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miércoles, 8 de mayo de 2013


Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria

Hechos, 17, 15.22-18,1; Sal. 148; Jn. 16, 12-15
‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’, hemos cantado y repetido con el salmo alabando y bendiciendo al Señor que se manifiesta en sus obras. ‘Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en lo alto… alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime… llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’.
Primer artículo de nuestra fe, reconocer al Señor, ‘Dios creador de cielo y tierra, de todo lo visible y lo invisible’. Y en toda la creación se manifiesta la gloria del Señor. Por eso, el hombre contemplando la maravilla de la creación ha de dirigir su pensamiento al Creador, al Señor Todopoderoso que con su sabiduría infinita realizó toda esa maravilla de la creación en toda su inmensidad que aún no terminamos de descubrir. Toda esa inmensidad del espacio, pero toda esa maravilla de todas las cosas creadas que nos ayudan a ir descubriendo y conociendo más y más al autor de la creación.
Es el Dios de quien quiere hablarles Pablo a los habitantes de Atenas cuando recorriendo el inmenso foro se encuentra con aquel altar al dios desconocido. Aprovecha el apóstol para realizar la catequesis para hacer el anuncio que culminará con el anuncio de Jesús, muerto y resucitado, que tanto les costará a aceptar a los atenienses.
‘Me encontré con un altar con esta inscripción, les dice: al Dios desconocido. Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo: El Dios que hizo el mundo y lo que contiene. El es el Señor de cielo y tierra y que no habita en templos construidos por hombres ni lo sirven manos humanas’. Es el Dios cuyo templo propio es toda la creación por Él realizada, pero que asienta su trono, por así decirlo, en su criatura preferida, en el corazón del hombre, en el corazón del ser humano.
‘Quería que lo buscasen a El, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban: aunque no está lejos de ninguno de nosotros, pues en El vivimos, nos movemos y existimos…’ A través de las obras creadas podemos llegar a reconocer al Creador, podemos llegar a conocer a Dios; pero Dios se nos revela más íntimamente porque quiere habitar en nuestro corazón. Con su inmensidad lo llena todo, ‘en El vivimos, nos movemos y existimos’, pero con la revelación de Jesús llegamos a descubrir de qué manera maravillosa Dios se acerca al hombre, se revela al hombre para que pueda conocerle, le inunda con su amor, y quiere habitar en El como hemos reflexionado en estos días.
Que no se nos cieguen los ojos; aunque sea a tientas, porque descubramos sus señales en toda la creación - cuantas maravillas y bellezas podemos contemplar para llegar a admirar lo que es la maravilla y la belleza infinita de Dios - y así vayamos caminando hacia Dios. Que escuchemos la Palabra viva de Dios, Revelación de Dios que es Jesucristo para que podamos conocer cada vez más hondamente a Dios, pues ‘nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar’; y Jesús ha venido a revelarnos el misterio de Dios, un misterio inmenso de amor del cual Jesús es el rostro más maravilloso en su amor y en su misericordia infinita.
Pero más aún, Jesús nos promete que nos enviará su Espíritu, el Espíritu de la verdad que nos lo revelará todo. Así venimos escuchándolo y reflexionándolo una y otra vez estos días, cuando se acerca la fiesta de Pentecostés, la Fiesta del Espíritu Santo. El es ‘el Espíritu de la verdad que nos guiará hasta la verdad plena’, como le hemos escuchado decir a Jesús hoy en el Evangelio.
No vamos ya a tientas a conocer a Dios, porque contemplando a Jesús contemplamos la gloria de Dios. ‘Hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad… a Dios nadie lo vio jamás; el Hijo único, que es Dios y está en el seno del Padre, nos lo ha dado a conocer’. Demos gloria a Dios que así se nos revela.

