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viernes, 16 de octubre de 2026

Con Dios de nuestra parte se acabaron los miedos, caminamos con paso seguro aun con nuestras debilidades, nos sentimos amados emprendiendo con valentía los caminos del amor

 


Con Dios de nuestra parte se acabaron los miedos, caminamos con paso seguro aun con nuestras debilidades, nos sentimos amados emprendiendo con valentía los caminos del amor

Efesios 1, 11-14; Salmo 32; Lucas 12, 1-7

Por muy valientes que nos sintamos o digamos que somos siempre en la vida tenemos algunos miedos; muy maduros tenemos que ser para ser capaces de afrontar todos esos miedos y sentirnos de verdad liberados interiormente, pero no siempre somos tan maduros, tenemos nuestros miedos y dudas, incertidumbres ante el futuro de la vida, interrogantes a los que no siempre sabemos dar respuesta, desconfianzas ante los que nos rodean porque muchas veces dudamos de su sinceridad, miedos a los fracasos o a la pérdida de prestigio, a que la gente nos vea débiles si nos manifestamos cómo somos y entonces comiencen a no tener consideración de nosotros, miedos a que no seamos capaces de ser eficaces en lo que hacemos y lo llevemos todo a la ruina, muchas cosas que se nos meten en el alma y a veces nos hacen ser excesivamente cuidadosos, de manera enfermiza en ocasiones.

Nos sucede en la vida de cada día, en esos deseos de superación que tengamos que algunas veces se pueden desinflar y perder la presión, en los ámbitos de nuestra fe y de lo que es el seguimiento de Jesús. ¿Nos sentimos en verdad siempre seguros? ¿No habrá cosas que nos llenen de temores sobre todo cuando tenemos que vivir nuestra fe en un mundo que nos parece adverso? Podemos perder la paz en ocasiones. Los mismos derroteros de la Iglesia a veces nos hacen hacernos preguntas. Ahora mismo con la enfermedad imprevista del Papa nos sentimos inquietos en nuestro interior y hasta en ocasiones nos cuestionamos los caminos de Dios. Pero tenemos que convencernos que no son nuestros caminos los que tienen que imperar y que los designios de Dios van mucho más allá de lo que nosotros somos capaces de ver.

Hoy Jesús en el evangelio les dice a los discípulos y a todos aquellos que le escuchaban y querían seguirle que no tengan miedo. Los caminos no están siendo tan fáciles como algunas veces nosotros queremos ver; aunque en ocasiones se congregaban muchedumbres para escucharle y hasta son capaces de irse con Jesús hasta los lugares más insospechados, por detrás hay quienes están ronroneando, poniendo en duda lo que Jesús hace y su autoridad, presentando luchas de oposición en los comentarios que hacen o en las preguntas que le plantean a Jesús.

Pero Jesús les dice que no tengan miedo, que tengan cuidado con la levadura de los fariseos porque puede malear la masa y no querer dejar que fermente ni germine la semilla de evangelio que Jesús va sembrando. La oposición se puede volver violenta; en ocasiones ya Jesús comienza a anunciarles que en el futuro va a ser presentados incluso a los tribunales o metidos en la cárcel, por eso ahora les dice que no teman a los que pueden matar el cuerpo, que peor es que nos hieren por dentro, que quieran cauterizar esas semillas plantadas en nuestro corazón para volverlas estériles; por eso les dice que cuidado con los que les puedan llevar por caminos de perdición.

Y para afrontar todo eso Jesús les pide confianza. Les habla que el Padre del cielo nos ama y nos conoce y estará siempre de nuestro lado. Nos dice que hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, para expresarnos cómo estamos en el corazón de Dios, o nos dice que si no valemos más que unos pajaritos del campo a los que Dios cuida, ¿no valdremos nosotros mucho más a los ojos de Dios?

Tenemos que saborear el sentirnos amados por Dios. Ahí está la clave. No es que digamos a ver cuántas cosas tenemos que hacer para contentar a Dios y Dios nos ame y cuide de nosotros. El amor de Dios está primero. El amor de Dios va por delante. Como nos dirá más tarde san Juan en sus cartas, no es que nosotros hayamos amado a Dios sino en que Dios nos amó primero y ese amor de Dios permanece para siempre. ¡Con qué seguridad y confianza en consecuencia hemos de sentirnos!

Con Dios de nuestra parte se acabaron los miedos, podemos caminar con paso seguro a pesar de nuestras debilidades; nos sentimos amados y eso engrandece nuestro espíritu y nos hace emprender también con valentía esos caminos del amor.


jueves, 8 de octubre de 2026

No olvidemos nunca el amor del Señor que de tantas maneras se ha manifestado en nuestra vida, sintamos agradecidos la emoción del amor de Dios en nosotros

 


No olvidemos nunca el amor del Señor que de tantas maneras se ha manifestado en nuestra vida, sintamos agradecidos la emoción del amor de Dios en nosotros

Gálatas 3, 1-5; Salmo: Lc 1, 69-75; Lucas 11, 5-13

Alguna vez quizás hemos sentido emoción en el alma porque nos encontramos con alguien que casi sin darnos cuenta por qué esa persona se muestra agradecida con nosotros porque nos dice que nosotros un día la ayudamos, la escuchamos y fuimos comprensivos con ella dándole unos momentos de nuestro tiempo cuando ella se sentía sola y que casi no podía confiar en nadie porque nadie ponía tampoco confianza en ella. Aquel gesto que nosotros tuvimos que casi no recordamos porque lo hicimos como algo espontáneo que estaba en nuestra manera de ser sin embargo alguien seguía recordando con gratitud y ahora poco menos que se ponía a nuestra disposición. El gozo agradecido de aquella persona al encontrarse de nuevo con nosotros también ponía una nota de alegría y emoción en nuestro corazón.

Son actitudes que hemos de mantener en nuestra vida, que tienen que llevarnos por una parte a mantener en tensión esa generosidad de nuestro corazón., pero que también tendría que hacernos recordar cuantas cosas buenas en ese sentido también nosotros hemos recibido a lo largo de la vida. Eso pone también una confianza en nuestro espíritu porque sabemos que siempre puede haber alguien que nos escuche, nos tienda su mano, pueda hacer algo por nosotros y también nos da confianza para acercarnos de una forma nueva a los demás.

Me han surgido estos pensamientos y reflexiones cuando he escuchado en lo profundo de mi mismo el texto del evangelio de hoy. Jesús está invitándonos a acudir al Padre con confianza y perseverancia en nuestra oración. Bien sabía Jesús las prevenciones que muchas veces tenemos cuando vamos a orar. ¿Seremos escuchados? ¿Dios nos va a atender en aquello que le vamos a pedir? Y algunas veces nos desanimamos si no vemos que nuestros deseos son cumplidos tal como nosotros los pedimos y viene la reacción de que Dios no nos escucha. ¿Será bueno que vayamos ya con esa negatividad y pasividad a nuestra oración? ¿Cuál es el sentido que tendría que tener?

¿Por qué en nuestra oración no partimos de lo que recordamos lo que ha sido el amor de Dios para nosotros? Es necesario ese reconocimiento porque es como un acto de fe. Saber ante quién estamos, reconocer el amor que Dios nos tiene y hacer algo así como un resumen de la historia de nuestra vida donde hemos visto ese actuar de Dios en nosotros. Así nuestro encuentro con el Señor en la oración será distinto, será un encuentro de gozo y lleno al mismo tiempo de esperanza porque sabemos que estamos ante quien nos ama; será el momento de disfrutar de ese gozo, de esa presencia de Dios en nosotros, ante el que quizás nos quedamos sin palabras pero con el corazón. agradecido.

