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miércoles, 23 de julio de 2025

Que no se apague la esperanza en nuestro corazón, que no olvidemos nunca la necesidad de estar bien injertados en la vid para que podamos dar fruto

 


Que no se apague la esperanza en nuestro corazón, que no olvidemos nunca la necesidad de estar bien injertados en la vid para que podamos dar fruto

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Muchas veces cuando queremos hacer una valoración de nuestra vida, algo así como definirla según lo que hemos hecho en la vida, aunque quizás mantengamos las apariencias porque nunca queremos decir en voz alta todo lo que pensamos de nosotros mismos, tenemos la tentación de pensar en nuestros fracasos, en nuestras debilidades, en los tropiezos que hemos ido teniendo en la vida y tenemos el peligro de cargar con demasiados tintes oscuros lo que ha sido nuestra vida; por eso, como decía, guardamos las apariencias y son cosas que no siempre decimos en voz alta.

Pero sin embargo creo que hay algo, y que no es eso, que es lo que en verdad tendría que definir nuestra vida. A pesar de las sombras que podamos ver en nosotros hay una luz que brilla, y es que en todo siempre se ha desbordado el amor de Dios con nosotros y en nosotros. Al vivir por la fe descubrimos la maravilla de que somos hijos de Dios y el amor de Dios siempre es fiel y sigue contando con nosotros, es más, ha contado con nosotros a pesar de nuestros límites y nuestras debilidades.

Este pensamiento tiene que hacer renacer la esperanza en nuestro corazón, es una inyección muy fuerte de entusiasmo y de vida, que nos ayuda a superar nuestras limitaciones y nos llena de confianza porque Dios sigue contando con nosotros y sigue amándonos a pesar de todos los errores nuestros. Es algo que nos hace caminar, levantarnos de esas zonas oscuras, poner un optimismo nuevo en la vida, confiar más en nosotros porque si Dios que nos conoce bien confía, ¿por qué no podemos seguir sembrando semillas, contribuyendo incluso desde nuestros fracasos a hacer ese mundo nuevo y mejor?

Solo nos está pidiendo una cosa Jesús, como nos dice hoy en el evangelio, que como sarmientos sigamos unidos a la vida. Podrán estar ajadas las hojas o ramas de nuestra vida, pero puede seguir saliendo un racimo hermoso, siempre podemos hacer que broten los frutos, porque la vida no viene de nosotros, la vida nos viene de Dios, la savia de su gracia sigue alimentando las ramas de nuestra vida, sigue haciendo que a pesar de todos los pesares siguen surgiendo brotes que pueden darnos frutos buenos.

Si somos sinceros con nosotros mismos nos damos cuenta de ese regalo de Dios que es su amor y como han ido surgiendo esos nuevos brotes en nuestra vida llamados a dar frutos. No nos podemos sentir fracasados a pesar de los fracasos, no nos podemos echar para atrás aunque quizás muchos a nuestro lado no quieran creer en nosotros, piensen que a causa de nuestros fracasos tendríamos que estar relegados a otros lugares, pero hay algo dentro de nosotros que podemos compartir, que podemos sembrar en los corazones y en las vida de los demás, y es esa certeza que tenemos de que Dios nos ama.

Con esa seguridad seguimos adelante, con esa confianza seguimos sembrando la semilla en aquel campo que la providencia de Dios va poniendo a nuestro alcance, a nuestra mano para que en él sembremos. Muchas veces quizás nos hemos sentido tentados a tirar la toalla, pero cuando hacemos un pequeño recuento de nuestra vida y vemos cómo aún estamos ahí, como aun se siguen manifestando en nosotros los signos del amor de Dios, como nos hemos visto liberados de tantos peligros y acechanzas en tantos momentos, todo eso nos da ánimo para seguir adelante, y sembrar allí donde podemos hacerlo.

