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sábado, 15 de febrero de 2025

Necesitamos sentarnos, hacer silencio, ver las cosas con calma, encontrar nuevas perspectivas, ir a lo esencial, solo desde la sintonía de Jesús lo podemos hacer

 


Necesitamos sentarnos, hacer silencio, ver las cosas con calma, encontrar nuevas perspectivas, ir a lo esencial, solo desde la sintonía de Jesús lo podemos hacer

Génesis 3,9-24; Salmo 89; Marcos 8,1-10

En medio de esta algarabía de la vida necesitamos sentarnos. ¿Cómo es que digo que necesitamos sentarnos cuando hay tantas cosas que hacer? Precisamente por eso. Sentarse es comenzar a tomarse las cosas con calma; cuando estamos en nuestras carreras de acá para allá porque hay mucho que hacer al final nos damos cuenta que quizás no estamos haciendo nada sino dando vueltas y vueltas sobre lo mismo.

Sentarse es detenerse a reflexionar, a pensar con serenidad, a ordenar muchas cosas en nuestra cabeza, dentro de nosotros mismos; el desorden no ayuda a encontrar salidas sino que nos iremos tropezando con una cosa y otra y estaremos en el mismo sitio; hoy como nunca tenemos tanta información accesible, tantas noticias o tantos acontecimientos, tantos pensamientos o ideologías que están al alcance de la mano, que ya no sabemos en qué creer, como reaccionar, qué es lo verdaderamente importante y primordial y nos podemos perder en lo accesorio.

Sentarse es ponerse a contemplar las cosas con cierta distancia, buscando perspectivas nuevas y distintas, porque cuando lo tenemos todo en la punta de la nariz se disturba, se difumina, se llena de confusión, y hemos de tener claridad de visión.

Allí estaba toda aquella multitud y ya eran conscientes de que estaban hambrientos; llevaban quizás varios días con Jesús desde que salieron de sus casas, venían con sus necesidades, con sus ansias de algo nuevo, con sus desesperanzas buscando una nueva esperanza para sus vidas que parecía que la Palabra de Jesús les podía dar, pero podían añadirse problemas nuevos, ahora que además de la pobreza con que vivían habitualmente por llevar varios días siguiendo a Jesús no tenían ya ni provisiones para el camino.

Y Jesús les manda sentarse. Pero quizá ya Jesús lo está haciendo con sus discípulos más cercanos, se forma como un consejo alrededor de Jesús, se están preguntando qué es lo que tenían que hacer, cómo alimentar a aquella multitud; y pueden surgir diferentes soluciones, no tienen donde comprar pan para tanta gente, quizás no cuentan con medios, pero quizás la gente está esperando algo más. ¿Qué esperaríamos nosotros en esa situación?

Y surge por medio la solución del amor. Alguien tiene unos pocos panes, luego aparecerá quien tiene también algo de pescado, y se pone a los pies de Jesús. Nos sentamos para escuchar, para escucharnos a nosotros mismos y ver nuestras posibilidades; nos sentamos para pensar qué es lo que puedo hacer con lo poco que tengo si lo pongo a disposición; nos sentamos para despertar nuevos y buenos sentimientos porque quizás podemos comenzar a ver las cosas de distinta manera.

Necesitamos sentarnos en la vida, pero quizás no solo nosotros solos, que también nos viene bien porque nos hace encontrarnos con nosotros mismos. Pero necesitamos sentarnos, en este caso tenemos que decir, con Jesús. Su presencia y su Palabra será luz para nosotros, su presencia y su palabra nos interroga por dentro y nos hace plantearnos las cosas de distinta manera, su presencia y su Palabra nos abre caminos despertando en nosotros una nueva disponibilidad. Sentarnos con Jesús y hacer silencio, no necesitamos decirle muchas cosas, El nos conoce y nos comprende mejor que nadie, pero eso silencio nuestro es entrar en sintonía y nos es difícil conectar con esa sintonía de Dios si estamos con demasiados ruidos dentro de nosotros.

¿Qué podemos encontrar cuando nos sentemos y lo hagamos con Jesús como nos está diciendo hoy el evangelio? Aquel día la multitud comió y hasta sobró comida. ¿Qué nos sucederá a nosotros ahora? ¿Sabremos como Iglesia también sentarnos y hacerlo en silencio para entrar en esa sintonía de Dios? ¿Temeremos quizás ese descampado, ese desierto, al que nos ha llevado Jesús para que nos sentemos en silencio? Cuidado cuales fueran nuestros intereses, incluso como Iglesia, para actuar según la sintonía de Dios porque si nos hemos sabido sentar como nos pide Jesús, podemos seguir con nuestras confusiones que no nos harían en verdad signos de Dios y de su Reino en medio del mundo. ¿Quizá tendremos luego que ir a otra parte como hicieron entonces Jesús y los discípulos?

viernes, 9 de febrero de 2024

En un mundo de muchas comunicaciones vivimos quizás muy incomunicados con lo cercano a nosotros y necesitamos una mano que nos despierte de nuestras sorderas

 


En un mundo de muchas comunicaciones vivimos quizás muy incomunicados con lo cercano a nosotros y necesitamos una mano que nos despierte de nuestras sorderas

1  Reyes 11,29-32; 12,19; Sal 80; Marcos 7,31-37

¿Nos estaremos quedando sordos? Hay quienes hablan de que las estadísticas suben, que los sonidos fuertes y estridentes que se utilizan en muchas manifestaciones músico culturales pueden estar dañando nuestros oídos, que los cascos o los auriculares que se utilizan para escuchar música desde toda esa amplia gama de reproductores que cada vez se van multiplicando más – y no me atrevo a decir nombres porque creo que me he quedado obsoleto en el conocimiento de estos aparatos que cada vez se multiplican más – pueden estar llevándonos a una nueva generación de sordos o de personas que con los años van a tener muchos problemas con la audición. No es raro ya encontrarnos a muchas personas con audífonos para mejorar la audición, que hasta yo mismo ya tengo que llevarlo. Claro que están las sorderas congénitas, y como consecuencia en muchos también la imposibilidad de comunicarse mediante el lenguaje hablado. ¿Nos estaremos quedando sordos? Nos preguntábamos al principio.

Hay en nuestra sociedad que por otra parte va avanzando en muchas mejores ya va siendo normal el contemplar el uso del lenguaje de signos para aquellas personas que no pueden oír y que entonces realmente, como ha sucedido desde siempre, tienen una barrera casi infranqueable para comunicarse y para relacionarse con los demás. Duro es no poder oír, por esa incomunicación y también, por qué no decirlo, por la incapacidad para escuchar también tantas maravillas que nos puede ofrecer la naturaleza, o que el hombre con su capacidad artística puede crear. Muchas cosas se pueden derivar de todo esto. Porque quizás tendríamos que estarnos preguntando si acaso son solo esas las sorderas que  nos incomunican y que nos afectan a los hombres y mujeres de hoy.

Hoy el evangelio nos habla de que mientras Jesús iba atravesando la Decápolis en su vuelta desde la tierra de los cananeos o fenicios, como ayer contemplábamos también en el evangelio, se encuentra con que le presentan a un hombre sordo y que también era mudo para que Jesús lo curase. Hemos escuchado el relato que con sencillez nos hace el evangelista. Jesús que lo aparta de la gente – qué estridente es el barullo de mucha gente alrededor cuando se ha mermado la capacidad de la audición -, y tocando sus oídos y la lengua le dice: ‘Effetá’, ¡ábrete! Y sus oídos quedaron restablecidos. ‘Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente’.

Un signo más de la llegada del Reino. Los sordos oyen y los mudos pueden hablar. Lo que había anunciado Jesús en la Sinagoga de Nazaret con las palabras del profeta. Una buena nueva se anunciaba a los pobres y a los que sufren. Llegaba el tiempo de la liberación, llegaba el año de la gracia del Señor.

