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miércoles, 6 de junio de 2012


Por designio divino llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús

2Tim. 1, 1-3.6-12; Sal. 122; Mc. 12, 13-17
‘Apóstol de Jesucristo por designio de Dios, llamado a anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús…’ Hermosa definición que hace Pablo de sí mismo, de su vocación y de su misión cuando saluda al hijo querido, Timoteo, en la segunda carta que hoy nos propone la liturgia.
No es voluntad propia, sino ‘designio de Dios’. ¿Qué es lo que nos anuncia? ¿Cuál es su mensaje? ‘La promesa de vida que hay en Cristo Jesús’. Podemos recordar que no fue Saulo el que buscó a Jesús sino que fue Jesús el que le salió al encuentro en el camino de Damasco cuando iba con sones de persecución para los que seguían el camino de Jesús.  ‘Lo he elegido para ser instrumento que lleve mi nombre a todos los pueblos’, le dijo el Señor a Ananías. Y se convirtió en mensajero de vida, de la vida de Jesús que a todos llena de vida y de salvación.
¿No será ese el mensaje que los que creemos en Jesús tenemos que llevar siempre a los demás? Esta carta de Pablo que estamos comentando forma parte de las llamadas cartas pastorales; en ellas el apóstol da instrucciones a aquellos discípulos a los que había encomendado unas comunidades - Éfeso a Timoteo, Creta a Tito, como bien  sabemos – y en este caso estamos viendo cómo el apóstol se preocupa de que Timoteo avive la gracia de Dios que recibió con la imposición de las manos.
Pero nos vale a todos, pastores y fieles, dichas recomendaciones porque todos tenemos la misión del apostolado, en virtud de nuestra fe en Jesús y nuestra pertenencia a la comunidad cristiana hemos de ser apóstoles, testigos de nuestra fe en medio del mundo. ‘Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, de amor y de buen juicio’. Por eso le dice, nos dice, ‘toma parte en los duros trabajos del evangelio, según las fuerzas que Dios te dé’.
No terminamos de considerar lo suficiente la riqueza del mensaje del evangelio que nos manifiesta el amor que Dios nos tiene desde toda la eternidad. Nos regala su amor y nos regala su vida que se manifiesta en plenitud en Jesucristo, el Señor. Sintiéndonos así amados de Dios, si lo consideráramos lo suficiente, nos sentiríamos urgidos a la santidad, a una vida santa. ¿Cómo no responder con una vida de amor a todo el amor que Dios nos tiene?
‘El nos salvó y nos llamó a una vida santa, no por nuestros méritos, sino porque antes de la creación del mundo, desde tiempo inmemorial, Dios dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo, y ahora, esa gracia se ha manifestado por medio del evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal’. Maravilloso mensaje que tenemos que meditar pausadamente allá en lo hondo de nuestro corazón. Rumiarlo en nuestro interior, repetir una y otra vez la reflexión dejando que el Espíritu del Señor nos ilumine por dentro.
Esto para nuestra vida, pero esto también como mensaje que hemos de saber trasmitir a los demás. No conocemos a veces suficientemente todo lo que es el misterio de nuestra salvación y por eso nuestra vida en ocasiones es mediocre espiritualmente. Y si nos encontramos mucha gente a nuestro alrededor a los que no les dice nada o les dice poco la fe y el ser cristiano, hemos de reconocer porque muchas veces no se les ha hecho el debido anuncio.
¿Cómo van a creer si no se les anuncia el Evangelio? Esto nos urge con mayor intensidad el que tenemos que ser apóstoles, testigos de nuestra fe en Jesús, de la salvación que en Jesús Dios nos da para todos los  hombres. Que la gracia del Señor nos acompañe. Como dice el apóstol ‘estoy firmemente persuadido de que tiene poder para asegurar hasta el último día el encargo que me dio’. No nos faltará la gracia del Señor en ese testimonio que hemos de dar de Jesús y del evangelio.

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