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sábado, 28 de octubre de 2023

Escuchemos con gozo nuestro nombre en los labios de Jesús que a nosotros también nos elige porque nos ama seamos como seamos para darnos una misión

 


Escuchemos con gozo nuestro nombre en los labios de Jesús que a nosotros también nos elige porque nos ama seamos como seamos para darnos una misión

Efesios 2, 19-22; Sal 18; Lucas 6, 12-19

Supongamos que estamos en un lugar tratando más o menos de pasar desapercibidos, porque pensamos que allí nadie nos conoce; no es que hagamos cosas extrañas, pero queremos pasarlo sin preocupaciones, atendiendo a nuestras cosas, tratando de disfrutar del momento de manera relajada; pero de repente escuchamos una voz, quizás por la megafonía del lugar, o quizás la sentimos detrás de nosotros mismos, que nos llama por nuestro nombre y hasta nuestros apellidos; seguramente nos sentiremos sorprendidos porque alguien nos haya identificado, alguien nos esté señalando con nuestras circunstancias concretas, y además nos dicen que nos necesitan, que hay algo que quieren confiarnos. Nos sentimos además en el punto de mira de todos los que están a nuestro alrededor.

Como decíamos primero es la sorpresa, pero luego quizás en el fondo nos sentimos halagados porque nos hayan identificados, y más cuando nos dicen que quieren confiarnos algo. ¿Aun con todas esas sorpresas y halagos nos sentiremos dispuestos a dar el paso para aceptar aquello que nos quieren confiar?

¿Sería algo así lo que le sucedió a aquel grupo de discípulos de Jesús cuando se ven llamados uno a uno por su nombre porque Jesús quiere confiarles algo? No estaban allí quizás queriendo pasar desapercibidos, pero si formaban parte de aquel grupo numero que iba siguiendo a Jesús y querían ser sus discípulos; ya lo llamaban maestro, como lo hacen los seguidores y discípulos. Pero mirándose a sí mismos, unos pescadores de la orilla del lago, otros de tierra adentro quizás con otras ocupaciones, algunos que habían formado parte del grupo de los zelotas que eran algo así como los rebeldes contra el dominio de los romanos, alguno que había formado parte de aquel grupo que era despreciado por las gentes y que los llamaban publicanos, pero sus nombres fueron sonando uno a uno y Jesús quería que estuvieran con El. Pronto comenzará a confiarles algunas misiones. En principio era para estar con Jesús y sentirse enseñados por El de manera especial.

Quiero trasladar ese episodio al hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. Jesús sigue llamando por su nombre y su identidad, Jesús sigue llamándonos a nosotros por nuestro nombre y nuestra identidad. Que no son solo el nombre y los apellidos, el lugar de donde procedamos o la edad o profesión que tengamos. Jesús quiere seguir llamándonos por nuestro nombre conociendo quienes somos, conociendo lo que es nuestra vida, con sus luces y buenos deseos pero también con sus sombras, porque todos tenemos nuestras sombras.

Una llamada de Jesús es una elección, y una elección implica un amor especial. Nos ama Jesús con lo que somos, con lo que es nuestra vida; nos ama Jesús y quiere confiar en nosotros, quiere a nosotros confiarnos también una misión. Nos ama Jesús a pesar de que tengamos nuestras parálisis o nuestras cegueras, estemos invadidos por la lepra de nuestras debilidades y maldades, o andemos también muchas veces de acá para allá sin saber por donde decidirnos, sin saber lo que realmente creemos, sin saber por donde orientar nuestra vida. Pero Jesús cuenta con nosotros. Jesús a nosotros también nos quiere confiar una misión en ese campo nuestro que a veces nos parece tan árido y tan estéril.

Un día Simón el cananeo y Judas Tadeo, los apóstoles que hoy celebramos, escucharnos su nombre y dieron el paso para estar con Jesús. ¿Estaremos dispuestos a dar también ese paso? ¿Estaremos dispuestos a abrir bien nuestros oídos para escuchar nuestro nombre en los labios y en el corazón de Jesús? Dicha tenemos que sentir. Generosidad tiene que explosionar desde nuestro corazón.

jueves, 28 de octubre de 2021

 


La cercanía crea sintonía en el corazón, quienes seguimos a Jesús estamos llamados a estar con El creando esa sintonía e introduciéndonos en su corazón

Efesios 2, 19-22; Sal 18; Lucas 6, 12-19

‘Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió de entre ellos a doce, a los que también nombró apóstoles…’ y nos da el evangelista la relación de los doce escogidos para estar con Jesús. Comienza así el evangelio propio de este día de la celebración de dos de esos apóstoles, san Simón y san Judas Tadeo.

Poco más nos dirán los evangelios en concreto de estos dos apóstoles escogidos, salvo que en algún evangelio se hace relación a Simón como el Zelotes, bien porque hubiera formado parte de aquellos grupos revolucionarios contra la dominación romana, o bien porque haga referencia a su celo por el cumplimiento de la ley mosaica. Poco importan estos detalles, pero manifiestan por otra parte como Jesús llama sin distinción ni discriminación, como le veremos llamar también a un recaudador de impuestos para formar parte del grupo de sus seguidores más cercanos, Leví y Mateo según el nombre que le queramos dar.

Serían aquellos que estarían más cercanos a Jesús, podríamos decir, día y noche y a los que iba preparando de manera especial para la misión que un día les confiaría. Recordamos como los lleva a lugares apartados para estar a solas con ellos o como de manera especial los iba instruyendo por el camino; en casa a ellos les explicarías con detalles las parábolas con las que enseñaba al pueblo el mensaje del Reino de Dios.

Los llamó para que estuvieran con El y para un día enviarlos con la misión de anunciar el evangelio a toda criatura. Pero es importante el estar con Jesús. Recordemos cómo a la hora de escoger un sustituto de Judas uno de los criterios que se mantienen es que fuera alguien que hubiera estado desde el principio con Jesús. La cercanía crea sintonía en el corazón. Es importante. No podrían ser los testigos de Jesús si antes no habían sintonizado con Jesús. No era simplemente el conocer los hechos, era más importante conocer la vida, haberse metido en el corazón. Y Jesús los llevaba en el corazón. ‘A vosotros no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos’, les diría en la última cena, ‘porque a vosotros os lo he revelado todo’.

Qué importante esto en el camino de nuestra fe y de nuestra vida cristiana. El estar con Jesús es la experiencia de vivir a Jesús y eso lo iremos logrando desde que vayamos dejando que Jesús se meta en nuestro corazón. Como el amigo que se nos mete en el corazón, el amigo en quien confiamos pero que también nos muestra toda su confianza. Se crea una intimidad del corazón, porque vamos abriendo nuestro corazón a Jesús, pero el también va dejando que nos pongamos en su corazón, que nos introduzcamos en su corazón. Esa intimidad nos hace sentirnos con el corazón abierto y nos sentiremos conocidos como también nosotros conoceremos hasta lo más profundo.

