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viernes, 25 de enero de 2019

Seamos capaces de abrir los ojos y los oídos del corazón para dejarnos encontrar por el Señor, como lo hizo Saulo de Tarso


Seamos capaces de abrir los ojos y los oídos del corazón para dejarnos encontrar por el Señor, como lo hizo Saulo de Tarso

Hechos 22,3-16; Sal. 116; Marcos 16,15-18

A la gente le cuesta creer que se pueda cambiar y que se pueda cambiar de una manera radical. Quizás desde nuestra propia experiencia personal en que vemos cuánto nos cuesta superarnos, corregir aquel defecto o mala costumbre, ser mejores en cosas que reconocemos que no hacemos bien; o quizá observando a muchos en nuestro entorno que se envician con determinadas cosas y ya viven como esclavizados para siempre, desde el que quiere dejar de fumar y le cuesta horrores dejar el cigarrillo, o desde el que se acostumbra a la bebida llegando a límites que ya superan lo normal y que siempre tendrá una disculpa para otra copita o para decir que ya mañana comenzaremos, y no digamos nada los que se esclavizan con el mundo de las drogas donde tantos dramas estamos viendo cada día y podríamos mencionar muchas cosas más desde nuestras propias pasiones personales desordenadas. Y son también las rutinas de la vida, en nuestras manías, de las que  no terminamos de arrancarnos.
Claro tenemos experiencias negativas que entonces nos cuesta creer que alguien sí pueda cambiar su vida y de forma radical. Necesitaríamos ejemplos palpables delante de nuestros ojos que fueran un testimonio positivo que nos ayudará a comprender nuestras propias situaciones, pero también a aceptar el cambio que puedan realizar los demás.
Cuando entramos en el orden de lo religioso si no tenemos unas vivencias más o menos profundas de nuestra fe fácilmente entremos en el mundo de los recelos cuando de la noche a la mañana vemos a alguien que comienza a vivir de otra manera, se manifiesta más profundamente religioso o lo vemos muy comprometido con la Iglesia. Somos desgraciadamente desconfiados, queremos ver con demasiada facilidad segundas intenciones en lo que hace la gente y lo mismo  nos cuesta aceptar la sinceridad de tales personas que cambian su vida, quizá porque nosotros simplemente muchas veces nos dejamos arrastrar por nuestras rutinas y no llegamos a algo profundo en nuestra vida.
Pero es cierto, hemos de reconocerlo, que en un momento determinado hay algo que nos hace cambiar; una palabra que escuchamos y que nos plantea interrogantes interiores, un acontecimiento extraordinario que nos impacta y nos hace reflexionar, el testimonio positivo de otras personas a nuestro lado, o las mismas cosas de cada día en que normalmente no nos fijamos pero que en un momento dado nos llaman la atención y nos hacen preguntarnos por cosas fundamentales de la vida.
Quizá algo que contemplamos, escuchamos o vivimos en un momento determinado, pero que entonces quizás no  nos dijo nada, pero eso quedó en nuestro interior y fuimos rumiándolo hasta que un dia nos dimos cuenta de la verdad que contenían y encontramos una luz nueva para nuestro actuar y nuestro existir. Son llamadas que vamos recibiendo en la vida, a las que a veces no estamos atentos, pero que otras veces suenan fuerte dentro de nosotros y nos hacen plantearnos un nuevo sentido de vida.
Hoy estamos celebrando uno de esos cambios de gracia que también nos repercuten en nuestra vida. Lo llamamos conversión. Fue la conversión de Saulo en el camino de Damasco, como hemos escuchado en el relato de los Hechos de los Apóstoles. Sería luego san Pablo, uno de los Apóstoles del Señor, que aunque no fuera de los que siguieron a Jesús por aquellos caminos de Palestina, se convertiría en el gran Apóstol misionero del Evangelio en aquel mundo antiguo, podríamos decir, a lo largo y ancho del Mediterráneo.
¿Qué fue lo que le sucedió? Había sido un enemigo acérrimo del nombre de Jesús, de su evangelio y de cuántos seguían el camino de Jesús. Con cartas de las autoridades de Jerusalén iba a Damasco en búsqueda de esos seguidores de Jesús para llevarlos presos a Jerusalén. Pero Jesús le salió al encuentro.  No nos entretenemos ahora en los detalles que escuchamos detalladamente en el texto de los Hechos o de las mismas cartas de San Pablo.
Tras aquel encuentro su vida cambió, como solemos decir, se cayó del caballo, aunque en el texto sagrado no se habla de ningún caballo, pero es una expresión de la caída de su pedestal de orgullo e intransigencia tras ese encuentro con Jesús. Su vida cambió, de perseguidor intransigente se convirtió en Apóstol y misionero anunciando el nombre de Jesús. Mucho podríamos ahora hablar de su vida, de sus viajes, de sus escritos, las cartas apostólicas que tenemos recogidas en la Biblia y que escuchamos en su proclamación en la Iglesia como Palabra de Dios para nosotros.
No se trata de hacer una exégesis de su vida, sino que desde su testimonio de conversión mirarnos a nosotros mismos para ver la respuesta que hemos de dar a tantas llamadas que nos hace el Señor. Nos cuesta responder, nos cuesta cambiar, nos cuesta dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. Necesitamos a aprender a responder a su gracia, a su llamada de amor y dejarnos encontrar por el Señor. Desde ese encuentro vivo nuestra vida sería bien distinta, el testimonio que tendríamos que dar sería muy valioso. ¿Seremos capaces de abrir los ojos y los oídos del corazón para dejarnos encontrar por el Señor, como lo hizo Saulo de Tarso?





jueves, 25 de enero de 2018

Ayudemos a los demás en su camino de Damasco – cada uno tiene su propio camino de Damasco – a un encuentro vivo con el Señor, como también nosotros dejémonos ayudar

Ayudemos a los demás en su camino de Damasco – cada uno tiene su propio camino de Damasco – a un encuentro vivo con el Señor, como también nosotros dejémonos ayudar

