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miércoles, 21 de septiembre de 2016

Todos cualquiera que sea nuestra condición por muy pecadores que seamos somos llamados del Señor y podremos realizar también una labor preciosa de apostolado y misionera como san Mateo

Todos cualquiera que sea nuestra condición por muy pecadores que seamos somos llamados del Señor y podremos realizar también una labor preciosa de apostolado y misionera como san Mateo

Efesios 4, 1-7. 11-13; Sal 18; Mateo 9, 9-13

Mateo era publicano, como lo llama hoy el evangelista Leví; era recaudador de impuestos, en el concepto de los letrados y fariseos un pecador; tenían fama los recaudadores de impuestos de ser injustos y enriquecerse a costa de los impuestos que cobraban; por esa condición de recaudadores de impuestos en beneficio de los extranjeros que los dominaban eran despreciados por la gente.
Sin embargo Jesús se detiene ante su mostrador de impuestos para invitarle a seguirle. Jesús viene rompiendo moldes y no se queda en las apariencias; Jesús quiere contar con todos y no hace discriminación en sus llamadas. Un día también allá en Jericó se detendría ante una higuera en la que se había subido para verlo pasar un publicano y se había auto invitado a su casa. Entonces dirá que aquel día llegó la salvación a aquella casa. Zaqueo había respondido y también le había ofrecido una comida, un banquete en que como ahora también estaban los llamados pecadores, los publicanos amigos de Zaqueo, como ahora los amigos de Leví.
Al escuchar la invitación de Jesús se levantó de su mostrador y dejándolo todo se fue con Jesús; como un día hicieran los pescadores de Galilea; como tantos a los que Jesús invitaba y sigue invitando a seguirle; una buena consideración que tendríamos que hacernos también cuando escuchamos la invitación de Jesús, la Palabra de Jesús que abre ante nosotros caminos nuevos.
Por allá están los de siempre juzgando, murmurando, criticando. ‘¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?’ La respuesta está pronta en los labios de Jesús. Era lo que El manifestaba con su vida, con sus obras, con su cercanía, con su amor, el rostro misericordioso de Dios. ‘No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’.
No nos valen solo golpes de pecho, no nos valen costosas ofrendas que nosotros podamos hacer, no nos vale el ya creernos justos y buenos porque somos cumplidores, porque pagamos los diezmos hasta del comino y la hierbabuena, si no tenemos misericordia en el corazón. ‘Misericordia quiero y no sacrificios’.
Esa misericordia en el corazón es la mejor ofrenda, el mejor sacrificio. Esa misericordia que significa doblar nuestro corazón para romper las corazas del orgullo o la autosuficiencia, que nos hace salir de nuestro egoísmo e insolidaridad es el mejor y más valioso sacrificio. Esa aceptación que sepamos hacer de los demás, ese respeto que a todos tengamos para no juzgar a nadie ni hacer condenas de ningún tipo, ese aprender a valor todo lo bueno que hay en los demás alejando de nosotros suspicacias y envidias, ese ir caminando de la mano de todo hermano que vaya a nuestro lado en el camino sin hacer ningún tipo de discriminación es la muestra de la misericordia de Dios de la que hemos empapado nuestro corazón.
Hoy estamos celebrando la fiesta de san Mateo, el apóstol y el evangelista y muchas más consideraciones podríamos hacernos en torno a su figura como apóstol y como autor del primer evangelio. Jesús contó con él a pesar de su condición de publicano y recaudador de impuestos y sería luego el apóstol que nos dejara el primer evangelio. Todos, cualquiera que sea nuestra condición por muy pecadores que seamos, podemos ser llamados por el Señor, somos llamados del Señor y podremos realizar también una labor preciosa de apostolado y misionero; ojalá se acaben tantas discriminaciones que en este campo se puedan seguir dando entre nosotros en la Iglesia.
No olvidamos el hermoso mensaje en el que veníamos reflexionando de cómo a la manera de Jesús hemos de saber llenar e inundar de misericordia nuestro corazón.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