Un signo que tenemos que ver realizado también en el hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. Las señales del Reino de Dios que han de manifestarse hoy. Porque el Reino de Dios es también para el hoy de nuestra vida. Unas nuevas señales que nosotros tenemos que dar. Unos oídos que tenemos que abrir, comenzando por la atención que con mayor intensidad tendríamos que dar en ese mundo de los sordos. Señales y pasos vamos dando hoy y ya los sordos no son los que se quedan a un lado en nuestras comunidades y en nuestras celebraciones, porque comenzamos a tener para ellos una atención especial, aunque mucho aun queda por hacer.

Pero más señales tenemos que dar en nuestro mundo, porque quizás muchas veces nos hacemos sordos para no escuchar lo que son los anhelos del hombre de hoy queriéndole dar una respuesta. ¿Seremos nosotros los que necesitamos ser curados? ‘No hay peor sordo que el que no quiere oír’ se suele repetir, sin darnos cuenta que quizás nosotros no queremos oír. Nos desentendemos, vamos a lo nuestro, nos encerramos en nuestras cositas.

Igual que muchas veces hemos contemplado esa imagen de un grupo grande de personas que están en un determinado lugar, o a acudido a alguna cosa, muchas veces incluso un encuentro familiar, pero los vemos todos incomunicados los unos con los otros, porque cada uno está con su móvil en la mano atendiendo a lo que en él pueda encontrar o recibir, pero no termina de ver ni de escuchar a la persona que tiene a su lado. Va, por ejemplo a visitar a la familia, pero no se comunica con la familia que tiene a su lado porque está en otra honda queriendo comunicarse con el que está lejos.

En un mundo de muchas comunicaciones vivimos incomunicados con los que tenemos a nuestro lado. Ya es terrible este hecho en si mismo, pero también tenemos que decir que es bien significativo de esa incomunicación que vivimos los unos con los otros, de esa sordera que nos hechos creado para no escuchar al que está a nuestro lado, mientras quizás queremos escuchar al que está al otro lado del mundo.

Cabría también reflexionar aquí de esa necesidad de abrir nuestros oídos para Dios, para escuchar su Palabra, para sentir la presencia de Dios en nuestro corazón. ¿No habrá también muchos bullicios de nuestro mundo que nos ensordecen para Dios? Necesitamos, es cierto, afinar nuestros oídos para escuchar mejor a Dios que nos habla en el corazón.

¿Necesitaremos esa mano que nos toque allá en lo más hondo de nosotros y nos diga también ‘effetá’ (¡ábrete!)?

sábado, 14 de octubre de 2023

Vayamos más sensibles por la vida, no se nos amargue el corazón, seamos capaces de sintonizar y hacer que nos salga una palabra amable y un gesto de ternura

 


Vayamos más sensibles por la vida, no se nos amargue el corazón, seamos capaces de sintonizar y hacer que nos salga una palabra amable y un gesto de ternura

Joel 4,12-21; Sal 96; Lucas 11,27-28

Cuando intentamos caminar en la vida con las antenas de la sensibilidad abiertas es fácil que en aquellas situaciones en que nos encontremos y también en aquella cosas que contemplamos que le suceden a otras personas seamos capaces de sintonizar, de ponernos en su situación y en cierto modo sentir como propio el dolor o la alegría que puedan estar viviendo esas personas. Claro, como decíamos, tenemos que tener abiertas las antenas de la sensibilidad. Cosa que muchas veces hoy no es fácil, porque tenemos el peligro de insensibilizarnos, de no querer saber, de no querer sentir en nuestra carne lo que puedan estar pasando los demás.

Ponernos en el lugar de unos padres que han perdido un hijo en un accidente, por ejemplo; gozarnos con las alegrías y los triunfos de los demás; tratar de descubrir el por qué de un rostro sombrío del que no se escapa ni por equivocación una sonrisa; sentir como propio el sufrimiento, las penas por las que puedan estar pasando los demás. Son cosas que podemos hacer; son las lágrimas fáciles que vemos derramar a tantos cuando escuchan hablar del sufrimiento de los demás; son cosas, por demás, que algunas veces nos cuesta vivir porque en fin de cuentas no queremos sufrimientos ajenos, porque decimos que ya tenemos con los nuestros.

Es la sensibilidad del amor, pero de un amor que se hace profundo, que no se queda en superficialidades o en fervores de un momento. Es el camino que nos va enseñando Jesús que quiere que siempre tengamos los ojos abiertos para los demás. Y tener los ojos abiertos de esa manera no es mera curiosidad, sino que es esa sintonía que nace del alma y que nos llevará a sentirnos solidarios siempre y en todo con los demás.

Hoy escuchamos en el evangelio el gesto de una mujer que mientras escuchaba a Jesús y se entusiasmaba con su mensaje, comenzó a pensar en la madre, a ponerse en el lugar de la madre, a sentir el gozo y la satisfacción de la madre cuando ve los logros de su hijo. Por eso, parece que interrumpe todo con su grito, pero que es que no podía hacer otra cosa desde la emoción que sentía en su corazón. ‘Bendita la madre que lo crió’, viene a decir aquella mujer. Se estaba gozando con el gozo que ella sabía que tenía que sentir el corazón de María. Cómo son sensibles las mujeres para entrar en sintonía con el corazón de sus semejantes.

Aunque sabemos que el mensaje de este texto del evangelio no se acaba aquí, pues ahí están las palabras con las que replica Jesús, como ya tantas veces hemos comentado y precisamente estos últimos días, yo quisiera detenerme hoy en esta sensibilidad que hemos de saber despertar en nuestros corazones. Ya decíamos que tenemos la tentación de ir por la vida con ceño fruncido porque solo vamos pensando en nuestras particulares cosas y no queremos cargar con las de los demás.

Pero creo que puede ser un buen toque de atención para que despertemos las sintonías del alma. En fin de cuentas es responder al mensaje del evangelio que nos pone siempre en camino de amor. Ojalá fuéramos más sensibles de la vida, que no se nos amargue el corazón, que seamos capaces de sintonizar y hacer que nos salga una palabra amable, un gesto de ternura, y quitemos tanta acritud como contemplamos en la vida y nos dejamos también envolver.

María tenía esa sensibilidad; lo contemplamos en el evangelio; parte presurosa para la montaña porque se pone en el lugar de Isabel,  una mujer anciana que va a ser madre, y ella quiere estar a su lado en sus preocupaciones pero también en sus alegrías; mucho podríamos fijarnos en María. La que supo plantar la Palabra de Dios en su corazón para hacerla realidad en su vida. ‘Dichosos mas bien, diría Jesús como replica a aquella mujer anónima, los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’. Que escuchemos hoy su mensaje y lo pongamos en práctica y brillemos por esa sensibilidad de nuestra vida.

sábado, 4 de febrero de 2023

Sepamos detenernos con Jesús porque siendo nuestro descanso nos regala la fuerza del Espíritu y nos pone en camino para una vida nueva

 


Sepamos detenernos con Jesús porque siendo nuestro descanso nos regala la  fuerza del Espíritu y nos pone en camino para una vida nueva

Hebreos 13,15-17.20-21; Sal 22; Marcos 6,30-34

Es necesario saberse detener en la carrera de la vida que a veces se nos hace loca. No podemos aguantar un ritmo trepidante porque no solo físicamente sino también anímicamente podemos llegar a un colapso. Una parada para el descanso, una parada para la reflexión. Una parada que aprovechamos para ver caminos recorridos, metas conseguidas, pero también para corregir rumbos si es necesario y sobre todo para retomar fuerzas para continuar el camino. 

Algunos pretenden conseguirlo todo de un solo golpe, pero el esfuerzo de la ascensión de la montaña nos obliga a detenernos para tomar aire renovado que nos de fuerza para poder llegar a la cima. Ese aire renovado puede ser esa reflexión que nos hagamos sobre lo que estamos haciendo, pero también es la necesidad de ese fortalecimiento interior, de ese crecimiento interior que necesitamos hacer.

Son muchas, pues, las razones que podemos encontrar para ese detenernos. ¿Unas vacaciones? Algunos las pueden llamar así, pero algunos nos dicen que esas vacaciones son como un cambio de actividad que nos hace ver con una nueva perspectiva el camino que estamos haciendo. Mucho podríamos hablar en este sentido, muchos ejemplos de lo que nos sucede en la vida podríamos poner.

