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martes, 18 de octubre de 2016

Es necesario de una vez por todas ponernos en camino para ir al encuentro de nuestro mundo con la Buena Nueva de la Paz que nos ofrece Jesús y tanto necesitamos

Es necesario de una vez por todas ponernos en camino para ir al encuentro de nuestro mundo con la Buena Nueva de la Paz que nos ofrece Jesús y tanto necesitamos

2Timoteo 4,9-17ª; Sal 144; Lucas 10,1-9

‘¡Poneos en camino!... Paz a esta casa… Está cerca de vosotros el Reino de Dios…’ Un mandato, una misión que compartir, un anuncio, es el encargo que Jesús les hace a los discípulos que envía. Es el encargo que nosotros también recibimos.
‘¡Poneos en camino!’ Quien ha recibido el mensaje de la salvación no puede quedarse encerrado en si mismo, no se lo puede guardar solo para él. Como Jesús tenemos que ponernos en camino; así lo vemos en el evangelio. No espera a que vengan a El; va allí donde está la gente, donde hay personas que sufren, donde hay gente ansiosa de paz. Camina por los pueblos y aldeas de Galilea, va siempre es búsqueda del que está atormentado, se hace el encontradizo con los que sufren por cualquier motivo, para todos tiene un gesto y una palabra de esperanza. Es siempre un camino de amor el que va realizando Jesús porque se va encontrando con las personas, porque va llevando la paz a los corazones, porque El mismo es Buena Nueva, es Evangelio para los demás, porque su presencia está anunciando un mundo nuevo, una vida nueva.
‘Paz a esta casa’. Es el anuncio de la paz; no una paz que buscamos en lugares lejanos, sino que la hemos de encontrar y disfrutar allí donde estamos, donde está nuestra vida que es donde están los conflictos. No es una paz lejana o que nos venga impuesta, sino que es una paz que hemos de aprender a sentir dentro del corazón; es la paz que nace de la misericordia y del perdón; es la paz que se vive cuando vivimos de verdad en el amor, cuando amamos; quienes aman no solo sienten la paz en su corazón sino que la hacen sentir a los demás; quienes aman de verdad son siempre instrumentos de paz, sembradores de paz, constructores de la paz.
‘Está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Cerca porque hemos de sentirlo en nuestra vida; cerca porque cuando buscamos la paz con nuestro amor, con nuestra misericordia, con el perdón que recibimos y que también damos a los demás, estamos haciendo presente el Reino de Dios; cerca porque cuando vamos escuchando la Buena Nueva que es Jesús y lo vamos reconociendo  como verdadero Señor de nuestra vida ya comienza a haber un mundo nuevo en nosotros y entre aquellos que nos rodean.
Hoy estamos celebrando a san Lucas, evangelista. El supo trasmitirnos esa Buena Nueva de Jesús que nos dejó plasmado en su Evangelio y en como lo vivían las primeras comunidades cristianas como nos narra en los Hechos de los Apóstoles. Su celebración nos impulsa y nos compromete a ser nosotros también evangelio, porque nos pone en camino para hacer ese anuncio de la paz y del Reino de Dios. Nuestra vida, a través de nuestro compromiso, de lo que pensamos y de lo que hacemos, de nuestros gestos y de lo que decimos ha de ser siempre signo de Evangelio.
Muchos son los que necesitan ese anuncio, esos gestos y signos de nuestra vida para impregnarse también de la Buena Nueva de Salvación que Jesús nos trae. Muchos son, igual que en los tiempos de Jesús, los que están esperando esa Buena Noticia, necesitan recibir esa Buena Noticia desde sus vidas atormentadas, desde las oscuridades que los envuelven, desde sus desesperanzas y angustias, desde tantos sufrimientos en su cuerpo o en su espíritu, desde tantos vacíos que necesitan encontrar una luz y un sentido para sus vidas.
Hoy la Iglesia con intensidad desde la figura y desde los gestos y palabras del Papa Francisco nos está invitando también a ponernos en camino. Hemos vivido demasiado hacia adentro y el Papa nos recuerda que hemos de salir a las periferias, allí donde es necesario que sea anunciado el Evangelio de Jesús. En ese sentido van los planes pastorales en nuestras diócesis y en nuestras parroquias en los que es necesario que nos impliquemos más. La misma celebración del Domund que celebraremos el próximo domingo, domingo de las Misiones, nos lo recuerda también.

domingo, 19 de octubre de 2014

Porque nos sentimos amados de Dios no podemos perder la alegría de la fe que además hemos de compartir con los demás

Porque nos sentimos amados de Dios no podemos perder la alegría de la fe que además hemos de compartir con los demás