En la viuda Ana del Evangelio y en todos los ancianos descubrimos un signo de las esperanzas de Israel y una imagen de la presencia de los mayores en la Iglesia

En la viuda Ana del Evangelio y en todos los ancianos descubrimos un signo de las esperanzas de Israel y una imagen de la presencia de los mayores en la Iglesia

1Juan 2,12-17; Sal 95; Lucas 2,36-40

Al escuchar el relato que nos ofrece el evangelio de hoy - nos habla de aquella anciana que llevaba muchos años en el entorno del templo y que al ver aquel niño que presentaban sus padres al Señor lo anunciaba con alegría a todos los que aguardaban la liberación de Israel como el cumplimiento de las antiguas promesas - me ha venido al pensamiento la imagen que contemplamos también en nuestros templos con muchas personas mayores que en su piedad no faltan nunca a los actos de culto cuidan amorosamente de iglesias y de ermitas de nuestros pueblos.
Hemos de reconocer que muchas veces no sabemos valorar la labor que realizan estas buenas personas y que en ocasiones vemos con desesperanza el futuro de la Iglesia porque pensamos que cuando falten esas personas nos vamos a encontrar vacíos y sin gente. Pero, repito, creo que tendríamos que aprender a valorar lo que realizan estas personas. Pienso que ahí están como un signo en medio de nuestra sociedad, pero también que son verdaderamente unas columnas que hacen fuerte a nuestra Iglesia.
Nos hablaba el evangelio de aquella anciana viuda  ‘que no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones’. Ella era un signo de la esperanza de Israel que ahora se cumplía. Pero ella era también la expresión del pueblo orante que insistentemente pedía la llegada del Mesías del Señor. Y si nos fijamos en estas primeras páginas del evangelio aparecerán también otros ancianos. En este mismo episodio ayer contemplábamos al anciano Simeón, signo y expresión también de la esperanza de Israel. Pero hemos contemplado estos días a otros dos ancianos, Zacarías e Isabel, que eran escuchados en sus oraciones por el Señor. Más tarde en el evangelio contemplaremos también la alabanza de Jesús hacia aquella pobre viuda que compartía con el templo todo lo que tenía para vivir.
Quiero ver, pues, en esos ancianos que aparecen por nuestros templos fielmente en muchas ocasiones todos los días para participar en la Eucaristía o para ocuparse en muchas labores del cuidado y ornamentación de nuestras Iglesias un signo de la fe y de la esperanza del pueblo creyente. Quizá ya por ser mayores no realicen específicas obras de apostolado, pero creo que su oración, su presencia y participación en nuestras celebraciones litúrgicas son un hermoso pilar para nuestra Iglesia. Es la oración confiada y llena de esperanza que se eleva al Señor y que calladamente no solo están pidiendo por si mismos o por los suyos sino que en numerosas ocasiones con como padrinos de nuestros sacerdotes con su oración, padrinos de nuestras tareas apostólicas, padrinos de las misiones porque así por todo ellos elevan sus oraciones al Señor.
También hemos de destacar que apostólicamente también los hay muy activos, a pesar de ser mayores, porque quizá siguen participando en muchas acciones, o son voluntarios que ofrecen su tiempo para el apoyo de muchas actividades, pero también conocemos el movimiento de Vida Ascendente que precisamente se realiza desde y por las mismas personas mayores. Creo que hemos de conocerlo y reconocerlo.
No me alejo del sentido del evangelio en medio de nuestra navidad al hacerme estas consideraciones, sino que partiendo del mismo evangelio me hace mirar con unos ojos nuevos y distintos esa realidad de la sociedad que son los mayores y esa realidad de la Iglesia que son todas esas personas mayores que tan vinculadas vemos a la acción eclesial.  Aprendamos a valorarlas.