Me estoy haciendo estas consideraciones desde lo que hoy contemplamos en el evangelio. Los discípulos que habían sido enviados por Jesús para ir por delante haciendo el anuncio del Reino regresan de su tarea y cuentan a Jesús lo que han realizado. Todo en medio de la tarea de Jesús que sigue porque siguen acudiendo a El en todo momento, de manera que, como apunta el evangelista, no tenían tiempo ni para comer.

Por eso Jesús busca la manera de llevárselos a ellos solos a un lugar apartado. Jesús quiere estar a solas con ellos. Lo veremos en otros momentos del evangelio, como cuando se han ido a casi las fronteras de Israel con Fenicia y lo que hoy sería el Líbano o cuando en la subida a Jerusalén en que hay momentos en que se los lleva aparte porque a ellos quiere irles explicando cuanto va a suceder en Jerusalén aunque a ellos les cuesta entender.

Y ya nos comentará entonces el evangelista que serán momentos de mayor intimidad entre Jesús y el grupo de los apóstoles, pues a ellos de manera especial les explica las cosas, o como aquel momento en indaga Jesús lo que la gente piensa de El y lo que los propios apóstoles también piensan de El, llegando a aquella hermosa confesión de fe de Pedro en una ocasión o al rechazo de Pedro a lo que Jesús les anuncia.

En el momento que hoy nos presenta el evangelio parece que de alguna manera las intenciones de Jesús se vinieron abajo. La gente se enteró a donde se dirigía Jesús y cuando llegaron allá se encontraron con una multitud que les esperaba. Pero será momento también de hermosa lección de Jesús. Cuando contempló aquella multitud que andaban como ovejas sin pastor sintió compasión.

Compadecerse es hacer aparecer la ternura que llevamos en el corazón. Compadecerse que es compartir unas lágrimas, unos sufrimientos, unos sentimientos, va más allá porque esas lagrimas hay que secarlas, porque ese sufrimiento hay que mitigarlo, porque es necesario ponerse en el lugar del otro y con el otro luchar para lograr esa necesaria liberación.

Es la lección que nos da Jesús. Se puso a hablarles, a estar con ellos, a curarles de sus males y enfermedades, a ayudarles a transformar el corazón, a levantarlos para hacerles recuperar su esperanza y su dignidad. Jesús que se abaja para estar al lado del otro, para que los corazones lleguen a estar en la misma latitud, en la misma sintonía. Jesús quiere ponernos de pie, Jesús quiere ponernos en camino, Jesús camina con nosotros para enseñarnos a ser ese hombre nuevo, Jesús en verdad es nuestro salvador porque con El nos sentimos liberados y renovados con nueva vida.

Sepamos nosotros detenernos en la vida, para estar con Jesús, para aprender a sintonizar su corazón, para que en verdad nos sintamos fortalecidos desde lo más hondo de nosotros mismos, para que podamos continuar con la fuerza de su Espíritu la tarea. Con Jesús podremos realizar todo aquello que decíamos antes que necesitamos hacer en el camino de la vida. Nos lleva con El para que estemos con El. Nos dice que vayamos a El porque en El encontraremos nuestro descanso, porque El es esa nueva vida para nosotros.

martes, 27 de diciembre de 2022

Una sintonía disponible en el corazón, la sencillez de los pastores, la disponibilidad de Juan que nos hacen correr al encuentro con Jesús

 


Una sintonía disponible en el corazón, la sencillez de los pastores, la disponibilidad de Juan que nos hacen correr al encuentro con Jesús

1Juan 1, 1-4; Sal 96; Juan 20, 1a. 2-8

Hay días que son de especiales carreras. Y no quiero referirme ahora aquí a esos días llenos de agobios que tenemos que hacer muchas cosas y parece que el tiempo no nos da para nada y se nos va escurriendo entre los dedos como agua que queremos abarcar con nuestras manos. Podríamos referirnos a ello pero me refiero más a esos días que son de encuentro; buscamos algo con mucha ansia e ilusión, sabemos donde podemos encontrarlo y allá corremos antes de que llegue nadie para poder recogerlo para nosotros; son esos momentos en que estamos esperando a alguien que significa mucho para nosotros y salimos a su encuentro y parece que acercándonos por el camino más pronto lo encontraremos y correremos a sus brazos tan pronto vemos como se acerca; me vais a permitir no solo pensar en las personas, sino en el animalito que tenemos en casa como mascota y compañía y que está ansioso esperando a que lleguemos y sale a nuestro encuentro y se tira a nuestros brazos, aunque sea poco el tiempo en que hayamos estado ausentes, y no digamos cuando la tardanza ha sido mucha.

Corremos a buscar, corremos al encuentro, deseamos estar con quien es un regalo para nuestra vida, nos cuesta la lejanía o la ausencia de aquella persona a la que tenemos especial aprecio y amamos, salimos a la búsqueda o corremos al encuentro. Experiencias hermosas, momentos emotivos, búsquedas ansiosas y llenas de curiosidad por aquello que nos anuncian como algo hermoso para nuestra vida, ráfagas de luz y de esperanza que nos hacen estar atentos y vigilantes, deseos de lo mejor en ese encuentro que preparamos con ilusión y con mucha esperanza.

No hace mucho hemos escuchado en el evangelio hablarnos de las carreras de los pastores de Belén ansiosos de encontrarse con quien les había anunciado el ángel; para ellos no hubo dificultad en la oscuridad de la noche, o el desconocimiento exacto del lugar donde encontrarían aquel niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre que les había anunciado el ángel. Tuvieron la intuición de encontrar pronto el camino y allí los contemplaremos en la presencia de aquel recién nacido contando todo cuanto les habían anunciado y contemplado. Estaban llenos de alegría, nos dirá el evangelista, dando gloria a Dios.

Hoy el evangelio nos habla de otras carreras. Otras eran las circunstancias que habían llegado de inquietud y hasta de angustia a los discípulos de Jesús, que tres días antes había sufrido la pasión y había sido crucificado. En el sepulcro habían depositado su cuerpo y en la espera, en cierto modo angustiosa, estaban por lo sucedido y por lo que podría suceder. Habían vuelto las mujeres que temprano habían ido al sepulcro con los buenos deseos de embalsamar el cuerpo difunto de Jesús, pero se habían encontrado la piedra corrida, no estaba el cuerpo de Jesús allí y una aparición de ángeles les habían dicho que había resucitado.

Ante las noticias que llegan serán dos de los discípulos los que saldrán disparados en carrera hasta el sepulcro. Aquel discípulo que era más joven había llegado primero pero había tenido la deferencia de esperar a que llegara Pedro y entrara primero para inspeccionar el sepulcro. Estaba vacío como habían dicho las mujeres, las vendas tendidas por doquier pero el sudario bien envuelto estaba en un lugar aparte. Juan también había entrado, y nos dice él mismo en el evangelio que ‘vio y creyó’. Había sido también una carrera porque era necesario encontrar a Jesús, y aunque allí ya no estaba sin embargo la fe se había despertado en su corazón. Seguro que a la vuelta de nuevo hasta el cenáculo una alegría nueva llevaba en el corazón.

Los pastores cuando vieron lo anunciado por los ángeles creyeron; Juan cuando contempla el sepulcro vacío también creyó. El corazón de los pastores pobres y desprendidos de todo estaba dispuesto para creer en los misterios grandes de Dios que solo se revelan a los sencillos. El corazón de Juan que se había vaciado de si mismo porque solo se había llenado de la música del amor era capaz de sintonizar con el corazón de Cristo, sobre el que se había incluso recostado en la última cena y ahora sintonizaba con el misterio que se le revelaba en hechos que podían parecer incomprensibles, pero que solo desde la sintonía del amor podemos llegar a comprender y creer.