Conversión de san Pablo

Hechos de los Apóstoles 22,3-16; Sal. 116; Marcos 16,15-18

Nos cuesta aceptar que la gente pueda cambiar. Algunas veces nos parece que está justificada esa desconfianza, porque hemos visto a las personas tan encerradas en si mismos y en sus ideas, con un cierto fanatismo en sus actuaciones, que nos parece imposible que esas personas puedan cambiar de pensamiento, de actitudes y de lo que hacen en su vida.
En un buen pensamiento por nuestra parte podríamos quizá pensar que actúan ajustándose a su manera de ver las cosas y son fieles a si mismos y por eso actúan así, pero eso no nos quita la desconfianza que podamos sentir cuando les vemos que han cambiado y que ahora actúan de otra manera. Pienso que si van con verdadera sinceridad por la vida podríamos deducir que no han visto otra cosa, o que las influencias que han recibido o la misma educación les haya podido llevar a esas posturas porque no han descubierto otra luz.
Por eso, digo, que si con sinceridad van por la vida y con una cierta postura abierta para descubrir algo nuevo, en un momento pueden sentirse iluminados para darle una vuelta a su vida. Quizá nosotros también tengamos que saber ir con disponibilidad y una apertura de corazón para no encerrarnos quizá en los prejuicios que tengamos hacia los demás.
Hoy estamos celebrando a alguien que supo darle la vuelta a su vida y cambió. También había desconfianza en torno a él. La fama de lo que hacia en Jerusalén persiguiendo a los que confesaban el nombre de Jesús llegaba también a otros sitios; si ahora iba a Damasco era precisamente desde esas ideas con intención de apresar a todos lo que creían y confesaban el nombre de Jesús para llevarlos presos a Jerusalén. No nos ha de extrañar entonces la respuesta llena de desconfianza de Ananías a la visión que estaba recibiendo del Señor; él sabía a lo que venia Saulo a Damasco.
Pero Saulo no se había encontrado nunca con Jesús. Educado en el fanatismo de los fariseos, como el mismo mas tarde confesaría, quería borrar el nombre de Jesús de Jerusalén y de allí donde fuera confesado. Ya joven aun había estado siendo testigo de la muerte de Esteban guardando los mantos de los que apedreaban al que iba a ser el primer mártir por Jesús.
Pero el camino de Damasco había sido muy grande para él. Había sido el lugar y el momento del encuentro. Jesús le salía al paso. Con la luz de Jesús resucitado se habían cegado incluso sus ojos corporales, pero esa misma luz le iba a abrir los ojos del corazón. Había sido elegido como instrumento de salvación, se le diría a Ananías en la visión que había recibido del Señor. Y Saulo ciego de sus ojos corporales se había dejado conducir hasta Damasco donde terminaría de encontrar la luz.
Hoy estamos celebrando su conversión. No vamos ahora a extender en todo lo que fue el actuar de Saulo, luego cambiado el nombre a Pablo, porque bien lo conocemos. Pero sí podemos deducir muchas cosas para nosotros, mucho mensaje para nuestra vida.
¿Necesitaremos dejarnos encontrarnos, con un encuentro vivo, por Jesús? aunque sepamos muchas cosas, aunque tratemos de ser buenos y hasta vivir ciertos compromisos en nuestra vida desde la fe que tenemos, quizá pudiera faltarnos un encuentro mas profundo, más vivo, en que en verdad nos sintamos transformados por su luz. Todavía quedan tantas cosas ciegas en nuestra vida, tantas oscuridades que necesitamos iluminar.
Pero también al hilo de lo que fue el comienzo de nuestra reflexión tendríamos que aprender a mirar con ojos nuevos, con mirada limpia y nueva a los demás para ir desterrando de nosotros tantas desconfianzas. Aprendamos a confiar en la sinceridad de las personas; aprendamos a confiar en que las personas pueden cambiar, darle una vuelta a su vida, como nosotros también podemos y tenemos que cambiar quizás en muchas cosas.
Ayudemos a los demás en ese camino de Damasco de sus vidas – cada uno tiene su propio camino de Damasco – a ese encuentro vivo con el Señor, como también nosotros dejémonos ayudar. 

martes, 28 de octubre de 2014

La celebración de la fiesta de los apóstoles nos hace sentirnos ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios

La celebración de la fiesta de los apóstoles, san Simón y san Judas, nos hace sentirnos ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios

Ef. 2, 19-22; Sal.18; Lc. 6, 12-19
‘A ti, oh Dios, te alabamos; a ti, Señor, te reconocemos. Te ensalza el glorioso coro de los Apóstoles’. Así proclamamos en el himno de acción de gracias del ‘Te Deum’, y tomando de ahí estas palabras las hemos proclamado con el aleluya del Evangelio en esta fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas.
En el evangelio hemos escuchado una vez más el relato de la elección de los Doce. ‘Jesús pasó la noche orando a Dios y cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a Doce de ellos, y los nombró Apóstoles’. A continuación el evangelista nos da la relación de los Doce, con relaciones familiares y hasta con los apodos con que eran conocidos. Detalles del Evangelio. ‘Los nombró Apóstoles’; iban a ser sus enviados - que eso significa como sabemos la palabra apóstol -, pero ahora los iba a tener junto a sí, y a ellos de manera especial les iría revelando todo lo referente al Reino de Dios.
 La celebración de la fiesta de los apóstoles que vamos haciendo a lo largo del año litúrgico en fechas determinadas según las tradiciones de las diversas Iglesias tiene un profundo sentido eclesial. Es una característica fundamental de la fe que tenemos en Jesús, que recibimos de la Iglesia y que en la Iglesia vivimos y celebramos, al tiempo que desde la Iglesia la anunciamos y proclamamos al mundo. Una fe eclesial enraizada en los apóstoles, como  nos decía san Pablo en la carta a los Efesios ‘estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas y el mismo Cristo Jesús es la piedra fundamental’, la piedra angular.
San Pablo nos ofrece tres imágenes para hablarnos de esa comunión eclesial. Nos habla de una ciudadanía, ciudadanos del pueblo de Dios; nos habla de una familia, porque somos ‘miembros de la familia de Dios’; y nos habla de un edificio, como ya hemos comentado ‘edificado sobre el cimiento de los apóstoles’. Todo nos habla de unidad y de comunión. Porque todo esto nos está llamando a vivir en esa comunión que crea en nosotros y entre nosotros la fe y el amor cristiano. 
Como nos dice no nos sentimos ni extranjeros ni forasteros, porque todos formamos parte de esa nueva ciudadanía del pueblo de Dios. Ya no somos ni de aquí ni de allá, somos un solo pueblo en el que nadie se ha de sentir distinto ni extraño, porque ese nuevo pueblo no es ajeno a nosotros sino que nosotros formamos parte, somos miembros de pleno derecho de ese pueblo. Cuando uno visita un pueblo que no es el suyo, bien porque vaya a otro lugar, a otra región o vayamos al extranjero, en principio nos sentiríamos extraños, porque no es nuestro pueblo, aquello son otras gentes, allí hay otras costumbres, nos podemos sentir distintos.
Pero en la Iglesia, en el pueblo de Dios nadie se siente extraño, porque todos nos sentimos uno en  la misma fe que profesamos y en el amor mutuo que vivimos. Somos una familia, que es la otra imagen que nos ofrece san Pablo, y en la familia nos sentimos todos iguales porque hay unos lazos de la sangre y del amor que nos hace sentirnos unidos y querernos. Así tiene que ser en la Iglesia.
Sería triste que viviéramos esa experiencia negativa en nuestra Iglesia, porque creáramos distancias y distinciones entre nosotros. No tendría ningún sentido. Por eso tenemos que profundizar en ese sentido de comunión, profundizar en ese amor que entre todos hemos de tenernos, crear esos lazos de amor cristiano entre nosotros, sentirnos ‘ensamblados en el mismo edificio’, empleando palabras del apóstol en la carta a los efesios.
No puede haber barreras entre nosotros porque somos hermanos, porque somos una familia, la familia de los hijos de Dios. Para eso ha venido Cristo derribando el muro que nos separaba, el odio, con su sangre derramada en la cruz. Si siguiéramos con barreras, con esas distinciones y distanciamientos entre nosotros, haríamos infructuosa en nosotros la sangre que Cristo en su pasión derramó por nosotros.
Que la fiesta de los santos Apóstoles nos haga crecer en comunión y en unidad; que nos sintamos verdaderamente Iglesia, una familia, la familia de los hijos de Dios, donde todos nos queremos y nos aceptamos, donde unidos caminamos juntos en la espera de la plenitud del Reino de Dios que un día en el cielo con los ángeles y santos podremos vivir. 

