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lunes, 4 de abril de 2022

Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

 


Seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno, otras tienen que ser nuestras actitudes

Daniel 13, 1-9. 15-17. 19-30. 33-62; Sal 22; Juan 8, 1-11

Una piedra, una roca, puede ser sólido cimiento de un enorme edificio que podamos construir; básicamente la piedra era fundamental en la construcción de cualquier edificio o monumento, porque eran la base de las columnas que sostenían el edificio, de las paredes con que era construido y así en mil detalles más incluso en la ornamentación. Pero una piedra podría ser elemento de destrucción y de muerte como aquella roca que se desprende de la montaña y echa abajo aquella hermosa figura construida de valiosos metales en el sueño descifrado por el profeta; elemento de muerte porque un golpe en una piedra o con una piedra puede quitarnos el sentido y la vida.

A través del evangelio la imagen de la piedra o de la roca aparecerá con diversos significados, desde la roca – Pedro, piedra – sobre la que Cristo quiere edificar su iglesia, o como en el caso que se nos ofrece hoy en el evangelio el ser apedreado era castigo mortal para quienes eran descubiertos en adulterio. Es la acusación que traen contra aquella mujer a la que pretendían apedrear en cumplimiento de la ley de Moisés, pero en la intenciones de quienes vienen con la acusación contra quien quieren lanzar piedras es contra Jesús porque con aquel juicio en el que pretendían inmiscuirle estaba la mala intención de ver como cogerían a Jesús en sus propias palabras y acciones para tener de qué acusarle.

Jesús, en este caso lo desbarata todo cuando apela a la sinceridad de la conciencia de cada uno de aquellos acusadores. ¿Podrían en verdad acusar? ‘El que esté libre de pecado que tire la primera piedra’, es la sentencia de Jesús después de tensos momentos de silencio buscando respuestas y actuaciones. ¿Quién puede en verdad sentirse tan justo como que pueda tirar la primera piedra?

Sin embargo, seguimos tirando piedras. Aunque el desafía de Jesús nos deja en desazón pronto lo olvidamos y en la vida de mil manera seguimos tirando piedras, porque seguimos juzgando y seguimos condenando, seguimos poniendo en entredicho lo que hacen o lo que dicen los demás o seguimos creando desconfianzas, seguimos con la palabra malévola dicha en el momento oportuno para crear una confusión o seguimos ocultándonos detrás de las persianas de nuestras cobardías cuando vemos algo que realmente es injusto y nada hacemos por denunciarlo o desbaratarlo, seguimos con la sonrisa maliciosa en la alegría que nos pueda producir el daño de los demás o seguimos provocando a la gente en aquello que sabemos que los solivianta pero no para construir cosas buenas sino para mover quizás muchas veces al alboroto y la violencia porque dicen que a río revuelto ganancia de pescadores y siempre queremos sacar beneficio hasta de lo que pueda perjudicar a los demás. Son tantas las piedras que seguimos tirando en los caminos de la vida destruyendo vidas, poniendo en entredicho la buena fama de los demás o alegrándonos del mal ajeno.

Jesús quiere ponernos hoy en sobre aviso. Algunas veces es una pendiente resbaladiza en la que nos metemos porque vamos de buena voluntad por la vida, pero no miramos bien las consecuencias de nuestros actos, nuestras palabras, nuestros comentarios, nuestros gestos, nuestras actitudes. Tenemos que pensarnos bien lo que hacemos, lo que decimos, los gestos que podamos tener con los demás, para desterrar toda malicia, toda mala intención, para que sepamos ir por la vida con una mirada limpia, pero también con una palabra sincera y con muchos gestos de amor. Que nunca más por culpa nuestra caigan piedras sobre los demás.

miércoles, 28 de octubre de 2020

A pesar de todo Jesús quiere contar contigo y conmigo en la construcción de su edificio y podemos sentir el gozo de tocar las llagas de Cristo en los hermanos que sufren

 

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A pesar de todo Jesús quiere contar contigo y conmigo en la construcción de su edificio y podemos sentir el gozo de tocar las llagas de Cristo en los hermanos que sufren

Efesios 2, 19-22; Sal 18; Lucas 6, 12-19

Todos lo sabemos. Un edificio no se construye solo ni lo construye una sola persona. Un promotor tendrá la idea, aquí quiero construir un edificio, y nos dará algunas características de lo que él sueña para aquel edificio; pero tendrá que acudir al arquitecto que elabore el proyecto y luego a los constructores que lo levanten; ni la elaboración del proyecto será solo obra del arquitecto – como se ve que tengo algún amigo arquitecto, ¡je je je! – sino que serán muchos los que colaborarán en su diseño y el proyecto definitivo, como no será solo un constructor sino que tendrán que intervenir diferentes especialista para llevar la obra hasta el final, según aquel proyecto deseado por el promotor y diseñado por el arquitecto. Cuántas personas han de colaborar en la construcción de aquel edificio.