¿Seremos capaces nosotros de correr así al encuentro de Cristo, al encuentro de Dios que viene a nosotros? Pero ya sabemos cual es la sintonía que hemos de tener disponible en nuestro corazón, la de la sencillez de los pastores, la de la disponibilidad de Juan, a quien hoy estamos celebrando, la del amor verdadero que podría sintonizar con lo que es el amor de Dios.

domingo, 30 de octubre de 2022

Ojalá seamos capaces, como Zaqueo, de bajar deprisa y contentos de recibirle en nuestra casa y al final podamos escuchar también ‘hoy ha sido la salvación para esta casa’

 


Ojalá seamos capaces, como Zaqueo, de bajar deprisa y contentos de recibirle en nuestra casa y al final podamos escuchar también ‘hoy ha sido la salvación para esta casa’

Sabiduría 11, 22 – 12, 2; Sal 144; 2Tesalonicenses 1, 11 – 2, 2; Lucas 19, 1-10

‘Ha ido a hospedarse en casa de un hombre pecador’, es el comentario de todos. Habían acudido muchos a ver a Jesús, a escuchar a Jesús a su paso por Jericó camino de Jerusalén. Otros acontecimientos nos ha narrado el evangelista al paso de Jesús por aquella ciudad, todos recordamos al pobre ciego del camino, ante el que Jesús también se había detenido y lo había mandado llamar. Claro que el ciego con sus gritos se hacía oír. Pero ahora Jesús se detiene ante quien no grita – al menos sus gritos no se escuchan aunque desde el corazón esté gritando – pero que también está allí en búsqueda de conocer a Jesús aunque quiere pasar desapercibido. Y será ahora Jesús quien tome la iniciativa. ‘Baja enseguida que quiero hospedarme en tu casa’.

Las iniciativas de Dios que no siempre terminamos de comprender. Ahora la gente está murmurando. Claro que Dios es quien conoce nuestro corazón y nosotros parece que no terminamos de conocer el corazón de Dios. Por eso se nos hacen incomprensibles muchas cosas que nos suceden en la vida. Cuando no somos capaces de abrirnos al corazón de los demás, también se nos hace difícil abrir nuestro corazón a Dios. Qué difícil se nos hace entrar en sintonía. Juzgamos con nuestros criterios y algunas veces nos volvemos mezquinos. Todo lo queremos pasar por nuestro crisol y algunas veces está sucio, maleado. Y ponemos pegas, y nos hace nuestros juicios, y somos fáciles a condenar.

Aquel hombre, es cierto, era un publicano, un recaudador de impuestos con todos los prejuicios que ello conllevaba, un pecador. Los que se habían fijado en él cuando había querido abrirse paso para ponerse en lugar apropiado para ver pasar a Jesús, solo veían en él, eso un publicano y un pecador. Entre ellos parecía que no podía haber lugar para aquel pequeñajo. Cuántas veces nos apartamos, cuántas veces no dejamos lugar, cuántas veces no queremos mezclarnos ni que nos vean con ‘esas’ personas, cuántas veces vamos poniendo barreras, no queremos permitir su presencia. Nuestros prejuicios que se hacen condenas.

Pero aquel hombre, sin que manifestara nada, quería ver pasar a Jesús. Y es ante aquel hombre, escondido entre los ramajes de la higuera ante quien se detiene Jesús. Algunos incluso de extrañarían de que Jesús se detuviera en aquel lugar, porque por no ver no se habían fijado en que allí estaba Zaqueo. No nos fijamos y quizás nos estamos perdiendo algo importante. No nos fijamos y tan entretenidos estamos en nuestros pensamientos o nuestros intereses y no nos damos cuenta que quizá Jesús se ha detenido a nuestra puerta, se ha detenido a nuestro lado. Jesús quiere también hospedarse en nuestra casa.

Aunque estamos haciéndonos consideraciones sobre lo que nos cuenta el evangelio de lo sucedido aquel día en Jericó con tanta riqueza de detalles que podemos contemplar en este pasaje, hoy lo escuchamos no como algo sucedido entonces, sino como algo que sucede en el hoy de nuestra vida.

Hoy Jesús pasa por nuestro Jericó, el Jericó de nuestra vida también tan convulsa y agitada, con la diversidad de personas con las que nos vamos cruzando o con las higueras tras cuyos ramajes también a veces nos vamos ocultando, con nuestros prejuicios de todo tipo o nuestras miradas interesadas, con nuestros entretenimientos que nos distraen o también con las locas carreras de nuestras tareas y trabajos. Y hoy Jesús quiere detenerse junto a nosotros, al pie de nuestra higuera aunque tan entretenidos estamos que nos parece que no va con nosotros. Y también nos está invitando a bajar. ‘Hoy Jesús ha venido a hospedarse en casa de un hombre pecador’, en mi casa.

El evangelio no es un ayer, el evangelio es un hoy que llega a nuestra vida. Es un dejarnos mirar cara a cara por Jesús, no teniendo miedo a ponernos con la cruda realidad de nuestra vida ante El. No es fácil. También podemos tener nuestros miedos en el corazón. También nos costará dar ese paso adelante para bajarnos de nuestra higuera, pero sobre todo para abrir de par en par y con alegría generosa la casa de nuestro corazón a Dios. Siguen habiendo muchos apegos que hagan chirriar los goznes de nuestra puerta para poderla abrir de par en par o haya muchas cosas que queremos seguir ocultando.

Ojalá seamos capaces, como Zaqueo, de bajar deprisa y contentos de recibirle en nuestra casa. Ojalá al final podamos escuchar también ‘hoy ha sido la salvación para esta casa’.

jueves, 25 de agosto de 2022

Sepamos estar vigilantes para en todo momento o circunstancia y también en las personas a nuestro lado descubrir esas señales de Dios que llega a nuestra vida

 


Sepamos estar vigilantes para en todo momento o circunstancia y también en las personas a nuestro lado descubrir esas señales de Dios que llega a nuestra vida

1Corintios 1, 1-9; Sal 144; Mateo 24, 42-51

¿Quién tiene que cuidar la casa o los bienes de la casa? Nos habla del dueño de la casa o nos habla de aquel a quien se la confiado una misión de tener todo preparado ante la inminencia de la llegada de alguien; pero se nos habla también del administrador de los bienes, o de aquellos que han sido empleados para mantener todo en orden y realizar los necesarios servicios, como se nos está hablando de cada uno de nosotros que ha de cuidarse y ha de cuidar sus cosas.

Parece poco menos que una multitud. Claro que hablamos en un lenguaje y unas costumbres de otra época porque hoy disponemos de otros sistemas de vigilancia más sofisticados y hasta mas fiables desde la tecnología con que hoy vivimos, que ni necesitamos un vigilante detrás de la puerta y hasta si queréis ni una llave física que abra o cierre, porque la electrónica puede hacer milagros hasta para abrirnos la puerta o tener preparadas las cosas que necesitemos cuando lleguemos.

Pero ya sea de una forma o de otra, bien empleemos los medios tradicionales o vivamos sujetos a los milagros de la electrónica, siempre sin embargo seguimos hablando de vigilancia y de preparativos. Pero además por mucha inteligencia artificial que esté a nuestro alcance hay algo que nada puede sustituir a la humanidad que la persona ha de saber darle a esa espera, a esa vigilancia o a esa acogida de quien llegue a nuestra casa. Nada puede sustituir una sonrisa, una palabra amable salida del corazón, una mano tendida y llena de calor para dar un abrazo que llegue al corazón.

Tienen estos textos del evangelio que estamos comentando un lenguaje un tanto apocalíptico haciéndonos pensar en los últimos tiempos, pero también es una referencia y un mensaje para estar preparados a la venida del Señor a nuestra vida, que además puede llegar a nosotros de muy diferentes maneras. No pensamos únicamente en unas apariciones espectaculares con las que se hiciera presente Dios en nuestra vida, sino saber descubrir, estar atento, en el día a día de nuestra vida para llegada o para esa llamada del Señor. Claro que necesitamos estar atentos, claro que tenemos que saber descubrir los signos y señales de su presencia, claro que tenemos que despertar en nosotros una sintonía especial para poder escuchar esa sintonía de la presencia de Dios.

Algunas veces las señales pueden ser oscuras y difíciles de interpretar, porque quizá sonarán para nosotros en la dificultad del camino de la vida o en los problemas que se nos van presentando, en ese imprevisto que nos hace trastocar muchas veces nuestros planes, o en esas amarguras que en ocasiones se nos pueden presentar en el fondo de nuestro corazón con problemas que reaparecen, con oscuridades que nos llenan de miedos y desconfianzas, con incertidumbres que se nos presentan. En medio de todo eso puede sonarnos también la señal de Dios que nos llama y que nos hace despertar. Es necesario afinar bien las antenas del alma para saber descubrir ahí esa presencia de Dios, que aun en la amargura, siempre será presencia de salvación.

