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lunes, 20 de julio de 2026

Somos más dados a estar pidiendo nuevos signos y milagros antes que dejarnos conducir por el Espíritu para descubrir la acción de Dios en nuestra vida de cada día

 


Somos más dados a estar pidiendo nuevos signos y milagros antes que dejarnos conducir por el Espíritu para descubrir la acción de Dios en nuestra vida de cada día

 Miqueas 6, 1-4. 6-8; Salmo 49; Mateo 12, 38-42

Eso no es forma de pedir las cosas, quizás nos han dicho alguna vez por las actitudes y formas con que pedíamos las cosas que más parecía una reclamación que una petición con humildad para hacer que la comunicación entre quienes pedíamos y aquellos de quienes pretendíamos alcanzar un favor; las exigencias desde posturas prepotentes y orgullosas no son camino adecuado para conseguir lo que pretendemos, la postura humilde y agradecida de antemano es el camino más llano y que facilita el don que esperamos recibir.

Escuchamos hoy en el evangelio que ‘algunos escribas y fariseos dijeron a Jesús: Maestro, queremos ver un milagro tuyo’. Unos escribas, unos maestros de la ley, y unos fariseos, pertenecientes a las clases influyentes y en cierto modo poderosos dentro del pueblo judío, pero no vienen con la actitud humilde de los pobres con sus carencias o con sus enfermedades; vienen exigentes, porque de alguna manera parece un examen para un juicio, porque ya de antemano están mostrando su desconfianza y descalificación. Ya hemos venido viendo a lo largo de las páginas del evangelio, del actuar de Jesús cómo precisamente los dirigentes son los que desconfían, los que quizás pueden estar viendo en peligro su situación de privilegio que les podía hacer perder su poder.

No nos extraña la reacción de Jesús ante esta exigencia con palabras que nos pueden parecer duras. ‘Esta generación perversa y adúltera pide una señal’. Ciegos guía ciegos los llamaría Jesús en otra ocasión y ciegos podríamos llamarlos también en esta ocasión; piden un signo, piden una señal, piden un milagro y no habían sabido ver lo que Jesús había ido haciendo cuando le traían a los enfermos y los curaba, ciegos, paralíticos, leprosos, personas poseídas por el mal o los espíritus inmundos como era su forma de decir, y ahora piden un milagro; cuando incluso habían querido atribuir el actuar de Jesús al poder del príncipe de los demonios, con lo cual significaba que no querían descubrir el actuar de Dios en la obra de Jesús, ahora están pidiendo signos y señales. Era la perversidad de su corazón la que estaba hablando por sus palabras. Pero no juzguemos con demasiada facilidad porque quizás nosotros también andamos pidiendo y exigiendo muchas veces signos y milagros.

Pero Jesús les dice que no les dará señales a la manera que ellos lo piden, porque la gran señal será su propia resurrección. ´Pues no se le dará más signo que el del profeta Jonás. Tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del cetáceo: pues tres días y tres noches estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra’. Lo sucedido con Jonás se había convertido en profecía y esa es la referencia que hace Jesús a lo que va a ser luego su Pascua.

Como anunciará Pedro después de Pentecostés ‘a ese Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios lo resucitó y lo constituyó Señor y Mesías’. Es la gran prueba de nuestra fe. Fue a partir de la Pascua cuando los discípulos llegaron a comprender y conocer de verdad a Jesús. No era ya solo el Maestro que como un profeta enseñaba y anunciaba algo nuevo, sino era en verdad el Señor de nuestra vida porque en su muerte estaba la mayor prueba del amor de Dios, porque es el amor de quien da la vida por aquellos a los que ama, y con su resurrección nos sabíamos ya vencedores con Cristo de la muerte y del pecado.

Hemos de saber hacer un camino de fe, en esa disponibilidad de nuestro corazón para sentir ese actuar de Dios en nuestra vida y en esa escucha del corazón para escuchar y aceptar ese plan de salvación que tiene para nosotros. Es un camino de humildad para dejarse conducir por el misterio de Dios y para dejarnos llenar de su Espíritu. Dios quiere en nosotros un corazón humilde, agradecido, tierno, equitativo, misericordioso, compasivo, equilibrado, sacrificado, atento a las enseñanzas, precavido para no salirse del camino porque Dios ha querido hacernos sus hijos y como tales hemos de vivir.

¿Sabremos nosotros escuchar con humildad las palabras de Jesús? ¿Descubriremos la acción de Dios en nosotros y en nuestra vida a través del evangelio de Jesús que escuchamos? ¿Estaremos también pidiendo signos y señales, nuevos milagros para comenzar a creer? ¿Seremos capaces de dejarnos conducir por su Espíritu que nos habla en lo más hondo del corazón?

miércoles, 25 de febrero de 2026

Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán nos enseña el signo de Jonás que hoy nos presenta Jesús en el evangelio

 


Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán nos enseña el signo de Jonás que hoy nos presenta Jesús en el evangelio

Jonás 3, 1-10; Salmo 50; Lucas 11, 29-32

‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación…’ así ha comenzado el texto del evangelio que hoy se nos ha ofrecido. Signos y pruebas que siempre estamos pidiendo, razonamientos y explicaciones que se repiten y al final no terminamos de sentirnos convencidos, porque de alguna manera por mucho que veamos o que nos expliquen seguimos quizás encerrados en nosotros mismos y en lo que queremos palpar por nuestras manos. Otra tiene que ser nuestra disposición ante la Palabra de Dios que llega a nuestros corazones, porque no nos quedamos solamente en razonamientos humanos.

Jesús habla de Jonás, que se siente interpelado en su propio interior por la misión que se le confía y cuya palabra y vida será igualmente interpelación para aquella gente de Nínive a la que es enviado que se convierten al Señor al escuchar su palabra. Figura que tiene que convertirse para nosotros también en una interpelación porque muchas veces nos sucede algo semejante a las primeras acciones que ha de realizar el profeta.

Jonás no quería aceptar aquella misión que el Señor le había encomendado, quiso huir, se embarcó en dirección contraria a la que debía de tomar para ir a Nínive, tenía miedo por la incapacidad que sentía en si mismo, no pensaba que iba a ser escuchado; por eso se embarca en otra dirección, pero los signos del cielo le hablan a través de aquella tormenta que no deja avanzar el barco, el ser arrojado al mal como culpable de aquellas desgracias a las que se veían abocados los que navegaban con él – pensemos en la mentalidad propia de la época aunque hoy nos cueste entender -, la imagen del cetáceo que se lo traga pero que lo devolverá vivo a la playa a los pocos días, y el asumir al final la misión que tenia que realizar.

¿No buscamos muchas veces escapes, disculpas, refugiándonos en nuestros miedos que nos hacen cobardes ante acciones y compromisos que tendríamos que asumir, pero de los que tratamos de escaquearos? Por eso digo Jonás también es un signo para nosotros, una interpelación ante nuestros miedos y cobardías. Es lo que nosotros tendríamos que ser por el testimonio de nuestra palabra y nuestra vida para los demás en donde tantas veces no terminamos de comprometernos.

Es este camino de ascensión de nuestra vida en esta cuaresma que estamos queriendo vivir pero donde no terminamos de dar los pasos que tendríamos que dar, no terminamos de programarnos bien en lo que realmente tendría que ser nuestra cuaresma. Cuántas disculpas nos buscamos o cuantas cosas hacemos solo en apariencia para cumplir pero sin llegar a una aceptación profunda de los pasos que tendríamos que dar para alcanzar de verdad la pascua.

