras porque quería empaparse de la sabiduría de Salomón, cuya fama se había extendido por todas partes. Y allí ahora había alguien mayor que Salomón, con sabiduría divina porque era la misma Palabra de Dios encarnada y sin embargo no querían escucharle. Por eso les dice Jesús que los ninivitas con Jonás y su predicación y la reina del Sur se convertirán para ellos en un signo en su contra.

Esto nos tiene que hacer pensar en nosotros, en nuestra vida, en la respuesta que damos a la Palabra de Dios; esto tendría que hacernos pensar también en las señales que Dios va poniendo en el camino de nuestra vida que pueden ser para nosotros en llamadas de Dios a nuestro corazón. Algunas veces pensamos que aquellos acontecimientos más duros y negativos que nos puedan suceder o que puedan suceder en nuestro entorno pueden ser esos avisos que Dios nos da; ojalá supiéramos leerlos. Pero es que también en las cosas positivas que nos suceden, en lo bueno que podamos ver en los demás también tenemos que encontrar ese estímulo para nuestra vida, esa llamada que nos despierte para que nosotros actuemos también así.

Quiero pensar también en los momentos duros que estamos viviendo en nuestra tierra con el volcán que está arrasando la isla de La Palma, pero quiero resaltar la hermosa ola de solidaridad que se ha despertado en la gente de todos los lugares; no solo es la acogida que mutuamente se están realizando aquellos pueblos a favor de los que se han quedado sin nada o los que por precaución han tenido que abandonar sus casas, sino la respuesta de tanta gente de todos los lugares que están ofreciendo su ayuda con generosidad y desprendimiento.

Son lecciones que a todos nos tienen que despertar. Es ese leer la historia y también lo que en este mismo momento nos está sucediendo con una visión positiva y de esperanza, para no decaer en la lucha, para mantenerse firmes a pesar de lo doloroso de la tragedia. Quizás nosotros vivamos alejados de esas situaciones, aunque en nuestra solidaridad no los podemos olvidar, pero también esa lucha, ese esfuerzo, esa solidaridad que vemos en los demás tenemos que sentirlo como una llamada fuerte en nuestro corazón. Son las lecciones de la vida, de la historia, no solo de lo pasado, sino de la historia que ahora mismo estamos viviendo.

miércoles, 24 de febrero de 2021

Una vida de contradicciones y de vaivenes como la de Jonás pero que tenemos que saber convertir en pascua para que lleguemos a renacer a una vida nueva

 


Una vida de contradicciones y de vaivenes como la de Jonás pero que tenemos que saber convertir en pascua para que lleguemos a renacer a una vida nueva

Jonás 3, 1-10; Sal 50; Lucas 11, 29-32

Pedir signos, pedir pruebas, pedir milagros, pedir cosas concretas para fundamentar nuestra fe es un camino que de alguna manera todos recorremos. Pedimos pero no buscamos, pedimos pero no abrimos el corazón, pedimos pero no hacemos silencio para escuchar la respuesta, pedimos pero sin paciencia y sin esperanza porque ya casi damos por hecho que no vamos a tener respuesta. Pero ¿estaremos deseando de verdad encontrar esa prueba, ese signo, esa palabra que nos ilumine, que nos haga ver y creer?

Estamos en una generación en que apretamos un botón y se realizan mil cosas, muchas veces hasta sin tocar, con una lectura magnética quizá simplemente de nuestros ojos. Y como queremos que todo sea así no sabemos ponernos al paso del Dios que se nos revela, que no son nuestros pasos, que no son nuestras carreras ni superficialidades, que es algo mucho más hondo.

Y Jesús les dice que a esta generación no se les dará más signo que Jonás. Aquel profeta que Dios llamó para que fuera a predicar a Nínive. Pero un profeta que se nos presenta bastante contradictorio. Quizá por eso mismo Jesús nos dice que es nuestro signo, nuestra señal; porque quizá refleja mucho nuestras propias contradicciones, nuestras dudas y nuestros entusiasmos, nuestras vueltas atrás pero también las turbulencias que se nos presentan en el corazón porque queremos creer y no terminamos de creer, porque hasta algunas veces nos parece mucho lo que Dios está haciendo, mientras en otras protestamos porque no nos escucha.

