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jueves, 18 de junio de 2026

Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

 


Jesús con su oración nos revela una nueva forma de vivir nuestra relación con Dios sintiéndonos hijos amados del Padre

Eclesiástico 48, 1-14; Salmo 96; Mateo 6, 7-15

Aunque nos decimos muy libres y autosuficientes, que sabemos hacer las cosas por nosotros mismos y tenemos nuestras maneras, sin embargo en el fondo nos gustan las fórmulas; ¿cómo tenemos que hacer eso?, nos preguntamos muchas veces y estamos esperando que nos den detalladamente los pasos que tenemos que dar, para todo tenemos protocolos de cómo hay que hacer las cosas reglamentándonos según las situaciones en que nos encontremos lo que tenemos que hacer. Mira por donde hasta en nuestra relación con Dios queremos tener unas formulas, unas palabras que simplemente repitiéndolas decimos que estamos orando, que estamos hablando con Dios.

¿Será eso lo que en alguna ocasión le pedían los discípulos a Jesús cuando le pedían que les enseñara a orar, como hacían también los fariseos con sus seguidores? Los discípulos contemplaban la oración de Jesús, en alguna ocasión con el Tabor le verán incluso transfigurarse cuando está en oración, y querían orar como Jesús y parece que no terminaban de encontrar el camino. ¿No nos sucederá de alguna manera a nosotros también?

Es la respuesta que nos da Jesús hoy en el evangelio, nos enseña lo que tiene que ser nuestra oración, que no puede ser una formula aunque en eso la hemos convertido. Tenemos que entender muy bien lo que Jesús nos está diciendo, porque más que una fórmula que repitamos nos está enseñando una manera de sentirnos con Dios, nos está revelando una forma de vivir nuestra relación con Dios.

No es tanto lo que nosotros queramos decirle a Dios; como nos dice que nuestro Padre sabe lo que nos hace falta antes de que se lo pidamos. Convertimos nuestra oración en muchas palabras que decimos o una lista de peticiones que traemos previamente preparada. Muchas veces decimos que antes que eso nosotros tenemos que aprender a escuchar a Dios, es cierto, pero es mucho más lo que tiene que ser nuestro encuentro con El; es sentirnos envueltos en su amor porque somos sus hijos y nos ama; por eso la primera palabra, el primer sentimiento que expresamos es llamarle Padre; y cuando digamos o sintamos eso de verdad todo se transformara en ese momento en nuestra vida.

Nos sentimos hijos amados de Dios y en El nos sentimos santificados; nos sentimos hijos amados de Dios y a partir de ese momento todo tiene que ser distinto en nuestra vida. Es lo que se va expresando en esas palabras de Jesús cuando nos enseña a orar. Pero quizás nosotros nos contentamos con repetirlas, muchas veces a la carrera, y no saboreando todo lo que es ese amor que Dios nos tiene a partir del cual nos sentimos transformados.

Claro que queremos hacer su voluntad, que queremos sentir que es el único Señor de nuestra vida, que nos sentimos perdonados entrando también nosotros en ese órbita del perdón para los demás, claro que nos sentimos fortalecidos con su presencia y ya nada tememos porque El está con nosotros. Pero no se puede quedar en palabras que repetimos una y otra vez pero tras las cuales al final nos sentimos igual que siempre y nuestra vida no se siente transformada.

Qué lástima que nuestra oración la hayamos convertido en un recitar palabras por las que pasamos sin que en verdad lleguen a lo hondo de nuestra vida; y nos sucede en nuestra oración personal o nos sucede en nuestras celebraciones, que terminan siendo frías y rutinarias que tenemos que terminar en un tiempo determinado para no cansarnos. ¿Es que se puede uno cansar cuando está viviendo la experiencia de sentirse amado por Dios? ¿Por qué tenemos que estar pensando en lo que luego tenemos que hacer pero no vivimos hondamente ese momento en que nos sentimos de manera especial en la presencia de quien sabemos que nos ama?

No una nueva fórmula sino una nueva forma de vivir nuestra oración es lo que necesitamos. No es fácil pero tenemos que dar pasos para que sea así.

martes, 19 de mayo de 2026

Todo siempre para la mayor gloria de Dios, reconociendo el evangelio de Jesús, noticia de gran alegría, porque Dios es nuestro Padre

 


Todo siempre para la mayor gloria de Dios, reconociendo el evangelio de Jesús, noticia de gran alegría, porque Dios es nuestro Padre

Hechos 20, 17-27; Salmo 67; Juan 17, 1-11a

Ha llegado la hora, la hora de la glorificación, dice Jesús; y estas palabras son pronunciadas cuando están reunidos en las horas previas al comienzo de la pasión, como epílogo a la cena pascual. Habla de gloria de Dios y habla de amor y de entrega hasta dar la vida, en cierto modo habla de muerte; es lo que hace que muchos no entiendan, que a nosotros mismos nos cueste también comprender, porque hablar de gloria parece que significaría hablar de triunfos y de victorias, pero a nuestros ojos humanos muchas veces nos cuesta verlo.

Hay ocasiones en que se nos hace difícil porque la subida del calvario que vamos encontrando en la vida se nos hace dura; cuántos contratiempos y malentendidos y también interpretaciones maliciosas, cuántos obstáculos desde lo que nos cuesta superarnos a nosotros mismos pero también de la oposición que en nuestro entorno podremos encontrar, no siempre somos comprendidos, querrán echar muchas veces sobre nosotros la basura de los desprestigios porque nos ven débiles y no somos tan perfectos.

