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jueves, 23 de julio de 2026

Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos



Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, escuchando y plantando la Palabra de Dios en nuestro corazón para poder llegar a dar frutos

Gálatas 2, 19-20; Salmo 33; Juan 15, 1-8

Toda obra que realicemos aparte de que tratemos de diseñarla bien para llevarla a la mayor perfección que deseemos nos exige un esfuerzo de superación, de corrección y mejora en la medida que la vamos realizando, que nos puede llevar incluso en algún momento a que tengamos que rehacerla totalmente como si la comenzáramos de nuevo para lograr esa meta de perfección a la que aspiramos; puede ser igual cualquier tipo de trabajo que realicemos de forma manual o incluso con los medios de los que disponemos hoy lo mismo que el artista que quiere plasmar una obra de arte.

Hoy el evangelio nos pone la imagen del agricultor que cultiva una viña con el deseo de obtener unos frutos de la mejor calidad; no nos vale la viña estéril que no da fruto como son innecesarios esos sarmientos que solo le dan frondosidad pero que no dan fruto; por eso hoy Jesús nos habla de poda, de cortar lo que impide los mejores frutos, lo que le va a mermar la vitalidad de esa planta.

Nos está queriendo decir muchas cosas el evangelio, porque nos está hablando de la vida misma, de nuestra vida, que ha de estar llena de vigor, que ha de madurar los mejores frutos; nos está hablando de nuestro crecimiento personal, que no es simplemente dejar pasar los días y que nuestro organismo y nuestro ser viva por si mismo, sino de esa búsqueda que nos da ese crecimiento como personas, que enriquece nuestra personalidad, que desarrolla nuestras capacidades, que nos hace madurar para afrontar la vida con todos sus problemas, pero que ha llevado un trabajo de nosotros mismos para corregir defectos y errores, para no dejar que se envicie nuestra vida, para que desarrollemos lo mejor de nosotros mismos, para que aparezcan los frutos de nuestra vida. ¿Cuáles serán los mejores frutos que podamos ofrecer de nosotros mismos? Es una búsqueda en nuestro crecimiento personal.

Pero nuestra vida no es solo lo humano que podamos realizar con toda su riqueza, hay un itinerario espiritual que también hemos de realizar buscando la verdadera grandeza y está, por supuesto, todo lo que significa nuestro seguimiento de Jesús. De una forma muy concreta nos está hablando Jesús cuando nos habla de cómo tenemos que estar unidos a El, como el sarmiento a la cepa de la vid para poder dar fruto, porque sin El no daremos en verdad fruto. ‘Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí’.

Nos decimos cristianos y lo decimos con excesiva facilidad que se puede quedar en superficialidad. No somos cristianos solamente porque se han realizado unos ritos religiosos en nuestra vida, ya fuera nuestro bautismo o la primera comunión, o porque realicemos unas determinadas prácticas religiosas; eso se nos quedaría en la apariencia si luego en el día a día de nuestra vida no estamos mostrando unos frutos, de unas actitudes y de unos valores, de una manera de vivir y de plantearnos las cosas y de unos compromisos nacidos en esa fe y que nos lleven la transformación de nuestro mundo a la manera del Reino de Dios.

Muchas veces nuestra vida se nos queda en lo superficial o simplemente nos dejamos arrastrar por el mundo que nos rodea. No olvidemos que en la masa de ese mundo tenemos que ser levadura, a ese mundo tenemos que llevarle el sabor de la sal del evangelio, ese mundo tenemos que iluminarlo con la luz de Cristo. Pero para poder realizar todo eso tenemos que estar unidos a Cristo como el sarmiento a la vid, como nos ha dicho hoy el evangelio. Tenemos que dejarnos empapar por la savia del evangelio, pero no lo lograremos si no lo escuchamos y plantamos de verdad en nuestro corazón.

Hoy la liturgia nos ha ofrecido este texto del evangelio porque estamos celebrando a Santa Brígida de Suecia que es patrona de Europa; una mujer que en su tiempo sintió una preocupación muy grande por lo que era y lo que significaba la Iglesia en su tiempo y la necesidad de una reforma muy grande para darle esa vitalidad del evangelio en el mundo en que vivía. Quizás de la mano de esta santa patrona de Europa y con el evangelio que hemos escuchado en nuestras manos y en nuestro corazón también tendríamos que sentir esa misma preocupación de que la Iglesia hoy siga siendo esa levadura de nuestro mundo, esa sal que dé sabores de evangelio a nuestra sociedad. Hablamos con mucha facilidad de una Europa cristiana, pero somos conscientes que cada vez influyen menos los valores del evangelio en esa sociedad nueva que queremos construir.