Es lo que tenemos que cultivar en nuestra vida cristiana. Y empleo en todo su profundo sentido esta palabra de cultivar. Para cultivar su rotura la tierra, se introducen la semilla en lo más profundo, continuamente estaremos cuidando ese terreno y esas plantas que en él van surgiendo librándolas de todo lo que las pueda dañar; cultivamos y abonamos, cultivamos y mantenemos la necesaria humedad para que la semilla pueda germinar y para que la nueva planta pueda crecer y dar fruto.

Es toda la tarea de nuestra vida cristiana, donde nos contentamos con decir que creemos en Dios o rezamos en alguna ocasión sino que mantenemos un trato íntimo con el Señor abriéndonos a Dios para dejarnos inundar por su presencia, abriendo nuestro corazón a su Palabra dejando que se haga fecunda en nuestra vida para que al final puedan florecer los frutos de nuestra vida cristiana.

Creo que la fiesta de estos apóstoles que hoy celebramos contemplando como fueron escogidos para estar con El nos interpela a nosotros también para aprender a estar con Jesús, también llamados y escogidos por Jesús para estar con El, dejando que sea el centro de nuestro corazón.

miércoles, 28 de octubre de 2020

A pesar de todo Jesús quiere contar contigo y conmigo en la construcción de su edificio y podemos sentir el gozo de tocar las llagas de Cristo en los hermanos que sufren

 

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A pesar de todo Jesús quiere contar contigo y conmigo en la construcción de su edificio y podemos sentir el gozo de tocar las llagas de Cristo en los hermanos que sufren

Efesios 2, 19-22; Sal 18; Lucas 6, 12-19

Todos lo sabemos. Un edificio no se construye solo ni lo construye una sola persona. Un promotor tendrá la idea, aquí quiero construir un edificio, y nos dará algunas características de lo que él sueña para aquel edificio; pero tendrá que acudir al arquitecto que elabore el proyecto y luego a los constructores que lo levanten; ni la elaboración del proyecto será solo obra del arquitecto – como se ve que tengo algún amigo arquitecto, ¡je je je! – sino que serán muchos los que colaborarán en su diseño y el proyecto definitivo, como no será solo un constructor sino que tendrán que intervenir diferentes especialista para llevar la obra hasta el final, según aquel proyecto deseado por el promotor y diseñado por el arquitecto. Cuántas personas han de colaborar en la construcción de aquel edificio.


¿Y a qué viene todo esto? Se podrá estar preguntando alguno. Hoy estamos celebrando la fiesta de dos santos Apóstoles, san Simón y san  Judas Tadeo; por supuesto además del poco conocimiento que tenemos de estos dos apóstoles, tampoco nos vamos a quedar en las leyendas populares que nos hablarán de unos santos muy milagrosos y a los que tenemos que rezarles en determinadas circunstancias, manifestando la pobreza espiritual con que vivimos tantos cristianos.

Quiero centrarme en la Palabra del Señor que se nos ha proclamado y en un texto de la carta de san Pablo a los Efesios que leemos habitualmente en las festividades de los apóstoles y que nos habla de que ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor’. Un edificio, una construcción como seguirá diciéndonos, unos cimientos, una piedra angular que lo ensambla todo. Eso somos como Iglesia y esa es la construcción en la que todos nos tenemos que sentir comprometidos. Como termina diciéndonos el apóstol ‘por él también vosotros entráis con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu’.

Pero veamos unas cosas esenciales también de la que nos habla el evangelio. Hoy nos dice que Jesús pasó la noche en oración, y a las primeras luces del alba llamó a los discípulos y de entre ellos escogió a Doce a los que constituyó Apóstoles. Nos da la referencia y el listado. Ellos iban a tener una función especial; san Pablo luego nos hablará del cimiento de los apóstoles sobre el que estamos edificados. Y eso fue haciendo el Señor con aquellos doce, convertirlos en cimiento.

¿Por qué aquellos doce y no otros si algunos les salieron ‘rana’? Pedro lo negó y siguió confiando en él; Tomás lleno de sus dudas que siempre estaba haciendo preguntas, luego no estaría presente en la primera aparición de Jesús resucitado al grupo y pedirá pruebas palpables de que en verdad era Jesús, pero Jesús había seguido contando con él; Santiago y Juan andarían ambiciosos y queriéndose quizá aprovechar del parentesco - ¿o sería la influencia de la madre? – para ocupar primeros puestos en el reino nuevo, pero Jesús siguió contando con ellos; Mateo eran un recaudador de impuestos y no era bien mirado por los principales del pueblo, porque lo consideraban un publicano y un pecador, y sin embargo Jesús lo había llamado; Judas Iscariote le robaba y al final lo entregó por treinta monedas y sin embargo lo mantuvo en el grupo.

Una lección podemos aprender y es que Jesús quiere contar con todos, no importa sus debilidades o sus mayores o menores cualidades. No es la obra de los hombres, es la obra de Dios pero que sin embargo Dios quiere contar con nosotros y también con nuestras debilidades, porque así nos enseña como El está buscando a todos sin distinción, aunque seamos pecadores. Pensemos en tí y en mí, ¿somos realmente tan perfectos? ¿No estaremos llenos de debilidades? Tú y yo sabemos cuales son nuestros pecados, nuestras caídas, nuestras reincidencias, nuestras negaciones y traiciones a lo lago de la vida. Alguien quizá no querría contar con nosotros y quizás nos dejaría a un lado.

Pero Jesús ha querido contar conmigo a pesar de todo, y Jesús ha querido contar contigo y tú sabes bien los secretos que guardas en el corazón. Solo tenemos que hacer una cosa, estar dispuesto a seguirle, a irnos con El, a dejarnos cautivar por su amor, a llorar nuestras debilidades pero a sentir el gozo que El nos permita llevar nuestra mano hasta sus llagas para reconocerle.

Ah, aquí está algo importante, saber ver las llagas de Cristo hoy y reconocerle, en esos hermanos que vemos quizá tirados junto al camino, en esos a los que nadie quiere porque tienen no sé que vicios o porque son injustos y perversos, en esos que caminan en la soledad abandonados de todos y a los que vemos siempre sus defectos… son tantas las llagas de Cristo que tenemos que reconocer.

Dos cosas para terminar, a aquellos que había llamado los envió a curar y a predicar; pensemos pues la tarea que tenemos por delante. Pero otro detalle que quiero resaltar, Jesús bajó de la montaña, llegó a la llanura y se encontró una muchedumbre que le esperaba. ‘Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos’. Venían a verlo, a escucharlo y a que El los escuchara; venían con sus tormentos en el alma y sufrimientos para que Jesús los curara ‘y salía de El una fuerza que los curaba a todos’.

¿Será eso lo que nosotros estamos haciendo cuando vemos esa multitud a nuestro alrededor? ¿Será eso en verdad lo que hace la Iglesia, o andaremos por otros intereses y preocupaciones que parece que están lejos de lo que el Señor hacía? Recordemos lo que decíamos al principio ese edificio somos todos, lo construimos entre todos, y de todos es la responsabilidad de que cumpla su función.