domingo, 21 de septiembre de 2014

La generosidad de Dios en su amor hacia nosotros es sorprendente pero nos pide respuesta generosa en nuestro compromiso

La generosidad de Dios en su amor hacia nosotros es sorprendente pero nos pide respuesta generosa en nuestro compromiso

Is. 55, 6-9; Sal. 144; Filp. 1, 20-24.27; Mt. 20, 1-6
La generosidad del amor del Señor para con nosotros siempre nos resulta tremendamente sorprendente. Nuestras categorías humanas, los criterios por los que muchas veces nos regimos los hombres muchas veces los encorsetamos de tal manera que no nos podemos salir de la regla, y aunque decimos que queremos ser humanos los unos con los otros en todas nuestras relaciones algunas veces andamos excesivamente atados a unas medidas que nos imponemos y tenemos el peligro de hacernos intransigentes y hasta inhumanos. Por eso nos sorprenderá siempre la generosidad del amor del Señor.
Pero, ¿hasta dónde llega nuestro amor y nuestra generosidad? Desde esa tentación de mirarnos a nosotros mismos que todos tenemos fácilmente ponemos límites y reglas diciéndonos que en esto sí podemos ser generosos, pero en aquello otro quizá no es necesario llegar a tanto y cosas así que algunas veces hasta nos imponemos decimos guiados por la justicia.
Pero ya sabemos generosidad del amor del Señor supera esos limites o esas reglas que nosotros nos imponemos. Ya nos decía el profeta en la primera lectura desde la Palabra que el Señor quería dirigirnos, ‘mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos’, y nos había señalado que aunque fuéramos malvados y pecadores, si nos volvemos al Señor y vamos a su encuentro arrepentidos siempre vamos a encontrar la piedad y la misericordia del Señor, porque como decíamos en el salmo ‘el Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, el Señor es bueno con todos,  cariñoso con todas sus criaturas’.
Los caminos del Señor son excelsos e infinita es siempre su misericordia. Ojalá nosotros aprendiéramos a actuar así en nuestra relación con los demás. Y lo que tenemos que saber hacer es que nuestros planes, nuestros caminos, los criterios de nuestra vida estén de verdad en consonancia con lo que nos enseña en el evangelio.
El evangelio que hoy hemos escuchado nos sorprende. Son muchas las cosas que el Señor quiere decirnos con esta parábola. Recordamos, el propietario que sale en diversas horas del día a la plaza para buscar jornaleros para su viña. Desde el principio había quedado en pagarles un denario a cada uno por su trabajo; pero eso había sido con los primeros que había contratado, luego les dirá que les pagará lo debido.
Será al final de la jornada cuando comience a retribuir el trabajo que han realizado aquellos jornaleros cuando a todos da un denario; comenzó por los de la última hora y ya los primeros pensaban que a ellos les daría más. Reclaman pero el propietario les dice que les da lo justo, porque es en lo que habían quedado. Es entonces cuando habla de la generosidad de su corazón con la que quiere actuar con todos. Les sorprende con la generosidad con la quiere pagar a todos sea la hora que fuera a la que hubieran llegado a trabajar.
Nos está hablando de la generosidad del corazón del Señor que desborda nuestros criterios y nuestras maneras de actuar. ¿Merecemos por mucho que hayamos hecho la generosidad del amor del Señor que siempre nos ama, aunque seamos débiles, aunque quizá no rindamos todo lo que tendríamos que rendir, aunque muchas veces vayamos dando tropiezos por la vida?