Y Jesús nos está hablando de glorificación; aunque humanamente muchas de las cosas que nos suceden nos duelen sin embargo hemos de saber darle un sentido y un valor. El camino de pasión y de pascua que emprendía Jesús no era un camino fácil; recordemos que ante el sufrimiento que se avecinaba en Getsemaní suda sangre; ‘que pase de mi este cáliz’, será su súplica, ‘pero no se haga mi voluntad sino la tuya’ concluirá diciendo Jesús en su oración.

Se ha puesto en manos del Padre, pero en manos del Padre nos deja también a nosotros. ‘He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado. Te ruego por ellos… porque son tuyos… y en ellos he sido glorificado. Ya no voy a estar en el mundo, pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a ti’.

Es la oración de Jesús por nosotros, por su iglesia que aun camina en este mundo. Una oración que nos está pidiendo a nosotros que permanezcamos en su amor, que guardemos su palabra, que crezcamos más y más en el conocimiento de Dios, que seamos capaces de poner toda nuestra fe en El, por muy difícil que sea el camino, por muchas que sean las tinieblas con que nos vayamos encontrando.

Pero es una oración de Jesús al Padre pidiendo por nosotros que quedamos en el mundo, y en el mundo tenemos una misión, y en el mundo aunque sea adverso tenemos un testimonio que dar, en el mundo tenemos que ser testigos manifestando en nuestra vida lo que es la obra de Jesús. Todo siempre para la mayor gloria de Dios, como nos dejó bien resumido en su lema san Ignacio de Loyola. Y, ¿cuál es esa gloria de Dios? Hoy nos lo está diciendo Jesús en el evangelio que ha de convertirse en vida para nosotros. ‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.

Es lo que tenemos que ir haciendo con nuestro testimonio, porque no vamos a predicarnos a nosotros mismos, no vamos a decir lo buenos que somos, vamos a hacer presente el Reino de Dios en nuestro mundo. ¿Y qué necesitamos para eso? Que se conozca a Dios, la revelación de Dios. Es la Buena Nueva que vino a anunciarnos Jesús. Reconocerlo verdaderamente como el Señor de nuestra vida, que conozcamos y reconozcamos a Jesús.

miércoles, 8 de octubre de 2025

 

Sepamos quitar esa ‘chinita’ de la incapacidad de perdonar de nuestro zapato y comenzaras a sentirte más dichoso y feliz, con más ganas de amar con un amor generoso

Jonás 4,1-11; Salmo 85; Lucas 11,1-4

Queremos tener zapatos cómodos en nuestros pies y nos gastamos lo que sea necesario para conseguir unos zapatos bonitos cómodos y poder caminar sin ningún tipo de molestia; pero a veces nos sucede que se nos mete una ‘chinita’ en el zapato que nos hace amargo nuestro caminar, nos molesta, no sabemos a veces como quitarla porque parece que va corriendo por toda la planta del zapato y se nos hace insoportable nuestro caminar.

Hoy sale a relucir esa ‘chinita’ del zapato de nuestra vida que no nos deja tranquilos, que no terminamos de comprender ni saber qué hacer terminar de liberarnos de eso que muchas veces va amargando nuestra existencia, aunque tratemos de disimularlo. Está incluido en una de las peticiones que hacemos en la oración que Jesús nos enseñó.

El evangelio nos habla de la petición que le hacen los discípulos a Jesús, ‘enséñanos a orar’. Repetidamente vemos la oración de Jesús en el evangelio, como participa en la oración de la comunidad en la sinagoga o en las fiestas pascuales en el templo de Jerusalén, pero también le vemos en diversos momentos que se retira a orar a lugares apartados o expresa su oración y acción de gracias al Padre en medio de los mismos acontecimientos que se van sucediendo. En muchas ocasiones por otra parte nos hablará de la insistencia, perseverancia y confianza con que hemos de orar al Padre. ‘Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá…’ porque el Padre siempre atiende a la oración de los hijos.

Ahora Jesús nos deja plasmado en unas palabras concretas lo que ha de ser el sentido de nuestra oración. Hemos grabado esas palabras de Jesús en el corazón de nuestra vida y nos las hemos aprendido de memoria para repetirlas una y otra vez en nuestra oración. No voy ahora a extenderme en cada uno de esos como apartados con los que traza lo que ha de ser nuestra oración; quiero más bien ir a subrayar lo que más nos cuesta decir con todo sentido y en toda su amplitud en esa formula de oración y que de alguna manera es esa ‘chinita’, esa piedrecilla que se ha metido en nuestro zapato y que no terminamos de resolver.

Pedirle perdón a Dios parece ser fácil en cuanto pedimos ese perdón para nosotros, y ya hasta de alguna manera nos hemos acostumbrado a decir que somos pecadores y como que parece que Dios ya tiene en su misericordia la obligación de perdonarnos. 

Vayamos por partes, ¿sabremos nosotros disfrutar de ese perdón? ¿Será en verdad motivo para sentir gozo en el alma, pero de tal manera que no nos queremos ver de nuevo envueltos en aquellas negruras del pecado? ¿No nos estará sucediendo que no terminamos de unir este perdón que le pedimos a Dios con aquella forma de llamarle tal como lo hacemos cuando comenzamos a llamarle Padre en nuestra oración? Quizás no hemos sabido saborear del todo esa palabra, ese llamar a Dios Padre, ese sentir que Dios es para nosotros un Padre que nos ama y nos ama de una forma incondicional y en su amor nos regala su perdón.