 

lunes, 28 de octubre de 2019

Aprendamos a sentir la presencia de Dios en nosotros para que nuestra reflexión se convierta en oración en la que invoquemos y escuchemos la inspiración del Espíritu



Aprendamos a sentir la presencia de Dios en nosotros para que nuestra reflexión se convierta en oración en la que invoquemos y escuchemos la inspiración del Espíritu

Efesios 2,19-22; Sal 18; Lucas 6,12-19
Un signo de la madurez de la persona es que nos hace reflexivos, nos hace mirar la vida con otros ojos, siempre inquisidores, siempre buscando lo mejor, siempre queriendo sacar lo mejor de uno mismo y de la vida; siempre queremos aprender, enriquecernos de la vida misma, pero también sacando a flote lo mejor de nosotros mismos y desarrollando también nuestros valores; eso que queremos hacer con nosotros mismos queremos hacerlo con los demás ayudando en esa reflexión, ayudando a que cada uno se encuentre a si mismo y encuentre también el lugar y la misión que tenemos en la vida. Es algo bueno y hermoso, para nosotros y también en lo que repercute en los demás.
Cuando llega el momento de tomar una decisión nos lo tomamos en serio, por eso nos lo pensamos una y otra vez para encontrar lo mejor, reflexionamos hondamente lo que algunas veces nos llevar a tener que tomar nuestro tiempo. Pero quiero añadir algo, el hombre de fe, el creyente no solo trata de reflexionar por si mismo queriendo echar mano de sus conocimientos o de su experiencia; el creyente busca la luz e inspiración del Señor. Por eso el creyente acude a la oración.
La simple reflexión no es oración, y es en lo que algunas veces nos creamos confusión incluso dentro de nosotros mismos; la oración es sentir la presencia del Espíritu del Señor en ese momento, es invocarle y es querer escucharle, porque el Señor se nos manifiesta, nos hace sentir su presencia, nos hace escuchar su voz, inspira esa reflexión que nos hacemos.
Oración no es solamente ponernos a pensar, es abrir nuestro corazón a Dios, a su presencia, a la fuerza de su Espíritu. Y es que el verdadero creyente se siente siempre en la presencia de Dios, vive en una comunión con el Señor abriendo su corazón a su Palabra, abriendo su corazón a la presencia del Espíritu Santo. El verdadero creyente es siempre un hombre, una persona espiritual.
Hoy hemos escuchado en el evangelio que paso toda la noche en oración y a la mañana siguiente llamó a los discípulos y escogió a doce a los que llamó apóstoles.  ‘Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos y los nombró apóstoles’ que nos dice el evangelio. Un momento importante en el camino de Jesús y en la constitución del Reino de Dios. Iba a escoger a aquellos a los que confiaría una especial misión dentro de la comunidad. Seria lo que estarían siempre a su lado y a los que prepararía de una manera especial porque a ellos les iba a confiar de manera especial la misión del anuncio por el mundo del Reino de Dios. Y Jesús pasó la noche en oración. Hermoso ejemplo para nuestra vida.
Escuchamos hoy este evangelio en la fiesta que estamos celebrando de dos de los apóstoles, san Simón y san Judas Tadeo. ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’, que nos decía el apóstol. Y éste es el sentido profundo que hemos de darle a la celebración de la fiesta de los apóstoles, que nos hace entroncarnos de verdad con la Iglesia. Hemos desvirtuado en muchas ocasiones el sentido de la fiesta de los apóstoles, como un poco maleamos la devoción que le tenemos a los santos. Parece que hemos de tenerle devoción por lo más  menos milagrosos que sean. Hay algo mas profunda que da sentido a su santidad, y es su fidelidad en el camino del Señor, de lo que nosotros tenemos que aprender.
En el caso de los santos apóstoles que  hoy celebramos vemos con demasiada frecuencia que muchos dicen que son muy milagrosos y que son especiales abogados para unos determinados malos, y ahí nos quedamos tan tranquilos. Desvirtuamos lo que tiene que ser la devoción a los santos.
¿Pensamos acaso en estos dos santos que  hoy celebramos que fueron apóstoles del Señor, de los que estuvieron siempre a su lado y a los que Jesús confió la misión del anuncio del Reino de Dios por el mundo? ¿No sería por esos caminos por donde tendríamos que imitarlos en un deseo de vivir una profunda intimidad con el Señor y sentir cómo su misión es nuestra misión y hemos de sentirnos comprometidos en el anuncio del evangelio del Reino en medio de nuestro mundo? Porque tendremos mucha devoción a los santos a los que convertimos en abogados frente a no sé que males, pero quizá muchas veces lo menos que nos interesa en ese anuncio y esa vivencia del Evangelio, del Reino de Dios. Es para pensar.

sábado, 28 de octubre de 2017

Al celebrar la fiesta de los apóstoles recordemos a quienes han sido apóstoles, columnas de nuestra fe, por su testimonio y estímulo para nosotros a lo largo de la vida

Al celebrar la fiesta de los apóstoles recordemos a quienes han sido apóstoles, columnas de nuestra fe, por su testimonio y estímulo para nosotros a lo largo de la vida