miércoles, 16 de mayo de 2012


Con Jesucristo… y con la fuerza del Espíritu queremos cantar la gloria del Señor

Hechos, 17, 15.22-18,1; Sal. 148; Jn. 16, 12-15
‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’, hemos proclamado alabando al Señor en el salmo responsorial. Contemplamos las maravillas de la creación y alabamos al Señor, cantamos la gloria del Señor. ‘Reyes y pueblos de la tierra alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime’.
Tenemos que saber reconocer las obras de Dios para contemplar su gloria. Algunas veces nos cegamos y pensamos en nuestra grandeza y en nuestro poder y pensamos que todo es obra de nuestras manos. Es cierto que el Señor nos hizo grandes y puso toda la obra de su creación en nuestras manos para que con esa inteligencia de que nos dotó y todas las capacidades que adornan nuestra vida prosigamos la obra de la creación que Dios ha puesto en nuestras manos. No todos sabemos descubrirlo y reconocerlo.
En el texto de los Hechos de los Apóstoles seguimos contemplando el recorrido del segundo viaje de san Pablo. Ahora lo contemplamos en Atenas. Ciudad importante en la Grecia antigua, ciudad de sabios y de filósofos, ciudad que brilla por la riqueza de sus obras de arte y por su cultura.
Contemplamos a Pablo recorriendo el centro de la ciudad donde están levantados los monumentos más importantes y los templos a sus dioses. Era el lugar también donde filósofos y oradores congregaban en torno a sí a todos los amantes de la filosofía y de la sabiduría para desarrollar sus enseñanzas. Es lo que hace Pablo también aprovechando para hacer el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio de Jesús.
Les habla del altar del dios desconocido que se ha entrando entre tantos monumentos para hablarles del Dios creador de cielo y tierra en cuyas manos está todo el poder y la gloria. Habla de la omnipotencia de Dios pero habla también de la cercanía de Dios a quien podemos sentir dentro de nuestro corazón. 'En Dios vivimos, nos movemos y somos', nos dice el apóstol. En un discurso muy bien elaborado habla citando incluso a los propios poetas de los griegos, para ayudarles a comprender el mensaje de la sabiduría de Dios que quiere expresarles.
Terminará anunciándoles a Jesús resucitado, aunque esto será ya algo que les costará más comprender. En cierto modo hay un rechazo. ‘Al oír hablar de la resurrección de los muertos unos lo tomaban a broma y otros dijeron: de esto te oiremos hablar otro día’. Sin embargo la semilla quedó sembrada. ‘Algunos se le juntaron’, dice el autor sagrado aunque nos dirá cómo pronto se irá a Corinto.
La semilla de la Palabra de Dios hay que sembrarla y aprovechar toda ocasión. La luz del evangelio es para iluminar la vida de los hombres, aunque haya veces que los hombres la rechacen. Pero nosotros hemos de hacer el anuncio. Y el anuncio fundamental es Cristo resucitado porque en El está la salvación.
Con toda la creación queremos cantar la gloria del Señor. Hemos de saber descubrir, como decíamos al principio, todas las maravillas de Dios. Pero toda esa revelación que Dios hace de sí mismo a través de sus obras, a través de la creación tendrá su culminación en Jesucristo. Con Jesucristo y por Jesucristo, en Jesucristo y con la fuerza del Espíritu tenemos nosotros que cantar la gloria del Señor. ‘Todo honor y toda gloria’, como decimos en la doxología de la plegaria eucarística.
Que el Espíritu de Dios que nos lo enseñará todo venga a nosotros y vaya iluminando nuestro corazón. En la medida que nos acercamos a Pentecostés se nos irá anunciando con mayor intensidad la presencia del Espíritu. Pidamos que se derrame sobre nuestros corazones para dar para siempre gloria al Señor.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Venimos a Jesús porque queremos poner en El todo nuestro amor


Ageo, 1, 1-8;

Sal. 149;

Lc. 9, 7-9

‘¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?’, se pregunta Herodes. Se había enterado de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse. Los poderosos viven enfrascados en su corte de poder y no siempre se enteran bien de lo que sucede alrededor. Están en otra órbita.