Es la grandeza del amor de Dios. ¿No nos ama el Señor aunque nosotros seamos pecadores? Ya nos decía san Juan en sus cartas que el amor de Dios consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero. Y san Pablo nos dice que Dios nos salva gratuitamente por su bondad y su amor gracias a la redención de Jesucristo. Y nos dirá que siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros, y ahí se manifiesta la grandeza del amor de Dios. Así  nos sorprende el amor de Dios.
Nuestra respuesta tiene que ser la fe y el amor. ¿Cómo no vamos a creer en quien tanto nos ama? ¿Cómo no vamos a poner toda nuestra fe y nuestra confianza en El cuando así se ha dado por nosotros? Una fe que se va a manifestar en las obras de nuestro amor, porque sintiéndonos así amados de Dios no podemos menos que amar de la misma manera.
La parábola del evangelio, como venimos comentando y como hemos escuchado en su proclamación, nos habla de ese propietario que va saliendo a distintas horas a buscar jornaleros para su viña. Es la llamada que el Señor va haciendo a nuestra vida. Una llamada a que nos convirtamos de corazón a El y una llamada a que entremos a formar parte de su Reino, pero trabajando por el Reino de Dios. Muchas cosas podemos considerar desde esa llamada que nos hace el Señor.
La primera llamada, por así decirlo, es a que pongamos toda nuestra fe en El, seguirle. Es lo que vamos escuchando continuamente a lo largo del Evangelio. Y poner nuestra fe en El y seguirle nos exige esa conversión del corazón, porque es darle la vuelta a nuestra vida para vivir no según nuestros criterios o caminos sino según el plan del Señor. Es aceptar el evangelio, esa buena nueva de salvación que tiene para nosotros. Fue su primer anuncio. Y muchas cosas tenemos que transformar en el corazón.
Y en esa llamada a trabajar en la viña podemos ver lo que nos va pidiendo el Señor en cada hora de nuestra vida para la construcción del Reino de Dios. ‘¿Cómo es que estáis ociosos, sin trabajar todo el día?’ les pregunta a aquellos que se encuentra en la plaza sin hacer nada. ¿Nos podrá preguntar el Señor eso a nosotros también? 
¿Dónde está el compromiso de nuestra fe? ¿En qué se manifiesta? ¿Andaremos también cruzados de brazos pensando que son otros los que tienen que realizar la tarea? Grande es la tarea que un cristiano tiene que realizar en su mundo desde el compromiso de su fe. El testimonio que tenemos que dar en nuestra vida no lo podemos ocultar, pero además es en tantas cosas en las que podemos comprometernos. Ahí tenemos delante de nosotros todas las tareas pastorales que se realizan en nuestras parroquias y donde tenemos, como se suele decir, que arrimar el hombro; manifestar nuestro compromiso dedicando nuestro tiempo, ofreciendo nuestra colaboración, asumiendo tareas.
Muchas son las cosas que tenemos que hacer trabajando así en la viña del Señor. Sabemos que la recompensa del Señor no nos faltará como nos faltará nunca su amor en donde encontramos la fuerza y la gracia para realizar ese compromiso y esa tarea que asumamos. Muchas veces los cristianos le piden una serie de servicios a las parroquias para que nos atiendan en esto o en aquello otro, pero no pensamos que todo lo que es la vida de una parroquia solo se puede realizar con la colaboración de todos. Pedimos pero no somos capaces de ofrecernos para realizar alguna tarea. Exigimos quizá pero nosotros no somos capaces de comprometernos. Y me pregunto ¿y entonces quien es el que lo hará?

