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miércoles, 19 de agosto de 2026

Tenemos que reconocer que somos una misma humanidad que entre todos ponemos el granito de arena de nuestra vida para hacer que nuestro mundo sea más humano

 


Tenemos que reconocer que somos una misma humanidad que entre todos ponemos el granito de arena de nuestra vida para hacer que nuestro mundo sea más humano

Ezequiel 34, 1-11; Salmo 22; Mateo 20, 1-16

La vida la hemos convertido en una carrera donde todos queremos llegar los primeros o tener siempre los beneficios de los ganadores; hay que ser competitivos nos dicen porque se quiere desarrollar en nosotros esos deseos de no quedarnos atrás, de ser siempre los ganadores y algunas veces en esa competición parece que fuéramos enemigos los unos de los otros porque queremos arrasar a nuestros contrincantes, queremos avasallar, o queremos valernos de las influencias del poder que hayamos conseguido para anular a los demás.

¿Es eso algo que nos satisface, que nos haga vivir la vida con paz, que lleguemos de verdad a comprender de esa manera el sentido de la vida? Creo que ser competitivo no tiene que significar anular a nadie, sino desarrollar lo mejor de nosotros mismos con la conciencia además de estar contribuyendo a hacer que nuestro mundo sea mejor para todos poniendo cada uno su parte, como solemos decir, su granito de arena.

Pero no siempre lo entendemos así. Ya sabemos de los empujones con que andamos en la vida, de las manipulaciones que intentamos hacer para conseguir nuestros adelantamientos, de lo poco que valoramos lo positivo que también ofrecen los demás, de cómo siempre nos creemos merecedores de los mejores premios sobre todo para deslumbrar a los demás. Después de todo eso ¿no sentiremos un vacío por dentro?

Hoy Jesús nos propone una parábola partiendo de esas cosas normales de la vida y de lo que era la vida de trabajo en un mundo rural, como quizás también podemos ver hoy en parte de nuestra sociedad. El dueño de una viña que necesita jornaleros para trabajar en su campo y sale muy de mañana en búsqueda de esos trabajadores. Hasta aquí todo parece que entra en la normalidad, quedan en lo que van a recibir de salario al final del día y son enviados al campo. Pero no sé si es que las necesidades eran mayores de lo previsto o era el buen corazón de aquel hombre, que sale también a la plaza a diversas horas del día y sigue recolectando trabajadores para su campo; casi al final del día se sigue encontrando gente que no ha sido contratada y él los envía también a su viña.

Quiere aquel amo de la vida que todos puedan tener trabajo, por eso ya no le importa la hora del día pero sigue invitando gente para trabajar en su viña. A la hora de la paga del jornal es cuando sucede algo que parece estar fuera del guión, porque los últimos que han ido a trabajar reciben el mismo salario que los primeros; como siempre suele suceder surge el descontento y las reclamaciones. Habían quedado en un denario y un denario reciben según contrato.

Pero detrás de todo esto quiere dejarnos Jesús un mensaje. Primero podríamos decir su voluntad de que todos puedan trabajar; cada uno ha de aportar según sus propias condiciones en la hora en que ha sido llamado pero todo trabajo ha de tener su valor; no andamos aquí en nuestros parámetros humanos donde, como decíamos al principio, andamos todos a la carrera y al empujón, mirando con malos ojos lo que el otro pueda aportar y dejando aflorar con demasiada facilidad nuestros orgullos y nuestras envidias porque nos hayamos tomado la vida como una competición en la que ganar significa descartar o anular al otros.

Miremos como hacemos todas nuestras competiciones en la vida, incluso en el mundo deportivo, donde siempre vamos descartando gente o equipos y al final los que se sienten perdedores ya sabemos cómo suelen reaccionar, con poca deportividad solemos decir, pero tendríamos que pensar qué es lo que les hemos insuflado en su espíritu para hacer esa competición. ¿Lo importante es la belleza del juego, la humanidad y respeto que nos tenemos incluso en la lucha, o lo que va a predominar es nuestro amor propio o nuestro orgullo herido?