Ahora le llegan noticias del profeta que ha aparecido por Galilea y los comentarios que hacen algunos que aún lo llenan más de confusión. Le hablan de muertos que resucitan. En concreto que si el Bautista ha vuelto a resucitar o algún antiguo profeta. Pero para quienes están endiosados en su poder esa trascendencia de la vida le es algo ajeno. Viven muy pendientes de sus cosas y de si se pudiera poner en peligro su poder. Además a Juan lo había mandado matar él.

Aunque mañana lo escucharemos con mayor detalle en las respuestas que le darán a las preguntas de Jesús sus discípulos, ya vislumbrados la cierta confusión que hay también entre las gentes. Ha habido ocasiones en que se admiraban de las palabras que salían de la boca de Jesús y las propias gentes habían hablado de que un gran profeta había aparecido entre ellos, que Dios les había visitado. Pero esos entusiasmos en ocasiones son bien pasajeros y pronto se olvidan. Por eso la confusión.

Herodes siente curiosidad por Jesús. También nos dice el evangelista que ‘tenía ganas de verlo’. Sobre eso hemos reflexionado recientemente. Pero quizá en este caso solo se queda en una curiosidad pero que no ha despertado la fe.

No podemos acercarnos a Jesús de cualquier manera y querer estudiarlo simplemente como si se tratara de un personaje histórico más. Muchos lo han hecho y lo siguen haciendo quedándose en una humanidad histórica y simplemente sentirán admiración por Jesús porque se le puede considerar como un personaje singular.

Pero quien acude así a Jesús se quedará siempre en poca cosa. Costará abrirse a la fe para descubrir no solo su humanidad sino toda la maravilla que se encierra en Jesús cuando descubrimos en El a Dios que se ha hecho hombre para ser nuestro salvador. Hay que abrir la mente y el corazón de otra manera. No nos podemos cerrar a la trascendencia.

A Herodes como a muchos judíos de su época – bien conocemos el caso de los saduceos – como también lo encontramos en otras corrientes filosóficas entre los gentiles, el tema de la resurrección, por ejemplo, será algo que costará entender. Sólo se queda Herodes en una curiosidad por Jesús ante las cosas extraordinarias o milagrosas que realiza. Un milagro le pedirá cuando se encuentre con El cara a cara al enviárselo Pilatos durante la pasión y como Jesús no le complace lo tratará de loco. Ya en los Hechos de los Apóstoles vemos cómo cuando Pablo habla en Atenas, por ejemplo, de Jesucristo resucitado, con sorna le dirán que de eso lo escucharán otro día y le dan la espalda.

Pues bien, si no pensamos en la resurrección pobre se nos quedará la fe en Jesús. Creemos en Jesucristo resucitado, primicia de todos los que han muerto y que abre nuestra vida también a la resurrección y a la vida eterna. Como nos dirá san Pablo, si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe.

Abramos nuestro corazón a la fe. No vayamos hasta Jesús por mera curiosidad. Tengamos deseos de ver a Jesús, de conocer a Jesús, pero busquémoslo desde lo más hondo de nosotros mismos. No venimos aquí, a la celebración, como a un entretenimiento más porque no tenemos otra cosa que hacer. Venimos aquí porque queremos llenarnos de Dios. Venimos aquí porque queremos gozarnos en la presencia de Dios. Venimos aquí porque queremos mostrarle nuestra alabanza y porque queremos poner en El todo nuestro amor.

miércoles, 1 de junio de 2011

Un anuncio de la fe en el areópago de nuestro mundo


Hechos, 17, 15.22-18, 1;

Sal. 148;

Jn. 16, 12-15

Siempre y en todo lugar hemos de hacer el anuncio de la Buena Noticia de Jesuss; siempre y en todo lugar hemos de manifestar nuestra condición de creyentes, aunque nos cueste, no nos entiendan o incluso lleguemos a sufrir incomprensiones. Siempre, con valentía, sin miedo, en todo lugar tenemos que hablar de Dios.