Muchas preguntas que hacernos. ¿Donde estamos los cristianos comprometidos? ¿Estará haciendo la Iglesia todo lo que tiene que hacer con arrojo y valentía para ser esa luz que refleje la luz de Cristo y del Evangelio en nuestra sociedad? ¿Qué estamos haciendo nosotros ahí en ese ámbito concreto en el que vivimos, nuestra familia, nuestros lugares de convivencia, nuestra comunidad, nuestro pueblo o lugar concreto donde vivimos y donde tenemos que ser esa levadura?


miércoles, 6 de mayo de 2026

La apariencia del mucho ramaje no nos va a garantizar buenos frutos, tentación de autosuficiencia y vanidad de la que nos hemos de curar con una buena poda

 


La apariencia del mucho ramaje no nos va a garantizar buenos frutos, tentación de autosuficiencia y vanidad de la que nos hemos de curar con una buena poda

Hechos 15, 1-6; Salmo 121; Juan 15, 1-8

Tenemos que curarnos de autosuficiencias y de vanidades, una enfermedad que se nos mete en nuestras venas y nos hace creernos que somos los únicos o somos los mejores porque quizás en un momento dado hemos hecho cosas buenas o que nos parecían buenas y ya nos creíamos sabedores de todo y no aceptamos ninguna palabra que nos haga ver el valor de lo que hacemos de otra manera; aparecen los orgullos, el amor propio que terminarán queriendo eliminar a quien nos pudiera hacer sombra; es una cadena a la que parece que no le damos fin. Por eso tenemos que comenzar con humildad reconociendo que de nada nos vale esa autosuficiencia y esa vanidad.

Nos cuesta que nos digan que eso que hacemos y que nos parece bueno se puede hacer de otra manera, porque quizás nosotros siempre lo hemos hecho así; nos cuesta aceptar algunos errores que hemos cometido, quizás con la mejor buena voluntad, como nos cuesta aceptar esa buena palabra que nos dice en un momento determinado que quizás debemos dejar de hacer algunas cosas.

Hoy el evangelio parece que se hace agricultor o para los agricultores, pues nos está hablando de prácticas que se realizan en la agricultura para mejorar la producción de lo que cultivamos, y que quizás a los que somos ajenos a ese mundo de la agricultura nos pudiera costar entender; si ese árbol lo vemos tan bonito y tan frondoso, ¿por qué tenemos que cortar algunas de sus ramas?, se puede preguntar el que es ignorante en esas tareas.

Nos habla de la vid y de los sarmientos, nos habla de esa tarea que realiza el viticultor en un momento determinado que corta muchos de esos sarmientos que podrían hacer improductiva aquella planta, para que luego pueda dar mejores frutos; pero ha de cuidar el viticultor en conservar lo que es esencial para que un día puedan brotar abundantes frutos. No voy a ponerme aquí a dar lecciones de esos trabajos agrarios, pero desde lo elemental podemos entender lo que con esta alegoría nos quiere enseñar Jesús para nuestra vida. Y cómo el buen sarmiento tiene que estar bien unido o injertado en la cepa para que surja la vida, para que surjan los frutos.

Es el examen que necesitamos hacer de nuestra vida con serenidad y con realismo; aunque nos parezca que hacemos muchas cosas ¿en verdad estaremos dando los frutos que Dios nos pide? ¿Habrá ramajes en nuestra vida que necesitamos cortar, que necesitamos podar que ese es el nombre porque nos podríamos quedar en las apariencias y final seamos una higuera con muchas cosas pero con pocos frutos en sus troncos? Hablábamos de la autosuficiencia y de la vanidad, como enfermedades que dañaban nuestro espíritu; cuando nos creemos que por nosotros mismos somos capaces de hacer muchas cosas maravillosas, pero que al final todo se quedará en mucho ruido y pocas nueces, como dice el refrán.

Es la humildad que nos hará verdaderamente grandes cuando sabemos que tenemos que estar bien unidos al Señor, porque no es nuestra obra, no son las maravillas que nosotros podamos realizar, sino que es la obra del Señor; en El entonces nos apoyamos, en El encontraremos esa fortaleza y esa sabiduría que necesitamos; en el nos daremos cuenta de cuántas cosas tenemos que podar en nuestra vida para que haya autenticidad en aquello que hacemos; no buscamos méritos ni reconocimientos, que nos cuelguen medallas al cuello o nos den diplomas; lo importante es que busquemos la gloria del Señor.

Es lo que nos está pidiendo el Señor, permanecer en Él, como el sarmiento en la vid, para que demos fruto abundante. ‘Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’, nos dice hoy el Señor. De lo contrario seríamos sarmientos secos e infructuosos. Esa es la gloria del Señor que hemos de buscar. ‘Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos’. Todo siempre, como decíamos, para la gloria del Señor.


miércoles, 26 de junio de 2024

Tenemos que hacer que de nuevo lleguemos a dar esos frutos buenos desde una renovación profunda para hacer resurgir un espíritu nuevo y joven en nuestra vida

 


Tenemos que hacer que de nuevo lleguemos a dar esos frutos buenos desde una renovación profunda para hacer resurgir un espíritu nuevo y joven en nuestra vida

2Reyes 22, 8-13; 23, 1-3; Salmo 118; Mateo 7, 15-20

Cuando salgo en mis paseos cada mañana paso junto a unos terrenos que recuerdo haber visto en otros tiempos con excelente producción; un buen terreno para viñedos, para árboles frutales, y para el cultivo de otros frutos menores propios de nuestra huerta canaria. Sin embargo en los últimos años siento una tremenda lástima, porque la producción no es la que era, las frutas se caen de los árboles sin que se puedan aprovechar, los racimos de uva no llegan a prosperar porque se dañan tempranamente, y no contemplo aquellos otros frutos que allí se producían. En una palabra, que no hay frutos. ¿Por qué se han dañado aquellas viñas y aquellos árboles frutales? ¿Falta de cuidado y atención? La maleza va devorando aquel terreno en otros tiempos productivo.