domingo, 10 de noviembre de 2013

Nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, estamos llamados a la resurrección y la vida

2Mac. 7, 1-2.9-14; Sal. 16; 2Tes. 2, 16-3, 5; Lc. 20, 27-38
‘Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas’.
Es casi como un saludo, en el estilo de san Pablo en sus cartas; es un deseo profundo que nos llena de consuelo y de esperanza cuando nos sabemos así amados de Dios; es la constatación de que cuando nos sentimos consolados en la esperanza muchas pueden ser las cosas que nos sucedan aunque fueran dolorosas y llenas de muerte, pero nos sentimos seguros en esa fe que profesamos e impulsados aún con mayor ardor a vivirla con intensidad en cada momento de nuestra vida.
Es lo que podemos sentir en lo más hondo de nosotros mismos tras esta Palabra de vida que se nos ha proclamado en este domingo. Palabra que nos anuncia la vida y la vida para siempre; palabra viva de Dios que nos hace sentir el consuelo de la esperanza en la resurrección a la que todos estamos llamados, porque todos estamos llamados a participar para siempre de la vida de Dios. A eso nos lleva toda la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado.
Está por una parte el testimonio de los jóvenes macabeos de la primera lectura. La esperanza que tienen puesta en Dios que es el Señor de la vida y que da vida para siempre a los que creen en El les hace soportar con valentía cualquier tipo de tormento aunque les lleve a la muerte y al martirio. Se sienten seguros en el Señor. Son hermosas las respuestas que van dando cada uno de los jóvenes macabeos al verdugo. La fidelidad al Señor está por encima de todo y están dispuestos a morir, porque ‘el Señor del universo nos resucitará para una vida eterna… vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará…’
Es una esperanza firme en la resurrección que ya nos encontramos en el Antiguo Testamento, aunque, como veremos en el evangelio, por allá andan los saduceos negando la resurrección. Pero en el evangelio encontramos una confesión así de fe en la resurrección en la respuesta que Marta le dará a Jesús cuando tras su queja por no haber estado allí en su enfermedad, Jesús le anuncie que su hermano resucitará. ‘Tu hermano resucitará’, le dice Jesús. A lo que ella replicará: ‘Sé que resucitará en la resurrección del último día’. Ahí se manifiesta esa convicción de la resurrección.
Pero Jesús quiere hablarle de un sentido más profundo de resurrección cuando creemos en El. Jesús le dirá: ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre’. Entonces Marta hará una profesión de fe mucho más profunda porque pone toda su fe en Jesús, el que es la resurrección y la vida, el que viene a traernos la vida y la salvación.
En el evangelio que hoy se nos ha proclamado escuchamos las pegas de los saduceos a la fe en la resurrección - ya decíamos antes que negaban la resurrección - partiendo de la ley del levirato en relación a lo que había de hacerse cuando un hombre moría sin descendencia. Los saduceos pretenden llevar la casuística hasta el extremo, pero Jesús no quiere entrar en sus juegos sino dejarnos la afirmación de que, por una parte, la vida eterna no la podemos contemplar desde medidas y aspectos terrenos - ‘los que sean juzgados dignos de la resurrección de entre los muertos, no se casarán’, les dice Jesús -, y por otra parte de que ‘Dios es un Dios de vivos y no de muertos; porque para El todos están vivos’; es el Señor de la vida que quiere vida para siempre para nosotros, como ya nos expresara en el diálogo previo a la resurrección de Lázaro, como hemos comentado.
Creemos en Jesús y creemos en su palabra. Y porque a El le contemplamos resucitado de entre los muertos, sabemos que estamos llamados a resucitar con El, a vivir su misma vida. ‘Para eso vivió y murió Cristo, para ser Señor de vivos y muertos’, como diría san Pablo en otro lugar. Y el Señor de la vida a nosotros nos llama a la vida. ‘Porque, como antes recordamos, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá’.
Y qué distinta se ve la vida, toda la existencia humana desde esta perspectiva de la resurrección. Nuestra vida no se queda truncada con la muerte, porque tenemos esperanza de resurrección y de vida eterna, estamos llamados a vivir nuestra plenitud total en Dios. Cuando muere una persona en la flor de la vida, ya sea un joven o una persona adulta pero aún de pocos años, sentimos pena y lástima porque pensamos que aquella vida con muchas esperanzas aun de futuro y de una realización de su vida con mayor plenitud se ha quedado truncada en esas esperanzas y no se ha visto plenamente realizada. Pero esos son nuestros planes y pensamientos humanos a los que damos quizá unos horizontes de unos pocos años, pero los planes y los pensamientos de Dios son distintos.
Esa vida no se ha quedado truncada sino que ha comenzado precisamente a vivir en una plenitud mayor, una plenitud de eternidad. Y esa es precisamente la esperanza que tiene que animarnos y que nos da sentido a lo que hacemos y a lo que vivimos. Desde esa trascendencia de la vida, desde esa esperanza de plenitud en Dios que es la mayor plenitud que podemos desear y alcanzar, nuestra vida, nuestras luchas, nuestros sueños y compromisos, todo lo que vamos realizando aquí tienen otro sentido y otro valor, que solo en Dios podemos encontrar.
Dios nos ha amado tanto y nos ha regalado el consuelo de la esperanza, recordábamos al principio en palabras de san Pablo, pues esa esperanza de vida en plenitud, esa esperanza de resurrección para vida eterna no nos desentiende de este mundo con sus luchas y trabajos, sino todo lo contrario; desde ese consuelo y desde esa esperanza, como nos decía el apóstol, nos sentimos consolados internamente, no sentimos fortalecidos internamente, sentimos la fuerza del Señor para toda clase de palabras y obras buenas, nos decía; nos sentimos fortalecidos internamente para trabajar con mayor ahínco por hacer este mundo en el que vivimos mejor; nos sentimos fortalecidos internamente para ir llenando de amor, de justicia, de paz, de autenticidad y verdad todo nuestro mundo, cada una de las cosas que hacemos, y nuestras mutuas relaciones, haciendo así un mundo mejor con la esperanza de todo eso solo en Dios podremos vivirlo en plenitud total.
 Demos gracias a Dios por ese amor, por ese consuelo, por esa esperanza. Démosle gracias a Dios porque en El nuestra vida tiene trascendencia y está llamada a la plenitud, a la resurrección, a la vida para siempre. Démosle gracias a Dios y sintámonos confortados interiormente porque en El encontramos un sentido que de otra manera nuestra vida no podría tener. Démosle gracias a Dios porque sentimos su fuerza en nosotros para hacer ese mundo nuevo y en el evangelio nos ha dejado el camino. Que el Espíritu del Señor llene nuestra vida y nos haga vivir para siempre en la plenitud total de Dios.

lunes, 23 de julio de 2012

Vivo de la fe en Cristo Jesús que me amó y se entregó por mí
Gal. 2, 19-20; Sal. 33; Jn 15, 1-8

‘Ahora vivo de la fe en Cristo Jesús que me amó y se entregó por mí’. Hermosa confesión de fe que no se queda en palabras sino que se refleja en una vida. ‘Vivo de la fe en Cristo Jesús’, nos dice. Esa fe que tenemos en Jesús, y ¿cómo no vamos a poner en El toda nuestra fe si ‘me amó y se entregó por mi?’