Is. 45, 1.4-6; Sal. 95; 1Tes. 1, 1-5; Mt. 22, 15-21
Quizá podríamos comenzar nuestra reflexión en torno a la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado con el lema de esta Jornada del Domund que estamos celebrando: ‘Renace la alegría’. Es una invitación, como lo es esta jornada misionera, a compartir la alegría del evangelio, la alegría de nuestra fe con todos.
No podemos perder esa alegría porque eso podría significar que se está debilitando nuestra fe. ¿De dónde arranca esa alegría? ¿Es que puede haber algo más hermoso y que pueda hacer nacer mejor alegría en nuestro corazón que sentirnos hijos de Dios, sentirnos amados de Dios? De ahí tenemos que partir. Ese es el gran anuncio del Evangelio; esa es la gran Buena Noticia de nuestra vida que tiene que llenarnos de la alegría más grande que nadie nos puede quitar y que nos obligará a anunciarla a los demás.
Nos lo recuerda la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado en las distintas lecturas. San Pablo, por ejemplo, habla de la fe, del entusiasmo de la fe que viven los tesalonicenses a los que dirige su carta; una fe que se manifiesta en el amor que se tienen y en la esperanza que los mantiene firmes a pesar de las dificultades o problemas que pueden ir apareciendo en la vida. Se sienten amados y elegidos de Dios y eso hace que su vida sea distinta.
Pero ya en la primera lectura se nos hace una proclamación muy clara de lo que es nuestra fe. Como verdaderos creyentes reconocemos un solo Dios y Señor de nuestra vida y como venido de su mano y de su amor cuanto nos sucede. Son manifestaciones de ese amor de Dios que reconocemos con nuestra fe. El profeta está haciendo una lectura de su historia, de la historia del pueblo de Israel. El texto del profeta Isaías que escuchamos es un texto de después del exilio de Babilonia. Y están viendo en la actuación de Ciro que ha dado la libertad a su pueblo un actuar de Dios.
Ciro es un rey pagano que no conoce a Dios y sin embargo se le llama el Ungido; es el elegido y llamado por Dios, aunque no lo conozca, para dar la libertad al pueblo de Dios. ‘Te llamé por tu nombre, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay otro Dios. Te pongo la insignia, aunque no me conozcas, para que sepan que no hay otro Dios fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro’.
Ahí tenemos una proclamación de fe en el Señor en quien tenemos que reconocer como nuestro único Dios. Es el Dios que nos ha elegido y nos ha amado con amor eterno, desde toda la eternidad, a pesar de que en nuestra indignidad muchas veces no lo conozcamos o no lo reconozcamos. En ese amor eterno de Dios nos ha enviado a Jesús, su Hijo, para manifestarnos ese amor, para obtener para nosotros la redención y el perdón de nuestros pecados, para regalarnos su Espíritu de amor que nos hace hijos, nos convierte en hijos amados de Dios. Pero podríamos decir que el texto viene a ser una invitación para que lo reconozcamos, reconozcamos su amor y así se llene de alegría nuestro corazón.
 El evangelio también viene a ser en el fondo una invitación a reafirmar nuestra fe. Vienen hasta Jesús a ponerlo a prueba, a comprometerlo con una pregunta. Por allí andan los fariseos que se valen de unos herodianos, que no eran partidarios de pagar los tributos al dominador romano. Vienen con preguntas donde no se están manifestando con toda sinceridad, porque aunque alaban la veracidad de Jesús - ‘sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie ni te fijes en la apariencias’, bonitas palabras que ocultan la trampa que quieren tender - le preguntan si es o no lícito pagar el impuesto del César.
Si ellos vienen con sagacidad Jesús conoce mejor que nadie los corazones de los hombres y saben que quieren tenderle un trampa; de ahí la respuesta de Jesús utilizando la efigie reflejada en la moneda. ¿Es la imagen del César? Luego aquella moneda pertenecerá al César. Por eso les responde: ‘Pues pagadle al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios’.
Por encima de las trampas que quieren tenderle Jesús nos está diciendo en qué lugar tenemos que poner a Dios en nuestra vida. El es nuestro único Señor y siempre ha de estar por encima de todo y en el centro de todo. Cuando le preguntaban una y otra vez también con las mismas torcidas intenciones cuál era el mandamiento principal, Jesús siempre les responderá con el texto del Deuteronomio ‘el Señor, tu Dios, es el único Señor; a El amará con todo tu ser, con toda tu mente, con todo corazón’; como decimos en los mandamientos ‘amarás a Dios sobre todas las cosas’.
Brevemente recordar aquí que en el fondo, como consecuencia, nos estará diciendo Jesús que nuestras obligaciones y nuestro compromiso con el mundo en que vivimos, con la sociedad en la que hacemos nuestra vida no lo podemos descuidar, sino todo lo contrario también desde nuestra fe hemos de sentir ese compromiso por contribuir a hacer que nuestro mundo sea mejor; un compromiso que está en la colaboración que también con los impuestos realizamos, pero que además tendríamos que ver hasta donde más tendría que llegar ese compromiso para con nuestra participación activa trabajar en bien de nuestra sociedad. No nos podemos desentender así porque si del mundo en que vivimos. También desde nuestra fe nos tenemos que sentir obligados y comprometidos a participar. Por ahí tendríamos que traducir también lo de ‘dad al Cesar lo que es del Cesar’.
Pero conectemos con el pensamiento con que iniciamos nuestra reflexión, la alegría de nuestra fe. Es la alegría llena de esperanza con que hemos de vivir todo esto que venimos reflexionando, porque no se nos puede quedar en una teoría, por así decirlo, que tengamos en la cabeza. Este pensamiento del amor de Dios tiene que llegarnos al corazón. ‘La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría’, nos decía el Papa en la encíclica del gozo del evangelio y nos vuelve a recordar ahora en el mensaje para esta Jornada del Domund. 
Tenemos que hacer renacer esa alegría en nosotros si se ha mermado o acaso la hemos perdido. No tiene sentido un cristiano que no viva con alegría; la fe que lleva en su corazón y que impregna toda su vida le tiene que hacer explosionar de alegría, que tiene que manifestarse de muchas maneras en su vida. Primero ya no caben esas caras de circunstancias donde vamos por la vida con rostros serios y adustos. Esa fe que llevamos en el corazón nos da paz, y esa paz se tiene que expresar en nuestros rostros, en nuestra sonrisa, en ese entusiasmo con que vivimos nuestra fe y toda nuestra vida. No cabe que sea de otra manera.
Este año se nos ha propuesto como lema para esta jornada misionera del Domund, porque es esa alegría de la fe la que queremos llevar a los demás, la que queremos compartir con todos, la que queremos anunciar a los que no tienen fe, la que se ha de convertir en evangelio, en Buena Nueva de salvación que trasmitamos a los demás. Como nos dice el Papa Francisco, ‘¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!’
Así nos decía en su mensaje: ‘El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 2). Por lo tanto, la humanidad tiene una gran necesidad de alcanzar la salvación que nos ha traído Cristo. Los discípulos son aquellos que se dejan aferrar cada vez más por el amor de Jesús y marcar por el fuego de la pasión por el Reino de Dios, para ser portadores de la alegría del Evangelio. Todos los discípulos del Señor están llamados a cultivar la alegría de la evangelización’.
No lo olvidemos, somos misioneros, tenemos que ser misioneros de la alegría de nuestra fe. Pensamos en lugares lejanos, el tercer mundo, pero pensamos también esos lugares cercanos a nosotros donde se ha perdido la alegría de la fe. El mundo nos necesita, necesita el mensaje del Evangelio. Y no olvidemos que hemos de empezar por los que están a nuestro lado para compartir con ellos también esa alegría que llevamos en el corazón.