La palabra de Dios que es una llamada fuerte e insistente para nuestra vida es al mismo tiempo una palabra de esperanza que trata de insuflar en nosotros ese ánimo y ese empuje que necesitamos. El profeta fue escuchado aunque le pareciera difícil que aquel pueblo lo hiciera, el profeta fue de verdad un signo de salvación para aquella gente, sus palabras y predicación no cayeron en saco roto sino que hubo respuesta; es la esperanza que hemos de tener que esa semilla que sembramos puede germinar y un día dar fruto.

No podemos caer en derrotismos de que todo está perdido y a la gente de hoy ya no le interesa lo que nosotros podamos ofrecer. Quizás la gente está más hambrienta y sedienta de lo que nosotros podamos imaginar; lo que nos sucede es que no sabemos ofrecer esa agua que calme tanta sed, o no nos queremos comprometer y buscamos mil disculpas.

Siempre hay una semilla que germine y dé fruto, y esas semillas y frutos se multiplicarán. Es lo que tiene que ser nuestro aliento para nuestro compromiso y para ser de verdad misioneros en medio del mundo, este mundo concreto en que vivimos, y que está deseoso de la luz.

lunes, 13 de octubre de 2025

No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

 


No seamos ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que Jesús realiza, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas

Romanos 1, 1-7; Salmo 97; Lucas 11, 29-32

Cuando no tenemos confianza en la persona, todo serán dudas, todo se convertirá a la larga en un rechazo, nos pondremos en guardia ante lo que pueda hacer o lo que pueda decir la otra persona y todo se transformará en rechazo.  La confianza no es simplemente que podamos permitirnos cosas que van más allá del respeto, porque entonces nos sintamos en libertad para expresar incluso lo que pueda ser ofensivo para la otra persona. La confianza partirá de la credibilidad que le demos a lo que haga o lo que diga la otra persona, que nos llevaría a una aceptación incluso sin limitaciones ni censuras.

Por la falta de esa confianza o credibilidad pretenderemos que todo lo que nos puedan decir o presentar tiene que venir acompañado de unas pruebas claras y palpables. Siempre andaremos buscando esas pruebas, esas garantías, que parece que por otro lado no tenemos o no se nos ofrecen. Pero esa credibilidad no solo nace de la persona  que queremos aceptar, sino de las exigencias que nosotros pongamos por nuestra parte, esas garantías que nosotros pedimos, quizás por nuestros prejuicios o nuestras desconfianzas.

Al final parece que es el pez que se come la cola, no sabiendo a ciencia cierta por donde comenzar a tener o ganarnos esa confianza que exigimos. Pero ¿la daremos nosotros? ¿Mereceremos esa confianza? ¿Nos habremos ganado esa confianza? ¿Qué motivos realmente tenemos para pedir esas pruebas? ¿Será quizás ya como una costumbre en nosotros de estar pidiendo pruebas sin querer ver las que realmente tenemos ante nuestros ojos?

¿Será lo que estaba pasando con Jesús? Le están pidiendo signos sin querer descubrir todas las señales que Jesús está dejando a su paso para que en verdad creamos en El. Están por un lado estas palabras de Jesús que son como una queja ante lo retorcido de las peticiones de señales que le están haciendo continuamente. Les recuerdan quizás lo del episodio de Jonás que consideraban como un gran signo de la antigüedad. Frente a las palabras y enseñanzas de Jesús querrán quizás recordarle la proverbial sabiduría de Salomón ante la que se rindió la reina de Sabá que era reconocida por su gran sabiduría. En ese mundo de increencia que estaba surgiendo por doquier – como sigue quizás sucediendo también en nuestro tiempo – recuerdan como la gente de Nínive se convirtió a partir de la predicación de Jonás.

¿Jesús podría darles esa clase de señales? ¿O eran ciegos para no reconocer el poder de Dios en los signos y milagros que realizaba, o la sabiduría de su Palabra manifestada en sus enseñanzas y en sus parábolas? ¿Sería a ellos los que en fin de cuesta les costaba tanto convertirse ante el actuar de Jesus como aquellas le sucedía a las gentes de Nínive?

Y Jesús viene a decirles que allí hay alguien que es mucho más poderoso que Jonás o mucho más sabio que Salomón. Todo estaba dependiente de la ceguera de sus mentes y de la cerrazón de su corazón. Pero, ¿no nos estará sucediendo de forma parecida a nosotros hoy? No terminamos de saborear la sabiduría del evangelio y nos vamos corriendo tras cualquiera que nos traiga las cosas más exóticas. Muchos nos hablan hoy de esa meditación trascendental que descubren en personajes que se nos presentan de forma exótica y extraña, pero nos olvidamos de meditar, de interiorizar en el Evangelio y en toda la Palabra de Dios.

Invitamos a la gente a un silencio espiritual, a un retiro espiritual en el clima religioso de nuestras celebraciones y de nuestra liturgia y nos dicen que se aburren, que eso no sirve de nada, pero ¿no será que no quieren abrirse a lo trascendente, no será que tienen miedo de que Dios llegue a sus vidas y hable a su corazón? Dejamos a un lado toda nuestra espiritualidad cristiana fundamentada en el evangelio y con la experiencia de tantos grandes santos que han ido marcando los surcos de la historia, por irnos detrás de cualquier novedad que nos llega sin ningún fundamento verdaderamente espiritual.

¿Qué sucede en nuestros corazones para rechazar esa espiritualidad profunda que nos viene del Evangelio y donde de verdad podremos llenarnos del Espíritu de Dios? ¿No será una falta de confianza por nuestra parte la que nos está encerrando para no abrirnos al misterio de Dios?

lunes, 21 de julio de 2025

El signo somos nosotros, nuestra vida, nuestras actitudes, nuestro compromiso, nuestro amor, la valentía y autenticidad de nuestra fe

 


El signo somos nosotros, nuestra vida, nuestras actitudes, nuestro compromiso, nuestro amor, la valentía y autenticidad de nuestra fe

Éxodo 14,5-18; Sal. Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Hay un dicho que algunas veces habremos escuchado o también nosotros mismos hemos empleado que es aquello de ‘ver para creer’; aunque nos digan y nos demuestren, si no lo veo no lo creo, pero es que además andamos hoy en un mundo tan confuso que ni aunque veamos las cosas nos las creemos. Algunas veces uno siente lástima cuando ve tal increencia, tal desconocimiento muchas veces que nos habla de una cultura con muchas lagunas, tal desconfianza que se ha ido sembrando porque todo se quiere poner en duda, porque aun los hechos históricos que ahí están más que comprobados por quienes con toda seriedad los han estudiado, ahora nos vienen con tantas interpretaciones confusas, muchas veces nacidas de intereses con los que de alguna manera se quiere marcha a la sociedad de hoy. Nos afecta a la historia, al sentido de la sociedad, a lo que queremos ser o lo que queremos construir según los intereses de cada uno.

Hoy en el evangelio vemos que algunos se acercan a Jesús pidiendo signos, pidiendo pruebas. No les basta lo que están contemplando en lo que Jesús enseña y en lo que Jesús hace y vive El mismo, sino que aun siguen pidiendo unos signos. ¿Y todos los milagros que estaban contemplando? ¿Y toda la sabiduría que se destilaba de los labios de Jesús? Claro que quienes estaban pidiendo aquellos signos no era porque quisieran creer, sino porque realmente querían sembrar esa desconfianza en los que rodeaban a Jesús. No accede Jesús a lo que le piden porque simplemente Jesús no es un mago milagrero; les habla de una señales antiguas como fue la sabiduría de Salomón, la acción del profeta Jonás con todo lo que le sucedió además, y desde ahí tienen que descubrir la gran señal que será su propia pascua, su muerte y resurrección; pero hay siempre quienes quieren poner en duda las palabras de Jesús.