La biblia nos enseña mucho en ese sentido porque en esos grandes momentos de oración se comienza siempre recordando lo que ha sido la historia de amor de Dios para con su pueblo, lo que llamamos la historia de la salvación. Es lo que tenemos que saber hacer nosotros también. Y si Dios nos ama así como lo estamos constatando nos dará más confianza para acercarnos a Él porque queremos seguir sintiendo esa misericordia en nosotros; seremos pecadores, pero sabemos que Dios nos ama; habremos tenido mil tropiezos y cometido mil errores, pero nos estamos acercando al Dios compasivo y lleno de misericordia que además nos ha entregado a su propio Hijo por amor.

Por eso nos decía Jesús cuando nos enseñaba a orar a petición de los discípulos que no necesitamos muchas palabras, porque Dios mejor que nadie conoce nuestro corazón. y conoce lo que necesitamos porque Él es siempre ese Padre amoroso que nos escucha. Es cierto que desgranamos en la presencia del Señor nuestras necesidades y preocupaciones, pensaremos en los que nos rodean y nos ama y amamos, pensaremos en la sombras de nuestro mundo que quisiéramos transformar, pensaremos en el sufrimiento de los demás para los que nosotros tenemos que ser siempre salud; y es que en la medida en que vayamos desgranando ante Dios todo eso que llevamos en el corazón, con la confianza del hijo que habla con su padre, iremos sintiendo también lo que el Señor nos va pidiendo, lo que su Espíritu va inspirando en nuestro corazón, iremos encontrando el compromiso que surgirá en nuestra vida después de nuestra oración; será una verdadero diálogo de amor en que Dios nos estará también hablando al corazón.

No olvidemos nunca el amor del Señor que de tantas maneras se ha manifestado en nuestra vida; sintamos la emoción del amor de Dios en nosotros que nos impulsará a llevar también ese amor a los demás.


jueves, 18 de junio de 2026

Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

 


Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

Eclesiástico 48, 1-14; Salmo 96; Mateo 6, 7-15

Aunque nos decimos muy libres y autosuficientes, que sabemos hacer las cosas por nosotros mismos y tenemos nuestras maneras, sin embargo en el fondo nos gustan las fórmulas; ¿cómo tenemos que hacer eso?, nos preguntamos muchas veces y estamos esperando que nos den detalladamente los pasos que tenemos que dar, para todo tenemos protocolos de cómo hay que hacer las cosas reglamentándonos según las situaciones en que nos encontremos lo que tenemos que hacer. Mira por donde hasta en nuestra relación con Dios queremos tener unas formulas, unas palabras que simplemente repitiéndolas decimos que estamos orando, que estamos hablando con Dios.

¿Será eso lo que en alguna ocasión le pedían los discípulos a Jesús cuando le pedían que les enseñara a orar, como hacían también los fariseos con sus seguidores? Los discípulos contemplaban la oración de Jesús, en alguna ocasión con el Tabor le verán incluso transfigurarse cuando está en oración, y querían orar como Jesús y parece que no terminaban de encontrar el camino. ¿No nos sucederá de alguna manera a nosotros también?

Es la respuesta que nos da Jesús hoy en el evangelio, nos enseña lo que tiene que ser nuestra oración, que no puede ser una formula aunque en eso la hemos convertido. Tenemos que entender muy bien lo que Jesús nos está diciendo, porque más que una fórmula que repitamos nos está enseñando una manera de sentirnos con Dios, nos está revelando una forma de vivir nuestra relación con Dios.

No es tanto lo que nosotros queramos decirle a Dios; como nos dice que nuestro Padre sabe lo que nos hace falta antes de que se lo pidamos. Convertimos nuestra oración en muchas palabras que decimos o una lista de peticiones que traemos previamente preparada. Muchas veces decimos que antes que eso nosotros tenemos que aprender a escuchar a Dios, es cierto, pero es mucho más lo que tiene que ser nuestro encuentro con El; es sentirnos envueltos en su amor porque somos sus hijos y nos ama; por eso la primera palabra, el primer sentimiento que expresamos es llamarle Padre; y cuando digamos o sintamos eso de verdad todo se transformara en ese momento en nuestra vida.

Nos sentimos hijos amados de Dios y en El nos sentimos santificados; nos sentimos hijos amados de Dios y a partir de ese momento todo tiene que ser distinto en nuestra vida. Es lo que se va expresando en esas palabras de Jesús cuando nos enseña a orar. Pero quizás nosotros nos contentamos con repetirlas, muchas veces a la carrera, y no saboreando todo lo que es ese amor que Dios nos tiene a partir del cual nos sentimos transformados.

Claro que queremos hacer su voluntad, que queremos sentir que es el único Señor de nuestra vida, que nos sentimos perdonados entrando también nosotros en ese órbita del perdón para los demás, claro que nos sentimos fortalecidos con su presencia y ya nada tememos porque El está con nosotros. Pero no se puede quedar en palabras que repetimos una y otra vez pero tras las cuales al final nos sentimos igual que siempre y nuestra vida no se siente transformada.

Qué lástima que nuestra oración la hayamos convertido en un recitar palabras por las que pasamos sin que en verdad lleguen a lo hondo de nuestra vida; y nos sucede en nuestra oración personal o nos sucede en nuestras celebraciones, que terminan siendo frías y rutinarias que tenemos que terminar en un tiempo determinado para no cansarnos. ¿Es que se puede uno cansar cuando está viviendo la experiencia de sentirse amado por Dios? ¿Por qué tenemos que estar pensando en lo que luego tenemos que hacer pero no vivimos hondamente ese momento en que nos sentimos de manera especial en la presencia de quien sabemos que nos ama?

No una nueva fórmula sino una nueva forma de vivir nuestra oración es lo que necesitamos. No es fácil pero tenemos que dar pasos para que sea así.

viernes, 12 de junio de 2026

Nos sentimos bendecidos por Dios que nos ha regalado su amor, contagiemos de esa bendición de amor a los demás porque así manifestamos que hemos nacido de Dios

 


Nos sentimos bendecidos por Dios que nos ha regalado su amor, contagiemos de esa bendición de amor a los demás porque así manifestamos que hemos nacido de Dios

Deuteronomio 7, 6-11; Salmo 102;  1Juan 4, 7-16; Mateo 11, 25-30

Seguramente más de una vez hemos preguntado o nos hemos preguntado cuando nos sentimos queridos y valorados por alguien, ¿por qué a mí? ¿Por qué me quieres? ¿Qué he hecho yo o qué méritos tengo? Seguramente también nos han dicho ‘porque sí’, simplemente eso, nos quieren porque nos quieren y no hay más que decir. El amor verdadero no es por merecimientos, simplemente es un regalo, un don, una entrega gratuita que se nos hace sin  ningún otro interés; la cuestión es cómo vamos a corresponder a ese amor.