No terminamos de aprender a caminar juntos. Por muchas palabras bonitas que digamos siempre nos quedan heridas que no sabemos curar en el corazón. ¿Cuando nos daremos cuenta que somos una misma humanidad y todos tenemos que contribuir a que sea más humano nuestro mundo?


miércoles, 20 de agosto de 2025

Un denario al final de la vida por nuestro trabajo que en la medida de Dios ese denario no se reduce a una cantidad contante y sonante, sino es el gozo de Dios

 


Un denario al final de la vida por nuestro trabajo que en la medida de Dios ese denario no se reduce a una cantidad contante y sonante, sino es el gozo de Dios

Jueces 9,6-15; Salmo 20; Mateo 20, 1-16a

Yo ahora estoy de vacaciones, a mi ahora que no me molesten, que este tiempo es para mi y no pienso dar golpe, nos dirá uno; otro nos dirá que ya está jubilado, que bastante ha trabajado en la vida, y para que va a andar ahora con preocupaciones; otro nos hablará que tiene su ‘paguita’, que bastante le costó conseguirla – aunque tendríamos que ver con que artimañas – y que ya el trabajo no es para él; otros están soñando y contando el tiempo que le falta para la jubilación porque bien se merece un descanso con todo lo que ha trabajado en la vida. Así podríamos seguir fijándonos en tantos que han llegado a una situación en la vida en la que reina la pasividad, el dejarse arrastrar por los días, en un vacío del que al final incluso nos van a decir que qué vida más aburrida.

Y yo realmente me pregunto ¿qué sentido tiene una vida así? ¿Eso es realmente vivir y gozar de la vida? ¿No tenemos nada que aportar a la vida con nuestros años, con nuestra experiencia, con la riqueza de espíritu, sabiduría, que hayamos podido acumular en nuestro interior?

‘¿Qué hacéis ahí ociosos todo el día?’ se pregunta aquel buen hombre que está buscando trabajadores para su viña. Es la parábola que hoy nos ofrece Jesús. No solo en la mañana al comienzo de la jornada, sino en diversas horas del día saldrá a la plaza y a los que va encontrando los va invitando a trabajar en su viña. Ya ha ajustado lo justo con los primeros contratados, aunque luego veremos realmente el pago que les ofrece a todos.

La parábola, es cierto, sugiere que aquellos que están en la plaza querían trabajar pero nadie les había contratado. Pero esa pregunta que hace aquel que va buscando trabajadores para su viña nos puede sugerir muchas más cosas; creo que nos puede estar planteando ese sentido que le damos a la vida y a nuestro trabajo; lo veremos luego en la valoración que hará aquel buen hombre del trabajo de todos, aunque fueran a trabajar en distintas horas. Era algo más que una remutación económica, aunque es cierto que con nuestro trabajo nos ganamos la vida, obtenemos unos medios para valernos y para tener una vida digna.

Pero el trabajo es mucho más. Estamos contribuyendo con nuestras posibilidades y capacidades a la vida de nuestro mundo. Podríamos decir quizás que no somos indispensables, pero sí que podemos pensar que ese grano de arena que yo estoy poniendo con mi trabajo, sea en lo que sea, o sea a la hora que sea de nuestra vida es importante para el bien de ese mundo en el que vivimos y vivimos interrelaciones los unos con los otros. De ahí cómo hemos de amar nuestro trabajo, cómo hemos de disfrutar con lo que hacemos, como sentimos el gozo que aquello que nosotros hacemos puede hacer felices a los demás. Hacemos una pelota, por ejemplo, y nos puede parecer insignificante, pero ¿habremos pensado en lo feliz que se a sentir un niño el día que juegue con esa pelota?

Nuestra vida en la pasividad no tiene sentido ni valor, no podemos andar dormidos por la vida porque decimos que ahora nos toca descansar, esa riqueza interior que hemos acumulado a través de nuestros años, nuestras luchas, nuestros logros, nuestras experiencias es algo que le debemos también a ese mundo que nos rodea y con ellos lo hemos de compartir.