Unas actitudes desconcertantes que vemos en muchos que rodean a Jesús, pero ¿no serán también las actitudes desconcertantes que podemos estar contemplando en nuestro mundo de hoy? No se cree en los signos de Dios, se sigue poniendo en duda el ser de la iglesia, se hacen mil interpretaciones diferentes para querer explicar las cosas a su manera y quieren darnos esas explicaciones quienes quizás menos conocimiento tienen de lo que hablan. Cuántas cosas disparatadas escuchamos en los medios de comunicación cuando se trata de hablar de la Iglesia; cuanta falta de cultura de lo más elemental descubrimos en quienes quieren ser precisamente unos comunicadores fiables para nuestra sociedad. Y todo eso va llevando a la gente a una confusión cada vez mayor.

¿Qué tenemos que hacer nosotros los cristianos? ¿Cruzarnos de brazos y dejar las cosas como están porque nos parece imposible remediarlo o darle una buena explicación? ¿No estará en juego el anuncio del evangelio en el mundo de hoy y la credibilidad de ese anuncio para las generaciones que nos rodean?

Queremos un signo, parece que nos están pidiendo y exigiendo. ¿Qué signo le daremos? ¿Qué es lo que podemos ofrecer que haga en verdad creíble nuestro mensaje?

Pues el signo somos nosotros, nuestra vida, nuestras actitudes, nuestro compromiso, nuestro amor, la valentía de nuestra fe. Tenemos que manifestarnos convencidos y auténticos y congruentes entre lo que decimos y lo que hacemos, para que en verdad nos hagamos signos creíbles. No son cosas las que tenemos que presentar, son nuestras vidas que en verdad están reflejando eso en que creemos. Quitémonos de máscaras y tapujos, manifestémonos a cara descubierta, hablemos con claridad de aquello en lo que creemos, de ese Dios del que nos sentimos amados, expresemos la autenticidad de nuestras vidas. Y nos manifestamos tal como somos también con nuestras debilidades porque nuestro deseo de superación hará que merece la pena de verdad por lo que luchamos y de lo que hablamos.

El mundo necesita testigos. La Iglesia tiene que manifestarse como el gran testigo. Los cristianos tenemos que ser testigos de esa fe aunque nos costara sangre.

miércoles, 12 de marzo de 2025

Señales y llamadas tenemos junto a nuestro camino de fe que pone Dios ante nosotros de las que no nos podemos desentender, ni andar tan distraídos que no las veamos

 

Señales y llamadas tenemos junto a nuestro camino de fe que pone Dios ante nosotros de las que no nos podemos desentender, ni andar tan distraídos que no las veamos

Jonás, 3, 1-10; Sal.50; Lucas, 11, 39-42

Nuestros caminos y carreteras están llenas de señales que nos indican las direcciones que hemos de tomar, las diferentes opciones que tenemos, pero también nos advierten de los peligros que podemos encontrar, los cuidados y precauciones que hemos de tener y lo que podemos hacer o no hacer en aquel camino. Pero hay ocasiones en que vamos tan absortos en nosotros mismos, en nuestras preocupaciones o nuestros sueños que nos pasamos de la señal; allí estaba, nos lo decía claramente, nos advertía del peligro o de la dirección que habíamos de tomar para llegar a nuestra meta, pero no fuimos capaces de verla; luego quizás nos quejamos, como sucede tantas veces, que si no estaba bien situada, si podía crearnos confusión y no se cuantas disculpas más que nos buscamos, pero la señal estaba allí y no la vimos.

Y no vamos a hablar de esos problemas de esas señales de carreteras o caminos, pero sí de la señal que hemos de saber descubrir en el camino de la vida; hay llamadas en nuestro interior que no queremos escuchar, suceden cosas a nuestro lado que pueden ser una buena lección para nosotros, palabras que escuchamos y a las que no atendemos o que decimos que no entendemos pero realmente no les prestamos atención, testimonios hermosos en personas de buena voluntad y de gran entrega que tendrían que ser un toque de atención y un estimulo para que nosotros comencemos también a hacer algo distinto. No vemos las señales o no escuchamos las llamadas pero estamos quizás un milagro, algo extraordinario por lo que sí saldríamos corriendo a buscarlo, aunque luego se nos quede en un fuego fatuo.

En el evangelio que hoy se nos ofrece contemplamos cómo Jesús se queja de aquella generación que no hacen sino pedir signos y señales para creer. Lo tienen delante y no quieren creer, no saben leer la señal. Se pasan de largo, podíamos decir con la imagen que antes empleábamos, y no saben descubrir quien está allí delante de ellos. Y le habla del signo de Jonás, o la reina del Sur que vino a conocer la sabiduría de Salomón, o la actitud de las gentes de Nínive que creyeron la palabra del profeta y se convirtieron. Aquí está en medio de ellos el Hijo del Hombre y no lo saben ver, la Sabiduría eterna de Dios que se manifiesta en la Palabra encarnada y no la escuchan aunque se admiran de que la Reina del Sur viniera a escuchar la sabiduría de Salomón.

Jonás es todo un signo que nos hace dirigir nuestra mirada a Jesús. Largo fue el recorrido, el camino de vida de Jonás para aceptar la misión que Dios le había confiado. Muchas cosas tuvieron que sucederle para que él cambiara de actitud y fuera fiel a su misión, que tendría los hermosos frutos de aquel pueblo que creyó en su palabra y se convirtió al Señor. Como una señal que viene a ser tipo del misterio de Jesús en su muerte y resurrección fue aquella zozobra del barco en medio de la tormenta y el ser devorado por el cetáceo que a los tres días lo devolvería vino a la tierra donde había de realizar su misión. Supo ver Jonás las señales que Dios puso en su camino.

Llegaremos a entender el recorrido que nosotros hemos de hacer también que es recorrido pascual, que es de muerte para la vida, de morir a nosotros mismos, nuestros miedos y cobardías como Jonás, nuestros pecados e infidelidades, nuestro tantas veces querer desengancharnos de nuestras responsabilidades o de las misiones que tenemos que desarrollar hasta llegar a comprender el verdadero sentido de nuestra vida que pasa por la entrega y por el amor. Atravesamos nosotros tormentosos mares de la vida, llenos de dudas y de flaquezas, zarandeados por mil cosas que nos atraen de aquí y de allá y que pretenden desviarnos del camino que hemos de recorrer, de la misión que tenemos que cumplir. Pero todo eso tenemos que hacerlo pascua, todo tenemos que transformarlo en vida, todo nos ha de llevar a un nuevo renacer, a resurrección.

Un camino maravilloso, así tiene que ser, que hemos de ir realizando en esta cuaresma guiados por la Palabra del Señor, Sabiduría de Dios, que transformará nuestra vida, que nos llevará a la Pascua, que dará sentido a la celebración de la Pascua de la muerte y resurrección del Señor. Señales y llamadas tenemos junto a nuestro camino de las que no nos podemos desentender, no podemos andar tan distraídos que no las veamos.

miércoles, 21 de febrero de 2024

Sabemos interpretar los signos y señales de nuestras calles pero no sabemos interpretar los signos de Dios en nuestra vida que de tantas maneras se nos manifiestan

 


Sabemos interpretar los signos y señales de nuestras calles pero no sabemos interpretar los signos de Dios en nuestra vida que de tantas maneras se nos manifiestan

 Jonás 3, 1-10; Salmo 50;  Lucas 11, 29-32

En la vida casi sin darnos cuenta estamos rodeados de signos y señales que de alguna manera marcan lo que hacemos, a donde vamos, donde no podemos estar y muchas cosas así. ¿Queremos salir de un edificio? Buscamos la señal que nos indique donde está la puerta de salida; ¿queremos buscar una determinada cosa? Nos encontraremos señales que nos indiquen a donde debemos ir, donde debemos preguntar, y así muchísimas cosas más. Vamos por nuestras calles y caminos, y nos entraremos toda una serie de señales que nos dan direcciones, por donde podemos pasar o no, donde hay un peligro. Y vamos atendiendo a esas señales, y obedecemos esas señales que nos dan direcciones, prohibiciones o indicaciones de cómo debemos ir.