¿Puede ser una imagen de a donde llegamos con nuestra vida? ¿Por qué derroteros camina hoy nuestra sociedad? ¿Qué le está pasando a nuestras comunidades cristianas? ¿Cuáles son los frutos que ahora realmente estamos produciendo? Quizás también podrá haber habido en nuestra vida un proceso que nos haya llevado a ese vacío que hoy notamos en nuestra sociedad, que podemos notar también en nuestra vida.

Creo que podemos ser conscientes del decaimiento que notamos en nuestra sociedad que muchas veces nos preguntamos por donde va. ¿Desorientación? ¿Pérdida de valores? ¿Decaimiento que nos lleva a una atonía ética donde parece que nos están haciendo perder el sentido de todo? ¿Enfriamiento del espíritu religioso? No son muy brillantes los frutos que percibimos en nuestra sociedad. Y miramos al seno de la Iglesia, de nuestras comunidades cristianas y aparte de que cada día vemos más vacías nuestras iglesias o nuestros templos, nos encontramos que los que aun quedamos somos cada vez más los que peinamos canas y falta el vigor de la juventud.

Hoy nos dice Jesús que por sus frutos los conoceréis, porque además un árbol viciado no podrá dar frutos buenos. Pero también el evangelio no nos permite caer en el pesimismo para verlo todo negro, porque igual que un árbol que no da fruto se le hace un tratamiento pasando por la poda además de abonarlo debidamente para que de nuevo pueda producirnos buenos frutos, así tenemos que pensar de nuestra vida, de nuestra sociedad y de nuestras comunidades.

Cuando mencionaba la lástima que sentía al contemplar aquel terreno por el que pasaba todos los días que había mermado en su producción me preguntaba por el cultivo, el cuidado que se había tenido o no para llegar a esa situación. ¿No tendríamos que preguntarnos por eso mismo de cara a nuestra vida, a nuestra sociedad, a nuestras comunidades? ¿No hará falta remover y renovar la tierra en la que están asentadas nuestras raíces para recomenzar con una nueva vitalidad y podamos dar los frutos que son necesarios?

Tenemos que pensárnoslo para dentro de nosotros mismos; tienen que pensárselo lo dirigentes de nuestra sociedad para promover todo lo que sea necesario para que haya un resurgimiento de vida en nuestros pueblos haciéndole crecer en los mejores valores; tenemos que pensárnoslo en el seno de nuestras comunidades cristianas que hemos dejado envejecer para hacer reverdecer todo eso hermoso que podemos hacer crecer en medio de nuestra Iglesia.

Necesitamos de un espíritu misionero, de energía, de valentía para afrontar nuevos retos, de buscar la manera de hacer una renovación desde lo más hondo, de hacer que nuestras comunidades, nuestra iglesia resplandezca por ese espíritu joven que siempre tiene que reinar en su seno, no solo por hagamos que de nuevo nuestros jóvenes descubran la riqueza de la fe y de los valores cristianos, sino porque nadie se deje envejecer en rutinas, en enfriamiento espiritual, en desgana, en conformismo.

¿Llegaremos de nuevo a dar esos frutos buenos en nuestra Iglesia y en nuestro mundo? No olvidemos que el espíritu del Señor está con nosotros y está tocando a las puertas de nuestro corazón para esa necesaria renovación.

miércoles, 1 de mayo de 2024

Miremos qué nos está fallando en los cables de conexión, no terminamos de dar buena luz, qué es lo que nos está robando la vitalidad del evangelio

 


Miremos qué nos está fallando en los cables de conexión, no terminamos de dar buena luz, qué es lo que nos está robando la vitalidad del evangelio

Hechos de los apóstoles 15, 1-6; Salmo 121; Juan 15, 1-8

Si no estamos enlazados con la fuente de la energía, en perenne comunicación con dicha fuente, no tendremos energía. Al hablar de esto enseguida pensamos, por ejemplo, en la electricidad y cómo vemos nuestros territorios y nuestras calles hasta llegar a nuestros hogares por torres que sostienen unos cables que son conductores de esa energía desde su fuente de generación; claro que hoy pensamos en otras energías, renovables las llamamos, ya puede ser la fuerza motriz del viento o del agua embalsada, ya se la luz y el calor del sol que nos van también a generar ese energía con la que tendremos que estar igualmente conectados.

Claro que en la época de Jesús no se contaba con esos medios de generación energética, pero si sabían que la luz del sol era como un alimento para las plantas que igualmente tendrían que estar bien enraizadas en tierra, y manteniendo la unidad de la planta, se podría llegar a obtener unos frutos.

Hoy nos habla Jesús de la vid y de los sarmientos, de la necesaria poda para poder aprovechar toda la energía y vitalidad de la planta para mejores frutos, pero también como los sarmientos habían de estar bien injertados en la cepa para que la savia alimenticia pudiera fluir por toda la planta y sus ramas.

Ya sea con los ejemplos de energía con que hemos comenzado a reflexionar, ya sea en esta referencia a la vid y los sarmientos, nos viene a decir Jesús que una cosa es importante, la unión de los sarmientos con la cepa, con vid, porque solo así podremos obtener los mejores y los más abundantes frutos. 