Es lo que le recuerda Moisés al pueblo en el libro del Deuteronomio. No porque fueran los mejores ni los más fuertes, no porque fueran los más sabios o los más poderosos, simplemente porque Dios los eligió. ‘El Señor se enamoró de vosotros y os eligió’. Es hermoso, es cómo con gratitud tenemos que sentirnos ante Dios. Es el regalo del amor de Dios lo que tenemos que sentir y lo que nos tendrá que hacer vivir de forma distinta. Estamos muchas veces más preocupados por los méritos que vamos a hacer que en gozarnos en el amor; y claro gozarnos en el amor nos hace sentirnos envueltos en amor y respirar amor; el amor entonces fluirá de nosotros como de forma espontánea, iremos manando amor con toda nuestra vida. ¡Qué distintas son las cosas!

Todo parte de Dios. Como nos dice san Juan es que Dios es amor. Y eso es lo primero, de lo que manarán todas sus consecuencias. Y las consecuencias es amarnos porque hemos nacido de Dios que es amor; los hijos son lo que les han dado sus padres; nosotros hemos nacido de Dios y tenemos que amar. Como nos sigue diciendo Dios envió al mundo a su Unigénito para que vivamos por medio de Él. ¿Cómo será entonces esa vida? No podemos responder de otra manera sino diciendo que amor. Así permaneceremos en Dios y Dios permanecerá en nosotros.

Un amor que nos llena de paz y nos hace humildes, un amor que nos hace rebosar de mansedumbre y hará que fluya la ternura en cuanto hacemos y vivimos. El amor nos hace humildes y la humildad nos impulsará al amor. Algunas veces nos cuesta entenderlo porque son muchas las tentaciones que sufrimos desde un entorno de autosuficiencia y de orgullo, que nos invitan a unas actitudes de prepotencia para responder de la misma manera a como actúa el mundo. Pero queremos fiarnos de la palabra de Jesús, poner toda nuestra confianza en El.

Es a lo que nos está invitando Jesús en el Evangelio. Pueden haber las tormentas que sean en nuestro espíritu o en nuestro entorno, nunca nos faltarán, pero no perderemos la paz porque nos hemos llenado de amor, que es lo mismo que llenarnos de Dios. En Él nos refugiamos, en su corazón nos introducimos, en el fuego de su amor nos caldeamos, en Él encontramos nuestro alivio y nuestro descanso. Es a lo que nos está invitando Jesús. Amemos de verdad y no perderemos la paz.

Hoy estamos celebrando la Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Imagen que en sí mismo nos está hablando de ese amor de Dios; siempre el corazón lo proponemos como signo del amor. Es como una invitación para que crucemos nuestro corazón con su Corazón; como hacen los enamorados que van marcando todos sus pasos con ese signo de dos corazones entrelazados. Hemos comenzado nuestra reflexión recordando lo que le decía Moisés a su pueblo, que es Palabra que Dios nos dirige a nosotros también, que Dios se había enamorado de ellos y por eso los había elegido y regalado con su amor. Es lo que nosotros hemos de sentir también, pero no como una cosa romántica, sino como una realidad muy concreta en nuestra vida.

Recordemos la historia de nuestra vida y con ojos de fe descubriremos ese regalo de amor de Dios en cada paso de nuestra existencia. Intentémoslo, en nuestra reflexión, hacerlo de una forma muy concreta, recordemos hechos concretos de nuestra vida donde hemos visto de forma palpable esa historia de amor de Dios en nosotros y a nosotros. Nos sentimos bendecidos por Dios. Contagiemos de esa bendición de amor a los demás. Como nos decía san Juan, ‘Amémonos los unos a los otros ya que el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios… y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él’.


jueves, 26 de febrero de 2026

Nuestra oración no es simplemente conseguir de una manera fácil aquello que pedimos, sino sentirnos tan envueltos por el amor de Dios que nuestra vida va a ser otra

 


Nuestra oración no es simplemente conseguir de una manera fácil aquello que pedimos, sino sentirnos tan envueltos por el amor de Dios que nuestra vida va a ser otra

Ester 4, 17k. l-z; Salmo 137; Mateo 7, 7-12

¿Qué seguridad tenemos de que cuando vamos a pedir algo vamos a conseguir lo que pedimos? Según sea aquel a quien se lo pedimos, pensamos. Podríamos decir que entrarían muchas cosas, empezando quizás cómo hayamos sido nosotros con esa persona, pero también depende de su talante, de su manera de ser, de la generosidad de su corazón y, por supuesto, de la relación de amor y amistad que mantengamos con esa persona; por eso cuando la vemos alejada de nosotros o de difícil condición acudimos a mediadores.

Esto nos sucede habitualmente en nuestras relaciones humanas, pero he querido en mi reflexión partir de esa experiencia humana que todos podamos tener para comentar lo que nos dice hoy Jesús en el evangelio y también en la primera lectura del libro de Esther. ¿Son lo mismo esas peticiones humanas que nos hacemos los unos a los otros que este modo de oración que se nos ofrece hoy en la Palabra de Dios?

Quisiera comenzar por un comentario que hace Jesús casi como colofón para que tengamos esa seguridad en nuestra oración. ‘Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan… Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!’ Y ¿cuál es en fin de cuentas la razón? El amor de un padre que siempre querrá lo mejor para su hijo y le dará siempre lo más hermoso.

Si somos hijos que nos sentimos amados de Dios con cuánta confianza acudimos a El. Nuestra oración no será otra cosa que saborear el amor que Dios nos tiene y en consecuencia también poner de nuestra parte todo nuestro amor. Es a lo que tenemos que apelar, es la confianza y seguridad que saldrá espontánea de nuestro corazón. Será entonces también la manera de hacer nuestra oración, que no es solo hacer nuestras peticiones. Porque siempre hemos de partir de esa experiencia de amor que nosotros vivimos en nuestra relación con Dios. Es el amor de Dios que está primero, un amor que es tan grande que nos regala el hacernos sus hijos. Es un regalo de amor que nosotros hemos de saber saborear en nuestro encuentro con Dios, cuando nos sentimos en su presencia. Y es quizás en lo menos que nos detenemos cuando hacemos nuestra oración. ¿Es que los enamorados no disfrutan de su amor simplemente diciéndose que se aman?

Es hermosa la oración de la reina Esther que se nos ofrece hoy en la primera lectura. Tiene que hacerle una petición al Rey, su esposo, en la que está en juego incluso la supervivencia de su pueblo, pero ella acude antes a Dios, porque sabe bien que no es regalo de un rey humano lo que va a pedir, sino un regalo del amor de Dios. Por eso se acerca con humildad pero con al mismo tiempo con la confianza de saberse pueblo elegido y amado de Dios. Solo pide que el corazón se mueva a la compasión, que ella también tenga las palabras sabias y oportunas para poder intervenir. ‘Pon en mis labios una palabra oportuna delante del león, y hazme grata a sus ojos…’ y al mismo tiempo pide hacerse grata a los ojos de Dios.

¿Qué significa? Esa oración la está transformando a ella, no va a ir desde la arrogancia y prepotencia sino con humildad y verdadero amor que las actitudes profundas de su vida van a cambiar. Nuestra oración no es simplemente conseguir de una manera fácil aquello que pedimos, sino sentirnos tan envueltos por el amor de Dios que nuestra vida va a ser otra. ‘Cambia nuestro luto en gozo y nuestros sufrimientos en salvación’. El dolor por los problemas o dificultades persistirá pero todo va a encontrar un sentido nuevo, un valor nuevo, porque no faltará el gozo del corazón - ¿y cómo va a faltar si nos sentimos amados? – y sentiremos como la salvación llega a nuestra vida.