¿Dónde ponemos el sentido de nuestra vida? ¿Por qué y para qué vivimos? Nos pueden parecer preguntas fáciles, pero quizá todos no respondan de la misma manera. San Pablo nos está diciendo que vive de la fe, que ahí está todo el sentido de su vida, todo su vivir. Pero no todos quizá piensan de la misma manera.

Hay quien vive solo para disfrutar de la vida y todo es sensualidad, pasarlo bien a costa de lo que sea; quien vive por la posesión de las cosas materiales y se vuelve avaricioso y usurero; quien vive sólo para sí mismo y no piensa para nada en los demás haciéndose egoísta e insolidario, o se aísla de la forma que sea para no tropezar con nadie ni nadie le pueda molestar; quien vive por el afán del poder y no le importará destruir lo que sea o a quienes sean con tal de llegar a conseguir sus ambiciones; así podríamos pensar en muchas cosas. ¿Será eso un sentido de nuestro vivir que en verdad nos haga verdaderamente felices?

Cuando hemos descubierto a Cristo y nace la fe en nuestro corazón seguro que descubrimos otro sentido de vivir mucho más hondo, más humano, más noble. Desde la fe que tenemos en Jesús descubrimos otros valores, otras cosas por las que luchar y que, aunque ocasiones en que nos sea costoso, sin embargo llevan nuestra vida a una mayor plenitud. Es lo que nos aporta el evangelio.
Es lo que tiene que ser la vida de un cristiano.

Es lo que había descubierto san Pablo cuando llega a decir que su vivir es Cristo. ‘Ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí’. Su vida sin Cristo ya no tendría sentido; su vida sin Cristo ya no sería vida. Por eso buscamos a Cristo, queremos conocerle, queremos llenarnos de El, queremos impregnarnos de su vida, queremos que su vida ya sea para siempre nuestra vida.

Pero aquí tenemos que recordar lo que nos dice el Evangelio. Para llegar a vivir así tenemos que estar unidos a Cristo. Hoy nos habla de la vid y de los sarmientos, y que los sarmientos tienen que estar unidos a la vid para que puedan dar fruto. Como nos dice ‘sin no podéis hacer nada’. La savia de la vida divina, de la gracia tiene que circular desde Cristo hasta nosotros, como la savia de la vid recorre todos los sarmientos para que puedan florecer y dar fruto.

Es la espiritualidad que tiene que guiar nuestra vida, que tiene que enriquecer nuestra vida. Espiritualidad es llenarnos del Espíritu. Podremos vivir esa espiritualidad, llenarnos así del Espíritu divino que enriquezca nuestra vida si estamos verdaderamente unidos al Señor. Ahí la necesidad de nuestra oración, de la escucha de la Palabra de Dios, de la vivencia sacramental donde Cristo nos regala su gracia continuamente en cada momento que la necesitemos y así podremos ir creciendo en nuestra vida.

Aprovechemos tantos cauces de gracia que están a nuestro alcance. Sería triste que teniendo a nuestra mano todos esos cauces de gracia divina en nuestra oración, en los sacramentos, realmente no vayamos creciendo espiritualmente. Necesitamos de mucha oración, de mucha reflexión en nuestra vida sobre todo el misterio de Dios, de mucho revisarnos para ir corrigiendo cuando pueda ser un obstáculo para ese crecimiento.

Como escuchábamos ayer irnos con Jesús a ese lugar tranquilo y apartado donde sintamos y vivamos de manera especial su presencia; llevar a Cristo a nuestra vida, tenerlo con nosotros en cada momento y en cada circunstancia para sentir así la fuerza de su gracia. Sin Cristo nada podríamos llegar a ser; por la fe en Cristo Jesús vivimos y ayudaremos a vivir también a los demás.

viernes, 29 de junio de 2012


Confesamos nuestra fe y expresamos de forma viva nuestra comunión eclesial
Hechos, 12, 1-11; Sal. 33; 2Tm. 4, 6-8.17-18; Mt. 16, 13-19

‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios… tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia…’ Una confesión de fe y el encargo de una misión grandiosa. Parece que están a porfía para ver quién dice cosas más hermosas. 

Es hermosa la confesión de fe que sale del corazón de Pedro. No lo hace por sí mismo porque llegar a ese convencimiento no es cosa meramente humana. Dios siempre nos gana la partida y es El quien llega a nuestro corazón y nos revela cosas grandes. Pero si el Padre ha puesto en el corazón de Simón esa capacidad para llegar a hacer una confesión de fe así, es porque es un elegido por el Señor para misiones grandes. 

Tras la confesión de fe, que viene a ser algo así, por hablar desde un lenguaje y pensamiento muy humano, como el paso de una prueba para ver hasta donde llega la fe, Jesús habla de su Iglesia, la herencia que nos va a dejar una vez que haya consumado su obra redentora. Quienes van a creer en Jesús y aceptar y recibir su salvación van a comenzar a vivir una unión nueva y distinta, que es la comunión de la Iglesia. De la confesión de nuestra fe en Jesús, como la de Pedro, nace la Iglesia, nace nuestra pertenencia a la Iglesia. 

A Pedro Jesús le confía una misión importante, va a ser piedra fundamental de esa Iglesia, nexo de comunión entre todos los que creemos en Jesús. Jesús le dirá un día que se mantenga firme, porque, cuando pasen todas las pruebas y en los momentos difíciles, él tendrá que confirmar en la fe a los hermanos, ayudar a mantenerse en esa comunión de fe y de amor a toda la Iglesia. 

¡Qué importante la misión de Pedro en medio de la comunidad, en medio de la Iglesia que nace! Tantas veces habían discutido por los primeros puestos y quien había de ser el primero y principal y Jesús le confía una misión de servicio en medio de los hermanos. Porque será grande, será el primero el que se haga el último y el servidor de todos. Y esa es la grandeza y la misión que Jesús confía a Pedro.

‘Siervo de los siervos de Dios’, se llama a sí mismo el sucesor de Pedro en medio de la Iglesia. Muchas veces nos encandilamos con brillos y oropeles cuando miramos la Iglesia, o miramos al Papa y a cuanto lo rodea. Herencia quizá de siglos que habría que purificar para que fuera más auténtica y a la manera como Cristo la quiso. Pero hemos de saber considerar y comprender bien la misión de Pedro y en Pedro de sus sucesores. Es la vida del servicio, de la entrega, del olvidarse de si mismo en esa misión universal de servicio en medio de la Iglesia y en medio del mundo. 

Tenemos que saber abrir los ojos de la fe para comprenderlo y para darlo a conocer de forma auténtica al mundo que nos rodea y no se encandile con falsas imágenes – que quizá muchos con no muy buena intención traten de difundir - que están bien lejos de lo que realmente es la misión del Pastor de la Iglesia. De todas maneras no hemos de temer porque ya Jesús promete que ‘el poder del infierno no la derrotará’. 

Cuando hoy estamos celebrando esta fiesta de los Santos Apóstoles san Pedro y San Pablo – es la fiesta de ambos apóstoles aunque muchas veces pareciera que sólo es la fiesta de san Pedro – cuando celebramos esta fiesta, digo, hemos de aprender a mirar la misión de los apóstoles en medio de la Iglesia; hemos de saber darle ese profundo sentido eclesial a nuestra fe y hoy de manera especial miramos con fe al Sucesor de Pedro en esa misión que en la Iglesia tiene. 