¿Un denario va a ser el usufructo de lo que realicemos? En la medida de Dios ese denario no se reduce a una cantidad contante y sonante, es algo mucho más intenso porque es llenarnos del gozo de Dios.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Puede parecer insignificante lo que hago pero ese trabajo me ayuda interiormente, me dignifica y siento que de mi riqueza interior estoy contribuyendo a la sociedad en la que vivo

Puede parecer insignificante lo que hago pero ese trabajo me ayuda interiormente, me dignifica y siento que de mi riqueza interior estoy contribuyendo a la sociedad en la que vivo

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20,1-16

‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ La pregunta está insertada en la parábola que Jesús les propone a sus discípulos, sobre los trabajadores enviados a trabajar a su viña en las distintas horas del día que tantas veces habremos comentado y meditado.
Pero es una pregunta que nos puede llevar a diversas consideraciones. Una pregunta que se puede convertir en denuncia de la situación que viven tantos hoy en nuestra sociedad. La respuesta está ahí clara: ‘Nadie nos ha llamado a trabajar’. Es el hecho cruel y sangrante en que se ven tantos que no tienen trabajo, tantas familias sufriendo esa crisis brutal de nuestra economía que se ven sumidas en la pobreza y en la miseria. Es la realidad que hace sufrir a tantos. Es la realidad que refleja nuestro mundo injusto con tantas diferencias entre unos seres humanos y otros. Es la tristeza de tantos que tienen y que tendrían posibilidades de aportar de alguna manera sus valores – y aquí incluimos todo tipo de valores – para que todos puedan tener un trabajo digno con el que sustentar a sus familias, y vivir ellos mismos con mayor dignidad su vida.
Toda persona tiene derecho a tener su trabajo con el que dignificar su vida. el trabajo que no es solo el medio de ganar unos recursos para tener una subsistencia digna – que también lo es – sino que es también el medio con que la persona desarrolla sus posibilidades, crece en dignidad, se realiza como persona plasmando en eso que realiza lo más hondo de si mismo.
Muchas veces nos parece el trabajo una rutina y por su dureza en ocasiones nos puede parecer una maldición, pero el trabajo siempre ha de seré creador; con nuestro trabajo contribuimos al desarrollo de la misma vida, de la sociedad en la que estamos, por eso decimos que es creador. Y no se trata de pensar en los artistas o los que puedan realizar grandes obras, sino que eso pequeño que cada uno hacemos está haciendo que nosotros mismos nos realicemos, desarrollemos nuestra vida, pongamos nuestro pequeño grano de arena, por así decirlo, al bien de los demás.
Pienso en mi mismo en estos momentos y en esto que estoy haciendo, permitidlo. Pudiera parecer algo insignificante y no es gran cosa el que emborrone una cuartilla escribiendo estas reflexiones. Unos minutos, un tiempo mío personal que dedico a esta reflexión y a tratar de reflejarlo en estos renglones que quiero ofreceros a través de mi blogs. Pero con mi reflexión compartida puedo ayudar quizá a la reflexión de muchas personas, a que en su interior las personas que me leen puedan descubrir cosas que pueden realizar, pensamientos o sentimientos que afloran en si mismos y que les pueden ayudar o con los que a su vez ayudar a los demás.
Es insignificante lo que estoy haciendo, pero me mueve, no porque yo pueda hacerlo mejor que otros ni mucho menos, la ayuda que con ello pueda prestar a los demás. Y eso me ayuda a mí interiormente, eso me hace sentirme útil, con ese trabajo tan insignificante no solo me realizo a mi mismo sino que siento que puedo hacer quizás el bien a los demás.
Y finalmente de nuevo volvemos a la pregunta del principio ‘¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?’ ¿Cómo es posible que haya personas que vivan en una permanente ociosidad? ¿No se sentirán vacíos en su interior cuando nada son capaces de aportar a los demás? Desgraciadamente nos encontramos gentes así, que viven como parásitos de la sociedad sin ser capaces de hacer nada. Dicen quizá que ya han trabajado bastante y que ahora en la vida toca descansar. Es cierto que es noble un merecido descanso, pero es cierto también que indica la nobleza de nuestro corazón cuando no sabemos estar ociosos y de una forma o de otra buscamos la manera de hacer algo, no solo ya por nosotros mismos que también lo necesitamos, sino para ofrecer de la riqueza de mi vida a los demás.