¿Vivimos con ese sentido nuestra oración o simplemente vamos a despachar con quien nos puede resolver las cosas para que se nos conceda cuanto necesitamos? Otro tiene que ser nuestro sentido.

miércoles, 23 de julio de 2025

Que no se apague la esperanza en nuestro corazón, que no olvidemos nunca la necesidad de estar bien injertados en la vid para que podamos dar fruto

 


Que no se apague la esperanza en nuestro corazón, que no olvidemos nunca la necesidad de estar bien injertados en la vid para que podamos dar fruto

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Muchas veces cuando queremos hacer una valoración de nuestra vida, algo así como definirla según lo que hemos hecho en la vida, aunque quizás mantengamos las apariencias porque nunca queremos decir en voz alta todo lo que pensamos de nosotros mismos, tenemos la tentación de pensar en nuestros fracasos, en nuestras debilidades, en los tropiezos que hemos ido teniendo en la vida y tenemos el peligro de cargar con demasiados tintes oscuros lo que ha sido nuestra vida; por eso, como decía, guardamos las apariencias y son cosas que no siempre decimos en voz alta.

Pero sin embargo creo que hay algo, y que no es eso, que es lo que en verdad tendría que definir nuestra vida. A pesar de las sombras que podamos ver en nosotros hay una luz que brilla, y es que en todo siempre se ha desbordado el amor de Dios con nosotros y en nosotros. Al vivir por la fe descubrimos la maravilla de que somos hijos de Dios y el amor de Dios siempre es fiel y sigue contando con nosotros, es más, ha contado con nosotros a pesar de nuestros límites y nuestras debilidades.

Este pensamiento tiene que hacer renacer la esperanza en nuestro corazón, es una inyección muy fuerte de entusiasmo y de vida, que nos ayuda a superar nuestras limitaciones y nos llena de confianza porque Dios sigue contando con nosotros y sigue amándonos a pesar de todos los errores nuestros. Es algo que nos hace caminar, levantarnos de esas zonas oscuras, poner un optimismo nuevo en la vida, confiar más en nosotros porque si Dios que nos conoce bien confía, ¿por qué no podemos seguir sembrando semillas, contribuyendo incluso desde nuestros fracasos a hacer ese mundo nuevo y mejor?

Solo nos está pidiendo una cosa Jesús, como nos dice hoy en el evangelio, que como sarmientos sigamos unidos a la vida. Podrán estar ajadas las hojas o ramas de nuestra vida, pero puede seguir saliendo un racimo hermoso, siempre podemos hacer que broten los frutos, porque la vida no viene de nosotros, la vida nos viene de Dios, la savia de su gracia sigue alimentando las ramas de nuestra vida, sigue haciendo que a pesar de todos los pesares siguen surgiendo brotes que pueden darnos frutos buenos.

Si somos sinceros con nosotros mismos nos damos cuenta de ese regalo de Dios que es su amor y como han ido surgiendo esos nuevos brotes en nuestra vida llamados a dar frutos. No nos podemos sentir fracasados a pesar de los fracasos, no nos podemos echar para atrás aunque quizás muchos a nuestro lado no quieran creer en nosotros, piensen que a causa de nuestros fracasos tendríamos que estar relegados a otros lugares, pero hay algo dentro de nosotros que podemos compartir, que podemos sembrar en los corazones y en las vida de los demás, y es esa certeza que tenemos de que Dios nos ama.

Con esa seguridad seguimos adelante, con esa confianza seguimos sembrando la semilla en aquel campo que la providencia de Dios va poniendo a nuestro alcance, a nuestra mano para que en él sembremos. Muchas veces quizás nos hemos sentido tentados a tirar la toalla, pero cuando hacemos un pequeño recuento de nuestra vida y vemos cómo aún estamos ahí, como aun se siguen manifestando en nosotros los signos del amor de Dios, como nos hemos visto liberados de tantos peligros y acechanzas en tantos momentos, todo eso nos da ánimo para seguir adelante, y sembrar allí donde podemos hacerlo.

Que no se apague esa esperanza en nuestro corazón, que no olvidemos nunca la necesidad de estar bien injertados en la vid para que podamos dar fruto. Demos gracias a Dios por todo ello.


jueves, 19 de junio de 2025

Nada mejor para sentirnos sanados que sentirnos amados, por eso nos deja Jesús un sentido nuevo de oración

 


Nada mejor para sentirnos sanados que sentirnos amados, por eso nos deja Jesús un sentido nuevo de oración

2Corintios 11,1-11; Salmo 110; Mateo 6,7-15

Te vas a poner enfermo, nos dicen los que parecen más expertos en esto de dolores y enfermedades; y es que sin sentirnos mal, o al menos no reconocemos ningún síntoma concreto, sin embargo sentimos eso que muchas veces describimos como mal cuerpo, no nos duele nada en concreto pero parece que nos duele todo, hay partes de nuestro organismo que parece que no funcionan bien del todo, hay como un malestar general sin saber exactamente qué es; eso es que te vas a poner enfermo, algo se está incubando, decimos o nos dicen.

Pero ya no se trata de enfermedades somáticas, cosas que afecten a órganos concretos, sin embargo no siempre nos sentimos bien; anímicamente parece que estamos decaídos u en otra honda, hay cosas que, sí es verdad, nos duelen por dentro, parece que no nos sentimos en paz y nuestras reacciones son descontroladas con los demás, parece que no encontramos un rumbo para nuestra vida y andamos como desestabilizados espiritualmente; y aquí qué necesitamos una medicina, que nos haga encontrarnos con nosotros mismos, que nos abra a Dios y que nos ayude a entrar en una nueva y mejor relación con los demás. Nuestro espíritu también se nos enferma, necesitamos una sanción espiritual.

Jesús nos la da hoy. Nos enseña a orar. Lo vemos a él continuamente a lo largo de las páginas del evangelio que busca esos momentos de silencio, esos momentos en los que se aparta de todo y en cierto modo de todos, se retira en la noche, o marcha a lugares apartados y tranquilos. Lo vemos iniciar su vida pública retirándose previamente al desierto para pasar allí cuarenta días; en lo que parecen aun los comienzos de su predicación por Galilea, después de un día muy completo, diríamos, que concluye en la tarde con muchas personas que se agolpan a las puertas del lugar donde está con sus enfermos, en la madrugada del día siguiente los primeros discípulos se lo encuentran a las afueras del pueblo que se había retirado a orar; recordamos su subida al Tabor o sus retiros en los aledaños del monte de los Olivos en Jerusalén, por mencionar solo algunos momentos.

Ahora en el llamado sermón del monte, cuando nos ha proclamado las bienaventuranzas, nos va señalando diversos aspectos en los que tienen que ir ahondando sus discípulos para vivir en el sentido del Reino de Dios que está anunciando. Es entonces cuando también nos habla de un modelo y de un sentido de oración.

Si le habíamos visto sanando a los enfermos de todo tipo de dolencias ahora nos va a ofrecer la mejor medicina para que en verdad nos sanemos interiormente. Será ese momento que tenemos que vivir en paz y serenidad pero que verdaderamente nos va a llenar de paz y pondrá serenidad en nuestro espíritu. Será el momento en que nos sintamos llenos de Dios para encontrar en El todo lo que sana el alma.