Efesios 2,19-22; Sal 18; Lucas 6,12-19

Cuando queremos construir un sólido edificio nos preocupamos de preparar unos adecuados cimientos y una apropiada estructura de pilares y columnas que sean lo que conformará ese edificio dándole la adecuada solidez. No entro yo en aventuras constructivas además de dejar a los técnicos correspondientes que realicen su trabajo, pero la imagen nos vale para lo que es la construcción de nuestra vida.
A lo largo de nuestra existencia vamos teniendo unos pilares sobre los que nos vamos apoyando y que son los que nos van dando las pautas para el mejor desarrollo de nuestra vida. Serán nuestros padres en los que tendremos siempre el apoyo fuerte que necesitamos, pero al mismo tiempo en el camino de la vida vamos encontrando otros, llamémoslos así también, pilares que en las tareas educativas como nuestros maestros y profesores, o en el contacto diario con las personas con las que convivimos o por la situación social que desempeñan que van siendo también para nosotros esos puntos de referencia para la construcción de nuestra personalidad.
Todos recordamos sabios maestros que supieron inculcarnos los mejores valores, o personas que fueron ejemplo para nosotros y ya fuera con su testimonio, su imagen o también sus palabras y que los recordaremos siempre porque se convirtieron para nosotros en un espejo donde mirarnos y sentirnos estimulados en nuestro crecimiento personal. Esas columnas, esos apoyos, esos postes de dirección que hemos ido encontrando en la vida y que tanto bien nos han hecho.
Lo decimos también en el ámbito de la fe y de nuestro caminar cristiano. Cristo es la piedra angular, verdadero fundamento de nuestra fe y de nuestra vida. Pero Jesús quiso dejarnos unas piedras como cimiento y unas columnas que nos sirvieran de apoyo de referencia para el camino de nuestra vida cristiana.
Ya sabemos como a Pedro le dice que será piedra sobre la que se fundamentará su Iglesia y eso misión le confió de confirmar en la fe a sus hermanos a lo largo de la historia realizada en sus sucesores que en nombre de Cristo conducen el camino de la Iglesia. Junto a Pedro Jesús quiso constituir el Colegio Apostólico en los doce apóstoles que iban a ser ese cimiento y esos pilares en los que se edificara el edificio de la Iglesia.
Es lo que nos dice hoy el apóstol cuando litúrgicamente estamos celebrando la fiesta de dos apóstoles, san Simón y san Judas. ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’. Ahí lo tenemos claramente. De ahí la importancia de la celebración de la fiesta de los apóstoles, como hoy celebramos.
Recordamos nuestro fundamento, no olvidando que una de las características de la verdadera iglesia de Cristo es ser apostólica. A través de ellos recibimos el don de la fe, porque ellos fueron los primeros testigos de Cristo resucitado y como tales Jesús los envió por el mundo.
Creo que tendríamos que dar gracias a Dios por nuestra pertenencia a la Iglesia y en la comunión de fe y de amor que en ella vivimos nos sentimos alimentados y fortalecidos para nuestro camino y la misión que también hemos de realizar nosotros en medio del mundo.
Pero creo que también podríamos, tendríamos que recordar a aquellos que en nuestra vida personal hemos tenido como esas columnas, esos pilares de nuestra fe porque a través de ellos nos hemos alimentado, hemos aprendido los valores del evangelio, nos sentimos estimulados para nuestra entrega y nuestro amor.
Además de nuestros padres y familiares cercanos que nos educaron en la fe cristiana, hemos recibido mucho de los sacerdotes que hemos conocido en la vida, de los catequistas que nos ayudaron y nos instruyeron, de esas personas que en nuestra comunidad concreta han sido ejemplo y estimulo para nuestra vida; seguro que cada uno de nosotros podríamos hacer una hermosa lista de esas personas a las que tendríamos que estar tan agradecidos por lo que de una forma o de otra nos ayudaron a mantener viva la llama de nuestra fe.
Han sido apóstoles para nosotros y discípulos fieles, testigos de una fe que con su testimonio han iluminado nuestra vida, verdaderas columnas en que apoyarnos y que contemplando su testimonio han sido para nosotros estímulo y también fuerza de gracia para nuestro caminar. Demos gracias a Dios por todos ellos.

viernes, 28 de octubre de 2016

La fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas sea para nosotros un testimonio y un estimulo para esa tarea misionera y evangelizadora que nos compromete

La fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas sea para nosotros un testimonio y un estimulo para esa tarea misionera y evangelizadora que nos compromete

Efesios 2,19-22; Sal 18; Lucas 6,12-19

Hoy la iglesia celebra la fiesta de los santos Simón Cananeo y Judas Tadeo. Pero, ¿sabemos quienes son estos santos? Perdónenme que comience con esta pregunta que algunos podrían considerar innecesario, pero si preguntamos a mucha gente de nuestro entorno no sé si te dirán algo de Simón Cananeo, pero de Judas Tadeo te dirán que es un santo muy milagroso al que le pedimos trabajo y no sé cuantas cosas más en nuestras dificultades. Pero ¿es que un cristiano se puede quedar simplemente con eso?
De entrada hemos de decir que estamos refiriéndonos a dos de los Doce Apóstoles escogidos por Jesús. Así aparecen nominados en las diferentes listas que nos ofrecen los evangelistas y también en los Hechos de los Apóstoles.
Si a San Simón se le llama el Cananeo o en otro de los evangelistas el Celote, puede hacer referencia quizá a aquel grupo radical que no aceptaba el dominio de los romanos y que luchaban contra la dominación extranjera, o podemos referirnos también al otro sentido de ambas palabras que habla del celo de la fe, siendo personas inconformistas que querían vivir radicalmente su fe judía.  Quizá desde esa inquietud fuera escogido por Jesús entre todos los que le seguían para que formara parte de aquel grupo de los Doce a los que llamamos Apóstoles.  
Según la tradición habría predicado en Egipto, luego en Mesopotamia y Persia, junto con San Judas apóstol, donde habría sufrido el martirio, Murió según unos crucificado, según otros habría sufrido el martirio de la sierra. De una y otra forma lo representan las antiguas reproducciones iconográficas.
De san Judas Tadeo, o el de Santiago como se menciona en otro momento poco nos dice el evangelio también. Hay una pregunta que hace a Jesús en la cena de por qué se ha revelado a ellos y no a todos, en referencia a cómo Jesús al grupo de los Doce les hablaba con una intimidad especial y les revelaba con mayor intensidad todo el misterio de Dios que en El se encerraba. Cristo le responde que quien le ama a él, será amado por el Padre y que el Padre y él harán morada en el que le ama. 
Sobre su actividad apostólica, Nicéforo Calixto dice que Predicó en varias regiones de Palestina (Judea, Galilea, Samaria, Idumea), después en las ciudades de Arabia, en todo el territorio de Siria y Mesopotamia y, por último, en Edesa donde murió. La tradición recogida en los martirologios romanos, el de Beda y el de Ación, y a través de San Jerónimo y San Isidoro, San Judas y San Simón fueron martirizados en Persia. También el Breviario Romano dice que evangelizó Mesopotamia y Persia y que murió mártir.
He querido hoy en la fiesta de estos santos apóstoles hacer este comentario tomándolo de diversas fuentes porque creo que necesitamos ahondar un poco más en los santos que veneramos y no quedarnos en cosas muy simples como pueda ser lo más o menos milagrosos que puedan ser, como muchas veces nos sucede en nuestra religiosidad popular.
Primero que nada hemos de poner interés en conocer lo que fue la vida de los santos y como ellos son testimonio de lo que ha de ser nuestro seguimiento de Jesús, nuestra vida cristiana, que es mucho más que acudir a un santo para pedirle desde nuestras necesidades el milagro de que nos socorran. Hemos de contar, sí, con su intercesión, pero para algo mucho más hondo como es la búsqueda de nuestro seguimiento de Jesús y cómo hemos de alcanzar la gracia de la santidad de nuestra vida.
En estos momentos en que en nuestra Iglesia estamos queriendo implicarnos más y mejor en la tarea de la nueva evangelización que la festividad de estos santos apóstoles sea para nosotros un testimonio y un estimulo para esa tarea misionera y evangelizadora en la que seriamente hemos de comprometernos. Decimos que hoy la tarea es inmensa y es difícil en el mundo en que vivimos, pero ¿hemos pensado en la dificultad que ellos tuvieron en medio de un mundo pagano y cómo en su pobreza fueron capaces de llegar a lugares lejanos en el anuncio del Evangelio?