Dios le llamó para que fuera a predicar a Nínive la gran ciudad, pero tuvo miedo. Se embarcó en sentido contrario. Pero los caminos se le fueron complicando, la tormenta no dejaba avanzar el barco, en sus creencias alguien con mala sobre podría ir en el barco y aquello era un castigo del cielo, se ofrece para ser arrojada al mar porque reconoce el error de ponerse en camino en sentido contrario. Y está por medio el cetáceo que se lo traga por tres días para regurgitarle sano y salvo y pueda emprender el camino hasta Nínive. Realiza la gran predicación y el pueblo responde. Pero ya en su misma predicación va con desconfianza, les pide que se vistan de saco y ceniza a ver si Dios se arrepiente de su amenaza y no se destruye la ciudad. No se siente seguro, por eso cuando el pueblo se arrepiente y Dios le perdona todavía tiene agallas para enfrentarse a Dios y decirle qué es que fue compasivo y misericordioso con aquel pueblo pecador.

Los vaivenes de nuestra propia vida; nuestras huidas pero también nuestros fervores, nuestras dudas y nuestros reclamos, nuestra inconstancia y la repetición de nuestras caídas después que tantas veces hemos sido perdonados. Pero Jonás será de verdad una señal para nosotros, un signo para que nos demos cuenta de nuestros vaivenes, para que de una vez por todas emprendamos el verdadero camino de salvación que Dios nos ofrece, para que creamos con toda nuestra fuerza en la misericordia y compasión del Señor que por nosotros se da y a todos ofrece siempre su perdón. Nos sentimos en ocasiones reconocedores de que no somos merecedores de ese perdón y de ese amor que Dios nos tiene y nuestro corazón se llena tantas veces de turbulencias y de dudas.

La señal de Jonás que es su vida misma. La señal de Jonás que es como una resurrección cuando vuelve a la vida después de estar tres días en el vientre del cetáceo; enterrados estamos nosotros en nuestro pecado, pero estamos llamados a una vida nueva. Es un camino de pascua toda nuestra misma vida. En cuaresma hacemos camino hacia la pascua, pero tenemos que ir haciendo pascua en nuestra vida aprendiendo a morir al pecado para renacer a una vida nueva. ¿Podremos ser signos también nosotros para los demás?

miércoles, 13 de marzo de 2019

Seamos signos con nuestra vida sencilla y humilde, pero sobre todo con nuestros gestos de amor, para que los demás lleguen también a descubrir las maravillas del Señor



Seamos signos con nuestra vida sencilla y humilde, pero sobre todo con nuestros gestos de amor, para que los demás lleguen también a descubrir las maravillas del Señor