Y no hay mejor cosa para comenzar a sentirnos sanados que sentirnos amados. Es lo primero que nos quiere dejar claro porque nos enseña la más dulce palabra con que podemos dirigirnos a Dios, Padre. Llamamos Padre a Aquel de quien nos sentimos amados; si así nos dirigimos a Dios es porque estamos saboreando su amor. Cuando sentimos que nos aman y nos aman con ese amor eterno e infinito todo en nuestra vida queremos que sea para quien nos ama. No solo le regalamos la camisa, por decir algo muy elemental, sino que estamos poniendo toda nuestra vida en sus manos.

¿Qué son realmente esa serie de invocaciones y peticiones que vamos expresando cuando vamos repitiendo las palabras que Jesús nos enseñó? Todo para la gloria de Dios, todo para poder vivir ese sentido nuevo del Reino de Dios que quiere construir en nosotros, todo para hacer su voluntad y para sentirnos en sus manos.

Todos esos malestares que sentimos por dentro se irán apagando con ese regalo de amor; todo eso que nos duele por dentro porque no hemos sabido ser fieles o porque no hemos tratado a los demás con esa dignidad que todos se merecen va a ser curado porque sentimos la misericordia de Dios en nosotros, pero porque nosotros vamos a comenzar a actuar con esa misma misericordia con los demás.

Esas desesperanzas que algunas veces nos agobian se transforman porque en Dios nos sentimos seguros y con Dios nos sentiremos fuertes para no dejar enfermar de nuevo nuestro corazón, nuestro espíritu. Fijémonos bien en el sentido de cada una de las peticiones del padrenuestro.

Igual que a las medicinas tenemos que darle su tiempo, así tenemos que saber darle su tiempo al padrenuestro. No puede ser nunca oración repetida a la carrera donde nos traguemos de cualquier manera sus palabras; tiene que siempre algo a lo que nos acerquemos con calma y buscando de verdad esa paz de nuestro espíritu. Será quien nos sane totalmente nuestro espíritu.

lunes, 19 de mayo de 2025

Sentirnos amados de Dios, es sentirnos llenos de Dios, como si nos sintiéramos hundidos en el manantial de su amor, porque Dios llega a habitar en nosotros

Sentirnos amados de Dios, es sentirnos llenos de Dios, como si nos sintiéramos hundidos en el manantial de su amor, porque Dios llega a habitar en nosotros

Hechos 14, 5-18; Salmo 113;  Juan 14, 21-26

Sabemos que en la vida hemos de saber mantener unas buenas relaciones con los que caminan a nuestro lado basadas en el respeto mutuo y también en la buena colaboración porque en fin de cuentas sabemos que compartimos un mismo mundo, necesitamos relacionarnos los unos con los otros y lograr una cierta armonía nos hace las cosas más fáciles y agradables. Sin embargo no siempre es fácil, decir respeto por respeto parece no suficiente, mantener unas distancias entrelazadas con unas cercanías que nos hagan las cosas fáciles no siempre parece que sea posible, porque fácilmente afloran desde nuestro interior nuestras propias ambiciones e intereses que si nos parece que son mermados ya nos sentimos incómodos. Algo tiene que haber distinto que le pueda dar otro sabor y otro color.

Lo sabemos, pero no siempre sabemos llevarlo a cabo, por esas debilidades que afloran, por esos intereses individualistas que salen a superficie, por ese amor propio en que nos parece que si damos estamos perdiendo. Sabemos, sí, que solo el amor es el que hará posible que nos sintamos felices, que hagamos ese mundo agradable para todos, que hará posible un verdadero enriquecimiento interior que nunca hará mermar la felicidad de los demás. Pero nos cuesta entender, nos cuesta realizarlo.

Es lo que Jesús nos está planteando en el evangelio. Es la buena noticia que nos quiere dar, pero la buena noticia viene de Dios, hace referencia a Dios y de ella tenemos luego que sacar nuestras conclusiones. La buena noticia de Jesús que llamamos la Buena Noticia del Reino de Dios es decirnos que Dios nos ama. Esa es la maravilla que no podemos olvidar. Esa es la maravilla que va a mover nuestra vida. Esa es la maravilla que nos va a poner en un nuevo camino, el camino del amor. Sintiéndonos así amados por Dios, y cómo se manifiesta eso en Jesús, nuestro camino no puede ser otro que el del amor.

Nos costará, porque como decíamos antes nos aparecerán muchas sombras en nuestra vida que nos hacen el camino oscuro, que nos impiden encontrar ese brillo del amor, que nos encierran en nosotros mismos, en nuestras individualidades, en nuestros orgullos, en nuestro amor propio y comenzaremos a restar, comenzaremos a poner limites a nuestra generosidad y a nuestra entrega, comenzaremos a hacer distinciones y discriminaciones, no llegaremos a vivir con intensidad el amor que Jesús nos propone.

Por eso tenemos que saber escuchar a Jesús, plantar de verdad su palabra en nuestro corazón, dejarnos envolver por su mandamiento y comenzar a amar con su mismo amor. Cuando lo probamos, lo saboreamos; cuando comenzamos a intentarlo veremos que eso nos llena de dicha; cuando comenzamos a ser fieles en ese amor sentiremos dentro de nosotros algo que no podemos explicar, es que estamos sintiendo a Dios en nosotros. Es lo que nos está diciendo hoy en el evangelio. ‘El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; al que me ama será amado mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él’. Fijémonos qué hermoso, qué regalo estamos recibiendo de Dios, ‘al que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a El’.

Pero no se queda ahí, porque sentirnos amados de Dios, es sentirnos llenos de Dios, como si nos sintiéramos hundidos en ese manantial de su amor. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él’. Nos convertiremos en morada de Dios. ¿No comenzará entonces a ser nuestra vida distinta?

Ya no es solo el respeto o la colaboración; ahora es la comunión, porque amar es entrar en comunión, es sentirnos uno con aquel a quien amamos, como nos sentimos unos con Dios cuando nos dejamos envolver por su amor. Seguiremos siendo débiles, seguirán aflorando en nosotros todas aquellas sombras de las que antes hablábamos, pero ahora tenemos una luz nueva, nos sentimos fortalecidos en el amor, una nueva esperanza renace en nuestro corazón de que es posible hacer un mundo nuevo y mejor, una paz indescriptible llenará nuestro espíritu.


jueves, 1 de mayo de 2025

Creer en Jesús es poseer la vida eterna, es sentirnos poseídos por Dios y llenos de Dios, Dios es ya posesión nuestra metido en todo nuestro ser para hacernos un hombre nuevo

 


Creer en Jesús es poseer la vida eterna, es sentirnos poseídos por Dios y llenos de Dios, Dios es ya posesión nuestra metido en todo nuestro ser para hacernos un hombre nuevo

Hechos de los apóstoles 5, 27-33; Salmo 33; Juan 3, 31-36

Hay cosas en la vida que nos impactan y dejan huella en nosotros, huella que no es solo un recuerdo que no podemos quitar de la cabeza, que eso también sucede, sino que quizás a partir de ese momento vemos las cosas de otra manera, nos impulsa a tomar decisiones importantes para nuestra vida o nos llevan a vivir distinto. Un accidente que presenciamos o en el que nos vimos envueltos y del que salimos ilesos, una palabra de alguien en un momento determinado que se convirtió para nosotros en algo solemne y único, las palabras de un moribundo podríamos pensar, algo que vimos hacer a alguien que nos resultó insólito y sorprendente por el convencimiento con que lo hacía, y así cada uno podemos pensar en ocasiones distintas de la vida que nos hemos sentido impactados de forma extraordinaria.