Es hermoso el testimonio que nos ofrece el libro de los Hechos de los Apóstoles con la llegada de Pablo a Atenas. Una gran ciudad, cuna del saber antiguo, suscitadora de filósofos con sus variadas filosofías y gran mecenas de todo tipo de arte. Una gran ciudad, llena de monumentos y altares a los más diversos dioses; tantos que hasta tenían un altar dedicado al Dios desconocido.

Pablo se pasea por el Areópago contemplando la multitud de divinidades de un pueblo gentin y pagano y tan variadas filosofías. Allí también quiere él anunciar el evangelio de Jesús. Trata de hacerlo con elocuencia y utilizando el arte de la oratoria de la mejor manera posible para mejor captar la atención de sus oyentes acostumbrados a escuchar variadas filosofías y las discusiones de los filósofos.

Recuerda al Dios creador de todas las cosas como un punto de referencia y de arranque para su argumentación, valiéndose incluso de los versos de los propios poetas del lugar. Eran creyentes porque era en muchos diosos en los que creían pero grande era la confusión de sus mentes y corazones. Pablo quiere llevarles luz y quiere anunciarles a Jesús, verdadera luz del mundo. Pero cuando comienza a hablar de la resurrección de Jesús encontrará el desdén y el rechazo de sus oyentes. Solo unos pocos quisieron seguir escuchándolo y serían los primeros creyentes en Jesús que surgieran en aquel ambiente. Más tarde dejará Atenas y marchará a Corinto.

En el areópago de nuestro mundo también nos encontramos rodeados de un mundo muy diverso y variado en opiniones, en gustos, en planteamientos del sentido de la vida que cada uno se lo hace a su manera y conveniencia. Muchos podríamos decir que son también los dioses que adora esta sociedad nuestra aunque muchas veces se proclame atea, laica o con una confusión muy grande en la manera de entender la religión y las cosas de Dios. Muchas veces nos encontraremos esa confusión muy al lado nuestro porque no siempre quizá se tiene el sentido cristiano de la vida aunque la mayoría de los que nos rodeen quieran llamarse cristianos.

No es fácil muchas veces hacer un anuncio de Jesús y que los que nos escuchan quieran entendernos. Muchas veces sobra materialismo y sensualidad y falta espiritualidad. Vivimos demasiado apegados a este mundo material que nos rodea y nos falta trascendencia que dé altura a la vida que vivimos. Nos llamamos cristianos y participamos en ritos religiosos pero quizá no se crea en la vida eterna ni en la resurrección. Ante la muerte y lo que nos sucede hay demasiado fatalismo y poco sentido de la providencia de Dios.

Pensemos incluso si nosotros mismos creemos de verdad en la vida eterna y desde esa trascendencia de la vida le damos un sentido a lo que hacemos pensando en esa eternidad que podemos llegar a vivir con Dios si realmente ahora aquí en el cada día cumplimos sus mandamientos y hacemos su voluntad.

Lo que hoy hemos escuchado de la predicación de Pablo en el Aerópago de Atenas con todas sus dificultades, pero que fue valiente para hacer el anuncio de Jesús resucitado de entre los muertos, tiene que ser para nosotros también un estímulo para esa vivencia firme y convencida de nuestra fe en este mundo nuestros; para ese testimonio que hemos de dar de nuestra condición de verdaderos creyentes en Jesús.

La Iglesia hoy, en este siglo XXI en que vivimos está empeñada seriamente y está poniendo todos los medios que tiene a su alcance para entrar en diálogo que este mundo moderno en que vivimos y para realizar esa hermosa tarea también de la nueva evangelización de nuestro mundo, que ha perdido el sentido del evangelio, el sentido cristiano de la vida. muchas iniciativas en este sentido se tienen en nuestra Iglesia y creo que todos los cristianos que nos sentimos comprometidos con nuestra fe hemos de estar al tanto de todo cuanto se realiza y cada uno en el lugar que ocupa poner su granito de arena a esa tarea del anuncio del evangelio de la propia rectitud de nuestra vida y desde ese valiente testimonio que con obras y palabras tenemos que dar. Sintamos como propia la tarea de la nueva evangelización en la que está empeñada hoy la Iglesia.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Al despertar me saciaré de tu semblante