Y esto es una imagen y una alegoría para nuestra vida que tenemos que saber discernir bien. Somos los sarmientos que como brazos que se extienden y se prolongan venimos a trasmitir a nuestro mundo todo el mensaje salvador del evangelio. Pero es necesario que nosotros tengamos vida, que haya vitalidad en nosotros, porque de lo contrario ¿qué es lo que vamos a trasmitir? No vamos a decir lo bonito que somos, no vamos a hablar de nosotros mismos o de lo que puedan ser nuestros proyectos por muy bellos y hermosos que sean. Nos seguimos predicando demasiado a nosotros mismos; nos seguimos creyendo el ombligo del mundo como si nosotros fuéramos el centro de todo; nos sobra autosuficiencia, nos sobra orgullo.

Esto es muy serio y es en algo que tenemos que pensar los cristianos que nos sentimos más comprometidos, es algo que tiene que plantearse muy bien la Iglesia en sus pastores y cuantos tienen una misión dentro de la Iglesia. Muchas veces predicamos la Iglesia y no predicamos a Jesús; queremos manifestar la grandeza de la Iglesia y nos llenamos de magnificencias  que terminan siendo simples, pero duras vanidades que se convierten en un velo que impiden que todos nos encontremos con Jesús. Andamos muy preocupados de prestigios y nos sentimos escandalizados cuando alguien o algo pudiera manchar ese brillo que le queremos dar a la Iglesia, pero nos olvidamos quizás de cosas fundamentales que Jesús nos enseña en el evangelio, olvidándonos de la misericordia y de la compasión.

Algo nos puede estar fallando en esos cables de conexión de la energía cuando no estamos dando buena luz. ¿Habrá muchos ramajes que cortar en nosotros, en nuestra Iglesia, en quienes quieren aparecer en primera pantalla, y que se convierte en distracción que impide que el mundo de verdad mire a Jesús y su evangelio de salvación?

Creo que mucho tendría que darnos que pensar toda esta reflexión que nos estamos haciendo. Busquemos la manera de estar de verdad unidos a la cepa para que no seamos sarmientos inútiles, chupones que roban la verdadera energía y vitalidad que tendríamos que tener.

domingo, 28 de abril de 2024

Aprendamos a hundir nuestras raíces en Jesús y en el evangelio y podremos dar fruto en abundancia

 


Aprendamos a hundir nuestras raíces en Jesús y en el evangelio y podremos dar fruto en abundancia

Hechos de los Apóstoles 9, 26-31; Sal. 21; 1Juan 3, 18-24;  Juan 15, 1-8

Una vez escuche a alguien con más buena voluntad que conocimiento que aquel árbol tan frondoso era una pena que se le cortaran ramas, pues, pensaba él, que cuantas más ramas tuviera más cantidad de fruto produciría, y que eso era lo importante. Pero por el contrario está la sabiduría del agricultor que nos dice que no, que es necesario realizar una poda, porque hay ramas que son como chupones y que más que darnos buenos frutos, lo que harán es mermar la fuerza de la planta para que en su lugar y en su momento nos produzca los mejores frutos.

Nos puede pasar en muchos aspectos de la vida, donde nos multiplicamos en actividades por un lado y por otro y al final nada atendemos bien y tendríamos que saber discernir en todo momento qué es lo importante, a qué tendría que dedicarme con mayor intensidad, aunque tenga que dejar a un lado algunas cosas, algunas ideas incluso que nos pueden parecer muy buenas. Es el necesario discernimiento de la vida que tenemos que realizar con buen criterio. Centrarnos en lo que es lo principal, alimentar también nuestra vida con aquello que nos dé verdadera profundidad y valor.

Hoy en el evangelio Jesús nos está proponiendo estas imágenes del sarmiento que tenemos que cuidar, que ha de mantenerse bien unido a la vid para que tenga vida, o de aquellos sarmientos que tenemos que saber podar de nuestra existencia para que no haya nada que nos merme esa vitalidad.

‘Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento que no da fruto en mí lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto… Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada’.

Qué importante escuchar estas palabras de Jesús y hacerlas vida nuestra. Tenemos que dar fruto, pero no podemos dar fruto si no permanecemos unidos a Jesús. Es nuestro gran problema, el activismo con que vivimos la vida. Es cierto que tenemos que comprometernos, que no podemos vivir aislados de los problemas de la vida y del mundo y ahí tenemos que poner nuestra mano. Es mucho lo que tenemos que hacer, pero tenemos que darnos cuenta de que no podemos dar fruto si no permanecemos unidos a Jesús.

Significa como tenemos que crecer en una espiritualidad que hunda sus raíces en Jesús. Si lo descuidamos iremos de vacío por la vida, y cuando vamos de vacío no tenemos de donde sacar la energía que necesitamos. Es la gasolina, son los aceites que no vemos en el motor de un coche, pero que sin ellos ni el coche podría caminar ni podría funcionar, mas bien arruinando el motor. Hoy Jesús nos habla de la savia que circula entre las ramas de la viña desde la cepa hasta los más extremos sarmientos; sin esa savia no podría producir fruto, no podría tener vida. Es lo que nos pasa a nosotros con mucha frecuencia, no hemos sabido hundir nuestras raíces en Jesús y en su evangelio. Por eso a veces seremos sarmientos secos que solo sirven para la hoguera.

Cuidemos nuestra oración, cuidemos la lectura y la escucha de la Palabra de Dios, cuidemos esos momentos de silencio y reflexión, cuidemos todo aquello que nos puedan ofrecer y que nos valga para nuestra formación cristiana. Nos creemos que podemos andar solos y a nuestro aire y andamos bien equivocados. No olvidemos lo que nos dice Jesús ‘sin mi no podéis hacer nada’.