Pero ¿esas son las únicas señales o signos que nos vamos a encontrar en la vida? Decimos que tenemos que saber interpretar los signos de los tiempos, como aquellas cosas que podemos descubrir en la naturaleza que nos anuncian un tiempo meteorológico, o nos pueden prevenir incluso de posibles sucesos extraordinarios. Pero creo que pensando en signos de la vida, podemos o tenemos que saber descubrir mucho más. Hay cosas que nos pueden ayudar a descubrir la marcha de la humanidad, de la sociedad en la que vivimos, y por ahí andan los economistas haciéndonos anuncios de lo que nos puede devenir en el futuro, sociólogos que quieren interpretar la marcha de la sociedad, o personas visionarias que quizás unas veces de forma calamitosa, y otras con buen sentido nos hacen pensar en lo que estamos haciendo con la vida.

Pero creo que no nos podemos quedar ahí, ni perder solo en esas cosas. Como creyentes también hemos de tener como un sentido de Dios para descubrir señales que Dios pone en la vida, pone en nuestro mundo, pone en lo que sucede a nuestro alrededor y nos tendrían que hacer descubrir lo que Dios quiere de nosotros, a lo que Dios nos llama, el compromiso que como creyentes y cristianos también tendríamos que asumir en la vida.  Necesitamos tener una sintonía de Dios en nuestro corazón, necesitamos darle una visión profunda a nuestra vida desde una espiritualidad que vayamos construyendo en nuestro corazón.

No es cuestión de buscar milagros, o cosas extraordinarias. Es saber descubrir, quizás desde pequeñas cosas, ese sentido nuevo para nuestra vida. Tenemos que saber afinar, por decirlo así, las antenas del alma para poder entrar en esa sintonía de Dios que nos hablará quizás muchas veces a través de pequeñas cosas. Son esos signos, son esas señales que Dios va poniendo a nuestro lado, en cosas que nos suceden, en personas que nos acompañan, en buenas palabras que escuchamos y pueden hacernos pensar, en testimonios que contemplamos a nuestro lado en personas sencillas y de humilde corazón pero que están llenas de Dios.

Hoy escuchamos en el evangelio la queja de Jesús sobre aquella generación que no hacía sino pedir signos y milagros, pero no sabían sin embargo descubrir el milagro de Dios, el signo de Dios que en Jesús tenían delante de ellos. Jesús les recuerda que los ninivitas supieron comprender el signo de Jonás que apareció predicando en medio de ellos y le escucharon y se pusieron en camino de conversión. Les recuerda aquella reina del Sur que desde lejos vino para conocer a Salomón por su sabiduría, pero ahora les dice que hay alguien delante de ellos que es mucho más que Salomón. Y Jesús les viene a decir que no hay más signo que el Hijo del Hombre, no hay más signo para ellos que Jesús mismo.

¿Estaremos pidiendo también nosotros milagros y cosas extraordinarias en nuestro tiempo? Bien sabemos que somos muy crédulos y somos capaces de ir de aquí  para allá porque nos dicen que aquel lugar es muy milagroso, que allí están sucediendo cosas extraordinarias, milagros y curaciones, pero no sabemos descubrir el signo de Dios que tenemos delante de los ojos, no sabemos apreciar todo lo que en la Iglesia podemos recibir, no sabemos apreciar la riqueza de la Palabra de Dios que cada día se nos ofrece, no sabemos apreciar la riqueza de gracia que son los Sacramentos donde Dios mismo se hace presente en nuestra vida.

Pero como decíamos, descubramos con ojos de fe esos signos sencillos pero maravillosos que de mil maneras Dios va poniendo en nuestro camino. Sepamos entrar en esa sintonía de Dios y dejémonos conducir por su Espíritu que de tantas maneras llega a nuestra vida. Sabemos interpretar los signos y señales de nuestras calles pero no sabemos interpretar los signos de Dios en nuestra vida.

lunes, 16 de octubre de 2023

Sepamos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino y no nos sigamos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio

 


Sepamos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino y no nos sigamos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio

Romanos 1,1-7; Sal 97; Lucas 11,29-32

Creemos hacer las cosas bien, pero las cosas  no nos salen; nos sucede muchas veces; y tenemos la tentación del desaliento, del desánimo, nos sentimos cansados en nuestras luchas, no sabemos que hacer. Nos pasa en muchos aspectos de la vida; serán los negocios, los trabajos que emprendemos, nos sucede en la vida familiar que no es todo lo brillante que uno quisiera, nos pasa con los hijos por los que nos hemos dado y gastado sin saber más que hacer, pero ahora nos salen por otros derroteros tan lejos de los sueños que teníamos sobre ellos, nos sucede en nuestra vida personal en la que queremos superarnos cada día más, pero vienen los mismos tropiezos de siempre, no logramos la serenidad que querríamos para nuestra vida. No siempre es así, pero con frecuencia nos sucede. ¿Cómo reaccionamos? Somos humanos y vienen los cansancios; somos humanos y no siempre tenemos la madurez suficiente para afrontar todos esos problemas.

¿Por qué me digo esto? ¿Por qué me hago esta reflexión de entrada? En una primera lectura del texto del evangelio que hoy se nos ofrece, parece que Jesús está al borde de verse en situaciones así. Claro que su anuncio de Buena Nueva es una oferta de salvación a la que el hombre puede responder o no; y Dios siempre respeta la libertad del corazón del hombre, aunque vayamos errados, porque es un don que nos regaló, la libertad.

Veremos a Jesús en distintos momentos del evangelio en que se enfrenta, por así decirlo, a esa realidad. Un día le escuchamos hablar de Corozaín, Betsaida y el mismo Cafarnaún que no daban respuesta al evangelio de Jesús; más tarde le veremos llorar desde las colinas donde contempla la ciudad de Jerusalén, porque ha querido ser como la gallina que acoge bajo sus alas a sus polluelos, pero Jesuralem no se ha convertido; ahora se queja Jesús porque no hacen sino pedir signos y milagros y a pesar de tenerlos ante sus ojos no saben leer lo que esos milagros significan y no serán capaces de ver la acción de Dios con su salvación.

Como les dice el signo que se les dará será el signo de Jonás. Aquel profeta que en principio quiso rechazar la misión que Dios le confiaba de predicar la conversión en la ciudad de Nimbe y quiso huir por mares que le alejaran, pero se vio incluso tragado por un cetáceo que a los tres días lo devolvió sano y salvo para que al final él mismo se convirtiera y realizara la misión que Dios le había confiado. Y los ninivitas creyeron en la Palabra y el signo de Jonás, pero ahora aquella generación no quiere ver las señales de Dios para escuchar su Palabra.

Será también un signo el que la reina del Sur viniera de lejos para escuchar la sabiduría de Salomón, pero ahora tienen en medio de ellos alguien que es más que Salomón y sin embargo no quieren escucharle.

Pero y eso ¿qué nos dice a nosotros hoy? ¿Sabremos leer los signos que Dios va poniendo en nuestro camino o nos seguiremos haciendo sordos para escuchar la Buena Nueva del Evangelio?