Pero la ‘piedrecita’ la encontramos cuando llegamos a las consecuencias de ese perdón, el perdonar nosotros a los demás, a los que nos han ofendido, con quienes tenemos la deuda de esa ofensa y de ese consiguiente perdón. Ahí es cuando nos sentimos cojear en ese perdón de Dios también, porque si no somos capaces nosotros de perdonar, de ofrecer ese regalo de amor de nuestro perdón, ¿cómo seremos capaces de pedir ese perdón de Dios?

Por ahí comenzamos a cojear, a querer hacer nuestras interpretaciones favorables a ver como quedamos bien, pero algo está flaqueando en nuestra vida y en nuestras actitudes porque parece que ya el amor no es tan amplio como tendría que ser. Es lo que tenemos que aprender a disfrutar, es cuando tenemos que sacar todas las consecuencias de aquel amor con queremos llamar a Dios Padre y sentirnos amados por El.

Es por donde tenemos que empezar, es lo que tenemos que saber saborear, disfrutar. Podremos entender las palabras de Jesús en la cruz cuando no solo pide perdón por los que le crucifican sino que aun los disculpa porque no saben lo que hacen. ¿No sería eso lo que movería el corazón de aquel ladrón que estaba en el mismo sufrimiento de Jesús para tener la confianza y la osadía de pedir a Jesús que se acordara de él cuando llegara a su Reino?

Y es que el perdón generoso no solo nos dará más felicidad a nuestro corazón sino que también moverá el corazón más endurecido para querer entrar también en esa órbita del amor. El contemplar esa capacidad de perdón de alguien a nuestro lado es un aliciente y un estimulante para movernos a nuestro propio arrepentimiento y a la confianza de obtener ese perdón como también ofrecerlo generosamente.

Sepamos quitar, pues, esa ‘chinita’ de nuestro zapato, porque vas a comenzar a sentirte más dichoso, más feliz, con más ganas de amar con un amor totalmente generoso.  

miércoles, 4 de junio de 2025

Mantenernos en la unidad y oración por la Iglesia, dos pilares fundamentales que nos harán creíbles ante el mundo en el anuncio del evangelio

 


Mantenernos en la unidad y oración por la Iglesia, dos pilares fundamentales que nos harán creíbles ante el mundo en el anuncio del evangelio

Hechos  20, 28-38; Salmo 67; Juan 17, 11b-19

Quiero hoy arrancar mi reflexión sobre la palabra de Dios a partir de las emociones y sentimientos que se manifiestan en Jesús en los momentos de la última cena, como si de un eco se tratara, de experiencias de nuestra vida cotidiana en resonancia con esos sentimientos de Jesús.

Podemos pensar cuando hemos estado preparando un proyecto, pero al mismo tiempo preparando a aquellos que tendrán que asumirlo para llevarlo adelante, porque ya no está en nuestras manos, por las circunstancias que sean, el continuarlo por nosotros mismos, la preocupación que podemos sentir para tener la certeza de que aquello lo llevarán a cabo; hacemos nuestras recomendaciones, por así decirlo, o buscamos también algún apoyo que puedan recibir tales personas para que no decaigan en la tarea y responsabilidad que ahora se les confía. ¿Un interrogante que se plantea? ¿Unos temores que en el fondo podamos tener? ¿Cómo tener unas garantías de que la tarea seguirá adelante? ¿Desde donde podemos ofrecerles apoyos?

Podemos pensar en la mirada de unos padres que ven salir a sus hijos a la vida, que se independizan, que asumen responsabilidades, que por si mismo tendrán que enfrentarse a la vida con todos sus problemas. Los padres los han preparado, los han formado, les han enseñado, pero no quita para que sigan con sus recomendaciones y consejos, para mostrarse cercanos y abiertos a que acudan a ellos cuando lo necesiten.

¿Será la emoción de estos momentos que está viviendo Jesús? No es solo el hecho de la inminente pasión. Es la misión que han de desarrollar, la tarea del anuncio de la buena noticia de salvación para el mundo, que han de hacerla desde su palabra, su predicación, pero desde el testimonio de sus vidas. Fijaos que Jesús lo que ahora pide fundamentalmente es que ellos sean capaces de permanecer unidos. ‘Padre santo, guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros’. Van a estar en medio del mundo sin ser del mundo y con un anuncio que el mundo no va a comprender. Pero han de permanecer firmes en la opción que han hecho en sus vidas, firmes en la unidad que han de mantener, firmes en su fidelidad. Y Jesús ruega por ellos, la oración que mantiene en pie a la Iglesia.

Les prometerá también como hemos venido escuchando que no les va a faltar la fuerza de su Espíritu, ‘el Espíritu de la verdad que os lo enseñará todo’, el Espíritu que será su fortaleza, el Espíritu que los van a mantener en la unidad. Van a ser los enviados de Jesús, de la misma manera que El es el enviado del Padre. ‘Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo. Y por ellos yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad’.

No nos deja solos. Nos envía, nos confía la misión del anuncio de la buena noticia, pero El está con nosotros, es nuestra fortaleza, ora al Padre por nosotros. ¿Será en verdad ese el espíritu que nos anima a nosotros en nuestra tarea? Podríamos preguntarnos muchas cosas. ¿Nos mantenemos en la unidad tal como era el deseo de Jesús? Es algo muy importante, de lo que no siempre damos buen testimonio. Muchas actitudes tendríamos que revisar en nuestra pertenencia a la Iglesia y cómo nos manifestamos ante el mundo. No somos todo lo creíbles que tendríamos que ser.