domingo, 20 de octubre de 2013

Orar siempre, con esperanza y sin desanimarse

Ex. 17, 8-13; Sal. 120; 2Tim. 3, 14-4, 2; Lc. 18, 1-8
‘Levanto mis ojos a los montes, ¿de donde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra’. Levantamos nuestros ojos a Dios, buscamos a Dios, queremos estar con Dios.
Así hemos cantado el salmo, como una respuesta a lo que la Palabra de Dios nos ha ido diciendo. Esa Palabra del Señor que hemos escuchado y que nos llena de vida. Esa palabra que, como nos decía san Pablo, ‘nos puede dar la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación’. Esa Palabra que hoy nos está insistiendo tanto en la oración que nos abre a Dios, que nos hace ir a Dios desde nuestras necesidades y problemas, o desde el deseo de estar con Dios.
El salmo nos ha hablado de levantar nuestros ojos a los montes y en la primera lectura hemos contemplado a Moisés que sube a un monte elevado para orar a Dios mientras el pueblo está luchando por abrirse paso en el desierto en medio de sus enemigos con el deseo de alcanzar la tierra prometida. Lo de subir al monte para orar o lo de levantar los ojos a lo alto de los montes en la oración es una forma de expresarse que vemos repetidamente en la Biblia - el Horeb, el Sinaí, el Tabor… por citar algunos - pero no solo como el hecho de subir física o geográficamente a lo alto de un monte, sino como ese deseo de elevarnos hacia Dios en su inmensidad y en su grandeza.
En el evangelio escuchamos que ‘Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre y sin desanimarse, les propuso una parábola’. Ya la hemos escuchado. Es la pobre viuda que va a pedir justicia pero que parece no ser escuchada. Ante la insistencia machacona de aquella pobre mujer al final aquel juez atenderá a la petición de hacer justicia. Y nos dirá al final de la parábola. ‘Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?... os digo que les hará justicia sin tardar’.
Jesús propone la parábola para explicarnos cómo debemos orar, orar siempre y orar con esperanza, sin desanimarse. Nos está enseñando Jesús a hacer una oración madura y con profundo sentido. Hemos de orar porque si en verdad somos creyentes, tenemos puesta nuestra fe en Dios, hemos de mantener una relación íntima y profunda con el Señor. Forma parte de nuestra identidad de creyentes y de cristianos.
Orar no es pensar en algo abstracto, no es entrar en una relación con lo abstracto, sino que nuestra oración es una relación personal, íntima y profunda con Dios. Es un tú a tú con Dios, aunque en nuestra pequeñez no seamos nada ante la inmensidad de Dios pero sin embargo nos sentimos amados y en ese amor de Dios engrandecidos porque nos hace hijos. De ahí esa relación que con Dios hemos de mantener. Por algo cuando Jesús nos enseña a orar nos enseña a llamar Padre a Dios.
Y nos dice Jesús que hemos de ‘orar siempre’. Es el respirar de nuestra alma en el encuentro vivo con el Señor. Pero además, cada situación de nuestra vida no es ajena a Dios. Ninguno de los acontecimientos de nuestra propia vida o de cuanto sucede en este mundo en el que vivimos es ajeno a Dios. Con El hemos de contar; su presencia hemos de sentir; su gracia y su ayuda hemos de pedir así como hemos de aprender también a darle gracias por cuanto nos sucede porque todo nos manifestará siempre lo que es el amor de Dios.
Ante Dios ponemos nuestras alegrías y nuestros gozos, las heridas de nuestro mundo y los desfalleceres de nuestro corazón. Con cuantas cosas venimos en nuestras manos, en nuestro corazón cuando venimos a la oración que no se puede quedar en una oración individualista de solo pedir por nosotros porque seria señal de la inmadurez de nuestra oración. Como Moisés, orantes, con los brazos levantados, suplicando por nuestro mundo, por nuestra sociedad, por cuantos sufren a nuestro lado. Como Moisés con los brazos levantados y sabiéndonos apoyar los unos en los otros en nuestras tareas y en nuestra oración, como vimos en la primera lectura que hicieron Aarón y Jur con Moisés.