Podemos pensar en cosas de la vida ordinaria, hechos reales que hemos vivido, o entramos en un ámbito más espiritual y estamos hablando de la fe. Una fe que no se reduce a una tradición, algo que nos han transmitido aunque eso tiene también su importancia y sigue siendo algo fundamental, sino una fe que ha ido creciendo en nuestro interior, pero desde lo que nosotros vivimos, desde las experiencias humanas y religiosas, espirituales que hayamos tenido.

Quizás vivimos tan materializados, tan imbuidos por el ambiente que nos rodea que todo lo reduce a lo material, a lo sensorial que nos produzca placeres, y tenemos el peligro de perder esa sensibilidad espiritual que tiene que formar parte también de nuestra vida. Nos quedamos fácilmente en la corteza, pero no sabemos llegar a lo hondo donde está la verdadera sabia de nuestra vida; quizás en ocasiones pasamos por momentos de experiencia espiritual e incluso religiosa, y lo materializamos tanto que podemos quedar solo disfrutando de la belleza externa que vienen a ser como adornos, que es cierto también nos pueden ayudar, pero no calamos hondamente en esa experiencia espiritual que podamos estar viviendo; cuando nos falta esa hondura salimos, es cierto, encantados por esa belleza externa, pero no espiritualmente impactados.

Lo vivido días pasados con la muerte del Papa Francisco, podría ser una experiencia espiritual intensa, pero puede ser que nos quedemos en la anécdota, la solemnidad del acto, algo así como en el espectáculo, las personas o personajes que han intervenido, pero no hemos sabido descubrir una voz que en lo hondo nos esté hablando desde la figura, la vida y la muerte del Papa Francisco. Es la experiencia de Dios lo que tenemos que saber encontrar, saber vivir en cualquier cosa que vivamos, porque Dios llega a nosotros de mil maneras y en todos los acontecimientos y en todas las partes. ¿Tendremos que aprender a despertar la fe?

Es esa experiencia de la fe que nos transforma, que le da hondura a nuestra vida, que le hace adquirir un nuevo sentido y valor, es lo que nos hace sentirnos con nueva vida. Y esa experiencia de fe es algo más que un impacto que nos hace guardar un recuerdo o dejar una huella, algo que no podemos olvidar; es eso y mucho más, porque eso se va a hacer vida en nosotros, es lo que nos va a hacer vivir de verdad y entonces todo tendrá un nuevo sentido, como decíamos, un nuevo valor.

Hoy el evangelio nos dice que creer en Jesús es algo maravilloso porque nos hace poseer la vida eterna. Y cuando nos habla de vida eterna, no estamos pensando en el más allá después de la muerte, sino que esa vida eterna es lo que ahora estamos viviendo, porque es sentirnos poseídos por Dios y sentirnos llenos de Dios, porque es sentir que Dios es ya posesión nuestra porque así está metido en nuestro corazón, en nuestro espíritu, en todo nuestro ser.

Y eso nos hará vivir, entonces, de manera distinta, de manera nueva; es por eso que decimos que los que creemos en Jesús somos hombres nuevos, algo distinto a cuando vivíamos sin esa fe, sin ese Jesús poseyendo nuestra vida. ‘El que cree en el Hijo posee la vida eterna’. ¿Será así como estamos viviendo nuestra fe? ¿Será así como nos sentimos poseedores de esa vida eterna?

martes, 14 de mayo de 2024

Repasemos alguna vez la historia de nuestra vida para reconocer una historia de amor de Dios para con nosotros y volvamos sobre nuestros pasos para dar gracias

 


Repasemos alguna vez la historia de nuestra vida para reconocer una historia de amor de Dios para con nosotros y volvamos sobre nuestros pasos para dar gracias

Hechos de los apóstoles 1, 15-17. 20-26; Salmo 112; Juan 15, 9-17

Ser elegido para desempeñar una función, para una responsabilidad importante es considerado todo un honor; más aún cuando no ha sido algo deseado o buscado por nuestra parte sino que aparece como un don gratuito hacia nosotros de aquel que nos ha elegido; con qué empeño y responsabilidad asumiremos ese honor queriendo hacernos dignos de esa confianza que han tenido con nosotros. No se trata en este caso de una elecciones que llamamos democráticas en las que nos presentamos como candidatos ofreciendo de nuestra parte nuestro curriculun para hacernos merecedores de tal elección. Hablamos, en este caso, de la generosidad de quien ha pensado en nosotros y nos ha elegido para desempeñar tales funciones.

Me estoy haciendo esta consideración en la fiesta del Apóstol que hoy nos propone la liturgia de la Iglesia, san Matías, elegido como se nos relata en el libro de los Hechos de los Apóstoles en sustitución de Judas que había traicionado al Señor. Y es también el texto que en esta liturgia hoy se nos ofrece en la que Jesús, recogiendo palabras de la cena pascual, que hemos venido considerando en días pasados, nos llama sus elegidos. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

‘Soy yo quien os he elegido’, nos dice Jesús. Y no hay otra razón que su amor. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor’. Como hemos considerado tantas veces recordamos aquello que nos dice san Juan en sus cartas. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó’  y nos eligió para regalarnos con su amor. Por eso no nos queda otra que responder nosotros con el mismo amor. ‘Permaneced en mi amor’.

Creo que es algo que no hemos considerado lo suficiente. Tenemos que dejarnos sorprender por el amor del Señor. No son nuestros merecimientos cuando nuestra vida está llena de debilidades y pecados. Y Dios sigue amándonos, sigue confiando en nosotros, sigue regalándonos su amor para que al final nosotros aprendamos también a amar y amemos con su mismo amor, a su medida. Por eso nos dice que nos ha destinado para que demos fruto y nuestro fruto permanezca.

Ha sido Dios ese buen viñador que ha cuidado de su viña, ha cuidado de nosotros. La historia de nuestra vida es una historia de lo que es el amor de Dios para con nosotros. Alguna vez tenemos que detenernos a pensarlo, a considerarlo bien. Cada uno tenemos nuestra historia personal, que no es solo lo que nosotros hayamos podido construir, también tenemos que considerarlo y reconocerlo, pero por encima de todo eso están todas esas señales del amor que Dios ha ido poniendo a la vera del camino de nuestra vida. Sería bueno que alguna vez nos detuviéramos a pensarlo y reconocerlo, porque es reconocer el amor de Dios, dar gracias por ese amor que Dios nos ha tenido.

Cuántas veces en la historia de nuestra vida nos hemos visto envueltos en mil turbulencias y como personas de fe hemos acudido al Señor para que nos ayude a atravesar esos malos momentos y podamos salir de esas situaciones; pero qué pronto lo olvidamos cuando volvemos de nuevo a la calma o a la vida rutinaria de cada día. Nos pasa muchas veces como aquellos leprosos del evangelio que se vieron curados y corrieron para buscar los papeles que les permitieran ir al encuentro de los suyos; solo uno volvió sobre sus pasos para llegar a los pies de Jesús y dar gracias. Tenemos que hacerlo.

domingo, 5 de mayo de 2024

No son nuestros méritos, sino el regalo gratuito que Dios nos hace cuando nos ama, porque Dios siempre va tomando la iniciativa, nos elige y nos regala con su amor

 


No son nuestros méritos, sino el regalo gratuito que Dios nos hace cuando nos ama, porque Dios siempre va tomando la iniciativa, nos elige y nos regala con su amor

Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal. 97; 1Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17

Vivimos en un mundo de méritos; nos lo hemos ganado, decimos; nos creemos merecedores de todo porque tengamos unos títulos, porque hayamos hecho un recorrido en la vida, porque hayamos acumulado unos méritos. No digo que no tengamos que tener en cuenta esas cosas, y está por medio nuestra preparación, el desarrollo de cualidades y valores, la buena ejecución de aquello que se nos haya encomendado; es una forma de valorarnos y de estimularnos, es una forma de que otros también se sientan impulsados a crecer. Pero la vida es más.