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32

Suceden cosas maravillosas delante de nuestros ojos cada día pero que en su sencillez no somos capaces de apreciarlas, y sin embargo estamos buscando cosas espectaculares que nos llamen la atención y que decimos que serian las que despertarían en nosotros buenas palpitaciones como ahora se suele decir. No vemos lo bello en lo pequeño y en lo sencillo, pero queremos lo extraordinario, que al final tampoco en ello sabremos descubrir el mensaje de vida que se nos pueda trasmitir.
La sonrisa de un niño, una amanecer o un atardecer, o el gesto de alegría de un animal de compañía cuando se encuentra con nosotros quizás ya no nos llama la atención; son tantas las cosas maravillosas que suceden a nuestro lado, pero parece que no somos sensibles para apreciarlas. También los que están a nuestro lado con sus gestos humildes y sencillos pueden ser signos que nos llamen la atención y nos ayuden a descubrir la bondad que aun hay en el mundo.
Pero también tendríamos que ver nuestra historia de cada día, o recordar lo que nos haya sucedido en el pasado para saber leer muchas señales  que podrían marcar nuestra vida o ser una llamada para que en el presente aprendamos a tener otras actitudes más positivas y nos recordaran de lo que somos capaces, pero también de esa presencia del Señor que ha estado a nuestro lado en ese camino cuando quizás era oscuro y no veíamos salidas, pero que sin embargo fuimos capaces de superar. ¿No tendríamos que aprender a descubrir esa mano del Señor presente de tantas maneras en nuestra vida?
Vemos en el evangelio de hoy que la gente de forma obstinada le está pidiendo señales a Jesús. Y El les recuerda su historia, el episodio de la predicación de Jonás en Nínive y la venida de la reina de Saba a Jerusalén para consultar la sabiduría de Salomón. Y Jesús les dice que allí hay alguien más grande que Salomón y ellos no son capaces de reconocer; les anuncia también que en la hora del juicio los habitantes de Nínive se levantarán en su contra, porque ellos supieron escuchar el mensaje del profeta y se convirtieron al Señor y sin embargo ellos ahora no quieren escucharle a El.
Para nosotros estas palabras tienen que ser un toque a nuestro corazón. ¿Cómo reaccionamos ante las palabras de Jesús? Nos quedamos en admirar sus milagros, pero no somos capaces de escuchar su Palabra en nuestro corazón. Esa Palabra que nos invita a admirar las maravillas del Señor de cada día; esa Palabra que nos habla en nuestro corazón para que nos sintamos agradecidos por su amor; esa Palabra que nos invita a vivir y vivir en plenitud; esa Palabra que nos invita a ir al encuentro con los demás.
Demos gracias a Dios; respondamos a su amor con nuestro amor y con una vida nueva. Demos señales de esa vida nueva que El nos regala; seamos signos con nuestra vida sencilla y humilde, pero sobre todo con nuestros gestos de amor, para que los demás lleguen también a descubrir las maravillas del Señor.