Pero también tendríamos que preguntarnos por nuestra oración. ¿Es como la de Jesús? ¿Es, en verdad, una oración por la Iglesia? ¿Nos sentiremos en verdad fortalecidos en nuestra oración para la tarea que hemos de realizar en medio del mundo?

miércoles, 15 de mayo de 2024

Con Jesús, con su oración nos sentimos confortados, porque sabemos que no nos faltarán las fuerzas, Dios está con nosotros, seamos signo para los demás

 


Con Jesús, con su oración nos sentimos confortados, porque sabemos que no nos faltarán las fuerzas, Dios está con nosotros, seamos signo para los demás

 Hechos de los apóstoles 20, 28-38; Salmo 67; Juan 17, 11b-19

Seguramente habremos escuchado más de una vez de parte de una persona que nos tenía en gran aprecio que nos decía, ‘yo rezo por ti’. Cualesquiera que fuera la circunstancia por la que estuviéramos pasando o el momento en que nos dijeran tal cosa, seguramente sentimos una hermosa emoción interior, al ser consciente de que alguien pensara en ti y te tuviera presente en su oración delante del Señor. Es un gozo grande el que sentimos en nosotros, una gratitud espontánea se desprende del alma, nos sentimos unidos de una manera especial con personas así y seguramente será un impulso espiritual grande el que sentimos dentro de nosotros, sea cuales fuera, como decíamos, la situación o el estado de nuestro animo en esos momentos. Y si además sentíamos que se avecinaban momentos difíciles más profundo sería la esperanza que se despertaba dentro de nosotros y grande sería la fuerza espiritual que sentiríamos.

Es lo que contemplamos y escuchamos en estos textos del evangelio de Juan que se nos van a proclamar en estos días. Fue al final de la cena pascual, después de todas las emociones vividas, después de las palabras de recomendación y despedida de Jesús, tras los anuncios que se habían ido haciendo que barruntaban momentos difíciles. Y Jesús les dice que ora por ellos al Padre, es más, le contemplamos y escuchamos en esa oración que Jesús dirige al Padre.

La llamamos oración sacerdotal, porque era de alguna manera el momento en que el Pontífice estaba haciendo su ofrenda en el comienzo y consumación del sacrificio; comenzará ahora está oración que se prolongará a través de toda la pasión y entrega que se va a desarrollar y culminará con aquel ‘Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu’.

En esa oración ofrenda no podían estar ausentes aquellos que con El habían estado y cuya misión de El habían de recibir. Es consciente Jesús del momento supremo y solemne que van a vivir, pero es consciente también de lo difícil de aquel momento. La cruz y la pasión siempre asustan y aunque pongamos todo nuestro amor lágrimas no nos faltarán. Es inmensa la tarea que han de realizar y es importante la unidad que han de manifestar. No va a ser fácil.

El mismo Jesús querrá que pase de él aquel dolor y aquella pasión aunque llegará el momento de la obediencia filial y final donde todo lo deja en las manos del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, como enseñándonos a decir nosotros aquello que ya nos había enseñado para nuestra oración, ‘hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo’.

Podemos tener la tentación de la huida y del escondernos, como incluso les pasaría a aquellos discípulos más fieles. Tantas veces en la vida frente a las dificultades con que tenemos que enfrentarnos queremos escondernos, queremos irnos a otra parte, pensamos que en otro lugar lo tendríamos mejor; nos sucede en muchas circunstancias de la vida.

Pero tenemos que saber cuál es nuestro momento y cual el lugar que hemos de ocupar en ese momento; aunque sea duro y doloroso, aunque nos parezca difícil superarlo. Pero con nosotros está la oración de Jesús que estamos escuchando y contemplando. Y con Jesús, con su oración nos sentimos confortados, porque sabemos que no nos faltarán las fuerzas, porque Dios está con nosotros. Seamos también signo para los demás.

Y a pesar de todos los pesares queremos seguir adelante, asumimos en nuestras manos y en nuestro corazón la tarea que se nos va a confiar. Queremos caminar al paso de Jesús. Y de Jesús aprenderemos también a rezar por los demás.


jueves, 22 de junio de 2023

Una conversación de amor que nos hace disfrutar de la presencia de amor de Dios nuestro Padre, y nos llevará a una nueva sintonía de amor

 


Una conversación de amor que nos hace disfrutar de la presencia de amor de Dios nuestro Padre, y nos llevará a una nueva sintonía de amor

2Corintios 11,1-11; Sal 110; Mateo 6,7-15

Con humildad tenemos que comenzar pidiendo al Señor ‘enséñanos a orar’. No sabemos lo que pedimos, no sabemos lo que decimos, no sabemos como hacerlo. Rezamos, repetimos oraciones ya previamente formuladas, pero ¿llegamos a orar de verdad? ¿Llegamos a tener un auténtico encuentro con el Señor que nos ama porque es nuestro Padre?

En la vida nos quejamos de tantos formularios que tenemos que rellenar cuando queremos resolver cualquier asunto, cuando tenemos que acudir a la administración para solicitar algo que necesitamos, nos cansan los papeleos, nos gustaría que las cosas fueran más sencillas, añoramos quizás aquellos tiempos en que no existía tanta burocracia  y bastaba simplemente la palabra expresada con honradez y rectitud. Quizás desde unas exigencias legales, para darle una validez y permanencia a lo que tramitamos, ha surgido todo este entramado en que nos vemos envueltos en la sociedad hoy.