miércoles, 28 de octubre de 2015

Celebrar a los apóstoles nos recuerda que siempre hemos de ser sembradores de esperanza en el anuncio de la Buena Nueva de la Salvación de Jesús

Celebrar a los apóstoles nos recuerda que siempre hemos de ser sembradores de esperanza en el anuncio de la Buena Nueva de la Salvación de Jesús

 Efesios 2,19-22; Sal 18; Lucas 6,12-19
‘Nuestro Señor Jesucristo instituyó a aquellos que habían de ser guías y maestros de todo el mundo y administradores de sus divinos misterios, y les mandó que fueran como astros que iluminaran con su luz no solo el país de los judíos, sino también a todos los países que hay bajo el sol, a todos los hombres que habitan la tierra entera. Es verdad lo que afirma la Escritura: Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama. Fue, en efecto, nuestro Señor Jesucristo el que llamó a sus discípulos a la gloria del apostolado, con preferencia a todos los demás…’
He querido comenzar hoy mi reflexión con estas palabras de san Cirilo de Alejandría - una padre de la Iglesia en la antigüedad de los primeros siglos del cristianismo - en su comentario sobre el evangelio de san Juan. Y es que hoy celebramos la fiesta de dos apóstoles, que formaban parte del grupo de los Doce a quien Jesús llamó de manera especial y constituyó apóstoles, sus enviados. Hoy celebramos a san Simón y san Judas Tadeo.
Poco sabemos de estos apóstoles, Simón el  cananeo y Judas Tadeo que no el Iscariote, poco más que lo que nos dicen los evangelios al hacernos relación de los nombres de aquellos Doce a quienes Jesús llamó y constituyó como Apóstoles. Es lo que nos ofrece el evangelio de este día, la elección, llamada y envío de los Doce Apóstoles, dándonos la relación de sus nombres. A Simón se le llama también el Celotes probablemente por su pertenencia en origen a aquel gripo de los Celotes que vivían en resistencia al dominio de los romanos. También sabemos que era de Caná de Galilea. Y de Judas Tadeo se hace mención cuando en la última cena la pregunta a Jesús por qué se manifestó a ellos y no a todos.
Bien nos viene recordar y celebrar a los Apóstoles; no es necesario que nuestro recuerdo y devoción lo hagamos simplemente desde esas devociones populares que los llaman santos muy milagrosos a los que hemos de acudir. Ya sabemos que la verdadera devoción a los santos no es convertirlos en unos más milagreros que otros porque nos ayuden en nuestras necesidades, aunque no negamos su intercesión por nosotros, sino que hemos de ir a algo más profundo, desde el testimonio de santidad que en su vida nos ofrecen que es lo que verdaderamente hemos de imitar.
Por otra parte la celebración de los apóstoles nos recuerda siempre esa característica fundamental de nuestra cristiana y de la Iglesia que es su categoría de apostólica, enraizada en la fe de los apóstoles que fueron los primeros testigos del Señor resucitado cuyo testimonio recogemos para vivir ese profundo sentido eclesial que siempre ha de tener nuestra fe.
Al escuchar hoy en el evangelio la llamada y el envío de Jesús nos recuerda también esa llamada que el Señor nos hace que también nos envía en medio de nuestro mundo a ser testigos de su Reino, anunciando con nuestra vida y con nuestras palabras la Buena Nueva de la Salvación que Jesús nos ofrece. Un cristiano siempre tiene que ser testigo y apóstol. Un cristiano nunca ha de ocultar su fe sino que con toda gallardía y valentía ha de proclamarla ante los que le rodean. Un cristiano siempre tiene que ser sembrador de esperanza porque anuncia la salvación, ha de ser sembrador de la paz porque ha de ir en todo momento repartiendo amor.

martes, 28 de octubre de 2014

La celebración de la fiesta de los apóstoles nos hace sentirnos ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios

La celebración de la fiesta de los apóstoles, san Simón y san Judas, nos hace sentirnos ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios

Ef. 2, 19-22; Sal.18; Lc. 6, 12-19
‘A ti, oh Dios, te alabamos; a ti, Señor, te reconocemos. Te ensalza el glorioso coro de los Apóstoles’. Así proclamamos en el himno de acción de gracias del ‘Te Deum’, y tomando de ahí estas palabras las hemos proclamado con el aleluya del Evangelio en esta fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas.
En el evangelio hemos escuchado una vez más el relato de la elección de los Doce. ‘Jesús pasó la noche orando a Dios y cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a Doce de ellos, y los nombró Apóstoles’. A continuación el evangelista nos da la relación de los Doce, con relaciones familiares y hasta con los apodos con que eran conocidos. Detalles del Evangelio. ‘Los nombró Apóstoles’; iban a ser sus enviados - que eso significa como sabemos la palabra apóstol -, pero ahora los iba a tener junto a sí, y a ellos de manera especial les iría revelando todo lo referente al Reino de Dios.
 La celebración de la fiesta de los apóstoles que vamos haciendo a lo largo del año litúrgico en fechas determinadas según las tradiciones de las diversas Iglesias tiene un profundo sentido eclesial. Es una característica fundamental de la fe que tenemos en Jesús, que recibimos de la Iglesia y que en la Iglesia vivimos y celebramos, al tiempo que desde la Iglesia la anunciamos y proclamamos al mundo. Una fe eclesial enraizada en los apóstoles, como  nos decía san Pablo en la carta a los Efesios ‘estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas y el mismo Cristo Jesús es la piedra fundamental’, la piedra angular.
San Pablo nos ofrece tres imágenes para hablarnos de esa comunión eclesial. Nos habla de una ciudadanía, ciudadanos del pueblo de Dios; nos habla de una familia, porque somos ‘miembros de la familia de Dios’; y nos habla de un edificio, como ya hemos comentado ‘edificado sobre el cimiento de los apóstoles’. Todo nos habla de unidad y de comunión. Porque todo esto nos está llamando a vivir en esa comunión que crea en nosotros y entre nosotros la fe y el amor cristiano. 
Como nos dice no nos sentimos ni extranjeros ni forasteros, porque todos formamos parte de esa nueva ciudadanía del pueblo de Dios. Ya no somos ni de aquí ni de allá, somos un solo pueblo en el que nadie se ha de sentir distinto ni extraño, porque ese nuevo pueblo no es ajeno a nosotros sino que nosotros formamos parte, somos miembros de pleno derecho de ese pueblo. Cuando uno visita un pueblo que no es el suyo, bien porque vaya a otro lugar, a otra región o vayamos al extranjero, en principio nos sentiríamos extraños, porque no es nuestro pueblo, aquello son otras gentes, allí hay otras costumbres, nos podemos sentir distintos.
Pero en la Iglesia, en el pueblo de Dios nadie se siente extraño, porque todos nos sentimos uno en  la misma fe que profesamos y en el amor mutuo que vivimos. Somos una familia, que es la otra imagen que nos ofrece san Pablo, y en la familia nos sentimos todos iguales porque hay unos lazos de la sangre y del amor que nos hace sentirnos unidos y querernos. Así tiene que ser en la Iglesia.
Sería triste que viviéramos esa experiencia negativa en nuestra Iglesia, porque creáramos distancias y distinciones entre nosotros. No tendría ningún sentido. Por eso tenemos que profundizar en ese sentido de comunión, profundizar en ese amor que entre todos hemos de tenernos, crear esos lazos de amor cristiano entre nosotros, sentirnos ‘ensamblados en el mismo edificio’, empleando palabras del apóstol en la carta a los efesios.
No puede haber barreras entre nosotros porque somos hermanos, porque somos una familia, la familia de los hijos de Dios. Para eso ha venido Cristo derribando el muro que nos separaba, el odio, con su sangre derramada en la cruz. Si siguiéramos con barreras, con esas distinciones y distanciamientos entre nosotros, haríamos infructuosa en nosotros la sangre que Cristo en su pasión derramó por nosotros.
Que la fiesta de los santos Apóstoles nos haga crecer en comunión y en unidad; que nos sintamos verdaderamente Iglesia, una familia, la familia de los hijos de Dios, donde todos nos queremos y nos aceptamos, donde unidos caminamos juntos en la espera de la plenitud del Reino de Dios que un día en el cielo con los ángeles y santos podremos vivir. 