Este camino de cuaresma que estamos haciendo nos tiene que llevar a descubrir esas maravillas del Señor en los gestos humildes y sencillos pero llenos de bondad que hay en tantos que están a nuestro lado, y de la misma manera serlo nosotros para ellos para que lleguen a descubrir los caminos del Señor.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Que sepamos descubrir las señales de la presencia de Dios en nuestra vida que nos llena de su sabiduría y gracia

Jonás 3,1-10; Sal 50; Lucas 11,29-32
‘Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás’. Jonás había predicado la conversión en Nínive y los ninivitas escucharon su palabra y se convirtieron al Señor. Bien sabemos, incluso, cómo Jonás se resistía a cumplir su misión pero llevado por los acontecimientos en los que él supo descubrir el designio de Dios al final fue a Nínive como Dios le pedía.
San Pablo dirá que ‘los griegos piden sabiduría y los judíos piden signos’, pero que él no anuncia otra cosa que a Cristo crucificado. Ahora Jesús les pone como una señal a Jonás y a la reina del Sur. Jonás porque se dejó conducir por la palabra del Señor y predicó la conversión a los ninivitas que escucharon su palabra; la reina del Sur porque vino buscando conocer la sabiduría de Salomón, y como Jesús les dice allí hay alguien que es más que Salomón, porque allí ante ellos está la Sabiduría de Dios, el Verbo de Dios, la revelación de Dios para el hombre con la que alcanzará la verdadera salvación.
En muchas ocasiones a lo largo del evangelio vemos como las multitudes se admiraban de lo que Jesús hacía - ‘nunca hemos visto una cosa igual’, decían - ante los milagros que Jesús realizaba; o en otras ocasiones se habían admirado de su sabiduría, porque hablaba con autoridad y ‘nadie ha hablado como El’. Sin embargo no terminan de creer en Jesús; aunque el pueblo le aclame y le bendiga porque viene en el nombre del Señor, por allá habrá quienes sigan dudando o incluso oponiéndose a la obra de Jesús. Era para muchos, como los de su pueblo, simplemente ‘el hijo del carpintero’, pero no sabían descubrir la obra de Dios en El; ya vemos como algunos se atreven incluso a decir que si expulsa los demonios lo hace con el poder del príncipe de los demonios. ¡Cuánto les costaba aceptar a Jesús!
Pero no nos quedemos en la reacción de las gentes en los tiempos de Jesús; para nosotros eso tiene que ser también una señal que nos hable mucho más y nos haga reflexionar sobre nosotros mismos y la manera de aceptar a Jesús y su salvación en el día a día de nuestra vida.
También dudamos muchas veces; también nos cuesta ver los signos de Dios que se van manifestando en nuestra vida; se nos cierran los ojos y no sabemos descubrir esa acción de Dios en nosotros. Pedimos muchas cosas desde nuestras necesidades, nuestros problemas o nuestros deseos de algo mejor; pero tenemos el peligro de pedir y pedir y no saber descubrir esa presencia de Dios en nuestra vida que se nos puede manifestar de muchas maneras.
Que sepamos descubrir esas señales de Dios, es paz que podamos sentir en nuestro corazón, esa respuesta que nos va dando a lo que le vamos pidiendo, esa fuerza que hay en nosotros en nuestra lucha y en nuestros esfuerzos que son señales de esa gracia de Dios. Que se nos abran los ojos de nuestro corazón para saber descubrir y vivir esa sabiduría de Dios. El Señor continuamente realiza maravillas en nosotros. Que sepamos reconocerlo y cantarlo como María.