Que no se apague esa esperanza en nuestro corazón, que no olvidemos nunca la necesidad de estar bien injertados en la vid para que podamos dar fruto. Demos gracias a Dios por todo ello.


miércoles, 1 de mayo de 2024

Miremos qué nos está fallando en los cables de conexión, no terminamos de dar buena luz, qué es lo que nos está robando la vitalidad del evangelio

 


Miremos qué nos está fallando en los cables de conexión, no terminamos de dar buena luz, qué es lo que nos está robando la vitalidad del evangelio

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Salmo 121; Juan 15, 1-8

Si no estamos enlazados con la fuente de la energía, en perenne comunicación con dicha fuente, no tendremos energía. Al hablar de esto enseguida pensamos, por ejemplo, en la electricidad y cómo vemos nuestros territorios y nuestras calles hasta llegar a nuestros hogares por torres que sostienen unos cables que son conductores de esa energía desde su fuente de generación; claro que hoy pensamos en otras energías, renovables las llamamos, ya puede ser la fuerza motriz del viento o del agua embalsada, ya se la luz y el calor del sol que nos van también a generar ese energía con la que tendremos que estar igualmente conectados.

Claro que en la época de Jesús no se contaba con esos medios de generación energética, pero si sabían que la luz del sol era como un alimento para las plantas que igualmente tendrían que estar bien enraizadas en tierra, y manteniendo la unidad de la planta, se podría llegar a obtener unos frutos.

Hoy nos habla Jesús de la vid y de los sarmientos, de la necesaria poda para poder aprovechar toda la energía y vitalidad de la planta para mejores frutos, pero también como los sarmientos habían de estar bien injertados en la cepa para que la savia alimenticia pudiera fluir por toda la planta y sus ramas.

Ya sea con los ejemplos de energía con que hemos comenzado a reflexionar, ya sea en esta referencia a la vid y los sarmientos, nos viene a decir Jesús que una cosa es importante, la unión de los sarmientos con la cepa, con vid, porque solo así podremos obtener los mejores y los más abundantes frutos. 

Y esto es una imagen y una alegoría para nuestra vida que tenemos que saber discernir bien. Somos los sarmientos que como brazos que se extienden y se prolongan venimos a trasmitir a nuestro mundo todo el mensaje salvador del evangelio. Pero es necesario que nosotros tengamos vida, que haya vitalidad en nosotros, porque de lo contrario ¿qué es lo que vamos a trasmitir? No vamos a decir lo bonito que somos, no vamos a hablar de nosotros mismos o de lo que puedan ser nuestros proyectos por muy bellos y hermosos que sean. Nos seguimos predicando demasiado a nosotros mismos; nos seguimos creyendo el ombligo del mundo como si nosotros fuéramos el centro de todo; nos sobra autosuficiencia, nos sobra orgullo.

Esto es muy serio y es en algo que tenemos que pensar los cristianos que nos sentimos más comprometidos, es algo que tiene que plantearse muy bien la Iglesia en sus pastores y cuantos tienen una misión dentro de la Iglesia. Muchas veces predicamos la Iglesia y no predicamos a Jesús; queremos manifestar la grandeza de la Iglesia y nos llenamos de magnificencias  que terminan siendo simples, pero duras vanidades que se convierten en un velo que impiden que todos nos encontremos con Jesús. Andamos muy preocupados de prestigios y nos sentimos escandalizados cuando alguien o algo pudiera manchar ese brillo que le queremos dar a la Iglesia, pero nos olvidamos quizás de cosas fundamentales que Jesús nos enseña en el evangelio, olvidándonos de la misericordia y de la compasión.

Algo nos puede estar fallando en esos cables de conexión de la energía cuando no estamos dando buena luz. ¿Habrá muchos ramajes que cortar en nosotros, en nuestra Iglesia, en quienes quieren aparecer en primera pantalla, y que se convierte en distracción que impide que el mundo de verdad mire a Jesús y su evangelio de salvación?