domingo, 21 de septiembre de 2014

La generosidad de Dios en su amor hacia nosotros es sorprendente pero nos pide respuesta generosa en nuestro compromiso

La generosidad de Dios en su amor hacia nosotros es sorprendente pero nos pide respuesta generosa en nuestro compromiso

Is. 55, 6-9; Sal. 144; Filp. 1, 20-24.27; Mt. 20, 1-6
La generosidad del amor del Señor para con nosotros siempre nos resulta tremendamente sorprendente. Nuestras categorías humanas, los criterios por los que muchas veces nos regimos los hombres muchas veces los encorsetamos de tal manera que no nos podemos salir de la regla, y aunque decimos que queremos ser humanos los unos con los otros en todas nuestras relaciones algunas veces andamos excesivamente atados a unas medidas que nos imponemos y tenemos el peligro de hacernos intransigentes y hasta inhumanos. Por eso nos sorprenderá siempre la generosidad del amor del Señor.
Pero, ¿hasta dónde llega nuestro amor y nuestra generosidad? Desde esa tentación de mirarnos a nosotros mismos que todos tenemos fácilmente ponemos límites y reglas diciéndonos que en esto sí podemos ser generosos, pero en aquello otro quizá no es necesario llegar a tanto y cosas así que algunas veces hasta nos imponemos decimos guiados por la justicia.
Pero ya sabemos generosidad del amor del Señor supera esos limites o esas reglas que nosotros nos imponemos. Ya nos decía el profeta en la primera lectura desde la Palabra que el Señor quería dirigirnos, ‘mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos’, y nos había señalado que aunque fuéramos malvados y pecadores, si nos volvemos al Señor y vamos a su encuentro arrepentidos siempre vamos a encontrar la piedad y la misericordia del Señor, porque como decíamos en el salmo ‘el Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, el Señor es bueno con todos,  cariñoso con todas sus criaturas’.
Los caminos del Señor son excelsos e infinita es siempre su misericordia. Ojalá nosotros aprendiéramos a actuar así en nuestra relación con los demás. Y lo que tenemos que saber hacer es que nuestros planes, nuestros caminos, los criterios de nuestra vida estén de verdad en consonancia con lo que nos enseña en el evangelio.
El evangelio que hoy hemos escuchado nos sorprende. Son muchas las cosas que el Señor quiere decirnos con esta parábola. Recordamos, el propietario que sale en diversas horas del día a la plaza para buscar jornaleros para su viña. Desde el principio había quedado en pagarles un denario a cada uno por su trabajo; pero eso había sido con los primeros que había contratado, luego les dirá que les pagará lo debido.
Será al final de la jornada cuando comience a retribuir el trabajo que han realizado aquellos jornaleros cuando a todos da un denario; comenzó por los de la última hora y ya los primeros pensaban que a ellos les daría más. Reclaman pero el propietario les dice que les da lo justo, porque es en lo que habían quedado. Es entonces cuando habla de la generosidad de su corazón con la que quiere actuar con todos. Les sorprende con la generosidad con la quiere pagar a todos sea la hora que fuera a la que hubieran llegado a trabajar.
Nos está hablando de la generosidad del corazón del Señor que desborda nuestros criterios y nuestras maneras de actuar. ¿Merecemos por mucho que hayamos hecho la generosidad del amor del Señor que siempre nos ama, aunque seamos débiles, aunque quizá no rindamos todo lo que tendríamos que rendir, aunque muchas veces vayamos dando tropiezos por la vida?