¿Y a qué viene todo esto? Se podrá estar preguntando alguno. Hoy estamos celebrando la fiesta de dos santos Apóstoles, san Simón y san  Judas Tadeo; por supuesto además del poco conocimiento que tenemos de estos dos apóstoles, tampoco nos vamos a quedar en las leyendas populares que nos hablarán de unos santos muy milagrosos y a los que tenemos que rezarles en determinadas circunstancias, manifestando la pobreza espiritual con que vivimos tantos cristianos.

Quiero centrarme en la Palabra del Señor que se nos ha proclamado y en un texto de la carta de san Pablo a los Efesios que leemos habitualmente en las festividades de los apóstoles y que nos habla de que ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor’. Un edificio, una construcción como seguirá diciéndonos, unos cimientos, una piedra angular que lo ensambla todo. Eso somos como Iglesia y esa es la construcción en la que todos nos tenemos que sentir comprometidos. Como termina diciéndonos el apóstol ‘por él también vosotros entráis con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el Espíritu’.

Pero veamos unas cosas esenciales también de la que nos habla el evangelio. Hoy nos dice que Jesús pasó la noche en oración, y a las primeras luces del alba llamó a los discípulos y de entre ellos escogió a Doce a los que constituyó Apóstoles. Nos da la referencia y el listado. Ellos iban a tener una función especial; san Pablo luego nos hablará del cimiento de los apóstoles sobre el que estamos edificados. Y eso fue haciendo el Señor con aquellos doce, convertirlos en cimiento.

¿Por qué aquellos doce y no otros si algunos les salieron ‘rana’? Pedro lo negó y siguió confiando en él; Tomás lleno de sus dudas que siempre estaba haciendo preguntas, luego no estaría presente en la primera aparición de Jesús resucitado al grupo y pedirá pruebas palpables de que en verdad era Jesús, pero Jesús había seguido contando con él; Santiago y Juan andarían ambiciosos y queriéndose quizá aprovechar del parentesco - ¿o sería la influencia de la madre? – para ocupar primeros puestos en el reino nuevo, pero Jesús siguió contando con ellos; Mateo eran un recaudador de impuestos y no era bien mirado por los principales del pueblo, porque lo consideraban un publicano y un pecador, y sin embargo Jesús lo había llamado; Judas Iscariote le robaba y al final lo entregó por treinta monedas y sin embargo lo mantuvo en el grupo.

Una lección podemos aprender y es que Jesús quiere contar con todos, no importa sus debilidades o sus mayores o menores cualidades. No es la obra de los hombres, es la obra de Dios pero que sin embargo Dios quiere contar con nosotros y también con nuestras debilidades, porque así nos enseña como El está buscando a todos sin distinción, aunque seamos pecadores. Pensemos en tí y en mí, ¿somos realmente tan perfectos? ¿No estaremos llenos de debilidades? Tú y yo sabemos cuales son nuestros pecados, nuestras caídas, nuestras reincidencias, nuestras negaciones y traiciones a lo lago de la vida. Alguien quizá no querría contar con nosotros y quizás nos dejaría a un lado.

Pero Jesús ha querido contar conmigo a pesar de todo, y Jesús ha querido contar contigo y tú sabes bien los secretos que guardas en el corazón. Solo tenemos que hacer una cosa, estar dispuesto a seguirle, a irnos con El, a dejarnos cautivar por su amor, a llorar nuestras debilidades pero a sentir el gozo que El nos permita llevar nuestra mano hasta sus llagas para reconocerle.

Ah, aquí está algo importante, saber ver las llagas de Cristo hoy y reconocerle, en esos hermanos que vemos quizá tirados junto al camino, en esos a los que nadie quiere porque tienen no sé que vicios o porque son injustos y perversos, en esos que caminan en la soledad abandonados de todos y a los que vemos siempre sus defectos… son tantas las llagas de Cristo que tenemos que reconocer.