Lo digo como ejemplo de lo que quizás también hemos convertido nuestra relación con Dios. Nuestras celebraciones están ritualizadas, las palabras con que expresamos nuestras oraciones están previamente conformadas, y tenemos el peligro de que nuestra relación con Dios se nos quede ritualizada y nuestra oración sea solamente algo recitado y se nos puede quedar todo sin vida.

Confieso que siento pena en mi corazón cuando veo que quienes tienen que dirigir nuestra oración en la liturgia enseñándonos a orar, la manera de hacer las oraciones es simplemente como un recitado muchas veces sin calor ni sentido.  Son nuestras celebraciones que muchas veces van perdiendo vida, nos contentamos quizás con una presencia formal, pero tenemos el peligro de que falte una verdadera profundidad espiritual.

¿En que podemos terminar? Nuestra espiritualidad se hace superficial, nuestra fe se enfría y terminaremos perdiendo nuestra relacion con Dios. ¿Qué le ha pasado a tantos en nuestro entorno que hubo momentos que vimos con gran fervor pero que quizás ya lo han abandonado todo? Podemos terminar en que ya ni rezaremos, ni lleguemos a recitar aquellas oraciones aprendidas desde niños, pero que hoy se han quedado en un vacío en el corazón. Me preocupa ese enfriamiento espiritual que contemplamos en nuestras comunidades y parroquias, esa pendiente resbaladiza por la que podemos ir cayendo.

Necesitamos recuperar el verdadero sentido de nuestra oración. Escuchar de nuevo con los oídos del corazón bien abiertos lo que hoy nos enseña Jesús en el evangelio. No quiere Jesús simplemente enseñarnos una fórmula que repitamos sin más. Por eso nos dice de entrada que no son necesarias tantas palabras. Es una conversación de amor, y quienes se aman de verdad no necesitan decirse muchas cosas, pero sí necesitan sentir la presencia del uno junto al otro para alimentar ese amor y hacerlo crecer más y más. Habrá, es cierto, palabras, habrá gestos, habrá silencios, habrá momentos en que aprendamos a sentir el corazón, escuchar y cantar la sintonía del amor.

¿Qué nos está proponiendo Jesús con lo que hoy nos dice en el evangelio? Qué disfrutemos en esa presencia de amor del Padre. Y cuando disfrutamos de esa presencia va surgiendo la vida, va surgiendo dentro de nosotros todo eso que nos hace disfrutar de Dios porque es gozarnos también en el gozo de Dios.

Y surgirá todo eso que llamamos los valores del Reino de Dios, pero no nos quedemos en la palabra bonita, sino démonos cuenta cómo surgen en nosotros deseos de amor, y de paz, y de autenticidad en nuestra vida, y de búsqueda del bien y de lo bueno; vemos como van surgiendo esos deseos de sentirnos verdaderamente unidos, y nos comprenderemos, y nos perdonaremos, y evitaremos todo aquello que pueda mermar ese disfrute de Dios. Es lo que nos está señalando Jesús con esa propuesta que nos hace con ese estilo de oración, con esa conversación de amor que tiene que ser nuestra oración.

martes, 23 de mayo de 2023

Mantengamos firme nuestra fe y mantendremos la alegría y la esperanza dando gracias por ese camino de fidelidad que venimos recorriendo, aún la fe caldea nuestro corazón

 


Mantengamos firme nuestra fe y mantendremos la alegría y la esperanza dando gracias por ese camino de fidelidad que venimos recorriendo, aún la fe caldea nuestro corazón

Hechos 20, 17-27; Sal 67; Juan 17, 1-11a

Hay momentos en la vida en que presentimos que se va a dar un cambio de rumbo, que quizás una etapa de la vida la hemos culminado y pasaremos a otras responsabilidades, y no digamos si tenemos la lucidez suficiente y por la edad nos damos cuenta que podemos estar en una etapa final de la vida; hacemos entonces recapitulaciones, que por supuesto tenemos que saber hacer siempre con serenidad de espíritu, hacemos un repaso de responsabilidades que habíamos asumido y de alguna manera queremos tener como un visto bueno de la misión cumplida, o incluso podemos tener la oportunidad de unos consejos o recomendaciones a quienes toman el relevo señalando quizá cosas que consideramos fundamentales y que invitamos a tener en cuenta, salvando siempre la libertad de quienes vienen detrás de nosotros.

Me viene este pensamiento contemplando y escuchando este texto del evangelio que va a tener continuidad estos días hasta que termine el tiempo pascual, y que corresponden a los momentos finales de la última cena de Jesús antes de su pasión y de su pascua. Glorifica Jesús al Padre queriendo también El ser glorificado por el Padre; sabe Jesús que está en el momento culminante de la Pascua con la que concluirá, por decirlo de alguna manera, su misión. Ha cumplido su misión que tendrá su momento culminante en la Pascua, en su entrega hasta la muerte en cruz; había venido Jesús para llenarnos de vida eterna, trasmitirnos el conocimiento de lo que es la vida eterna, el Reino de Dios tan repetido a lo largo del evangelio, y ha trasmitido a los discípulos esos secretos del Reino de Dios.

‘Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo. Yo te he glorificado sobre la tierra, he llevado a cabo la obra que me encomendaste… He manifestado tu nombre a los que me diste de en medio del mundo. Tuyos eran, y tú me los diste, y ellos han guardado tu palabra. Ahora han conocido que todo lo que me diste procede de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste, y ellos las han recibido, y han conocido verdaderamente que yo salí de ti, y han creído que tú me has enviado’.