lunes, 13 de octubre de 2014

Piden signos y milagros, pero ¿los creyentes somos en verdad signos de Jesús ante el mundo que nos rodea?

Piden signos y milagros, pero ¿los creyentes somos en verdad signos de Jesús ante el mundo que nos rodea?

Gálatas 4,22-24.26-27.31–5,1;  Sal 112; Lucas 11,29-32
Piden signos, piden milagros; pedimos milagros, necesitamos signos; ¿qué es lo que necesitará nuestro mundo para creer? ¿Cómo será que tengamos que hacer el anuncio de Jesús para que el mundo crea? Preguntas, interrogantes que se hace la gente para creer, cuando llegan a hacérselas;  quizá podemos haber caído en una situación en que a muchos ya ni les interese el hecho religioso, no se pregunten por Dios, porque vivan muy cómodamente sin Dios.
Permítanme todo esto que voy diciendo porque son interrogantes que se me plantean por dentro, porque de todo eso podemos encontrar en nuestro entorno; ¿qué es lo que hacemos los cristianos para despertar la fe en los que nos rodean? ¿seremos signos con nuestra vida que atraigamos a los demás a la fe en Jesús? Muchas cosas que me van surgiendo en el interior.
En el evangelio hemos escuchado que Jesús se queja porque la gente de su tiempo no hacía sino pedir signos y milagros. No eran capaces de ver todas las acciones de Jesús. No llegaban a descubrir quien era realmente Jesús. Podían quizá sentir admiración; había cosas que decía y anunciaba Jesús que podían llamarles la atención. Quizá buscaban el milagro fácil que les resolviera las cosas sin poner de su parte demasiado esfuerzo. O quizá la petición de milagros era como una disculpa para no llegar a creer, para no comprometerse con una fe en Jesús.
Jesús les recuerda momentos de su historia, lo que ha sido parte de la historia de la salvación. Lo sucedido con Jonás que había sido enviado a Nínive a predicar la conversión de aquel pueblo para que no mereciera el castigo, tuvo miedo, quiso embarcarse en sentido contrario y se fueron sucediendo una serie de hechos, que tras haber sido devorado por un cetáceo se había decidido a cumplir su misión. Y la Palabra que anunciaba en Nínive, aquella gran ciudad, convirtió los corazones de los ninivitas. Lo que le había sucedido a Jonás se convirtió en un signo para aquellas gentes y se convirtieron. Ahora les dice Jesús que el signo de Jonás es también para ellos, pero no quieren aceptarlo. El haber sido devorado por aquel cetáceo y su vuelta vivo a la playa a los tres días se convertirá en un signo de la Pascua de Jesús. Pero no todos lo aceptarán.
Les habla también de la sabiduría de Salomón por quien la reina del sur había hecho largo viaje para escucharlo.  Ante ellos estaba la sabiduría divina porque Jesús es la Palabra viva de Dios y no lo creen. Se levantarán los ninivitas contra aquella generación; se levantará también la reina del sur contra ellos porque no supieron descubrir la Sabiduría de Dios que se manifestaba en Jesús.
Pero tenemos que hacer referencia a lo que ahora nos sucede en este mismo sentido. Es cierto que mucha gente sigue buscando milagros y parece que si no los tienen no llegarán a creer. Es el correr de las gentes adonde se enteran que sucedes cosas extraordinarias, o el acudir muchas veces a los santuarios de su devoción buscando aquel lugar donde se realicen más milagros. Pero aun así, ¿terminarán por creer de verdad?
¿Serán realmente milagros lo que necesite la gente o necesitará testigos? Creo que por ahí es por donde tendrían que ir las cosas, pero para que nosotros los creyentes nos interroguemos si en verdad somos testigos de nuestra fe ante los que nos rodean. Venimos a la Iglesia, participamos en muchas celebraciones, nos decimos que somos personas muy religiosas, pero realmente nuestra manera de actuar, nuestra manera de vivir nuestra fe y nuestros actos religiosos y hasta la participación en las celebraciones, ¿nos convierte en testigos de esa fe ante el mundo que nos rodea, ese mundo que decimos que está pidiendo milagros?
Creo que ese tendría que ser nuestro verdadero interrogante para los que estamos más cerca de la Iglesia o más comprometidos. Tenemos que ser testigos, nuestras vidas, nuestra manera de actuar, nuestro compromiso tiene que ser signo de salvación para los que nos rodean. Es importante que nos hagamos ese planteamiento y esa sea la respuesta que nos está pidiendo la Palabra del Señor que estamos escuchando. La rectitud de nuestra vida, el amor con que vivimos,  el compromiso por los demás y por hacer que nuestro mundo sea mejor, el complicarnos la vida en cosas buenas y justas, tienen que ser esos signos  de nuestra fe, para que los demás se interroguen por su vida, por su fe, y vayan en verdad en búsqueda de Jesús.