Y fijémonos también que nos dice que si permanecemos unidos a El cuanto le pidamos al Padre se realizará. Qué confianza y estímulo nos da Jesús

viernes, 23 de julio de 2021

Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña con todo esmero, y nunca olvidemos la necesaria unión de los sarmientos con la vid

 


Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña con todo esmero, y nunca olvidemos la necesaria unión de los sarmientos con la vid

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8

Confieso que para mí es un placer pasear en esta época por los campos que rodean la zona en la que vivo. Una zona agrícola predominantemente dedicada al cultivo de la viña que en esta época está en plena actividad. Podía decir que de alguna manera he seguido todo el ciclo de su cultivo desde la poda, el surgir llenos de vitalidad sus brotes y su crecimiento mientras se han ido formando los racimos prometedores ya de rica cosecha. Pero ahí he visto el cuidado de su cultivo, en este caso en régimen muy familiar y no de grandes producciones, con ese cuidado lleno de delicadeza y de constancia de los que la trabajan y siempre con la esperanza de poder obtener un día excelentes caldos que alegren el corazón del hombre. No en vano en la Escritura ha quedado escrito aquello de que el vino alegra el corazón del hombre.

Por eso cuando escucho un pasaje del evangelio como el que hoy se nos ofrece, para mí es un gozo el saborear esa Palabra del Señor tan rica en imágenes que plásticamente tengo ante mis ojos, pero que son de rica enseñanza para el camino de nuestra vida cristiana. Nos habla Jesús del sarmiento necesariamente unido a la cepa, a la vid, para que pueda dar fruto; nos habla de su Padre, el viñador que cuida de esa viña y que la poda en su momento para obtener las mejores plantas que nos puedan dar los mejores frutos.


Y necesariamente podemos recordar el recorrido de nuestra vida a la que también se nos pide unos frutos pero donde se nos exige que en verdad estemos unidos a la vid, estemos unidos a la vida porque hemos de estar bien enraizados en Cristo. Pero también en ese recorrido de la vida recordamos momentos duros por lo que hayamos podido pasar donde hemos tenido que arrancarnos de muchos sarmientos inútiles y dañinos que nos han crecido en la vida cuando no hemos sabido podar a tiempo, cuando no hemos sabido corregirnos en su momento para poder realizar ese crecimiento espiritual que en nuestra vida cristiana se nos exige.

Algunas veces esos momentos duros por los que hayamos pasado como que no queremos recordarlos, pero creo que bien presentes hemos de tenerlos porque son lecciones que hemos ido aprendiendo en la vida y que siempre hemos de tener en cuenta. Esa poda espiritual, esa purificación interior será algo que siempre tiene que estar presente en nuestra vida porque será la forma en que de verdad crezcamos como personas y como cristianos.

Recordar también, ¿por qué no? esos momentos de vacío espiritual por los que hemos pasado, en nuestra vida siempre hay debilidades, muchas veces no hemos sabido estar verdaderamente enraizados en Cristo y aunque queríamos ser buenos, queríamos trabajar quizá también mucho por los demás, confiamos demasiado en nosotros mismos, nos llenamos de autosuficiencia, abandonamos nuestra vida espiritual y como consecuencia nos habrán podido venir momentos de decaimiento espiritual o momentos en que realmente nos hemos enfriado. Cuando abandonamos el cultivo de la viña se nos van al garete nuestras cosechas y no podremos obtener los frutos que desearíamos de nuestros trabajos; así en nuestra vida espiritual.

Nos habrán podido suceder cosas que han sido como un toque de atención en la vida para que caigamos en la cuenta de donde estábamos pero también de donde tendríamos que estar, y pueden ser punto de arranque de una renovación de nuestra vida espiritual. Son los tiempos de la poda por los que todos en algún momento hemos tenido que pasar, esperando que ahora podamos de verdad llegar a dar buenos frutos.

Ojalá el Espíritu del Señor nos despierte para que cultivemos el campo de nuestra viña, de nuestra vida con todo esmero, y no olvidemos nunca la necesaria unión de los sarmientos con la vid, de nuestra vida en la vida de Cristo Jesús.

domingo, 2 de mayo de 2021

Tenemos que despertar, buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y vida cristiana esté enraizada en Jesús y en el evangelio, tener la creatividad del Espíritu del Amor

 


Tenemos que despertar, buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y vida cristiana esté enraizada en Jesús y en el evangelio, tener la creatividad del Espíritu del Amor

Hechos de los Apóstoles 9, 26-31; Sal. 21; 1Juan 3, 18-24; Juan 15, 1-8

Tengo un amigo que trabaja en la agricultura, en concreto, en la recolección de la fruta, pero hay ocasiones en que me dice que al día siguiente lo envían a otra cosa, lo envían a la poda o lo envían a quitar chupones; para que se pueda tener buena fruta es necesario cuidar debidamente la planta, el árbol o lo que sea de lo que recogemos la fruta, por eso cada año se necesita la poda, como también cada cierto tiempo se cortan o arrancan los chupones que son esos ramajes que muchas veces surgen pero que no dan ningún fruto y lo que hacen es chuparle la vida al árbol.