Y eso nos tiene que hacer pensar en mucho más, esa sintonía de humanidad que tiene que haber en nuestra vida para saber encontrarnos con el otro, para saber sentir que quien está a nuestro lado es mi hermano. Que sepamos descubrir y ver siempre a la persona, que tenemos que escuchar y que tenemos que acoger, a quien hemos de saber dar el abrazo que tanto esté necesitando, y también de quien hemos de sentirnos amados.

Sepamos estar vigilantes para en todo momento descubrir esas señales de Dios que llega a nuestra vida.

martes, 19 de abril de 2022

No perdamos la sensibilidad ni nos acostumbremos a las sombras, en medio del dolor mantengamos la sintonía del amor, un día todo será distinto porque nos encontraremos con el Señor

 


No perdamos la sensibilidad ni nos acostumbremos a las sombras, en medio del dolor mantengamos la sintonía del amor, un día todo será distinto porque nos encontraremos con el Señor

Hechos de los apóstoles 2, 36-41; Sal 32; Juan 20, 11-18

Las lágrimas cuando dejamos que se conviertan en amargura en el corazón fácilmente nos ciegan y no terminamos de ver lo que está palpable ante nosotros. Había allí un corazón ardiente de amor; había amado mucho y se le habían perdonado sus muchos pecados; pero seguía amando, desde aquellos primeros momentos en que se había visto liberada por Jesús de sus siete demonios, no se apartaba del lado de Jesús. Fue de las pocas que fueron capaces de subir al Gólgota para estar a los pies de la cruz de Jesús.

Cuando el corazón se llena de dolor y de tormento todo se nos hace difícil de comprender; aquellas cosas que con más ardor nos habíamos como bebido de la persona amada ahora parece que se olvidan y no somos capaces de aunar unos acontecimientos con unas palabras previamente anunciadas y todo se vuelve noche en nuestro interior. Los interrogantes surgirían en su interior como toda persona que sufre y no podía entender que la vida de Jesús terminara así en un sepulcro. Le queda ahora quedarse junto al sepulcro de su amado, pero no habían podido realizar con su cuerpo lo mínimo para su embalsamamiento y por eso junto a las otras mujeres, siendo aun de noche, habían venido para culminar los ritos funerarios. Pero el cuerpo de Jesús no estaba allí.

Habían corrido como locas por las callejuelas de Jerusalén para anunciar a los discípulos que no estaba el cuerpo de Jesús y aunque las otras mujeres hablarían de Ángeles aparecidos junto a la tumba y de que les habían dicho que estaba vivo, para ella, María Magdalena, lo que había sucedido era que se habían robado o llevado de allí el cuerpo de Jesús.

Allí está llorosa a la entrada del sepulcro, vigilando sin saber qué, esperando sin saber qué; es la fidelidad incansable aunque todo permanezca oscuro. De nuevo unos ángeles que se le manifiestan ‘¿Por qué lloras?’ No sabe decir otra cosa. ‘Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto’. Es como su cantinela dispuesta a preguntar a todo el mundo dónde se han llevado el cuerpo del Señor Jesús.

Cuando se vuelve porque siente pasos o siente presencia de alguien, sin darse cuenta de con quién está hablando, pensando que era el encargado del huerto que por alguna razón habría quitado el cuerpo de aquel sepulcro nuevo, y ante la misma pregunta ‘¿por qué lloras?’ vuelve con lo mismo. ‘Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré’.

No sabe con quién habla, las amarguras cuando se apoderan del corazón nos ciegan y nada somos capaces de reconocer. Pero será una voz, será una palabra ‘¡María!’, la que le haría volver en sí. Era la voz que bien conocía, y aunque los ojos no son capaces de ver, el corazón si es capaz de sentir. ‘¡Rabboni! ¡Maestro!’. Y ahora sí se le han abierto los ojos, se le ha abierto la vida.

No podemos perder la sensibilidad del corazón aunque se nos cieguen todos los demás sentidos. Los latidos del amor tienen que seguir estando presentes en nuestra vida por muchas que sean las oscuridades. Cuidado no endurezcamos el corazón de tal manera que ya no seamos capaces de oír, que ya no seamos capaces de sentir los latidos del amor. El corazón de Magdalena quería seguir latiendo al unísono con el corazón de Cristo y por eso pudo verlo de nuevo, pudo sentirlo y escucharlo.

No perdamos esa sensibilidad, no nos acostumbremos a las negruras y a las sombras, en medio del dolor mantengamos la sensibilidad del amor; aunque pase largo tiempo de sombras y de tinieblas no perdamos la sensibilidad del amor. Aprendamos a mirar a nuestro alrededor, no temamos tener que enfrentarnos a oscuridades y a sufrimientos, por debajo de todo tiene que seguir circulando la sangre del amor; un día nos curaremos, un día volveremos a la luz, un día se despertará de nuevo la esperanza, un día podremos ver que las cosas comienzan a ser distintas, un día vamos a sentir fuerte la presencia del Señor y nos sentiremos transformados.

jueves, 28 de octubre de 2021

 


La cercanía crea sintonía en el corazón, quienes seguimos a Jesús estamos llamados a estar con El creando esa sintonía e introduciéndonos en su corazón

Efesios 2, 19-22; Sal 18; Lucas 6, 12-19

‘Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles…’ y nos da el evangelista la relación de los doce escogidos para estar con Jesús. Comienza así el evangelio propio de este día de la celebración de dos de esos apóstoles, san Simón y san Judas Tadeo.

Poco más nos dirán los evangelios en concreto de estos dos apóstoles escogidos, salvo que en algún evangelio se hace relación a Simón como el Zelotes, bien porque hubiera formado parte de aquellos grupos revolucionarios contra la dominación romana, o bien porque haga referencia a su celo por el cumplimiento de la ley mosaica. Poco importan estos detalles, pero manifiestan por otra parte como Jesús llama sin distinción ni discriminación, como le veremos llamar también a un recaudador de impuestos para formar parte del grupo de sus seguidores más cercanos, Leví y Mateo según el nombre que le queramos dar.

Serían aquellos que estarían más cercanos a Jesús, podríamos decir, día y noche y a los que iba preparando de manera especial para la misión que un día les confiaría. Recordamos como los lleva a lugares apartados para estar a solas con ellos o como de manera especial los iba instruyendo por el camino; en casa a ellos les explicarías con detalles las parábolas con las que enseñaba al pueblo el mensaje del Reino de Dios.

Los llamó para que estuvieran con El y para un día enviarlos con la misión de anunciar el evangelio a toda criatura. Pero es importante el estar con Jesús. Recordemos cómo a la hora de escoger un sustituto de Judas uno de los criterios que se mantienen es que fuera alguien que hubiera estado desde el principio con Jesús. La cercanía crea sintonía en el corazón. Es importante. No podrían ser los testigos de Jesús si antes no habían sintonizado con Jesús. No era simplemente el conocer los hechos, era más importante conocer la vida, haberse metido en el corazón. Y Jesús los llevaba en el corazón. ‘A vosotros no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos’, les diría en la última cena, ‘porque a vosotros os lo he revelado todo’.

Qué importante esto en el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. El estar con Jesús es la experiencia de vivir a Jesús y eso lo iremos logrando desde que vayamos dejando que Jesús se meta en nuestro corazón. Como el amigo que se nos mete en el corazón, el amigo en quien confiamos pero que también nos muestra toda su confianza. Se crea una intimidad del corazón, porque vamos abriendo nuestro corazón a Jesús, pero el también va dejando que nos pongamos en su corazón, que nos introduzcamos en su corazón. Esa intimidad nos hace sentirnos con el corazón abierto y nos sentiremos conocidos como también nosotros conoceremos hasta lo más profundo.