Creo que mucho tendría que darnos que pensar toda esta reflexión que nos estamos haciendo. Busquemos la manera de estar de verdad unidos a la cepa para que no seamos sarmientos inútiles, chupones que roban la verdadera energía y vitalidad que tendríamos que tener.

domingo, 28 de abril de 2024

Aprendamos a hundir nuestras raíces en Jesús y en el evangelio y podremos dar fruto en abundancia

 


Aprendamos a hundir nuestras raíces en Jesús y en el evangelio y podremos dar fruto en abundancia

Hechos de los Apóstoles 9, 26-31; Sal. 21; 1Juan 3, 18-24;  Juan 15, 1-8

Una vez escuche a alguien con más buena voluntad que conocimiento que aquel árbol tan frondoso era una pena que se le cortaran ramas, pues, pensaba él, que cuantas más ramas tuviera más cantidad de fruto produciría, y que eso era lo importante. Pero por el contrario está la sabiduría del agricultor que nos dice que no, que es necesario realizar una poda, porque hay ramas que son como chupones y que más que darnos buenos frutos, lo que harán es mermar la fuerza de la planta para que en su lugar y en su momento nos produzca los mejores frutos.

Nos puede pasar en muchos aspectos de la vida, donde nos multiplicamos en actividades por un lado y por otro y al final nada atendemos bien y tendríamos que saber discernir en todo momento qué es lo importante, a qué tendría que dedicarme con mayor intensidad, aunque tenga que dejar a un lado algunas cosas, algunas ideas incluso que nos pueden parecer muy buenas. Es el necesario discernimiento de la vida que tenemos que realizar con buen criterio. Centrarnos en lo que es lo principal, alimentar también nuestra vida con aquello que nos dé verdadera profundidad y valor.

Hoy en el evangelio Jesús nos está proponiendo estas imágenes del sarmiento que tenemos que cuidar, que ha de mantenerse bien unido a la vid para que tenga vida, o de aquellos sarmientos que tenemos que saber podar de nuestra existencia para que no haya nada que nos merme esa vitalidad.

‘Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto… Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’.

Qué importante escuchar estas palabras de Jesús y hacerlas vida nuestra. Tenemos que dar fruto, pero no podemos dar fruto si no permanecemos unidos a Jesús. Es nuestro gran problema, el activismo con que vivimos la vida. Es cierto que tenemos que comprometernos, que no podemos vivir aislados de los problemas de la vida y del mundo y ahí tenemos que poner nuestra mano. Es mucho lo que tenemos que hacer, pero tenemos que darnos cuenta de que no podemos dar fruto si no permanecemos unidos a Jesús.

Significa como tenemos que crecer en una espiritualidad que hunda sus raíces en Jesús. Si lo descuidamos iremos de vacío por la vida, y cuando vamos de vacío no tenemos de donde sacar la energía que necesitamos. Es la gasolina, son los aceites que no vemos en el motor de un coche, pero que sin ellos ni el coche podría caminar ni podría funcionar, mas bien arruinando el motor. Hoy Jesús nos habla de la savia que circula entre las ramas de la viña desde la cepa hasta los más extremos sarmientos; sin esa savia no podría producir fruto, no podría tener vida. Es lo que nos pasa a nosotros con mucha frecuencia, no hemos sabido hundir nuestras raíces en Jesús y en su evangelio. Por eso a veces seremos sarmientos secos que solo sirven para la hoguera.

Cuidemos nuestra oración, cuidemos la lectura y la escucha de la Palabra de Dios, cuidemos esos momentos de silencio y reflexión, cuidemos todo aquello que nos puedan ofrecer y que nos valga para nuestra formación cristiana. Nos creemos que podemos andar solos y a nuestro aire y andamos bien equivocados. No olvidemos lo que nos dice Jesús ‘sin mi no podéis hacer nada’.