Es la grandeza del amor de Dios. ¿No nos ama el Señor aunque nosotros seamos pecadores? Ya nos decía san Juan en sus cartas que el amor de Dios consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero. Y san Pablo nos dice que Dios nos salva gratuitamente por su bondad y su amor gracias a la redención de Jesucristo. Y nos dirá que siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros, y ahí se manifiesta la grandeza del amor de Dios. Así  nos sorprende el amor de Dios.
Nuestra respuesta tiene que ser la fe y el amor. ¿Cómo no vamos a creer en quien tanto nos ama? ¿Cómo no vamos a poner toda nuestra fe y nuestra confianza en El cuando así se ha dado por nosotros? Una fe que se va a manifestar en las obras de nuestro amor, porque sintiéndonos así amados de Dios no podemos menos que amar de la misma manera.
La parábola del evangelio, como venimos comentando y como hemos escuchado en su proclamación, nos habla de ese propietario que va saliendo a distintas horas a buscar jornaleros para su viña. Es la llamada que el Señor va haciendo a nuestra vida. Una llamada a que nos convirtamos de corazón a El y una llamada a que entremos a formar parte de su Reino, pero trabajando por el Reino de Dios. Muchas cosas podemos considerar desde esa llamada que nos hace el Señor.
La primera llamada, por así decirlo, es a que pongamos toda nuestra fe en El, seguirle. Es lo que vamos escuchando continuamente a lo largo del Evangelio. Y poner nuestra fe en El y seguirle nos exige esa conversión del corazón, porque es darle la vuelta a nuestra vida para vivir no según nuestros criterios o caminos sino según el plan del Señor. Es aceptar el evangelio, esa buena nueva de salvación que tiene para nosotros. Fue su primer anuncio. Y muchas cosas tenemos que transformar en el corazón.
Y en esa llamada a trabajar en la viña podemos ver lo que nos va pidiendo el Señor en cada hora de nuestra vida para la construcción del Reino de Dios. ‘¿Cómo es que estáis ociosos, sin trabajar todo el día?’ les pregunta a aquellos que se encuentra en la plaza sin hacer nada. ¿Nos podrá preguntar el Señor eso a nosotros también? 
¿Dónde está el compromiso de nuestra fe? ¿En qué se manifiesta? ¿Andaremos también cruzados de brazos pensando que son otros los que tienen que realizar la tarea? Grande es la tarea que un cristiano tiene que realizar en su mundo desde el compromiso de su fe. El testimonio que tenemos que dar en nuestra vida no lo podemos ocultar, pero además es en tantas cosas en las que podemos comprometernos. Ahí tenemos delante de nosotros todas las tareas pastorales que se realizan en nuestras parroquias y donde tenemos, como se suele decir, que arrimar el hombro; manifestar nuestro compromiso dedicando nuestro tiempo, ofreciendo nuestra colaboración, asumiendo tareas.
Muchas son las cosas que tenemos que hacer trabajando así en la viña del Señor. Sabemos que la recompensa del Señor no nos faltará como nos faltará nunca su amor en donde encontramos la fuerza y la gracia para realizar ese compromiso y esa tarea que asumamos. Muchas veces los cristianos le piden una serie de servicios a las parroquias para que nos atiendan en esto o en aquello otro, pero no pensamos que todo lo que es la vida de una parroquia solo se puede realizar con la colaboración de todos. Pedimos pero no somos capaces de ofrecernos para realizar alguna tarea. Exigimos quizá pero nosotros no somos capaces de comprometernos. Y me pregunto ¿y entonces quien es el que lo hará?

