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martes, 18 de octubre de 2016
Es necesario de una vez por todas ponernos en camino para ir al encuentro de nuestro mundo con la Buena Nueva de la Paz que nos ofrece Jesús y tanto necesitamos
2Timoteo 4,9-17ª; Sal 144; Lucas
10,1-9
domingo, 19 de octubre de 2014
Porque nos sentimos amados de Dios no podemos perder la alegría de la fe que además hemos de compartir con los demás
Porque nos sentimos amados de Dios
no podemos perder la alegría de la fe que además hemos de compartir con los
demás
domingo, 20 de octubre de 2013
Orar siempre, con esperanza y sin desanimarse
Dediquemos unos minutos de nuestra reflexión a la
Jornada eclesial que hoy estamos celebrando. Es el día del Domund, el domingo
de las misiones. El día en que la Iglesia universal reza y colabora también
económicamente en favor de la tarea evangelizadora de los misioneros y
misioneras que en nombre de la Iglesia anuncian el evangelio a lo largo del
mundo. Es una cita importante dentro del calendario de cada año en el caminar de
la Iglesia. FE + CARIDAD = MISIÓN, es el lema que este año se nos propone, en sintonía con el año de la fe
que estamos a punto de clausurar. domingo, 23 de octubre de 2011
El amor a Dios y al prójimo sentido profundo de la vida del creyente

Ex. 22, 20-26;
Sal. 17;
1Tes. 1, 5-10;
Mt. 22, 34-40
‘Yo te amo, . Señor; tú eres mi fortaleza’, hemos repetido en el responsorio del salmo¡Qué otra cosa podemos hacer! El amor es la razón de ser de la vida del hombre; el amor es el sentido profundo de la vida del creyente.
‘Dios es amor’, nos enseña san Juan en sus cartas y en el mensaje profundo y fundamental que nos trasmite Jesús. Quien cree en Dios y desea vivir unido a Dios y vivir su vida no puede hacer otra cosa que amar. Y no con un amor cualquiera, sino con el amor de Dios, con un amor semejante a aquel con que nos sentimos amados de Dios. Por eso, ése tiene que ser nuestro grito: ‘Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza’, tú lo eres todo para mí y tengo que amarte, Señor, con un amor como el tuyo.
Sin embargo, reconocemos que no siempre es fácil. Tendría que serlo pero ya sabemos cómo somos. Ahí queremos poner nuestras medidas o nuestras exigencias; miramos si nos aman o no nos aman para saber hasta donde amamos o a quien amamos; y hasta queremos poner nuestras normas o leyes y terminamos desfigurando, destrozando el amor.
Estamos hechos para el amor y ese sería el camino que nos llevara a la mayor dicha y felicidad, pero bien sabemos cuánto nos cuesta, porque al mismo tiempo, ya sabemos, el mal se mete dentro de nosotros y nos llena de egoismo, de orgullo, de envidias y de no sé cuantas pasiones desordenadas que nos encierran en nosotros mismos y nos alejan del amor verdadero.
Hoy hemos escuchado que una vez más se acercan a Jesús con preguntas para ponerlo a prueba. Un fariseo experto en la ley es el que le hace la pregunta. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ Parecería innecesaria la pregunta porque estaba bien claro en la ley de Moisés, pero se habían impuesto tantas normas y preceptos que al final terminaban confudidos y entre ellos en las escuelas rabínicas las discusiones eran interminables.
Jesús responde con el texto del Deuteronomio y del Levítico que todo buen judío tenía que conocer, porque incluso había de repetirlo como una oración varias veces al día y hasta estaba grabado en las puertas de las casas, la Mezuza. Lo hemos escuchado: ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Pero concluirá Jesús: ‘Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas’.
Aquí está el fundamento de todo. Amar a Dios y amar al prójimo son inseparables. Si de verdad amamos a Dios, amamos al prójimo; si amamos al prójimo con un amor verdadero, es que amamos a Dios. Como decíamos antes, porque creemos en Dios que es amor, tenemos que amar; y amamos a Dios y amamos al prójimo porque queremos amar todo lo que Dios ama; amamos al prójimo porque amando a Dios y queriendo estar unidos a El que es Amor, necesariamente tenemos que amar también al prójimo. Dios quiere hacernos partícipes de su amor, para amarle y amar, por El, con El y en El a todas las personas, a nuestro prójimo.