Su obra está realizada, ‘he manifestado tu nombre a los que me diste en medio del mundo…’ reconoce Jesús. Ha venido a despertar la fe en el Padre ‘y ellos han creído que tú me has enviado’. Con esa fe sembrada en sus corazones quedan los discípulos, aunque todavía han de pasar por momentos difíciles que van a poner a prueba su fe. Pero Jesús ruega por ellos, para que sean fieles, para que se mantengan firmes, para que den testimonio, para que no se sientan solos, para que un día puedan sentirse fortalecidos con el espíritu Santo prometido.

Es la oración de Jesús, al tiempo que pone toda su confianza en los discípulos que han de continuar su obra. Sabe, y eso se los dirá más tarde, que cuando reciban la fuerza de lo alto van a ser testigos no solo en Jerusalén y Judea, sino que han de llegar a los confines de la tierra. Ahora será distinto, pero Jesús les promete que siempre estará con ellos hasta el final de los tiempos.

También a nosotros se nos han revelado esos secretos del misterio de Dios, esos secretos del Reino de Dios que hemos de vivir. Dios también se nos ha revelado en lo hondo de nuestros corazones y también queremos vivir nuestra fe en Jesús, poner toda nuestra confianza en El. Sin embargo, es cierto, muchas veces nos sentimos débiles y frágiles, pero pensemos que Jesús ha rogado por nosotros al Padre.

Tampoco a nosotros nos faltará la fuerza del espíritu, Dios está con nosotros, podemos caminar con seguridad. Que no se nos adormezca nuestra fe, que no se nos diluya en medio de tantas cantinelas que escuchamos en medio del mundo, que como cantos de sirena quieren torcer nuestro camino. Mantengamos firme nuestra fe, y mantendremos nuestra alegría y nuestra esperanza. Demos gracias a Dios, glorifiquemos al Padre por ese camino de fidelidad que venimos recorriendo a pesar de errores y tropiezos. Aún la fe caldea nuestro corazón.

domingo, 24 de julio de 2022

Nos habla Jesús de confianza y perseverancia, de la insistencia de nuestra oración, cómo hemos de saber hacerlo desde el secreto del corazón con la intensidad del amor

 


Nos habla Jesús de confianza y perseverancia, de la insistencia de nuestra oración, cómo hemos de saber hacerlo desde el secreto del corazón con la intensidad del amor

Génesis 18, 20-32; Sal 137; Colosenses 2, 12-14; Lucas 11, 1-13

‘Señor, enséñanos a orar’. Quizás ha sido siempre la primera oración. Siempre lo decimos, no sabemos rezar, no sabemos orar. Lo pidieron los discípulos, como escuchamos hoy en el evangelio, cuando veían que Jesús se retiraba con frecuencia a solas para orar. No era solo la oración del sábado en la sinagoga, no eran los momentos de subida al templo de Jerusalén, en la fiesta de la Pascua, o en las otras fiestas; cantaban salmos e himnos, escuchaban la lectura de la Ley y los Profetas.

Pero en Jesús veían que era distinto. Como lo sentimos nosotros tantas veces. Cuántas veces habremos dicho ‘no sé orar’; cuántas veces le hemos pedido a nuestros sacerdotes o a aquellas personas más religiosas de nuestro entorno, que nos enseñasen a orar, porque no sabemos hacerlo, siempre nos quedamos insatisfechos.

Jesús nos enseña a orar. Pero no son solo sus palabras en este momento o con esta fórmula que nos ofrece, sino que en la medida en que nos ha ido hablado del Reino de Dios de alguna manera nos ha estado diciendo cómo ha de ser nuestra oración. ¿Qué mejor manera que comenzar nuestra oración con esa palabra tan querida para Jesús? Nos está hablando continuamente del Padre, y como nos llegará a decir en un momento determinado, quien le ve a El, ve al Padre, porque nadie va al Padre sino por El.

Pues esa es la palanca principal de nuestra oración, la que nos lo dice todo, la que nos hace entrar en el misterio insondable de Dios, la que nos viene a llenar de Dios. ‘Vosotros decid, Padre…’ saboreando esa palabra lo tenemos casi todo hecho para nuestra oración. Es como para quedarse extasiado en la contemplación. Es saborear lo más hermoso. Es comenzar a gustar el cielo. Porque es comenzar a gustar el amor; es sentirse inundado de amor y comenzar a amar de la misma manera, con la misma generosidad, con el mismo entusiasmo, con el mismo fervor. Eso es lo grandioso.

¿No nos ha estado hablando como mensaje fundamental el anuncio del Reino de Dios que llega? Decir el Reino de Dios es reconocer que Dios es nuestro único Señor; decir el Reino de Dios en sentirnos envueltos por ese Dios y por ese amor. Es lo que ahora de manera especial sentimos cuando le decimos a Dios, Padre; nos gozamos con ello pero es que ya comenzamos a desear algo nuevo, queremos que todos se sientan inundados por ese mismo amor, que todos lleguen a conocer ese amor que Dios nos tiene, que todos podamos amar a Dios de la misma manera que sentimos que se amor se derrocha sobre nosotros.