Aparte de yo ser también hijo de agricultores y vivir en un lugar donde se cultiva intensamente la vid, me vino también la imagen del trabajo de este amigo que he mencionado al escuchar hoy el evangelio. De eso nos habla Jesús como una imagen de gran riqueza para nuestra vida cristiana.

Hemos de reconocer que en muchas ocasiones nuestra vida cristiana es mediocre, no se ven los frutos que tendrían que resplandecer. Un poco nos contentamos, como solemos decir, en lo de siempre – siempre se ha hecho así, decimos para contentarnos – y la vida que contemplamos muchas veces en nuestras comunidades es lánguida, pobre, amorfa, donde falta valentía para hacer un anuncio claro del evangelio, para lanzarnos a algo más y desear poder llegar a los más lejanos, o nos cargamos de rutinas y tibiezas en las que no brilla lo suficiente el compromiso por un auténtico amor.

De muchos sarmientos inútiles que como chupones estamos rodeados o tenemos en nuestra propia vida; nos vamos consumiendo en hacer lo de siempre pero nos faltan iniciativas, riesgo para lanzarnos en la búsqueda de algo nuevo para vivir con intensidad el evangelio y para poder mejor hacerlo llegar a todos; nuestros templos se nos vacían, nos faltan elementos jóvenes y con ardor en nuestras comunidades que manifiesten la energía de nuestra fe y la energía que tendría que brillar en nuestra comunidad; algo nos está fallando que no trasmitimos el evangelio a los demás, no contagiamos de nuestra fe a los que nos rodean.

Es esa tibieza espiritual en la que vivimos porque nos falta poner en práctica esto que hoy nos señala Jesús en el evangelio. Tener fe en Jesús no es solo cuestión de tener unas ideas que mantenemos como tradiciones en nuestra vida sino que es necesario que en verdad estemos bien enraizados en Jesús. El hoy nos está repitiendo que sin El nada somos ni nada podemos hacer. Como el sarmiento que no está unido, enraizado en la cepa para que tenga la misma savia, la misma vida.

Pero también Jesús nos habla de la poda que es necesario realizar para quitar aquellos sarmientos que no dan fruto, pero Jesús aun más nos dice que a los que dan fruto el viñador los poda para que den mejores frutos. Y es donde tenemos que mirar con sinceridad nuestra vida. Muchas cosas hemos dejado apegar a nuestro corazón y que se convierten en rémoras en nuestro caminar, porque son un peso muerto, porque no nos dejan avanzar, porque nos van arrastrando y casi empujándonos hacia atrás. Como esos chupones, como esos sarmientos inservibles.

Y aquí tendríamos que revisar actitudes pasivas y negativas que hemos ido dejando introducir en nuestra vida que se convierten en rutinas, que nos llevan a esas posturas de tibieza, que nos llenan de miedos y cobardías, que nos van quitando esa capacidad de iniciativa y esa creatividad que tendría que haber en un corazón lleno de amor.

Son las cojeras de la vida cristiana con que andamos en nuestras comunidades que se han dedicado más a conservar que a abrirse a la iniciativa y creatividad para llegar a nuestros campos, para realizar cosas nuevas, para intensificar todo lo que significa el compromiso de nuestro amor. Nos encontramos así comunidades empobrecidas y envejecidas que no es cuestión solo de años o de la edad que tengamos, comunidades demasiado ritualistas quizás y por otra parte muy rutinarias en sus costumbres y tradiciones, comunidades a las que les falta vida.

Tenemos que despertar, tenemos que volver a la fuente, tenemos que buscar con intensidad lo que haga que nuestra fe y en consecuencia nuestra vida cristiana esté verdaderamente enraizada en Jesús y en el evangelio, tenemos que despertar de nuevo la esperanza y la ilusión en el trabajo pastoral, tenemos que abrirnos a esa creatividad que nos da el Espíritu del Amor. Para eso tenemos que estar muy unidos a Jesús porque sin El nada somos ni nada podremos hacer.

jueves, 23 de julio de 2020

Aspiramos a la mayor plenitud de nuestra propia identidad pero es en Cristo donde el hombre encuentra la verdad del hombre y alcanzamos la mayor dignidad


Aspiramos a la mayor plenitud de nuestra propia identidad pero es en Cristo donde el hombre encuentra la verdad del hombre y alcanzamos la mayor dignidad