Y cuando estamos llenos de ese amor ya no caben medidas ni distinciones; ya el amor tiene que ser un amor generoso como es el amor de Dios generoso hasta el infinito. Y amando así caminamos caminos de plenitud y de felicidad verdadera. Y tenemos además una certeza y es que no nos faltará la gracia y la fuerza del Señor. ‘Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza’, que hemos rezado en el salmo. Y si venimos a la Eucaristía a comerle e inundarnos de su vida, estaremos inundándonos de su gracia y de su amor para amar con su mismo amor.
Muchas conclusiones tendríamos que sacar de aquí para nuestra vida de cada día, y para la relación que mantenemos con cuantos están a nuestro lado. Porque todo esto no se puede quedar en palabras bonitas sino que tiene que hacerse realidad en el día a día, en ese día a día que tantas veces se nos hace dificil en nuestra convivencia ordinaria con los que están a nuestro lado.
El texto del Exodo que hemos escuchado en la primera lectura nos señala cosas muy concretas, que no sólo eran válidas en aquel momento sino que nos están señalando muchas cosas que hoy tenemos que hacer. Nos habla del forastero y del emigrante, de la viuda y del huérfano, como nos habla del pobre que pasa necesidad a nuestro lado y al que tenemos que ayudar y con el que tenemos que compartir. Este texto daría para muchas reflexiones de cosas muy concretas porque esas situaciones las tenemos cada día a nuestro lado.
Sin querer alargarme excesivamente hemos de tener en cuenta en nuestra reflexión también la jornada misionera que hoy estamos celebrando, el Domund. Precisamente en nombre de ese amor con el que llenamos nuestra vida hemos de sentir la urgencia de trasmitir y comunicar a los demás esa fe que vivimos, ese amor de Dios que experimentamos en nuestra vida, para lograr que todos lleguen a ese conocimiento de Dios, a esa vivencia del evangelio salvador.
El Papa Benedicto XVI en su mensaje para esta Jornada nos recuerda ‘la necesidad de renovar el empeño de llevar a todos el anuncio del Evangelio con “el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos” (Carta ap. Novo millennio ineunte, 58). Es el servicio más precioso que la Iglesia puede hacer a la humanidad y a cada persona que busca las razones profundas para vivir en plenitud su propia existencia’.
Nos sigue diciendo que ‘destinatarios del anuncio del Evangelio son todos los pueblos. La Iglesia “es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Ad gentes, 2). Esta es “la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 14). En consecuencia, no puede nunca cerrarse en sí misma’.
‘La misión universal implica a todos, todo y siempre, nos sigue diciendo el Papa. El Evangelio no es un bien exclusivo de quien lo ha recibido, sino que es un don que compartir, una buena noticia que comunicar. Y este don-compromiso está confiado no sólo a algunos, sino a todos los bautizados, los cuales son “raza elegida … una nación santa, un pueblo adquirido por Dios” (1Pe 2,9), para que proclame sus obras maravillosas’.
‘Así, a través de la participación corresponsable en la misión de la Iglesia, el cristiano se convierte en constructor de la comunión, de la paz, de la solidaridad que Cristo nos ha dado, y colabora en la realización del plan salvífico de Dios para toda la humanidad. Los retos que ésta encuentra, llaman a los cristianos a caminar junto con los demás, y la misión es parte integrante de este camino con todos. En ella llevamos, aunque en vasijas de barro, nuestra vocación cristiana, el tesoro inestimable del Evangelio, el testimonio vivo de Jesús muerto y resucitado, encontrado y creído en la Iglesia. Que la Jornada Misionera reavive en cada uno el deseo y la alegría de “ir” al encuentro de la humanidad llevando a todos a Cristo’.
He entresacado algunos párrafos del mensaje del Papa que nos ayuden en esta Jornada y aviven en nosotros ese espíritu misionero que en todo cristiano tiene que brillar. Sentimos como nuestra la obra misionera de la Iglesia, y con ella colaboramos como algo propio con nuestro testimonio, nuestra oración y también nuestra colaboración económica para que se pueda realizar esa tarea inmensa de la Iglesia y que abarcará muchos aspectos. Es un fruto también de nuestro amor.
jueves, 28 de octubre de 2010
El crecimiento de la Iglesia en vitalidad de fe y en carismas de servicio

Que ‘por la intercesión de los santos apóstoles tu iglesia siga siempre creciendo con la conversión incesante de los pueblos’. Así pedíamos en la oración litúrgica de la fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas.