Nos sentimos seguros, porque nos sentimos amados. Nos ponemos en sus manos, como ponemos todos nuestros deseos; queremos sentir la providencia amorosa de Dios sobre nosotros, porque si Dios cuida de las flores del campo y alimenta a los pajarillos que vuelan por cielo, cómo no nos va a cuidar, cómo no nos va a hacer sentir su amor, cómo vamos a sentirnos desamparados. Tenemos la confianza de que no nos faltará el pan de cada día, no nos faltará su amparo y protección porque nunca nos faltará su amor. Con qué confianza nos dirigimos entonces a Dios, con qué confianza nos sentimos en su presencia, con qué confianza pedimos por todas las necesidades del mundo.

Pero como decíamos ya vamos a comenzar a tener una mirada nueva, es la mirada que se vuelve luminosa porque está llena del amor. Es la mirada nueva con que miramos a los demás porque sabemos que ellos son también amados de Dios, es la mirada de los hermanos que se quieren y que casi solo con la mirada se dicen cosas hermosas; será la mirada de la generosidad pero también de la comprensión, será la mirada del perdón cuando sentimos que con alguna arista nos hemos herido los unos a los otros, es la mirada que nos hace entrar en una nueva comunión. ¿Qué es lo que nos está diciendo Jesús cuando nos habla de que le pedimos perdón a Dios por nuestra falta de respuesta a su amor, pero que estamos también siempre dispuestos a perdonar a los demás?

Quienes se sienten amados se sienten seguros, decíamos antes. Pero nos sentimos seguros porque nos sentimos fortalecidos en ese amor. Y con la fuerza de ese amor superaremos obstáculos, venceremos dificultades, superaremos la tentación que tantas veces nos puede volver a incitar al mal. Si no sentimos amados, ¿cómo es que podemos dejarnos arrastrar por el mal? Todo eso, mucho más le estamos queriendo manifestar a Dios nuestro Padre cuando seguimos el aprendizaje de Jesús de lo que tiene que ser nuestra oración, cuando rezamos conforme al espíritu de la oración que Jesús nos enseñó.

‘Señor, enséñanos a orar’, le decimos también nosotros a Jesús. Y nos habla Jesús de la confianza y de la perseverancia, nos habla Jesús de la insistencia con que hemos de orar a Dios, nos habla Jesús de cómo hemos de saber hacerlo desde el secreto de nuestro corazón, nos habla Jesús de la intensidad del amor que hemos de poner nosotros en esa oración, en ese encuentro con el Padre.

martes, 3 de marzo de 2020

Orar es disfrutar del gozo de sentir a Dios en nuestra vida, no serán necesarias muchas palabras, sino mucha interiorización en esa presencia de Dios


Orar es disfrutar del gozo de sentir a Dios en nuestra vida, no serán necesarias muchas palabras, sino mucha interiorización en esa presencia de Dios

Isaías 55, 10-11; Sal 33; Mateo 6, 7-15
‘Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca…’
Bella imagen la que nos propone el profeta, la lluvia que empapa la tierra, pero la tierra que encierra en sí un caudal de vida pero que necesita del agua que le haga brotar toda la fecundidad que en cierra para que germine y termine dando fruto. ¿Cuál es esa tierra a la que se refiere en profeta? Creo que casi de entrada tenemos que reconocer que es nuestra misma vida, con todas sus posibilidades, con todas las riquezas en ella encerradas.
Es nuestra vida que está ahí como un diamante en bruto; bien sabemos que el diamante no es extraído de la tierra tal como luego lo veremos pulido y engarzado en una joya; en si mismo al ser extraído de la tierra está lleno de impurezas de las que hay que limpiarlo, para luego tallarlo y pulirlo en esa belleza de ángulos y resplandores que luego en él contemplaremos y admiraremos. Así es nuestra vida.
Toda esa riqueza y esa belleza está encerrada dentro de nosotros pero hemos de saberla hacer florecer, resplandecer. Es la tarea en la que hemos de estar empeñados en la vida tratando de profundizar en lo más hondo de nuestro ser, para resaltar lo bello y lo valioso, para purificarnos de cuantas cosas puedan mermar el brillo de la vida. Es la tarea que vamos realizando en la interiorización, en la reflexión y en la meditación, que vamos realizando también en la oracion.
Dejamos que llegue a nosotros, como decía el profeta, esa lluvia que haga brotar toda esa fecundidad, que haga surgir toda esa vida, que nos haga crecer por dentro como la planta que echa raíces hondas en la tierra, pero que se abre frente al cielo y al universo que la rodea que desde eso que somos podamos hacer el bien, podamos amar, podamos enriquecer con nuestros valores a cuantos nos rodean, lleguemos a enriquecer de verdad ese mundo en el que vivimos. Es desde esa meditación, desde esa oración, porque sabemos bien que no es tarea que realicemos por nosotros mismos. Por eso nos abrimos a Dios, escuchamos su palabra que fecunde nuestro ser y nos llene de verdadera vida.
Es el mensaje que nos ofrece hoy la liturgia y la Palabra de Dios. Lo que nos ha trasmitido el profeta y que ya ha dado pie a esa primera parte de nuestra reflexión y lo que luego nos dirá Jesús en el evangelio. Nos dice Jesús que cuando vayamos a orar no nos entretengamos con muchas palabras, como los gentiles que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. Y Jesús nos ofrece un modelo de oración. Muy escueto y muy concreto en que lo fundamental viene a ser que lleguemos a disfrutar de la presencia de Dios. Disfrutar del gozo de sentir a Dios en nuestra vida y entonces no serán necesarias muchas palabras, sino mucha interiorización en esa presencia de Dios.
Creo que es algo que nos falla muchas veces a los cristianos que incluso decimos que queremos rezar con la oración de Jesús. Pero no la disfrutamos, nos quedamos reducidos a repetirla y muchas veces hasta de carrerilla. Disfrutar de una comida no es tragársela de forma glotona, sino saber saborear cada uno de esos componentes de nuestra alimentación sabiendo sentir en nuestro paladar cada uno de sus sabores. ¿Haremos así con el modo de oración que Jesús nos propone? 
Estamos muchas veces más preocupados con aquello que le queremos pedir cuando rezamos el padrenuestro que en verdad saborear esa presencia y ese amor de Dios en nuestra vida. Por eso nuestra oración no termina siendo esa lluvia que fecunda la tierra de nuestra vida como nos decía el profeta. Nuestra vida no termina de germinar, no terminan de brotar esas buenas obras, ese amor, ese compromiso por los demás, por nuestro mundo y por nuestra iglesia aunque digamos que rezamos mucho. Pero es eso, rezamos mucho, muchas palabras que repetimos, y poco amor y presencia de Dios que saboreamos.