Dos cosas para terminar, a aquellos que había llamado los envió a curar y a predicar; pensemos pues la tarea que tenemos por delante. Pero otro detalle que quiero resaltar, Jesús bajó de la montaña, llegó a la llanura y se encontró una muchedumbre que le esperaba. ‘Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y toda la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos’. Venían a verlo, a escucharlo y a que El los escuchara; venían con sus tormentos en el alma y sufrimientos para que Jesús los curara ‘y salía de El una fuerza que los curaba a todos’.

¿Será eso lo que nosotros estamos haciendo cuando vemos esa multitud a nuestro alrededor? ¿Será eso en verdad lo que hace la Iglesia, o andaremos por otros intereses y preocupaciones que parece que están lejos de lo que el Señor hacía? Recordemos lo que decíamos al principio ese edificio somos todos, lo construimos entre todos, y de todos es la responsabilidad de que cumpla su función.

 

domingo, 26 de abril de 2015

Buen Pastor que nos conoce y ama, que da su vida por nosotros, por quien nos sentimos amados y a quien quisiéramos amar más

Hechos, 4, 8-12; Sal. 117; 1Juan 3, 1-2; Juan 10, 11-18
Por dos veces nos repite Jesús en el evangelio: ‘Yo soy el Buen Pastor’. En una nos dice que es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas y en la otra ocasión para señalarlos cómo conoce a sus ovejas y las ovejas le conocen a El.
Aunque nuestro amor tiene que ser universal y hemos de amar a todos por la realidad de nuestra vida sabemos que amamos a quien conocemos; conocemos y amamos, amamos y desearíamos conocer más y más a quien hacemos objeto de nuestro amor y por quien al mismo tiempo nos sentimos amados. Se establece así una muy estrecha y hermosa relación de amor. Y porque conocemos y amamos somos capaces de darnos por quien amamos de verdad hasta el supremo sacrificio si fuera necesario.
Algo así es lo que nos está diciendo Jesús cuando nos dice que El es nuestro Buen Pastor. El Buen Pastor que nos conoce y nos ama; el Buen Pastor que es capaz de dar su vida por nosotros; el Buen Pastor por quien nosotros nos sentimos amados y a quien quisiéramos conocer más y más en ese sentido del conocimiento que es más que un saber del otro, porque es un querer vivir como aquel a quien amamos.
Y todo esto nos lo dice bajo la alegoría del pastor, del verdadero pastor, no el asalariado, y las ovejas. El verdadero pastor a quien la importan las ovejas, porque las conoce y las ama, porque las cuida y las defiende, porque es capaz de dar la vida por ellas. Así nos ama, nos cuida, nos alimenta, da la vida por nosotros. Bellas imágenes que nos están hablando del amor de Dios, porque Jesús viene a manifestarnos lo que es el amor del Padre, viene a regalarnos con el amor de Dios.
Jesús es, pues, quien ha dado su vida por nosotros; como nos decía san Pedro en el discurso de los Hechos de los Apóstoles es la piedra angular de nuestra salvación porque no hay otro nombre, ‘bajo el cielo no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos’. Como un signo de ello, les dice Pedro aquel día a los jefes del pueblo y a los senadores cuando lo hicieron comparecer ante el Sanedrín, pueden contemplar delante de ellos a quien en el nombre de Jesús ha sido curado. Porque Jesús es el Señor; porque fue crucificado por nuestra salvación desde la maldad de aquellos que lo llevaron hasta la cruz, como les dice, ‘a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos, por su nombre se presenta éste sano ante vosotros’.
‘El Buen Pastor que da la vida por las ovejas’ porque nos ama y su amor nos llena de su vida. Es mucho más que un rescate, porque el rescate nos dejaría como estábamos antes de haber caído en aquella cautividad; es mucho más porque una vez que Cristo se ha entregado por nosotros nos eleva, nos hace partícipes de su misma vida y por eso desde ese amor de Jesús, por la fuerza del Espíritu, comenzamos a tener nueva vida, comenzamos a llamarnos y ser en verdad hijos de Dios. ‘Mirad que amor  nos ha tenido el Padre, que nos decía san Juan en su carta, para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!... ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos… seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’.
Así es el amor que Dios nos tiene y se nos manifiesta en Jesús, el Buen Pastor. Y porque nos sentimos amados así deseamos más y más conocerle y amarle, ansiamos de verdad vivir su misma vida, nos sentimos llamados a seguirle, nos sentimos impulsados a ser cada día más santos. Si vamos a ser semejantes a El, como nos dice san Juan, cómo entonces tiene que resplandecer nuestra vida en santidad; si vamos a gozar de la visión de Dios, cómo tiene que estar purificado nuestro corazón, porque solo los limpios de corazón verán a Dios, como nos dice el mismo Jesús en las bienaventuranzas.
Somos dichosos, sí, en ese amor que Dios nos tiene; nos sentimos dichosos con la dicha más grande que es el sentirnos amados de Dios. Vivamos, entonces, santamente nuestra vida. Vivamos en su amor, vivamos en su paz; nada nos puede perturbar porque aunque andemos por las cañadas oscuras de la vida, nada nos falta porque El nos conduce hacia fuentes tranquilas, el nos alimenta con su gracia, el cuida de nosotros con su amor.