1Cor. 15, 12-20;
Sal. 16;
Lc. 8, 1-3

‘Al despertar me saciaré de tu semblante’, hemos dicho en el salmo responsorial. Hermosa expresión de esperanza en la vida eterna y en la resurrección. Si la muerte es como un sueño, al despertar de ese sueño nos vamos a encontrar con la vida verdadera, nos vamos a encontrar con Dios, vamos a saciarnos de esa visión de Dios.
Como nos dice san Juan en sus cartas ‘ahora ya somos hijos de Dios pero no se manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Es hermoso. Es reconfortante. Nos llena de esperanza. Vamos por esa vida luchando por superarnos y mantenernos fieles. Clamamos al Señor para sentir su ayuda y su fuerza. ‘Escucha mi apelación… presta oído a mi súplica… muestra las maravillas de tu misericordia…’ como hemos ido diciendo en el salmo. Pero todo eso lo vivimos en la esperanza de un día poder contemplar, saciarnos del semblante de Dios.
Todo nos habla de resurrección y de vida. Un aspecto importante en el camino de nuestra fe. Forma parte del centro, del meollo de nuestro ser cristiano, como el centro del evangelio es Jesús muerto y resucitado. Como escuchábamos ayer a san Pablo. ‘Este ha sido el evangelio que os trasmití…’ Como le hemos escuchado en otros momentos ‘éste ha sido mi Evangelio por el que sufro hasta llevar cadenas…’ Como nos decía ‘Cristo murió por nuestros pecados… fue sepultado y resucitó al tercer día, según las escrituras’.
Hoy nos viene a decir que ‘si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación carece de sentido y lo mismo nuestra fe’. No era fácil esta afirmación de la resurrección en el mundo pagano donde Pablo anunciaba el evangelio. Todavía en el mundo judío que habían escuchado a los profetas Ezequiel, Daniel o el libro de los Macabeos era una afirmación aceptada, aunque bien sabemos que los saduceos negaban la resurrección. En el mundo pagano con sus filosofías era también difícil.
Recordamos el fracaso de Pablo cuando en Atenas, centro del mundo del saber antiguo, quiere anunciar la Resurrección de Jesús, y aquella gente le dice que de eso le escucharán otro día. Pablo se marchó de Atenas y se vino precisamente a Corinto, a quienes dirige ahora esta carta que estamos leyendo. Ahora Pablo quiere reafirmar su fe en la resurrección ‘porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, seguís en vuestros pecados…’ Por eso afirma categóricamente ‘Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos’.
Cristo es el primogénito de entre los muertos y en Cristo todos resucitaremos. Todos estamos llamados a la vida. Por eso lo que afirmábamos en el salmo. ‘Al despertar me saciaré de tu semblante’. Una fe y una esperanza. Un sentido de nuestro vivir y una salvación que vivimos desde lo más hondo de nosotros mismos.
Es nuestra fe. Y cuidado con la confusión de términos, porque nosotros hablamos de resurrección, no de reencarnación como ahora escuchamos con demasiada frecuencia. La reencarnación no forma parte de nuestra fe cristiana y no hemos de dejar que nos confundan. Nuestra vida es única, y al final de nuestra vida terrena, tenemos la esperanza de la vida eterna y de la resurrección; una resurrección que nos lleva a la vida eterna en Dios y con Dios, contemplando el semblante, el rostro de Dios. Como recordábamos que nos decía Juan ‘entonces le veremos tal cual es’. Merece la pena las luchas y trabajos en nuestro camino de fidelidad por alcanzar esa felicidad de gozarnos del semblante de Dios, de gozar en Dios por siempre en el cielo.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Desde nuestra pequeñez cantemos la alabanza del Señor que se nos manifiesta