miércoles, 11 de octubre de 2017

Jesús nos enseña a orar para que aprendamos a entrar en un dialogo de amor con Dios y sintamos como desde nuestra oración nuestra vida se ve implicada y comprometida


Jesús nos enseña a orar para que aprendamos a entrar en un dialogo de amor con Dios y sintamos como desde nuestra oración nuestra vida se ve implicada y comprometida

 Jonás 4,1-11; Sal 85; Lucas 11,1-4

Solemos decir que hablando se entiende la gente. Muchas veces porque no hablamos, porque no entramos en diálogo con los demás quizá nos creamos prejuicios en nuestra mente, porque realmente no conocemos, no sabemos nada de aquella persona, porque no hemos tenido ese tú a tú en el que nos hemos intercambiado nuestro pensamiento, nuestra manera de ver las cosas, en fin de cuentas, no hemos penetrado en su yo, como tampoco hemos dejado que penetren en nuestro yo.
Cuando hablamos y lo hacemos con sinceridad muchos prejuicios se caen y desaparecen, comenzamos a entender al otro, y en fin de cuentas entramos en una nueva relación que nos puede llevar a la amistad y a un amor sincero. No amamos lo que no conocemos, solemos decir también.
Por eso esa relación y ese intercambio es el mejor comienzo para llegar a una amistad sincera, o al menos darnos cuenta del pensamiento del otro y ver cuanto en común hay entre ambos y cuanto podemos hacer no solo por nuestra vida sino también por ese mundo en el que vivimos. Esa comunicación, ese diálogo de alguna manera nos compromete, nos implica en algo nuevo para nuestra vida.
Me pregunto si no nos sucederá así en nuestra relación con Dios. Están quienes quieren negarlo sin haberse quizá preguntado seriamente sobre el sentido de Dios, sin querer conocerle. Pero están también los que aun diciendo que creen en Dios adolecen de un conocimiento verdadero de Dios, porque les falta una verdadera y autentica relación con El.
Pueden ser incluso personas que se dicen muy religiosas y que rezan o que participan en actos religiosos pero que su relación con Dios no va mucho más allá de ese formulismo de unos rezos, de unas oraciones aprendidas y repetidas, pero sin entrar esa profunda relación. Rezar es orar, es cierto, pero muchas veces nuestros rezos no llegan a ser verdadera oración porque no hay ese encuentro verdadero en el corazón con Dios. Su oración no llega a ser ese dialogo con Dios en ese encuentro de tú a tú en lo intimo del corazón.
Es por eso por lo que tenemos que revisarnos en nuestras prácticas religiosas para hacerlas de forma autentica y la oración sea ese verdadero diálogo con Dios. Entraremos entonces en ese conocimiento de Dios que nace del amor, comprenderemos mejor el misterio de Dios que se hace presente en nuestra vida, llegaremos a hacer que de verdad busquemos la gloria del Señor alabándole desde lo más profundo de nuestro corazón, y sintiendo como Dios nos pone en camino, no hace entrar en un compromiso nuevo por los demás.
La oración entonces no será un puro formulismo que realicemos porque repitamos quizá muy escrupulosamente unas oraciones aprendidas de memoria sino que será ese entrar en profunda comunión con ese Dios que nos ama y que nos enseña a amar. La oración será entonces ese dialogo de amor con Dios con el gozo de sentirnos amados y un amor profundo a Dios que renace en nuestro corazón para buscar su gloria, para descubrir su voluntad, para mantener el deseo de querer vivir siempre en esa unión con Dios y nada nos separe de El.
Nace así una oración comprometida, que se implica en nuestra vida y que nos implica en el bien de los demás. La verdadera oración nos compromete desde lo  más profundo de nosotros mismos. Es lo que Jesús quiere enseñarnos. Los discípulos le piden que les enseñe a orar y Jesús les da el sentido de la oración. Hemos cogido quizá literalmente las palabras de Jesús para aprendérnoslas – y eso está bien – y para repetirlas mecánicamente sin dejar que impliquen nuestra vida. No es lo que Jesús quiso enseñarnos. Nos estaba dando sobre todo un sentido, un modo de entrar en relación con Dios, que tenemos que aprender a vivir desde lo  más profundo del corazón y con toda nuestra vida.

Os confieso con sinceridad que todo esto que estoy compartiendo con vosotros es algo que quiero experimentar en mi mismo y es mi tarea y mi lucha diaria para que sea cada vez más autentica mi oración.