viernes, 6 de marzo de 2015

Una parábola que es la historia del amor de Dios siempre fiel que se traduce en la vida nuestra de cada día

Una parábola que es la historia del amor de Dios siempre fiel que se traduce en la vida nuestra de cada día

Génesis 37,3-4.12-13a.17b-28; Sal 104; Mateo 21,33-43
En la parábola del evangelio podemos verlo un claro sentido pascual, porque en ella podemos ver un anuncio que Jesús hace de su propia muerte, al tiempo que viene a ser como un reflejo de toda la historia de la salvación, la historia del propio pueblo de Israel. Ya escuchábamos al final de la parábola que el evangelista nos dice que ‘Los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos’.
Refleja la infidelidad del pueblo de Israel que no cuidó de aquella viña que se le había confiado, pero refleja también el amor del Señor por su pueblo que una y otra vez les envía mensajeros que les ayudasen a dar el fruto que se les pedía. ‘Llegado el tiempo envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le correspondía… envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo’. Leer la historia del pueblo de Israel es leer esa historia de amor de Dios por su pueblo; cómo continuamente les está enviando a los profetas que les recuerden la Alianza.
‘Por último les mandó a su hijo…’ continúa diciendo la parábola porque hasta entonces no había habido los frutos de la conversión que se les pedían. ‘Agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron’. Fuera de las murallas de Jerusalén moriría Jesús. ‘Tanto había amado Dios al hombre que le envió a su propio Hijo…’ como tantas veces hemos escuchado en el evangelio y hemos meditado.
Pero es nuestra historia, la historia de la salvación en nuestra vida, la historia del amor de Dios para con nosotros. No nos quedamos en el Antiguo Testamento; miramos nuestra vida, recordamos nuestra vida. ‘Recordad las maravillas que hizo el Señor’, hemos repetido en el salmo. No solo los fariseos y sumos sacerdotes se han de dar cuenta que hablaba de ellos. Recordemos las maravillas que ha hecho el Señor en nuestra vida, recordemos nuestra propia historia, nuestra vida concreta. Cuántos momentos de gracia, cuántas llamadas del Señor, cuántas veces que hemos escuchado su Palabra, cuantas celebraciones de la Eucaristía de los sacramentos; un caudal de gracia del Señor en nuestra vida. Y ¿cuál ha sido nuestra respuesta?
Me atrevo a pensar que aún así el Señor sigue contando con nosotros. A pesar de nuestros fallos, nuestras debilidades, nuestros momentos de infidelidad;  parecería que nada valemos ni nada merecemos, pero el Señor sigue amándonos, sigue contando con nosotros.
Ha recordado Jesús al final de la parábola aquellas palabras del salmo ‘la piedra que desecharon los arquitectos se ha convertido ahora en piedra angular’. Una clara referencia a sí mismo, rechazado por todos, pero nuestro único Salvador. Piedra angular de nuestra vida es Cristo sobre el que tenemos que fundamentar toda nuestra existencia.
Pero está diciéndonos también que nosotros que parecemos que no valemos nada, que más aun estamos llenos de debilidades y de pecados, sin embargo el Señor quiere contar con nosotros y de nosotros se vale para hacer llegar sus bendiciones y sus gracias a los demás.  ¿No había convertido a Pedro en piedra fundamental de su Iglesia y a pesar de su pecado, a pesar de que lo negó, sigue confiando en él, ‘pastorea mis ovejas, pastorea mis corderos’?
Pedro hizo una porfía de amor por Jesús cuando llorando su pecado se volvió de nuevo hacia El. Lloramos nuestros pecados, somos conscientes de nuestras flaquezas y debilidades, pero nos sentimos amados del Señor y nosotros queremos también porfiar nuestro amor. Este camino hacia la Pascua que estamos haciendo en esta cuaresma es una oportunidad para hacer esa porfía de amor, para convertir nuestro corazón totalmente hacia el Señor, para darle gracias también por todo lo que nos sentimos amados.