Hechos, 17, 15.22-18, 1;
Sal. 148;
Jn. 16, 12-15

‘Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria’, hemos repetido en el salmo. En verdad en todo momento hemos de alabar y bendecir al Señor. ‘Alaben el nombre del Señor… reyes y pueblos, príncipes y jefes, jóvenes y mayores, niños y también los ancianos… alaben el nombre del Señor, el único nombre sublime’.
Como nos dice hay san Pablo ‘el Dios que hizo el mundo y lo que contiene… el Señor del cielo y tierra… que a todos da la vida y el aliento y todo…’ que nos creó y puso en el corazón del hombre el deseo de buscarle y de encontrarle… ‘que no está lejos de ninguno de nosotros, pues en El vivimos, nos movemos y existimos…’ el que viene en busca nuestra y nos pide que nos volvamos a El, el que se nos manifiesta en Cristo Jesús, muerto y resucitado para nuestra salvación.
El discurso de Pablo en el Areópago de Atenas es toda una invitación a una confesión de fe, porque nos hace un hermoso resumen de la revelación de Dios que tiene su culminación en Cristo Jesús. Así tenemos, pues, que confesar nuestra fe.
En el recorrido que Pablo va haciendo en el anuncio del Evangelio después de salir de Filipos llega a Atenas, centro y capital de la cultura y de la sabiduría del mundo antiguo. De allí han surgido los grandes filósofos y sabios de la antigüedad y la cultura griega se ha extendido por toda la cuenca del Mediterráneo. La lengua común que utilizaba entonces era precisamente el griego hasta que posteriormente con la expansión del imperio romano se introduzca el latín.
Recorriendo el Areópago que algo así como el centro de la ciudad donde estaban todos los edificios públicos de la vida social de los ciudadanos, va encontrándose también los numerosos templos edificados a los múltiples dioses del mundo pagano. Pero se encuentra con uno ‘al Dios desconocido’, que le dará pie a Pablo a hacer ese anuncio de Jesús y su salvación. De ese Dios que se revela en Jesús muerto y resucitado quiere hablarles, pero aquellos sabios y entendidos se dan media vuelta marchándose. ‘De esto te oiremos hablar en otra ocasión’, le dicen. No estaban aquellos corazones preparados en la humildad y sencillez para escuchar el mensaje del evangelio.
‘Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, que has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla’, recordamos que un día dijera también Jesús. Así ahora en esta ocasión. Sólo unos pocos se quedan con Pablo para seguirlo escuchando y aceptar el mensaje del evangelio. Pablo marchará luego a Corinto.
Que tengamos un corazón abierto desde la pequeñez, la pobreza, la humildad para acoger la revelación de Dios. Con humildad tenemos que acercarnos a Dios porque sólo así se nos revelará y podremos conocerle. El orgullo y la autosuficiente son mal camino para ir hasta Dios, porque sólo querrán centrarnos en nosotros mismos. Lo que sucedió en Atenas entonces con Pablo sigue sucediendo a través de todos los tiempos porque los que se creen sabios y entendidos no podrán llegar a conocer el misterio de Dios.
Que así podamos nosotros cantar la alabanza del Señor. Que el Espíritu del Señor venga a nosotros y nos revele todo el misterio de Dios.