De alguna manera es el día del Papa al celebrar al primero a quien Cristo confió esa misión de ser piedra fundamental de la Iglesia. Es una fiesta la de este día para sentirnos en comunión con el Papa, porque es sentirnos en comunión con la Iglesia universal. Y es necesario que toda la Iglesia esté apiñada en torno al sucesor de Pedro y sepamos expresar nuestra comunión más sincera y auténtica con el Papa. Comunión que expresamos y sentimos en nuestra celebración – tendríamos que fijarnos como lo expresamos en la liturgia - y que manifestamos también fuertemente con nuestra oración por el Papa. 

Cargar sobre sus hombros todo el peso de los problemas de la humanidad y de manera especial de toda la Iglesia es una tarea grande y dura que solo podrá llevar con la fuerza y la gracia del Señor, con la asistencia del Espíritu Santo que nunca la faltará. Pero es necesario que oremos por el Papa; es necesario que la Iglesia ore por el Papa. Es bella la imagen que nos ofrecía el texto de los Hechos de los Apóstoles de la Iglesia orando mientras Pedro está en la cárcel.

Y expresamos también nuestra comunión eclesial, nuestra comunión con el Papa que expresar nuestra comunión con la Iglesia universal a la que pertenecemos, escuchando la voz del Papa, dejándonos iluminar por su magisterio que tanta luz da a todos los cristianos en el seguimiento de Jesús como Maestro y Pastor de la Iglesia que es. 

‘Haz que tu Iglesia se mantenga siempre fiel a las enseñanzas de aquellos que fueron fundamento de nuestra fe cristiana’, pedimos en la oración litúrgica. Confesamos nuestra fe y expresemos de manera viva nuestra comunión eclesial que siempre ha de ser una comunión de amor nacida de esa fe.

miércoles, 6 de junio de 2012


Por designio divino llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús

2Tim. 1, 1-3.6-12; Sal. 122; Mc. 12, 13-17
‘Apóstol de Jesucristo por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús…’ Hermosa definición que hace Pablo de sí mismo, de su vocación y de su misión cuando saluda al hijo querido, Timoteo, en la segunda carta que hoy nos propone la liturgia.
No es voluntad propia, sino ‘designio de Dios’. ¿Qué es lo que nos anuncia? ¿Cuál es su mensaje? ‘La promesa de vida que hay en Cristo Jesús’. Podemos recordar que no fue Saulo el que buscó a Jesús sino que fue Jesús el que le salió al encuentro en el camino de Damasco cuando iba con sones de persecución para los que seguían el camino de Jesús.  ‘Lo he elegido para ser instrumento que lleve mi nombre a todos los pueblos’, le dijo el Señor a Ananías. Y se convirtió en mensajero de vida, de la vida de Jesús que a todos llena de vida y de salvación.
¿No será ese el mensaje que los que creemos en Jesús tenemos que llevar siempre a los demás? Esta carta de Pablo que estamos comentando forma parte de las llamadas cartas pastorales; en ellas el apóstol da instrucciones a aquellos discípulos a los que había encomendado unas comunidades - Éfeso a Timoteo, Creta a Tito, como bien  sabemos – y en este caso estamos viendo cómo el apóstol se preocupa de que Timoteo avive la gracia de Dios que recibió con la imposición de las manos.
Pero nos vale a todos, pastores y fieles, dichas recomendaciones porque todos tenemos la misión del apostolado, en virtud de nuestra fe en Jesús y nuestra pertenencia a la comunidad cristiana hemos de ser apóstoles, testigos de nuestra fe en medio del mundo. ‘Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, de amor y de buen juicio’. Por eso le dice, nos dice, ‘toma parte en los duros trabajos del evangelio, según las fuerzas que Dios te dé’.
No terminamos de considerar lo suficiente la riqueza del mensaje del evangelio que nos manifiesta el amor que Dios nos tiene desde toda la eternidad. Nos regala su amor y nos regala su vida que se manifiesta en plenitud en Jesucristo, el Señor. Sintiéndonos así amados de Dios, si lo consideráramos lo suficiente, nos sentiríamos urgidos a la santidad, a una vida santa. ¿Cómo no responder con una vida de amor a todo el amor que Dios nos tiene?
‘El nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque antes de la creación del mundo, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo, y ahora, esa gracia se ha manifestado por medio del evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal’. Maravilloso mensaje que tenemos que meditar pausadamente allá en lo hondo de nuestro corazón. Rumiarlo en nuestro interior, repetir una y otra vez la reflexión dejando que el Espíritu del Señor nos ilumine por dentro.
Esto para nuestra vida, pero esto también como mensaje que hemos de saber trasmitir a los demás. No conocemos a veces suficientemente todo lo que es el misterio de nuestra salvación y por eso nuestra vida en ocasiones es mediocre espiritualmente. Y si nos encontramos mucha gente a nuestro alrededor a los que no les dice nada o les dice poco la fe y el ser cristiano, hemos de reconocer porque muchas veces no se les ha hecho el debido anuncio.
¿Cómo van a creer si no se les anuncia el Evangelio? Esto nos urge con mayor intensidad el que tenemos que ser apóstoles, testigos de nuestra fe en Jesús, de la salvación que en Jesús Dios nos da para todos los  hombres. Que la gracia del Señor nos acompañe. Como dice el apóstol ‘estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio’. No nos faltará la gracia del Señor en ese testimonio que hemos de dar de Jesús y del evangelio.

jueves, 17 de mayo de 2012


Ardor y entusiasmo de Pablo que le lleva de un lugar para otro anunciando el evangelio