domingo, 18 de mayo de 2014

Jesús es el Camino que nos abre a horizontes de diaconía y felicidad


Jesús es el Camino que nos abre a horizontes de diaconía y felicidad

Hechos, 6, 1-7; Sal. 32; 1Ped. 2, 4-9; Jn. 14, 1-12
Podemos tener delante de nosotros un hermoso y bello camino, pero si nosotros no lo recorremos, no lo hacemos, de nada nos vale. El camino es algo más que un sendero que se abre ante nosotros; es algo más que una senda o una ruta que nos dicen que hay y que nos puede llevar a un determinado sitio o a una determinada meta. El camino tenemos que hacerlo, o lo que es lo mismo, ponernos nosotros en camino, peregrinar por esa senda que la hacemos parte de la vida, de nuestra vida. Cuando decimos que hacemos un camino no nos estamos refiriendo solamente a un recorrido físico o material que hagamos por una senda establecida, sino que estamos refiriéndonos a lo que nosotros recorremos, hemos recorrido, a lo que nosotros hemos vivido; nos referimos al camino de la vida, de mi vida.
Las palabras del evangelio que hoy hemos escuchado, y como hemos venido diciendo estos días en que ya en parte las hemos meditado, nos suenan a despedida de Jesús porque vuelve al Padre, pero suenan también por una parte a una presencia nueva de Jesús junto a nosotros pero también a lo que nosotros hemos de vivir para ir al encuentro con el Padre.
Cuando les dice Jesús ‘y adonde yo voy, ya sabéis el camino’, los discípulos aún con sus dudas y corto entendimiento le replican, ‘Señor, no sabemos a donde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’; es entonces cuando Jesús les hace esa rotunda afirmación de tan gran significado para todos: ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a Mi, conoceréis también a mi Padre’. Nos viene a decir cuál es el camino.
El camino no son lugares o cosas que hacer; el camino es Jesús; el camino es una vida. Es a Jesús a quien tenemos que vivir y así estaremos haciendo ese camino que nos conduce al Padre. No es contentarnos con hacer unas cosas, cumplir con unos mandatos como quien cumpla unas normas de tráfico, sino es dejarnos impregnar por la vida de Jesús para vivir su misma vida, sus mismos sentimientos y actitudes, su mismo hacer y actuar, su mismo amor; por eso decimos que el cristiano está configurado con Cristo, porque ya no vive su vida sino que es Cristo quien vive en él. Por eso al decirnos que El es el Camino, nos dice también que es la Verdad y que es la Vida.
Entendemos, entonces, lo que nos quiere decir Jesús cuando nos habla del Padre y cuando nos habla de que ya debemos conocer el camino que nos lleva al Padre. ‘Adonde yo voy, ya sabéis el camino’,  que nos dice. Cuando les dice eso a los discípulos se tendría que suponer que después de haber convivido tanto con El tendrían que conocerle, pero bien vemos que aun siguen llenos de dudas y les cuesta entender claramente lo que Jesús les dice.
Por eso aún siguen preguntando y pidiendo como le dice Felipe, ‘muéstranos al Padre y nos basta’, a lo que Jesús le replicará que después de tanto tiempo con ellos aún parece que no lo conocen. ‘Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre… ¿no crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?’
¿Nos tendrá que decir algo así también a nosotros, porque aún no le terminamos de conocer? Cuánto escuchamos nosotros el evangelio y aún no terminamos de impregnarnos del espíritu del evangelio. Quizá no siempre abrimos del todo nuestro corazón a la Palabra del Señor; la tierra de nuestro corazón no la preparamos lo suficiente para recibir esa hermosa semilla de la Palabra de Dios y cae muchas veces en el terreno duro o lleno de malas hierbas de nuestro corazón endurecido y encallecido por tantas cosas donde lo tenemos apegado.