miércoles, 20 de mayo de 2009

El Espíritu de la verdad que nos haga conocer a Dios

Hechos, 17, 15. 22-18, 1
Sal. 148
Jn. 16, 12-15

Continuamos siguiendo el segundo viaje apostólico de san Pablo. Ahora llega Pablo a Atenas, ciudad de la cultura y de las artes, ciudad de los pensadores y de los filósofos; bella ciudad llena de monumentos rebosantes de arte. Una ciudad griega, en consecuencia gentil para un judío, y llena de templos a todos los dioses, pues no olvidemos que son politeístas teniendo infinidad de dioses de todo tipo.
Pasea Pablo por el Areópago, que era como el centro de la ciudad donde todos confluían, pues allí estaban los filósofos enseñando sus doctrinas a todo el que quisiera oírles; en su entorno estaban los diferentes templos a todos los dioses, y era algo así como el mercado adonde todos acudían y donde todo se compraba y se vendía.
Se encuentra Pablo con un altar dedicado al ‘dios desconocido’ y eso le da pie para su discurso en medio de aquel variopinto mercado de oyentes y paseantes. Aprovecha Pablo la ocasión para hacer el anuncio del Evangelio. ‘Pues eso que veneráis sin conocerlo, os lo anuncio yo: el Dios que hizo el mundo y lo que contiene. El es el Señor del cielo y tierra…’ Parte del Dios creador, infinito y todopoderoso, que todo lo ha creado y todo lo llena con su inmensidad, que no necesita de ‘templos contraídos por hombres’. El Dios que no necesita ser representado ‘en imágenes de oro o de plata o de piedra, esculpidas por la destreza y la fantasía de un hombre’.
Es el Dios que tenemos que buscar ‘a ver si, al menos a tientas, lo encontráis…’ pero que es el Dios que podemos encontrar no solo en toda la obra de la creación – ‘los cielos y la tierra están llenos de tu gloria’, que dijimos en el salmo – sino también en nosotros mismos allá en lo hondo del corazón porque El quiere habitar en nosotros, ‘pues en El vivimos, nos movemos y existimos…’
Llega Pablo a anunciarles la conversión para aceptar a aquel que es el rostro amoroso de Dios y que ha venido a traernos la salvación y que por nosotros murió y resucitó. ‘Ha dado prueba de esto resucitándolo de entre los muertos’.
Claro que cuando oyen hablar de resurrección aquellos filósofos escépticos poco menos que se ríen de él – había muchas corrientes contradictorias en la filosofía de aquel entonces como ahora – y le dicen ‘De esto te oiremos hablar en otra ocasión’. Solamente un pequeño grupo aceptó la palabra de Pablo y se le adhirieron. ‘Algunos se le juntaron y creyeron, entre ellos Dionisio el areopagita, una mujer llamada Damaris y algunos más’. A continuación nos dice el autor de los Hechos de los Apóstoles: ‘Después de esto, dejó Atenas y se fue a Corinto’. No se vuelve a oír hablar de Atenas en el nuevo Testamento.
Un altar al dios desconocido se encontró san Pablo en Atenas. ¿Será para nosotros también Dios un dios desconocido? Aunque nos llamemos creyentes y cristianos hemos de reconocer que algunas veces en nuestra fe actuamos como si se tratara igualmente de un Dios desconocido. Nos quedamos como atascados ante el misterio de Dios, y no vamos más allá para conocerle y para sentirle en nosotros y en nuestra vida.
Sin embargo, nosotros tenemos a Jesús que viene a revelarnos el Misterio de Dios. ‘Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se le quiere revelar…’ Y Cristo ha venido para eso, para mostrarnos el rostro de Dios que es rostro de amor porque Dios es Amor. Nos cuesta a veces llegar a penetrar en esa inmensidad de Dios o de sentirlo en nuestro corazón. Pero Jesús que nos habla de Dios y nos revela al Padre nos da su Espíritu para que nos conduzca hasta la verdad plena de Dios. Lo estamos escuchando en el evangelio en estos días, el Paráclito, el Defensor, el Espíritu de la Verdad que enviará desde el Padre. ‘Ahora, cuando venga El, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena’, le hemos escuchado hoy decir a Jesús.
Que nos envíe su Espíritu, sí, que nos conduzca a la verdad plena porque nos llene de Dios, nos inunde con la vida de Dios que nos hace hijos y que nos permite llamar a Dios Padre; que venga el Espíritu de la Verdad, que gima en nuestro interior para que nos enseñe a orar de verdad; que nos inunde el Espíritu de la Verdad, porque sólo ‘con el Espíritu podemos decir Jesús es Señor’.
Es nuestra súplica y nuestra oración.