Gálatas 2, 19-20; Sal 33; Juan 15, 1-8
Somos celosos de nuestra propia identidad, queremos ser nosotros mismos. Es nuestra autonomía, es nuestro propio ser e identidad, somos lo que somos por nosotros mismos. Decimos que no tenemos que estar pareciéndonos a nadie, porque cada uno tiene su propia estima, su propio sello y las reivindicaciones que escuchamos en nuestra vida moderna que decimos tan llena de libertades son para ser nosotros mismos, aunque luego bien sabemos que andamos imitando a este o al otro, queremos seguir sus modos, vestir a su manera, presentarnos incluso con su imagen. Incongruencias en las que algunas veces nos vemos metidos cuando tanto reclamamos por otra parte.
A algunos, entonces, se les atraviesan las palabras que escuchamos hoy tanto en el evangelio como en la carta de san Pablo, cuando se nos habla de vivir tan unidos a Cristo que seamos una sola cosa con El y sin El nada podríamos ser ni nada podríamos conseguir. ‘Ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mi’, que nos dice san Pablo, por ejemplo. O lo que nos habla Jesús de la vid y los sarmientos y nos dice que somos los sarmientos que hemos de estar necesariamente unidos a la vid.
¿Paradojas? ¿Cosas sin sentido para el mundo de hoy? ¿Se trata quizá que desde nuestra fe en Jesús nos sentimos como anulados para no ser nosotros mismos? Si no sabemos escuchar bien lo que nos dice el evangelio pueden surgir esas dudas dentro de nosotros, porque nos podría parecer que nuestra fe nos anula.
De ninguna manera. Hay un principio de interpretación bíblica que nos dice que el evangelio o la palabra de Dios se explica y se entiende con el mismo evangelio o la misma Sagrada Escritura. Y es que ya nos repite muchas veces Jesús que El ha venido para que tengamos vida y tengamos vida en plenitud. Luego el evangelio no nos anula, sino que precisamente nos lleva por caminos de plenitud, de que seamos más nosotros mismos.
Cuando Jesús viene a hacerse vida nuestra lo que quiere es que vivamos nuestra vida pero con la mayor perfección; Él viene precisamente a arrancar de nosotros todo eso que se nos ha metido dentro para anularnos o para destruirnos, todo eso que puede mermar nuestro ser porque como rémoras se van pegando a nuestra vida nos dejan vivir en plenitud. El barco al que se la han pegado muchas rémoras en su casco ya no tendrá la ligereza ni la rapidez original para surcar el mar, para surcar las aguas, porque esas rémoras con como frenos que impiden esa ligereza y rapidez con que se ha de mover. Así nos pasa a nosotros.
Por eso la imagen que Jesús nos propone en el evangelio. Hemos de estar unidos a Cristo como el sarmiento está unido a la cepa, está unido a la vid. Pero ya sabemos cómo hay sarmientos que son como chupones que le quitan la fuerza al conjunto de la planta, hay sarmientos que no dan frutos porque todo se le va en ramaje y en hojas; se necesita la poda, la limpieza de esas ramas inútiles, de esos ramajes que le quitan la fuerza a la vid para que pueda producir abundantes y generosos frutos.
Todos conocemos, o al menos los que vivimos más cerca de las actividades agrícolas, del trabajo que el agricultor ha de realizar todos los años con la poda. ¿Para qué? Para que la vid sea más autentica, podríamos decir, para que cumpla en verdad su función, para que dé esos ricos frutos que todos esperamos.
Así en nuestra vida unidos a Cristo, purificados de todas aquellas rémoras que nos dejan vivir en plenitud porque nos arrastran, nos merman los ideales de la vida, nos impiden vivir en toda esa plenitud del amor que es donde alcanzamos la verdadera felicidad, el verdadero sentido de nuestro ser. Nos unimos a Cristo para que en verdad podamos desarrollar todos nuestros valores, todas nuestras cualidades, todo eso que hay como en potencia en nosotros y que desarrollándolo nos llevarán a esa plenitud de nuestro ser. Seremos más nosotros mismos porque entonces si van a brillar todas nuestras cualidades y valores.
Y es que en Cristo como tantas veces nos repetía san Juan Pablo II está la verdad del hombre, en Cristo el hombre encuentra su plenitud, con Cristo alcanzaremos la mayor y mejor dignidad.
Hoy hemos escuchado estos textos de la Palabra saltándonos la continuidad del tiempo ordinario porque celebramos a una de las patronas de Europa, santa Brígida de Suecia.

miércoles, 26 de junio de 2019

El árbol bien cuidado y cultivado que florece con belleza y nos muestra su madurez en hermosos frutos embellece y da riqueza a nuestro jardín



El árbol bien cuidado y cultivado que florece con belleza y nos muestra su madurez en hermosos frutos embellece y da riqueza a nuestro jardín