Hechos, 18, 1-8; Jn. 16
Contemplamos a Pablo que llega a Corinto después de la corta visita que hizo a Atenas. Corinto era una ciudad importante, centro comercial, capital de la provincia de Acaya y puerto importante del imperio romano.
Será un centro muy importante para la predicación de Pablo que siempre buscará lugares estratégicos desde donde luego se pueda extender el anuncio de la Buena Nueva de Jesús por todos sus alrededores. Vemos la importancia que le da Pablo a este lugar por el tiempo que pasa aquí en diferentes ocasiones, las diferentes visitas que realiza y en el nuevo Testamento conservamos dos cartas del apóstol a esta comunidad, aunque realmente se puede deducir que fueron más las que les escribió ante los diferentes problemas que surgían en la comunidad de Corinto.
Comienza relacionándose con la comunidad judía del lugar; habiendo conocido a Aquila y su mujer Priscila que venían de Roma tras la expulsión de los judíos por el emperador Claudio, se establece con ellos, porque además tienen el mismo oficio; se dedicaban a fabricar tiendas. Los sábados va a la Sinagoga tratando de convencer a judíos y griegos que Jesús es el Salvador. Al llegar Silas y Timoteo, que le habían acompañado anteriormente pero se habían quedado por Tesalónica, se dedica enteramente a la predicación del Evangelio.
Pronto surgen las disputas con los judíos ante su fuerte oposición y se dirigirá en delante de manera más directa a los gentiles. Algo repetido ya en otras ocasiones en el primer viaje de Pablo. Señales de Dios de que el evangelio ha de ser anunciado a todas las gentes, no sólo a los judíos.
Unas puertas se cierran ante el avance del Evangelio pero otras se van abriendo al mismo tiempo. Ya escuchamos la visión que había tenido Pablo de que un macedonio le pedía que viviera ayudarle, y conocemos cómo desde el principio había sido escogido por el Señor, recordemos la visión a Ananías, para ser mensajero del evangelio a los gentiles. Volveremos a escuchar la voz del Señor que le habla y le pide que se mantenga firme en el anuncio del Evangelio por fuerte que sean las dificultades. Será la tarea del apóstol que así irá recorriendo todo aquel mundo antiguo haciendo el anuncio del evangelio.
Contemplar y reflexionar sobre esta trayectoria de san Pablo en sus viajes apóstolicos con sus dificultades pero también con el ardor  entusiasmo con que iba de un lugar para otro anunciando el evangelio nos anima y nos estimula. Sentimos en nuestro interior la inquietud de la fe, la inquietud de que el Evangelio sea en verdad luz para nuestro mundo que muchas veces vemos tan distanciados de los valores del evangelio y de todo sentido de religiosidad verdadera. Querríamos que en verdad la semilla de la Palabra de Dios fuera plantada en todas partes y llegara a dar fruto en los corazones de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo.
Pero no se nos puede enfriar ese ardor, no podemos perder el entusiasmo, la inquietud tiene que mantenerse viva. Siempre habrá un nuevo lugar donde anunciar, un nuevo medio por el que llegar a los otros, unas nuevas personas que acopan esa semilla. Nosotros tenemos que ser sembradores en el nombre del Señor. La hacemos en el boca a boca de ir compartiendo con los que están a nuestro lado la fe que vivimos, la gracia de Dios que experimentamos en nuestro corazón, o nos valdremos de mil cosas que puedan estar a nuestro alcance para hacer ese anuncio.
Hoy utilizamos también estos medios que la técnica moderna nos permite tener de internet, de redes sociales, y de tantos medios de comunicación que tenemos a nuestro alcance, y que son púlpitos desde los que en este mundo globalizado podemos hacer llegar el mensaje al último rincón. Confieso que me admiro, y doy gracias a Dios por ello, de los lugares tan dispares en nuestro ancho mundo al que llega la-semilla-de-cada-día, este humilde y sencillo blogs - en el que ahora mismo estas leyendo este mensaje - con el que quiero trasmitir también la luz del evangelio en medio de nuestro mundo.
Que no perdamos nunca el ardor y el entusiasmo. Que no nos falte nunca la fuerza y la asistencia del Espíritu Santo.

viernes, 27 de abril de 2012


Caminos de Dios que viene hasta nosotros

Hechos, 9, 1-20; Sal. 116; Jn. 6; 53-60
Los caminos de Dios son caminos que vienen de Dios hasta nosotros. Me explico. Aunque pensamos que somos nosotros los que hacemos caminos buscando a Dios en el fondo es más bien Dios el que viene hasta nosotros, se nos hace el encontradizo con nuestra vida, viene a nuestro encuentro.
Es cierto que puede haber inquietud en nuestro corazón y buenos deseos, que pueden haber ansias de plenitud y deseos de algo grande, como también nos puede suceder que andemos caminos de rebeldía y de rechazo así porque sí sin saber algunas veces realmente porque tenemos esa rebeldía y rechazo de Dios en nuestro interior. Muchos vemos a nuestro alrededor muchas veces con actitudes así o nos habrá podido pasar a nosotros en determinados momentos. Se nos oscurece la vida por los problemas o porque no alcanzamos aquello que deseamos y nos ofuscamos en nuestra rebeldía y muchas veces sin razón.
Pero hemos de reconocer que la gracia de Dios es más poderosa que todo eso y, sin violentarnos ni hacernos perder nuestra libertad, sin embargo mueve nuestro corazón para que tengamos un momento de luz cuando llega a nuestra vida y podamos dar una buena respuesta.
Hemos escuchado cómo Jesús resucitado le sale al encuentro a Saulo en el camino de Damasco. Era un hombre bueno, hemos de reconocer, que quería actuar con rectitud desde lo que él sabía o creía saber. Le vemos rebelde dando coses contra el aguijón, y por eso va a Damasco buscando a los que seguían el camino de Jesús porque era algo que no podía soportar.
¿Qué sabía de Jesús? ¿Qué conocimiento tenía de El? Ahora se va a encontrar con Jesús, porque Jesús viene a su encuentro, le sale al paso en el camino a la entrada de la ciudad, y todo va a ser distinto. Fue tan grande la luz que lo iluminó que sus ojos de la carne se le cegaron, pero la gracia de Jesús le iba a abrir bien los ojos para que pudiera disfrutar de esa Luz.
‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?... ¿Quién eres, Señor?... Soy Jesús a quien tú persigues. Entra en la ciudad y allí te dirán lo que tienes que hacer’. Es el encuentro con el Señor. La gracia del Señor que le tumbó de su orgullo y su prepotencia. Siempre se dice que fue derribado del caballo, aunque en el texto sagrado nunca aparece ningún caballo, pero sí tenemos que pensar en ese caballo que llevaba en su interior en su prepotencia y en su orgullo. Ahora tendrá que aprender a dejarse hacer por el Señor.
Mientras van sucediendo estas cosas a las puertas de la ciudad, el Señor se le manifiesta a Ananías para darle instrucciones de lo que ha de hacer. ‘Señor, he oído hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus fieles en Jerusalén. Además trae autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre’.
Conocida era la rebeldía interior de Saulo, pero el Señor lo ha escogido para algo grande. ‘Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido para dar a conocer mi nombre a pueblos y reyes. Ya le enseñaré yo lo que tiene que sufrir por mi nombre’. Era un elegido del Señor. ‘Instrumento elegido’, dice el Señor. grande sería la obra de Saulo que luego ya se llamará Pablo en sus recorridos por el mundo anunciando el nombre de Jesús y con sus cartas apostólicas que siguen siendo alimento para nuestra fe y nuestra vida cristiana, porque las reconocemos como Palabra de Dios.
Y todo esto ¿qué nos dice a nosotros? El Señor también viene a nuestro encuentro con la riqueza de su gracia que nos llama a una vida nueva. Nos cuesta abajarnos muchas veces de ese caballo en el que nos hemos subido y nos cuesta dejarnos conducir por el Señor. Pero cuánto estará esperando el Señor de nosotros. También somos unos elegidos del Señor y el Señor tiene sus planes sobre nosotros y nuestra vida.
Dejémonos conducir por la gracia del Señor, dejémonos encontrar con El. Espera mucho de nosotros. Nos invita hoy a que le comamos para tener vida en El para siempre, como hemos escuchado en el Evangelio. ‘El que me come vivirá por mí… el que coma de este pan vivirá para siempre…’ nos dice.