Y finalmente nos decía el evangelio ‘orar siempre sin desanimarse’, sin perder la esperanza. Las prisas y las carreras con las que solemos andar en la vida no son buenas para nuestra relación con el Señor. El tiene su tiempo, que es el tiempo del amor para darnos lo mejor y lo que más necesitamos. Por eso la confianza con que hemos de orar, porque es encontrarnos con el Padre que nos ama no hace que no perdamos la esperanza, sino que se acreciente más y más. Las prisas y carreras alocadas pueden hacernos creer que nos podemos valer de nosotros mismos y no necesitamos de Dios. Pero hemos de tener siempre muy presente el amor y la confianza plena que ponemos en el Señor. No podemos perder el ritmo de la fe porque es querernos poner en el ritmo y la sintonía de Dios. Lo que tiene que hacernos perseverantes y constantes, que nunca resignados ni pasivos.
Dediquemos unos minutos de nuestra reflexión a la Jornada eclesial que hoy estamos celebrando. Es el día del Domund, el domingo de las misiones. El día en que la Iglesia universal reza y colabora también económicamente en favor de la tarea evangelizadora de los misioneros y misioneras que en nombre de la Iglesia anuncian el evangelio a lo largo del mundo. Es una cita importante dentro del calendario de cada año en el caminar de la Iglesia. FE + CARIDAD = MISIÓN, es el lema que este año se  nos propone, en sintonía con el año de la fe que estamos a punto de clausurar.
Una jornada que nos recuerda a todos los misioneros y misioneras que han salido de nuestras comunidades, de nuestras ciudades y pueblos, y están presentes en todos los territorios de misión, anunciando y dando testimonio del evangelio con el sello de la sencillez, de la entrega total a aquellos a quienes están compartiendo su fe y su caridad. Es la Misión de la Iglesia, que es nuestra misión. Desde esa fe que anima nuestra vida, con ese amor que caldea nuestro corazón, todos los cristianos nos sentimos enviados a la misión, al anuncio del evangelio que Jesús nos confió.
¿Dónde está la fuerza, cuál es la razón, qué es lo que empuja a estos misioneros y misioneras a lanzarse por el mundo? El evangelio, la fe, el amor, Cristo cuya misión quieren realizar. Como nos dice el Papa en su mensaje: ‘La Iglesia no es una organización asistencial, una empresa o una ONG, sino una comunidad de personas animadas por la acción del Espíritu Santo que han vivido y viven la maravilla del encuentro con Jesucristo y desean compartir esta experiencia de profunda alegría, compartir el mensaje de salvación que el Señor nos ha dado’. Ahí está la razón y la fuerza para el coraje de estos misioneros en el desarrollo de su labor.
Como  nos dice en otro momento de su mensaje. ‘se hace urgente el llevar con valentía, a todas las realidades, el Evangelio de Cristo, que es anuncio de esperanza, reconciliación, comunión; anuncio de la cercanía de Dios, de su misericordia, de su salvación; anuncio de que el poder del amor de Dios es capaz de vencer las tinieblas del mal y conducir al camino del bien’.
Y continúa diciéndonos: ‘El hombre de nuestro tiempo necesita una luz fuerte que ilumine su camino y que solo el encuentro con Cristo puede darle. Traigamos a este mundo, a través de nuestro testimonio, con amor, la esperanza que se nos da por la fe. La naturaleza misionera de la iglesia no es proselitismo, sino testimonio de vida que ilumina el camino, que trae esperanza y amor’.
El mundo necesita de la luz del Evangelio. Pensamos en países lejanos, pero pensamos también en el mundo cercano a nosotros que se ha cerrado a la luz de Cristo y necesita de nuevo reencontrar esa luz. Queremos ser misioneros yendo hasta las confines de la tierra, pero hemos de ser misioneros yendo a esos confines que pueden estar cerca de nosotros porque muchos necesitan esa luz de Cristo. Es el anuncio de ese Evangelio, de esa Palabra que ‘nos puede dar la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación’.
Es algo que tiene que entrar también insistentemente en nuestra oración.