No olvidemos, por otra parte, que trabajar por la viña del Señor, por el Reino de Dios se realiza también a través de esos pequeños gestos de amor, de cercanía, de generosidad que cada día podemos y tenemos que realizar con quienes están a nuestro lado. Ese testimonio de las pequeñas cosas hechas con amor es anuncio y es testimonio y también pueden atraer a los demás a que vengan por los caminos del Evangelio y sabemos que la recompensa del Señor será siempre grande, porque ni algo tan sencillo como un vaso de agua dado en su nombre se quedará sin recompensa. 

lunes, 28 de octubre de 2013

Nos llevas al conocimiento de Cristo por la predicación de los apóstoles

Ef. 2, 19-22; Sal. 18; Lc. 6, 12-19
‘Nos llevaste al conocimiento de tu nombre por la predicación de los apóstoles’, hemos rezado en la oración de esta fiesta. Hoy estamos celebrando la fiesta de san Simón y san Judas, apóstoles. Es bueno recordar esa nota característica de la Iglesia que es ser Iglesia apostólica, ‘edificada sobre el cimiento de los apóstoles y profetas y de la que el mismo Cristo es la piedra angular’, como nos decía el apóstol en la carta a los Efesios. Ahí se nos habla de un edificio y de unos cimientos con su piedra angular; se nos habla de un templo consagrado al Señor y de su construcción para ser morada de Dios.
Fácilmente, por una falta de formación, se nos pueden crear confusiones en nuestra mente al no saber interpretar debidamente estas palabras, que podrían tener un equívoco significado. El pensar en un edificio y en una construcción para referirnos a la Iglesia nos podríamos quedar en el edificio material del templo al que por analogía llamamos normalmente Iglesia. Pero creo que bien podremos comprender estas palabras y el que reflexionemos sobre ello en esta fiesta de los santos apóstoles nos puede hacer mucho bien.
¿Quién es el verdadero templo de Dios? Recordemos las palabras de Jesús cuando nos hablaba de ‘destruir este templo que en tres días reconstruiré’. Ya recordamos que el propio evangelista nos dice entonces que se refería al templo de su cuerpo, cosa que comprendieron muy bien después de su resurrección. Cristo es el verdadero templo de Dios y es por Cristo, con Cristo y en Cristo como damos gloria al Señor, ‘todo honor y toda gloria’, como confesamos y decimos en la plegaria eucarística.
Hoy nos dice el apóstol que por Cristo Jesús, que es la piedra angular, ‘todo el edificio queda ensamblado y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor’. Somos nosotros, en la medida en que nos vamos uniendo a Cristo por la escucha de la Palabra del Señor y por la celebración de los Sacramentos, los que vamos formando parte de ese edificio, nos ensamblamos en ese edificio - y ya sabemos que ensamblar es unir con una unión profunda que ya nada lo puede separar - y con Cristo nosotros somos también ese templo consagrado al Señor. Así hemos sido consagrados en nuestro Bautismo; así formamos parte de la Iglesia, así queremos con Cristo dar para siempre gloria al Señor.
Decíamos que nos vamos uniendo a Cristo en la escucha de la Palabra, esa palabra que nos lleva al conocimiento de Cristo, esa Palabra que recibimos en la tradición de la Iglesia trasmitida desde los apóstoles. Iglesia apostólica, decimos refiriéndonos a una de sus características fundamentales, porque a través de los apóstoles, con la fe que nos trasmitieron los apóstoles nos unimos a Cristo, formamos ese cuerpo de Cristo que es la Iglesia, formamos parte de esa familia de los hijos de Dios.
Y nos unimos a Cristo proclamando y celebrando nuestra fe. Precisamente el Credo lo llamamos Símbolo Apostólico en ese mismo sentido, porque es la fe que confesamos y que nos ha sido trasmitida por los apóstoles. Esa fe que nosotros también tenemos que trasmitir, anunciar para que así la Iglesia, como decíamos también en la oración, ‘vaya creciendo con la conversión incesante de los pueblos’. Es lo que pedimos con la intercesión de los santos apóstoles que hoy celebramos. La celebración que vivimos  nos compromete a nosotros también a ser apóstoles para trasmitir nuestra fe. ‘A toda la tierra alcanza su pregón’, decíamos en el salmo. Es nuestra oración y compromiso.