Creo que esta Palabra del Señor que estamos escuchando tendría que movernos en lo más hondo de nosotros mismos para que surjan esos buenos deseos de querer conocer más a Jesús y su evangelio para llenarnos de vida. Que se despierte nuestra fe, que se enardezca nuestro corazón escuchando su Palabra, que tengamos verdadera hambre de Dios en nosotros para abrirnos a su gracia salvadora.
Creo que tenemos que darnos cuenta y reconocer que la piedra  angular, la piedra fundamental de nuestra vida es Cristo y en la fe en El tenemos que fundamentar toda nuestra vida. Quizá busquemos otros fundamentos para nuestra vida descartando a quien es la verdadera piedra angular de nuestra existencia.
Que tengamos verdaderos deseos de seguir el camino de Jesús, de hacer el camino de Jesús porque nos llenemos de verdad de su vida. Pero pensemos una cosa: quien se pone en camino ha de salir y arrancarse de sí mismo, como el que va a hacer un trayecto tendrá que dejar atrás el punto de partida si quiere llegar a la meta que se ha propuesto. Eso nos cuesta, no siempre nos es fácil realizarlo. Apegos, rutinas, cansancios, tibiezas que van apareciendo en nuestra vida son impedimentos con que nos vamos a encontrar para realizar ese camino.
Cuando en verdad nos hemos encontrado con Jesús y se ha despertado la fe en nuestro corazón nos damos cuenta de que merece la pena emprender ese camino, aunque nos cueste esfuerzo y sacrificio. Es el camino que nos conduce a la plenitud porque es llenarnos de Cristo, de su verdad y de su vida. Es un camino que nos abre horizontes para ponernos siempre en una actitud de servicio, el camino de la  diaconía, porque quien vive a Cristo comprenderá que nuestra verdadera grandeza está en servir. Son las obras de Jesús que se han de realizar en nuestra vida. Como hoy le hemos escuchado: ‘El que cree en mí, también hará las obras que yo hago, y también mayores’.
Hemos escuchado en la primera lectura cómo surge desde el principio en medio de la Iglesia naciente, la diaconía, el servicio para atender a los huérfanos y a las viudas y a cuantos padecen necesidad del tipo que sea. No será una verdadera Iglesia de Jesús si no hay esa diaconía en sus miembros, que no solo es el que se dedique a unas personas a ese ministerio, sino que ha de ser el espíritu con el que hemos de vivir todos los que creemos en Jesús.
No nos podemos quedar en nosotros mismos, en nuestros criterios o nuestra manera de pensar o de ver las cosas; no podemos quedarnos dando vueltas simplemente alrededor de nuestros deseos o aspiraciones meramente terrenales; hay que ponerse en camino desprendiéndose de su yo para dejar de mirarse a si mismo y poder comenzar a ver lo que nos rodea, los que nos rodean con una óptica distinta porque comenzaremos a mirar con la mirada de Cristo.
Cuando con mucho amor en nuestro corazón, con mucha ilusión y esperanza en la vida queremos emprender ese camino de vivir a Jesús nos damos cuenta que ahí en esa diaconía permanente que tiene que ser nuestra vida encontraremos la mayor dicha y felicidad. Seguir a Jesús nos hace dichosos, nos hace sentirnos las personas mas felices del mundo; recordemos que mensaje central de su evangelio son las bienaventuranzas. En Jesús encontramos la plenitud de nuestra vida.