domingo, 23 de octubre de 2011

El amor a Dios y al prójimo sentido profundo de la vida del creyente

Ex. 22, 20-26;

Sal. 17;

1Tes. 1, 5-10;

Mt. 22, 34-40

‘Yo te amo, . Señor; tú eres mi fortaleza’, hemos repetido en el responsorio del salmo¡Qué otra cosa podemos hacer! El amor es la razón de ser de la vida del hombre; el amor es el sentido profundo de la vida del creyente.

‘Dios es amor’, nos enseña san Juan en sus cartas y en el mensaje profundo y fundamental que nos trasmite Jesús. Quien cree en Dios y desea vivir unido a Dios y vivir su vida no puede hacer otra cosa que amar. Y no con un amor cualquiera, sino con el amor de Dios, con un amor semejante a aquel con que nos sentimos amados de Dios. Por eso, ése tiene que ser nuestro grito: ‘Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza’, tú lo eres todo para mí y tengo que amarte, Señor, con un amor como el tuyo.

Sin embargo, reconocemos que no siempre es fácil. Tendría que serlo pero ya sabemos cómo somos. Ahí queremos poner nuestras medidas o nuestras exigencias; miramos si nos aman o no nos aman para saber hasta donde amamos o a quien amamos; y hasta queremos poner nuestras normas o leyes y terminamos desfigurando, destrozando el amor.

Estamos hechos para el amor y ese sería el camino que nos llevara a la mayor dicha y felicidad, pero bien sabemos cuánto nos cuesta, porque al mismo tiempo, ya sabemos, el mal se mete dentro de nosotros y nos llena de egoismo, de orgullo, de envidias y de no sé cuantas pasiones desordenadas que nos encierran en nosotros mismos y nos alejan del amor verdadero.

Hoy hemos escuchado que una vez más se acercan a Jesús con preguntas para ponerlo a prueba. Un fariseo experto en la ley es el que le hace la pregunta. ‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ Parecería innecesaria la pregunta porque estaba bien claro en la ley de Moisés, pero se habían impuesto tantas normas y preceptos que al final terminaban confudidos y entre ellos en las escuelas rabínicas las discusiones eran interminables.

Jesús responde con el texto del Deuteronomio y del Levítico que todo buen judío tenía que conocer, porque incluso había de repetirlo como una oración varias veces al día y hasta estaba grabado en las puertas de las casas, la Mezuza. Lo hemos escuchado: ‘Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: amarás a tu prójimo como a ti mismo’. Pero concluirá Jesús: ‘Estos dos mandamientos sostienen la ley entera y los profetas’.

Aquí está el fundamento de todo. Amar a Dios y amar al prójimo son inseparables. Si de verdad amamos a Dios, amamos al prójimo; si amamos al prójimo con un amor verdadero, es que amamos a Dios. Como decíamos antes, porque creemos en Dios que es amor, tenemos que amar; y amamos a Dios y amamos al prójimo porque queremos amar todo lo que Dios ama; amamos al prójimo porque amando a Dios y queriendo estar unidos a El que es Amor, necesariamente tenemos que amar también al prójimo. Dios quiere hacernos partícipes de su amor, para amarle y amar, por El, con El y en El a todas las personas, a nuestro prójimo.