Y, como decimos, nos unimos a Cristo celebrando nuestra fe en los sacramentos. Ahí está la fuente de la gracia; ahí celebrando a Cristo y nuestra fe en El nos llenamos de su gracia, de su vida, para poder seguir esos caminos de santidad a los que estamos llamados. Que este memorial de la pasión que estamos celebrando en esta Eucaristía en la fiesta de los santos Apóstoles san Simón y san Judas ‘nos ayude, con su intercesión, a perseverar en tu amor’, en el amor de Dios.

lunes, 6 de mayo de 2013

El dará testimonio de mi y vosotros tambien dareis testimonio



El dará testimonio de mi y vosotros también daréis testimonio

Hechos, 16, 11-15; Sal. 149; Jn. 15, 26-16, 4
‘Cuando venga el Defensor… el Espíritu de la verdad… El dará testimonio de mi… y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo…’ Las palabras de despedida de Jesús en la última cena embargan de pena y tristeza a los discípulos en el cenáculo, porque todo lo que iba a suceder lo había anunciado repetidamente sin embargo ellos no acaban de comprender. Cuando se nos anuncia algo que es penoso, pero además no terminamos de entender el significado pleno de lo que va a suceder, ese anuncio se nos hace especialmente doloroso. Sin embargo las palabras de Jesús son de aliento, de esperanza, de ánimo para que nos falte la fortaleza necesario.
Les habla del testimonio que han de dar de Jesús a partir de su ausencia, pero les promete una fuerza especial, un Defensor, el Espíritu de la verdad que el Padre enviará en su nombre, que también da testimonio.  Les dice además que les ha hablado de todo esto ‘para que no se tambalee su fe’.
Nosotros que ya conocemos en mayor plenitud los hechos y todo lo que posteriormente sucedería en los comienzos de la Iglesia, y lo que ha sido la vida de la Iglesia a través de los siglos si hacemos una lectura con ojos de fe, comprendemos mejor todo lo que les está anunciando Jesús. Los momentos de la pasión y la cruz fueron especialmente duros para los discípulos por la ausencia de Jesús y por todo lo que iba sucediendo; posteriormente se sentirían fortalecidos en la Pascua al contemplarle resucitado. Pero luego la historia de los cristianos estuvo siempre llena de persecusiones y amenazas. Pero ya nosotros vemos la asistencia del Espíritu Santo que les fortalecía y animaba hasta el punto de salir contentos de la presencia del sanedrín cuando les prohibían hablar del nombre de Jesús y eran castigados por ese motivo.
Pero nosotros miramos nuestra historia y lo que es el momento presente en la vida de la Iglesia repartida por todo el mundo. No serán ya en nuestro caso las sinagogas como dice Jesús, pero sí somos conscientes de las dificultades que encontramos de todos lados en el anuncio de evangelio y en el desarrollo de nuestra misión. Contratiempos y dificultades que  no siempre viene de fuera, de enemigos de la religión que también, sino desde dentro mismo del seno de la iglesia, del grupo de los creyentes en los que no siempre encontramos los suficientes ánimos para seguir haciendo ese anuncio del evangelio. La frialdad y la desgana de tantos, la falta de compromiso y ese dejarse arrastrar en una vida anodina y sin vitalidad muchas veces son peores enemigos del anuncio del evangelio para que sea creible por parte de los que nos escuchan, que esos  mismos enemigos declarados.
En todo tiempo hemos de dar testimonio, manifestarnos como testigos de nuestra fe con nuestras obras y con nuestra vida. pero sabemos donde está nuestra fuerza porque nunca nos faltará la asistencia del Espíritu Santo. Y hemos de seguir haciendo el bien, luchando y trabajando por lo bueno, dando nuestro testimonio porque somos nos testigos que no podemos ocultar nuestra fe. Con nosotros está la fuerza del Espíritu, el que nos lo enseñará todo  y nos recordará cuando Jesús nos ha enseñado; perel Espiritu que nos dará fortaleza frente a aquellos que se nos opongan, pero también fuerza frente a esos enemigos que tenemos dentro de nosotros mismos que tantas veces nos sentimos tentados de mil manera a olvidarnos de ese testimonio que hemos de dar.
Que no nos falte ese espíritu misionero y apostólico. Eso tiene que ser algo intrinseco al ser cristiano. No nos podemos adormecer ni nos podemos acobardar porque podamos encontrar dificultades. Ese espíritu sería señal de la vitalidad de nuestro cristianismo, de nuestras comunidades. Cuando oramos al Señor pidiendo el aumento de vocaciones, en el fondo estamos pidiendo ayuda al Señor también para que se fortalezca nuestra fe y se revitalice nuestra vida cristiana.