Y fijémonos también que nos dice que si permanecemos unidos a El cuanto le pidamos al Padre se realizará. Qué confianza y estímulo nos da Jesús

sábado, 23 de julio de 2022

Hagamos un buen cultivo de la viña que el Señor ha puesto en nuestras manos haciendo crecer en nuestro interior una verdadera espiritualidad cristiana

 


Hagamos un buen cultivo de la viña que el Señor ha puesto en nuestras manos haciendo crecer en nuestro interior una verdadera espiritualidad cristiana

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Lo contemplo todos los días en mis paseos mañaneros o de la tarde. Vivo rodeado de campos de cultivo en especial dedicados al cultivo de la vid. Aparte de haberlo mamado de lo que contemplaba hacer a mi padre, con el que tantas veces tuve que colaborar en los cultivos, ahora veo una vez más el mimo con que el agricultor cuida su viña; que no es solo en una época del año que pensaríamos cuando ya las vides están cargadas de racimos próximos a la vendimia, sino todo el año siempre hay algo que hacer, aunque muchas veces nos pudieran parecer plantas muertas; será la poda, será el prevenir de las plagas, será la atención de sus ramajes en la medida en que van creciendo y ofreciendo sus frutos, muchas cosas que día a día hay que ir realizando para poder obtener unos buenos frutos que nos den ricos mostos y generosos vinos.

Hoy Jesús nos habla de la vida, de los sarmientos, de los frutos; nos habla del cuidado de la vid o de su poda para poder obtener los mejores frutos; pero nos habla de la fortaleza de su ramaje, de sus sarmientos bien unidos a la cepa para recibir la regeneradora savia; nos habla de los sarmientos que no dan fruto o que se han desgajado del tronco del que ya no recibirán la savia de la vida; y nos habla Jesús de nuestra vida, que como los sarmientos tenemos que estar unidos a la vid para que podamos dar fruto. Sin El nada somos y ningún fruto bueno podrá aparecer en nuestra vida.

Tenemos la imagen muy clara delante de nuestros ojos y qué pronto olvidamos su mensaje. Seguimos con nuestras tendencias individualistas e insolidarias; seguimos pagados de nuestra autosuficiencia en que nos creemos que por nosotros mismos lo podemos todo; seguimos con el orgullo que nos seca el corazón y no sabemos reconocer nuestra debilidad en que si no buscamos el agua viva pronto nos iremos debilitando y perdiendo vigor para terminar con las ramas secas de nuestra vida que como los sarmientos inservibles solo valemos para el fuego. Lo sabemos, pero ¿qué hacemos?

Cuánto nos cuesta cultivar nuestro espíritu. Tenemos que enraizar profundamente nuestra vida. cuando el árbol está fuertemente enraizado podrán venir los temporales fuertes, que aunque dañen superficialmente sus ramas, sin embargo no los pueden arrancar; aunque la tierra parezca áspera y reseca alrededor, sus raíces sabrán buscar en las profundidades de la tierra allí donde haya humedad para poder obtener los necesario nutrientes; bien enraizado y con la humedad necesaria para darle los nutrientes, las hojas vueltas hacia la luz del sol sabrán catalizar toda la energía que viene de esa luz del sol para darle verdadero esplendor a su ramaje y hacer que las flores que surjan un día nos puedan dar la semilla de su fruto.

Es la vida espiritual que necesitamos, esa profunda espiritualidad en nuestra vida que nos llene de la seguridad y fortaleza del espíritu que inunde nuestros corazones. Surgirán así comunidades vivas, habrá verdaderos apóstoles comprometidos en el anuncio de la buena nueva del Evangelio y en ir construyendo ese Reino de Dios en medio nuestro. Es en lo que en verdad tendríamos que preocuparnos los cristianos, será lo que dará verdadera vitalidad a nuestra Iglesia, es lo que hará presente en nuestro mundo los frutos del Reino de Dios.