Es lo que tenemos que cultivar en nuestra vida cristiana. Y empleo en todo su profundo sentido esta palabra de cultivar. Para cultivar su rotura la tierra, se introducen la semilla en lo más profundo, continuamente estaremos cuidando ese terreno y esas plantas que en él van surgiendo librándolas de todo lo que las pueda dañar; cultivamos y abonamos, cultivamos y mantenemos la necesaria humedad para que la semilla pueda germinar y para que la nueva planta pueda crecer y dar fruto.

Es toda la tarea de nuestra vida cristiana, donde nos contentamos con decir que creemos en Dios o rezamos en alguna ocasión sino que mantenemos un trato íntimo con el Señor abriéndonos a Dios para dejarnos inundar por su presencia, abriendo nuestro corazón a su Palabra dejando que se haga fecunda en nuestra vida para que al final puedan florecer los frutos de nuestra vida cristiana.

Creo que la fiesta de estos apóstoles que hoy celebramos contemplando como fueron escogidos para estar con El nos interpela a nosotros también para aprender a estar con Jesús, también llamados y escogidos por Jesús para estar con El, dejando que sea el centro de nuestro corazón.

lunes, 19 de julio de 2021

Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual y abrirnos a algo distinto que nos trasciende de nuestra vida

 


Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual y abrirnos a algo distinto que nos trasciende de nuestra vida

Éxodo 14,5-18; Sal: Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Cuando nos obstinamos en nuestras ideas, por muchas pruebas o razonamientos que nos hagan, si no queremos verlo, nunca lo llegaremos a ver; y decimos que somos razonables, que lo que queremos son pruebas, todo lo queremos pasar por el tamiz de nuestros razonamientos, pero hay algo que se nos pone delante de los ojos como una sombra y no hay manera de que veamos claro. Queremos pruebas, todo lo queremos pasar por lo que decimos nuestras lógicas humanas.

Pero hay cosas que nos trascienden, que van más allá de esas lógicas y de esos razonamientos, porque son cosas que tenemos que ser capaces de sentir en nosotros. Cuando andamos en esos caminos de la fe andamos muchas veces como en una lucha entre nuestros razonamientos, nuestras visiones, y algo que es mucho más hondo y que de alguna manera se convierte en inexplicable, pero que podemos llegar a vivir.

Tiene que haber en nuestro corazón una apertura al misterio, tenemos que ser capaces de entrar en otra sintonía espiritual, tenemos que abrirnos a algo distinto y que nos trasciende de nuestra vida, tenemos que ser capaces de palpar algo que no lo podemos hacer con las manos, pero que si lo podemos hacer cuando le damos posibilidades a la fe. Por eso decimos que entramos en una sintonía espiritual, por eso hablamos de un don sobrenatural que nos viene concedido de lo alto, por eso llegamos a apreciar otros sabores y otras sabidurías que le llegan a dar a nuestro espíritu un toque distinto. Algo que muchas veces no tenemos palabras para expresar ni para explicar, pero algo que nos eleva por dentro y nos hace aspirar a cosas más altas y más elevadas por decirlo de alguna manera.

Aquellos mismos que habían visto cómo Jesús liberaba al hombre poseído por el espíritu del mal y que comienzan a atribuírselo a Jesús a otras fuerzas malignas, ahora le piden signos para creer. Han tenido el signo ante los ojos y los han cerrado para no querer creer en el signo, pero que es lo que ahora piden. Y Jesús les dice que no se les dará signos a la manera que ellos piden.

Y les habla de Jonás aquel profeta que un día desoyó la voz de Dios que le llamaba a una misión y más quiso irse en dirección contraria. Sería engullido por el cetáceo del mar pero había sido devuelto vivo y sano para que cumpliera su misión; y aquellos a los que invitó a la conversión, cambiaron sus vidas para escuchar la voz del profeta. Y les dice Jesús que los ninivitas que creyeron la palabra de Jonás un día se levantarán con aquella generación que ni quisieron creer a quien era mucho más que un simple profeta.

Y les habla de la Reina del Sur que vino de tierras lejanas para disfrutar de la sabiduría de Salomón, pero ahora hay alguien que tiene una sabiduría mayor que la de Salomón y la generación contemporánea no lo escucha.

¿No serán signos para nosotros para que en verdad descubramos la obra salvadora de Jesús y la sabiduría de sus palabras? Cerramos nuestros ojos a las obras de Dios, cerramos nuestros oídos y nuestro corazón a la sabiduría del Evangelio de Jesús. ¿Hay algo mayor o mejor que el evangelio que nos lleve a una mayor plenitud de vida y por caminos de mayor felicidad?

Algunas veces tenemos a nuestro alcance las mejores comidas con los mejores sabores, pero nos hemos acostumbrado de tal manera que ya no sabemos apreciar eso tan rico y sabroso que se nos ofrece. Nos puede pasar con el evangelio de Jesús que de tal forma nos acostumbremos que hayamos perdido el sabor de su sabiduría.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

Sepamos encontrar esa señal de Jesús que nos acoge y despierta nuestra esperanza, pero con nuestra acogida seamos signo de Jesús para los que nos rodean

 


Sepamos encontrar esa señal de Jesús que nos acoge y despierta nuestra esperanza, pero con nuestra acogida seamos signo de Jesús para los que nos rodean

1Corintios 3, 1-9; Sal 32; Lucas 4, 38-44

Cuando encontramos a alguien en la vida con el que nos es fácil sintonizar no nos gustaría separarnos de él; nos sentimos escuchados, aunque algunas veces casi no pronunciemos palabra, pero es que en las actitudes, en los gestos o las palabras que esa persona tiene con nosotros nos damos cuenta que hay una sintonía especial; es la forma de acogernos, son las palabras que nos dice que nos llegan al corazón como respuestas a las inquietudes que llevamos dentro, podemos acercarnos a su lado sin ningún tipo de temor y aunque nos parece como un ser superior a nosotros le vemos tan cercano que es como si fuera nuestro amigo o familiar querido de toda la vida.

Nos sucede en los caminos de la amistad  en esos encuentros maravillosos que tenemos cuando hay alguien que sabe detenerse a nuestro lado. Y es que en el fondo estamos ansiosos por encontrar esa persona que nos escuche, no todo lo que llevamos dentro somos capaces de hablarlo con cualquiera, y algunas veces pasamos soledades interiores que son muy horribles cuando no tenemos o no podemos compartir lo que llevamos en el corazón.

Si en la vida fuéramos capaces de deternernos un poco más a la orilla del camino con los ojos y los oídos bien abiertos nos vamos a encontrar con muchos que viven en esas soledades y están deseando encontrar con quien compartir las inquietudes o los pesos que llevan en el corazón. Vamos demasiado absortos en lo nuestro que no nos damos cuenta de esas sintonías que podríamos establecer con los que caminan a nuestro lado que serán como ondas que se quedan en el aire sin que nadie las escuche o pesos en el corazón que nadie ha sabido aliviar. Es difícil muchas veces y nos cuesta.

Estoy hablando de esas situaciones humanas en que nos encontramos nosotros mismos o que podemos encontrar en el mundo que nos rodea, pero estoy hablado de lo que sucedió con la presencia de Jesús en principio por aquellos caminos, ciudades y aldeas de Galilea. Es lo que estamos viendo en el evangelio de hoy. Poco nos ha dicho hasta ahora el evangelio de lo que Jesús hacia, nos ha hablado de su presencia en la sinagoga de Nazaret y ahora en la de Cafarnaún donde ha ido a enseñar el sábado y donde ha liberado aquel hombre del espíritu inmundo que lo poseía.

Pero inmediatamente llevan a Jesús a casa de Simón porque la suegra está en cama con fiebre e inmediatamente vemos como se agolpan a la puerta de la casa multitudes con sus enfermos de todo tipo que acuden a Jesús.  ¿Cuál había sido la apertura del corazón que Jesús había manifestado? Había entrado en la sintonía de aquellas gentes que se sentían con muchas angustias e inquietudes, con muchas ataduras y esclavitudes del corazón, con muchas esperanzas que parecía que se veían frustradas porque nunca llegaban a realizarse y con muchas oscuridades en sus vidas para las que no veían una salida o un sentido a cuantos eran sus sufrimientos.