Buscamos sabidurías por todas partes, nos vamos tras cualquier cosa que nos resulte novedosa porque nos puede venir de sitios extraños o lejanos, nos dejamos encantar por filosofías o por espiritualidades que nos puedan resultar novedosas, pero no somos capaces de ir a las páginas del evangelio que hemos tenido siempre delante de nuestros ojos para saborear esa sabiduría de Dios que allí se nos ofrece. Hablamos de espiritualidades que nos dicen que nos elevan nuestra mente y nos dan nuevas visiones, y descartamos dejarnos conducir por el Espíritu de Dios al que podemos sentir en lo hondo del corazón y de verdad nos llevará por caminos de plenitud.

Busquemos la sabiduría de Dios, dejémonos inundar de su Espíritu, empapémonos del espíritu del evangelio.

lunes, 24 de julio de 2023

Inquietud para que esa vivencia que llevamos en nuestro interior se transforme en un testimonio ilusionante para todos los que están en nuestro entorno

 


Inquietud para que esa vivencia que llevamos en nuestro interior se transforme en un testimonio ilusionante para todos los que están en nuestro entorno

Éxodo 14,5-18; Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Es muy preocupante, al menos es una de mis preocupaciones nacidas desde el compromiso de mi misma fe, la decadencia, por llamarlo de alguna manera, que apreciamos en nuestro entorno de los sentimientos religiosos. El domingo contemplaba las naves prácticamente vacías de la Iglesia a la hora de la celebración dominical; y no es que vivamos en un pueblo despoblado – esos pueblos vacíos de los que hablan de muchos lugares – sino que ha entrado un enfriamiento religioso, como decía muy preocupante, en un pueblo que se llama cristiano, que presume de su devoción a su Cristo y se organizan grandes fiestas cuando llega su tiempo, pero en el día a día públicamente no se expresan esos sentimientos religiosos, estamos más prontos para una fiesta o un espectáculo deportivo que para cualquier acto religioso que se celebre e la comunidad.

Hemos ido dejando que se vaya creando una sociedad sin Dios, se asiste por compromiso social a algunas cosas tradicionales de tipo religioso, pero cada vez son menos los que se hacen presentes. Vivimos al margen de todo sentimiento  religioso, y más aun de lo que suenen a principios o valores cristianos. Me vais a decir que  no todos somos así, pero miro el mismo entorno donde vivo y veo ese vacoeligioso, esa despreocupación y alejamiento de lo que les suene a cristiano o a Iglesia.

No todos somos así, es cierto, pero me pregunto cómo los que aun seguimos manteniendo encendida esa llama de la fe somos testimonio atractivo para los que nos rodean. ¿Llama la atención nuestra manera de ser y de actuar precisamente porque estamos viviendo una fe? Confieso que si preocupante es la indiferencia religiosa que nos rodea, más preocupante es que los que somos cristianos no seamos una referencia atractiva que despierte la fe de los que nos rodean.

Hoy hemos escuchado en el evangelio que por allí andaban los escribas y los fariseos pidiéndole pruebas a Jesús para creer en El. Testigos eran de las obras de Jesús, porque Jesús no realizaba nada oculto, y todos eran testigos de sus milagros, de las curaciones que realizaba que, es cierto, movían los corazones de los sencillos para creer en Jesús, pero no movía los corazones de aquellos escribas y fariseos. Les recuerda Jesús cómo los ninivitas se convirtieron con la predicación de Jonás, o incluso la reina del Sur había venido de lejos para escuchar y conocer la sabiduría de Salomón. Por eso les dice Jesús que no tendrán más signo que la señal de Jonás, y estaba hablando de su propia muerte y resurrección. Pero sus corazones estaban cerrados.

Y esto del evangelio me ha hecho pensar en lo que he venido reflexionando desde el principio. Nuestro mundo cierra los ojos para no ver; y estamos de ese mundo cercano a nosotros, que somos cristianos de toda la vida, como se suele decir, que en nuestra niñez y nuestra juventud hemos tenido una cercanía a la Iglesia con unas catequesis, con la preparación para unos sacramentos, donde se han vivido unas tradiciones que llamamos cristianas, pero ahora nos encontramos en esa situación que mencionábamos.

Da pena algunas veces cuando uno ve concursos tipo cultural que se hacen en las televisiones, que cuando surgen preguntas que pueden estar relacionadas con el hecho religioso y cristiano, da pena, digo, la incultura religiosa que tiene la mayoría de las personas, incapaces de responder a las cosas más elementales que hemos oído o contemplado toda la vida cuando hemos vivido cercanos a la Iglesia. Eso denota la despreocupación que se tiene por todo lo que suene, por decirlo así, a religión.

Comparto esta preocupación y quisiera que en nosotros los cristianos se despertara una inquietud. A veces parece que nos resignamos, pero esa resignación no casa de ninguna manera con nuestra fe. Preocuparnos, entonces, por nuestra fe, preocuparnos por alimentarla, preocuparnos por formarnos debidamente para poder dar una respuesta madura. Inquietud que nos tiene que hacer preguntarnos que estamos haciendo realmente y qué podemos hacer. Inquietud para que esa vivencia que nosotros llevamos en nuestro interior se transforme en un testimonio ilusionante para todos los que están en nuestro entorno.

miércoles, 1 de marzo de 2023

Este camino cuaresmal que estamos realizando nos ayude a descubrir esas señales que Dios pone en nosotros y en los que caminan con nosotros

 


Este camino cuaresmal que estamos realizando nos ayude a descubrir esas señales que Dios pone en nosotros y en los que caminan con nosotros

Jonás 3, 1-10; Sal 50; Lucas 11, 29-32

También nosotros queremos milagros, buscamos milagros. De muchas maneras lo manifestamos. Muchas veces nuestra vida religiosa se manifiesta de manera especial en torno a santuarios, ya sea de la Virgen, del Señor o de algún santo de nuestra devoción, que tengan una cierta relevancia, que de alguna manera se conozca por las cosas maravillosas que hemos escuchado que allí se han realizado.

Esta imagen es muy milagrosa, decimos con frecuencia cuando invitamos a alguien a que visite dicho santuario, le pasamos una imagen impresa, o nos acercamos allí en un día de fiesta especial o en momentos en que estemos en situaciones difíciles. ¿Cuál es nuestra oración? Que aquellos problemas se nos resuelvan, que nos veamos libres de aquellos peligros, que Dios se manifieste con su poder para vernos libres de aquella enfermedad, solucionar aquel problema, o que nos aparezca la suerte en la vida.

Cuando hoy en el evangelio escuchamos la queja de Jesús sobre la gente que le rodeaba que no hacía sino pedirle signos, cosas milagrosas para creer en él, una tentación fácil que tenemos es criticar y juzgar a aquellas gentes porque teniendo a Jesús en medio de ellos no se les había despertado una auténtica fe, y lo que hacían era pedir milagros para creer en El. Pero, pensemos un poco, ¿qué es lo que en el fondo estamos haciendo nosotros con la manera que habitualmente expresamos nuestra religiosidad?

También queremos signos, también queremos pruebas, también buscamos en Dios muchas veces ese refugio y solucionador de nuestros problemas, también tenemos nuestras quejas de lo mal que anda el mundo, y pensamos en violencias y guerras, en miseria, pobreza, hambre de tanta gente, y de una forma u otra nos preguntamos dónde está Dios. Vemos el mal que se genera en nuestro mundo desde las ambiciones de los poderosos, desde las injusticias de tantos que solo quieren acaparar todo para si sin mostrar signos de compasión para los demás, y estamos pensando en cómo Dios no arrasa del mundo toda esa maldad, a todas esas personas que así obran. Son quizás los argumentos de tantos para terminar perdiendo la fe, para no creer.