¿Estaremos haciendo un buen cultivo de esa viña que el Señor ha puesto en nuestras manos?

viernes, 23 de julio de 2021

Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña con todo esmero, y nunca olvidemos la necesaria unión de los sarmientos con la vid

 


Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña con todo esmero, y nunca olvidemos la necesaria unión de los sarmientos con la vid

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Confieso que para mí es un placer pasear en esta época por los campos que rodean la zona en la que vivo. Una zona agrícola predominantemente dedicada al cultivo de la viña que en esta época está en plena actividad. Podía decir que de alguna manera he seguido todo el ciclo de su cultivo desde la poda, el surgir llenos de vitalidad sus brotes y su crecimiento mientras se han ido formando los racimos prometedores ya de rica cosecha. Pero ahí he visto el cuidado de su cultivo, en este caso en régimen muy familiar y no de grandes producciones, con ese cuidado lleno de delicadeza y de constancia de los que la trabajan y siempre con la esperanza de poder obtener un día excelentes caldos que alegren el corazón del hombre. No en vano en la Escritura ha quedado escrito aquello de que el vino alegra el corazón del hombre.

Por eso cuando escucho un pasaje del evangelio como el que hoy se nos ofrece, para mí es un gozo el saborear esa Palabra del Señor tan rica en imágenes que plásticamente tengo ante mis ojos, pero que son de rica enseñanza para el camino de nuestra vida cristiana. Nos habla Jesús del sarmiento necesariamente unido a la cepa, a la vid, para que pueda dar fruto; nos habla de su Padre, el viñador que cuida de esa viña y que la poda en su momento para obtener las mejores plantas que nos puedan dar los mejores frutos.


Y necesariamente podemos recordar el recorrido de nuestra vida a la que también se nos pide unos frutos pero donde se nos exige que en verdad estemos unidos a la vid, estemos unidos a la vida porque hemos de estar bien enraizados en Cristo. Pero también en ese recorrido de la vida recordamos momentos duros por lo que hayamos podido pasar donde hemos tenido que arrancarnos de muchos sarmientos inútiles y dañinos que nos han crecido en la vida cuando no hemos sabido podar a tiempo, cuando no hemos sabido corregirnos en su momento para poder realizar ese crecimiento espiritual que en nuestra vida cristiana se nos exige.

Algunas veces esos momentos duros por los que hayamos pasado como que no queremos recordarlos, pero creo que bien presentes hemos de tenerlos porque son lecciones que hemos ido aprendiendo en la vida y que siempre hemos de tener en cuenta. Esa poda espiritual, esa purificación interior será algo que siempre tiene que estar presente en nuestra vida porque será la forma en que de verdad crezcamos como personas y como cristianos.

Recordar también, ¿por qué no? esos momentos de vacío espiritual por los que hemos pasado, en nuestra vida siempre hay debilidades, muchas veces no hemos sabido estar verdaderamente enraizados en Cristo y aunque queríamos ser buenos, queríamos trabajar quizá también mucho por los demás, confiamos demasiado en nosotros mismos, nos llenamos de autosuficiencia, abandonamos nuestra vida espiritual y como consecuencia nos habrán podido venir momentos de decaimiento espiritual o momentos en que realmente nos hemos enfriado. Cuando abandonamos el cultivo de la viña se nos van al garete nuestras cosechas y no podremos obtener los frutos que desearíamos de nuestros trabajos; así en nuestra vida espiritual.

Nos habrán podido suceder cosas que han sido como un toque de atención en la vida para que caigamos en la cuenta de donde estábamos pero también de donde tendríamos que estar, y pueden ser punto de arranque de una renovación de nuestra vida espiritual. Son los tiempos de la poda por los que todos en algún momento hemos tenido que pasar, esperando que ahora podamos de verdad llegar a dar buenos frutos.

Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña, de nuestra vida con todo esmero, y no olvidemos nunca la necesaria unión de los sarmientos con la vid, de nuestra vida en la vida de Cristo Jesús.