lunes, 28 de octubre de 2013

Nos llevas al conocimiento de Cristo por la predicación de los apóstoles

Ef. 2, 19-22; Sal. 18; Lc. 6, 12-19
‘Nos llevaste al conocimiento de tu nombre por la predicación de los apóstoles’, hemos rezado en la oración de esta fiesta. Hoy estamos celebrando la fiesta de san Simón y san Judas, apóstoles. Es bueno recordar esa nota característica de la Iglesia que es ser Iglesia apostólica, ‘edificada sobre el cimiento de los apóstoles y profetas y de la que el mismo Cristo es la piedra angular’, como nos decía el apóstol en la carta a los Efesios. Ahí se nos habla de un edificio y de unos cimientos con su piedra angular; se nos habla de un templo consagrado al Señor y de su construcción para ser morada de Dios.
Fácilmente, por una falta de formación, se nos pueden crear confusiones en nuestra mente al no saber interpretar debidamente estas palabras, que podrían tener un equívoco significado. El pensar en un edificio y en una construcción para referirnos a la Iglesia nos podríamos quedar en el edificio material del templo al que por analogía llamamos normalmente Iglesia. Pero creo que bien podremos comprender estas palabras y el que reflexionemos sobre ello en esta fiesta de los santos apóstoles nos puede hacer mucho bien.
¿Quién es el verdadero templo de Dios? Recordemos las palabras de Jesús cuando nos hablaba de ‘destruir este templo que en tres días reconstruiré’. Ya recordamos que el propio evangelista nos dice entonces que se refería al templo de su cuerpo, cosa que comprendieron muy bien después de su resurrección. Cristo es el verdadero templo de Dios y es por Cristo, con Cristo y en Cristo como damos gloria al Señor, ‘todo honor y toda gloria’, como confesamos y decimos en la plegaria eucarística.
Hoy nos dice el apóstol que por Cristo Jesús, que es la piedra angular, ‘todo el edificio queda ensamblado y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor’. Somos nosotros, en la medida en que nos vamos uniendo a Cristo por la escucha de la Palabra del Señor y por la celebración de los Sacramentos, los que vamos formando parte de ese edificio, nos ensamblamos en ese edificio - y ya sabemos que ensamblar es unir con una unión profunda que ya nada lo puede separar - y con Cristo nosotros somos también ese templo consagrado al Señor. Así hemos sido consagrados en nuestro Bautismo; así formamos parte de la Iglesia, así queremos con Cristo dar para siempre gloria al Señor.
Decíamos que nos vamos uniendo a Cristo en la escucha de la Palabra, esa palabra que nos lleva al conocimiento de Cristo, esa Palabra que recibimos en la tradición de la Iglesia trasmitida desde los apóstoles. Iglesia apostólica, decimos refiriéndonos a una de sus características fundamentales, porque a través de los apóstoles, con la fe que nos trasmitieron los apóstoles nos unimos a Cristo, formamos ese cuerpo de Cristo que es la Iglesia, formamos parte de esa familia de los hijos de Dios.
Y nos unimos a Cristo proclamando y celebrando nuestra fe. Precisamente el Credo lo llamamos Símbolo Apostólico en ese mismo sentido, porque es la fe que confesamos y que nos ha sido trasmitida por los apóstoles. Esa fe que nosotros también tenemos que trasmitir, anunciar para que así la Iglesia, como decíamos también en la oración, ‘vaya creciendo con la conversión incesante de los pueblos’. Es lo que pedimos con la intercesión de los santos apóstoles que hoy celebramos. La celebración que vivimos  nos compromete a nosotros también a ser apóstoles para trasmitir nuestra fe. ‘A toda la tierra alcanza su pregón’, decíamos en el salmo. Es nuestra oración y compromiso.

Y, como decimos, nos unimos a Cristo celebrando nuestra fe en los sacramentos. Ahí está la fuente de la gracia; ahí celebrando a Cristo y nuestra fe en El nos llenamos de su gracia, de su vida, para poder seguir esos caminos de santidad a los que estamos llamados. Que este memorial de la pasión que estamos celebrando en esta Eucaristía en la fiesta de los santos Apóstoles san Simón y san Judas ‘nos ayude, con su intercesión, a perseverar en tu amor’, en el amor de Dios.

lunes, 29 de abril de 2013


Señor, ¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo?