Pero allí está quien los escucha. Allí está con quien pueden sintonizar porque en El se vislumbran las respuestas y se abren de nuevo las esperanzas. Justo es que se agolpen con todas sus penas a la puerta o que no quieran dejarlo marchar a otros lugares. Quieren que Jesús se quede para siempre con ellos. ‘Todo el mundo te busca’, le dicen los más cercanos a Jesús.

¿Se despertará así nuestra esperanza con las palabras y la presencia de Jesús? También nosotros llevamos unas inquietudes en el corazón, también hay unas penas y unas frustraciones zarandeados como estamos por todo cuanto sucede en nuestro entorno. Saquemos a flote eso que llevamos dentro y que nos duele y nos hace sufrir; tenemos quien nos escuche, quien esté a nuestro lado, nos diga una palabra de vida y de esperanza. Vayamos a Jesús y deseemos ardientemente estar con El, no separarnos de El. Es lo que en el fondo estamos buscando aunque algunas veces andemos confundidos y dé la impresión que no sabemos ni lo que queremos. Somos parte también de ese ‘todos te buscan’.

Pero no olvidemos también una cosa. Aprendamos a sintonizar con los que están a nuestro lado que también tienen sus inquietudes y sus frustraciones; podemos y tenemos que ser ese signo de Jesús que llega a ellos a través de nuestra acogida.

miércoles, 22 de julio de 2020

Sepamos sintonizar con las lágrimas de los que lloran para aprender a sintonizar con la voz del Señor que en nuestras lágrimas nos llama por nuestro nombre


Sepamos sintonizar con las lágrimas de los que lloran para aprender a sintonizar con la voz del Señor que en nuestras lágrimas nos llama por nuestro nombre

Cantar de los Cantares 3, 1-4ª; Sal 62; Juan 20, 1. 11-18
‘Mujer, ¿por qué lloras?’, es la pregunta que dos veces hemos escuchado en el relato evangélico. Habían ido al sepulcro y el sepulcro estaba vacío. María Magdalena ha corrido hasta donde están los discípulos para llevar la noticia de que se han robado el cuerpo de Jesús, porque no lo han encontrado en el sepulcro. Y allí a la entrada del sepulcro sigue con sus lágrimas; le preguntan los ángeles que están dentro y la pregunta se repetirá de parte de quien ella cree que es el que cuida del huerto. ‘Se han llevado el cuerpo del Señor... ¿Dónde lo has puesto?’
¿Nos habrán hecho alguna vez esa pregunta cuando nos ha encontrado alguien envuelto en nuestras lágrimas? ¿Habremos hecho la pregunta a quien nos hemos encontrado llorando? La pregunta puede ser importante para quien la recibe; alguien se interesa por nuestras lágrimas; porque habrá alguna razón o algún motivo y si se quiere consolar tendríamos que saber cual es el sufrimiento que provoca esas lágrimas.
¿Por qué lloras? Será quizá la tristeza cuando hemos visto partir de nuestro lado a quien amábamos, será el desgarro de la muerte y de la pérdida de un ser querido; pero puede ser la soledad o la orfandad en que nos sentimos en la vida aunque quizá estemos rodeados de mucha gente; será el corazón roto y desgarrado en los desengaños y en los fracasos, ya sea de unas ilusiones que hemos perdido, ya sea en la imposibilidad de conseguir lo que tanto habíamos soñado, ya sea en las amistades que se pierden en unas lejanías que comienzan a sentirse donde antes había otra confianza y cercanía, ya sea en tantas frustraciones que sufrimos en la vida por las incomprensiones, los malos tratos, los desprecios o marginaciones que podamos estar sufriendo cuando sentimos que ya no contamos, ya no cuentan con nosotros.
¿Nos habremos interesado de verdad por el llanto del que está a nuestro lado que no solo lo provocan las carencias materiales, la pobreza de medios para subsistir o para vivir una vida digna, sino también de otras pobrezas y de otros vacíos interiores que no sabemos cómo llenar? Hay quizá un vacío espiritual que sentimos en lo más hondo de nosotros mismos sin saber muchas veces qué nos pasa pero que nos producen angustias y lágrimas; hay quizá otra ausencia que también nos duele cuando no hemos encontrado a Dios o cuando nos parece que Dios se ha alejado y desentendido de nosotros; será la falta de fe o la pobreza con que la vivimos quizá alguna vez de forma interesada o egoísta con lo que al final nos sentimos más vacíos y con soledades más grandes.
Son dramas en nuestro interior que si no hacen brotar lágrimas físicas de nuestros ojos, si sentiremos cómo se arrancan esas lágrimas dolosamente de nuestro corazón. Las podemos haber vivido nosotros o quizá haya muchos a nuestro alrededor que las están viviendo, pero nunca nos hemos interesado por ellas. Nos falta una sintonía para escuchar el por qué de los llantos y lágrimas de los demás pero también de la voz que nos puede llamar por nuestro propio nombre.
Porque aunque andemos desorientados y confundidos como le estaba pasando a Magdalena en ese aparente hortelano – y puede ser de muchas maneras cómo ese hortelano va a aparecer en nuestra vida – Jesús va a venir a nuestro encuentro y nos va a llamar por nuestro nombre. Y cuando estamos pensando también en si nos hemos o no interesado por las lágrimas de los demás seamos conscientes de que somos la figura de ese hortelano que se acerca al hermano también para llamarlo por su nombre. Será una nueva experiencia luminosa la que vamos a vivir, es la experiencia que tanto necesitamos para poder llenarnos de verdad por dentro. Podemos además y tenemos que ser ese signo, esa señal que haga presente al Señor.
Hoy estamos celebrando la fiesta de Santa María Magdalena, la que no huyó ante el dolor y el sufrimiento sino que supo estar a los pies de la cruz en el Calvario, la que luego siguió buscando intensamente al amor de su vida aunque lo buscara entre las sombras de los sepulcros de muerte, pero la que a pesar de sus lágrimas supo sintonizar con la voz del Señor que la llamaba por su nombre para que su vida se llenará de la luz de la vida y la resurrección para siempre.

sábado, 27 de junio de 2020

Es necesario saber sintonizar mejor con los demás, y para ello necesitamos detenernos para escuchar dejando a un lado prejuicios e insensibilidades


Es necesario saber sintonizar mejor con los demás, y para ello necesitamos detenernos para escuchar dejando a un lado prejuicios e insensibilidades

