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domingo, 5 de octubre de 2014

La viña que Dios ha puesto en nuestras manos es nuestro mundo que tenemos que transformar desde una civilización del amor

La viña que Dios ha puesto en nuestras manos es nuestro mundo que tenemos que transformar desde una civilización del amor

Is. 5, 1-7; Sal. 79; Filp.4, 6-9; Mt. 21, 33-43
‘La viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá su plantel preferido’. Podemos decir que por aquí, con estas palabras, comienza a dársenos la clave de la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado sobre todo al proponernos la imagen de la viña, ya fuera ‘la viña de mi amigo’ a la que el profeta quiere cantar en nombre de su amigo un canto de amor, ya sea la viña arrendada a unos labradores por aquel propietario que tan bien la había preparado.
Está por una parte lo que significa la figura del amigo que tenía una viña que cuidaba con todo mimo esperando sus frutos, o de aquel propietario que había plantado una viña que había preparado cuidadosamente antes de arrendarla para que la trabajasen aquellos labradores. Está por otro lado lo que significa en sí la imagen de la viña tan primorosamente cuidada para que diera los mejores frutos. Pero están también finalmente por otra parte aquellos a los que se había confiado el trabajo de la viña para obtener sus frutos.
El primer mensaje nos está hablando de esa solicitud paciente y amorosa de Dios que  cuida de su viña como aquel propietario, que así nos cuida y nos regala con su gracia. ‘La entrecavó, la descantó y plantó buenas cepas’, que decía el canto de amor del profeta por la viña de su amigo; que son por otra parte todos los cuidados de aquel propietario preparando el terreno, plantando buenas cepas, construyendo un lagar y la casa del guarda, rodeándola de una cerca. Los que hemos estado relacionados con este mundo de la agricultura y en concreto de la viticultura, bien por razones familiares o por vivir en zonas agrícolas conocemos bien lo que son estos trabajos pero también el amor que ponen los agricultores en estos trabajos del campo y podemos entender bien el sentido de la imagen que se nos ofrece.
‘¿Qué más podía hacer yo por mi viña que no lo haya hecho?’ se preguntaba el canto profético. ¿Qué podía hacer Dios por nosotros que continuamente nos regala con su gracia después que nos ha entregado a Jesús para enriquecernos con su salvación? El canto de amor del profeta por la viña de su amigo se convierte en lamentos y congojas ante la respuesta negativa.
Es lo que nos tiene que hacer pensar y es el segundo aspecto del mensaje. ¿Cuáles son los frutos? ‘¿Por qué esperando que diera uvas dio agrazones?’ Dios siempre está esperando pacientemente nuestra respuesta. El profeta nos está hablando de que después de tanto amor que había puesto por su viña y cómo la había cuidado con esmero, los frutos no fueron buenos.
Pero con la parábola contemplamos al tiempo la paciencia de Dios en la imagen del propietario que envía a sus criados una y otra vez, aunque fueran maltratados esperando poder recoger los frutos de aquella viña que tan cuidadosamente había preparado, enviando incluso hasta su propio hijo. Tendría que hacernos pensar, recapacitar para encontrar el camino por el que demos los frutos que el Señor nos pide cuando nos ofrece tanto amor.
Pero está también ese tercer aspecto al que hacíamos referencia al principio y que se nos refleja más en la parábola del evangelio. Aunque se habla de la viña plantada para obtener unos frutos, se incide más en el desarrollo de la parábola en aquellos a los que se confió la viña para que la trabajasen y se pudieran recoger unos frutos. Ya en la motivación de la parábola el evangelista nos dice que ‘dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo’.