Y cuando estamos llenos de ese amor ya no caben medidas ni distinciones; ya el amor tiene que ser un amor generoso como es el amor de Dios generoso hasta el infinito. Y amando así caminamos caminos de plenitud y de felicidad verdadera. Y tenemos además una certeza y es que no nos faltará la gracia y la fuerza del Señor. ‘Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza’, que hemos rezado en el salmo. Y si venimos a la Eucaristía a comerle e inundarnos de su vida, estaremos inundándonos de su gracia y de su amor para amar con su mismo amor.

Muchas conclusiones tendríamos que sacar de aquí para nuestra vida de cada día, y para la relación que mantenemos con cuantos están a nuestro lado. Porque todo esto no se puede quedar en palabras bonitas sino que tiene que hacerse realidad en el día a día, en ese día a día que tantas veces se nos hace dificil en nuestra convivencia ordinaria con los que están a nuestro lado.

El texto del Exodo que hemos escuchado en la primera lectura nos señala cosas muy concretas, que no sólo eran válidas en aquel momento sino que nos están señalando muchas cosas que hoy tenemos que hacer. Nos habla del forastero y del emigrante, de la viuda y del huérfano, como nos habla del pobre que pasa necesidad a nuestro lado y al que tenemos que ayudar y con el que tenemos que compartir. Este texto daría para muchas reflexiones de cosas muy concretas porque esas situaciones las tenemos cada día a nuestro lado.

Sin querer alargarme excesivamente hemos de tener en cuenta en nuestra reflexión también la jornada misionera que hoy estamos celebrando, el Domund. Precisamente en nombre de ese amor con el que llenamos nuestra vida hemos de sentir la urgencia de trasmitir y comunicar a los demás esa fe que vivimos, ese amor de Dios que experimentamos en nuestra vida, para lograr que todos lleguen a ese conocimiento de Dios, a esa vivencia del evangelio salvador.

El Papa Benedicto XVI en su mensaje para esta Jornada nos recuerda ‘la necesidad de renovar el empeño de llevar a todos el anuncio del Evangelio con “el mismo entusiasmo de los cristianos de los primeros tiempos” (Carta ap. Novo millennio ineunte, 58). Es el servicio más precioso que la Iglesia puede hacer a la humanidad y a cada persona que busca las razones profundas para vivir en plenitud su propia existencia’.

Nos sigue diciendo que ‘destinatarios del anuncio del Evangelio son todos los pueblos. La Iglesia “es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre” (Conc. Ecum. Vat. II, Decr.Ad gentes, 2). Esta es “la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar” (Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii nuntiandi, 14). En consecuencia, no puede nunca cerrarse en sí misma’.

‘La misión universal implica a todos, todo y siempre, nos sigue diciendo el Papa. El Evangelio no es un bien exclusivo de quien lo ha recibido, sino que es un don que compartir, una buena noticia que comunicar. Y este don-compromiso está confiado no sólo a algunos, sino a todos los bautizados, los cuales son “raza elegida … una nación santa, un pueblo adquirido por Dios” (1Pe 2,9), para que proclame sus obras maravillosas’.

‘Así, a través de la participación corresponsable en la misión de la Iglesia, el cristiano se convierte en constructor de la comunión, de la paz, de la solidaridad que Cristo nos ha dado, y colabora en la realización del plan salvífico de Dios para toda la humanidad. Los retos que ésta encuentra, llaman a los cristianos a caminar junto con los demás, y la misión es parte integrante de este camino con todos. En ella llevamos, aunque en vasijas de barro, nuestra vocación cristiana, el tesoro inestimable del Evangelio, el testimonio vivo de Jesús muerto y resucitado, encontrado y creído en la Iglesia. Que la Jornada Misionera reavive en cada uno el deseo y la alegría de “ir” al encuentro de la humanidad llevando a todos a Cristo’.

He entresacado algunos párrafos del mensaje del Papa que nos ayuden en esta Jornada y aviven en nosotros ese espíritu misionero que en todo cristiano tiene que brillar. Sentimos como nuestra la obra misionera de la Iglesia, y con ella colaboramos como algo propio con nuestro testimonio, nuestra oración y también nuestra colaboración económica para que se pueda realizar esa tarea inmensa de la Iglesia y que abarcará muchos aspectos. Es un fruto también de nuestro amor.