Que el Espíritu del Señor nos ilumine y fortalezca. 

lunes, 21 de julio de 2014

Sólo descubriendo todo el inmenso amor que Dios nos tiene crecerá más y más nuestra fe

Miqueas, 6, 1-4.6-8; Sal. 49; Mt. 12, 38-42
‘Si  no lo veo, no lo creo’, es proverbial recordar esta frase de Tomás cuando negaba que Jesús hubiera resucitado y pedía pruebas que le convencieran, sin embargo estuvo abierto a la fe pues cuando se encontró con Cristo resucitado creyó y no necesitó de aquellas pruebas que pedía.
Pero también es proverbial el decir que no hay peor sordo que el que no quiere oír ni peor ciego que el que no quiere ver; muchas veces quizá hemos repetido estas frases ante personas que por más que les expliquemos las cosas y tengan delante las pruebas no quieren creer. Quizá serían las más apropiadas para describir la actitud de aquellos escribas y fariseos que vienen pidiendo una vez más señales a Jesús para creer en El.
‘Maestro, queremos ver un milagro tuyo’, le dicen. A estas alturas del evangelio ya han podido contemplar más de un milagro realizado por Jesús, pero aún piden más. Son como el ciego que no quiere ver aunque esté viendo porque las cosas están palpables ante sus ojos. Ya con ocasión del milagro del ciego de nacimiento que Jesús envió a lavarse a la piscina de Siloé, después de toda la diatriba que se armó Jesús sentenciará al final: ‘Yo he venido a este mundo para un juicio: para dar la vista a los ciegos y para privar de ella a los que creen ver’. Y dice el evangelista que algunos fariseos al escuchar estas palabras de Jesús le dijeron: ‘¿Acaso también nosotros estamos ciegos?’ A lo que Jesús les respondió: ‘Si estuvierais ciegos no seríais culpables; pero, como decís que veis, vuestro pecado permanece’.
Jesús podría haberles replicado a la petición que hoy le vemos que le hacen haciendo una relación de todos aquellos signos y milagros que había realizado. Cuando vinieron los discípulos de Juan preguntando en su nombre si era el que había de venir o habían de esperar a otro, Jesús realizará milagros en su presencia curando enfermos, y les mandará que le cuenten a Juan lo que han visto y oído: ‘Los ciegos ven, los inválidos pueden caminar, los leprosos quedan limpios y los muertos resucitan’.
Pero es que en los enviados de Juan hay sinceridad en la petición, en el caso de los fariseos ahora lo que hay es cerrazón en su corazón. Por eso, la respuesta será distinta. Ahora les va a decir que ellos van a ser juzgados por aquellos paganos que escucharon la predicación de Jonás y se convirtieron o por la reina del Sur que vino desde lejanas tierras para escuchar la sabiduría de Salomón; y como les dice ‘aquí hay uno que es más que Salomón’.
El signo de Jonás será el gran signo, porque es imagen y es anuncio de lo que será la muerte y la resurrección de Jesús. ‘No se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceos; pues tres días y tres noches estará el Hijo del Hombre en el seno de la tierra’, en clara alusión a su muerte y resurrección.  Y las gentes de Nínive creyeron la predicación de Jonás y se convirtieron con sinceridad al Señor. ‘Y aquí hay uno que es más que Jonás’, les dice.
Pero la pregunta que tenemos que hacernos para nuestra vida, porque en todo esto hemos de saber hacer una lectura de nuestra vida y de lo que el Señor quiere decirnos, sería ¿y nosotros creemos? ¿También estaremos pidiendo signos y señales, milagros a cada momento para creer?
Nuestra fe, por supuesto, no es simplemente cerrar los ojos y decir sí ciegamente. Claro que surgen dudas en nuestro interior y nos hacemos también preguntas; es que tenemos que asumir de una forma madura nuestra fe. Por encima de todo ponemos nuestra confianza en el Señor y creemos en su Palabra, pero esa Palabra y ese mensaje de salvación que escuchamos hemos de saberlo rumiar en nuestro interior para hacerlo en verdad vida de nuestra vida. Tenemos una razón y una inteligencia con la que hemos de saber razonar y entender bien todo el contenido de nuestra fe.
Pero en el camino de la vivencia de nuestra fe entra también y de una forma muy importante el corazón. Y digo que entra de forma importante el corazón en el sentido de que abrirnos al misterio de Dios es abrirnos a su misterio de amor; será descubriendo todo ese inmenso amor que Dios nos tiene como crece más y más nuestra fe; abriéndonos a ese misterio de amor veremos y sentiremos cómo Dios se hace presente en nuestra vida y llegaremos a descubrir cuántas maravillas realiza cada día en nosotros.

Será así que con toda sinceridad nos acercaremos a Dios, pero dejaremos que Dios se acerque y penetre en nosotros llenándonos de su vida y de su amor.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Dios va dejando muchas señales de su llamada a la conversión en las mismas cosas que nos suceden



Dios va dejando muchas señales de su llamada a la conversión en las mismas cosas que  nos suceden