Jesús en la parábola hace poco menos que un resumen de la historia de la salvación del pueblo de Dios. Una referencia clara a aquellos que en medio del pueblo de Dios tenían la misión de ayudar al pueblo a mantenerse en la fidelidad de la Alianza, en la fidelidad al Señor. Pero no fueron fieles, no rindieron los frutos que esperaba el Señor, muchas veces rechazaron también a los hombres de Dios, los profetas, que el Señor les enviaba, como finalmente terminarían rechazando al Hijo de Dios.
 Claro que cuando ahora nosotros escuchamos y meditamos esta Palabra del Señor no nos vamos a quedar en pensar en los otros, sino que tenemos que pensar en nosotros mismos. Esa viña del Señor Dios nos la ha puesto en nuestras manos, porque es nuestra propia vida enriquecida con la gracia, y de qué manera como hemos dicho, desde la que tenemos que ofrecer frutos de santidad y de gracia que no siempre damos como es debido. Pero pensamos también - y lo decimos al hilo de la parábola - en la responsabilidad que todos tenemos de cuidar esa viña del Señor.
¿Qué significa ese cuidar la viña del Señor? No somos ni podemos ser unos seres pasivos en medio de la vida de la Iglesia en donde siempre estemos pensando lo que vamos a recibir; todo lo contrario, esa gracia que Dios ha puesto en nosotros nos obliga a preocuparnos de los demás, a tomarnos en serio con toda responsabilidad lo que es la misión de la Iglesia y entonces nuestra misión en medio de nuestro mundo. Así tenemos que asumir nuestros compromisos dentro de la Iglesia y lo que es la vida de la comunidad cristiana. Es el puesto que cada uno tiene dentro de la Iglesia y es todo lo que nosotros podemos y tenemos que aportar para la vida de la Iglesia, para la propagación de la fe.
Hemos de trabajar esa viña del Señor, que es también la responsabilidad que tenemos y hemos de asumir en todas sus consecuencias para hacer que nuestro mundo sea mejor; un mundo del que hemos de desterrar toda maldad y toda violencia; un mundo que tenemos que hacer más solidario y con más corazón; un mundo en el que hemos de trabajar más por la paz y la armonía en la convivencia de todas las personas alejando discriminaciones, desterrando envidias y orgullos, ambiciones materialistas que nos llevan a esa corrupción en todos los aspectos que vemos en nuestra sociedad y que tanto nos duele.
Dios hizo al hombre y al mundo bueno; recordemos las primeras paginas de la Biblia donde vemos ese mundo hermoso y lleno de felicidad cuando se nos habla del jardín del paraíso, y de lo que es imagen esa viña tan bien preparada de la que se nos habla hoy en los dos textos; pero pronto lo hemos llenado de maldad, de violencia, de recelos y resentimientos, de actitudes egoístas e insolidarias, de robos y de injusticias; es lo que nos refleja la parábola con la actitud de aquellos labradores que querían hacerse con la viña de su amo y en lo que estamos viendo como en un espejo todo lo que sucede en el entorno de nuestro mundo donde parece que no hay un día donde no nos despertemos con una nueva noticia de maldades y de corrupciones.
Tenemos que trabajar la viña del Señor que es nuestro mundo, pero de otra manera, desde otra visión y sentido de lo que ha de ser un mundo mejor. Son los frutos de una civilización del amor que será la que ofrezcamos a nuestro mundo desde ese sentido y esos valores del Evangelio. Es la tarea comprometida que tenemos los cristianos con nuestro mundo, desde la fe que tenemos en Cristo y nos hace cristianos comprometidos. Y ¿cómo nos vamos a comprometernos en ese trabajo en la viña de nuestro mundo si consideramos y vemos cuanto es el amor que el Señor nos tiene y cómo nos cuida con su amor que hasta nos ha entregado a su Hijo para nuestra salvación?