¿Qué estamos realmente haciendo nosotros por mejorar nuestro mundo? Escuchamos de verdad – y en este caso quiero pensar en nosotros los que venimos a la Iglesia, los que decimos que tenemos fe y nos llamamos religiosos y muy cristianos – ¿escuchamos de verdad, digo, la palabra de Jesús en el evangelio y nos dejamos transformar el corazón para comenzar a actuar con actitudes y valores nuevos por hacer que nuestro mundo sea mejor?

Los signos tenemos que comenzar a darlos nosotros que nos decimos cristianos y seguidores del evangelio de Jesús. pero también tenemos que saber abrir los ojos para contemplar muchos signos en las cosas que cada día suceden en nuestro entorno, en las personas que están alrededor que con su generosidad saben compartir con los demás, que con sus gestos sencillos de ternura y cercanía van poniendo semillas de un mundo nuevo en nuestro mundo. Abramos los ojos para ver esas señales, porque en ellas se nos está manifestando Dios y nos está señalando esa nueva manera de actuar que hemos de tener nosotros en el compromiso de la vida de cada día.

No busquemos señales externas de cosas maravillosas sino seamos capaces de sentir y escuchar en lo más hondo de nosotros mismos esas llamadas que Dios nos está haciendo a través de esas cosas sencillas que podemos descubrir en los demás. Sepamos abrir de verdad nuestro corazón para encontrar en Dios esa paz que necesitamos, pero que nos va a obligar, por así decirlo, a buscar la paz con los que me rodean, con los que están a mi lado, con los que muchas veces no tengo toda la paz requerida. Esos nuevos gestos de amor y de paz que voy a tener con los que me rodean, aunque muchas veces nos cueste, son ese verdadero milagro de Dios en nuestra vida que va a transformar nuestro corazón.

Que este camino cuaresmal que estamos realizando nos ayude a descubrir esas señales de Dios en nosotros y en los que caminan con nosotros.

lunes, 10 de octubre de 2022

Reguemos el corazón con el agua del Espíritu; limpiémoslo de malezas quemándolas en el fuego ardiente del amor; abramos los ojos del corazón para leer las señales de Dios

 


Reguemos el corazón con el agua del Espíritu; limpiémoslo de malezas quemándolas en el fuego ardiente del amor; abramos los ojos del corazón para leer las señales de Dios

Gálatas 4, 22-24. 26-27. 31 – 5, 1; Sal 112; Lucas 11, 29-32

Dime que me amas, demuéstrame que me amas, le pide una y otra vez el enamorado a su enamorada (al revés, da igual, porque lo que importa son las pruebas que le pide el uno al otro) y no termina de ver cuánto es el amor que siente. Pero si yo estoy aquí, a tu lado, cuantos regalos te he hecho, cuantos signos del amor que te tengo te he manifestado tantas veces. Pero no terminamos de ver, porque ha entrado la desconfianza en el corazón y todo lo corroe, hasta lo más hermoso como es el amor.

Es lo que Jesús les está diciendo en aquella ocasión en que se encuentra rodeado de mucha gente. Habrá quien os lo eche en cara porque no habéis querido ver las señales. Pedían signos, pedían milagros, no eran capaces de darse cuenta de quien estaba ante ellos. Allí estaba su Palabra llena de autoridad, alguna vez lo habían reconocido, ‘nadie habla como él’, se decían algunos. Pero aquella sabiduría de Dios no penetraba en sus corazones, porque los tenían cerrados.

¿Prejuicios? ¿Maldad para mal interpretar? ¿Querer ver segundas intenciones donde todo es clarividente? ¿Incomodo porque aquella palabra era exigente y obligaba a cambiar muchas cosas desde dentro, desde el corazón? Eran más fáciles los cumplimientos, que se les dieran las reglas detalladas, no sabían apreciar la libertad de los hijos de Dios que se les ofrecía. No querían sumergirse en aquel mar de amor.

Los ninivitas habían creído solamente escuchando la palabra de Jonás, supieron descubrir las señales de Dios en aquel profeta que recorría la ciudad, aun cuando tanto le había costado iniciar la tarea pues antes había emprendido la huida; muchas cosas le habían sucedido al profeta que luego se habían convertido en un signo para los habitantes de Nínive y aceptaron su palabra. Ahora les dice Jesús, el Hijo del Hombre será la señal para esta generación. Pero les costará leer las señales. En lo mismo que hicieron con Jesús estaban las señales que no terminaban de ver.

Aunque algunas habían dicho en alguna ocasión que nadie hablaba como Jesús, no terminaron de ver la Sabiduría que venía de Dios. Lo había reconocido un día Nicodemo porque nadie podía hacer ni hablar lo que Jesús hacía y decía si Dios no estaba con El. La reina del Sur había venido de lejos para escuchar y saborear la sabiduría de Salomón, y allí estaba alguien que era más que Salomón, porque era la Palabra que es luz y que es vida, la Palabra de Dios que plantaba su tienda entre nosotros, por no quisieron recibir la luz, las tinieblas la rechazaron, como rechazaban su Sabiduría y seguían sin embargo pidiendo signos.

¿Y nosotros seremos capaces de ver esas señales, saborear esa Sabiduría de Dios que nos ofrece Jesús? preferimos sabidurías humanas, queremos seguir diciendo que Jesús es solamente un hombre, no terminamos de comprender toda la magnitud de la entrega de Jesús. Y oímos pero no escuchamos; y la semilla cae sobre nosotros como tierra endurecida por el paso del caminante o estamos tan llenos de pedregales o de zarzales que no dejamos que germine y crezca de verdad en nuestra vida. Pensemos cuál es la dureza que sigue habiendo en nuestro corazón.


Dejemos regar nuestra tierra por el agua del Espíritu; limpiemos de malezas nuestro corazón quemándolas en el fuego ardiente del Espíritu; abramos los ojos de nuestro corazón para saber leer esas señales de Dios que cada día pone ante nuestros ojos, ante nuestra vida.

lunes, 18 de julio de 2022

Tenemos que ser profetas en medio del mundo, que con nuestra vida nos convirtamos de verdad en signo de algo nuevo y que desde Jesús nosotros podemos ofrecer

 


Tenemos que ser profetas en medio del mundo, que con nuestra vida nos convirtamos de verdad en signo de algo nuevo y que desde Jesús nosotros podemos ofrecer

Miqueas 6, 1-4. 6-8; Sal 49; Mateo 12, 38-42

También nosotros buscamos signos y señales. Y no es solo que estemos atentos a la señales que hay en la carretera para no perdernos ni para ponernos en peligros; buscamos signos que no solo son los matemáticos para ver cuando toda esta situación de crisis por la que pasamos va a cambiar; buscamos no solo la expresión que podamos ver reflejada en el rostro del médico cuando nos está auscultando para percibir o no si la enfermedad que tenemos es mala; buscamos señales de algo distinto, de que las cosas mejoren, que la enfermedad ya comienza a remitir, que no se van a volver a repetir aquellas malas experiencias por las que en alguna ocasión hemos pasado, de que ya todo está resuelto y no tenemos que seguir preocupándonos con las mismas cosas… buscamos signos, buscamos señales que quizá nos ayuden a creer en Dios, a sentir que es verdad que Dios nos ama y está con nosotros, como buscamos señales de milagros que parece que todo nos lo puedan dar por solucionado.

Buscamos signos nosotros, o los que están a nuestro lado buscan signos en nosotros de que aquello en lo que creemos es verdad; busca signos nuestro mundo en los creyentes porque en el fondo se interrogan sobre Dios, sobre la vida, sobre el sentido de las cosas; busca signos nuestra sociedad en la Iglesia porque quiere ver otra cosa, porque no siempre lo que ve le convence. ¿Qué signos damos al mundo de que Dios nos ama? ¿Seremos en verdad signos para los demás?