Jonás, 3, 1-10; Sal. 50; Lc. 11, 29-32
‘Los hombres de Nínive se alzarán contra esta generación… porque ellos se convirtieron con la predicación de Jonás, y aquí hay uno que es más que Jonás’, les dice Jesús a los  judíos de su tiempo, a quienes estaba dirigida esta predicación. Pero de entrada me pregunto si también nos lo está diciendo a nosotros - es Palabra que Dios nos dirige hoy a nosotros es la seguridad y la certeza que hemos de tener cuando escuchamos su Palabra - porque también tenemos a alguien mayor que Jonás y no terminamos de dar la respuesta de conversión que nos pide el Señor.
Hemos escuchado en la primera lectura unos versículos que nos vienen a resumir muy bien lo que fue la predicación de Jonás en Nínive y la respuesta de los ninivitas. Previamente todos conocemos algo de la historia de Jonás. El Señor lo había llamado con la misión de ir a Nínive, pero se embarcó en dirección opuesta. Tuvo miedo, se sintió sin fuerzas para cumplir la misión que Dios le encomendaba y huyó.
En el relato completo de la profecía de Jonás se nos narra todos los hechos extraordinarios que se fueron sucediendo, la tempestad en el mar, el ser arrojado por la borda del barco, el cetáceo que se lo traga y a los tres días lo devuelve vivo y sano a tierra, y la reflexión que se hace Jonás para comprender que no puede abandonar la misión que Dios le ha confiado.
Todo eso que le sucedió a Jonás Jesús lo muestra como un signo para el pueblo que le escucha y también se sientan movidos a la conversión. Cuando contemplamos las maravillas que realiza el Señor tendríamos que ver en ellas esos signos y señales que el Señor está poniendo a nuestro para así sentir esa llamada que sigue haciéndonos para que nos convirtamos a El.
Dios sigue llamándonos en el hoy de nuestra vida; también va dejando muchas señales de su presencia y de su llamada a la conversión en aquellas mismas cosas que nos suceden y que tenemos que saber distinguir muy bien. Se ha de despertar en nosotros la fidelidad para seguir los caminos del Señor, pero también la apertura de nuestro corazón, de nuestra vida para aceptar y escuchar a Dios en nuestra vida. Se ha de despertar, sí, nuestra fe para descubrir esas señales de Dios y cuánto Dios hace continuamente por nosotros. Somos muy fáciles para pedirle milagros al Señor, pero luego no sabemos sentir ese milagro de la gracia divina que nos llama, que nos fortalece, que nos renueva, que nos guía, que va moviendo nuestro corazón.
En lo que le sucedió a Jonás y en lo que al final supo él descubrir esas señales de llamada de Dios a la que había de responder con fidelidad, fueron hechos y acontecimientos duros y dolorosos, como ya hemos hecho mención más arriba. Muchas veces nosotros nos vemos envueltos en la vida por hechos o acontecimientos que quizá nos hacen sufrir, que nos producen un malestar o una inquietud en nuestro corazón, pueden aparecer en nuestra vida cosas dolorosas no tanto en lo físico como puedan ser todas nuestras limitaciones y enfermedades, sino también espiritualmente.
Tratemos de sacar la lección, descubrir la llamada del Señor a través de esos hechos y que de ahí poniendo a tope nuestra fe salgamos en verdad fortalecidos y renovados totalmente en nuestra vida. Muchas de esas cosas que nos suceden, como decíamos incluso desagrables y dolorosas, pueden ser avisos y llamadas del Señor a las que tenemos que responder. Seguro que si nos dejamos conducir por el Espíritu del Señor saldremos bien renovados en nuestra vida y con unos deseos cada vez más grandes de santidad.
Ahí está la gracia del Señor que nos llama y mueve nuestro corazón. Dejémonos conducir para que lleguemos a vivir en verdad la pascua del Señor y nos llenemos de nueva vida, vida de gracia y de santidad. Es la tarea que en este camino de Cuaresma hemos de ir realizando. Abramos los ojos de la fe; abramos nuestro corazón al amor del Señor.

lunes, 14 de octubre de 2013

Aquí está la verdadera Sabiduría de Dios, Palabra viva de Dios que nos invita a convertirnos al Señor