Génesis 15,1-12.17-18; Sal 104; Mateo 7,15-20
Hay gente a la que todo se le va por la boca. Hablando dicen maravillas, hasta son poetas en sus palabras y teóricamente saben mucho. Pero eso, bellas palabras, teorías o doctrinas bien aprendidas, porque luego en su vida no vemos nada. Buenos maestros de teoría, pero poco ejemplarizantes en su vida; no apreciamos en ellos nada. Con apariencia de sabios son insustanciales en su vida, no tienen la profundidad de lo vivido, y demuestran una incongruencia en su vida.
La madurez que tengamos en nuestros conocimientos o en los principios que proclamamos tenemos que descubrirlos en los frutos de su vida. Lo que nos hace ver una superficialidad encubierta, disimulada con palabras hermosas, pero poco sustancial en el vivir. Una comida muy apetitosa en su apariencia y presentación, pero luego insípida, sin sabor, y hasta sin verdadero contenido alimenticio.
¿Será así  nuestra vida? ¿Seremos así los cristianos? ¿Será por eso por lo que no hacemos atrayente nuestra fe y nuestra vida? ¿Se marcharán desencantados los que nos ven o los que ven lo que es la vida de la Iglesia? Esto es algo serio y en gran parte la descristianizacion que vemos hoy de nuestra sociedad en la que no son los valores cristianos los que priman, depende en gran parte de la superficialidad de tantos de nosotros en la manera de nuestro ser y vivir como cristianos. Así no convencemos. Es la incongruencia con que tantas veces nos presentamos.
Tenemos una responsabilidad muy grande. Y es que tenemos que comenzar por crecer interiormente, profundizando en una verdadera espiritualidad cristiana. Tenemos que cuidar nuestro interior para sentirnos en verdad fortalecidos. Eso exige una maduración de nuestra vida, cuidar actitudes, cuidar gestos y detalles, cuidar nuestra verdadera unión con Dios con una oración profunda, una oración auténtica, que sea en verdad un llenarnos de Dios.
Al árbol o a la planta que queremos que de flores y frutos la cuidamos. No nos preocupamos solamente de echar la semilla a la tierra sino que realizamos todo un proceso; el verdadero agricultor lo sabe, tiene que limpiar la tierra de malas hierbas que ahoguen nuestra planta, tenemos que abonar y tenemos que podar, para fortalecer, para quedarnos con lo mejor de la planta porque las ramas que simplemente se chupan la sabia no nos valen. Es todo el cultivo de nuestra espiritualidad, de purificación, de oración, de vida sacramental, de maduración interior, de escucha de la Palabra de Dios rumiándola en nuestro interior. Solo así podremos dar buenos frutos, solo así no nos quedaremos en la apariencia sino que podremos ir al buen fruto que nos alimenta y que nos enriquece.
De eso nos está hablando hoy Jesús en el evangelio. De esos buenos frutos que darán cuenta de lo que llevamos en nuestro interior, que manifestarán la profundidad y la madurez de nuestra vida, que serán los que atraigan y los que convenzan a los demás de cual es el verdadero camino. Así nuestra vida se convertirá en evangelio para los demás, en buena noticia de salvación para todos.
El árbol bien cuidado y cultivado que florece con belleza y nos muestra su madurez en hermosos frutos es el que en verdad embellece el jardín. Así tenemos que ser nosotros que en los frutos que demos mostremos la belleza de nuestro interior y la madurez de nuestra vida y que serán los que en verdad embellecen nuestro mundo.

miércoles, 27 de junio de 2018

Crezcamos en una verdadera espiritualidad unidos al Espíritu de Jesús que nos purifica y nos llena de nueva vida para dar frutos de santidad



Crezcamos en una verdadera espiritualidad unidos al Espíritu de Jesús que nos purifica y nos llena de nueva vida para dar frutos de santidad

1Reyes 22, 8-13; 23, 1-3; Sal 118; Mateo 7, 15-20

Me contaba hace unos días un amigo que se dedica a la poda de los árboles frutales que a él y su equipo los habían llamado de una finca de naranjos para realizar los trabajos de la poda; se encontraron una finca en la que hacia años no se realizaba ningún trabajo de poda y limpieza de los árboles y que todo era maleza con las plantas llenas de ramajes secos e inútiles que había hecho que mermara la producción de la fruta en aquel terreno con muy malas calidades y cantidades de lo que no se sacaba ningún beneficio. Me contaba del duro trabajo que tuvieron que hacer de limpieza de ramajes secos e infructuosos dejando todo preparado para una buena producción que al tiempo debidamente se dará.
¿Nos pasará algo así en la vida? cuando no llevamos un cuidado de nosotros mismos pronto comenzamos a rodar por las pendientes de las rutinas, de las malas costumbres, de los apegos, de tantas debilidades que se nos van apegando a la vida que no nos permitirá dar los frutos que se esperan de nosotros. Puede ser que tengamos buen corazón y buena voluntad, que queramos ser buenos y superarnos pero fácilmente nos contagiamos de actitudes y de posturas que palpamos en nuestro entorno y que si no hacemos el necesario discernimiento van a ser rémoras que nos impidan avanzar en la vida.
Miremos de quien nos rodeamos, analicemos bien las cosas que vemos hacer a los demás y que quizás a ellos les puedan parecer tan naturales, valoremos actitudes y posturas para que seamos capaces de ir en positivo por la vida. Quizá a nuestro lado a la gente le parezca lo más natural del mundo las revanchas y resentimientos por los que luchan los unos contra los otros, se rompen relaciones y amistades, y nos vamos destruyendo unos a otros. De tanto verlo a nosotros también nos puede parecer natural actuar así y terminamos contagiándonos. He puesto esto como ejemplo como podríamos pensar en tantas otras cosas.
Por eso hemos de tener unos principios muy claros, unos valores muy altos por los que luchar, unas metas y una orientación en la vida de la que no queremos salirnos; nos exige vigilancia, revisión continua de nuestros actos y actitudes, purificación de intenciones en nuestro corazón, verdaderos deseos de superación. Y entonces iremos podando todos esos malos ramajes que se nos puedan introducir en nuestra vida; es la revisión que hacemos de nosotros mismos, es lo que nos corregimos para no perder la verdadera orientación y el autentico camino, es esa purificación interior que nos vamos haciendo, porque hay debilidades en nuestro corazón que muchas veces nos hacen tropezar.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio. ‘Los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis’.
Ahí tenemos nuestra tarea. Una tarea que no hacemos solos sino apoyados en la gracia del Señor. Nos ofrece Jesús su vida en los sacramentos que sean nuestro alimento y nuestra purificación, nuestra fuerza y nuestra vida. Unidos a El podremos dar fruto, porque como nos dirá en otro momento sin El nada podemos hacer. Así hemos de cuidar nuestra vida, nuestro espíritu, nuestro ser cristiano. Así hemos de crecer en una verdadera espiritualidad unidos al Espíritu de Jesús que es nuestra fuerza.