Apóstoles elegidos por el Señor para ser, como nos enseña el apóstol Pablo en la carta a los Efesios, cimientos sobre los que se edifica la Iglesia. ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo es la piedra angular’. Hemos escuchado por su parte en el evangelio el relato de la elección de los apóstoles que hizo Jesús. ‘Pasó la noche orando a Dios y cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y los nombró apóstoles’. A continuación el evangelista nos da la relación en la que aparecen ‘Simón, apodado el Celotes – el cananeo lo llama otro de los evangelistas – y Judas, el de Santiago – llamado también Judas Tadeo -.
Es importante la misión que confía a los Apóstoles porque a ellos de manera especial envía por todo el mundo a predicar el Evangelio, la Buena Noticia del Reino de Dios, que se ha realizado en la muerte y en la resurrección del Señor. Van a ser ese cimiento de la Iglesia porque en tornos a ellos se va a reunir la comunidad que va naciendo de los que creen en Jesús. Por Cristo, y sobre el cimiento de los apóstoles, como nos dice Pablo, 'todo el edificio queda ensamblado y se va levantando para formar un templo consagrado al Señor'.
Qué importante la misión de los Apóstoles y de sus sucesores los Obispos en la formación, en el crecimiento y en el mantenimiento de la comunión y de la unidad de la Iglesia de Jesús. Los Obispos, como verdaderos sucesores de los Apóstoles, van a seguir realizando su misma misión. Por eso en torno al Obispo, repito auténtico sucesor de los apóstoles es congregada en unidad cada una de la Iglesias, formando en comunión y en unidad con el Papa y con todas las Iglesias la única Iglesia de Cristo.
Esa Iglesia que queremos ver crecer, como pedíamos en la oración. Crecer porque cada día llegue a más gente y a más pueblos el evangelio de Jesús y así crezca el número de los discípulos de Cristo y miembros de la Iglesia. Estos días hemos estado viviendo unas jornadas misioneras en torno al Domund que nos habla de esa inquietud por el anuncio del evangelio que todos hemos de sentir.
Pero el crecimiento no es sólo en número, sino que tiene que manifestarse en la intensidad de la fe de la Iglesia, la intensidad de todos y cada uno de los que formamos la Iglesia. Es importante esta vitalidad de los cristianos, de los que creemos en Jesús. Vitalidad en una fe firme, una fe comprometida, una fe que se manifiesta en la intensidad del amor cristiano, vitalidad que se verá reflejada en la santidad de sus miembros.
Crecimiento de la Iglesia en la medida en que los que la formamos nos sentimos más comprometidos con la Iglesia y así vayan surgiendo esos diferentes carismas y ministerios de servicio dentro de la comunidad cristiana. En los versículos anteriores a los hoy leídos, y que no hace pocos días también escuchamos, el apóstol nos dice cómo el Espíritu va haciendo surgir esos diferentes carismas en la Iglesia. ‘A unos ha constituido apóstoles, a otros, profetas, a otros evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del Cuerpo de Cristo’.
Así veremos la riqueza y vitalidad de nuestras comunidades cuando vemos a las distintas personas comprometidas en diversos servicios en nuestras parroquias. Es un gozo por el que dar gracias al Señor cuando nos encontramos con parroquias con esa vitalidad. Ese es el crecimiento de la Iglesia junto con la santidad de todos y cada uno de sus miembros que tenemos que buscar.
Es lo que hoy de manera especial con la intercesión de los Santos Apóstoles, san Simón y san Judas, queremos pedir al Señor. Para nuestra iglesia, y para cada uno de nosotros.
domingo, 19 de octubre de 2008
Constructores solidarios de un mundo mejor
Algunas veces parece que nos sentimos confundidos al ver los derroteros por los que camina nuestra sociedad y nuestro mundo. Hay quizá muchas cosas que no nos gustan o que desearíamos que fueran de otra manera, pero tenemos el peligro de que el árbol no nos deje ver el bosque. Porque quizá lo más llamativo que podamos tener delante no nos agrada, eso nos puede hacer pensar que todo lo que sucede en nuestra sociedad es de la misma característica. No somos capaces, o nos cegamos de tal manera, que no vemos tantas cosas buenas que, a pesar de todo, pueda haber en nuestra sociedad, o en las otras personas.
Creo que la Palabra de Dios de este domingo pueda darnos luz en estas situaciones y nos pueda llevar también a un compromiso muy concreto con la sociedad en la que vivimos arrancando precisamente desde nuestra fe. La primera lectura nos ha hablado de Ciro, rey de Persia. Un rey pagano que en nada se acercaba en su fe a Yavé, el Dios de Israel. Pero Dios se vale de él para que los judíos alcancen la liberación de la cautividad que tantos años les había tenido lejos de su tierra y puedan volver a su patria y reconstruir el templo y la ciudad de Jerusalén. Vemos incluso que el profeta le llama el ‘Ungido del Señor..., a quien lleva de la mano, le llama por su nombre y le da un título, auque no me conocías’, que le dice.