Rm. 1, 1-7, Sal. 97; Lc. 11, 29-32
Hay de todo en la vida y nosotros no somos menos. Igual que hay gente valiente y decidida que no teme afrontar las cosas con decisión y tomar postura claramente por aquello que considera justo y bueno también nos encontramos con los indecisos, ya sea porque nunca tienen claras las cosas y siempre están buscando razones y motivos para aplazar una decisión, o ya porque quizá haya una cierta cobardía en su vida para mostrar claramente lo que son o lo que piensan, o ya sea porque en su malicia quieren como socavar lo bueno que hacen los demás.
Haciéndonos este comentario no podemos menos que recordar a los 522 mártires que hayan fueron inscritos en el numero de los beatos para recibir culto en la Iglesia que en momentos difíciles de persecución religiosa en el pasado siglo en España fueron capaces de dar su vida por la fe que profesaban en Jesús como nuestro único Salvador.
Pero también hemos de reconocer que no siempre tenemos la valentía de los mártires, aunque ese tendría que ser en verdad nuestro sentir y nuestro estilo de vivir, y estamos muy llenos de limitaciones, de debilidades, de dudas y nos cuesta ponernos totalmente del lado de Jesús con nuestras posturas en la vida y con nuestra manera de vivir.
Pero el evangelio que hoy escuchamos quiere hacernos recapacitar ante tantos que les cuesta hacer una opción clara por Jesús y siempre andan buscando disculpas, pidiendo pruebas para poner toda nuestra fe en Jesús o hasta viendo con no muy buenos ojos todo aquello que nos enseña o nos pide Jesús. Ya escuchábamos en pasados días como había quien atribuía las obras de Jesús al poder del espíritu del maligno, pero escuchábamos también cómo Jesús nos decía que no podíamos querer ir andando o nadando entre dos aguas, sino que nuestra decisión por El y su evangelio había que tomarla con toda radicalidad. ‘El que no está conmigo, está contra mi; el que no recoge conmigo, desparrama’, nos decía Jesús.
Es la queja, podíamos considerarla como amarga, que hoy escuchamos en labios de Jesús. ‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se les dará más signo que el signo de Jonás’. Ya escuchábamos en pasados días que el evangelista decía que ‘otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo’. Ya comentábamos la ceguera para no ver las señales que Jesús nos iba dando de quien era y las señales del Reinado de Dios que se expresaban en los milagros que iba realizando. Pero no todos eran capaces de verlo y aún seguían pidiendo signos.
Como nosotros cuando no queremos decidirnos de verdad, que vamos dando largas, buscando plazos, pidiendo pruebas, que nada nos satisface, pero no es porque realmente no veamos la verdad que se nos revela, sino porque quizá nos cuesta arrancarnos de muchos apegos que tenemos en nuestra vida y en nuestro corazón y de los que tendríamos que desprendernos si en verdad nos decidimos por Jesús y la vivencia de su Evangelio.
Como nos ha dicho hoy no se les dará más signo que el de Jonás. El signo de Jonás estaba en su propia vida en que él mismo se convirtió al Señor después de todos los acontecimientos que se fueron sucediendo, para aceptar y para cumplir lo que el Señor le pedía de invitar a la conversión a las gentes de Nínive. El haber sido devorado por el cetáceo que al poco tiempo lo vomitó vivo en la playa de nuevo, se convierte en un signo de la muerte y de la resurrección del Señor al tercer día de entre los muertos.
Pero el signo de Jonás está también en la conversión de los ninivitas ante la predicación de Jonás. Como les dice el Señor esa conversión de los ninivitas por la predicación de Jonás se convertirá en un signo de condena para aquella generación. Los ninivitas solamente tuvieron un profeta, aquella gente tenía a Jesús, verdadero Hijo de Dios hecho hombre en medio de ellos para traer la salvación.
Lo mismo dice de Salomón y la reina del Sur que vino desde lejos para escuchar la sabiduría de Salomón. ‘Y aquí hay uno que es más que Salomón’, les dice Jesús. ¿Cómo no escuchar al que es la verdadera Sabiduría de Dios, verdadera Palabra viva de Dios que se nos revela en Jesucristo encarnado para nuestra salvación?
¿Qué nos moverá a nosotros a convertir nuestro corazón al Señor? Cuánto hemos recibido de la Palabra de Dios que cada día se nos proclama; cuánto hemos recibido y podemos recibir de la presencia de Cristo en el Sacramento de la Eucaristía en medio de nosotros que se convierte en nuestro alimento y nuestra vida. Y nosotros cerramos los ojos y no queremos creer, cerramos nuestro corazón y no queremos convertirnos al Señor. Y también seguimos pidiendo plazos, o queriéndolo dejar para otro momento, o pidiendo una prueba mas para creer en Jesús.

Despertemos nuestra fe y decidamos con valentía por seguir a Jesús y vivir su vida de santidad y de gracia. Que el ejemplo de nuestros mártires sea para nosotros estímulo y fortaleza.