viernes, 1 de marzo de 2013


Un propietario plantó una viña ¿daremos frutos?

Gen. 37, 3-4.12-13.17-28; Sal. 104; Mt. 21, 33-34.45-46
El comienzo de la parábola que nos propone hoy Jesús en el evangelio nos recuerda el canto de amor de mi amigo a su viña que nos trae el profeta Isaías, que habremos escuchado en alguna ocasión. ‘Mi amigo tenía una viña en fértil colina. La cavó y la despedregó, plantó cepas selectas, levantó en medio una torre y excavó también un lagar. Esperaba uvas, pero dio agrazones…’ Es de lo que nos habla Jesús para hablarnos del Reino de Dios y de la respuesta que nosotros damos a su amor. El propietario preparó su viña dotándola de todo lo necesario para poder obtener unas buenas cosechas y la confió a unos labradores.
Si tenemos una viña es porque queremos recoger sus frutos. Es lo que esperaba aquel propietario y como nos narra la parábola envió a sus criados a recoger los frutos y hasta finalmente envió a su propio hijo. Ya hemos visto lo que hicieron con unos y con el otro. Mucho nos quiere decir el Señor. Como dice al final el evangelista ‘los sumos sacerdotes y los fariseos, al oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos’. Una primera explicación que siempre hacemos de la parábola es ver reflejada la historia de la salvación y lo que finalmente hicieron con Jesús. El Padre  nos envió a su Hijo y sabemos como terminó clavado en una cruz.
La imagen de la viña, como bien sabemos, es algo que se repite a lo largo de la Biblia; ya lo hemos visto con la mención que hacíamos al profeta. Pero Jesús también nos hablará de que quiere que demos fruto y fruto abundante. El próximo domingo, tercero de Cuaresma, en este ciclo nos hablará de la higuera a la que su propietario viene a buscar fruto. Pero también recordamos que Jesús nos hablará de la vid y de los sarmientos para hablarnos de nuestra necesaria unión con él, pero también nos hablará de la poda para desechar los ramajes inútiles e inservibles para poder obtener mejores frutos.
Por eso la lectura que tenemos que hacer del mensaje de la parábola tenemos que aplicárnoslo a nosotros mismos. Cuánto nos ha regalado el Señor desde que nos dio la vida y a lo largo de nuestra existencia cuántas gracias hemos recibido de El. Cada uno tendría que recordar su propia historia personal viendo la historia de la salvación que Dios nos ha ofrecido y sigue ofreciéndonos en nuestra vida concreta. Pero ha de ser también la historia de nuestras respuestas; respuestas que hemos de reconocer no han sido siempre  positivas. Cuántos ‘no’ le hemos dado al Señor cuando con nuestro pecado le hemos dado la espalda.
Pero una cosa si tenemos que considerar y es cuánto nos regala el Señor con su amor. Tanto nos amó que nos envió a su Hijo que se entregó por nosotros. algo que hemos de tener siempre muy presente en nuestra vida, pero que ahora en este tiempo de cuaresma hemos de considerar con una especial intensidad. Es algo que no hemos de cansarnos de considerar porque así nos sentiremos más motivados para dar esa respuesta positiva, para ofrecer esos frutos que tenemos que dar con nuestra vida santa.
Aunque hoy la parábola no nos habla de la poda, ya que hemos  hecho mención a esos otros momentos en los que Jesús nos hablará de ello, creo que este tiempo de cuaresma es n tiempo propicio para ir purificando bien nuestra vida de todas esas cosas inútiles e inservibles que hay en nosotros que no nos ayudan a ser más santos, sino todo lo contrario. Un tiempo de ir revisándonos, purificándonos, arrancando de nosotros malas costumbres que se nos van metiendo como esas ramas que hay que podar.
A esto nos va ayudando la palabra del Señor que vamos escuchando cada día. A esto nos ayuda la gracia que el Señor nos ofrece en las celebraciones que vamos viviendo. En la oración personal que cada uno vamos haciendo nos sentiremos fortalecidos. 

domingo, 2 de octubre de 2011

¿Qué más podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?


Is. 5, 1-7;

Sal. 79;

Filp. 4, 6-9;

Mt. 21, 33-43

‘Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: Escuchad otra parábola…’ Hemos de reconocer que esta parábola que hoy Jesús nos propone nos resulta dura en su contenido. Es, podríamos decir, un camino de infidelidad y de muerte. Tiene incluso una resonancia pascual en el hijo que empujaron fuera de la viña y mataron.

Pero aún así tiene el hermoso trasfondo del amor que aquel propietario tenía a su viña y por la que tanto había hecho. Por eso la liturgia de la Iglesia nos la propone al mismo tiempo que en la primera lectura nos ha ofrecido el canto de amor del amigo a su viña que bien entendemos que es el canto de amor que Dios hace por su pueblo, el canto de amor de Dios por el hombre su criatura preferida.

‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavo un lagar… ¿qué más podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?... la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá, su plantel preferido…’

La viña del Señor de los ejércitos somos nosotros el pueblo del Señor… su plantel preferido, los que somos los elegidos y amados del Señor. Nos lo tenemos que repetir. No nos podemos cansar de meditarlo, de rumiarlo en nuestro corazón. Lo hemos hecho muchas veces, hemos reflexionado mucho sobre el amor que Dios nos tiene, pero no siempre es lo suficiente.

Decíamos antes que era dura la parábola y que es un camino de infidelidad y de muerte. Es el camino de nuestras infidelidades, el camino de nuestras respuestas negativas; el camino tantas veces recorrido de nuestro olvido de Dios; el camino que queremos recorrer a nuestra manera porque en nuestro orgullo o autosuficiente no soportamos que nos señalen lo que tenemos que hacer; el camino lleno de debilidades, de abandonos, de cansancios, de rutinas que tantas veces hacemos y vivimos.