Lamentaciones 2, 2. 10-14. 18-19; Sal 73; Mateo 8, 5-17
‘Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico y sufre mucho’. Hermosa oracion, hermosa súplica aunque en sus palabras pareciera que no pide nada. Simplemente está contando lo que sucede, está hablándole a Jesús del sufrimiento del criado que tiene en casa discapacitado. Por supuesto que en sus palabras está la intención de la súplica; pero destaca la sencillez y la humildad; destaca su sensibilidad, su preocupación por los que tiene cerca de sí. Luego manifestará la fe grande que tiene que merecerá incluso la alabanza de Jesús.
Pero creo que este primer pensamiento ya nos tendría que llevar a más reflexiones. Su sensibilidad y su preocupación. Parece como si lo sintiera como algo propio, lo está sufriendo él también. Ya sé que este texto en ocasiones ha dado pie a comentarios muy interesados desde ciertos sectores queriendo ver más allá de lo que realmente nos dice el evangelio. Como si el sentir o sufrir como algo propio el sufrimiento de otra persona solo se pudiera tener desde ciertos estilos de vida que hoy se tratan mucho de justificar. Cuesta incluso desligar una amistad sincera y limpia de otros llamémoslo intereses en la relacion entre las personas.
Yo quiero mirar la sensibilidad del centurión por el sufrimiento de su criado simplemente desde la sensibilidad de un corazón que sabe estar abierto a los demás. Muchas veces en la vida vamos demasiado insensibles en medio de un mundo de sufrimientos que nos rodea y ante el que intentamos cerrar los ojos para que no nos compliquen; demasiadas veces en nuestra insensibilidad hasta querer culpabilizar a esas personas que sufren de su propio sufrimiento, quizá para disculparnos con disculpan que no nos valen de nuestra insensibilidad.
Es necesario saber sintonizar mejor con los demás, y para ello necesitamos detenernos para escuchar, pero eso nos cuesta en nuestro mundo de prisas; y así vamos con nuestros prejuicios, con las valoraciones que nosotros nos hemos hecho sin haberlos escuchado, con cierto racismo en el interior de nuestro corazón en tantas ocasiones. Conocer y comprender, y para eso es necesario escuchar, nos complica la vida; por aquello de que ojos que no ven corazón que no siente, no queremos saber y juzgamos y hasta condenamos de antemano. Si abriéramos los oídos de nuestro corazón un poquito más seguro que nos llevaríamos grandes sorpresas.
Jesús se detuvo junto a aquel hombre que venia con su súplica. No era un judío en este caso, porque era un centurión romano; para más perteneciente al ejército que los dominaba y que les hacia sentirse tan mal a los judíos. No entraban en sus casas, porque incluso era causa de una impureza legal, los rechazaban ya de antemano por ser extranjeros. El judío como miembro del pueblo elegido ya se sentía superior de todo extranjero al que llamaban gentil y tenían otros epítetos muy fuertes para referirse a ellos – recordemos el episodio de la mujer cananea -.
Pero Jesús se ofreció a ir a su casa para curar al paralítico, como haría en tantas otras ocasiones como en el caso de Jairo, y ante las protestas de humildad de aquel hombre que no se consideraba digno de que Jesús entrara en su casa, Jesús se detiene a escucharle. Y aquí está la sorpresa, Jesús va a alabar la fe de aquel  hombre. ‘No he encontrado en Israel una fe tan grande’. Y dirá Jesús entonces palabras que tendrían muy en cuenta todos los que estaban en su contra porque parece que los elegidos del pueblo de Dios van a ser sustituidos por los que vienen de otras partes. ‘Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; en cambio, a los hijos del reino los echarán fuera, a las tinieblas’. 
Aprendamos el hermoso mensaje de este evangelio. Tengamos siempre la sensibilidad de escuchar a los demás y sentir como propio el sufrimiento de nuestros hermanos.

domingo, 26 de enero de 2020

Nuestra oscuridad quizás está en que nos creemos en la luz y con nuestro orgullo y autosuficiencia no nos damos cuenta del vacío y oscuridad que llevamos en el interior




Nuestra oscuridad quizás está en que nos creemos en la luz y con nuestro orgullo y autosuficiencia no nos damos cuenta del vacío y oscuridad que llevamos en el interior

Isaías 8, 23b-9, 3; Sal 26; 1Corintios 1, 10-13. 17; Mateo 4, 12-23
Si el evangelio de Lucas nos presenta a Jesús en la sinagoga de Nazaret con el texto del profeta Isaías que habla del que está lleno del Espíritu del Señor y ha sido enviado a hacer el anuncio de la buena nueva a los pobres para proclamar el año de gracia del Señor, el evangelio de Mateo, que corresponde al ciclo de este año, nos habla de la luz que brilla en las tinieblas porque el anuncio de la Buena Nueva del Reino de Dios vino a ser ese rayo de luz y de esperanza para aquellos que lo escuchaban, trayéndonos a colación también un texto de Isaías.
De una forma o de otra, en uno o en otro evangelista, se nos presente algo así como el programa del Evangelio que Jesús nos anuncia. Anunciar la llegada del Reinado de Dios, no solo con palabras sino acompañado de muchos signos y la invitación a la conversión. Algo nuevo se nos anunciaba pero creer en ese anuncio implica la conversión del corazón, el darle la vuelta a la vida porque algo nuevo comenzaba. Y cuando se despiertan las esperanzas en el corazón de los hombres es como si una luz nueva comenzara a brillar para sus vidas. Qué cosa más esperanzadora cuando vamos caminando por un lugar oscuro ver alguna ráfaga de luz que nos anuncia el final del camino de oscuridad y tener la certeza de que saldremos de esas tinieblas.
El texto de Isaías que nos trae a colación el evangelista Mateo hacia referencia en su hecho histórico concreto un momento difícil de la historia de Israel, en que se veían envueltos en guerras y acosos de los pueblos vecinos en que por la inoperancia e insensatez de sus dirigentes no veían una salida airosa de aquella situación. Aquello cambiará y es lo que anuncia el profeta, por eso el pueblo se llena de esperanza y de alegría, como los que vienen de la siega con cantos de victoria.
Cuando Mateo nos hace esa cita del profeta está haciendo una lectura de la historia en el momento concreto en que apareció Jesús, profeta de Nazaret por las tierras de Galilea. Tiempos de pobreza y de opresión bajo el poder de los romanos donde todo les parecía también oscuro y lleno de tinieblas. La palabra profética de Jesús anunciando el Reinado de Dios es como un despertar de esas esperanzas dormidas o perdidas y fue para ellos como comenzar a brillar una luz nueva para sus vidas.
Por eso escuchan a Jesús y le siguen, les traen los enfermos para que los cure que vienen a ser los signos de lo nuevo que comenzaba como una nueva vida para aquellas gentes y la gente busca por todas partes. Todos escucharán el mensaje de invitación a la conversión y a la confianza en su Palabra. Pronto serán invitados algunos a seguirle más de cerca porque en aquellos tiempos nuevos que se avecinan serán necesarios unos nuevos pescadores o unos nuevos sembradores para ese nuevo pueblo que se irá constituyendo y que serán capaces de dar las señales de lo nuevo que está comenzando cuando son capaces de dejarlo todo por seguir a Jesús.
Por eso al pasar Jesús por la orilla del lago ya comenzará a llamar de forma concreta a algunos porque los quiere trabajadores en su Reino. Señales de esa conversión, de ese cambio y transformación de sus vidas las darán cuando son capaces de dejarlo todo por seguirle, y muestras de esa fe que comienzan a tener en Jesús y en su Palabra es que sin más se confían de la Palabra de Jesús para seguirle y para estar con El.
Pero cuando hoy nosotros escuchamos esta Palabra del Señor no es para quedarnos en lo que entonces se dijo o sucedió. La Palabra que escuchamos es una Palabra viva, una Palabra que también quiere ser vida y luz para los hombres de hoy. También a los pobres de hoy se les ha de anunciar la Buena Noticia, también para los oprimidos de hoy es el anuncio de la amnistía, del año de gracia del Señor, también para los hombres y mujeres de hoy esa Palabra tiene que ser un rayo de luz que despierte la esperanza. Pero ¿llegará esta Palabra a los hombres y mujeres del siglo XXI como ese mismo rayo de esperanza?
Nuestra oscuridad quizás está en que nos creemos en la luz. Andamos confundidos. Confundidos porque no sabemos ya donde buscar la luz, o no sabemos cuál es la luz que tendríamos que buscar. Nos creemos llenos de luces con nuestros orgullos y autosuficiencias. Para todo queremos tener una explicación pero a nuestra manera y nos podemos quedar en superficialidades. Buscamos por fuera y queremos acallar la oscuridad que quizá llevamos dentro. Nos creemos saberlo todo pero quizá haya interrogantes profundos a los que no queremos enfrentarnos. Nos creemos en el camino bueno porque vamos encontrando satisfacciones fáciles y no nos damos cuenta que muchas de esas luces son efímeras y pronto dejarán de darnos luz permanente que dé sentido permanente a nuestra existencia.
¿Cómo despertar de esa inconciencia? Hemos de tener la valentía de ponernos a escuchar y hacerlo con sinceridad. Nos costará porque quizá ya no estamos acostumbrados sino a escucharnos a nosotros mismos, a nuestro ego, o dejar que nos satisfagan solo nuestras pasiones. Cuesta reconocer que hay un vacío dentro de nosotros mismos y cuesta abrirnos a la trascendencia, abrirnos a Dios para dejar que sea El quien llene nuestras vidas.
Por eso con sinceridad escuchemos esa voz, esa Palabra del Señor que nos invita a creer, a confiar, a ser capaces de darnos cuenta de que tenemos que darle la vuelta a nuestra vida. Es difícil porque alrededor de esa voz y como queriendo acallarla escucharemos muchas músicas que nos embelesan y nos distraen. Tratemos de acallar esas falsas sintonías para sintonizar de verdad la Palabra que nos salva, que nos hace encontrar la luz y salir de las tinieblas.