miércoles, 3 de julio de 2013

las dudas de santo tomas nos hacen proclamar nuestra fe

Cimentados en la fe de los Apóstoles las dudas de Santo Tomás nos hacen proclamar firmemente la fe

Ef. 2, 19-22; Sal. 116; Jn. 20, 24-29
El pasado sábado, cuando celebrábamos la fiesta de los apóstoles san Pedro y san Pablo, escuchábamos a Jesús que nos hablaba de la piedra sobre la que iba a fundamentar su Iglesia, en referencia al apóstol Pedro. Hoy cuando estamos celebrando la fiesta de otro apóstol, Santo Tomás, hemos escuchado en la carta a los Efesios que san Pablo nos habla de que estamos ‘cimentados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas’ y nos recuerda que ‘el mismo Cristo Jesús es la piedra angular’.
Es la importancia que le damos en la Iglesia a las fiestas de los Apóstoles. Somos una Iglesia, cuya una de sus características es ser precisamente apostólica. Somos herederos de la fe de los apóstoles; en ellos entroncamos nuestra fe para llegar a Cristo que es verdaderamente la piedra angular de nuestra fe, porque es en Cristo en quien encontramos la salvación.
En Cristo quedamos ensamblados, como nos dice san Pablo, para formar ese edificio de de nuestra fe, ese edificio que es la Iglesia en la que vivimos, celebramos y alimentamos nuestra fe. A través de los Apóstoles nos ha llegado el conocimiento de esa fe, el conocimiento de Cristo, puesto que a ellos se les confió la misión de ir por el mundo anunciando el evangelio, anunciando el nombre de Jesús, el único en quien encontramos la salvación, porque no hay ningún otro nombre que nos pueda salvar.
Hoy estamos celebrando al apóstol santo Tomás. Su figura, en lo poco incluso que nos dice el evangelio de él, es para nosotros estimulando, porque le vemos como uno de nosotros con sus dudas y preguntas, con sus deseos de ver claramente aunque no siempre lo conseguía y también con su búsqueda de una verdad que incluso él quería palpar con sus propias manos. Sus dudas e interrogantes nos ayudarán a proclamar con mayor intensidad nuestra fe.
Serán las preguntas que le hace a Jesús en la última cena, cuando le pide que le enseñe el camino para ir al Padre. Jesús les está hablando de conocer al Padre y de ir al Padre y es por lo que surge ese interrogante dentro de él queriendo saber bien a donde va y conocer el camino. Ya sabemos la respuesta de Jesús; el camino es Jesús mismo porque conociendo a Jesús conoceríamos también al Padre.
La duda vendrá más tarde después de la resurrección. No estaba presente cuando Cristo resucitado se les manifiesta por primera vez en el cenáculo y ante la insistencia del resto de los apóstoles de que Jesús resucitado ha estado allí, el pide poder tocar y palpar con sus dedos y con sus manos las llagas de la cruz de Jesús. En el encuentro definitivo con Jesús surgirá la hermosa confesión de fe, ejemplo y modelo de la confesión y proclamación de nuestra fe. ‘¡Señor mío y Dios mío!’
Queremos nosotros proclamar nuestra fe y hacerlo con firmeza y claridad, pero ya sabemos cómo tantas veces las dudas se nos meten en el alma y se nos ciegan los ojos del corazón. Hoy miramos a Tomas y aprendemos de él. Aprendemos incluso en aquello que él no supo hacer que fue fiarse de los que le decían que estaba vivo y que lo habían visto. Hemos de aprender a fiarnos, es aspecto fundamental de nuestra fe, y confiamos en aquellos que desde lo que han vivido y experimentado nos quieren trasmitir.
No es cerrar los ojos de una forma obtusa, sino fiarnos y abrir nuestro corazón, porque así llegará Dios a nosotros y podremos al final también experimentarlo por nosotros mismos allá en lo hondo del corazón. Si cerramos nuestra mente, si no aprendemos a fiarnos, si  no aprendemos a tener confianza, nos estaremos cerrando al misterio de la fe; si no somos capaces de aceptar lo que los hermanos creyentes tratan de trasmitirnos desde su vida, nos estamos cerrando al misterio de Dios y difícil será que lleguemos a experimentarlo también nosotros en el corazón y a hacer en consecuencia de una forma personal nuestra confesión de fe.
Al final de la misa vamos a pedir que ‘cuantos hemos confesado por la fe a Jesús como nuestro Dios y Señor, como santo Tomás, le sigamos proclamando ante los hombres con nuestra vida y nuestras obras’.


domingo, 2 de octubre de 2011

¿Qué más podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?


Is. 5, 1-7;

Sal. 79;

Filp. 4, 6-9;

Mt. 21, 33-43

‘Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: Escuchad otra parábola…’ Hemos de reconocer que esta parábola que hoy Jesús nos propone nos resulta dura en su contenido. Es, podríamos decir, un camino de infidelidad y de muerte. Tiene incluso una resonancia pascual en el hijo que empujaron fuera de la viña y mataron.

Pero aún así tiene el hermoso trasfondo del amor que aquel propietario tenía a su viña y por la que tanto había hecho. Por eso la liturgia de la Iglesia nos la propone al mismo tiempo que en la primera lectura nos ha ofrecido el canto de amor del amigo a su viña que bien entendemos que es el canto de amor que Dios hace por su pueblo, el canto de amor de Dios por el hombre su criatura preferida.

‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavo un lagar… ¿qué más podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?... la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá, su plantel preferido…’

La viña del Señor de los ejércitos somos nosotros el pueblo del Señor… su plantel preferido, los que somos los elegidos y amados del Señor. Nos lo tenemos que repetir. No nos podemos cansar de meditarlo, de rumiarlo en nuestro corazón. Lo hemos hecho muchas veces, hemos reflexionado mucho sobre el amor que Dios nos tiene, pero no siempre es lo suficiente.