Hechos, 14, 5-17; Sal. 113; Jn. 14, 21-26
Seguramente habremos tenido la experiencia cuando ha surgido una amistad entrañable entre dos personas llegando a un buen entendimiento y comunicación sincera en que uno se pregunta cómo es que se ha llegado a una relación de amistad tan hermosa, cómo ha nacido esa comunicación y esa confianza sincera, por qué uno se siente tan querido por ese amigo. Ha surgido, ha crecido la amistad y el cariño sincero y ahí está esa hermosa comunicación e intercambio de sentimientos que nos lleva a una comunión profunda.
Pienso que algo así les estaba sucediendo a los discípulos de Jesús y de manera especial al grupo de los Doce Apóstoles que Jesús se había escogido de manera especial, por lo que ahora Judas, no el Iscariote como matiza muy bien el evangelista, se pregunte y le pregunte a Jesús ‘Señor, ¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo?’ Como veremos más adelante Jesús les dirá que los llama amigos, no siervos, porque a ellos les ha revelado todos los secretos del Padre.
¿Qué ha sucedido? nos preguntamos nosotros también. Claro que también tendríamos que preguntarnos qué es lo que tiene que suceder entre nosotros y Jesús. La cercanía, el encuentro, el escucharnos con sinceridad mutuamente hacen la amistad, y hacen que vaya creciendo el calor del amor en el corazón. ‘El que sabe mis mandamientos y los guarda, ése me ama, y al que me ama lo amará mi Padre y lo amaré yo y me mostraré a él’, les había dicho Jesús.
No era la relación de curiosidad de escuchar cosas interesantes o bonitas por el mero hecho de aprender lo que había entre los discípulos y Jesús de forma mutua. Era algo más hondo, porque nacía más y más el amor el corazón de los discípulos por Jesús, porque también se sentían amados por Jesús.
Y Jesús les habla de esa comunión nueva y profunda que va a surgir entre ellos y Jesús. ‘El que me ama guardará mi palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Cuando entramos en esa órbita del amor de Dios, queriendo escucharle, pero queriendo también realizar su voluntad, queriendo amarle y dejándonos amar por el Señor, Dios va a llenar, a inundad nuestro corazón con su presencia y con su amor, de manera que nos haremos morada de Dios. ‘Vendremos a él y haremos morada en él’.
¿No decimos que por el Bautismo nos convertimos en templo del Espíritu Santo y morada de Dios? No son meras palabras teóricas, no son cosas automáticas y simplemente rituales. Si podemos llegar a eso, y el Bautismo es el signo sacramental por el que se realiza, es porque nosotros en nuestra vida le hemos dado el sí de nuestra fe y de nuestro amor a Dios; decimos que queremos seguir a Cristo pero es que seguir a Cristo significa ese dejarnos inundar por el amor de Dios para que sea su amor lo que plenifique nuestra vida; será desde ese amor de Dios que nos llega en Jesús donde le demos sentido profundo a nuestra vida y ya en nosotros todo ha de ser siempre buscar la voluntad de Dios y amar a Dios y amar a los hermanos desde lo más profundo de nuestra vida. Sentiremos entonces como Dios está morando en nuestro corazón y nuestro vivir es Cristo porque ya no vivamos sino para El.
Pero es tarea nuestra de querer crecer en ese amor y en esa amistad con el Señor desde nuestra oración, desde la escucha de la Palabra, desde ese ir rumiando lo que es la voluntad del Señor allá en lo hondo de nuestro corazón. Es ese crecimiento espiritual del que hemos hablado también tantas veces, esa espiritualidad que hemos de vivir hondamente para seguir a Jesús. 

Es hermoso y es profundo todo esto que estamos reflexionando; algo que nos llena de alegría y de plenitud. Algo quizá que nos cuesta llegar a entender en toda su profundidad y algo que también nos costará muchas veces vivir por tantas limitaciones y debilidades como hay en nosotros. Pero Jesús nos promete la asistencia del Espíritu Santo, el que vendrá y nos lo revelará todo, pero también nos dará la fuerza de la gracia para que podamos vivirlo. 

viernes, 28 de octubre de 2011

Con la predicación de los apóstoles crezcamos en el conocimiento de Dios


Ef. 2, 19-22;

Sal. 18;

Lc. 6, 12-19

‘Ciudadanos del pueblo de Dios, miembros de la familia de Dios, templo consagrado al Señor, morada de Dios por el Espíritu…’ Es la descripción y el proceso que nos hace el apóstol en la carta a los Efesios que se nos ha proclamado en esta fiesta de los santos apóstoles san Simón y San Judas que estamos celebrando.

Descripción y proceso hemos dicho. Nos describe esa pertenencia por la fe al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia en la que somos como una familia por la comunión de amor que hay entre nosotros. Como hijos de Dios por el bautismo y porque queremos plantar la Palabra de Dios en nuestra vida somos esa familia de Dios. Recordamos lo que nos decía Jesús. ‘¿Quienes son mi familia, quienes son mi madre y mis hermanos y mis hermanas? Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen’.

Esa Palabra de Dios que nos ha llegado por la predicación de los apóstoles. Como decíamos en la oración ‘nos llevaste al conocimiento de Dios por la predicación de los apóstoles’. Ahora nos dice san Pablo que estamos ‘edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’.

Enraizados estamos en la fe de los apóstoles nos llamamos Iglesia e Iglesia apostólica. Y es la fe de los apóstoles la que confesamos porque ellos como primeros testigos de la resurrección del Señor nos han trasmitido la fe por el anuncio del evangelio. Pero no nos quedamos en los apóstoles sino que queremos llegar hasta quien es la piedra angular, queremos llegar hasta Cristo verdadero y único fundamente de nuestra vida y de nuestra salvación.

Nos ha hablado de un ‘edificio para formar un templo consagrado al Señor, integrados en su construcción para ser morada de Dios por el Espíritu’. No es el edificio material, el templo físico y material en el que nos reunimos, sino que es ese edificio espiritual que formamos todos unidos en una misma fe y unidos a Cristo, para que demos culto espiritual al Padre ofreciendo nuestros cuerpos mortales, ofreciendo toda nuestra vida al Señor.

Cristo es el verdadero y auténtico templo de Dios y nosotros unidos a Cristo formamos parte de ese templo. Por Cristo, en Cristo y con Cristo se glorifica a Dios, se da todo honor y gloria a Dios. ‘Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique, exclamaba Jesús en la oración de la última cena, yo te he glorificado en este mundo, cumpliendo con la obra que me encomendaste…’ Nosotros nos unimos a Cristo para ser ese templo, para también con nuestra vida dar gloria al Señor.

Como nos decía, estamos ‘integrados en su construcción para ser morada de Dios por el Espíritu’. Es precisamente lo que Jesús promete cuando en la última cena Simón Tadeo le pregunta, ‘¿qué pasa para que te hayas manifestado a nosotros y no al mundo?’, que habla de si le amamos y guardamos su palabra el Padre nos amará y El y el Padre vendrán y harán morada en nosotros.

Son hermosas las consideraciones que nos podemos hacer en las fiestas de los apóstoles. Una celebración que nos ayuda a profundizar en toda la riqueza de nuestra fe y de nuestra pertenencia también a la Iglesia. Algo que tiene que ayudarnos a ir creciendo en ese conocimiento de Dios, como decíamos con la oración, que nos llega precisamente por la predicación de los apóstoles.