jueves, 29 de marzo de 2012

Quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre


Gén. 17, 3-9; Sal. 104; Jn. 8, 51-59
 ‘Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre’. No entienden los judíos las palabras de Jesús y hacen sus propias interpretaciones. ¿Cuál es ese morir y ese vivir del que nos habla Jesús? No entienden cuál es la vida para siempre que Jesús nos da porque no quieren aceptar a Jesús. El misterio de la persona de Jesús que se les revela en sus palabras y en su actuar les desborda sus propios pensamientos. Sólo desde la fe, sin prejuicios, es como podemos ir hasta Jesús y llegar a conocerle.
Jesús les está hablando de vida eterna para quienes creen en El y aceptan su palabra. Ya hubo momentos a lo largo del evangelio y de la predicación de Jesús en que lo rechazaban y consideraban dura la doctrina que enseñaba Jesús. Es que en Jesús se está manifestando Dios y todo su plan de salvación para con nosotros. Y en ese plan de salvación nos ofrece mucho más de lo que nosotros podemos imaginar porque el amor que el Señor nos tiene no lo podemos encorsetar en medidas y limites humanos, porque es un amor infinito como infinito es Dios.
En momentos así Pedro dejándose llevar por su entusiasmo por Jesús que es una forma de decir también que se dejaba conducir por lo que el Espíritu le revelaba en su interior llega a decir de Jesús ‘Señor, ¿A dónde vamos a acudir si tú tienes palabras de vida eterna?’. Nos recuerda lo que Jesús nos está diciendo ahora ‘quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre’. Un día también dejándose llevar por lo que el Padre le revelaba en su corazón haría una hermosa confesión de fe en Jesús proclamándolo como el Mesías y el Hijo de Dios. ‘Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo’, diría entonces.
Ese decir de Pedro que Jesús tenía palabras de vida eterna fue proclamado precisamente después que en la sinagoga de Cafarnaún Jesús había anunciado vida eterna y resurrección para quien creyera en El de tal manera que llegara a comerle. ‘Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida, había dicho; quien come mi carne y bebe mi sangre vivirá para siempre’. Nos hablaba del Pan de vida que quien lo comiera viviría por El. ‘El que me come vivirá por mí… el que coma de este pan vivirá para siempre… tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día’.
Comer a Cristo para vivir por El y resucitar en el último día, nos decía en Cafarnaún. Hoy nos dice que el que guarda su palabra no sabrá lo que es morir para siempre. Ha venido Jesús para que tengamos vida y vida en abundancia. Ha venido Jesús a arrancarnos de todo lo que sea muerte para conducirnos a la vida. Ha venido Jesús y quiere que vivamos con El y por El.
Es el regalo de su amor. Es la prueba y manifestación de su entrega. Para eso se nos da, para eso muere por nosotros, para eso derrama su sangre como vamos a celebrar con toda intensidad en estos días. Es la Eucaristía en la que quiere seguir dándosenos para que escuchándole y comiéndole podamos tener vida eterna. Es el regalo pascual de quien se ha entregado en su pasión y muerte y quiere que comiéndole nos llenemos de su vida para siempre.
La Eucaristía que celebramos y vivimos es siempre celebración pascual de la muerte y resurrección del Señor. Estamos haciendo presente el sacrificio pascual de Cristo, memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Por eso, como decimos en una de las aclamaciones de la plegaria eucarística y recordando además palabras del apóstol Pablo en sus cartas, ‘cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas’.
Vivamos con hondo sentido la Eucaristía guardando la palabra de Jesús y estaremos seguros que somos llamados a la vida eterna.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Venimos a Jesús porque queremos poner en El todo nuestro amor


Ageo, 1, 1-8;

Sal. 149;

Lc. 9, 7-9

‘¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?’, se pregunta Herodes. Se había enterado de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse. Los poderosos viven enfrascados en su corte de poder y no siempre se enteran bien de lo que sucede alrededor. Están en otra órbita.

Ahora le llegan noticias del profeta que ha aparecido por Galilea y los comentarios que hacen algunos que aún lo llenan más de confusión. Le hablan de muertos que resucitan. En concreto que si el Bautista ha vuelto a resucitar o algún antiguo profeta. Pero para quienes están endiosados en su poder esa trascendencia de la vida le es algo ajeno. Viven muy pendientes de sus cosas y de si se pudiera poner en peligro su poder. Además a Juan lo había mandado matar él.

Aunque mañana lo escucharemos con mayor detalle en las respuestas que le darán a las preguntas de Jesús sus discípulos, ya vislumbrados la cierta confusión que hay también entre las gentes. Ha habido ocasiones en que se admiraban de las palabras que salían de la boca de Jesús y las propias gentes habían hablado de que un gran profeta había aparecido entre ellos, que Dios les había visitado. Pero esos entusiasmos en ocasiones son bien pasajeros y pronto se olvidan. Por eso la confusión.

Herodes siente curiosidad por Jesús. También nos dice el evangelista que ‘tenía ganas de verlo’. Sobre eso hemos reflexionado recientemente. Pero quizá en este caso solo se queda en una curiosidad pero que no ha despertado la fe.

No podemos acercarnos a Jesús de cualquier manera y querer estudiarlo simplemente como si se tratara de un personaje histórico más. Muchos lo han hecho y lo siguen haciendo quedándose en una humanidad histórica y simplemente sentirán admiración por Jesús porque se le puede considerar como un personaje singular.

Pero quien acude así a Jesús se quedará siempre en poca cosa. Costará abrirse a la fe para descubrir no solo su humanidad sino toda la maravilla que se encierra en Jesús cuando descubrimos en El a Dios que se ha hecho hombre para ser nuestro salvador. Hay que abrir la mente y el corazón de otra manera. No nos podemos cerrar a la trascendencia.

A Herodes como a muchos judíos de su época – bien conocemos el caso de los saduceos – como también lo encontramos en otras corrientes filosóficas entre los gentiles, el tema de la resurrección, por ejemplo, será algo que costará entender. Sólo se queda Herodes en una curiosidad por Jesús ante las cosas extraordinarias o milagrosas que realiza. Un milagro le pedirá cuando se encuentre con El cara a cara al enviárselo Pilatos durante la pasión y como Jesús no le complace lo tratará de loco. Ya en los Hechos de los Apóstoles vemos cómo cuando Pablo habla en Atenas, por ejemplo, de Jesucristo resucitado, con sorna le dirán que de eso lo escucharán otro día y le dan la espalda.

Pues bien, si no pensamos en la resurrección pobre se nos quedará la fe en Jesús. Creemos en Jesucristo resucitado, primicia de todos los que han muerto y que abre nuestra vida también a la resurrección y a la vida eterna. Como nos dirá san Pablo, si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe.

Abramos nuestro corazón a la fe. No vayamos hasta Jesús por mera curiosidad. Tengamos deseos de ver a Jesús, de conocer a Jesús, pero busquémoslo desde lo más hondo de nosotros mismos. No venimos aquí, a la celebración, como a un entretenimiento más porque no tenemos otra cosa que hacer. Venimos aquí porque queremos llenarnos de Dios. Venimos aquí porque queremos gozarnos en la presencia de Dios. Venimos aquí porque queremos mostrarle nuestra alabanza y porque queremos poner en El todo nuestro amor.