No son unos méritos o unos títulos los que nos ganan el corazón de las personas; no es con una carrera con la que vamos a presentarnos ante alguien para exigirle que nos acepte y nos meta en su vida; no es lo que tengamos acumulado en nuestras ganancias lo que en verdad nos hace grandes como personas; es otra cosa que tenemos que sentir en el corazón, en lo más hondo de nosotros mismos, donde vamos a manifestar lo que es la verdadera realidad de nuestra vida y nuestra grandeza.

¿Qué es lo que verdaderamente dará grandeza a nuestra vida? ¿Qué es el fondo lo que nos puede producir mejor y más honda felicidad? Todos andamos buscando esa grandeza, esa dignidad que también tenemos que saber reconocer en los demás, esa felicidad que nos llenará de las satisfacciones más hondas. ¿Dónde encontrarlo?

Sentimos así la necesidad de amar y de sentirnos amados. Es esa relación de comunión que queremos establecer con las personas, con las personas que amamos y de las que nos sentimos amadas. Es el camino que tenemos que aprender a descubrir. Es de lo que hoy Jesús nos está hablando en el evangelio.

Como bien sabemos, estos textos que estamos escuchando estos domingos, aunque también en las lecturas de pascua en medio de la semana, están tomadas en gran parte del evangelio de san Juan y en especial de la cena pascual antes del comienzo de la pasión. Momentos de emociones fuertes, momentos de desahogo y de despedida, momentos de últimas recomendaciones. Jesús está desparramando toda la ternura de su corazón. Los discípulos amaban a Jesús y por eso su emoción y hasta su tristeza porque realmente aún terminaban de comprender todo lo que iba a suceder, por eso les veremos luego despistados, desparramados, que huyen y se esconden. Pero allí Jesús les va dejando todas las señales de su amor, que tendría que ser en verdad en lo que ellos tendrían que apoyarse para no sentirse tan escandalizados por lo que luego sucedería.

Y les dice una cosa muy bonita. Hay como una corriente de amor que parte del Padre y que a través de Jesús les llega a ellos también. De manera que si entran en esa corriente de amor algo nuevo habrán de sentir en sus corazones para que su vida fuera distinta. Pero aunque Jesús les habla claramente ellos andan como aturdidos y terminan de saborear hondamente las palabras de Jesús. Será después de la resurrección, cuando se llenen del Espíritu, cuando lo comprenderán todo y comenzarán a vivirlo intensamente.

Jesús les está diciendo que no los mira como siervos, no los mira como alguien ajeno a su corazón, para El son sus amigos, los amados, los que también se están llenando de ese amor de Dios. Porque no es lo que ellos realmente por si mismos hayan hecho como merecimientos en el tiempo que han estado con Jesús. Es Dios quien ha tomado la iniciativa.

‘A vosotros os llamo amigos’, les dice, porque ya conocéis todo lo que es el amor de Dios que se nos ha manifestado. Conocer, bien sabemos, en el sentido bíblico es algo más que tener conocimiento de algo, un conocimiento intelectual, o como quien conoce una noticia que le comunican; conocer es experimentar en si mismo, es algo mucho más hondo. Cuando María dice que no ha conocido hombre está queriendo decir que no ha tenido experiencia de lo que es el amor de un hombre, recordamos. Es ahora lo que les está diciendo Jesús. Ellos han experimentado en sí mismo lo que es ese amor y esa elección de Dios. ‘Yo os he elegido’, les dice Jesús. Les ha elegido porque les ama; en esa elección de Jesús están experimentando en sí mismos el amor que Jesús les tiene.

Todo es iniciativa de Dios. ¿Qué sucedió en el texto que hemos escuchado en la primera lectura cuando Pedro es llamado a ir a visitar la casa de aquel gentil y de repente siente que el Espíritu Santo ha inundado aquella casa llenándolos a todos del Espíritu Santo? No eran judíos, no estaban bautizados, llamaron a Pedro porque estaba en un camino de búsqueda de conocer el evangelio de Jesús, pero el Espíritu del Señor tomó la iniciativa, y por eso dirá Pedro como podrán negarles entonces el bautismo de Jesús.

Es lo que nos viene a decir también san Juan en la segunda lectura. Repito, la iniciativa es de Dios. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios primero nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados’. Es que Dios es amor, y todo va a ser una derivación de ese amor que es Dios, de ese amor con Dios nos ama y nos entrega a su Hijo. Es mucho más que un amor de amistad, aunque Jesús empleará esa palabra para referirse a sus discípulos. Es el amor que es entrega. Por eso no hay amor más grande que el de quien da su vida por los que ama, del que se entrega por los que ama. No son nuestros méritos, sino el regalo gratuito que Dios nos hace cuando nos ama.

¿Seremos capaces de amar con un amor así? Es el amor que Jesús nos pide, porque nos pide que nos amemos los unos a los otros como El nos ha amado. Y no es poca cosa.


martes, 20 de febrero de 2024

Nuestra oración, como nos enseñó Jesús, no puede ser otra cosa que disfrutar de la presencia y del amor de Dios que es nuestro Padre y nos ama

 


Nuestra oración, como nos enseñó Jesús, no puede ser otra cosa que disfrutar de la presencia y del amor de Dios que es nuestro Padre y nos ama

Isaías 55, 10-11; Salmo 33; Mateo 6, 7-15

Voy a comenzar preguntándonos, preguntándome para qué rezamos, por qué rezamos. Son tantas las necesidades, decimos, son tantas las cosas por las que tendríamos que pedir, y pensamos en nuestra salud, pensamos en la familia y en los amigos, pensamos en los problemas que tenemos, pensamos en el mundo en que vivimos donde vemos tantas cosas que no nos gustan y que quisiéramos que fueran mejor… y así seguimos haciéndonos una lista muy grande de las cosas por las que tenemos que rezar. Todo es pedir. Como si fuéramos al despacho de alguien muy poderoso en cuya mano está la solución de todas las cosas y llevamos nuestra instancia de peticiones.

¿Nos fijamos en que solo estamos pensando en pedir? Quizás nos ponemos un poco más espirituales y pedimos para que seamos buenos, o pedimos por la paz, o pedimos por aquellos que vemos en conflicto a nuestro lado para que las cosas se solucionen… y seguimos pidiendo y pidiendo.

Sí, ya sé que Jesús nos dice en el evangelio que pidamos y recibiremos, que llamemos y que se nos abrirá, que busquemos y que encontraremos, y nos insiste mucho en la constancia y perseverancia en nuestras peticiones, en nuestras oraciones.

Pero quería recoger algo que ahora mismo he recordado; nos decía que llamemos y se nos abrirá. ¿Para qué tocamos en una puerta y llamamos? ¿Porque queremos entrar y queremos estar? He aquí un aspecto muy importante de nuestra oración y que algunas veces olvidamos. Vamos a visitar a nuestra madre o a nuestro padre cuando ya nos hemos independizado y vivimos por nuestras propias casas y en nuestra propias cosas, porque queremos estar con ellos; y muchas veces simplemente es estar allí, en aquella casa que fue nuestra casa, allí donde están nuestros padres y nos sentamos a su lado, y hablamos y contamos como habrá momentos en que solo disfrutamos con el hecho de estar allí, de estar con ellos.