Se convierte en un instrumento de Dios para liberación de los judíos. Así se vale el Señor de todo lo bueno y lo justo que pueda haber en las personas de buena voluntad y que actúan con rectitud. En ellas, aunque no lo sepan, también se dan tantas veces semillas del Reino de Dios. Gentes generosas que podemos tener a nuestro lado y que son para nosotros y para los demás mediaciones del amor de Dios.
El evangelio también es luz que nos ilumina. Como hemos escuchado los fariseos y los herodianos se pusieron de acuerdo para comprometer a Jesús. Van con buenas palabras hasta Jesús, aunque Jesús les desenmascara. ‘Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea...’ Son palabras, es cierto, que nos están definiendo la rectitud de Jesús en su actuar y en lo que nos dice. Actitudes que bien tenemos que aprender para nosotros.
El planteamiento que le hacen es sobre el impuesto que han de pagar al César. Ya conocemos la respuesta de Jesús. ‘¿De quién son esta cara y esta inscripción?... Del Cesar... Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. Una respuesta llena de sabiduría. Pero ¿significará eso que hay contraposición entre la sociedad civil y el Reino de Dios que Jesús nos anuncia?
Vivimos en este mundo y en medio de esta sociedad. Y ahí precisamente tenemos que ser constructores también de la convivencia y de la armonía entre todos, de la justicia, del orden social y de la paz de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Tenemos que decir que no está reñida esa contribución que hemos de hacer a nuestra sociedad en todo lo que sea bueno y justo con nuestra fe en Dios y nuestra condición de cristianos. Sino más bien tenemos que considerar todo lo contrario, es una exigencia del compromiso de nuestra fe.
Tenemos que aprender a valorar todo lo que es bueno y es justo, la contribución que toda persona hace a la paz y a la convivencia, al desarrollo y al bienestar de nuestra sociedad y de todas las personas por encima de que sus creencias coincidan o no con las nuestras. Hemos de reconocer que hoy las contrapuestas ideologías partidistas nos hacen pensar muchas veces que todo lo que hace el otro que no piensa como nosotros, siempre es malo. Y creo que es un fuerte error y me atrevo a decir muchas veces da la impresión de una falta de madurez en nuestros razonamientos y apreciaciones cuando pensamos así.
No es una mezcolanza ni sincretismo innecesario sino valoración de todo lo bueno que pueda haber en los demás. Nos creemos muchas veces redentores tan insustituibles que pensamos que sólo nosotros sabemos hacer las cosas bien. Y eso pasa en muchas situaciones de la vida, y nos sucede a veces también en los mismos grupos de Iglesia.
No dejaremos a un lado, ni tenemos por qué ocultarlos sino todo lo contrario, nuestra fe, nuestros principios morales, el sentido de nuestra vida, sino que precisamente manifestándonos como somos desde nuestra fe podemos y tenemos que hacer la mejor contribución. Y es que nuestra sociedad necesita cristianos comprometidos que sean verdaderamente testigos. Cristianos como aquellos que alababa san Pablo de la comunidad de Tesalónica: ‘Recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor’. Nos lo está recordando continuamente el Papa en sus mensajes.
Cuando este domingo estamos celebrando el Domund, el domingo de las misiones, y recordamos y celebramos ese compromiso que tenemos de ser misioneros, de propagar nuestra fe, este puede ser un primer paso que demos en nuestro compromiso misionero.
Al hablar de las misiones, nuestro pensamiento se va a lo que podríamos llamar las avanzadillas de la Iglesia, los llamados países de misión donde por primera vez se ha de anunciar el Evangelio. Claro que tenemos que pensar en ello y poner toda nuestra contribución y compromiso para que el Evangelio sea anunciado en todas partes.
Pero es que no todos estamos llamados a ir a esos llamados países o lugares de misión, pero todos sí tenemos que ser misioneros, y tenemos que serlo en nuestros ambientes concretos, en esa sociedad concreta, que está ahí a nuestro lado, o en la que estamos viviendo, donde se necesita también ese testimonio de nuestra fe.
Y lo podemos hacer y lo tenemos que hacer, aprendiendo a valorar también todo lo bueno que hay en los demás y que hay en nuestra sociedad, además de poner nuestra contribución concreta para que nuestra sociedad sea cada vez más concorde con ese Reino de Dios que nos anuncia e instaura Jesús.