viernes, 25 de febrero de 2011

Al amigo fiel tenlo por amigo, es encontrar un tesoro

Eclesiástico, 6, 5-17;
Sal. 118;
Mc. 10, 1-12

‘Un amigo fiel no tiene precio ni se puede pagar su valor; un amigo fiel es un talismán, el que teme a Dios lo alcanza…’ Hermoso canto a la amistad nos ofrece el texto del Eclesiástico que hoy hemos proclamado.
Nos habla de cómo conseguir un amigo y lo que es un verdadero amigo. ‘Serán muchos los que te saluden…’ nos dice, pero entrar en la categoría de los amigos, de la amistad verdadera es algo más que un saludo o un conocimiento momentáneo. ‘Hay amigos de un momento… que acompañan en la mesa pero no aparecen en el momento de la desgracia… que cuando te va bien están contigo, cuando te va mal huyen de ti…’ y así nos sigue diciendo y explicando el sabio del Antiguo Testamento. Fijémonos como el autor sagrado va resaltando continuamente lo de un amigo fiel.
Un amigo verdadero, una amistad auténtica tiene que nacer de un corazón sano y desinteresado. La amistad entra en la categoría del amor verdadero. Y tienes que estar llena de fidelidad y de lealtad. Y cuando hay amor verdadero no nos movemos por intereses ni sólo somos amigos para los buenos momentos. Quien no sabe tener un amigo creo que le es bien difícil entender todo lo que nos dirá Jesús del amor como raíz y como base de todas nuestras relaciones humanas; difícilmente entenderá todas las características que Jesús nos dará de lo que tiene que ser el amor del cristiano.
Serán todas aquellas características de las que nos hablará san Pablo en la carta a los Corintios. ‘El amor es paciente y bondadoso, no tiene envidia, ni orgullo ni jactancia; no es grosero ni egoísta, no se irrita ni lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que encuentra su alegría en la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta’. Confrontándolo con lo que nos dice aquí el apóstol encontramos quizá muchas carencias en nuestra amistad, tenemos que reconocer.
Precisamente hoy en el evangelio sale el tema del matrimonio y del divorcio con la pregunta que le hacen los fariseos a Jesús. Y Jesús les responde con la radicalidad que tiene que vivirse el amor matrimonial. ‘Por vuestra terquedad dejó escrito este precepto’, les dice. Y les recuerda lo que es la voluntad de Dios desde la creación. ‘Ya no son dos sino una sola carne. Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre’, termina sentenciando. Y nos dice cosas que quizá hoy en los tiempos que vivimos nos puedan parecer duras e imposibles del cumplir.
Alguien puede decirme que miremos la experiencia de lo que sucede a nuestro alrededor. Como dicen muchos es que el amor se acabó. Pero quizá tendríamos que analizar muchas veces si ha habido amor verdadero y auténtico en la pareja cuando se han decidido por el matrimonio; si ha habido un amor maduro y bien forjado hundiendo además sus raíces en lo que es el amor de Dios. Porque también hemos de reconocer que se puede hablar de amor, como deciamos antes de la amistad, con mucha superficialidad y sin hondura. Tendríamos que aprender primero lo que es un amor verdadero, una auténtica amistad y alcanzando esa madurez en el amor y la amistad podamos llegar a entender y vivir lo que es un amor matrimonial auténtico, que es mucho más que pasión. Mucho tendríamos que reflexionar en este sentido.
Pero creo que hemos de escuchar y entender bien las palabras de Jesús. Todas esas características de las que nos ha hablado san Pablo en la carta a los Corintios que hemos mencionado tienen que ser algo más que un texto bonito y poético que como suena tan bien pues hasta muchas parejas lo escogen para la celebración del sacramento del matrimonio. Es algo más que un texto bello y poético. Son las características de un amor humano verdadero, no solo el matrimonio, sino también de la amistad y base de todas nuestras relaciones humanas que hemos de saberlas fundamentar en el amor.
Y hemos de entender también que el amor verdadero es un don de Dios. Con Dios hemos de contar. A Dios tenemos que invocar y pedirlo. Que el Señor nos conceda el vivir una amistad auténtica y un amor verdadero.

martes, 25 de enero de 2011

Testigos, iluminados por la luz de la fe y encendidos en el fuego del amor para el servicio de la iglesia


Hechos, 22, 3-16;

Sal. 116;

Mc. 16, 15-18

‘Soy yo quien os he elegido; y os he destinado para que vayáis y deis fruto y vuestro fruto dure…’ Son palabras que Jesús dijo a sus discípulos en la última cena, y palabras que toma la liturgia para acompañar la aclamación del aleluya del Evangelio en esta fiesta de la conversiön de san Pablo.

Palabras que vemos reflejadas también en lo que le dice Ananías a Saulo cuando este llega a Damasco después de la maravillosa experiencia que ha tenido de encuentro con el Señor. ‘El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído’. Y vaya si iba a dar fruto abundante en la vida de Pablo y en bien de la Iglesia de Dios.

Elegido del Señor para ser su testigo. Saulo que había destacado – él mismo lo cuenta – por el fanatismo con el que perseguía a los que seguían el camino del Señor. ‘Yo perseguí a muerte este nuevo camino metiendo en la cárcel, encadenados, a hombres y mujeres’. Era la razón de su viaje a Damasco. Pero el Señor le había elegido y le había salido al paso en el camino. ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?... ¿Quién eres Señor?... Yo soy Jesús Nazareno a quien tu persigues’. Y su vida cambió. Cegado por el resplandor de la luz divina que como un relámpago hirió sus ojos, pronto comenzaría a ver otra luz. Al recibir el Bautismo sus ojos se abrirían para siempre.

Perseguía Saulo a todo el que creyera en el nombre de Jesús, pero era Jesús a quien perseguía. Como comenta san Agustín: ‘No dice Cristo: ¿Por qué persigues a mis siervos? Sino: ¿Por qué me persigues? La cabeza se quejaba por sus miembros y los transfigura en ella misma’. Nos recuerda lo dicho Jesús en otro lugar del evangelio ‘todo lo que hicisteis a uno de estos humildes hermanos, a mí me lo hicísteis’.

Conoce ahora Saulo lo que es la voluntad del Señor y tras esa experiencia viva de encuentro con Jesús, se convierte en testigo. ‘No podemos callar lo que hemos visto y oído’ dirían otros apóstoles cuando les prohiben hablar del nombre de Jesús. No podrá callar de ahora en adelante lo que Pablo, asi será su nuevo nombre, ha visto y ha oído. Es un testigo que irá hasta los confines del mundo. Ya conocemos sus viajes, sus caminos, su predicación de la Buena Nueva de Jesús por todas partes. Hasta nuestra tierra española la tradición lo trae a predicar el evangelio, porque ese deseo había manifestado en la carta a los cristianos de Roma. Es el cumplimiento del mandato de Cristo que hemos escuchado en el evangelio: ‘Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación’.

Algun comentarista ha dicho que hasta san Pablo se prolonga la Epifanía del Señor,- recordamos que hace poco celebrábamos la Epifanía como culminación de las fiestas de Navidad - y es que hoy estamos contemplando cómo Cristo resucitado se le manifiesta a Pablo en el camino de Damasco. Pero es que Pablo con su ardiente palabra se convertirá en Epifanía de Jesús porque por todas partes ira manifestando su nombre, proclamando su salvación, anunciando el camino nuevo del Reino de Dios.

En las oraciones de esta celebración hemos pedido que ‘como él lo ha sido, nos convirtamos nosotros en testigos de tu verdad ante el mundo’. Por otra parte hemos pedido que ‘nos ilumine el Espíritu Santo con la luz de la fe que impulsó siempre al apóstol Pablo a la propagación de tu evangelio’. Y finalmente que ‘estos sacramentos nos enciendan en el fuego de amor que abrasaba el corazón de Pablo y le impulsaba solícito al servicio de todas las iglesias’. Testigos, iluminados por la luz de la fe y encendidos en el fuego del amor para el servicio de la iglesia.