¿No tendría que ser algo así también nuestra oración? Estar, estar con el Señor que nos ama, que sabemos que nos ama, disfrutar de su presencia aunque estemos en silencio. ¿Nos habremos fijado bien en la manera de orar que Jesús nos enseño y que hoy nos trae el evangelio? Algunas veces porque nos la sabemos de memoria y la repetimos ya pensamos que tenemos hecha toda nuestra oración. Pero no lo hemos saboreado. Necesitamos saborear nuestra oración que es encuentro, que es estar en la presencia del Padre Dios que nos ama.

Lo que nos ha enseñado Jesús es como un saludo disfrutando de su amor cuando lo llamamos Padre pero para sentirnos a gusto estando con El, saboreando el encuentro porque estando con El nos sentimos llenos de su Espíritu. Estando con El nos sentimos santificados porque nos sentimos amados, estando con El nos gozamos porque queremos ser fieles y leales gozándonos en lo que El nos dice que tenemos que hacer, su voluntad, su reino que queremos vivir, que queremos realizar en nuestra vida.

Y para eso no hace falta decir muchas palabras, sino saborear mucho en el corazón. Estamos con El y nos gozamos de su presencia, hacemos silencio porque el amor se siente en silencio en el corazón.  ¿No te habrá sucedido alguna vez que llegaste a ese momento de oración y aunque te parecía que tenías tantas cosas que decir o que pedir, sin embargo te quedaste como transpuesto en silencio sin saber qué hacer o qué decir? Eso es oración.  Eso es hermosa oración.

Fijémonos que en la forma en que Jesús nos enseñó a orar, lo que hoy escuchamos en el evangelio, pocas son las cosas que pedimos y que vendrán en un segundo momento después de que hemos saboreado esa presencia del Señor. Es lo que luego surgirá de forma espontánea quizá porque nos sentimos en las manos providentes de Dios Padre. Y contamos, sí, con nuestras necesidades, el pan de cada día, y pedimos perdón y nos damos cuenta de que generosamente también nosotros tenemos que ofrecer perdón, y nos queremos ver liberados con la fuerza y la gracia del Señor de todo mal y de toda tentación. Pero es como una conclusión de todo aquello que antes habíamos disfrutado en la presencia del Señor. Después de estar así con el Señor tenemos la seguridad de que todo eso que necesitamos y mucho más nos va a dar Dios.

Para qué oramos, por qué rezamos, nos preguntábamos. Porque queremos entrar y estar, porque queremos disfrutar de la presencia y del amor de Dios.

viernes, 22 de diciembre de 2023

Recordando esa mirada de Dios, tan palpable hoy sobre María, y también sobre la historia de nuestra vida, aprendamos a tener una mirada hacia los demás


 

Recordando esa mirada de Dios, tan palpable hoy sobre María, y también sobre la historia de nuestra vida, aprendamos a tener una mirada hacia los demás

1Samuel 1,24-28; Sal.: 1S 2,1.45.6-7.8;  Lucas 1,46-56

‘¡Me está mirando!’, es la reacción de sorpresa de aquella persona humilde y sencilla que salió con sus convecinos al paso de alguien importante de paso por aquel lugar. Alegría, gozo, fiesta en aquellas gentes por el hecho de que aquel personaje pasara en medio de ellos, pero alguien le sucedió algo especial en su interior al paso de aquel personaje, se sintió mirada, no con una mirada cualquiera, una mirada que podríamos decir de corrida y de forma general como estaba mirando a todos, sino se dio cuenta que su mirada se posaba en ella. Algo sintió por dentro, ¿sorpresa? ¿Miedo quizás por lo que podría significar porque hay miradas que son aterradoras? ¿Alegría porque era como una mirada de predilección que iba a tener un significado posterior especial?

Así se sintió María. Desde que el ángel la había sorprendido en su casa de Nazaret, desde que escuchó el saludo del ángel que además la llamaba la agraciada ante de Dios – la llena de gracia, que dice el evangelio – Ella estaba sintiendo en todo momento esa mirada de Dios que se posaba en su corazón. No puede menos que desbordar de gozo su corazón y cantar los mejores cánticos de alegría y alabanza a su Creador. Como saltando por los montes, brincando entre las colinas, como decía el Cantar de los Cantares ella había hecho aquel recorrido de Nazaret a las montañas de Judea dejando oír su voz y su alegría por los caminos de Samaría y por las montañas de Judea.

Y si la música la llevaba en el corazón resonando como en un eco por la alegría que recorría aquellos caminos y solo la escuchaban los ángeles de Dios que la acompañaban, ahora en la confianza donde se siente querida y amada ese cántico salta a gritos en perfecta entonación que se convierten en la más hermosa melodía y que van a resonar fuerte entre los valles y las montañas con prolongación de los siglos hasta nuestros días para alabar y para bendecir al Señor. Es el cántico del Magnificat que hoy se nos ofrece en el evangelio y que se ha convertido también en el cántico de la Iglesia con el que cada tarde se bendice y se alaba también al Señor.

Alaba y bendice al Señor María porque ha mirado, se ha fijado en la humildad de su esclava y el poderoso ha hecho obras grandes en ella. Y recuerda María todo el camino de la misericordia del Señor que se ha ido manifestando siglo tras siglo con su pueblo cumpliéndose todas las promesas hechas por los antiguos profetas y que Dios un día hiciera a Abrahán, su siervo. Todo va a cambiar, un mundo nuevo va a resurgir, las promesas de Dios siempre se cumplen. No puede menos María que cantar al Señor. Dios había puesto sus ojos en ella adueñándose de su corazón.

¿No será eso lo que nosotros también hemos de sentir? La mirada de Dios ha estado siempre sobre nosotros, la mirada del Señor nos ha acompañado y ha sido nuestra fuerza y nuestra guía. Quizás sintiéndonos indignos quisiéramos ocultarnos de esa mirada de Dios, como le sucedió a Adán y Eva en el paraíso después de su pecado, pero Dios nos ha seguido buscando. ¿Se quería esconder Pedro cuando se sintió mirado por Jesús  en el patio del pontífice después de su triple negación? Lloraría Pedro su pecado – la tradición nos habla de los surcos que cruzaban su rostro marcado por el río de sus lágrimas -, pero tendría ánimos para porfiarle su amor y decirle que Jesús lo sabía todo y sabía que a pesar de todo él le amaba.

Recorramos la historia de nuestra vida que ha sido la historia de una mirada de amor de Dios sobre nosotros. Cuántas veces se manifestado una y otra vez la misericordia de Dios sobre nuestra vida en su mirada de amor. Podemos así levantarnos y dejarnos encontrar por Dios, por su gracia, sentir la ternura de su mirada, ver cómo se derrama una y otra vez la misericordia sobre nuestro corazón.

Recordando esa mirada de Dios, tan palpable hoy sobre María, pero tan palpable también sobre la historia de nuestra vida, hemos de aprender a volver nuestra mirada hacia los demás. Que a través de nuestra mirada se siga derramando esa ternura de Dios sobre el corazón de cuantos nos rodean, porque el Señor también en nosotros quiere realizar obras grandes.