jueves, 14 de febrero de 2013


Compromiso apostólico en medio del mundo y oración por las vocaciones

Hechos, 13, 46-49; Sal. 116; Lc. 10, 1-9
Aunque apenas iniciamos ayer el tiempo de Cuaresma hoy sin embargo la liturgia nos ofrece la celebración de la fiesta de los Santos Cirilo y Metodio a quien Juan Pablo II declaró patronos de Europa. En el siglo X fueron apóstoles y misioneros de grandes regiones de Europa en las que sembraron las semillas del Evangelio. Habían sido enviados en principio por el Obispo de Constantinopla pues que procedían de aquella zona, fueron luego confirmados en su misión por el Papa de Roma que consagro obispo y envío como legado suyo a Metodio por aquellas regiones eslavas de la Europa oriental.
La Palabra del Señor proclamada en esta fiesta nos ha hablado en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles del momento en que Pablo y Bernabé que iban haciendo su recorrido e instituyendo las diversas iglesias, se dedican de manera especial al anuncio del evangelio a los gentiles, a causa del rechazo de los judíos. ‘Te he puesto como luz de las naciones para que lleves la salvación hasta los confines de la tierra, recuerdan cual era su misión’.
Por su parte en el evangelio hemos escuchado el envío de los setenta y dos discípulos de dos en dos a anunciar el Reino de Dios. Un camino que han de hacer desde una disponibilidad total y siempre con el mensaje del amor y de la paz. ‘Curad a los enfermos que haya y decidles el Reino de Dios esta llegando a vosotros’.
Pero hay también una recomendación que les hace Jesús. ‘La mies es abundante y los obreros pocos. Rogad por tanto al Señor de la mies que envíe obreros a su mies. Creo que la celebración de estos dos santos misioneros de Europa entre otras cosas nos ha de ayudar a reflexionar por una parte en esa misión que a nosotros también Jesús nos confía de anunciar el Reino de Dios.
Todo cristiano ha de sentir ese ardor misionero en su corazón de querer extender el Reino de Dios a todas partes. No todos quizás tenemos la vocación o la llamada del Señor para ir a lejanas tierras para hacer ese anuncio de Jesús y de su evangelio, pero si todos hemos de sentir la inquietud en el corazón de que Jesús sea conocido. No será necesario quizás ir a lejanas tierras para encontrar un lugar donde hacer ese anuncio de Jesús, porque a nuestro lado, cerca de nosotros tenemos a tantos que no conocen a Jesús.
Aunque creamos que todos somos cristianos no siempre es así porque nuestra sociedad se ha descristianizado, porque hay muchos a nuestro lado han perdido la fe, o su fe es tan débil que viven como si no tuvieran fe. Un campo inmenso donde tenemos que sembrar la semilla del evangelio, multitudes a nuestro lado que necesitan esa luz de Jesús. Y eso es tarea nuestra, preocupación y responsabilidad. Hemos de ser cristianos intrépidos que no tengamos miedo de hacer ese anuncio de Jesús con nuestra palabra y con nuestra vida para despertar la fe de tantos a nuestro alrededor que quizás la han perdido.
‘La mies es abundante, nos dice Jesús, los obreros son pocos’. Esa es otra hermosa tarea que tenemos que realizar. Rogar a Dios que sean muchos los llamados, porque el Señor siempre llama, pero que sean muchos los que respondan con generosidad a esa llamada de Dios. Que sean numerosas las vocaciones y numerosos los jóvenes o mayores que den respuesta al Señor para convertirse en evangelizadores en la vida sacerdotal, en la vida religiosa, o desde el compromiso apostólico desde su propia vida en el seno de sus familias o viviendo en el mundo del trabajo en medio de la sociedad.
Un compromiso y una oración, nos esta pidiendo la Palabra de Dios en la fiesta de estos dos grandes misioneros de Europa.