Escuchamos en el evangelio hoy que la gente, pero en especial los fariseos, los escribas, los dirigentes del pueblo, piden a Jesús signos para creer en El. Jesús les habla de un signo que es de su propia muerte y resurrección cuando les habla de Jonás; pero también en la respuesta de Jesús está el signo de aquella conversión de las gentes de Nínive cuando escucharon la predicación de Jonás.

Nos vale para nosotros mismos, para los que decimos que creemos en Jesús, que tenemos que descubrir las señales de su pascua, lo que en verdad significó su muerte y su resurrección; nos vale para nosotros para que comencemos a tener las mismas buenas actitudes de las gentes de Nínive que estaban dispuestas a cambiar, que se pusieron en camino de penitencia, como signo y expresión de la conversión de sus vidas a Dios.

Pero nos vale para que aprendamos a comenzar a ser signo para los demás. Todo lo que pasó Jonás desde sus dudas y sus miedos, sus huidas y sus castigos, el ser arrojado al mar o devorado por aquel cetáceo que a los tres días lo devolvería sano y salvo, hace que sea Jonás el signo. ¿Y cómo nos vamos a convertir en un signo para los demás?  ¿Cómo vamos a comenzar a ser ese signo para el mundo que nos rodea y que no cree, pero que por nuestros gestos, por nuestras actitudes, por nuestra manera de actuar y de vivir puedan comenzar a ver la luz?

Creo que es lo que nos pide hoy el mundo que sigue necesitando signos, pero que no son simplemente los hechos milagros y extraordinarios, sino lo que con nuestra vida nosotros podamos ofrecerle. Es la invitación que estamos escuchando del Señor a través de este evangelio, que seamos signos para que el mundo crea. No son palabras bonitas lo que el mundo quiere escuchar; eso ya se lo ofrecen tantos como charlatanes en la vida social o en la vida política, y la gente está desencantada. ¿Pero el mundo también estará desencantado por lo que ve en la Iglesia, por lo que ve en los cristianos?

Tenemos que ser profetas en medio del mundo, que con nuestra vida nos convirtamos de verdad en signo de algo nuevo y que desde Jesús nosotros podemos ofrecer. Necesitamos dar ese primer paso de conversión; necesitamos esa valentía para actuar de manera profética; necesitamos sentirnos llenos de la fuerza del Espíritu.

miércoles, 9 de marzo de 2022

Jesús es el gran signo de que con el amor se transformará el mundo, pero nuestra vida tiene que ser signo de ese amor y de ese mensaje de Jesús porque el mundo nos necesita


Jesús es el gran signo de que con el amor se transformará el mundo, pero nuestra vida tiene que ser signo de ese amor y de ese mensaje de Jesús porque el mundo nos necesita

Jonás 3, 1-10; Sal 50; Lucas 11, 29-32

Algunas veces sucede que en un lugar parece que las cosas no terminan de funcionar; parece un pueblo difícil, conflictivo donde a la gente le cuesta relacionarse, donde surgen con frecuencia conflictos entre unos y otros, porque parece que si empre están irascibles y aunque los dirigentes del pueblo intentan por todos los medios buscar la reconciliación y el encuentro entre los vecinos, cada vez se hace más difícil; incluso aquellos que tendrían que trabajar para que el pueblo sea distinto se sienten cansados y no saben qué hacer.

Por las circunstancias que sean, no vamos a entrar en ello, aparece alguien por aquel pueblo que intenta llevarse bien con todo el mundo, que intenta dialogar con todos, que se da cuenta de la situación que viven los vecinos y comienza a idear cosas para hacer que se encuentren, proponer trabajos comunes pero sencillos donde a la gente no le cueste tanto colaborar, y poco a poco va logrando que algunos vecinos colaboren, comiencen a animar a los demás, y esa bondad de aquel hombre parece que se va contagiando entre todos, y con el paso del tiempo, no mucho, aquello ha cambiado.

¿Qué había cambiado o qué les había hecho cambiar? La bondad y la paciencia de aquel hombre se había convertido en un signo para aquellas gentes, que les hablaba en el signo en si mismo de cómo se podía vivir de otra manera, que era posible el tratarse con bondad los unos a los otros, que la colaboración entre todos era lo que podía hacer que aquel pueblo fuese a mejor. La llegada de aquel hombre, podríamos decir, fue un signo salvador, un signo de esperanza, un signo que transformó el corazón de aquellas personas.

Estamos hablando del signo; un signo que llama la atención, un signo que atrae y hacer a unos y otros preguntarse por qué las cosas no podían ser distintas, un signo que les impulsó a transformarse de cada uno en particular atraídos por la bondad de aquella persona y que lograría la transformación de aquella comunidad.

Hoy el evangelio nos habla de signos también. Le piden a Jesús un signo para creer en El; y cuando la gente pedía signos estaban pidiendo milagros, cosas extraordinarias; pero algunas veces – la mayoría podríamos decir – vienen desde las cosas más sencillas. Jesús es cierto había realizado muchos milagros que podían ser signos para aquellas gentes; de hecho el evangelista muchas veces utiliza esa expresión de signo en lugar de milagro. Pero aun no terminan de creer. Muchas veces incluso se convierten en cosas contradictorias, porque mientras unos alaban a Dios por las obras que realiza Jesús, otros sin embargo, como tantas veces hemos visto, le atribuyen a Jesús el poder del príncipe de los demonios.

¿Qué responde hoy Jesús a la petición que le están haciendo? ‘Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Pues como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta generación’.

Jonás había sido un signo de esa llamada de Dios a Nínive y habían respondido.  ¿Qué había hecho Jonás? Sabemos que él mismo en principio se había rebelado contra la misión que le Dios le confiaba. Hay una serie de hecho que ya conocemos por los que Jonás fue el primero que se convirtió al Señor; y ahora su vida y su palabra se había convertido en un signo para aquellas gentes que también se convierten a Dios. Y Jesús concluye ‘lo mismo será el Hijo del Hombre para esta generación’.


Ya el signo no es Jonás, sino que el signo será Jesús mismo. Está no solo su predicación y enseñanza, pero está sobre todo su vida. Su vida que fue entrega hasta el final; su vida que fue decirnos que es posible el amor; su vida que fue la señal de que el amor de verdad será el que transformará el mundo; su amor que le llevará a la muerte para darnos vida; no tenemos que hacer otra cosa que mirar a Jesús, contemplar su amor, empaparnos de su amor, vivir en el estilo de su amor y nuestra vida se transformará y nuestro mundo será también mejor.

¿No tendríamos que ser también nosotros signos para esta generación? Los cristianos estamos llamados a ser signos en medio de nuestro mundo. Con nuestra vida y con nuestro amor tenemos que decir que es posible el amor, que el amor será el que en verdad redimirá el mundo. Que así nos sintamos transformados para que también otros se transformen. El mundo lo necesita.

 

lunes, 11 de octubre de 2021

La vida de cada día, la historia pasada o la historia que estamos haciendo en los acontecimientos que vivimos son una lección y pueden ser una llamada del Señor

 


La vida de cada día, la historia pasada o la historia que estamos haciendo en los acontecimientos que vivimos son una lección y pueden ser una llamada del Señor

Romanos 1,1-7; Sal 97;  Lucas 11,29-32

Los golpes de la vida nos enseñan, decimos algunas veces en el sentido de que lo que nos va sucediendo en la vida tendría que ser para nosotros una lección de la que aprendiéramos. Ojalá tuviéramos la sabiduría de saber leer los acontecimientos de cuanto nos sucede para de ahí tomar lecciones para nuestra vida.