jueves, 28 de octubre de 2010

El crecimiento de la Iglesia en vitalidad de fe y en carismas de servicio


FIESTA DE LOS APOSTOLES SAN SIMON Y SAN JUDAS

Ef. 2, 19-22;
Sal. 18;
Lc. 6, 12-19


Que ‘por la intercesión de los santos apóstoles tu iglesia siga siempre creciendo con la conversión incesante de los pueblos’. Así pedíamos en la oración litúrgica de la fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas.
Apóstoles elegidos por el Señor para ser, como nos enseña el apóstol Pablo en la carta a los Efesios, cimientos sobre los que se edifica la Iglesia. ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo es la piedra angular’. Hemos escuchado por su parte en el evangelio el relato de la elección de los apóstoles que hizo Jesús. ‘Pasó la noche orando a Dios y cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y los nombró apóstoles’. A continuación el evangelista nos da la relación en la que aparecen ‘Simón, apodado el Celotes – el cananeo lo llama otro de los evangelistas – y Judas, el de Santiago – llamado también Judas Tadeo -.
Es importante la misión que confía a los Apóstoles porque a ellos de manera especial envía por todo el mundo a predicar el Evangelio, la Buena Noticia del Reino de Dios, que se ha realizado en la muerte y en la resurrección del Señor. Van a ser ese cimiento de la Iglesia porque en tornos a ellos se va a reunir la comunidad que va naciendo de los que creen en Jesús. Por Cristo, y sobre el cimiento de los apóstoles, como nos dice Pablo, 'todo el edificio queda ensamblado y se va levantando para formar un templo consagrado al Señor'.
Qué importante la misión de los Apóstoles y de sus sucesores los Obispos en la formación, en el crecimiento y en el mantenimiento de la comunión y de la unidad de la Iglesia de Jesús. Los Obispos, como verdaderos sucesores de los Apóstoles, van a seguir realizando su misma misión. Por eso en torno al Obispo, repito auténtico sucesor de los apóstoles es congregada en unidad cada una de la Iglesias, formando en comunión y en unidad con el Papa y con todas las Iglesias la única Iglesia de Cristo.
Esa Iglesia que queremos ver crecer, como pedíamos en la oración. Crecer porque cada día llegue a más gente y a más pueblos el evangelio de Jesús y así crezca el número de los discípulos de Cristo y miembros de la Iglesia. Estos días hemos estado viviendo unas jornadas misioneras en torno al Domund que nos habla de esa inquietud por el anuncio del evangelio que todos hemos de sentir.
Pero el crecimiento no es sólo en número, sino que tiene que manifestarse en la intensidad de la fe de la Iglesia, la intensidad de todos y cada uno de los que formamos la Iglesia. Es importante esta vitalidad de los cristianos, de los que creemos en Jesús. Vitalidad en una fe firme, una fe comprometida, una fe que se manifiesta en la intensidad del amor cristiano, vitalidad que se verá reflejada en la santidad de sus miembros.
Crecimiento de la Iglesia en la medida en que los que la formamos nos sentimos más comprometidos con la Iglesia y así vayan surgiendo esos diferentes carismas y ministerios de servicio dentro de la comunidad cristiana. En los versículos anteriores a los hoy leídos, y que no hace pocos días también escuchamos, el apóstol nos dice cómo el Espíritu va haciendo surgir esos diferentes carismas en la Iglesia. ‘A unos ha constituido apóstoles, a otros, profetas, a otros evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del Cuerpo de Cristo’.
Así veremos la riqueza y vitalidad de nuestras comunidades cuando vemos a las distintas personas comprometidas en diversos servicios en nuestras parroquias. Es un gozo por el que dar gracias al Señor cuando nos encontramos con parroquias con esa vitalidad. Ese es el crecimiento de la Iglesia junto con la santidad de todos y cada uno de sus miembros que tenemos que buscar.
Es lo que hoy de manera especial con la intercesión de los Santos Apóstoles, san Simón y san Judas, queremos pedir al Señor. Para nuestra iglesia, y para cada uno de nosotros.