Pero como tantas veces hemos contemplado también está la llamada incansable que Dios una y otra vez nos hace; está el amor paciente de Dios que siempre espera que cambiemos y demos una buena respuesta. Aquel propietario envió una y otra vez a sus servidores a percibir los frutos de aquella herencia que había confiado a aquellos labradores.

Cuando hacemos una lectura de la parábola viendo en ella reflejada toda la historia del pueblo de Israel recordamos a los profetas y a tantos hombres de Dios que el Señor fue suscitando en la historia de su pueblo que les recordaban la Alianza y les invitaban una y otra vez a renovarla en fidelidad en sus corazones. Profetas rechazados, profetas no escuchados, profetas los que hacían oídos sordos en su infidelidad y su pecado. Por eso esas palabras duras del final de la parábola ‘hará morir de mala muerte a esps malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos’ tenían que resonar fuertes en aquellos a los que Jesús directamente estaba dirigiendo la parábola.

Allí estaba aquel hijo rechazado, maltratado, arrojado fuera de la viña y que al final mataron. Hay un anuncio pascual porque Jesús está haciendo un anuncio de lo que iba a ser su muerte. Rechazado por los principales del pueblo moriría fuera de la ciudad en el horrible tormento de la cruz. Era la piedra rechazada pero convertida en piedra angular.

Cita Jesús el texto de la Escritura: ‘No lo habéis leido en la Escritura? La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente’. No quisieron contar con Jesús pero Jesús es la piedra angular de la historia y del hombre. Jesús se convierte desde lo alto de la cruz en su muerte redentora en el eje y el centro de toda la humanidad. Es la piedra angular, es el centro y el fundamento del hombre y de la historia; es el sentido último de nuestra vida y de toda nuestra existencia.

Por eso la lectura que nosotros tenemos que hacer de la parábola no es sólo fijándonos en lo que Jesús quería decirle a su pueblo, sino en lo que Jesús quiere decirnos a nosotros. Ya dijimos, somos esa viña del Señor, ese plantel preferido del Señor. Queremos dar frutos. Queremos responder a tanta llamada de amor, a pesar también de nuestras debilidades y flaquezas. Queremos que en verdad sea la piedra angular de nuestra vida porque El es nuestra Salvación y lo es todo para nosotros.

Pero sí esta parábola puede ser una llamada de atención, un despertarnos de las modorras en las que podemos caer a veces. Una invitación a reconocer cuanto ha hecho y sigue haciendo el Señor por nosotros. ‘¿Qué más podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’ nos pregunta también a nosotros y cada uno miremos nuestra historia personal así como la historia de nuestro pueblo, de nuestra Iglesia, de nuestra comunidad y lo que también nosotros podríamos y tendríamos que hacer.

Y aquí podemos pensar en que somos trabajadores de esa viña del pueblo de Dios que el Señor ha puesto en nuestras manos. En esa Iglesia a la que pertenecemos, en esa comunidad en la que vivimos y alimentamos nuestra vida cristiana, ahí donde hacemos nuestra vida y convivimos diariamente tenemos una tarea que realizar, un testimonio que dar, una manera distinta de hacer las cosas en nombre de nuestra fe y de nuestro amor cristiano. En nuestra diócesis se nos está llamando a ser verdaderos discípulos pero también misioneros de nuestra fe en medio de nuestros hermanos y no podemos cerrar los ojos ni los oídos para desentendernos de esa tarea.

No podemos cruzarnos de brazos cuando tanto hay que hacer en nuestro mundo. No podemos encerrar el tesoro de la fe sólo para nosotros cuando el mundo que nos rodea necesita tanto de esa luz de la fe. No podemos desentendernos de los problemas de los demás cuando tanto sufrimiento hay a nuestro alrededor y es necesaria tanta solidaridad para mejorar la situación de todos pero también para hacer un mundo más humano y más fraterno.

Por eso esas palabras finales también son un toque de atención para nuestra vida. ‘Os digo que se os quitará a vosotros el reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Esa viña del Señor que es nuestro mundo necesita de nuestro amor, de nuestra solidaridad, de la luz de nuestra fe para que todos puedan vislumbrar que son amados del Señor.