Pero tendríamos que decir que no solo es lo que a nosotros nos suceda sino que hemos de tener esa mirada sabia a la historia. No son solo acontecimientos que guardamos en la memoria sino que podrían ser lecciones para nuestra vida. en fin de cuentas esos acontecimientos de la historia fueron consecuencia de decisiones que tomaron unos hombres o unos pueblos, que con aciertos o con errores desencadenaron esos sucesos; no es que nosotros vayamos a juzgar con criterios de hoy lo sucedido en otros tiempos, porque no estábamos allí o los criterios que tenían no son los mismos que los nuestros y porque en fin de cuenta son también consecuencias de una cultura, pero sí podemos aprender de ellos para que muchas cosas no se repitan en lo malo o aprendamos para lo bueno.

En lo que leemos hoy en el evangelio Jesús les recuerda algunos momentos de la historia de su mismo pueblo. Jesús de alguna manera se queja de la dureza de corazón de aquellos que lo oían pero realmente no lo escuchaban, contemplaban sus signos en los milagros que realizaba pero se hacían sus interpretaciones, y no sabían descubrir la sabiduría que Jesús les estaba transmitiendo cuando les anunciaba el Reino de Dios y cómo habían de vivirlo. Y ahora le piden signos y señales pero no han sabido descubrir la sabiduría de Dios.

Jesús les recuerda a Jonás y la ciudad de Nínive, como también a la Reina del Sur que vino a escuchar a Salomón. La predicación de Jonás, aunque en principio se había resistido a aceptar la misión que Dios le confiaba produjo su fruto, porque los ninivitas lo escucharon y se convirtieron al Señor. De la reina de Saba les recuerda que había venido desde lejanas tierras porque quería empaparse de la sabiduría de Salomón, cuya fama se había extendido por todas partes. Y allí ahora había alguien mayor que Salomón, con sabiduría divina porque era la misma Palabra de Dios encarnada y sin embargo no querían escucharle. Por eso les dice Jesús que los ninivitas con Jonás y su predicación y la reina del Sur se convertirán para ellos en un signo en su contra.

Esto nos tiene que hacer pensar en nosotros, en nuestra vida, en la respuesta que damos a la Palabra de Dios; esto tendría que hacernos pensar también en las señales que Dios va poniendo en el camino de nuestra vida que pueden ser para nosotros en llamadas de Dios a nuestro corazón. Algunas veces pensamos que aquellos acontecimientos más duros y negativos que nos puedan suceder o que puedan suceder en nuestro entorno pueden ser esos avisos que Dios nos da; ojalá supiéramos leerlos. Pero es que también en las cosas positivas que nos suceden, en lo bueno que podamos ver en los demás también tenemos que encontrar ese estímulo para nuestra vida, esa llamada que nos despierte para que nosotros actuemos también así.

Quiero pensar también en los momentos duros que estamos viviendo en nuestra tierra con el volcán que está arrasando la isla de La Palma, pero quiero resaltar la hermosa ola de solidaridad que se ha despertado en la gente de todos los lugares; no solo es la acogida que mutuamente se están realizando aquellos pueblos a favor de los que se han quedado sin nada o los que por precaución han tenido que abandonar sus casas, sino la respuesta de tanta gente de todos los lugares que están ofreciendo su ayuda con generosidad y desprendimiento.

Son lecciones que a todos nos tienen que despertar. Es ese leer la historia y también lo que en este mismo momento nos está sucediendo con una visión positiva y de esperanza, para no decaer en la lucha, para mantenerse firmes a pesar de lo doloroso de la tragedia. Quizás nosotros vivamos alejados de esas situaciones, aunque en nuestra solidaridad no los podemos olvidar, pero también esa lucha, ese esfuerzo, esa solidaridad que vemos en los demás tenemos que sentirlo como una llamada fuerte en nuestro corazón. Son las lecciones de la vida, de la historia, no solo de lo pasado, sino de la historia que ahora mismo estamos viviendo.

lunes, 19 de julio de 2021

Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual y abrirnos a algo distinto que nos trasciende de nuestra vida

 


Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual y abrirnos a algo distinto que nos trasciende de nuestra vida

Éxodo 14,5-18; Sal: Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Cuando nos obstinamos en nuestras ideas, por muchas pruebas o razonamientos que nos hagan, si no queremos verlo, nunca lo llegaremos a ver; y decimos que somos razonables, que lo que queremos son pruebas, todo lo queremos pasar por el tamiz de nuestros razonamientos, pero hay algo que se nos pone delante de los ojos como una sombra y no hay manera de que veamos claro. Queremos pruebas, todo lo queremos pasar por lo que decimos nuestras lógicas humanas.

Pero hay cosas que nos trascienden, que van más allá de esas lógicas y de esos razonamientos, porque son cosas que tenemos que ser capaces de sentir en nosotros. Cuando andamos en esos caminos de la fe andamos muchas veces como en una lucha entre nuestros razonamientos, nuestras visiones, y algo que es mucho más hondo y que de alguna manera se convierte en inexplicable, pero que podemos llegar a vivir.

Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, tenemos que ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual, tenemos que abrirnos a algo distinto y que nos trasciende de nuestra vida, tenemos que ser capaces de palpar algo que no lo podemos hacer con las manos, pero que si lo podemos hacer cuando le damos posibilidades a la fe. Por eso decimos que entramos en una sintonía espiritual, por eso hablamos de un don sobrenatural que nos viene concedido de lo alto, por eso llegamos a apreciar otros sabores y otras sabidurías que le llegan a dar a nuestro espíritu un toque distinto. Algo que muchas veces no tenemos palabras para expresar ni para explicar, pero algo que nos eleva por dentro y nos hace aspirar a cosas más altas y más elevadas por decirlo de alguna manera.

Aquellos mismos que habían visto cómo Jesús liberaba al hombre poseído por el espíritu del mal y que comienzan a atribuírselo a Jesús a otras fuerzas malignas, ahora le piden signos para creer. Han tenido el signo ante los ojos y los han cerrado para no querer creer en el signo, pero que es lo que ahora piden. Y Jesús les dice que no se les dará signos a la manera que ellos piden.

Y les habla de Jonás aquel profeta que un día desoyó la voz de Dios que le llamaba a una misión y más quiso irse en dirección contraria. Sería engullido por el cetáceo del mar pero había sido devuelto vivo y sano para que cumpliera su misión; y aquellos a los que invitó a la conversión, cambiaron sus vidas para escuchar la voz del profeta. Y les dice Jesús que los ninivitas que creyeron la palabra de Jonás un día se levantarán con aquella generación que ni quisieron creer a quien era mucho más que un simple profeta.

Y les habla de la Reina del Sur que vino de tierras lejanas para disfrutar de la sabiduría de Salomón, pero ahora hay alguien que tiene una sabiduría mayor que la de Salomón y la generación contemporánea no lo escucha.

¿No serán signos para nosotros para que en verdad descubramos la obra salvadora de Jesús y la sabiduría de sus palabras? Cerramos nuestros ojos a las obras de Dios, cerramos nuestros oídos y nuestro corazón a la sabiduría del Evangelio de Jesús. ¿Hay algo mayor o mejor que el evangelio que nos lleve a una mayor plenitud de vida y por caminos de mayor felicidad?

Algunas veces tenemos a nuestro alcance las mejores comidas con los mejores sabores, pero nos hemos acostumbrado de tal manera que ya no sabemos apreciar eso tan rico y sabroso que se nos ofrece. Nos puede pasar con el evangelio de Jesús que de tal forma nos acostumbremos que hayamos perdido el sabor de su sabiduría.