Convenzámonos que es el amor el que da nueva vida al mundo y comencemos a amar a Dios y al prójimo como eje fundamental de nuestra vida
Éxodo 22, 20-26; Salmo 17; 1Tesalonicenses 1, 5c-10; Mateo 22, 34-40
Si viniera ahora alguien a preguntarnos a cualquiera de nosotros, por ejemplo uno que no es cristiano ni tiene mayores conocimientos del cristianismo, qué es lo que tiene que hacer o lo que tiene que cumplir para ser cristiano, ¿qué crees que sería la respuesta más común o socorrida? Probablemente alguno comenzaría por decirle que leyera la Biblia, o que fuera a misa o a la Iglesia, que tiene que bautizarse, que tiene que ser bueno y tratar bien a la gente, que debe compadecerse de los pobres, que tiene que aprenderse el catecismo y el credo, que tiene rezar sus oraciones todos los días, y así seguramente comenzaría a decirle cosas y cosas que hacer, recordando mandamientos, recordando normas y preceptos de la Iglesia y a la larga no nos estaríamos diferenciando mucho si esa misma pregunta para ser un buen judío se hubiera hecho a algunos de aquellos maestros de la ley que ahora vienen a hacerle una pregunta a Jesús, darían como respuesta. Aquel maestro de la ley recordaría los 613 preceptos unidos a más disposiciones y normas que componían las enseñanzas que se enseñaban a los judíos.
¿Nos quedaremos en cosas que hacer y nos olvidaremos de qué es lo importante que tenemos que vivir? Por eso ante esta pregunta que le plantean hoy a Jesús, más que nada para ponerle a prueba como en otras ocasiones, es decirnos que tenemos que amar. Es el amor lo que tiene que ser el centro de nuestra vida, un amor no vivido de cualquier manera, sino centrado de la forma más intensa en que se pueda vivir, a Dios y al prójimo.
Jesús responde recogiendo simplemente lo que está recogido, como suele decirse, en la ley y en los profetas, citando textualmente aquellas palabras entresacadas de la ley de Moisés y que como un 'mantra' todo judío sabía de memoria y repetía en multitud de ocasiones en su día.
‘Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?’ , era la pregunta que le hacía el doctor de la ley. ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo’, le responderá Jesús. Y viene a concluir Jesús: ‘En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas’.
Como decíamos, no es hacer cosas, no es cumplir con unos mandamientos, no es realizar unos gestos o prácticas religiosas en momentos determinados, es un vivir, una nueva forma de vivir que nos hace vivir de forma distinta a Dios, pero que nos comienza a hacer tener una forma diferente de ver a los demás. Es buscar lo que verdaderamente es lo fundamental, lo que viene a dar sentido y valor a lo que es nuestra vida.
Y todo esto parte para nosotros de una experiencia maravillosa que tenemos en nuestra vida, sentirnos amados de Dios. Era la Buena Noticia que anunciaba Jesús, recordarnos, y su presencia era una señal de ello, que Dios nos ama. Es lo que transforma nuestra vida, es lo que comienza a darnos ese nuevo sentido porque si nos sentimos así tan valorados es porque sabemos que Dios nos ama. Con muchas imágenes nos lo irá recordando Jesús a lo largo del evangelio, pero son los signos que Jesús realiza los que nos manifiestan ese amor de Dios que transforma nuestras vidas. Pone luz en nuestros ojos o vigor en nuestra vida para que comencemos a vivir de manera distinta; nos muestra su amor derramando su misericordia sobre nosotros que nos purifica como limpia al leproso de su enfermedad perdonando nuestros pecados para que podamos vivir la pureza del amor.
No es un amor que se queda en palabras – somos muy fáciles y tenemos la tentación de comenzar a decir cosas bonitas del amor – sino que se transforma en gestos y posturas, en actitudes y acciones concretas, se tiene que manifestar en la forma de estar en la vida y en el compromiso que nos lleva a la entrega más profunda; es un amor que nos empapa y nos envuelve, un amor que se transpira e inunda cuanto hay alrededor, un amor que se contagia y se convertirá en una invitación y en una exigencia en nuestras relaciones con los demás.
Dejémonos contagiar por el amor y contagiemos con ese virus del amor a cuantos nos rodean y haremos un mundo mejor, haremos saltar las barreras que nos dividen y nos distancian, y comenzaremos a hacer calzadas reales bordeadas de las flores de nuestros gestos de amor, y nos sentiremos dulcemente anudados en ese lazo que nos hace sentirnos unos los unos con los otros y en comunión.
¿Cuándo nos convenceremos que es el amor el que da nueva vida al mundo y comenzaremos a amar a Dios y al prójimo como verdadero eje de nuestra vida?

No hay comentarios:
Publicar un comentario