viernes, 25 de febrero de 2011

Al amigo fiel tenlo por amigo, es encontrar un tesoro

Eclesiástico, 6, 5-17;
Sal. 118;
Mc. 10, 1-12

‘Un amigo fiel no tiene precio ni se puede pagar su valor; un amigo fiel es un talismán, el que teme a Dios lo alcanza…’ Hermoso canto a la amistad nos ofrece el texto del Eclesiástico que hoy hemos proclamado.
Nos habla de cómo conseguir un amigo y lo que es un verdadero amigo. ‘Serán muchos los que te saluden…’ nos dice, pero entrar en la categoría de los amigos, de la amistad verdadera es algo más que un saludo o un conocimiento momentáneo. ‘Hay amigos de un momento… que acompañan en la mesa pero no aparecen en el momento de la desgracia… que cuando te va bien están contigo, cuando te va mal huyen de ti…’ y así nos sigue diciendo y explicando el sabio del Antiguo Testamento. Fijémonos como el autor sagrado va resaltando continuamente lo de un amigo fiel.
Un amigo verdadero, una amistad auténtica tiene que nacer de un corazón sano y desinteresado. La amistad entra en la categoría del amor verdadero. Y tienes que estar llena de fidelidad y de lealtad. Y cuando hay amor verdadero no nos movemos por intereses ni sólo somos amigos para los buenos momentos. Quien no sabe tener un amigo creo que le es bien difícil entender todo lo que nos dirá Jesús del amor como raíz y como base de todas nuestras relaciones humanas; difícilmente entenderá todas las características que Jesús nos dará de lo que tiene que ser el amor del cristiano.
Serán todas aquellas características de las que nos hablará san Pablo en la carta a los Corintios. ‘El amor es paciente y bondadoso, no tiene envidia, ni orgullo ni jactancia; no es grosero ni egoísta, no se irrita ni lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta’. Confrontándolo con lo que nos dice aquí el apóstol encontramos quizá muchas carencias en nuestra amistad, tenemos que reconocer.
Precisamente hoy en el evangelio sale el tema del matrimonio y del divorcio con la pregunta que le hacen los fariseos a Jesús. Y Jesús les responde con la radicalidad que tiene que vivirse el amor matrimonial. ‘Por vuestra terquedad dejó escrito este precepto’, les dice. Y les recuerda lo que es la voluntad de Dios desde la creación. ‘Ya no son dos sino una sola carne. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre’, termina sentenciando. Y nos dice cosas que quizá hoy en los tiempos que vivimos nos puedan parecer duras e imposibles del cumplir.
Alguien puede decirme que miremos la experiencia de lo que sucede a nuestro alrededor. Como dicen muchos es que el amor se acabó. Pero quizá tendríamos que analizar muchas veces si ha habido amor verdadero y auténtico en la pareja cuando se han decidido por el matrimonio; si ha habido un amor maduro y bien forjado hundiendo además sus raíces en lo que es el amor de Dios. Porque también hemos de reconocer que se puede hablar de amor, como deciamos antes de la amistad, con mucha superficialidad y sin hondura. Tendríamos que aprender primero lo que es un amor verdadero, una auténtica amistad y alcanzando esa madurez en el amor y la amistad podamos llegar a entender y vivir lo que es un amor matrimonial auténtico, que es mucho más que pasión. Mucho tendríamos que reflexionar en este sentido.
Pero creo que hemos de escuchar y entender bien las palabras de Jesús. Todas esas características de las que nos ha hablado san Pablo en la carta a los Corintios que hemos mencionado tienen que ser algo más que un texto bonito y poético que como suena tan bien pues hasta muchas parejas lo escogen para la celebración del sacramento del matrimonio. Es algo más que un texto bello y poético. Son las características de un amor humano verdadero, no solo el matrimonio, sino también de la amistad y base de todas nuestras relaciones humanas que hemos de saberlas fundamentar en el amor.
Y hemos de entender también que el amor verdadero es un don de Dios. Con Dios hemos de contar. A Dios tenemos que invocar y pedirlo. Que el Señor nos conceda el vivir una amistad auténtica y un amor verdadero.