No olvidemos, por otra parte, que trabajar por la viña del Señor, por el Reino de Dios se realiza también a través de esos pequeños gestos de amor, de cercanía, de generosidad que cada día podemos y tenemos que realizar con quienes están a nuestro lado. Ese testimonio de las pequeñas cosas hechas con amor es anuncio y es testimonio y también pueden atraer a los demás a que vengan por los caminos del Evangelio y sabemos que la recompensa del Señor será siempre grande, porque ni algo tan sencillo como un vaso de agua dado en su nombre se quedará sin recompensa. 

miércoles, 20 de agosto de 2014

Escuchemos la invitación que nos hace el Señor para vivir su reino de salvación dándole gracias por los dones de gracia con que nos regala

Escuchemos la invitación que nos hace el Señor para vivir su reino de salvación dándole gracias por los dones de gracia con que nos regala

Ez. 34, 1-11; Sal. 22; Mt. 20, 1-16
‘Id también vosotros a mi viña’, les va diciendo aquel propietario cuando a las distintas horas del día, al amanecer, a media mañana, hacia el mediodía, a media tarde y ya también al caer la tarde, sale a la plaza en busca de trabajadores para su viña. ‘Os pagaré lo que es debido’, les decía a los que iba llamando en las distintas horas del día, mientras con los del amanecer había quedado apalabrado en un denario por la jornada.
Creo que reflexionando bien sobre la parábola muchas pueden ser las lecciones, mucho puede ser el mensaje que recibamos. Las parábolas nos hablan del Reino de Dios; son comparaciones que nos propone Jesús para que entendamos por medio de las imágenes que nos propone el sentido y los valores nuevos que se nos ofrecen con el Reino de Dios, lo mismo que las actitudes negativas que tenemos que corregir o arrancar de nuestro corazón.
Primero en esa llamada, y en esa llamada a las distintas horas del día, podemos escuchar la llamada que el Señor nos hace para vivir en su Reino. No importa la hora ni el momento, pero el Señor nos va llamando a cada uno en el momento propicio. A su reino todos estamos invitados, porque la salvación que Jesús nos ofrece es para todos. Puede ser que algunas veces hayamos estado ociosos en la vida, entretenidos quizá en otras cosas y no nos habíamos dado cuenta de lo que el Señor nos ofrece, pero El viene a nuestro encuentro y siempre tendrá una palabra de invitación para que vayamos con El.
Es una invitación a trabajar en su viña, como se nos dice concretamente en la parábola; es que cuando entramos en la órbita de la salvación ya no nos podemos quedar ociosos, porque ahí en medio de nuestro mundo tenemos una tarea que realizar, una misión que cumplir. Somos testigos de una salvación que recibimos, pero ese testimonio no nos lo podemos callar, sino que ese testimonio tenemos que proclamarlo, anunciar a los demás esa Buena Nueva de la Salvación.
Hay algo que llama la atención en la parábola y que lo mismo que a aquellos jornaleros les supo mal que a todos se les pagara en la misma cantidad aunque fueran a distintas horas a participar en aquel trabajo, también nosotros pensamos que tenemos que hacer méritos para recibir más o menos según lo que hayamos cosechado. Por eso protestan porque todos reciben la misma cantidad de un denario.
Y nos olvidamos que el don del Señor es gracia; sí, gracia, con lo que esa palabra significa. Es un regalo del Señor, porque la salvación no nos la ganamos nosotros, sino que es el Señor el que nos la regala, es una gracia, un don gratuito del Señor, al que por supuesto tenemos que responder. Es una gracia, un regalo del Señor el amor que El nos tiene; es una gracia, un don, un regalo del Señor el que podamos sentir su presencia y la fuerza de su Espíritu en nuestras luchas, en nuestros deseos de bien, en la superación de nuestros males, en el perdón que recibimos.
Empleamos la palabra gracia y olvidamos fácilmente su significado más genuino, es la gratuidad del don del Señor, de la vida y de la fuerza de su Espíritu; y a eso lo llamamos gracia. A lo que tendríamos nosotros que corresponder viviendo esa gracia, pero siendo también agradecidos con el Señor por el regalo de su gracia, de su vida, de su amor, de su salvación. ¿Cuántas veces nos paramos a darle gracias al Señor por cuanto de El recibimos?
Y finalmente aquel propietario corrige a aquellos obreros que andan por allá rezongando. ‘¿Es que vas a tener tu envidia porque yo soy bueno?’, les dice el propietario a los que protestaban. Contentos tenemos que sentirnos de ver cómo el Señor derrama su gracia también sobre los demás y tendríamos que aprender a alabar y bendecir al Señor cuando vemos cómo la gracia enriquece la vida de los que nos rodean y se acercan también a vivir la salvación que Dios nos ofrece. Cuando veamos lo bueno que hay en los demás, quitemos de nuestro corazón esos resabios de envidias y recelos que se nos pueden meter, y sepamos darle gracias al Señor que nos hace ver las cosas buenas que hay en los demás.

Escuchemos, pues, esa invitación que el Señor nos hace a vivir su reino de salvación dándole gracias por los dones de gracia con que nos regala.