Decíamos antes que era dura la parábola y que es un camino de infidelidad y de muerte. Es el camino de nuestras infidelidades, el camino de nuestras respuestas negativas; el camino tantas veces recorrido de nuestro olvido de Dios; el camino que queremos recorrer a nuestra manera porque en nuestro orgullo o autosuficiente no soportamos que nos señalen lo que tenemos que hacer; el camino lleno de debilidades, de abandonos, de cansancios, de rutinas que tantas veces hacemos y vivimos.

Pero como tantas veces hemos contemplado también está la llamada incansable que Dios una y otra vez nos hace; está el amor paciente de Dios que siempre espera que cambiemos y demos una buena respuesta. Aquel propietario envió una y otra vez a sus servidores a percibir los frutos de aquella herencia que había confiado a aquellos labradores.

Cuando hacemos una lectura de la parábola viendo en ella reflejada toda la historia del pueblo de Israel recordamos a los profetas y a tantos hombres de Dios que el Señor fue suscitando en la historia de su pueblo que les recordaban la Alianza y les invitaban una y otra vez a renovarla en fidelidad en sus corazones. Profetas rechazados, profetas no escuchados, profetas los que hacían oídos sordos en su infidelidad y su pecado. Por eso esas palabras duras del final de la parábola ‘hará morir de mala muerte a esps malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos’ tenían que resonar fuertes en aquellos a los que Jesús directamente estaba dirigiendo la parábola.

Allí estaba aquel hijo rechazado, maltratado, arrojado fuera de la viña y que al final mataron. Hay un anuncio pascual porque Jesús está haciendo un anuncio de lo que iba a ser su muerte. Rechazado por los principales del pueblo moriría fuera de la ciudad en el horrible tormento de la cruz. Era la piedra rechazada pero convertida en piedra angular.

Cita Jesús el texto de la Escritura: ‘No lo habéis leido en la Escritura? La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente’. No quisieron contar con Jesús pero Jesús es la piedra angular de la historia y del hombre. Jesús se convierte desde lo alto de la cruz en su muerte redentora en el eje y el centro de toda la humanidad. Es la piedra angular, es el centro y el fundamento del hombre y de la historia; es el sentido último de nuestra vida y de toda nuestra existencia.

Por eso la lectura que nosotros tenemos que hacer de la parábola no es sólo fijándonos en lo que Jesús quería decirle a su pueblo, sino en lo que Jesús quiere decirnos a nosotros. Ya dijimos, somos esa viña del Señor, ese plantel preferido del Señor. Queremos dar frutos. Queremos responder a tanta llamada de amor, a pesar también de nuestras debilidades y flaquezas. Queremos que en verdad sea la piedra angular de nuestra vida porque El es nuestra Salvación y lo es todo para nosotros.

Pero sí esta parábola puede ser una llamada de atención, un despertarnos de las modorras en las que podemos caer a veces. Una invitación a reconocer cuanto ha hecho y sigue haciendo el Señor por nosotros. ‘¿Qué más podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’ nos pregunta también a nosotros y cada uno miremos nuestra historia personal así como la historia de nuestro pueblo, de nuestra Iglesia, de nuestra comunidad y lo que también nosotros podríamos y tendríamos que hacer.

Y aquí podemos pensar en que somos trabajadores de esa viña del pueblo de Dios que el Señor ha puesto en nuestras manos. En esa Iglesia a la que pertenecemos, en esa comunidad en la que vivimos y alimentamos nuestra vida cristiana, ahí donde hacemos nuestra vida y convivimos diariamente tenemos una tarea que realizar, un testimonio que dar, una manera distinta de hacer las cosas en nombre de nuestra fe y de nuestro amor cristiano. En nuestra diócesis se nos está llamando a ser verdaderos discípulos pero también misioneros de nuestra fe en medio de nuestros hermanos y no podemos cerrar los ojos ni los oídos para desentendernos de esa tarea.

No podemos cruzarnos de brazos cuando tanto hay que hacer en nuestro mundo. No podemos encerrar el tesoro de la fe sólo para nosotros cuando el mundo que nos rodea necesita tanto de esa luz de la fe. No podemos desentendernos de los problemas de los demás cuando tanto sufrimiento hay a nuestro alrededor y es necesaria tanta solidaridad para mejorar la situación de todos pero también para hacer un mundo más humano y más fraterno.

Por eso esas palabras finales también son un toque de atención para nuestra vida. ‘Os digo que se os quitará a vosotros el reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Esa viña del Señor que es nuestro mundo necesita de nuestro amor, de nuestra solidaridad, de la luz de nuestra fe para que todos puedan vislumbrar que son amados del Señor.