domingo, 5 de octubre de 2008

Dios quiere cantar un canto de amor a su viña

Is. 5, 1-7; Sal. 79; Filip. 4, 6-9; Mt. 21, 33-43

‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a mi viña’. Es el canto de amor que la Palabra de Dios quiere cantarnos a nosotros también. ‘La viña del Señor es la casa de Israel’, hemos repetido en el salmo. Pero no sólo estamos refiriéndonos a Israel, sino que esa casa de Israel somos nosotros.
Por tercera vez, en tres domingos consecutivos la Palabra del Señor nos está hablando de la viña del Señor. Nos invitaba a ir a trabajar en su viña, en distintos momentos de la vida, como escuchamos hace un par de domingos. Nos mandaba como padre a trabajar a su viña, como escuchamos el domingo pasado. Pero hoy nos está diciendo más: somos nosotros esa viña del Señor y cuánto ha hecho el Señor por nosotros.
El evangelio dice que ‘dijo Jesús a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo’ y al final directamente a ellos les dijo ‘se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Pero bien sabemos que la Palabra que Dios nos dirige no son historias pasadas y dicha para otras personas, sino que es Palabra que el Señor nos dirige en el hoy y el ahora concreto de nuestra vida. Por eso decía al principio que es el canto de amor que Dios quiere decirnos a nosotros también.
La historia de la viña, podemos decir, es la historia de la salvación. Jesús con la parábola está comparando la historia de la salvación que nos ha ofrecido con los trabajos que el agricultor concienzudamente realiza en su viña. ‘Plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda y la dio en arriendo a unos labradores’.
Historia de la salvación que ha llevado un proceso progresivo que ha culminado en Cristo Jesús. Miramos la historia de la salvación en la amplitud de toda la historia desde la creación hasta el momento de la historia de hoy, y recordamos cuantas intervenciones de Dios hasta enviarnos a su propio Hijo para nuestra redención, para nuestra salvación. No es necesario detenernos a hacer su recorrido ahora, que por formación bien o sabemos. Miremos la historia de la salvación y miremos nuestra propia historia, que es también historia de salvación, de amor de Dios en nuestra vida.
Bueno es recordar nuestra historia personal y descubrir en ella todas las intervenciones de Dios. ¡Cuánto amor nos ha regalado el Señor! Con ojos de fe hemos de saber descubrir ese actuar de Dios con su gracia en nosotros, desde esa fe que recibimos en el seno de nuestra familia y que luego se ha visto enriquecida en la acción de la Iglesia y en tantos momentos de gracia que cada uno de nosotros hemos vivido.
¡Cuántas veces hemos recibido esa llamada del Señor! ¡Cuántas veces nos hemos visto libre de tantos peligros o fortalecidos en tantos momentos difíciles o de tentación! Cada uno tenemos nuestra historia personal. ‘¿Qué más podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’, nos pregunta el Señor con las palabras del profeta.
Una historia de luz, pero que está llena también de sombras. La historia de luz en todo el actuar de Dios, en todo el amor de Dios derrochado en nuestra vida. Es el rostro lleno de amor de Dios que nos ama, nos cuida, nos regala el don precioso de la vida y nos enriquece con su gracia. Es el Dios que a pesar de nuestras sombras sigue amándonos y, aún más, nos levanta de nuestra postración y nuestro pecado para hacernos la gracia de regalarnos su vida para hacernos hijos suyos.
Pero están nuestras sombras, las sombras de la humanidad. Porque junto a esa historia de salvación está nuestra historia de pecado, que, sin embargo, se ve siempre desbordado por la gracia del Señor. Como aquellos viñadores que se apoderaron de la viña y no quisieron rendir fruto, también nosotros queremos construir la vida a nuestra manera tantas veces al margen de Dios. Nos sentimos tan dueños de la viña que queremos olvidarnos de Dios, prescindir de Dios. Desechamos la piedra angular que es Cristo para construir con nuestros ladrillos de barro, de egoísmo y de maldad, olvidando todo lo que El nos ha dado y nos ha enseñado.
Busquemos esa piedra angular de nuestra vida que es Cristo, que es el que da fundamento de verdad a nuestra existencia. Aunque muchas sean las ambiciones que tengamos en nuestro corazón, aunque muchas sean las apetencias que cual cantos de sirena quieren distraernos para atraernos por otros caminos, busquemos a quien de verdad es el fundamento de nuestra vida y nos dará sentido y valor a todo lo somos y vivimos, Cristo el Señor.
Busquemos a Cristo para que con su gracia podamos dar los frutos que nos pide; para que hagamos de nuestro mundo, de nuestra sociedad, de nuestra iglesia la más hermosa viña que nos dé la más honda felicidad que es lo que el Señor quiere de nosotros.
Cuando logremos vivir en armonía todos juntos en esa viña en la que Dios nos ha colocado, viviendo una comunión de amor y de solidaridad entre unos y otros, porque todos caminemos juntos, porque todos nos ayudemos y porque todos miremos a quien es la meta de nuestra vida, estaremos dando las muestras, las señales verdaderas del Reino de Dios, vivo y presente en medio de nosotros.
Que podamos escuchar ese canto de amor de Dios a su viña lejos de toda sombra, y resplandecientes siempre de la más brillante luz.