domingo, 19 de octubre de 2008

Constructores solidarios de un mundo mejor

Is. 45, 1.4-6; Sal. 95; 1Ts. 1, 1-5; Mt. 22, 15-21

Algunas veces parece que nos sentimos confundidos al ver los derroteros por los que camina nuestra sociedad y nuestro mundo. Hay quizá muchas cosas que no nos gustan o que desearíamos que fueran de otra manera, pero tenemos el peligro de que el árbol no nos deje ver el bosque. Porque quizá lo más llamativo que podamos tener delante no nos agrada, eso nos puede hacer pensar que todo lo que sucede en nuestra sociedad es de la misma característica. No somos capaces, o nos cegamos de tal manera, que no vemos tantas cosas buenas que, a pesar de todo, pueda haber en nuestra sociedad, o en las otras personas.
Creo que la Palabra de Dios de este domingo pueda darnos luz en estas situaciones y nos pueda llevar también a un compromiso muy concreto con la sociedad en la que vivimos arrancando precisamente desde nuestra fe. La primera lectura nos ha hablado de Ciro, rey de Persia. Un rey pagano que en nada se acercaba en su fe a Yavé, el Dios de Israel. Pero Dios se vale de él para que los judíos alcancen la liberación de la cautividad que tantos años les había tenido lejos de su tierra y puedan volver a su patria y reconstruir el templo y la ciudad de Jerusalén. Vemos incluso que el profeta le llama el ‘Ungido del Señor..., a quien lleva de la mano, le llama por su nombre y le da un título, auque no me conocías’, que le dice.
Se convierte en un instrumento de Dios para liberación de los judíos. Así se vale el Señor de todo lo bueno y lo justo que pueda haber en las personas de buena voluntad y que actúan con rectitud. En ellas, aunque no lo sepan, también se dan tantas veces semillas del Reino de Dios. Gentes generosas que podemos tener a nuestro lado y que son para nosotros y para los demás mediaciones del amor de Dios.
El evangelio también es luz que nos ilumina. Como hemos escuchado los fariseos y los herodianos se pusieron de acuerdo para comprometer a Jesús. Van con buenas palabras hasta Jesús, aunque Jesús les desenmascara. ‘Sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea...’ Son palabras, es cierto, que nos están definiendo la rectitud de Jesús en su actuar y en lo que nos dice. Actitudes que bien tenemos que aprender para nosotros.
El planteamiento que le hacen es sobre el impuesto que han de pagar al César. Ya conocemos la respuesta de Jesús. ‘¿De quién son esta cara y esta inscripción?... Del Cesar... Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios’. Una respuesta llena de sabiduría. Pero ¿significará eso que hay contraposición entre la sociedad civil y el Reino de Dios que Jesús nos anuncia?
Vivimos en este mundo y en medio de esta sociedad. Y ahí precisamente tenemos que ser constructores también de la convivencia y de la armonía entre todos, de la justicia, del orden social y de la paz de nuestra sociedad y de nuestro mundo. Tenemos que decir que no está reñida esa contribución que hemos de hacer a nuestra sociedad en todo lo que sea bueno y justo con nuestra fe en Dios y nuestra condición de cristianos. Sino más bien tenemos que considerar todo lo contrario, es una exigencia del compromiso de nuestra fe.
Tenemos que aprender a valorar todo lo que es bueno y es justo, la contribución que toda persona hace a la paz y a la convivencia, al desarrollo y al bienestar de nuestra sociedad y de todas las personas por encima de que sus creencias coincidan o no con las nuestras. Hemos de reconocer que hoy las contrapuestas ideologías partidistas nos hacen pensar muchas veces que todo lo que hace el otro que no piensa como nosotros, siempre es malo. Y creo que es un fuerte error y me atrevo a decir muchas veces da la impresión de una falta de madurez en nuestros razonamientos y apreciaciones cuando pensamos así.
No es una mezcolanza ni sincretismo innecesario sino valoración de todo lo bueno que pueda haber en los demás. Nos creemos muchas veces redentores tan insustituibles que pensamos que sólo nosotros sabemos hacer las cosas bien. Y eso pasa en muchas situaciones de la vida, y nos sucede a veces también en los mismos grupos de Iglesia.
No dejaremos a un lado, ni tenemos por qué ocultarlos sino todo lo contrario, nuestra fe, nuestros principios morales, el sentido de nuestra vida, sino que precisamente manifestándonos como somos desde nuestra fe podemos y tenemos que hacer la mejor contribución. Y es que nuestra sociedad necesita cristianos comprometidos que sean verdaderamente testigos. Cristianos como aquellos que alababa san Pablo de la comunidad de Tesalónica: ‘Recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo, nuestro Señor’. Nos lo está recordando continuamente el Papa en sus mensajes.
Cuando este domingo estamos celebrando el Domund, el domingo de las misiones, y recordamos y celebramos ese compromiso que tenemos de ser misioneros, de propagar nuestra fe, este puede ser un primer paso que demos en nuestro compromiso misionero.
Al hablar de las misiones, nuestro pensamiento se va a lo que podríamos llamar las avanzadillas de la Iglesia, los llamados países de misión donde por primera vez se ha de anunciar el Evangelio. Claro que tenemos que pensar en ello y poner toda nuestra contribución y compromiso para que el Evangelio sea anunciado en todas partes.
Pero es que no todos estamos llamados a ir a esos llamados países o lugares de misión, pero todos sí tenemos que ser misioneros, y tenemos que serlo en nuestros ambientes concretos, en esa sociedad concreta, que está ahí a nuestro lado, o en la que estamos viviendo, donde se necesita también ese testimonio de nuestra fe.
Y lo podemos hacer y lo tenemos que hacer, aprendiendo a valorar también todo lo bueno que hay en los demás y que hay en nuestra sociedad, además de poner nuestra contribución concreta para que nuestra sociedad sea cada vez más concorde con ese Reino de Dios que nos anuncia e instaura Jesús.