Algo que tiene que ayudarnos también a vivir nuestro compromiso de fe y nuestro compromiso con la Iglesia dando gloria al Señor en todo momento con nuestra vida santa. El contemplar a quienes nos anunciaron a Cristo nos impulsa también en ese deseo de anunciar también nosotros a Jesús, trasmitir nuestra fe, contagiar de nuestra vida cristiana a los demás para que todos también den gloria al Señor.

jueves, 28 de octubre de 2010

El crecimiento de la Iglesia en vitalidad de fe y en carismas de servicio


FIESTA DE LOS APOSTOLES SAN SIMON Y SAN JUDAS

Ef. 2, 19-22;
Sal. 18;
Lc. 6, 12-19


Que ‘por la intercesión de los santos apóstoles tu iglesia siga siempre creciendo con la conversión incesante de los pueblos’. Así pedíamos en la oración litúrgica de la fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas.
Apóstoles elegidos por el Señor para ser, como nos enseña el apóstol Pablo en la carta a los Efesios, cimientos sobre los que se edifica la Iglesia. ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo es la piedra angular’. Hemos escuchado por su parte en el evangelio el relato de la elección de los apóstoles que hizo Jesús. ‘Pasó la noche orando a Dios y cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y los nombró apóstoles’. A continuación el evangelista nos da la relación en la que aparecen ‘Simón, apodado el Celotes – el cananeo lo llama otro de los evangelistas – y Judas, el de Santiago – llamado también Judas Tadeo -.
Es importante la misión que confía a los Apóstoles porque a ellos de manera especial envía por todo el mundo a predicar el Evangelio, la Buena Noticia del Reino de Dios, que se ha realizado en la muerte y en la resurrección del Señor. Van a ser ese cimiento de la Iglesia porque en tornos a ellos se va a reunir la comunidad que va naciendo de los que creen en Jesús. Por Cristo, y sobre el cimiento de los apóstoles, como nos dice Pablo, 'todo el edificio queda ensamblado y se va levantando para formar un templo consagrado al Señor'.
Qué importante la misión de los Apóstoles y de sus sucesores los Obispos en la formación, en el crecimiento y en el mantenimiento de la comunión y de la unidad de la Iglesia de Jesús. Los Obispos, como verdaderos sucesores de los Apóstoles, van a seguir realizando su misma misión. Por eso en torno al Obispo, repito auténtico sucesor de los apóstoles es congregada en unidad cada una de la Iglesias, formando en comunión y en unidad con el Papa y con todas las Iglesias la única Iglesia de Cristo.
Esa Iglesia que queremos ver crecer, como pedíamos en la oración. Crecer porque cada día llegue a más gente y a más pueblos el evangelio de Jesús y así crezca el número de los discípulos de Cristo y miembros de la Iglesia. Estos días hemos estado viviendo unas jornadas misioneras en torno al Domund que nos habla de esa inquietud por el anuncio del evangelio que todos hemos de sentir.
Pero el crecimiento no es sólo en número, sino que tiene que manifestarse en la intensidad de la fe de la Iglesia, la intensidad de todos y cada uno de los que formamos la Iglesia. Es importante esta vitalidad de los cristianos, de los que creemos en Jesús. Vitalidad en una fe firme, una fe comprometida, una fe que se manifiesta en la intensidad del amor cristiano, vitalidad que se verá reflejada en la santidad de sus miembros.
Crecimiento de la Iglesia en la medida en que los que la formamos nos sentimos más comprometidos con la Iglesia y así vayan surgiendo esos diferentes carismas y ministerios de servicio dentro de la comunidad cristiana. En los versículos anteriores a los hoy leídos, y que no hace pocos días también escuchamos, el apóstol nos dice cómo el Espíritu va haciendo surgir esos diferentes carismas en la Iglesia. ‘A unos ha constituido apóstoles, a otros, profetas, a otros evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del Cuerpo de Cristo’.
Así veremos la riqueza y vitalidad de nuestras comunidades cuando vemos a las distintas personas comprometidas en diversos servicios en nuestras parroquias. Es un gozo por el que dar gracias al Señor cuando nos encontramos con parroquias con esa vitalidad. Ese es el crecimiento de la Iglesia junto con la santidad de todos y cada uno de sus miembros que tenemos que buscar.
Es lo que hoy de manera especial con la intercesión de los Santos Apóstoles, san Simón y san Judas, queremos pedir al Señor. Para nuestra iglesia, y para cada uno de nosotros.

miércoles, 28 de octubre de 2009

La fiesta de los apóstoles enriquece nuestra comunión eclesial


- San Simón y San Judas -


Ef. 7, 19-22
Sal. 18
Lc. 6, 12-19


Celebramos hoy la fiesta de los Apóstoles san Simón y san Judas. Juntos aparecen siempre en las listas del Colegio Apostólico que nos ofrecen los evangelistas sinópticos y también en los Hechos de los Apóstoles. Hemos tenido la oportunidad de escuchar cómo Jesús después de pasar la noche en oración escogió a Doce y los nombró Apóstoles.
Poco sabemos de estos apóstoles porque el Evangelio es bien parco acerca de ellos. Simón, apodado el Celotes o el Cananeo, como dice san Marcos, perteneció antes de formar parte del grupo de los discípulos de aquellos partidos extremistas, celosos de la identidad judía y de su independencia del poder romano. De ahí que se le apode como el Celotes.
Judas, que no el Iscariote, es llamado el hijo de Santiago y también con el sobrenombre de Tadeo. Aparece en el evangelio de san Juan preguntando a Jesús en la última cena ‘¿qué ha sucedido para que te manifiestes a nosotros y no al mundo?’ Una pregunta interesante, porque vemos cómo Jesús al grupo de los Doce les manifiesta más la intimidad de su persona y a ellos les explica cosas que a la gente en general no le explica.
No responde Jesús directamente a la pregunta pero sí hay una respuesta bien hermosa. ‘Si alguno me ama, guardará mi palabra, mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él’. Y terminará Jesús anunciando el envío del Espíritu Santo ‘que os enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho’.
Como muchas veces hemos reflexionado la fiesta de los Apóstoles tiene mucha importancia en el devenir de la Iglesia. Como nos dirá Pablo en la carta a los Efesios ‘sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios… estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo es la piedra angular…’
Formamos ese entramado del edificio de la Iglesia, donde cada uno ocupa su lugar y tiene su función; precisamente por esa comunión de fe que recibimos de los apóstoles llegamos a estar profundamente unidos a Cristo que es la piedra angular, el verdadero fundamento.
Esto tiene sus consecuencias para nosotros. Esto nos exige comunión en una misma fe y una comunión especial en el amor entre los unos y los otros. No vamos viviendo nuestra fe por libre, cada uno por su lado. Tenemos que estar ensamblados en ese edificio que es la Iglesia, que somos todos los que creemos en Jesús. Comunión eclesial que es comunión apostólica, con el sucesor de Pedro pero también con toda la Iglesia con sus obispos verdaderos sucesores de los apóstoles.
Comunión es amor, es cercanía, es caminar juntos, es poner cada uno su granito de arena que nunca nos puede parecer pequeño ni innecesario, sino siempre fundamental para crear esa unidad y esa comunión. Es importante lo que cada uno es y lo que cada uno hace. Lo que puedo y tengo que hacer ya nadie lo hará por mí. Lo que yo deje de hacer será pobreza para la comunidad y para la Iglesia. De ahí la seriedad del compromiso de nuestra fe y lo importante de nuestra comunión.
Que la celebración de la fiesta de estos dos apóstoles enriquezca nuestra comunión y la haga crecer. Que escuchemos y guardemos en lo hondo de nuestro corazón la Palabra de Dios que se nos dice, para que amados de Dios nos sintamos amados por el Padre e inhabitados por su presencia misteriosa y maravillosa.