viernes, 21 de enero de 2011

Llamó a los que quiso y los hizo sus compañeros


Hebreos, 8, 6-13;

Sal. 84;

Mc. 3, 13-19

‘Subió a la montaña, llamó a los que quiso, y se fueron con El’. Y a continuación el evangelista nos da el listado de los discípulos escogidos con los detalles incluso de los sobrenombres que les puso Jesús o de lo que hicieron.

‘Llamó a los que quiso y se fueron con El’. Les iba a confiar una misión, su mismo misión, pero tenían que ser sus compañeros. ‘Los hizo sus compañeros…’ Los que estaban con El, los que caminaban juntos. Era necesario que estuvieran con El, fueran sus compañeros si les iba a confiar su misma misión. ‘Para enviarlos a predicar, con poder para expulsar demonios’, dice el evangelista. Sólo estando con El aprenderían, más aún podían llenarse de su ser, de su vida para poder realizar su misma obra.

Os confieso que al escuchar este texto del evangelio e ir reflexionando sobre él, primero que nada me miro a mí mismo. Llamado también por el Señor. Los sacerdotes tenemos que escuchar con especial agrado, por así decirlo, este pasaje del evangelio, esta llamada que Jesús hace a aquellos que quieren que estén con El. Me ha llamado el Señor y me ha confiado una misión, también anunciar la Palabra y haciendo el bien liberar a todo hombre de todo mal.

Pero necesito antes estar con el Señor, ser su compañero, caminar a su lado, empaparme de su vida. Compañero viviendo un espiritu de oración grande que me ha sentirme siempre unido al Señor; compañero sintiéndole a mi lado y sintiendo su palabra allá en lo más hondo de mi corazón; compañero con una espiritualidad especial nacida de mi sacerdocio. No podría de otra manera realizar la misión que me confía.

Pienso al meditar este texto y compartirlo con vosotros en todas aquellos que en la Iglesia ejercen algun ministerio especial, se han consagrado al Señor o viven comprometidos en el apostolado. Prolongan también en sus vidas la misión del Señor. Han de ser también compañeros del Señor. Sin esa unión con El en la oración, en la escucha y la meditación de la Palabra del Señor no podrían realizar su misión. Porque no van a realizar obra, sino la obra del Señor. Cuánto hemos de crecer en espiritualidad entonces.

Pero tendríamos que decir que todos los que escuchan este evangelio escuchan también Palabra de Dios para sus vidas. A todos tiene algo que decir el Señor. Por nuestra fe también todos, en nuestra condición de bautizados, de cristianos, hemos de vivir unidos al Señor. Hay también una llamada e invitación del Señor a estar con El. Todo cristiano ha de vivir una espiritualidad profunda, que es unión con el Señor para dejarme conducir por su Espíritu. Desde esa espiritualidad vivirán su ser cristiano allí donde está su vocación, en la vida familiar y el matrimonio, en el trabajo y el ejercicio de una profesión, en la vida de relación con los demás y en todo el compromiso social que viva en medio de la comunidad.

‘Llamó a los que quiso y se fueron con El… los hizo sus compañeros…’ Y pensamos en los sacerdotes; y pensamos en los religiosos/as que se han consagrado al Señor; pero pensamos en todos los que viven un compromiso apostólico en medio de la Iglesia; pero pensamos también en todos los cristianos, porque todos estamos invitados a estar con El. Cuántas cosas más podríamos decir.